esfuerzo para decidirse a hablar.
--La medicina--dijo al fin,--no explica satisfactoriamente todos los
fenómenos naturales, y vengo a someteros una teoría que carece de todo
fundamento científico. Mis colegas se burlarían de mí si les dijese que
un pedazo de piel arrancada del cuerpo de un hombre puede permanecer
sometida a la influencia de su primitivo poseedor. No cabe duda alguna
de que es vuestra propia sangre, puesta en circulación por vuestro
corazón, bajo la acción del cerebro, la que afluye a vuestra nariz; y,
sin embargo, tentado estoy de creer que ese imbécil de auvernés no es
extraño a estos sucesos.
M. L'Ambert lanzó una exclamación de disgusto y de sorpresa. ¡Decir que
un vil mercenario, a quien había religiosamente pagado su servicio,
podía ejercer una influencia oculta sobre la nariz de un funcionario
público, era una impertinencia!
--Es mucho peor aun--replicó el doctor,--es un absurdo. Y, sin embargo,
os pido autorización para buscar a Romagné. Tengo necesidad de verle hoy
mismo, aunque no sea más que para convencerme de mi error. ¿Habéis
conservado sus señas?
--¡No lo permita Dios!
--Pues bien, yo trataré de averiguarlas. Tened paciencia, no salgáis
para nada de vuestra habitación, y suspended entre tanto toda
medicación.
Buscó en vano durante quince días. Recurrió a la policía, que le tuvo
despistado por espacio de tres semanas. Un agente sutil y lleno de
experiencia descubrió todos los Romagnés de París, excepto el que se
buscaba. Encontró un inválido, un tratante en pieles de conejo, un
abogado, un ladrón, un corredor del ramo de mercería, un gendarme y un
millonario, todos de este mismo apellido. M. L'Ambert se abrasaba de
impaciencia al lado del hogar, y contemplaba con desesperación su nariz
color de escarlata. Por fin se dio con el domicilio del aguador, pero
éste ya no vivía en él. Los vecinos refirieron que había hecho fortuna y
vendido su tonel para gozar de la vida.
M. Bernier dio una terrible batida por las tabernas y demás lugares de
placer, en tanto que su enfermo permanecía sumido en la mayor
melancolía.
El 2 de febrero, a las diez de la mañana, el atildado notario
calentábase tristemente los pies y contemplaba horrorizado aquella
peonía florida en medio de su rostro, cuando un alegre tumulto conmovió
toda la casa. Abriéronse las puertas con estrépito, de los pechos de
todos los criados escapáronse gritos de alegría, y se vio aparecer al
doctor, trayendo de la mano a Romagné.
Era el verdadero Romagné; pero, ¡cuán cambiado estaba! Sucio,
embrutecido, feo, con la mirada apagada, el aliento mal oliente,
apestando a vino y tabaco, rojo de la cabeza a los pies como un cangrejo
cocido, era el prototipo del erisipelatoso.
--¡Monstruo!--le dijo M. Bernier,--se te debería caer la cara de
vergüenza. Has descendido a un nivel más bajo que el de los brutos.
Conservas todavía la cara del hombre, pero no su color. ¡En qué has
empleado la fortunita que te proporcionamos? Te has revolcado en el
cieno de todos los vicios, y te he encontrado en las afueras de París,
tirado como un cerdo en el suelo de la taberna más inmunda.
El auvernés elevó hasta el doctor su mirada, y le dijo con su amable
acento, embellecido con este dejo propio del pueblo bajo parisiense:
--¡Y bien, qué! Que he empinado un poco el codo. ¿Es acaso una razón
para decirme esa sarta de necedades?
--¿A qué llamas necedades, majadero? Te reprocho tus torpezas. ¿Por qué
no colocaste tu dinero a interés en vez de bebértelo?
--¡Fue el señor quien me dijo que me divirtiese!
--¡Tunante!--exclamó el notario,--¿fui yo quien te aconsejó que te
fueses a emborrachar fuera de las fortificaciones, con aguardiente y
vino tinto?
--Cada uno se divierte como puede... He estado con mis camaradas.
--¡Vaya unos camaradas!--dijo el médico, no pudiendo reprimir un
movimiento de cólera.--¿De manera, truhán, que llevo a cabo una cura
maravillosa, que me llena de gloria y esparce por París mi bien ganada
fama, y que acabará por abrirme las puertas del Instituto, y tú, en
unión de unos cuantos borrachos de tu misma calaña, vais a hacer
zozobrar la más divina de mi obras? ¡Si sólo se tratase de ti,
grandísimo bellaco, te dejaríamos obrar como quisieses! Es un verdadero
suicidio físico y moral; pero un auvernés más o menos poco importa a la
sociedad. ¡Pero se trata de un hombre de mundo, de un rico, de tu
bienhechor, de mi cliente! Tú lo has comprometido, desfigurado,
asesinado con tu mala conducta. ¡Mira bien en qué estado lamentable has
puesto al señor el rostro! El infeliz contempló la nariz que había
contribuido a formar, y rompió en amargo llanto.
--Es una verdadera desgracia, señor Bernier; pero pongo a Dios por
testigo de que no he tenido yo la culpa. Esa nariz se ha deteriorado
ella sola. Yo soy un hombre honrado, y os juro que no he puesto mi mano
en ella.
--¡Imbécil!--tronó M. L'Ambert,--jamás comprendes las cosas... por más
que, en realidad, no es menester que comprendas. Se trata únicamente de
que digas sin rodeos si quieres cambiar de conducta y renunciar a esa
vida de crápula que me mata de rechazo. Te prevengo que tengo el brazo
muy largo, y que, si persistes en tus vicios, sabré ponerte pronto a
buen recaudo.
--¿Preso?
--Preso.
--¿Preso entre los criminales? ¡Gracias, señor L'Ambert! ¡Eso sería la
deshonra de mi familia!
--¡Seguirás bebiendo, o no?
--¡Ah, Dios mío! ¿cómo beber cuando no se tiene dinero? Todo lo he
gastado ya, señor L'Ambert. Me he bebido los dos mil francos íntegros;
me he bebido mi tonel y cuánto poseía, y no hay un alma en la tierra que
ya quiera abrirme crédito.
--Me alegro, perillán; hacen todos muy bien.
--Tendré que ser juicioso a la fuerza. La miseria me amenaza, señor
L'Ambert.
--¡Te repito que me alegro!
--¡Señor L'Ambert!
--¿Qué?
--Si tuvieseis la bondad de comprarme un tonel nuevo para ganarme la
vida honradamente, os juro que volvería a ser un buen sujeto.
--¡Buena fuera! Lo venderías al día siguiente para emborracharte.
--No, señor L'Ambert, ¡os lo juro por mi honor!--Esos son juramentos de
borracho.
--¿Queréis entonces que me muera de hambre y sed? ¡Un centener de
francos, mi buen señor L'Ambert!
--¡Ni un solo céntimo! La Providencia te puso en mi camino para devolver
a mi rostro su aspecto natural. Bebe agua, come pan seco, prívate de lo
más necesario, muérete de hambre, si puedes; sólo a ese precio podré
recobrar mis facciones y volveré a ser el mismo.
Romagné inclinó la cabeza y retirose arrastrando los pies y saludando a
los presentes.
El notario recuperó su alegría y el médico sus ensueños de gloria.
--No quiero alabarme a mí mismo--decía modestamente M. Bernier,--pero
Leverrier descubriendo un planeta por la fuerza del cálculo, no ha
realizado un milagro tan grande como yo. Adivinar, por el aspecto de
vuestra nariz, que un auvernés ausente y perdido en la baraúnda de un
París, se halla entregado a la crápula, es remontarse desde el efecto a
la causa por caminos que la audacia del hombre no había intentado aún.
En cuanto al tratamiento de vuestra enfermedad, se halla indicado por
las circunstancias. La dieta aplicada a Romagné es el único remedio que
puede curaros. La suerte ha venido a servirnos de un modo maravilloso,
puesto que este animal se ha comido hasta su último céntimo. Habéis
hecho perfectamente en negarle el socorro que os pedía: todos los
esfuerzos del arte serán vanos mientras tenga que beber ese hombre.
--Pero, doctor--le interrumpió L'Ambert,--¿y si no fuera ese el origen
de mi mal? ¿y si sólo se tratase de una coincidencia fortuita? ¿No
habéis dicho vos mismo que a veces la teoría...?
--He dicho, y lo repito, que en el estado actual de los conocimientos
humanos, vuestro caso no admite ninguna explicación lógica. Es un hecho
cuya ley se desconoce. La relación que hoy hallamos entre vuestra nariz
y la conducta de este auvernés, nos abre una perspectiva, engañosa tal
vez, mas, sin duda alguna, inmensa. Esperemos algunos días: si vuestra
nariz se cura a medida que Romagné se enmienda, se verá reforzada mi
teoría por una nueva probabilidad. No respondo de nada; pero presiento
una ley fisiológica, hasta aquí desconocida, y que me consideraré muy
feliz si puedo formularla. El mundo de las ciencias se halla lleno de
fenómenos visibles producidos por causas desconocidas. ¿Por qué la
señora de L..., a quien conocéis como yo, tiene en el hombro izquierdo
una cereza perfectamente pintada? ¿Es, acaso, como dicen, porque,
hallándose encinta su madre, sintió ésta grandes deseos, que no pudo
satisfacer, de comerse una cesta de cerezas expuestas en el escaparate
de Chevet? ¿Qué artista invisible ha dibujado esta fruta sobre el cuerpo
de un feto de seis semanas, del tamaño de un langostino mediano? ¿Cómo
explicar esta acción especial de lo moral sobre lo físico? ¿Y por qué
la cereza de la señora de L... adquiere cierta tumefacción y
sensibilidad en el mes de abril de cada año, cuando están flor los
cerezos? He aquí unos hechos ciertos, evidentes, palpables, y tan
inexplicables como la hinchazón y rubicundez de vuestra nariz. ¡Pero
tengamos paciencia!
Dos días después la hinchazón la nariz del notario cedía de un modo
visible, pero su color rojo persistía. Al final de la semana, su volumen
habíase reducido más de una tercera parte. Al cabo de quince días,
perdió por completo la piel, crió seguida otra nueva, y recuperó su
forma y color primitivos.
El triunfo del doctor era evidente.
--Mi único sentimiento--decía,--es que no hayamos guardado a Romagné en
una jaula, para observar en él, al mismo tiempo que en vos, los efectos
del tratamiento. Estoy seguro que ha estado, durante siete u ocho días,
cubierto de escamas como un pez.
--¡Que el diablo cargue con él!--observó cristianamente el notario.
Este, a partir de aquel día reanudó su vida ordinaria: salió carruaje, a
caballo, a pie; danzó los bailes del faubourg, y embelleció con su
presencia el -foyer- de la Opera. Todas las mujeres lo acogieron
perfectamente, en el mundo y fuera de él. Una de las que más tiernamente
le felicitaron por su curación fue la hermana mayor de su amigo
Steimbourg.
Esta amabilísima joven, que tenía costumbre de mirar a los hombres cara
a cara, observó que M. L'Ambert había salido de la última crisis más
hermoso que nunca. Y en realidad, parecía como si aquellos dos o tres
meses de enfermedad hubiesen dado a su rostro un no sé qué de perfecto.
La nariz, sobre todo, aquella nariz recta, que acababa de recuperar sus
ordinarias dimensiones después de una dilatación excesiva, parecía más
fina, más blanca y más aristocrática que nunca.
Esta era también la opinión del acicalado notario, que se contemplaba en
todos los espejos con una creciente admiración de su persona. ¡Había que
verlo frente a frente de su imagen, sonriendo, endiosado, a su propia
nariz!
Pero a la vuelta de la primavera, en la segunda quincena de marzo,
mientras la generosa savia hacía retoñar las lilas, llegó a creer M.
L'Ambert que sólo a su nariz le eran negados los beneficios de la
estación y las bondades de la naturaleza. En medio del renacimiento
general de todas las cosas, palidecía como una hoja de otoño. Sus alas,
adelgazadas y como desecadas por el viento del desierto, adosábanse cada
vez más a su tabique central.
--¡Demontre!--decía el notario, haciéndole una mueca al espejo,--la
distinción es cosa bella, lo mismo que la virtud; pero esto ya es
demasiado. Mi nariz va adquiriendo una elegancia inquietante, y, si no
trato de darle alguna fuerza y color, muy pronto no será que una sombra.
Diose en ella un poco de colorete; pero sólo logró hacer resaltar más
aun finura increíble de aquella línea recta y sin espesor que dividía su
rostro en dos mitades. La fantástica nariz del desesperado notario hacía
recordar la varilla de hierro que proyecta su cortante sombra sobre la
esfera de los relojes de sol.
En vano sometiose a un régimen más alimenticio el indignado millonario
de la calle de Verneuil. Considerando que una buena alimentación,
digerida por un estómago sólido, aprovecha por igual a todas las partes
del cuerpo, se impuso la dulce ley de embaularse sendas tazas de caldo,
sendos tajos de carne ensangrentada, regados con los más generosos
vinos. Decir que estos manjares elegidos no le hicieron efecto, sería
negar la evidencia y blasfemar de las comidas regaladas. M. L'Ambert
adquirió en poco tiempo hermosos mofletes rojos, un pescuezo muy digno
de cualquier ternero apoplético y una respetable panza. Pero la nariz
parecía una especie de socio negligente o desinteresado, que no se ocupa
en cobrar sus dividendos.
Cuando un enfermo no puede comer ni beber, se le sostiene a veces por
medio de baños alimenticios, que penetran a través de los poros de la
piel hasta los centros vitales. M. L'Ambert trató a su nariz como a un
enfermo a quien es preciso alimentar por separado a cualquier precio.
Adquirió una bañera de plata sobredorada, y, seis veces al día,
introducíala en ella y la mantenía pacientemente sumergida en sendos
baños de leche, de vino de Borgoña, de caldo substancioso y hasta de
salsa de tomates. ¡Trabajo perdido! la enferma salía del baño tan pálida
y delgada y en estado tan deplorable como estaba antes de entrar.
Todas las esperanzas parecían ya perdidas, cuando un día M. Bernier
diose un golpe en la frente y exclamó:
--¡Pero si hemos cometido una falta imperdonable! ¡un error digno de
colegiales! ¡y he sido yo! ¡yo mismo, cuando este hecho constituye una
confirmación aplastante de mi teoría...! No lo dudéis, caballero: el
auvernés está enfermo, y es preciso curarle a él para que sanéis vos.
El desdichado L'Ambert mesose los cabellos. ¡Cuánto se arrepintió de
haber plantado a Romagné de patitas a la calle, y de haberse negado a
socorrerle, y olvidado el quedarse con sus señas! Representábase al
pobre diablo consumiéndose sobre un camastro, sin pan, sin rosbif y sin
vino de Châteaux-Margaux. Esta idea destrozaba su corazón. Asociábase a
los dolores del infeliz mercenario. Por primera vez en su vida
compadeciose de los sufrimientos del prójimo.
--¡Doctor, querido doctor!--exclamó, estrechando la mano de
Bernier,--¡daría toda mi fortuna por salvar a ese valiente muchacho!
Cinco días después, el mal había avanzado más aun. La nariz no era más
que una película flexible, que se plegaba bajo el peso de las gafas,
cuando M. Bernier vino a decirle que había encontrado al auvernés.
--¡Victoria!--exclamó entusiasmado el notario.
El cirujano encogiose de hombros y contestó que la victoria parecíale
dudosa por lo menos.
--Mi teoría--añadió,--está plenamente confirmada, y, como fisiólogo,
tengo que declararme satisfecho; pero, como médico, quisiera ante todo
curaros, y el estado en que he visto a ese infeliz no me inspira
demasiadas esperanzas.
--¡Vos le salvaréis, doctor!
--Por lo pronto, no me pertenece actualmente: se encuentra al servicio
de un colega mío que le estudia con cierta curiosidad.
--Ya lograréis que os lo ceda. ¡Lo compraremos, si es preciso!
--¡No soñéis siquiera en eso! Un médico no vende nunca a sus enfermos.
Los mata algunas veces, en interés de la ciencia, para ver qué tienen
dentro; pero traficar con ellos... ¡jamás! Mi amigo Fogatier me cederá,
tal vez, vuestro auvernés; pero el pobre está muy enfermo, y, para colmo
de desgracia, se halla tan aburrido de la vida, que quiere a todo trance
morirse. Rechaza las medicinas, y, en cuanto a los alimentos, tan pronto
se queja de no tener suficiente, y reclama a grandes voces su ración
entera, como rechaza cuanto le dan, y trata de matarse por hambre.
--¡Pero eso es un crimen! ¡Yo le hablaré! ¡yo le haré oír el lenguaje de
la religión y la moral! ¿Dónde se encuentra?
--En el hospital, sala de San Pablo, número 10.
--¿Tenéis vuestro carruaje a la puerta?
--Sí.
--Pues partamos. ¡Ah, infame! ¡quiere morirse! ¿Ignora por ventura que
todos los hombres son hermanos?
VI
HISTORIA DE UNAS GAFAS Y CONSECUENCIAS DE UN CATARRO NASAL
Jamás predicador alguno, jamás Bossuet ni Fenelón, jamás Massillon ni
Fléchier, jamás el mismo Mermilliod, desplegaron desde su sagrada
cátedra una elocuencia más persuasiva y untuosa que la empleada por M.
Alfredo L'Ambert ante el lecho de Romagné. Dirigiose primero a la razón,
después a la conciencia, y por último al corazón del enfermo. Recurrió a
lo profano y lo sagrado, citó textos de filósofos y santos. Mostrose
fuerte y benigno, severo y paternal, lógico, acariciador y hasta
complaciente. Demostrole que el suicidio es el más bochornoso de los
crímenes, y que era menester ser bien cobarde para afrontar
voluntariamente la muerte. Hasta se atrevió a emplear una metáfora tan
nueva como atrevida, comparando el suicida, al desertor que abandona su
puesto sin permiso de su cabo.
El auvernés, que no había tomado nada en las últimas veinticuatro horas,
parecía bien aferrado a su idea. Permanecía inmóvil y terco ante la
muerte, como un asno ante un puente. A los argumentos más hábiles,
respondía con impasible dolor:
--No vale la pena, señor L'Ambert; hay demasiada miseria en este mundo.
--¡Bah, amigo mío! la miseria fue instituida por Dios, que la creó para
excitar la caridad de los ricos y la resignación de los pobres.
--¿Los ricos? He pedido trabajo a todo el mundo, y me ha sido negado en
todas partes. ¡He pedido limosna y me han amenazado con la policía!
--¿Por qué no os dirigisteis a vuestros amigos? ¡A mí, por ejemplo! ¡a
mí, que tanto os debo! ¡a mí, que tan agradecido os estoy! ¡a mí, que
por mis venas corre vuestra propia sangre!
--¡En seguida! ¡para que me hicieseis poner nuevamente de patitas en la
calle!
--¡Mis puertas estarán siempre abiertas para vos, lo mismo que mi
bolsillo, igual que mi corazón!
--¡Si siquiera me hubieseis dado cincuenta francos para comprarme un
tonel de ocasión!
--¡Pero, animal!... animal querido, quiero decir... ¡permíteme que te
maltrate un poco, como en los tiempos en que compartía contigo mi mesa
y mi lecho! no son ya cincuenta francos los que pienso darte, sino mil,
dos mil, tres mil... ¡diez mil! mi fortuna entera deseo compartirla
contigo... a prorrateo, naturalmente, de nuestras necesidades
respectivas. ¡Es preciso que vivas! ¡es menester que seas feliz! He aquí
la primavera que vuelve, con su cortejo de flores y la dulce melodía de
las aves que trinan en la enramada. ¿Serás capaz de abandonar todo esto?
¡Piensa en el inmenso dolor que ocasionarías a tus infelices padres, que
te aguardan en tu país! ¡piensa en tus pobres hermanos! ¡en tu madre,
sobre todo, amigo mío, que no podría sobrevivirte! ¡Volverás a verlos a
todos! O, mejor dicho, no: permanecerás en París bajo mi protección,
conviviendo conmigo en la intimidad más estrecha. Quiero verte dichoso,
casado con una mujer bonita y hacendosa, padre de dos o tres hermosas
criaturas. ¡Sonríe, hombre, sonríe! ¡Toma este plato de sopas!
--¡Gracias, señor L'Ambert. Guardaos esas sopas; ¿para qué las he de
tomar? ¡Hay tanta miseria en el mundo!
--Pero, hombre, ¿no te juro que se han acabado ya tus malos días para
siempre? ¿que me encargo de tu porvenir, bajo mi fe de notario? Si
accedes a vivir, se acabarán tus sufrimientos, no volverás a trabajar,
¡tus años constarán de trescientos sesenta y cinco domingos!
--¿Sin lunes?
--Y de lunes también, si lo prefieres. Comerás, beberás, fumarás buenos
habanos. Serás mi comensal, mi amigo inseparable, mi otro yo. ¿Quieres
vivir, Romagné, para ser un segundo yo?
--No, no; ya que he comenzado a morir, lo mejor es acabar cuanto antes.
--¡Ah, pedazo de alcornoque! ¡Voy a contarte, animal, el destino que te
aguarda! No se trata ya solamente de las penas eternales que en tu
obstinación endiablada acercas más a ti cada minuto; en este mundo, aquí
mismo, mañana, quizás hoy, antes de ir a pudrirte a la fosa común, te
llevarán al anfiteatro. Te tenderán sobre una mesa de piedra, y partirán
tu cuerpo en pedazos. Uno henderá, a fuerza de hachazos, tu abultada
cabeza de mulo; otro te abrirá el pecho en canal para ver si es posible
que exista un corazón dentro de tan estúpida envuelta; otro...
--¡Por favor, señor L'Ambert, que no quiero que me corten a pedazos!
¡prefiero comer las sopas!
Tres días de sopas y su robusta constitución arrancáronle de aquel
amargo trance, y fue posible transportarle en carruaje al hotel de la
calle de Verneuil. El mismo M. L'Ambert lo instaló con solicitud
maternal. Alojolo en la habitación de su propio ayuda de cámara, para
tenerle más cerca. Por espacio de un mes ejerció con verdadera
abnegación las funciones de enfermero, pasando bastantes noches en
claro, a la cabecera de su lecho.
Estas fatigas, lejos de alterar su salud, devolvieron a su rostro su
frescura y lozanía habituales. Cuanta mayor asiduidad desplegaba en el
cuidado de su enfermo, más lozana y vigorosa tornábase su nariz.
Repartía su vida entre el estudio, el auvernés y el espejo. En este
período fue cuando escribió, distraídamente, sobre el borrador de una
escritura de venta: «¡Qué dulce es hacer bien a su prójimo!» Máxima un
poco vieja en sí misma, pero nueva en absoluto para él.
Cuando entró Romagné en el período de franca convalecencia, su huésped y
salvador, que tantas veces le había trozado el pan y partido los
biftecs, le dijo:
--A partir de este momento, comeremos siempre juntos. Sin embargo, si
prefieres comer en la cocina, también serás allí perfectamente
alimentado, y es posible, tal vez, que te encuentres más a gusto.
Romagné, a fuer de hombre juicioso, obtó por la cocina.
Supo conducirse en ella de tal suerte, que se captó la simpatía y el
aprecio de todos. Lejos de prevalerse de la amistad que le unía con el
amo, mostrose más humilde y más modesto que el último marmitón. Era un
criado que M. L'Ambert había puesto a sus servidores. Todo el mundo
utilizaba sus servicios, se burlaba de su acento y le daba palmadas
amistosas a la espalda, sin que a nadie se le ocurriese darle nunca una
propina. M. L'Ambert lo sorprendió varias veces sacando agua, cambiando
de sitio los muebles más pesados, encerando los pisos de madera. En
tales ocasiones le tiraba de la oreja aquel amo ideal, y le decía:
--Entretente, si quieres, no hay en ello inconveniente por mi parte;
pero no te fatigues demasiado.
El infeliz muchacho, confundido por tantas bondades, se escondía en su
habitación y lloraba de ternura.
Pero no pudo conservar por mucho tiempo aquel cuarto tan cómodo y
aseado, contiguo a las habitaciones del amo. M. L'Ambert le hizo saber,
de un modo delicado, que echaba mucho de menos la vecindad de su ayuda
de cámara, y el mismo Romagné solicitó autorización para alojarse en
las buhardillas, adjudicándosele entonces un cuartucho que las
freganchinas no habían querido nunca.
«¡Dichosos los pueblos que no tienen historia!» ha dicho un sabio.
Sebastián Romagné fue dichoso por espacio de tres meses; pero, al
comenzar el verano, empezó a tener historia. Su corazón, largo tiempo
invulnerable, fue herido por las flechas del amor. El antiguo aguador
entregose, atado de pies y manos, al dios que perdió a Troya. Advirtió,
mientras preparaba las legumbres, que la cocinera tenía unos ojillos
grises muy bonitos, y unos mofletes rojos muy hermosos. Un suspiro,
capaz de echar a rodar las mesas, fue la primera manifestación de su
mal. Quiso explicarse, pero ahogó la emoción en su garganta las
palabras. Apenas si, en su excesiva timidez, se atrevió a aprisionar a
su Dulcinea por el talle, y a besarle los labios con pasión.
Esto bastó, sin embargo, para que lo comprendieran. Era la cocinera una
persona capaz, que le llevaba a él siete u ocho años, y ya bastante
ducha en las lides del amor.
--Ya me hago cargo--le dijo ella;--deseáis casaros conmigo.
Perfectamente, amigo mío; podremos entendernos si traéis algo por
delante.
Él respondió ingenuamente que traía por delante todo lo que puede
exigirse a un hombre, es decir: dos brazos vigorosos y acostumbrados al
trabajo. La señorita Juanita riósele en sus barbas y habló con más
claridad; el a su vez soltó la carcajada, y le dijo, con la más amable
confianza:
--¿Pero es dinero lo que deseáis? Deberíais haberlo dicho desde luego.
¡Tengo más dinero que peso! ¿Cuánto deseáis? Fijad vos misma la suma.
¿Os contentaríais, por ejemplo, con la mitad de la fortuna del señor
L'Ambert?
--¿La mitad de la fortuna del amo?
--Ciertamente. Me lo ha dicho más de cien veces. Yo poseo la mitad de su
fortuna; pero no hemos repartido el dinero todavía: me tiene guardada mi
parte.
--¡Qué gran majadería!
--¿Majadería? Esperad, que ahora entra él. Voy a pedirle mi cuenta y os
traeré a la cocina todo mi capital.
¡Pobre inocente! sólo obtuvo de su amo una buena lección de gramática
parda. M. L'Ambert le enseñó que prometer y dar no son palabras
sinónimas; dignose explicarle (porque estaba de buen humor) los méritos
y peligros de la figura llamada hipérbole; y le dijo, por último, con,
tono dulce, es verdad, pero tan firme que no admitía réplica:
--Romagné, he hecho mucho por vos, pero quiero hacer más todavía al
alejaros de este hotel. El simple buen sentido os dice que no os halláis
en él en calidad de dueño; quiero llevar mi bondad hasta el extremo de
admitir que estéis en él como un ayuda de cámara; en fin, me parece que
os haría un gran perjuicio manteniéndoos en una situación mal definida
que pervertiría vuestros hábitos y falsearía vuestro espíritu. Llevando
un año más esa vida parasitaria y ociosa, perderíais por completo el
amor al trabajo. Os convertiríais en un vago, y los vagos, permitidme
que os lo diga, son el azote de nuestra época. Poneos la mano sobre
vuestra conciencia, y decidme si os agrada semejante perspectiva. ¡Pobre
Romagné! ¿No habéis echado de menos muchas veces el título de obrero,
que es vuestro más noble blasón? Porque vos sois de aquellos seres que
la Providencia ha creado para ennoblecerse con el sudor de su frente;
pertenecéis a la aristocracia del trabajo. Trabajad, pues; no ya como
otras veces, entre privaciones y dudas, sino con una seguridad que yo
garantizo y una abundancia proporcionada a vuestras modestas
necesidades. Yo saldré a los gastos de la primera instalación; yo os
procuraré trabajo. Si, lo que no considero posible, os faltasen los
medios de existencia, acudid a mí en seguida, que siempre os acogeré con
afecto paternal. Pero renunciad al absurdo proyecto de casaros con mi
cocinera, porque no debéis enlazar vuestra suerte a la de una simple
criada, y no quiero, por otra parte, chiquillos en mi casa.
El infeliz lloró copiosamente y se deshizo en protestas de sincero
agradecimiento. Debo decir, en descargo de M. L'Ambert, que hizo las
cosas con bastante generosidad. Vistió de pies a cabeza a Romagné,
amueblole un quinto piso, en la calle del Cherche-Midi, y le dio
quinientos francos para que fuese viviendo mientras le encontraba
trabajo. Aún no habían transcurrido ocho días, cuando le hizo entrar,
como peón de albañil, en una fábrica de espejos de la calle de Sèvres.
Transcurrió mucho tiempo, seis meses por lo menos, sin que la nariz del
notario sufriese la menor novedad digna de especial mención. Pero un día
en que nuestro funcionario descifraba, en compañía de su oficial mayor,
los pergaminos de una noble y rica familia, rompiéronsele por la mitad
las gafas, y cayeron sobre la mesa.
Este pequeño accidente no le causó grandes molestias. Púsose
provisionalmente unos quevedos con resorte de acero, e hizo cambiar el
armazón de sus gafas en el muelle de los Plateros. Su óptico, M. Luna,
apresurose a pedirle mil perdones, enviándole unas gafas nuevas, que se
rompieron también por igual sitio antes de transcurrir veinticuatro
horas.
Otras terceras sufrieron la misma suerte; trajeron por cuarta vez otras
nuevas, y les ocurrió en seguida otro tanto. El óptico no sabía ya cómo
excusarse. En el fondo de su alma, hallábase persuadido de que M.
L'Ambert tenía la culpa de todo.
--Este señor no es razonable--decía a su mujer, mostrándole los estragos
de los cuatro últimos días;--usa gafas del número 4, que son
forzosamente muy pesadas; quiere por coquetería una montura muy
liviana, y tengo la seguridad de que trata a sus gafas como si fueran de
hierro forjado. Si le hago la menor observación se enfadará; lo mejor
será que le envíe otras nuevas con la montura más recia, sin decirle una
palabra.
La señora de Luna encontró la idea excelente; pero las quintas gafas
corrieron la misma suerte que las cuatro precedentes. Esta vez, M.
L'Ambert montó en cólera, a pesar de no habérsele hecho ninguna
observación, y mandó a buscar otras gafas a un establecimiento rival.
Pero hubiérase dicho que todos los ópticos de París se habían puesto de
acuerdo para que se rompiesen sus gafas en la nariz del pobre
millonario. Nada menos que doce sufrieron igual suerte, unas tras otras.
Y lo más maravilloso del caso era que los lentes de resorte de acero,
que reemplazaban a las gafas durante los interregnos, manteníanse
vigorosos y firmes.
Ya sabéis que la paciencia no era la virtud favorita de M. Alfredo
L'Ambert. Hallábase un día furioso, pateando sobre unas gafas,
haciéndolas pedazos con sus tacones, cuando le anunciaron la visita del
doctor Bernier.
--¡Demontre! llegáis a tiempo--exclamó el notario, colérico.--¡Estoy,
por lo visto, hechizado! ¡el diablo ha tomado posesión de mi persona!
Las miradas del doctor fijáronse en seguida en la nariz de su cliente;
pero encontrándola, al parecer, sana, de buen aspecto, y fresca como una
rosa.
--Me parece--observó,--que marcha todo muy bien.
--De salud, sí, en efecto: me encuentro perfectamente; pero estas gafas
endiabladas no hay forma de que se mantengan enteras.
Y refirió al doctor toda la historia.
Este se quedó pensativo, y dijo al cabo de un rato:
--El auvernés anda por medio. ¿Tenéis aquí alguna de las monturas rotas?
--Debajo de mis pies tengo la última.
Recogiola M. Bernier, examinola con una lente, y le pareció que el oro
estaba como argentado en los alrededores del sitio de la rotura.
--¡Diablo!--exclamó.--¿Habrá hecho Romagné alguna calaverada?
--¿Qué calaveradas queréis que haya hecho?
--¿Le tenéis todavía en vuestra casa?
--No; el pillo me ha abandonado. Trabaja en la ciudad.
--Espero, sin embargo, que esta vez habréis conservado sus señas.
--Sin duda. ¿Queréis verle?
--Cuanto antes.
--¿Hay algún peligro tal vez? ¡Yo me hallo perfectamente!
--Vamos, por lo pronto, a casa de Romagné.
Un cuarto de hora después nuestros dos personajes descendían a la puerta
de los señores Taillade y Compañía, en la calle de Sèvres. Una amplia
muestra, fabricada con trozos de cristal azogado, indicaba claramente el
género de industria a que se dedicaba la casa.
--Henos aquí--dijo el notario.
--¡Cómo! ¿está empleado el auvernés en este establecimiento?
--Sin duda alguna: yo mismo le he buscado esta colocación.
--Vamos, el mal no es tan grande como llegué a suponer. Pero, de todas
maneras, habéis cometido una imprudencia imperdonable.
--¿Qué queréis decir?
--Entremos.
La primera persona que encontraron en el interior del edificio fue al
auvernés, en mangas de camisa, los puños arremangados, azogando la luna
de un espejo.
--¡Hola!--exclamó el doctor,--lo que yo había previsto.
--¿Pero qué?
--Que se azogan las lunas con una capa de mercurio aprisionada bajo una
hoja de estaño, ¿comprendéis?
--Todavía no.
--Vuestro animal tiene los brazos embadurnados de mercurio hasta los
codos; ¿qué digo? hasta las axilas.
--Mas no veo la relación...
--¿No veis que, siendo vuestra nariz una fracción de su brazo, y
poseyendo el oro una deplorable tendencia a amalgamarse con el mercurio,
jamás podréis evitar que se os rompan vuestras gafas?
--¡Demontre!
--Tenéis, sin embargo, el recurso de usar gafas con montura de acero.
--Me es lo mismo.
--En ese caso, no corréis peligro alguno, salvo, quizás, algunos
accidentes mercuriales.
--¡Ah, no! Prefiero que Romagné trabaje en otra cosa. ¡Ven, Romagné!
Deja lo que estás haciendo y vente con nosotros al instante. ¿Quieres
acabar de una vez, pedazo de zopenco? ¿No sabes a lo que me expones?
Habiendo acudido el dueño del taller al escuchar el rumor de la
conversación, dio el notario su nombre, con tono bastante infatuado, y
recordó que él había recomendado a aquel hombre por mediación de su
tapicero. M. Taillade respondió que lo recordaba muy bien, y explicole
que, para hacerse agradable a M. L'Ambert, y captarse su benevolencia,
había promovido al auvernés de peón de albañil a azogador.
--¿Hace quince días de eso?--preguntole el notario.
--Sí, señor, ¿lo sabíais ya?
--¡Demasiado, por desgracia! ¡Ah, señor! ¿cómo puede jugarse con cosas
tan sagradas?
-¿Yo...?
--No, nada. Pero por mí, por vos, por la sociedad toda entera, ponedle
nuevamente a trabajar de albañil; pero no, mejor será que me lo
devolváis; me lo llevaré conmigo. Pagaré lo que sea necesario, pero el
tiempo apremia. ¡Prescripción facultativa!... Romagné, amigo mío, es
preciso que me sigáis. Habéis hecho vuestra fortuna; ¡cuanto tengo os
pertenece!... ¡No! pero venid de todos modos; ¡os juro que no quedaréis
descontento de mí!
Y sin dejarle apenas tiempo para cambiarse de traje, llevóselo como
arrebata el ave de rapiña a su presa. M. Taillade y sus obreros
tomáronle por un loco. El bueno de Romagné levantaba los ojos al cielo,
y se preguntaba qué querrían de él otra vez.
Su destino fue decidido durante el camino, mientras él cazaba moscas al
lado del cochero.
--Mi querido cliente--decía el doctor al millonario,--es preciso que no
perdáis nunca de vista a ese muchacho. Comprendo que le hayáis arrojado
de vuestra casa, porque, a decir verdad, su trato no debe ser muy
agradable; pero no debisteis alejarle tanto, ni pasar tanto tiempo sin
procuraros noticias de él. Alojadle en la calle de Beaune, o en la de la
Universidad, próximo a vuestro hotel. Dedicadle a un oficio menos
peligroso para vos, o mejor, si queréis, pasadle una pequeña pensión sin
darle ningún oficio: si trabaja, se fatiga y se expone. No conozco
oficio alguno en que el hombre no exponga su piel ¡es tan fácil, por
desgracia, un accidente! Dadle lo suficiente para que pueda vivir sin
hacer nada. ¡Guardaos bien, sin embargo, de tenerle en la abundancia!
Volvería a beber, y ya sabéis las consecuencias fatales que os reporta a
vos ese vicio. Con cien francos al mes, y la casa pagada, creo que
tendrá suficiente.
--Tal vez sea demasiado... no porque me parezca la cantidad excesiva,
sino porque preferiría darle de comer sin que pudiera emplear un solo
céntimo en vino.
--Dadle, pues, cuatro luises, pagados en cuatro plazos: los martes de
cada semana.
Ofrecieron a Romagné una pensión de ochenta francos mensuales, pero el
auvernés respondió con desprecio, rascándose la oreja:
--¿Ochenta francos nada menos? ¡Para eso no valía la pena que me
arrancaseis de la calle de Sèvres! Allí ganaba tres francos y medio
diarios, y enviaba dinero a mi familia. Dejadme trabajar en los espejos,
o dadme tres francos y medio.
Y no hubo más remedio que acceder, puesto que era el dueño de la
situación.
Pronto comprendió el notario que había adoptado el partido más prudente.
El año transcurrió sin accidente alguno. Se pagaba a Romagné todas las
semanas, y se le vigilaba diariamente. Vivía honradamente, llevando una
existencia tranquila, sin más pasión que el juego de bolos. Y los
hermosos ojos de la señorita Irma Steimbourg se posaban con visible
complacencia sobre la rosada nariz del dichoso millonario.
Los dos jóvenes bailaron juntos todos los cotillones del invierno; por
eso el mundo daba ya por descontada su boda. Una noche, a la salida del
Teatro Italiano, el anciano marqués de Villemaurin detuvo en el
peristilo a L'Ambert.
--Y bien, amigo mío--le dijo,--¿cuándo celebráis vuestras bodas?
--Pero, señor marqués, si es la primera noticia que tengo sobre ese
particular.
--¿Esperáis, por ventura, que os pidan vuestra mano? ¡Al hombre toca
hablar, qué demontre! El joven duque de Lignant, un verdadero caballero
y un excelente muchacho, no ha esperado a que yo le ofreciese mi hija:
ha venido, ha agradado, y se acabó. De hoy en ocho días firmaremos el
contrato. Ya sabéis, querido amigo, que es asunto que os atañe.
Permitidme que acompañe a esas señoras hasta el coche, y nos acercaremos
al círculo. Por el camino hablaremos. Pero cubríos, ¡qué diablo! No
había visto que permanecíais con el sombrero en la mano. ¡Cuando menos
se piensa se atrapa un resfriado!
El anciano y el joven caminaron del brazo hasta el bulevar, uno hablando
y el otro prestándole atención. Y L'Ambert entró en su casa dispuesto a
redactar el contrato de matrimonio de la señorita Carlota Augusta de
Villemaurin. Pero había pillado un terrible constipado, que no le
permitió hacer nada. El acta fue redactada por su oficial mayor,
revisada por los encargados de los negocios de ambas familias, y
transcrita, por último, en un elegante cuaderno de papel timbrado, en el
que no faltaban más que las firmas.
Llegado el día, M. L'Ambert, esclavo de sus deberes, trasladose en
persona al hotel de Villemaurin, a pesar de una persistente coriza que
amenazaba saltarle los ojos de sus órbitas. Sonose las narices por
última vez en la antecámara, y los lacayos temblaron en sus asientos
cual si hubiesen oído la trompeta del juicio final.
Un criado anunció a M. L'Ambert. Llevaba puestas sus costosas gafas de
oro, y sonreía gravemente, cual convenía en semejantes circunstancias.
Con su historiada corbata, sus guantes impecables, sus zapatos de baile,
el sombrero debajo del brazo izquierdo, y el contrato en la mano
derecha, fue a presentar sus respetos a la marquesa, atravesó con
modestia el círculo formado por los que la rodeaban, inclinose ante
ella, y le dijo:
--Cheñora marquecha, aquí teneich el contrato de boda de vuechtra
cheñorita hija.
La señora de Villemaurin fijó en él sus ojos espantados. Un ligero
murmullo elevose entre los circunstantes. M. L'Ambert saludó de nuevo, y
añadió:
--¡Dioch mío! cheñora marquecha, que día tan felich va a cher echte para
todoch!
Una mano vigorosa asiole por el brazo izquierdo, haciéndole girar sobre
sí mismo. Volviose, y reconoció al marqués.
--Mi querido notario--le dijo éste, arrastrándole hasta un rincón,--el
carnaval permite indudablemente muchas cosas; pero recordad quien sois,
y cambiad de tono si os place.
--Pero, cheñor marquech...
--¡Otra vez!... Ya veis que soy paciente, pero os ruego no abuséis.
Excusaos ante la marquesa, leednos el contrato de boda, y buenas noches.
--¿Pero de qué he de echcucharme, y por qué echach buenach nochech?
¡Cualquiera diría que he cometido una torpecha, cheñor mío!
El marqués no le respondió una palabra; pero hizo señas a los criados
que circulaban por el salón. Entreabriose la puerta, y escuchose una voz
que gritaba en la antecámara:
--¡La servidumbre del señor L'Ambert! Aturdido, confuso, fuera de sí, el
pobre millonario salió haciendo reverencias en todas direcciones y no
tardó en encontrarse en su carruaje, sin saber por qué ni cómo. Se
golpeaba la frente, se arrancaba los cabellos y se pegaba pellizcos en
los brazos para despertarse a sí mismo, por si, como creía, era juguete
de un sueño. Pero no; no dormía; veía la hora que marcaba su reloj, leía
los nombres de las calles, a la claridad de las luces del gas, y
reconocía las muestras de los establecimientos. ¿Qué había dicho? ¿Qué
había hecho? ¿Qué conveniencias había violado? ¿Qué inconveniencia o qué
majadería suya podía haber dado lugar a que le tratasen de aquel modo?
Porque, en fin, la duda no era posible: en la casa del señor de
Villemaurin lo habían puesto de patitas en la calle. ¡Y el contrato de
matrimonio estaba allí, en su mano! ¡aquel contrato redactado con tan
singular esmero, en tan brillante estilo, y cuya lectura no había sido
escuchada!
Sin haber podido dar con la solución a aquel problema, encontrose en el
patio de su hotel. El rostro de su portero inspiróle una idea luminosa.
--¡Chinguet!--gritó.
El escuálido Singuet no se hizo llamar otra vez.
--Chinguet, te daré chien francoch chi me dichech la verdad; y chien
puntapiech chi me ocultach alguna cocha.
Singuet le miró con sorpresa, y sonrió con timidez.
--¡Chonríech, dechalmado! ¿por qué? ¡Contechta encheguida!
--¡Dios mío!--dijo el pobre diablo;--el señor dispensará... que me haya
permitido... pero el señor imita perfectamente el acento de Romagné.
--¡El achento de Romagné! ¿quién? ¡yo! ¿Hablo como un auvernech?
--Demasiado lo sabe el señor. Hace ya ocho días de esto.
--¿Pero qué echtach dichiendo, pollino? ¿cómo he de chaber yo una cocha
chemejante?
Singuet elevó los ojos al cielo, pensando que su amo se había vuelto
loco; pero M. L'Ambert, aparte de aquel maldito acento, gozaba de la
plenitud de todas sus facultades. Interrogó por separado a toda su
servidumbre, y se persuadió de su desgracia.
--¡Ah, infame aguador!--exclamaba,--¡ah, criminal! Echtoy cheguro de
que habrá hecho alguna majadería. Que vayan a buchcarle; pero no, que
voy a buchcarle yo michmo.
Corrió a pie hasta la casa de su protegido, subió a saltos hasta el
quinto piso, llamó sin lograr despertarle, y, enfurecido y colérico, no
encontrando otro expediente, forzó a empujones la puerta de la
habitación.
--¡Cheñor L'Ambert!--exclamó Romagné.
--¡Tunante de auvernech!--respondiole el notario.
--¡Cheñor mío!
--¡Chinvergüencha!
Ya eran dos a destrozar el idioma.
La discusión prolongose por espacio de más de un cuarto de hora, en
medio de la mayor algarabía, sin que se aclarase el misterio. El uno se
quejaba amargamente, como víctima; el otro se defendía diciendo que era
inocente.
--Echpérame aquí--dijo, para acabar M. L'Ambert.--M. Bernier, el médico,
me dirá echta noche michma lo que hach hecho.
Despertó a M. Bernier, y le refirió, con la consabida che, cuanto le
había ocurrido aquella noche.
--Mucho ruido y pocas nueces--le contestó el doctor, riendo de buena
gana.
--Romagné es inocente; la culpa es toda vuestra. Permanecisteis con la
cabeza descubierta a la salida de los Italianos: de ahí procede todo el
mal. Padecéis un fuerte ataque de coriza, y habláis por la nariz: por
eso os expresáis en auvernés. Esto es muy lógico. Volved a vuestra casa,
aspirad bastante acónito, conservad los pies calientes y la cabeza
abrigada y, en lo sucesivo, adoptad toda clase de precauciones contra
los constipados, pues ya sabéis cuáles han de ser para vos sus
consecuencias.
El desdichado notario regresó a su hotel maldiciendo como un condenado.
--De manera--pensaba;--que mis precauciones resultan infructuosas. Por
mucho que me esmere en mantener y vigilar a ese bellaco de aguador, me
jugará constantes trastadas, y seré siempre su víctima, sin poderle
acusar nunca de nada; ¿a qué entonces, tantos gastos? Se acabó: ya estoy
cansado: economizaré su pensión.
Y dicho y hecho. Al día siguiente, cuando el pobre Romagné vino, todavía
aturdido, a cobrar la pensión de la semana, lo echó a la calle Singuet,
y anunciole que no harían nada por él en lo sucesivo. Encogiose de
hombros el auvernés, a fuer de hombre que, sin haber leído las epístolas
de Horacio, practica el -Nil admirari- por instinto. Singuet, que lo
quería bien, preguntole a qué pensaba dedicarse, contestándole él que
buscaría trabajo. Al fin y al cabo, aquella forzada ociosidad le aburría
demasiado.
M. L'Ambert sanó de su coriza y alegrose de haber borrado de su
presupuesto la partida correspondiente a Romagné. Ningún otro accidente
vino a interrumpir después el curso de su dicha. Hizo las paces con el
marqués de Villemaurin y con toda su clientela del faubourg, a la que
había escandalizado bastante. Libre de toda inquietud, pudo abandonarse,
feliz, por la dulce pendiente que le conducía, sobre rosas, hacia la
dote de la señorita Steimbourg. ¡Afortunado L'Ambert! le abrió su
corazón de par en par, y mostrole los sentimientos legítimos y puros que
lo llenaban por completo. La bella y avisada muchacha tendiole la mano a
la inglesa, y le dijo con desparpajo:
--Negocio concluido. Mis padres están de acuerdo conmigo; ya os daré mis
instrucciones para la canastilla de boda. Procuremos abreviar todas las
formalidades para poder marcharnos a Italia antes de que termine el
invierno.
El amor prestole sus alas. Compró, sin regatear, la canastilla,
encomendó a los tapiceros la tarea de alhajar el cuarto de su señora,
encargó un coche nuevo, eligió dos caballos alazanes de la más rara
belleza, y aligeró la publicación de las amonestaciones. El banquete de
despedida de soltero que ofreció a sus camaradas, inscrito está con
letras de oro en los fastos del Café Inglés. Sus amantes recibieron su
postrer adiós, y sus correspondientes brazaletes, con mal contenida
emoción.
Los partes de casamiento anunciaban que la bendición nupcial tendría
efecto el día 3 de marzo, a la una en punto, en la iglesia de Santo
Tomás de Aquino. Inútil parece advertir que se había colgado el altar y
se había engalanado el templo como en las bodas de primera categoría.
El día 3 de marzo, a las ocho de la mañana, despertose espontáncamente
L'Ambert, sonrió satisfecho a los primeros rayos del sol que penetraron
alegres por su entreabierta ventana, tomó el pañuelo de debajo de la
almohada, y se lo llevó a la nariz a fin de esclarecer sus ideas. Pero
el pañuelo de batista sólo encontró el vacío: la nariz ya no existía.
El notario fue de un salto a mirarse en el espejo. ¡Horror y maldición!
como dicen en las novelas de la antigua escuela. Se vio tan desfigurado
como el día que volvió de Parthenay. Correr a su lecho, registrar
cobertores y sábanas, mirar por detrás de la cama, sondar los colchones
y el somier, sacudir los muebles próximos, y poner patas arriba cuanta
cosa había en el cuarto, fue obra de pocos instantes.
¡Pero nada! ¡nada! ¡nada!
Colgose del cordón de la campanilla, pidió auxilio a sus criados y juró
echarlos a todos, como a perros, si no encontraban la nariz. ¡Inútil
amenaza! La nariz era más imposible de encontrar que la Cámara de 1816.
Dos horas transcurrieron en medio de la agitación, el desorden y el
ruido.
Y entretanto, el señor de Steimbourg se vestía su levita gris con
botones de oro; la señora de Steimbourg, en traje de gran gala, dirigía
a dos doncellas y tres modistas, que iban y venían y giraban sin cesar
en torno de la bella Irma. La blanca novia, embadurnada en polvos de
arroz, como un pez antes de ser introducido en la sartén, temblaba de
impaciencia y maltrataba a todo el mundo con admirable imparcialidad. Y
el alcalde del distrito décimo, con su faja reglamentaria, paseábase por
un gran salón vacío preparando una improvisación. Y los mendigos
privilegiados de Santo Tomás de Aquino expulsaban a cajas destempladas a
dos o tres intrigantes, llegados de no sé dónde, con objeto de
disputarles sus limosnas. Y M. Enrique Steimbourg, que mascaba un
cigarro, hacía ya media hora, en el fumador de su padre, extrañábase de
que su querido Alfredo no hubiese llegado aún.
Por fin perdió la paciencia, corrió a la calle de Sartine, y encontró a
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