PROCURADOR.
Pues, señor Paisano, déjese ahorcar; que aquí quedo yo.
PAISANO.
¡Mejor puñalada le den!
(-Cantan dentro la letanía, y responden todos.-)
ALCAIDE.
Eso me parece que es lo que importa: vuestros amigos son, que os
vienen á decir las ledanías.
PAISANO.
En la muerte se echan de ver los que son amigos.
-Salgan todos los que pudieren, en órden de figurillas, con velas
encendidas en las manos, y cantando las letanías.-
PAISANO.
Vénme aquí cercado de grajos gallegos.
GARAY.
Hable el seor Barragan, que es mas honrado y mas antiguo.
BARRAGAN.
Yo no haré: hable el seor Solapo.
SOLAPO.
Asi me vea en aquella calle con libertad, que no digo palabra: hable
el seor Cuatro.
CUATRO.
El Cuatro no lo hará: hable el seor Garay.
GARAY.
Garay no lo hará, no hay que decir.
PAISANO.
No es éste tiempo de rumbos ni alborotos. Hable el mas cercano
opositor á esta cátedra de la muerte, y guárdensele sus preeminencias.
SOLAPO.
Por no perder la costumbre antigua que se tiene con los presos
honrados, digo asi, que en estos luctos echará de ver voacé que lo
sienten sus camaradas. Plega á Dios lo seamos en el cielo. Y mal haya
el diablo, que dos sentencias tengo de muerte, ¿por qué no vino la
otra, para acompañar á voacé?
PAISANO.
Oh, ¡qué desgraciado ando! ¡Mal haya el diablo, que nos fuéramos
de venta en venta, echando una y otra: que fuera para mí de gran
contento ir acompañado de un par de consortes como vuesa merced!
SOLAPO.
Y ¡el corchete que prendió á voacé! Si yo salgo, no digo nada.
PAISANO.
Ese corchete es oficial ventoso, hizo su oficio; voacé me hará merced
de soterralle un puñal en las entrañas, y con esto iré muy contento
desta vida.
BARRAGAN.
So Paisano, consuélese voacé con que la justicia lo hace; que otro no
podia con voacé en el mundo. Y ésta puede dar pesadumbre á voacé y á
todo el mundo. Voacé déjelos, que no digo nada.
PAISANO.
Ninguno en socolor de amigo piense cargarme en este despidimiento.
Quiero saber si es cargo lo que dijo el seor Barragan, en decirme que
la justicia me puede dar pesadumbre.
GARAY.
No es carga lo que dijo Barragan; esto á pagar de mi honra.
PAISANO.
Esa vaya en aumento. Y pues que toma á cargo lo de los testigos, me
hará merced voacé de cortar al uno las orejas y al otro las narices,
y á los demás borrajarles las caras con una daga; y con esto iré
contento para la otra vida.
ESCARRAMÁN.
Voacé tenga la muerte como ha tenido la vida, pues ninguno se la hizo
que no se la pagase.
PAISANO.
Aun bien que voacé es testigo de lo que yo he peleado en esta vida, y
muertes que tengo á cargo; sin mancos ni perniquebrados, que éstos no
han tenido número.
ESCARRAMÁN.
Y si al bajar lloraren las personas, no las vuelva el rostro ni sea
predicador en el sitio desta desgracia, que es hijo de vecino de
Sevilla, y no ha de mostrar punto de cobardía.
PAISANO.
No hay que tratar deso, ni decir: «Madres las que teneis hijos, mirad
cómo los adotrinais y enseñais; que todo es borrachería y barahunda.»
ESCARRAMÁN.
Y al verdugo que apretó tanto las cuerdas á voacé, que le hizo decir
lo que no habia hecho, si yo salgo, no digo nada.
PAISANO.
Ese verdugo, ¿me hará voacé merced de vendimialle la vida con otro
verdugo?
ESCARRAMÁN.
Eso haré yo de muy buena gana.
CUATRO.
Mucha pesadumbre me ha dado la Beltrana, que en mi presencia se arañó
la cara.
PAISANO.
Crea voacé que ha sentido la mujer en el alma esta pesadumbre que me
quiere dar la justicia, pues se arañó el retablo.
CUATRO.
Díjome que cuando voacé pasase por Gradas, volviera el rostro; que
mas preciaria verle con una soga á la garganta, que con una cadena de
oro de cuatro vueltas.
PAISANO.
Créolo yo, que ha sido mujer de gran ser, amiga del esparto:
acostábala yo con soga de esparto, llámanla sus amigas la Espartera;
y asi tiene metido el esparto en las entrañas.
CUATRO.
Y al Secretario, si yo salgo, no digo nada. Pero esto para mí y
voacé: este hombre que mató voacé ¿era hombre de cuenta?
PAISANO.
Era un probete, boquirubio. Pensó que era yo algun lanudo, fuése
derribando en segunda; ya sabe voacé qué suelo hacer con la de
ganchos: desvío y doyle, y allá va el probete, que se venia á la boca
de leon, siendo cordero.
CUATRO.
Seor Paisano, no haga de la cruz daga; que es indecencia.
PAISANO.
No habia mirado en tanto.
-Sale el Alcaide y músicos, y las mujeres.-
ALCAIDE.
Albricias, Paisano; que ya os oyen esos señores.
PAISANO.
¿Ya me oyen? No son cuerdos.
BELTRANA.
Parece que no te has alegrado con la nueva tan buena.
PAISANO.
Hay causa para ello.
BELTRANA.
¿Qué causa puede ser, hígados de perro?
PAISANO.
Has de saber que me huelgo por tí, que quedabas huérfana y sola; y
pésame por estos señores, que tenian hecho ya el gasto de cera y
lutos. Y no sé con qué gana tengo de andar por la cárcel.
BELTRANA.
Ea, que no faltará otra ocasion.
PAISANO.
Seor Alcaide, tome voacé esta cruz, y póngala en el altar para otra
ocasion que se me ofrezca. Y voacedes se regocijen y alegren, y
gástese todo mi rancho.
(-Tañen, cantan y bailan.-)
BELTRANA.
Pues que ya está libre
mi sentenciado,
gástese mi saya
y lo que he ganado.
Gástese mi rancho todo,
aunque me quede sin rancho,
pues mi navío y rodancho
á tan buen gusto acomodo.
Sacúdase el polvo y lodo;
y el Mellado y Garrampies
gocen de aqueste interés,
por su valor esforzado.
MÚSICOS.
Pues que ya está libre
mi sentenciado, etc.
BELTRANA.
Díganla luego á la Helipa
las nuevas desta sentencia,
y gástense en mi presencia
dos jamones y una pipa;
y beba, pues participa
deste bien tan soberano.
MÚSICOS.
Pues que ya está libre
mi sentenciado, etc.
(-Éntranse con chacota y grita, con que se da fin.-)
FIN DE ESTE ENTREMES.
[Ilustración]
ENTREMES
-DEL RETABLO DE LAS MARAVILLAS-.
-Salen Chanfalla y los Chirinos.-
CHANFALLA.
No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis advertimientos,
principalmente los que te he dado para este nuevo embuste, que ha de
salir tan á luz, como el pasado del llovista.
CHIRINOS.
Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere, tenlo como de molde: que tanta
memoria tengo, como entendimiento, á quien se junta una voluntad de
acercar á satisfacerte, que escede á las demás potencias; pero dime,
¿de qué sirve este Rabelin, que hemos tomado? ¿Nosotros dos solos no
pudiéramos salir con esta empresa?
CHANFALLA.
Habíamosle menester, como el pan de la boca, para tocar en los
espacios que tardaren en salir las figuras del retablo de las
maravillas.
CHIRINOS.
Maravilla será si no nos apedrean por solo el Rabelin; porque tan
desventurada criaturilla no la he visto en todos los dias de mi vida.
-Sale el Rabelin.-
RABELIN.
¿Háse de hacer algo en este pueblo, señor autor? Que ya me muero
porque vuestra merced vea que no me tomó á carga cerrada[45].
CHIRINOS.
Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un tercio, cuanto mas una
carga: si no sois mas gran músico, que grande, medrados estamos.
RABELIN.
Ello dirá: que en verdad que me han escrito para entrar en una
compañía de partes, por chico que soy.
CHANFALLA.
Si os han de dar la parte á medida del cuerpo, casi será indivisible.
Chirinos, poco á poco estamos ya en el pueblo; y estos que aquí
vienen, deben de ser, como lo son sin duda, el gobernador y los
alcaldes: salgámosles al encuentro; y date un filo á la lengua en la
piedra de la adulacion[46]; pero no despuntes de aguda[47].
-Salen el gobernador, y Benito Repollo, alcalde, Juan Castrado,
regidor, y Pedro Capacho, escribano.-
Beso á vuestras mercedes las manos: ¿quién de vuestras mercedes es el
gobernador de este pueblo?
GOBERNADOR.
Yo soy el gobernador: ¿qué es lo que quereis, buen hombre?
CHANFALLA.
Á tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de ver que
esa peripatética y anchurosa presencia no podia ser de otro que del
dignísimo gobernador de este honrado pueblo, que con venirlo á ser de
las Algarrobillas, lo deseche vuestra merced.
CHIRINOS.
En vida de la señora y de los señoritos, si es que el señor
gobernador los tiene.
CAPACHO.
No es casado el señor gobernador.
CHIRINOS.
Para cuando lo sea: que no se perderá nada.
GOBERNADOR.
Y bien, ¿qué es lo que quereis, hombre honrado?
CHIRINOS.
Honrados dias viva vuestra merced, que asi nos honra: en fin, la
encina da bellotas, el pero peras, la parra uvas, y el honrado honra,
sin poder hacer otra cosa.
BENITO.
Sentencia ciceronianca, sin quitar ni poner un punto.
CAPACHO.
Ciceroniana quiso decir el señor alcalde Benito Repollo.
BENITO.
Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las mas veces no
acierto: en fin, buen hombre, ¿qué quereis?
CHANFALLA.
Yo, señores mios, soy Montiel, el que trae el retablo de las
maravillas: hánme enviado á llamar de la córte los señores cofrades
de los hospitales; porque no hay autor de comedias en ella, y perecen
los hospitales; y con mi ida se remediará todo.
GOBERNADOR.
¿Y qué quiere decir retablo de las maravillas?
CHANFALLA.
Por las maravillosas cosas, que en él se enseñan y muestran, viene
á ser llamado retablo de las maravillas; el cual fabricó y compuso
el sabio Tontonelo, debajo de tales paralelos, rumbos, astros y
estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno
puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de
confeso[48], ó no sea habido y procreado de sus padres de legítimo
matrimonio; y el que fuere contagiado de estas dos tan usadas
enfermedades, despídase de ver las cosas jamás vistas ni oidas de mi
retablo.
BENITO.
Ahora echo de ver que cada dia se ven en el mundo cosas nuevas. ¿Y
qué se llamaba Tontonelo el sabio que el retablo compuso?
CHIRINOS.
Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tontonela: hombre de
quien hay fama que le llegaba la barba á la cintura.
BENITO.
Por la mayor parte los hombres de grandes barbas son sabiondos.
GOBERNADOR.
Señor regidor Juan Castrado, yo determino, debajo de su buen parecer,
que esta noche se despose la señora Teresa Castrada, su hija, de
quien yo soy padrino; y en regocijo de la fiesta, quiero que el
señor Montiel muestre en vuestra casa su retablo.
JUAN.
Eso tengo yo por servir al señor gobernador, con cuyo parecer me
convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en contrario.
CHIRINOS.
La cosa que hay en contrario es, que si no se nos paga primero
nuestro trabajo, asi verán las figuras como por el cerro de Úbeda.
¿Vuestras mercedes, señores justicias, tienen conciencia y alma en
esos cuerpos? Bueno seria que entrase esta noche todo el pueblo
en casa del señor Juan Castrado, ó como es su gracia, y viese lo
contenido en el tal retablo; y mañana cuando quisiésemos mostralle al
pueblo, no hubiese ánima que le viese: no señores, no señores, -ante
omnia- nos han de pagar lo que fuere justo.
BENITO.
Señora autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona, ni ningun
Antoño: el señor regidor Juan Castrado os pagará mas que
honradamente, y si no el concejo: bien conoceis el lugar por cierto:
aquí, hermana, no aguardamos á que ninguna Antona pague por nosotros.
CAPACHO.
Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del blanco: no
dice la señora autora que pague ninguna Antona, sino que le paguen
adelantado, y ante todas cosas, que eso quiere decir -ante omnia-.
BENITO.
Mirad, escribano Pedro Capacho, haced vos que me hablen á derechas,
que yo entenderé á pie llano: vos, que sois leido y escribido, podeis
entender esas algaravías de allende, que yo no.
JUAN.
Ahora bien, ¿contentarse há el señor autor con que yo le dé
adelantados media docena de ducados? y mas que se tendrá cuidado que
no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.
CHANFALLA.
Soy contento; porque yo me fio de la diligencia de vuestra merced y
de su buen término.
JUAN.
Pues véngase conmigo, recibirá el dinero, y verá mi casa, y la
comodidad que hay en ella para mostrar ese retablo.
CHANFALLA.
Vamos; y no se les pase de las mientes las calidades que han de tener
los que se atrevieren á mirar el maravilloso retablo.
BENITO.
Á mi cargo queda eso; y séle decir que por mi parte puedo ir seguro
á juicio, pues tengo el padre alcalde: cuatro dedos de enjundia
de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi
linaje: miren si veré el tal retablo.
CAPACHO.
Todos le pensamos ver, señor Benito Repollo.
JUAN.
No nacimos acá en las malvas, señor Pedro Capacho.
GOBERNADOR.
Todo será menester, segun voy viendo, señores alcalde, regidor y
escribano.
JUAN.
Vamos, autor, y manos á la obra: que Juan Castrado me llamo, hijo de
Anton Castrado, y de Juana Macha; y no digo mas en abono y seguro que
podré ponerme cara á cara y á pie quedo delante del referido retablo.
CHIRINOS.
Dios lo haga.
(-Éntranse Juan Castrado y Chanfalla.-)
GOBERNADOR.
Señora autora, ¿qué poetas se usan ahora en la córte, de fama y
rumbo, especialmente de los llamados cómicos? Porque yo tengo mis
puntas y collar de poeta, y pícome de la farándula y carátula[49].
Veintidos comedias tengo, todas nuevas, que se ven las unas á las
otras; y estoy aguardando coyuntura para ir á la córte, y enriquecer
con ellas media docena de autores.
CHIRINOS.
Á lo que vuestra merced, señor gobernador, me pregunta de los poetas,
no le sabré responder; porque hay tantos, que quitan el sol; y todos
piensan que son famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios y
que siempre se usan, y asi no hay para qué nombrallos. Pero dígame
vuestra merced, por su vida, ¿cómo es su buena gracia? ¿Cómo se llama?
GOBERNADOR.
Á mí, señora autora, me llaman el licenciado Gomecillos.
CHIRINOS.
¡Válame Dios! ¿Y qué, vuestra merced es el señor licenciado
Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de -Lucifer
estaba malo, y tómale mal de fuera-?
GOBERNADOR.
Malas lenguas hubo, que me quisieron ahijar esas coplas; y asi fueron
mias, como del Gran Turco. Las que yo compuse, y no lo quiero negar,
fueron aquellas que trataron del diluvio de Sevilla: que puesto que
los poetas son ladrones unos de otros, nunca me precié de hurtar nada
á nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que quisiere.
-Vuelve Chanfalla.-
CHANFALLA.
Señores, vuestras mercedes vengan, que todo está á punto, y no falta
mas que comenzar.
CHIRINOS.
¿Está ya el dinero -in corbona-?
CHANFALLA.
Y aun entre las telas del corazon.
CHIRINOS.
Pues dóite por aviso, Chanfalla, que el gobernador es poeta.
CHANFALLA.
¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! pues dale por engañado; porque todos
los de humor semejante son hechos á la mazacona, gente descuidada,
crédula, y nada maliciosa.
BENITO.
Vamos, autor, que me saltan los pies por ver esas maravillas.
(-Éntranse todos.-)
-Salen Juana Castrada y Teresa Repolla, labradoras: la una como
desposada, que es la Castrada.-
CASTRADA.
Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos el
retablo en frente; y pues sabes las condiciones que han de tener los
miradores del retablo, no te descuides, que seria una gran desgracia.
TERESA.
Ya sabes, Juana Castrada, que soy tu prima, y no digo mas. Tan cierto
tuviera yo el cielo, como tengo cierto ver todo aquello que el
retablo mostráre: por el siglo de mi madre, que me sacase los mismos
ojos de mi cara, si alguna desgracia me aconteciese: ¡bonita soy yo
para eso!
CASTRADA.
Sosiégate, prima, que toda la gente viene.
-Entran el Gobernador, Benito Repollo, Juan Castrado, Pedro
Capacho, el autor y la autora, y el músico, y otra gente del
pueblo, y un sobrino de Benito, que ha de ser aquel gentil hombre
que baila.-
CHANFALLA.
Siéntense todos: el retablo ha de estar detrás de este repostero: y
la autora tambien, y aquí el músico.
BENITO.
¿Músico es éste? Métanle tambien detrás del repostero; que á trueco
de no velle, daré por bien empleado el no oille.
CHANFALLA.
No tiene vuestra merced razon, señor alcalde Repollo, de
descontentarse del músico, que en verdad que es muy buen cristiano, é
hidalgo de solar conocido.
GOBERNADOR.
Calidades son bien necesarias para ser buen músico.
BENITO.
De solar bien podrá ser; mas de sonar, abrenuncio.
RABELIN.
Eso se merece el bellaco que se viene á sonar delante de...
BENITO.
Pues por Dios, que hemos visto aquí sonar á otros músicos tan...
GOBERNADOR.
Quédese esta razon en el de del señor Rabel, y en el tan del alcalde,
que será proceder en infinito; y el señor Montiel comience su obra.
BENITO.
Poca balumba trae este autor para tan gran retablo.
JUAN.
Todo debe de ser de maravillas.
CHANFALLA.
Atencion, señores, que comienzo. ¡Ó tú, quien quiera que fuiste, que
fabricaste este retablo con tan maravilloso artificio, que alcanzó
el renombre de las maravillas: por la virtud que en él se encierra,
te conjuro, apremio y mando que luego incontinente muestres á estos
señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que se
regocijen y tomen placer, sin escándalo alguno! Ea, que ya veo que
has otorgado mi peticion, pues por aquella parte asoma la figura
del valentísimo Sanson, abrazado con las colunas del templo, para
derriballe por el suelo, y tomar venganza de sus enemigos. ¡Ténte,
valeroso caballero: ténte por la gracia de Dios Padre, no hagas tal
desaguisado, porque no cojas debajo y hagas tortilla tanta y tan
noble gente como aquí se ha juntado!
BENITO.
¡Téngase! cuerpo de tal conmigo: Bueno seria, que en lugar de
habernos venido á holgar, quedásemos aquí hechos plasta: ¡téngase,
señor Sanson, pesia á mis males! que se lo ruegan buenos.
CAPACHO.
¿Véisle vos, Castrado?
JUAN.
¿Pues no le habia de ver? ¿Tengo yo los ojos en el colodrillo?
CAPACHO.
Milagroso caso es éste: asi veo yo á Sanson ahora, como el Gran
Turco; pues en verdad, que me tengo por legítimo y cristiano viejo.
CHIRINOS.
¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al ganapan en
Salamanca! ¡échate, hombre: échate, hombre: Dios te libre: Dios te
libre!
CHANFALLA.
¡Échense todos, échense todos! ¡ucho ho, ucho ho, ucho ho!
(-Échanse todos, y alborótanse.-)
BENITO.
El diablo lleva en el cuerpo el torillo: sus partes tiene de hosco y
de bragado: si no me tiendo, me lleva de vuelo.
JUAN.
Señor autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos alboroten;
y no lo digo por mí, sino por estas mochachas, que no les ha quedado
gota de sangre en el cuerpo, de la ferocidad del toro.
CASTRADA.
¿Y cómo, padre? no pienso volver en mí en tres dias: ya me ví en sus
cuernos, que los tiene agudos como una lesna.
JUAN.
No fueras tú mi hija, y no lo vieras.
GOBERNADOR.
Basta que todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que
lo veo, por la negra honrilla.
CHIRINOS.
Esa manada de ratones, que allá va, deciende por línea recta de
aquellos que se criaron en el arca de Noé: de ellos son blancos,
de ellos albarazados, de ellos jaspeados, y de ellos azules: y
finalmente, todos son ratones.
CASTRADA.
¡Jesus! ¡ay de mí! ¡ténganme, que me arrojaré por aquella ventana!
¿Ratones? ¡desdichada! amiga, apriétate las faldas, y mira no te
muerdan; y monta que son pocos: por el siglo de mi abuela, que pasan
de milenta.
REPOLLO.
Yo sí soy la desdichada, porque se me entran sin reparo ninguno: un
raton morenico me tiene asida de una rodilla: ¡socorro venga del
cielo, pues en la tierra me falta!
BENITO.
Aun bien que tengo gregüescos, que no hay raton que se me entre, por
pequeño que sea.
CHANFALLA.
Esta agua, que con tanta priesa se deja descolgar de las nubes, es de
la fuente que da orígen y principio al rio Jordan: toda mujer á quien
tocáre en el rostro, se le volverá como de plata bruñida, y á los
hombres se les volverán las barbas como de oro.
CASTRADA.
Oyes, amiga, descubre el rostro, pues ves lo que te importa. ¡Ó qué
licor tan sabroso! cúbrase padre, no se moje.
JUAN.
Todos nos cubrimos, hija.
BENITO.
Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra.
CAPACHO.
Yo estoy mas seco que un esparto.
GOBERNADOR.
¿Qué diablos puede ser esto, que aun no me ha tocado una gota, donde
todos se ahogan? Mas ¿si viniera yo á ser bastardo entre tantos
legítimos?
BENITO.
Quítenme de allí aquel músico, sino, voto á Dios, que me vaya sin ver
mas figura: ¡válgate el diablo por músico aduendado, y que hace de
menudear sin cítola y sin són!
RABELIN.
Señor alcalde, no tome conmigo la hincha; que yo toco como Dios ha
sido servido de enseñarme.
BENITO.
¿Dios te habia de enseñar, sabandija? métete tras la manta, si no por
Dios que te arroje este banco.
RABELIN.
El diablo creo que me ha traido á este pueblo.
CAPACHO.
Fresca es el agua del santo rio Jordan; y aunque me cubrí lo que
pude, todavía me alcanzó un poco en los vigotes; y apostaré que los
tengo rubios como un oro.
BENITO.
Y aun peor cincuenta veces.
CHIRINOS.
Allá van hasta dos docenas de leones rampantes y de osos colmeneros:
todo viviente se guarde, que aunque fantásticos, no dejarán de dar
alguna pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de Hércules, con
espadas desenvainadas.
JUAN.
Ea, señor autor, cuerpo de nosla, ¿y agora nos quiere llenar la casa
de osos y de leones?
BENITO.
Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envia Tontonelo, sino leones
y dragones. Señor autor, ó salgan figuras mas apacibles, ó aquí nos
contentamos con las vistas; y Dios le guie, y no pare mas en el
pueblo un momento.
CASTRADA.
Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y esos leones, siquiera por
nosotras, y recibiremos mucho contento.
JUAN.
Pues, hija, de antes te espantabas de los ratones, ¿y agora pides
osos y leones?
CASTRADA.
Todo lo nuevo aplace, señor padre.
CHIRINOS.
Esa doncella, que agora se muestra tan galana y tan compuesta,
es la llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la cabeza
del precursor de la vida: si hay quien la ayude á bailar, verán
maravillas.
BENITO.
¡Ésta sí, cuerpo del mundo, que es figura hermosa, apacible y
reluciente! ¡Hi de puta, y como que se vuelve la mochacha! Sobrino
Repollo, tú que sabes de achaque de castañetas, ayúdala, y será la
fiesta de cuatro capas.
SOBRINO.
Que me place, tio Benito Repollo.
(-Tocan la zarabanda.-)
CAPACHO.
Toma á mi abuelo, si es antiguo el baile de la zarabanda, y de la
chacona.
BENITO.
Ea, sobrino, ténselas tiesas á esa bellaca jodía; pero si ésta es
jodía, ¿cómo ve estas maravillas?
CHANFALLA.
Todas las reglas tienen escepcion, señor alcalde.
-Suena una trompeta ó corneta dentro del teatro, y entra un
Furrier de compañías.-
FURRIER.
¿Quién es aquí el señor gobernador?
GOBERNADOR.
Yo soy, ¿qué manda usted?
FURRIER.
Que luego al punto mande hacer alojamiento para treinta hombres de
armas, que llegarán aquí dentro de media hora, y aun antes, que ya
suena la trompeta; y á Dios.
(-Váse.-)
BENITO.
Yo apostaré que los envia el sabio Tontonelo.
CHANFALLA.
No hay tal, que esta es una compañía de caballos, que estaba alojada
dos leguas de aquí.
BENITO.
Ahora yo conozco bien á Tontonelo, y sé que vos y él sois unos
grandísimos bellacos, no perdonando al músico; y mira que os mando
que mandeis á Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres
de armas, que le haré dar doscientos azotes en las espaldas, que se
vean unos á otros.
CHANFALLA.
Digo, señor alcalde, que no los envia Tontonelo.
BENITO.
Digo que los envia Tontonelo, como ha enviado las otras sabandijas
que yo he visto.
CAPACHO.
Todos las habemos visto, señor Benito Repollo.
BENITO.
No digo yo que no, señor Pedro Capacho. No toques mas, músico de
entre sueños, que te romperé la cabeza.
-Vuelve á entrar el Furrier.-
FURRIER.
Ea, ¿está ya hecho el alojamiento? que ya están los caballos en el
pueblo.
BENITO.
¿Qué todavía ha salido con la suya Tontonelo? pues yo os voto á tal
autor de humos y de embelecos, que me lo habeis de pagar.
CHANFALLA.
Séanme testigos, que me amenaza el alcalde.
CHIRINOS.
Séanme testigos, que dice el alcalde que lo que manda S. M., lo manda
el sabio Tontonelo.
BENITO.
Atontonelada te vean mis ojos, plega á Dios todo poderoso.
GOBERNADOR.
Yo para mí tengo que verdaderamente estos hombres de armas no deben
de ser de burlas.
FURRIER.
¿De burlas habian de ser, señor gobernador? ¿está en su seso?
JUAN.
Bien pudieran ser atontonelados; como esas cosas habemos visto aquí.
Por vida del autor, que haga salir otra vez á la doncella Herodías,
porque vea este señor lo que nunca ha visto: quizá con esto le
cohecharemos para que se vaya presto del lugar.
CHANFALLA.
Eso en buen hora; y véisla aquí á do vuelve, y hace de señas á su
bailador que de nuevo le ayude.
SOBRINO
Por mí no quedará, por cierto.
BENITO.
Eso sí, sobrino, cánsala, cánsala: vueltas y mas vueltas: ¡vive Dios,
que es un azogue la muchacha! ¡al hoyo, al hoyo: á ello, á ello!
FURRIER.
¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es esta, y qué baile,
y qué Tontonelo?
CAPACHO.
¿Luego no ve la doncella herodiana el señor furrier?
FURRIER.
¿Qué diablos de doncella tengo de ver?
CAPACHO.
Basta -de ex illis est-[50].
GOBERNADOR.
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