Chinelas de mis entrañas.
GLOSA.
Es amor tan gran tirano,
Que olvidado de la fe
Que le guardo siempre en vano,
Hoy con la funda de un pie,
Da á mi esperanza de mano.
Estas son vuestras hazañas,
Fundas pequeñas y hurañas,
Que ya mi alma imagina
Que sois, por ser de Cristina,
Chinelas de mis entrañas.
ZAPATERO.
Á mí poco se me entiende de trovas; pero estas me han sonado tan
bien, que me parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son ó
parecen buenas.
SOLDADO.
Pues señor, ya que no lleva remedio de fiarme estas chinelas, que no
fuera mucho, y mas sobre tan dulces prendas, por mi mal halladas,
llévelo, á lo menos, de que vuestra merced me las guarde hasta desde
aquí á dos dias que yo vaya por ellas; y por ahora digo por esta vez
al señor zapatero que no ha de ver ni hablar á Cristina.
ZAPATERO.
Yo haré lo que me manda el señor soldado; porque se me trasluce de
qué pies cojea, que son dos, el de la necesidad y el de los zelos.
SOLDADO.
Ese no es ingenio de zapatero, sino de colegial trilingüe.
ZAPATERO.
¡Ó zelos, zelos, cuán mejor os llamáran duelos, duelos!
(-Éntrase el zapatero.-)
SOLDADO.
No sino seais guarda, y guarda cuidadosa, y vereis como se os entran
mosquitos en la cueva donde está el licor de vuestro contento: ¿pero
qué voz es esta? sin duda es la de mi Cristina, que se desenfada
cantando cuando barre ó friega.
(-Suenan dentro platos, como que friegan y cantan.-)
Sacristan de mi vida, ténme por tuya,
Y fiado en mi fe canta aleluya.
SOLDADO.
Oidos que tal oyen: sin duda el sacristan debe de ser el brinco de su
alma. ¡Ó platera la mas limpia que tiene, tuvo ó tendrá el calendario
de las fregonas! ¿Por qué asi como limpias esa loza talaveril, que
traes entre las manos, y la vuelves en bruñida y tersa plata, no
limpias esa alma de pensamientos bajos y sota-sacristaniles?
-Entra el amo de Cristina.-
AMO.
Galan, ¿qué quiere ó qué busca á esta puerta?
SOLDADO.
Quiero mas de lo que seria bueno, y busco lo que no hallo; ¿pero
quién es vuestra merced que me lo pregunta?
AMO.
Soy el dueño de esta casa.
SOLDADO.
¿El amo de Cristinica?
AMO.
El mismo.
SOLDADO.
Pues lléguese vuestra merced á esta parte, y tome este envoltorio
de papeles: y advierta que ahí dentro van las informaciones de mis
servicios, con veintidos fes de veintidos generales, debajo de cuyos
estandartes he servido, amen de otras treinta y cuatro de otros
tantos maestres de campo, que se han dignado de honrarme con ellas.
AMO.
Pues no ha habido, á lo que yo alcanzo, tantos generales ni maestres
de campo de infantería española de cien años á esta parte.
SOLDADO.
Vuestra merced es hombre pacífico, y no está obligado á entendérsele
mucho de las cosas de la guerra: pase los ojos por esos papeles, y
verá en ellos, unos sobre otros, todos los generales y maestres de
campo que he dicho.
AMO.
Yo los doy por pasados y vistos: ¿pero de qué sirve darme cuenta de
esto?
SOLDADO.
De que hallará vuestra merced por ellos ser posible ser verdad una
que agora diré, y es que estoy consultado en uno de tres castillos
y plazas, que están vacas en el reino de Nápoles; conviene á saber,
Gaeta, Barleta y Rijobes.
AMO.
Hasta agora ninguna cosa me importan á mí estas relaciones que
vuestra merced me da.
SOLDADO.
Pues yo sé que le han de importar siendo Dios servido.
AMO.
¿En qué manera?
SOLDADO.
En que por fuerza, si no se cae el cielo, tengo de salir proveido
en una de estas plazas, y quiero casarme agora con Cristinica; y
siendo yo su marido, puede vuestra merced hacer de mi persona y de
mi mucha hacienda, como de cosa propia: que no tengo de mostrarme
desagradecido á la crianza que vuestra merced ha hecho á mi querida y
amada consorte.
AMO.
Vuestra merced lo ha de los cascos[35], mas que otra parte.
SOLDADO.
¿Pues sabe cuánto le va, señor dulce, que me la ha de entregar luego,
luego, ó no ha de atravesar las umbrales de su casa?
AMO.
¡Hay tal disparate! ¿y quién ha de ser bastante para quitarme que no
entre en mi casa?
-Vuelve el sota-sacristan Pasillas, armado con un tapador de
tinaja y una espada muy mohosa: viene con él otro sacristan, con
un morrion, y una vara ó palo, atado á él un rabo de zorra.-
SACRISTAN.
Ea, amigo Grajales, que este es el turbador de mi sosiego.
GRAJALES.
No me pesa sino que traigo las armas endebles y algo tiernas, que ya
le hubiera despachado al otro mundo á toda diligencia.
AMO.
Ténganse, gentiles hombres: ¿qué desman y qué acecinamiento es este?
SOLDADO.
¿Ladrones, á traicion y en cuadrilla? Sacristanes falsos, voto
á tal que os tengo de horadar, aunque tengais mas órdenes que
un ceremonial: cobarde, ¿á mí con rabo de zorra? ¿Es notarme de
borracho, ó piensas que estás quitando el polvo á alguna imágen de
bulto?
GRAJALES.
No pienso sino que estoy ojeando los mosquitos de una tinaja de vino.
-Á la ventana Cristina y su ama.-
CRISTINA.
Señora, señora, que matan á mi señor: mas de dos mil espadas están
sobre él, que relumbran, que me quitan la vista.
ELLA.
Dices verdad, hija mia: Dios sea con él: santa Úrsula, con las once
mil vírgenes sea en su guarda: ven, Cristina, y bajemos á socorrerle
como mejor pudiéremos.
AMO.
Por vida de vuestras mercedes, caballeros, que se tengan, y miren que
no es bien usar de superchería con nadie.
SOLDADO.
Tente, rabo, y tente, tapadorcillo, no acabeis de despertar mi cólera:
que si la acabo de despertar, os mataré, y os comeré, y os arrojaré
por la puerta falsa dos leguas mas allá del infierno.
AMO.
Téngase digo; sino por Dios que me descomponga de modo, que pese á
alguno.
SOLDADO.
Por mí tenido soy, que te tengo respeto, por la imágen que tienes en
tu casa.
SACRISTAN.
Pues aunque esa imágen haga milagros, no os ha de valer esta vez.
SOLDADO.
¿Han visto la desvergüenza de este bellaco, que me viene á hacer
cocos con un rabo de zorra, no habiéndome espantado ni atemorizado
tiros mayores que el de Dio, que está en Lisboa?
-Salen Cristina y su señora.-
ELLA.
¡Ay, marido mio! ¿Estais por desgracia herido, bien de mi alma?
CRISTINA.
¡Ay, desdichada de mí! por el siglo de mi padre, que son los de la
pendencia mi sacristan y mi soldado.
SOLDADO.
Aun bien que voy á la parte con el sacristan, que tambien dijo mi
soldado.
AMO.
No estoy herido, señora; pero sabed que toda esta pendencia es por
Cristinica.
ELLA.
¿Cómo por Cristinica?
AMO.
Á lo que yo entiendo, estos galanes andan zelosos por ella.
ELLA.
¿Y es esto verdad, muchacha?
CRISTINA.
Sí señora.
ELLA.
Mirad con qué poca vergüenza lo dice; ¿y háte deshonrado alguno de
ellos?
CRISTINA.
Sí señora.
ELLA.
¿Cuál?
CRISTINA.
El sacristan me deshonró el otro dia, cuando fuí al rastro.
ELLA.
¿Cuántas veces os he dicho yo, señor, que no saliese esta muchacha
fuera de casa, que ya era grande, y no convenia apartarla de nuestra
vista? ¿Qué dirá ahora su padre, que nos la entregó limpia de polvo y
de paja? ¿Y dónde te llevó, traidora, para deshonrarte?
CRISTINA.
Á ninguna parte, sino allí en mitad de la calle.
ELLA.
¿Cómo en mitad de la calle?
CRISTINA.
Allí en mitad de la calle de Toledo, á vista de Dios y de todo el
mundo, me llamó de sucia, y de deshonesta, de poca vergüenza, y menos
miramiento, y otros muchos baldones de este jaez, y todo por estar
zeloso de aquel soldado.
AMO.
¿Luego no ha pasado otra cosa entre tí, ni él, sino esa deshonra que
en la calle te hizo?
CRISTINA.
No por cierto, porque luego se le pasó la cólera.
ELLA.
El alma se me ha vuelto al cuerpo, que le tenia ya casi desamparado.
CRISTINA.
Y mas, que todo cuanto me dijo fue confiado en esta cédula, que me ha
dado de ser mi esposo, que la tengo guardada como oro en paño.
AMO.
Muestra, veamos.
ELLA.
Leedla alto, marido.
AMO.
Asi dice: «Digo yo, Lorenzo Pasillas, sota-sacristan de esta
parroquia, que quiero bien y muy bien á la señora Cristina de
Parrazes; y en fe de esta verdad, le dí esta firmada de mi nombre,
fecha en Madrid, en el cimenterio de San Andrés, á seis de mayo, este
presente año de mil y seiscientos y once. Testigos mi corazon, mi
entendimiento, mi voluntad y mi memoria.
-Lorenzo Pasillas.-»
¡Gentil manera de cédula de matrimonio!
SACRISTAN.
Debajo de decir que la quiero bien, se incluye todo aquello que ella
quisiere que yo haga por ella; porque quien da la voluntad, lo da
todo.
AMO.
¿Luego si ella quisiese, bien os casaríades con ella?
SACRISTAN.
De bonísima gana, aunque perdiese la espectativa de tres mil
maravedís de renta, que ha de fundar agora sobre mi cabeza una agüela
mia, segun me han escrito de mi tierra.
SOLDADO.
Si voluntades se toman en cuenta, treinta y nueve dias hace hoy, que
al entrar de la Puente Segoviana dí yo á Cristina la mia, con todos
los anejos á mis tres potencias; y si ella quisiere ser mi esposa,
algo irá á decir de ser castellano de un famoso castillo, á un
sacristan no entero, sino medio, y aun de la mitad le debe de faltar
algo.
AMO.
¿Tienes deseo de casarte, Cristinica?
CRISTINA.
Sí tengo.
AMO.
Pues escoge de estos dos que se te ofrecen el que mas te agradare.
CRISTINA.
Tengo vergüenza.
ELLA.
No la tengas, porque el comer, y el casar ha ser á gusto propio, y no
á voluntad agena.
CRISTINA.
Vuestras mercedes, que me han criado, me darán marido como me
convenga, aunque todavía quisiera escoger.
SOLDADO.
Niña, échame el ojo, mira mi garbo: soldado soy: castellano pienso
ser: brio tengo de corazon: soy el mas galan hombre del mundo; y por
el hilo de este vestidillo podrás sacar el ovillo de mi gentileza.
SACRISTAN.
Cristina, yo soy músico, aunque de campanas: para adornar una tumba,
y colgar una iglesia para fiestas solenes, ningun sacristan me puede
llevar ventaja; y estos oficios bien los puedo ejercitar casado, y
ganar de comer como un príncipe.
AMO.
Ahora bien, muchacha, escoge de los dos el que te agrada, que
yo gusto de ello, y con esto pondrás paz entre dos tan fuertes
competidores.
SOLDADO.
Yo me allano.
SACRISTAN.
Y yo me rindo.
CRISTINA.
Pues escojo al sacristan.
-Han entrado los músicos.-
AMO.
Pues llamen esos oficiales de mi vecino el barbero, para que con sus
guitarras y voces nos entremos á celebrar el desposorio, cantando y
bailando; y el señor soldado será mi convidado.
SOLDADO.
Acepto:
Que donde hay fuerza de hecho
Se pierde cualquier derecho.
MÚSICO.
Pues hemos llegado á tiempo, este será el estribillo de nuestra letra.
(-Cantan el estribillo.-)
Siempre escogen las mujeres
Aquello que vale menos,
Porque escede su mal gusto
Á cualquier merecimiento.
Ya no se estima el valor,
Porque se estima el dinero,
Pues un sacristan prefieren
Á un roto soldado lego;
Mas no es mucho, que quien vió
Que fue su voto tan necio,
Que á sagrado se acogiese,
Que es de delincuentes puerto:
Que á donde hay fuerza, etc.
Como es propio de un soldado,
Que es solo en los años viejo,
Y se halla sin un cuarto,
Porque ha dejado su tercio
Imaginar que ser puede
Pretendiente de Gaiferos,
Conquistando por lo bravo
Lo que yo por manso adquiero;
No me afrentan tus razones,
Pues has perdido en el juego,
Que siempre un picado tiene
Licencia para hacer fieros.
Que á donde, etc.
(-Éntranse cantando y bailando.-)
FIN DE ESTE ENTREMES.
[Ilustración]
ENTREMES
-DEL VIEJO ZELOSO-.
-Salen doña Lorenza, y Cristina, su criada, y Hortigosa, su
vecina.-
LORENZA.
Milagro ha sido éste, señora Hortigosa, el no haber dado la vuelta á
la llave, mi duelo, mi yugo y mi desesperacion: este es el primero
dia, despues que me casé con él, que hablo con persona de fuera de
casa: que fuera le vea yo de esta vida á él y á quien con él me casó.
HORTIGOSA.
Ande, mi señora doña Lorenza, no se queje tanto: que con una caldera
vieja se compra otra nueva.
LORENZA.
Y aun con esos y otros semejantes villancicos ó refranes me engañaron
á mí: que malditos sean sus dineros, fuera de las cruces, malditas
sus joyas, malditas sus galas, y maldito todo cuanto me da y promete.
¿De qué me sirve á mí todo aquesto, si en mitad de la riqueza estoy
pobre, y en medio de la abundancia con hambre?
CRISTINA.
En verdad, señora tia, que tienes razon: que mas quisiera yo andar
con un trapo atrás y otro adelante, y tener un marido mozo, que verme
casada y enlodada con ese viejo podrido, que tomaste por esposo.
LORENZA.
¿Yo le tomé, sobrina? Á la fe diómele quien pudo; y yo, como
muchacha, fui mas presta al obedecer, que al contradecir; pero si
yo tuviera tanta esperiencia de estas cosas, antes me tarazara la
lengua con los dientes, que pronunciar aquel sí, que se pronuncia con
dos letras, y da que llorar dos mil años: pero yo imagino que no fue
otra cosa, sino que habia de ser esta; y que las que han de suceder
forzosamente, no hay prevencion ni diligencia humana que las prevenga.
CRISTINA.
Jesus, y del mal viejo: toda la noche daca el orinal, toma el orinal:
levántate, Cristinica, y caliéntame unos paños, que me muero de
la hijada: dame aquellos juncos, que me fatiga la piedra: con mas
ungüentos y medicinas en el aposento, que si fuera una botica: y yo,
que apenas sé vestirme, tengo de servirle de enfermera: pux, pux,
pux, viejo clueco, tan potroso como zeloso, y el mas zeloso del mundo.
LORENZA.
Dice la verdad mi sobrina.
CRISTINA.
¡Pluguiera á Dios que nunca yo la dijera en esto!
HORTIGOSA.
Ahora bien, señora doña Lorenza, usted haga lo que le tengo
aconsejado, y verá cómo se halla muy bien con mi consejo. El mozo es
como un ginjo verde: quiere bien, sabe callar y agradecer lo que por
él se hace; y pues los zelos y el recato del viejo no nos dan lugar á
demandas ni á respuestas, resolucion y buen ánimo: que por la órden
que hemos dado, yo le pondré al galan en su aposento de usted y le
sacaré, si bien tuviese el viejo mas ojos que Argos, y viese mas que
un zahorí, que dicen que ve siete estados debajo de la tierra.
LORENZA.
Como soy primeriza, estoy temerosa; y no querria, á trueco del gusto,
poner á riesgo la honra.
CRISTINA.
Eso me parece, señora tia, á lo del cantar de Gomez Arias: señor
Gomez Arias, doleos de mí, soy niña y muchacha, nunca en tal me ví.
LORENZA.
Algun espíritu malo debe hablar en tí, sobrina, segun las cosas que
dices.
CRISTINA.
Yo no sé quién habla; pero yo sé que haria todo aquello que la señora
Hortigosa ha dicho, sin faltar punto.
LORENZA.
¿Y la honra, sobrina?
CRISTINA.
¿Y el holgarnos, tia?
LORENZA.
¿Y si se sabe?
CRISTINA.
¿Y si no se sabe?
LORENZA.
¿Y quién me asegurará á mí que no se sepa?
HORTIGOSA.
¿Quién? la buena diligencia, la sagacidad, la industria, y sobre todo
el buen ánimo y mis trazas.
CRISTINA.
Mire, señora Hortigosa, tráiganosle galan, limpio, desenvuelto, un
poco atrevido, y sobre todo mozo.
HORTIGOSA.
Todas esas partes tiene el que he propuesto, y otras dos mas, que es
rico y liberal.
LORENZA.
Que no quiero riquezas, señora Hortigosa: que me sobran las joyas,
y me ponen en confusion las diferencias de colores de mis muchos
vestidos: hasta eso no tengo que desear, que Dios le dé salud á
Cañizares, mas vestida me tiene que un palmito, y con mas joyas
que la vedriera de un platero rico. No me clavára él las ventanas,
cerrára las puertas, visitára á todas horas la casa, desterrára de
ella los gatos y los perros, solamente porque tienen nombre de varon:
que á trueco de que no hiciera esto, y otras cosas no vistas en
materia de recato, yo le perdonára sus dádivas y mercedes.
HORTIGOSA.
¿Que tan zeloso es?
LORENZA.
Digo, que le vendian el otro dia una tapicería á bonísimo precio,
y por ser de figuras no la quiso; y compró otra de verduras, por
mayor precio, aunque no era tan buena. Siete puertas hay antes que
se llegue á mi aposento, fuera de la puerta de la calle, y todas se
cierran con llave; y las llaves no me ha sido posible averiguar dónde
las esconde de noche.
CRISTINA.
Tia, la llave de loba, creo que se la pone entre las faldas de la
camisa.
LORENZA.
No lo creas, sobrina: que yo duermo con él y jamás le he visto, ni
sentido que tenga llave alguna.
CRISTINA.
Y mas, que toda la noche anda como trasgo por toda la casa; y si
acaso dan alguna música en la calle, les tira de pedradas porque se
vayan: es un malo, es un brujo, es un viejo, que no tengo mas que
decir.
LORENZA.
Señora Hortigosa, váyase, no venga el gruñidor y la halle conmigo:
que seria echarlo á perder todo; y lo que ha de hacer, hágalo luego:
que estoy tan aburrida, que no me falta sino echarme una soga al
cuello, para salir de tan mala vida.
HORTIGOSA.
Quizá con esta que ahora se comenzará, se le quitará toda esa mala
gana, y le vendrá otra mas saludable, y que mas la contente.
CRISTINA.
Asi suceda; aunque me costase á mí un dedo de la mano: que quiero
mucho á mi señora tia, y me muero de verla tan pensativa y angustiada
en poder de este viejo y reviejo: y mas que viejo; y no me puedo
hartar de decille viejo.
LORENZA.
Pues en verdad que te quiere bien, Cristina.
CRISTINA.
¿Deja por eso de ser viejo? Cuanto mas, que yo he oido decir que
siempre los viejos son amigos de niñas.
HORTIGOSA.
Asi es la verdad, Cristina, y á Dios, que en acabando de comer doy
la vuelta. Usted esté muy en lo que dejamos concertado, y verá cómo
salimos y entramos bien en ello.
CRISTINA.
Señora Hortigosa, hágame merced de traerme á mí un frailecico
pequeñito, con quien yo me huelgue.
HORTIGOSA.
Yo se le traeré á la niña pintado.
CRISTINA.
Que no le quiero pintado, sino vivo, vivo, chiquito como unas perlas.
LORENZA.
¿Y si lo ve tio?
CRISTINA.
Diréle yo que es un duende, y tendrá de él miedo, y holgaréme yo.
HORTIGOSA.
Digo que yo le trairé; y á Dios.
(-Váse Hortigosa.-)
CRISTINA.
Mire, tia, si Hortigosa trae algun galan, y á mí el frailecico, y si
señor los viere, no tenemos mas que hacer, sino cogerle entre todos,
y ahogarle, y echarle en el pozo ó enterrarle en la caballeriza.
LORENZA.
Tal eres tú, que creo lo harias mejor que lo dices.
CRISTINA.
Pues no sea él viejo zeloso, y déjenos vivir en paz; pues no le
hacemos mal alguno, y vivimos como unas santas.
(-Éntranse.-)
-Salen Cañizares, viejo, y un compadre suyo.-
CAÑIZARES.
Señor compadre, señor compadre: el setenton que se casa con quince,
ó carece de entendimiento, ó tiene gana de visitar el otro mundo lo
mas presto que le sea posible. Apenas me casé con doña Lorencica,
pensando tener en ella compañía y regalo, y persona que se hallase en
mi cabecera, y me cerrase los ojos al tiempo de mi muerte, cuando me
embistieron una turba multa de trabajos y desasosiegos: tenia casa y
busqué casar: estaba pesado y desposéme.
COMPADRE.
Compadre, error fue, pero no muy grande; porque segun el dicho del
apóstol, mejor es casarse que abrasarse.
CAÑIZARES.
Que no habia de abrasar en mí, señor compadre, que con la menor
llamarada quedára hecho ceniza: compañía quise, compañía busqué,
compañía hallé; pero Dios lo remedie, por quien él es.
COMPADRE.
¿Tiene zelos, señor compadre?
CAÑIZARES.
Del sol que mira á Lorencita, del aire que le toca, de las faldas que
la vapulean.
COMPADRE.
¿Dále ocasion?
CAÑIZARES.
Ni por pienso, ni tiene por qué, ni cómo, ni cuándo, ni á dónde: las
ventanas, amen de estar con llave, las guarnecen rejas, y celosías:
las puertas jamás se abren: vecina no atraviesa mis umbrales, ni
los atravesará mientras Dios me diera vida. Mirad, compadre, no les
vienen los malos aires á las mujeres de ir á los jubileos, ni á las
procesiones, ni á todos los actos de regocijos públicos: donde ellas
se mancan, donde ellas se estropean, y á donde ellas se dañan, es en
casa de las vecinas, y de las amigas: mas maldades encubre una mala
amiga, que la capa de la noche: mas conciertos se hacen en su casa y
mas se concluyen, que en una asamblea.
COMPADRE.
Yo asi lo creo; pero si la señora doña Lorenza no sale de casa, ni
nadie entra en la suya, ¿de qué vive descontento mi compadre?
CAÑIZARES.
De que no pasará mucho tiempo en que no caya Lorencica en lo que le
falta: que será un mal caso, y tan malo, que en solo en pensallo le
temo, y de temerle me desespero, y de desesperarme vivo con disgusto.
COMPADRE.
Y con razon se puede tener ese temor; porque las mujeres querrian
gozar enteros los frutos del matrimonio.
CAÑIZARES.
La mia los goza doblados.
COMPADRE.
Ahí está el daño, señor compadre.
CAÑIZARES.
No, no, ni por pienso; porque es mas simple Lorencica que una paloma,
y hasta agora no entiende nada de esas filaterías[36]; y á Dios,
señor compadre, que me quiero entrar en casa.
COMPADRE.
Yo quiero entrar allá, y ver á mi señora doña Lorenza.
CAÑIZARES.
Habeis de saber, compadre, que los antiguos latinos usaban de un
refran, que decia: -amicus usque ad aras-, que quiere decir: el amigo
hasta el altar; infiriendo que el amigo ha de hacer por su amigo todo
aquello que no fuere contra Dios; y yo digo, que mi amigo -usque ad
portam-, hasta la puerta, que ninguno ha de pasar mis quicios; y á
Dios, señor compadre, y perdóneme.
(-Éntrase Cañizares.-)
COMPADRE.
En mi vida he visto hombre mas recatado, ni mas zeloso, ni
mas impertinente; pero este es de aquellos que traen la soga
arrastrando, y de los que siempre vienen á morir del mal que temen.
(-Éntrase el compadre.-)
-Salen doña Lorenza y Cristina.-
CRISTINA.
Tia, mucho tarda tio, y mas tarda Hortigosa.
LORENZA.
Mas que nunca él acá viniese, ni ella tampoco; porque él me enfada, y
ella me tiene confusa.
CRISTINA.
Todo es probar, señora tia; y cuando no saliere bien, darle del codo.
LORENZA.
¡Ay, sobrina! que estas cosas, ó yo sé poco, ó sé que todo el daño
está en probarlas.
CRISTINA.
Á fe, señora tia, que tiene poco ánimo; y que si yo fuera de su edad,
que no me espantáran hombres armados.
LORENZA.
Otra vez torno á decir, y diré cien mil veces, que Satanás habla en
tu boca: mas ¡ay! ¿cómo se ha entrado, señor?
CRISTINA.
Debe de haber abierto con la llave maestra.
LORENZA.
Encomiendo yo al diablo sus maestrías y sus llaves.
-Sale Cañizares-
CAÑIZARES.
¿Con quién hablábades, doña Lorenza?
LORENZA.
Con Cristinica hablaba.
CAÑIZARES.
Miradlo bien, doña Lorenza.
LORENZA.
Digo que hablaba con Cristinica: ¿con quién habia de hablar? ¿Tengo
yo, por ventura, con quién?
CAÑIZARES.
No querria que tuviésedes algun soliloquio con vos misma, que
redundase en mi perjuicio.
LORENZA.
Ni entiendo esos circunloquios que decís, ni aun los quiero entender;
y tengamos la fiesta en paz.
CAÑIZARES.
Ni aun las vísperas no querria yo tener en guerra con vos: ¿pero
quién llama á aquella puerta con tanta priesa? Mira, Cristinica,
quién es; y si es pobre, dale limosna y despídele.
CRISTINA.
¿Quién está ahí?
HORTIGOSA.
La vecina Hortigosa es, señora Cristina.
CAÑIZARES.
¿Hortigosa y vecina? Dios sea conmigo: pregúntale, Cristina, lo que
quiere, y dáselo, con condicion que no atraviese estos umbrales.
CRISTINA.
¿Y qué quiere, señora vecina?
CAÑIZARES.
El nombre de vecina me turba y sobresalta: llámala por su propio
nombre, Cristina.
CRISTINA.
Responda: ¿y qué quiere, señora Hortigosa?
HORTIGOSA.
Al señor Cañizares quiero suplicar un poco, en que me va la honra, la
vida y el alma.
CAÑIZARES.
Decidle, sobrina, á esa señora, que á mí me va todo eso y mas en que
no entre acá dentro.
LORENZA.
¡Jesus, y qué condicion tan estravagante! ¿Aquí no estoy delante de
vos? ¿Hánme de comer de ojo? ¿Hánme de llevar por los aires?
CAÑIZARES.
Entre con cien mil bercebues, pues vos lo quereis.
CRISTINA.
Entre, señora vecina.
CAÑIZARES.
Nombre fatal para mí es el de vecina.
-Entra Hortigosa, y trae un guadamecí, y en las pieles de las
cuatro esquinas han de venir pintados Rodamonte, Mandricardo,
Rugero y Gradaso: y Rodamonte venga pintado como arrebozado.-
HORTIGOSA.
Señor mio de mi alma, movida y incitada de la buena fama de vuestra
merced, de su gran caridad, y de sus muchas limosnas, me he atrevido
de venir á suplicar á vuestra merced me haga tanta merced, caridad y
limosna y buena obra de comprarme este guadamecí[37]; porque tengo
un hijo preso por unas heridas que dió á un tundidor; y ha mandado
la justicia que declare el cirujano, y no tengo con qué pagalle, y
corre peligro no le echen otros embargos, que podrian ser muchos, á
causa que es muy travieso mi hijo; y querria echarle hoy, ó mañana,
si fuese posible, de la cárcel: la obra es buena, el guadamecí nuevo,
y con todo eso le daré por lo que vuestra merced quisiere darme por
él, que en mas está la monta, y como esas cosas he perdido yo en esta
vida: tenga vuestra merced de esa punta, señora mia, y descojámosle,
porque vea el señor Cañizares que no hay engaño en mis palabras: alce
mas, señora mia, y mire cómo es bueno de caida, y las pinturas de los
cuadros parece que están vivas.
(-Al alzar y mostrar el guadamecí, entra por detrás de él un galan; y
como Cañizares ve los retratos, dice-):
CAÑIZARES.
¡Ó qué lindo Rodamonte! ¿Y qué quiere el señor rebozadito en mi
casa? Aun si supiese que tan amigo soy yo de estas cosas, y de estos
rebocitos, espantarseía[38].
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