Los entremeses
Miguel de Cervantes Saavedra
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto, las cursivas se muestran entre -subrayados- y las
versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la grafía
de mayor frecuencia.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
* La presentación de las acotaciones escénicas ha sido normalizada.
* Se han añadido los nombres de los personajes cuando están
omitidos.
* Se ha añadido un Índice, del que carece el original impreso.
* Las notas a pie de página han sido renumeradas, ubicándolas al
final del libro.
ENTREMESES.
GASPAR Y ROIG EDITORES.
LOS
ENTREMESES
DE
-MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA-.
ILUSTRADOS CON PRECIOSAS VIÑETAS.
[Ilustración]
-MADRID:-
IMPRENTA DE GASPAR Y ROIG,
PRÍNCIPE, 4.
1868.
PRÓLOGO.
Entre las diversas obras que debemos al príncipe de los ingenios
españoles, ninguna mas desconocida ni mas digna de conocerse que la
preciosa coleccion de -Entremeses- que ofrecemos al público en la
presente esmerada edicion manual, con objeto de que logren la misma
popularidad que ha alcanzado el resto de sus obras. En éstas verán
los lectores como la prodigiosa versatilidad del genio de Cervantes,
le adaptaba para concebir y desarrollar los argumentos mas grandiosos
y los mas sencillos, y si hemos de decir lo que sentimos, nos
atreveriamos á asegurar que fuera del Quijote, en los -Entremeses-
es donde Cervantes aparece mas -cervántico-, si es permitido emplear
esta espresion. En estos cuadros -goyescos-, formados á ligeras
pinceladas, parecia estar en su verdadero elemento, y correr sin
estorbo el raudal inagotable de su vena cómica. En todo lo que era
pintura de caracteres exagerados, grotescos y ridículos, Cervantes
no tenia rival, y como éstos sean los verdaderos materiales y
elementos de los -Entremeses- ó composiciones que hoy conocemos con
el nombre de -Sainetes-, nadie vacilará en reconocerlas y disputarlas
por unas de las mas espontáneas y genuinas muestras del peculiar
talento de Cervantes.
Entre los once entremeses que la coleccion comprende, los hay tales
como -La Cárcel de Sevilla-, -El Vizcaino Fingido-, -El Rufian
Viudo-, que parecen paño de la misma tela de que se cortaron los
aplaudidos cuadros de -Rinconete y Cortadillo-, -La Tia Fingida-
y -El Casamiento Engañoso-. En punto á crítica de preocupaciones
generalizadas en la humana especie, resalta entre todos, y tiene
mas de un punto de contacto con el pensamiento que presidió á la
confeccion de la aventura del Clavileño, el gracioso -entremes-
intitulado: -El Retablo de las Maravillas-. Son dos joyas de
inestimable valor, -El Viejo Celoso-, repeticion con cortas variantes
del argumento de -El Celoso Estremeño-, con la diferencia de acabar
en música y alegría lo que en la novela tiene un fin conmovedor y
trágico; y -La Cueva de Salamanca-, en que insiste asimismo en la
pintura de viejos maridos burlados por esposas jóvenes y casquivanas.
El que lleva por título -El Juez de los Divorcios-, carece de
argumento propiamente dicho, y sin embargo tiene embebido y con la
risa en los labios al lector, merced á esa retahila de narraciones en
que casados mal avenidos sacan á la colada lo que otros mas discretos
suelen lavar en casa.
Como burla y descripcion exacta de alcaldes de monterilla, con
quienes por su desgracia tuvo que habérselas Cervantes en sus muchas
peregrinaciones por los lugares y aldeas de España, es cuadro
inimitable el -entremes- llamado -La Eleccion de los Alcaldes-.
Quien quiera un modelo de diálogo chispeante y gracioso, seguro que
colmará la medida de su deseo leyendo el de -La Guarda Cuidadosa-,
que con decir que sus actores tienen de soldado y de semi-bachiller
y semi-sacristan, basta para que saliese bien manejado el asunto en
manos de Cervantes. -El Hospital de los Podridos-, se le ahija sin
otra razon que la de parecer bueno, y por suyo pasa mientras nadie
vaya ni venga contra tal decision; pero no se dirá lo mismo de la
imponderable y nunca bastantemente bien alabada pintura de la comezon
de charlar, hecha con todo el desenfado cervantino en el -entremes-
de -Los Habladores-.
En resúmen, todos ellos son dignos de su pluma, y van salpicados de
salsas de modismos, pimienta de frases y salmorejo de locuciones
graciosas, que podrán entrar como de auxilio y refresco en el ya
agotado y seco campo de nuestro lenguaje, falto de aquella frescura
y vigor cómicos que alcanzó en los tiempos de Rueda y de Cervantes.
Aunque fue como el creador de esta clase de composiciones, en
él llegaron al colmo de la perfeccion. Finalmente, compuestos á
principios del siglo XVII, su lectura es hoy dia tan interesante como
si para nosotros se hubieran hecho y sacado de la sociedad que nos
rodea: lo cual prueba, y en esto consiste su mérito principal, que
no hay asunto, por trivial que parezca, que no tome cuerpo y cobre
importancia y elevacion en las manos del verdadero genio, pues él
sabia depositar en el mas sencillo, algo de aquel fondo de interés
universal y humano, que le hará sobrenadar en la corriente de los
siglos. El público juzgará. Por nuestra parte, hemos procurado tomar
por modelo la edicion mas correcta, y al frente de cada uno de ellos,
hemos puesto una viñetita ilustrando respectivamente sus escenas
principales.
[Ilustración]
ENTREMES
-DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS-.
-Sale el Juez y otros dos con él, que son Escribano y Procurador,
y siéntase en una silla. Salen el Vejete y Mariana, su mujer.-
MARIANA.
Aun bien que está ya el señor juez de los divorcios sentado en la
silla de su audiencia: de esta vez tengo de quedar dentro, ó fuera:
de esta vegada tengo de quedar libre de pedido y alcabala, como el
gavilan.
VEJETE.
Por amor de Dios, Mariana, que no almodonees[1] tanto tu negocio:
habla paso, por la pasión que Dios pasó: mira que tienes atronada á
toda la vecindad con tus gritos; y pues tienes delante al señor juez,
con menos voces le puedes informar de tu justicia.
JUEZ.
¿Qué pendencia traeis, buena gente?
MARIANA.
Señor, divorcio, divorcio, y mas divorcio, y otras mil veces divorcio.
JUEZ.
¿De quién, ó por qué, señora?
MARIANA.
¿De quién? de este viejo, que está presente.
JUEZ.
¿Por qué?
MARIANA.
Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar continuo atenta
á curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron
á mí mis padres para ser hospitalera, ni enfermera: muy buen dote
llevé al poder de esta espuerta de huesos, que me tiene consumidos
los dias de la vida: cuando entré en su poder me relumbraba la cara
como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa[2] encima.
Vuesa merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque:
mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que
derramo cada dia, por verme casada con esta anatomía.
JUEZ.
No lloreis, señora: bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os
haré justicia.
MARIANA.
Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y
en las repúblicas bien ordenadas habia de ser limitado el tiempo de
los matrimonios; y de tres en tres años se habian de deshacer, ó
confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de
durar toda la vida, con perpétuo dolor de entrambas partes.
JUEZ.
Si ese arbitrio se pudiera ó debiera poner en práctica, y por
dineros, ya se hubiera hecho; pero especificad mas, señora, las
ocasiones que os mueven á pedir divorcio.
MARIANA.
El invierno de mi marido, y la primavera de mi edad: el quitarme el
sueño, por levantarme á media noche á calentar paños y saquillos de
salvado para ponerle en la ijada, el ponerle ora aquesta, ora aquella
ligadura, que ligado le vea yo á un palo por justicia: el cuidado
que tengo de ponerle de noche alta la cabecera de la cama, jarabes,
lenitivos, porque no se ahogue del pecho; y el estar obligada á
sufrirle el mal olor de la boca, que le huele mal á tres tiros de
arcabuz.
ESCRIBANO.
Debe de ser de alguna muela podrida.
VEJETE.
No puede ser, porque lleve el diablo la muela ni diente que tengo en
toda ella.
PROCURADOR.
Pues ley hay, que dice, segun he oido decir, que por solo el mal olor
de la boca se puede descasar la mujer del marido, y el marido de la
mujer.
VEJETE.
En verdad, señores, que el mal aliento, que ella dice que tengo,
no se engendra de mis podridas muelas, pues no las tengo, ni menos
procede de mi estómago, que está sanísimo, sino de esa mala intencion
de su pecho. Mal conocen vuestras mercedes á esta señora; pues á fe
que si la conociesen, que la ayunarian, ó la santiguarian. Veintidos
años há que vivo con ella mártir, sin haber sido jamás confesor de
sus insolencias, de sus voces, y de sus fantasías; y ya va para
dos años que cada dia me va dando vaivenes y empujones hacia la
sepultura, á cuyas voces me tiene medio sordo, y á puro reñir sin
juicio. Si me cura, como ella dice, cúrame á regañadientes, habiendo
de ser suave la mano y la condicion del médico. En resolucion,
señores, yo soy el que muero en su poder; y ella es la que vive en el
mio, porque es señora, con mero, misto imperio[3], de la hacienda que
tengo.
MARIANA.
¿Hacienda vuestra? ¿y qué hacienda teneis vos, que no la hayais
ganado con la que llevastes en mi dote? Y son mios la mitad de los
bienes gananciales, mal que os pese; y de ellos y de la dote, si me
muriese agora, no os dejaria valor de un maravedí, porque veais el
amor que os tengo.
JUEZ.
Decid, señor: ¿cuándo entrastes en poder de vuestra mujer, no
entrastes gallardo, sano, y bien acondicionado?
VEJETE.
Ya he dicho que há veintidos años que entré en su poder, como quien
entra en el de un cómitre calabrés á remar en galeras de por fuerza,
y entré tan sano, que podia decir y hacer, como quien juega á las
pintas[4].
MARIANA.
Cedacico nuevo, tres dias en estaca[5].
JUEZ.
Callad, callad, nora en tal mujer[6] de bien; y andad con Dios, que
yo no hallo causa para descasaros; y pues comísteis las maduras,
gustad de las duras[7]: que no está obligado ningun marido á tener la
velocidad y corrida del tiempo que no pase por su puerta y por sus
dias; y descontad los malos que ahora os da, con los buenos que os
dió cuando pudo; y no repliqueis mas palabra.
VEJETE.
Si fuese posible, recibiria gran merced que vuestra merced me la
hiciese de despenarme, alzándome esta carcelería; porque dejándome
asi, habiendo ya llegado á este rompimiento, será de nuevo entregarme
al verdugo que me martirice; y si no hagamos una cosa: enciérrese
ella en un monasterio, y yo en otro: partamos la hacienda; y de esta
suerte podremos vivir en paz y en servicio de Dios lo que nos queda
de la vida.
MARIANA.
¡Malos años! Bonica soy yo para estar encerrada: no sino llegaos á la
niña, que es amiga de redes, de tornos, rejas y escuchas: encerraos
vos, que lo podreis llevar y sufrir, que ni teneis ojos con que ver,
ni oidos con que oir, ni pies con que andar, ni manos con que tocar:
que yo que estoy sana, y con todos mis cinco sentidos cabales y
vivos, quiero usar de ellos á la descubierta, y no por brújula, como
quínola dudosa[8].
ESCRIBANO.
Libre es la mujer.
PROCURADOR.
Y prudente el marido; pero no puede mas.
JUEZ.
Pues yo no puedo hacer este divorcio, -quia nullam invenio causam-.
-Entra un Soldado bien aderezado, y su mujer doña Guiomar.-
GUIOMAR.
Bendito sea Dios, que se me ha cumplido el deseo que tenia de
verme ante la presencia de vuestra merced, á quien suplico, cuan
encarecidamente puedo, sea servido de descasarme de éste.
JUEZ.
¿Qué cosa es de éste? ¿No tiene otro nombre? Bien fuera que dijérades
siquiera, de este hombre.
GUIOMAR.
Si él fuera hombre, no procurara yo descasarme.
JUEZ.
¿Pues qué es?
GUIOMAR.
Un leño.
SOLDADO.
Por Dios que he de ser leño en callar y en sufrir; quizá con no
defenderme, ni contradecir á esta mujer, el juez se inclinará á
condenarme; y pensando que me castiga, me sacará de cautiverio, como
si por milagro se librase un cautivo de las mazmorras de Tetuan.
PROCURADOR.
Hablad mas comedido, señora, y relatad vuestro negocio, sin
improperios de vuestro marido: que el señor juez de los divorcios,
que está delante, mirará rectamente por vuestra justicia.
GUIOMAR.
¿Pues no quieren vuestras mercedes que llame leño á una estátua, que
no tiene mas acciones que un madero?
MARIANA.
Ésta y yo nos quejamos sin duda de un mismo agravio.
GUIOMAR.
Digo en fin, señor mio, que á mí me casaron con este hombre, ya que
quiere vuestra merced que asi lo llame; pero no es este hombre con
quien yo me casé.
JUEZ.
¿Cómo es eso? que no os entiendo.
GUIOMAR.
Quiero decir, que pensé que me casaba con un hombre moliente y
corriente, y á pocos dias hallé que me habia casado con un leño, como
tengo dicho; porque él no sabe cuál es su mano derecha, ni busca
medios ni trazas para grangear un real con que ayude á sustentar su
casa y familia. Las mañanas se le pasan en oir misa, y en estarse
en la puerta de Guadalajara murmurando, sabiendo nuevas, diciendo y
echando mentiras; y las tardes, y aun las mañanas tambien, se va de
casa en casa de juego, y allí sirve de número[9] á los mirones, que
segun he oido decir, es un género de gente á quien aborrecen en todo
estremo los garitos. Á las dos de la tarde viene á comer, sin que le
hayan dado un real de barato, porque ya no se usa el darlo: vuélvese
á ir: vuelve á media noche: cena, si lo halla, y si no, santíguase,
bosteza y acuéstase; y en toda la noche no sosiega, dando vueltas.
Pregúntole ¿qué tiene? Respóndeme, que está haciendo un soneto en la
memoria para un amigo que se le ha pedido; y da en ser poeta, como
si fuese oficio con quien no estuviese vinculada la necesidad del
mundo.
SOLDADO.
Mi señora doña Guiomar en todo cuanto ha dicho no ha salido de los
límites de la razon; y si yo no la tuviera en lo que hago, como ella
la tiene en lo que dice, ya habia yo de haber procurado algun favor
de palillos de aquí ó de allí, y procurar verme como se ven otros
hombrecitos aguditos y bulliciosos, con una vara en las manos, y
sobre una mula de alquiler, pequeña, seca y maliciosa, sin mozo de
mulas que le acompañe; porque las tales mulas nunca se alquilan, sino
á faltas, y cuando están de nones: sus alforjitas á las ancas, en la
una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso, y su pan y
su bota; sin añadir á los vestidos que trae de rua[10], para hacellos
de camino, sino unas polainas y una sola espuela; y con una comision
y aun comezon en el seno, sale por esa puente toledana raspa-hilando,
á pesar de las malas mañas de la harona, y á cabo de pocos dias envia
á su casa algun pernil de tocino, y algunas varas de lienzo crudo: en
fin, de aquellas cosas que valen baratas en los lugares del distrito
de su comision, y con esto sustenta su casa, como el pecador mejor
puede; pero yo, que no tengo oficio, no sé qué hacerme, porque no hay
señor que quiera servirse de mí, porque soy casado: asi que me será
forzoso suplicar á vuestra merced, señor juez, pues ya por pobres
son tan enfadosos los hidalgos, y mi mujer lo pide, que nos divida y
aparte.
GUIOMAR.
Y hay mas en esto, señor juez: que como yo veo que mi marido es tan
para poco, y que padece necesidad, muérome por remediarle, pero no
puedo; porque en resolucion, soy mujer de bien, y no tengo de hacer
vileza.
SOLDADO.
Por esto solo merecia ser querida esta mujer; pero debajo de este
pundonor tiene encubierta la mas mala condicion de la tierra: pide
zelos sin causa: grita sin por qué: presume sin hacienda; y como
me ve pobre, no me estima en el baile del rey Perico[11]; y es lo
peor, señor juez, que quiere, que á trueco de la fidelidad que me
guarda, le sufra y disimule millares de millares de impertinencias y
desabrimientos que tiene.
GUIOMAR.
¿Pues no? ¿Y por qué no me habeis vos de guardar á mí decoro y
respeto, siendo tan buena como soy?
SOLDADO.
Oid, señora doña Guiomar, aquí delante de estos señores os quiero
decir esto: ¿Por qué me haceis cargo de que sois buena, estando
vos obligada á serlo, por ser de tan buenos padres nacida, por ser
cristiana, y por lo que debeis á vos misma? Bueno es que quieran las
mujeres que las respeten sus maridos, porque son castas y honestas:
como si en solo esto consistiese de todo en todo su perfeccion; y no
echan de ver los desaguaderos por donde desaguan la fineza de otras
mil virtudes que les faltan. ¿Qué se me da á mí que seais casta con
vos misma, puesto que se me da mucho si os descuidais de que lo sea
vuestra criada, y si andais siempre rostrituerta, enojada, zelosa,
pensativa, manirota, dormilona, perezosa, pendenciera, gruñidora, con
otras insolencias de este jaez, que bastan á consumir las vidas de
doscientos maridos? Pero con todo esto, digo, señor juez, que ninguna
cosa de estas tiene mi señora doña Guiomar; y confieso que yo soy
el leño, el inhábil, el dejado y el perezoso; y que por ley de buen
gobierno, aunque no sea por otra cosa, está vuesa merced obligado á
descasarnos: que desde aquí digo que no tengo ninguna cosa que alegar
contra lo que mi mujer ha dicho, y que doy el pleito por concluso, y
holgaré de ser condenado.
GUIOMAR.
¿Qué hay que alegar contra lo que tengo dicho? Que no me dais de
comer á mí, ni á vuestra criada; y monta que son muchas, sino una, y
aun esa sietemesina, que no come por un grillo.
ESCRIBANO.
Sosiéguense, que vienen nuevos demandantes.
-Entra uno vestido de médico, y es cirujano; y Aldonza de
Minjaca, su mujer.-
CIRUJANO.
Por cuatro causas bien bastantes vengo á pedir á vuestra merced,
señor juez, haga divorcio entre mí y la señora doña Aldonza de
Minjaca, mi mujer, que está presente.
JUEZ.
Resoluto venís: decid las cuatro causas.
CIRUJANO.
La primera, porque no la puedo ver mas que á todos los diablos: la
segunda, por lo que ella se sabe: la tercera, por lo que yo me callo:
la cuarta, porque no me lleven los demonios, cuando de esta vida
vaya, si he de durar en su compañía hasta mi muerte.
PROCURADOR.
Bastantísimamente ha probado su intencion.
ALDONZA.
Señor juez: vuestra merced me oiga; y advierta que si mi marido pide
por cuatro causas divorcio, yo le pido por cuatrocientas. La primera,
porque cada vez que le veo, hago cuenta que veo al mismo Lucifer: la
segunda, porque fui engañada cuando con él me casé; porque él dijo
que era médico de pulso, y remaneció cirujano, y hombre que hace
ligaduras y cura otras enfermedades, que va á decir de esto á médico
la mitad del justo precio: la tercera, porque tiene zelos del sol que
me toca: la cuarta, que como no le puedo ver, querria estar apartada
de él dos millones de leguas.
ESCRIBANO.
¿Quién diablos acertará á concertar estos relojes, estando las ruedas
tan desconcertadas?
ALDONZA.
La quinta...
JUEZ.
Señora, señora, si pensais decir aquí todas las cuatrocientas causas,
yo no estoy para escuchallas, ni hay lugar para ello: vuestro negocio
se recibe á prueba, y andad con Dios, que hay otros negocios que
despachar.
CIRUJANO.
¿Qué mas pruebas, sino que yo no quiero morir con ella, ni ella gusta
de vivir conmigo?
JUEZ.
Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísimos sacudirian
de sus hombros el yugo del matrimonio.
-Entra uno vestido de Ganapan, con su caperuza cuarteada.-
GANAPAN.
Señor juez: Ganapan soy, no lo niego; pero cristiano viejo, y
hombre de bien á las derechas; y si no fuese que alguna vez me tomo
del vino, ó él me toma á mí, que es lo mas cierto, ya hubiera sido
prioste en la cofradía de los hermanos de la carga[12]; pero dejando
esto aparte, porque hay mucho que decir en ello, quiero que sepa
el señor juez, que estando una vez muy enfermo de los vaguidos de
Baco, prometí de casarme con una mujer errada[13]: volví en mí,
sané, y cumplí la promesa, y caséme con una mujer, que saqué de
pecado: púsela á ser placera: ha salido tan soberbia, y de tan mala
condicion, que nadie llega á su tabla con quien no riña, ora sobre el
peso falto, ora sobre que le llegan á la fruta; y á dos por tres les
da con una pesa en la cabeza, ó á donde topa, y los deshonra hasta
la cuarta generacion, sin tener hora de paz con todas sus vecinas y
aparceras; y yo tengo de tener todo el dia la espada mas lista que un
sacabuche para defendella; y no ganamos para pagar penas de pesos no
maduros, ni de condenaciones de pendencias. Querria, si vuesa merced
fuese servido, ó que me apartase de ella, ó por lo menos le mudase la
condicion acelerada que tiene, en otra mas reportada y mas blanda; y
prométole á vuesa merced de descargalle de balde todo el carbon que
comprare este verano, que puedo mucho con los hermanos mercaderes de
la costilla[14].
CIRUJANO.
Ya conozco yo la mujer de este buen hombre; y es tan mala como mi
Aldonza, que no lo puedo mas encarecer.
JUEZ.
Mirad, señores: aunque algunos de los que aquí estais habeis dado
algunas causas, que traen aparejada sentencia de divorcio, con todo
eso es menester que conste por escrito, y que lo digan testigos;
y asi á todos os recibo á prueba: Pero ¿qué es esto? ¿Música y
guitarras en mi audiencia? Novedad grande es ésta.
-Entran dos músicos.-
MÚSICO.
Señor juez: aquellos dos casados tan desavenidos, que vuestra merced
concertó, redujo y apaciguó el otro dia, están esperando á vuestra
merced con una gran fiesta en su casa; y por nosotros le envian á
suplicar sea servido de hallarse en ella, y honrallos.
JUEZ.
Eso haré yo de muy buena gana; y pluguiese á Dios que todos los
presentes se apaciguasen como ellos.
PROCURADOR.
De esa manera moriríamos de hambre los escribanos y procuradores de
esta audiencia: que no, no, sino todo el mundo ponga demandas de
divorcios: que al cabo, al cabo, los mas se quedan como se estaban, y
nosotros habemos gozado de el fruto de sus pendencias y necedades.
MÚSICO.
Pues en verdad que desde aquí hemos de ir regocijando la fiesta.
(-Cantan los músicos.-)
Entre casados de honor,
Cuando hay pleito descubierto,
Mas vale el peor concierto,
Que no el divorcio mejor.
Donde no ciega el engaño
Simple, en que algunos están,
Las riñas de por San Juan
Son paz para todo el año.
Resucita allí el honor,
Y el gusto, que estaba muerto,
Donde vale el peor concierto
Mas que el divorcio mejor.
Aunque la rabia de zelos
Es tan fuerte y rigurosa,
Si los pide una hermosa,
No son zelos, sino cielos.
Tiene esta opinion amor,
Que es el sabio mas esperto,
Que vale el peor concierto
Mas que el divorcio mejor.
FIN DE ESTE ENTREMES.
[Ilustración]
ENTREMES
-DEL RUFIAN VIUDO,
LLAMADO TRAMPAGOS-.
-Sale Trampagos con un capuz de luto, y con él Vademecum, su
criado, con dos espadas de esgrima.-
TRAMPAGOS.
¿Vademecum?
VADEMECUM.
Señor.
TRAMPAGOS.
¿Traes las morenas?
VADEMECUM.
Tráigolas.
TRAMPAGOS.
Está bien, muestra y camina,
Y saca aquí la silla de respaldo,
Con los otros asientos de por casa.
VADEMECUM.
¿Qué asientos? ¿hay alguno por ventura?
TRAMPAGOS.
Saca el mortero puerco: el broquel saca,
Y el banco de la cama.
VADEMECUM.
Está impedido.
Fáltale un pie.
TRAMPAGOS.
¿Y es tacha?
VADEMECUM.
Y no pequeña.
(-Éntrase Vademecum.-)
TRAMPAGOS.
¡Ah Pericona, Pericona mia,
Y aun de todo el concejo! En fin llegóse
El tuyo: yo quedé, tú te has partido;
Y es lo peor que no imagino á dónde;
Aunque, segun fue el curso de tu vida,
Bien se puede creer piadosamente
Que estás en parte, aun no me determino
De señalarte asiento en la otra vida:
Tendréla yo sin tí como de muerte.
¡Que no me hallara yo á tu cabecera
Cuando diste el espíritu á los aires,
Para que le acogiera entre mis labios,
Y en mi estómago limpio le embasára!
¡Miseria humana, quién de tí confía!
Ayer fui Pericona, hoy tierra fria,
Como dijo un poeta celebérrimo.
-Entra Chiquiznaque, rufian.-
CHIQUIZNAQUE.
Mi so[15] Trampagos, ¿es posible sea
Voacé[16] tan enemigo suyo,
Que se entumbe, se encubra y se trasponga
Debajo de esa sombra bayetuna
El sol hampesco?[17] So Trampagos, basta
Tanto gemir, tantos suspiros bastan:
Trueque voacé las lágrimas corrientes
En limosnas y en misas, y oraciones
Por la gran Pericona, que Dios haya,
Que importan mas que llantos y sollozos.
TRAMPAGOS.
Voacé ha garlado[18] como un tologo,
Mi señor Chiquiznaque; pero en tanto
Que encarrilo mis cosas de otro modo,
Tome vuesa merced, y platiquemos
Una levada[19] nueva.
CHIQUIZNAQUE.
So Trampagos,
No es este tiempo de levadas: llueven,
Ó han de llover hoy pésames -ad unia-[20],
¿Y hémonos de ocupar en levadicas?
-Entra Vademecum con la silla muy vieja y rota.-
VADEMECUM.
Bueno por vida mia: quien le quita
Á mi señor de líneas, y posturas,
Le quita de los dias de la vida.
TRAMPAGOS.
Vuelve por el mortero y por el banco,
Y el broquel no se olvide, Vademecum.
VADEMECUM.
Y aun trairé el asador, sarten y platos.
(-Vuélvese á entrar.-)
TRAMPAGOS.
Despues platicaremos una treta,
Única, á lo que creo y peregrina:
Que el dolor de la muerte de mi ángel,
Las manos ata y el sentido todo.
CHIQUIZNAQUE.
¿De qué edad acabó la mal lograda?
TRAMPAGOS.
Para con sus amigas y vecinas,
Treinta y dos años tuvo.
CHIQUIZNAQUE.
Edad lozana.
TRAMPAGOS.
Si va á decir verdad, ella tenia
Cincuenta y seis; pero de tal manera
Supo encubrir los años, que me admiro.
¡Ó qué teñir de canas! ¡ó qué rizos,
Vueltos de plata en oro los cabellos!
Á seis del mes que viene hará quince años,
Que fue mi tributaria, sin que en ellos
Me pusiese en pendencia, ni en peligro
De verme palmeadas[21] las espaldas.
Quince cuaresmas, si en la cuenta acierto,
Pasaron por la pobre, desde el dia
Que fue mi cara, agradecida prenda;
En las cuales sin duda susurraron
Á sus oidos treinta y mas sermones,
Y en todos ellos, por respeto mio,
Estuvo firme, cual está á las olas
del mar movible la inmovible roca.
¡Cuántas veces me dijo la pobreta,
Saliendo de los trances rigurosos
De gritos y plegarias y de ruegos,
Sudando y trasudando: plega al cielo,
Trampagos mio, que en descuento vaya
De mis pecados lo que aquí yo paso
Por tí, dulce bien mio!
CHIQUIZNAQUE.
¡Bravo triunfo!
¡Ejemplo raro de inmortal firmeza!
Allá lo habrá hallado.
TRAMPAGOS.
¿Quién lo duda?
Ni aun una sola lágrima vertieron
Jamás sus ojos en las sacras pláticas,
Cual si de esparto ó pedernal su alma
Formada fuera.
CHIQUIZNAQUE.
¡Ó hembra benemérita
De griegas y romanas alabanzas!
¿De qué murió?
TRAMPAGOS.
¿De qué? casi de nada:
Los médicos dijeron que tenia
Malos los hipocondrios, y los hígados;
Y que con agua de taray pudiera
Vivir, si la bebiera setenta años.
CHIQUIZNAQUE.
¿No la bebió?
TRAMPAGOS.
Murióse.
CHIQUIZNAQUE.
Fue una necia:
Bebiérala hasta el dia del juicio,
Que hasta entonces viviera. El yerro estuvo
En no hacerla sudar.
TRAMPAGOS.
Sudó[22] once veces.
-Entra Vademecum con los asientos referidos.-
CHIQUIZNAQUE.
¿Y aprovechóle alguna?
TRAMPAGOS.
Casi todas:
Siempre quedaba como un ginjo verde,
Sana como un peruétano, ó manzana.
CHIQUIZNAQUE.
Dícenme que tenia ciertas fuentes
En las piernas y brazos.
TRAMPAGOS.
La sin dicha
Era un Aranjuez[23]: pero con todo
Hoy come en ella la que llaman tierra,
De las mas blancas y hermosas carnes,
Que jamás encerraron sus entrañas;
Y si no fuera porque habrá dos años
Que comenzó á dañársele el aliento,
Era abrazarla, como quien abraza
Un tiesto de albahaca ó clavellinas.
CHIQUIZNAQUE.
Neguijon debió ser, ó corrimiento
El que dañó las perlas de su boca:
Quiero decir, sus dientes y sus muelas.
TRAMPAGOS.
Una mañana amaneció sin ellos.
VADEMECUM.
Asi es verdad; mas fue de eso la causa,
Que anocheció sin ellos: de los finos
Cinco acerté á contarle: de los falsos
Doce disimulaba en la covacha.
TRAMPAGOS.
¿Quién te mete á tí en eso, mentecato?
VADEMECUM.
Acredito verdades.
TRAMPAGOS.
Chiquiznaque,
Ya se me ha reducido á la memoria
La treta de denantes: toma y vuelve
Al ademan primero.
VADEMECUM.
Pongan pausa,
Y quédese la treta en ese punto,
Que acuden moscovitas al reclamo:
La Repulida viene y la Pizpita,
Y la Mostrenca y el jayan Juan Claros.
TRAMPAGOS.
Vengan en hora buena: vengan ellos
En cien mil norabuenas.
-Entra la Repulida, la Pizpita, la Mostrenca, y el rufian Juan
Claros.-
JUAN.
En las mismas
Esté mi sor Trampagos.
REPULIDA.
Quiera el cielo
Mudar su escuridad en luz clarísima.
PIZPITA.
Desollado le viesen ya mis lumbres
De aquel pellejo lóbrego y escuro.
MOSTRENCA.
¡Jesus, y qué fantasma noturnina!
Quítenmele delante.
VADEMECUM.
Melindricos.
TRAMPAGOS.
Fuera yo un Polifemo, un antropófago,
Un troglodita, un bárbaro zoilo,
Un caiman, un caribe, un come vivos,
Si de otra suerte me adornára en tiempo
De tamaña desgracia.
JUAN.
Razon tiene.
TRAMPAGOS.
He perdido una mina potosisca,
Un muro de la yedra de mis faltas,
Un árbol de la sombra de mis ansias.
JUAN.
Era la Pericona un pozo de oro.
TRAMPAGOS.
Sentarse á prima noche, y á las horas
Que se echa el golpe[24], hallarse con sesenta
Numos en cuartos, ¿por ventura es barro?
Pues todo esto perdí en la que ya pudre.
REPULIDA.
Confieso mi pecado: siempre tuve
Envidia á su no vista diligencia:
No puedo mas: yo hago lo que puedo,
Pero no lo que quiero.
PIZPITA.
No te penes,
Pues vale mas aquel que Dios ayuda,
Que el que mucho madruga: ya me entiendes.
VADEMECUM.
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