Nunca voló la pluma humilde mia
Por la region satirica, baxeza
Que á infames premios y desgracias guia.
Yo el soneto compuse que asi empieza,
Por honra principal de mis escritos:
-Voto á Dios que me espanta esta grandeza-.
Yo he compuesto -Romances- infinitos,
Y el de los zelos es aquel que estimo,
Entre otros que los tengo por malditos.
Por esto me congojo y me lastimo
De verme solo en pie, sin que se aplique
Arbol que me conceda algun arrimo.
Yo estoy, qual decir suelen, puesto á pique
Para dar á la estampa al gran -Persiles-,
Con que mi nombre y obras multiplique.
Yo en pensamientos castos y sotiles,
Dispuestos en soneto de á docena,
He honrado tres sugetos fregoniles.
Tambien al par de -Filis- mi -Filena-
Resonó por las selvas, que escucharon
Mas de una y otra alegre cantilena.
Y en dulces varias rimas se llevaron
Mis esperanzas los ligeros vientos,
Que en ellos y en la arena se sembraron.
Tuve, tengo y tendré los pensamientos,
Merced al cielo que á tal bien me inclina,
De toda adulacion libres y esentos.
Nunca pongo los pies por do camina
La mentira, la fraude y el engaño,
De la santa virtud total ruina.
Con mi corta fortuna no me ensaño,
Aunque por verme en pie, como me veo,
Y en tal lugar, pondero asi mi daño.
Con poco me contento, aunque deseo
Mucho. A cuyas razones enojadas,
Con estas blandas respondió Timbreo:
Vienen las malas suertes atrasadas,
Y toman tan de lejos la corriente,
Que son temidas, pero no escusadas.
El bien les viene á algunos derepente,
A otros poco á poco y sin pensallo,
Y el mal no guarda estilo diferente.
El bien que está adquirido, conservallo
Con maña, diligencia y con cordura
Es no menor virtud, que el grangeallo.
Tu mismo te has forjado tu ventura,
Y yo te he visto alguna vez con ella,
Pero en el imprudente poco dura.
Mas si quieres salir de tu querella,
Alegre, y no confuso, y consolado
Dobla tu capa, y sientate sobre ella.
Que tal vez suele un venturoso estado,
Quando le niega sin razon la suerte,
Honrar mas merecido, que alcanzado.
Bien parece, señor, que no se advierte,
Le respondí, que yo no tengo capa.
El dixo: aunque sea asi, gusto de verte.
La virtud es un manto con que tapa
Y cubre su indecencia la estrecheza,
Que esenta y libre de la envidia escapa.
Incliné al gran consejo la cabeza.
Quedeme en pie: que no hay asiento bueno,
Si el favor no le labra, ó la riqueza.
Alguno murmuró, viendome ageno
Del honor que pensó se me debia,
Del planeta de luz y virtud lleno.
En esto pareció que cobró el dia
Un nuevo resplandor, y el aire oyóse
Herir de una dulcisima harmonia.
Y en esto por un lado descubrióse
Del sitio un esquadron de ninfas bellas,
Con que infinito el rubio dios holgóse.
Venia enfin, y por remate dellas
Una resplandeciendo, como hace
El sol ante la luz de las estrellas.
La mayor hermosura se deshace
Ante ella, y ella sola resplandece
Sobre todas, y alegra y satisface.
Bien asi semejaba, qual se ofrece
Entre liquidas perlas y entre rosas
La aurora que despunta y amanece.
La rica vestidura, las preciosas
Joyas que la adornaban, competian
Con las que suelen ser marabillosas.
Las ninfas que al querer suyo asistian
En el gallardo brio y bello aspecto,
Las artes liberales parecian.
Todas con amoroso y tierno afecto,
Con las ciencias mas claras y escogidas,
Le guardaban santisimo respeto.
Mostraban que en servirla eran servidas,
Y que por su ocasion de todas gentes
En mas veneracion eran tenidas.
Su influjo y su reflujo las corrientes
Del mar y su profundo le mostraban,
Y el ser padre de rios y de fuentes.
Las yerbas su virtud la presentaban,
Los arboles sus frutos y sus flores,
Las piedras el valor que en sí encerraban.
El santo amor castisimos amores,
La dulce paz su quietud sabrosa,
La guerra amarga todos sus rigores.
Mostrabasele clara la espaciosa
Via, por donde el sol hace contino
Su natural carrera y la forzosa.
La inclinacion, ó fuerza del destino,
Y de qué estrellas consta y se compone,
Y como influye este planeta ó sino.
Todo lo sabe, todo lo dispone
La santa y hermosisima doncella,
Que admiracion como alegria pone.
Preguntele al parlero, si en la bella
Ninfa alguna deidad se disfrazaba,
Que fuese justo el adorar en ella.
Porque en el rico adorno que mostraba,
Y en el gallardo sér que descubria,
Del cielo, y no del suelo semejaba.
Descubres, respondió, tu boberia,
Que ha que la tratas infinitos años,
Y no conoces que es la Poesia.
Siempre la he visto envuelta en pobres paños,
Le repliqué: jamas la vi compuesta
Con adornos tan ricos y tamaños:
Parece que la he visto descompuesta,
Vestida de color de primavera
En los dias de cutio y los de fiesta.
Esta que es la poesia verdadera,
La grave, la discreta, la elegante,
Dixo Mercurio, la alta y la sincera,
Siempre con vestidura rozagante
Se muestra en qualquier acto que se halla,
Quando á su profesion es importante.
Nunca se inclina, ó sirve á la canalla
Trobadora, maligna y trafalmeja,
Que en lo que mas ignora, menos calla.
Hay otra falsa, ansiosa, torpe y vieja,
Amiga de sonaja y morteruelo,
Que ni tabanco, ni taberna dexa.
No se alza dos, ni aun un coto del suelo,
Grande amiga de bodas y bautismos,
Larga de manos, corta de cerbelo.
Tomanla por momentos parasismos,
No acierta á pronunciar, y si pronuncia,
Absurdos hace, y forma solecismos.
Baco donde ella esta, su gusto anuncia,
Y ella derrama en coplas el poleo,
Compa, y vereda, y el mastranzo, y juncia.
Pero aquesta que ves, es el aseo,
La gala de los cielos y la tierra,
Con quien tienen las musas su bureo,
Ella abre los secretos y los cierra,
Toca y apunta de qualquiera ciencia
La superficie y lo mejor que encierra.
Mira con mas ahinco su presencia,
Verás cifrada en ella la abundancia
De lo que en bueno tiene la excelencia.
Moran con ella en una misma estancia
La divina y moral Filosofia,
El estilo mas puro y la elegancia.
Puede pintar en la mitad del dia
La noche, y en la noche mas escura
El alba bella que las perlas cria.
El curso de los rios apresura,
Y le detiene, el pecho á furia incita,
Y le reduce luego á mas blandura.
Por mitad del rigor se precipita
De las lucientes armas contrapuestas,
Y da vitorias, y vitorias quita.
Verás como le prestan las florestas
Sus sombras, y sus cantos los pastores,
El mal sus lutos y el placer sus fiestas,
Perlas el Sur, Sabea sus loores,
El oro Tiber, Hibla su dulzura,
Galas Milan, y Lusitania amores.
Enfin ella es la cifra, do se apura
Lo provechoso y honesto, y deleitable,
Partes con quien se aumenta la ventura.
Es de ingenio tan vivo y admirable,
Que á veces toca en puntos que suspenden,
Por tener noséque de inescrutable.
Alabanse los buenos, y se ofenden
Los malos con su voz, y destos tales
Unos la adoran, otros no la entienden.
Son sus obras heroicas inmortales,
Las liricas suaves, de manera
Que vuelven en divinas las mortales.
Si alguna vez se muestra lisongera,
Es con tanta elegancia y artificio,
Que no castigo, sino premio espera.
Gloria de la virtud, pena del vicio
Son sus acciones, dando al mundo en ellas
De su alto ingenio, y su bondad indicio.
En esto estaba, quando por las bellas
Ventanas de jazmines y de rosas,
Que amor estaba á lo que entiendo en ellas;
Divisé seis personas religiosas
Al parecer de honroso y grave aspeto,
De luengas togas, limpias y pomposas.
Preguntele á Mercurio, por qué efeto
Aquellos no parecen y se encubren,
Y muestran ser personas de respeto?
A lo que él respondió: no se descubren
Por guardar el decoro al alto estado
Que tienen, y asi el rostro todos cubren.
Quién son, le repliqué, si es que te es dado
Decirlo? Respondióme: no por cierto,
Porque Apolo lo tiene asi mandado.
No son poetas? Sí. Pues yo no acierto
A pensar por qué causa se desprecian
De salir con su ingenio á campo abierto.
Para qué se embobecen y se anecian,
Escondiendo el talento que da el cielo
A los que mas de ser suyos se precian?
Aqui del Rey: qué es esto? qué recelo,
O zelo les impele á no mostrarse
Sin miedo ante la turba vil del suelo?
Puede ninguna ciencia compararse
Con esta universal de la poesia,
Que limites no tiene do encerrarse?
Pues siendo esto verdad, saber querria
Entre los de la carda, cómo se usa
Este miedo, ó melindre, ó hipocresia?
Hace Monseñor versos, y rehusa
Que no se sepan, y él los comunica
Con muchos, y á la lengua agena acusa
Y mas que siendo buenos, multiplica
La fama su valor, y al dueño canta
Con voz de gloria, y de alabanza rica.
Qué mucho pues? sino se le levanta
Testimonio á un Pontifice poeta,
Que digan que lo es? por Dios que espanta.
Por vida de Lanfusa la discreta,
Que si no se me dice quien son estos
Togados de bonete y de muceta:
Que con trazas y modos descompuestos
Tengo de reducir á behetria,
Estos tan sosegados y compuestos.
Por Dios, dixo Mercurio, y á fe mia,
Que no puedo decirlo, y si lo digo,
Tengo de dar la culpa á tu porfia.
Dilo, señor, que desde aqui me obligo
De no decir que tu me lo dixiste,
Le dixe: por la fe de buen amigo.
El dixo: no nos cayan en el chiste,
Llegate á mí, dirételo al oido,
Pero creo que hay mas de los que viste.
Aquel que has visto alli del cuello erguido,
Lozano, rozagante y de buen talle,
De honestidad y de valor vestido:
Es el DOTOR DON FRANCISCO SANCHEZ: dalle
Puede qual debe Apolo la alabanza,
Que pueda sobre el cielo levantalle.
Y aun mas su famoso ingenio alcanza,
Pues en las verdes hojas de sus dias
Nos dá de santos frutos esperanza.
Aquel que en elevadas fantasias,
Y en éstasis sabrosos se regala,
Y tanto imita las acciones mias,
Es el MAESTRO ORENSE, que la gala
Se lleva de la mas rara eloquencia
Que en las aulas de Atenas se señala.
Su natural ingenio con la ciencia,
Y ciencias aprendidas le levanta
Al grado que le nombra la excelencia.
Aquel de amarillez marchita y santa,
Que le encubre de lauro aquella rama,
Y aquella hojosa y acopada planta:
FRAY JUAN BAPTISTA CAPATAZ se llama,
Descalzo y pobre, pero bien vestido,
Con el adorno que le da la fama.
Aquel que del rigor fiero de olvido
Libra su nombre con eterno gozo,
Y es de Apolo y las musas bien querido,
Anciano en el ingenio, y nunca mozo,
Humanista divino, es segun pienso
El insigne DOCTOR ANDRES DEL POZO.
Un Licenciado de un ingenio inmenso
Es aquel, y aunque en trage Mercenario
Como á señor le dan las musas censo:
RAMON se llama, auxilio necesario
Con que Delio se esfuerza y vé rendidas
Las obstinadas fuerzas del contrario.
El otro, cuyas sienes ves ceñidas
Con los brazos de Dafne en triunfo honroso,
Sus glorias tiene en Alcalá esculpidas.
En su ilustre teatro vitorioso
Le nombra el cisne en canto no funesto,
Siempre el primero como á mas famoso.
A los donayres suyos echó el resto
Con propiedades al gorron debidas,
Por haverlos compuesto ó descompuesto.
Aquestas seis personas referidas,
Como están en divinos puestos puestas,
Y en sacra religion constituidas:
Tienen las alabanzas por molestas,
Que les dan por poetas y holgarian
Llevar la loa sin el nombre acuestas.
Porqué, le pregunté, señor porfian
Los tales á escribir y dar noticia
De los versos, que paren y que crian?
Tambien tiene el ingenio su codicia,
Y nunca la alabanza se desprecia,
Que al bueno se le debe de justicia,
Aquel que de poeta no se precia,
Para qué escribe versos y los dice?
Porqué desdeña lo que mas aprecia?
Jamas me contenté, ni satisfice
De hipocritas melindres. Llanamente
Quise alabanzas de lo que bien hice.
Con todo quiere Apolo, que esta gente
Religiosa se tenga aqui secreta,
Dixo el dios que presume de eloquente.
Oyose en esto el son de una corneta,
Y un trapa, trapa, aparta, afuera, afuera,
Que viene un gallardisimo poeta.
Volví la vista y vi por la ladera.
Del monte un postillon y un caballero
Correr, como se dice, á la ligera.
Servia el postillon de pregonero
Mucho mas que de guia, á cuyas voces
En pie se puso el esquadron entero.
Preguntóme Mercurio: no conoces
Quien es este gallardo, este brioso?
Imagino que ya le reconoces.
Bien, le respondi: que es el famoso
Gran DON SANCHO DE LEIVA, cuya espada
Y pluma harán á Delio venturoso.
Venceráse sin duda esta jornada
Con tal socorro: y en el mismo instante,
Cosa que parecia imaginada,
Otro favor no menos importante
Para el caso temido se nos muestra,
De ingenio, y fuerzas, y valor bastante.
Una tropa gentil por la siniestra
Parte del monte se descubrió: ó cielos,
Que dais de vuestra providencia muestra!
Aquel discreto JUAN DE VASCONCELOS
Venia delante en un caballo vayo,
Dando á las musas Lusitanas zelos.
Tras él el capitan PEDRO TAMAYO
Venia, y aunque enfermo de la gota,
Fue al enemigo asombro, fue desmayo.
Que por él se vió en fuga, y puesto en rota,
Que en los dudosos trances de la guerra
Su ingenio admira y su valor se nota.
Tambien llegaron á la rica tierra,
Puestos debaxo de una blanca seña,
Por la parte derecha de la sierra
Otros, de quien tomó luego reseña
Apolo: y era dellos el primero
El joven DON FERNANDO DE LODEÑA:
Poeta primerizo insigne, empero
En cuyo ingenio Apolo deposita
Sus glorias para el tiempo venidero.
Con magestad real, con inaudita
Pompa llegó, y al pie del monte para
Quien los bienes del monte solicita:
El Licenciado fue JUAN DE VERGARA
El que llegó, con quien la turba ilustre
En sus vecinos medios se repara.
De Esculapio y de Apolo gloria, y lustre,
Sino digalo el santo bien partido,
Y su fama la misma envidia ilustre.
Con él fue con aplauso recebido
El docto JUAN ANTONIO DE HERRERA,
Que puso en fil el desigual partido.
O quien con lengua en nada lisongera,
Sino con puro afecto en grande exceso,
Dos que llegaron alabar pudiera!
Pero no es de mis hombros este peso,
Fueron los que llegaron los famosos
Los dos Maestros CALVO Y VALDIVIESO.
Luego se descubrió por los undosos
Llanos del mar una pequeña barca
Impelida de remos presurosos:
Llegó, y al punto della desembarca
El gran DON JUAN DE ARGOTE Y DE GAMBOA
En compañia de DON DIEGO ABARCA,
Sugetos dinos de incesable loa,
Y DON DIEGO XIMENEZ Y DE ENCISO
Dió un salto á tierra desde la alta proa.
En estos tres la gala y el aviso
Cifró quanto de gusto en sí contienen,
Como su ingenio y obras dan aviso.
Con JUAN LOPEZ DEL VALLE otros dos vienen
Juntos alli, y es PAMONES el uno,
Con quien las musas ogeriza tienen.
Porque pone sus pies por do ninguno
Los puso, y con sus nuevas fantasias
Mucho mas que agradable es importuno.
De lexas tierras por incultas vias
Llegó el brabo Irlandes DON JUAN BATEO,
Xerxes nuevo en memoria en nuestros dias,
Vuelvo la vista, á MANTUANO veo,
Que tiene al gran Velasco por Mecenas,
Y ha sido acertadisimo su empleo.
Dexarán estos dos en las agenas
Tierras, como en las proprias dilatados
Sus nombres, que tú, Apolo, asi lo ordenas.
Por entre dos fructiferos collados
(Habrá quien esto crea, aunque lo entienda?)
De palmas y laureles coronados,
El grave aspecto del ABAD MALUENDA
Pareció, dando al monte luz y gloria,
Y esperanzas de triunfo en la contienda.
Pero de qué enemigos la vitoria
No alcanzará un ingenio tan florido?
Y una bondad tan digna de memoria?
DON ANTONIO GENTIL DE VARGAS, pido
Espacio para verte, que llegaste
De gala y arte, y de valor vestido;
Y aunque de patria Ginoves, mostraste
Ser en las musas castellanas doto,
Tanto que al esquadron todo admiraste.
Desde el Indio apartado del remoto
Mundo llegó mi amigo MONTESDOCA,
Y el que anudó de Arauco el nudo roto.
Dixo Apolo á los dos: á entrambos toca
Defender esta vuestra rica estancia
De la canalla de verguenza poca.
La qual de error armada y de arrogancia
Quiere canonizar y dar renombre
Inmortal y divino á la ignorancia.
Que tanto puede la aficion, que un hombre
Tiene á sí mismo, que ignorante siendo,
De buen poeta quiere alcanzar nombre.
En esto otro milagro, otro estupendo
Prodigio se descubre en la marina,
Que en pocos versos declarar pretendo
Una nave á la tierra tan vecina
Llegó, que desde el sitio donde estaba,
Se ve quanto hay en ella, y determina.
Demás de quatro mil salmas pasaba,
Que otros suelen llamarlas toneladas,
Ancha de vientre y de estatura brava:
Asi como las naves que cargadas
Llegan de la oriental india á Lisboa,
Que son por las mayores estimadas.
Esta llegó desde la popa á proa
Cubierta de poetas, mercancia
De quien hay saca en Calicut y en Goa.
Tomole al roxo dios alferecia
Por ver la muchedumbre impertinente,
Que en socorro del monte le venia.
Y en silencio rogó devotamente,
Que el vaso naufragase en un momento
Al que gobierna el humido tridente.
Uno de los del numero hambriento
Se puso en esto al borde de la nave,
Al parecer mohino y mal contento:
Y en voz, que ni de tierna ni suave
Tenia un solo adarme, gritando
(Dixo tal vez colerico, y tal grave)
Lo que impaciente estuve yo escuchando,
Porque vi sus razones ser saetas,
Que iban mi alma y corazon clavando.
O tú, dixo, traidor, que los poetas
Canonizaste de la larga lista,
Por causas y por vias indiretas:
Dónde tenias, Magancés, la vista
Aguda de tu ingenio, que asi ciego
Fuiste tan mentiroso coronista?
Yo te confieso, ó barbaro, y no niego
Que algunos de los muchos que escogiste
Sin que el respeto te forzase ó el ruego,
En el debido punto los pusiste;
Pero con los demas sin duda alguna
Prodigo de alabanzas anduviste.
Has alzado á los cielos la fortuna
De muchos, que en el centro del olvido
Sin ver la luz del sol, ni de la luna,
Yacian: ni llamado, ni escogido
Fue el gran pastor de Iberia, el gran BERNARDO,
Que de la VEGA tiene el apellido.
Fuiste envidioso, descuidado y tardo,
Y á las Ninfas de Henares y Pastores,
Como á enemigos les tiraste un dardo,
Y tienes tu poetas tan peores
Que estos en tu rebaño, que imagino
Que han de sudar, si quieren ser mejores.
Que si este agravio no me turba el tino,
Siete trobistas desde aqui diviso,
A quien suelen llamar de torbellino,
Con quien la gala, discrecion y aviso
Tienen poco que ver, y tu los pones
Dos leguas mas allá del paraiso.
Estas quimeras, estas invenciones
Tuyas te han de salir al rostro un dia,
Si mas no te mesuras y compones.
Esta amenaza y gran descortesia
Mi blando corazon llenó de miedo,
Y dió al traves con la paciencia mia.
Y volviendome á Apolo con denuedo
Mayor del que esperaba de mis años,
Con voz turbada y con semblante acedo,
Le dixe: con bien claros desengaños
Descubro, que el servirte me grangea
Presentes miedos de futuros daños.
Haz, ó señor, que en publico se lea
La lista que Cilenio llevó á España,
Porque mi culpa poca aqui se vea.
Si tu deidad en escoger se engaña,
Y yo solo aprobé lo que él me dixo,
Porqué este simple contra mí se ensaña?
Con justa causa y con razon me aflixo,
De ver como estos barbaros se inclinan
A tenerme en temor duro y prolixo.
Unos, porque los puse me abominan:
Otros, porque he dexado de ponellos,
De darme pesadumbre determinan.
Yo no sé como me avendré con ellos,
Los puestos se lamentan, los no puestos
Gritan, yo tiemblo destos y de aquellos.
Tú, señor, que eres dios, dales los puestos
Que piden sus ingenios: llama, y nombra
Los que fueren mas habiles y prestos.
Y porque el turbio miedo que me asombra,
No me acabe, acabada esta contienda,
Cubreme con tu manto y con tu sombra.
O ponme una señal, por do se entienda
Que soy hechura tuya y de tu casa:
Y asi no havrá ninguno que me ofenda.
Vuelve la vista, y mira lo que pasa,
Fue de Apolo enojado la respuesta,
Que ardiendo en ira el corazon le abrasa.
Volvila, y vi la mas alegre fiesta,
Y la mas desdichada y compasiva,
Que el mundo vió, ni aun la verá qual esta.
Mas no se espere que yo aqui la escriba,
Sino en la parte quinta, en quien espero
Cantar con voz tan entonada y viva,
Que piensen que soy cisne, y que me muero.
VIAGE AL PARNASO.
CAPITULO V.
Oyó el señor del humido tridente
Las plegarias de Apolo, y escuchólas
Con alma tierna y corazon clemente.
Hizo de ojo, y dió del pie á las olas,
Y sin que lo entendiesen los poetas
En un punto hasta el cielo levantólas.
Y él por ocultas vias y secretas
Se agazapó debaxo del navio,
Y usó con él de sus traidoras tretas.
Hirió con el tridente en lo vacio
Del buco, y el estomago le llena
De un copioso corriente amargo rio.
Advertido el peligro, al aire suena
Una confusa voz, la qual resulta
De otras mil que el temor forma y la pena.
Poco á poco el bagel pobre se oculta
En las entrañas del ceruleo y cano
Vientre, que tantas animas sepulta.
Suben los llantos por el aire vano
De aquellos miserables, que suspiran
Por ver su irreparable fin cercano.
Trepan y suben por las jarcias, miran
Qual del navio es el lugar mas alto,
Y en él muchos se apiñan y retiran.
La confusion, el miedo, el sobresalto
Les turba los sentidos, que imaginan
Que desta á la otra vida es grande el salto.
Con ningun medio ni remedio atinan;
Pero creyendo dilatar su muerte
Algun tanto á nadar se determinan.
Saltan muchos al mar de aquella suerte,
Que al charco de la orilla saltan ranas
Quando el miedo, ó el ruido las advierte.
Hienden las olas del romperse canas,
Menudean las piernas y los brazos,
Aunque enfermos estan, y ellas no sanas.
Y en medio de tan grandes embarazos
La vista ponen en la amada orilla,
Deseosos de darla mil abrazos.
Y sé yo bien, que la fatal quadrilla
Antes que alli, holgara de hallarse
En el compas famoso de Sevilla.
Que no tienen por gusto el ahogarse,
Discreta gente al parecer en esto,
Pero valioles poco el esforzarse.
Que el padre de las aguas echó el resto
De su rigor, mostrandose en su carro
Con rostro airado y ademan funesto.
Quatro delfines, cada qual bizarro,
Con cuerdas hechas de tegidas obas
Le tiraban con furia y con desgarro.
Las ninfas en sus humidas alcobas
Sienten tu rabia, ó vengativo Nume,
Y de sus rostros la color les robas.
El nadante poeta que presume
Llegar á la ribera defendida,
Sus ayes pierde y su teson consume.
Que su corta carrera es impedida
De las agudas puntas del tridente,
Entonces fiero y aspero homicida.
Quien ha visto muchacho diligente
Que en goloso á si mesmo sobrepuja
Que no hay comparacion mas conveniente,
Picar en el sombrero la granuja,
Que el hallazgo le puso alli ó la sisa,
Con punta alfileresca, ó ya de aguja:
Pues no con menor gana, ó menor prisa
Poetas ensartaba el Nume airado
Con gesto infame, y con dudosa risa.
En carro de cristal venia sentado,
La barba luenga y llena de marisco,
Con dos gruesas lampreas coronado.
Hacian de sus barbas firme aprisco
La Almeja, el Morsillon, Pulpo y Cangrejo,
Qual le suelen hacer en peña ó risco.
Era de aspecto venerable y viejo,
De verde, azul y plata era el vestido,
Robusto al parecer y de buen rejo.
Aunque como enojado, denegrido
Se mostraba en el rostro, que la saña
Asi turba el color como el sentido.
Airado contra aquellos mas se ensaña
Que nadan mas, y saleles al paso,
Juzgando á gloria tan cobarde hazaña.
En esto, ó nuevo y milagroso caso,
Dino de que se cuente poco á poco,
Y con los versos de Torcato Taso.
Hasta aqui no he invocado, ahora invoco
Vuestro favor, ó musas! necesario
Para los altos puntos en que toco.
Descerrajad vuestro mas rico almario,
Y el aliento me dad que el caso pide,
No humilde, no ratero, ni ordinario.
Las nubes hiende el aire, pisa y mide
La hermosa Venus Acidalia, y baxa
Del cielo que ninguno se lo impide.
Traia vestida de pardilla raja
Una gran saya entera hecha al uso,
Que le dice muy bien, quadra y encaja.
Luto que por su Adonis se le puso,
Luego que el gran colmillo del berraco
A atravesar sus ingles se dispuso.
A fe que si el mocito fuera Maco,
Que él guardára la cara al colmilludo,
Que dió á su vida, y su belleza saco.
O valiente garzon, mas que sesudo,
Cómo estándo avisado, tu mal tomas,
Entrando en trance tan horrendo y crudo?
En esto las mansisimas palomas
Que el carro de la diosa conducian
Por el llano del mar, y por las lomas:
Por unas y otras partes discurrian,
Hasta que con Neptuno se encontraron,
Que era lo que buscaban y querian.
Los dioses que se ven, se respetaron,
Y haciendo sus zalemas á lo moro,
De verse juntos en estremo holgaron.
Guardaronse real grave decoro,
Y procuró Ciprinia en aquel punto
Mostrar de su belleza el gran tesoro.
Ensanchó el verdugado, y dióle el punto
Con ciertos puntapies que fueron coces
Para el dios que las vió y quedó difunto.
Un poeta llamado DON QUINCOCES
Andaba semivivo en las saladas
Ondas dando gemidos y no voces.
Con todo dixo, en mal articuladas
Palabras: o, señora, la de Pafo,
Y de las otras dos islas nombradas,
Muevate á compasion el verme gafo
De pies y manos, y que ya me ahogo,
En otras Linfas que las del Garrafo.
Aqui será mi Pira, aqui mi rogo,
Aqui será QUINCOCES sepultado,
Que tuvo en su crianza Pedagogo.
Esto dixo el mezquino, esto escuchado
Fue de la diosa con ternura tanta,
Que volvió á componer el verdugado.
Y luego en pie y piadosa se levanta,
Y poniendo los ojos en el viejo,
Desembudó la voz de la garganta:
Y con cierto desden y sobrecejo,
Entre enojada y grave, y dulce dixo
Lo que al humido dios tuvo perplejo.
Y aunque no fue su razonar prolixo,
Todavia le truxo á la memoria
Hermano de quien era y de quien hijo.
Representole quan pequeña gloria
Era llevar de aquellos miserables
El triunfo infausto, y la cruel vitoria.
El dixo: si los hados inmudables
No huvieran dado la fatal sentencia
Destos en su ignorancia siempre estables.
Una brizna no mas de tu presencia
Que viera yo, bellisima señora,
Fuera de mi rigor la resistencia.
Mas ya no puede ser, que ya la hora
Llegó donde mi blanda y mansa mano
Ha de mostrar que es dura y vencedora.
Que estos de proceder siempre inhumano,
En sus versos han dicho cien mil veces,
Azotando las aguas del mar cano.
Ni azotado, ni viejo me pareces,
Replicó Venus, y él le dixo á ella:
Puesto que me enamoras no enterneces.
Que de tal modo la fatal estrella,
Influye destos tristes, que no puedo
Dar felice despacho á tu querella.
Del querer de los hados solo un dedo,
No me puedo apartar, ya tu lo sabes,
Ellos han de acabar, y ha de ser cedo.
Primero acabarás que los acabes,
Le respondió madama, la que tiene
De tantas voluntades puerta y llaves.
Que aunque el hado feroz su muerte ordene,
El modo no ha de ser á tu contento,
Que muchas muertes el morir contiene.
Turbóse en esto el liquido elemento,
De nuevo renovóse la tormenta,
Sopló mas vivo y mas apriesa el viento.
La hambrienta mesnada, y no sedienta,
Se rinde al uracan recien venido,
Y por mas no penar muere contenta.
O raro caso y por jamas oido,
Ni visto! ó nuevas y admirables trazas
De la gran reina obedecida en Gnido!
En un instante el mar de calabazas
Se vió quajado, algunas tan potentes,
Que pasaban de dos, y aun de tres brazas.
Tambien hinchados odres y valientes,
Sin deshacer del mar la blanca espuma,
Nadaban de mil talles diferentes.
Esta trasmutacion fue hecha en suma
Por Venus de los languidos poetas,
Porque Neptuno hundirlos no presuma.
El qual le pidió á Febo sus saetas,
Cuya arma arrojadiza desde aparte
A Venus defraudara de sus tretas.
Negóselas Apolo; y veis do parte
Enojado el vejon con su tridente,
Pensandolos pasar de parte á parte;
Mas este se resbala, aquel no siente
La herida, y dando esguince se desliza,
Y él queda de la colera impaciente.
En esto Boreas su furor atiza,
Y lleva antecogida la manada,
Que con la de los cerdas simboliza.
Pidióselo la diosa aficionada
A que vivan poetas zarabandos,
De aquellos de la seta almidonada:
De aquellos blancos, tiernos, dulces, blandos,
De los que por momentos se dividen
En varias setas, y en contrarios vandos.
Los contrapuestos vientos se comiden
A complacer la bella rogadora,
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