de lo que harían, y entre todos salió una voz que dijo: "Embárcate,
generoso huésped, y sé nuestro capitán y nuestra guía, que todos te
seguiremos." Esta tan improvisa resolución de todos me sirvió de
felice auspicio, y, por temer que la dilación de poner en obra mi buen
pensamiento no les diese ocasión de madurar su discurso, me adelanté
con mi barco, al cual siguieron otros casi cuarenta; llegué a
reconocer el navío: entré dentro, escudriñéle todo, miré lo que tenía
y lo que le faltaba, y hallé todo lo que me pudo pedir el deseo que
fuese necesario para el viaje. Aconsejéles que ninguno volviese a
tierra, por quitar la ocasión de que el llanto de las mujeres y el de
los queridos hijos no fuese parte para dejar de poner en efeto
resolución tan gallarda. Todos lo hicieron así, y desde allí se
despidieron con la imaginación de sus padres, hijos y mujeres. ¡Caso
extraño, y que ha menester que la cortesía ayude a darle crédito!
Ninguno volvió a tierra, ni se acomodó de más vestidos de aquellos con
que había entrado en el navío, en el cual, sin repartir los oficios,
todos servían de marineros y de pilotos, excepto yo, que fuí nombrado
por capitán por gusto de todos. Y, encomendándome a Dios, comencé
luego a ejercer mi oficio, y lo primero que mandé fué desembarazar el
navío de los muertos que habían sido en la pasada refriega, y
limpiarle de la sangre de que estaba lleno; ordené que se buscasen
todas las armas, ansí ofensivas como defensivas, que en él había, y,
repartiéndolas entre todos, di a cada uno la que, a mi parecer, mejor
le estaba; requerí los bastimentos, y, conforme a la gente, tanteé
para cuántos días serían bastantes, poco más o menos. Hecho esto, y
hecha oración al cielo, suplicándole encaminase nuestro viaje y
favoreciese nuestros tan honrados pensamientos, mandé izar las velas,
que aún se estaban atadas a las entenas, y que las diéramos al viento,
que, como se ha dicho, soplaba de la tierra, y, tan alegres como
atrevidos, y tan atrevidos como confiados, comenzamos a navegar por la
misma derrota que nos pareció que llevaba el navío de la presa.
"Veisme aquí, señores que me estáis escuchando, hecho pescador y
casamentero rico con mi querida hermana, y pobre sin ella, robado de
salteadores y subido al grado de capitán contra ellos: que las vueltas
de mi fortuna no tienen un punto donde paren ni términos que las
encierren.
CAPITULO XVI
--"Dos meses anduvimos por el mar sin que nos sucediese cosa de
consideración alguna, puesto que le escombramos de más de sesenta
navíos de cosarios que, por serlo verdaderos, adjudicamos sus robos a
nuestro navío y le llenamos de innumerables despojos, con que mis
compañeros iban alegres, y no les pesaba de haber trocado el oficio de
pescadores en el de piratas, porque ellos no eran ladrones sino de
ladrones, ni robaban sino lo robado.
"Sucedió, pues, que un porfiado viento nos salteó una noche, que, sin
dar lugar a que amainásemos algún tanto o templásemos las velas, en
aquel término que las halló, las tendió y acosó, de modo que, como he
dicho, más de un mes navegamos por una misma derrota; tanto, que,
tomando mi piloto el altura del polo donde nos tomó el viento, y
tanteando las leguas que hacíamos por hora, y los días que habíamos
navegado, hallamos ser cuatrocientas leguas, poco más o menos. Volvió
el piloto a tomar la altura, y vió que estaba debajo del norte, en el
paraje de Noruega, y con voz grande y mayor tristeza dijo:
"Desdichados de nosotros, que si el viento no nos concede a dar la
vuelta para seguir otro camino, en éste se acabará el de nuestra vida,
porque estamos en el mar glacial, digo, en el mar helado; y si aquí
nos saltea el hielo, quedaremos empedrados en estas aguas." Apenas
hubo dicho esto, cuando sentimos que el navío tocaba por los lados y
por la quilla como en movibles peñas, por donde se conoció que ya el
mar se comenzaba a helar, cuyos montes de hielo, que por dentro se
formaban, impedían el movimiento del navío. Amainamos de golpe,
porque, topando en ellos, no se abriese, y en todo aquel día y aquella
noche se congelaron las aguas tan duramente y se apretaron de modo
que, cogiéndonos en medio, dejaron al navío engastado en ellas, como
lo suele estar la piedra en el anillo. Casi como en un instante
comenzó el hielo a entumecer los cuerpos ya entristecer nuestras
almas, y haciendo el miedo su oficio, considerando el manifiesto
peligro, no nos dimos más días de vida que los que pudiese sustentar
el bastimento que en el navío hubiese, en el cual bastimento desde
aquel punto se puso tasa y se repartió por orden, tan miserable y
estrechamente, que desde luego comenzó a matarnos la hambre. Tendimos
la vista por todas partes, y no topamos con ella en cosa que pudiese
alentar nuestra esperanza, si no fué con un bulto negro que, a nuestro
parecer, estaría de nosotros seis o ocho millas; pero luego imaginamos
que debía de ser algún navío a quien la común desgracia de hielo tenía
aprisionado. Este peligro sobrepuja y se adelanta a los infinitos en
que de perder la vida me he visto, porque un miedo dilatado y un temor
no vencido fatiga más el alma que una repentina muerte: que en el
acabar súbito se ahorran los miedos y los temores que la muerte trae
consigo, que suelen ser tan malos como la misma muerte. Esta, pues,
que nos amenazaba, tan hambrienta como larga, nos hizo tomar una
resolución, si no desesperada, temeraria, por lo menos, y fué que
consideramos que, si los bastimentos se nos acababan, el morir de
hambre era la más rabiosa muerte que puede caber en la imaginación
humana; y así, determinamos de salirnos del navío y caminar por encima
del yelo, y ir a ver si en el que se parecía habría alguna cosa de que
aprovecharnos, o ya de grado, o ya por fuerza.
"Púsose en obra nuestro pensamiento, y en un instante vieron las aguas
sobre sí formado, con pies enjutos, un escuadrón pequeño, pero de
valentísimos soldados, y siendo yo la guía, resbalando, cayendo y
levantando, llegamos al otro navío, que lo era casi tan grande como el
nuestro. Había gente él que, puesta sobre el borde, adevinando la
intención de nuestra venida, a voces comenzó uno a decirnos: "¿A qué
venís, gente desesperada? ¿Qué buscáis? ¿Venís, por ventura, a
apresurar nuestra muerte y a morir con nosotros? Volveos a vuestro
navío, y si os faltan bastimentos, roed las jarcias y encerrad en
vuestros estómagos los embreados leños, si es posible, porque pensar
que os hemos de dar acogida será pensamiento vano y contra los
preceptos de la caridad, que ha de comenzar de sí mismo. Dos meses
dicen que suele durar este yelo que nos detiene; para quince días
tenemos sustento; si es bien que le repartamos con vosotros, a vuestra
consideración lo dejo." A lo que yo le respondí: "En los apretados
peligros toda razón se atropella; no hay respeto que valga ni buen
término que se guarde. Acogednos en vuestro navío de grado, y
juntaremos en él el bastimento que en el nuestro queda, y comámoslo
amigablemente, antes que la precisa necesidad nos haga mover las armas
y usar de la fuerza." Esto le respondí yo, creyendo no decían verdad
en la cantidad del bastimento que señalaban; pero ellos, viéndose
superiores y aventajados en el puesto, no temieron nuestras amenazas
ni admitieron nuestros ruegos; antes arremetieron a las armas y se
pusieron en orden de defenderse. Los nuestros, a quien la
desesperación, de valientes, hizo valentísimos, añadiendo a la
temeridad nuevos bríos, arremetieron al navío y casi sin recebir
herida le entraron y le ganaron, y alzóse una voz entre nosotros que a
todos les quitásemos la vida por ahorrar de balas y de estómagos por
donde se fuese el bastimento que en el navío hallásemos. Yo fuí de
parecer contrario, y, quizá por tenerle bueno, en esto nos socorrió el
cielo, como después diré, aunque primero quiero deciros que este navío
era el de los cosarios que habían robado a mi hermana y a las dos
recién desposadas pescadoras. Apenas le hube reconocido, cuando dije a
voces: "¿Adónde tenéis, ladrones, nuestras almas? ¿Adónde están las
vidas que nos robastes? ¿Qué habéis hecho de mi hermana Auristela y de
las dos, Selviana y Leoncia, partes, mitades de los corazones de mis
buenos amigos Carino y Solercio?" A lo que uno me respondió: "Esas
mujeres pescadoras que dices las vendió nuestro capitán, que ya es
muerto, a Arnaldo, príncipe de Dinamarca."
CAPITULO XVIII
--"En tanto que los míos andaban escudriñando y tanteando los
bastimentos que había en el empedrado navío, a deshora, y de
improviso, de la parte de tierra descubrimos que sobre los hielos
caminaba un escuadrón de armada gente, de más de cuatro mil personas
formado. Dejónos más helados que el mismo mar vista semejante,
aprestando las armas, más por muestra de ser hombres que con
pensamiento de defenderse. Caminaban sobre sólo un pie, dándose con el
derecho sobre el calcaño izquierdo, con que se impelían y resbalaban
sobre el mar grandísimo trecho, y luego, volviendo a reiterar el
golpe, tornaban a resbalar otra gran pieza de camino; y desta suerte,
en un instante fueron con nosotros y nos rodearon por todas partes, y
uno de ellos, que, como después supe, era el capitán de todos,
llegándose cerca de nuestro navío, a trecho que pudo ser oído,
asegurando la paz con un paño blanco que volteaba sobre el brazo, en
lengua polaca, con voz clara, dijo: "Cratilo, rey de Bituania y señor
destos mares, tiene por costumbre de requerirlos con gente armada, y
sacar de ellos los navíos que del hielo están detenidos, a lo menos la
gente y la mercancía que tuvieren, por cuyo beneficio se paga con
tomarla por suya. Si vosotros gustáredes de acetar este partido, sin
defenderos, gozaréis de las vidas y de la libertad, que no se os ha de
cautivar en ningún modo; miradlo, y si no, aparejaos a defenderos de
nuestras armas, continuo vencedoras."
"Contentóme la brevedad y la resolución del que nos hablaba.
Respondíle que me dejase tomar parecer con nosotros mismos, y fué el
que mis pescadores me dieron, decir que el fin de todos los males, y
el mayor de ellos, era el acabar la vida, la cual se había de
sustentar por todos los medios posibles, como no fuesen por los de la
infamia; y que, pues en los partidos que nos ofrecían no intervenía
ninguna, y del perder la vida estábamos tan ciertos, como dudosos de
la defensa, sería bien rendirnos y dar lugar a la mala fortuna que
entonces nos perseguía, pues podría ser que nos guardase para mejor
ocasión. Casi esta misma respuesta di al capitán del escuadrón, y al
punto, más con apariencia de guerra que con muestras de paz,
arremetieron al navío, y en un instante le desvalijaron todo, y
trasladaron cuanto en él había, hasta la misma artillería y jarcias, a
unos cueros de bueyes que sobre el hielo tendieron; liándolos por
encima, aseguraron poderlos llevar tirándolos con cuerdas, sin que se
perdiese cosa alguna. Robaron ansimismo lo que hallaron en el otro
nuestro navío, y, poniéndonos a nosotros sobre otras pieles, alzando
una alegre vocería, nos tiraron y nos llevaron a tierra, que debía de
estar desde el lugar del navío como veinte millas. Paréceme a mí que
debía de ser cosa de ver caminar tanta gente por cima de las aguas a
pie enjuto, sin usar allí el cielo alguno de sus milagros.
"En fin, aquella noche llegamos a la ribera, de la cual no salimos
hasta otro día por la mañana, que la vimos coronada de infinito número
de gente, que a ver la presa de los helados y yertos habían venido.
Venía entre ellos, sobre un hermoso caballo, el rey Cratilo, que, por
las insignias reales con que se adornaba, conocimos ser quien era;
venía a su lado, asimismo a caballo, una hermosísima mujer, armada de
unas armas blancas, a quien no podían acabar de encubrir un velo negro
con que venían cubiertas. Llevóme tras sí la vista, tanto su buen
parecer como la gallardía del rey Cratilo, y, mirándola con atención,
conocí ser la hermosa Sulpicia, a quien la cortesía de mis compañeros
pocos días #-antes-# habían dado la libertad que entonces gozaba.
Acudió el rey a ver los rendidos, y, llevándome el capitán asido de la
mano, le dijo: "En este solo mancebo ¡oh valeroso rey Cratilo! me
parece que te presento la más rica presa que en razón de persona
humana hasta agora humanos ojos han visto." "¡Santos cielos!--dijo a
esta sazón la hermosa Sulpicia, arrojándose del caballo al suelo--. O
yo no tengo vista en los ojos, o es éste mi libertador, Periandro." Y
el decir esto y añudarme el cuello con sus brazos, fué todo uno, cuyas
extrañas y amorosas muestras obligaron también a Cratilo a que del
caballo se arrojase y con las mismas señales de alegría me recibiese.
Entonces la desmayada esperanza de algún buen suceso estaba lejos de
los pechos de mis pescadores; pero cobrando aliento en las muestras
alegres con que vieron recebirme, les hizo brotar por los ojos el
contento y por las bocas las gracias que dieron a Dios del no esperado
beneficio: que ya le contaban, no por beneficio, sino por singular y
conocida merced. Sulpicia dijo a Cratilo: "Este mancebo es un sujeto
donde tiene su asiento la suma cortesía y su albergue la misma
liberalidad; y aunque yo tengo hecha esta experiencia, quiero que tu
discreción la acredite, sacando por su gallarda presencia--y en esto
bien se vee que hablaba como agradecida, y aun como engañada--en
limpio esta verdad que te digo. Este fué el que me dió libertad
después de la muerte de mi marido; éste el que no despreció mis
tesoros, sino el que no los quiso; éste fué el que, después de
recebidas mis dádivas, me las volvió mejoradas, con el deseo de
dármelas mayores, si pudiera; éste fué, en fin, el que, acomodándose,
o, por mejor decir, haciendo acomodar a su gusto el de sus soldados,
dándome doce que me acompañasen, me tiene ahora en tu presencia." Yo,
entonces, a lo que creo, rojo el rostro con las alabanzas, o ya
aduladoras o demasiadas, que de mí oía, no supe más que hincarme de
rodillas ante Cratilo, pidiéndole las manos, que no me las dió para
besárselas, sino para levantarme del suelo. En este entretanto, los
doce pescadores que habían venido en guarda de Sulpicia, andaban entre
la demás gente buscando a sus compañeros, abrazándose unos a otros, y,
llenos de contento y regocijo, se contaban sus buenas y malas suertes:
los del mar, exageraban su yelo, y los de la tierra, sus riquezas. "A
mí--decía el uno--me ha dado Sulpicia esta cadena de oro." "A
mí--decía otro--esta joya, que vale por dos de esas cadenas." "A
mí--replicaba éste--me dió tanto dinero." Y aquél repetía: "Más me ha
dado a mí en este solo anillo de diamantes que a todos vosotros
juntos."
"A todas estas pláticas puso silencio un gran rumor que se levantó
entre la gente, causado del que hacia un poderosísimo caballo bárbaro,
a quien dos valientes lacayos traían del freno, sin poderse averiguar
con él. Era de color morcillo, pintado todo de moscas blancas, que
sobremanera le hacían hermoso; venía en pelo, porque no consentía
ensillarse del mismo rey; pero no le guardaba este respeto después de
puesto encima, no siendo bastantes a detenerle mil montes de embarazos
que ante él se pusieran, de lo que el rey estaba tan pesaroso, que
diera una ciudad a quien sus malos siniestros le quitara. Todo esto me
contó el rey breve y sucintamente.
CAPITULO XX
--"La grandeza, la ferocidad y la hermosura del caballo que os he
descrito tenían tan enamorado a Cratilo, y tan deseoso de verle manso,
como a mí de mostrar que deseaba servirle, pareciéndome que el cielo
me presentaba ocasión para hacerme agradable a los ojos de quien por
señor tenía, y a poder acreditar con algo las alabanzas que la hermosa
Sulpicia de mí al rey había dicho. Y así, no tan maduro como
presuroso, fuí donde estaba el caballo, y subí en él sin poner el pie
en el estribo, pues no le tenía, y arremetí con él, sin que el freno
fuese parte para detenerle, y llegué a la punta de una peña que sobre
la mar pendía, y, apretándole de nuevo las piernas, con tan mal grado
suyo como gusto mío, le hice volar por el aire y dar con entrambos en
la profundidad del mar; y en la mitad del vuelo me acordé que, pues el
mar estaba helado, me había de hacer pedazos con el golpe, y tuve mi
muerte y la suya por cierta. Pero no fué así, porque el cielo, que
para otras cosas que él sabe me debe de tener guardado, hizo que las
piernas y brazos del poderoso caballo resistiesen el golpe, sin
recebir yo otro daño que haberme sacudido de sí el caballo y echado a
rodar, resbalando por gran espacio. Ninguno hubo en la ribera que no
pensase y creyese que yo quedaba muerto; pero cuando me vieron
levantar en pie, aunque tuvieron el suceso a milagro, juzgaron a
locura mi atrevimiento.
[Ilustración: Le hice volar por el aire y dar con entrambos en la
profundidad del mar.]
"Volví a la ribera con el caballo, volví asimismo a subir en él, y,
por los mismos pasos que primero, le incité a saltar segunda vez; pero
no fué posible, porque, puesto en la punta de la levantada peña, hizo
tanta fuerza por no arrojarse, que puso las ancas en el suelo y rompió
las riendas, quedándose clavado en la tierra. Cubrióse luego de un
sudor de pies a cabeza, tan lleno de miedo, que le volvió de león en
cordero y de animal indomable en generoso caballo, de manera que los
muchachos se atrevieron a manosearle, y los caballerizos del rey,
enjaezándole, subieron en él y le corrieron con seguridad, y él mostró
su ligereza y su bondad, hasta entonces jamás vista; de lo que el rey
quedó contentísimo y Sulpicia alegre, por ver que mis obras habían
respondido a sus palabras.
"Tres meses estuvo en su rigor el yelo, y éstos se tardaron en acabar
un navío que el rey tenía comenzado para correr en convenible tiempo
aquellos mares, limpiándolos de cosarios, enriqueciéndose con sus
robos. En este entretanto, le hice algunos servicios en la caza, donde
me mostré sagaz y experimentado, y gran sufridor de trabajos; porque
en ningún ejercicio corresponde así al de la guerra como el de la
caza, a quien es anejo el cansancio, la sed y la hambre, y aun a veces
la muerte. La liberalidad de la hermosa Sulpicia se mostró conmigo y
con los míos extremada, y la cortesía de Cratilo le corrió parejas.
Los doce pescadores que trujo consigo Sulpicia estaban ya ricos, y los
que conmigo se perdieron, estaban ganados. Acabóse el navío; mandó el
rey aderezarle y pertrecharle de todas las cosas necesarias
largamente, y luego me hizo capitán dél, a toda mi voluntad, sin
obligarme a que hiciese cosa más de aquella que fuese de mi gusto. Y
después de haberle besado las manos por tan gran beneficio, le dije
que me diese licencia de ir a buscar a mi hermana Auristela, de quien
tenía noticia que estaba en poder del rey de Dinamarca. Cratilo me la
dió para todo aquello que quisiese hacer, diciéndome que a más le
tenía obligado mi buen término, hablando como rey, a quien es anejo
tanto el hacer mercedes como la afabilidad y, si se puede decir, la
buena crianza. Esta tuvo Sulpicia en todo extremo, acompañándola con
la liberalidad, con la cual, ricos y contentos, yo y los míos nos
embarcamos, sin que quedase ninguno.
"La primer derrota que tomamos fué a Dinamarca, donde creí hallar a mi
hermana, y lo que hallé fueron nuevas de que, de la ribera del mar, a
ella y a otras doncellas las habían robado cosarios. Renováronse mis
trabajos, y comenzaron de nuevo mis lástimas, a quien acompañaron las
de Carino y Solercio, los cuales creyeron que en la desgracia de mi
hermana y en su prisión se debía de comprehender la de sus esposas.
"Barrimos todos los mares, rodeamos todas o las más islas destos
contornos, preguntando siempre por nuevas de mi hermana, pareciéndome
a mí, con paz sea dicho de todas las hermosas del mundo, que la luz de
su rostro no podía estar encubierta por ser escuro el lugar donde
estuviese, y que la suma discreción suya había de ser el hilo que la
sacase de cualquier laberinto. Prendimos cosarios, soltamos
prisioneros; restituímos haciendas a sus dueños, alzámonos con las mal
ganadas de otros, y con esto, colmando nuestro navío de mil diferentes
bienes de fortuna, quisieron los míos volver a sus redes y a sus casas
y a los brazos de sus hijos, imaginando Carino y Solercio ser posible
hallar a sus esposas en su tierra, ya que en las ajenas no las
hallaban. Antes desto llegamos a aquella isla, que, a lo que creo, se
llama Scinta, donde supimos las fiestas de Policarpo, y a todos nos
vino voluntad de hallarnos en ellas. No pudo llegar nuestra nave, por
ser el viento contrario, y así, en traje de marineros bogadores, nos
entramos en aquel barco luengo, como ya queda dicho. Allí gané los
premios, allí fuí coronado por vencedor de todas las contiendas, y de
allí tomó ocasión Sinforosa de desear saber quién yo era, como se vió
por las diligencias que para ello hizo. Vuelto al navío, y resueltos
los míos de dejarme, les rogué que me dejasen el barco, como en premio
de los trabajos que con ellos había pasado. Dejáronmele, y aun me
dejaran el navío, si yo le quisiera, diciéndome que, si me dejaban
solo, no era otra la ocasión, sino porque les parecía ser sólo mi
deseo, y tan imposible de alcanzarle, como lo había mostrado la
experiencia en las diligencias que habíamos hecho para conseguirle.
"En resolución: con seis pescadores que quisieron seguirme, llevados
del premio que les di y del que les ofrecí, abrazando a mis amigos, me
embarqué, y puse la proa en -#una#- isla bárbara, de cuyos moradores
sabía ya la costumbre y la falsa profecía que los tenía engañados, la
cual no os refiero porque sé que la sabéis. Di al través en aquella
isla; fuí preso y llevado donde estaban los vivos enterrados:
sacáronme otro día para ser sacrificado; sucedió la tormenta del mar;
desbaratáronse los leños que servían de barcas; salí al mar ancho en
un pedazo dellas, con cadenas que me rodeaban el cuello y esposas que
me ataban las manos; caí en las misericordiosas del príncipe Arnaldo,
que está presente, por cuya orden entré en la isla para ser espía que
investigase si estaba en ella mi hermana, no sabiendo que yo fuese
hermano de Auristela, la cual otro día vino en traje de varón a ser
sacrificada. Conocíla, dolióme su dolor, previne su muerte con decir
que era hembra, como ya lo había dicho Cloelia, su ama, que la
acompañaba; y el modo cómo allí las dos vinieron, ella lo dirá cuando
quisiere. Lo que en la isla nos sucedió, ya lo sabéis, y con esto y
con lo que a mi hermana le queda por decir, quedaréis satisfechos de
casi todo aquello que acertare a pediros el deseo en la certeza de
nuestros sucesos."
LIBRO III
CAPITULO X
-#En#- un lugar, no muy pequeño ni muy grande, de cuyo nombre no me
acuerdo, y en mitad de la plaza dél, -#había#- mucha gente junta,
todos atentos mirando y escuchando a dos mancebos que, en traje de
recién rescatados de cautivos, estaban declarando las figuras de un
pintado lienzo que tenían tendido en el suelo; parecía que se habían
descargado de dos pesadas cadenas que tenían junto a sí, insignias y
relatoras de su pesada desventura; y uno dellos, que debía de ser de
hasta veinticuatro años, con voz clara y en todo extremo experta
lengua, crujiendo de cuando en cuando un corbacho, o, por mejor decir,
azote que en la mano tenía, le sacudía de manera que penetraba los
oídos y ponía los estallidos en el cielo, bien así como hace el
cochero, que, castigando o amenazando sus caballos, hace resonar su
látigo por los aires.
Entre los que la larga plática escuchaban, estaban los dos alcaldes
del pueblo, ambos ancianos, pero no tanto el uno como el otro. Por
donde comenzó su arenga el libre cautivo, fué diciendo:
--Esta, señores, que aquí veis pintada, es la ciudad de Argel, gomia y
tarasca de todas las riberas del mar Mediterráneo, puerto universal de
cosarios, y amparo y refugio de ladrones, que, deste pequeñuelo puerto
que aquí va pintado, salen con sus bajeles a inquietar el mundo, pues
se atreven a pasar el plus ultra de las colunas de Hércules, y a
acometer y robar las apartadas islas, que, por estar rodeadas del
inmenso mar Océano, pensaban estar seguras, a lo menos de los bajeles
turquescos. Este bajel que aquí veis reducido a pequeño, porque lo
pide así la pintura, es una galeota de ventidós bancos, cuyo dueño y
capitán es el turco que en la crujía va en pie, con un brazo en la
mano, que cortó a aquel cristiano que allí veis, para que le sirva de
rebenque y azote a los demás cristianos que van amarrados a sus
bancos, temeroso no le alcancen estas cuatro galeras que aquí veis,
que le van entrando y dando caza. Aquel cautivo primero del primer
banco, cuyo rostro le disfigura la sangre que se le ha pegado de los
golpes del brazo muerto, soy yo, que servía de espalder en esta
galeota; y el otro que está junto a mí es éste mi compañero, no tan
sangriento, porque fué menos apaleado. Escuchad, señores, y estad
atentos: quizá la aprehensión deste lastimero cuento os llevará a los
oídos las amenazadoras y vituperosas voces que ha dado este perro de
Dragut, que así se llamaba el arráez de la galeota, cosario tan famoso
como cruel, y tan cruel como Falaris o Busiris, tiranos de Sicilia; a
lo menos, a mí me suena agora el -rospeni-, el -manahora- y el
-denimaniyoc-, que, con coraje endiablado, va diciendo que todas éstas
son palabras y razones turquescas, encaminadas a la deshonra y
vituperio de los cautivos cristianos: llámanlos de judíos, hombres de
poco valor, de fee negra y de pensamientos viles, y, para mayor horror
y espanto, con los brazos muertos azotan los cuerpos vivos.
Parece ser que uno de los dos alcaldes había estado cautivo en Argel
mucho tiempo, el cual, con baja voz, dijo a su compañero:
--Este cautivo, hasta agora, parece que va diciendo verdad, y que en
lo general no es cautivo falso; pero yo le examinaré en lo particular,
y veremos cómo da la cuerda; porque quiero que sepáis que yo iba
dentro desta galeota, y no me acuerdo de haberle conocido por espalder
de ella, si no fué a un Alonso Moclin, natural de Vélez-Málaga.
Y volviéndose al cautivo, le dijo:
--Decidme, amigo, cúyas eran las galeras que os daban caza, y si
conseguistes por ella la libertad deseada.
--Las galeras--respondió el cautivo--eran de don Sancho de Leyva; la
libertad no la conseguimos, porque no nos alcanzaron; tuvímosla
después, porque nos alzamos con una galeota que desde Sargel iba a
Argel cargada de trigo; venimos a Orán con ella, y desde allí a
Málaga, de donde mi compañero y yo nos pusimos en camino de Italia,
con intención de servir a su majestad, que Dios guarde, en el
ejercicio de la guerra.
--Decidme, amigos--replicó el alcalde--: ¿cautivastes juntos?
¿Llevaron os a Argel del primer boleo, o a otra parte de Berbería?
--No cautivamos juntos--respondió el otro cautivo--, porque yo cautivé
junto a Alicante, en un navío de lanas que pasaba a Génova; mi
compañero en los Percheles de Málaga, adonde era pescador. Conocímonos
en Tetuán, dentro de una mazmorra; hemos sido amigos, y corrido una
misma fortuna mucho tiempo; y, para diez o doce cuartos que apenas nos
han ofrecido de limosna sobre el lienzo, mucho nos aprieta el señor
alcalde.
--No mucho, señor galán--replicó el alcalde--, que aún no están dadas
todas las vueltas de la mancuerda; escúcheme y dígame: ¿Cuántas
puertas tiene Argel, y cuántas fuentes, y cuántos pozos de agua dulce?
--¡La pregunta es boba!--respondió el primer cautivo--; tantas puertas
tiene como tiene casas, y tantas fuentes, que yo no las sé, y tantos
pozos que no los he visto, y los trabajos que yo en él he pasado me
han quitado la memoria de mí mismo; y si el señor alcalde quiere ir
contra la caridad cristiana, recogeremos los cuartos y alzaremos la
tienda, y a Dios aho, que tan buen pan hacen aquí como en Francia.
Entonces el alcalde llamó a un hombre de los que estaban en el corro,
que al parecer servía de pregonero en el lugar, y tal vez de verdugo
cuando se ofrecía, y dijóle:
--Gil Berrueco, id a la plaza, y traedme aquí luego los primeros dos
asnos que topáredes; que, por vida del rey nuestro señor, que han de
pasear las calles en ellos estos dos señores cautivos, que con tanta
libertad quieren usurpar la limosna de los verdaderos pobres,
contándonos mentiras y embelecos, estando sanos como una manzana y con
más fuerzas para tomar una azada en la mano, que no un corbacho para
dar estallidos en seco. Yo he estado en Argel cinco años esclavo, y sé
que no me dais señas dél en ninguna cosa de cuantas habéis dicho.
--¡Cuerpo del mundo!--respondió el cautivo--. ¿Es posible que ha de
querer el señor alcalde que seamos ricos de memoria, siendo tan pobres
de dineros, y que, por una niñería que no importa tres ardites, quiera
quitar la honra a dos tan insignes estudiantes como nosotros, y
juntamente quitar a su majestad dos valientes soldados, que íbamos a
esas Italias y a esos Flandes a romper, a destrozar, a herir y a matar
los enemigos de la santa fe católica que topáramos? Porque, si va a
decir verdad, que en fin es hija de Dios, quiero que sepa el señor
alcalde que nosotros no somos cautivos, sino estudiantes de Salamanca,
y, en la mitad y en lo mejor de nuestros estudios, nos vino gana de
ver mundo y de saber a qué sabía la vida de la guerra, como sabíamos
el gusto de la vida de la paz. Para facilitar y poner en obra este
deseo, acertaron a pasar por allí unos cautivos, que también lo debían
de ser falsos como nosotros agora; les compramos este lienzo y nos
informamos de algunas cosas de las de Argel, que nos pareció ser
bastantes y necesarias para acreditar nuestro embeleco; vendimos
nuestros libros y nuestras alhajas a menosprecio, y, cargados con esta
mercadería, hemos llegado hasta aquí; pensamos pasar adelante, si es
que el señor alcalde no manda otra cosa.
--Lo que pienso hacer es--replicó el alcalde--daros cada cien azotes,
y, en lugar de la pica que vais a arrastrar en Flandes, poneros un
remo en las manos que le cimbréis en el agua en las galeras, con quien
quizá haréis más servicio a su majestad que con la pica.
--¿Querráse--replicó el mozo hablador--mostrar agora el señor alcalde
ser un legislador de Atenas, y que la riguridad de su oficio llegue a
los oídos de los señores del Consejo, donde, acreditándole con ellos,
le tengan por severo y justiciero, y le cometan negocios de
importancia, donde muestre su severidad y su justicia? Pues sepa el
señor alcalde que -summum jus, summa injuria-.
--Mirad cómo habláis, hermano--replicó el segundo alcalde--, que aquí
no hay justicia con lujuria: que todos los alcaldes deste lugar han
sido, son y serán limpios y castos como el pelo de la masa; y hablad
menos, que os será sano.
Volvió en esto el pregonero, y dijo:
--Señor alcalde, yo no he topado en la plaza asnos ningunos, sino a
los dos regidores Berrueco y Crespo, que andan en ella paseándose.
--Por asnos os envié yo, majadero, que no por regidores; pero volved y
traeldos acá, por sí o por no, que quiero que se hallen presentes al
pronunciar desta sentencia, que ha de ser, sin embargo, y no ha de
quedar por falta de asnos; que, gracias sean dadas al cielo, hartos
hay en este lugar,
--No le tendrá vuesa merced, señor alcalde, en el cielo--replicó el
mozo--si pasa adelante con esa reguridad. Por quien Dios es, que vuesa
merced considere que no hemos robado tanto que podemos dar a censo ni
fundar ningún mayorazgo; apenas granjeamos el mísero sustento con
nuestra industria, que no deja de ser trabajosa, como lo es la de los
oficiales y jornaleros. Mis padres no nos enseñaron oficio alguno, y
así, nos es forzoso que remitamos a la industria lo que habíamos de
remitir a las manos si tuviéramos oficio. Castíguense los que
cohechan, los escaladores de casas, los salteadores de caminos, los
testigos falsos por dineros, los mal entretenidos en la república, los
ociosos y baldíos en ella, que no sirven de otra cosa que de
acrecentar el número de los perdidos, y dejen a los míseros que van su
camino derecho a servir a su majestad con la fuerza de sus brazos y
con la agudeza de sus ingenios, porque no hay mejores soldados que los
que se trasplantan de la tierra de los estudios en los campos de la
guerra; ninguno salió de estudiante para soldado que no lo fuese por
extremo, porque cuando se avienen y se juntan las fuerzas con el
ingenio, y el ingenio con las fuerzas, hacen un compuesto milagroso,
con quien Marte se alegra, la paz se sustenta y la república se
engrandece.
Admirados estaban todos los circunstantes, así de las razones del
mozo, como de la velocidad con que hablaba, el cual, prosiguiendo,
dijo:
--Espúlguenos el señor alcalde, mírenos y remírenos, y haga escrutinio
de las costuras de nuestros vestidos, y si en todo nuestro poder
hallare seis reales, no sólo nos mande dar ciento, sino seis cuentos
de azotes. Veamos, pues, si la adquisición de tan pequeña cantidad de
interés merece ser castigada con afrentas y martirizada con galeras; y
así, otra vez digo que el señor alcalde se remire en esto, no se
arroje y precipite apasionadamente a hacer lo que, después de hecho,
quizá le causara pesadumbre. Los jueces discretos castigan, pero no
toman venganza de los delitos; los prudentes y los piadosos mezclan la
equidad con la justicia, y, entre el rigor y la clemencia, dan luz de
su buen entendimiento.
--Por Dios--dijo el segundo alcalde--, que este mancebo ha hablado
bien, aunque ha hablado mucho, y que, no solamente no tengo de
consentir que los azoten, sino que los tengo de llevar a mi casa y
ayudarles para su camino, con condición que le lleven derecho, sin
andar surcando la tierra de una en otras partes, porque, si así lo
hiciesen, más parecerían viciosos que necesitados.
Ya el primer alcalde, manso y piadoso, blando y compasivo, dijo:
--No quiero que vayan a vuestra casa, sino a la mía, donde les quiero
dar una lición de las cosas de Argel, tal, que de aquí adelante
ninguno les coja en mal latín en cuanto a su fingida historia.
Los cautivos se lo agradecieron, y los circunstantes alabaron su
honrada determinación.
CAPITULO XI
Llegóse el día, y tomaron los peregrinos el #-camino-# de Valencia;
los cuales, otro día, al salir de la aurora, que por los balcones de
Oriente se asomaba, barriendo el cielo de las estrellas y aderezando
el camino por donde el sol había de hacer su acostumbrada carrera,
Bartolomé, que así creo se llamaba el guiador del bagaje, viendo salir
el sol tan alegre y regocijado, bordando las nubes de los cielos con
diversas colores, de manera que no se podía ofrecer otra cosa más
alegre y más hermosa a la vista, y con rústica discreción dijo:
---Verdad debió de decir el predicador que predicaba los días pasados
en nuestro pueblo cuando dijo que los cielos y la tierra anunciaban y
declaraban las grandezas del Señor. Pardiez que, si yo no conociera a
Dios por lo que me han enseñado mis padres y los sacerdotes y ancianos
de mi lugar, le viniera a rastrear y conocer viendo la inmensa
grandeza destos cielos, que me dicen que son muchos, o, a lo menos,
que llegan a once, y por la grandeza deste sol que nos alumbra, que,
con no parecer mayor que una rodela, es muchas veces mayor que toda la
tierra, y más que, con ser tan grande, afirman que es tan ligero que
camina en venticuatro horas más de trecientas mil leguas. La verdad
que sea, yo no creo nada desto; pero dícenlo tantos hombres de bien,
que, aunque hago fuerza al entendimiento, lo creo. Pero de lo que más
me admiro es que debajo de nosotros hay otras gentes, a quien llaman
antípodas, sobre cuyas cabezas, los que andamos acá arriba, traemos
puestos los pies, cosa que me parece imposible; que, para tan gran
carga como la nuestra, fuera menester que tuvieran ellos las cabezas
de bronce.
Rióse Periandro de la rústica astrología del mozo, y díjole:
--Buscar querría razones acomodadas ¡oh Bartolomé! para darte a
entender el error en que estás y la verdadera postura del mundo, para
lo cual era menester tomar muy de atrás sus principios; pero
acomodándome con tu ingenio, habré de coartar el mío y decirte sola
una cosa: y es que quiero que entiendas por verdad infalible que la
tierra es centro del cielo; llamo centro un punto indivisible a quien
todas las líneas de su circunferencia van a parar; tampoco me parece
que has de entender esto; y así, dejando estos términos, quiero que te
contentes con saber que toda la tierra tiene por alto el cielo, y en
cualquier parte della donde los hombres estén han de estar cubiertos
con el cielo; así que, como a nosotros el cielo que ves nos cubre,
asimismo cubre a los antípodas que dicen, sin estorbo alguno, y como,
naturalmente, lo ordenó la Naturaleza, mayordoma del verdadero Dios,
criador del cielo y de la tierra.
No se descontentó el mozo de oír las razones de Periandro, que también
dieron gusto a Auristela, a la condesa y a su hermano. Con estas y
otras cosas iba enseñando y entreteniendo el camino Periandro.
De allí a algunos días, llegó nuestro hermoso escuadrón a un lugar de
moriscos, que estaba puesto como una legua de la marina, en el reino
de Valencia. Hallaron en él, no mesón en que albergarse, sino todas
las casas del lugar con agradable hospicio los convidaban; viendo lo
cual, Antonio dijo:
--Yo no sé quién dice mal desta gente, que todos me parecen unos
santos.
--Con palmas--dijo Periandro--recibieron al Señor en Jerusalén los
mismos que de allí a pocos días le pusieron en una cruz. Agora bien: a
Dios y a la ventura, como decirse suele, acetemos el convite que nos
hace este buen viejo, que con su casa nos convida.
Y era así verdad, que un anciano morisco, casi por fuerza, asiéndolos
por las esclavinas, los metió en casa, y dio muestras de agasajarlos
no morisca, sino cristianamente. Salió a servirlos una hija suya,
vestida en traje morisco, y en él tan hermosa, que las más gallardas
cristianas tuvieran a ventura el parecería: que en las gracias que
Naturaleza reparte, también suele favorecer a las bárbaras de Citia,
como a las ciudadanas de Toledo. Esta, pues, hermosa y mora, en lengua
aljamiada, asiendo a Costanza y a Auristela de las manos, se encerró
con ellas en una sala baja, y, estando solas, sin soltarles las manos,
recatadamente miró a todas partes, temerosa de ser escuchada, y,
después que hubo asegurado el miedo que mostraba, les dijo:
--¡Ay, señoras, y cómo habéis venido como mansas y simples ovejas al
matadero! ¿Veis este viejo, que con vergüenza digo que es mi padre,
véisle tan agasajador vuestro? Pues sabed que no pretende otra cosa
sino ser vuestro verdugo. Esta noche se han de llevar en peso, si así
se puede decir, diez y seis bajeles de cosarios berberiscos, a toda la
gente de este lugar, con todas sus haciendas, sin dejar en él cosa que
les mueva a volver a buscarla. Piensan estos desventurados que en
Berbería está el gusto de sus cuerpos y la salvación de sus almas, sin
advertir que, de muchos pueblos que allá se han pasado casi enteros,
ninguno hay que dé otras nuevas sino de arrepentimiento, el cual les
viene juntamente con las quejas de su daño. Los moros de Berbería
pregonan glorias de aquella tierra, al sabor de las cuales corren los
moriscos de ésta, y dan en los lazos de su desventura. Si queréis
estorbar la vuestra y conservar la libertad en que vuestros padres os
engendraron, salid luego de esta casa y acogedos a la iglesia, que en
ella hallaréis quien os ampare, que es el cura, que sólo él y el
escribano son en este lugar cristianos viejos. Hallaréis también allí
al jadraque Jarife, que es un tío mío, moro sólo en el nombre, y en
las obras cristiano. Contaldes lo que pasa, y decid que os lo dijo
Rafala, que con esto seréis creídos y amparados; y no lo echéis en
burla, si no queréis que las veras os desengañen a vuestra costa: que
no hay mayor engaño que venir el desengaño tarde.
El susto, las acciones con que Rafala esto decía, se asentó en las
almas de Auristela y de Constanza, de manera que fué creída, y no le
respondieron otra cosa que fuese más que agradecimientos. Llamaron
luego a Periandro y a Antonio, y, contándoles lo que pasaba, sin tomar
ocasión aparente, se salieron de la casa con todo lo que tenían.
Bartolomé, que quisiera más descansar que mudar de posada, pesóle de
la mudanza; pero, en efeto, obedeció a sus señores. Llegaron a la
iglesia, donde fueron bien recebidos del cura y del jadraque, a quien
contaron lo que Rafala les había dicho. El cura dijo:
--Muchos días ha, señores, que nos dan sobresalto con la venida de
esos bajeles de Berbería; y aunque es costumbre suya hacer estas
entradas, la tardanza de ésta me tenía ya algo descuidado. Entrad,
hijos, que buena torre tenemos, y buenas y ferradas puertas la
iglesia, que, si no es muy de propósito, no pueden ser derribadas ni
abrasadas.
--¡Ay--dijo a esta sazón el jadraque--, si han de ver mis ojos, antes
que se cierren, libre esta tierra destas espinas y malezas que la
oprimen! ¡Ay, cuándo llegará el tiempo que tiene profetizado un abuelo
mío, famoso en la astrología, donde se verá España de todas partes
entera y maciza en la religión cristiana, que ella sola es el rincón
del mundo donde está recogida y venerada la verdadera verdad de
Cristo! Morisco soy, señores, y ojalá que negarlo pudiera; pero no por
esto dejo de ser cristiano: que las divinas gracias las da Dios a
quien él es servido, el cual tiene por costumbre, como vosotros mejor
sabéis, de hacer salir su sol sobre los buenos y los malos, y llover
sobre los justos y los injustos. Digo, pues, que este mi abuelo dejó
dicho que, cerca de estos tiempos, reinaría en España un rey de la
Casa de Austria, en cuyo ánimo cabría la dificultosa resolución de
desterrar los moriscos de ella, bien así como el que arroja de su seno
la serpiente que le está royendo las entrañas, o bien así como quien
aparta la neguilla del trigo, o escarda o arranca la mala yerba de los
sembrados. Ven ya, ¡oh venturoso mozo, y rey prudente!, y pon en
ejecución el gallardo decreto de este destierro, sin que se te oponga
el temor que ha de quedar esta tierra desierta y sin gente, y el de
que no será bien la que en efeto está en ella bautizada; que, aunque
éstos sean temores de consideración, el efeto de tan grande obra los
hará vanos, mostrando la experiencia, dentro de poco tiempo, que, con
los nuevos cristianos viejos que esta tierra se poblare, se volverá a
fertilizar y a poner en mucho mejor punto que agora tiene. Tendrán sus
señores, si no tantos y tan humildes vasallos, serán los que tuvieren
católicos, con cuyo amparo estarán estos caminos seguros, y la paz
podrá llevar en las manos las riquezas, sin que los salteadores se las
lleven.
Esto dicho, cerraron bien las puertas, fortaleciéronlas con los bancos
de los asientos, subiéronse a la torre, alzaron una escalera levadiza,
llevóse el cura consigo el Santísimo Sacramento en su relicario,
proveyéronse de piedras, armaron dos escopetas, dejó el bagaje mondo y
desnudo a la puerta de la iglesia Bartolomé el mozo, y encerróse con
sus amos; y todos, con ojo alerta y manos listas, y con ánimos
determinados, estuvieron esperando el asalto, de quien avisados
estaban por la hija del morisco. Pasó la media noche, que la midió por
las estrellas el cura; tendía los ojos por todo el mar que desde allí
se parecía, y no había nube que con la luz de la luna se pareciese,
que no pensase sino que fuesen los bajeles turquescos; y, aguijando a
las campanas, comenzó a repicallas tan apriesa y tan recio, que todos
aquellos valles y todas aquellas riberas retumbaban, a cuyo son los
atajadores de aquellas marinas se juntaron y las corrieron todas; pero
no aprovechó su diligencia para que los bajeles no llegasen a la
ribera y echasen la gente en tierra. La del lugar, que los esperaba,
cargados con sus más ricos y mejores alhajas, adonde fueron recebidos
de los turcos con grande grita y algazara, al son de muchas dulzainas
y de otros instrumentos, que, puesto que eran bélicos, eran
regocijados, pegaron fuego al lugar, y asimismo a las puertas de la
iglesia, no para esperar a entrarla, sino por hacer el mal que
pudiesen; dejaron a Bartolomé a pie, porque le dejarretaron el bagaje;
derribaron una cruz de piedra que estaba a la salida del pueblo,
llamando a grandes voces el nombre de Mahoma; se entregaron a los
turcos, ladrones pacíficos y deshonestos públicos. Desde la lengua del
agua, como dicen, comenzaron a sentir la pobreza que les amenazaba su
mudanza, y la deshonra en que ponían a sus mujeres y a sus hijos.
Muchas veces, y quizá algunas no en vano, dispararon Antonio y
Periandro las escopetas; muchas piedras arrojó Bartolomé, y todas a la
parte donde había dejado el bagaje, y muchas flechas el jadraque; pero
muchas más lágrimas echaron Auristela y Constanza, pidiendo a Dios,
que presente tenían, que de tan manifiesto peligro los librase, y
ansimismo que no ofendiese el fuego a su templo, el cual no ardió, no
por milagro, sino porque las puertas eran de hierro, y porque fué poco
el fuego que se les aplicó. Poco faltaba para llegar el día, cuando
los bajeles, cargados con la presa, se hicieron al mar, alzando
regocijados lilíes, y tocando infinitos atabales y dulzainas, y en
esto vieron venir dos personas corriendo hacia la iglesia, la una de
la parte de la marina, y la otra de la de tierra, que, llegando cerca,
conoció el jadraque que la una era su sobrina Rafala, que, con una
cruz de caña en las manos, venía diciendo a voces:
--Cristiana, cristiana y libre, y libre por la gracia y misericordia
de Dios!
La otra conocieron ser el escribano, que acaso aquella noche estaba
fuera del lugar, y, al son del arma de las campanas, venía a ver el
suceso, que lloró, no por la pérdida de sus hijos y de su mujer, que
allí no los tenía, sino por la de su casa, que halló robada y
abrasada. Dejaron entrar el día y que los bajeles se alargasen, y que
los atajadores tuviesen lugar de asegurar la costa, y entonces bajaron
de la torre y abrieron la iglesia, donde entró Rafala, bañado con
alegres lágrimas el rostro, y acrecentando con su sobresalto su
hermosura, hizo oración a las imágenes y luego se abrazó con su tío,
besando primero las manos al cura. El escribano, ni adoró ni besó las
manos a nadie, porque le tenía ocupada el alma el sentimiento de la
pérdida de su hacienda. Pasó el sobresalto, volvieron los espíritus de
los retraídos a su lugar, y el jadraque, cobrando aliento nuevo,
volviendo a pensar en la profecía de su abuelo, casi como lleno de
celestial espíritu, dijo:
--¡Ea, mancebo generoso; ea, rey invencible; atropella, rompe,
desbarata todo género de inconvenientes, y déjanos a España tersa,
limpia y desembarazada desta mi malla casta, que tanto la asombra y
menoscaba! ¡Ea, consejero tan prudente como ilustre, nuevo Atlante del
peso de esta monarquía, ayuda y facilita con tus consejos a esta
necesaria transmigración; llénense estos mares de tus galeras,
cargadas del inútil peso de la generación agarena; vayan arrojadas a
las contrarias riberas las zarzas, las malezas y las otras yerbas que
estorban el crecimiento de la fertilidad y abundancia cristiana! Que
si los pocos hebreos que pasaron a Egipto multiplicaron tanto, que en
su salida se contaron más de seiscientas mil familias, ¿qué se podrá
temer de éstos, que son más y viven más holgadamente? No los esquilman
las religiones, no los entresacan las Indias, no los quintan las
guerras; todos se casan, todos, o los más, engendran, de do se sigue y
se infiere que su multiplicación y aumento ha de ser innumerable. ¡Ea,
pues, vuelvo a decir; vayan, vayan, señor, y deja la taza de tu reino
resplandeciente como el sol y hermosa como el cielo!
Dos días estuvieron en aquel lugar los peregrinos, volviendo a
enterarse en lo que les faltaba, y Bartolomé se acomodó de bagaje, los
peregrinos agradecieron al cura su buen acogimiento y alabaron los
buenos pensamientos del jadraque, y, abrazando a Rafala, se
despidieron de todos y siguieron su camino.
[Ilustración:--Berganza, amigo, dejemos esta noche el Hospital en
guarda de la confianza...]
NOVELA Y COLOQUIO
QUE PASO ENTRE CIPION Y BERGANZA, PERROS DEL HOSPITAL DE LA
RESURRECCIÓN, QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID, FUERA DE LA PUERTA
DEL CAMPO, A QUIEN COMÚNMENTE LLAMAN LOS PERROS DE MAHUDES
CIPIÓN.--Berganza, amigo, dejemos esta noche el Hospital en guarda de
la confianza y retirémonos a esta soledad y entre esas esteras, donde
podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo en
un mismo punto a los dos nos ha hecho.
BERGANZA.--Cipión hermano, óyote hablar, y sé que te hablo, y no puedo
creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de
naturaleza.
CIPIÓN.--Así es la verdad, Berganza, y viene a ser mayor este milagro
en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como
si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella, que la diferencia
que hay del animal bruto al hombre, es ser el hombre animal racional,
y el bruto, irracional.
BERGANZA.--Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y el decirlo tú y
entenderlo yo me causa nueva admiración y nueva maravilla. Bien es
verdad que en el discurso de mi vida diversas y muchas veces he oído
decir grandes prerrogativas nuestras; tanto, que parece que algunos
han querido sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan
agudo en muchas cosas, que da indicios y señales de faltar poco para
mostrar que tenemos un no sé qué de entendimiento, capaz de discurso.
CIPIÓN.--Lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra mucha
memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra; tanto, que nos
suelen pintar por símbolo de la amistad.
BERGANZA.--Bien sé que ha habido perros tan agradecidos, que se han
arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura.
Otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus
señores, sin apartarse dellas, sin comer, hasta que se les acababa la
vida. Sé también que después del elefante, el perro tiene el primer
lugar de parecer que tiene entendimiento; luego, el caballo, y el
último, la jimia.
CIPIÓN.--Ansí es; pero bien confesarás que ni has visto ni oído decir
jamás que haya hablado ningún elefante, perro, caballo o mona; por
donde me doy a entender que este nuestro hablar tan de improviso cae
debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos. Pero sea lo
que fuere, nosotros hablamos, sea portento o no; que lo que el cielo
tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que
lo pueda prevenir; no sabemos cuánto durará esta nuestra ventura,
sepamos aprovecharnos della, y hablemos toda esta noche, sin dar lugar
al sueño que nos impida este gusto, de mí por largos tiempos deseado.
BERGANZA.--Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso,
tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la memoria, y
allí, de antiguas y muchas, o se enmohecían o se me olvidaban. Empero
ahora, que tan sin pensado me veo enriquecido deste divino don de la
habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo más que pudiere, dándome
priesa a decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada
y confusamente, porque no sé cuándo me volverán a pedir este bien, que
por prestado tengo.
CIPIÓN.--Sea ésta la manera, Berganza amigo: que esta noche me cuentes
tu vida y los trances por donde has venido al punto en que ahora te
hallas, y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te contairé
la mía; porque mejor será gastar el tiempo en contar las propias que
en procurar saber las ajenas vidas.
BERGANZA.--Siempre, Cipión, te he tenido por discreto y por amigo, y
ahora más que nunca, pues como amigo quieres decirme tus sucesos y
saber los míos, y como discreto has repartido el tiempo, donde podamos
manifestallos.
CIPIÓN.--Habla hasta que amanezca, o hasta que seamos sentidos; que yo
te escucharé de muy buena gana, sin impedirte sino cuando viere ser
necesario.
BERGANZA.--Paréceme que la primera vez que vi el sol fué en Sevilla, y
en su matadero, que está fuera de la Puerta de la Carne; por donde
imaginara (si no fuera por lo que después te diré) que mis padres
debieron de ser alanos de aquellos que crían los ministros de aquella
confusión, a quien llaman jiferos. El primero que conocí por amo fué
uno llamado Nicolás el Romo, mozo robusto, doblado y colérico, como lo
son todos aquellos que ejercitan la jifería: este tal Nicolás me
enseñaba a mí y a otros cachorros a que, en compañía de alanos viejos
arremetiésemos a los toros y les hiciésemos presa de las orejas. Con
mucha facilidad salí un águila en esto. #-Un día-# puse pies en
polvorosa, y tomando el camino en las manos y en los pies, por detrás
de San Bernardo, me fuí por aquellos campos de Dios, adonde la fortuna
quisiese llevarme. Aquella noche dormí al cielo abierto, y otro día me
deparó la suerte un hato o rebaño de ovejas y carneros. Así como le
vi, creí que había hallado en él el centro de mi reposo, pareciéndome
ser propio y natural oficio de los perros guardar ganado, que es obra
donde se encierra una virtud grande, como es amparar y defender de los
poderosos y soberbios los humildes y los que poco pueden. Apenas me
hubo visto uno de tres pastores que el ganado guardaban cuando
diciendo: "¡To, to!" me llamó, y yo, que otra cosa no deseaba, me
llegué a él, bajando da cabeza y meneando la cola. Trújome la mano por
el lomo, abrióme la boca, escupióme en ella, miróme las presas,
conoció mi edad, y dijo a otros pastores que yo tenía todas las
señales de ser perro de casta. Llegó a este instante el señor del
ganado sobre una yegua rucia a la jineta, con lanza y adarga, que más
parecía atajador de la costa que señor de ganado. Preguntó al pastor:
"¿Qué perro es éste, que tiene señales de ser bueno?" "Bien lo puede
vuesa merced creer--respondió el pastor--, que yo le he cotejado bien,
y no hay señal en él que no muestre y prometa que ha de ser un gran
perro. Agora se llegó aquí, y no sé cúyo sea, aunque sé que no es de
los rebaños de la redonda." "Pues así es--respondió el señor--, ponle
luego el collar de Leoncillo, el perro que se murió, y denle la ración
que a los demás, y acaríciale porque tome cariño al hato y se quede en
él." En diciendo esto se fué, y el pastor me puso luego al cuello unas
carlancas llenas de puntas de acero, habiéndome dado primero en un
dornajo gran cantidad de sopas en leche. Y asimismo me puso nombre y
me llamó -Barcino-. Vime harto y contento con el segundo amo y con el
nuevo oficio; mostréme solícito y diligente en la guarda del rebaño,
sin apartarme dél sino las siestas, que me iba a pasarlas, o ya a la
sombra de algún árbol, o de algún ribazo o peña, o a la de alguna
mata, a la margen de algún arroyo de los muchos que por allí corrían.
Y estas horas de mi sosiego no las pasaba ociosas, porque en ellas
ocupaba la memoria en acordarme de muchas cosas, especialmente en la
vida que había tenido en el Matadero. Pero habrélas de callar, porque
no me tengáis por largo y por murmurador.
CIPIÓN.--Por haber oído decir que dijo un gran poeta de los antiguos
que era difícil cosa el no escribir sátiras, consentiré que murmures
un poco de luz, y no de sangre; quiero decir que señales, y no hieras
ni des mate a ninguno en cosa señalada; que no es buena la
murmuración, aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes
agradar sin ella, te tendré por muy discreto.
BERGANZA.--Yo tomaré tu consejo, y esperaré con gran deseo que llegue
el tiempo en que me cuentes tus sucesos; que de quien tan bien sabe
conocer y enmendar los defetos que tengo en contar los míos, bien se
puede esperar que contará los suyos de manera que enseñen y deleiten a
un mismo punto. Digo, pues, que yo me hallaba bien con el oficio de
guardar ganado, por parecerme que comía el pan de mi sudor y trabajo,
y que la ociosidad, raíz y madre de todos los vicios, no tenía que ver
conmigo, a causa que si los días holgaba, las noches no dormía,
dándonos asaltos a menudo y tocándonos a arma los lobos; y apenas me
habían dicho los pastores: "¡Al lobo, Barcino!", cuando acudía,
primero que los otros perros, a la parte que me señalaban que estaba
el lobo; corría los valles, escudriñaba los montes, desentrañaba las
selvas, saltaba barrancos, cruzaba caminos, y a la mañana volvía al
hato, sin haber hallado lobo ni rastro dél, anhelando, cansado, hecho
pedazos y los pies abiertos de los garranchos, y hallaba en el hato, o
ya una oveja muerta, o un carnero degollado y medio comido del lobo.
Desesperábame de ver de cuán poco servía mi mucho cuidado y
diligencia. Venía el señor del ganado; salían los pastores a recebirle
con las pieles de la res muerta; culpaba a los pastores par
negligentes, y mandaba castigar a los perros por perezosos; llovían
sobre nosotros palos, y sobre ellos reprehensiones; y así, viéndome un
día castigado sin culpa, y que mi cuidado, ligereza y braveza no eran
de provecho para coger el lobo, determiné de mudar estilo, no
desviándome a buscarle, como tenía de costumbre, lejos del rebaño,
sino estarme junto a él; que pues el lobo allí venía allí sería más
cierta la presa. Cada semana nos tocaban a rebato, y en una escurísima
noche tuve yo vista para ver los lobos, de quien era imposible que el
ganado se guardase. Agácheme detrás de una mata, pasaron los perros,
mis compañeros, adelante, y desde allí oteé, y vi que dos pastores
asieron de un carnero de los mejores del aprisco y le mataron, de
manera que verdaderamente pareció a la mañana que había sido su
verdugo d lobo. Pasméme, quedé suspenso cuando vi que los pastores
eran los lobos, y que despedazaban el ganado los mismos que le habían
de guardar. Al punto hacían saber a su amo la presa del lobo, dábanle
el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos lo más y lo mejor.
Volvía a reñirles el señor, y volvía también el castigo de los perros.
No había lobos; menguaba el rebaño; quisiera yo descubrillo; hallábame
mudo; todo lo cual me traía lleno de admiración y de congoja. "¡Válame
Dios!--decía entre mí--. ¿Quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién
será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las
centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?"
CIPIÓN.--Y decías muy bien, Berganza; porque no hay mayor ni más sotil
ladrón que el doméstico, y así, mueren muchos más de los confiados que
de los recatados; pero el daño está en que es imposible que puedan
pasar bien las gentes en el mundo si no se fía y se confía. Mas
quédese aquí esto, que no quiero que parezcamos predicadores. Pasa
adelante.
BERGANZA.--Paso adelante, y digo que determiné dejar aquel oficio,
aunque parecía tan bueno, y escoger otro, donde por hacerle bien, ya
que no fuese remunerado, no fuese castigado. Volvíme a Sevilla, que es
amparo de pobres y refugio de desechados; que en su grandeza no sólo
caben los pequeños, pero no se echan de ver los grandes. Arriméme a la
puerta de una gran casa de un mercader, hice mis acostumbradas
diligencias, y a pocos lances me quedé en ella. Recibiéronme para
tenerme atado detrás de la puerta de día, y suelto de noche; servía
con gran cuidado y diligencia; ladraba a los forasteros y gruñía a los
que no eran muy conocidos; no dormía de noche, visitando los corrales,
subiendo a los terrados, hecho universal centinela de la mía y de las
cosas ajenas. Agradóse tanto mi amo de mi buen servicio, que mandó que
me tratasen bien y me diesen ración de pan y los huesos que se
levantasen o arrojasen de su mesa, con las sobras de la cocina, a lo
que yo me mostraba agradecido, dando infinitos saltos cuando veía a mi
amo, especialmente cuando venía de fuera; que eran tantas las muestras
de regocijo que daba, y tantos los saltos, que mi amo ordenó que me
desatasen y me dejasen andar suelto de día y de noche. Como me vi
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
401
402
403
404
405
406
407
408
409
410
411
412
413
414
415
416
417
418
419
420
421
422
423
424
425
426
427
428
429
430
431
432
433
434
435
436
437
438
439
440
441
442
443
444
445
446
447
448
449
450
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
498
499
500
501
502
503
504
505
506
507
508
509
510
511
512
513
514
515
516
517
518
519
520
521
522
523
524
525
526
527
528
529
530
531
532
533
534
535
536
537
538
539
540
541
542
543
544
545
546
547
548
549
550
551
552
553
554
555
556
557
558
559
560
561
562
563
564
565
566
567
568
569
570
571
572
573
574
575
576
577
578
579
580
581
582
583
584
585
586
587
588
589
590
591
592
593
594
595
596
597
598
599
600
601
602
603
604
605
606
607
608
609
610
611
612
613
614
615
616
617
618
619
620
621
622
623
624
625
626
627
628
629
630
631
632
633
634
635
636
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
647
648
649
650
651
652
653
654
655
656
657
658
659
660
661
662
663
664
665
666
667
668
669
670
671
672
673
674
675
676
677
678
679
680
681
682
683
684
685
686
687
688
689
690
691
692
693
694
695
696
697
698
699
700
701
702
703
704
705
706
707
708
709
710
711
712
713
714
715
716
717
718
719
720
721
722
723
724
725
726
727
728
729
730
731
732
733
734
735
736
737
738
739
740
741
742
743
744
745
746
747
748
749
750
751
752
753
754
755
756
757
758
759
760
761
762
763
764
765
766
767
768
769
770
771
772
773
774
775
776
777
778
779
780
781
782
783
784
785
786
787
788
789
790
791
792
793
794
795
796
797
798
799
800
801
802
803
804
805
806
807
808
809
810
811
812
813
814
815
816
817
818
819
820
821
822
823
824
825
826
827
828
829
830
831
832
833
834
835
836
837
838
839
840
841
842
843
844
845
846
847
848
849
850
851
852
853
854
855
856
857
858
859
860
861
862
863
864
865
866
867
868
869
870
871
872
873
874
875
876
877
878
879
880
881
882
883
884
885
886
887
888
889
890
891
892
893
894
895
896
897
898
899
900
901
902
903
904
905
906
907
908
909
910
911
912
913
914
915
916
917
918
919
920
921
922
923
924
925
926
927
928
929
930
931
932
933
934
935
936
937
938
939
940
941
942
943
944
945
946
947
948
949
950
951
952
953
954
955
956
957
958
959
960
961
962
963
964
965
966
967
968
969
970
971
972
973
974
975
976
977
978
979
980
981
982
983
984
985
986
987
988
989
990
991
992
993
994
995
996
997
998
999
1000