importaba el desolado vacío de aquel rincón de la tierra? Antes de alejarse con la firme resolución de no volver más, buscó en torno de la tumba una flor, unas briznas de hierba, algo que le acompañase como recuerdo. No; Josefina no estaba allí, bien lo sabia él; pero sintió el anhelo de los enamorados, ese apasionado respeto por las cosas que tocó alguna vez la mujer amada. Despreció una mata de flores silvestres que crecía abundosa en la parte inferior de la tumba. Las quería de cerca de la cabeza, y cogió unos pequeños botones blancos, inmediatos á la cruz, pensando que sus raíces habrían tocado tal vez el rostro de la muerta, que conservarían en los pétalos algo de sus ojos, algo de su boca. Volvió á casa desalentado, triste, con el vacío en el pensamiento y la muerte en el alma. Pero en la atmósfera cálida de su vivienda, la amada muerta salió á su encuentro; la vió junto á él, sonriéndole desde el fondo de los marcos, irguiéndose en los grandes lienzos. Renovales sintió en torno de su cara un aliento cálido, como si aquellas imágenes respirasen á la vez, llenando la casa con la esencia de recuerdos que parecía flotar en el ambiente. Todo le hablaba de ella; todo lo llenaba este indefinible perfume del pasado. Allá arriba, en la fúnebre loma, había quedado la mísera envoltura, la corteza perecedera. No volvería más. ¿Para qué? La sentía á su alrededor: lo que de ella restaba en el mundo, conservábase encerrado en la casa, como queda la fuerte esencia en el pomo roto y abandonado... En la casa, no. La muerta estaba en él, la llevaba dentro, la percibía en su interior, como esas almas errantes de las leyendas que se refugian en un cuerpo ajeno, pugnando por compartir la morada con el alma señora de la envoltura. No en vano habían vivido tantos años de existencia común, unidos primero por el amor, luego por la costumbre. Sus cuerpos habían dormido en íntimo contacto durante media vida, tocándose de la frente á los pies, abandonándose á la inconsciencia del sueño, mezclando sus sudores, cambiando por los abiertos poros ese calor de las horas intimas que es como la respiración del alma. La muerta se había llevado una parte de la vida del artista. En sus restos, que se desmenuzaban en la soledad del cementerio, había una parte del marido, y éste, á su vez, sentía algo extraño y misterioso que le encadenaba al recuerdo, que le hacía experimentar á todas horas el deseo de aquel cuerpo, complemento del suyo, que se había desvanecido ya en la nada. Renovales se encerró en su hotel, con aire taciturno y gesto hosco, que infundieron miedo al criado. Si se presentaba el señor Cotoner, debía decirle que había salido. Si llegaban cartas de la condesa, podía dejarlas en un cacharro antiguo de la antesala, donde se amontonaban las tarjetas inútiles. Si era ella la que se presentaba, debía cerrarle la puerta. No quería ver á nadie: deseaba pintar sin ningún género de distracción. La comida se la serviría en el mismo estudio. Y trabajó solo, sin modelo, con una tenacidad que le hacía permanecer derecho ante el lienzo, hasta que se desvanecía la luz. Algunas veces su criado, al entrar al anochecer en el estudio, encontraba intacto el almuerzo sobre una mesa. Por la noche, en la soledad del comedor, eran los atracones mudos, el devorar silencioso y taciturno, por la imperiosa necesidad animal, sin ver lo que comía, con los ojos perdidos en una contemplación lejana. Cotoner, algo picado por esta orden extraordinaria que le impedía el acceso al estudio, presentábase por la noche y en vano intentaba animarle con noticias del mundo exterior. Notaba en los ojos del maestro una luz anormal, un estrabismo de locura. --¿Cómo va esa obra?... Renovales contestaba con un gesto vago. Ya la vería... más adelante. Su gesto de indiferencia repetíase al oir que le hablaba de la condesa de Alberca. Cotoner describía la alarma de aquella señora, su asombro por la conducta del maestro. Le había llamado para tener noticias de Mariano, para lamentarse, con los ojos húmedos, de esta ausencia. Había estado dos veces en la puerta del hotel, sin poder entrar; se quejaba del criado y de aquella obra misteriosa. Al menos que le escribiera, que contestase á sus cartas, repletas de lamentos y ternuras, que ella no sospechaba cerradas aún y en profundo olvido, entre una nube de amarillentas cartulinas. El artista escuchaba esto con un encogimiento de hombros, como si le hablasen de los dolores de un planeta lejano. --Vamos á ver á Milita--decía.--Esta noche no tiene teatro. En su aislamiento, lo único que le ligaba al mundo exterior, era el ansia de ver á su hija, de hablarla, como si la amase con nuevo cariño. Era carne de su Josefina; había vivido en sus entrañas. Tenía la salud y el vigor de él, nada en su exterior recordaba á la otra; pero su sexo ligábala estrechamente á la imagen adorada de la madre. Oía á su Milita en un éxtasis sonriente, agradeciendo el interés que mostraba por su salud. --¿Estás enfermo, papaíto? Te encuentro desmejorado. Tienes una mirada que no me gusta... Trabajas mucho. Pero él la tranquilizaba moviendo sus fuertes brazos, hinchando su pecho vigoroso. Nunca se había sentido mejor. Y se enteraba, con una minuciosidad de abuelo bondadoso, de los pequeños disgustos de su existencia. Su marido pasaba el día con los amigos; ella se aburría en casa, y sólo encontraba entretenimiento en las visitas ó en las compras. Y á continuación surgía un lamento, siempre el mismo, que el padre adivinaba desde las primeras palabras. López de Sosa era un egoísta, un tacaño para ella. Su vida de despilfarro, sólo alcanzaba á sus placeres y á su persona, pretendiendo hacer economías sobre los gastos de su mujer. La quería, á pesar de esto. Milita no osaba negarlo: ni amantes ni ligeras infidelidades; ¡buena era ella para tolerarlas! Pero sólo encontraba dinero para sus caballos, para sus automóviles; hasta sospechaba que iba gustándole el juego, y su pobrecita mujer que viviese desnuda, que llorase con interminable súplica cada vez que la presentaban una cuenta, alguna insignificancia de mil ó dos mil pesetas. El padre tenía para ella generosidades de amante. Sentíase capaz de derramar á sus pies todo lo que había amontonado en largos años de trabajo. ¡Que viviese feliz, ya que amaba á su marido! Las inquietudes de ella le hacían sonreir con desprecio. ¡El dinero! ¡La hija de Josefina, triste por tales necesidades, teniendo él en su casa tantos papeles sucios, mugrientos, insignificantes, por cuya adquisición había penado, y que ahora miraba con indiferencia!... De estas entrevistas salía siempre entre vehementes abrazos y bajo una lluvia de besos ruidosos de aquella grandullona, que expresaba su alegría manoseándolo irrespetuosamente, como si fuese un niño. --Papaíto, ¡qué bueno eres!... ¡Cuánto te quiero! Una noche, Renovales, al salir de casa de su hija acompañado de Cotoner, dijo á éste con cierto misterio: --Ven por la mañana. Te enseñaré -aquéllo-. Aun está atrasado, pero quiero que lo veas... Sólo tú. Nadie podrá juzgar mejor. Después añadió con una satisfacción de artista: --Antes sólo podía pintar lo que veía... Ahora soy otro. Me ha costado mucho, ¡mucho!... pero tú juzgarás. Y había en su voz la alegría de las dificultades vencidas, la certidumbre de una grande obra. Cotoner acudió al día siguiente, con el apresuramiento de la curiosidad, y entró en el estudio cerrado para todos. --¡Mira!--dijo el maestro con ademán soberbio. El amigo miró. Frente á la luz había un lienzo en un caballete; un lienzo gris en su mayor parte, sin otro color que el del preparado, y sobre éste, rayas confusas y entrelazadas, delatando cierta indecisión ante los diversos contornos de un mismo cuerpo. Á un lado una mancha de colores, que era lo que el maestro señalaba con su mano: una cabeza de mujer, que se destacaba vigorosa sobre el crudo fondo de la tela. Cotoner quedó absorto. ¿Aquello lo había pintado realmente el gran artista? No veía la mano del maestro. Aunque él fuese un pintor insignificante, tenia buen ojo y adivinaba la indecisión, el miedo, la torpeza, la lucha con algo irreal que se escapa, negándose á entrar en el molde de la forma. Saltaba á la vista la inverosimilitud de los rasgos, la rebuscada exageración; los ojos enormes, monstruosos en su grandeza; la boca diminuta como un punto; la piel de una palidez luminosa, sobrenatural. Solamente en sus pupilas había algo notable: una mirada que venía de muy lejos, una luz extraordinaria que parecía traspasar el lienzo. --Me ha costado mucho. Ninguna obra me hizo sufrir tanto. Esto es la cabeza nada más. ¡Lo más fácil! Después vendrá el cuerpo; una desnudez divina, como nunca se haya visto. Y tú solo la verás; ¡sólo tú! El bohemio ya no miraba el cuadro. Contemplaba con extrañeza al pintor, asombrado de aquella obra, desconcertado por su misterio. --Ya ves, ¡sin modelo! ¡Sin la realidad delante!--continuó el maestro.--No he tenido más guía que -esos-: pero es el mejor, el definitivo. -Esos- eran todos los retratos de la muerta, descolgados de las paredes, colocados en caballetes ó en sillas, formando un apretado círculo en torno del lienzo empezado. El amigo no pudo contener su asombro, no pudo fingir más tiempo, vencido por la sorpresa: --¡Ah! ¡Pero es!... ¡Pero... has querido pintar á Josefina! Renovales se echó atrás con violenta sorpresa. Josefina, sí; ¿quién había de ser? ¿Dónde tenía los ojos? Y su mirada iracunda trastornó á Cotoner. Éste volvió á contemplar la cabeza. Sí; era ella, con una belleza que parecía de otro mundo; extremada, espiritualizada, como si perteneciese á una humanidad nueva, libre de groseras necesidades, en la que se hubiesen extinguido los últimos restos de la animalidad ancestral. Contemplaba los numerosos retratos de otros tiempos, y reconocía sus rasgos en la nueva obra; pero animados por una luz que venía de dentro y cambiaba el valor de los colores, dando al rostro una novedad extraña. --¡La reconoces por fin!--dijo el maestro, que seguía ansiosamente la impresión de su obra en los ojos del amigo.--¿Es ella? Di, ¿no te parece igual? Cotoner mintió con cierta conmiseración. Sí, era ella; por fin la veía bien. Ella, pero más hermosa que en vida... Josefina nunca había sido así. Ahora era Renovales el que miró con extrañeza y lástima. ¡Pobre Cotoner! ¡Infeliz fracasado, paria del arte, que no había podido salir de la muchedumbre anónima y carecía de otra sensibilidad que la del estómago!... ¡Qué sabía él de aquellas cosas! ¡Por qué consultarle!... No había reconocido á Josefina, y sin embargo, este lienzo era su mejor retrato; el más exacto. Renovales la llevaba en su interior; la contemplaba sólo con recogerse en su pensamiento. Nadie podía conocerla mejor que él. Los demás la tenían olvidada. Así la veía... y así había sido. IV La condesa de Alberca logró introducirse una tarde en el estudio del maestro. La vió llegar el criado, como otras veces, en un coche de alquiler, atravesar el jardín, subir las escaleras del vestíbulo y entrar en el recibimiento, con un paso agitado de mujer resuelta que marcha ante ella rectamente y sin vacilación. Intentó cerrarle el paso con respeto, yendo de un lado á otro, saliéndola al encuentro cada vez que avanzaba ladeándose para burlar este obstáculo. ¡El señor trabajaba! ¡El señor no recibía! ¡Era una orden severa y sin excepción!... Pero ella siguió adelante, con el ceño duro, una luz de fría cólera en los ojos, una resolución manifiesta de abofetear al criado si era preciso, de pasar por encima de su cuerpo. --Vamos, buen hombre, apártese usted. Y su entonación de gran señora, altiva é irritada, hizo temblar al pobre sirviente, que no sabía ya cómo oponerse á esta invasión de faldas rumorosas y fuertes perfumes. En una de sus evoluciones, la bella señora tropezó con una mesa de mosaico italiano, en cuyo centro estaba el antiguo jarrón. Su mirada descendió instintivamente, hasta el fondo de la vasija. Fué un instante nada más, pero bastó á su curiosidad femenil para reconocer los sobrecillos azules, de blanca orla, que asomaban las puntas cerradas ó mostraban los lomos intactos, entre el montón de cartulinas. ¡Esto más!... Su palidez se hizo intensa, tomó un tinte verdoso, y con tal impulso siguió adelante la dama, que el criado no pudo detenerla y quedó á su espalda desalentado, confuso, temiendo la cólera del señor. Renovales, alarmado por el fuerte taconeo en la madera del pavimento y el roce de unas faldas rumorosas, se dirigió hacia la puerta, en el mismo instante que la condesa hacia su entrada con expresión teatral. --Soy yo. --¿Usted?... ¿Tú?... La turbación, la sorpresa, el miedo á esta entrevista, hicieron balbucear al maestro. --Siéntate--dijo con frialdad. Se sentó en un diván y el artista permaneció de pie ante ella. Miráronse con cierta extrañeza, como si no se reconociesen después de esta ausencia de semanas que pesaba en su memoria como si fuese de años. Renovales la miraba fríamente, sin que su cuerpo se estremeciera á impulsos del deseo, como si fuese una visita vulgar de la que necesitaba librarse cuanto antes. Le extrañaban su palidez verdosa, la boca apretada por un mohín de disgusto, la mirada dura, de brillo amarillento, la nariz que parecía encorvarse buscando el labio superior. Estaba irritada, pero al fijar los ojos en él, perdieron éstos su dureza. Su instinto de mujer se tranquilizó al contemplarle. También él parecía otro, en el abandono de su aislamiento; el pelo alborotado, la barba enmarañada, revelando el descuido de la preocupación, la idea fija y absorbente, que hace olvidar el aseo de la persona. Se desvanecieron instantáneamente sus celos, la cruel sospecha de sorprenderle, apasionado de otra mujer, con una veleidad de artista. Ella conocía los signos exteriores del enamoramiento; la necesidad que siente el hombre de embellecerse, de hacerse grato, extremando los cuidados de su adorno. Con ojos de satisfacción revisaba su abandono, fijándose en las ropas sucias, en las manos descuidadas, en las uñas largas manchadas de color, en todos los detalles que revelaban falta de aseo, olvido de la persona. Indudablemente era una locura pasajera de artista, un capricho tenaz de laborioso. Su mirada brillaba con una luz de fiebre, pero no revelaba lo que ella había sospechado. Á pesar de esta certidumbre tranquilizadora, como Concha iba dispuesta á llorar y traía sus lágrimas preparadas, aguardando impacientes en el borde de los párpados, se llevó las manos á sus ojos, encogiéndose en un extremo del diván, con gesto trágico. Era muy desgraciada; sufría mucho. Había pasado unas semanas horribles. ¿Qué era aquello? ¿Por qué desaparecería sin una explicación, sin una palabra, cuando ella le amaba mas que nunca, cuando sentía impulsos de abandonarlo todo, de dar un escándalo enorme, viniendo á vivir con él para ser su compañera, su esclava?... Y sus cartas, sus pobres cartas, abandonadas, sin abrir, como si fuesen molestas peticiones de una limosna. ¡Ella, que había pasado las noches en vela, poniendo sobre los pliegos toda su alma!... Y había en su acento un estremecimiento de despecho literario; la amargura de que hubieran quedado en el misterio todas las cosas bonitas que alineaba con sonrisa de satisfacción, después de largas reflexiones... ¡Los hombres! ¡Su egoísmo y su crueldad! ¡Qué torpeza adorarles! Seguía en su llanto, y Renovales la miraba como si fuese otra mujer. Le parecía ridícula en este dolor que trastornaba su rostro, que lo afeaba, borrando su sonriente impasibilidad de hermosa muñeca. Intentó excusarse, pero sin calor, sin deseos de convencer, para no mostrarse cruel en su silencio. Trabajaba mucho, era ya hora de volver á su antigua existencia de fecunda labor. Ella olvidaba que era un artista, un maestro de cierto nombre, que tenía sus deberes con el público. No era como aquellos señoritos que podían dedicarla el día entero y pasar la existencia á sus pies, cual un paje enamorado. --Hay que ser serios, Concha--añadió con una frialdad pedantesca.--La vida no es un juego. Yo debo trabajar y trabajo. Hace no sé cuántos días que no salgo de aquí. Ella se irguió irritada, apartó las manos de sus ojos, le miró, recriminándole. Mentía; había salido de su encierro, sin ocurrirsele nunca llegar por un momento á su casa. --Buenos días nada más... Que yo te viese un instante, Mariano; el tiempo necesario para convencerme de que eres el mismo, de que sigues queriéndome. Pero has salido muchas veces; te han visto. Yo tengo mi policía, que me lo cuenta todo. Eres demasiado conocido para que la gente no se fije en ti... Has estado por las mañanas en el Museo del Prado. Te han visto horas enteras contemplando como un bobo un cuadro de Goya; una mujer desnuda. ¡Tu manía que vuelve otra vez, Mariano!... Y no se te ha ocurrido venir á verme; no has contestado á mis cartas. El señor se siente orgulloso, satisfecho de que le amen, y se deja adorar como un ídolo, seguro de que más le querrán cuanto más grosero sea... ¡Ay, los hombres! ¡Los artistas!... Gemía, pero su voz ya no conservaba el tono de irritación de los primeros momentos. La certidumbre de que no había de luchar con la influencia de otra mujer, amansaba su orgullo, no dejando en ella más que una queja dulce de víctima que desea sacrificarse de nuevo. --Pero siéntate--exclamó en medio de sus sollozos, indicándole un lugar en el diván, junto á ella.--No estés de pie; parece que deseas que me vaya... El pintor se sentó, pero con cierta timidez, huyendo el contacto de su cuerpo, evitando el encuentro de aquellas manos que, instintivamente, iban á él y ansiaban un pretexto para asirle. Adivinaba su deseo de llorar sobre uno de sus hombros, olvidándolo todo, desvaneciendo con una sonrisa sus últimas lágrimas. Así había ocurrido en otras ocasiones, pero Renovales, conociendo el juego, se echaba atrás con cierta rudeza. Aquello no debía comenzar otra vez; no podía repetirse, aunque él quisiera. Había que decir la verdad á toda costa; acabar para siempre; echarse de los hombros el pesado fardo. Habló con voz fosca, titubeando, la mirada en el suelo, sin atreverse á levantar los ojos por miedo á los de Concha, que adivinaba fijos en él. Hacía muchos días que pensaba escribirla..¡El miedo á no consignar claramente sus pensamientos!... ¡Cierto pavor que le hacía dejar la carta para el día siguiente!... Ahora se alegraba de que hubiese venido; celebraba la debilidad de su criado al dejarla franca la puerta. Debían hablar como buenos camaradas que examinan juntos el porvenir. Era hora de dar fin á las locuras. Sería lo que Concha deseaba en otros tiempos: amigos, buenos amigos. Ella era hermosa, tenía aún la frescura de la juventud, pero el tiempo no transcurre en vano y él se sentía viejo: contemplaba la vida desde cierta altura, como se contemplan las aguas de un río, sin mojarse en ellas. Concha le escuchaba con asombro, resistiéndose á comprender sus palabras. ¿Qué escrúpulos eran éstos?... Después de ciertas divagaciones, el pintor habló con un tono de remordimiento de su amigo el conde de Alberca, un hombre respetable por su misma simplicidad. Su conciencia se sublevaba ante la sencilla admiración del grave señor. Era una infamia este engaño audaz en su misma casa, bajo el mismo techo. Él no tenía fuerzas para continuar: debían purificarse del pasado con una buena amistad; decirse adiós como amantes, sin rencor y sin antipatía, agradecidos mutuamente por la dicha pasada, llevándose, como muertos queridos, los agradables recuerdos... La risa de Concha, nerviosa, sardónica, insolente, cortó la palabra del artista. Su cruel jocosidad excitábase al pensar que era su marido el pretexto de esta ruptura. ¡Su marido!... Y volvía á reir con carcajadas que delataban la insignificancia del conde, la falta absoluta de respeto que inspiraba á su mujer, la costumbre de ajustar su vida á sus caprichos, sin pensar nunca en lo que aquel hombre pudiera decir ó pensar. Su marido no existía para ella; jamás le había temido; nunca había pensado que pudiera servirle de obstáculo, y ¡el amante le hablaba de él, presentándolo como una justificación de su alejamiento!... --¡Mi marido!--repetía entre los estremecimientos de su risa cruel.--¡Pobrecillo! Déjale quieto: él nada tiene que hacer entre nosotros... No mientas, no seas cobarde. Habla; otras cosas llevas en el pensamiento. Yo no sé las que son, pero las presiento, las veo desde aquí. ¡Si quisieras á otra!... ¡Si quisieras á otra! Pero se interrumpía en esta exclamación sorda de amenaza. Le bastaba mirarle para convencerse de que era imposible. Su cuerpo no olía á amor; todo en él revelaba la paz de una carne en reposo, sin impulsos ni deseos. Era tal vez un capricho de su imaginación, una anormalidad de desequilibrado, lo que le impulsaba á repelerla. Y animada por esta creencia, se abandonó, olvidando su enfado, hablándole en tono cariñoso, acariciándole con un ardor en el que había á la vez algo de madre y de amante. Renovales la vió pronto junto á él, enlazando los brazos á su cuello, hundiendo las manos con delectación en el revoltijo de su cabellera. No era orgullosa: los hombres la adoraban, pero su corazón, su cuerpo, toda ella, era para su pintor, para aquel ingrato que tan mal correspondía á su cariño, que la iba á envejecer con tantos disgustos... Súbitamente enternecida, le besaba la frente, con una expresión generosa y pura. ¡Pobrecito! ¡Trabajaba mucho! Todo lo que tenía era cansancio, trastorno, exceso de producción. Había que dejar quietos los pinceles, vivir, quererla mucho, ser felices, tener en reposo aquella frente, siempre contraída por móviles arrugas, como un cortinaje tras el cual pasaba y repasaba, en perpetua revolución, un mundo invisible. --Deja que te bese otra vez esa frente bonita, para que callen y duerman los duendes que tienes dentro. Y besaba de nuevo la frente -bonita-, deleitándose en acariciar con sus labios los surcos y prominencias de esta extensión irregular, atormentada como un terreno volcánico. Por mucho tiempo su voz mimosa, de exagerado ceceo infantil, resonó en el silencio del estudio. Sentía celos de la pintura, señora cruel, exigente y antipática, que parecía enloquecer á su pobre nene. El mejor día, ilustre maestro, prendía fuego al estudio con todos sus cuadros. Se esforzaba por atraerle á ella, por sentarlo en sus rodillas, meciéndolo como si fuese un niño. --Á ver, don Marianito: haga usted una risa á su Conchita. ¡Ríase usted, granuja!... ¡Ríete ó te pego! Él reía, pero con sonrisa forzada, intentando resistirse al cariñoso manoseo, fatigado de estas infantiles simplezas que en otros tiempos eran su placer. Permanecía insensible á aquellas manos, á aquella boca, al calor de aquel cuerpo que rozaba el suyo, sin despertar la más leve emoción. ¡Y él había amado á aquella mujer! ¡Y por ella había cometido el crimen feroz é irreparable, que le haría arrastrar eternamente la cadena del remordimiento!... ¡Qué sorpresas las de la vida!... La frialdad del pintor acabó por comunicarse á la de Alberca. Pareció despertar del ensueño en que ella misma se mecía. Se apartó del amante, examinándolo fijamente, con ojos imperiosos, en los que comenzaba á brillar de nuevo una chispa de orgullo. --¡Di que me quieres! ¡Dilo en seguida! ¡lo necesito! Pero en vano extremaba su ademán autoritario; en vano aproximaba sus ojos á los de él, como si quisiera asomarse á su interior. El artista sonreía débilmente, murmuraba palabras evasivas, negábase á seguirla en estas exigencias. --Dilo á gritos; que yo lo oiga... Di que me quieres. Llámame Friné, lo mismo que cuando me adorabas de rodillas, besando mi cuerpo. El nada dijo. Parecía avergonzado por el recuerdo; bajaba la cabeza para no verla. La condesa se levantó con nervioso impulso. La cólera la hizo plantarse en medio del estudio, con las manos crispadas, el labio inferior temblón, los ojos con un brillo verdoso. Sentía deseos de destrozar algo, de caer en el suelo con violentas contorsiones. Dudaba entre romper una ánfora árabe, próxima, ó abalanzarse sobre aquella cabeza inclinada, clavando en ella sus uñas. ¡Miserable! ¡Tanto que le había amado; tanto que le quería aún, sintiéndose ligada á él por la vanidad y la costumbre!... --¡Di si me quieres!--gritó.--¡Dilo de una vez!... ¿si ó no?... Tampoco obtuvo respuesta. El silencio era penoso. Creyó de nuevo en otro amor, en una mujer que había venido á ocupar su puesto. ¿Pero quién era? ¿dónde encontrarla? Su instinto femenil le hizo volver la cabeza, extender la mirada por la próxima puerta, viendo el estudio inmediato, y tras él, el último, el verdadero taller donde trabajaba el maestro. Avisada por misteriosa intuición, echó á correr hacia aquella nave. ¡Allí!... ¡Tal vez allí! Los pasos del pintor sonaron tras ella. Había salido de su desaliento al verla huir; la perseguía con un apresuramiento de terror. Concha presintió que iba á saber la verdad; una verdad cruel, con toda la crudeza de un descubrimiento á plena luz. Quedó inmóvil, con las cejas fruncidas por un gran esfuerzo mental, ante aquel retrato que parecía reinar en el estudio, ocupando el mejor caballete, en lugar preferente, á pesar del desierto gris de su lienzo. El maestro vió en la cara de Concha la misma expresión de duda y extrañeza de su amigo Cotoner. ¿Quién era aquélla?... Pero la vacilación fué más breve: su orgullo de mujer aguzaba sus sentidos. Vió más allá de aquella cabeza desconocida el coro de antiguos retratos que parecía guardarla. ¡Ay! ¡sus ojos de inmensa extrañeza! ¡la mirada de frío asombro que clavó en el pintor, examinándole de cabeza á pies!... --¿Es Josefina?... Él inclinó la frente, con muda respuesta. Pero le pareció una cobardía su silencio; sintió la necesidad de gritar, en presencia de aquellos lienzos, lo que afuera no había osado decir. Era un deseo de halagar á la muerta, de implorar su perdón, confesando su amor sin esperanza. --Sí; es Josefina. Y lo dijo avanzando un paso, gallardamente, mirando á Concha como si fuese un enemigo, con cierta hostilidad en los ojos que no pasó inadvertida para ella. No se dijeron más. La condesa no podía hablar. Su sorpresa rebasaba los límites de lo verosímil, de lo conocido. ¡Enamorado de su mujer... y después de muerta! ¡Encerrado como un asceta, para pintarla con una hermosura que nunca había tenido!... La vida ofrecía grandes sorpresas, pero esto, seguramente, no se había visto nunca. Creyó que caía y caía, empujada por el asombro, y al término de esta caída se encontró otra, sin una queja, sin un estremecimiento de dolor, pareciéndole extraño todo cuanto la rodeaba; la habitación, el hombre, los cuadros. Aquello iba más allá de sus sentimientos. Una hembra sorprendida allí, le hubiese hecho llorar, rugir de dolor, revolcarse en el pavimento, amar aún más al maestro, con el atizamiento de los celos. ¡Pero encontrarse con la rivalidad de una muerta! ¡Y además de muerta... su mujer!... El caso le pareció de una ridiculez sobrehumana: sentía deseos locos de reir. Pero no rió. Recordaba la mirada anormal que había sorprendido en el artista al entrar en el estudio; creía ver ahora en sus ojos una chispa de aquel mismo fulgor. De pronto sintió miedo; miedo á la soledad sonora de aquella nave; miedo al hombre que la contemplaba en silencio, como si no la conociese, y hacia el cual experimentaba Concha la misma extrañeza. Aun tuvo para él una mirada de conmiseración, de esa ternura que siente toda mujer ante la desgracia, aunque aflija á un desconocido. ¡Pobre Mariano! Todo había acabado entre ellos. Evitó el tuteo; le tendió los dedos de su diestra enguantada, con un ademán de gran señora inabordable. Habían pasado mucho tiempo en esta situación, en la que sólo hablaban sus ojos. --Adiós, maestro; ¡cuidarse!... No se moleste acompañándome; conozco el camino. Siga su trabajo: pinte mucho... Taconearon sus pies nerviosamente al alejarse sobre el pavimento encerado, que ya no habían de pisar nunca. El revoloteo de su falda esparció por última vez en el estudio su estela de perfumes. Renovales respiró con más libertad al verse solo. Terminaba para siempre el error de su vida. De esta entrevista no le quedaba otro escozor que la indecisión de la condesa ante el retrato. La había reconocido antes que Cotoner, pero también había vacilado. Nadie se acordaba de la muerta; sólo él guardaba su imagen. Aquella misma tarde, antes de que llegase su viejo amigo, recibió el maestro otra visita. Su hija se presentó en el estudio, adivinándola Renovales antes de que entrase, por el estrépito de alegría y de vida exuberante que parecía marchar ante sus pasos. Venia á verle; le había prometido una visita desde muchos meses antes. Y el padre sonrió con indulgencia, recordando ciertas quejas de la última entrevista. ¿Nada más venía por verle?... Milita se hizo la distraída, examinando el estudio que no había visitado en mucho tiempo. --¡Calla!--exclamó.--¡Si es mamá! Miraba el retrato con cierto asombro, pero el artista se mostró satisfecho de la prontitud con que la había reconocido. ¡Al fin, su hija! ¡El instinto de la sangre!... El pobre maestro no vió la ojeada á los otros retratos que había guiado á la joven en su inducción. --¿Te gusta? ¿Es ella?--preguntó ansioso como un principiante. Milita respondía con cierta vaguedad. Sí, estaba bien; tal vez un poco más hermosa que había sido. Ella no la conoció nunca así. --Es verdad--dijo el maestro.--Tú no la viste en sus buenos tiempos. Pero así era antes de que tú nacieses. Tu pobre madre era muy hermosa. Pero la hija no mostró gran emoción ante esta imagen. Le parecía extraña. ¿Por qué estaba la cabeza en un extremo del lienzo? ¿Qué pensaba añadir? ¿Qué significaban aquellos trazos?... El maestro se excusó con cierto rubor, temiendo comunicar su pensamiento á la hija, súbitamente dominado por una pudibundez paternal. Ignoraba aún lo que haría; tenía que decidirse por un vestido que -encajase- bien. Y en un acceso de súbita ternura, se humedecieron sus ojos y besó á su hija. --¿Te acuerdas mucho de ella, Milita?... ¿Verdad que era muy buena? La hija sintióse contagiada por la tristeza del padre, pero fué un momento nada más. Su vigor, su salud, su alegría de vivir, repelían pronto las impresiones tristes. Sí, muy buena; se acordaba de ella con frecuencia... Tal vez decía verdad: pero estos recuerdos no eran profundos ni dolorosos: la muerte le parecía una cosa sin sentido, un incidente remoto y poco temible que no turbaba la serena calma de su equilibrio físico. --¡Pobre mamá!--añadió á guisa de oración.--Para ella fué un consuelo el marcharse. ¡Siempre enferma, siempre triste! ¡Con una vida así, más vale morir!... Había en sus palabras cierta amargura; el recuerdo de una juventud compartida con aquella eterna enferma, de humor desigual, y en un ambiente entristecido por la sequedad hostil con que se trataban los padres. Además, su gesto era glacial. Todos hemos de morir: que los débiles se vayan antes, y dejen el sitio á los fuertes. Era el egoísmo inconsciente y cruel de la salud. Renovales veía de pronto el alma de su hija, por este desgarrón inesperado de su franqueza. La muerta los conocía bien á los dos. Era suya, toda suya. Él también poseía este egoísmo del fuerte que le había hecho aplastar la debilidad y la delicadeza, puestas á su amparo. Á la pobre Josefina sólo le quedaba él, arrepentido y en eterna adoración. Para los demás, no había pasado por el mundo: ni en su hija perduraba el dolor de su muerte. Milita volvió la espalda al retrato. Se olvidaba de su madre y de la obra de papá. ¡Chifladuras de artista! Ella había venido á otra cosa. Se sentó junto á él, casi lo mismo que horas antes se había sentado otra mujer. Acariciábale con su voz cálida, que tomaba cierta entonación de arrullo felino. Papá, papaíto... era muy desgraciada... Venía á verle, á contarle sus pesares. --Sí; dinero--dijo el maestro algo molesto por la falta de emoción con que hablaba de su madre. --Dinero, papaíto, ya lo sabes; ya te lo dije el otro día. Pero no es eso sólo. ¡Rafael... mi marido! ¡esto es una vida imposible! Y relataba las insignificantes contrariedades de su existencia. Para no creerse en prematura viudez, tenía que acompañar á su marido en el automóvil, interesarse en sus excursiones que antes le parecían una diversión y ahora le resultaban intolerables. --Una vida de peón caminero, papá; siempre tragando polvo, contando kilómetros. ¡Á mí que me gusta tanto Madrid! ¡que no puedo vivir fuera de él!... Se había sentado en las rodillas de su padre, le hablaba con los ojos puestos en los suyos, acariciándole la cabellera, tirándole de los bigotes, con travesuras de niña... casi lo mismo que la otra. --Además, es roñoso; por él iría como una cursi; todo le parece demasiado... Papaíto, sácame de este apuro; son dos mil pesetas nada más. Con esto me arreglo, y no te molestaré con nuevos empréstitos... Anda, papaíto dulce. Mira que las necesito en seguida, que por no incomodarte he aguardado hasta el último momento. Renovales se agitaba molestado por el peso de su hija; una soberbia moza que caía sobre él con abandonos de niña. Irritábale su confianza filial. Su perfume de mujer le hacía recordar aquel otro que turbaba sus noches, esparciéndose por la soledad de las habitaciones. Parecía haber heredado la carne de la muerta. La rechazó con cierta rudeza, y ella tomó esta repulsión por una negativa á sus súplicas. Se entristeció su cara, pusiéronse llorosos sus ojos, y el padre se arrepintió de su brusquedad. Le extrañaban sus incesantes peticiones de dinero. ¿Para qué lo quería?... Recordaba los grandes regalos de su boda, aquella abundancia principesca de ropas y alhajas que se había exhibido allí mismo, en los estudios. ¿Qué le faltaba á ella?... Pero Milita miraba á su padre con asombro. Había transcurrido más de un año desde entonces. Bien se veía que papá era un ignorante en estos asuntos. ¡Iba ella á usar los mismos vestidos, los mismos sombreros, iguales adornos, en un periodo larguísimo, interminable... de más de doce meses? ¡Qué horror! ¡Qué cursilería! Y aterrada por tanta monstruosidad, comenzaron á asomar sus tiernas lagrimitas, con gran inquietud del maestro... Calma, Milita; no había por qué llorar. ¿Qué deseaba? ¿dinero?... Al día siguiente la enviaría todo el que necesitase. Guardaba poco en casa; tenía que pedirlo al Banco... operaciones que ella no comprendería. Pero Milita, alentada por su victoria, insistió en la petición con una tenacidad desesperante. La engañaba; no se acordaría de ella al día siguiente; conocía bien á su padre. Además, necesitaba el dinero en seguida; compromisos de honor (y lo afirmaba con gravedad), miedo á las amigas por si se enteraban de sus deudas. --Ahora mismo, papaíto. No seas malo; no te diviertas en hacerme rabiar. Debes tener dinero: mucho dinero. Tal vez lo llevas encima... Á ver, papaíto malo, déjame que te registre, déjame ver la cartera... No digas que no; sí que la llevas... ¡sí que la llevas! Hundía sus manos en el pecho de su padre, desabrochando su chaquetón de trabajo, cosquilleándole audazmente por llegar al bolsillo interior. Renovales se defendía con cierta flojedad. Tonta; perdía el tiempo; ¿dónde estaría la cartera?... Él no la llevaba nunca en ese traje. --¡Si está aquí, mentirosín!--gritó con alegría la hija, persistiendo en su registro.--¡La toco!... ¡Ya la tengo!... Mírala. Era cierto. El pintor no se acordaba de que la había cogido por la mañana para pagar una cuenta, guardándola luego distraídamente en su chaquetón de pana. Milita la abrió con una avidez que hizo daño á su padre. ¡Ay, aquellas manos de mujer, temblonas al buscar el dinero! Se tranquilizó pensando en la fortuna que había reunido, en los papeles de diversos colores que guardaba en un mueble. Todo ello sería para su hija, y esto tal vez la salvase del peligro á que la arrastraba su ansia de vivir entre las vanidades y oropeles de la femenina esclavitud. En un instante sus manos se apoderaron de un buen número de billetes de diversos tamaños, formando un rollo que oprimió fuertemente entre sus dedos. Renovales protestaba. --Suelta, Milita, no seas niña. Me dejas sin dinero. Mañana te lo enviaré; deja eso ahora... Es un saqueo. Ella le evitaba; se había puesto de pie; manteníase á distancia, elevando su mano por encima del sombrero para poner á salvo su botín. Reía con grandes carcajadas de su travesura... ¡Ni uno pensaba devolverle! No sabía cuántos eran; los contaría en su casa; saldría del paso por el momento, y al día siguiente le pediría lo que faltase. El maestro acabó por reir, sintiéndose contagiado por su regocijo. Perseguía á Milita con el deseo de no alcanzarla; la amenazaba con grotesca severidad; la llamaba ladrona, lanzando voces de socorro, y así corretearon de uno á otro estudio. Antes de desaparecer, se detuvo Milita en la última puerta, levantando con autoridad un dedo enguantado de blanco. --Mañana, el resto; no hay que olvidarlo... Mira, papaíto, que esto es muy serio. Adiós; te espero mañana. Y desapareció, dejando en su padre algo de la alegría con que se habían perseguido. El crepúsculo fué triste. Renovales permaneció sentado ante las imágenes de su mujer, contemplando aquella cabeza disparatadamente hermosa, que á él le parecía el más fiel de los retratos. Su pensamiento fué hundiéndose en la sombra que surgía de los rincones, envolviendo los lienzos. Sólo temblaba en los vidrios una luz pálida, brumosa, cortada por las lineas negras de las ramas exteriores. Solo... solo para siempre. Tenía el cariño de aquella muchachota que acababa de irse, alegre, insensible á todo lo que no halagase su vanidad juvenil, su hermosura saludable. Tenia la adhesión de perro viejo de su amigo Cotoner, que no podía vivir sin verle, pero era incapaz de dedicarle su existencia por entero, y la compartía entre él y otras amistades, celoso de conservar su libertad de bohemio. Y esto era todo... Bien poca cosa. Próximo á la vejez, contemplaba una luz cruda y rojiza que parecía irritar sus ojos, el camino de desolación, yermo y monótono que le aguardaba... y á su final, la muerte. ¡La muerte! Nadie la ignoraba; era la única certeza; y sin embargo, transcurría la mayor parte de la vida sin pensar nunca en ella, sin verla. Era como una de esas epidemias, en países lejanos, que devoran las existencias á millones. Se habla de ella como de un hecho cierto, pero sin estremecimiento de horror, sin temblores de miedo. «Está demasiado lejos; tardará mucho en llegar.» Había nombrado muchas veces á la muerte, pero con los labios, sin que su pensamiento abarcase la significación de la palabra, sintiéndose vivir al mismo tiempo, aferrado á la existencia por las ilusiones y los deseos. La muerte estaba al final de la ruta: nadie podía evitar su encuentro, pero todos tardaban en verla. Las ambiciones, los deseos, los amores, las crueles necesidades animales, distraían al hombre en su marcha hacia ella; eran como los bosques, los valles, el cielo azul y los ríos de tortuoso espejo, que entretenían al caminante, ocultándole el término del paisaje, el límite fatal, la negra garganta sin fondo á la que conducían todos los caminos. Él estaba en las últimas jornadas. El sendero de su existencia se hacía desolado y triste; la vegetación se empequeñecía; las grandes arboledas trocábanse en líquenes boreales, ralos y miserables. Llegaba hasta él un hálito glacial del lóbrego desfiladero; le veía en el fondo; marchaba irremisiblemente hacia su garganta. Los campos de ilusión, con sus alturas luminosas, que antes cerraban el horizonte, quedábanse atrás y era imposible retroceder. En este camino nadie volvía sobre sus pasos. Había gastado media vida luchando por la riqueza y por la gloria, esperando cobrar alguna vez los réditos de ésta con los placeres del amor... ¡Morir! ¿Quién pensaba en esto? Era entonces una amenaza remota y sin sentido. Se creía provisto de una misión providencial: la muerte no se atrevería con él, no llegaría hasta que su trabajo estuviese terminado. Le quedaban muchas cosas que hacer... Y bien; todo estaba hecho ya, no existían para él deseos humanos. Todo lo tenía... Ya no se levantaban ante sus pasos torres quiméricas que asaltar. En el horizonte, limpio de obstáculos, sólo se presentaba la gran olvidada... la muerte. No quería verla; aun le quedaba una gran jornada en este camino que puede crecer, prolongarse, según las fuerzas del caminante, y sus piernas eran vigorosas. Pero ¡ay! marchar, marchar años y años, con la vista fija en la lóbrega garganta, contemplándola siempre al término del horizonte, sin poder arrancarse un instante á la certeza de que estaba allí, era un martirio sobrehumano, que le obligaría á acelerar el paso, á correr para acabar cuanto antes. ¡Nubes engañosas que encapotasen el horizonte, ocultando esta realidad que amarga el pan, que entenebrece el ánimo y hace maldecir la inutilidad de haber nacido!... ¡Mentirosos y gratos espejismos que hacen surgir un paraíso de los sombríos yermos de la última jornada! ¡Ilusión, á mí!... Y el triste maestro agrandaba con el pensamiento el último fantasma de su deseo; colgaba de la imagen amada de la muerta todos los delirios de su imaginación, deseando infundirla nueva vida con una parte de la suya. Cogía á puñados el barro del pasado, la masa del recuerdo, para hacerla más grande, ¡muy grande! que ocupara todo el camino, que cerrase el horizonte como un cerro inmenso, que ocultase hasta el último instante el lóbrego desfiladero término de la jornada. V La conducta del maestro Renovales fué motivo de extrañeza, y hasta de escándalo, para todos sus amigos. La condesa de Alberca mostraba especial cuidado en hacer saber á todos que no la unían con el pintor otras relaciones que las de una amistad cada vez más glacial y ceremoniosa. --Está loco--decía.--Es un hombre acabado. No queda de él más que un recuerdo de lo que fué. Cotoner, en su amistad inquebrantable, indignábase al oir ciertos comentarios sobre el ilustre maestro. --No bebe. Todo lo que dicen por ahí, son mentiras: la eterna leyenda de los hombres célebres... Él tenia su opinión sobre Mariano: conocía su deseo de una existencia agitada, de imitar en plena madurez las costumbres de la juventud, con un hambre de todos los misterios que creía ocultos en esta mala vida, de la que había oído hablar, sin atreverse hasta entonces á mezclarse en ella. Cotoner acogía con indulgencia las nuevas costumbres del maestro. ¡Infeliz! --Estás poniendo en acción las aleluyas de «El hombre malo»--decía á su amigo.--Tienes la voracidad del hombre virtuoso cuando deja de serlo, cerca ya de la vejez. Te pones en ridículo, Mariano. Pero á impulsos de su fidelidad, se dejaba arrastrar por el maestro en su nueva existencia. Por fin había accedido á vivir con él. Ocupaba, con sus pobres trastos, un gabinete del hotel y cuidaba de Renovales, rodeándolo de una solicitud paternal. El bohemio mostraba por él cierta compasión. Era la historia de siempre: «el que no la hace á la entrada, la hace á la salida», y Renovales, después de una existencia de seriedad y trabajo, lanzábase á la vida desordenada, con aturdimiento de adolescente, admirando los placeres vulgares, revistiéndolos de las seducciones más ilusorias. Muchas veces, Cotoner le acosaba con sus quejas. ¿Para qué le había llevado á vivir con él?... Le abandonaba días enteros; quería salir solo; le dejaba en el hotel como un mayordomo de confianza. El viejo bohemio enterábase minuciosamente de su vida. Muchas veces, los alumnos de Bellas Artes, agrupados al anochecer junto al portalón de la Academia, le veían pasar por la acera de la calle de Alcalá, embozado en su capa, con un afectado misterio que atraía la atención. --Ahí va Renovales. Ese es; el de la capa. Y le seguían, con la curiosidad que inspira un nombre célebre, en sus idas y venidas por la anchurosa calle, con revuelos de palomo silencioso, como si esperase algo. Algunas veces, cansado sin duda de estas evoluciones, se metía en un café, y la curiosa admiración le seguía, pegando los ojos á los cristales de los huecos. Le veían caído en la banqueta, con aire de desaliento, contemplando sus vagos ojos la copa que tenía delante; siempre lo mismo: cognac. De pronto la bebía de golpe, pagaba y salía rápidamente, con la precipitación del que ha tragado un medicamento. Y otra vez continuaba sus paseos de exploración, con los ojos ávidos, mirando por encima del embozo á todas las mujeres que pasaban solas, volviéndose para seguir la marcha de unos tacones torcidos, el aleteo de unas enaguas morenas, con manchas de barro. Al fin se alejaba con repentina resolución; desaparecía casi pegado á la cola de alguna hembra, siempre del mismo aspecto. Los muchachos conocían las preferencias del gran artista: mujercitas pequeñas, débiles, enfermizas, de una gracia de flor mustia, con ojos grandes, mates y dolorosos. Una leyenda de extraña aberración se iba formando en torno de él. Sus enemigos la repetían en los estudios: la gran masa, que no puede imaginarse á los hombres célebres con la misma vida que los demás, y los quiere caprichosos, atormentados por hábitos de extraordinaria monstruosidad, comenzaba á hablar con delectación de las manías del pintor Renovales. En todas las tiendas de carne humana, desde los pisos discretos de apariencia burguesa esparcidos en las vías más respetables, á los antros húmedos y malolientes que arrojan por la noche sus géneros á la calle de Peligros, circulaba la historia de cierto señor, provocando grandes risas. Llegaba embozado, misterioso, siguiendo con apresuramiento el almidonado estrépito de unas faldas pobres que marchaban ante él. Atravesaba el lóbrego portal con cierto miedo, subía la tortuosa escalera que parecía oler á residuos de vida, apresuraba la aparición de las desnudeces con mano ávida, como si le faltase el tiempo, como si creyera morir antes de realizar su deseo, y de pronto las pobres hembras que soportaban con cierta inquietud su silencio febril y el hambre de fiera que lucía en sus ojos, sentían tentaciones de reir, viéndole caer desalentado en una silla, en contemplativo silencio, sin oir las palabras brutales que lanzaban ellas asombradas de la situación; sin hacer caso de sus gestos é invitaciones, saliendo únicamente de este estupor cuando fría y un tanto ofendida, intentaba la hembra recobrar sus ropas. «Más, un momento más.» Casi siempre terminaba esta escena por un gesto de disgusto: una amargura de decepción. Otras veces los maniquíes carnales creían ver en sus ojos una expresión dolorosa, como si fuese á llorar. Huía después apresuradamente, oculto en su capa, con repentina vergüenza, con el firme propósito de no volver, de resistirse á aquel demonio de hambrienta curiosidad que llevaba dentro y no podía ver en la calle un cuerpo femenil sin sentir un deseo vehemente de desnudarlo. Á oídos de Cotoner llegaban vagamente estas noticias. ¡Mariano! ¡Mariano! Él no osaba echarle en cara las vergüenzas de su vida nocturna: temía una explosión del violento, carácter del maestro; había que dirigirle con prudencia. Pero lo que más provocaba las censuras del viejo amigo, era la gente de que se rodeaba el artista. El falso reverdecimiento de su vida le hacía buscar la compañía de los jóvenes, y Cotoner se daba á todos los demonios, cuando á la salida de los teatros le encontraba en un café, rodeado de sus nuevos camaradas, todos los cuales podían ser sus hijos. Eran en su mayoría pintores, gente que empezaba; unos con cierto talento, otros sin más mérito que su mala lengua: todos satisfechos de la amistad con el hombre célebre, gozándose, con un orgullo de enanos, en tratarle como si fuese un camarada, bromeando sobre sus debilidades. ¡Ira de Dios!... Algunos más audaces, hasta le devolvían su tuteo de maestro, tratándole como á una ruina gloriosa, permitiéndose comparaciones entre su pintura y la que ellos harían cuando pudiesen. «Mariano, el arte va ahora por otros caminos.» --¡Pero no te da vergüenza!--exclamaba Cotoner.--Pareces un maestro de escuela rodeado de pequeños. Hay para pegarte. ¡Un hombre como tú, aguantando las insolencias de esa gentecilla! Renovales mostraba una bondad inconmovible. Eran muy simpáticos; le divertían; encontraba en ellos la alegría de la juventud. Iban juntos á los teatros, á los -music-halls-: conocían mujeres, sabían dónde se ocultaban los buenos modelos: con ellos podía entrar en muchos sitios adonde no se atrevía á ir solo. Sus años, su fealdad grave, pasaban inadvertidos entre esta alegre juventud. --Me sirven--decía con un guiño de inocente malicia el pobre grande hombre.--Me divierto y me hacen conocer muchas cosas... Además, esto no es Roma: no hay apenas modelos: cuesta mucho encontrarlas y estos chicos son mis guías. Y hablaba á continuación de sus grandes proyectos artísticos; de aquel cuadro de Friné, con su desnudo inmortal, que había vuelto á surgir en su pensamiento; de aquel retrato amado que seguía en el mismo sitio sin que el pincel pasase de la cabeza. No trabajaba. Su antigua actividad, que hacía de la pintura un elemento preciso de su existencia, desbordábase ahora en palabras, en deseos de verlo todo, para conocer «nuevos aspectos de la vida». Soldevilla, el discípulo predilecto, veíase acosado por las preguntas del maestro, cuando de tarde en tarde presentábase en su estudio. --Tú debes conocer buenas mujeres, Soldevillita: tú has corrido mucho, con esa cara de querubín... Me has de llevar contigo: me has de presentar. --¡Maestro!--exclamaba asombrado el joven.--¡Si aun no hace medio año que me he casado! ¡Si no salgo de casa por la noche!... ¡Qué bromas tiene usted! Renovales le respondía con una mirada de desprecio. ¡Un vividor el tal Soldevilla! Ni juventud... ni alegría. Todo lo echaba en chalecos multicolores y cuellos altos. ¡Y qué hormiguita! Se había casado con una mujer rica, ya que no pudo atrapar á la hija del maestro. Además, un desagradecido. Ahora se juntaba con sus enemigos, convencido de que ya no podía sacar más de él. Le despreciaba; ¡lástima de protección que le había acarreado tantos disgustos!... No era un artista. Y el maestro volvíase con nuevo cariño hacia sus compañeros nocturnos, aquella juventud alegre, maldiciente y falta de respeto. Á todos ellos les reconocía talento. La fama de esta vida extraordinaria llegaba hasta su hija con la sonoridad enorme que adquiere todo lo que perjudica á un hombre famoso. Milita fruncía el ceño, haciendo esfuerzos por contener la risa que le causaba lo extraño de este cambio. ¡Su padre metido á calavera! --¡Papá!... ¡papá!--exclamaba con una entonación cómica de reproche. Y papá excusábase, como un muchachuelo travieso é hipócrita, aumentando con su turbación las ganas de reir de su hija. López de Sosa mostrábase indulgente con su ilustre suegro. ¡Pobre señor! ¡Toda la vida trabajando y con una mujer enferma, muy buena, muy simpática, pero que amargaba su vida! Bien había hecho en morirse, y no 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000