Á lo cual respondió:
--Vuesa mercé me escuse con ese señor, que yo no soy bueno para
palacio, porque tengo vergüenza y no sé lisonjear.
Con todo esto, el caballero le envió á la corte, y para traerle usaron
con él desta invencion: pusiéronle en unas argueñas de paja, como
aquellas donde llevan el vidrio, igualando los tercios con piedras, y
entre paja puestos algunos vidrios, porque se diese á entender que como
vaso de vidrio le llevaban.
Llegó á Valladolid, donde en aquel tiempo estaba la corte; entró de
noche y desembanastáronle en la casa del señor que habia enviado por
él, de quien fué muy bien recebido, diciéndole:
--Sea muy bien venido el señor licenciado Vidriera: ¿cómo ha ido en el
camino? ¿Cómo va de salud?
Á lo cual respondió:
--Ningun camino hay malo como se acabe, sino es el que va á la horca:
de salud estoy neutral, porque están encontrados mis pulsos con mi
celebro.
Otro dia, habiendo visto en muchas alcándaras muchos neblíes y otros
pájaros de volatería, dijo que la caza de altanería era digna de
príncipes y de grandes señores; pero que advirtiesen, que con ella
echaba el gusto censo sobre el provecho á mas de dos mil por uno. La
caza de liebres dijo que era muy gustosa, y mas cuando se cazaba con
galgos prestados.
El caballero gustó de su locura, y dejóle salir por la ciudad debajo
del amparo y guarda de un hombre que tuviese cuenta que los muchachos
no le hiciesen mal, de los cuales y de toda la corte fué conocido
en seis dias, y á cada paso, en cada calle y en cualquiera esquina,
respondia á todas las preguntas que le hacian, entre las cuales le
preguntó un estudiante si era poeta, porque le parecia que tenia
ingenio para todo. Á lo cual respondió:
--Hasta ahora no he sido tan necio ni tan venturoso.
--No entiendo eso de necio y venturoso, dijo el estudiante.
Y respondió Vidriera:
--No he sido tan necio que diese en poeta malo, ni tan venturoso que
haya merecido serlo bueno.
Preguntóle otro estudiante que en qué estimacion tenia á los poetas.
Respondió que á la ciencia en mucha, pero que á los poetas en ninguna.
Replicáronle que por qué decia aquello. Respondió que del infinito
número de poetas que habia, eran tan pocos los buenos, que casi no
hacian número; y así como si no hubiese poetas, no los estimaba; pero
que admiraba y reverenciaba la ciencia de la poesía, porque encerraba
en sí todas las ciencias; porque de todas se sirve, de todas se adorna
y pule, y saca á luz sus maravillosas obras, con que llena el mundo de
provecho, de deleite y de maravilla.
Añadió mas:
--Yo bien sé en lo que se debe estimar un buen poeta, porque se me
acuerda de aquellos versos de Ovidio, que dicen:
-Cura ducum fuerunt olim Regumque poetæ:-
-Præmiaque antiqui magna tulere chori.-
-Santaque majestas, et erat venerabile nomen-
-Vatibus: et largæ sæpe dabantur opes.-
Y ménos se me olvida la alta calidad de los poetas, pues los llama
Platon intérpretes de los dioses, y de ellos dice Ovidio:
-Est Deus in nobis, agitante calescimus illo.-
Y tambien dice:
-At sacri vates, et Divum cura vocamur.-
Esto se dice de los buenos poetas; que de los malos, de los
churrulleros, ¿qué se ha de decir sino que son la idiotez y la
ignorancia del mundo?
Y añadió mas:
--¿Qué es ver á un poeta destos de la primera impresion, cuando quiere
decir un soneto á otros que le rodean, las salvas que les hace,
diciendo: vuesas mercedes escuchen un sonetillo que anoche á cierta
ocasion hice, que á mi parecer, aunque no vale nada, tiene un no sé
qué de bonito? Y en esto tuerce los labios, pone en arco las cejas, se
rasca la faldriquera, y de entre otros mil papeles mugrientos y medio
rotos, donde queda otro millar de sonetos, saca el que quiere relatar,
y al fin le dice con tono melífluo y alfeñicado: si acaso los que le
escuchan, de socarrones ó de ignorantes no se le alaban, dice: ó
vuesas mercedes no han entendido el soneto, ó yo no le he sabido decir,
y así será bien recitarle otra vez, y que vuesas mercedes le presten
mas atencion, porque en verdad en verdad que el soneto lo merece; y
vuelve como primero á recitarle con nuevos ademanes y nuevas pausas.
Pues ¿qué es verlos censurar los unos á los otros? ¿qué diré del ladrar
que hacen los cachorros y modernos á los mastinazos antiguos y graves?
y ¿qué de los que murmuran de algunos ilustres y escelentes sujetos,
donde resplandece la verdadera luz de la poesía, que tomándola por
alivio y entretenimiento de sus muchas y graves ocupaciones, muestran
la divinidad de sus ingenios y la alteza de sus conceptos, á despecho
y pesar del circunspecto ignorante, que juzga de lo que no sabe y
aborrece lo que no entiende? ¿y del que quiere que se estime y tenga en
precio la necedad que se sienta debajo de doseles, y la ignorancia que
se arrima á los sitiales?
Otra vez le preguntaron qué era la causa de que los poetas por la mayor
parte eran pobres. Respondió que porque ellos querian, pues estaba
en su mano ser ricos, si se sabian aprovechar de la ocasion que por
momentos traian entre las manos, que eran las de sus damas, que todas
eran riquísimas en estremo, pues tenian los cabellos de oro, la frente
de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil,
los labios de coral, y la garganta de cristal trasparente, y que lo que
lloraban eran líquidas perlas, y mas que lo que sus plantas pisaban,
por dura y estéril tierra que fuese, al momento producia jazmines y
rosas, que su aliento era de puro ámbar, almizcle y algalia; y que
todas estas cosas eran señales y muestras de su mucha riqueza. Estas y
otras cosas decia de los malos poetas; que de los buenos siempre dijo
bien, y los levantó sobre el cuerno de la luna.
Vió un dia en la acera de San Francisco unas figuras pintadas de mala
mano, y dijo que los buenos pintores imitaban la naturaleza, pero que
los malos la vomitaban.
Arrimóse un dia, con grandísimo tiento porque no se quebrase, á la
tienda de un librero, y díjole:
--Este oficio me contentara mucho, si no fuera por una falta que tiene.
Preguntóle el librero se la dijese. Respondióle:
--Los melindres que hacen, cuando compran el privilegio de un libro,
y la burla que hacen á su autor si acaso le imprime á su costa, pues
en lugar de mil quinientos imprimen tres mil libros, y cuando el autor
piensa que se venden los suyos se despachan los ajenos.
Acaeció este mismo dia que pasaron por la plaza seis azotados, y
diciendo el pregon: Al primero por ladron; dió grandes voces á los que
estaban delante dél, diciéndoles:
--Apartáos, hermanos, no comience aquella cuenta por alguno de vosotros.
Y cuando el pregonero llegó á decir: al trasero, dijo:
--Aquel por ventura debe ser el fiador de los muchachos.
Un muchacho le dijo:
--Hermano Vidriera, mañana sacan á azotar á una alcahueta.
Respondióle:
--Si dijeras que sacaban á azotar á un alcahuete, entendiera que
sacaban á azotar un coche.
Hallóse allí uno destos que llevan sillas de manos, y díjole:
--De nosotros, Licenciado, ¿no teneis qué decir?
--No, respondió Vidriera, sino que sabe cada uno de vosotros mas
pecados que un confesor; mas es con esta diferencia, que el confesor
los sabe para tenerlos secretos, y vosotros para publicarlos por las
tabernas.
Oyó esto un mozo de mulas, porque de todo género de gente le estaba
escuchando contino, y díjole:
--De nosotros, señor Redoma, poco ó nada hay que decir, porque somos
gente de bien y necesaria en la república.
Á lo cual respondió Vidriera:
--La honra del amo descubre la del criado; segun esto: mira á quién
sirves, y verás cuán honrado eres: mozos sois vosotros de la mas ruin
canalla que sustenta la tierra: una vez, cuando no era de vidrio,
caminé una jornada en una mula de alquiler, tal que le conté ciento
y veinte y una tachas, todas capitales y enemigas del género humano:
todos los mozos de mulas tienen su punta de rufianes, su punta de
cacos, y su es no es de truhanes: si sus amos (que así llaman ellos
á los que llevan en sus mulas) son boquimuelles, hacen mas suertes
en ellos que las que echaron en esta ciudad los años pasados: si son
estranjeros, los roban; si estudiantes, los maldicen; si religiosos,
los reniegan; y si soldados, los tiemblan: estos, y los marineros, y
carreteros, y arrieros, tienen un modo de vivir estraordinario, y solo
para ellos: el carretero pasa lo mas de la vida en espacio de vara y
media de lugar, que poco mas debe de haber del yugo de las mulas á la
boca del carro; canta la mitad del tiempo, y la otra mitad reniega; y
en decir, háganse á zaga, se les pasa otra muy gran parte; y si acaso
les queda por sacar alguna rueda de algun atolladero, mas se ayudan
de dos pésetes que de tres mulas. Los marineros son gente gentil é
inurbana, que no sabe otro lenguaje que el que se usa en los navíos: en
la bonanza son diligentes, y en la borrasca perezosos; en la tormenta
mandan muchos y obedecen pocos; su Dios es su arca y su rancho, y su
pasatiempo ver mareados á los pasajeros. Los arrieros son gente que ha
hecho divorcio con las sábanas y se ha casado con las enjalmas; son tan
diligentes y presurosos, que á trueco de no perder la jornada, perderán
el alma; su música es la del mortero; su salsa la hambre; sus maitines
levantarse á dar sus piensos, y sus misas no oir ninguna.
Cuando esto decia estaba á la puerta de un boticario, y volviéndose al
dueño, le dijo:
--Vuesa merced tiene un saludable oficio, si no fuese tan enemigo de
sus candiles.
--¿En qué modo soy enemigo de mis candiles? preguntó el boticario.
Y respondió Vidriera:
--Esto digo, porque en faltando cualquiera aceite, lo suple el del
candil que está mas á mano; y aun tiene otra cosa este oficio, bastante
á quitar el crédito al mas acertado médico del mundo.
Preguntándole por qué, respondió que habia boticario que por no
atreverse ni osar decir que faltaba en su botica lo que recetaba el
médico, por las cosas que le faltaban ponia otras, que á su parecer
tenian la misma virtud y calidad, no siendo así; y con esto la
medicina mal compuesta obraba al reves de lo que habia de obrar la
bien ordenada. Preguntóle entónces que qué sentia de los médicos, y
respondió esto:
---Honora medicum propter necessitatem, etenim creavit eum Altissimus:
a Deo enim est omnis medela, et a Rege accipiet donationem: disciplina
medici exaltavit caput illius, et in conspectu magnatum collaudabitur:
Altissimus de terra creavit medicinam, et vir prudens non abhorrebit
illam-. Esto dice, dijo, el Eclesiástico, de la medicina y de los
buenos médicos, y de los malos se podria decir todo al reves, porque no
hay gente mas dañosa á la república que ellos. El juez nos puede torcer
ó dilatar la justicia; el letrado sustentar por su interes nuestra
injusta demanda; el mercader chuparnos la hacienda; finalmente, todas
las personas con quien de necesidad tratamos, nos pueden hacer algun
daño; pero quitarnos la vida sin quedar sujetos al temor del castigo,
ninguno: solo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y á
pié quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe; y no hay
descubrirse sus delitos, porque al momento los meten debajo de la
tierra: acuérdaseme que cuando yo era hombre de carne, y no de vidrio
como agora soy, que á un médico destos de segunda clase le despidió
un enfermo por curarse con otro, y el primero de allí á cuatro dias
acertó á pasar por la botica donde recetaba el segundo, y preguntó al
boticario que cómo le iba al enfermo que él habia dejado, y que si le
habia recetado alguna purga el otro médico. El boticario le respondió
que allí tenia una receta de purga que el dia siguiente habia de tomar
el enfermo; dijo que se la mostrase, y vió que al fin della estaba
escrito: -sumat diluculo-, y dijo: Todo lo que lleva esta purga me
contenta, sino es este -diluculo-, porque es húmido demasiadamente.
Por estas y otras cosas que decia de todos los oficios se andaban tras
él sin hacerle mal y sin dejarle sosegar; pero con todo esto no se
pudiera defender de los muchachos, si su guardian no le defendiera.
Preguntóle uno qué haria para no tener envidia á nadie.
Respondióle:
--Duerme; que todo el tiempo que durmieres, serás igual al que envidias.
Otro le preguntó qué remedio tendria para salir con una comision que
habia dos años que la pretendia. Y díjole:
--Parte á caballo y á la mira de quien la lleva, y acompáñale hasta
salir de la ciudad, y así saldrás con ella.
Pasó acaso una vez por delante donde él estaba un juez de comision, que
iba de camino á una causa criminal, y llevaba mucha gente consigo y dos
alguaciles; preguntó quién era, y como se lo dijeron, dijo:
--Yo apostaré que lleva aquel juez víboras en el seno, pistoletes en
la tinta y rayos en las manos, para destruir todo lo que alcanzare
su comision. Yo me acuerdo haber tenido un amigo que en una comision
criminal que tuvo dió una sentencia tan exorbitante, que escedia en
muchos quilates á la culpa de los delincuentes: preguntéle que por
qué habia dado aquella tan cruel sentencia y hecho tan manifiesta
injusticia. Respondióme que pensaba otorgar la apelacion, y que con
esto dejaba campo abierto á los señores del consejo para mostrar su
misericordia, moderando y poniendo aquella su rigurosa sentencia en su
punto y debida proporcion. Yo le respondí que mejor fuera haberla dado
de manera que les quitara de aquel trabajo, pues con esto le tuvieran á
él por juez recto y acertado.
En la rueda de la mucha gente, que como se ha dicho siempre le estaba
oyendo, estaba un conocido suyo en hábito de letrado, al cual otro le
llamó señor licenciado, y sabiendo Vidriera que el tal á quien llamaron
licenciado no tenia ni aun título de bachiller, le dijo:
--Guardáos, compadre, no encuentren con vuestro título los frailes de
la redencion de cautivos, que os le llevarán por mostrenco.
Á lo cual dijo el amigo:
--Tratémonos bien, señor Vidriera, pues ya sabeis vos que soy hombre de
altas y de profundas letras.
Respondióle Vidriera:
--Ya yo sé que sois un Tántalo en ellas, porque se os van por altas, y
no las alcanzais de profundas.
Estando una vez arrimado á la tienda de un sastre, vióle que estaba
mano sobre mano, y díjole:
--Sin duda, señor maese, que estais en camino de salvacion.
--¿En qué lo veis? preguntó el sastre.
--¿En qué lo veo? respondió Vidriera: véolo en que pues no teneis qué
hacer, no tendréis ocasion de mentir.
Y añadió:
--Desdichado del sastre que no miente, y cose las fiestas: cosa
maravillosa es, que casi en todos los deste oficio apénas se hallará
uno que haga un vestido justo, habiendo tantos que los hagan pecadores.
De los zapateros decia que jamas hacian conforme á su parecer zapato
malo; porque si al que se le calzaba venia estrecho y apretado, le
decian que así habia de ser por ser de galanes calzar justo, y que en
trayéndolos dos horas, vendrian mas anchos que alpargates; y si le
venian anchos, decian que así habian de venir por amor de la gota.
Un muchacho agudo, que escribia en un oficio de provincia, le apretaba
mucho con preguntas y demandas, y le traia nuevas de lo que en la
ciudad pasaba, porque sobre todo discantaba, y á todo respondia. Este
le dijo una vez:
--Vidriera, esta noche se murió en la cárcel un banco que estaba
condenado á ahorcar.
Á lo cual respondió:
--Él hizo bien á darse priesa á morir ántes que el verdugo se sentara
sobre él.
En la acera de San Francisco estaba un corro de genoveses, y pasando
por allí, uno dellos le llamó, diciéndole:
--Lléguese acá el señor Vidriera, y cuéntenos un cuento.
Él respondió:
--No quiero, porque no me le paseis á Génova[2].
Topó una vez á una tendera que llevaba delante de sí una hija suya muy
fea, pero muy llena de dijes, de galas y de perlas, y díjole á la madre:
--Muy bien habeis hecho en empedralla, porque se pueda pasear.
De los pasteleros dijo que habia muchos años que jugaban á la
dobladilla, sin que les llevasen la pena porque habian hecho el pastel
de á dos (-maravedises-) de á cuatro, el de á cuatro de á ocho, y el de
á ocho de á medio real, por solo su albedrío y beneplácito.
De los titereros decia mil males: decia que era gente vagamunda y que
trataba con indecencia de las cosas divinas, porque con las figuras
que mostraban en sus retratos, volvian la devocion en risa, y que les
acontecia envasar en un costal todas ó las mas figuras del Testamento
viejo y nuevo, y sentarse sobre él á comer y beber en los bodegones y
tabernas: en resolucion, decia que se maravillaba de cómo quien podia
no les ponia perpetuo silencio en sus retablos, ó los desterraba del
reino.
Acertó á pasar una vez por donde él estaba un comediante vestido como
un príncipe; y en viéndole dijo:
--Yo me acuerdo haber visto á este salir al teatro enharinado el rostro
y vestido un zamarro del reves, y con todo esto á cada paso fuera del
tablado jura á fe de hijodalgo.
--Débelo de ser, respondió uno, porque hay muchos comediantes que son
muy bien nacidos y hijosdalgo.
--Así será verdad, replicó Vidriera; pero lo que ménos ha menester
la farsa es personas bien nacidas; galanes sí, gentiles hombres y de
espeditas lenguas: tambien sé decir dellos que en el sudor de su cara
ganan su pan con inllevable trabajo, tomando continuo de memoria,
hechos perpetuos jitanos de lugar en lugar, y de meson en venta,
desvelándose en contentar á otros, porque en el gusto ajeno consiste
su bien propio: tienen mas, que con su oficio no engañan á nadie, pues
por momentos sacan su mercaduría á pública plaza, al juicio y á la
vista de todos: el trabajo de los autores es increible, y su cuidado
estraordinario, y han de ganar mucho para que al cabo del año no salgan
tan empeñados, que les sea forzoso hacer pleito de acreedores; y con
todo esto son necesarios en la república, como lo son las florestas,
las alamedas y las vistas de recreacion, y como lo son las cosas que
honestamente recrean.
Decia que habia sido opinion de un amigo suyo, que el que servia á una
comedianta, en solo una servia á muchas damas juntas, como era á una
reina, á una ninfa, á una diosa, á una fregona, á una pastora, y muchas
veces caia la suerte en que sirviese en ella á un paje y á un lacayo,
que todas estas y mas figuras suele hacer una farsanta.
Preguntóle uno que cuál habia sido el mas dichoso del mundo. Respondió
que -nemo-; porque -nemo novit patrem: nemo sine crimine vivit: nemo
sua sorte contentus: nemo ascendit in cœlum-.
De los diestros dijo una vez que eran maestros de una ciencia ó arte,
que cuando la habian menester no la sabian, y que tocaban algo en
presuntuosos, pues querian reducir á demostraciones matemáticas,
que son infalibles, los movimientos y pensamientos coléricos de sus
contrarios.
Con los que se teñian las barbas tenia particular enemistad; y riñendo
una vez delante dél dos hombres, que el uno era portugues, este dijo al
castellano, asiéndose de las barbas, que tenia muy teñidas:
--Por istas barbas que teño no rostro.
Á lo cual acudió Vidriera, y dijo:
--Olhay, homen, naon digais teño, sino tiño.
Otro traia las barbas jaspeadas y de muchas colores, culpa de la mala
tinta, á quien dijo Vidriera, que tenia las barbas de muladar overo.
Á otro que traia las barbas por mitad blancas y negras por haberse
descuidado, y los cañones crecidos, le dijo que procurase de no porfiar
ni reñir con nadie, porque estaba aparejado á que le dijesen que mentia
por la mitad de la barba.
Una vez contó que una doncella discreta y bien entendida, por acudir á
la voluntad de sus padres, dió el sí de casarse con un viejo todo cano,
el cual la noche ántes del dia del desposorio se fué, no al rio Jordan
como dicen las viejas, sino á la redomilla del agua fuerte y plata,
con que renovó de manera su barba, que la acostó de nieve y la levantó
de pez. Llegóse la hora de darse las manos, y la doncella conoció por
la pinta y por la tinta la figura, y dijo á sus padres que le diesen el
mismo esposo que ellos le habian mostrado, que no queria otro. Ellos
le dijeron que aquel que tenia delante era el mismo que le habian
mostrado y dado por esposo. Ella replicó que no era, y trujo testigos
como el que sus padres le dieron era un hombre grave y lleno de canas,
y que pues el presente no las tenia, no era él, y se llamaba á engaño:
atúvose á esto, corrióse el teñido, y deshízose el casamiento.
Con las dueñas tenia la misma ojeriza que con los escabechados: decia
maravillas de su permafoy, de las mortajas de sus tocas, de sus
muchos melindres, de sus escrúpulos y de su estraordinaria miseria:
amohinábanle sus flaquezas de estómago, sus vaguidos de cabeza, su modo
de hablar con mas repulgos que sus tocas, y finalmente su inutilidad y
sus vainillas.
Uno le dijo:
--¿Qué es esto, señor Licenciado, que os he oido decir mal de muchos
oficios, y jamas lo habeis dicho de los escribanos, habiendo tanto que
decir?
Á lo cual respondió:
--Aunque de vidrio, no soy tan frágil que me dejo ir con la corriente
del vulgo, las mas veces engañado. Paréceme á mí que la gramática
de los murmuradores, y el la, la, la, de los que cantan, son los
escribanos; porque así como no se puede pasar á otras ciencias, si no
es por la puerta de la gramática, y como el músico, primero murmura que
canta, así los maldicientes por donde comienzan á mostrar la malignidad
de sus lenguas, es por decir mal de los escribanos y alguaciles, y de
los otros ministros de la justicia, siendo un oficio el del escribano,
sin el cual andaria la verdad por el mundo á sombra de tejados, corrida
y maltratada; y así dice el Eclesiástico: -In manum Dei potestas
hominis est, et super faciem scribæ imponet honorem-. Es el escribano
persona pública, y el oficio del juez no se puede ejercitar cómodamente
sin el suyo. Los escribanos han de ser libres, y no esclavos, ni hijos
de esclavos; legítimos, no bastardos, ni de ninguna mala raza nacidos:
juran secreto, fidelidad, y que no harán escritura usuraria: que ni
amistad ni enemistad, provecho ó daño les moverá á no hacer su oficio
con buena y cristiana conciencia. Pues si este oficio tantas buenas
partes requiere, ¿por qué se ha de pensar que de mas de veinte mil
escribanos que hay en España, se lleve el diablo la cosecha, como si
fuesen cepas de su majuelo? No lo quiero creer, ni es bien que ninguno
lo crea; porque finalmente digo que es la gente mas necesaria que
habia en las repúblicas bien ordenadas; y que si llevaban demasiados
derechos, tambien hacian demasiados tuertos, y que destos dos estremos
podia resultar un medio que les hiciese mirar por el virote.
De los alguaciles dijo que no era mucho que tuviesen algunos enemigos,
siendo su oficio ó prenderte, ó sacarte la hacienda de casa, ó tenerte
en la suya en guarda, y comer á tu costa. Tachaba la negligencia é
ignorancia de los procuradores y solicitadores, comparándolos á los
médicos, los cuales, que sane ó no sane el enfermo, ellos llevan su
propina: y los procuradores y solicitadores lo mismo, salgan ó no
salgan con el pleito que ayudan.
Preguntóle uno cuál era la mejor tierra. Respondió que la temprana y
agradecida. Replicó el otro:
--No pregunto eso, sino que ¿cuál es mejor lugar, Valladolid ó Madrid?
Y respondió:
--De Madrid los estremos, de Valladolid los medios.
--No lo entiendo, repitió el que se lo preguntaba.
Y dijo:
--De Madrid cielo y suelo; de Valladolid los entresuelos.
Oyó Vidriera que dijo un hombre á otro, que así como habia entrado en
Valladolid habia caido su mujer muy enferma, porque la habia probado la
tierra. Á lo cual dijo Vidriera:
--Mejor fuera que se la hubiera comido, si acaso es celosa.
De los músicos y de los correos de á pié, decia que tenian las
esperanzas y las suertes limitadas; porque los unos la acaban con
llegar á serlo de á caballo, y los otros con alcanzar á ser músicos del
rey.
De las damas que llaman cortesanas, decia que todas ó las mas tenian
mas de corteses que de sanas.
Estando un dia en una iglesia vió que traian á enterrar á un viejo, á
bautizar á un niño, y á velar á una mujer, todo á un mismo tiempo, y
dijo, que los templos eran campos de batalla, donde los viejos acaban,
los niños vencen, y las mujeres triunfan.
Picábale una vez una avispa en el cuello, y no se la osaba sacudir
por no quebrarse: pero con todo eso se quejaba. Preguntóle uno que
cómo sentia aquella avispa si era su cuerpo de vidrio. Y respondió que
aquella avispa debia de ser murmuradora, y que las lenguas y picos de
los murmuradores eran bastantes á desmoronar cuerpos de bronce, no que
de vidrio.
Pasando acaso un religioso muy gordo por donde él estaba dijo uno de
sus oyentes:
--De ético no se puede mover el padre.
Enojóse Vidriera, y dijo:
--Nadie se olvide de lo que dice el Espíritu Santo: -Nolite tangere
christos meos-.
Y subiéndose mas en cólera, dijo: que mirasen en ello, y verian que
de muchos santos, que de pocos años á esta parte habia canonizado
la Iglesia y puesto en el número de los bienaventurados, ninguno
se llamaba el capitan don fulano, ni el secretario don tal de don
tales, ni el conde, marqués ó duque de tal parte; sino fray Diego,
fray Jacinto, fray Raimundo, todos frailes y religiosos; porque las
religiones son los Aranjueces del cielo, cuyos frutos de ordinario se
ponen en la mesa de Dios.
Decia que las lenguas de los murmuradores eran como las plumas del
águila, que roen y menoscaban todas las de las otras aves que á ellas
se juntan. De los gariteros y tahures decia milagros: decia que los
gariteros eran públicos prevaricadores, porque en sacando el barato
del que iba haciendo suertes, deseaban que perdiese, y pasase el naipe
adelante, porque el contrario las hiciese, y él cobrase sus derechos.
Alababa mucho la paciencia de un tahur, que estaba toda una noche
jugando y perdiendo; y con ser de condicion colérico y endemoniado,
á trueco de que su contrario no se alzase, no descosia la boca, y
sufria lo que un mártir de Barrabas. Alababa tambien las conciencias de
algunos honrados gariteros, que ni por imaginacion consentian que en su
casa se jugase otros juegos, que polla y cientos; y con esto á fuego
lento, sin temor y nota de malsines sacaban al cabo del mes mas barato
que los que consentian los juegos de estocada, del reparólo, siete y
llevar, y pinta en la del punto.
En resolucion, él decia tales cosas, que si no fuera por los grandes
gritos que daba cuando le tocaban ó á él se arrimaban, por el hábito
que traia, por la estrecheza de su comida, por el modo con que bebia,
por el no querer dormir sino al cielo abierto en el verano, y el
invierno en los pajares, como queda dicho, con que daba tan claras
señales de su locura, ninguno pudiera creer sino que era uno de los
mas cuerdos del mundo. Dos años ó poco mas duró en esta enfermedad,
porque un religioso de la órden de San Jerónimo, que tenia gracia y
ciencia particular en hacer que los mudos entendiesen y en cierta
manera hablasen, y en curar locos, tomó á su cargo de curar á Vidriera,
movido de caridad, y le curó y sanó, y volvió á su primer juicio,
entendimiento y discurso; y así como le vió sano, le vistió como á
letrado, y le hizo volver á la corte, adonde con dar tantas muestras de
cuerdo, como las habia dado de loco, podia usar su oficio, y hacerse
famoso por él.
Hízolo así, y llamándose el licenciado Rueda, no Rodaja, volvió á
la corte, donde apénas hubo entrado, cuando fué conocido de los
muchachos; mas cuando le vieron en tan diferente hábito del que solia,
no le osaron dar grita ni hacer preguntas; pero seguíanle, y decian
unos á otros: ¿Este no es el loco Vidriera? á fe que es él: ya viene
cuerdo, pero tambien puede ser loco bien vestido como mal vestido:
preguntémosle algo, y salgamos desta confusion. Todo esto oia el
Licenciado, y callaba, y iba mas confuso y mas corrido que cuando
estaba sin juicio.
Pasó el conocimiento de los muchachos á los hombres, y ántes que el
Licenciado llegase al patio de los Consejos, llevaba tras de sí mas
de doscientas personas de todas suertes. Con este acompañamiento, que
era mas que el de un catedrático, llegó al patio donde le acabaron de
circundar cuantos en él estaban. Él, viéndose con tanta turba á la
redonda, alzó la voz, y dijo:
--Señores, yo soy el licenciado Vidriera, pero no el que solia:
soy ahora el licenciado Rueda: sucesos y desgracias que acontecen
en el mundo por permision del cielo me quitaron el juicio, y las
misericordias de Dios me le han vuelto: por las cosas que dicen que
dije cuando loco, podeis considerar las que diré cuando cuerdo: yo soy
graduado en leyes por Salamanca, adonde estudié con pobreza, y adonde
llevé segundo en licencias, de do se puede inferir que mas la virtud
que el favor me dió el grado que tengo: aquí he venido á este gran mar
de la corte para abogar y ganar la vida, pero si no me dejais, habré
venido á bogar y granjear la muerte: por amor de Dios, que no hagais
que el seguirme sea perseguirme, y que lo que alcancé por loco, que
es el sustento, lo pierda por cuerdo: lo que solíades preguntarme en
las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y veréis que el que os
respondia bien de improviso, os responderá mejor de pensado.
Escucháronle todos, y dejáronle algunos. Volvióse á su posada con poco
ménos acompañamiento que habia llevado. Salió otro dia, y fué lo mismo:
hizo otro sermon, y no sirvió de nada. Perdia mucho, y no ganaba cosa,
y viéndose morir de hambre, determinó de dejar la corte y volverse á
Flándes, donde pensaba valerse de las fuerzas de su brazo, pues no se
podia valer de las de su ingenio; y poniéndolo en efecto, dijo al salir
de la corte:
--¡Oh corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes,
y acortas las de los virtuosos encogidos; sustentas abundantemente
á los truhanes desvergonzados, y matas de hambre á los discretos
vergonzosos!
Esto dijo, y se fué á Flándes, donde la vida que habia comenzado á
eternizar por las letras, la acabó de eternizar por las armas en
compañía de su buen amigo el capitan Valdivia, dejando fama en su
muerte de prudente y valentísimo soldado.
LA FUERZA DE LA SANGRE.
Una noche de las calorosas del verano volvian de recrearse del rio, en
Toledo, un anciano hidalgo, con su mujer, un niño pequeño, una hija de
edad de diez y seis años, y una criada. La noche era clara, la hora las
once, el camino solo, y el paso tardo, por no pagar con cansancio la
pension que traen consigo las holguras que en el rio ó en la vega se
toman en Toledo. Con la seguridad que promete la mucha justicia y bien
inclinada gente de aquella ciudad, venia el buen hidalgo con su honrada
familia léjos de pensar en desastre que sucederles pudiese; pero como
las mas de las desdichas que vienen no se piensan, contra todo su
pensamiento les sucedió una que les turbó la holgura, y les dió que
llorar muchos años.
Hasta veinte y dos tendria un caballero de aquella ciudad, á quien
la riqueza, la sangre ilustre, la inclinacion torcida, la libertad
demasiada, y las compañías libres le hacian hacer cosas y tener
atrevimientos que desdecian de su calidad, y le daban renombre de
atrevido. Este caballero pues (que por ahora por buenos respetos
encubriendo su nombre le llamaremos con el de Rodolfo), con otros
cuatro amigos suyos, todos mozos, todos alegres y todos insolentes,
bajaba por la misma cuesta que el hidalgo subia.
Encontráronse los dos escuadrones, el de las ovejas con el de los
lobos; y con deshonesta desenvoltura Rodolfo y sus camaradas, cubiertos
los rostros, miraron los de la madre, y de la hija, y de la criada.
Alborotóse el viejo, y reprochóles y afeóles su atrevimiento: ellos
le respondieron con muecas y burla, y sin desmandarse á mas pasaron
adelante. Pero la mucha hermosura del rostro que habia visto Rodolfo,
que era de Leocadia, que así quieren que se llamase la hija del
hidalgo, comenzó de tal manera á imprimírsele en la memoria, que le
llevó tras sí la voluntad, y despertó en él un deseo de gozarla á pesar
de todos los inconvenientes que sucederle pudiesen: y en un instante
comunicó su pensamiento con sus camaradas, y en otro instante se
resolvieron de volver y robarla, por dar gusto á Rodolfo; que siempre
los ricos que dan en liberales, hallan quien canonice sus desafueros, y
califique por buenos sus malos gustos; y así el nacer el mal propósito,
el comunicarle, y el aprobarle, y el determinarse de robar á Leocadia,
y el robarla, casi todo fué en un punto.
Pusiéronse los pañizuelos en los rostros, y desenvainadas las espadas,
volvieron, y á pocos pasos alcanzaron á los que no habian acabado de
dar gracias á Dios, que de las manos de aquellos atrevidos les habia
librado.
Arremetió Rodolfo con Leocadia, y cogiéndola en brazos, dió á huir con
ella, la cual no tuvo fuerzas para defenderse, y el sobresalto le quitó
la voz para quejarse, y aun la luz de los ojos, pues desmayada y sin
sentido ni vió quién la llevaba, ni adónde la llevaban. Dió voces su
padre, gritó su madre, lloró su hermanico, arañóse la criada; pero ni
las voces fueron oidas, ni los gritos escuchados, ni movió á compasion
el llanto, ni los araños fueron de provecho alguno; porque todo lo
cubria la soledad del lugar, y el callado silencio de la noche, y las
crueles entrañas de los malhechores. Finalmente, alegres se fueron los
unos, y tristes se quedaron los otros.
Rodolfo llegó á su casa sin impedimento alguno, y los padres de
Leocadia llegaron á la suya lastimados, afligidos y desesperados:
ciegos, sin los ojos de su hija, que eran la lumbre de los suyos:
solos, porque Leocadia era su dulce y agradable compañía: confusos,
sin saber si seria bien dar noticia de su desgracia á la justicia,
temerosos no fuesen ellos el principal instrumento de publicar su
deshonra.
Veíanse necesitados de favor, como hidalgos pobres: no sabian de quién
quejarse, sino de su corta ventura. Rodolfo en tanto, sagaz y astuto,
tenia ya en su casa y en su aposento á Leocadia, á la cual, puesto
que sintió que iba desmayada cuando la llevaba, la habia cubierto los
ojos con un pañuelo, porque no viese las calles por donde la llevaba,
ni la casa, ni el aposento donde estaba, en el cual sin ser visto de
nadie, á causa que él tenia un cuarto aparte en la casa de su padre,
que aun vivia, y tenia de su estancia la llave y las de todo el cuarto
(inadvertencia de padres que quieren tener sus hijos recogidos), ántes
que de su desmayo volviese Leocadia, habia cumplido su deseo Rodolfo;
que los ímpetus no castos de la mocedad, pocas veces ó ninguna reparan
en comodidades y requisitos que mas los inciten y levanten. Ciego de
la luz del entendimiento, á escuras robó la mejor prenda de Leocadia; y
como los pecados de la sensualidad por la mayor parte no tiran mas allá
la barra del término del cumplimiento dellos, quisiera luego Rodolfo
que de allí se desapareciera Leocadia, y le vino á la imaginacion de
ponella en la calle así desmayada como estaba; y yéndolo á poner en
obra, sintió que volvia en sí, diciendo:
--¿Adónde estoy, desdichada? ¿Qué escuridad es esta, qué tinieblas me
rodean? ¿Estoy en el limbo de mi inocencia, ó en el infierno de mis
culpas? ¡Jesus! ¿quién me toca? ¿Yo en cama, yo lastimada? ¿Escúchasme,
madre y señora mia? ¿Óyesme, querido padre? ¡Ay sin ventura de mí!
que bien advierto que mis padres no me escuchan, y que mis enemigos
me tocan: venturosa seria yo, si esta escuridad durase para siempre,
sin que mis ojos volviesen á ver la luz del mundo, y que este lugar
donde ahora estoy, cualquiera que él se fuese, sirviese de sepultura
á mi honra, pues es mejor la deshonra que se ignora, que la honra que
está puesta en opinion de las gentes: ya me acuerdo (¡que yo nunca me
acordara!) que ha poco que venia en la compañía de mis padres: ya me
acuerdo que me saltearon: ya me imagino y veo que no es bien que me
vean las gentes: ó tú, cualquiera que seas, que aquí estás conmigo (y
en esto tenia asido de las manos á Rodolfo), si es que tu alma admite
género de ruego alguno, te ruego que ya que has triunfado de mi fama,
triunfes tambien de mi vida: quítamela al momento, que no es bien que
la tenga la que no tiene honra: mira que el rigor de la crueldad que
has usado conmigo en ofenderme, se templará con la piedad que usarás en
matarme; y así en un mismo punto vendrás á ser cruel y piadoso.
Confuso dejaron las razones de Leocadia á Rodolfo, y como mozo poco
esperimentado, ni sabia qué decir, ni qué hacer, cuyo silencio admiraba
mas á Leocadia, la cual con las manos procuraba desengañarse si era
fantasma ó sombra el que con ella estaba; pero como tocaba cuerpo y se
le acordaba de la fuerza que se le habia hecho viniendo con sus padres,
caia en la verdad del cuento de su desgracia; y con este pensamiento
tornó á añudar las razones que los muchos sollozos y suspiros habian
interrumpido, diciendo:
--Atrevido mancebo, que de poca edad hacen tus hechos que te juzgue, yo
te perdono la ofensa que me has hecho, con solo que me prometas y jures
que como la has cubierto con esta escuridad, la cubrirás con perpetuo
silencio sin decirla á nadie: poca recompensa te pido de tan grande
agravio; pero para mí será la mayor que yo sabré pedirte, ni tú querrás
darme: advierte en que yo nunca he visto tu rostro, ni quiero verle,
porque ya que se me acuerde de mi ofensa, no quiero acordarme de mi
ofensor, ni guardar en la memoria la imágen del autor de mi daño: entre
mí y el cielo pasarán mis quejas, sin querer que las oiga el mundo, el
cual no juzga por los sucesos las cosas, sino conforme á él se asienta
en la estimacion: no sé cómo te digo estas verdades, que se suelen
fundar en la esperiencia de muchos casos y en el discurso de muchos
años, no llegando los mios á diez y siete; por do me doy á entender que
el dolor de una misma manera ata y desata la lengua del afligido, unas
veces exagerando su mal para que se le crean, otras veces no diciéndole
porque no se le remedien: de cualquier manera, que yo calle ó hable,
creo que he de moverte á que me creas, ó que me remedies, pues el no
creerme será ignorancia, y el remediarme imposible de tener algun
alivio: no quiero desesperarme, porque te costará poco el dármele, y es
este: mira, no aguardes ni confíes que el discurso del tiempo temple
la justa saña que contra tí tengo, ni quieras amontonar los agravios:
miéntras ménos me gozares, y habiéndome ya gozado, ménos se encenderán
tus malos deseos: haz cuenta que me ofendiste por accidente, sin dar
lugar á ningun buen discurso; yo la haré de que no nací en el mundo, ó
que si nací fué para ser desdichada: ponme luego en la calle, ó á lo
ménos junto á la iglesia mayor, porque desde allí bien sabré volverme
á mi casa; pero tambien has de jurar de no seguirme, ni saberla, ni
preguntarme el nombre de mis padres, ni el mio, ni el de mis parientes;
que á ser tan ricos como nobles, no fueran en mí tan desdichados:
respóndeme á esto, y si temes que te pueda conocer con la habla, hágote
saber, que fuera de mi padre y de mi confesor, no he hablado con hombre
alguno en mi vida, y á pocos he oido hablar en tanta comunicacion, que
pueda distinguirles por el sonido de la habla.
La respuesta que dió Rodolfo á las discretas razones de la lastimada
Leocadia, no fué otra que abrazarla, dando muestras que queria volver
á confirmar en él su gusto, y en ella su deshonra. Lo cual visto por
Leocadia, con mas fuerzas de las que su tierna edad prometia, se
defendió con los piés, con las manos, con los dientes y con la lengua,
diciéndole:
--Haz cuenta, traidor y desalmado hombre, quien quiera que seas, que
los despojos que de mí has llevado, son los que pudiste tomar de un
tronco ó de una coluna sin sentido, cuyo vencimiento y triunfo ha de
redundar en tu infamia y menosprecio; pero el que ahora pretendes no le
has de alcanzar sino con mi muerte: desmayada me pisaste y aniquilaste,
mas ahora que tengo brios, ántes podrás matarme: que si ahora despierta
sin resistencia concediese con tan abominable gusto, podrias imaginar
que mi desmayo fué fingido, cuando te atreviste á destruirme.
Finalmente, tan gallarda y porfiadamente se resistió Leocadia, que las
fuerzas y los deseos de Rodolfo se enflaquecieron; y como la insolencia
que con Leocadia habia usado no tuvo otro principio que de un ímpetu
lascivo, del cual nunca nace el verdadero amor que permanece, en lugar
del ímpetu que se pasa, queda, si no el arrepentimiento, á lo ménos una
tibia voluntad de segundalle. Frio pues y cansado Rodolfo, sin hablar
palabra alguna, dejó á Leocadia en su cama, en su casa, y cerrando el
aposento, se fué á buscar á sus camaradas para aconsejarse con ellos de
lo que hacer debia.
Sintió Leocadia que quedaba sola y encerrada, y levantándose del lecho,
anduvo todo el aposento, tentando las paredes con las manos, por ver
si hallaba puerta por do irse, ó ventana por do arrojarse: halló la
puerta, pero bien cerrada, y topó una ventana que pudo abrir, por
donde entró el resplandor de la luna, tan clara, que pudo distinguir
Leocadia las colores de unos damascos que el aposento adornaban: vió
que era dorada la cama, y tan ricamente compuesta, que mas parecia
lecho de príncipe, que de algun particular caballero: contó las sillas
y los escritorios: notó la parte donde la puerta estaba, y aunque vió
pendientes de las paredes algunas tablas, no pudo alcanzar á ver las
pinturas que contenian: la ventana era grande, guarnecida y guardada
de una gruesa reja; la vista caia á un jardin que tambien se cerraba
con paredes altas: dificultades que se opusieron á la intencion que
de arrojarse á la calle tenia: todo lo que vió y notó de la capacidad
y ricos adornos de aquella estancia, le dió á entender que el dueño
della debia de ser hombre principal y rico, y no como quiera, sino
aventajadamente: en un escritorio que estaba junto á la ventana, vió
un crucifijo pequeño todo de plata, el cual tomó, y se le puso en la
manga de la ropa, no por devocion ni por hurto, sino llevada de un
discreto designio suyo: hecho esto, cerró la ventana como ántes estaba,
y volvióse al lecho, esperando qué fin tendria el mal principio de su
suceso.
No habria pasado á su parecer media hora, cuando sintió abrir la puerta
del aposento, y que á ella se llegó una persona, y sin hablar palabra,
con un pañuelo le vendó los ojos, y tomándola del brazo la sacó fuera
de la estancia, y sintió que volvia á cerrar la puerta. Esta persona
era Rodolfo, el cual, aunque habia ido á buscar á sus camaradas, no
quiso hallarlos, pareciéndole que no le estaba bien hacerlos testigos
de lo que con aquella doncella habia pasado; ántes se resolvió en
decirles que arrepentido del mal hecho y movido de sus lágrimas, la
habia dejado en la mitad del camino. Con este acuerdo volvió tan presto
á poner á Leocadia junto á la iglesia mayor, como ella se lo habia
pedido, ántes que amaneciese y el dia le estorbase de echalla y le
forzase á tenerla en su aposento hasta la noche venidera, en el cual
espacio de tiempo, ni él queria volver á usar de sus fuerzas, ni dar
ocasion á ser conocido.
Llevóla pues hasta la plaza que llaman de Ayuntamiento, y allí en
voz trocada y en lengua medio portuguesa y castellana, le dijo que
seguramente podia irse á su casa, porque de nadie seria seguida; y
ántes que ella tuviese lugar de quitarse el pañuelo, ya él se habia
puesto en parte donde no pudiese ser visto.
Quedó sola Leocadia, quitóse la venda, reconoció el lugar donde la
dejaron, miró á todas partes, no vió á persona; pero sospechosa que
desde léjos la siguiesen, á cada paso se detenia, dándolos hácia su
casa, que no muy léjos de allí estaba: y por desmentir las espías,
si acaso le seguian, se entró en una casa que halló abierta, y de
allí á poco se fué á la suya, donde halló á sus padres atónitos y sin
desnudarse, y aun sin tener pensamiento de tomar descanso alguno.
Cuando la vieron corrieron á ella con los brazos abiertos, y con
lágrimas en los ojos la recebieron. Leocadia, llena de sobresalto y
alborozo, hizo á sus padres que se retirasen con ella aparte, como
lo hicieron, y allí en breves palabras les dió cuenta de todo su
desastrado suceso, con todas las circunstancias dél, y de la ninguna
noticia que traia del salteador y robador de su honra: díjoles lo
que habia visto en el teatro donde se representó la tragedia de su
desventura: la ventana, el jardin, la reja, los escritorios, la cama,
los damascos, y á lo último les mostró el crucifijo que habia traido,
ante cuya imágen se renovaron las lágrimas, se hicieron deprecaciones,
se pidieron venganzas y desearon milagrosos castigos: dijo ansimismo,
que aunque ella no deseaba venir en conocimiento de su ofensor, que si
á sus padres les parecia ser bien conocelle, que por medio de aquella
imágen podrian, haciendo que los sacristanes dijesen en los púlpitos
de todas las parroquias de la ciudad, que el que hubiese perdido tal
imágen la hallaria en poder del religioso que ellos señalasen; y que
ansí, sabiendo el dueño de la imágen, se sabria la casa y aun la
persona de su enemigo.
Á esto replicó el padre:
--Bien habias dicho, hija, si la malicia ordinaria no se opusiera á
tu discreto discurso, pues está claro que esta imágen hoy en este dia
se ha de echar ménos en el aposento que dices, y el dueño della ha de
tener por cierto que la persona que con él estuvo se la llevó, y de
llegar á su noticia que la tiene algun religioso, ántes ha de servir
de conocer quién se la dió al tal que la tiene, que no de declarar el
dueño que la perdió; porque puede hacer que venga por ella otra á quien
el dueño haya dado las señas; y siendo esto ansí, ántes quedaremos
confusos que informados, puesto que podamos usar del mismo artificio
que sospechamos, dándola al religioso por tercera persona: lo que
has de hacer, hija, es guardarla y encomendarte á ella, que pues ella
fué testigo de tu desgracia, permitirá que haya juez que vuelva por
tu justicia; y advierte, hija, que mas lastima una onza de deshonra
pública, que una arroba de infamia secreta; y pues puedes vivir honrada
con Dios en público, no te pene de estar deshonrada contigo en secreto:
la verdadera deshonra está en el pecado, y la verdadera honra en la
virtud: con el dicho, con el deseo y con la obra se ofende á Dios; y
pues tú ni en dicho, ni en pensamiento, ni en hecho le has ofendido,
tente por honrada, que yo por tal te tendré, sin que jamas te mire sino
como verdadero padre tuyo.
Con estas prudentes razones consoló su padre á Leocadia; y abrazándola
de nuevo su madre, procuró tambien consolarla: ella gimió y lloró
de nuevo, y se redujo á cubrir la cabeza, como dicen, y á vivir
recogidamente debajo del amparo de sus padres, con vestido tan honesto
como pobre.
Rodolfo en tanto vuelto á su casa, echando ménos la imágen del
crucifijo, imaginó quién podia haberla llevado; pero no se le dió nada,
y como rico no hizo cuenta dello, ni sus padres se la pidieron, cuando
de allí á tres dias que él partió á Italia, entregó por cuenta á una
camarera de su madre todo lo que en el aposento dejaba.
Muchos dias habia que tenia Rodolfo determinado de pasar á Italia, y
su padre, que habia estado en ella, se lo persuadia, diciéndole que
no eran caballeros los que solamente lo eran en su patria, que era
menester serlo tambien en las ajenas. Por estas y otras razones se
dispuso la voluntad de Rodolfo de cumplir la de su padre, el cual le
dió crédito de muchos dineros para Barcelona, Génova, Roma y Nápoles;
y él con dos de sus camaradas se partió luego, goloso de lo que habia
oido decir á algunos soldados de la abundancia de las hosterías de
Italia y Francia, y de la libertad que en los alojamientos tenian
los españoles. Sonábale bien aquel: -Eco li buoni polastri, picioni,
presuto et salcicie-, con otros nombres deste jaez, de quien los
soldados se acuerdan cuando de aquellas partes vienen á estas, y
pasan por la estrecheza é incomodidades de las ventas y mesones de
España. Finalmente, él se fué con tan poca memoria de lo que con
Leocadia le habia sucedido, como si nunca hubiera pasado.
Ella en este entre tanto pasaba la vida en casa de sus padres con el
recogimiento posible, sin dejar verse de persona alguna, temerosa que
su desgracia se la habian de leer en la frente. Pero á pocos meses vió
serle forzoso hacer por fuerza lo que hasta allí de grado hacia: vió
que le convenia vivir retirada y escondida, porque se sintió preñada;
suceso por el cual las en algun tanto olvidadas lágrimas volvieron á
sus ojos, y los suspiros y lamentos comenzaron de nuevo á herir los
vientos, sin ser parte la discrecion de su buena madre á consolalla.
Voló el tiempo, y llegóse el punto del parto, y con tanto secreto, que
aun no se osó fiar de la partera; usurpando este oficio la madre, dió á
la luz del mundo un niño de los hermosos que pudieran imaginarse. Con
el mismo recato y secreto que habia nacido le llevaron á una aldea,
donde se crió cuatro años, al cabo de los cuales, con nombre de sobrino
le trujo su abuelo á su casa, donde se criaba, si no muy rica, á lo
ménos muy virtuosamente.
Era el niño (á quien pusieron nombre Luis, por llamarse así su abuelo)
de rostro hermoso, de condicion mansa, de ingenio agudo, y en todas las
acciones que en aquella edad tierna podia hacer, daba señales de ser
de algun noble padre engendrado; y de tal manera su gracia, belleza y
discrecion enamoraron á sus abuelos, que vinieron á tener por dicha
la desdicha de su hija por haberles dado tal nieto. Cuando iba por
la calle llovian sobre él millares de bendiciones: unos bendecian su
hermosura, otros la madre que le habia parido, estos el padre que le
engendró, aquellos á quien tan bien criado le criaba. Con este aplauso
de los que le conocian y no conocian, llegó el niño á la edad de siete
años, en la cual ya sabia leer latin y romance, y escribir formada
y muy buena letra; porque la intencion de sus abuelos era hacerle
virtuoso y sabio, ya que no le podian hacer rico: como si la sabiduría
y la virtud no fuesen las riquezas sobre quien no tienen jurisdiccion
los ladrones ni la que llaman fortuna.
Sucedió pues que un dia que el niño fué con un recaudo de su abuela á
una parienta suya, acertó á pasar por una calle donde habia carrera de
caballeros: púsose á mirar, y por mejorarse de puesto pasó de una parte
á otra á tiempo que no pudo huir de ser atropellado de un caballo, á
cuyo dueño no fué posible detenerle en la furia de su carrera: pasó por
encima dél, y dejóle como muerto tendido en el suelo, derramando mucha
sangre de la cabeza. Apénas esto hubo sucedido, cuando un caballero
anciano que estaba mirando la carrera, con no vista lijereza se arrojó
de su caballo, y fué donde estaba el niño, y quitándole de los brazos
de uno que ya le tenia, le puso en los suyos, y sin tener cuenta con
sus canas ni con su autoridad, que era mucha, á paso largo se fué á
su casa, ordenando á sus criados que le dejasen y fuesen á buscar un
cirujano que al niño curase. Muchos caballeros le siguieron lastimados
de la desgracia de tan hermoso niño, porque luego salió la voz que el
atropellado era Luisico, el sobrino del tal caballero, nombrando á su
abuelo. Esta voz corrió de boca en boca hasta que llegó á los oidos de
sus abuelos y de su encubierta madre, los cuales, certificados bien
del caso, como desatinados y locos salieron á buscar á su querido; y
por ser tan conocido y tan principal el caballero que le habia llevado,
muchos de los que encontraron les dijeron su casa, á la cual llegaron á
tiempo que ya estaba el niño en poder del cirujano.
El caballero y su mujer, dueños de la casa, pidieron á los que pensaron
ser sus padres que no llorasen ni alzasen la voz á quejarse, porque
no le seria al niño de ningun provecho. El cirujano, que era famoso,
habiéndole curado con grandísimo tiento y maestría, dijo que no era
tan mortal la herida como él al principio habia temido. En la mitad
de la cura volvió Luis en su acuerdo, que hasta allí habia estado sin
él, y alegróse en ver á sus tios, los cuales le preguntaron llorando
que cómo se sentia. Respondió que bueno, sino que le dolia mucho el
cuerpo y la cabeza. Mandó el médico que no hablasen con él, sino que
le dejasen reposar: hízose ansí, y su abuelo comenzó á agradecer al
señor de la casa la gran caridad que con su sobrino habia usado. Á lo
cual respondió el caballero que no tenia que agradecelle; porque le
hacia saber que cuando vió al niño caido y atropellado, le pareció que
habia visto el rostro de un hijo suyo, á quien él queria tiernamente,
y que esto le movió á tomarle en sus brazos y traerle á su casa, donde
estaria todo el tiempo que la cura durase, con el regalo que fuese
posible y necesario. Su mujer, que era una noble señora, dijo lo mismo,
y hizo aun mas encarecidas promesas.
Admirados quedaron de tanta cristiandad los abuelos; pero la madre
quedó mas admirada, porque habiendo con las nuevas del cirujano
sosegádose algun tanto su alborotado espíritu, miró atentamente
el aposento donde su hijo estaba, y claramente por muchas señales
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