de temerse: añadiendo á estas razones decir que Isabela era católica,
y tan cristiana que ninguna de sus persuasiones, que habian sido
muchas, la habian podido torcer en nada de su católico intento. Á lo
cual respondió la reina que por eso la estimaba en mas, pues tan bien
sabia guardar la ley que sus padres la habian enseñado, y que en lo de
enviarla á España no tratase, porque su hermosa presencia y sus muchas
gracias y virtudes le daban mucho gusto, y que sin duda, si no aquel
dia, otro se la habia de dar por esposa á Ricaredo, como se lo tenia
prometido.
Con esta resolucion de la reina quedó la camarera tan desconsolada,
que no le replicó palabra, y pareciéndole lo que ya le habia parecido,
que si no era quitando á Isabela de por medio, no habia de haber medio
alguno que la rigurosa condicion de su hijo ablandase ni redujese
á tener paz con Ricaredo, determinó de hacer una de las mayores
crueldades que pudo caber jamas en pensamiento de mujer principal,
y tanto como ella lo era; y fué su determinacion matar con tósigo á
Isabela: y como por la mayor parte sea la condicion de las mujeres ser
prestas y determinadas, aquella misma tarde atosigó á Isabela en una
conserva que le dió, forzándola que la tomase por ser buena contra las
ansias de corazon que sentia.
Poco espacio pasó despues de haberla tomado, cuando á Isabela se le
comenzó á hinchar la lengua y la garganta, y á ponérsele denegridos los
labios, y á enronquecérsele la voz, turbársele los ojos y apretársele
el pecho: todas conocidas señales de haberle dado veneno. Acudieron
las damas á la reina, contándole lo que pasaba, y certificando que la
camarera habia hecho aquel mal recaudo. No fué menester mucho para que
la reina lo creyese, y así fué á ver á Isabela, que ya casi estaba
espirando.
Mandó llamar la reina con priesa á sus médicos, y en tanto que
tardaban, la hizo dar cantidad de polvos de unicornio, con otros
muchos antídotos que los grandes príncipes suelen tener prevenidos
para semejantes necesidades. Vinieron los médicos, y esforzaron los
remedios, y pidieron á la reina hiciese decir á la camarera qué género
de veneno le habia dado; porque no se dudaba que otra persona alguna
sino ella la hubiese envenenado. Ella lo descubrió, y con esta noticia
los médicos aplicaron tantos remedios y tan eficaces, que con ellos y
con el ayuda de Dios quedó Isabela con vida, ó á lo ménos con esperanza
de tenerla.
Mandó la reina prender á su camarera, y encerrarla en un aposento
estrecho de palacio, con intencion de castigarla como su delito
merecia, puesto que ella se disculpaba diciendo que en matar á Isabela
hacia sacrificio al cielo, quitando de la tierra á una católica, y con
ella la ocasion de las pendencias de su hijo.
Estas tristes nuevas oidas de Ricaredo, le pusieron en términos de
perder el juicio: tales eran las cosas que hacia y las lastimeras
razones con que se quejaba. Finalmente, Isabela no perdió la vida,
que el quedar con ella la naturaleza lo conmutó en dejarla sin cejas,
pestañas y sin cabello, el rostro hinchado, la tez perdida, los cueros
levantados y los ojos lagrimosos. Finalmente quedó tan fea, que como
hasta allí habia parecido un milagro de hermosura, entónces parecia
un monstruo de fealdad. Por mayor desgracia tenian los que la conocian
haber quedado de aquella manera, que si la hubiera muerto el veneno.
Con todo esto, Ricaredo se la pidió á la reina, y le suplicó se la
dejase llevar á su casa, porque el amor que la tenia pasaba del cuerpo
al alma, y que si Isabela habia perdido su belleza, no podia haber
perdido sus infinitas virtudes.
--Así es, dijo la reina, lleváosla, Ricaredo, y haced cuenta que
llevais una riquísima joya encerrada en una caja de madera tosca:
Dios sabe si quisiera dárosla como me la entregastes, pero pues no es
posible, perdonadme; quizá el castigo que diere á la cometedora de tal
delito satisfará en algo el deseo de la venganza.
Muchas cosas dijo Ricaredo á la reina disculpando á la camarera, y
suplicándola la perdonase, pues las disculpas que daba eran bastantes
para perdonar mayores insultos. Finalmente, le entregaron á Isabela y á
sus padres, y Ricaredo los llevó á su casa, digo, á la de sus padres:
á las ricas perlas y al diamante añadió otras joyas la reina y otros
vestidos tales, que descubrieron el mucho amor que á Isabela tenia,
la cual duró dos meses en su fealdad, sin dar indicio alguno de poder
reducirse á su primera hermosura; pero al cabo deste tiempo comenzó á
caérsele el cuero, y á descubrírsele su hermosa tez.
En este tiempo los padres de Ricaredo, pareciéndoles no ser posible
que Isabela en sí volviese, determinaron enviar por la doncella de
Escocia, con quien primero que con Isabela tenian concertado de casar
á Ricaredo, y esto sin que él lo supiese, no dudando que la hermosura
presente de la nueva esposa hiciese olvidar á su hijo la ya pasada de
Isabela: á la cual pensaban enviar á España con sus padres, dándoles
tanto haber y riquezas que recompensasen sus pasadas pérdidas. No pasó
mes y medio, cuando sin sabiduría de Ricaredo la nueva esposa se le
entró por las puertas, acompañada como quien ella era, y tan hermosa
que despues de la Isabela, que solia ser, no habia otra tan bella en
todo Lóndres.
Sobresaltóse Ricaredo con la improvisa vista de la doncella, y temió
que el sobresalto de su venida habia de acabar la vida á Isabela; y así
para templar este temor se fué al lecho donde Isabela estaba, y hallóla
en compañía de sus padres, delante de los cuales dijo:
--Isabela de mi alma, mis padres con el grande amor que me tienen, aun
no bien enterados del mucho que yo te tengo, han traido á casa una
doncella escocesa, con quien ellos tenian concertado de casarme ántes
que yo conociese lo que vales; y esto á lo que creo con intencion que
la mucha belleza desta doncella borre de mi alma la tuya, que en ella
estampada tengo: yo, Isabela, desde el punto que te quise, fué con
otro amor de aquel que tiene su fin y paradero en el cumplimiento del
sensual apetito; que puesto que tu corporal hermosura me cautivó los
sentidos, tus infinitas virtudes me aprisionaron el alma, de manera que
si hermosa te quise, fea te adoro, y para confirmar esta verdad, dame
esa mano.
Y dándole ella la derecha y asiéndola él con la suya, prosiguió
diciendo:
--Por la fe católica que mis cristianos padres me enseñaron, la cual
si no está en la entereza que se requiere, por aquella juro que guarda
el Pontífice romano, que es la que yo en mi corazon confieso, creo y
tengo; y por el verdadero Dios que nos está oyendo, te prometo (¡oh
Isabela, mitad de mi alma!) de ser tu esposo, y lo soy desde luego, si
tú quieres levantarme á la alteza de ser tuyo.
Quedó suspensa Isabela con las razones de Ricaredo, y sus padres
atónitos y pasmados. Ella no supo qué decir ni hacer otra cosa que
besar muchas veces la mano de Ricaredo, y decirle con voz mezclada con
lágrimas, que ella le aceptaba por suyo y se entregaba por su esclava.
Besóla Ricaredo en el rostro feo, no habiendo tenido jamas atrevimiento
de llegarse á él cuando hermoso.
Los padres de Isabela solemnizaron con tiernas y muchas lágrimas
las fiestas del desposorio: Ricaredo les dijo que él dilataria el
casamiento de la escocesa que ya estaba en casa, del modo que despues
verian, y cuando su padre los quisiese enviar á España á todos tres, no
lo rehusasen, sino que se fuesen y le aguardasen en Cádiz ó en Sevilla
dos años, dentro de los cuales les daba su palabra de ser con ellos,
si el cielo tanto tiempo le concedia de vida, y que si deste término
pasase, tuviesen por cosa certísima que algun grande impedimento, ó la
muerte, que era lo mas cierto, se habia opuesto á su camino.
Isabela le respondió que no solos dos años le aguardaria, sino todos
aquellos de su vida hasta estar enterada que él no la tenia; porque
en el punto que esto supiese, seria el mismo de su muerte. Con estas
tiernas palabras se renovaron las lágrimas en todos, y Ricaredo salió
á decir á sus padres como en ninguna manera se casaria, ni daria la
mano á su esposa la escocesa, sin haber primero ido á Roma á asegurar
su conciencia. Tales razones supo decir á ellos, y á los parientes que
habian venido con Clisterna, que así se llamaba la escocesa, que como
todos eran católicos fácilmente las creyeron; y Clisterna se contentó
de quedar en casa de su suegro hasta que Ricaredo volviese, el cual
pidió de término un año.
Esto ansí puesto y concertado, Clotaldo dijo á Ricaredo como
determinaba enviar á España á Isabela y á sus padres, si la reina les
daba licencia: quizá los aires de la patria apresurarian y facilitarian
la salud que ya comenzaba á tener. Ricaredo, por no dar indicio de sus
designios, respondió tibiamente á su padre que hiciese lo que mejor le
pareciese; solo le suplicó que no quitase á Isabela ninguna cosa de las
riquezas que la reina le habia dado. Prometióselo Clotaldo, y aquel
mismo dia fué á pedir licencia á la reina, así para casar á su hijo con
Clisterna, como para enviar á Isabela y á sus padres á España. De todo
se contentó la reina, y tuvo por acertada la determinacion de Clotaldo:
y aquel mismo dia sin acuerdo de letrados y sin poner á su camarera en
tela de juicio, la condenó en que no sirviese mas su oficio, y en diez
mil escudos de oro para Isabela; y al conde Arnesto por el desafío le
desterró por seis años de Ingalaterra.
No pasaron cuatro dias, cuando ya Arnesto se puso á punto de salir á
cumplir su destierro, y los dineros estuvieron juntos. La reina llamó á
un mercader rico que habitaba en Lóndres, y era frances, el cual tenia
correspondencia en Francia, Italia y España, al cual entregó los diez
mil escudos y le pidió cédula para que se los entregasen al padre de
Isabela en Sevilla ó en otra plaza de España. El mercader, descontados
sus intereses y ganancias, dijo á la reina que las daria ciertas y
seguras para Sevilla sobre otro mercader frances, su correspondiente,
en esta forma: que él escribiria á Paris, para que allí se hiciesen las
cédulas por otro correspondiente suyo, á causa que rezasen las fechas
de Francia, y no de Ingalaterra, por el contrabando de la comunicacion
de los dos reinos, y que bastaba llevar una letra de aviso suya sin
fecha con sus contraseñas, para que luego diese el dinero el mercader
de Sevilla, que ya estaria avisado del de Paris. En resolucion la
reina tomó tales seguridades del mercader, que no dudó de ser cierta
la paga; y no contenta con esto, mandó llamar á un patron de una nave
flamenca, que estaba para partirse otro dia á Francia á solo tomar en
algun puerto della testimonio para poder entrar en España á título de
partir de Francia, y no de Ingalaterra, al cual pidió encarecidamente
llevase en su nave á Isabela y á sus padres, y con toda seguridad y
buen tratamiento los pusiese en un puerto de España, el primero á do
llegase. El patron, que deseaba contentar á la reina, dijo que sí
haria, y que los pondria en Lisboa, Cádiz ó Sevilla. Tomados pues los
recaudos del mercader, envió la reina á decir á Clotaldo no quitase á
Isabela todo lo que ella le habia dado, así de joyas como de vestidos.
Otro dia vinieron Isabela y sus padres á despedirse de la reina, que
los recebió con mucho amor. Dióles la reina la carta del mercader, y
otras muchas dádivas, así de dineros como de otras cosas de regalo para
el viaje. Con tales razones se lo agradeció Isabela, que de nuevo dejó
obligada á la reina para hacerle siempre mercedes: despidióse de las
damas, las cuales como ya estaba fea, no quisieran que se partiese,
viéndose libres de la envidia que á su hermosura tenian, y contentas
de gozar de sus gracias y discreciones. Abrazó la reina á los tres, y
encomendándolos á la buena ventura y al patron de la nave, y pidiendo
á Isabela la avisase de su buena llegada á España, y siempre de su
salud por la via del mercader frances, se despidió de Isabela y de sus
padres, los cuales aquella misma tarde se embarcaron, no sin lágrimas
de Clotaldo y de su mujer, y de todos los de su casa, de quien era
en todo estremo bien querida. No se halló á esta despedida presente
Ricaredo, que por no dar muestras de tiernos sentimientos aquel dia
hizo que unos amigos suyos le llevasen á caza. Los regalos que la
señora Catalina dió á Isabela para el viaje fueron muchos, los abrazos
infinitos, las lágrimas en abundancia, las encomiendas de que la
escribiese sin número, y los agradecimientos de Isabela y de sus padres
correspondieron á todo; de suerte que aunque llorando, los dejaron
satisfechos.
Aquella noche se hizo el bajel á la vela, y habiendo con próspero
viento tocado en Francia, y tomado en ella los recaudos necesarios para
poder entrar en España, de allí á treinta dias entró por la barra de
Cádiz, donde desembarcaron Isabela y sus padres, y siendo conocidos de
todos los de la ciudad, los recebieron con muestras de mucho contento.
Recebieron mil parabienes del hallazgo de Isabela, y de la libertad que
habian alcanzado ansí de los moros que los habian cautivado (habiendo
sabido todo su suceso de los cautivos á que dió libertad la liberalidad
de Ricaredo), como de la que habian alcanzado de los ingleses.
Ya Isabela en este tiempo comenzaba á dar grandes esperanzas de volver
á cobrar su primera hermosura. Poco mas de un mes estuvieron en Cádiz,
restaurando los trabajos de la navegacion, y luego se fueron á Sevilla
por ver si salia cierta la paga de los diez mil escudos, que librados
sobre el mercader frances traian. Dos dias despues de llegar á Sevilla
le buscaron, y le hallaron, y le dieron la carta del mercader frances
de la ciudad de Lóndres: él la reconoció, y dijo que hasta que de Paris
le viniesen las letras y carta de aviso, no podia dar el dinero; pero
que por momentos aguardaba el aviso. Los padres de Isabela alquilaron
una casa principal frontero de Santa Paula, por ocasion que estaba
monja en aquel santo monasterio una sobrina suya, única y estremada
en la voz; y así por tenerla cerca, como por haber dicho Isabela á
Ricaredo que si viniese á buscarla la hallaria en Sevilla, y le diria
su casa su prima la monja de Santa Paula, y que para conocella no habia
menester mas de preguntar por la monja que tenia la mejor voz en el
monasterio, porque estas señas no se le podian olvidar.
Otros cuarenta dias tardaron de venir los avisos de Paris; y á dos
que llegaron el mercader frances entregó los diez mil escudos á
Isabela, y ella á sus padres, y con ellos, y con algunos mas que
hicieron vendiendo algunas de las muchas joyas de Isabela, volvió su
padre á ejercitar su oficio de mercader, no sin admiracion de los que
sabian sus grandes pérdidas. En fin, en pocos meses fué restaurando
su perdido crédito, y la belleza de Isabela volvió á su ser primero,
de tal manera que en hablando de hermosas, todos daban el lauro á la
Española inglesa, que tanto por este nombre, como por su hermosura,
era de toda la ciudad conocida. Por la órden del mercader frances de
Sevilla escribieron Isabela y sus padres á la reina de Ingalaterra su
llegada, con los agradecimientos y sumisiones que requerian las muchas
mercedes della recebidas: asimismo escribieron á Clotaldo y á su señora
Catalina, llamándolos Isabela padres, y sus padres señores. De la reina
no tuvieron respuesta; pero de Clotaldo y de su mujer sí, donde les
daban el parabien de la llegada á salvo, y los avisaban como su hijo
Ricaredo otro dia despues que ellos se hicieron á la vela se habia
partido á Francia, y de allí á otras partes, donde le convenia ir para
seguridad de su conciencia, añadiendo á estas otras razones y cosas de
mucho amor y de muchos ofrecimientos. Á la cual carta respondieron con
otra no ménos cortés y amorosa que agradecida.
Luego imaginó Isabela que el haber dejado Ricaredo á Ingalaterra, seria
para venirla á buscar á España; y alentada con esta esperanza vivia la
mas contenta del mundo, y procuraba vivir de manera que cuando Ricaredo
llegase á Sevilla, ántes le diese en los oidos la fama de sus virtudes,
que el conocimiento de su casa. Pocas ó ninguna vez salia de su casa
sino para el monasterio: no ganaba otros jubileos que aquellos que en
el monasterio se ganaban. Desde su casa y desde su oratorio andaba con
el pensamiento los viérnes de cuaresma la santísima estacion de la
cruz, y los siete venideros del Espíritu Santo: jamas visitó el rio,
ni pasó á Triana, ni vió el comun regocijo en el campo de Tablada y
puerta de Jerez el dia, si le hace claro, de San Sebastian, celebrado
de tanta gente que apénas se puede reducir á número: finalmente, no
vió regocijo público, ni otra fiesta en Sevilla: todo lo libraba en su
recogimiento, y en sus oraciones y buenos deseos, esperando á Ricaredo.
Este su grande retraimiento tenia abrasados y encendidos los deseos,
no solo de los pisaverdes del barrio, sino de todos aquellos que una
vez la hubiesen visto: de aquí nacieron músicas de noche en su calle,
y carreras de dia. Deste no dejar verse y desearlo muchos, crecieron
las alhajas de las terceras, que prometieron mostrarse primas y únicas
en solicitar á Isabela, y no faltó quien se quiso aprovechar de lo que
llaman hechizos, que no son sino embustes y disparates; pero á todo
esto estaba Isabela como roca en mitad de la mar, que la tocan, pero no
la mueven las olas ni los vientos.
Año y medio era ya pasado, cuando la esperanza propincua de los dos
años por Ricaredo prometidos, comenzó con mas ahinco que hasta allí á
fatigar el corazon de Isabela; y cuando ya le parecia que su esposo
llegaba, y que le tenia ante los ojos, y le preguntaba qué impedimentos
le habian detenido tanto; cuando ya llegaban á sus oidos las disculpas
de su esposo, y cuando ya ella le perdonaba y le abrazaba, y como á
mitad de su alma le recebia, llegó á sus manos una carta de la señora
Catalina, fecha en Lóndres cincuenta dias habia: venia en lengua
inglesa; pero leyéndola en español, vió que así decia:
«Hija de mi alma: Bien conociste á Guillarte el paje de Ricaredo:
este se fué con él al viaje, que por otra te avisé que Ricaredo á
Francia y á otras partes habia hecho el segundo dia de tu partida;
pues este mismo Guillarte, á cabo de diez y seis meses que no
habíamos sabido de mi hijo, entró ayer por nuestra puerta con
nuevas que el conde Arnesto habia muerto á traicion en Francia á
Ricaredo. Considera, hija, cuál quedaríamos su padre y yo, y su
esposa con tales nuevas: tales digo, que aun no nos dejaron poner
en duda nuestra desventura. Lo que Clotaldo y yo te rogamos otra
vez, hija de mi alma, es que encomiendes muy de veras á Dios la
de Ricaredo, que bien merece este beneficio el que tanto te quiso
como tú sabes: tambien pedirás á nuestro Señor nos dé á nosotros
paciencia y buena muerte, á quien nosotros tambien pediremos y
suplicaremos te dé á tí y á tus padres largos años de vida.»
Por la letra y por la firma no le quedó que dudar á Isabela para no
creer la muerte de su esposo: conocia muy bien al paje Guillarte, y
sabia que era verdadero, y que de suyo no habria querido ni tenia
para qué fingir aquella muerte, ni ménos su madre la señora Catalina
la habria fingido, por no importarle nada enviarle nuevas de tanta
tristeza: finalmente, ningun discurso que hizo, ninguna cosa que
imaginó le pudo quitar del pensamiento no ser verdadera la nueva de su
desventura.
Acabada de leer la carta, sin derramar lágrimas, ni dar señales de
doloroso sentimiento, con sesgo rostro y al parecer con sosegado
pecho se levantó de un estrado donde estaba sentada, y se entró en
un oratorio, y hincándose de rodillas ante la imágen de un devoto
crucifijo, hizo voto de ser monja, pues lo podia ser teniéndose por
viuda. Sus padres disimularon y encubrieron con discrecion la pena
que les habia dado la triste nueva, por poder consolar á Isabela
en la amarga que sentia; la cual, casi como satisfecha de su dolor,
templándole con la santa y cristiana resolucion que habia tomado, ella
consolaba á sus padres, á los cuales descubrió su intento, y ellos
le aconsejaron que no le pusiese en ejecucion hasta que pasasen los
dos años que Ricaredo habia puesto por término á su venida, que con
esto se confirmaria la verdad de la muerte de Ricaredo, y ella con
mas seguridad podia mudar de estado. Ansí lo hizo Isabela, y los seis
meses y medio que quedaban para cumplirse los dos años, los pasó en
ejercicios de religiosa, y en concertar la entrada del monasterio,
habiendo elegido el de Santa Paula, donde estaba su prima.
Pasóse el término de los dos años, y llegóse el dia de tomar el hábito,
cuya nueva se estendió por la ciudad, y de los que conocian de vista á
Isabela, y de aquellos que por sola su fama, se llenó el monasterio y
la poca distancia que dél á la casa de Isabela habia; y convidando su
padre á sus amigos, y aquellos á otros, hicieron á Isabela uno de los
mas honrados acompañamientos que en semejantes actos se habian visto
en Sevilla. Hallóse en él el asistente, y el provisor de la Iglesia, y
vicario del arzobispo, con todas las señoras y señores de título que
habia en la ciudad: tal era el deseo que en todos habia de ver el sol
de la hermosura de Isabela, que tantos meses se les habia eclipsado:
y como es costumbre de las doncellas que van á tomar el hábito ir lo
posible galanas y bien compuestas, como quien en aquel punto echa el
resto de la bizarría y se descarta della, quiso Isabela ponerse lo mas
bizarra que fué posible; y así se vistió con aquel vestido mismo que
llevó cuando fué á ver á la reina de Ingalaterra, que ya se ha dicho
cuán rico y cuán vistoso era: salieron á luz las perlas y el famoso
diamante, con el collar y cintura, que asimismo era de mucho valor.
Con este adorno y con su gallardía, dando ocasion para que todos
alabasen á Dios en ella, salió Isabela de su casa á pié, que el estar
tan cerca el monasterio escusó los coches y carrozas: el concurso de
la gente fué tanto, que les pesó de no haber entrado en los coches,
porque no les daban lugar de llegar al monasterio: unos bendecian á sus
padres, otros al cielo que de tanta hermosura la habia dotado: unos se
empinaban por verla; otros, habiéndola visto una vez, corrian adelante
por verla otra: y el que mas solícito se mostró en esto, y tanto que
muchos echaron de ver en ello, fué un hombre vestido en hábito de los
que vienen rescatados de cautivos, con una insignia de la Trinidad
en el pecho en señal que han sido rescatados por la limosna de sus
redentores. Este cautivo pues, al tiempo que ya Isabela tenia un pié
dentro de la portería del convento, donde habian salido á recebirla,
como es uso, la priora y las monjas con la cruz, á grandes voces dijo:
--Detente, Isabela, detente, que miéntras yo fuere vivo no puedes tu
ser religiosa.
Á estas voces Isabela y sus padres volvieron los ojos, y vieron que
hendiendo por toda la gente hácia ellos venia aquel cautivo, que
habiéndosele caido un bonete azul redondo que en la cabeza traia,
descubrió una confusa madeja de cabellos de oro ensortijados, y un
rostro como el carmin y como la nieve, colorado y blanco, señales que
luego le hicieron conocer y juzgar por estranjero de todos. En efecto,
cayendo y levantando llegó donde Isabela estaba, y asiéndola de la
mano, le dijo:
--¿Conócesme, Isabela? mira que yo soy Ricaredo, tu esposo.
--Sí conozco, dijo Isabela, si ya no eres fantasma que viene á turbar
mi reposo.
Sus padres le asieron y atentamente le miraron, y en resolucion
conocieron ser Ricaredo el cautivo: el cual con lágrimas en los ojos,
hincando las rodillas delante de Isabela, le suplicó que no impidiese
la estrañeza del traje en que estaba su buen conocimiento, ni estorbase
su baja fortuna, que ella no correspondiese á la palabra que entre los
dos se habian dado. Isabela, á pesar de la impresion que en su memoria
habia hecho la carta de la madre de Ricaredo, dándole nuevas de su
muerte, quiso dar mas crédito á sus ojos y á la verdad que presente
tenia; y así abrazándose con el cautivo, le dijo:
--Vos sin duda, señor mio, sois aquel que solo podrá impedir mi
cristiana determinacion: vos, señor, sois sin duda la mitad de mi
alma, pues sois mi verdadero esposo: estampado os tengo en mi memoria,
y guardado en mi alma: las nuevas que de vuestra muerte me escribió
mi señora y vuestra madre, ya que no me quitaron la vida, me hicieron
escoger la de la religion, que en este punto queria entrar á vivir en
ella; mas pues Dios con tan justo impedimento muestra querer otra cosa,
ni podemos ni conviene que por mi parte se impida: venid, señor, á la
casa de mis padres, que es vuestra, y allí os entregaré mi posesion por
los términos que pido nuestra santa fe católica.
Todas estas razones oyeron los circunstantes, y el asistente, y
vicario, y provisor del arzobispo, y de oirlas se admiraron y
suspendieron, y quisieron que luego se les dijese qué historia era
aquella, qué estranjero aquel, y de qué casamiento trataban. Á todo
lo cual respondió el padre de Isabela, diciendo que aquella historia
pedia otro lugar y algun término para decirse; y así suplicaba á todos
aquellos que quisiesen saberla, diesen la vuelta á su casa, pues estaba
tan cerca, que allí se la contarian de modo que con la verdad quedasen
satisfechos, y con la grandeza y estrañeza de aquel suceso admirados.
En esto, uno de los presentes alzó la voz, diciendo:
--Señores, este mancebo es un gran cosario inglés, que yo le conozco, y
es aquel que habrá poco mas de dos años tomó á los cosarios de Argel
la nave de Portugal que venia de las Indias: no hay duda sino que es
él, que yo le conozco; porque él me dió libertad y dineros para venir á
España, y no solo á mí, sino á otros trescientos cautivos.
Con estas razones se alborotó la gente, y se avivó el deseo que todos
tenian de saber y ver la claridad de tan intricadas cosas. Finalmente,
la gente mas principal con el asistente y aquellos dos señores
eclesiásticos volvieron á acompañar á Isabela á su casa, dejando á las
monjas tristes, confusas y llorando por lo que perdian en no tener
en su compañía á la hermosa Isabela, la cual estando en su casa, en
una gran sala della hizo que aquellos señores se sentasen; y aunque
Ricaredo quiso tomar la mano en contar su historia, todavía le pareció
que era mejor fiarlo de la lengua y discrecion de Isabela, y no de la
suya, que no muy espertamente hablaba la lengua castellana.
Callaron todos los presentes, y teniendo las almas pendientes de las
razones de Isabela, ella así comenzó su cuento: el cual le reduzco yo á
que dijo todo aquello que, desde el dia que Clotaldo la robó de Cádiz
hasta que entró y volvió á él, le habia sucedido, contando asimismo
la batalla que Ricaredo habia tenido con los turcos: la liberalidad
que habia usado con los cristianos: la palabra que entrambos á dos se
habian dado de ser marido y mujer: la promesa de los dos años: las
nuevas que habia tenido de su muerte, tan ciertas á su parecer, que la
pusieron en el término que habian visto de ser religiosa: engrandeció
la liberalidad de la reina: la cristiandad de Ricaredo y de sus padres;
y acabó con decir que dijese Ricaredo lo que le habia sucedido despues
que salió de Lóndres hasta el punto presente, donde le veian con hábito
de cautivo, y con una señal de haber sido rescatado por limosna.
--Así es, dijo Ricaredo, y en breves razones sumaré los inmensos
trabajos mios.
Despues que me partí de Lóndres por escusar el casamiento que no
podia hacer con Clisterna, aquella doncella escocesa católica con
quien ha dicho Isabela que mis padres me querian casar, llevando en
mi compañía á Guillarte, aquel paje que mi madre escribe que llevó á
Lóndres las nuevas de mi muerte, atravesando por Francia llegué á Roma,
donde se alegró mi alma y se fortaleció mi fe: besé los piés al Sumo
Pontífice, confesé mis pecados con el mayor penitenciero, absolvióme
dellos, y dióme los recaudos necesarios que diesen fe de mi confesion
y penitencia, y de la reduccion que habia hecho á nuestra universal
madre la Iglesia. Hecho esto, visité los lugares tan santos como
innumerables que hay en aquella ciudad santa, y de dos mil escudos que
tenia en oro, di los mil y seiscientos á un cambio, que me los libró
en esta ciudad sobre un tal Roqui, florentin: con los cuatrocientos
que me quedaron, con intencion de venir á España me partí para Génova,
donde habia tenido nuevas que estaban dos galeras de aquella señoría,
de partida para España. Llegué con Guillarte mi criado á un lugar que
se llama Aquapendente, que viniendo de Roma á Florencia es el último
que tiene el Papa, y en una hostería ó posada donde me apeé, hallé al
conde Arnesto, mi mortal enemigo, que con cuatro criados disfrazados, y
encubierto, mas por ser curioso que por ser católico, entendí que iba á
Roma; creí sin duda que no me habia conocido; encerréme en un aposento
con mi criado, y estuve con cuidado y con determinacion de mudarme á
otra posada en cerrando la noche: no lo hice ansí, porque el descuido
grande que noté que tenian el conde y sus criados, me aseguró que no
me habian conocido; cené en mi aposento, cerré la puerta, apercebí mi
espada, encomendéme á Dios y no quise acostarme; durmióse mi criado,
y yo sobre una silla me quedé medio dormido; mas poco despues de la
media noche me despertaron para hacerme dormir el eterno sueño cuatro
pistoletes que, como despues supe, dispararon contra mí el conde y sus
criados, y dejándome por muerto, teniendo ya á punto los caballos se
fueron, diciendo al huésped de la posada que me enterrase, porque era
hombre principal.
Mi criado, segun dijo despues el huésped, despertó al ruido, y con
el miedo se arrojó por una ventana que caia á un patio, y diciendo:
¡desventurado de mí, que han muerto á mi señor! se salió del meson; y
debió de ser con tal miedo, que no debió de parar hasta Lóndres, pues
él fué el que llevó las nuevas de mi muerte.
Subieron los de la hostería, y halláronme atravesado con cuatro balas,
y con muchos perdigones; pero todos por partes, que de ninguna fué
mortal la herida. Pedí confesion, y todos los sacramentos como católico
cristiano; diéronmelos, curáronme, y no estuve para ponerme en camino
en dos meses, al cabo de los cuales vine á Génova, donde no hallé otro
pasaje, sino en dos falucas que fletamos yo y otros dos principales
españoles, la una para que fuese delante descubriendo, y la otra donde
nosotros fuésemos.
Con esta seguridad nos embarcamos, navegando tierra á tierra con
intencion de no engolfarnos; pero llegando á un paraje que llaman las
Tres Marías, que es en la costa de Francia, yendo nuestra primera
faluca descubriendo, á deshora salieron de una cala dos galeotas
turquescas, y tomándonos la una la mar y la otra la tierra, cuando
íbamos á embestir en ella nos cortaron el camino, y nos cautivaron:
en entrando en la galeota nos desnudaron hasta dejarnos en carnes:
despojaron las falucas de cuanto llevaban, y dejáronlas embestir en
tierra sin echarlas á fondo, diciendo que aquellas les servirian
otra vez de traer otra galima, que con este nombre llaman ellos á los
despojos que de los cristianos toman: bien se me podrá creer, si digo
que sentí en el alma mi cautiverio, y sobre todo la pérdida de los
recaudos de Roma, donde en una caja de lata los traia, con la cédula de
los mil y seiscientos ducados; mas la buena suerte quiso que viniese á
manos de un cristiano cautivo español, que los guardó; que si viniera
á poder de los turcos, por lo ménos habia de dar por mi rescate lo que
rezaba la cédula, que ellos averiguarian cuya era.
Trujéronnos á Argel, donde hallé que estaban rescatando los padres
de la Santísima Trinidad: hablélos, díjeles quién era, y movidos de
caridad, aunque yo era estranjero, me rescataron en esta forma: que
dieron por mí trescientos ducados, los ciento luego, y los doscientos
cuando volviese el bajel de la limosna á rescatar al padre de la
redencion, que se quedaba en Argel empeñado en cuatro mil ducados, que
habia gastado mas de los que traia; porque á toda esta misericordia
y liberalidad se estiende la caridad destos padres, que dan su
libertad por la ajena, y se quedan cautivos por rescatar los cautivos.
Por añadidura del bien de mi libertad hallé la caja perdida, con
los recaudos y la cédula: mostrésela al bendito padre que me habia
rescatado, y ofrecíle quinientos ducados mas de los de mi rescate
para ayuda de su empeño. Casi un año se tardó en volver la nave de
la limosna; y lo que en este año me pasó, á poderlo contar ahora,
fuera otra nueva historia: solo diré que fuí conocido de uno de los
veinte turcos, que di libertad con los demas cristianos ya referidos,
y fué tan agradecido y tan hombre de bien, que no quiso descubrirme;
porque á conocerme los turcos por aquel que habia echado á fondo sus
dos bajeles, y quitádoles de las manos la gran nave de India, ó me
presentaran al Gran Turco, ó me quitaran la vida; y de presentarme
al Gran Señor redundara no tener libertad en mi vida. Finalmente, el
padre redentor vino á España conmigo, y con otros cincuenta cristianos
rescatados. En Valencia hicimos la procesion general, y desde allí cada
uno se partió donde mas le plugo, con las insignias de su libertad,
que son estos hábitos: hoy llegué á esta ciudad con tanto deseo de ver
á Isabela mi esposa, que sin detenerme á otra cosa, pregunté por este
monasterio, donde me habian de dar nuevas de mi esposa: lo que en él me
ha sucedido ya se ha visto: lo que queda por ver son estos recaudos,
para que se pueda tener por verdadera mi historia, que tiene tanto de
milagrosa como de verdadera.
Y luego en diciendo esto, sacó de una caja de lata los recaudos que
decia, y se los puso en las manos del provisor, que los vió junto con
el señor asistente, y no halló en ellos cosa que le hiciese dudar
de la verdad que Ricaredo habia contado. Y para mas confirmacion
della, ordenó el cielo que se hallase presente á todo esto el mercader
florentin, sobre quien venia la cédula de los mil y seiscientos
ducados, el cual pidió que le mostrasen la cédula, y mostrándosela la
reconoció, y la aceptó para luego, porque él muchos meses habia que
tenia aviso desta partida: todo esto fué añadir admiracion á admiracion
y espanto á espanto. Ricaredo dijo que de nuevo ofrecia los quinientos
ducados que habia prometido. Abrazó el asistente á Ricaredo y á los
padres de Isabela, y á ella, ofreciéndoseles á todos con corteses
razones. Lo mismo hicieron los dos señores eclesiásticos, y rogaron
á Isabela que pusiese toda aquella historia por escrito, para que la
leyese su señor al arzobispo, y ella lo prometió.
El grande silencio que todos los circunstantes habian tenido,
escuchando el estraño caso, se rompió en dar alabanzas á Dios por sus
grandes maravillas, y dando desde el mayor hasta el mas pequeño el
parabien á Isabela, á Ricaredo y á sus padres, los dejaron: y ellos
suplicaron al asistente honrase sus bodas, que de allí á ocho dias
pensaban hacerlas. Holgó de hacerlo así el asistente, y de allí á ocho
dias, acompañado de los mas principales de la ciudad, se halló en ellas.
Por estos rodeos y por estas circunstancias, los padres de Isabela
cobraron su hija y restauraron su hacienda, y ella favorecida del cielo
y ayudada de sus muchas virtudes, á despecho de tantos inconvenientes
halló marido tan principal como Ricaredo, en cuya compañía se piensa
que aun hoy vive en las casas que alquilaron frontero de Santa Paula,
que despues las compraron de los herederos de un hidalgo burgales, que
se llamaba Hernando de Cifuentes.
Esta novela nos podria enseñar cuánto puede la virtud y cuánto la
hermosura, pues son bastante juntas y cada una de por sí á enamorar aun
hasta los mismos enemigos, y de cómo sabe el cielo sacar de las mayores
adversidades nuestras, nuestros mayores provechos.
EL LICENCIADO VIDRIERA.
Paseándose dos caballeros estudiantes por las riberas del Tórmes,
hallaron en ellas debajo de un árbol durmiendo á un muchacho de hasta
edad de once años, vestido como labrador: mandaron á un criado que
le despertase: despertó, y preguntáronle de adónde era y qué hacia
durmiendo en aquella soledad; á lo cual el muchacho respondió, que
el nombre de su tierra se le habia olvidado, y que iba á la ciudad
de Salamanca á buscar un amo á quien servir, por solo que le diese
estudio. Preguntáronle si sabia leer; respondió que sí, y escribir
tambien.
--Desa manera, dijo uno de los caballeros, no es por falta de memoria
habérsete olvidado el nombre de tu patria.
--Sea por lo que fuere, respondió el muchacho, que ni el della, ni el
de mis padres sabrá ninguno hasta que yo pueda honrarlos á ellos y á
ella.
--Pues ¿de qué suerte los piensas honrar? preguntó el caballero.
--Con mis estudios, respondió el muchacho, siendo famoso por ellos;
porque yo he oido decir que de los hombres se hacen los obispos.
Esta respuesta movió á los dos caballeros á que le recebiesen y
llevasen consigo, como lo hicieron; dándole estudio de la manera que
se usa dar en aquella universidad á los criados que sirven. Dijo el
muchacho que se llamaba Tomas Rodaja, de donde infirieron sus amos por
el nombre y por el vestido, que debia de ser hijo de algun labrador
pobre. Á pocos dias le vistieron de negro, y á pocas semanas dió
Tomas muestras de tener raro ingenio, sirviendo á sus amos con tanta
fidelidad, puntualidad y diligencia, que con no faltar un punto á sus
estudios, parecia que solo se ocupaba en servirlos; y como el buen
servir del siervo mueve la voluntad del señor á tratarle bien, ya Tomas
no era criado de sus amos, sino su compañero. Finalmente, en ocho años
que estuvo con ellos se hizo tan famoso en la universidad por su buen
ingenio y notable habilidad, que de todo género de gentes era estimado
y querido.
Su principal estudio fué de leyes; pero en lo que mas se mostraba era
en letras humanas: y tenia tan felice memoria, que era cosa de espanto,
é ilustrábala tanto con su buen entendimiento, que no era ménos famoso
por él que por ella.
Sucedió que se llegó el tiempo que sus amos acabaron sus estudios, y se
fueron á su lugar, que era una de las mejores ciudades de Andalucía:
lleváronse consigo á Tomas, y estuvo con ellos algunos dias; pero
como le fatigasen los deseos de volver á sus estudios y á Salamanca
(que enhechiza la voluntad de volver á ella á todos los que de la
apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió á sus amos licencia
para volverse. Ellos corteses y liberales se la dieron, acomodándole de
suerte que con lo que le dieron se pudiera sustentar tres años.
Despidióse dellos, mostrando en sus palabras su agradecimiento, y salió
de Málaga (que esta era la patria de sus señores), y al bajar de la
cuesta de la Zambra, camino de Antequera, se topó con un gentil hombre,
á caballo, vestido bizarramente de camino, con dos criados tambien á
caballo. Juntóse con él, y supo como llevaba su mismo viaje: hicieron
camarada, departieron de diversas cosas, y á pocos lances dió Tomas
muestras de su raro ingenio, y el caballero las dió de su bizarría y
cortesano trato; y dijo que era capitan de infantería por su Majestad,
y que su alférez estaba haciendo la compañía en tierra de Salamanca:
alabó la vida de la soldadesca, pintóle muy al vivo la belleza de la
ciudad de Nápoles, las holguras de Palermo, la abundancia de Milan,
los festines de Lombardía, las espléndidas comidas de las hosterías:
dibujóle dulce y puntualmente el aconcha patron, pasa acá manigoldo,
venga la macarela, li polastri, é li macarroni: puso las alabanzas en
el cielo de la vida libre del soldado, y de la libertad de Italia; pero
no le dijo nada del frio de las centinelas, del peligro de los asaltos,
del espanto de las batallas, de la hambre de los cercos, de la ruina de
las minas, con otras cosas deste jaez, que algunos las toman y tienen
por añadiduras del peso de la soldadesca, y son la carga principal
della. En resolucion tantas cosas le dijo, y tan bien dichas, que la
discrecion de nuestro Tomas Rodaja comenzó á titubear, y la voluntad á
aficionarse á aquella vida que tan cerca tiene la muerte.
El capitan, que D. Diego de Valdivia se llamaba, contentísimo de la
buena presencia, ingenio y desenvoltura de Tomas, le rogó que se fuese
con él á Italia, siquiera por curiosidad de verla, que él le ofrecia su
mesa, y aun si fuese necesario su bandera, porque su alférez la habia
de dejar presto. Poco fué menester para que Tomas aceptase el envite,
haciendo consigo en un instante un breve discurso, de que seria bueno
ver á Italia y Flándes, y otras diversas tierras y países, pues las
luengas peregrinaciones hacen á los hombres discretos, y que en esto á
lo mas largo podia gastar tres ó cuatro años, que añadidos á los pocos
que él tenia, no serian tantos que impidiesen volver á sus estudios:
y como si todo hubiera de suceder á la medida de su gusto, dijo al
capitan que era contento de irse con él á Italia; pero habia de ser
con condicion que no se habia de sentar debajo de bandera, ni poner en
lista de soldado, por no obligarse á seguir su bandera. Y aunque el
capitan le dijo que no importaba ponerse en lista, que ansí gozaria de
los socorros y pagas que á la compañía se diesen, porque él le daria
licencia todas las veces que se la pidiese.
--Eso seria, dijo Tomas, ir contra mi conciencia y contra la del señor
capitan, y así mas quiero ir suelto que obligado.
--Conciencia tan escrupulosa, dijo D. Diego, mas es de religioso que de
soldado; pero como quiera que sea, ya somos camaradas.
Llegaron aquella noche á Antequera, y en pocos dias y grandes jornadas
se pusieron donde estaba la compañía, ya acabada de hacer, y que
comenzaba á marchar la vuelta de Cartagena, alojándose ella y otras
cuatro por los lugares que les venian á mano. Allí notó Tomas la
autoridad de los comisarios, la comodidad de algunos capitanes, la
solicitud de los aposentadores, la industria y cuenta de los pagadores,
las quejas de los pueblos, el rescatar de las boletas, las insolencias
de los bisoños, las pendencias de los huéspedes, el pedir bagajes mas
de los necesarios, y finalmente la necesidad casi precisa de hacer todo
aquello que notaba y mal le parecia.
Habíase vestido Tomas de papagayo, renunciando los hábitos de
estudiante, y púsose á lo de Dios es Cristo, como se suele decir. Los
muchos libros que tenia los redujo á unas Horas de Nuestra Señora, y un
Garcilaso sin comento, que en las dos faldriqueras llevaba.
Llegaron mas presto de lo que quisieran á Cartagena, porque la vida de
los alojamientos es ancha y varia, y cada dia se topan cosas nuevas
y gustosas. Allí se embarcaron en cuatro galeras de Nápoles, y allí
notó tambien Tomas Rodaja la estraña vida de aquellas marítimas casas,
adonde lo mas del tiempo maltratan las chinches, roban los forzados,
enfadan los marineros, destruyen los ratones y fatigan las maretas.
Pusiéronle temor las grandes borrascas y tormentas, especialmente en
el golfo de Leon, que tuvieron dos: que la una los echó en Córcega, y
la otra los volvió á Tolon, en Francia. En fin, trasnochados, mojados
y con ojeras llegaron á la hermosa y bellísima ciudad de Génova, y
desembarcándose en su recogido mandrache, despues de haber visitado
una iglesia, dió el capitan con todos sus camaradas en una hostería,
donde pusieron en olvido todas las borrascas pasadas, con el presente
gaudeamus.
Allí conocieron la suavidad del treviano, el valor del monte frascon,
la ninerca del Asperino, la generosidad de los dos griegos Candía y
Soma, la grandeza del de las cinco viñas, la dulzura y apacibilidad de
la señora Garnacha, la rusticidad de la chéntola, sin que entre todos
estos señores osase parecer la bajeza del romanesco. Y habiendo hecho
el huésped la reseña de tantos y tan diferentes vinos, se ofreció de
hacer parecer allí, sin usar de tropelía ni como pintados en mapa, sino
real y verdaderamente, á Madrigal, Coca, Alaejos, y á la imperial mas
que real ciudad, recámara del dios de la risa: ofreció á Esquivias, á
Alanis, á Cazalla, Guadalcanal y la Membrilla, sin que se olvidase de
Ribadavia y de Descargamaria. Finalmente, mas vinos nombró el huésped,
y mas les dió que pudo tener en sus bodegas el mismo Baco.
Admiráronle tambien al buen Tomas los rubios cabellos de las genovesas,
y la gentileza y gallarda disposicion de los hombres, la admirable
belleza de la ciudad, que en aquellas peñas parece que tiene las casas
engastadas como diamantes en oro.
Otro dia se desembarcaron todas las compañías que habian de ir al
Piamonte; pero no quiso Tomas hacer este viaje, sino irse desde allí
por tierra á Roma y á Nápoles, como lo hizo, quedando de volver por la
gran Venecia, y por Loreto á Milan y al Piamonte, donde dijo D. Diego
de Valdivia que le hallaria, si ya no los hubiesen llevado á Flándes,
segun se decia. Despidióse Tomas del capitan de allí á dos dias, y en
cinco llegó á Florencia, habiendo visto primero á Luca, ciudad pequeña,
pero muy bien hecha, y en la que mejor que en otras partes de Italia
son bien vistos y agasajados los españoles.
Contentóle Florencia en estremo, así por su agradable asiento como
por su limpieza, suntuosos edificios, fresco rio y apacibles calles:
estuvo en ella cuatro dias, y luego se partió á Roma, reina de las
ciudades y señora del mundo. Visitó sus templos, adoró sus reliquias
y admiró su grandeza; y así como por las uñas del leon se viene en
conocimiento de su grandeza y ferocidad, así él sacó la de Roma por sus
despedazados mármoles, medias y enteras estatuas, por sus rotos arcos y
derribadas termas, por sus magníficos pórticos y anfiteatros grandes,
por su famoso y santo rio, que siempre llena sus márgenes de agua, y
las beatifica con las infinitas reliquias de cuerpos de mártires que
en ellas tuvieron sepultura: por sus puentes, que parece que se están
mirando unas á otras, y por sus calles que con solo el nombre cobran
autoridad sobre todas las de las otras ciudades del mundo: la via Apia,
la Flaminia, la Julia, con otras de este jaez. Pues no le admiraba
ménos la division de sus montes dentro de sí misma: el Celio, el
Quirinal y el Vaticano, con los otros cuatro, cuyos nombres manifiestan
la grandeza y majestad romana. Notó tambien la autoridad del colegio de
los cardenales, la majestad del Sumo Pontífice, el concurso y variedad
de gentes y naciones. Todo lo miró, y notó, y puso en su punto. Y
habiendo andado la estacion de las siete iglesias, y confesádose con
un penitenciero y besado el pié á su Santidad, lleno de -agnusdei- y
cuentas determinó irse á Nápoles, y por ser tiempo de mutacion, malo
y dañoso para todos los que en él entran ó salen de Roma como hayan
caminado por tierra, se fué por mar á Nápoles, donde á la admiracion
que traia de haber visto á Roma, añadió la que le causó ver á Nápoles,
ciudad á su parecer y al de todos cuantos la han visto, la mejor de
Europa, y aun de todo el mundo.
Desde allí se fué á Sicilia, y vió á Palermo, y despues á Mesina: de
Palermo le pareció bien el asiento y belleza, y de Mesina el puerto,
y de toda la isla la abundancia, por quien propiamente y con verdad
es llamada granero de Italia. Volvióse á Nápoles y á Roma, y de allí
fué á Nuestra Señora de Loreto, en cuyo santo templo no vió paredes
ni murallas, porque todas estaban cubiertas de muletas, de mortajas,
de cadenas, de grillos, de esposas, de cabelleras, de medios bultos
de cera, y de pinturas y retratos que daban manifiesto indicio de las
innumerables mercedes que muchos habian recebido de la mano de Dios
por intercesion de su divina Madre, que aquella sacrosanta imágen
suya quiso engrandecer y autorizar con muchedumbre de milagros, en
recompensa de la devocion que le tienen aquellos que con semejantes
doseles tienen adornados los muros de su casa. Vió el mismo aposento y
estancia donde se relató la mas alta embajada y de mas importancia, que
vieron y no entendieron todos los cielos, y todos los ángeles y todos
los moradores de las moradas sempiternas.
Desde allí, embarcándose en Ancona, fué á Venecia, ciudad, que á no
haber nacido Colon en el mundo, no tuviera en él semejante; merced al
cielo y al gran Hernando Cortés, que conquistó la gran Méjico para
que la gran Venecia tuviese en alguna manera quien se le opusiese.
Estas dos famosas ciudades se parecen en las calles, que son todas de
agua: la de Europa admiracion del mundo antiguo, la de América espanto
del mundo nuevo. Parecióle que su riqueza era infinita, su gobierno
prudente, su sitio inespugnable, su abundancia mucha, sus contornos
alegres, y finalmente toda ella en sí y en sus partes digna de la fama
que de su valor por todas las partes del orbe se estiende, dando causa
de acreditar mas esta verdad la máquina de su famoso arsenal, que es el
lugar donde se fabrican las galeras, con otros bajeles que no tienen
número. Por poco fueran los de Calipso los regalos y pasatiempos que
halló nuestro curioso viajero en Venecia, pues casi le hacian olvidar
de su primer intento. Pero habiendo estado un mes en ella, por Ferrara,
Parma y Plasencia volvió á Milan, oficina de Vulcano, ojeriza del reino
de Francia, ciudad en fin de quien se dice, que puede decir y hacer,
haciéndola magnífica la grandeza suya y de su templo, y su maravillosa
abundancia de todas las cosas á la vida humana necesarias.
Desde allí se fué á Aste, y llegó á tiempo que otro dia marchaba el
tercio á Flándes. Fué muy bien recebido de su amigo el capitan, y en
su compañía y camarada pasó á Flándes, y llegó á Ambéres, ciudad no
ménos para maravillar que las que habia visto en Italia. Vió á Gante y
á Bruselas, y vió que todo el país se disponia á tomar las armas para
salir en campaña el verano siguiente.
Y habiendo cumplido con el deseo que le movió á ver lo que habia visto,
determinó volverse á España y á Salamanca á acabar sus estudios; y como
lo pensó lo puso luego por obra, con pesar grandísimo de su camarada,
que le rogó al tiempo de despedirse le avisase de su salud, llegada y
suceso. Prometióselo ansí como lo pedia, y por Francia volvió á España
sin haber visto á Paris, por estar puesta en armas. En fin llegó á
Salamanca, donde fué bien recebido de sus amigos, y con la comodidad
que ellos le hicieron, prosiguió sus estudios hasta graduarse de
licenciado en leyes.
Sucedió que en este tiempo llegó á aquella ciudad una dama de todo
rumbo y manejo. Acudieron luego á la añagaza y reclamo todos los
pájaros del lugar, sin quedar -vademecum- que no la visitase. Dijéronle
á Tomas que aquella dama decia que habia estado en Italia y en Flándes,
y por ver si la conocia fué á visitarla, de cuya visita y vista quedó
ella enamorada de Tomas; y él sin echar de ver en ello, si no era por
fuerza y llevado de otros no queria entrar en su casa. Finalmente, ella
le descubrió su voluntad y le ofreció su hacienda. Pero como él atendia
mas á sus libros que á otros pasatiempos, en ninguna manera respondia
al gusto de la señora, la cual, viéndose desdeñada y á su parecer
aborrecida, y que por medios ordinarios y comunes no podia conquistar
la roca de la voluntad de Tomas, acordó de buscar otros modos á su
parecer mas eficaces, y bastantes para salir con el cumplimiento de sus
deseos.
Y así, aconsejada de una morisca, en un membrillo toledano dió á Tomas
unos destos que llaman hechizos, creyendo que le daba cosa que le
forzase la voluntad á quererla, como si hubiese en el mundo yerbas,
encantos ni palabras suficientes á forzar el libre albedrío; y así, las
que dan estas bebidas ó comidas amatorias se llaman benéficas, porque
no es otra cosa lo que hacen sino dar veneno á quien las toma, como lo
tiene mostrado la esperiencia en muchas y diversas ocasiones.
Comió en tan mal punto Tomas el membrillo, que al momento comenzó á
herir de pié y de mano como si tuviera alferecía, y sin volver en sí
estuvo muchas horas, al cabo de las cuales volvió como atontado, y dijo
con lengua turbada y tartamuda, que un membrillo que habia comido le
habia muerto, y declaró quién se lo habia dado. La justicia, que tuvo
noticia del caso, fué á buscar la malhechora; pero ya ella, viendo el
mal suceso, se habia puesto en cobro, y no pareció jamas.
Seis meses estuvo en la cama Tomas, en los cuales se secó y se puso,
como suele decirse, en los huesos, y mostraba tener turbados todos los
sentidos; y aunque le hicieron los remedios posibles, solo le sanaron
la enfermedad del cuerpo, pero no la del entendimiento, porque quedó
sano, y loco de la mas estraña locura que entre las locuras hasta
entónces se habia visto. Imaginóse el desdichado que era todo hecho
de vidrio, y con esta imaginacion, cuando alguno se llegaba á él,
daba terribles voces, pidiendo y suplicando con palabras y razones
concertadas que no se le acercasen porque le quebrarian, que real y
verdaderamente él no era como los otros hombres, que todo era de vidrio
de piés á cabeza.
Para sacarle desta estraña imaginacion, muchos, sin atender á sus
voces y rogativas, arremetieron á él y le abrazaron, diciéndole que
advirtiese y mirase cómo no se quebraba. Pero lo que se granjeaba en
esto era que el pobre se echaba en el suelo, dando mil gritos y luego
le tomaba un desmayo, del cual no volvia en sí en cuatro horas, y
cuando volvia era renovando las plegarias y rogativas de que otra vez
no llegasen. Decia que le hablasen desde léjos y le preguntasen lo que
quisiesen, porque á todo les responderia con mas entendimiento, por ser
hombre de vidrio y no de carne; que el vidrio por ser de materia sutil
y delicada, obra por ella el alma con mas prontitud y eficacia, que no
por la del cuerpo, pesada y terrestre.
Quisieron algunos esperimentar si era verdad lo que decia, y así
le preguntaron muchas y difíciles cosas, á las cuales respondió
espontáneamente con grandísima agudeza de ingenio, cosa que causó
admiracion á los mas letrados de la universidad y á los profesores de
la medicina y filosofía, viendo que en un sugeto donde se contenia tan
estraordinaria locura como el pensar que fuese de vidrio, se encerrase
tan grande entendimiento, que respondiese á toda pregunta con propiedad
y agudeza.
Pidió Tomas le diesen alguna funda donde pusiese aquel vaso quebradizo
de su cuerpo, porque al vestirse algun vestido estrecho no se
quebrase; y así le dieron una ropa parda y una camisa muy ancha, que
él se vistió con mucho tiento y se ciñó con una cuerda de algodon: no
quiso zapatos en ninguna manera, y el órden que tuvo para que le diesen
de comer sin que á él llegasen, fué poner en la punta de una vara una
vasera de orinal, en la cual le ponian alguna cosa de fruta de las que
la sazon del tiempo les ofrecia: carne ni pescado no lo queria; no
bebia sino en fuente ó en rio, y esto con las manos: cuando andaba por
las calles, iba por la mitad dellas, mirando á los tejados, temeroso
no le cayese alguna teja encima y le quebrase: los veranos dormia en
el campo á cielo abierto, y los inviernos se metia en algun meson,
y en el pajar se enterraba hasta la garganta, diciendo que aquella
era la mas propia y mas segura cama que podian tener los hombres de
vidrio: cuando tronaba, temblaba como un azogado, y se salia al campo
y no entraba en poblado hasta haber pasado la tempestad; tuviéronle
encerrado sus amigos mucho tiempo, pero viendo que su desgracia pasaba
adelante, determinaron de condescender con lo que él les pedia, que
era le dejasen andar libre, y así le dejaron, y él salió por la ciudad
causando admiracion y lástima á todos los que le conocian. Cercáronle
luego los muchachos; pero él con la vara los detenia y les rogaba
le hablasen apartados, porque no se quebrase, que por ser hombre de
vidrio era muy tierno y quebradizo. Los muchachos, que son la mas
traviesa generacion del mundo, á despecho de sus ruegos y voces le
comenzaron á tirar trapos y aun piedras, por ver si era de vidrio como
él decia; pero él daba tantas voces y hacia tales estremos, que movia
á los hombres á que riñesen y castigasen á los muchachos porque no le
tirasen. Mas un dia, que le fatigaron mucho, se volvió á ellos diciendo:
--¿Qué me quereis, muchachos, porfiados como moscas, sucios como
chinches, atrevidos como pulgas? ¿Soy yo por ventura el monte Testacho
de Roma para que me tireis tantos tiestos y tejas?
Por oirle reñir y responder á todos, le seguian siempre muchos, y los
muchachos tomaron y tuvieron por mejor partido ántes oille que tiralle.
Pasando pues una vez por la ropería de Salamanca, le dijo una ropera:
--En mi ánima, señor Licenciado, que me pesa de su desgracia; pero ¿qué
haré que no puedo llorar?
Él se volvió á ella, y muy mesurado le dijo:
---Filiæ Hierusalem, plorate super vos, et super filios vestros-.
Entendió el marido de la ropera la malicia del dicho, y díjole:
--Hermano licenciado Vidriera (que así decia él que se llamaba), mas
teneis de bellaco que de loco.
--No se me da un ardite, respondió él, como no tenga nada de necio.
Pasando un dia por la casa llana y venta comun[1], vió que estaban á
la puerta della muchas de sus moradoras, y dijo que eran bagajes del
ejército de Satanas, que estaban alojados en el meson del infierno.
Preguntóle uno, que qué consejo ó consuelo daria á un amigo suyo que
estaba muy triste porque su mujer se le habia ido con otro.
Á lo cual respondió:
--Díle que dé gracias á Dios por haber permitido le llevasen de casa á
su enemigo.
--Luego ¿no irá á buscarla? dijo el otro.
--Ni por pienso, replicó Vidriera, porque seria el hallarla hallar un
perpetuo y verdadero testigo de su deshonra.
--Ya que eso sea así, dijo el mismo, ¿qué haré yo para tener paz con mi
mujer?
Respondióle:
--Dále lo que hubiere menester; déjala que mande á todos los de tu
casa, pero no sufras que ella te mande á tí.
Díjole un muchacho:
--Señor licenciado Vidriera, yo me quiero desgarrar de mi padre, porque
me azota muchas veces.
Y respondióle:
--Advierte, niño, que los azotes que los padres dan á los hijos honran,
y los del verdugo afrentan.
Estando á la puerta de una iglesia, vió que entraba un labrador de
los que siempre blasonan de cristianos viejos, y detras venia uno que
no estaba en tan buena opinion como el primero, y el Licenciado dió
grandes voces al labrador, diciendo:
--Esperad, Domingo, á que pase el sábado.
De los maestros de escuela decia que eran dichosos, pues trataban
siempre con ángeles dichosísimos, si los angelitos no fueran mocosos.
Otro le preguntó, que qué le parecia de las alcahuetas. Respondió que
no lo eran las apartadas, sino las vecinas.
Las nuevas de su locura y de sus respuestas y dichos, se estendieron
por toda Castilla, y llegando á noticia de un príncipe ó señor que
estaba en la corte, quiso enviar por él, y encargóselo á un caballero
amigo suyo que estaba en Salamanca, que se lo enviase, y topándole el
caballero un dia, le dijo:
--Sepa el señor licenciado Vidriera, que un gran personaje de la corte
le quiere ver y envía por él.
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