--Sin duda, dijo Rincon, debe de ser buena y santa, pues hace que los
ladrones sirvan á Dios.
--Es tan santa y buena, replicó el mozo, que no sé yo si se podrá
mejorar en nuestro arte. Él tiene ordenado que de lo que hurtáremos
demos alguna cosa ó limosna para el aceite de la lámpara de una imágen
muy devota que está en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes
cosas por esta buena obra; porque los dias pasados dieron tres ansias
á un cuatrero que habia murciado dos roznos, y con estar flaco y
cuartanario, así los sufrió sin cantar, como si fueran nada; y esto
atribuimos los del arte á su buena devocion, porque sus fuerzas no eran
bastantes para sufrir el primer desconcierto del verdugo: y porque sé
que me han de preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero
curarme en salud y decírselo ántes que me lo pregunten: sepan voacedes
que cuatrero es ladron de bestias: ansia es el tormento: roznos los
asnos, hablando con perdon: primer desconcierto es las primeras vueltas
de cordel que da el verdugo: tenemos mas, que rezamos nuestro rosario
repartido en toda la semana, y algunos de nosotros no hurtamos el dia
del viérnes, ni tenemos conversacion con mujer que se llame María, el
dia del sábado.
--De perlas me parece todo eso, dijo Cortado; pero dígame vuesa merced,
¿hácese otra restitucion, ó otra penitencia mas de la dicha?
--En esto de restituir no hay que hablar, respondió el mozo, porque
es cosa imposible por las muchas partes en que se divide lo hurtado,
llevando cada uno de los ministros y contrayentes la suya, y así el
primer hurtador no puede restituir nada; cuanto mas, que no hay quien
nos mande hacer esta diligencia á causa que nunca nos confesamos, y si
sacan cartas de descomunion, jamas llegan á nuestra noticia, porque
jamas vamos á la iglesia al tiempo que se leen, sino es los dias de
jubileo, por la ganancia que nos ofrece el concurso de la mucha gente.
--¿Y con solo eso que hacen, dicen esos señores, dijo Cortado, que su
vida es santa y buena?
--Pues ¿qué tiene de mala? replicó el mozo: ¿no es peor ser hereje, ó
renegado, ó matar á su padre y madre, ó ser solomico?
--Sodomita querrá decir vuesa merced, respondió Rincon.
--Eso digo, dijo el mozo.
--Todo es malo, replicó Cortado; pero pues nuestra suerte ha querido
que entremos en esta cofradía, vuesa merced alargue el paso, que muero
por verme con el señor Monipodio, de quien tantas virtudes se cuentan.
--Presto se les cumplirá su deseo, dijo el mozo, que ya desde aquí se
descubre su casa: vuesas mercedes se queden á la puerta, que yo entraré
á ver si está desocupado, porque estas son las horas cuando él suele
dar audiencia.
--En buena sea, dijo Rincon.
Y adelantándose un poco el mozo, entró en una casa no muy buena, sino
de muy mala apariencia; y los dos se quedaron esperando á la puerta: él
salió luego y los llamó, y ellos entraron, y su guia les mandó esperar
en un pequeño patio ladrillado que de puro limpio y aljofifado parecia
que vertia carmin de lo mas fino: al un lado estaba un banco de tres
piés, y al otro un cántaro desbocado, con un jarrillo encima no ménos
falto que el cántaro: á otra parte estaba una estera de enea, y en el
medio un tiesto, que en Sevilla llaman maceta de albahaca.
Miraban los mozos atentamente las alhajas de la casa, en tanto que
bajaba el señor Monipodio, y viendo que tardaba, se atrevió Rincon á
entrar en una sala baja de dos pequeñas que en el patio estaban, y vió
en ella dos espadas de esgrima y dos broqueles de corcho pendientes de
cuatro clavos, y una arca grande sin tapa ni cosa que la cubriese, y
otras tres esteras de enea tendidas por el suelo: en la pared frontera
estaba pegada á la pared una imágen de nuestra Señora, destas de mala
estampa, y mas abajo pendia una esportilla de palma, y encajada en la
pared una almofia blanca, por do coligió Rincon que la esportilla
servia de cepo para limosna, y la almofia de tener agua bendita; y así
era la verdad.
Estando en esto entraron en la casa dos mozos de hasta veinte años cada
uno, vestidos de estudiantes, y de allí á poco dos de la esportilla
y un ciego, y sin hablar palabra ninguna, se comenzaron á pasear por
el patio: no tardó mucho cuando entraron dos viejos de bayeta con
antojos que los hacian graves y dignos de ser respetados, con sendos
rosarios de sonadoras cuentas en las manos: tras ellos entró una vieja
halduda, y sin decir nada se fué á la sala, y habiendo tomado agua
bendita con grandísima devocion, se puso de rodillas ante la imágen,
y al cabo de una buena pieza, habiendo primero besado tres veces el
suelo, y levantado los brazos y los ojos al cielo otras tantas, se
levantó y echó su limosna en la esportilla, y se salió con los demas
al patio. En resolucion, en poco espacio se juntaron en el patio hasta
catorce personas de diferentes trajes y oficios: llegaron tambien de
los postreros dos bravos y bizarros mozos, de bigotes largos, sombreros
de grande falda, cuellos á la valona, medias de color, ligas de gran
balumba, espadas de mas de marca, sendos pistoletes cada uno en lugar
de dagas, y sus broqueles pendientes de la pretina: los cuales así como
entraron, pusieron los ojos al traves en Rincon y Cortado á modo de que
los estrañaban y no conocian, y llegándose á ellos les preguntaron si
eran de la cofradía. Rincon respondió que sí, y muy servidores de sus
mercedes.
Llegóse en esto la sazon y punto en que bajó el señor Monipodio, tan
esperado como bien visto de toda aquella virtuosa compañía: parecia de
edad de cuarenta y cinco á cuarenta y seis años, alto de cuerpo, moreno
de rostro, cejijunto, barbinegro y muy espeso, los ojos hundidos: venia
en camisa, y por la abertura de delante descubria un bosque, tanto
era el vello que tenia en el pecho: traia cubierta una capa de bayeta
casi hasta los piés, en los cuales traia unos zapatos enchancletados;
cubríanle las piernas unos zaragüelles de lienzo anchos y largos hasta
los tobillos, el sombrero era de los de la ampa, campanudo de copa
y tendido de falda; atravesábale un tahalí por espalda y pechos, á
do colgaba una espada ancha y corta, á modo de las del perrillo; las
manos eran cortas y pelosas, los dedos gordos, y las uñas hembras
y remachadas; las piernas no se le parecian, pero los piés eran
descomunales de anchos y juanetudos. En efecto, él representaba el mas
rústico y disforme bárbaro del mundo. Bajó con él la guia de los dos, y
trabándoles de las manos, los presentó ante Monipodio, diciéndole:
--Estos son los dos buenos mancebos que á vuesa merced dije, mi señor
Monipodio; vuesa merced los desamine y verá cómo son dignos de entrar
en nuestra congregacion.
--Eso haré yo de muy buena gana, respondió Monipodio.
Olvidábaseme de decir que así como Monipodio bajó, al punto todos los
que aguardándole estaban, le hicieron una profunda y larga reverencia,
escepto los dos bravos, que á medio mogate, como entre ellos se dice,
le quitaron los capelos, y luego volvieron á su paseo. Por una parte
del patio y por la otra se paseaba Monipodio, el cual preguntó á los
nuevos el ejercicio, la patria y padres.
Á lo cual Rincon respondió:
--El ejercicio ya está dicho, pues venimos ante vuesa merced; la patria
no me parece de mucha importancia decirla, ni los padres tampoco, pues
no se ha de hacer informacion para recebir algun hábito honroso.
Á lo cual respondió Monipodio:
--Vos, hijo mio, estais en lo cierto, y es cosa muy acertada encubrir
eso que decís, porque si la suerte no corriere como debe, no es bien
que quede asentado debajo de signo de escribano ni en el libro de las
entradas: fulano, hijo de fulano, vecino de tal parte, tal dia le
ahorcaron, ó le azotaron, ó otra cosa semejante, que por lo ménos suena
mal á los buenos oidos; y así torno á decir que es provechoso documento
callar la patria, encubrir los padres y mudar los propios nombres;
aunque para entre nosotros no ha de haber nada encubierto, y solo ahora
quiero saber los nombres de los dos.
Rincon dijo el suyo, y Cortado tambien.
--Pues de aquí adelante, respondió Monipodio, quiero y es mi voluntad
que vos, Rincon, os llameis Rinconete, y vos, Cortado, Cortadillo, que
son nombres que asientan como de molde á vuestra edad y á nuestras
ordenanzas, debajo de las cuales cae tener necesidad de saber el nombre
de los padres de nuestros cofrades, porque tenemos de costumbre de
hacer decir cada año ciertas misas por las ánimas de nuestros difuntos
y bienhechores, sacando el estupendo para la limosna de quien las
dice, de alguna parte de lo que se garbea; y estas tales misas, así
dichas como pagadas, dicen que aprovechan á las tales ánimas por via de
naufragio: y caen debajo de nuestros bienhechores el procurador que nos
defiende, el guro que nos avisa, el verdugo que nos tiene lástima, el
que cuando alguno de nosotros va huyendo por la calle, y detras le van
dando voces: al ladron, al ladron, deténganle, deténganle, uno se pone
en medio, y se opone al raudal de los que le siguen, diciendo: déjenle
al cuitado, que harta mala ventura lleva, allá se lo haya, castíguele
su pecado; son tambien bienhechoras nuestras las socorridas, que de su
sudor nos socorren así en la trena como en las guras; y tambien lo son
nuestros padres y madres que nos echan al mundo, y el escribano que
si anda de buena, no hay delito que sea culpa, ni culpa á quien se dé
mucha pena; y por todos estos que he dicho, hace nuestra hermandad
cada año su adversario con la mayor popa y soledad que podemos.
--Por cierto, dijo Rinconete (ya confirmado con este nombre) que es
obra digna del altísimo y profundísimo ingenio que hemos oido decir que
vuesa merced, señor Monipodio, tiene; pero nuestros padres aun gozan
de la vida; si en ella les alcanzáremos, daremos luego noticia á esta
felicísima y abonada confraternidad para que por sus almas se les haga
ese naufragio ó tormenta, ó ese adversario que vuesa merced dice, con
la solenidad y pompa acostumbrada; si ya no es que se hace con popa y
soledad, como tambien apuntó vuesa merced en sus razones.
--Así se hará, ó no quedará de mí pedazo, replicó Monipodio.
Y llamando á la guia, le dijo:
Ven acá, Ganchuelo, ¿están puestas las postas?
--Sí, dijo la guia, que Ganchuelo era su nombre, tres centinelas quedan
avizorando, y no hay que temer que nos cojan de sobresalto.
--Volviendo pues á nuestro propósito, dijo Monipodio, querria saber,
hijos, lo que sabeis, para daros el oficio y ejercicio conforme á
vuestra inclinacion y habilidad.
--Yo, respondió Rinconete, sé un poquito de floreo de villano;
entiéndeseme el reten: tengo buena vista para el humillo; juego bien
de la sola, de las cuatro y de las ocho; no se me va por piés el
raspadillo, berrugueta y el colmillo; éntrome por la boca de lobo como
por mi casa, y atreveríame á hacer un tercio de chanza mejor que un
tercio de Nápoles, y á dar un astillazo al mas pintado, mejor que dos
reales prestados.
--Principios son, dijo Monipodio; pero todas esas son flores de
cantueso, viejas y tan usadas, que no hay principiante que no las sepa,
y solo sirven para alguno que sea tan blanco que se deje matar de media
noche abajo; pero andará el tiempo, y vernos hemos, que asentando sobre
ese fundamento media docena de liciones, yo espero en Dios que habeis
de salir oficial famoso, y aun quizá maestro.
--Todo se hará para servir á vuesa merced y á los señores cofrades,
respondió Rinconete.
--Y vos, Cortadillo, ¿qué sabeis? preguntó Monipodio.
--Yo, respondió Cortadillo, sé la treta que dicen mete dos y saca
cinco, y sé dar tiento á una faldriquera con mucha puntualidad y
destreza.
--¿Sabeis mas? dijo Monipodio.
--No, por mis grandes pecados, respondió Cortadillo.
--No os aflijais, hijo, replicó Monipodio, que á puerto y á escuela
habeis llegado, donde ni os anegaréis, ni dejaréis de salir muy bien
aprovechado en todo aquello que mas os conviniere; y en esto del ánimo,
¿cómo os va, hijos?
--¿Cómo nos ha de ir, respondió Rinconete, sino muy bien? ánimo tenemos
para acometer cualquiera empresa de las que tocaren á nuestro arte y
ejercicio.
--Está bien, replicó Monipodio; pero querria yo que tambien le
tuviésedes para sufrir si fuese menester media docena de ansias, sin
desplegar los labios, y sin decir esta boca es mia.
--Ya sabemos aquí, dijo Cortadillo, señor Monipodio, qué quiere decir
ansias, y para todo tenemos ánimos, porque no somos tan ignorantes,
que no se nos alcance que lo que dice la lengua paga la gorja, y harta
merced le hace el cielo al hombre atrevido, por no darle otro título,
que le deja en su lengua su vida ó su muerte, como si tuviese mas
letras un no que un sí.
--Alto, no es menester mas, dijo á esta sazon Monipodio: digo que sola
esta razon me convence, me obliga, me persuade y me fuerza á que desde
luego asenteis por cofrades mayores, y que se os sobrelleve el año del
noviciado.
--Yo soy dese parecer, dijo uno de los bravos.
Y á una voz lo confirmaron todos los presentes, que toda la plática
habian estado escuchando, y pidieron á Monipodio que desde luego les
concediese y permitiese gozar de las inmunidades de su cofradía, porque
su presencia agradable y su buena plática lo merecia todo.
Él respondió que por dallos contento á todos desde aquel punto se
las concedia, advirtiéndoles que las estimasen en mucho, porque era
no pagar media anata del primer hurto que hiciesen; no hacer oficios
menores en todo aquel año, conviene á saber, no llevar recaudo
de ningun hermano mayor á la cárcel ni á la casa de parte de sus
contribuyentes; piar el turco puro; hacer banquete cuando, como y
adonde quisieren, sin pedir licencia á su mayoral; entrar á la parte
desde luego con lo que entrujasen los hermanos mayores, como uno
dellos, y otras cosas que ellos tuvieron por merced señaladísima, y los
demas con palabras muy comedidas las agradecieron mucho.
Estando en esto, entró un muchacho corriendo y desalentado, y dijo:
--El alguacil de los vagamundos viene encaminado á esta casa; pero no
trae consigo gurullada.
--Nadie se alborote, dijo Monipodio, que es amigo, y nunca viene por
nuestro daño: sosiéguense, que yo le saldré á hablar.
Todos se sosegaron, que ya estaban algo sobresaltados, y Monipodio
salió á la puerta, donde halló al alguacil, con el cual estuvo hablando
un rato, y luego volvió á entrar Monipodio, y preguntó:
--¿Á quién le cupo hoy la plaza de San Salvador?
--Á mí, dijo el de la guia.
--Pues ¿cómo, dijo Monipodio, no se me ha manifestado una bolsilla de
ámbar, que esta mañana en aquel mismo paraje dió al traste con quince
escudos de oro y dos reales de á dos, y no sé cuántos cuartos?
--Verdad es, dijo la guia, que hoy faltó esa bolsa; pero yo no la he
tomado, ni puedo imaginar quién la tomase.
--No hay levas conmigo, replicó Monipodio, la bolsa ha de parecer,
porque la pide el alguacil, que es amigo, y nos hace mil placeres al
año.
Tornó á jurar el mozo que no sabia della: comenzóse á encolerizar
Monipodio de manera, que parecia que fuego vivo lanzaba por los ojos,
diciendo:
--Nadie se burle con quebrantar la mas mínima cosa de nuestra órden,
que le costará la vida: manifiéstese la cica, y si se encubre por no
pagar los derechos, yo le daré enteramente lo que le toca, y pondré lo
demas de mi casa, porque en todas maneras ha de ir contento el alguacil.
Tornó de nuevo á jurar el mozo, y á maldecirse, diciendo que él no
habia tomado tal bolsa, ni vístola de sus ojos: todo lo cual fué poner
mas fuego á la cólera de Monipodio, y dar ocasion á que toda la junta
se alborotase, viendo que se rompian sus estatutos y buenas ordenanzas.
Viendo Rinconete pues tanta disension y alboroto, parecióle que seria
bien sosegalle y dar contento á su mayor, que reventaba de rabia, y
aconsejándose con su amigo Cortadillo, con parecer de entrambos sacó la
bolsa del sacristan, y dijo:
--Cese toda cuestion, mis señores, que esta es la bolsa, sin faltarle
nada de lo que el alguacil manifiesta, que hoy mi camarada Cortadillo
le dió alcance con un pañuelo que al mismo dueño se le quitó por
añadidura.
Luego sacó Cortadillo el pañizuelo y lo puso de manifiesto. Viendo lo
cual Monipodio, dijo:
--Cortadillo el bueno (que con este título y renombre ha de quedar
de aquí adelante) se quede con el pañuelo, y á mi cuenta se queda la
satisfaccion deste servicio, y la bolsa se ha de llevar el alguacil,
que es de un sacristan pariente suyo, y conviene que se cumpla aquel
refran que dice: no es mucho que á quien te da la gallina entera, tú
dés una pierna della; mas disimula este buen alguacil en un dia, que
nosotros le podemos ni solemos dar en ciento.
De comun consentimiento aprobaron todos la hidalguía de los dos
modernos, y la sentencia y parecer de su mayoral, el cual salió á dar
la bolsa al alguacil, y Cortadillo se quedó confirmado con el renombre
de bueno, bien como si fuera D. Alonso Perez de Guzman el Bueno, que
arrojó el cuchillo por los muros de Tarifa para degollar á su único
hijo.
Al volver que volvió Monipodio, entraron con él dos mozas, afeitados
los rostros, llenos de color los labios y de albayalde los pechos,
cubiertas con medios mantos de añascote, llenas de desenfado y
desvergüenza: señales claras por donde en viéndolas Rinconete y
Cortadillo conocieron que eran de la casa llana, y no se engañaron en
nada; y así como entraron se fueron con los brazos abiertos la una á
Chiquiznaque y la otra á Maniferro, que estos eran los nombres de los
dos bravos; y el de Maniferro era porque traia una mano de hierro en
lugar de otra que le habian cortado por justicia: ellos las abrazaron
con grande regocijo, y les preguntaron si traian algo con que mojar la
canal maestra.
--Pues ¿habia de faltar, diestro mio? respondió la una, que se llamaba
la Gananciosa: no tardará mucho á venir Silbatillo tu trainel con la
canasta de colar atestada de lo que Dios ha sido servido.
Y así fué verdad, porque al instante entró un muchacho con una canasta
de colar cubierta con una sábana.
Alegráronse todos con la entrada de Silbato, y al momento mandó sacar
Monipodio una de las esteras de enea que estaban en el aposento, y
tenderla en medio del patio; y ordenó asimismo que todos se sentasen
á la redonda; porque en cortando la cólera se trataria de lo que mas
conviniese. Á esto dijo la vieja que habia rezado á la imágen:
--Hijo Monipodio, yo no estoy para fiestas, porque tengo un vaguido de
cabeza dos dias ha que me trae loca, y mas, que ántes que sea mediodía
tengo de ir á cumplir mis devociones, y poner mis candelicas á nuestra
Señora de las Aguas, y al santo Crucifijo de santo Agustin, que no lo
dejaria de hacer, si nevase y ventiscase: á lo que he venido es que
anoche el Renegado y Centopiés llevaron á mi casa una canasta de colar
algo mayor que la presente, llena de ropa blanca, y en Dios y en mi
ánima que venia con su cernada y todo, que los pobretes no debieron de
tener lugar de quitalla, y venian sudando la gota tan gorda, que era
una compasion verlos entrar jadeando y corriendo agua de sus rostros,
que parecian unos angelicos: dijéronme que iban en seguimiento de un
ganadero que habia pesado ciertos carneros en la carnicería, por ver si
le podian dar un tiento en un grandísimo gato de reales que llevaba:
no desembanastaron ni contaron la ropa, fiados en la entereza de mi
conciencia, y así me cumpla Dios mis buenos deseos y nos libre á todos
de poder de justicia, que no he tocado la canasta, y que se está tan
entera como cuando nació.
--Todo se le cree, señora madre, respondió Monipodio, y estése así la
canasta, que yo iré allá á boca de sorna, y haré cala y cata de lo que
tiene, y daré á cada uno lo que le tocare, bien y fielmente, como tengo
de costumbre.
--Sea como vos lo ordenáredes, hijo, respondió la vieja, y porque se me
hace tarde, dadme un traguillo si teneis, para consolar este estómago,
que tan desmayado anda de contino.
--Y ¿qué tal lo beberéis, madre mia? dijo á esta sazon la Escalanta,
que así se llamaba la compañera de la Gananciosa.
Y descubriendo la canasta, se manifestó una bota á modo de cuero, con
hasta dos arrobas de vino, y un corcho que podria caber sosegadamente y
sin apremio hasta una azumbre, y llevándole la Escalanta, se le puso en
las manos á la devotísima vieja, la cual tomándole con ambas manos, y
habiéndole soplado un poco de espuma, dijo:
--Mucho echaste, hija Escalanta, pero Dios dará fuerzas para todo.
Y aplicándosele á los labios, de un tiron y sin tomar aliento lo
trasegó del corcho al estómago, y acabó diciendo:
--De Guadalcanal es, y aun tiene un es no es de yeso el señorico; Dios
te consuele, hija, que así me has consolado, sino que temo que me ha
de hacer mal, porque no me he desayunado.
--No hará, madre, respondió Monipodio, porque es trasañejo.
--Así lo espero yo en la Vírgen, respondió la vieja.
Y añadió:
--Mirad, niñas, si teneis acaso algun cuarto para comprar las
candelicas de mi devocion, porque con la priesa y gana que tenia
de venir á traer las nuevas de la canasta, se me olvidó en casa la
escarcela.
--Yo sí tengo, señora Pipota, que este era el nombre de la buena vieja,
respondió la Gananciosa, tome, ahí le doy dos cuartos; del uno le ruego
que compre una para mí, y se la ponga al señor S. Miguel, y si puede
comprar dos, ponga la otra al señor S. Blas, que son mis abogados:
quisiera que pusiera otra á la señora Sta. Lucía (que por lo de los
ojos tambien la tengo devocion), pero no tengo trocado, mas otro dia
habrá donde se cumpla con todo.
--Muy bien harás, hija, y mira no seas miserable, que es de mucha
importancia llevar la persona las candelas delante de sí ántes que se
muera, y no aguardar á que las pongan los herederos ó albaceas.
--Bien dice la madre Pipota, dijo la Escalanta.
Y echando mano á la bolsa, le dió otro cuarto, y le encargó que pusiese
otras dos candelicas á los santos que á ella le pareciesen que eran
de los mas aprovechados y agradecidos. Con esto se fué la Pipota,
diciéndoles:
--Holgáos, hijos, ahora que teneis tiempo; que vendrá la vejez y
lloraréis en ella los ratos que perdisteis en la mocedad como yo los
lloro, y encomendadme á Dios en vuestras oraciones, que yo voy á hacer
lo mismo por mí y por vosotros, porque él nos libre y conserve en
nuestro trato peligroso, sin sobresaltos de justicia.
Y con esto se fué.
Ida la vieja, se sentaron todos al rededor de la estera, y la
Gananciosa tendió la sábana por manteles; y lo primero que sacó de
la cesta fué un gran haz de rábanos y hasta dos docenas de naranjas
y limones, y luego una cazuela grande llena de tajadas de bacallao
frito: manifestó luego medio queso de Flándes, y una olla de famosas
aceitunas, y un plato de camarones, y gran cantidad de cangrejos con
su llamativo de alcaparrones ahogados en pimientos, y tres hogazas
blanquísimas de Gandul: serian los del almuerzo hasta catorce, y
ninguno dellos dejó de sacar su cuchillo de cachas amarillas, si no fué
Rinconete, que sacó su media espada; á los dos viejos de bayeta y á
la guia tocó el escanciar con el corcho de colmena. Mas apénas habian
comenzado á dar asalto á las naranjas, cuando les dió á todos gran
sobresalto los golpes que dieron á la puerta: mandóles Monipodio que
se sosegasen, y entrando en la sala baja, y descolgando un broquel,
puesto mano á la espada, llegó á la puerta, y con voz hueca y espantosa
preguntó:
--¿Quién llama?
Respondieron de fuera:
--Yo soy, que no es nadie, señor Monipodio: Tagarote soy, centinela
desta mañana, y vengo á decir que viene aquí Juliana la Cariharta, toda
desgreñada y llorosa, que parece haberle sucedido algun desastre.
En esto llegó la que decia, sollozando, y sintiéndola Monipodio, abrió
la puerta, y mandó á Tagarote que se volviese á su posta, y que de
allí adelante avisase lo que viese, con ménos estruendo y ruido: él
dijo que así lo haria. Entró la Cariharta, que era una moza del jaez
de las otras y del mismo oficio: venia descabellada, y la cara llena
de tolondrones, y así como entró en el patio, se cayó en el suelo
desmayada: acudieron á socorrerla la Gananciosa y la Escalanta, y
desabrochándole el pecho, la hallaron toda denegrida y como magullada.
Echáronle agua en el rostro, y ella volvió en sí diciendo á voces:
--La justicia de Dios y del rey venga sobre aquel ladron desuellacaras,
sobre aquel cobarde bajamanero, sobre aquel pícaro lendroso, que le he
quitado mas veces de la horca que tiene pelos en las barbas: desdichada
de mí, mirad por quién he perdido y gastado mi mocedad y la flor de mis
años, sino por un bellaco desalmado, facinoroso é incorregible.
--Sosiégate, Cariharta, dijo á esta sazon Monipodio, que aquí estoy
yo que te haré justicia; cuéntanos tu agravio, que mas estarás tú en
contarle que yo en hacerte vengada; díme si has habido algo con tu
respeto; que si así es, y quieres venganza, no has menester mas que
boquear.
--¿Qué respeto? respondió Juliana: respetada me vea yo en los
infiernos, si mas lo fuere de aquel leon con las ovejas, y cordero con
los hombres: ¿con aquel habia yo de comer mas pan á manteles, ni yacer
en uno? primero me vea yo comida de adivas estas carnes, que me ha
parado de la manera que ahora veréis.
Y alzándose al instante las faldas hasta la rodilla y aun un poco mas,
las descubrió llenas de cardenales:
--Desta manera, prosiguió, me ha parado aquel ingrato del Repolido,
debiéndome mas que á la madre que le parió: y ¿por qué pensais que lo
ha hecho? montas que le di yo ocasion para ello: no por cierto, no lo
hizo mas sino porque estando jugando y perdiendo, me envió á pedir con
Cabrillas, su trainel, treinta reales, y no le envié mas de veinte y
cuatro, que el trabajo y afan con que yo los habia ganado, ruego yo
á los cielos que vaya en descuento de mis pecados; y en pago desta
cortesía y buena obra, creyendo él que yo le sisaba algo de la cuenta
que él allá en su imaginacion habia hecho de lo que yo podria tener,
esta mañana me sacó al campo detras de la huerta del Rey, y allí entre
unos olivares me desnudó, y con la pretina, sin escusar ni recoger
los hierros, que en malos grillos y hierros le vea yo, me dió tantos
azotes, que me dejó por muerta: de la cual verdadera historia son
buenos testigos estos cardenales que mirais.
Aquí tornó á levantar las voces, aquí volvió á pedir justicia, y aquí
se la prometió de nuevo Monipodio y todos los bravos que allí estaban.
La Gananciosa tomó la mano á consolalla, diciéndole que ella diera de
muy buena gana una de las mejores preseas que tenia, porque le hubiera
pasado otro tanto con su querido.
--Porque quiero, dijo, que sepas, hermana Cariharta, si no lo sabes,
que á lo que se quiere bien se castiga, y cuando estos bellacones nos
dan, y azotan y acocean, entónces nos adoran; si no, confiésame una
verdad por tu vida: despues que te hubo Repolido castigado y brumado,
¿no te hizo alguna caricia?
--¿Cómo una? respondió la llorosa, cien mil me hizo, y diera él un dedo
de la mano porque me fuera con él á su posada, y aun me parece que casi
se le saltaron las lágrimas de los ojos despues de haberme molido.
--No hay dudar en eso, replicó la Gananciosa, y lloraria él de pena de
ver cuál te habia puesto, que en estos tales hombres y en tales casos
no han cometido la culpa, cuando les viene el arrepentimiento: y tú
verás, hermana, si no viene á buscarte ántes que de aquí nos vamos, y á
pedirte perdon de todo lo pasado, rindiéndosete como un cordero.
--En verdad, respondió Monipodio, que no ha de entrar por estas puertas
el cobarde embesado, si primero no hace una manifiesta penitencia del
cometido delito: ¿las manos habia él de ser osado ponerlas en el rostro
de la Cariharta ni en sus carnes, siendo persona que puede competir en
limpieza y ganancia con la misma Gananciosa que está delante, que no lo
puedo mas encarecer?
--¡Ay! dijo á esta sazon la Juliana, no diga vuesa merced, señor
Monipodio, mal de aquel maldito, que con cuan malo es, le quiero mas
que á las telas de mi corazon, y hanme vuelto el alma al cuerpo las
razones que en su abono ha dicho mi amiga la Gananciosa, y en verdad
que estoy por ir á buscarle.
--Eso no harás tú por mi consejo, replicó la Gananciosa, porque se
estenderá y ensanchará, y hará tretas en tí como en cuerpo muerto.
Sosiégate, hermana, que ántes de mucho le verás venir tan arrepentido
como he dicho, y si no viniere, escribirémosle un papel en coplas que
le amargue.
--Eso sí, dijo la Cariharta, que tengo mil cosas que escribirle.
--Yo seré el secretario cuando sea menester, dijo Monipodio; y aunque
no soy nada poeta, todavía, si el hombre se arremanga, se atreverá á
hacer dos millares de coplas en daca las pajas, y cuando no salieren
como deben, yo tengo un barbero amigo, gran poeta, que nos henchirá
las medidas á todas horas, y en la de agora acabemos lo que teníamos
comenzado del almuerzo, que despues todo se andará.
Fué contenta la Juliana de obedecer á su mayor, y así todos volvieron
á su -gaudeamus-, y en poco espacio vieron el fondo de la canasta
y las heces del cuero: los viejos bebieron -sine fine-, los mozos
adunia, las señoras los quiries: los viejos pidieron licencia para
irse, diósela luego Monipodio, encargándoles viniesen á dar noticia con
toda puntualidad de todo aquello que viesen ser útil y conveniente á
la comunidad: respondieron que ellos se lo tenian bien en cuidado, y
fuéronse.
Rinconete, que de suyo era curioso, pidiendo primero perdon y licencia,
preguntó á Monipodio que ¿de qué servian en la cofradía dos personajes
tan canos, tan graves y apersonados? á lo cual respondió Monipodio que
aquellos en su germania y manera de hablar se llamaban abispones, y
que servian de andar de dia por toda la ciudad, abispando en qué casa
se podia dar tiento de noche, y en seguir los que sacaban dinero de
la Contratacion ó casa de la moneda, para ver dónde lo llevaban, y
aun dónde lo ponian; y en sabiéndolo, tanteaban la groseza del muro
de la tal casa, y deseñaban el lugar mas conveniente para hacer los
guzpataros (que son agujeros) para facilitar la entrada: en resolucion
dijo que era la gente de mas ó de tanto provecho que habia en su
hermandad, y que de todo aquello que por su industria se hurtaba
llevaban el quinto, como su Majestad de los tesoros, y que con todo
esto eran hombres de mucha verdad, y muy honrados, y de buena vida y
fama, temerosos de Dios y de sus conciencias, que cada dia oian misa
con estraña devocion.
--Y hay dellos tan comedidos, especialmente estos dos que de aquí se
van agora, que se contentan con mucho ménos de lo que por nuestros
aranceles les toca: otros dos hay, que son palanquines, los cuales como
por momentos mudan casas, saben las entradas y salidas de todas las de
la ciudad, y cuáles pueden ser de provecho, y cuáles no.
--Todo me parece de perlas, dijo Rinconete, y querria ser de algun
provecho á tan famosa cofradía.
--Siempre favorece el cielo á los buenos deseos, dijo Monipodio.
Estando en esta plática llamaron á la puerta; salió Monipodio á ver
quién era, y preguntándolo, respondieron:
--Abra voacé, señor Monipodio, que el Repolido soy.
Oyó esta voz Cariharta, y alzando al cielo la suya, dijo:
--No le abra vuesa merced, señor Monipodio, no le abra á ese marinero
de Tarpeya, á ese tigre de Ocaña.
No dejó por esto Monipodio de abrir á Repolido; pero viendo la
Cariharta que le abria, se levantó corriendo y se entró en la sala de
los broqueles, y cerrando tras sí la puerta, desde dentro á grandes
voces decia:
--Quítenmelo de delante á ese gesto de por demas, á ese verdugo de
inocentes, asombrador de palomas duendas.
Maniferro y Chiquiznaque tenian á Repolido, que en todas maneras queria
entrar donde la Cariharta estaba; pero como no le dejaban, decia desde
afuera:
--No haya mas, enojada mia; por tu vida que te sosiegues, ansí te veas
casada.
--¿Casada yo, malino? respondió la Cariharta; mira en qué tecla toca;
ya quisieras tú que lo fuera contigo, y ántes lo seria yo con una
notomía de muerte, que contigo.
--Ea, boba, replicó Repolido, acabemos ya, que es tarde, y mire no
se ensanche por verme hablar tan manso, y venir tan rendido, porque
vive el dador, si se me sube la cólera al campanario, que sea peor la
recaida que la caida; humíllese, y humillémonos todos, y no demos de
comer al diablo.
--Y aun de cenar le daria yo, dijo la Cariharta, porque te llevase
donde nunca mas mis ojos te viesen.
--¿No os digo yo? dijo Repolido; por Dios, que voy oliendo, señora
trinquete, que lo tengo de echar todo á doce, aunque nunca se venda.
Á esto dijo Monipodio:
--En mi presencia no ha de haber demasías: la Cariharta saldrá, no por
amenazas, sino por amor mio, y todo se hará bien; que las riñas entre
los que bien se quieren, son causa de mayor gusto cuando se hacen las
paces: ¡ah, Juliana, ah niña, ah Cariharta mia! Sal acá fuera por mi
amor, que yo haré que el Repolido te pida perdon de rodillas.
--Como él eso haga, dijo la Escalanta, todas seremos en su favor y en
rogar á Juliana salga acá fuera.
--Si esto ha de ir por via de rendimiento que güela á menoscabo de
la persona, dijo el Repolido, no me rendiré á un ejército formado de
esguízaros; mas si es por via de que la Cariharta gusta dello, no digo
yo hincarme de rodillas, pero un clavo me hincaré por la frente en su
servicio.
Riéronse desto Chiquiznaque y Maniferro, de lo cual se enojó tanto
el Repolido, pensando que hacian burla dél, que dijo con muestras de
infinita cólera:
--Cualquiera que se riere ó se pensase reir de lo que la Cariharta
contra mí, ó yo contra ella, hemos dicho ó dijéremos, digo que miente y
mentirá todas las veces que se riere ó lo pensare, como ya he dicho.
Miráronse Chiquiznaque y Maniferro de tan mal garbo y talle, que
advirtió Monipodio que pararia en un gran mal, si no lo remediaba; y
así poniéndose luego en medio dellos, dijo:
--No pasen mas adelante, caballeros, cesen aquí palabras mayores, y
desháganse entre los dientes; y pues las que se han dicho no llegan á
la cintura, nadie las tome por sí.
--Bien seguros estamos, respondió Chiquiznaque, que no se dijeron ni
dirán semejantes monitorios por nosotros; que si se hubiera imaginado
que se decian, en manos estaba el pandero que lo supieran bien tañer.
--Tambien tenemos acá pandero, seor Chiquiznaque, replicó el Repolido,
y tambien si fuere menester sabremos tocar los cascabeles, y ya he
dicho que el que se huelga, miente; y quien otra cosa pensare, sígame,
que con un palmo de espada ménos hará el hombre que sea lo dicho dicho.
Y diciendo esto, se iba á salir por la puerta afuera.
Estábalo escuchando la Cariharta, y cuando sintió que se iba enojado,
salió diciendo:
--Ténganle, no se vaya, que hará de las suyas: ¿no ven que va enojado,
y es un Júdas Macarelo en esto de la valentía? vuelve acá, valenton del
mundo y de mis ojos.
Y cerrando con él le asió fuertemente de la capa, y acudiendo tambien
Monipodio le detuvieron.
Chiquiznaque y Maniferro no sabian si enojarse, ó si no, y estuviéronse
quedos esperando lo que Repolido haria; el cual viéndose rogar de la
Cariharta y de Monipodio, volvió diciendo:
--Nunca los amigos han de dar enojo á los amigos, ni hacer burla de los
amigos, y mas cuando ven que se enojan los amigos.
--No hay aquí amigo, respondió Maniferro, que quiera enojar ni hacer
burla de otro amigo; y pues todos somos amigos, dénse las manos los
amigos.
Á esto dijo Monipodio:
--Todos voacedes han hablado como buenos amigos, y como tales amigos se
den las manos de amigos.
Diéronselas luego; y la Escalanta quitándose un chapin comenzó á tañer
en él como en un pandero; la Gananciosa tomó una escoba de palma nueva,
que allí se halló acaso, y rasgándola hizo un son, que aunque ronco y
áspero, se concertaba con el del chapin. Monipodio rompió un plato, y
hizo dos tejoletas que puestas entre dos dedos y repicadas con gran
lijereza, llevaba el contrapunto al chapin y á la escoba.
Espantáronse Rinconete y Cortadillo de la nueva invencion de la escoba,
porque hasta entónces nunca la habian visto. Conociólo Maniferro, y
díjoles:
--¿Admíranse de la escoba? pues bien hacen: pues música mas presta y
mas sin pesadumbre, ni mas barata, no se ha inventado en el mundo: en
verdad que oí decir el otro dia á un estudiante, que ni el Negrofeo que
sacó á la Arauz del infierno, ni Marion, que subió sobre el delfin, y
salió del mar como si viniera caballero sobre una mula de alquiler, ni
el otro gran músico que hizo una ciudad que tenia cien puertas y otros
tantos postigos, nunca inventaron mejor género de música tan fácil de
deprender, tan mañera de tocar, tan sin trastes, clavijas ni cuerdas,
y tan sin necesidad de templarse, y aun voto á tal, que dice que la
inventó un galan desta ciudad, que se pica de ser un Héctor en la
música.
--Eso creo yo muy bien, respondió Rinconete, pero escuchemos lo que
quieren cantar nuestros músicos, que parece que la Gananciosa ha
escupido, señal de que quiere cantar.
Y así era la verdad, porque Monipodio le habia rogado que cantase
algunas seguidillas de las que se usaban; mas la que comenzó primero
fué la Escalanta, y con voz sutil y quebradiza cantó lo siguiente:
Por un sevillano, rufo á lo valon,
Tengo socarrado todo el corazon.
Siguió la Gananciosa cantando:
Por un morenico de color verde
¿Cuál es la fogosa que no se pierde?
Y luego Monipodio, dándose gran priesa al meneo de sus tejoletas, dijo:
Riñen dos amantes, hácese la paz,
Si el enojo es grande, es el gusto mas.
No quiso la Cariharta pasar su gusto en silencio, porque tomando otro
chapin, se metió en danza, y acompañó á las demas, diciendo:
Detente, enojado, no me azotes mas,
Que si bien lo miras, á tus carnes das.
Cántese á lo llano, dijo á esta sazon Repolido, y no se toquen
historias pasadas, que no hay para qué: lo pasado sea pasado, y tómese
otra vereda, y basta.
Talle llevaban de no acabar tan presto el comenzado cántico, si no
sintieran que llamaban á la puerta apriesa, y con ella salió Monipodio
á ver quién era, y la centinela le dijo como al cabo de la calle
habia asomado el alcalde de la justicia, y que delante dél venian el
Tordillo y el Cernícalo, corchetes neutrales. Oyéronlo los de dentro,
y alborotáronse todos, de manera que la Cariharta y la Escalanta se
calzaron sus chapines al reves: dejó la escoba la Gananciosa, Monipodio
sus tejoletas, y quedó en turbado silencio toda la música: enmudeció
Chiquiznaque, pasmóse el Repolido, y suspendióse Maniferro, y todos,
cuál por una y cuál por otra parte, desaparecieron, subiéndose á las
azoteas y tejados para escaparse y pasar por ellos á otra calle. Nunca
disparado arcabuz á deshora, ni trueno repentino espantó así á banda
de descuidadas palomas, como puso en alboroto y espanto á toda aquella
recogida compañía y buena gente la nueva de la venida del alcalde de la
justicia y su corchetada: los dos novicios Rinconete y Cortadillo no
sabian qué hacerse, y estuviéronse quedos, esperando ver en qué paraba
aquella repentina borrasca, que no paró en mas de volver la centinela
á decir que el alcalde se habia pasado de largo, sin dar muestra ni
resabio de mala sospecha alguna.
Y estando diciendo esto á Monipodio, llegó un caballero mozo á la
puerta, vestido, como se suele decir, de barrio: Monipodio le entró
consigo, y mandó llamar á Chiquiznaque, á Maniferro y al Repolido, y
que de los demas no bajase alguno: como se habian quedado en el patio
Rinconete y Cortadillo pudieron oir toda la plática que pasó Monipodio
con el caballero recien venido, el cual dijo á Monipodio, que por
qué se habia hecho tan mal lo que le habia encomendado. Monipodio
respondió que aun no sabia lo que se habia hecho, pero que allí estaba
el oficial á cuyo cargo estaba su negocio, y que él daria muy buena
cuenta de sí.
Bajó en esto Chiquiznaque, y preguntóle Monipodio si habia cumplido con
la obra que se le encomendó de la cuchillada de á catorce.
--¿Cuál, respondió Chiquiznaque: es la de aquel mercader de la
encrucijada?
--Esa es, dijo el caballero.
--Pues lo que en eso pasa, respondió Chiquiznaque, es que yo le aguardé
anoche á la puerta de su casa, y él vino ántes de la oracion: lleguéme
cerca dél, marquéle el rostro con la vista, y vi que le tenia tan
pequeño que era imposible de toda imposibilidad caber en él cuchillada
de catorce puntos; y hallándome imposibilitado de poder cumplir lo
prometido, y de hacer lo que llevaba en mi destruicion...
--Instruccion querrá vuesa merced decir, dijo el caballero, que no
destruicion.
--Eso quise decir, respondió Chiquiznaque: digo que viendo que en
la estrecheza y poca cantidad de aquel rostro no cabian los puntos
propuestos, porque no fuese mi ida en balde, di la cuchillada á un
lacayo suyo, que á buen seguro que la pueden poner por mayor de marca.
--Mas quisiera, dijo el caballero, que se le hubiera dado al amo una
de á siete, que al criado la de catorce: en efeto conmigo no se ha
cumplido, como era razon, pero no importa; poca mella me harán los
treinta ducados que dejé en señal: beso á vuesas mercedes las manos.
Y diciendo esto, se quitó el sombrero, y volvió las espaldas para
irse; pero Monipodio le asió de la capa de mezcla que traia puesta,
diciéndole:
--Voacé se detenga, y cumpla su palabra, pues nosotros hemos cumplido
la nuestra con mucha honra y con mucha ventaja: veinte ducados faltan,
y no ha de salir de aquí voacé sin darlos, ó prendas que lo valgan.
--Pues ¿á esto llama vuesa merced cumplimiento de palabra, respondió el
caballero, dar la cuchillada al mozo, habiéndose de dar al amo?
--¡Qué bien está en la cuenta el señor! dijo Chiquiznaque; bien parece
que no se acuerda de aquel refran que dice: Quien bien quiere á
Beltran, bien quiere á su can.
--Pues ¿en qué modo puede venir aquí á propósito este refran? replicó
el caballero.
--¿Pues no es lo mismo, prosiguió Chiquiznaque, decir: quien mal quiere
á Beltran, mal quiere á su can? y así Beltran es el mercader, voacé le
quiere mal, su lacayo es su can, y dando al can se da á Beltran, y la
deuda queda líquida, y trae aparejada ejecucion: por eso no hay mas
sino pagar luego sin apercebimiento de remate.
--Eso juro yo bien, añadió Monipodio, y de la boca me quitaste,
Chiquiznaque amigo, todo cuanto aquí has dicho: y así voacé, señor
galan, no se meta en puntillos con sus servidores y amigos, sino tome
mi consejo y pague luego lo trabajado, y si fuere servido que se le dé
otra al amo, de la cantidad que pueda llevar su rostro, haga cuenta
que ya se la está curando.
--Como eso sea, respondió el galan, de muy entera voluntad y gana
pagaré la una y la otra por entero.
--No dude en esto, dijo Monipodio, mas que en ser cristiano, que
Chiquiznaque se la dará pintiparada, de manera que parezca que allí se
le nació.
--Pues con esa seguridad y promesa, respondió el caballero, recíbase
esta cadena en prendas de los veinte ducados atrasados y de cuarenta
que ofrezco por la venidera cuchillada: pesa mil reales, y podria ser
que se quedase rematada, porque traigo entre ojos que serán menester
otros catorce puntos ántes de mucho.
Quitóse en esto una cadena de vueltas menudas del cuello, y diósela
á Monipodio, que al tocar y al peso bien vió que no era de alquimia.
Monipodio la recebió con mucho contento y cortesía, porque era en
estremo bien criado: la ejecucion quedó á cargo de Chiquiznaque, que
solo tomó término de aquella noche. Fuése muy satisfecho el caballero,
y luego Monipodio llamó á todos los ausentes y azorados: bajaron todos,
y poniéndose Monipodio en medio dellos, sacó un libro de memoria que
traia en la capilla de la capa, y diósele á Rinconete que leyese,
porque él no sabia leer. Abriólo Rinconete, y en la primera hoja vió
que decia:
MEMORIA DE LAS CUCHILLADAS QUE SE HAN DE DAR ESTA SEMANA.
-La primera al mercader de la encrucijada: vale cincuenta escudos:
están recebidos treinta á buena cuenta. Secutor, Chiquiznaque.-
--No creo que haya otra, hijo, dijo Monipodio: pasa adelante, y mira
donde dice: -Memoria de palos-.
Volvió la hoja Rinconete, y vió que en otra estaba escrito: -Memoria de
palos-.
Y mas abajo decia:
-Al bodegonero de la Alfalfa doce palos de mayor cuantía, á escudo
cada uno: están dados á buena cuenta ocho: el término seis dias.
Secutor, Maniferro.-
--Bien podia borrarse esa partida, dijo Maniferro, porque esta noche
traeré finiquito della.
--¿Hay mas, hijo? dijo Monipodio.
--Sí, otra, respondió Rinconete, que dice así:
-Al sastre corcobado, que por mal nombre se llama el Silguero,
seis palos de mayor cuantía á pedimento de la dama que dejó la
gargantilla. Secutor, el Desmochado.-
--Maravillado estoy, dijo Monipodio, cómo todavía está esa partida en
ser; sin duda alguna debe de estar mal dispuesto el Desmochado, pues
son dos dias pasados del término, y no ha dado puntada en esta obra.
--Yo le topé ayer, dijo Maniferro, y me dijo que por haber estado
retirado por enfermo el corcobado, no habia cumplido con su débito.
--Eso creo yo bien, dijo Monipodio, porque tengo por tan buen oficial
al Desmochado, que si no fuera por tan justo impedimento, ya él hubiera
dado al cabo con mayores empresas. ¿Hay mas, mocito?
--No, señor, respondió Rinconete.
--Pues pasad adelante, dijo Monipodio, y mirad donde dice: -Memorial de
agravios comunes-.
Pasó adelante Rinconete, y en otra hoja halló escrito:
-Memorial de agravios comunes, conviene á saber: redomazos, untos
de miera, clavazon de sambenitos y cuernos, matracas, espantos,
alborotos y cuchilladas fingidas, publicacion de nibelos-, etc.
--¿Qué dice mas abajo? dijo Monipodio.
--Dice, dijo Rinconete, -unto de miera en la casa-...
--No se lea la casa, que ya yo sé dónde es, respondió Monipodio, y yo
soy el tuautem y esecutor de esa niñería, y están dados á buena cuenta
cuatro escudos, y el principal es ocho.
--Así es la verdad, dijo Rinconete, que todo eso está aquí escrito; y
aun mas abajo dice: -clavazon de cuernos-.
--Tampoco se lea, dijo Monipodio, la casa, ni adónde, que basta que
se les haga el agravio, sin que se diga en público, que es gran cargo
de conciencia: á lo ménos mas querria yo clavar cien cuernos y otros
tantos sambenitos, como se me pagase mi trabajo, que decillo sola una
vez, aunque fuese á la madre que me parió.
--El esecutor desto es, dijo Rinconete, el Narigueta.
--Ya está eso hecho y pagado, dijo Monipodio; mirad si hay mas, que si
mal no me acuerdo, ha de haber ahí un espanto de veinte escudos: está
dada la mitad, y el esecutor es la comunidad toda, y el término es todo
el mes en que estamos, y cumpliráse al pié de la letra, sin que falte
un tilde, y será una de las mejores cosas que hayan sucedido en esta
ciudad de muchos tiempos á esta parte: dadme el libro, mancebo, que yo
sé que no hay mas, y sé tambien que anda muy flaco el oficio; pero tras
este tiempo vendrá otro, y habrá que hacer mas de lo que quisiéremos;
que no se mueve la hoja sin la voluntad de Dios, y no hemos de hacer
nosotros que se vengue nadie por fuerza; cuanto mas, que cada uno en su
causa suele ser valiente, y no quiere pagar las hechuras de la obra que
él se puede hacer por sus manos.
--Así es, dijo á esto el Repolido. Pero mire vuesa merced, señor
Monipodio, lo que nos ordena y manda, que se va haciendo tarde, y va
entrando el calor mas que de paso.
--Lo que se ha de hacer, respondió Monipodio, es que todos se vayan
á sus puestos, y nadie se mude hasta el domingo, que nos juntaremos
en este mismo lugar, y se repartirá todo lo que hubiere caido, sin
agraviar á nadie. Á Rinconete el bueno y á Cortadillo se les da por
distrito hasta el domingo, desde la torre del Oro por defuera de
la ciudad, hasta el postigo del Alcázar, donde se puede trabajar á
sentadillas con sus flores: que yo he visto á otros de ménos habilidad
que ellos salir cada dia con mas de veinte reales en menudos, amen
de la plata, con una baraja sola, y esa con cuatro naipes ménos:
este distrito os enseñará Ganchoso; y aunque os estendais hasta San
Sebastian y Santelmo, importa poco, puesto que es justicia mera mista,
que nadie se entre en pertenencia de nadie.
Besáronle la mano los dos por la merced que se les hacia, y
ofreciéronse á hacer su oficio bien y fielmente, con toda diligencia y
recato.
Sacó en esto Monipodio un papel doblado de la capilla de la capa, donde
estaba la lista de los cofrades, y dijo á Rinconete que pusiese allí su
nombre y el de Cortadillo; mas porque no habia tintero le dió el papel
para que lo llevase, y en el primer boticario los escribiese, poniendo:
Rinconete y Cortadillo cofrades: noviciado ninguno: Rinconete floreo,
Cortadillo bajon, y el dia, mes y año, callando padres y patria.
Estando en esto entró uno de los viejos abispones, y dijo:
--Vengo á decir á vuesas mercedes como agora topé en Gradas á Lobillo
el de Málaga, y díceme que viene mejorado en su arte de tal manera, que
con naipe limpio quitará el dinero al mismo Satanas, y que por venir
maltratado no viene luego á registrarse, y á dar la sólita obediencia;
pero que el domingo será aquí sin falta.
--Siempre se me asentó á mí, dijo Monipodio, que este Lobillo habia de
ser único en su arte, porque tiene las mejores y mas acomodadas manos
para ello, que se pueden desear; que para ser uno buen oficial en su
oficio, tanto ha menester los buenos instrumentos con que le ejercita,
como el ingenio con que le aprende.
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