con tantos estremos de hermosura no es Leonisa, la hija de Rodolfo
Florencio, no sé quién sea, que esta sola tenia la fama que dices.
--Esa es, oh Mahamut, respondió Ricardo, esa es, amigo, la causa
principal de todo mi bien y de toda mi desventura: esa es, que no
la perdida libertad, por quien mis ojos han derramado, derraman y
derramarán lágrimas sin cuento, y la por quien mis suspiros encienden
el aire cerca y léjos, y la por quien mis razones causan al cielo que
las escucha, y á los oidos que las oyen: esa es por quien tú me has
juzgado por loco, ó por lo ménos por de poco valor y ménos ánimo: esta
Leonisa, para mí leona, y mansa cordera para otro, es la que me tiene
en este miserable estado; porque has de saber que desde mis tiernos
años, ó á lo ménos desde que tuve uso de razon no solo la amé, mas
la adoré y serví con tanta solicitud como si no tuviera en la tierra
ni en el cielo otra deidad á quien sirviese ni adorase: sabian sus
deudos y sus padres mis deseos, y jamas dieron muestras de que les
pesase, considerando que iban encaminados á fin honesto y virtuoso; y
así muchas veces sé yo que se lo dijeron á Leonisa, para disponerle
la voluntad á que por su esposo me recebiese, conociendo mi calidad
y nobleza: mas ella, que tenia puestos los ojos en Cornelio, el hijo
de Ascanio Rótulo, que tú bien conoces (mancebo galan, atildado, de
blancas manos y rizos cabellos, de voz melíflua y de amorosas palabras,
y finalmente todo hecho de ámbar y de alfeñique, guarnecido de telas y
adornado de brocados), no quiso ponerlos en mi rostro no tan delicado
como el de Cornelio, ni quiso agradecer siquiera mis muchos y continuos
servicios, pagando mi voluntad con desdeñarme y aborrecerme; y á tanto
llegó el estremo de amarla, que tomara por partido dichoso que me
acabara á pura fuerza de desdenes y desagradecimientos, con que no
diera descubiertos aunque honestos favores á Cornelio: mira pues si
llegándose á la angustia del desden y aborrecimiento la mayor y mas
cruel rabia de los celos, cuál estaria mi alma de dos tan mortales
pestes combatida: disimulaban los padres de Leonisa los favores que
á Cornelio hacia, creyendo, como estaba en razon que creyesen, que
atraido el mozo de su incomparable y bellísima hermosura, la escogeria
por su esposa, y en ello granjearian yerno mas rico que conmigo: y bien
pudiera ser, si así fuera; pero no le alcanzarán, sin arrogancia sea
dicho, de mejor condicion que la mia, ni de mas altos pensamientos, ni
de mas conocido valor que el mio. Sucedió pues que en el discurso de mi
pretension alcancé á saber que un dia del mes pasado de mayo, que este
de hoy hace un año, tres dias, y cinco horas, Leonisa y sus padres, y
Cornelio y los suyos se iban á solazar con toda su parentela y criados
al jardin de Ascanio, que está cercano á la marina en el camino de las
salinas.
--Bien lo sé, dijo Mahamut, pasa adelante, Ricardo, que mas de cuatro
dias tuve en él, cuando Dios quiso, mas de cuatro buenos ratos.
--Súpelo, replicó Ricardo, y al mismo instante que lo supe me ocupó el
alma una furia, una rabia y un infierno de celos con tanta vehemencia
y rigor, que me sacó de mis sentidos, como lo verás por lo que luego
hice, que fué irme al jardin donde me dijeron que estaban, y hallé á la
mas de la gente solazándose, y debajo de un nogal sentados á Cornelio
y á Leonisa, aunque desviados un poco: cuál ellos quedaron de mi vista
no lo sé; de mí sé decir que quedé tal con la suya que perdí la de mis
ojos, y me quedé como estatua sin voz ni movimiento alguno; pero no
tardó mucho en despertar el enojo á la cólera, y la cólera á la sangre
del corazon, y la sangre á la ira, y la ira á las manos y la lengua:
puesto que las manos se ataron con el respeto á mi parecer debido al
hermoso rostro que tenia delante; pero la lengua rompió el silencio con
estas razones:
--Contenta estarás, oh enemiga mortal de mi descanso, en tener con
tanto sosiego delante de tus ojos la causa que hará que los mios
vivan en perpetuo y doloroso llanto: llégate, llégate, cruel, un poco
mas, y enrede tu yedra á ese inútil tronco que te busca: peina ó
ensortija aquesos cabellos de ese tu nuevo Ganimédes, que tibiamente
te solicita: acaba ya de entregarte á los banderizos años dese mozo en
quien contemplas; porque perdiendo yo la esperanza de alcanzarte, acabe
con ella la vida que aborrezco: ¿piensas por ventura, soberbia y mal
considerada doncella, que contigo sola se han de romper y faltar las
leyes y fueros que en semejantes casos en el mundo se usan? ¿Piensas,
quiero decir, que ese mozo altivo por su riqueza, arrogante por su
gallardía, inesperto por su edad poca, confiado por su linaje, ha de
querer, ni poder, ni saber guardar firmeza en sus amores, ni estimar
lo inestimable, ni conocer lo que conocen los maduros y esperimentados
años? No lo pienses, si lo piensas, porque no tiene otra cosa buena el
mundo, sino hacer sus acciones siempre de una misma manera, porque no
se engañe nadie sino por su propia ignorancia: en los pocos años está
la inconstancia mucha, en los ricos la soberbia, la vanidad en los
arrogantes, y en los hermosos el desden, y en los que todo esto tienen
la necedad, que es madre de todo mal suceso: y tú, ó mozo, que tan á
salvo piensas llevar el premio mas debido á mis buenos deseos que á los
ociosos tuyos, ¿por qué no te levantas dese estrado de flores donde
yaces, y vienes á sacarme el alma que tanto la tuya aborrece? y no
porque me ofendas en lo que haces, sino porque no sabes estimar el bien
que la ventura te concede: y vese claro que le tienes en poco, en que
no quieres moverte á defenderle por no ponerte á riesgo de descomponer
la afeitada compostura de tu galan vestido: si esa tu reposada
condicion tuviera Aquíles, bien seguro estuviera Ulíses de no salir con
su empresa, aunque mas le mostrara resplandecientes armas y acerados
alfanjes: véte, véte, y recréate entre las doncellas de tu madre, y
allí ten cuidado de tus cabellos y de tus manos, mas dispuestas á
devanar blando sirgo, que á empuñar la dura espada.
Á todas estas razones jamas se levantó Cornelio del lugar donde le
hallé sentado; ántes se estuvo quedo, mirándome como embelesado sin
moverse: y á las levantadas voces con que le dije lo que has oido,
se fué llegando la gente que por la huerta andaba, y se pusieron
á escuchar otros mas improperios que á Cornelio le dije, el cual
tomando ánimo con la gente que acudió, porque todos ó los mas eran sus
parientes, criados ó allegados, dió muestras de levantarse; mas ántes
que se pusiese en pié puse mano á mi espada y acometíle no solo á él,
sino á todos cuantos allí estaban; pero apénas vió Leonisa relucir
mi espada cuando le tomó un recio desmayo, cosa que me puso en mayor
coraje y mayor despecho; y no te sabré decir, si los muchos que me
acometieron atendian no mas de á defenderse, como quien se defiende de
un loco furioso, ó si fué mi buena suerte y diligencia, ó el cielo que
para mayores males queria guardarme, porque en efecto herí siete ú ocho
de los que hallé mas á mano: á Cornelio le valió su buena diligencia,
pues fué tanta la que puso en los piés huyendo, que se escapó de mis
manos.
Estando en este tan manifiesto peligro, cercado de mis enemigos,
que ya como ofendidos procuraban vengarse, me socorrió la ventura
con un remedio, que fuera mejor haber dejado allí la vida, que no
restaurándola por tan no pensado camino venir á perderla cada hora
mil y mil veces: y fué que de improviso dieron en el jardin mucha
cantidad de turcos de dos galeotas de cosarios de Viserta, que en
una cala que allí cerca estaba habian desembarcado sin ser sentidos
de las centinelas de las torres de la marina, ni descubiertos de los
corredores ó atajadores de la costa: cuando mis contrarios los vieron,
dejándome solo, con presta celeridad se pusieron en cobro: de cuantos
en el jardin estaban, no pudieron los turcos cautivar mas de á tres
personas, y á Leonisa que aun se estaba desmayada: á mí me cogieron con
cuatro disformes heridas, vengadas ántes por mi mano con cuatro turcos
que de otras cuatro dejé sin vida tendidos en el suelo.
Este asalto hicieron los turcos con su acostumbrada diligencia, y no
muy contentos del suceso se fueron á embarcar, y luego se hicieron á
la mar, y á vela y remo en breve espacio se pusieron en la Fabiana:
hicieron reseña por ver qué gente les faltaba, y viendo que los muertos
eran cuatro soldados de aquellos que ellos llaman levantes, y de los
mejores y mas estimados que traian, quisieron tomar en mí la venganza,
y así mandó el arraez de la capitana bajar la entena para ahorcarme.
Todo esto estaba mirando Leonisa, que ya habia vuelto en sí, y viéndose
en poder de los cosarios derramaba abundancia de hermosas lágrimas,
y torciendo sus manos delicadas, sin hablar palabra estaba atenta á
ver si entendia lo que los turcos decian: mas uno de los cristianos
del remo le dijo en italiano cómo el arraez mandaba ahorcar aquel
cristiano, señalándome á mí, porque habia muerto en su defensa á cuatro
de los mejores soldados de las galeotas: lo cual oido y entendido
por Leonisa, la vez primera que se mostró para mí piadosa, dijo al
cautivo que dijese á los turcos que no me ahorcasen, porque perderian
un gran rescate, y que les rogaba volviesen á Trápana, que luego me
rescatarian: esta, digo, fué la primera, y aun será la última caridad
que usó conmigo Leonisa, y todo para mayor mal mio. Oyendo pues los
turcos las razones que el cautivo italiano les decia, le creyeron
fácilmente, y mudóles el interes la cólera. Otro dia por la mañana,
alzando bandera de paz volvieron á Trápana: aquella noche la pasé con
el dolor que imaginarse puede, no tanto por el que mis heridas me
causaban, cuanto por imaginar el peligro en que la cruel enemiga mia
entre aquellos bárbaros estaba.
Llegados pues como digo á la ciudad, entró en el puerto la una galeota,
y la otra se quedó fuera: coronóse luego todo el puerto y la ribera
toda de cristianos, y el lindo de Cornelio desde léjos estaba mirando
lo que en la galeota pasaba: acudió luego un mayordomo mio á tratar de
mi rescate, al cual dije que en ninguna manera tratase de mi libertad
sino de la de Leonisa, y que diese por ella todo cuanto valia mi
hacienda, y mas le ordené que volviese á tierra, y dijese á los padres
de Leonisa, que le dejasen á él tratar de la libertad de su hija, y que
no se pusiesen en trabajo por ella. Hecho esto, el arraez principal,
que era un renegado griego llamado Yzuf, pidió por Leonisa seis mil
escudos, y por mí cuatro mil, añadiendo que no daria el uno sin el
otro: pidió esta gran suma, segun despues supe, porque estaba enamorado
de Leonisa, y no quisiera él rescatarla sino darla al arraez de la
otra galeota, con quien habia de partir las presas que se hiciesen por
mitad, á mí en precio de cuatro mil escudos, y mil en dinero que hacian
cinco mil, y quedarse con Leonisa por otros cinco mil: y esta fué la
causa porque nos apreció á los dos en diez mil escudos.
Los padres de Leonisa no ofrecieron de su parte nada, atenidos á la
promesa que de mi parte mi mayordomo les habia hecho: ni Cornelio
movió los labios en su provecho; y así despues de muchas demandas
y respuestas, concluyó mi mayordomo en dar por Leonisa cinco mil,
y por mí tres mil escudos. Aceptó Yzuf este partido forzado de las
persuasiones de su compañero y de lo que todos sus soldados le decian;
mas como mi mayordomo no tenia junta tanta cantidad de dineros, pidió
tres dias de término para juntarlos, con intencion de malbaratar mi
hacienda hasta cumplir el rescate. Holgóse desto Yzuf, pensando hallar
en este tiempo ocasion para que el concierto no pasase adelante, y
volviéndose á la isla de la Fabiana, dijo que llegado el término de los
tres dias volveria por el dinero. Pero la ingrata fortuna, no cansada
de maltratarme, ordenó que estando desde lo mas alto de la isla puesta
á la guarda una centinela de los turcos, bien dentro á la mar descubrió
seis velas latinas, y entendió, como fué verdad, que debian ser ó la
escuadra de Malta, ó algunas de las de Sicilia: bajó corriendo á dar
la nueva, y en un pensamiento se embarcaron los turcos que estaban en
tierra, cuál guisando de comer, cuál lavando su ropa, y zarpando con
no vista presteza dieron al agua los remos y al viento las velas, y
puestas las proas en Berbería, en ménos de dos horas perdieron de
vista las galeras; y así cubiertos con la isla y con la noche que venia
cerca, se aseguraron del miedo que habian cobrado.
Á tu buena consideracion dejo, oh Mahamut amigo, que consideres cuál
iria mi ánimo en aquel viaje tan contrario del que yo esperaba; y
mas cuando otro dia habiendo llegado las dos galeotas á la isla de
la Pantanalea por la parte del mediodía, los turcos saltaron en
tierra á hacer leña y carne, como ellos dicen, y mas cuando vi que
los arraeces saltaron en tierra, y se pusieron á hacer las partes de
todas las presas que habian hecho; cada accion destas fué para mí una
dilatada muerte: viniendo pues á la particion mia y de Leonisa, Yzuf
dió á Fetala (que así se llamaba el arraez de la otra galeota) seis
cristianos, los cuatro para el remo, y dos muchachos hermosísimos, de
nacion corsos, y á mí con ellos, por quedarse con Leonisa, de lo cual
se contentó Fetala; y aunque estuve presente á todo esto, nunca pude
entender lo que decian, aunque sabia lo que hacian, ni entendiera por
entónces el modo de la particion, si Fetala no se llegara á mí y me
dijera en italiano:
--Cristiano, ya eres mio, en dos mil escudos de oro te me han dado; si
quieres libertad, has de dar cuatro mil, si no acá morir.
Preguntéle, si era tambien suya la cristiana: díjome que no, sino que
Yzuf se quedaba con ella con intencion de volverla mora y casarse con
ella: y así era la verdad, porque me lo dijo uno de los cautivos del
remo que entendia bien el turquesco, y se lo habia oido tratar á Yzuf
y á Fetala. Díjele á mi amo que hiciese de modo como se quedase con la
cristiana, y que le daria por su rescate solo diez mil escudos de oro
en oro. Respondióme no ser posible; pero que haria que Yzuf supiese
la gran suma que le ofrecia por la cristiana, que quizá llevado del
interese, mudaria de intencion y la rescataria.
Hízolo así, y mandó que todos los de su galeota se embarcasen luego,
porque se queria ir á Tripol de Berbería, de donde él era. Yzuf
asimismo determinó irse á Viserta: y así se embarcaron con la misma
priesa que suelen cuando descubren ó galeras de quien temer, ó bajeles
á quien robar: movióles á darse priesa, por parecerles que el tiempo
mudaba con muestras de borrasca. Estaba Leonisa en tierra, pero no en
parte que yo la pudiese ver, sino fué que al tiempo del embarcarnos
llegámos juntos á la marina: llevábala de la mano su nuevo amo y su
mas nuevo amante, y al entrar por la escala que estaba puesta desde
tierra á la galeota, volvió los ojos á mirarme, y los mios, que no se
quitaban della, la miraron con tan tierno sentimiento y dolor, que
sin saber cómo, se me puso una nube ante ellos que me quitó la vista,
y sin ella y sin sentido alguno di conmigo en el suelo: lo mismo me
dijeron despues que habia sucedido á Leonisa, porque la vieron caer de
la escala á la mar, y que Yzuf se habia echado tras ella y la sacó en
brazos.
Esto me contaron dentro de la galeota de mi amo, donde me habian puesto
sin que yo lo sintiese; mas cuando volví de mi desmayo, y me vi solo
en la galeota, y que la otra tomando otra derrota, se apartaba de
nosotros, llevándose consigo la mitad de mi alma, ó por mejor decir
toda ella, cubrióseme el corazon de nuevo, y de nuevo maldije mi
ventura, y llamé á la muerte á voces; y eran tales los sentimientos
que hacia, que mi amo enfadado de oirme, con un grueso palo me amenazó
que si no callaba me maltrataria: reprimí las lágrimas, recogí los
suspiros, creyendo que con la fuerza que les hacia reventarian por
parte que abriesen puerta al alma, que tanto deseaba desamparar este
miserable cuerpo; mas la suerte, aun no contenta de haberme puesto
en tan encogido estrecho, ordenó de acabar con todo, quitándome las
esperanzas de todo mi remedio, y fué que en un instante se declaró
la borrasca que ya se temia, y el viento que de la parte de mediodía
soplaba y nos embestia por la proa comenzó á reforzar con tanto brio,
que fué forzoso volverle la popa y dejar correr el bajel por donde el
viento queria llevarle, con harto riesgo de los que en él llevaban
puesta la confianza de sus vidas.
Llevaba designio el arraez de despuntar la isla, y tomar abrigo en ella
por la banda del norte; mas sucedióle al reves su pensamiento, porque
el viento cargó con tanta furia, que todo lo que habíamos navegado
en dos dias, en poco mas de catorce horas nos vimos á seis millas
ó siete de la propia isla de donde habíamos partido, y sin remedio
alguno íbamos á embestir en ella, y no en alguna playa, sino en unas
muy levantadas peñas que á la vista se nos ofrecian, amenazando de
inevitable muerte nuestras vidas: vimos á nuestro lado la galeota de
nuestra conserva, donde estaba Leonisa, y todos sus turcos y cautivos
remeros haciendo fuerza con los remos para entretenerse y no dar en las
peñas: lo mismo hicieron los de la nuestra con mas ventaja y esfuerzo
á lo que pareció, que los de la otra, los cuales cansados del trabajo,
y vencidos del teson del viento y de la tormenta, soltando los remos
se abandonaron y se dejaron ir á vista de nuestros ojos á embestir en
las peñas, donde dió la galeota tan grande golpe, que toda se hizo
pedazos: comenzaba á cerrar la noche, y fué tamaña la grita de los que
se perdian y el sobresalto de los que en nuestro bajel temian perderse,
que ninguna cosa de las que nuestro arraez mandaba se entendia ni se
hacia; solo se atendia á no dejar los remos de las manos, tomando por
remedio volver la proa al viento y echar dos áncoras á la mar para
entretener con esto algun tiempo la muerte que por cierta tenian;
y aunque el miedo de morir era general en todos, en mí era muy al
contrario, porque con la esperanza engañosa de ver en el otro mundo á
la que habia tan poco que deste se habia apartado, cada punto que la
galeota tardaba en anegarse ó en embestir en las peñas, era para mí
un siglo de mas penosa muerte: las levantadas olas que por encima del
bajel y de mi cabeza pasaban, me hacian estar atento á ver si en ellas
venia el cuerpo de la desdichada Leonisa.
No quiero detenerme ahora, oh Mahamut, en contarte por menudo los
sobresaltos, los temores, las ansias, los pensamientos que en aquella
luenga y amarga noche tuve y pasé, por no ir contra lo que primero
propuse de contarte brevemente mi desventura; basta decirte que fueron
tantos y tales que si la muerte viniera en aquel tiempo, tuviera bien
poco que hacer en quitarme la vida.
Vino el dia con muestras de mayor tormenta que la pasada, y hallámos
que el bajel habia virado un gran trecho, habiéndose desviado de las
peñas un buen espacio, y llegádose á una punta de la isla; viéndose tan
á pique de doblarla turcos y cristianos con nueva esperanza y fuerzas
nuevas, al cabo de seis horas doblámos la punta, y hallámos mas blando
el mar y mas sosegado, de modo que mas fácilmente nos aprovechámos
de los remos, y abrigados con la isla tuvieron lugar los turcos de
saltar en tierra para ir á ver si habia quedado alguna reliquia de
la galeota que la noche ántes dió en las peñas; mas aun no quiso el
cielo concederme el alivio que esperaba tener de ver en mis brazos el
cuerpo de Leonisa, que aunque muerto y despedazado holgara de verle,
por romper aquel imposible que mi estrella me puso de juntarme con él
como mis buenos deseos merecian; y así rogué á un renegado que queria
desembarcarse, que le buscase y viese si la mar lo habia arrojado á la
orilla; pero, como ya he dicho, todo esto me negó el cielo, pues al
mismo instante tornó á embravecerse el viento de manera que el amparo
de la isla no fué de algun provecho: viendo esto Fetala, no quiso
contrastar contra la fortuna que tanto le perseguia; y así mandó poner
el trinquete al árbol y hacer un poco de vela, volvió la proa á la mar
y la popa al viento; y tomando él mismo el cargo del timon, se dejó
correr por el ancho mar, seguro que ningun impedimento le estorbaria su
camino: iban los remos igualados en la crujía, y toda la gente sentada
por los bancos y ballesteras, sin que en toda la galeota se descubriese
otra persona que la del cómitre, que por mas seguridad suya se hizo
atar fuertemente al estanterol: volaba el bajel con tanta ligereza que
en tres dias y tres noches, pasando á la vista de Trápana, de Melazo y
de Palermo, embocó por el Faro de Mesina, con maravilloso espanto de
los que iban dentro y de aquellos que desde la tierra los miraban.
En fin, por no ser tan prolijo en contar la tormenta como ella lo fué
en su porfía, digo que cansados, hambrientos y fatigados con tan largo
rodeo, como fué bojar casi toda la isla de Sicilia, llegámos á Tripol
de Berbería, donde á mi amo (ántes de haber hecho con sus levantes la
cuenta del despojo, y dádoles lo que les tocaba, y su quinto al rey,
como es costumbre), le dió un dolor de costado tal, que dentro de tres
dias dió con él en el infierno: púsose luego el rey de Tripol en toda
su hacienda, y el alcaide de los muertos que allí tiene el Gran Turco
(que como sabes es heredero de los que no le dejan en su muerte),
estos dos tomaron toda la hacienda de Fetala mi amo, y yo cupe á este
que entónces era virey de Tripol; y de allí á quince dias le vino
la patente de virey de Chipre, con el cual he venido hasta aquí sin
intento de rescatarme, porque aunque él me ha dicho muchas veces que
me rescate, pues soy hombre principal, como se lo dijeron los soldados
de Fetala, jamas he acudido á ello, ántes le he dicho que le engañaron
los que le dijeron grandezas de mi posibilidad: y si quieres, Mahamut,
que te diga todo mi pensamiento, has de saber que no quiero volver á
parte donde por alguna via pueda tener cosa que me consuele, y quiero
que juntándose á la vida del cautiverio los pensamientos y memorias que
jamas me dejan de la muerte de Leonisa, vengan á ser parte para que yo
no la tenga jamas de gusto alguno: y si es verdad que los continuos
dolores forzosamente se han de acabar ó acabar á quien los padece, los
mios no podrán dejar de hacerlo, porque pienso darles rienda de manera
que á pocos dias den alcance á la miserable vida que tan contra mi
voluntad sostengo.
Este es, oh Mahamut hermano, el triste suceso mio: esta es la causa
de mis suspiros y de mis lágrimas, mira tú ahora y considera si
es bastante para sacarlos de lo profundo de mis entrañas, y para
engendrarlos en la sequedad de mi lastimado pecho. Leonisa murió, y
con ella mi esperanza; que puesto que la que tenia ella viviendo, se
sustentaba de un delgado cabello, todavía, todavía...
Y en este todavía se le pegó la lengua al paladar, de manera que
no pudo hablar mas palabra ni detener las lágrimas que, como suele
decirse, hilo á hilo le corrian por el rostro en tanta abundancia
que llegaron á humedecer el suelo. Acompañóle en ellas Mahamut; pero
pasándose aquel parasismo causado de la memoria renovada en el amargo
cuento, quiso Mahamut consolar á Ricardo con las mejores razones que
supo; mas él las atajó diciéndole:
--Lo que has de hacer, amigo, es aconsejarme qué haré yo para caer en
desgracia de mi amo y de todos aquellos con quien yo comunicare, para
que siendo aborrecido dél y dellos, los unos y los otros me maltraten y
persigan de suerte, que añadiendo dolor á dolor y pena á pena, alcance
con brevedad lo que deseo, que es acabar la vida.
--Ahora he hallado ser verdadero, dijo Mahamut, lo que suele decirse,
que lo que se sabe sentir se sabe decir, puesto que algunas veces el
sentimiento enmudece la lengua; pero como quiera que ello sea, Ricardo
(ora llegue tu dolor á tus palabras, ora ellas se le aventajen),
siempre has de hallar en mí un verdadero amigo ó para ayuda ó para
consejo; que aunque mis pocos años y el desatino que he hecho en
vestirme este hábito, están dando voces que de ninguna destas dos cosas
que te ofrezco se puede fiar ni esperar cosa alguna, yo procuraré que
no salga verdadera esta sospecha, ni pueda tenerse por cierta tal
opinion; y puesto que tú no quieras ni ser aconsejado ni favorecido,
no por eso dejaré de hacer lo que te conviniere, como suele hacerse
con el enfermo que pide lo que no le dan y le dan lo que le conviene:
no hay en toda esta ciudad quien pueda ni valga como el cadí mi amo,
ni aun el tuyo, que viene por visorey della, ha de poder tanto: y
siendo esto así, como lo es, yo puedo decir que soy el que mas puedo
en la ciudad, pues puedo con mi patron todo lo que quiero: digo esto,
porque podria ser dar traza con él para que vinieses á ser suyo, y
estando en mi compañía, el tiempo nos dirá lo que habemos de hacer, á
tí para consolarte si quieres ó pudieres tener consuelo, y á mí para
salir desta á mejor vida ó á lo ménos á parte donde la tenga mas segura
cuando la deje.
--Yo te agradezco, contestó Ricardo, Mahamut, la amistad que me
ofreces, aunque estoy cierto que con cuanto hicieres no has de poder
cosa que en mi provecho resulte; pero dejemos ahora esto, y vamos á las
tiendas, porque á lo que veo, sale de la ciudad mucha gente, y sin duda
es el antiguo virey que sale á estarse en la campaña por dar lugar á mi
amo que entre en la ciudad á hacer la residencia.
--Así es, dijo Mahamut; ven pues, Ricardo, y verás las ceremonias con
que se reciben, que sé que gustarás de verlas.
--Vamos en buen hora, dijo Ricardo, quizá te habré menester, si acaso
el guardian de cautivos de mi amo me ha echado ménos, que es un
renegado corso de nacion, y de no muy piadosas entrañas.
Con esto dejaron la plática, y llegaron á las tiendas á tiempo que
llegaba el antiguo bajá, y el nuevo le salia á recibir á la puerta de
la tienda.
Venia acompañado Alí bajá (que así se llamaba el que dejaba el
gobierno) de todos los genízaros que de ordinario están de presidio en
Nicosia despues que los turcos la ganaron, que serian hasta quinientos:
venian en dos alas ó hileras, los unos con escopetas, y los otros
con alfanjes desnudos; llegaron á la puerta del nuevo bajá Hazan, la
rodearon todos, y Alí bajá inclinando el cuerpo, hizo reverencia á
Hazan, y él con ménos inclinacion le saludó: luego se entró Alí en el
pabellon de Hazan, y los turcos le subieron sobre un poderoso caballo
ricamente aderezado, y trayéndole á la redonda de las tiendas y por
todo un buen espacio de la campaña, daban voces y gritos, diciendo en
su lengua:
--Viva, viva Soliman sultan, y Hazan bajá en su nombre.
Repitieron esto muchas veces, reforzando las voces y los alaridos, y
luego le volvieron á la tienda, donde habia quedado Alí bajá, el cual
con el cadí y Hazan se encerraron en ella por espacio de una hora solos.
Dijo Mahamut á Ricardo, que se habia encerrado á tratar de lo que
convenia hacer en la ciudad acerca de las obras que allí dejaba
comenzadas.
De allí á poco tiempo salió el cadí á la puerta de la tienda, y dijo
á voces en lengua turquesca, arábiga y griega, que todos los que
quisiesen entrar á pedir justicia, ó otra cosa contra Alí bajá, podrian
entrar libremente, que allí estaba Hazan bajá, á quien el Gran Señor
enviaba por virey de Chipre, que les guardaria toda razon y justicia.
Con esta licencia los genízaros dejaron desocupada la puerta de la
tienda, y dieron lugar á que entrasen los que quisiesen. Mahamut hizo
que entrase con él Ricardo, que por ser esclavo de Hazan no se le
impidió la entrada.
Entraron á pedir justicia, así griegos cristianos como algunos turcos,
y todos de cosas de tan poca importancia, que las mas despachó el cadí
sin dar traslado á la parte, sin autos, demandas ni respuestas, que
todas las causas (si no son las matrimoniales) se despachan en pié y
en un punto, mas á juicio de buen varon que por ley alguna: y entre
aquellos bárbaros, si lo son en esto, el cadí es el juez competente
de todas las causas, que las abrevia en la uña, y las sentencia en un
soplo, sin que haya apelacion de su sentencia para otro tribunal.
En esto entró un chauz, que es como alguacil, y dijo que estaba á
la puerta de la tienda un judío, que traia á vender una hermosísima
cristiana: mandó el cadí que le hiciese entrar: salió el chauz, y
volvió á entrar luego, y con él un venerable judío que traia de la
mano á una mujer vestida en hábito berberisco, tan bien aderezada y
compuesta, que no lo pudiera estar tan bien la mas rica mora de Fez
ni de Marruecos, que en aderezarse llevan la ventaja á todas las
africanas, aunque entren las de Argel con sus perlas tantas: venia
cubierto el rostro con un tafetan carmesí; por las gargantas de los
piés que se descubrian, parecian dos carcajes (que así se llaman las
manillas en arábigo), al parecer de puro oro; y en los brazos, que
asimismo por una camisa de cendal delgado se descubrian ó traslucian,
traia otros carcajes de oro sembrados de muchas perlas: en resolucion,
en cuanto al traje, ella venia rica y gallardamente aderezada.
Admirados desta primera vista el cadí y los demas bajáes, ántes que
otra cosa dijesen ni preguntasen, mandaron al judío que hiciese que se
quitase el antifaz la cristiana: hízolo así, y descubrió un rostro que
así deslumbró los ojos y alegró los corazones de los circunstantes,
como el sol que por entre cerradas nubes despues de mucha escuridad
se ofrece á los ojos de los que le desean: tal era la belleza de la
cautiva cristiana, y tal su brio y su gallardía; pero en quien con mas
efecto hizo impresion la maravillosa luz que habia descubierto, fué en
el lastimado Ricardo, como en aquel que mejor que otro la conocia, pues
era su cruel y amada Leonisa, que tantas veces y con tantas lágrimas
por él habia sido tenida y llorada por muerta. Quedó á la improvisa
vista de la singular belleza de la cristiana, traspasado el corazon de
Alí, y en el mismo grado y con la misma herida se halló el de Hazan,
sin quedarse exento de la amorosa llaga el del cadí, que mas suspenso
que todos, no sabia quitar los ojos de los hermosos de Leonisa. Y para
encarecer las poderosas fuerzas de amor, se ha de saber que en aquel
mismo punto nació en los corazones de los tres, una á su parecer firme
esperanza de alcanzarla y de gozarla: y así, sin querer saber el cómo,
ni el dónde, ni cuándo habia venido á poder del judío, le preguntaron
el precio que por ella queria.
El codicioso judío respondió que cuatro mil doblas, que vienen á ser
dos mil escudos; mas apénas hubo declarado el precio, cuando Alí bajá
dijo que él los daba por ella, y que fuese luego á contar el dinero
á su tienda: empero Hazan bajá, que estaba de parecer de no dejarla,
aunque aventurase en ello la vida, dijo:
--Yo asimismo doy por ella las cuatro mil doblas que el judío pide,
y no las diera ni me pusiera á ser contrario de lo que Alí ha dicho,
si no me forzara lo que él mismo dirá que es razon que me obligue y
fuerce, y es que esta gentil esclava no pertenece para ninguno de
nosotros, sino para el Gran Señor solamente; y así digo que en su
nombre la compro: veamos agora quién será el atrevido que me la quite.
Yo seré, replicó Alí, porque para el mismo efeto la compro, y estáme á
mí mas á cuento hacer al Gran Señor este presente por la comodidad de
llevarla luego á Constantinopla, granjeando con él la voluntad del Gran
Señor; que como hombre que quedo (Hazan, como tú ves) sin cargo alguno,
he de buscar medios de tenerle, de lo que tú estás seguro por tres
años, pues hoy comienzas á mandar y á gobernar este riquísimo reino de
Chipre: así que por estas razones y por haber sido yo el primero que
ofrecí el precio por la cautiva, está puesto en razon, oh Hazan, que me
la dejes.
--Tanto mas es de agradecerme á mí, respondió Hazan, el procurarla
y enviarla al Gran Señor, cuanto lo hago sin moverme á ello interes
alguno; y en lo de la comodidad de llevarla, una galeota armaré con
sola mi chusma y mis esclavos, que la lleve.
Azoróse con estas razones Alí, y levantándose en pié, empuñó el
alfanje, diciendo:
--Siendo, oh Hazan, nuestros intentos unos, que es presentar y llevar
esta cristiana al Gran Señor, y habiendo sido yo el comprador primero,
está puesto en razon y en justicia que me la dejes á mí, y cuando otra
cosa pensares, este alfanje que empuño defenderá mi derecho y castigará
tu atrevimiento.
El cadí, que á todo estaba atento, y que no ménos que los dos ardia,
temeroso de quedar sin la cristiana, imaginó cómo poder atajar el gran
fuego que se habia encendido, y juntamente quedarse con la cautiva sin
dar alguna sospecha de su dañosa intencion y traidoras entrañas; y así,
levantándose en pié, se puso entre los dos, que tambien lo estaban, y
dijo:
--Sosiégate, Hazan, y tú, Alí, estáte quedo, que yo estoy aquí, que
sabré y podré componer vuestras diferencias de manera que los dos
consigais vuestros intentos, y el Gran Señor, como deseais, sea
servido, y quede juntamente agradecido y obligado á ambos.
Á las palabras del cadí obedecieron luego; y aun si otra cosa mas
dificultosa les mandara, hicieran lo mismo (tanto es el respeto que
tienen á sus canas los de aquella dañada secta); prosiguió pues el
cadí, diciendo:
--Tú dices, Alí, que quieres esta cristiana para el Gran Señor, y Hazan
dice lo mismo: tú alegas que por ser el primero en ofrecer el precio,
ha de ser tuya: Hazan te lo contradice, y aunque él no sabe fundar su
razon, yo hallo que tiene la misma que tú tienes, y es la intencion
que sin duda debió de nacer á un mismo tiempo que la tuya, en querer
comprar la esclava para el mismo efeto; solo le llevaste tú la ventaja
en haberte declarado primero, y esto no ha de ser parte para que de
todo en todo quede defraudado su buen deseo; y así me parece será bien
concertaros en esta forma: que la esclava sea de entrambos, y pues el
uso della ha de quedar á la voluntad del Gran Señor, para quien se
compró, á él toca disponer della; y en tanto pagarás tú, Hazan, dos mil
doblas, y Alí otras dos mil, y quédese la cautiva en poder mio para
que en nombre de entrambos yo la envíe á Constantinopla, porque no
quede sin algun premio, siquiera por haberme hallado presente: y así me
ofrezco de enviarla á mi costa, con la autoridad y decencia que se debe
á quien se envía, escribiendo al Gran Señor todo lo que aquí ha pasado,
y la voluntad que los dos habeis mostrado á su servicio.
No supieron, ni pudieron, ni quisieron contradecirle los dos enamorados
turcos; y aunque vieron que por aquel camino no conseguian su deseo,
hubieron de pasar por el parecer del cadí, formando y criando cada uno
allá en su ánimo una esperanza que, aunque dudosa, les prometia poder
llegar al fin de sus encendidos deseos. Hazan, que se quedaba por virey
de Chipre, pensaba dar tantas dádivas al cadí, que vencido y obligado,
le diese la cautiva. Alí imaginó de hacer un hecho que le aseguró
salir con lo que deseaba, y teniendo por cierto cada cual su designio,
vinieron con facilidad en lo que el cadí quiso, y de consentimiento y
voluntad de los dos, se la entregaron luego, y pagaron al judío cada
uno dos mil doblas.
Dijo el judío que no la habia de dar con los vestidos que tenia, porque
valian otras dos mil doblas; y así era la verdad, á causa que en los
cabellos (que parte por las espaldas sueltos traia, y parte atados y
enlazados por la frente) se parecian algunas hileras de perlas que
con estremada gracia se enredaban con ellos: las manillas de los piés
y manos asimismo venian llenas de gruesas perlas: el vestido era una
almalafa de raso verde, toda bordada y llena de trencillas de oro: en
fin, les pareció á todos que el judío anduvo corto en el precio que
pidió por el vestido, y el cadí, por no mostrarse ménos liberal que
los dos bajáes, dijo que él queria pagarle, porque de aquella manera
se presentase al Gran Señor la cristiana: tuviéronlo por bien los dos
competidores, creyendo cada uno que todo habia de venir á su poder.
Falta ahora por decir lo que sintió Ricardo de ver andar en almoneda su
alma, y los pensamientos que en aquel punto le vinieron, y los temores
que le sobresaltaron viendo que el haber hallado á su querida prenda
era para mas perderla: no sabia darse á entender si estaba dormido ó
despierto, no dando crédito á sus mismos ojos de lo que veian; porque
le parecia cosa imposible ver tan impensadamente delante dellos á la
que pensaba que para siempre los habia cerrado: llegóse en esto á su
amigo Mahamut, y díjole:
--¿No la conoces, amigo?
--No la conozco, dijo Mahamut.
--Pues has de saber, replicó Ricardo, que es Leonisa.
--¿Qué es lo que dices, Ricardo? dijo Mahamut.
--Lo que has oido, dijo Ricardo.
--Pues calla, y no la descubras, dijo Mahamut; que la ventura va
ordenando que la tengas buena y próspera, porque ella va á poder de mi
amo.
--¿Parécete, dijo Ricardo, que será bien ponerme en parte donde pueda
ser visto?
--No, dijo Mahamut, porque no la sobresaltes ó te sobresaltes, y no
vengas á dar indicio de que la conoces ni que la has visto; que podria
ser que redundase en perjuicio de mi designio.
--Seguiré tu parecer, respondió Ricardo.
Y así anduvo huyendo de que sus ojos se encontrasen con los de
Leonisa, la cual tenia los suyos en tanto que esto pasaba clavados
en el suelo, derramando algunas lágrimas, cuyo valor podria competir
con las orientales perlas. Llegóse el cadí á ella, y asiéndola de la
mano, se la entregó á Mahamut; mandóle que la llevase á la ciudad y se
la entregase á su señora Halima, y le dijese la tratase como esclava
del Gran Señor: hízolo así Mahamut, y dejó solo á Ricardo, que con los
ojos fué siguiendo á su estrella hasta que se le encubrió con la nube
de los muros de Nicosia. Llegóse al judío, y preguntóle que adónde
habia comprado, ó en qué modo habia venido á su poder aquella cautiva
cristiana. El judío le respondió que en la isla de Pantanalea la habia
comprado á unos turcos que allí habian dado al traves; y queriendo
proseguir adelante, lo estorbó el venirle á llamar de parte de los
bajaés que querian preguntarle lo que Ricardo deseaba saber; y con esto
se despidió dél.
En el camino que habia desde las tiendas á la ciudad tuvo lugar Mahamut
de preguntar á Leonisa en lengua italiana que de qué lugar era. La cual
le respondió que de la ciudad de Trápana; preguntóle asimismo Mahamut,
si conocia en aquella ciudad á un caballero rico y noble que se llamaba
Ricardo. Oyendo lo cual Leonisa, dió un gran suspiro, y dijo:
--Sí conozco por mi mal.
--¿Cómo por vuestro mal? dijo Mahamut.
--Porque él me conoció á mí por el suyo y por mi desventura, respondió
Leonisa.
--¿Y por ventura, preguntó Mahamut, conocisteis tambien en la misma
ciudad á otro caballero de gentil disposicion, hijo de padres muy
ricos, y él por su persona muy valiente, muy liberal y muy discreto,
que se llamaba Cornelio?
--Tambien lo conozco, respondió Leonisa, y podré decir mas por mi
mal que no á Ricardo; mas ¿quién sois vos, señor, que los conoceis y
por ellos me preguntais? que sin duda el cielo, condolido de cuantos
trabajos y fortunas hasta aquí he pasado, me ha echado á parte donde,
ya que no se acaben, halle con quien me consuele en ellos.
--Soy, dijo Mahamut, natural de Palermo, que por varios accidentes
estoy en este traje y vestido diferente del que yo solia traer, y
conózcolos porque no ha muchos dias que entrambos estuvieron en mi
poder, que á Cornelio le cautivaron unos moros de Tripol de Berbería,
y le vendieron á un turco que le trujo á esta isla, donde vino con
mercancías, porque es mercader de Ródas, el cual fiaba de Cornelio toda
su hacienda.
--Bien se la sabrá guardar, dijo Leonisa, porque sabe guardar muy bien
la suya; pero decidme, señor, ¿cómo ó con quién vino Ricardo á esta
isla?
--Vino, respondió Mahamut, con un cosario que le cautivó estando en un
jardin de la marina de Trápana, y con él dijo que habia cautivado una
doncella que nunca me quiso decir su nombre: estuvo aquí algunos dias
con su amo, que iba á visitar el sepulcro de Mahoma, que está en la
ciudad de Almedina, y al tiempo de la partida cayó Ricardo tan enfermo
é indispuesto, que su amo me lo dejó por ser de mi tierra, para que
le curase y tuviese cargo dél hasta su vuelta, ó que si por aquí no
volviese, se le enviase á Constantinopla, que él me avisaria cuando
allá estuviese; pero el cielo lo ordenó de otra manera, pues al sin
ventura Ricardo, sin tener accidente alguno, en pocos dias se acabaron
los de su vida, que tanto aborrecia, siempre llamando entre sí á una
Leonisa, á quien él me habia dicho que queria mas que á su vida y á su
alma; la cual Leonisa, me dijo que en una galeota que habia dado al
traves en la isla de Pantanalea se habia ahogado, cuya muerte siempre
lloraba y siempre plañia, hasta que le trujo á término de perder la
vida, que yo no le sentí enfermedad en el cuerpo, sino muestras de
dolor en el alma.
--Decidme, señor, replicó Leonisa, ese mozo que decís, en las pláticas
que trató con vos (que, como de una patria, debieron ser muchas)
¿nombró alguna vez á esa Leonisa, contó el modo con que á ella y á
Ricardo cautivaron?
--Sí nombró, dijo Mahamut, y me preguntó si habia aportado por esta
isla una cristiana dese nombre, de tales y tales señas, á la cual
holgaria de hallar para rescatarla, si es que su amo se habia ya
desengañado de que no era tan rica como él pensaba, aunque podria ser
que por haberla gozado la tuviese en ménos; que como no pasasen de
trescientos ó cuatrocientos escudos, él los daria de muy buena gana por
ella, porque un tiempo la habia tenido alguna aficion.
--Bien poca debia de ser, dijo Leonisa, pues no pasaba de cuatrocientos
escudos: mas liberal era Ricardo, y mas valiente y comedido: Dios
perdone á quien fué causa de su muerte, que fuí yo, que yo soy la sin
ventura que él lloró por muerta: y sabe Dios si holgara de que él
fuera vivo para pagarle con el sentimiento que viera que tenia de su
desgracia el que él mostró de la mia; yo, señor, como ya os he dicho,
soy la poco querida de Cornelio, y la bien llorada de Ricardo, que
por muy muchos y varios casos he venido á este miserable estado en
que me veo; y aunque es tan peligroso, siempre por favor del cielo he
conservado en él la entereza de mi honor, con la cual vivo contenta en
mi miseria: ahora ni sé dónde estoy, ni quién es mi dueño, ni adónde
han de dar conmigo mis contrarios hados, por lo cual os ruego, señor,
siquiera por la sangre que de cristiano teneis, me aconsejeis en mis
trabajos; que puesto que el ser muchos me ha hecho algo advertida,
sobrevienen cada momento tantos y tales, que no sé cómo me he de avenir
con ellos.
Á lo cual respondió Mahamut que él haria lo que pudiese en servirla,
aconsejando y ayudándola con su ingenio y con sus fuerzas;
advirtiéndola de la diferencia que por su causa habian tenido los
dos bajáes, y cómo quedaba en poder del cadí su amo para llevarla
presentada al gran turco Selin, á Constantinopla; pero que ántes que
esto tuviese efeto, tenia esperanza en el verdadero Dios, en quien
él creia, aunque mal cristiano, que lo habia de disponer de otra
manera, y que la aconsejaba se hubiese bien con Halima, la mujer del
cadí su amo, en cuyo poder habia de estar hasta que la enviasen á
Constantinopla, advirtiéndola de la condicion de Halima; y con estas
le dijo otras cosas de su provecho, hasta que la dejó en su casa y en
poder de Halima, á quien dijo el recado de su amo.
Recibióla bien la mora por verla tan bien aderezada y tan hermosa.
Mahamut se volvió á las tiendas á contar á Ricardo lo que con Leonisa
le habia pasado; y hallándole, se lo contó todo punto por punto, y
cuando llegó al del sentimiento que Leonisa habia hecho cuando le dijo
que era muerto, casi se le vinieron las lágrimas á los ojos: díjole
cómo habia fingido el cuento del cautiverio de Cornelio por ver lo que
ella sentia: advirtióle la tibieza y malicia con que Cornelio habia
hablado: todo lo cual fué píctima para el afligido corazon de Ricardo,
el cual dijo á Mahamut:
--Acuérdome, amigo Mahamut, de un cuento que me contó mi padre, que
ya sabes cuán curioso fué, y oiste cuánta honra le hizo el Emperador
Cárlos V, á quien siempre sirvió en honrosos cargos de la guerra. Digo
que me contó que cuando el emperador estuvo sobre Túnez, y la tomó con
la fuerza de la Goleta, estando un dia en la campaña y en su tienda, le
trujeron á presentar una mora por cosa singular en belleza, y que al
tiempo que se la presentaron entraban algunos rayos del sol por unas
partes de la tienda y daban en los cabellos de la mora, que con los
mismos del sol en ser rubios competian: cosa nueva en las moras, que
siempre se precian de tenerlos negros; contaba que en aquella ocasion
se hallaron en la tienda, entre otros muchos, dos caballeros españoles;
el uno era andaluz, y el otro era catalan, ambos muy discretos, y
ambos poetas; y habiéndola visto el andaluz, comenzó con admiracion
á decir unos versos que ellos llaman coplas, con unas consonancias ó
consonantes dificultosos, y parando en los cinco versos de la copla,
se detuvo sin darle fin ni á la copla ni á la sentencia, por no
ofrecérsele tan de improviso los consonantes necesarios para acabarla;
mas el otro caballero que estaba á su lado y habia oido los versos,
viéndole suspenso, como si le hurtara la media copla de la boca, la
prosiguió y acabó con las mismas consonancias, de que el Emperador
recibió particular contento; y esto mismo se me vino á la memoria
cuando vi entrar á la hermosísima Leonisa por la tienda del bajá, no
solamente escureciendo los rayos del sol si la tocaran, sino á todo el
cielo con sus luces y estrellas.
--Paso, no mas, dijo Mahamut, detente, amigo Ricardo, que á cada paso
temo que has de pasar tanto la raya en las alabanzas de tu bella y
hermosa Leonisa, que dejando de parecer cristiano, parezcas gentil:
díme, si quieres, esos versos ó coplas, ó como tú los llamas, que
despues de oirlos hablaremos en otras cosas que sean de mas gusto, y
aun quizá de mas provecho.
--En buen hora, dijo Ricardo, y vuélvote á advertir que los cinco
versos dijo el uno, y los otros cinco el otro, todos de improviso, y
son estos:
Como cuando el sol asoma
Por una montaña baja,
Y de súbito nos toma
Y con su vista nos doma
Nuestra vista y la relaja:
Como la piedra balaja
Que no consiente carcoma,
Tal es el tu rostro, Aja,
Dura lanza de Mahoma,
Que las mis entrañas raja.
--Bien me suenan al oido, dijo Mahamut, y mejor me suena y me parece
que estés para decir versos, Ricardo, porque el decirlos ó el
hacerlos requiere ánimos desapasionados.
--Tambien se suelen, respondió Ricardo, llorar endechas, como cantar
himnos, y todo es decir versos; pero dejando esto aparte, díme qué
piensas hacer en nuestro negocio, que puesto que no entendí lo que
los bajáes trataron en la tienda, en tanto que tú llevaste á Leonisa,
me lo contó un renegado de mi amo, veneciano, que se halló presente,
y entiende bien la lengua turquesca: y lo que es menester ante todas
cosas es buscar traza cómo Leonisa no vaya á mano del Gran Señor.
--Lo primero que se ha de hacer, respondió Mahamut, es que tú vengas á
poder de mi amo, que esto hecho, despues nos aconsejaremos en lo que
mas nos conviniere.
En esto vino el guardian de los cautivos cristianos de Hazan, y llevó
consigo á Ricardo: el cadí volvió á la ciudad con Hazan, que en breves
dias hizo la residencia de Alí, y se la dió cerrada y sellada, para que
se fuese á Constantinopla: él se fué luego, dejando muy encargado al
cadí, que con brevedad enviase la cautiva, escribiendo al Gran Señor
de modo que le aprovechase para sus pretensiones. Prometióselo el cadí
con traidoras entrañas, porque las tenia hechas ceniza por la cautiva:
ido Alí lleno de falsas esperanzas, y quedando Hazan no vacío dellas,
Mahamut hizo de modo que Ricardo vino á poder de su amo: íbanse los
dias, y el deseo de ver á Leonisa apretaba tanto á Ricardo, que no
alcanzaba un punto de sosiego; mudóse Ricardo el nombre en el de Mario,
porque no llegase el suyo á oidos de Leonisa ántes que él la viese,
y el verla era muy dificultoso á causa que los moros son en estremo
celosos, y encubren de todos los hombres los rostros de sus mujeres,
puesto que en mostrarse ellas á los cristianos no se les hace de mal,
quizá debe de ser que por ser cautivos no los tienen por hombres
cabales.
Avino pues que un dia la señora Halima vió á su esclavo Mario, y tan
visto y tan mirado fué, que se le quedó grabado en el corazon y fijo
en la memoria: y quizá poco contenta de los abrazos flojos de su
anciano marido, con facilidad dió lugar á un mal deseo, y con la misma
dió cuenta dél á Leonisa, á quien ya queria mucho por su agradable
condicion y proceder discreto, y tratábala con mucho respeto, por ser
prenda del Gran Señor: díjole cómo el cadí habia traido á casa un
cautivo cristiano de tan gentil donaire y parecer, que á sus ojos no
habia visto mas lindo hombre en toda su vida, y que decian que era
chilibí, que quiere decir caballero, y de la misma tierra de Mahamut
su renegado, y que no sabia cómo darle á entender su voluntad, sin que
el cristiano la tuviese en poco por habérsela declarado: preguntóle
Leonisa cómo se llamaba el cautivo, y díjole Halima que se llamaba
Mario; á lo cual replicó Leonisa:
--Si él fuera caballero y del lugar que dicen, yo le conociera; mas
dese nombre Mario no hay ninguno en Trápana; pero haz, señora, que yo
le vea y hable, que te diré quién es y lo que dél se puede esperar.
Así será, dijo Halima, porque el viérnes, cuando esté el cadí haciendo
la zala en la mezquita, le haré entrar acá dentro, donde le podrás
hablar á solas, y si te pareciere darle indicios de mi deseo, haráslo
por el mejor modo que pudieres.
Esto dijo Halima á Leonisa, y no habian pasado dos horas cuando el
cadí llamó á Mahamut y á Mario, y con no ménos eficacia que Halima
habia descubierto su pecho á Leonisa, descubrió el enamorado viejo el
suyo á sus dos esclavos, pidiéndoles consejos en lo que haria para
gozar de la cristiana, y cumplir con el Gran Señor, cuya ella era,
diciéndoles que ántes pensaba morir mil veces que entregarla al Gran
Turco. Con tales afectos decia su pasion el religioso moro, que la puso
en los corazones de sus dos esclavos, que todo lo contrario de lo que
él pensaba, pensaban. Quedó puesto entre ellos que Mario, como hombre
de su tierra, aunque habia dicho que no la conocia, tomase la mano en
solicitarla y en declararle la voluntad suya, y cuando por este modo
no se pudiese alcanzar, que usaria él de la fuerza, pues estaba en su
poder; y esto hecho, con decir que era muerta se escusarian de enviarla
á Constantinopla.
Contentísimo quedó el cadí con el parecer de sus esclavos, y con la
imaginada alegría ofreció desde luego libertad á Mahamut, mandándole la
mitad de su hacienda despues de sus dias: asimismo prometió á Mario,
si alcanzaba lo que queria, libertad y dineros con que volviese á su
tierras rico, honrado y contento: si él fué liberal en prometer, sus
cautivos fueron pródigos, ofreciéndole de alcanzar la luna del cielo,
cuanto mas á Leonisa, como él diese comodidad de hablarla.
--Esa daré yo á Mario cuanta él quisiere, respondió el cadí, porque
haré que Halima se vaya en casa de sus padres, que son griegos
cristianos, por algunos dias, y estando fuera, mandaré al portero que
deje entrar á Mario dentro de casa todas las veces que él quisiere,
y diré á Leonisa que bien podrá hablar con su paisano cuando le diere
gusto.
Desta manera comenzó á volver el viento de la ventura de Ricardo,
soplando en su favor, sin saber lo que hacian sus mismos amos.
Tomando pues entre los tres este apuntamiento, quien primero le puso
en plática fué Halima, bien así como mujer, cuya naturaleza es fácil
y arrojadiza para todo aquello que es de su gusto. Aquel mismo dia
dijo el cadí á Halima que cuando quisiese podria irse á casa de sus
padres á holgarse con ellos los dias que gustase; pero como ella
estaba alborozada con las esperanzas que Leonisa le habia dado, no
solo no se fuera á casa de sus padres, sino al fingido paraíso de
Mahoma no quisiera irse; y así le respondió que por entónces no tenia
tal voluntad, y que cuando ella la tuviese lo diria, mas que habia de
llevar consigo á la cautiva cristiana.
--Eso no, replicó el cadí, que no es bien que la prenda del Gran Señor
sea vista de nadie, y mas que se le ha de quitar que converse con
cristianos, pues sabeis que en llegando á poder del Gran Señor la han
de encerrar en el serrallo y volverla turca, quiera ó no quiera.
--Como ella ande conmigo, replicó Halima, no importa que esté en casa
de mis padres, ni que comunique con ellos, que mas comunico yo, y no
dejo por eso de ser buena turca; y mas que lo mas que pienso estar en
su casa serán hasta cuatro ó cinco dias, porque el amor que os tengo no
me dará licencia para estar tanto ausente y sin veros.
No la quiso replicar el cadí por no darle ocasion de engendrar alguna
sospecha de su intencion.
Llegóse en esto el viérnes, y él se fué á la mezquita, de la cual no
podia salir en casi cuatro horas; y apénas le vió Halima apartado de
los umbrales de casa, cuando mandó llamar á Mario; mas no le dejara
entrar un cristiano corso que servia de portero en la puerta del patio,
si Halima no le diera voces que le dejase, y así entró confuso y
temblando como si fuera á pelear con un ejército de enemigos.
Estaba Leonisa del mismo modo y traje que cuando entró en la tienda
del bajá, sentada al pié de una escalera grande de mármol, que á los
corredores subia: tenia la cabeza inclinada sobre la palma de la mano
derecha y el brazo sobre las rodillas, los ojos á la parte contraria
de la puerta por donde entró Mario, de manera que aunque él iba hácia
la parte donde ella estaba, ella no le veia. Así como entró Ricardo,
paseó toda la casa con los ojos, y no vió en toda ella sino un mudo y
sosegado silencio, hasta que paró la vista donde Leonisa estaba: en un
instante al enamorado Ricardo le sobrevinieron tantos pensamientos, que
le suspendieron y alegraron, considerándose veinte pasos á su parecer,
ó poco mas, desviado de su felicidad y contento; considerábase cautivo,
y á su gloria en poder ajeno: estas cosas revolviendo entre sí mismo,
se movia poco á poco, y con temor y sobresalto, alegre y triste,
temoroso y esforzado se iba llegando al centro en donde estaba el de su
alegría, cuando á deshora volvió el rostro Leonisa, y puso los ojos en
los de Ricardo que atentamente la miraba: mas cuando las vistas de los
dos se encontraron, con diferentes efectos dieron señal de lo que sus
almas habian sentido. Ricardo se paró, y no pudo echar pié adelante.
Leonisa, que por la relacion de Mahamut tenia á Ricardo por muerto, y
el verle vivo tan no esperadamente la llenó de temor y espanto, sin
quitar dél los ojos ni volver las espaldas volvió atras cuatro ó cinco
escalones, y sacando una pequeña cruz del seno, la besaba muchas veces,
y se santiguó infinitas, como si alguna fantasma ú otra cosa del otro
mundo estuviera mirando. Volvió Ricardo de su embelesamiento, y conoció
por lo que Leonisa hacia la verdadera causa de su temor, y así la dijo:
--Á mí me pesa, oh hermosa Leonisa, que no hayan sido verdad las nuevas
que de mi muerte te dió Mahamut, porque con ella escusara los temores
que ahora tengo de pensar si todavía está en su ser y entereza el rigor
que continuo has usado conmigo. Sosiégate, señora, y baja, y si te
atreves á hacer lo que nunca hiciste, que es llegarte á mí, llega y
verás que no soy cuerpo fantástico: Ricardo soy, Leonisa, Ricardo, el
de tanta ventura cuanta tú quisieres que tenga.
Púsose Leonisa en esto el dedo en la boca, por lo cual entendió Ricardo
que era señal de que callase ó hablase mas quedo; y tomando algun
poco de ánimo, se fué llegando á ella en distancia que pudo oir estas
razones:
--Habla paso, Mario, que así me parece que te llamas ahora, y no
trates de otra cosa de la que yo te tratare: y advierte que podria
ser que el habernos oido fuese parte para que nunca nos volviésemos á
ver: Halima nuestra ama creo que nos escucha, la cual me ha dicho que
te adora: hame puesto por intercesora de su deseo: si á él quisieres
corresponder, aprovecharte ha mas para el cuerpo que para el alma: y
cuando no quieras, es forzoso que lo finjas, siquiera porque yo te lo
ruego y por lo que merecen deseos de mujer declarados.
Á esto respondió Ricardo:
--Jamas pensé ni pude imaginar, hermosa Leonisa, que cosa que me
pidieras trujera consigo imposible de cumplirla; pero la que me pides
me ha desengañado: ¿es por ventura la voluntad tan lijera que se pueda
mover y llevar donde quisieren llevarla? ¿ó estarle ha bien al varon
honrado y verdadero fingir en cosas de tanto peso? Si á tí te parece
que alguna destas cosas se debe ó puede hacer, haz lo que mas gustares,
pues eres señora de mi voluntad; mas ya sé que tambien me engañas
en esto, pues jamas la has conocido, y así no sabes lo que has de
hacer della; pero á trueco que no digas que en la primera cosa que me
mandaste dejaste de ser obedecida, yo perderé del derecho que debo á
ser quien soy, y satisfaré tu deseo y el de Halima fingidamente como
dices, si es que se ha de granjear con esto el bien de verte; y así
finge tú las respuestas á tu gusto, que desde aquí las firma y confirma
mi fingida voluntad: y en pago desto que por tí hago, que es lo mas que
á mi parecer podré hacer aunque de nuevo te dé el alma que tantas veces
te he dado, te ruego que brevemente me digas cómo escapaste de las
manos de los cosarios, y cómo veniste á las del judío que te vendió.
--Mas espacio, respondió Leonisa, pide el cuento de mis desgracias;
pero con todo eso te quiero satisfacer en algo: sabrás pues que á cabo
de un dia que nos apartamos, volvió el bajel de Yzuf con un recio
viento á la misma isla de la Pantanalea, donde tambien vimos á vuestra
galeota; pero la nuestra sin poderlo remediar embistió en las peñas:
viendo pues mi amo tan á los ojos su perdicion, vació con gran presteza
dos barriles que estaban llenos de agua, tapólos muy bien, y atólos con
cuerdas el uno con el otro, púsome á mí entre ellos, desnudóse luego, y
tomando otro barril entre los brazos, se ató con un cordel el cuerpo,
y con el mismo cordel dió cabo á mis barriles, y con grande ánimo se
arrojó á la mar, llevándome tras sí: yo no tuve ánimo para arrojarme,
que otro turco me impelió y me arrojó tras Yzuf, donde caí sin ningun
sentido, ni volví en mí hasta que me hallé en tierra en brazos de dos
turcos, que vuelta la boca al suelo me tenian, derramando gran cantidad
de agua que habia bebido: abrí los ojos atónita y espantada, y vi á
Yzuf junto á mí, hecha la cabeza pedazos, que segun despues supe, al
llegar á tierra dió con ella en las peñas, donde acabó la vida: los
turcos asimismo me dijeron que tirando de la cuerda me sacaron á tierra
casi ahogada: solas ocho personas se escaparon de la desdichada galeota.
Ocho dias estuvimos en la isla, guardándome los turcos el mismo respeto
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