¿Descubriré mi pasion?
En ocasion.
¿Y si jamas me la da?
Sí, hará.
Llegará la muerte en tanto.
Llegue á tanto
Tu limpia fe y esperanza,
Que en sabiéndolo Costanza
Convierta en risa tu llanto.
--¿Hay mas? dijo la huéspeda.
--No, respondió el marido; pero ¿qué os parece destos versos?
--Lo primero, dijo ella, es menester averiguar si son de Tomas.
--En eso no hay que poner duda, replicó el marido, porque la letra de
la cuenta de la cebada y la de las coplas, toda es una, sin que se
pueda negar.
--Mirad, marido, dijo la huéspeda, á lo que yo veo, puesto que las
coplas nombran á Costancica, por donde se puede pensar que se hicieron
para ella, no por eso lo habemos de afirmar nosotros por verdad como
si se los viéramos escribir: cuanto mas, que otras Costanzas que la
nuestra hay en el mundo; pero ya que sea por esta, ahí no le dice nada
que la deshonre, ni la pide cosa que le importe. Estemos á la mira, y
avisemos á la muchacha, que si él está enamorado della, á buen seguro
que él haga mas coplas y que procure dárselas.
--¿No seria mejor, dijo el marido, quitarnos desos cuidados, y echarle
de casa?
--Eso, respondió la huéspeda, en vuestra mano está; pero en verdad
que segun vos decís, el mozo sirve de manera, que seria conciencia el
despedille por tan liviana ocasion.
--Ahora bien, dijo el marido, estaremos alerta, como vos decís, y el
tiempo nos dirá lo que habemos de hacer.
Quedaron en eso, y tornó á poner el huésped el libro donde lo habia
hallado. Volvió Tomas ansioso á buscar su libro, hallóle, y porque no
le diese otro sobresalto, trasladó las coplas, rasgó aquellas hojas, y
propuso de aventurarse á descubrir su deseo á Costanza en la primera
ocasion que se le ofreciese. Pero como ella andaba siempre sobre los
estribos de su honestidad y recato, á ninguno daba lugar de miralla,
cuanto mas de ponerse á pláticas con ella; y como habia tanta gente y
tantos ojos de ordinario en la posada, se aumentaba mas la dificultad
de hablalla, de que se desesperaba el pobre enamorado. Mas habiendo
salido aquel dia Costanza con una toca ceñida por las mejillas, y
dicho á quien se lo preguntó que por qué se la habia puesto, que
tenia un gran dolor de muelas, Tomas, á quien sus deseos avivaban el
entendimiento, en un instante discurrió lo que seria bueno que hiciese,
y dijo:
--Señora Costanza, yo le daré una oracion en escrito que á dos veces
que la rece, se le quitará como con la mano su dolor.
--Norabuena, respondió Costanza, que yo la rezaré, porque sé leer.
--Ha de ser con condicion, dijo Tomas, que no la ha de mostrar á nadie,
porque la estimo en mucho, y no será bien que por saberla muchos se
menosprecie.
--Yo le prometo, dijo Costanza, Tomas, que no la dé á nadie, y démela
luego, porque me fatiga mucho el dolor.
--Yo la trasladaré de la memoria, respondió Tomas, y luego se la daré.
Estas fueron las primeras razones que Tomas dijo á Costanza, y Costanza
á Tomas en todo el tiempo que habia que estaba en casa, que ya pasaban
de veinte y cuatro dias.
Retiróse Tomas, y escribió la oracion, y tuvo lugar de dársela á
Costanza sin que nadie lo viese, y ella con mucho gusto y mas devocion
se entró en un aposento á solas, y abriendo el papel, vió que decia
desta manera.
«Señora de mi alma: Yo soy un caballero natural de Búrgos: si
alcanzo de dias á mi padre, heredo un mayorazgo de seis mil
ducados de renta: á la fama de vuestra hermosura, que por muchas
leguas se estiende, dejé mi patria, mudé vestido, y en el traje
que me veis, vine á servir á vuestro dueño: si vos lo quisiéredes
ser mio, por los medios que mas á vuestra honestidad convengan,
mirad qué pruebas quereis que haga para enteraros desta verdad;
y enterada en ella, siendo gusto vuestro, seré vuestro esposo, y
me tendré por el mas bien afortunado del mundo: solo por ahora os
pido que no echeis tan enamorados y limpios pensamientos como los
mios en la calle; que si vuestro dueño lo sabe, y no los cree, me
condenará á destierro de vuestra presencia, que seria lo mismo que
condenarme á muerte: dejadme, señora, que os vea, hasta que me
creais, considerando que no merece el riguroso castigo de no veros
el que no ha cometido otra culpa que adoraros: con los ojos podréis
responderme á hurto de los muchos que siempre os están mirando; que
ellos son tales que airados matan, y piadosos resucitan.»
En tanto que Tomas entendió que Costanza se habia ido á leer su papel,
le estuvo palpitando el corazon, temiendo y esperando ó ya la sentencia
de su muerte, ó la restauracion de su vida. Salió en esto Costanza tan
hermosa, aunque rebozada, que si pudiera recebir aumento su hermosura
con algun accidente, se pudiera juzgar que el sobresalto de haber
visto en el papel de Tomas otra cosa tan léjos de la que pensaba,
habia acrecentado su belleza. Salió con el papel entre las manos hecho
menudas piezas, y dijo á Tomas, que apénas se podia tener en pié:
--Hermano Tomas, esta tu oracion mas parece hechicería y embuste, que
oracion santa, y así yo no la quiero creer ni usar, y por eso la he
rasgado, porque no la vea nadie que sea mas crédula que yo: aprende
otras oraciones mas fáciles, porque esta será imposible que te sea de
provecho.
En diciendo esto se entró con su ama, y Tomas quedó suspenso; pero
algo consolado, viendo que en solo el pecho de Costanza quedaba el
secreto de su deseo, pareciéndole que pues no habia dado cuenta dél á
su amo, por lo ménos no estaba en peligro de que le echasen de casa.
Parecióle que en el primero paso que habia dado en su pretension,
habia atropellado por mil montes de inconvenientes, y que en las cosas
grandes y dudosas la mayor dificultad está en los principios.
En tanto que esto sucedió en la posada, andaba el asturiano comprando
el asno donde los vendian: y aunque halló muchos, ninguno le satisfizo,
puesto que un jitano anduvo muy solícito por encajalle uno que mas
caminaba por el azogue que le habia echado en los oidos, que por
lijereza suya; pero lo que contentaba con el paso, desagradaba con el
cuerpo, que era muy pequeño, y no del grandor y talle que Lope queria,
que le buscaba suficiente para llevarle á él por añadidura, ora fuesen
vacíos ó llenos los cántaros.
Llegóse á él en esto un mozo, y díjole al oido:
--Galan, si busca bestia cómoda para el oficio de aguador, yo tengo un
asno aquí cerca en un prado, que no le hay mejor ni mayor en la ciudad,
y aconséjole que no compre bestia de jitanos, porque aunque parezcan
sanas y buenas, todas son falsas y llenas de dolamas; si quiere comprar
la que le conviene, véngase conmigo y calle la boca.
Creyóle el asturiano, y díjole que guiase adonde estaba el asno que
tanto encarecia. Fuéronse los dos mano á mano, como dicen, hasta
que llegaron á la huerta del Rey, donde á la sombra de una azuda
hallaron muchos aguadores, cuyos asnos pacian en un prado que allí
cerca estaba. Mostró el vendedor su asno, tal, que le hinchó el ojo
al asturiano, y de todos los que allí estaban fué alabado el asno de
fuerte, de caminador y comedor sobremanera. Hicieron su concierto, y
sin otra seguridad ni informacion, siendo corredores y medianeros los
demas aguadores, dió diez y seis ducados por el asno, con todos los
adherentes del oficio.
Hizo la paga real en escudos de oro. Diéronle el parabien de la compra
y de la entrada en el oficio, y certificáronle que habia comprado un
asno dichosísimo, porque el dueño que le dejaba, sin que se le mancase
ni matase, habia ganado con él en ménos tiempo de un año, despues de
haberse sustentado á él y al asno honradamente, dos pares de vestidos,
y mas aquellos diez y seis ducados con que pensaba volver á su tierra,
donde le tenian concertado un casamiento con una media parienta suya.
Amen de los corredores del asno, estaban otros cuatro aguadores jugando
á la primera, tendidos en el suelo, sirviéndoles de bufete la tierra y
de sobremesa sus capas. Púsose el asturiano á mirarlos, y vió que no
jugaban como aguadores, sino como arcedianos, porque tenia de resto
cada uno mas de cien reales en cuartos y en plata. Llegó una mano de
echar todos el resto; y si uno no diera partido á otro, él hiciera
mesa gallega. Finalmente, á los dos en aquel resto se les acabó el
dinero y se levantaron. Viendo lo cual el vendedor del asno, dijo
que si hubiera cuatro, que él jugara, porque era enemigo de jugar en
tercio. El asturiano, que era de propiedad del azúcar, que jamas gastó
menestra, como dice el italiano, dijo que él haria cuarto. Sentáronse
luego, anduvo la cosa de buena manera, y queriendo jugar ántes el
dinero que el tiempo, en poco rato perdió Lope seis escudos que tenia;
y viéndose sin blanca, dijo que si le querian jugar el asno, que él
le jugaria. Acetáronle el envite, y hizo de resto un cuarto del asno,
diciendo que por cuartos queria jugarle. Dióle tan mal, que en cuatro
restos consecutivamente perdió los cuatro cuartos del asno, y ganóselos
el mismo que se le habia vendido; y levantándose para volverse á
entregarse en él, dijo el asturiano que advirtiesen que él solamente
habia jugado los cuatro cuartos del asno, pero la cola que se la
diesen, y se le llevasen norabuena.
Causóles risa á todos la demanda de la cola; y hubo letrados que fueron
de parecer que no tenia razon en lo que pedia, diciendo que cuando
se vende un carnero ó otra res alguna, no se saca ni quita la cola,
que con uno de los cuartos traseros ha de ir forzosamente. Á lo cual
replicó Lope que los carneros de Berbería ordinariamente tienen cinco
cuartos, y que el quinto es la cola; y cuando los tales carneros se
cuartean, tanto vale la cola como cualquier cuarto; y que á lo de ir
la cola junto con la res que se vende viva y no se cuartea, que lo
concedia; pero que la suya no fué vendida, sino jugada, y que nunca
su intencion fué jugar la cola, y que al punto se la volviesen luego
con todo lo á ella anejo y concerniente, que era desde la punta del
celebro, con toda la osamenta del espinazo, donde ella tomaba principio
y descendia, hasta parar en los últimos pelos della.
--Dadme vos, dijo uno, que ello sea así como decís, y que os la den
como la pedís, y sentáos junto á lo que del asno queda.
--Pues así es, replicó Lope, venga mi cola; si no, por Dios que no me
lleven el asno, si bien viniesen por él cuantos aguadores hay en el
mundo; y no piensen que por ser tantos los que aquí están, me han de
hacer superchería, porque soy yo un hombre que me sabré llegar á otro
hombre, y meterle dos palmos de daga por las tripas, sin que sepa de
quién, por dónde ó cómo le vino; y mas, que no quiero que me paguen
la cola rata por cantidad, sino que quiero que me la den en ser, y la
corten del asno como tengo dicho.
Al ganancioso y á los demas les pareció no ser bien llevar aquel
negocio por fuerza, porque juzgaron ser de tal brio el asturiano, que
no consentiria que se la hiciesen; el cual, como estaba hecho al trato
de las almadrabas, donde se ejercita todo género de rumbo y jácara, y
de estraordinarios juramentos y votos, voleó allí el capelo y empuñó
un puñal que debajo del capotillo traia, y púsose en tal postura, que
infundió temor y respeto en toda aquella aguadora compañía. Finalmente,
uno dellos, que parecia de mas razon y discurso, los concertó en que
se echase la cola contra un cuarto del asno á una quínola, ó á dos y
pasante. Fueron contentos, ganó la quínola Lope, picóse el otro, echó
el otro cuarto, y á otras tres manos quedó sin asno. Quiso jugar el
dinero, no queria Lope, pero tanto le porfiaron todos, que lo hubo
de hacer, con que hizo el viaje del desposado, dejándole sin un solo
maravedí; y fué tanta la pesadumbre que desto recebió el perdidoso, que
se arrojó en el suelo, y comenzó á darse de calabazas por la tierra.
Lope, como bien nacido, y como liberal y compasivo, le levantó, y le
volvió todo el dinero que le habia ganado, y los diez y seis ducados
del asno, y aun de los que él tenia repartió con los circunstantes,
cuya estraña liberalidad pasmó á todos: y si fueran los tiempos y las
ocasiones del Tamorlan, le alzaran por rey de los aguadores.
Con grande acompañamiento volvió Lope á la ciudad, donde contó á Tomas
lo sucedido, y Tomas asimismo le dió cuenta de sus buenos sucesos. No
quedó taberna, ni bodegon, ni junta de pícaros donde no se supiese el
juego del asno, el desquite por la cola, y el brio y la liberalidad
del asturiano; pero como la mala bestia del vulgo por la mayor parte
es mala, maldita y maldiciente, no tomó de memoria la liberalidad,
brio y buenas partes del gran Lope, sino solamente la cola; y así
apénas hubo andado dos dias por la ciudad echando agua, cuando se vió
señalar de muchos con el dedo que decian: Este es el aguador de la
cola. Estuvieron los muchachos atentos, supieron el caso, y no habia
asomado Lope por la entrada de cualquiera calle, cuando por toda ella
le gritaban, quién de aquí, y quién de allí: Asturiano, daca la cola,
daca la cola, asturiano.
Lope, que se vió asaetear de tantas lenguas y con tantas voces, dió en
callar, creyendo que en su mucho silencio se anegara tanta insolencia;
mas ni por esas, pues miéntras mas callaba, mas los muchachos gritaban;
y así probó á mudar su paciencia en cólera, y apeándose del asno, dió á
palos tras los muchachos, que fué afinar el polvorin y ponerle fuego, y
fué otro cortar las cabezas de la serpiente, pues en lugar de una que
quitaba, apaleando á algun muchacho, nacian en el mismo instante no
otras siete sino setecientas, que con mayor ahinco y menudeo le pedian
la cola. Finalmente, tuvo por bien de retirarse á una posada, que habia
tomado fuera de la de su compañero, por huir de la Argüello, y de
estarse en ella hasta que la influencia de aquel mal planeta pasase, y
se borrase de la memoria de los muchachos aquella demanda mala de la
cola, que le pedian.
Seis dias se pasaron sin que saliese de casa, sino era de noche, que
iba á ver á Tomas, y á preguntarle del estado en que se hallaba, el
cual le contó que despues que habia dado el papel á Costanza, nunca mas
habia podido hablarla una sola palabra, y que le parecia que andaba mas
recatada que solia, puesto que una vez tuvo lugar de llegar á hablarle,
y viéndolo ella le habia dicho ántes que llegase:
--Tomas, no me duele nada, y así ni tengo necesidad de tus palabras, ni
de tus oraciones: conténtate, que no te acuso á la Inquisicion, y no te
canses.
Pero que estas razones las dijo sin mostrar ira en los ojos, ni otro
desabrimiento que pudiera dar indicio de riguridad alguna. Lope le
contó á él la priesa que le daban los muchachos pidiéndole la cola,
porque él habia pedido la de su asno, con que hizo el famoso desquite.
Aconsejóle Tomas que no saliese de casa, á lo ménos sobre el asno, y
que si saliese, fuese por las calles solas y apartadas, y que cuando
esto no bastase, bastaria dejar el oficio, último remedio de poner
fin á tan poco honesta demanda. Preguntóle Lope si habia acudido mas
la gallega. Tomas dijo que no; pero que no dejaba de sobornarle la
voluntad con regalos y presentes de lo que hurtaba en la cocina á los
huéspedes. Retiróse con esto á su posada Lope con determinacion de no
salir della en otros seis dias, á lo ménos con el asno.
Las once serian de la noche, cuando de improviso y sin pensarlo vieron
entrar en la posada muchas varas de justicia, y al cabo el corregidor.
Alborotóse el huésped, y aun los huéspedes; porque así como los cometas
cuando se muestran, siempre causan temores de desgracias é infortunios,
ni mas ni ménos la justicia, cuando de repente y de tropel se entra en
una casa, sobresalta y atemoriza hasta las conciencias no culpadas.
Entróse el corregidor en una sala, llamó al huésped de casa, el cual
vino temblando á ver lo que el señor corregidor queria. Y así como le
vió el corregidor le preguntó con mucha gravedad:
--¿Sois vos el huésped?
--Sí, señor, respondió él, para lo que vuesa merced me quisiere mandar.
Mandó el corregidor que saliesen de la sala todos los que en ella
estaban, y que le dejasen solo con el huésped. Hiciéronlo así, y
quedándose solos, dijo el corregidor al huésped:
--Huésped, ¿qué gente de servicio teneis en esta vuestra posada?
--Señor, respondió él, tengo dos mozas gallegas, y una ama y un mozo
que tiene cuenta con dar la cebada y paja.
--¿No mas? replicó el corregidor.
--No, señor, respondió el huésped.
--Pues decidme, huésped, dijo el corregidor, ¿dónde está una muchacha
que dicen que sirve en esta casa, tan hermosa, que por toda la ciudad
la llaman la Ilustre Fregona, y aun me han llegado á decir que mi hijo
D. Periquito es su enamorado, y que no hay noche que no le dé músicas?
--Señor, respondió el huésped, esa Fregona ilustre que dicen, es verdad
que está en esta casa; pero ni es mi criada, ni deja de serlo.
--No entiendo lo que decís, huésped, en eso de ser y no ser vuestra
criada la Fregona.
--Yo he dicho bien, añadió el huésped, y si vuesa merced me da
licencia, le diré lo que hay en esto, lo cual jamas he dicho á persona
alguna.
--Primero quiero ver á la Fregona que saber otra cosa: llamadla acá,
dijo el corregidor.
Asomóse el huésped á la puerta de la sala, y dijo:
--¿Oíslo, señora? haced que entre aquí Costancica.
Cuando la huéspeda oyó que el corregidor llamaba á Costanza, turbóse y
comenzó á torcerse las manos, diciendo:
--¡Ay, desdichada de mí, el corregidor á Costanza y á solas! algun
gran mal debe de haber sucedido, que la hermosura desta muchacha trae
encantados los hombres.
Costanza, que lo oia, dijo:
--Señora, no se congoje, que yo iré á ver lo que el señor corregidor
quiere, y si algun mal hubiere sucedido, esté segura vuesa merced que
no tendré yo la culpa.
Y en esto sin aguardar que otra vez la llamasen, tomó una vela
encendida sobre un candelero de plata, y con mas vergüenza que temor,
fué donde el corregidor estaba.
Así como el corregidor la vió, mandó al huésped que cerrase la puerta
de la sala, lo cual hecho, el corregidor se levantó y tomando el
candelero que Costanza traia, llegándole la luz al rostro, la anduvo
mirando toda de arriba abajo; y como Costanza estaba con sobresalto,
habíasele encendido la color del rostro, y estaba tan hermosa y tan
honesta, que al corregidor le pareció que estaba mirando la hermosura
de un ángel en la tierra; y despues de haberla bien mirado, dijo:
--Huésped, esta no es joya para estar en el bajo engaste de un meson;
desde aquí digo que mi hijo Periquito es discreto, pues tan bien ha
sabido emplear sus pensamientos: digo, doncella, que no solamente os
pueden y deben llamar ilustre, sino ilustrísima; pero estos títulos no
habian de caer sobre el nombre de Fregona, sino sobre el de una duquesa.
--No es fregona, señor, dijo el huésped; que no sirve de otra cosa en
casa que de traer las llaves de la plata, que por la bondad de Dios
tengo alguna, con que se sirven los huéspedes honrados que á esta
posada vienen.
--Con todo eso, dijo el corregidor, digo, huésped, que ni es decente ni
conviene que esta doncella esté en un meson: ¿es parienta vuestra, por
ventura?
--Ni es mi parienta, ni es mi criada; y si vuesa merced gustare de
saber quién es, como ella no esté delante, oirá vuesa merced cosas que
juntamente con darle gusto le admiren.
--Sí gustaré, dijo el corregidor, y sálgase Costancica allá fuera, y
prométase de mí lo que de su mismo padre pudiera prometerse, que su
mucha honestidad y hermosura obligan á que todos los que la vieren se
ofrezcan á su servicio.
No respondió palabra Costanza, sino con mucha mesura hizo una profunda
reverencia al corregidor, y salióse de la sala, y halló á su ama
desalada esperándola para saber della qué era lo que el corregidor la
queria. Ella le contó lo que habia pasado, y cómo su señor quedaba con
él para contalle no sé qué cosas que no queria que ella las oyese. No
acabó de sosegarse la huéspeda, y siempre estuvo rezando hasta que se
fué el corregidor, y vió salir libre á su marido, el cual en tanto que
estuvo con el corregidor, le dijo:
--Hoy hacen, señor, segun mi cuenta quince años, un mes y cuatro dias
que llegó á esta posada una señora en hábito de peregrina, en una
litera, acompañada de cuatro criados de á caballo y de dos dueñas y
una doncella, que en un coche venian: traia asimismo dos acémilas
cubiertas con dos ricos reposteros, y cargadas con una rica cama
y con aderezos de cocina: finalmente, el aparato era principal, y
la peregrina representaba ser una gran señora; y aunque en la edad
mostraba ser de cuarenta ó pocos mas años, no por eso dejaba de parecer
hermosa en todo estremo: venia enferma y descolorida, y tan fatigada,
que mandó que luego le hiciesen la cama, y en esta misma sala se la
hicieron sus criados. Preguntáronme cuál era el médico de mas fama
desta ciudad. Díjeles que el doctor de la Fuente. Fueron luego por él,
y él vino luego: comunicó á solas con él su enfermedad; y lo que de
su plática resultó fué que mandó el médico que se le hiciese la cama
en otra parte, y en lugar donde no le diesen ningun ruido. Al momento
la mudaron á otro aposento, que está aquí arriba apartado y con la
comodidad que el doctor pedia. Ninguno de los criados entraba donde su
señora, y solas las dos dueñas y la doncella la servian. Yo y mi mujer
preguntamos á los criados quién era la tal señora y cómo se llamaba, y
de dónde venia y dónde iba, si era casada, viuda ó doncella, y por qué
causa se vestia aquel hábito de peregrina. Á todas estas preguntas que
les hicimos una y muchas veces, no hubo alguno que nos respondiese otra
cosa, sino que aquella peregrina era una señora principal y rica de
Castilla la Vieja, y que no tenia hijos que la heredasen; y que porque
habia algunos meses que estaba enferma de hidropesía, habia ofrecido de
ir á Nuestra Señora de Guadalupe en romería, por la cual promesa iba en
aquel hábito. En cuanto á decir su nombre, traian órden de no llamarla
sino la señora peregrina. Esto supimos por entónces; pero á cabo de
tres dias que por enferma la señora peregrina se estaba en casa, una de
las dueñas nos llamó á mí y á mi mujer de su parte: fuimos á ver lo que
queria, y á puerta cerrada y delante de sus criadas, casi con lágrimas
en los ojos nos dijo creo que estas mismas razones:
--Señores mios, los cielos me son testigos que sin culpa mia me hallo
en el riguroso trance que ahora os diré; yo estoy preñada, y tan cerca
del parto, que ya los dolores me van apretando: ninguno de los criados
que vienen conmigo saben mi necesidad y desgracia: á estas mis mujeres,
ni he podido, ni he querido encubrírselo: por huir de los maliciosos
ojos de mi tierra, y porque esta hora no me tomase en ella, hice voto
de ir á Nuestra Señora de Guadalupe: ella debe de haber sido servida
que en esta vuestra casa me tome el parto: á vosotros está ahora el
remediarme y acudirme con el secreto que merece la que su honra pone en
vuestras manos: la paga de la merced que me hiciéredes, que así quiero
llamarla, si no respondiere al gran beneficio que espero, responderá
á lo ménos á dar muestra de una voluntad muy agradecida, y quiero que
comiencen á dar muestras de mi voluntad estos doscientos escudos de oro
que van en este bolsillo.
Y sacando debajo de la almohada de la cama un bolsillo de aguja de oro
y verde, se le puso en las manos de mi mujer, la cual como simple,
y sin mirar lo que hacia, porque estaba suspensa y colgada de la
peregrina, tomó el bolsillo sin responderle palabra de agradecimiento
ni de comedimiento alguno: yo me acuerdo que le dije que no era
menester nada de aquello, que no éramos personas que por interes mas
que por caridad nos movíamos á hacer bien cuando se ofrecia. Ella
prosiguió diciendo:
--Es menester, amigos, que busqueis donde llevar lo que pariere luego
luego, buscando tambien mentiras que decir á quien lo entregáredes,
que por ahora será en la ciudad, y despues quiero que se lleve á una
aldea: de lo que despues se hubiere de hacer, siendo Dios servido de
alumbrarme y de llevarme á cumplir mi voto, cuando de Guadalupe vuelva,
lo sabréis, porque el tiempo me habrá dado lugar de que piense y escoja
lo mejor que me convenga: partera no la he menester ni la quiero, que
otros partos mas honrados que he tenido, me aseguran que con sola la
ayuda destas mis criadas facilitaré sus dificultades, y ahorraré un
testigo mas de mis sucesos.
Aquí dió fin á su razonamiento la lastimada peregrina, y principio á
un copioso llanto, que en parte fué consolado por las muchas y buenas
razones que mi mujer, ya vuelta en mas acuerdo, le dijo: finalmente,
yo salí luego á buscar donde llevar lo que pariese á cualquier hora
que fuese; y entre las doce y la una de aquella misma noche, cuando
toda la gente de casa estaba entregada al sueño, la buena señora parió
una niña, la mas hermosa que mis ojos hasta entónces habian visto,
que es esta misma que vuesa merced acaba de ver ahora: ni la madre se
quejó en el parto, ni la hija nació llorando: en todos habia sosiego
y silencio maravilloso, y tal, cual convenia para el secreto de aquel
estraño caso. Otros seis dias estuvo en la cama, y en todos ellos venia
el médico á visitarla; pero no porque ella le hubiese declarado de qué
procedia su mal; y las medicinas que le ordenaba, nunca las puso en
ejecucion, porque solo pretendió engañar á sus criados con la visita
del médico. Todo esto me dijo ella misma despues que se vió fuera de
peligro, y á los ocho dias se levantó con el mismo bulto, ó con otro
que se parecia á aquel con que se habia echado.
Fué á su romería, y volvió de allí á veinte dias ya casi sana, porque
poco á poco se iba quitando del artificio, con que despues de parida se
mostraba hidrópica. Cuando volvió estaba ya la niña dada á criar por
mi órden con nombre de mi sobrina, en una aldea dos leguas de aquí: en
el bautismo se le puso por nombre Costanza, que así lo dejó ordenado
su madre, la cual contenta de lo que yo habia hecho, al tiempo de
despedirse me dió una cadena de oro que hasta ahora tengo, de la cual
quitó seis trozos, los cuales dijo que traeria la persona que por la
niña viniese: tambien cortó un blanco pergamino á vueltas y á ondas,
á la traza y manera como cuando se enclavijan las manos, y en los
dedos se escribe alguna cosa, que estando enclavijados los dedos se
puede leer, y despues de apartadas las manos queda dividida la razon,
porque se dividen las letras, que en volviendo á enclavijar los dedos
se juntan y corresponden de manera que se pueden leer continuadamente:
digo que el un pergamino sirve de alma del otro, y encajados se leerán,
y divididos no es posible, si no es adivinando la mitad del pergamino;
y casi toda la cadena quedó en mi poder, y todo lo tengo, esperando el
contraseño hasta ahora; puesto que ella me dijo que dentro de dos años
enviaria por su hija, encargándome que la criase no como quien ella
era, sino del modo que se suele criar una labradora. Encargóme tambien
que si por algun suceso no le fuese posible enviar tan presto por su
hija, que aunque creciese y llegase á tener entendimiento, no la dijese
del modo que habia nacido; y que la perdonase el no decirme su nombre,
ni quién era; que lo guardaba para otra ocasion mas importante. En
resolucion, dándome otros cuatrocientos escudos de oro, y abrazando á
mi mujer con tiernas lágrimas, se partió, dejándonos admirados de su
discrecion, valor, hermosura y recato. Costanza se crió en el aldea
dos años, y luego la truje conmigo, y siempre la he traido en hábito
de labradora, como su madre me lo dejó mandado. Quince años, un mes y
cuatro dias ha que aguardo á quien ha de venir por ella, y la mucha
tardanza me ha consumido la esperanza de ver esta venida, y si en este
año en que estamos no vienen, tengo determinado de prohijalla, y darle
toda mi hacienda, que vale mas de seis mil ducados, Dios sea bendito.
Resta ahora, señor corregidor, decir á vuesa merced, si es posible
que yo sepa decir las bondades y las virtudes de Costancica. Ella, lo
primero y principal es devotísima de Nuestra Señora: confiesa y comulga
cada mes; sabe escribir y leer; no hay mayor randera en Toledo; canta
á la almohadilla como unos ángeles; en ser honesta no hay quien la
iguale, pues en lo que toca á ser hermosa, ya vuesa merced lo ha visto.
El señor D. Pedro, hijo de vuesa merced, en su vida la ha hablado;
bien es verdad que de cuando en cuando le da alguna música, que ella
jamas escucha. Muchos señores, y de título, han posado en esta posada,
y aposta por hartarse de verla han detenido su camino muchos dias; pero
yo sé bien que no habrá ninguno que con verdad se pueda alabar que ella
le haya dado lugar de decirle una palabra sola, ni acompañada. Esta es,
señor, la verdadera historia de la ilustre Fregona, que no friega, en
la cual no he salido de la verdad un punto.
Calló el huésped, y tardó un gran rato el corregidor en hablarle:
tan suspenso le tenia el suceso que el huésped le habia contado; en
fin, le dijo que le trujese allí la cadena y el pergamino, que queria
verlo. Fué el huésped por ello, y trayéndoselo, vió que era así como
le habia dicho: la cadena era de trozos, curiosamente labrada: en el
pergamino estaban escritas, una debajo de otra, en el espacio que habia
de henchir el vacío de la otra mitad, estas letras: E. T. E. L. S. N.
V. D. D. R. Por las cuales letras vió ser forzoso que se juntasen con
las de la mitad del otro pergamino, para poder ser entendidas. Tuvo
por discreta la señal del conocimiento, y juzgó por muy rica á la
señora peregrina, que tal cadena habia dejado al huésped; y teniendo
en pensamiento de sacar de aquella posada á la hermosa muchacha,
cuando hubiese concertado un monasterio donde llevarla, por entónces
se contentó de llevar solo el pergamino, encargando al huésped que si
acaso viniesen por Costanza, le avisase y diese noticia de quién era el
que por ella venia, ántes que le mostrase la cadena, que dejaba en su
poder. Con esto, se fué, tan admirado del cuento y suceso de la Ilustre
Fregona, como de su incomparable hermosura.
Todo el tiempo que gastó el huésped en estar con el corregidor, y
el que ocupó Costanza cuando la llamaron, estuvo Tomas fuera de sí,
combatida el alma de mil varios pensamientos, sin acertar jamas con
ninguno de su gusto; pero cuando vió que el corregidor se iba y que
Costanza se quedaba, respiró su espíritu, volviéronle los pulsos, que
ya casi desamparado le tenian: no osó preguntar al huésped lo que el
corregidor queria, ni el huésped lo dijo á nadie, sino á su mujer, con
que ella tambien volvió en sí, dando gracias á Dios, que de tan grande
sobresalto la habia librado.
El dia siguiente, cerca de la una, entraron en la posada, con cuatro
hombres de á caballo, dos caballeros ancianos de venerables presencias,
habiendo primero preguntado uno de los mozos que á pié con ellos venian
si era aquella la posada del Sevillano; y habiéndole respondido que sí,
se entraron todos en ella. Apeáronse los cuatro, y fueron á apear los
dos ancianos, señal por do se conoció que aquellos dos eran señores de
los seis. Salió Costanza con su acostumbrada gentileza á ver los nuevos
huéspedes; y apénas la hubo visto uno de los dos ancianos, cuando dijo
al otro:
--Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo aquello que venimos á
buscar.
Tomas, que acudió á dar recado á las cabalgaduras, conoció luego á dos
criados de su padre, y luego conoció á su padre y al padre de Carriazo,
que eran los dos ancianos á quien los demas respetaban; y aunque se
admiró de su venida, consideró que debian de ir á buscar á él y á
Carriazo á las almadrabas, que no habria faltado quien les hubiese
dicho que en ellas, y no en Flándes, los hallarian; pero no se atrevió
á dejarse conocer en aquel traje, ántes, aventurándolo todo, puesta la
mano en el rostro pasó por delante dellos, y fué á buscar á Costanza,
y quiso la buena suerte que la hallase sola, y apriesa y con lengua
turbada, temeroso que ella no le daria lugar para decirle nada, le dijo:
--Costanza, uno destos dos caballeros ancianos que aquí han llegado
ahora es mi padre, que es aquel que oyeres llamar D. Juan de Avendaño;
infórmate de sus criados si tiene un hijo que se llama D. Tomas de
Avendaño, que soy yo, y de aquí podrás ir coligiendo y averiguando
que te he dicho verdad en cuanto á la calidad de mi persona, y que te
la diré en cuanto de mi parte te tengo ofrecido; y quédate adios, que
hasta que ellos se vayan no pienso volver á esta casa.
No le respondió nada Costanza, ni él aguardó á que le respondiese, sino
volviéndose á salir cubierto como habia entrado, se fué á dar cuenta á
Carriazo de cómo sus padres estaban en la posada. Dió voces el huésped
á Tomas que viniese á dar cebada; pero como no pareció, dióla él mismo.
Uno de los dos ancianos llamó aparte á una de las dos mozas gallegas, y
preguntóle cómo se llamaba aquella muchacha hermosa que habian visto, y
que si era hija ó parienta del huésped ó huéspeda de casa. La gallega
le respondió:
--La moza se llama Costanza, ni es parienta del huésped ni de la
huéspeda, ni sé lo que es: solo digo que la doy á la mala landre, que
no sé qué tiene, que no deja hacer baza á ninguna de las mozas que
estamos en esta casa, pues en verdad que tenemos nuestras faciones como
Dios nos las puso: no entra huésped que no pregunte luego quién es la
hermosa, y que no diga: bonita es, bien parece, á fe que no es mala,
mal año para las mas pintadas, nunca peor me la depare la fortuna; y á
nosotras no hay quien nos diga: ¿qué teneis ahí, diablos, ó mujeres, ó
lo que sois?
--Luego esta niña á esa cuenta, replicó el caballero, debe de dejarse
manosear y requebrar de los huéspedes.
Sí, respondió la gallega, tenedle el pié al herrar, bonita es la niña
para eso: par Dios, señor, si ella se dejara mirar siquiera, manara en
oro: es mas áspera que un erizo: es una traga avemarías, labrando está
todo el dia y rezando: para el dia que ha de hacer milagros, quisiera
yo tener un cuento de renta: mi ama dice que trae un silicio pegado á
las carnes, y que es una santa.
Contentísimo el caballero de lo que habia oido á la gallega, sin
esperar á que le quitasen las espuelas, llamó al huésped, y retirándose
con él aparte en una sala le dijo:
--Yo, señor huésped, vengo á quitaros una prenda mia, que ha algunos
años que teneis en vuestro poder; para quitárosla os traigo mil escudos
de oro y estos trozos de cadena, y este pergamino.
Diciendo esto, sacó los seis de la señal de la cadena que él tenia:
asimismo conoció el pergamino, y alegre sobremanera con el ofrecimiento
de los mil escudos, respondió:
--Señor, la prenda que quereis quitar está en casa; pero no están en
ella la cadena ni el pergamino con que se ha de hacer la prueba de la
verdad, que yo creo que vuesa merced trata; y así le suplico tenga
paciencia, que yo vuelvo luego.
Y al momento fué á avisar al corregidor de lo que pasaba, y de cómo
estaban dos caballeros en su posada, que venian por Costanza.
Acababa de comer el corregidor, y con el deseo que tenia de ver el fin
de aquella historia, subió luego á caballo, y vino á la posada del
Sevillano, llevando consigo el pergamino de la muestra; y apénas hubo
visto á los dos caballeros, cuando abiertos los brazos fué á abrazar al
uno, diciendo:
--¡Válame Dios! ¡qué buena venida es esta, señor D. Juan de Avendaño,
primo y señor mio!
El caballero le abrazó asimismo, diciéndole:
--Sin duda, señor primo, habrá sido buena mi venida, pues os veo, y con
la salud que siempre os deseo: abrazad, primo, á este caballero, que es
el señor D. Diego de Carriazo, gran señor, y amigo mio.
--Ya conozco al señor D. Diego, respondió el corregidor, y le soy muy
servidor.
Y abrazándose los dos, despues de haberse recebido con grande amor y
grandes cortesías, se entraron en una sala, donde se quedaron solos con
el huésped, el cual ya tenia consigo la cadena, y dijo:
--Ya el señor corregidor sabe á lo que vuesa merced viene, señor D.
Diego de Carriazo: vuesa merced saque los trozos que faltan á esta
cadena, y el señor corregidor sacará el pergamino que está en su poder,
y hagamos la prueba que ha tantos años que espero á que se haga.
--Desa manera, respondió D. Diego, no habrá necesidad de dar cuenta de
nuevo al señor corregidor de nuestra venida, pues bien se verá que ha
sido á lo que vos, señor huésped, habréis dicho.
--Algo me ha dicho, pero mucho me quedó por saber: el pergamino héle
aquí.
Sacó D. Diego el otro, y juntando las dos partes, se hicieron una, y á
las letras del que tenia el huésped, que como se ha dicho eran E. T. E.
L. S. N. V. D. D. R. respondian en el otro pergamino estas: S. A. S.
A. E. A. L. E. R. A. E. A., que todas juntas decian: -Esta es la señal
verdadera-. Cotejáronse luego los trozos de la cadena, y hallaron ser
las señas verdaderas.
--Esto está hecho, dijo el corregidor: resta ahora saber, si es
posible, quiénes son los padres desta hermosísima prenda.
--El padre, respondió D. Diego, yo lo soy, la madre ya no vive; basta
saber que fué tan principal, que pudiera yo ser su criado; y porque
como se encubre su nombre, no se encubra su fama, ni se culpe lo que
en ella parece manifiesto error y culpa conocida, se ha de saber que
la madre desta prenda, siendo viuda de un gran caballero, se retiró á
una aldea suya, y allí con recato y con honestidad grandísima pasaba
con sus criados y vasallos una vida sosegada y quieta: ordenó la
suerte que un dia, yendo yo á caza por el término de su lugar, quise
visitarla, y era la hora de siesta: cuando llegué á su alcázar, que
así se puede llamar su gran casa, dejé el caballo á un criado mio;
subí sin topar á nadie hasta el mismo aposento donde ella estaba
durmiendo la siesta sobre un estrado negro: era por estremo hermosa,
y el silencio, la soledad, la ocasion, despertaron en mí un deseo mas
atrevido que honesto, y sin ponerme á hacer discretos discursos, cerré
tras mí la puerta, y llegándome á ella, la desperté, y teniéndola
asida fuertemente, le dije: vuesa merced, señora mia, no grite, que
las voces que diere serán pregoneras de su deshonra: nadie me ha visto
entrar en este aposento, que mi suerte, porque la tengo bonísima en
gozaros, ha llovido sueño en todos vuestros criados, y cuando ellos
acudan á vuestras voces, no podrán mas que quitarme la vida: y esto ha
de ser en vuestros mismos brazos, y no por mi muerte dejará de quedar
en opinion vuestra fama. Finalmente yo la gocé contra su voluntad y á
pura fuerza mia: ella cansada, rendida y turbada, ó no pudo ó no quiso
hablarme palabra, y yo dejándola como atontada y suspensa, me volví á
salir por los mismos pasos donde habia entrado, y me vine á la aldea de
otro amigo mio, que estaba dos leguas de la suya. Esta señora se mudó
de aquel lugar á otro, y sin que yo jamas la viese, ni lo procurase, se
pasaron dos años, al cabo de los cuales supe que era muerta; y podrá
haber veinte dias, que con grandes encarecimientos, escribiéndome que
era cosa que me importaba en ella el contento y la honra, me envió á
llamar un mayordomo desta señora; fuí á ver lo que me queria, bien
léjos de pensar en lo que me dijo: halléle á punto de muerte, y por
abreviar razones, en muy breves me dijo cómo al tiempo que murió su
señora le dijo todo lo que conmigo le habia sucedido, y cómo habia
quedado preñada de aquella fuerza, y que por encubrir el bulto habia
venido en romería á Nuestra Señora de Guadalupe, y cómo habia parido
en esta casa una niña que se habia de llamar Costanza: dióme las señas
con que la hallaria, que fueron las que habeis visto de la cadena y
pergamino; y dióme ansimismo treinta mil escudos de oro, que su señora
dejó para casar á su hija: díjome ansimismo que el no habérmelos dado
luego como su señora habia muerto, ni declarádome lo que ella encomendó
á su confianza y secreto, habia sido por pura codicia y por poderse
aprovechar de aquel dinero; pero que ya que estaba á punto de ir á dar
cuenta á Dios, por descargo de su conciencia me daba el dinero, y me
avisaba adónde y cómo habia de hallar mi hija. Recebí el dinero y las
señales, y dando cuenta desto al señor D. Juan de Avendaño, nos pusimos
en camino desta ciudad.
Á estas razones llegaba D. Diego, cuando oyeron que en la puerta de la
calle decian á grandes voces:
--Díganle á Tomas Pedro, el mozo de la cebada, cómo llevan á su amigo
el asturiano preso; que acuda á la cárcel, que allí le espera.
Á la voz de cárcel y de preso, dijo el corregidor que entrase el preso
y el alguacil que le llevaba. Dijeron al alguacil que el corregidor,
que estaba allí, le mandaba entrar con el preso, y así lo hubo de hacer.
Venia el asturiano todos los dientes bañados en sangre, y muy mal
parado, y muy bien asido del alguacil: y así como entró en la sala,
conoció á su padre y al de Avendaño: turbóse, y por no ser conocido,
con un paño como que se limpiaba la sangre se cubrió el rostro.
Preguntó el corregidor que qué habia hecho aquel mozo, que tan mal
parado le llevaban. Respondió el alguacil que aquel mozo era un
aguador, que le llamaban el asturiano, á quien los muchachos por las
calles decian: daca la cola, asturiano, daca la cola; y luego en breves
palabras contó la causa por qué le pedian la tal cola, de que no
riyeron poco todos. Dijo mas: que saliendo por la puerta de Alcántara,
dándole los muchachos priesa con la demanda de la cola, se habia apeado
del asno, y dando tras todos, alcanzó á uno, á quien dejaba medio
muerto á palos, y que queriéndole prender, se habia resistido, y que
por eso iba tan mal parado.
Mandó el corregidor que se descubriese el rostro, y porfiando á no
querer descubrirse, llegó el alguacil, y quitóle el pañuelo, y al
punto le conoció su padre, y dijo todo alterado: Hijo D. Diego, ¿cómo
estás desta manera? ¿qué traje es este? ¿aun no se te han olvidado tus
picardías?
Hincó las rodillas Carriazo, y fuese á poner á los piés de su padre,
que con lágrimas en los ojos le tuvo abrazado un buen espacio. Don
Juan de Avendaño, como sabia que D. Diego habia venido con D. Tomas su
hijo, preguntóle por él: á lo cual respondió que D. Tomas de Avendaño
era el mozo que daba cebada y paja en aquella posada. Con esto que
el asturiano dijo, se acabó de apoderar la admiracion en todos los
presentes, y mandó el corregidor al huésped que trujese allí al mozo de
la cebada.
--Yo creo que no está en casa, respondió el huésped, pero yo le buscaré.
Y así fué á buscalle.
Preguntó D. Diego á Carriazo que qué transformaciones eran aquellas, y
qué les habia movido á ser él aguador, y D. Tomas mozo de meson. Á lo
cual respondió Carriazo que no podia satisfacer á aquellas preguntas
tan en público, que él responderia á solas.
Estaba Tomas Pedro escondido en su aposento, para ver desde allí sin
ser visto lo que hacian su padre y el de Carriazo: teníale suspenso la
venida del corregidor, y el alboroto que en toda la casa andaba. No
faltó quien le dijese al huésped cómo estaba allí escondido: subió por
él, y mas por fuerza que por grado le hizo bajar; y aun no bajara, si
el mismo corregidor no saliera al patio y le llamara por su nombre,
diciendo:
--Baje vuesa merced, señor pariente, que aquí no le aguardan osos ni
leones.
Bajó Tomas, y con los ojos bajos y sumision grande se hincó de rodillas
ante su padre, el cual le abrazó con grandísimo contento, á fuer del
que tuvo el padre del hijo pródigo cuando le cobró de perdido.
Ya en esto habia venido un coche del corregidor para volver en él, pues
la gran fiesta no permitia volver á caballo. Hizo llamar á Costanza, y
tomándola de la mano, se la presentó á su padre, diciendo:
Recebid, señor don Diego, esta prenda, y estimadla por la mas rica que
acertárades á desear; y vos, hermosa doncella, besad la mano á vuestro
padre, y dad gracias á Dios, que con tan honrado suceso ha enmendado,
subido y mejorado la bajeza de vuestro estado.
Costanza, que no sabia ni imaginaba lo que le habia acontecido,
toda turbada y temblando no supo hacer otra cosa que hincarse de
rodillas ante su padre, y tomándole las manos, se las comenzó á
besar tiernamente, bañándoselas con infinitas lágrimas, que por sus
hermosísimos ojos derramaba.
En tanto que esto pasaba, habia persuadido el corregidor á su primo
D. Juan que se viniesen todos con él á su casa; y aunque D. Juan lo
rehusaba, fueron tantas las persuasiones del corregidor, que lo hubo
de conceder; y así entraron en el coche todos; pero cuando dijo el
corregidor á Costanza que entrase tambien en el coche, se le anubló
el corazon, y ella y la huéspeda se asieron una á otra, y comenzaron
á hacer tan amargo llanto, que quebraba los corazones de cuantos le
escuchaban. Decia la huéspeda:
--¿Cómo es esto, hija de mi corazon, que te vas y me dejas? ¿Cómo
tienes ánimo de dejar á esta madre, que con tanto amor te ha criado?
Costanza lloraba, y la respondia con no ménos tiernas palabras. Pero
el corregidor enternecido, mandó que asimismo la huéspeda entrase en el
coche, y que no se apartase de su hija, pues por tal la tenia, hasta
que saliese de Toledo. Así la huéspeda y todos entraron en el coche, y
fueron á casa del corregidor, donde fueron bien recebidos de su mujer,
que era una principal señora. Comieron regalada y suntuosamente, y
despues de comer contó Carriazo á su padre cómo por amores de Costanza
D. Tomas se habia puesto á servir en el meson, y que estaba enamorado
de tal manera della, que sin que le hubiera descubierto ser tan
principal como era, siendo su hija, la tomara por mujer en el estado
de fregona. Vistió luego la mujer del corregidor á Costanza con unos
vestidos de una hija que tenia en la misma edad y cuerpo de Costanza;
y si parecia hermosa con los de labradora, con los cortesanos parecia
cosa del cielo: tan bien la cuadraban, que daba á entender que desde
que nació habia sido señora, y usado los mejores trajes que el uso trae
consigo.
Pero entre tantos alegres, no pudo faltar un triste, que fué D. Pedro,
el hijo del corregidor, que luego se imaginó que Costanza no habia de
ser suya, y así fué la verdad; porque entre el corregidor, y D. Diego
de Carriazo, y D. Juan de Avendaño se concertaron en que D. Tomas se
casase con Costanza, dándole su padre los treinta mil escudos que su
madre le habia dejado; y el aguador D. Diego de Carriazo casase con la
hija del corregidor, y D. Pedro, el hijo del corregidor, con una hija
de D. Juan de Avendaño, que su padre se ofrecia á traer dispensacion
del parentesco.
Desta manera quedaron todos contentos, alegres y satisfechos; y la
nueva de los casamientos y de la ventura de la Fregona ilustre se
estendió por la ciudad, y acudia infinita gente á ver á Costanza en
el nuevo hábito, en el cual tan señora se mostraba como se ha dicho.
Vieron al mozo de la cebada Tomas Pedro vuelto en D. Tomas de Avendaño,
y vestido como señor: notaron que Lope asturiano era muy gentilhombre
despues que habia mudado vestido, y dejado el asno y las aguaderas:
pero con todo eso no faltaba quien en el medio de su pompa, cuando iba
por la calle no le pidiese la cola.
Un mes se estuvieron en Toledo, al cabo del cual se volvieron á Búrgos
D. Diego de Carriazo y su mujer, su padre y Costanza con su marido D.
Tomas, y el hijo del corregidor, que quiso ir á ver á su parienta y
esposa. Quedó el Sevillano rico con los mil escudos, y con muchas joyas
que Costanza dió á su señora, que siempre con este nombre llamaba á la
que la habia criado. Dió ocasion la historia de la Fregona ilustre, á
que los poetas del dorado Tajo ejercitasen sus plumas en solenizar y en
alabar la sin par hermosura de Costanza, la cual aun vive en compañía
de su buen mozo de meson; y Carriazo ni mas ni ménos, con tres hijos,
que sin tomar el estilo del padre, ni acordarse si hay almadrabas en
el mundo, hoy están todos estudiando en Salamanca y su padre apénas ve
algun asno de aguador, cuando se le representa y viene á la memoria el
que tuvo en Toledo, y teme que cuando ménos se cate ha de remanecer en
alguna sátira el daca la cola, asturiano; asturiano, daca la cola.
LAS DOS DONCELLAS.
Cinco leguas de la ciudad de Sevilla está un lugar que se llama
Castilblanco, y en uno de muchos mesones que tiene, á la hora que
anochecia entró un caminante sobre un hermoso cuartago estranjero:
no traia criado alguno, y sin esperar que le tuviesen el estribo, se
arrojó de la silla con gran lijereza.
Acudió luego el huésped (que era hombre diligente y de recato), mas no
fué tan presto que no estuviese ya el caminante sentado en un poyo que
en el portal habia, desabrochándose muy apriesa los botones del pecho,
y luego dejó caer los brazos á una y á otra parte, dando manifiesto
indicio de desmayarse. La huéspeda, que era caritativa, se llegó á él,
y rociándole con agua el rostro, le hizo volver en su acuerdo; y él
dando muestras que le habia pesado de que así le hubiesen visto, se
volvió á abrochar, pidiendo que le diesen luego un aposento donde se
recogiese, y que si fuese posible, fuese solo.
Díjole la huéspeda que no habia mas de una en toda la casa, y que tenia
dos camas, y que era forzoso si algun huésped acudiese, acomodarle en
la una. Á lo cual respondió el caminante que él pagaria los dos lechos,
viniese ó no huésped alguno; y sacando un escudo de oro, se le dió á la
huéspeda con condicion que á nadie diese el lecho vacío.
No se descontentó la huéspeda de la paga, ántes se ofreció de hacer lo
que le pedia, aunque el mismo dean de Sevilla llegase aquella noche á
su casa. Preguntóle si queria cenar, y respondió que no; mas que solo
queria que se tuviese gran cuidado con su cuartago: pidió la llave del
aposento, y llevando consigo unas bolsas grandes de cuero, se entró en
él y cerró tras sí la puerta con llave, y aun á lo que despues pareció
arrimó á ella dos sillas.
Apénas se hubo encerrado, cuando se juntaron á consejo el huésped,
y el mozo que daba la cebada, y otros dos vecinos que acaso allí
se hallaron, y todos trataron de la grande hermosura y gallarda
disposicion del nuevo huésped, concluyendo que jamas tal belleza habian
visto: tanteáronle la edad, y se resolvieron que tendria de diez y
seis á diez y siete años; fueron y vinieron, y dieron y tomaron, como
suele decirse, sobre qué podia haber sido la causa del desmayo que le
dió; pero como no la alcanzaron, quedáronse con la admiracion de su
gentileza. Fuéronse los vecinos á sus casas, y el huésped á pensar el
cuartago, y la huéspeda á aderezar algo de cenar por si otros huéspedes
viniesen. Y no tardó mucho cuando entró otro de poca mas edad que el
primero, y no de ménos gallardía; y apénas le hubo oido la huéspeda,
cuando dijo:
--¡Válame Dios, y qué es esto! ¿vienen por ventura esta noche á posar
ángeles á mi casa?
--¿Por qué dice eso la señora huéspeda? dijo el caballero.
--No lo digo por nada, señor, respondió la mesonera, solo digo que
vuesa merced no se apee, porque no tengo cama que darle, que dos que
tenia las ha tomado un caballero que está en aquel aposento, y me las
ha pagado entrambas, aunque no habia menester mas de la una sola,
porque nadie le entre en el aposento, y es que debe de gustar de la
soledad; y en Dios y en mi ánima que no sé yo por qué, que no tiene él
cara ni disposicion para esconderse, sino para que todo el mundo le vea
y le bendiga.
--¿Tan lindo es, señora huéspeda? replicó el caballero.
--Y ¡cómo si es lindo! dijo ella, y aun mas que relindo.
--Ten aquí, mozo, dijo á esta razon el caballero, que aunque duerma en
el suelo, tengo de ver hombre tan alabado.
Y dando el estribo á un mozo de mulas que con él venia, se apeó, y hizo
que le diesen luego de cenar, y así fué hecho. Y estando cenando, entró
un alguacil del pueblo (como de ordinario en los lugares pequeños se
usa), y sentóse á conversacion con el caballero en tanto que cenaba, y
no dejó entre razon y razon de echar abajo tres cubiletes de vino, y de
roer una pechuga y una cadera de perdiz que le dió el caballero, y todo
se lo pagó el alguacil con preguntarle nuevas de la corte, y de las
guerras de Flándes y bajada del turco, no olvidándose de los sucesos
del transilvano, que nuestro Señor guarde.
El caballero cenaba y callaba, porque no venia de parte que le pudiese
satisfacer á sus preguntas. Ya en esto habia acabado el mesonero de
dar recado al cuartago, y sentóse á hacer tercio en la conversacion,
y á probar de su mismo vino no ménos tragos que el alguacil; y á cada
trago que envasaba, volvia y derribaba la cabeza sobre el hombro
izquierdo, y alababa el vino, que le ponia en las nubes, aunque no se
atrevia á dejarle mucho en ellas, porque no se aguase. De lance en
lance volvieron á las alabanzas del huésped encerrado, y contaron de su
desmayo y encerramiento, y de que no habia querido cenar cosa alguna:
ponderaron el aparato de las bolsas, y la bondad del cuartago y del
vestido vistoso que de camino traia: todo lo cual requeria no venir sin
mozo que le sirviese. Todas estas exageraciones pusieron nuevo deseo
de verle, y rogó al mesonero hiciese de modo como él entrase á dormir
en la otra cama, y le daria un escudo de oro; y puesto que la codicia
del dinero acabó con la voluntad del mesonero de dársela, halló ser
imposible á causa que estaba cerrado por de dentro, y no se atrevia á
despertar al que dentro dormia, y que tan bien tenia pagados los dos
lechos. Todo lo cual facilitó el alguacil, diciendo:
--Lo que se podrá hacer, es que yo llamaré á la puerta, diciendo que
soy la justicia, que por mandado del señor alcalde traigo á aposentar
á este caballero á este meson, y que no habiendo otra cama, se le
manda dar aquella: á lo cual ha de replicar el huésped que se le hace
agravio, porque ya está alquilada, y no es razon quitarla al que
la tiene: con esto quedará el mesonero disculpado, y vuesa merced
conseguirá su intento.
Á todos les pareció bien la traza del alguacil, y por ella le dió el
deseoso cuatro reales.
Púsose luego por obra: y en resolucion, mostrando gran sentimiento el
primer huésped abrió á la justicia, y el segundo pidiéndole perdon del
agravio que al parecer se le habia hecho, se fué á acostar en el lecho
desocupado; pero ni el otro le respondió palabra, ni ménos se dejó
ver el rostro, porque apénas hubo abierto, cuando se fué á su cama, y
vuelta la cara á la pared, por no responder hizo que dormia. El otro se
acostó, esperando cumplir por la mañana su deseo, cuando se levantasen.
Eran las noches de las perezosas y largas de diciembre, y el frio y el
cansancio del camino forzaban á procurar pasarlas con reposo: pero como
no le tenia el huésped primero, á poco mas de la media noche comenzó
á suspirar tan amargamente, que con cada suspiro parecia despedírsele
el alma; y fué de tal manera, que aunque el segundo dormia, hubo de
despertar al lastimero son del que se quejaba, y admirado de los
sollozos, con que acompañaba los suspiros, atentamente se puso á
escuchar lo que al parecer entre sí murmuraba. Estaba la sala escura,
y las camas bien desviadas; pero no por esto dejó de oir entre otras
razones, estas, que con voz debilitada y flaca, el lastimado huésped
primero decia:
--¡Ay sin ventura! ¿adónde me lleva la fuerza incontrastable de mis
hados? ¿Qué camino es el mio, ó qué salida espero tener del intricado
laberinto donde me hallo? ¡Ay pocos y mal esperimentados años,
incapaces de toda buena consideracion y consejo! ¿Qué fin ha de tener
esta no sabida peregrinacion mia? ¡Ay honra menospreciada, ay amor mal
agradecido, ay respetos de honrados padres y parientes atropellados, y
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
401
402
403
404
405
406
407
408
409
410
411
412
413
414
415
416
417
418
419
420
421
422
423
424
425
426
427
428
429
430
431
432
433
434
435
436
437
438
439
440
441
442
443
444
445
446
447
448
449
450
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
498
499
500
501
502
503
504
505
506
507
508
509
510
511
512
513
514
515
516
517
518
519
520
521
522
523
524
525
526
527
528
529
530
531
532
533
534
535
536
537
538
539
540
541
542
543
544
545
546
547
548
549
550
551
552
553
554
555
556
557
558
559
560
561
562
563
564
565
566
567
568
569
570
571
572
573
574
575
576
577
578
579
580
581
582
583
584
585
586
587
588
589
590
591
592
593
594
595
596
597
598
599
600
601
602
603
604
605
606
607
608
609
610
611
612
613
614
615
616
617
618
619
620
621
622
623
624
625
626
627
628
629
630
631
632
633
634
635
636
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
647
648
649
650
651
652
653
654
655
656
657
658
659
660
661
662
663
664
665
666
667
668
669
670
671
672
673
674
675
676
677
678
679
680
681
682
683
684
685
686
687
688
689
690
691
692
693
694
695
696
697
698
699
700
701
702
703
704
705
706
707
708
709
710
711
712
713
714
715
716
717
718
719
720
721
722
723
724
725
726
727
728
729
730
731
732
733
734
735
736
737
738
739
740
741
742
743
744
745
746
747
748
749
750
751
752
753
754
755
756
757
758
759
760
761
762
763
764
765
766
767
768
769
770
771
772
773
774
775
776
777
778
779
780
781
782
783
784
785
786
787
788
789
790
791
792
793
794
795
796
797
798
799
800
801
802
803
804
805
806
807
808
809
810
811
812
813
814
815
816
817
818
819
820
821
822
823
824
825
826
827
828
829
830
831
832
833
834
835
836
837
838
839
840
841
842
843
844
845
846
847
848
849
850
851
852
853
854
855
856
857
858
859
860
861
862
863
864
865
866
867
868
869
870
871
872
873
874
875
876
877
878
879
880
881
882
883
884
885
886
887
888
889
890
891
892
893
894
895
896
897
898
899
900
901
902
903
904
905
906
907
908
909
910
911
912
913
914
915
916
917
918
919
920
921
922
923
924
925
926
927
928
929
930
931
932
933
934
935
936
937
938
939
940
941
942
943
944
945
946
947
948
949
950
951
952
953
954
955
956
957
958
959
960
961
962
963
964
965
966
967
968
969
970
971
972
973
974
975
976
977
978
979
980
981
982
983
984
985
986
987
988
989
990
991
992
993
994
995
996
997
998
999
1000