conoció que aquella era la estancia donde se habia dado fin á su
honra y principio á su desventura; y aunque no estaba adornada de los
damascos que entónces tenia, conoció la disposicion della, vió la
ventana de la reja que caia al jardin, y por estar cerrada á causa
del herido, preguntó si aquella ventana respondia á algun jardin. Y
fuéle respondido que sí; pero lo que mas conoció fué que aquella era
la misma cama que tenia por tumba de su sepultura; y mas que el propio
escritorio, sobre el cual estaba la imágen que habia traido, se estaba
en el mismo lugar.
Finalmente, sacaron á luz la verdad de todas sus sospechas los
escalones que ella habia contado cuando la sacaron del aposento tapados
los ojos, digo, los escalones que habia desde allí á la calle, que
con advertencia discreta contó; y cuando volvió á su casa, dejando á
su hijo, los volvió á contar y halló cabal el número; y confiriendo
unas señales con otras, de todo punto certificó por verdadera su
imaginacion, de lo cual dió por estenso cuenta á su madre, que como
discreta se informó si el caballero donde su nieto estaba, habia tenido
ó tenia algun hijo; y halló que el que llamamos Rodolfo lo era, y que
estaba en Italia; tanteando el tiempo que le dijeron que habia faltado
de España, vió que eran los mismos siete años que el nieto tenia.
Dió aviso de todo esto á su marido, y entre los dos y su hija acordaron
de esperar lo que Dios hacia del herido, el cual dentro de quince dias
estuvo fuera de peligro, y á los treinta se levantó, en todo el cual
tiempo fué visitado de la madre y de la abuela, y regalado de los
dueños de la casa como si fuera su mismo hijo; y algunas veces hablando
con Leocadia Doña Estefanía, que así se llamaba la mujer del caballero,
le decia que aquel niño se parecia tanto á un hijo suyo que estaba en
Italia, que ninguna vez le miraba que no le pareciese ver á su hijo
delante. Destas razones tomó ocasion de decirle una vez que se halló
sola con ella, las que con acuerdo de sus padres habia determinado de
decille, que fueron estas ú otras semejantes:
--El dia, señora, que mis padres oyeron decir que su sobrino estaba tan
mal parado, creyeron y pensaron que se les habia cerrado el cielo y
caido todo el mundo á cuestas: imaginaron que ya les faltaba la lumbre
de sus ojos y el báculo de su vejez, faltándoles este sobrino á quien
ellos quieren con amor de tal manera, que con muchas ventajas escede
al que suelen tener otros padres á sus hijos; mas como decirse suele,
que cuando Dios da la llaga da la medicina, la halló el niño en esta
casa, y yo en ella el acuerdo de unas memorias que no las podré olvidar
miéntras la vida me durare: yo, señora, soy noble, porque mis padres lo
son, y lo han sido todos mis antepasados, que con una medianía de los
bienes de fortuna han sustentado su honra felizmente donde quiera que
han vivido.
Admirada y suspensa estaba Doña Estefanía escuchando las razones de
Leocadia, y no podia creer, aunque lo veia, que tanta discrecion
pudiese encerrarse en tan pocos años, puesto que á su parecer la
juzgaba por de veinte, poco mas ó ménos; y sin decirle ni replicarle
palabra, esperó todas las que quiso decirle, que fueron aquellas que
bastaron para contarle la travesura de su hijo, la deshonra suya, el
robo, el cubrirle los ojos, el traerla á aquel aposento, las señales
en que habia conocido ser aquel mismo que sospechaba; para cuya
confirmacion sacó del pecho la imágen del crucifijo, que habia llevado,
á quien dijo:
--Tú, Señor, que fuiste testigo de la fuerza que se me hizo, sé juez
de la enmienda que se me debe hacer: de encima de aquel escritorio te
llevé con propósito de acordarte siempre mi agravio, no para pedirte
venganza dél, que no la pretendo, sino para rogarte me dieses algun
consuelo con que llevar en paciencia mi desgracia. Este niño, señora,
con quien habeis mostrado el estremo de vuestra caridad, es vuestro
verdadero nieto: permision fué del cielo el haberlo atropellado, para
que trayéndole á vuestra casa, hallase yo en ella, como espero que he
de hallar, si no el remedio que mejor convenga con mi desventura, á lo
ménos el medio con que pueda sobrellevarla.
Diciendo esto, abrazada con el crucifijo, cayó desmayada en los brazos
de Estefanía, la cual en fin, como mujer y noble, en quien la compasion
y misericordia suele ser tan natural como la crueldad en el hombre,
apénas vió el desmayo de Leocadia, cuando juntó su rostro con el suyo,
derramando sobre él tantas lágrimas, que no fué menester esparcirle
otra agua encima para que Leocadia en sí volviese.
Estando las dos desta manera, acertó á entrar el caballero, marido
de Estefanía, que traia á Luisico de la mano, y viendo el llanto de
Estefanía y el desmayo de Leocadia, preguntó á gran priesa le dijesen
la causa de do procedia. El niño abrazaba á su madre por su prima y á
su abuela por su bienhechora, y asimismo preguntaba por qué lloraban.
--Grandes cosas, señor, hay que deciros, respondió Estefanía á su
marido, cuyo remate se acabará con deciros, que hagais cuenta que esta
desmayada es hija vuestra y este niño vuestro nieto. Esta verdad que
os digo me ha dicho esta niña, y la ha confirmado y confirma el rostro
deste niño, en el cual entrambos habemos visto el de nuestro hijo.
--Si mas no os declarais, señora, yo no os entiendo, replicó el
caballero.
En esto volvió en sí Leocadia, y abrazada del crucifijo, parecia
estar convertida en un mar de llanto. Todo lo cual tenia puesto en
gran confusion al caballero, de la cual salió contándole su mujer
todo aquello que Leocadia le habia contado; y él lo creyó por divina
permision del cielo, como si con muchos y verdaderos testigos se lo
hubieran probado. Consoló y abrazó á Leocadia, besó á su nieto, y
aquel mismo dia despacharon un correo á Nápoles, avisando á su hijo se
viniese luego, porque le tenian concertado casamiento con una mujer
hermosa sobremanera, y tal cual para él convenia. No consintieron que
Leocadia ni su hijo volviesen mas á la casa de sus padres, los cuales
contentísimos del buen suceso de su hija, daban infinitas gracias á
Dios por ello.
Llegó el correo á Nápoles, y Rodolfo con la golosina de gozar tan
hermosa mujer como su padre le significaba, de allí á dos dias que
recebió la carta, ofreciéndosele ocasion de cuatro galeras que estaban
á punto de venir á España, se embarcó en ellas con sus dos camaradas,
que aun no le habian dejado, y con próspero suceso en doce dias llegó á
Barcelona, y de allí por la posta en otros siete se puso en Toledo, y
entró en casa de su padre, tan galan y tan bizarro, que los estremos de
la gala y de la bizarría estaban en él todos juntos.
Alegráronse sus padres con la salud y bienvenida de su hijo.
Suspendióse Leocadia, que de parte escondida le miraba por no salir
de la traza y órden que Doña Estefanía le habia dado. Los camaradas
de Rodolfo quisieran irse á sus casas luego, pero no lo consintió
Estefanía por haberlos menester para su designio. Estaba cerca la
noche cuando Rodolfo llegó, y en tanto que se aderezaba la cena,
Estefanía llamó aparte los camaradas de su hijo, creyendo sin duda
alguna que ellos debian de ser los dos de los tres que Leocadia habia
dicho que iban con Rodolfo la noche que la robaron, y con grandes
ruegos les pidió le dijesen si se acordaban que su hijo habia robado
á una mujer tal noche, tantos años habia; porque el saber la verdad
desto importaba la honra y el sosiego de todos sus parientes: y con
tales y tantos encarecimientos se lo supo rogar, y de tal manera les
asegurar que de descubrir este robo no les podia suceder daño alguno,
que ellos tuvieron por bien de confesar ser verdad que una noche de
verano, yendo ellos dos y otro amigo con Rodolfo, robaron en la misma
que ella señalaba á una muchacha, y que Rodolfo se habia venido con
ella miéntras ellos detenian á la gente de su familia, que con voces la
querian defender, y que otro dia les habia dicho Rodolfo que la habia
llevado á su casa, y solo esto era lo que podian responder á lo que les
preguntaban.
La confesion destos dos fué echar la llave á todas las dudas que en
tal caso se podian ofrecer; y así determinó de llevar al cabo su buen
pensamiento, que fué este. Poco ántes que se sentasen á cenar, se entró
en un aposento á solas su madre con Rodolfo, y poniéndole un retrato en
las manos, le dijo:
--Yo quiero, Rodolfo hijo, darte una gustosa cena con mostrarte á tu
esposa; este es su verdadero retrato; pero quiérote advertir que lo
que le falta de belleza le sobra de virtud: es noble y discreta, y
medianamente rica, y pues tu padre y yo te la hemos escogido, asegúrote
que es la que te conviene.
Atentamente miró Rodolfo el retrato, y dijo:
--Si los pintores que ordinariamente suelen ser pródigos de la
hermosura con los rostros que retratan, lo han sido tambien con este,
sin duda creo que el original debe de ser la misma fealdad; á la fe,
señora y madre mia, justo es y bueno que los hijos obedezcan á sus
padres en cuanto les mandaren, pero tambien es conveniente y mejor que
los padres den á sus hijos el estado de que mas gustaren; y pues el
del matrimonio es ñudo que no le desata sino la muerte, bien será que
sus lazos sean iguales y de unos mismos hilos fabricados: la virtud,
la nobleza, la discrecion y los bienes de la fortuna bien pueden
alegrar el entendimiento de aquel á quien le cupieron en suerte con su
esposa; pero que la fealdad della alegre los ojos del esposo, paréceme
imposible: mozo soy, pero bien se me entiende que se compadece con el
sacramento del matrimonio el justo y debido deleite que los casados
gozan; que si él falta, cojea el matrimonio y desdice de su segunda
intencion; pues pensar que un rostro feo, que se ha de tener á todas
horas delante de los ojos en la sala, en la mesa y en la cama, pueda
deleitar, otra vez digo que lo tengo por casi imposible: por vida de
vuesa merced, madre mia, que me dé compañera que me entretenga y no
enfade; porque sin torcer á una ó á otra parte, igualmente y por camino
derecho llevemos ambos á dos el yugo donde el cielo nos pusiere; si
esta señora es noble, discreta y rica, como vuesa merced dice, no le
faltará esposo que sea de diferente humor que el mio: unos hay que
buscan nobleza, otros discrecion, otros dineros, y otros hermosura,
y yo soy destos últimos; porque nobleza, gracias al cielo y á mis
pasados, y á mis padres, ellos me la dejaron por herencia; discrecion,
como una mujer no sea necia, tonta ó boba, bástale que ni por aguda
despunte ni por boba no aproveche; de las riquezas, tambien las de mis
padres me hacen no estar temeroso de venir á ser pobre: la hermosura
busco, la belleza quiero, no con otra dote que con la de la honestidad
y buenas costumbres, que si esto trae mi esposa, yo serviré á Dios con
gusto y daré buena vejez á mis padres.
Contentísima quedó su madre de las razones de Rodolfo, por haber
conocido por ellas que iba saliendo bien con su designio: respondióle
que ella procuraria casarle conforme su deseo, que no tuviese pena
alguna, que era fácil deshacerse los conciertos que de casarle con
aquella señora estaban hechos. Agradecióselo Rodolfo, y por ser llegada
la hora de cenar se fueron á la mesa; y habiéndose ya sentado á ella el
padre y la madre, Rodolfo y sus dos camaradas, dijo doña Estefanía al
descuido:
--¡Pecadora de mí, y qué bien que trato á mi huéspeda! andad vos, dijo
á un criado, decid á la señora Doña Leocadia que sin entrar en cuentas
con su mucha honestidad, nos venga á honrar esta mesa, que los que á
ella están todos son mis hijos y sus servidores.
Todo esto era traza suya, y de todo lo que habia de hacer estaba
avisada y advertida Leocadia. Poco tardó en salir Leocadia, y dar de
sí la improvisa y mas hermosa muestra que pudo dar jamas compuesta y
natural hermosura.
Venia vestida, por ser invierno, de una saya entera de terciopelo
negro, llovida de botones de oro y perlas, cintura y collar de
diamantes; sus mismos cabellos, que eran luengos y no demasiadamente
rubios, le servian de adorno y tocas, cuya invencion de lazos,
y rizos, y vislumbres de diamantes que con ellos se entretejian,
turbaban la luz de los ojos que los miraban. Era Leocadia de gentil
disposicion y brio; traia de la mano á su hijo, y delante della venian
dos doncellas, alumbrándola con dos velas de cera en dos candeleros de
plata.
Levantáronse todos á hacerla reverencia, como si fuera alguna cosa del
cielo que allí milagrosamente se habia aparecido. Ninguno de los que
allí estaban embebecidos mirándola, parece que de atónitos no acertaron
á decirle palabra. Leocadia con airosa gracia y discreta crianza se
humilló á todos, y tomándola de la mano Estefanía, la sentó junto á sí
frontero de Rodolfo. Al niño sentaron junto á su abuelo.
Rodolfo, que desde mas cerca miraba la incomparable belleza de
Leocadia, decia entre sí:
«Si la mitad desta hermosura tuviera la que mi madre me tiene escogida
por esposa, tuviérame yo por el mas dichoso hombre del mundo. ¡Válame
Dios! ¡qué es esto que veo! ¿es por ventura algun ángel humano el que
estoy mirando?»
Y en esto se le iba entrando por los ojos á tomar posesion de su alma
la hermosa imágen de Leocadia, la cual, en tanto que la cena venia,
viendo tambien tan cerca de sí al que ya queria mas que á la luz de los
ojos con que alguna vez á hurto le miraba, comenzó á revolver en su
imaginacion lo que con Rodolfo habia pasado: comenzaron á enflaquecerse
en su alma las esperanzas que de ser su esposo su madre le habia dado,
temiendo que á la cortedad de su ventura habian de corresponder las
promesas de su madre; consideraba cuán cerca estaba de ser dichosa
ó sin dicha para siempre; y fué la consideracion tan intensa y los
pensamientos tan revueltos, que le apretaron el corazon de manera, que
comenzó á sudar y á perderse de color en un punto, sobreviniéndole
un desmayo, que le forzó á reclinar la cabeza en los brazos de Doña
Estefanía, que como ansí la vió, con turbacion la recebió en ellos.
Sobresaltáronse todos, y dejando la mesa, acudieron á remediarla. Pero
el que dió mas muestras de sentirlo, fué Rodolfo, pues por llegar
presto á ella tropezó y cayó dos veces. Ni por desabrocharla ni echarla
agua en el rostro volvia en sí, ántes el levantado pecho y el pulso,
que no se le hallaban, iban dando precisas señales de su muerte; y las
criadas y criados de casa, como ménos considerados, dieron voces y la
publicaron por muerta. Estas amargas nuevas llegaron á los oidos de
los padres de Leocadia, que para mas gustosa ocasion los tenia Doña
Estefanía escondidos. Los cuales con el cura de la parroquia, que
ansimismo con ellos estaba, rompiendo el órden de Estefanía, salieron á
la sala.
Llegó el cura presto, por ver si por algunas señales daba indicios
de arrepentirse de sus pecados para absolverla dellos; y donde pensó
hallar un desmayado, halló dos, porque ya estaba Rodolfo puesto el
rostro sobre el pecho de Leocadia. Dióle su madre lugar que á ella
llegase como á cosa que habia de ser suya; pero cuando vió que tambien
estaba sin sentido, estuvo á pique de perder el suyo, y le perdiera,
si no viera que Rodolfo tornaba en sí, como volvió, corrido de que le
hubiesen visto hacer tan estremados estremos; pero su madre, casi como
adivina de lo que su hijo sentia, le dijo:
--No te corras, hijo, de los estremos que has hecho, sino córrete
de los que no hicieres, cuando sepas lo que no quiero tenerte mas
encubierto, puesto que pensaba dejarlo hasta mas alegre coyuntura: has
de saber, hijo de mi alma, que esta desmayada que en los brazos tengo,
es tu verdadera esposa; llamo verdadera, porque yo y tu padre te la
teníamos escogida, que la del retrato es falsa.
Cuando esto oyó Rodolfo, llevado de su amoroso y encendido deseo, y
quitándole el nombre de esposo todos los estorbos que la honestidad
y decencia del lugar le podian poner, se abalanzó al rostro de
Leocadia, y juntando su boca con la della, estaba como esperando que
se le saliese el alma para darle acogida en la suya. Pero cuando mas
las lágrimas de todos por lástima crecian, y por dolor las voces se
aumentaban, y los cabellos y barbas de la madre y padre de Leocadia
arrancados venian á ménos, y los gritos de su hijo penetraban los
cielos, volvió en sí Leocadia, y con su vuelta volvió la alegría y el
contento que de los pechos de los circunstantes se habia ausentado.
Hallóse Leocadia entre los brazos de Rodolfo, y quisiera con honesta
fuerza desasirse dellos; pero él le dijo:
--No, señora, no ha de ser ansí, no es bien que pugneis por apartaros
de los brazos de aquel que os tiene en el alma.
Á esta razon acabó de todo en todo de cobrar Leocadia sus sentidos,
y acabó Doña Estefanía de no llevar mas adelante su determinacion
primera, diciendo al cura que luego desposase á su hijo con Leocadia;
él lo hizo ansí, que por haber sucedido este caso en tiempo cuando
con sola la voluntad de los contrayentes, sin las diligencias y
prevenciones justas y santas que ahora se usan, quedaba hecho el
matrimonio, no hubo dificultad que impidiese el desposorio.
El cual hecho, déjese á otra pluma y á otro ingenio mas delicado que el
mio el contar la alegría universal de todos los que en él se hallaron;
los abrazos que los padres de Leocadia dieron á Rodolfo; las gracias
que dieron al cielo y á sus padres; los ofrecimientos de las partes;
la admiracion de los camaradas de Rodolfo, que tan impensadamente
vieron la misma noche de su llegada tan hermoso desposorio, y mas
cuando supieron, por contarlo delante de todos Doña Estefanía, que
Leocadia era la doncella que en su compañía su hijo habia robado, de
que no ménos suspenso quedó Rodolfo; y por certificarse mas de aquella
verdad, preguntó á Leocadia le dijese alguna señal por donde viniese en
conocimiento entero de lo que no dudaba, por parecerle que sus padres
lo tendrian bien averiguado.
Ella respondió:
--Cuando yo recordé y volví en mí de otro desmayo, me hallé, señor, en
vuestros brazos sin honra; pero yo lo doy por bien empleado, pues al
volver del que ahora he tenido, ansimismo me hallé en los brazos del
de entónces, pero honrada; y si esta señal no basta, baste la de una
imágen de un crucifijo, que nadie os la pudo hurtar sino yo: si es que
por la mañana le echastes ménos, y si es el mismo que tiene mi señora...
--Vos lo sois de mi alma, y lo seréis los años que Dios ordenare, bien
mio.
Y abrazándola de nuevo volvieron las bendiciones y parabienes que les
dieron.
Vino la cena, y vinieron músicos que para esto estaban prevenidos.
Vióse Rodolfo á sí mismo en el espejo del rostro de su hijo; lloraron
sus cuatro abuelos de gusto; no quedó rincon en toda la casa que no
fuese visitado del júbilo, del contento y de la alegría; y aunque la
noche volaba con sus lijeras y negras alas, le parecia á Rodolfo que
iba y caminaba no con alas, sino con muletas: tan grande era el deseo
de verse á solas con su querida esposa.
Llegóse en fin la hora deseada, porque no hay fin que no le tenga.
Fuéronse á acostar todos, quedó toda la casa sepultada en silencio,
en el cual no quedará la verdad deste cuento, pues no lo consentirán
los muchos hijos y la ilustre descendencia que en Toledo dejaron, y
agora viven, estos dos venturosos desposados, que muchos y felices años
gozaron de sí mismos, de sus hijos y de sus nietos, permitido todo por
el cielo y por -La Fuerza de la Sangre-, que vió derramada en el suelo
el valeroso, ilustre y cristiano abuelo de Luisico.
EL CELOSO ESTREMEÑO.
No ha muchos años que de un lugar de Estremadura salió un hidalgo,
nacido de padres nobles, el cual como un otro pródigo, por diversas
partes de España, Italia y Flándes anduvo gastando así los años como
la hacienda; y al fin de muchas peregrinaciones (muertos ya sus padres
y gastado su patrimonio) vino á parar á la gran ciudad de Sevilla,
donde halló ocasion muy bastante para acabar de consumir lo poco que
le quedaba. Viéndose pues tan falto de dineros, y aun no con muchos
amigos, se acogió al remedio á que otros muchos perdidos en aquella
ciudad se acogen, que es el pasarse á las Indias, refugio y amparo de
los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de
los homicidas, pala y cubierta de los jugadores (á quien llaman ciertos
los peritos en el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño
comun de muchos y remedio particular de pocos.
En fin, llegado el tiempo en que una flota partia para Tierrafirme,
acomodándose con el almirante della, aderezó su matalotaje y su mortaja
de esparto, y embarcándose en Cádiz, echando la bendicion á España,
zarpó la flota, y con general alegría dieron las velas al viento, que
blando y próspero soplaba; el cual en pocas horas les encubrió la
tierra, y les descubrió las anchas y espaciosas llanuras del gran padre
de las aguas, el mar Océano.
Iba nuestro pasajero pensativo, revolviendo en su memoria los muchos
y diversos peligros que en los años de su peregrinacion habia pasado,
y el mal gobierno que en todo el discurso de su vida habia tenido: y
sacaba de la cuenta que á sí mismo se iba tomando, una firme resolucion
de mudar manera de vida, y de tener otro estilo en guardar la hacienda
que Dios fuese servido de darle, y de proceder con mas recato que hasta
allí con las mujeres.
La flota estaba como en calma, cuando pasaba consigo esta tormenta
Felipe de Carrizales, que este es el nombre del que ha dado materia á
nuestra novela. Tornó á soplar el viento, impeliendo con tanta fuerza
los navíos, que no dejó nadie en sus asientos, y así le fué forzoso
á Carrizales dejar sus imaginaciones, y dejarse llevar de solos los
cuidados que el viaje le ofrecia, el cual viaje fué tan próspero, que
sin recebir algun reves ni contraste, llegaron al puerto de Cartagena;
y por concluir con todo lo que no hace á nuestro propósito, digo que
la edad que tenia Felipe, cuando pasó á las Indias, seria de cuarenta
y ocho años, y en veinte que en ellas estuvo, ayudado de su industria
y diligencia, alcanzó á tener mas de ciento y cincuenta mil pesos
ensayados.
Viéndose pues rico y próspero, tocado del natural deseo que todos
tienen de volver á su patria, pospuestos grandes intereses que se
le ofrecian, dejando el Perú, donde habia granjeado tanta hacienda,
trayéndola toda en barras de oro y plata, y registrada, por quitar
inconvenientes, se volvió á España: desembarcó en Sanlúcar; llegó á
Sevilla tan lleno de años como de riquezas; sacó sus partidas sin
zozobras; buscó sus amigos, hallólos todos muertos; quiso partirse á
su tierra, aunque ya habia tenido nuevas que ningun pariente le habia
dejado la muerte: y si cuando iba á Indias pobre y menesteroso le
iban combatiendo muchos pensamientos sin dejarle sosegar un punto en
mitad de las ondas del mar, no ménos ahora en el sosiego de la tierra
le combatian, aunque por diferente causa; que si entónces no dormia
por pobre, ahora no podia sosegar de rico: que tan pesada carga es la
riqueza al que no está usado á tenerla ni saber usar della, como lo
es la pobreza al que continuo la tiene. Cuidados acarrea el oro, y
cuidados la falta dél; pero los unos se remedian con alcanzar alguna
mediana cantidad, y los otros se aumentan miéntras mas parte se alcanza.
Contemplaba Carrizales en sus barras, no por miserable, porque en
algunos años que fué soldado aprendió á ser liberal, sino en lo
que habia de hacer dellas, á causa que tenerlas en sér, era cosa
infructuosa; y tenerlas en casa, cebo para los codiciosos y despertador
para los ladrones.
Habíase muerto en él la gana de volver al inquieto trato de las
mercancías, y parecíale que conforme á los años que tenia, le sobraban
dineros para pasar la vida, y quisiera pasarla en su tierra, y dar en
ella su hacienda á tributo, pasando en ella los años de su vejez en
quietud y sosiego, dando á Dios lo que podia, pues habia dado al mundo
mas de lo que debia: por otra parte consideraba que la estrecheza de
su patria era mucha, y la gente muy pobre, y que el irse á vivir á
ella, era ponerse por blanco de todas las importunidades que los pobres
suelen dar al rico que tienen por vecino, y mas cuando no hay otro en
el lugar á quien acudir con sus miserias: quisiera tener á quien dejar
sus bienes despues de sus dias, y con este deseo tomaba el pulso á su
fortaleza, y parecíale que aun podia llevar la carga del matrimonio;
y en viniéndole este pensamiento, le sobresaltaba un tan gran miedo,
que así se le desbarataba y deshacia, como hace á la niebla el viento,
porque de su natural condicion era el mas celoso hombre del mundo, aun
sin estar casado, pues con solo la imaginacion de serlo, le comenzaban
á ofender los celos, á fatigar las sospechas y á sobresaltar las
imaginaciones, y esto con tanta eficacia y vehemencia, que de todo en
todo propuso de no casarse.
Y estando resuelto en esto, y no lo estando en lo que habia de hacer
de su vida, quiso su suerte que pasando un dia por una calle, alzase
los ojos y viese á una ventana puesta una doncella al parecer de edad
de trece á catorce años, de tan agradable rostro y tan hermosa, que
sin ser poderoso para defenderse el buen viejo Carrizales, rindió la
flaqueza de sus muchos años á los pocos de Leonora, que así era el
nombre de la hermosa doncella; y luego sin mas detenerse, comenzó á
hacer un gran monton de discursos, y hablando consigo mismo decia:
«Esta muchacha es hermosa, y á lo que muestra la presencia desta casa,
no debe de ser rica, y ella es niña; sus pocos años pueden asegurar
mis sospechas: casarme he con ella, encerraréla, haréla á mis mañas, y
con esto no tendrá otra condicion que aquella que yo le enseñare: yo
no soy tan viejo que pueda perder la esperanza de tener hijos que me
hereden: de que tenga dote ó no, no hay para qué hacer caso, pues el
cielo me dió para todo, y los ricos no han de buscar en sus matrimonios
hacienda, sino gusto, que el gusto alarga la vida, y los disgustos
entre los casados la acortan: alto pues; echada está la suerte, y esta
es la que el cielo quiere que yo tenga.»
Y así hecho este soliloquio, no una vez sino ciento, al cabo de algunos
dias habló con los padres de Leonora, y supo cómo, aunque pobres, eran
nobles, y dándoles cuenta de su intencion y de la calidad de su persona
y hacienda, les rogó muy encarecidamente le diesen por mujer á su hija.
Ellos le pidieron tiempo para informarse de lo que decia, y que él
tambien le tendria para enterarse ser verdad lo que de su nobleza le
habian dicho.
Despidiéronse, informáronse las partes, y hallaron ser ansí lo
que entrambos dijeron; y finalmente, Leonora quedó por esposa de
Carrizales, habiéndola dotado primero en veinte mil ducados: tal estaba
de abrasado el pecho del celoso viejo. El cual apénas dió el sí de
esposo, cuando de golpe le embistió un tropel de rabiosos celos, y
comenzó sin causa alguna á temblar, y á tener mayores cuidados que
jamas habia tenido: y la primera muestra que dió de su condicion
celosa, fué no querer que sastre alguno tomase la medida á su esposa
de los muchos vestidos que pensaba hacerle; y así anduvo mirando cuál
otra mujer tendria poco mas ó ménos el talle y cuerpo de Leonora, y
halló una pobre á cuya medida hizo hacer una ropa, y probándosela su
esposa, halló que le venia bien, y por aquella medida hizo los demas
vestidos, que fueron tantos y tan ricos, que los padres de la desposada
se tuvieron por mas que dichosos en haber acertado con tan buen yerno
para remedio suyo y de su hija. La niña estaba asombrada de ver tantas
galas, á causa que las que ella en su vida se habia puesto, no pasaban
de una saya de raja y una ropilla de tafetan.
La segunda señal que dió Felipe, fué no querer juntarse con su esposa
hasta tenerla puesta casa aparte, la cual aderezó en esta forma. Compró
una en doce mil ducados en un barrio principal de la ciudad, que tenia
agua de pié y jardin con muchos naranjos: cerró todas las ventanas que
miraban á la calle, y dióles vista al cielo, y lo mismo hizo de todas
las otras de casa: en el portal de la calle, que en Sevilla llaman
casapuerta, hizo una caballeriza para una mula, y encima della un pajar
y apartamiento, donde estuviese el que habia de curar della, que fué
un negro viejo y eunuco: levantó las paredes de las azoteas de tal
manera que el que entraba en la casa habia de mirar al cielo por línea
recta, sin que pudiese ver otra cosa: hizo torno que de la casapuerta
respondia al patio.
Compró un rico menaje para adornar la casa, de modo que por tapicerías,
estrados y doseles ricos, mostraba ser de un gran señor: compró
asimismo cuatro esclavas blancas, y herrólas en el rostro, y otras dos
negras bozales.
Concertóse con un despensero que le trujese y comprase de comer, con
condicion que no durmiese en casa, ni entrase en ella, sino hasta el
torno, por el cual habia de dar lo que trujese: hecho esto, dió parte
de su hacienda á censo, situada en diversas y buenas partes: otra puso
en el Banco, y quedóse con alguna para lo que se le ofreciese: hizo
asimismo llave maestra para toda la casa, y encerró en ella todo lo que
suele comprarse en junto y en sus sazones para la provision de todo
el año; y teniéndolo todo así aderezado y compuesto, se fué á casa de
sus suegros, y pidió á su mujer, que se la entregaron no con pocas
lágrimas, porque les pareció que la llevaban á la sepultura.
La tierna Leonora aun no sabia lo que la habia acontecido, y así
llorando con sus padres, les pidió su bendicion, y despidiéndose
dellos, rodeada de sus esclavas y criadas, asida de la mano de su
marido, se vino á su casa, y entrando en ella les hizo Carrizales un
sermon á todas, encargándoles la guarda de Leonora, y que por ninguna
via ni en ningun modo dejasen entrar á nadie de la segunda puerta
adentro, aunque fuese el negro eunuco: y á quien mas encargó la guarda
y regalo de Leonora, fué á una dueña de mucha prudencia y gravedad, que
recebió como para aya de Leonora, y para que fuese superintendente de
todo lo que en la casa se hiciese, y para que mandase á las esclavas
y á otras dos doncellas de la misma edad de Leonora, que para que se
entretuviese con las de sus mismos años asimismo habia recebido.
Prometióles que las trataria y regalaria á todas de manera que no
sintiesen su encerramiento, y que los dias de fiesta todos, sin faltar
ninguno, irian á oir misa, pero tan de mañana, que apénas tuviese la
luz lugar de verlas. Prometiéronle las criadas y esclavas de hacer
todo aquello que les mandaba, sin pesadumbre, con pronta voluntad y
buen ánimo: y la nueva esposa, encogiendo los hombros, bajó la cabeza,
y dijo que ella no tenia otra voluntad que la de su esposo y señor, á
quien estaba siempre obediente.
Hecha esta prevencion, y recogido el buen estremeño en su casa, comenzó
á gozar como pudo los frutos del matrimonio, los cuales á Leonora,
como no tenia esperiencia de otros, ni eran gustosos ni desabridos, y
así pasaba el tiempo con su dueña, doncellas y esclavas; y ellas por
pasarle mejor dieron en ser golosas, y pocos dias se pasaban sin hacer
mil cosas, á quien la miel y el azúcar hacen sabrosas. Sobrábales para
esto en grande abundancia lo que habian menester, y no ménos sobraba
en su amo la voluntad de dárselo, pareciéndole que con ello las tenia
entretenidas y ocupadas, sin tener lugar donde ponerse á pensar en su
encerramiento.
Leonora andaba á lo igual con sus criadas, y se entretenia en lo mismo
que ellas, y aun dió con su simplicidad en hacer muñecas, y en otras
niñerías que mostraban la llaneza de su condicion y la terneza de
sus años: todo lo cual era de grandísima satisfaccion para el celoso
marido, pareciéndole que habia acertado á escoger la vida mejor que
se la supo imaginar, y que por ninguna via la industria ni la malicia
humana podia perturbar su sosiego; y así solo se desvelaba en traer
regalos á su esposa, y en acordarle le pidiese todos cuantos le
viniesen al pensamiento, que de todos seria servida.
Los dias que iba á misa, que como está dicho era entre dos luces,
venian sus padres, y en la iglesia hablaban á su hija delante de su
marido, el cual les daba tantas dádivas, que aunque tenian lástima de
su hija por la estrecheza en que vivia, la templaban con las muchas
dádivas que Carrizales, su liberal yerno, les daba.
Levantábase de mañana, y aguardaba á que el despensero viniese, á
quien de la noche ántes por una cédula que ponian en el torno, le
avisaban lo que habia de traer otro dia, y en viniendo el despensero,
salia de casa Carrizales las mas veces á pié, dejando cerradas las dos
puertas, la de la calle y la de en medio, y entre las dos quedaba el
negro.
Íbase á sus negocios, que eran pocos, y con brevedad daba la vuelta,
y encerrándose, se entretenia en regalar á su esposa y acariciar á
sus criadas, que todas le querian bien por ser de condicion llana y
agradable; y sobre todo, por mostrarse tan liberal con todas.
Desta manera pasaron un año de noviciado, y hicieron profesion en
aquella vida, determinándose de llevarla hasta el fin de las suyas; y
así fuera, si el sagaz perturbador del género humano no lo estorbara,
como ahora oiréis.
Dígame ahora el que se tuviere por mas discreto y recatado: ¿qué mas
prevenciones para su seguridad podia haber hecho el anciano Felipe,
pues aun no consintió que dentro de su casa hubiese algun animal que
fuese varon? Á los ratones della jamas los persiguió gato, ni en
ella se oyó ladrido de perro, todos eran del género femenino: de dia
pensaba, y de noche no dormia: él era la ronda y centinela de su casa,
y el Argos de lo que bien queria: jamas entró hombre de la puerta
adentro del patio: con sus amigos negociaba en la calle: las figuras de
los paños que sus salas y cuadros adornaban, todas eran hembras, flores
y boscajes: toda su casa olia á honestidad, recogimiento y recato, aun
hasta en las consejas, que en las largas noches del invierno en la
chimenea sus criadas contaban; por estar él presente en ninguna ningun
género de lascivia se descubria: la plata de las canas del viejo á los
ojos de Leonora parecian cabellos de oro puro, porque el amor primero
que las doncellas tienen se les imprime en el alma, como el sello en
la cera: su demasiada guarda le parecia advertido recato: pensaba y
creia que lo que ella pasaba, pasaban todas las recien casadas: no se
desmandaban sus pensamientos á salir de las paredes de su casa, ni su
voluntad deseaba otra cosa mas de aquella que la de su marido queria:
solo los dias que iba á misa veia las calles, y esto era tan de mañana,
que si no era al volver de la iglesia, no habia luz para mirallas.
No se vió monasterio tan cerrado, ni monjas mas recogidas, ni manzanas
de oro tan guardadas; y con todo esto, no pudo en ninguna manera
prevenir ni escusar de caer en lo que recelaba: á lo ménos en pensar
que habia caido.
Hay en Sevilla un género de gente ociosa y holgazana, á quien
comunmente suelen llamar gente de barrio: estos son los hijos de vecino
de cada colacion y de los mas ricos della, gente baldía, atildada y
melíflua; de la cual, y de su traje y manera de vivir, de su condicion
y de las leyes que guardan entre sí, habia mucho que decir; pero por
buenos respetos se deja.
Uno destos galanes pues, que entre ellos es llamado virote, mozo
soltero (que á los recien casados llaman matones), acertó á mirar la
casa del recatado Carrizales; y viéndola siempre cerrada, le tomó gana
de saber quién vivia dentro; y con tanto ahinco y curiosidad hizo la
diligencia, que de todo en todo vino á saber lo que deseaba.
Supo la condicion del viejo, la hermosura de su esposa, y el modo que
tenia en guardarla: todo lo cual le encendió el deseo de ver si seria
posible espugnar por fuerza ó por industria fortaleza tan guardada: y
comunicándolo con dos virotes y un maton, sus amigos, acordaron que
se pusiese por obra; que nunca para tales obras faltan consejeros y
ayudadores.
Dificultaban el modo que se tendria para intentar tan dificultosa
hazaña; y habiendo entrado en bureo muchas veces, convinieron en esto:
que fingiendo Loaysa, que así se llamaba el virote, que iba fuera de la
ciudad por algunos dias, se quitase de los ojos de sus amigos, como lo
hizo; y hecho esto, se puso unos calzones de lienzo limpio, y camisa
limpia, pero encima se puso unos vestidos tan rotos y remendados, que
ningun pobre en toda la ciudad los traia tan astrosos: quitóse un poco
de barba que tenia, cubrióse un ojo con un parche, vendóse una pierna
estrechamente, y arrimándose á dos muletas, se convirtió en un pobre
tullido, tal que el mas verdadero estropeado no se le igualaba.
Con este talle se ponia cada noche á la oracion á la puerta de la casa
de Carrizales, que ya estaba cerrada, quedando el negro, que Luis se
llamaba, cerrado entre las dos puertas. Puesto allí Loaysa, sacaba una
guitarrilla algo grasienta y falta de algunas cuerdas, y como él era
algo músico, comenzaba á tañer algunos sones alegres y regocijados,
mudando la voz por no ser conocido. Con esto se daba priesa á cantar
romances de moros y moras á la loquesca, con tanta gracia, que cuantos
pasaban por la calle se ponian á escucharle, y siempre en tanto que
cantaba, estaba rodeado de muchachos, y Luis, el negro, poniendo los
oidos por entre las puertas, estaba colgado de la música del virote, y
diera un brazo por poder abrir la puerta y escucharle mas á su placer:
tal es la inclinacion que los negros tienen á ser músicos. Y cuando
Loaysa queria que los que le escuchaban le dejasen, dejaba de cantar, y
recogia su guitarra, y acogiéndose á sus muletas, se iba.
Cuatro ó cinco veces habia dado música al negro (que por solo él la
daba), pareciéndole que por donde se habia de comenzar á desmoronar
aquel edificio, habia y debia ser por el negro, y no le salió vano
su pensamiento; porque llegándose una noche como solia á la puerta,
comenzó á templar su guitarra, y sintió que el negro estaba ya atento,
y llegándose al quicio de la puerta, con voz baja dijo:
--¿Será posible, Luis, darme un poco de agua, que perezco de sed, y no
puedo cantar?
--No, dijo el negro, porque no tengo la llave desta puerta, ni hay
agujero por donde pueda dárosla.
--Pues ¿quién tiene la llave? preguntó Loaysa.
--Mi amo, respondió el negro, que es el mas celoso hombre del mundo, y
si él supiese que yo estoy ahora aquí hablando con nadie, no seria mas
mi vida; pero ¿quién sois vos, que me pedís el agua?
--Yo, respondió Loaysa, soy un pobre estropeado de una pierna, que gano
mi vida pidiendo por Dios á la buena gente, y juntamente con esto
enseño á tañer á algunos morenos, y á otra gente pobre, y ya tengo tres
negros esclavos de tres veinticuatros, á quien he enseñado de modo, que
pueden cantar y tañer en cualquier baile y en cualquier taberna, y me
lo han pagado muy rebien.
--Harto mejor os lo pagara yo, dijo Luis, á tener lugar de tomar
licion; pero no es posible, á causa que mi amo en saliendo por la
mañana cierra la puerta de la calle, y cuando vuelve hace lo mismo,
dejándome emparedado entre dos puertas.
--Por Dios, Luis, replicó Loaysa (que ya sabia el nombre del negro),
que si vos diésedes traza á que yo entrase algunas noches á daros
licion, en ménos de quince dias os sacaria tan diestro en la guitarra,
que pudiésedes tañer sin vergüenza alguna en cualquiera esquina; porque
os hago saber que tengo grandísima gracia en el enseñar, y mas que he
oido decir que vos teneis muy buena habilidad, y á lo que siento y
puedo juzgar por el órgano de la voz, que es atiplada, debeis de cantar
muy bien.
--No canto mal, respondió el negro; pero ¿qué aprovecha? pues no sé
tonada alguna, sino es la de la estrella de Vénus, y la de
-Por un verde prado,-
y aquella que ahora se usa, que dice:
-Á los hierros de una reja-
-La turbada mano asida.-
--Todas esas son aire, dijo Loaysa, para las que yo os podria enseñar;
porque sé todas las del moro Abindarraez, con las de su dama Jarifa,
y todas las que se cantan de la historia del gran Sofí Tomunibeyo,
con las de la zarabanda á lo divino, que son tales, que hacen pasmar
á los mismos portugueses; y esto enseño con tales modos y con tanta
facilidad, que aunque no os deis priesa á aprender, apénas habréis
comido tres ó cuatro moyos de sal, cuando ya os veais músico corriente
y moliente en todo género de guitarra.
Á esto suspiró el negro, y dijo:
--¿Qué aprovecha todo eso, si no sé cómo meteros en casa?
--Buen remedio, dijo Loaysa; procurad vos tomar las llaves á vuestro
amo, y yo os daré un pedazo de cera, donde las imprimiréis de manera
que queden señaladas las guardas en la cera, que por la aficion que os
he tomado, yo haré que un cerrajero, amigo mio, haga las llaves, y así
podré entrar dentro de noche y enseñaros mejor que al Preste Juan de
las Indias; porque veo ser gran lástima que se pierda una tal voz como
la vuestra, faltándole el arrimo de la guitarra: que quiero que sepais,
hermano Luis, que la mejor voz del mundo pierde de sus quilates,
cuando no se acompaña con el instrumento, ahora sea de guitarra, ó
clavicímbano, de órganos ó de arpa; pero el que mas á vuestra voz le
conviene, es el instrumento de la guitarra, por ser el mas mañero y
ménos costoso de los instrumentos.
--Bien me parece eso, replicó el negro; pero no puede ser, pues jamas
entran las llaves en mi poder, ni mi amo las suelta de la mano: de dia
y de noche duermen debajo de su almohada.
--Pues haced otra cosa, Luis, dijo Loaysa, si es que teneis gana de
ser músico consumado; que si no la teneis, no hay para qué cansarme en
aconsejaros.
--Y ¿cómo si tengo gana? replicó Luis, y tanta que ninguna cosa dejaré
de hacer, como sea posible salir con ella, á trueco de salir con ser
músico.
--Pues si ansí es, dijo el virote, yo os daré por entre estas puertas,
haciendo vos lugar, quitando alguna tierra del quicio, digo que os daré
unas tenazas y un martillo, con que podais de noche quitar los clavos
de la cerradura de loba con mucha facilidad, y con la misma volveremos
á poner la chapa, de modo que no se eche de ver que ha sido desclavada;
y estando yo dentro encerrado con vos en vuestro pajar, ó donde dormís,
me daré tal priesa á lo que tengo de hacer, que vos veais aun mas de
lo que os he dicho, con aprovechamiento de mi persona y aumento de
vuestra suficencia; y de lo que hubiéremos de comer no tengais cuidado,
que yo llevaré matalotaje para entrambos y para mas de ocho dias, que
discípulos tengo yo y amigos que no me dejarán mal pasar.
--De la comida, replicó el negro, no habrá que temer, que con la racion
que me da mi amo, y con los relieves que me dan las esclavas, sobrará
comida para otros dos: venga ese martillo que decís y tenazas, que yo
haré por junto á este quicio lugar por donde quepa, y le volveré á
cubrir y tapar con barro, que puesto que dé algunos golpes en quitar la
chapa, mi amo duerme tan léjos desta puerta, que será milagro ó gran
desgracia nuestra si los oye.
--Pues á la mano de Dios, dijo Loaysa, que de aquí á dos dias tendréis,
Luis, todo lo necesario para poner en ejecucion vuestro virtuoso
propósito: y advertid en no comer cosas flemosas, porque no hacen
ningun provecho, sino mucho daño á la voz.
--Ninguna cosa me enronquece tanto, respondió el negro, como el vino;
pero no me lo quitaré yo por cuantas voces tiene el suelo.
--No digo tal, dijo Loaysa, ni Dios tal permita: bebed, hijo Luis,
bebed, y buen provecho os haga, que el vino que se bebe con medida
jamas fué causa de daño alguno.
--Con medida lo bebo, replicó el negro; aquí tengo un jarro que cabe
una azumbre justa y cabal, este me llenan las esclavas sin que mi amo
lo sepa, y el despensero á solapo me trae una botilla, que tambien cabe
dos azumbres, con que se suplen las faltas del jarro.
--Digo, dijo Loaysa, que tal sea mi vida como eso me parece, porque la
seca garganta ni gruñe ni canta.
--Andad con Dios, dijo el negro; pero mirad que no dejeis de venir á
cantar aquí las noches que tardáredes en traer lo que habeis de hacer
para entrar acá dentro, que ya me como los dedos por verlos puestos en
la guitarra.
--Y cómo si vendré, replicó Loaysa, y aun con tonadicas nuevas.
--Eso pido, dijo Luis, y ahora no me dejeis de cantar algo, porque me
vaya á acostar con gusto, y en lo de la paga entienda el señor pobre
que le he de pagar mejor que un rico.
--No reparo en eso, dijo Loaysa, que segun yo os enseñare, así me
pagaréis; y por ahora escuchad esta tonadilla, que cuando esté dentro
veréis milagros.
--Sea en buen hora, respondió el negro.
Y acabado este largo coloquio, cantó Loaysa un romancito agudo, con
que dejó al negro tan contento y satisfecho, que ya no veia la hora de
abrir la puerta.
Apénas se quitó Loaysa de la puerta, cuando con mas lijereza que el
traer de sus muletas prometia, se fué á dar cuenta á sus consejeros de
su buen comienzo, adivino del buen fin que por él esperaba: hallólos,
y contó lo que con el negro dejaba concertado, y otro dia hallaron los
instrumentos, tales que rompian cualquier clavo como si fuera de palo.
No se descuidó el virote de volver á dar música al negro, ni ménos
tuvo descuido el negro en hacer el agujero por donde cupiese lo que
su maestro le diese, cubriéndolo de manera, que á no ser mirado con
malicia y sospechosamente, no se podia caer en el agujero.
La segunda noche le dió los instrumentos Loaysa, y Luis probó sus
fuerzas, y casi sin poner alguna se halló rompidos los clavos y con
la chapa de la cerradura en las manos: abrió la puerta, y recogió
dentro á su Orfeo y maestro; y cuando le vió con sus dos muletas y tan
andrajoso, y tan fajada su pierna quedó admirado. No llevaba Loaysa el
parche en el ojo, por no ser necesario, y así como entró, abrazó á su
buen discípulo, y le besó en el rostro, y luego le puso una gran bota
de vino en las manos, y una caja de conserva y otras cosas dulces, de
que llevaba unas alforjas bien proveidas: y dejando las muletas, como
si no tuviera mal alguno, comenzó á hacer cabriolas; de lo cual se
admiró mas el negro, á quien Loaysa dijo:
--Sabed, hermano Luis, que mi cojera y estropeamiento no nace de
enfermedad, sino de industria, con la cual gano de comer pidiendo por
amor de Dios, y ayudándome della y de mi música paso la mejor vida del
mundo, en el cual todos aquellos que no fuesen industriosos y tracistas
morirán de hambre, y esto lo veréis en el discurso de nuestra amistad.
--Ello dirá, respondió el negro; pero demos órden de volver esta chapa
á su lugar, de modo que no se eche de ver su mudanza.
--En buen hora, dijo Loaysa.
Y sacando clavos de sus alforjas asentaron la cerradura de suerte, que
estaba tan bien como de ántes: de lo cual quedó contentísimo el negro,
y subiéndose Loaysa al aposento que en el pajar tenia el negro, se
acomodó lo mejor que pudo.
Encendió luego Luis un torzal de cera, y sin mas aguardar sacó su
guitarra Loaysa, y tocándola baja y suavemente, suspendió al pobre
negro de manera, que estaba fuera de sí escuchándole. Habiendo tañido
un poco, sacó de nuevo colacion, y dióla á su discípulo, y aunque con
dulce, bebió con tan buen talante de la bota, que le dejó mas fuera
de sentido que la música. Pasado esto, ordenó que luego tomase licion
Luis, y como el pobre negro tenia cuatro dedos de vino sobre los sesos,
no acertaba traste, y con todo eso le hizo creer Loaysa que ya sabia
por lo ménos dos tonadas; y era lo bueno que el negro se lo creia, y en
toda la noche no hizo otra cosa que tañer con la guitarra destemplada y
sin las cuerdas necesarias.
Durmieron lo poco que de la noche les quedaba; y á obra de las seis de
la mañana bajó Carrizales, y abrió la puerta de en medio, y tambien la
de la calle, y estuvo esperando al despensero, el cual vino de allí
á un poco, y dando por el torno la comida, se volvió á ir, y llamó
al negro que bajase á tomar cebada para la mula y su racion; y en
tomándola se fué el viejo Carrizales, dejando cerradas ambas puertas,
sin echar de ver lo que en la de la calle se habia hecho, de que no
poco se alegraron maestro y discípulo.
Apénas salió el amo de casa, cuando el negro arrebató la guitarra, y
comenzó á tocar de tal manera, que todas las criadas le oyeron, y por
el torno le preguntaron:
--¿Qué es esto, Luis, de cuándo acá tienes tú guitarra, ó quién te la
ha dado?
--¿Quién me la ha dado? respondió Luis, el mejor músico que hay en el
mundo, y el que me ha de enseñar en ménos de seis dias mas de seis mil
sones.
--Y ¿dónde está ese músico? preguntó la dueña.
--No está muy léjos de aquí, respondió el negro, y si no fuera por
vergüenza y por el temor que tengo á mi señor, quizá os le enseñara
luego, y á fe que os holgásedes de verle.
--Y ¿adónde puede él estar que nosotras no le podamos ver, replicó la
dueña, si en esta casa jamas entró otro hombre que nuestro dueño?
--Ahora bien, dijo el negro, no os quiero decir nada hasta que veais lo
que yo sé y él me ha enseñado en el breve tiempo que he dicho.
--Por cierto, dijo la dueña, que si no es algun demonio el que te ha de
enseñar, que yo no sé quién te pueda sacar músico con tanta brevedad.
--Andad, dijo el negro, que lo oiréis y lo veréis algun dia.
--No puede ser eso, dijo otra doncella, porque no tenemos ventanas á la
calle para poder ver ni oir á nadie.
--Bien está, dijo el negro, que para todo hay remedio, si no es para
escusar la muerte; y mas si vosotras sabeis ó quereis callar.
--Y ¿cómo que callaremos? hermano Luis, dijo una de las esclavas:
callaremos mas que si fuésemos mudas, porque te prometo, amigo, que me
muero por oir una buena voz, que despues que aquí nos emparedaron, ni
aun el canto de los pájaros habemos oido.
Todas estas pláticas estaba escuchando Loaysa con grandísimo contento,
pareciéndole que todas se encaminaban á la consecucion de su gusto, y
que la buena suerte habia tomado la mano en guiarlas á la medida de su
voluntad.
Despidiéronse las criadas con prometerles el negro que cuando ménos se
pensasen las llamaria á oir una muy buena voz; y con temor que su amo
volviese y le hallase hablando con ellas, las dejó y se recogió á su
estancia y clausura. Quisiera tomar licion, pero no se atrevió á tocar
de dia, porque su amo no le oyese; el cual vino de allí á poco espacio,
y cerrando las puertas, segun su costumbre, se encerró en casa. Y al
dar aquel dia de comer por el torno al negro, dijo Luis á una negra
que se lo daba, que aquella noche despues de dormido su amo bajasen
todas al torno á oir la voz que les habia prometido, sin falta alguna:
verdad es que ántes que dijese esto habia pedido con muchos ruegos á su
maestro fuese contento de cantar y tañer aquella noche al torno, porque
él pudiese cumplir la palabra que habia dado de hacer oir á las criadas
una voz estremada, asegurándole que seria en estremo regalado de todas
ellas. Algo se hizo de rogar el maestro de hacer lo que él mas deseaba;
pero al fin dijo que haria lo que su buen discípulo pedia, solo por
darle gusto, sin otro interes alguno.
Abrazóle el negro, y dióle un beso en el carrillo en señal del contento
que le habia causado la merced prometida, y aquel dia dió de comer á
Loaysa tan bien como si comiera en su casa, y aun quizá mejor, pues
pudiera ser que en su casa le faltara.
Llegóse la noche, y en la mitad della ó poco ménos comenzaron á cecear
en el torno, y luego entendió Luis que era la cáfila que habia llegado;
y llamando á su maestro, bajaron del pajar con la guitarra bien
encordada y mejor templada. Preguntó Luis quién y cuántas eran las
que escuchaban. Respondiéronle que todas, si no su señora, que quedaba
durmiendo con su marido, de que le pesó á Loaysa; pero con todo eso
quiso dar principio á su designio y contentar á su discípulo, y tocando
mansamente la guitarra, tales sones hizo que dejó admirado al negro, y
suspenso el rebaño de las mujeres que le escuchaba.
Pues ¿qué diré de lo que ellas sintieron, cuando le oyeron tocar el
-Pésame de ello-, y acabar con el endemoniado son de la zarabanda,
nuevo entónces en España? No quedó vieja por bailar, ni moza que no
se hiciese pedazos, todo con silencio estraño, poniendo centinelas y
espías que avisasen si el viejo despertaba.
Cantó asimismo Loaysa coplillas de la -Seguida-, con que acabó de echar
el sello al gusto de los escuchantes, que ahincadamente pidieron al
negro les dijese quién era tan milagroso músico. El negro les dijo que
era un pobre mendigante, el mas galan y gentil hombre que habia en toda
la pobrería de Sevilla.
Rogáronle que hiciese de suerte que ellas le viesen, y que no le
dejase ir en quince dias de casa, que ellas le regalarian muy bien, y
darian cuanto hubiese menester. Preguntáronle qué modo habia tenido
para meterle en casa. Á esto no les respondió palabra: á lo demas dijo
que para poderle ver hiciesen un agujero pequeño en el torno, que
despues lo taparian con cera, y que á lo de tenerle en casa, que él lo
procuraria.
Hablólas tambien Loaysa, ofreciéndoseles á su servicio con tan buenas
razones, que ellas echaron de ver que no salian de ingenio de pobre
mendigante: rogáronle que otra noche viniese al mismo puesto, que
ellas harian con su señora que bajase á escucharle á pesar del lijero
sueño de su señor, cuya lijereza no nacia de sus años, sino de sus
muchos celos. Á lo cual dijo Loaysa, que si ellas gustaban de oirle sin
sobresalto del viejo, que él les daria unos polvos que le echasen en el
vino, que le harian dormir con pesado sueño mas tiempo del ordinario.
--¡Jesus, valme, dijo una de las doncellas; y si eso fuese verdad, qué
buenaventura se nos habia entrado por las puertas sin sentillo y sin
merecello! No serian ellos polvos de sueño para él, sino polvos de vida
para todas nosotras y para la pobre de mi señora Leonora, su mujer, que
no la deja á sol ni á sombra, ni la pierde de vista un solo momento:
¡ay, señor mio de mi alma! traiga esos polvos, así Dios le dé todo
el bien que desea: vaya, y no tarde, tráigalos, señor mio, que yo me
ofrezco á mezclarlos en el vino y á ser la escanciadora; y pluguiese á
Dios que durmiese el viejo tres dias con sus noches, que otros tantos
tendríamos nosotras de gloria.
--Pues yo les traeré, dijo Loaysa, y son tales que no hacen otro mal ni
daño á quien los toma, sino es provocarle á sueño pesadísimo.
Todas le rogaron que los trujese con brevedad, y quedando de hacer
otra noche con una barrena el agujero en el torno, y de traer á su
señora para que le viese y oyese, se despidieron; y el negro, aunque
era casi el alba, quiso tomar licion, la cual le dió Loaysa, y lo hizo
entender que no habia mejor oido que el suyo en cuantos discípulos
tenia, y no sabia el pobre negro ni lo supo jamas hacer un cruzado.
Tenian los amigos de Loaysa cuidado de venir de noche á escuchar
por entre las puertas de la calle, y ver si su amigo les decia algo
ó si habia menester alguna cosa, y haciendo una señal que dejaron
concertada, conoció Loaysa que estaban á la puerta, y por el agujero
del quicio les dió breve cuenta del buen término en que estaba su
negocio, pidiéndoles encarecidamente buscasen alguna cosa que provocase
á sueño para dárselo á Carrizales, que él habia oido decir que habia
unos polvos para este efeto: dijéronle que tenian un médico amigo
que les daria el mejor remedio que supiese, si es que le habia, y
animándole á proseguir la empresa, y prometiéndole de volver la noche
siguiente con todo recaudo, apriesa se despidieron.
Vino la noche, y la banda de las palomas acudió al reclamo de la
guitarra: con ellas vino la simple Leonora, temerosa y temblando de que
no despertase su marido, que aunque ella vencida deste temor no habia
querido venir, tantas cosas le dijeron sus criadas, especialmente la
dueña, de la suavidad de la música y de la gallarda disposicion del
músico pobre, que sin haberle visto le alababa y le subia sobre Absalon
y sobre Orfeo, que la pobre señora convencida y persuadida dellas, hubo
de hacer lo que no tenia ni tuviera jamas en voluntad. Lo primero que
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