La reunión dividióse instantáneamente en dos bandos. Á un lado los
-Bandullos- cuchillo en mano, pálidos por la emoción, pero torciendo el
morro con desprecio ante aquellos mendigos que se atrevían á
emanciparse, y al otro, rodeando á Pepet, todos, absolutamente todos los
convidados, gente que había sobrellevado con paciencia el despotismo de
la familia bandullesca y que ahora veía ocasión para emanciparse.
Miráronse en silencio por algunos segundos, queriendo cada uno que los
otros empezaran.
¡Vaya, caballeros! La cosa no podía quedar así... Allí se había
insultado á un hombre, y de hombre á hombre no va nada.
Al fin el reñir es de hombres.
Era una lástima que la fiesta terminase mal, pero entre hombres ya se
sabe: hay que estar á todo. Dejar sitio y que se las arreglen los
hombres como puedan.
Los amigos de Pepet, que estaban en sus glorias y se mostraban fieros
por la superioridad del número, colocáronse ante los -Bandullos-
mayores, cortándoles el paso con los cuchillos y sus palabras.
En ocasiones como aquella había que demostrar la entraña de valiente.
Nada importaba que fuese su hermano. Había insultado y debía probar sin
ayuda ajena que tenía tanto de aquello como de lengua.
Pero las razones eran inútiles. Estaban frente á frente los dos
enemigos, á la puerta de la alquería, bajo aquella hermosa parra por
entre cuyos pámpanos se filtraban los rayos del sol dorando las
telarañas que envolvían las uvas.
El pequeño, extendiendo la diestra armada de ancha faca, y cubriéndose
el pecho con el brazo izquierdo, saltaba como una mona, haciendo gala de
la esgrima presidiaria aprendida en los corralones de la calle de
Cuarte.
Todos callaban. Oíase el zumbido de los moscardones en aquella tibia
atmósfera de primavera, el susurrar de la vecina acequia, el murmullo
del trigo agitando sus verdes espigas y el chirriar lejano de algún
carro junto con los gritos de los labradores que trabajaban en sus
campos.
Iba á correr sangre, y todos avanzaban el pescuezo con malsana
curiosidad, para dar faltas y buenas sobre el modo de reñir.
El bicho maldito no se aquietaba y seguía insultando. ¡Á ver! Que se
atracara aquel guapo y vería cuán pronto le echaba la -tanda- al suelo.
¡Y vaya si se atracó! Pero con un valor primitivo; no con la arrogancia
del león, sino con la acometividad del toro; bajando la dura testa,
encorvando su musculoso pecho, con el impulso irresistible de una
catapulta.
De una zarpada se llevó por delante tambaleando y desarmado al pequeño
-Bandullo-, y antes de que cayera al suelo le hundió el cuchillo en un
costado, de abajo arriba, con tal fuerza que casi lo levantó en el
aire.
Cayó el chicuelo, llevándose ambas manos al costado, á la desgarrada
faja que rezumaba sangre, y hubo un murmullo de asombro casi semejante á
un aplauso.
¡Buen pájaro era aquel Pepet! Cualquiera se metía con un bruto así.
Los -Bandullos- lanzáronse sobre su caído hermano, trémulos de coraje, y
hubo de ellos que requirieron sus armas con desesperación, como
dispuestos á cerrar con aquel numeroso grupo de enemigos y morir matando
para desagravio de la familia, que no podía consentir tal deshonra.
Pero les contuvo un gesto imperioso del hermano mayor, Néstor de la
familia, cuyas indicaciones seguían todos ciegamente. Aun no se había
acabado el mundo. Lo que él aconsejaba y siempre salía bien: paciencia y
mala intención.
El pequeño, pálido, casi exánime, echando sangre y más sangre por entre
la faja, fué llevado por sus hermanos á la tartana, que aguardaba cerca
de la alquería desde que trajo por la mañana todo el -arreglo- de la
-paella-.
¡Arrea, tartanero!... ¡Al Hospital! Donde van los hombres cuando están
en desgracia.
Y la tartana se alejó dando tumbos que arrancaban al herido rugidos de
dolor.
Pepet limpió su cuchillo con hojas de ensalada que había en el suelo, lo
lavó en la acequia y volvió á guardarlo con tanto cariño como si fuese
un hijo.
El ribereño había crecido desmesuradamente á los ojos de todos aquellos
emancipados que le rodeaban, y de regreso á Valencia, por la polvorienta
carretera, se quitaban la palabra unos á otros para darle consejos.
Á la policía no había que tenerle cuidado. Entre valientes era de rigor
el silencio. El pequeño diría en el Hospital que no conocía á quien le
hirió, y si era tan ruin que intentara cantar, allí estarían sus
hermanos para enseñarle la obligación.
Á quien debía mirar de lejos era á los -Bandullos- que quedaban sanos.
Eran gente de cuidado. Para ellos lo importante era pegar, y si no
podían de frente, lo mismo les daba á traición. ¡Ojo, Pepet! Aquello no
lo perdonarían, más que por el hermano, por el buen sentimiento de la
familia.
Pero al valentón ribereño aun le duraba la excitación de la lucha y
sonreía despreciativamente. Al fin aquello tenía que ocurrir. Había
venido á Valencia para pegarles á los -Bandullos-; donde estaba él no
quería más guapos: ya había asegurado á uno; ahora que fuesen saliendo
los otros y á todos los arreglaría.
Y como prueba de que no tenía miedo, al pasar el puente de San José y
meterse todos en la ciudad, amenazó con un par de guantadas al que
intentara acompañarle.
Quería ir solo por ver si así le salían al paso aquellos enemigos.
Conque... ¡largo y hasta la vista!
¡Qué hígados de hombre! Y la turba bravucona se disolvió, ansiosa de
relatar en cafetines y timbas la caída de los -Bandullos-, añadiendo con
aire de importancia que habían presenciado la terrible -gabinetá- de
aquel valentón que juraba el exterminio de la familia.
Bien decía el ribereño que no tenía miedo ni le inquietaban los
-Bandullos-. No había más que verle á las once de la noche marchando por
la calle de las Barcas con desembarazada confianza.
Iba á la Peña, á oír á su adorada novia la -Borriquera-.
¡Mala pécora! Si resultaba cierto lo que aquel chiquillo insultador le
había dicho antes de recibir el golpe, á ella le cortaba la cara, y
después no dejaba botella ni títere sano en todo el café.
Aun le duraba la excitación de la riña, aquella rabia destructora que le
dominaba después de haber -hecho- sangre.
Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al encuentro los
-Bandullos-, uno á uno ó todos juntos. Se sentía con ánimos para de la
primera rebanada partirlos en redondo.
Estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un disparo, y el
valentón sintió un golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba
su vista y le zumbaban los oídos.
¡Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.
Y llevándose la mano al cinto, tiró de su pistola del quince, pero antes
de que volviera la cara, sonó otro disparo y Pepet cayó redondo.
Corría la gente, cerrábanse las puertas con estrépito, sonaban pitos y
más pitos al extremo de la calle, sin que por esto se viese un kepis por
parte alguna, y aprovechándose del pánico abandonaron los -Bandullos- la
protectora esquina, avanzando cuchillo en mano hacia el inerte cuerpo,
al que removieron de una patada como si fuese un talego de ropa.
---Ben mòrt está.-
Y para convencerse más, se inclinó uno de ellos sobre la cabeza del
muerto, guardándose algo en el bolsillo.
Cuando llegaron los guardias y se amotinó la gente en torno del cadáver,
esperando la llegada del juzgado, vióse á la luz de algunos fósforos la
cara moruna de Pepet el de la Ribera, con los ojos desmesurados y
vidriosos y junto á la sien derecha una desolladura roja que aun manaba
sangre.
Le habían cortado una oreja como á los toros muertos con arte.
III
El entierro fué una manifestación.
Aun quedaba sangre de valientes: la raza no iba á terminar tan pronto
como muchos creían.
Los amos de las casas de juego marchaban en primer término tras el
ataúd, como afligidos protectores del muerto, y tras ellos todos los
matones de segunda fila y los aspirantes á la clase: morralla del
Mercado y del Matadero que esperaba ocasión para revelarse, y hacía sus
ensayos de guapeza yendo á pedir alguna peseta en los billares ó timbas
de calderilla.
Aquel cortejo de caras insolentes con gorrillas ladeadas y tufos en las
orejas, hacía apartarse á los transeuntes, pensando en el gran golpe que
se perdía la guardia civil.
¡Qué magnífica redada podía echarse!
Pero no; había que respetar el dolor sincero de aquella gente que
lloraba al muerto con toda su alma, con una ingenuidad jamás vista en
los entierros.
¿Era así como se mataba á los hombres? ¡Cobardes!... -¡morrals!-... ¡y
después querían los -Bandullos- pasar por bravos! Santo y bueno que le
hubiesen tirado el hígado al suelo riñendo cara á cara, pues á esto
están expuestos los hombres que valen; pero matarlo por la espalda y con
pistola para no acercarse mucho, era una canallada que merecía garrote.
¡Morir á manos de unos ruines un chico que tanto valía! Parecía
imposible que la prensa no protestase y que la ciudad entera no se
sublevara contra los -Bandullos-. ¿Y lo de cortarle la oreja?
-Ambusteros-, más que -ambusteros-. Eso está bien que se haga con uno á
quien se mata de frente; en casos así hay que guardar un recuerdo;
pero... ¡vamos! cuando no hay de qué y sólo tienen ciertas gentes motivo
para avergonzarse, irrita que se pongan moños. Y lo más triste era que
muerto Pepet, el valiente de verdad, el guapo entre los guapos, los
-Bandullos- camparían como únicos amos, y las personas decentes, que
eran los demás, tendrían que juntarse para que les diesen las sobras y
poder comer. ¡Tan tranquilos que estaban, amparados por aquel león de la
Ribera que se había propuesto acabar con los -Bandullos-!...
Los que más irritados se mostraban eran los neófitos, los aprendices que
no habían estrenado la -tea- que llevaban cruzada sobre los riñones; los
que no tenían aún categoría para vivir de la tremenda, pero que sentían
por Pepet la misma adoración de los salvajes ante un astro nuevo.
Y todos ellos, que pretendían meter miedo al mundo con sólo un gesto,
lloraban en el cementerio, en torno de la fosa, al ver los húmedos
terrones que caían sobre el ataúd.
¿Y un hombre así, más bien plantado que el que paró el sol, se lo habían
de comer la tierra y los gusanos?... -¡Retapones!- aquello partía el
corazón.
La chavalería esperaba con ansiosa curiosidad las ceremonias de
costumbre en tales casos; algo que demostrase al que se iba que aquí
quedaba quien se acordaba de él.
Sonó un -glu-glu- de líquido, cayendo sobre la rellena fosa. Los
compañeros de Pepet, foscos como sacerdotes de terrorífico culto,
vaciaban botellas de vino sobre aquella tierra grasienta que parecía
sudar la corrupción de la vida.
Y cuando se formó un charco rojizo y repugnante, toda aquella hermandad
del valor malogrado tiró de las -teas- y uno por uno fueron trazando en
el barro furiosas cruces con la punta del cuchillo, al mismo tiempo que
mascullaban terribles palabras mirando á lo alto, como si por el aire
fueran á llegar volando los odiados -Bandullos-.
Podía Pepet dormir tranquilo. Aquellos granujas recibirían las tornas...
si es que se empeñaban en comérselo todo y no hacer parte á las personas
decentes. ¡Lo juraban!
Y al mismo tiempo que los cuchillos de la comitiva trazaban cruces en el
cementerio, los -Bandullos- entraban en el Hospital, graves, estirados,
solemnes, como diplomáticos en importante misión.
El pequeño sacaba por entre las sábanas su rostro exangüe, tan pálido
como el lienzo, y únicamente en su mirada había una chispa de vida al
preguntar con mudo gesto á sus hermanos.
Debía saber algo de lo de la noche anterior y quería convencerse.
Sí; era cierto. Se lo aseguraba su hermano mayor, el más sesudo de la
familia. El que atacase á los -Bandullos- tenía pena de la vida.
Mientras viviesen todos, cada uno de los hermanos tendría la espalda
bien cubierta. ¿No le habían prometido venganza? Pues allí estaba.
Y desliando un trozo de periódico, arrojó sobre las sábanas un muñón
asqueroso, cubierto de negros coágulos.
El pequeño lo alcanzó sacando de entre las sábanas sus brazos
enflaquecidos, ahogando con penosos estertores el dolor que sentía en
las llagadas entrañas al incorporarse.
---¡La orella!... ¡La orella d'eixe lladre!-
Rechinaron sus dientes con los dos fuertes mordiscos que dió al
asqueroso cartílago, y sus hermanos, sonriendo complacidos al comprender
hasta dónde llegaba la furia de su cachorro, tuvieron que arrebatarle la
oreja de Pepet para que no la devorase.
INDICE
Págs.
Flor de Mayo (novela)3
CUENTOS VALENCIANOS
¡Cosas de hombres! 249
La apuesta del «esparrelló» 261
Noche de bodas 273
Guapeza valenciana 303
* * * * *
errores corrigidos por el transcriptor:
admiracion=> admiración {pg 153}
emjambre de moscas=> enjambre de moscas {pg 28}
las guesas capas de algas=> las gruesas capas de algas {pg 47}
iban prolongado los obsequios=> iban prolongando los obsequios {pg 139}
sobre un oreja=> sobre un oreja {pg 149}
hermoso traje=> hermoso traje {pg 150}
las evidiosas á Roseta=> las envidiosas á Roseta {pg 164}
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