Y el viejo pescador, terminado su cuento, sonreía y guiñaba los ojos
maliciosamente.
Aquello era de los tiempos en que los pescados hablaban, pero tenía
-intrínguilis-.
¿Que no lo adivinaba? Pues era sencillo: que en este mundo puede más el
listo y el astuto que el fuerte que todo lo fía al corazón y á la
acometividad. Que vale más ser -esparrelló- pequeño y malicioso, que
-reig- enorme y sencillote. Que acometiendo de frente y arrollándolo
todo sólo se consigue ser vehículo del listo que se esconde en la agalla
para salir á tiempo.
Y el vejete me miraba con tal expresión de malicia y lástima, que me
ruboricé, murmurando para adentro:
--Este tío me conoce.
Noche de bodas
I
Fué aquel jueves para Benimaclet un verdadero día de fiesta.
No se tiene con frecuencia la satisfacción de que un hijo del pueblo, un
arrapiezo, al que se ha visto corretear por las calles descalzo y con la
cara sucia, se convierta, tras años y estudios, en todo un señor cura;
por esto pocos fueron los que dejaron de asistir á la primera misa que
cantaba Visantet, digo mal, don Vicente, el hijo de la -siñá- Pascuala y
el tío Nèlo, conocido por el -Bollo-.
Desde la plaza inundada por el tibio sol de primavera, en cuya atmósfera
luminosa moscas y abejorros trazaban sus complicadas contradanzas
brillando como chispas de oro, la puerta de la iglesia, enorme boca por
la que escapaba el vaho de la multitud, parecía un trozo de negro cielo,
en el que se destacaban como simétricas constelaciones los puntos
luminosos de los cirios.
¡Qué derroche de cera! Bien se conocía que era la madrina aquella señora
de Valencia de la que los -Bollos- eran arrendatarios, la cual había
costeado la carrera del chico.
En toda la iglesia no quedaba capillita ni hueco donde no ardiesen
cirios; las arañas cargadas de velas centelleaban con irisados reflejos,
y al humo de la cera uníase el perfume de las flores, que formaban
macizos sobre la mesa del altar, festoneaban las cornisas y pendían de
las lámparas en apretados manojos.
Era antigua la amistad entre la familia de los -Bollos- y la -siñá- Tona
y su hija, famosas floristas que tenían su puesto en el mercado de
Valencia, y nada más natural que las dos mujeres hubiesen pasado á
cuchillo su huerto, matando la venta de una semana para celebrar
dignamente la primera misa del hijo de la -siñá- Pascuala.
Parecía que todas las flores de la vega habían huido para refugiarse
allí, empujándose medrosicas hacia la bóveda. El Sacramento asomaba
entre dos enormes pirámides de rosas y los santos y ángeles del altar
mayor aparecían hundidos hasta el dorado vientre en aquella nube de
pétalos y hojas que, á la luz de los cirios, mostraban todas las notas
de color, desde el verde esmeralda y el rojo sanguíneo, hasta el suave
tono del nácar.
Aquella muchedumbre que estrujándose olía á lana burda y sudor de
salud, sentíase en la iglesia mejor que otras veces, y encontraba cortas
las dos horas de ceremonia.
Acostumbrados los más de ellos á recoger como oro los nauseabundos
residuos de la ciudad, á revolver á cada instante en sus campos los
estercoleros, en los cuales estaba la cosecha futura, su olfato
estremecíase con intensa voluptuosidad, halagado por las frescas
emanaciones de las rosas y los claveles, los nardos y las azucenas, á
las que se unía el oriental perfume del incienso. Sus ojos turbábanse
con el incesante centelleo de aquel millar de estrellas rojas, y les
causaba extraña embriaguez el dulce lamento de los violines, la grave
melopea de los contrabajos y aquellas voces que desde el coro, con
acento teatral, cantaban en un idioma desconocido, todo para mayor
gloria del hijo del -Bollo-.
La muchedumbre estaba satisfecha. Miraba la deslumbrante iglesia como un
palacio encantado que fuese suyo. Así, entre músicas, flores é incienso,
debía estarse en el cielo, aunque un poco más ancho y sudando menos.
Todos se hallaban en la casa de Dios por derecho propio. Aquel que
estaba allí arriba sobre las gradas del altar, cubierto de doradas
vestiduras, moviéndose con solemnidad entre azuladas nubecillas y á
quien el predicador dedicaba sus más tonantes períodos, era uno de los
suyos, uno más que se libraba del rudo combate con la tierra para hacer
concebir incesantemente á sus cansadas entrañas.
Los más, le habían tirado de la oreja por ser mayores; otros, habían
jugado con él á las chapas, y todos le habían visto ir á Valencia á
recoger estiércol con el capazo á la espalda, ó arañar con la azada esos
pequeños campos de nuestra vega que dan el sustento á toda una familia.
Por esto su gloria era la de todos; no había quien no creyese tener su
parte en aquel encumbramiento, y las miradas estaban fijas en el altar,
en aquel mocetón fornido, moreno, lustroso, resto viviente de la
invasión sarracena, que asomaba por entre níveos encajes sus manazas
nervudas y vellosas, más acostumbradas á manejar la azada que á tocar
con delicadeza los servicios del altar.
También él, en ciertos momentos, paseaba su mirada con expresión de
ternura por aquel apiñado concurso. Sentado en sillón de terciopelo,
entre sus dos diáconos, viejos sacerdotes que le habían visto nacer, oía
conmovido la voz atronadora del predicador ensalzando la importancia del
sacerdote cristiano y elogiando al nuevo combatiente de la fe que con
aquel acto entraba á formar parte de la milicia de la Iglesia.
Sí; era él: aquel día se emancipaba de la esclavitud del terruño,
entraba en este mundo poderoso que no repara en orígenes; escala
accesible á todos, que se remonta desde el mísero cura, hijo de
mendigos, al Vicario de Dios; tenía ante su vista un porvenir inmenso,
y todo lo debía á sus protectores, á aquella buena señora obesa y
sudorosa bajo la mantilla de blonda y el negro traje de terciopelo, y á
su hijo, al que el celebrante, por la costumbre de humilde arrendatario,
había de llamar siempre el señorito.
Los peldaños del altar mayor, que le elevaban algunos palmos sobre la
muchedumbre, percibíalos él en su futura vida como privilegio moral que
había de realzarle sobre todos cuantos le conocieron en su humilde
origen. Los más generosos sentimientos le dominaban. Sería humilde,
aprovecharía su elevación para el bien; y envolvía en una mirada de
inmenso cariño á todas las caras conocidas que estaban abajo, veladas
por el intenso vaho de la fiesta; su madrina, el tío -Bollo- y la -siñá-
Pascuala, que gimoteaban como unos niños con la nariz entre las manos, y
aquella Toneta, la florista, su compañera de infancia, excelente
muchacha que erguía con asombro la soberbia cabeza de beldad riffeña,
como si no pudiera acostumbrarse á la idea de que Visantet, aquel mozo
al que trataba como un hermano, se había convertido en grave sacerdote
con derecho á conocer sus pecadillos y á absolverla.
Continuaba la ceremonia. El nuevo cura, agitado por la emoción, por la
felicidad y por aquel ambiente cargado de asfixiantes perfumes, seguía
la celebración de la misa como un autómata, guiado muchas veces por sus
compañeros, sintiendo que las piernas le flaqueaban, que vacilaba su
robusto cuerpo de atleta, y sostenido únicamente por el temor de que la
debilidad le hiciera incurrir en algún sacrilegio.
Como si se moviera en las nieblas de un sueño, realizó todas las partes
que quedaban del misterio de la misa: con insensibilidad que le
asombraba, verificó aquella consumación en la que tantas veces había
pensado emocionado, y después del -té-déum-, cayó desvanecido en la
poltrona, cerrados los ojos y sintiéndose sofocado por aquella antigua
casulla codiciada por los anticuarios, orgullo de la parroquia, y que
tantas veces había mirado él siendo seminarista como el colmo de sus
ambiciones.
Un penetrante perfume de rosa y almizcle, el ruido de agua agitada, le
volvieron á la realidad.
La madrina le lavaba y perfumaba las manos para la recepción final, y
toda la compacta masa abalanzábase al altar mayor, queriendo ver de
cerca al nuevo cura.
La vida de superioridad y respetos comenzaba para él. La señora, á la
que había servido tantas veces, besábale las manos con devoción y le
llamaba don Vicente, deseándole muchas felicidades después de sus
místicas bodas con la Iglesia.
El nuevo cura, á pesar de su estado, no pudo reprimir un sentimiento de
orgullo y cerró los ojos como si le desvaneciera el primer homenaje.
Algo áspero y burdo oprimió sus manos. Eran las pobres zarpas del tío
-Bollo-, cubiertas de escamas por el trabajo y la vejez. El cura vió
inundadas en lágrimas, contraídas por conmovedora mueca, las cabezas
arrugadas y cocidas al sol de sus pobres padres, que le contemplaban con
la expresión del escultor devoto que, terminada la obra, se prosterna
ante ella creyéndola de origen superior.
Lloraba la gente contemplando el apretado grupo en que se confundían la
dorada casulla con las negras ropas de los viejos, y las tres cabezas
unidas agitábanse con rumor de besos y estertor de gemidos.
El impulso de la curiosa muchedumbre rompió el grupo conmovedor, y el
cura quedó separado de los suyos, entregado por completo al público, que
se empujaba por alcanzar las sagradas manos.
Aquello resultaba interminable. Benimaclet entero rozaba con besos
sonoros como latigazos aquellas manos velludas, llevándose en los labios
agrietados por el sol y el aire una parte de los perfumes.
Ahora si que, agobiado por la presión de aquella multitud que se
apretaba contra la poltrona, falto de ambiente y de reposo, iba á
desmayarse de veras el nuevo cura.
Y en la asfixiante batahola, cuando ya se nublaba su vista y echaba
atrás la cabeza, recibió en su diestra una sensación de frescura,
difundiéndose por el torrente de su sangre.
Eran los rojos labios de la buena hermana, de Toneta, que rozaban su
epidermis, mientras que sus negros ojos se clavaban en él con forzada
gravedad, como si tras ellos culebrease la carcajada inocente de la
compañera de juegos, protestando contra tanta ceremonia.
Junto á ella, arrogante y bien plantado como un Alcides, con la manta
terciada y la rapada testa erguida con fiereza, estaba otro compañero de
la niñez, -Chimo el Moreno-, el gañán más bueno y más bruto de todo
Benimaclet, protegiendo á la arrodillada muchacha con la gallardía
celosa de un sultán y mirando en torno con sus ojillos marroquíes, que
parecían decir: «¡Á ver quién es el guapo que se atreve á empujarla!»
II
La comida dió que hablar en el pueblo.
Seis onzas, según cálculo de las más curiosas comadres, debió gastarse
la buena de doña Ramona para solemnizar la primera misa del hijo de sus
arrendatarios.
Era una satisfacción ver en la casa más grande del pueblo aquella mesa
interminable cubierta de cuanto Dios cría de bueno en el mundo, fuera
del bacalao y las sardinas, y contemplar en torno de ella una
concurrencia tan distinguida. Aquello era todo un suceso, y la prueba
estaba en que al día siguiente saldría en letras de molde en los
papeles de Valencia.
En la cabecera estaban el nuevo sacerdote, casi oprimido por las
blanduras exuberantes de los otros curas que habían tomado parte en la
ceremonia, los padrinos y aquel par de viejecillos que llorando sobre
sus cucharas se tragaban el arroz amasado con lágrimas. En los lados de
la mesa algunos señores de la ciudad convidados por doña Ramona y los
amigos de la familia junto con lo más -distinguido- del pueblo,
labradores acomodados que, enardecidos por la digestión del vino y la
-paella-, hablaban del rey legítimo que está en Venecia y de lo
perseguida que en estos tiempos de liberalismo se ve la religión.
Era aquello un banquete de bodas. Corría el vino, se alegraba la gente y
sonreía la madrina con las bromas trasnochadas de sus compañeros de
mesa; aquellas tres moles que desbordaban su temblona grasa por el
alzacuello desabrochado y el roce de cuyas sotanas hacía enrojecer de
satisfacción á la bendita señora.
El único que mostraba seriedad era el nuevo cura. No estaba triste: su
gravedad era producto del ensimismamiento. Su imaginación huía desbocada
por el pasado, recorriendo casi instantáneamente la vida anterior.
La vista de todos los suyos, su elevación en aquel mismo lugar donde
había sufrido hambre, aquel aparatoso banquete, le hacían recordar la
época en que la conquista del mendrugo mohoso le obligaba á recorrer los
caminos, capazo á la espalda, siguiendo á los carros para arrojarse
ávidamente, como si fuese oro, sobre el reguero humeante que dejaban las
bestias.
Aquella había sido su peor época, cuando tenía que gemir y alborotar
horas enteras para que la pobre madre se decidiera á engañarle el hambre
nunca satisfecha con un pedazo del pan guardado con mísera previsión.
La presencia de Toneta, aquel moreno y gracioso rostro que se destacaba
al extremo de la mesa, evocaba en el cura recuerdos más gratos.
Veíase pequeño y haraposo en el huerto de la -siñá- Tona, aquel hermoso
campo cercado de encañizadas en el que se cultivaban las flores como si
fuesen legumbres. Recordaba á Toneta greñuda, tostada, traviesa como un
chico, haciéndole sufrir con sus juegos, que eran verdaderas diabluras,
y después el rápido crecimiento y el cambio de suerte: ella á Valencia
todos los días con sus cestos de flores, y él al Seminario protegido por
doña Ramona, que, en vista de su afición á la lectura y de cierta viveza
de ingenio, quería hacer un sacerdote de aquel retoño de la miseria
rural.
Luego venían los días mejores, cuyo recuerdo parecía perfumar dulcemente
todo su pasado.
¡Cómo amaba él á aquella buena hermana, que tantas veces le había
fortalecido en los momentos de desaliento!
En invierno salía de su barraca casi al amanecer camino del Seminario.
Pendiente de su diestra, en grasiento saquillo, lo que entre clase y
clase había de devorar en las Alamedas de Serranos; medio pan moreno con
algo más, que, sin nutrirle, engañaba su hambre; y cruzado sobre el
pecho á guisa de bandolera, el enorme pañuelo de hierbas envolviendo los
textos latinos y teológicos que bailoteaban á su espalda como movible
joroba. Así equipado pasaba por frente al huerto de la -siñá- Tona,
aquella pequeña alquería blanca con las ventanas azules, siempre en el
mismo momento que se abría su puerta para dar paso á Toneta, fresca,
recién lavada, con el peinado aceitoso y llevando con garbo las dos
enormes cestas en que yacían revueltas las flores mezclando la humedad
de sus pétalos.
Y juntos los dos, por atajos que ellos conocían, marchaban hacia
Valencia, que por encima del follaje de la Alameda marcaba en las brumas
del amanecer sus esbeltas torres, su Miguelete rojizo, cuya cima parecía
encenderse antes de que llegasen á la tierra los primeros rayos del sol.
¡Qué hermosas mañanas! El cura, cerrando los ojos, veía las obscuras
acequias con sus rumorosos cañaverales; los campos con sus hortalizas,
que parecían sudar cubiertas del titilante rocío; las sendas orladas de
brozas con sus tímidas ranas, que al ruido de pasos arrojábanse con
nervioso salto en los verdosos charcos; aquel horizonte que por la
parte del mar se incendiaba al contacto de enorme hostia de fuego; los
caminos desde los cuales se esparcía por toda la huerta chirrido de
ruedas y relinchos de bestias; los fresales que se poblaban de seres
agachados, que á cada movimiento hacían brillar en el espacio el
culebreo de las aceradas herramientas, y los rosarios de mujeres que con
cestas en la cabeza iban al mercado de la ciudad saludando con sonriente
y maternal -¡bòn día!- á la linda pareja que formaban la florista
garbosa y avispada y aquel muchachote que con su excesivo crecimiento
parecía escaparse por pies y manos del trajecillo negro y angosto, que
iba tomando un sacristanesco color de ala de mosca.
El matinal viaje era un baño diario de fortaleza para el pobre
seminarista, que oyendo los buenos consejos de Toneta tenía ánimos para
sufrir las largas clases; aquella inercia contra la que se rebelaba su
robustez, su sangre hirviente de hijo del campo y las pesadas
explicaciones en cuyo laberinto penetraba á cabezadas.
Separábanse en el puente del Real: ella hacia el Mercado en busca de su
madre; él á conquistar poco á poco el dominio de las ciencias
eclesiásticas, en las cuales tenía la certeza de que jamás llegaría á
ser un prodigio. Y apenas terminaba su comida en las Alamedas de
Serranos, en cualquier banco compartido con las familias de los
albañiles, que hundían sus cucharas en la humeante cazuela de mediodía,
Visantet, insensiblemente, se entraba en la ciudad, no parando hasta el
mercadillo de las flores, donde encontraba á Toneta atando los últimos
ramos y á su madre ocupada en recontar la calderilla del día.
Tras estos agradables recuerdos, que constituían toda su juventud, venía
la separación lenta que la edad y la divergencia de aspiraciones habían
efectuado entre los dos. No en balde crecían en años y no impunemente
sometía él al estudio su inteligencia virgen y pasiva.
En la última parte de su carrera, comenzó á sentir con vehemencia el
fervor profesional. Entusiasmábase pensando que iba á formar parte de
una institución extendida por toda la tierra, que tiene en su poder las
llaves del cielo y de las conciencias; le enardecían las glorias de la
Iglesia; las luchas de los papas con los reyes en el pasado, y la
influencia del sacerdote sobre el magnate en el presente. No era
ambicioso, no pensaba ir más allá de un modesto curato de misa y olla;
pero le satisfacía que el hijo de unos miserables perteneciese con el
tiempo á una clase tan poderosa, y mecido por tales ilusiones se entregó
de lleno á la vocación que iba á sacarle del subsuelo social.
Cuando no estaba en Valencia en el Seminario, prestaba en Benimaclet
funciones de sacristán, y llegó á ser hombre sin sentir apenas el
despertar de la virilidad en su vigorosa complexión.
Su voluntad de campesino tozudo anulaba las exigencias del sexo, que le
causaban horror, teniéndolas como tentaciones del -Malo-. La mujer era
para él un mal, necesario é imprescindible para el sostenimiento del
mundo; -la bestia impúdica- de que hablaban los Santos Padres.
La belleza era amenazante monstruosidad, temblaba ante ella poseído de
repugnancia y sordo malestar, y sólo se sentía tranquilo y confiado en
presencia de aquella beldad que, vestida de blanco y azul, pisando la
luna, yergue su cabeza en los altares con arrobadora dulzura. Su
contemplación provocaba en el seminarista explosiones de indefinible
cariño, y también participaba de éste aquella otra criatura terrenal y
grosera á la que él consideraba como hermana.
No era sacrilegio ni mundana pasión. Toneta resultaba para él una
hermana, una amiga, un afecto espiritual que le acompañaba desde su
infancia: todo, menos una mujer. Y tal era su ilusión, que en aquel
momento, entre la algazara del banquete, entornando los ojos, le parecía
que se transformaba, que su rostro vulgar y moreno dulcificábase con
expresión celestial, que se elevaba de su asiento, que su falda rameada
y su pañuelo de pájaros y flores convertíase en cerúleo manto, lo mismo
que en la otra, cuya belleza se ensalza con los más dulces nombres que
ha producido idioma alguno...
Pero sintió á sus espaldas algo que le hizo despertar de la dulce
somnolencia.
Era la -siñá- Tona, la madre de la florista, que abandonando su asiento
venía á hablar con el cura.
La buena mujer no podía conformarse con el nuevo estado del hijo de su
amiga. Como buena cristiana, sabía el respeto que se debe á un
representante de Dios; pero que la perdonasen, pues para ella Visantet
siempre sería Visantet, nunca don Vicente, y aunque la aspasen, no
podría menos que hablarle de tú. Él no se ofendería por eso, ¿verdad?
Pues si lo había conocido tan pequeño... si era ella quien lo había
llevado de pañales á la iglesia para que lo cristianasen, ¿cómo iba á
hacerle tales pamplinas á un chico á quien consideraba como hijo? Aparte
de esta falta de respeto, ya sabía que en casa se le quería de veras. Si
no vivieran el tío -Bollo- y la -siñá- Tomasa, Toneta y ella eran
capaces de irse con él como amas de llaves: pero ¡ay, hijo mío! no iba
el agua por esa acequia. Aquella chiquilla estaba muertecita por -Chimo
el Moreno-, un pedazo de bruto de quien nadie tenía nada que decir,
mejorando lo presente; se querían casar en seguida, antes de San Juan si
era posible, y ella ¿qué había de hacer?... En casa faltaba un hombre,
el huerto estaba en poder de jornaleros, ellas necesitaban la sombra de
unos pantalones, y como el -Moreno- servía para el caso (siempre
mejorando lo presente), la madre estaba conforme en que la chica se
casara.
Y la habladora vieja interrogaba con los ojos al cura, como esperando su
aprobación.
Bueno; pues á -eso- se había acercado ella... ¿Á qué? Á decirle que
Toneta quería que fuese él quien la casase. Teniendo un capellán casi en
la familia, ¿para qué ir á buscarlo fuera de casa?
El cura no dudó; le parecía muy natural la pretensión. Estaba bien; los
casaría.
III
El día en que se casó Toneta, fué de los peores para el nuevo adjunto de
la parroquia de Benimaclet.
Cuando la ceremonia hubo terminado, don Vicente despojóse en la
sacristía de sus sagradas vestiduras, pálido y trémulo como si le
aquejase oculta dolencia.
El sacristán, ayudándole, hablaba del insufrible calor. Estaban en
Julio, soplaba el poniente, la vega se mustiaba bajo aquel soplo
interminable y ardoroso que antes de perderse en el mar había pasado por
las tostadas llanuras de Castilla y la Mancha y con su ambiente de
hoguera agrietaba la piel y excitaba los nervios.
Pero bien sabía el nuevo cura que no era el poniente lo que le
trastornaba. ¡Buenas estarían tales delicadezas en él, acostumbrado á
todas las fatigas del campo!
Lo que sentía era arrepentimiento de haber accedido á celebrar la boda
de Toneta. ¡Cuán poco se conocía! Ahora iba comprendiendo lo que se
ocultaba tras el afecto fraternal nacido en la niñez.
Él, sacerdote desligado de las miserias humanas, sentía un sordo
malestar después de bendecir la eterna unión de Toneta y Chimo;
experimentaba idéntica impresión que si le acabasen de arrebatar algo
que era suyo.
Le parecía hallarse aún en la capilla mirando casi á sus pies aquella
linda cabeza cubierta por la vistosa mantilla. Nunca había visto tan
hermosa á Toneta, pálida por la emoción y con un brillo extraño en los
ojos cada vez que miraba al -Moreno-, que estaba soberbio con su traje
nuevo y su -ringlot- azul de larga esclavina.
Podía decirse que el cura acababa de ver por primera vez á Toneta. La
hermana ideal que en su imaginación casi se confundía con la figura azul
que pisaba la luna, habíase convertido de pronto en una mujer.
Él, que jamás había descendido con su vista más allá de la fresca boca
siempre sonriente, y que miraba á Toneta como esas imágenes de lindo
rostro que bajo las vestiduras de oro sólo guardan los tres puntales que
sostienen el busto, pensaba ahora, con misteriosos estremecimientos, que
había algo más, y veía con los ojos de la imaginación el terrible
enemigo con todas sus redondeces rosadas y sus graciosos hoyuelos: la
carne, arma poderosa del -Malo- con que abate las más fuertes virtudes.
Odiaba al -Moreno-, su compañero de la niñez. Era un buen muchacho, pero
no podía tolerarse que su rudeza brutal hubiera de ser la eterna
compañera de la florista. No debía consentirse, lo afirmaba él, que
estaba arrepentido de haber realizado la boda.
Pero inmediatamente sentíase avergonzado por tales pensamientos, se
ruborizaba al considerar que aquella protesta era envidia, impotencia
que se revolvía en forma de murmuración.
Hacíale daño el contemplar la felicidad ajena, aquella explosión de amor
que venía preparándose, amor legítimo, pero que no por esto molestaba
menos al cura.
Se iría á casa. No quería presenciar por más tiempo la alegría de la
boda; pero cuando salió de la sacristía, se encontró con la comitiva
nupcial que estaba esperándole, pues la -siñá- Tona se oponía á que se
hiciera nada sin la presencia de su Visantet.
Y por más que resistió, tuvo que seguir el camino de aquel huerto del
que tantos recuerdos guardaba; y entre las faldas rameadas y coloridas
como la primavera, los pañuelos de seda brillantes y los reflejos
tornasolados de la pana y el terciopelo, causaba un efecto lastimoso el
suelto manteo y aquel desmayado sombrero de teja que avanzaba con
lentitud, como si en vez de cubrir un cuerpo vigoroso y exuberante de
vida, fuesen los de un viejo achacoso.
Una vez en el huerto, ¡qué de tormentos! ¡qué cariñosas solicitudes, que
le parecían crueles burlas! La -siñá- Tona, en su alegría de madre,
enseñábale todas las reformas hechas en la alquería con motivo del
matrimonio. ¿Se enteraba Visantet? Aquel -estudi- era el dormitorio de
los novios y aquella cama sería la del matrimonio, con su colcha de
azulada blancura y complicados arabescos, que á Toneta le habían costado
todo un invierno de trabajo.
Bien estarían allí los novios. Qué blancura, ¿eh? Y la inocente vieja
creía hacer una gracia obligando al cura á que tocase los mullidos
colchones y apreciase en todos sus detalles la rústica comodidad de
aquella habitación, que á la noche había de convertirse en caliente
nido.
Y después seguían los tormentos, las intimidades fraternales, que
resultaban para él terribles latigazos: aquel bruto del -Moreno- que no
se recataba de hablar en su presencia, bromeando con sus amigotes sobre
lo que ocurriría por la noche, con comentarios tales, que las mujeres
chillaban como ratas y sofocadas de risa le llamaban -¡pòrc!- y
-¡animal!- y Toneta, que en traje de casa, al aire sus morenos y
redondos brazos, se aproximaba á él rozando su sotana con la epidermis
fina y caliente, preguntándole qué pensaba de su casamiento y
acompañando sus palabras con fijas miradas de aquellos ojos que parecían
registrarle hasta las entrañas.
¡Ira de Dios! La gente le hacía tanto caso como si fuese un muerto que
hablara; aquella mujer se atrevía á tratarle con un descuido que no
osaría con el gañán más bestia de los que allí estaban; no era un
hombre, era un cura, y al pensar en esto tan amargo, creía que todos le
miraban con respetuosa compasión, y una llamarada de rabia enturbiaba su
vista.
Bien pagaba los honores de su clase, la elevación sobre la miseria en
que nació. Él, el más respetado de la reunión, don Vicente, el gran
sacerdote, miraba con envidia á aquellos muchachotes cerriles con
alpargatas y en mangas de camisa.
Hubiera querido ser temido, como ellos, á los que no osaban aproximarse
mucho las mujeres por miedo á audaces pellizcos, y sobre todo no
inspirar lástima, no ser tenido como una momia santa, en cuyos oídos
resbalaban las palabras ardientes sin causar mella.
Cada vez se sentía más molesto. Durante la comida estuvo al lado de los
novios, sufriendo el ardoroso contacto de aquel cuerpo sano y fragante,
que parecía esparcir un perfume de flor carnosa, y que en la confianza
de la impunidad se revolvía libremente y sin cuidado á empujar, ó se
inclinaba sobre él y al decirle insignificantes palabras le envolvía en
su cálido aliento. Y después aquel Chimo con su salvaje ingenuidad,
creyendo que tras la misa de por la mañana todo era ya legítimo;
corroído por la impaciencia, tomando con sus dedos romos la redonda
barbilla de Toneta, entre la algazara de los convidados, y hundiendo las
manos bajo la mesa, mientras miraba á lo alto con la expresión inocente
del que no ha roto un plato en su vida.
Aquello no podía seguir. Don Vicente se sentía enfermo. Oleadas de
sangre caldeaban su rostro; parecíale que el viento seco y ardoroso que
inflamaba la piel se había introducido en sus venas, y su olfato
dilatábase con nervioso estremecimiento, como excitado por aquel
ambiente de pasión carnívora y brutal.
No quería ver; deseaba olvidar, aislarse, sumirse en dulce y apática
estupidez, y guiado por el instinto, vaciaba su vaso, que la cortesanía
labriega cuidaba de tener siempre lleno.
Bebió mucho, sin conseguir que aquel sentimiento de envidia y de
despecho se amortiguase; esperaba las nieblas rosadas de una embriaguez
ligera, algo semejante á la discreta alegría de sus meriendas de
seminarista, cuando á los postres él y sus compañeros, con la más
absoluta confianza en el porvenir, soñaban en ser papas ó en eclipsar á
Bossuet; pero lo que llegó para él fué una jaqueca insufrible, que
doblaba su cabeza como si sobre ella gravitase enorme mole y que le
perforaba la frente con un tornillo sin fin.
Don Vicente estaba enfermo.
La misma -siñá- Tona, reconociéndolo, le permitió, con harto dolor, que
se retirase de la fiesta, y el cura, con paso firme, pero con la vista
turbia y zumbándole los oídos, se encaminó á su casa, seguido de su
alarmada madre, que no quiso permanecer ni un instante más en la boda.
No era nada; podía tranquilizarse. El maldito poniente y la agitación
del día. No necesitaba más que dormir.
Y cuando penetró en su cuarto, en la casita nueva que habitaba en el
pueblo desde su primera misa, tiró el sombrero y el manteo, y sin
quitarse el alzacuello ni tocar su sotana, se arrojó de bruces con los
brazos extendidos en su blanca cama de célibe, extinguiéndose
inmediatamente los débiles destellos de su razón y sumiéndose en la
lobreguez más absoluta.
IV
Poblóse la negra inmensidad de puntos rojos, de infinitas y movibles
chispas, como si aventasen gigantesca hoguera; sintió que caía y caía,
como sí aquel desplome durase años y fuese en una sima sin fondo, hasta
que por fin experimentó en todo su ser un rudo choque, conmoviéndose de
pies á cabeza; y... despertó en su cama, tendido sobre el vientre, tal
como se había arrojado en ella.
Lo primero que el cura pensó fué que había pasado mucho tiempo.
Era de noche. Por la abierta ventana veíase el cielo azul y diáfano,
moteado por la inquieta luz de las estrellas.
Don Vicente experimentó la misma impresión de las damas de comedia que
al volver en sí lanzan la sacramental pregunta: «¿En dónde estoy?»
Su cerebro sentíase abrumado por la pesadez del sueño, discurría con
dificultad y tardó en reconocer su cuarto y en recordar cómo había
llegado hasta allí.
De pie en la ventana, vagando su turbia mirada por la obscura vega, fué
recobrando su memoria, agrupando los recuerdos que llegaban separados y
con paso tardo, hasta que tuvo conciencia de todos sus actos, antes de
que le rindiera el sueño.
¡Bien, don Vicente! ¡Magnífica conducta para un sacerdote joven que
debía ser ejemplo de templanza! Se había emborrachado; sí, esta era la
palabra, y había sido en presencia de los que casi eran sus feligreses.
Lo que más le molestaba era el recuerdo de los motivos que le impulsaron
á tal abuso.
Estaba perdido. Ahora que se aclaraba su inteligencia, aunque sus
sentidos parecían embotados, horrorizábase ante el peligro y protestaba
contra la pasión que pretendía hacer presa en su carne virgen. ¡Qué
vergüenza! Salido apenas del Seminario, sin contacto alguno con esa
atmósfera corruptora de las grandes ciudades, viviendo en el ambiente
tranquilo y virtuoso de los campos, y próximo, sin embargo, á caer en
los más repugnantes pecados. No; él resistiría á las seducciones del
-Malo-; acallaría el espíritu tentador que para mortificante prueba se
había rebelado dentro de él; afortunadamente, la torpe embriaguez con su
sueño le había devuelto la calma.
Oyéronse á lo lejos campanas que daban horas. Eran las tres... ¡Cuánto
había dormido! Por esto se sentía ya sin sueño, dispuesto á emprender la
tarea diaria.
Desde aquella ventana, abierta en las espaldas de la modesta casita,
veíase la inmensa vega, que á la difusa luz de las estrellas marcaba sus
masas de verdura y las moles de sus innumerables viviendas. La calma era
absoluta. No soplaba ya el poniente, pero la atmósfera estaba caldeada,
y los ruidos de la noche parecían la jadeante respiración de los
tostados campos.
Perfumes indefinibles había en aquel ambiente que aspiraba con delicia
el joven cura, como si quisiera saturar el interior de su organismo del
aire puro de los campos.
Su vista vagaba en aquella penumbra, intentando adivinar los objetos que
tantas veces había visto á la luz del sol. Esta distracción infantil
parecía volverle á los tranquilos goces de la niñez, pero sus ojos
tropezaron con una débil mancha blanca, en la que creía adivinar la
alquería de la -siñá- Tona y... ¡adiós tranquilidad, propósitos de
fortaleza y de lucha!
Fué un rudo choque, una conmoción rápida; huyeron arrolladas la calma y
la placidez; desapareció el dulce embotamiento, despertó la carne,
sacudiendo la torpeza de los sentidos, y otra vez subió hasta sus
mejillas aquella llamarada que le hacía pensar en el fuego del infierno.
Sintió en su imaginación que se desgarraba denso velo, como si aun
estuviera en la tarde anterior, aquellos brazos morenos de sedoso y
ardiente contacto, al par que percibía la fragancia de la carne, cuyo
misterio acababa de revelársele.
Y en aquel momento, ¡oh -Malo- tentador! el infeliz, mirando la obscura
vega, veía, no la blanca é indecisa alquería, sino el -estudi- envuelto
en voluptuosa sombra, aquella cama cuya blandura tanto había ensalzado
la -siñá- Tona, y sobre el mullido trono lo que para otros era felicidad
y para él horrendo pecado, lo que jamás había de conocer y le atraía con
la irresistible fuerza de lo prohibido.
La maldita imaginación ponía junto á sus ojos las tibias suavidades, los
dulces contornos, los finos colores de aquella carne desconocida; y la
agitación del infeliz iba en aumento, sentía crecer dentro de sí algo
animado por el espíritu de la rebelión, la virilidad, que se vengaba de
tantos años de olvido inflamando su organismo, haciendo que zumbasen sus
oídos, enturbiando su vista y dilatando todo su ser, como si fuese á
estallar á impulsos del deseo contenido y falto de escape.
Aquello era la tentación en toda regla; pensó en los santos eremitas, en
San Antonio tal como le había visto en los cuadros, cubriéndose los ojos
ante impúdicas beldades, tras cuyas seducciones se ocultaban los diablos
repugnantes; pero allí no habían espíritus malignos por parte alguna: lo
único real que acompañaba á las evocaciones de su imaginación, era la
cálida noche con aquel suave ambiente de alcoba cerrada y los ruidos
misteriosos del campo que sonaban como besos.
Ellos allá, en el tibio lecho, rodeados de la discreta obscuridad que
había de guardar en profundo secreto los delirios de la más grata de las
iniciaciones: él, solo, inaccesible á toda efusión, planta parásita en
un mundo que vive por el amor, sintiendo penetrar hasta su tuétano el
eterno frío de aquella cama de célibe.
De allá lejos, de la blanca casita, parecía salir un soplo de fuego que
le envolvía calcinando su carne hasta convertirla en cenizas. Creyó que
la vista de aquel nido de amores y la voluptuosa noche eran lo que le
excitaba, y huyó de la ventana, moviéndose á ciegas en su lóbrega
habitación.
No había calma para él. También en aquella lobreguez la veía, creyendo
sentir en su cuello el roce de los turgentes brazos y en sus labios
ardorosos aquel fresco beso que le había despertado de su
desvanecimiento el día de la primera misa. La combustión interna seguía,
y el sufrimiento ya no era moral, pues la tensión de todo su ser
producíale agudos dolores.
¡Aire! ¡frescura! Y en el silencio de la lóbrega habitación sonó un
chapoteo de agua removida, los suspiros de desahogo del pobre cura al
sentir la glacial caricia en su abrasada piel.
Lentamente volvió á la ventana, calmado por la fría inmersión. Un
sentimiento de profunda tristeza le dominaba. Se había salvado, pero era
momentáneamente: dentro de él llevaba el enemigo, el pecado que acechaba
pronto á dominarle y vencerle, y aquella tremenda lucha reaparecería al
día siguiente, al otro y al otro, amargando su existencia, mientras el
ardor de una robusta juventud animase su cuerpo. ¡Cuán sombrío veía el
porvenir! Luchar contra la Naturaleza, sentir en su cuerpo una glándula
que trabajaba incesantemente y que con sólo la voluntad había de anular,
vivir como un cadáver en un mundo que desde el insecto al hombre rige
todos sus actos por el amor, parecíale el mayor de los sacrificios.
La ambición, el deseo de emanciparse de la miseria, le había enterrado.
Cuando creía subir á envidiadas alturas, veíase cayendo en lobregueces
de fondo desconocido.
Sus compañeros de pobreza, los que sufrían hambre y doblaban la espalda
sobre el surco, eran más felices que él, conocían aquel atractivo
misterio que acababa de revelársele y que el deber le obligaba á ignorar
eternamente.
Bien pagaba su encumbramiento. ¡Maldita idea la de aquella buena señora
que quiso hacer un sacerdote del mocetón fornido, que antes que
continencias necesitaba esparcimiento y escapes para su plétora de vida!
Subía, sí, pero encadenado para siempre; se hallaba por encima de las
gentes entre las que nació, pero recordaba sus estudios clásicos, la
fábula del audaz Prometeo, y se veía amarrado para siempre á la roca
inconmovible de la fe jurada, indefenso á merced de la pasión carnal que
le devoraba las entrañas.
Su firme devoción de campesino aterrábase ante la idea de ser un mal
sacerdote; el sexo, que había despertado en él para siempre como
inacabable tormento, desvanecía toda esperanza de tranquilidad, y en
este conflicto, el cura, asustado ante el porvenir, se entregó al
desaliento, é inclinando su cabeza sobre el alféizar, cubriéndose los
ojos con las manos, lloró por los pecados que no había cometido y por
aquel error que había de acompañarle hasta la tumba.
Una húmeda sensación de frescura le hizo volver en sí.
Amanecía. Por la parte del mar rasgábase la noche marcando una faja de
luminoso azul: la verdura de la vega y la dentellada línea de montañas
iban fijando sus esfumados contornos; lanzaban sus últimos parpadeos las
estrellas, rodaba el fiero alerta de los gallos de alquería en alquería,
y las alondras, como alegres notas envueltas en volador plumaje, rozaban
las cerradas ventanas anunciando la llegada del día.
¡Magnífico despertar! Tal vez á aquella hora Toneta, recogiéndose el
cabello y cubriendo púdicamente con el blanco lienzo los encantos que
solo un hombre había de conocer, saltaba de la cama y abría el
ventanillo de su -estudi- para que la aurora purificase el ambiente de
pasión y voluptuosidad.
El cura salió de su cuarto con los ojos enrojecidos y la frente
contraída por penosa arruga, perenne recuerdo de aquella noche de bodas
en que la compañera de su infancia había visto de cerca el amor, y él se
había unido con la desesperación, la más fiel de las esposas.
Abajo, en la cocina, encontró á su madre que preparaba el desayuno, y la
pobre vieja no pudo comprender aquella amarga mirada de reproche que el
cura le lanzó al pasar.
Paseó maquinalmente por el corral hasta que sus pies tropezaron con una
espuerta de esparto, vieja, rota, cubierta por una costra de basura,
igual á la que él llevaba á la espalda cuando niño.
Era el pasado que reaparecía para echarle en cara su infidelidad.
¿No se había emancipado de la miseria de su clase? Pues ya lo tenía
todo; que comiera, que se regodeara con la satisfacción de ser
considerado como un ser superior.
Lo otro, lo desconocido, lo que le hacía temblar con intensa emoción,
era para los infelices, para los que luchaban por la vida.
El cura gimió con desesperación, sintiendo en torno de él el vacío y la
frialdad, pensando que si sus manos ahora consagradas hubiesen seguido
porteando el mísero capazo, estaría en tal instante arrebujado en
aquella blanda cama del -estudi- nupcial, viendo cómo Toneta, al aire
sus hermosos brazos y marcada bajo el fino lienzo su robustez armoniosa,
se contemplaba en el espejo sonriendo ruborizada con los recuerdos de la
noche de bodas.
Y el pobre cura lloró como un niño; lloró hasta que el esquilón de la
iglesia con su gangueo de vieja comenzó á llamarle á la misa primera.
Guapeza valenciana
I
Buenos parroquianos tuvo aquella mañana el cafetín del -Cubano-. La flor
de la guapeza, los valientes más valientes que campaban en Valencia por
sus propios méritos; todos cuantos vivían á estilo de caballero andante
por la fuerza de su brazo; los que formaban la guardia de puertas en las
timbas, los que llevaban la parte de terror en la banca, los que iban á
tiros ó cuchilladas en las calles, sin tropezar nunca, en virtud de
secretas inmunidades, con la puerta del presidio, estaban allí, bebiendo
á sorbos la copita matinal de aguardiente, con la gravedad de buenos
burgueses que van á sus negocios.
El dueño del cafetín les servía con solicitud de admirador entusiasta,
mirando de reojo todas aquellas caras famosas, y no faltaban chicuelos
de la vecindad que asomaban curiosos á la puerta, señalando con el dedo
á los más conocidos.
La baraja estaba completa. ¡Vive Dios!, que era un verdadero
acontecimiento ver reunidos en una sola familia, bebiendo amigablemente,
á todos los guapos que días antes tenían alarmada la ciudad y cada dos
noches andaban á tiros por Pescadores ó la calle de las Barcas, para
provecho de los periódicos noticieros, mayor trabajo de las casas de
Socorro y no menos fatiga de los policías, que echaban á correr á los
primeros rugidos de aquellos leones que se disputaban el privilegio de
vivir á costa de un valor más ó menos reconocido.
Allí estaban todos. Los cinco hermanos -Bandullos-, una dinastía que al
mamar llevaba ya cuchillo, que se educó degollando reses en el Matadero
y con una estrecha solidaridad lograba que cada uno valiera por cinco y
el prestigio de la familia fuese indiscutible. Allí -Pepet-, un valentón
rústico que usaba zapatos por la primera vez en su vida y había sido
extraído de la Ribera por un dueño de timba, para colocarlo frente á los
terribles -Bandullos-, que le molestaban con sus exigencias y continuos
tributos; y en torno de estas eminencias de la profesión, hasta una
docena de valientes de segunda magnitud, gente que pasaba la vida
penando por no trabajar: guardianes de casas de juego que estaban de
vigilancia en la puerta desde el mediodía hasta el amanecer, por ganarse
tres pesetas, lobos que no habían hecho aun más que morder á algún
señorito enclenque ó asustar á los municipales, maestros de cuchillo que
poseían golpes secretos é irresistibles, á pesar de lo cual habían
perdido la cuenta de las bofetadas y palos recibidos en esta vida.
Aquello era una fiesta importantísima, digna de que la voceasen por la
noche los vendedores de -La Correspondencia- á falta de -¡el crimen de
hoy!-
Iban todos á comerse una -paella- en el camino de Burjasot, para
solemnizar dignamente las paces entre los -Bandullos- y Pepet.
Los hombres, cuanto más hombres, más serios para ganarse la vida.
¿Qué se iba adelantando con hacerse la guerra sin cuartel y reñir
batalla todas las noches? Nada; que se asustaran los tontos y rieran los
listos; pero en resumen, ni una peseta y los padres de familia expuestos
á ir á presidio.
Valencia era grande y había pan para todos. Pepet no se metería para
nada con la timba que tenían los -Bandullos- y éstos le dejarían con
mucha complacencia que gozase en paz lo que sacara de las otras. Y en
cuanto á quiénes eran los valientes, si los unos ó el otro, eso quedaba
en alto y no había por qué mentarlo: todos eran valientes y se iban
rectos al bulto; la prueba estaba en que después de un mes de buscarse,
de emprenderse á tiros ó cuchillo en mano, entre sustos de los
transeuntes, corridas y cierres de puertas, no se habían hecho el más
ligero rasguño.
Había que respetarse, caballeros, y campar cada uno como pudiera.
Y mediando por ambas partes excelentes amigos, se llegó al arreglo.
Aquella buena armonía alegraba el alma, y los satélites de ambos bandos
conmovíanse en el cafetín del -Cubano- al ver cómo los -Bandullos-
mayores, hombres sesudos, carianchos y cuidadosamente afeitados con
cierto aire monacal, distinguían á Pepet y le ofrecían copas y cigarros;
finezas á las que respondía con gruñidos de satisfacción aquel gañán
ribereño, negro, apretado de cejas, enjuto y como cohibido al no verse
con alpargatas, manta y retaco al brazo, tal como iba en su pueblo á
ejecutar las órdenes del cacique. De su nuevo aspecto sólo le causaba
satisfacción la gruesa cadena de reloj y un par de sortijas con enormes
culos de vaso, distintivos de su fortuna que le producían infantil
alegría.
El único que en la respetable reunión podía meter la pata era el menor
de los -Bandullos:- un chiquillo fisgón é insultadorcillo que abusaba
del prestigio de la familia, sin más historia ni méritos que romper el
capote á los municipales ó patear el farolillo de algún sereno siempre
que se emborrachaba, hazañas que obligaban á sus poderosos hermanos á
echar mano de las influencias, pidiendo á este y al otro que tapasen
tales tonterías á cambio de sus buenos servicios en las elecciones.
Él era el único que se había opuesto á las paces con Pepet, y no
mostraba ahora, en un día de concordia y olvido, la buena crianza de sus
hermanos. Pero ya se encargarían éstos de meter en cintura aquel bicho
ruin, que no valía una bofetada y quería perder á los hombres de mérito.
Salieron todos del cafetín formando grupo, por el centro del arroyo, con
aire de superioridad, como si la ciudad entera fuese suya, saludados con
sonriente respeto por las parejas de agentes que estaban en las
esquinas.
¡Vaya una partida! Marchaban graves, como si la costumbre de hacer miedo
les impidiese sonreir; hablaban lentamente, escupiendo á cada instante,
con voz fosca y forzada, cual si la sacaran de los talones, y se
llevaban las manos á las sienes, atusándose los bucles y torciendo el
morro con compasivo desprecio á todo cuanto les rodeaba.
Por un contraste caprichoso, aquellos buenos mozos malcarados exhibían
como gala el pie pequeño, usaban botas de tacón alto adornadas con
pespuntes, lo que les daba cierto aire de afeminamiento, así como los
pantalones estrechos y las chaquetas ajustadas, marcando protuberancias
musculosas ó míseros armazones de piel y huesos en que los nervios
suplían á la robustez.
Los había que empuñaban escandalosos garrotes ó barras de hierro
forradas de piel, golpeando con estrépito los adoquines, como si
quisieran anunciar el paso de la fiera; pero otros usaban bastoncillos
endebles ó no se apoyaban en nada, pues bastante compañía llevaban
sobre las caderas, con el cuchillo como un machete y la pistola del
quince, más segura que el revólver.
Aquel desfile de guapos detúvose en todos los cafetines del tránsito,
para refrescar con medias libras de aguardiente, convidando á los
policías conocidos que encontraban al paso, y cerca de las doce llegaron
á la alquería del camino de Burjasot, donde la -paella- burbujeaba ya
sobre los sarmientos, faltando sólo que la echasen el arroz.
Cuando se sentaron á comer estaban medio borrachos, mas no por esto
perdieron su fúnebre y despreciativa gravedad.
II
Eran gente de buenas tragaderas, y pronto salió á luz el fondo de la
sartén, viéndose, por los profundos agujeros que las cucharas de palo
abrían en la masa de arroz, el meloso -socarraet-, el bocado más
exquisito de la -paella-.
De vino, no digamos. Á un lado estaba el pellejo, vacío, exangüe,
estremeciéndose con las convulsiones de la agonía, y las rondas eran
interminables, pasando de mano en mano los enormes vasos, en cuyo negro
contenido nadaban los trozos de limón, para hacer más aromático el
líquido.
Á los postres, aquellas caras perdieron algo de su máscara feroz; se
reía y bromeaba, con la pretina suelta para favorecer la digestión y
lanzando poderosos regüeldos.
Salían á conversación todos los amigos que se hallaban ausentes por
voluntad ó por fuerza; el tío -Tripa-, que había muerto hecho un santo
después de una vida de trueno; los -Donsainers-, huídos á Buenos Aires
por unos golpes tan mal dados, que el asunto no se pudo arreglar aun
mediando el mismo gobernador de la provincia; y la gente de menor
cuantía que estaba en San Agustín ó San Miguel de los Reyes, inocentones
que se echaron á valientes sin contar antes con buenos protectores.
¡Cristo! Que era una lástima que hombres de tanto mérito hubieran muerto
ó se hallaran pudriendo en la cárcel ó en el extranjero. Aquéllos eran
valientes de verdad, no los de ahora, que son en su mayoría unos muertos
de hambre, á quienes la miseria obliga á echárselas de guapos á falta de
valor para pegarse un tiro.
Esto lo decía el -Bandullo- pequeño, aquel trastuelo, que se había
propuesto alterar la reunión pinchando á Pepet, y á quien sus hermanos
lanzaban severas miradas por su imprudencia. ¡Criatura más
comprometedora! Con chicos no puede irse á ninguna parte.
Pero el escuerzo ruin no se daba por entendido. Tenía mal vino y
parecía haber ido á la -paella- por el sólo gusto de insultar á Pepet.
Había que ver su cara enjuta, de una palidez lívida, con aquel lunar
largo y retorcido, para convencerse de que le dominaba el afán de
acometividad, el odio irreconciliable que lucía en sus ojos y hacía
latir las venas de su frente.
Sí señor; él no podía transigir con ciertos valientes que no tienen
corazón, sino estómago hambriento; -ruqueròls- que olían todavía al
estiércol de la cuadra en que habían nacido y venían á estorbar á las
personas decentes. Si otros querían callar, que callasen. Él no; y no
pensaba parar hasta que se viera que toda la guapeza de esos tales era
mentira, cortándoles la cara y lo de más allá.
Por fortuna, estaban presentes los -Bandullos- mayores, gente sesuda que
no gustaba de compromisos más que cuando eran irremediables. Miraban á
Pepet, que estaba pálido, mascando furiosamente su cigarro, y le decían
al oído, excusando la embriaguez del pequeño:
---No fases cas: está bufat.-
¡Pero buena excusa era aquella con un bicho tan rabioso! Se crecía ante
el silencio é insultaba sin miedo alguno.
Lo que él decía allí lo repetía en todas partes. Había muchos
embusteros. Valientes de -mata mòrta- como los melones malos. Él conocía
un guapo que se creía una fiera porque le habían vestido de señor:
mentira, todo mentira. El muy fachenda, hasta intentaba presumir y le
hacía corrococos á María la -Borriquera-, la cordobesa que cantaba
flamenco en el café de la Peña... ¡Ya voy!... Ella se burlaba del muy
bruto: tenía poco mérito para engañarla; la chica se reservaba para
hombres de valía, para valientes de verdad; él, por ejemplo, que estaba
cansado de acompañarla por las madrugadas cuando salía del café.
Ahora sí que no valieron las benévolas insinuaciones de los hermanos
mayores. Pepet estaba magnífico, puesto de pie, irguiendo su poderoso
corpachón, con los ojos centelleantes bajo las espesas cejas y
extendiendo aquel brazo musculoso y potente que era un verdadero ariete.
Respondía con palabras que la ira cortaba y hacía temblar:
---Aixó es mentira... ¡Mocós!-
Pero apenas había terminado, un vaso de vino le fué recto á los ojos,
separándolo Pepet de una zarpada é hiriéndose el dorso de la mano con
los vidrios rotos.
Buena se armó entonces... Las mujeres de la alquería huyeron adentro
lanzando agudos chillidos; todo el honorable concurso saltó de sus
silletas de cuerda, rascándose el cinto, y allí salió á relucir un
verdadero arsenal: navajas de lengua de toro, cuchillos pesados y anchos
como de carnicería, pistolas que se montaban con espeluznante ruido
metálico.
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