lengua, como si estuviera tragando agua del mar.
Iba á saberlo todo, todo. ¡Qué amargo placer! -¡Recristo!- Jamás hubiera
sospechado que una noche tenía que correr casi como un loco hacia la
barraca de su hermano, marchando por la playa y evitando las calles,
como si le avergonzara la presencia de gentes.
¡Ay! ¡Qué bien le había sabido clavar el puñal aquella Rosario; qué
misterioso poder tenían sus palabras y qué demonio insaciable y furioso
habían despertado dentro de él!...
Entró casi corriendo en una calle de míseros pescadores que desembocaba
en la playa, con sus olivos enanos, orlando las aceras ribazos de tierra
apisonada, y sus dos filas rectas de mezquinas barracas con cercas de
tablas viejas.
Empujó con tanta rudeza la puerta de la vivienda de su hermano, que la
madera fué á gemir, chocando contra la pared interior. Á la luz rojiza
de un candil vió á Rosario sentada en una silla baja, con la cabeza
entre las manos. Su aire de desolación ajustábase bien con el interior
mísero, escaso en sillas, y las paredes sin otro adorno que dos
estampas, una guitarra vieja y algunas redes antiguas.
La barraca, como decían las vecinas, olía á hambre y á palizas.
Rosario, al oir el estrépito, levantó la cabeza, y viendo al -Retor- que
obstruía con su figura cuadrada el hueco de la puerta, sonrió con
expresión amarga:
---¡Ah! ¡Eres tú!-...
Le esperaba. Estaba segura de que vendría. Podía pasar: no le guardaba
rencor por lo de momentos antes en la playa. ¡Ay! á todos les ocurría lo
mismo. La primera vez que á ella le hablaron mal de su marido no lo
quiso creer, no quiso oir á la mujer que la revelaba sus infidelidades,
riñó con ella, y después... después fué en busca de la vecina á pedirle
por Dios que hablase, como venía él ahora después que en la playa casi
la había pegado.
Así son todas las personas que quieren bien; primero el furor, la rabia
ante lo que creen mentira; después el maldito deseo de saber, aunque las
noticias desgarren las entrañas.
¡Ay, Pascualo!... ¡Cuán desgraciados eran los dos!
Y Pascual, que había entrado en la barraca cerrando la puerta, estaba de
pie ante su cuñada con los brazos cruzados, mirándola con expresión
hostil. Al verla, despertábase en él el odio instintivo contra el que
mata las propias ilusiones.
---¡Parla-... -parla!---decía el Retor con voz fosca, como si le
molestaran las palabras inútiles de su cuñada--. -¡Digues la veritat!-
El infeliz quería saber la verdad, toda la verdad; mostrábase amenazante
por la impaciencia, pero en su interior temblaba y hubiera deseado que
los segundos fuesen siglos para no llegar nunca á oir las revelaciones
de Rosario.
Pero ésta hablaba ya... ¿Tenía fuerzas para oirlo y resistirlo todo? Iba
á hacerle mucho daño, pero sólo le pedía que no la odiase. Ella también
sufría, y si hablaba era porque no podía resistir más; porque odiaba á
Tonet y á su infame cuñada; porque Pascualo la inspiraba la tierna
conmiseración de los compañeros de infortunio.
Dolores le engañaba. Y no era asunto de ayer; las criminales relaciones
databan de antiguo; comenzaron á los pocos meses de haberse casado ella
con Tonet. Aquella perra, al ver que Tonet era de otra mujer, lo había
apetecido, y por Dolores cometió él la primera infidelidad después de su
boda.
---¡Pròbes-... -vinguen pròbes!---rugía el patrón con los ojos
amarillentos que parecían herir á su cuñada.
Ésta sonreía con expresión de lástima. ¿Pruebas? que fuera á pedirlas á
todo el pueblo, que hacía más de un año comentaba alegremente las
relaciones. ¿No se enfadaría? ¿quería oir toda la verdad? Pues bien;
hasta los -gatos- y los marineros jóvenes cuando hablaban en la playa de
algún marido engañado, decían como exageración que era más lanudo que
el Retor.
---¡Recordons!---rugía Pascual cerrando los puños y pateando el suelo--.
-Rosario-... -mira lo que parles. Si no es veritat, te mate-.
¡Matarla!... ¡Valiente caso hacía ella de la vida! Era hacerla un favor
quitarla de en medio. Sin hijos, sola, teniendo que hacer una vida de
bestia, muerta de hambre para dar alguna peseta al señor y que no la
zurrase, ¿para qué quería estar en el mundo?
---Mira, Pascualo, mira-.
Y remangándose un brazo, mostraba sobre la blancuzca y pobre piel que
envolvía el hueso y los nervios, algunas huellas amoratadas que
delataban la presión dolorosa de una mano como una tenaza. ¡Y si fuese
aquello solo!... En todo el cuerpo podía enseñar marcas iguales. Eran
caricias del marido cuando ella le echaba en cara sus relaciones con
Dolores. Aquella misma tarde le había hecho lo del brazo, antes de ir á
la playa á reunirse con su cuñada, ayudándola á la venta del pescado
como si fuese su marido... ¡Cuánto se habría burlado la gente del pobre
-Retor!-
¿Quería pruebas? Pruebas tenía. ¿Por qué no se había embarcado Tonet en
la primera salida? ¿Qué herida era la de la mano que sólo duró hasta que
la -Flor de Mayo- hubo salido del puerto? Al día siguiente le vieron
todos sin los engañosos trapos.
¡Pobre Pascual! Mientras él iba al mar, á dormir poco, sufriendo el
agua y el viento, todo por ganarse el pan, su mujer, su Dolores, se
burlaba de él. Tonet se acostaba en su cama como un señor, caliente y
regalado, burlándose del hermano tonto. Sí; era verdad: podía
asegurarlo; mientras él había estado en el mar, Tonet no había dormido
en su barraca, y aquella misma noche estaba ausente. Se había llevado
poco antes su hatillo de marinero, despidiéndose hasta la vuelta.
¡Llora, Pascualo! Su mujer y su hermano le creían pasando la noche en la
playa, y tal vez en aquel momento se preparaban á acostarse en la cómoda
cama del patrón.
---¡Recristo!---murmuraba -el Retor- con acento doloroso, levantando la
cabeza como si protestase contra los de arriba, que permitían que á un
hombre honrado le ocurrieran tales cosas.
Pero él no se entregaba fácilmente. Su carácter honrado y bondadoso
rebelábase ante tanta monstruosidad. Aunque aceptaba en su interior la
revelación dolorosa, gritaba con expresión amenazante:
---¡Mentira-... -mentira!-
Rosario enardecíase. ¿Mentira? Con hombres tan ciegos como él no valían
pruebas. ¿Á qué tanto gritar? ¿Iba acaso á comérsela? Era un topo, sí
señor; un topo digno de lástima que no veía más allá de sus narices.
Otro en su situación ya habría adivinado desde mucho tiempo antes lo que
ocurría. Pero él... ¡vaya una ceguera! Ni siquiera se había fijado en su
hijo para reconocer su semejanza.
¡Esta sí que fué puñalada! -El Retor-, á pesar de la pátina bronceada
que había dado á su tez el ambiente del mar, púsose pálido, con una
blancura lívida; vaciló sobre sus robustas piernas como si la verdad le
zarandease rudamente, y la sorpresa le hizo tartamudear con angustia.
¡Su hijo!... ¡su Pascualet! ¿Y á quién se parecía? Á ver: que hablase
pronto la mala pécora. Su hijo era suyo, muy suyo. Á él únicamente había
de parecerse.
¡Pero de qué modo reía la maldita! Parecía un sarcástico demonio. ¡Qué
terrible gracia le hacía su paternal afirmación!... Y oyó aterrado las
explicaciones de Rosario. Para ser hijo suyo debía parecérsele como él
se semejaba á su padre, el difunto tío Pascual. Y no era así, no.
Pascualet era igual á su tío: los mismos ojos, la misma esbeltez,
idéntico aire de -pinturero-. ¡Ah, pobre -Retor!- ¡Ciego -lanudo!- Que
se fijase bien y vería como su hijo era igual á Tonet en la época que
vivía en la barca de la madre y correteaba por la playa hecho un
pillete.
Ahora -el Retor- ya no dudó. Aquello lo creía á ojos cerrados. Parecía
que acababan de batirle una catarata y todo lo contemplaba con mayor
claridad, con nuevas formas y desconocidos relieves, como un ciego que
veía al mundo por primera vez. Era verdad. Lo mismo era su hijo que el
otro: varias veces, contemplándolo, había adivinado su instinto una vaga
semejanza con alguien que no podía definir.
Se llevó las crispadas manos al pecho, como si fuese á desgarrarlo, á
sacar de él algo que quemaba, y después se echó un fiero zarpazo á la
cabeza.
---¡Recontracordons!---gimoteó con una voz ronca que alarmó á Rosario--.
-¡Santo Cristo del Grau!-...
Anduvo algunos pasos como si estuviera borracho y desplomóse con tanto
ímpetu, que el suelo tembló con el choque de su pecho poderoso, y las
piernas se levantaron á impulsos de la caída.
Cuando -el Retor- despertó estaba tendido de espaldas y sentía en las
mejillas un cosquilleo caliente, como si algún bichillo se escurriera
escarabajeando sobre su piel con tibio contacto.
Llevóse una mano penosamente á la dolorida cara, y á la luz del candil
la vió manchada de sangre. Las narices le dolían; comprendió que al
caer, su rostro había chocado con el suelo, produciéndose una fuerte
hemorragia.
Rosario estaba arrodillada junto á él é intentaba limpiarle la cara con
un trapo húmedo.
-El Retor-, al ver el rostro despavorido de su cuñada, recordó sus
revelaciones y lanzó á Rosario una mirada de odio.
¡Que no le ayudase! Podía levantarse solo. La agradecía todo el mal que
le había hecho. No; no eran necesarias excusas. ¡Si él estaba muy
satisfecho!... Noticias como aquellas no se olvidan nunca. Y gracias que
había tenido la pérdida de sangre, pues de lo contrario era posible que
se hubiera quedado muerto en el sitio, víctima de una congestión...
¡Ay, cómo sufría!... Pero también ¡cómo se iba á divertir! Ya se cansaba
de ser bueno. ¿De qué servía que un hombre fuese honrado y se quitara la
piel para bien de la familia? Ya se encargaban de martirizarle los vagos
y las malas pécoras que estaban en el mundo para la perdición de los
hombres de bien. ¡Pero cómo iba á divertirse! ¡Cómo se acordaría el
Cabañal del -Retor-, del famoso -lanudo!-
Y barboteando quejas y amenazas entre suspiros y rugidos, el patrón
restregábase con el trapo el dolorido rostro, como sí aquella frescura
le aliviase.
Avanzaba hacia la puerta con ademán resuelto y hundiendo sus manazas en
la faja. Rosario intentaba cerrarle el paso con expresión de terror,
como si acabara de despertarse en ella la loca pasión por Tonet y
temiese por su vida.
Debía detenerse; esperar. ¿Quién sabe si todo eran mentiras, visiones de
ella, murmuraciones de la gente? Tonet era su hermano.
Pero -el Retor- sonreía de un modo lúgubre. Que no hablase más; estaba
convencido; se lo decía el corazón, y era bastante... El mismo temor de
Rosario le confirmaba en su creencia. ¿Tenía miedo por Tonet? ¿Le
quería? También él quería á su Dolores á pesar de todo. La llevaba en el
pecho; por más que hiciera, no podría sacar de allí dentro á la gran...
-punta-, y sin embargo, ya vería Rosario, ya vería todo el pueblo cómo
procedía Pascualo el -llanut-.
--No, -Pascualo---suplicaba Rosario, intentando agarrar sus poderosas
manazas--. -Espera-.. -esta nit no-...-atre día-.
¡Oh! Él lo adivinaba. Rosario sabía que aquella noche estaba su marido
en su casa junto con Dolores. Pero podía tranquilizarse. Decía bien;
-aquella nit no-. Además, había olvidado la faca y no era cosa de matar
á bocados á la infame pareja... ¡Paso libre! ¡Allí se ahogaba!
Y apartando á Rosario de un vigoroso empellón, se echó á la calle.
Su primera sensación al verse en la obscuridad fué de placer. Parecíale
que acababa de salir de un horno y aspiraba con deleite la brisa cada
vez más fresca.
No lucía estrella alguna; el cielo estaba encapotado, y á pesar de su
situación, Pascual, con el instinto de marinero, examinó el espacio y se
dijo que al día siguiente sería malo el tiempo.
Después se olvidó del mar y del próximo temporal y anduvo tiempo y más
tiempo sin pensar en nada, moviendo las piernas instintivamente, sin
voluntad ni rumbo determinado, repercutiéndole los pasos dentro del
cráneo, como si estuviera hueco.
Sentíase tan insensible como poco antes, cuando yacía tendido sin
conocimiento en la barraca de Tonet. Dormía de pie, abrumado por el
dolor, pero su sueño era ambulante; y á pesar de la parálisis de sus
sentidos, las piernas movíanse aceleradamente, sin que Pascual notase
que pasaba siempre por el mismo sitio.
Su única sensación era de amargo placer. ¡Qué alegría poder caminar
amparado por las sombras, pasearse por unas calles que á la luz del sol
no tendría el valor de atravesar!
El silencio causábale la dulce sensación que siente el fugitivo al verse
en el desierto, lejos de los hombres y al abrigo de la soledad.
Vió á lo lejos, marcada en el suelo la faja de luz de una puerta
abierta; alguna taberna tal vez, y huyó tembloroso, agitado, como si
acabase de encontrar un peligro.
¡Ay! ¡Si le viese alguien! Tal vez muriera de vergüenza. El más
insignificante grumetillo le haría huir.
Obscuridad y silencio era lo que buscaba. Y caminaba sin cansarse, tan
pronto por las muertas calles de la población como por la playa, que
también parecía intimidarle. -¡Recristo!- ¡Cómo se habrían burlado de él
en los corrillos! Todas las barcas viejas debían estar en el secreto, y
cuando crujían era que celebraban á su modo la ceguera del patrón de la
-Flor de Mayo-.
Varias veces despertó del sopor que inconscientemente le hacía errar sin
descanso.
Una vez se encontró cerca de su barca y otra parado ante su casa y con
la mano tendida hacia el aldabón... Había que huir de allí; quería
sosiego y calma; tiempo le quedaba. Y este raciocinio fué poco á poco
sacando el pensamiento de su catalepsia dolorosa.
No se entregaba; ¡nunca! Sabrían todos quién era él, pero esto no
impedía que encontrase ciertos motivos para disculpar á Dolores. Al fin
no desmentía su casta. Era legítima hija del -tío Paella-, aquel
borrachón que tenía por abonadas á las chicas del barrio de Pescadores,
y en su casa hablaba lo mismo que si Dolores fuese otra de la parroquia.
¿Qué había aprendido de su padre? Cochinadas, nada más que cochinadas, y
así había salido ella. La culpa era de él, ¡grandísimo bruto! casándose
con una mujer que forzosamente había de resultar tal como era.
Ya lo decía su madre... La que mejor conocía á Dolores era la -siñá-
Tona, cuando se oponía á que la hija de -Paella- fuese su nuera. Dolores
era una mala mujer, pero él no podía chillar muy alto, pues resultaba
culpable por haberse casado con ella.
Á quien odiaba era á Tonet... ¡Deshonrar á un hermano! ¿Cuándo se había
visto tal monstruosidad? Tenía que arrancarle el alma.
Pero apenas formulaba en su interior los horribles deseos de venganza,
surgía la protesta de la sangre. Oía la voz de Rosario diciéndole como
amarga advertencia que Tonet era su hermano. ¿Cuándo se había visto que
un hermano matase á otro? Caín únicamente, aquel hombre perverso, del
que había oído hablar con tanta indignación al cura del Cabañal. Además,
¿Tonet era culpable?... No; el culpable era él, nadie más que él. Ahora
lo veía con claridad. Le había quitado la novia al pobre Tonet; Dolores
y él se amaban antes de que -el Retor- pensase en decir una palabra á la
hija de -Paella-; y había sido una barbaridad, como todo lo suyo,
casarse con una mujer que era de su hermano.
Lo que ahora le afligía era forzoso que ocurriese. ¿Qué culpa tenían los
dos si al verse juntos, en continuo trato por el parentesco, había
resucitado la antigua pasión?
Se detuvo unos instantes, como abrumado por la culpabilidad que le
parecía evidente, y al darse cuenta del lugar donde se hallaba, vióse en
la playa, á pocos pasos de la taberna de su madre.
La barcaza vieja y sombría, asomando entre las cercas de cañas, evocó el
recuerdo del pasado. Vióse pequeño, correteando por la playa, llevando
en brazos á su hermano, al diablejo exigente que le martirizaba con sus
caprichos de arrapiezo rabioso. Su vista parecía traspasar las viejas
tablas de la barcaza y veía el angosto camarote, sentía la tibia caricia
de la colcha que cubría amorosamente á los dos; á él cuidadoso y
solícito como una madre, y al otro, á su compañero de miseria, que
apoyaba sobre sus mejillas la morena cabecita.
Sí; tenía razón Rosario. Era su hermano; mejor aún: era su hijo, pues
él, más que la -siñá- Tona, había cuidado del encantador pillete,
plegándose á todas sus exigencias como esclavo cariñoso.
¿Y le había de matar?... ¡Dios mío!... ¿Quién había imaginado tal
monstruosidad? No; perdonaría; por algo era cristiano y creía á ojos
cerrados en todas las palabras de su amigo don Santiago.
La calma absoluta de la playa, su obscuridad de caos, la ausencia
completa de todo ser humano, infiltraban la dulzura en su indignada
rudeza, inclinándole al perdón.
Pascual sentíase nacer á una vida nueva; hasta le parecía que era otro
quien pensaba por él. La desgracia aguzaba su inteligencia.
Dios era el único que le veía en aquel momento: á Él solo tenía que dar
cuentas. ¿Y qué le importa á Dios que una mujer engañe á su marido?
Pequeñeces, miserias de los gusanillos que pueblan este mundo; lo
importante era ser bueno y no contestar á la infidelidad con un nuevo
crimen.
-El Retor- regresó lentamente hacia el Cabañal. Experimentaba gran
alivio; la frescura del ambiente parecía haber penetrado en su ardoroso
interior. Sentíase débil. Desde por la mañana no había comido, y el
golpe en la cara le causaba una picazón molesta.
Sonaban á lo lejos relojes dando la hora... ¡Las dos! Parecía imposible
la rapidez con que había transcurrido el tiempo. Más pesadas le
resultarían las pocas horas que quedaban hasta el amanecer.
Al entrar en la calle oyó una voz de niño que cantaba. Algún grumetillo
que iba hacia su barca. -El Retor- le distinguió en la obscuridad
pasando por la acera de enfrente, cargado con dos remos y un lío de
redes. Aquel encuentro le trastornó rápidamente.
Dentro de él existían dos seres; ahora lo comprendía. El uno era el de
siempre, el bondadoso y cachazudo, penetrado de afecto á todos los
suyos; el otro la bestia que él presentía cuando pensaba en la
posibilidad de ser engañado, y que ante la traición estremecíase con el
delirio de la sangre.
En la obscuridad sonó una risotada fosca y estridente del -Retor-.
¿Quién hablaba de perdonar? ¡Valiente paparrucha! Reíase él del imbécil
que momentos antes se enternecía como un niño ante la barcaza de la
-siñá- Tona. -¡Lanudo!-... ¡Cobarde! Todos sus lloriqueos eran excusas
de poltrón, pretextos de un hombre sin agallas para vengarse. Que
perdonase don Santiago y todos los que sabían decir cosas tan bonitas...
Él era un marinero, un hombre con más colgantes que un toro pardo, y el
que se la hacía, -¡redeu!-, se la pagaba, así se metiera en el vientre
de un tiburón. -¡Lanudo!-... ¡Cobarde!
Y el patrón, ofendido por el recuerdo de la pasada debilidad, se
insultaba, dábase furiosos puñetazos en el pecho, como si quisiera
castigar la bondad de su carácter.
¡Perdonar!... Aun podría hacerlo viviendo en un desierto; pero él vivía
en un pueblo donde todos se conocían; dentro de pocas horas, así como
pasaba aquel chicuelo, irían por las calles centenares de personas que
al verle se tocarían con el codo, diciendo entre risas: -Ahí va
Pascualo el llanut-; y eso no, ¡Cristo! antes la muerte. No le había
echado su madre al mundo para hacer reír á todo el Cabañal como si fuese
un mico. Mataría á Tonet, á Dolores, á medio pueblo si se le ponía
delante, y después, ¡venga lo que Dios quiera! El presidio se ha hecho
para los hombres que tienen agallas; y si le tocaba lo otro, lo peor,
también lo aceptaba. Si había de morir sobre la cubierta de su barca, lo
mismo le daba que le apretasen el cuello en alto: todo era caer sobre
tablas... -¡Recristo!- Ahora verían quién era él.
Y echó á correr con los brazos encogidos, la cabeza baja, rugiendo como
si fuese á acometer, dando furiosos encontronazos en las esquinas,
guiado por el instinto, por el ansia de destrucción que le llevaba
rectamente hacia su casa.
Agarró la aldaba, y aquello fué un repiqueteo feroz é incesante que
conmovió la puerta, haciendo crujir las grietas de la madera. Quiso
gritar, insultar á los infames para que saliesen; escupirles las
tremendas amenazas que le bullían dentro del cráneo, pero no pudo;
sentía una parálisis en la cabeza, como si toda la vida se hubiese
concentrado en sus manazas, que casi arrancaban el aldabón, y en los
pies, que golpeaban la puerta, incrustando en las maderas los clavos de
sus zapatos.
Aquello era poco: más aun; para que rabiase el par de canallas. Y
agachándose, agarró de en medio de la calle un enorme pedrusco y lo
arrojó como una catapulta contra la puerta, que crujió dolorosamente,
conmoviendo toda la casa.
En el silencio que se hizo después de este estrépito, -el Retor- oyó el
ruido de algunas ventanas que se abrían cautelosamente. Quería venganza,
pero no que se rieran los vecinos.
Adivinó lo ridículo de la situación si le sorprendían golpeando la
puerta de su casa, mientras los otros estaban dentro, y aterrado por las
nuevas burlas que caerían sobre él, huyó y fué á refugiarse en la
esquina inmediata, donde quedó agazapado.
Oyéronse cuchicheos y risas por un rato, pero después se cerraron las
ventanas y la calle quedó otra vez en silencio.
-El Retor-, con sus ojos de buen marinero, acostumbrado á las noches
lóbregas, veía desde la esquina la puerta de su casa. Allí permanecería
si era preciso hasta que saliera el sol.
Esperaba á su hermano... ¡Á su hermano, no! Al canalla de Tonet; y
cuando saliera... Era lástima no tener la faca á mano, pero le mataría
de cualquier modo; le apretaría el gaznate ó le machacaría el cráneo con
cualquier pedrusco de la calle. En cuanto á ella, entraría después en su
casa y la abriría el vientre con el cuchillo de la cocina ó haría otra
cosa semejante. ¡Ya veríamos! Puede que al pasar el tiempo se le
ocurriera otra barbaridad más chistosa.
Y -el Retor-, agazapado en la esquina, entreteníase en discurrir
tormentos, gozaba recordando cuantas clases de muerte había oído
relatar; las aplicaba todas á la infame pareja y hasta regodeábase
mentalmente con la esperanza de encender en la playa una pira de barcos
viejos, tostándolos á los dos á fuego lento.
¡Qué frío hacía!... ¡Y qué mal iba sintiéndose el pobre -Retor!- Pasada
la locura furiosa que le acometió al encontrarse con el grumete, sentía
ahora una laxitud general, una debilidad que le paralizaba. La humedad
de la noche parecía penetrar hasta sus huesos, y el estómago le
atormentaba con dolorosos estremecimientos. ¡Ay, Dios! No en balde se
sufren los pesares. ¡Qué enfermo se sentía!... Por esto tenía que matar
á aquellos infames, ó de lo contrario acabarían con él á fuerza de
disgustos.
Aquella misma noche había conocido su desgracia, y ya se sentía
envejecido, con el robusto corpachón dominado por extraña debilidad.
¡Las tres! Con qué lentitud pasaba el tiempo. Y seguía allí, inmóvil,
sintiendo que la parálisis de sus miembros se apoderaba también de su
pensamiento.
Ya no imaginaba terribles castigos; no pensaba nada, y más de una vez se
preguntó qué hacía allí. Toda su voluntad estaba concentrada en los
ojos, que no se apartaban ni un sólo instante de la cerrada puerta.
Hacía ya mucho rato que habían sonado las tres y media, cuando -el
Retor- creyó percibir un ligero chirrido y que se abría el postigo de su
casa. Un bulto se despegó de la obscura puerta, y por unos instantes
estuvo inmóvil, como si mirase á ambos lados de la calle temiendo ser
espiado.
Volvió á percibirse el chirrido, el choque de las maderas cerrándose, al
mismo tiempo que -el Retor-, entumecido por la humedad, se incorporaba
trabajosamente.
Por fin, le llegaba su hora buena. Y corrió hacia el bulto, pero éste
tenía unas piernas envidiables, y al ver venir un hombre dió un salto
prodigioso y emprendió carrera. Los vecinos madrugadores oían desde la
cama la ruidosa persecución, aquel galope furioso que hacía temblar las
aceras de ladrillos.
Perseguíanse jadeantes é impetuosos en la obscuridad. -El Retor- se
guiaba por una mancha blanca, algo así como un hatillo que aquel hombre
llevaba en la espalda, pero á pesar de sus esfuerzos adivinaba que
perdería la pista, pues la distancia entre él y el perseguido aumentaba
rápidamente. Sus piernas de marinero eran para sostenerse erguido en la
borrasca, no para correr; entorpecíale el entumecimiento de la humedad,
y además, bien conocía que había de habérselas con su hermano, famoso
desde pequeño por su agilidad y ligereza.
En una encrucijada le perdió de vista, como si se hubiera disuelto en la
sombra. Huroneó por las calles inmediatas buscando al perseguido, sin
encontrar el menor rastro. ¡Buenas piernas tenía el ladrón!
Abríanse algunas puertas dando paso á los madrugadores que tenían
trabajo en la playa, y -el Retor- huyó, dominado por el terror que le
inspiraba la presencia de extraños.
Nada le quedaba ya que hacer. Había perdido hasta la esperanza de
vengarse. Y se encaminó á la playa, temblando de frío, sin voluntad, sin
fuerzas para pensar, resignado con su suerte.
Comenzaba el movimiento en torno de las barcas. Sobre la obscura arena
brillaban como luciérnagas los rojos farolillos de la marinería que
acababa de despertar.
-El Retor- vió la luz en la taberna de su madre; Roseta había levantado
la hoja de madera que se cerraba sobre el mostrador, y estaba tras éste,
arrebujada en su mantón, soñolienta, con la aureola de rubios y
encrespados cabellos escapándose por bajo del pañuelo de seda y la
naricilla roja por el frío del amanecer.
Esperaba á los primeros parroquianos y tenía sobre el mostrador, pronta
á servir, los vasitos y la botella de aguardiente. La madre dormía aún
en su camarote.
Cuando Pascual se dió cuenta de lo que hacía, ya estaba plantado ante el
mostrador... ¡Una copa! Roseta, en vez de servirle, le miraba fijamente
con sus ojos claros y sin expresión, que parecían registrarle hasta el
alma. -El Retor- temblaba... ¡Ah! aquella chiquilla... ¡qué lista era!
Todo lo adivinaba, y por esto el patrón, para salir del paso, apeló á la
brutalidad.
-¡Recordons!- ¿No había oído? Quería una copa, y realmente la necesitaba
para echar lejos de sí el frío mortal que le congelaba las entrañas. Él,
siempre tan sobrio, quería beber, emborracharse, anegar en aguardiente
su entorpecimiento de idiota que le dominaba.
Bebió... ¡Otra! ¡y otra después! y mientras tragaba el aguardiente de un
sorbo, su hermana no dejaba de servirle, siempre con la mirada fija en
él, como si leyese en su rostro todo lo ocurrido.
¡Qué bien se encontraba Pascual! ¡Oh! aquello reanimaba. Parecíale que
la fría atmósfera del amanecer se iba caldeando; sentía un tibio
cosquilleo bajo la piel y casi se reía de la veloz persecución por las
calles que tanto le había fatigado.
Experimentaba la necesidad de ser bueno, de querer á todo el mundo,
comenzando por aquella chica, por su hermana, que seguía mirándole. Sí;
lo proclamaba él muy alto. Roseta era la honra de la familia; todos los
demás unos cochinos, y él el primero. ¡Ah, Roseta! ¡Qué talento tenía!
¡Qué -finura!- Sabía decir las cosas con -diplomacia;- bien se acordaba
él de lo del camino del Grao; no era como otras locas que daban
disgustos de muerte y ponían á un hombre á dos dedos de la perdición. Y
además, ¡qué talento! Ella estaba en lo cierto. Los hombres eran todos
unos pillos ó unos imbéciles: que pensase así por muchos años. Más valía
aborrecer á los hombres que no fingirles cariño como otras, para después
engañarlos y perderlos. ¡Ay, Roseta! ¡hija mía!... ¡Cuánto valía
aquella chica!
Y -el Retor-, enardeciéndose por momentos, braceaba y gritaba,
oyéndosele desde lejos. Sonó un roce fuerte dentro del camarote de Tona,
y al través de la gruesa cortina salió su ruda voz con inflexión
cariñosa:
---¿Eres tú, Pascualo?-
Sí, era él, madre; iba á la barca á ver lo que se hacía. No debía
levantarse aún, pues el tiempo era malo.
Comenzaba á amanecer. En el horizonte, sobre la obscura faja del mar,
marcábase otra de luz débil y lívida. El cielo estaba encapotado, y en
la playa una densa bruma borraba el contorno de los objetos, que se
marcaban como ligeras manchas.
-El Retor- pidió otra copa: la última; y antes de alejarse pasó su
callosa mano por las frescas mejillas de Roseta.
¡Adiós! Ya lo sabía; ella era la única mujer buena de todo el Cabañal.
Debía creerle á él, que era su hermano. ¡Que no se casase nunca!
Cuando llegó cerca de la -Flor de Mayo- silbando con indiferencia,
cualquiera lo hubiera creído alegre, á no ser por el extraño brillo de
sus ojos amarillentos, que parecían salirse del rostro, rubicundo por el
alcohol.
Sobre la cubierta de la barca, erguido con petulancia, como si quisiera
enterar á todo el mundo de que estaba allí, mostrábase Tonet. Á sus pies
veíase el blanco hatillo, el mismo que saltaba sobre su espalda al
correr por las calles del Cabañal.
---¡Bòn día, Pascualo!---gritó al ver á su hermano, como si tuviera
prisa por hablarle y desvanecer las temerosas sospechas que sentía.
¡Ah, ladrón!... ¡Y qué desvergonzado era! Pero antes de que Pascual
pudiera contestarle, cuando comenzaba á sentirse invadido por la misma
fiebre de horas antes, vióse rodeado por algunos compañeros.
Los patrones de las barcas celebraban consejo: se agrupaban sin quitar
la vista del horizonte.
El tiempo presentábase amenazador, resultaba temerario el salir. Era
lástima, porque el pescado se presentaba tan abundante, que podía
cogerse con las manos; pero la piel de un hombre vale más que el
negocio.
Todos eran de la misma opinión. El tiempo se -ensuciaba;- había que
quedarse.
Pero Pascual protestó. ¿Quedarse? Eso que lo hiciera quien quisiera. Él
á la mar iba. Aun no se habían conocido temporales bastante fuertes para
darle miedo. -El Retor- decía esto con resolución, como si le ofendieran
aquellos propósitos de quedarse. El que no tuviera... -agallas- que no
saliera. Allí quería él ver hombres.
Y volvió la espalda sin atender razones. Quería huir de tierra, alejarse
de aquellos que le conocían y sabiendo su desgracia podían burlarse. ¡A
la mar!... Ya llegaban los bueyes del arrastre. A ver: ¡los de la -Flor
de Mayo!- ¡Todo el mundo á tierra! Á poner los -parados- para echar la
barca al agua.
Y la gente de á bordo, influída por la costumbre, obedeció al patrón. El
-tío Batiste- fué el único en protestar con toda su autoridad de lobo
marino.
-¡Rediel!- Aquello era una barbaridad. ¿Dónde tenía los ojos -el Retor?-
¿No veía acercarse el temporal?
-Mutis, agüelo-. Aquello, cuando más, reventaría en agua; y al que está
acostumbrado al mar, le importa poco un chubasco más ó menos.
Pero el viejo seguía protestando. Reventaría en agua ó en viento, y si
ocurría esto ya podían rezar el último padrenuestro los pescadores á
quienes pillase.
El patrón protestó con una rudeza extraña en él, que trataba siempre con
respeto al viejo... -¡Tío Batiste-, á casa! Sólo servía ya para
sacristán del Cabañal. Él no quería carroñas ni cobardes en su barca.
-¡Recontracordons!-... ¡Cobarde él! ¡Un hombre que había ido en falucho
á la Habana y naufragado dos veces! -¡Redeu!- (y que le perdonase el
pecado el Santo Cristo del Grao); si tuviera veinte años menos, por
aquella palabra ya hubiera sacado la faca, tirándole las tripas al
suelo. ¡Á la mar! Que todo se lo llevase el demonio! Bien lo decía el
refrán: -Donde hay patrón no manda marinero-.
Y mascullando su indignación, ayudó á colocar las últimas viguetas,
cuando la proa de -Flor de Mayo- tocaba ya el agua.
Otra pareja de bueyes arrastraba al mismo tiempo la barca vieja que -el
Retor- tenía alquilada para formar pareja con la suya.
Al poco rato ambas embarcaciones balanceábanse sobre las rompientes de
la playa é izaban su gran vela latina, tomando viento con rapidez.
Los patrones agrupábanse en la playa perplejos y agitados, mirando con
codicia las dos barcas que se alejaban y haciendo indignados
comentarios.
Aquel -lanudo- se había vuelto loco. El muy ladrón iba á hacer su
negocio, y ellos, por cobardes, se quedarían con las manos en los
bolsillos.
Esta suposición les irritaba, como si -el Retor- fuese á apoderarse de
toda la pesca que había en el mar. Los más codiciosos y audaces se
decidieron. ¡Ea! ellos eran tan hombres como el que más y podían ir
donde fuese otro. ¡Barcas al agua!
La resolución fué contagiosa, y los boyeros no sabían dónde acudir, pues
todos querían ser los primeros, como si se hubiera generalizado la
locura del -Retor-. Parecía que todos temiesen ver agotada la pesca de
un momento á otro.
Las mujeres en la playa gritaban de miedo al ver á sus hombres lanzarse
en tal aventura, y proferían maldiciones contra -el Retor-, un -lanudo-
que quería perder á toda la gente honrada del Cabañal.
La -siñá- Tona, en ropas menores, con la escasa cabellera gris flotando
sobre el cráneo, acababa de llegar á la orilla. Estando en la cama le
habían dicho la locura de su hijo y corría á evitarla. Pero las dos
barcas ya estaban muy lejos.
---¡Pascualet!---gritaba la pobre mujer formando bocina con las manos--.
-¡Fill meu!-... -Torna-... -torna-.
Y al conocer que no podían oirla, tirábase de los escasos pelos y
prorrumpía en gemidos y aclamaciones.
María Santísima: su hijo iba á morir. Se lo decía el corazón. ¡Ay, reina
y soberana! Todos morirían; sus dos hijos, su nieto: parecía que una
maldición pesase sobre la familia. La mar cochina se los tragaría á
todos, como ya había devorado á su pobre Pascual.
Y mientras la pobre mujer gritaba como una loca y las demás le hacían
coro, los marineros, ceñudos y sombríos, empujados por el egoísmo de la
existencia, por la conquista del pan, que hace afrontar los mayores
peligros, entraban en el agua hasta la cintura y montaban en sus barcas,
tendiendo las grandes velas.
Y poco después, un enjambre de manchas blancas marcábase en la bruma de
aquel amanecer tempestuoso, corriendo desbocadas mar adentro, como si
las atrajera el imán de la fatalidad.
X
Á las nueve navegaba la -Flor de Mayo- á la vista de Sagunto, en el
espacio libre que el -tío Batiste---con su afición á guiarse más por el
fondo del mar que por los accidentes de la costa--marcaba entre la -Roca
del Puig- y el -Algar de Murviedro-.
Ninguna pareja se había atrevido á ir tan lejos.
Por la parte de Valencia, y prolongándose hacia Cullera, marcábanse como
puntos blancos las otras barcas emparejadas.
El cielo estaba gris; la mar era de un morado tan intenso, que en la
lustrosa curva formada entre dos olas, tomaba el color del ébano.
Ráfagas largas y frías agitaban las velas, causando ruidosos
estremecimientos.
La -Flor de Mayo- y la otra barca de la pareja avanzaban con las velas
desplegadas, arrastrando la red del -bòu-, que cada vez se hacía más
pesada y tirante.
-El Retor- iba en su sitio de popa, empuñando la caña del timón. Apenas
si miraba el mar: el instinto era quien movía su mano para enderezar la
marcha de la barca.
Sus ojos estaban fijos en Tonet, el cual desde que salieron parecía huir
de él. Cuando no miraba á su hermano, contemplaba á Pascualet, erguido
al pie del mástil, como si con su desmedrada figurilla quisiera desafiar
á aquel mar que en su segundo viaje comenzaba á mostrarse alborotado.
La barca daba algunos tumbos al saltar las olas, cada vez más violentas,
pero los tripulantes eran gente avezada al mar y andaban sobre la
movediza cubierta con gran seguridad, expuestos á cada paso á caer al
agua.
-El Retor- no apartaba la vista de su hermano y su hijo, y sus ojos iban
con expresión interrogante de uno á otro, como si mentalmente hiciese
una minuciosa comparación.
Su calma era de las que inspiran pavor. Estaba pálido, á pesar de lo
bronceado de la tez; sus ojos tenían el enrojecimiento de la vigilia, y
apretaba los labios como si temiera que se escapasen las palabrotas de
ira que afluían á su lengua y que mascullaba sordamente.
No le había engañado Rosario. ¿Dónde tenía antes los ojos, que no había
visto la asombrosa semejanza? ¡Cómo se habría reído de él la gente! Su
deshonra estaba visible; era la misma cara, el mismo gesto. Pascualet le
recordaba al otro chicuelo delgado y nervioso, al que él sirvió de
niñera en la playa. Era el hijo de Tonet, no podía negarlo.
Y el patrón, conforme se convencía de su deshonra, arañábase el pecho y
lanzaba miradas de odio al mar, á su barca y á los marineros, que á
hurtadillas le examinaban con inquietud, creyendo que aquella ira se la
causaba el mal tiempo.
¿Para qué quería ya trabajar? No mantendría más á la perra que por tanto
tiempo le había puesto en ridículo: ¡adiós ilusiones de crear un
porvenir á Pascualet, de hacerle el pescador más rico del Cabañal! ¿Era
acaso suyo para interesarse tanto por su suerte? Nada deseaba ya en el
mundo; morir y que pereciera con él toda su obra.
Odiaba ahora á su -Flor de Mayo-, la hija de madera, á la que hablaba
como si fuese un ser animado; deseaba su extinción, su inmediata
pérdida, como si le avergonzase el recuerdo de las dulces ilusiones que
acariciaba cuando estaba ocupado en su construcción. Si el mar hubiera
obedecido á sus deseos, cualquiera de aquellas olas, en vez de levantar
á la barca rudamente sobre su espumeante cima, se hubiera abierto para
tragarla.
La red era cada vez más pesada, y las barcas, arrastrando la enorme
pesca, cabeceaban sobre las olas con dificultad.
De la barca vieja que formaba pareja con -Flor de Mayo-, preguntaban si
era llegado el momento de -chorrar-.
-El Retor- sonrió con amargura. Bueno, que -chorrasen-; lo mismo le
importaba ahora que después. La tripulación de -Flor de Mayo- agarró el
cabo de la red que arrastraba la -pareja- y comenzó á tirar con gran
esfuerzo.
Tonet y los marineros, á pesar de lo ruda que era la faena y del mal
tiempo, mostrábanse alegres. ¡Vaya una pesca! Á quintales iba á salir el
pescado.
El -tío Batiste-, tendido en la proa y mojado por los espumarajos de las
olas, miraba al horizonte por la parte de Levante, donde el celaje
plomizo parecía condensarse, formando una masa de negruzco vapor.
Llamaba á Pascual para que prestase atención; pero -el Retor- tenía
fijos sus ojos en el grupo de tripulantes que tiraban de la red. Por una
casualidad, Tonet y su sobrino estaban juntos, y la semejanza de sus
rostros resaltaba aun más ante la mirada del patrón.
---Pascualo-... -Pascualo---gritó el viejo pescador con voz algo
temblorosa--. -Ya está ahí-.
¿Quién?... ¡Quién había de ser! La tempestad, la tormenta que desde el
amanecer estaba esperando el -tío Batiste-.
La masa de sombras que se aproximaba agrandándose por momentos, se abrió
con la luz cárdena de un relámpago; después sonó el trueno, como si todo
el cielo fuese una inmensa pieza de tela que se rasgaba con estrépito.
Sólo faltaba lo otro, el terrible Levante, que barre impetuosamente con
hálito de muerte todo el golfo de Valencia; y el Levante llegó.
La -Flor de Mayo- tendióse de costado sobre el agua, como si una mano
poderosa, agarrando su quilla, pugnase por voltearla. El agua invadió la
cubierta, y la gigantesca vela se extendió como una sábana sobre las
olas, aleteando, volviendo á caer como un pájaro moribundo.
Esta caída de lado, que iba á hacerles zozobrar, fué obra de un
instante: el primer impulso del vendaval que, pillando de lleno la
tendida vela, la aplastó sobre el agua, tumbando á la barca.
El -tío Batiste- y -el Retor-, arrastrándose por la cubierta, llegaron
hasta el mástil, y deshaciendo el nudo de las jarcias, arriaron la vela.
Esta maniobra salvó á la barca que, libre de la presión de la vela, se
enderezó con un golpe de mar.
La -Flor de Mayo-, con el timón abandonado, giraba como una peonza en
las aguas bullentes, que se hinchaban con lívidas y arrolladoras
tumefacciones.
-El Retor- corrió á popa á agarrar la caña. La barca se movía con
dificultad. Arrastraba la pesadísima red que momentos antes había
contribuído á su salvación, sirviendo de contrapeso á la vela combatida
por el huracán.
El patrón vió á la otra barca de la -pareja- sin aparejo, con el mástil
roto, alejarse, presentando la popa.
Los tripulantes habían cortado la red para no zozobrar con su peso y
huían hacia Valencia, perseguidos por el furioso Levante, que levantaba
enormes olas, rectas como muros, arrolladoras y voraces y que de pronto
se combaban y caían con ensordecedor estrépito, sólo comparable al de
los truenos que rasgaban continuamente el espacio.
Era preciso imitar el ejemplo, librarse del peso que entorpecía la
maniobra y poner la proa hacia Valencia.
La cuerda de la red fué cortada, desapareció arrastrado por las olas el
peso que parecía apresar á la barca, y la -Flor de Mayo- obedeció con
más facilidad el timón.
-El Retor- ostentaba la serenidad sublime de las grandes ocasiones.
¡Oído todo el mundo! Atención á lo que él mandase y á obedecer con
prontitud.
La vela estaba caída sobre cubierta; la verga podía tocarse con las
manos, y á pesar de la poca lona puesta al viento, la barca corría con
vertiginosa rapidez, pasando el agua sobre la cubierta, mientras el
mástil crujía lastimeramente.
Era llegado el momento de virar; el instante supremo: si les cogía de
lado uno de aquellos -còlls- de mar rectos, que se desplomaban como
murallas viejas, podían dar el adiós á la vida.
El patrón, puesto de pie valientemente, sin soltar el timón, examinaba
todas las tumefacciones gigantescas que avanzaban veloces. Buscaba en la
cordillera movible un espacio llano, un momento de calma que le
permitiera virar sin riesgo de que la barca fuese pillada de costado.
¡Ahora! Y la -Flor de Mayo- giró rápidamente, cambió el rumbo entre dos
montañas de agua, pero tan oportunamente que, apenas terminada la
maniobra, un golpe de mar casi recto la entró por la popa, la puso
vertical, con la proa hundida en la espuma hirviente, la elevó hasta su
cima y la arrojó por la espalda, dejándola balanceante y trémula en un
espacio relativamente tranquilo.
Los tripulantes, conmovidos aún por el zarandeo colosal, seguían
absortos la marcha veloz y arrolladora de aquella muralla verdosa.
Viéronla inclinarse, formando como una bóveda sombría esmeralda sobre la
otra barca, que huía desmantelada; se desplomó estallando como una mina,
con hervor de espumas y nubes de agua que subían en columna. Cuando la
ola deshecha y anonadada desapareció para dejar espacio libre á otras
tan arrolladoras y ruidosas, los de la -Flor de Mayo- sólo vieron en los
bullentes estremecimientos asomar un pedazo de palo y el lomo cóncavo de
un tonel.
---Requiescat in pace---murmuró el -tío Batiste- santiguándose y
hundiendo su barba en el pecho.
Tonet y los otros dos mocetones que se burlaban del viejo estaban
pálidos, sombríos, é instintivamente contestaron: -Amén-.
---¡Pare! ¡pare!-...--gritaba con terror Pascualet, mirando al patrón y
señalando la proa de la barca.
Momentos antes de virar estaba allí el compañero de Pascualet, el otro
-gato- de la barca. La ola monstruosa se lo había llevado sin que lo
notaran los tripulantes.
En la -Flor de Mayo- dominaba el terror y el asombro de los primeros
momentos de peligro.
El trance era supremo. Los truenos se sucedían sin interrupción;
rasgábase el plomizo horizonte por todas partes en el zigzag de los
rayos, culebras de fuego que se sumían en las aguas para apagar sus
entrañas incandescentes; sobre el estrépito de las olas retumbaban los
truenos; unos secos, espeluznantes, como descargas de artillería, que el
eco repetía hasta lo infinito; otros prolongados, silbantes, como una
rasgadura interminable; y cruzaba el espacio un furioso aguacero, como
si quisiera desbordar el mar furioso, dándole nueva fuerza.
-El Retor- se sobrepuso pronto al terror de los suyos.
¿Qué era aquello, -recordons?- ¿Pescadores del Cabañal y temblaban?
Parecía que se hubieran embarcado por primera vez. ¿Acaso no conocían
las bromas del Levante? Aquello pasaría; y si no pasaba, ¿qué remediaban
con el miedo? Los valientes deben morir en el mar. Ya sabían el dicho:
«más valía ser comido de -carranchs- que no que les cantasen -els
capellans-». ¡Ánimo, -recristo!- Á atarse todo el mundo, que por el
momento nada necesitaba la barca, y lo importante era librarse de los
golpes de mar.
El -tío Batiste- y los dos marineros se amarraron al mástil por la
cintura; Tonet ató sólidamente á su sobrino á una argolla de popa, y él,
viendo que su hermano por un alarde de serenidad seguía sentado junto
al timón con el cuerpo libre, le imitó, agazapándose tras la borda,
agarrando con sus manos crispadas los salientes de la barca.
Reinaba un silencio fúnebre á bordo de -Flor de Mayo-. La furiosa
marejada agitaba los algares del fondo; la espuma era amarillenta,
sucia, biliosa, y los pobres marineros, calados por la lluvia y por las
olas, sufrían los latigazos del mar, los golpes de agua y algas que les
cortaban cruelmente la dura epidermis.
Cuando la ola los elevaba á prodigiosa altura y la barca quedaba con la
quilla al aire como si fuese á emprender prodigioso vuelo, veía -el
Retor- á lo lejos, perdidas en la bruma del horizonte, las otras barcas
del Cabañal navegando casi á palo seco, empujadas por el temporal hacia
el puerto, cuya entrada era un peligro aun mayor que permanecer en el
mar corriendo la borrasca.
El marido de Dolores sentía hondo remordimiento. Parecíale que
despertaba después de penoso sueño: la noche pasada en las calles del
Cabañal, la borrachera de la playa y el imprudente embarque,
recordábalos ahora como vagas pesadillas.
¡Loco! ¡miserable! Se avergonzaba de sí mismo. Era más criminal que los
que le habían hecho traición. Si estaba cansado de la vida, podía
haberse atado una piedra al cuello y arrojarse al mar de cabeza en la
escollera de Levante. ¿Pero con qué derecho su locura había llevado á la
muerte á tanto padre honrado? ¿Qué dirían de él en el Cabañal, viendo
que por su culpa medio pueblo se había arrojado en medio de la
tempestad?
Recordaba á los tripulantes de la vieja barca de su -pareja- que habían
sido tragados por el mar casi á su vista; pensaba en las muchas
embarcaciones que seguramente habrían perecido á aquellas horas y miraba
avergonzado á sus compañeros de tripulación, amarrados, azotados por las
olas y lanzados en el peligro por obedecerle.
Á su hermano y su hijo no quería mirarles: nada se perdía con que
pereciesen; aun renacía en él la ferocidad de la venganza; pero ¿y los
otros? ¿y los dos marineros que tenían sus madres, viejas pescaderas á
las que mantenían? ¿y aquel -tío Batiste-, el amigo de su padre, salvado
milagrosamente de tantos peligros?
No; él no tenía ningún derecho para arrastrarles á la muerte: era un
criminal. Y al ver al viejo marino y sus dos jóvenes compañeros casi
tendidos sobre la chorreante cubierta, amarrados con tanta fuerza que
las ligaduras les penetraban en las carnes y aturdidos por los golpes de
mar que caían sobre ellos como triturante martillo, se olvidaba de que
él también estaba en peligro; apenas si se fijaba en las olas que le
envolvían sin conmover su corpachón, que parecía incrustado en la popa,
y sentía dentro del pecho una pena semejante á la de la noche anterior.
Era preciso vivir, salvarse. Cuando estuviera en tierra ya arreglaría
sus asuntos de familia ó se mataría; ahora lo interesante era llegar al
puerto con toda su tripulación. Bastante le pesaban sobre la conciencia
el pobre grumetillo que desapareció al virar y los que tripulaban la
otra barca de la pareja.
Y -el Retor- ponía toda su atención en el gobierno de la -Flor de Mayo-.
El presente no le inquietaba. La barca era fuerte y el temporal se
presentaba por la popa; pero pensaba con terror en la entrada del
puerto, aquella lucha suprema donde tantos perecían.
Á lo lejos, esfumada en el ambiente denso de la lluvia y las nubes que
levantaba el oleaje, marcábase la escollera como el lomo de una ballena
encallada por el temporal. ¡Ah! ¡Si él consiguiera doblarla!...
Y cuando la barca, después de quedar hundida en el agua, surgía
remontándose á la cumbre de una ola, el patrón miraba ansiosamente la
aglomeración de rocas que asaltaba el mar, y en cuya cima bullían
innumerables puntos negros, gente, sin duda, que presenciaba con
angustia el terrible combate de la tempestad con los hombres.
-El Retor- temblaba al pensar en la próxima lucha. No se veía ninguna
barca. Muchas estarían ya en el puerto: las demás se habrían perdido.
En su inquietud, sentía la necesidad de fortalecerse, y habló al -tío
Batiste-.
Él que tan bien conocía el golfo, ¿qué opinaba de aquello?
El viejo, como si despertase, movía tristemente la cabeza, y en su cara
de chivo viejo marcábase un gesto de valiente resignación que le
embellecía. Todo tendría fin dentro de una hora; hombres y barca. La
entrada en el puerto era imposible. Lo aseguraba él, que en toda su
larga vida no había visto otro Levante tan furioso.
Pero -el Retor- se sentía con ánimo para todo. Si no podían entrar en el
puerto seguirían á lo largo corriendo el temporal.
El -tío Batiste- movía su cabeza con la misma expresión triste. Tampoco
podía ser. El temporal duraría dos días por lo menos, y si la barca
resistía el mar, no por esto iba á librarse de encallar en Cullera, ó de
ir, cuanto más, á hacerse trizas en el cabo de San Antonio. Más valía
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