Dolores le veía sin mostrar la menor emoción. Únicamente en sus ojos de
soberana brillaban puntos de oro, chispas delatoras del ardor de
misteriosos deseos.
Pasó un año de felicidad. El dinero, amasado ochavo sobre ochavo en la
mísera tiendecita donde nació Rosario, escapábase locamente por entre
los dedos de Tonet; pero llegó el momento de verle el fondo al saco,
como decía la tabernera de la playa al reprender las prodigalidades de
su hijo.
Comenzaron los apuros, y con ellos la discordia, el llanto y hasta las
palizas en casa de Tonet. Ella se agarró á la cesta del pescado, como lo
hacían todas las vecinas. De su fama de rica descendió á la vida
embrutecedora y fatigosa de pescadera de las más pobres. Levantábase
poco después de media noche; esperaba en la playa con los pies en los
charcos y el cuerpo mal cubierto por el viejo mantón, que muchas veces
ondeaba con el viento de tempestad; iba á pie á Valencia, abrumada por
el peso de las banastas; volvía por la tarde á su casa desfallecida por
el hambre y el cansancio, pero se tenía por feliz si podía mantener al
señor en su antiguo boato y evitarle toda humillación que se tradujera
en maldiciones y alborotos.
Para que Tonet pasase la noche en el café, en la tertulia de maquinistas
de vapor y patrones de barca, ahogaba muchas mañanas en la Pescadería su
hambre rabiosa, excitada ante los humeantes chocolates y las chuletas
entrepanadas que veía sobre las mesas de sus compañeras.
Lo importante era que nada faltase al ídolo, pronto siempre á enfadarse
y á maldecir la perra suerte de su casamiento, y á la pobre mujercita,
cada vez más flaca y derrotada, le parecían insignificantes todas sus
miserias, siempre que al señor no le faltase la peseta para el café y el
dominó, la comida abundante y las camisetas de franela bien vistosas
para seguir sosteniendo la antigua fama. Algo caro le costaba; ella
envejecía antes de los treinta años, pero podía lucir como propiedad
exclusiva el mejor mozo del Cabañal.
El infortunio les aproximaba al -Retor-, al otro matrimonio que subía y
subía por el camino de la prosperidad, mientras ellos rodaban cabeza
abajo.
Los hermanos deben ayudarse en los malos trances; nada más natural, y
por esto Rosario, aunque á regañadientes, iba á casa de Dolores y
consentía que Tonet reanudase una amistad íntima con su cuñada. Esto la
atormentaba, pero no había que reñir: se disgustaba -el Retor-, y él era
el que muchas semanas mantenía al matrimonio cuando no había pescado
para vender ó el vago de gentil aspecto no lograba ganarse algún duro
interviniendo en los pequeños negocios propios de los puertos de mar.
Pero llegó el momento en que las dos mujeres, que se odiaban, cansáronse
de fingir.
Después de cuatro años de matrimonio, Dolores resultó encinta. -El
Retor- sonreía como un bendito al dar á todo el mundo la fausta noticia,
y las vecinas alegrábanse también, pero de un modo maligno. Era pura
sospecha, pero se comentaba la coincidencia de aquel embarazo tardío con
la época en que Tonet mostró mayor apego á la casa de su hermano,
pasando en ella más tiempo que en el café.
Las dos cuñadas riñeron con toda la franqueza salvaje de sus caracteres;
entre ellas marcóse eterna división, y en adelante sólo visitó Tonet la
casa del -Retor-, lo que indignaba á Rosario, haciendo que las riñas
conyugales terminasen siempre con bárbaras palizas.
Y de este modo transcurrió el tiempo. Rosario, afirmando que el
chiquillo de Dolores tenía la misma cara de Tonet; éste siempre á
remolque de su hermano mayor, que sentía por él la debilidad de otros
tiempos, y á pesar de su espíritu económico se dejaba saquear por aquel
vago; y la hermosa hija del -tío Paella- burlábase de su cuñada la
-tísica-, la -pava-, gozándose en insultar su pobreza, su vida
trabajosa, y haciendo alarde del poderío que tenía sobre Tonet, el cual,
como en otros tiempos, iba tras ella, dominado y sumiso como un perro.
Un hálito de perpetua guerra, de burlona insolencia, parecía ir desde la
antigua casa del -tío Paella-, restaurada y embellecida, á la barraca
miserable de techo desvencijado donde Rosario se había refugiado
empujada por la miseria. Las buenas vecinas, con la más santa de las
intenciones, se encargaban de circular las insolencias é insultos,
llevando y trayendo recados.
Cuando Rosario, roja de indignación y con los ojos llorosos, necesitaba
desahogo y consuelo, iba á la playa, á la barcaza-taberna, que adquiría
un color sombrío y parecía envejecer como su dueña. Allí la oían
silenciosamente, moviendo su cabeza, con expresión de desconsuelo, la
-siñá- Tona y Roseta, las cuales, á pesar de su íntimo parentesco,
vivian con huraña hostilidad, no coincidiendo más que en su
despreciativo odio á los hombres. La barca que les servía de madriguera
era como un observatorio, desde el que contemplaban lo que ocurría entre
las dos familias.
¡Los hombres! ¡Vaya una gentuza! La -siñá- Tona lo afirmaba, mirando de
soslayo el retrato del carabinero, que parecía presidir la taberna.
Todos eran unos granujas, que no valían ni el cordel para ahorcarlos. Y
Roseta, con sus ojazos verde mar, límpidos y serenos de virgen que todo
lo sabe y está curada de espanto, murmuraba con expresión soñadora:
---Y el que no es granuja, es com el Retor: un bestia-.
IV
Aunque el día era de invierno, picaba tanto el sol, que -el Retor- y
Tonet estaban en la playa, agazapados á la sombra de un laúd viejo
encallado en la arena. Tiempo les quedaba de tostarse cuando saliesen al
mar.
Los dos hablaban lentamente, como adormecidos por el brillo y el calor
de la playa. ¡Vaya un día hermoso! Parecíales imposible que estuviesen
en vísperas de Semana Santa, época de los aguaceros y de los repentinos
temporales.
El cielo, inundado de luz, tenía un tinte blanquecino; como copos de
espuma caídos al azar, bogaban por él algunos jirones de vapor plateado,
y de la arena caldeada salía un vaho húmedo que envolvía los objetos
lejanos, haciendo temblar sus contornos.
La playa estaba en reposo. La casa -dels bòus-, donde rumiaban en sus
establos los enormes bueyes para el arrastre de las barcas, alzaba su
cuadrada mole con rojizo tejado y azules cuadrantes en sus paredes sobre
las largas filas de barcas puestas en seco, que formaban en la orilla
una ciudad nómada con calles y encrucijadas; algo semejante á un
campamento griego de la edad heroica, donde las birremes puestas en seco
servían de trincheras.
Los mástiles latinos, inclinados graciosamente hacia la proa con sus
puntas gruesas y romas, formaban un bosque de lanzas; entrecruzábanse
las embreadas cuerdas, como lianas y trepadoras de aquella selva de
palos; bajo las gruesas velas caídas en las cubiertas, rebullía toda una
población anfibia, al aire las rojizas piernas, con la gorra calada
hasta las orejas, repasando las redes ó atizando el fogón, en el que
burbujeaba el suculento caldo de pescado, y sobre la ardiente arena
descansaban las ventrudas quillas pintadas de blanco ó azul, como panzas
de monstruos marinos tendidos voluptuosamente bajo las caricias del sol.
Reinaba en esta población improvisada, tal vez deshecha á la noche para
esparcirse por la inmensidad de la faja azul que cerraba el horizonte,
el orden y la simetría de una ciudad moderna tirada á cordel.
En primera fila, junto á las olas que se adelgazaban como láminas de
cristal sobre los arabescos de arena, estaban las barcas pequeñas, las
que pescan al -volantí-, pequeños y airosos esquifes, que parecían la
vistosa pollada de las grandes barcas alineadas detrás, parejas del
-bòu- con idéntica altura é iguales colores.
En la última fila estaban los veteranos de la playa, los barcos viejos,
con el vientre abierto, mostrando por los negros rasguños las
carcomidas costillas, con el mismo aire de tristeza de los caballos de
plaza de toros, como si pensasen en la ingratitud humana, que abandona á
la vejez.
Ondeaban izadas en los mástiles las redes rojizas puestas á secar, las
camisetas de franela, los calzones de bayeta amarilla, y por encima de
este vistoso empavesado pasaban las gaviotas trazando círculos, como si
estuvieran borrachas de sol, hasta que se dejaban caer por un instante
en el mar azul y tranquilo, agitado por leves estremecimientos é
hirviente con burbujas luminosas bajo el calor del mediodía.
-El Retor- hablaba del tiempo, paseando sus ojos amarillentos de buey
manso sobre el mar y la costa.
Seguía con la vista las puntiagudas velas que corrían por la línea
verdosa del horizonte como alas de palomas que bebían allá lejos, y
después miraba la costa, que se encorvaba formando golfo, con su orla de
masas verdes y blancos caseríos: las colinas del Puig, enormes
tumefacciones de la playa baja que invadía el mar en sus ratos de
cólera; el castillo de Sagunto, enroscando sus ondeados baluartes sobre
la larga montaña de un suave color de caramelo, y desde allí, tierra
adentro y cerrando el horizonte, la dentellada cordillera, oleaje de
rojo granito que, con sus crestas inmóviles, parecía lamer el cielo.
Ya estaban en el buen tiempo. -El Retor- era quien lo afirmaba, y
sabido era en el Cabañal que en estas cuestiones había heredado el
acierto de su patrón, el -tío Borrasca-. Aun quedaban para la próxima
semana algunas tormentas, pero serían poca cosa: había que dar gracias á
Dios porque el mal tiempo acababa pronto, y los hombres honrados podrían
ganarse el pan sin miedo.
Y hablaba con lentitud, mascando la negra tagarnina de contrabando y
sumiéndose en el majestuoso silencio de la playa. Algunas veces, sobre
el lento susurro del agua tranquila, destacábase la voz lejana de una
muchacha, como si saliera de bajo de la tierra, entonando una canción de
monótona cadencia; sonaba lentamente el -¡oh-... -oh, isa!- de unos
cuantos muchachos que tiraban de un pesado mástil al compás de la
soñolienta exclamación; gritaban como pájaros desde las cubiertas de las
barcas las mujeres desgreñadas, llamando á comer á los -gatos-, que
estaban en los establos contemplando los bueyes; sonaban los pesados
mazos de los calafates con incesante regularidad, y todos los ruídos
absorbíanse en la calma majestuosa del ambiente impregnado de luz, que
envolvía sonidos y objetos en una vaguedad fantástica.
Tonet miraba á su hermano con expresión interrogante, esperando que su
calma cachazuda acabase de formular todo el plan.
Por fin habló -el Retor-. En una palabra: que estaba ya cansado de ganar
el dinero lentamente, y quería dar un golpe como lo habían hecho otros.
En el mar está el pan para todos; sólo que unos lo cogen negro y á costa
de muchos sudores, mientras que otros lo pillan del más sabroso si
tienen pecho para exponerse. ¿Le entendía Tonet?
Y sin esperar contestación púsose en pie y fué hasta la proa de la vieja
barca para ver si alguien escuchaba al otro lado.
Nadie. La playa estaba desierta. No se veía una sola persona en la
extensión de arena donde en verano se plantan las -barraquetes- para los
bañistas de Valencia. Á lo último veíase el puerto erizado de mástiles
con banderas, vergas entrecruzadas, chimeneas encarnadas y negras y
grúas que parecían horcas. Avanzaba mar adentro la escollera de Levante
como un muro ciclópeo de rojos bloques aglomerados al azar por una
trepidación del terreno; amontonábanse en el fondo los edificios del
Grao, las grandes casas donde están los almacenes, los consignatarios,
los agentes de embarque, la gente de dinero, la aristocracia del puerto,
y después, como una larga cola de tejados, la vista encontraba tendidos
en línea recta el Cabañal, el Cañamelar, el -Cap de Fransa-, una masa
prolongada de construcciones de mil colores, que decrecían conforme se
alejaban del puerto; al principio fincas con muchos pisos y esbeltas
torrecillas, y en el lejano extremo, lindante con la vega, blancas
barracas con la caperuza de paja torcida por los vendavales.
No temiendo espionajes, -el Retor- volvió á sentarse al lado de su
hermano.
Su mujer le había metido el proyecto en la cabeza, y él, después de
pensarlo mucho, había acabado por creerlo aceptable. Se trataba de un
viaje á la -còsta d'afòra-, á Argel; como quien dice á la pared de
enfrente de aquella casa azul y mudable que tantas veces recorrían como
pescadores. Nada de pescado, que no se deja coger siempre que el hombre
quiere; buenos fardos de contrabando; la barca llena hasta los topes de
-alguilla- y -Flor de Mayo-... -¡Rediel!- ese era el negocio; mil veces
lo había hecho su pobre padre. ¿Qué le parecía?
Y el honradote Retor, incapaz de faltar á lo que le previniese el
alguacil del pueblo ó el cabo de mar, reíase como un bendito al pensar
en aquel alijo de tabaco que hacía tiempo le danzaba en la cabeza, y le
parecía ver ya sobre la arena los fardos de lona embreada. Como buen
hijo de la costa, recordando las hazañas de sus mayores, consideraba el
contrabando como la profesión más natural y honrada para un hombre
aburrido de la pesca.
Á Tonet le parecía bien. Ya había hecho él dos viajes de tal clase,
enganchándose como simple marinero, y ahora que faltaba trabajo en el
muelle y el tío Mariano no acababa de sacarle aquel empleo tan codiciado
en las obras del puerto, no tenía inconveniente en seguir á su hermano.
Este redondeaba el plan. Tenía lo más importante: barca propia, la
-Garbosa-. Y como Tonet lanzase una exclamación de asombro, -el Retor-
entró en detalles. Ya sabía él que la tal barca estaba casi
despanzurrada, con los costillares poco unidos y la cubierta combada
hacia abajo; una ruina que al saltar sobre las olas, sonaba como una
guitarra vieja; pero no le habían engañado: treinta duros dió por ella;
compró la leña y nada más; pero aun sobraba para hombres que conocían el
mar y eran capaces de atravesarlo en un zapato.
Además--y guiñaba un ojo con su malicia de muchacho grande--, con una
barca así se tenía la ventaja de perder poco si el guardacostas les
echaba la zarpa.
Y con este argumento, de una sencillez sublime, convencíase -el Retor-
de la conveniencia de tal temeridad, sin ocurrírsele ni remotamente que
exponía su vida.
Con su hermano y dos hombres de confianza quedaba formada la
tripulación. Ahora sólo necesitaba hablarle al tío Mariano, que tenía
buenos conocimientos en Argel, de la época en que hacía el negocio.
Y como hombre decidido que teme arrepentirse si espera mucho, quiso ir
inmediatamente en busca de aquel personaje poderoso, que les honraba
siendo su tío.
Á tales horas debía estar fumando su pipa en el café de -Carabina-, y
allá fueron los dos hermanos.
Al pasar por cerca de la casa -dels bòus- miraron la barcaza-taberna,
cada vez más negra y abandonada, y saludaron con un -¡adiós, mare!- el
rostro lustroso y de colgantes carrillos que, encuadrado por un pañuelo
blanco semejante á toca monjil, asomaba por la boca de cueva abierta
sobre el mostrador.
Algunas ovejas sucias y flacas rumiaban la hierbecilla de las marismas
inmediatas á la población; cantaban las ranas en los charcos
confundiendo su monótono -rac-rac- con la susurrante calma de la playa,
y sobre las redes de color de vino, festoneadas de corcho y tendidas
sobre la arena, picoteaban los gallos, que irisaban sus luminosas plumas
despidiendo reflejos metálicos.
Á la orilla de la acequia del Gas, las mujeres, en cuclillas, moviendo
sus inquietas posaderas, lavaban la ropa ó fregaban los platos en un
agua infecta que discurría sobre fango negruzco cargado de mortales
emanaciones. Los calafates agitábanse mazo en mano en torno de un
esqueleto de madera nueva, que parecía de lejos la osamenta de un
monstruo prehistórico, y los cordeleros, arrolladas al busto las madejas
de cáñamo, andaban de espaldas por la ribera de la acequia, formando
entre sus ágiles dedos el hilo que se prolongaba sujeto al incansable
torno.
Llegaron al Cabañal, al barrio llamado de las Barracas, donde se
albergaba la gente pobre sometida por la miseria á la servidumbre del
mar.
Las calles aparecían tan rectas y regulares como desiguales eran los
edificios; las aceras de ladrillos rojos se escalonaban á capricho,
según la altura de las puertas; y en el arroyo fangoso, negruzco, con
profundas carrileras y charcos de la lluvia de semanas antes, dos
hileras de olivos enanos golpeaban con las empolvadas ramas á los
transeuntes, y veían unidos sus nudosos troncos por cuerdas en que se
secaban las ropas, ondeando como banderas con la fresca brisa del mar.
Las barracas blancas aparecían entre casas modernas de pisos altos,
pintadas al barniz cual barcos nuevos con la fachada de dos colores,
como si sus dueños no pudieran sustraerse en tierra al recuerdo de la
línea de flotación. Sobre algunas puertas había adornos de talla
semejantes á los mascarones de proa, y en toda la edificación se notaba
el recuerdo de la antigua vida del mar, una amalgama de colores y de
perfiles que daba á las casas el aspecto de buques en seco.
Ante algunas puertas y subiendo hasta la altura del tejado, estaban
plantados fuertes mástiles con garrucha, como signo de que allí vivían
los dueños de las parejas del -bòu-. En lo alto del mástil se secaban
los artefactos de pesca más delicados, ondeando con la majestad de un
pabellón consular. -El Retor- miraba estos palitroques con cierta
envidia. ¿Cuándo querría el Santo Cristo del Grao que él le pudiese
plantar á su Dolores un palo así frente á la puerta?
Pasaron la acequia del Gas, entrando en el Cabañal, donde veranea la
gente de Valencia. Las alquerías bajas, de panzudas rejas verdes,
estaban cerradas y silenciosas; las anchas aceras repercutían los pasos
con la sonoridad de una población abandonada; los copudos plátanos
languidecían en la soledad, como si echasen de menos las alegres noches
del estío con sus risas, sus correteos y su incesante sonar de alegres
pianos. Sólo se veía de vez en cuando algún vecino del pueblo, que con
la gorra puntiaguda, las manos en los bolsillos y la pipa en la boca,
marchaba perezosamente hacia los cafés, únicos lugares que conservaban
animación y vida.
El de -Carabina- estaba lleno. Bajo el toldo de la puerta veíase una
aglomeración de chaquetas azules, rostros bronceados y gorras de seda
negra; chocaban con sordo tableteo las fichas del dominó, y á pesar del
aire libre, percibíase un fuerte olor de ginebra y tabaco picante.
Bien conocía Tonet aquel sitio, donde había triunfado como hombre
generoso en la primera época de su matrimonio. Allí estaba el tío
Mariano solo en su mesa, aguardando, sin duda, la llegada del alcalde y
otros de su clase, mientras fumaba la enorme pipa, oyendo con desdeñosa
superioridad al -tío Gòri-, un viejo carpintero de ribera que durante
veinte años iba al café todas las tardes á deletrear el periódico desde
el título á la plana de anuncios ante unos cuantos pescadores que en los
días de holganza le oían hasta el anochecer.
--«-Se abre-... -la sisión-. -El siñor Segasta pide la palabra-.»
Y se interrumpía para decir al que estaba más cerca:
---¿Veus? ¡Este Segasta es un pillo!-
Y sin más aclaraciones afirmábase las gafas y volvía á deletrear por
debajo del blanco y chamuscado bigote:
--«-Siñores: contestando á lo que ayer dijo-...»
Pero antes de llegar á quién era el que dijo, dejaba el periódico para
mirar con superioridad á su embobado auditorio, afirmando con energía:
---¡Este es un embustero!-
-El Retor-, que había pasado tardes enteras admirando la sabiduría de
aquel hombre, no se fijó en él, atento y sumiso para su tío, que se
dignó quitarse la pipa de los labios para saludarles con un -¡hola-,
-chiquets!- permitiéndoles sentarse en las sillas que reservaba á sus
ilustres amigos.
Tonet volvió la espalda para mirar á los jugadores de la mesa inmediata,
que manejaban con entusiasmo los pedazos de hueso con puntos negros, y
algunas veces sondeó con sus ojos el interior del café, lleno de humo,
buscando tras el mostrador, bajo los cromos marítimos, á la hija de
-Carabina-, aliciente principal del establecimiento.
El señor Mariano (a) -el Callao- (aunque todos se guardaban de darle en
su presencia tal apodo) estaba ya cerca de los sesenta, á pesar de lo
cual se mantenía fuerte y bien plantado, cobrizo, con las córneas de
color de tabaco, el mostacho gris erizado como el de un gato cano y en
toda su persona el aire de petulancia del necio que ha hecho cuatro
cuartos.
Llamábanle -el Callao- porque cada día hablaba una docena de veces de
aquella jornada gloriosa, á la que había asistido de joven como marinero
de primera á bordo de la -Numancia-. Mentaba á cada paso á Méndez Núñez,
á quien llamaba siempre don Casto, como si hubiera sido gran amigote del
héroe, y los oyentes se entusiasmaban cuando se dignaba relatar lo
ocurrido en el Pacífico, imitando el estrépito de las andanadas del
glorioso navío: -¡Bum! ¡brurrrum!-
Fuera de esto, era un pájaro de cuenta. Había hecho el contrabando en la
feliz época en que todos eran ciegos, desde la comandancia al último
carabinero; todavía, si se presentaba ocasión, entraba á la parte en
algún alijo; su principal industria era hacer obras de caridad,
prestando á los pescadores y sus mujeres al cincuenta por ciento
mensual, lo que le valía la adhesión forzosa de un rebaño miserable que,
después de despojado, hacía cuanto él le mandaba en las luchas políticas
del pueblo.
Sus sobrinos le veían con amiración tratarse de tú por tú con todos los
alcaldes, y hasta algunas veces, vestido con la mejor ropa, ir á
Valencia en comisión de prohombres para hablar con el gobernador.
Avaro y cruel, sabía dar á tiempo una peseta; se familiarizaba con los
pescadores, y sus sobrinos, que no le debían más que la esperanza de
heredar algo el día en que muriese, teníanle por el hombre más
respetable y bondadoso de toda la población, á pesar de que muy contadas
veces habían entrado en su hermosa casa de la calle de la Reina, donde
vivía sin otra sociedad que la de una criada madura, de buenas carnes,
que le tuteaba y se permitía, al decir de la gente, una intimidad tan
peligrosa como era saber dónde guardaba encerrado su -gato- el señor
Mariano.
Oía éste á su sobrino con los ojos entornados y el entrecejo unido,
¡Hombre... hombre! No era malo el propósito. Así le gustaba á él la
gente, trabajadora y atrevida.
Y aprovechando la ocasión para halagar su propia vanidad de ignorante
enriquecido, comenzó á hablar de su juventud, cuando acababa de llegar
del servicio del rey sin un cuarto, y para librarse de ser pescador como
sus abuelos, habíase lanzado camino de Gibraltar y de Argel para
favorecer al comercio y que las gentes no fumasen la porquería del
estanco.
Gracias á sus -agallas- y á Dios, que no le había abandonado, tenía con
qué pasar bien la vejez. Pero aquellos tiempos eran otros, la gente iba
recta á su negocio; mientras que ahora los guardacostas estaban mandados
por oficialetes recién salidos de la escuadra de instrucción, con muchos
humos y un palmo de orejas para escuchar las delaciones de -los moscas-,
y no había quien parase la mano para recibir una docena de onzas á
cambio de ser ciego por una hora.
El mes pasado habían cogido cerca del cabo de Oropesa tres barcas que
venían de Marsella con cargamento de telas; había que ir con cuidado; la
gente estaba pervertida... abundaban los músicos de oreja... ¿Pero
estaba él decidido? pues adelante; no sería su tío quien le quitase la
idea, tanto más cuanto que le gustaba ver que los de la familia se
cansaban de ser unos piojosos y deseaban hacer carrera. Mejor le hubiera
ido á su padre, el pobre Pascual, siguiendo en el negocio y no volviendo
á pescar.
¿Qué necesitaba de él? Podía hablar sin cuidado. Allí tenía un padre
para ayudarle. Si fuese para la pesca ni un céntimo; le repugnaba aquel
excomulgado oficio, en el que los hombres se mataban para mal comer;
pero siendo para lo otro, todo lo que quisiera. No podía remediarlo; -le
tiraba- la afición al fardo prohibido.
Y como -el Retor- expusiera tímidamente sus pretensiones, balbuceando,
como si creyera pedir demasiado, el tío le atajó con resolución.
Ya que tenía barca, lo demás corría de su cuenta. Escribiría á sus
amigos del -entrepôt- de Argel, le darían un buen cargamento poniéndolo
á su cuenta, y si era listo y llegaba á echarlo en tierra, le ayudaría á
venderlo.
---Grasies-, -tío---murmuraba -el Retor- saltándosele las lágrimas--.
-¡Qué bò es vosté!-...
Bueno; menos palabras. Para eso estaba él en la familia. Además, se
acordaba mucho del pobre tío Pascual. ¡Lástima de hombre! ¡Un marinero
de tantas agallas!... ¡Ah! y á propósito. De las ganancias del alijo le
daría el treinta por ciento, y lo demás para él. Porque ya era sabido.
La familia era... la familia, y los negocios... los negocios. Y -el
Retor-, todavía conmovido, aprobaba esta elocuencia convincente con
sendas cabezadas.
Quedaron en silencio. Tonet seguía de espaldas mirando á los jugadores,
indiferente para aquella conversación que los dos hombres sostenían con
la vista fija y sin menear apenas los labios.
¿Y cuándo iba á ser el viaje? ¿En seguida? Lo preguntaba para escribir á
los del -entrepôt-.
Pero -el Retor- no podía salir hasta el sábado de Gloria. Bien quería él
que fuese antes, pero la obligación es lo primero, y el viernes tenía
que salir con su hermano en la procesión del Entierro al frente de la
-côlla- de los judíos. No así se abandona un puesto que venía ocupando
la familia hacía no sé cuántos años, con gran envidia de muchas gentes.
El traje de sayón era de su padre.
El tío Mariano, á quien se tenía en el pueblo por incrédulo, porque
jamás daba á ganar al cura una peseta, movía la cabeza con grave
expresión. Hacía bien su sobrino: para todo hay tiempo. -El Retor- y su
hermano pusiéronse en pie al ver que se aproximaban los amigos del tío.
Quedaban en que él ayudaría. Ya se avistaría de nuevo con su sobrino
para ultimar el asunto. ¿Querían tomar algo?... ¿No habían comido aún?
--Bueno; -pues á dinar y hasta la vista-, -chiquets-.
Los dos hermanos se alejaron con paso lento por la desierta acera,
volviendo al barrio de las Barracas.
---¿Qué t'ha dit el tío?---preguntó Tonet con indiferencia.
Pero al ver que su hermano movía la cabeza afirmativamente, se alegró.
¿De modo que el viaje era cosa hecha? Muy bien. Á ver si su hermano se
hacía rico y á él le alcanzaba algo para pasar bien el verano.
El bondadoso -Retor- se conmovió ante los buenos deseos de su hermano y
alegre por la conferencia con el tío, sentía deseos de abrazar á Tonet.
Aquel diablo de muchacho tenía buen corazón. Había que reconocer que le
quería mucho á él y también á su Dolores y á Pascualet.
Lástima que sus dos mujeres se llevasen tan mal y hubiesen dado aquel
escándalo en la Pescadería, del cual sólo vagas noticias habían llegado
hasta él.
V
Tronaba en las calles del Cabañal, á pesar de que el día amaneció
sereno.
La gente echábase de la cama aturdida por el ruido sordo é incesante,
igual al tableteo de lejanos truenos. Las buenas vecinas, desgreñadas,
con los ojos turbios y ligeras de ropas, salían á las puertas para ver á
la azulada luz del alba cómo pasaban los fieros judíos, autores de tanto
estrépito, golpeando los parches de sus destemplados y fúnebres
atabales.
Los más grotescos figurones asomaban en las esquinas, como si,
barajándose el almanaque, Carnaval hubiese caído en Viernes Santo.
La chavalería del pueblo echábase á la calle disfrazada con los extraños
trajes de una mascarada tradicional, que no otra cosa resultaba la
procesión del Encuentro.
Veíase á lo lejos, como pelotón de negras cucarachas, los encapuchados,
-las vestas-, con la aguda y enorme caperuza de astrólogo ó juez
inquisitorial, el antifaz de paño arrollado sobre la frente, una larga
varilla de ébano en la mano, y caída sobre el brazo la larga cola del
fúnebre ropón. Algunos, como suprema coquetería, llevaban enaguas de
deslumbrante blancura, rizadas y encañonadas, y asomando por bajo de
ellas los recogidos pantalones y las botas con elásticos, dentro de las
cuales el enorme pie, acostumbrado á ensancharse con libertad sobre la
arena, sufría indecibles angustias.
Pasaban después los judíos, fieros mamarrachos que parecían arrancados
de un escenario humilde donde se representasen dramas de la Edad Media
con ropería pobre y convencional. Era su indumentaria la que el vulgo
conoce con el nombre vago y acomodaticio de -traje de guerrero-;
tonelete cuajado de lentejuelas, bordados y franjas, como la túnica de
un -apache-; casco rematado por un escandaloso penacho de rabo de gallo
y los miembros ceñidos por un tejido grueso de algodón que modestamente
imitaba la malla de acero. Y como colmo de la caricatura y el
despropósito, con las fúnebres -vestas- y los imponentes judíos, pasaban
los -granaderos de la Virgen-, buenos mozos, con enormes mitras
semejantes á las gorras de los soldados del gran Federico y un uniforme
negro adornado con galones de plata que parecían arrancados de algún
ataúd.
Era caso de reir ante tan extrañas cataduras; pero á ver quién era el
guapo que se atrevía á ello ante el fervor profesional que se notaba en
todos los rostros atezados y graves. Además, no tan impunemente puede
uno reirse de los cuerpos armados; y judíos y granaderos, para la
custodia de Jesús crucificado ó de su madre, llevaban desenvainadas
todas las armas blancas conocidas de la edad primitiva al presente;
desde el enorme sable de caballería hasta el espadín de músico mayor.
Corrían tras ellos los muchachos, embobados por los vistosos uniformes;
madres, hermanas y amigas admirábanles desde las puertas, lanzando un
-¡Reina y siñora, qué guapos van!- y la mascarada piadosa servía para
recordar á la humanidad olvidadiza y pecaminosa que antes de una hora
Jesús y su madre iban á encontrarse en mitad de la calle de San Antonio,
casi á la puerta de la taberna del tío -Chulla-.
Conforme avanzaba el día y la luz azulada del amanecer tomaba los tintes
rosados y calientes de la mañana, aumentaba en las calles el ronquido
estrepitoso de los tambores, el toque de cornetas y las marciales
marchas de las músicas, como si un ejército invadiese el Cabañal.
Las -còllas- se habían reunido, y en filas de á cuatro marchaban tiesos,
solemnes y admirados como vencedores. Iban á la casa de sus capitanes
para recoger las banderas que ondeaban en el tejado, fúnebres
estandartes de terciopelo negro que ostentaban bordados los
horripilantes atributos de la Pasión.
-El Retor- era por herencia capitán de los judíos, y todavía de noche
saltó de la cama para embutirse en el hermoso traje guardado en el arcón
durante el resto del año y considerado por toda la familia como el
tesoro de la casa.
¡Válgale Dios y qué angustias pasaba el pobre -Retor-, cada año más
rechoncho y fornido, para embutirse en la apretada malla de algodón!
Su mujer, en ropas menores, al aire la exuberante pechuga, zarandeábale
tirando de un lado, apretando por otro, para ajustar dentro del mallón
las cortas piernas y el vientre de su -Retor-, mientras que Pascualet,
sentado en la cama, miraba con asombro á su padre, como si no le
reconociera con aquel casco de indio bravo erizado de plumajes y el
terrible sable de caballería que al menor movimiento chocaba contra los
muebles y rincones, produciendo un estrépito de mil diablos.
Por fin terminó el penoso tocado. Algo mal estaba, pero ya era hora de
acabar. Las ropas interiores, arrolladas por la opresión de la malla,
apelotonábanse, y las piernas del judío parecían plagadas de tumores;
apretábale el vientre el maldito calzón hasta hacerle palidecer; la
celada, por exceso de engrase, le caía sobre el rostro, lastimándole la
nariz; pero ¡la dignidad ante todo! y tirando del sablote é imitando con
voz sonora el redoble del tambor, púsose á dar majestuosas zancadas por
la habitación, como si su hijo fuese un príncipe á quien hacía guardia.
Dolores le miraba con sus ojos dorados y misteriosos ir de un lado á
otro como un oso enjaulado. Tentábanla á la risa las piernas tortuosas;
pero no; mejor estaba vestido así que cuando volvía a casa por la noche
con el traje alquitranado y el aire de una bestia abrumada por el
cansancio.
Ya llegaban; oíase la música de los judíos que venían por su bandera.
Dolores se vistió apresuradamente, mientras el capitán salía á la
frontera de sus dominios a recibir el ejército.
Sonaban acompasados los tambores, y el vistoso escuadrón agitaba los
pies, el cuerpo y la cabeza con rítmico contoneo, sin moverse del sitio,
mientras Tonet y dos más, con gravedad imperturbable, subían al balcón
por el estandarte.
Dolores vió á su cuñado en la escalera, y fué en ella instantáneo,
fulminante el instinto de comparación. Parecía todo un militar, un
general... algo que se separaba de la rudeza grotesca de los otros. No;
Tonet no tenía las piernas tortuosas y tumefactas, sino esbeltas,
ajustadas, elegantes, como aquellos señores tan simpáticos llamados don
Juan Tenorio, el rey don Pedro ó Enrique Lagardere, que tanto la habían
conmovido recitando quintillas ó dando estocadas en la escena del teatro
de la Marina.
Ya iban todas las -còllas- camino de la iglesia, con la música al
frente, ondeante la negra bandera y ofreciendo desde lejos el aspecto de
un tropel de brillantes insectos arrastrándose con incesante contoneo.
Comenzaba la ceremonia del encuentro. Marchaban por distintas calles dos
procesiones; en la una la Virgen, dolorosa y afligida, escoltada por su
guardia de sepulcrales granaderos, y en la otra Jesús, desmelenado y
sudoroso, con la túnica morada hueca y cargada de oro, abrumado bajo el
peso de la cruz, caído sobre los peñascos de corcho pintado que cubrían
la peana, sudando sangre por todos los poros; y en torno de él, para que
no se escapara, los inhumanos judíos que, para mayor -carácter-, ponían
un gesto feroz de pocos amigos, y las -vestas-, con el capuchón calado y
la cola arrastrando sobre los charcos, tan tétricas, tan sombrías, que
los chicuelos rompían a llorar, refugiándose en los zagalejos de la
madre.
Y los sordos parches siempre tronando, las trompetas lanzando sonidos
desgarradores, lamentos prolongados de ternerillo en el matadero; y en
medio de la chusma armada y feroz, niñas talluditas con los carrillos
cargados de colorete, vestidas de odaliscas de ópera cómica, con un
cantarillo al brazo para demostrar que eran la bíblica -Samaritana-, en
las orejas y el pecho el brillante aderezo tomado a préstamo por sus
madres y al aire las robustas pantorrillas con polonesas y medias
rayadas.
Pero estos pequeños detalles no abrían paso a la impiedad.
---¡Siñor!-... -¡Ay Siñor, Deu meu!---murmuraban con acento angustiado
las viejas pescaderas, contemplando al ensangrentado Jesús en poder de
la pillería excolmugada.
Entre los espectadores veíanse caras pálidas y ojerosas, bocas
sonrientes, gente alegre que, después de una noche tormentosa, había
venido de Valencia para reír un poco; y cuando se burlaban demasiado
fuerte de los grotescos figurones, no faltaba algún soldado de Pilatos
que agitaba el espadón amenazante, rugiendo con santa indignación:
---¡Morrals!-... -¡Morrals! ¿Veniu á burlarse?-
¡Á burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo Cabañal!... ¡Señor!
de Valencia habían de ser para atreverse a tanto.
La gente se agolpaba en el lugar del encuentro: una encrucijada de la
calle de San Antonio, frente á los azulejos que marcaban con extrañas
figuras las estaciones del Calvario. Allí se aglomeraban, empujándose
por colocarse en primera fila, las inquietas pescaderas, rudas,
agresivas, envueltas en sus mantones de cuadros y con el pañuelo sobre
los ojos.
Rosario estaba en un grupo de viejas, haciendo esfuerzos con codos y
rodillas por mantenerse en primera fila sobre la acera, para ver en
lugar preferente la procesión.
La pobre mujer hablaba de su Tonet con entusiasmo. ¿Le habían visto?...
Judío tan bien portado no se encontraba en toda la procesión. Y á la
infeliz, hablando con tanto entusiasmo de su marido, todavía le escocían
las bofetadas con que el brutal Tonet había acompañado al amanecer la
empresa de su acicalamiento.
Sintió sobre su pecho el rudo encontrón de un cuerpo macizo y poderoso
que se colocaba ante ella, empujándola por conquistar su puesto. Miró y
¡habría mayor atrevimiento! era Dolores, su cuñada, con Pascualet de la
mano, que se ahogaba en aquella aglomeración. La buena moza tenía el
aire de soberana de siempre y avanzaba el desdeñoso labio inferior al
mirar á la gente. ¡Ah, la -arrastrada!-... ¡Y cómo la respetaban y
mimaban todos á pesar de su orgullo!
Las dos cuñadas, con gran desesperación de la -tía Picores-, seguían
mirándose hostilmente. Su reconciliación en la horchatería del Mercado
había sido una tregua, y únicamente, como memoria de tantas promesas de
amistad, saludábanse fríamente, pero con una expresión en los ojos que
hacía presentir nuevas explosiones.
Rosario, aturdida por el ímpetu del cuerpo robusto que la empujaba, se
limitó á contestar á la mirada de Dolores con un gesto de desprecio. ¡La
muy desvergonzada! ¡Venir con tanto aire á tirar á las gentes del sitio
en que estaban! ¡Qué humos!... ¡Dejad paso á la reina! Bien se sabía
quién era cada una. Las personas sin educación se dan á conocer al
momento.
Y la mujercilla débil y pálida iba coloreándose como si la embriagaran
sus propias palabras. Reían sus amigas guiñando los ojos para animarla y
comenzaba á girar sobre su canoso cuello la soberbia cabeza de Dolores
con la expresión de una leona que oye zumbar un moscardón á sus
espaldas, cuando la procesión desembocó en la calle por una travesía
inmediata, y una ondulación de curiosidad agitó á la muchedumbre.
Avanzaban en opuesta dirección las dos procesiones, moderando su paso,
deteniéndose, calculando la distancia para llegar á la vez al lugar del
encuentro.
La morada túnica de Jesús centelleaba con los primeros rayos de sol por
encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en alto, que la luz
erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba la
Virgen, contoneándose al compás del paso de sus portadores, vestida de
negro terciopelo y cubierta con una gasa fúnebre, al través de la cual
brillaban sobre el rostro de cera las lágrimas, para las cuales llevaba
sin duda en las inmóviles manos un pañuelo rizado y encañonado.
Ella era la que atraía la atención de las mujeres. Muchas lloraban.
-¡Ay, reina y soberana!- Aquel encuentro partía el alma. ¡Ver una madre
á su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la comparación fuese mala)
que si ellas encontraran á sus chicos, tan buenos y honradotes, camino
del presidio.
Y las pescaderas seguían gimoteando ante la madre dolorosa, lo que no
les impedía fijarse en si llevaba algún adorno más que el año anterior.
Llegó el instante del encuentro. Cesaron los tambores en sus
destemplados redobles; apagaron las trompetas sus lamentables alaridos;
callaron las fúnebres músicas; quedáronse las dos imágenes inmóviles
frente á frente y sonó una vocecita quejumbrosa cantando con monótono
ritmo unas cancioncillas, en las que se describía lo conmovedor del
encuentro.
La gente oía embobada al -tío Grancha-, un viejo -velluter- que todos
los años venía de Valencia á cantar por entusiasmo piadoso en aquella
fiesta. ¡Qué voz! Sus quejidos partían el corazón, y por esto, cuando
los bebedores de la inmediata taberna de -Chulla- reían demasiado
fuerte, estallaba una protesta general en la silenciosa muchedumbre, y
los devotos clamaban indignados:
---¡Calleu-... -recordons!-
Subieron y bajaron las imágenes, lo que equivalía para la gente á
dolorosos y desesperados saludos que se dirigían la madre y el hijo; y
mientras se verificaban estas ceremonias y cantaba sus coplas el -tío
Grancha-, Dolores no quitaba los ojos del judío esbelto y arrogante que
contrastaba con su capitán patizambo.
Podía estar de espaldas á Rosario, pero ésta la veía, ó más bien
adivinaba dónde iban sus ojos. ¿Pero han visto ustedes? Ni que se lo
quisiera comer. ¡Qué desvergüenza! Y eso en presencia de su marido; ¡qué
sería cuando Tonet iba á su casa con excusa de jugar con el sobrino y la
encontraba sola!
Y mientras las dos procesiones se unían volviendo juntas á la iglesia,
la celosa é inquieta mujercilla seguía rugiendo á media voz amenazas é
insultos sobre aquellas espaldas anchas y rollizas, soberbio pedestal de
la hermosa nuca erizada de rizados pelos.
Dolores se volvió, dando una soberbia rabotada. ¿Pero era á ella á quien
decía tantas cosas? ¿Cuándo iba a dejarla en paz? ¿No podría mirar donde
le diese la gana?
Y los puntitos de oro, con su brillo infernal, destacábanse sobre la
pupila de hermoso verde mar.
Sí; para ella iban todas sus palabras; para ella, perra rabiosa, que se
comía los hombres con los ojos.
Dolores reía con desprecio. ¡Gracias! Que se guarde el suyo. Vaya una
prenda. Ella tenía su hombre y no podía acabárselo. Eso otras que
estaban medio locas. -Piensa el ladrón que todos-, etc.... Ella
únicamente se dedicaba á romperles los morros á las insultadoras.
---¡Mare!-, -¡mare!---gritaba Pascualet lloriqueando, agarrándose á las
faldas de la soberbia moza que, palideciendo bajo su piel morena, se
arqueaba ya para acometer, mientras que las amigas de Rosario agarraban
á ésta por los flacos y nerviosos brazos.
---¿Qué es asò?- -¿Sempre lo mateix?---bramó un vozarrón cascado.
Y la enorme mole de la -tía Picores- se interpuso entre las
combatientes.
Ella lo arreglaría todo. Sabía cómo se manejaba á aquellas locas. -Tú
Dolores-... -á casa-. -Y tú, mala llengua, que no t'oixca-.
Y á fuerza de empujones y amenazas las hizo obedecer.
¡Señor, qué gente! Hasta en un día santo, en viernes, y durante la
procesión del Encuentro, armaban escándalo las condenadas. ¡Señor mil
veces! ¡Qué chicas las de ahora!
Y viendo la fiera vieja que todavía se insultaban de lejos, las amenazó
con sus manos de bruja hinchada, logrando al fin que se dejasen llevar
por las amigas.
El escándalo trascendió al poco rato por todo el Cabañal.
En la barraca de Tonet hubo gran alboroto. Éste, antes de despojarse del
traje de judío, dió una paliza á su mujer para que se curara de celos.
-El Retor- habló de ello mientras Dolores le sacaba del tormento de la
malla á fuerza de tirones y sus carnes martirizadas recobraban la
saludable expansión.
Su cuñada estaba loca: lo declaraba con la mayor lástima. Y aunque su
hermano era un calavera y le dominaba el maldito aguardiente, no podía
menos de compadecerlo al verle unido á una mujer intratable como un
puerco espín.
Pero la familia era la familia. Porque Rosario fuese como era, no iba él
á cerrarle las puertas á su hermano Tonet, y menos ahora, que si le
ayudaba la suerte, tendría ocasión de hacerlo todo un hombre. Dolores,
pálida aún por la reciente emoción, aprobaba todas sus palabras con
movimientos de cabeza.
En fin, que con tratarse poco ó nada con aquella loca, todo quedaba
arreglado.
Y ahora al negocio.
Al día siguiente, cuando las campanas comenzaban á voltear el toque de
gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los muchachos
aporreaban las puertas con garrotes, la -Garbosa-, aquella ruina del
mar, aparejada como una barca pescadora, extendía su gran vela latina,
blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabañal;
contoneábase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que
oculta su vetustez, marchando en busca de la última conquista.
VI
Muy entrada la noche navegaba la -Garbosa- en aguas del cabo de San
Antonio.
Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego los encendidos
reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad de las
aguas.
Destacábase el cabo con su gigantesca cortadura, recta, trabajada y
bruñida por las tempestades, y detrás, tierra adentro, erguíase con
ascensión interminable el sombrío Mongó como un borrón sobre la
inmensidad azul.
El faro brillaba sobre la obscura masa como el inflamado ojo de un
cíclope acechando á los navegantes.
Era flojo el viento de la costa, y la -Garbosa- había pasado todo el día
en atravesar el golfo. Ahora tenía ante su proa el mar libre: estaban en
la entrada del verdadero camino de Argel.
-El Retor-, sentado en la popa, junto á la caña del timón, miraba la
obscura masa del cabo como orientándose, y al mismo tiempo examinaba un
viejo compás de su tío, sobre cuyo empañado vidrio proyectábase la luz
del farolillo que iluminaba el barco.
Tonet, sentado junto á él, ayudábale con su experiencia. De todos los de
á bordo, él era el único que había estado en Argel.
El camino era fácil; recto como una carretera. Al llegar al cabo, ¡caña
al Sudeste! y no había más que dejar á la -Garbosa- que siguiese su
camino si el viento era bueno.
-El Retor- se agarró con ambas manos á la caña del timón; viró la barca,
exhalando quejidos como un enfermo que muda de postura; el manso oleaje
que la mecía de lado comenzó á acometerla por la proa, obligándola á dar
lentos cabeceos, en los que hervía la espuma, brillando en la
obscuridad, y el faro vióse por la popa, confundiéndose su inquieta faja
rojiza con el rebullir de la estela.
Ahora á dormir.
Tonet se tendió al pie del mástil con un rollo de cuerdas por almohada y
cubierto con un pedazo de lona. Su hermano estaría en el timón hasta
media noche, y después le relevaría él hasta la madrugada.
-El Retor- era el único que velaba á bordo de la -Garbosa-. Á pesar del
rumor del oleaje, oía los ronquidos de la tripulación, dormida casi á
sus pies.
Él, que en el mar vivía siempre libre de cuidados y arrojaba las redes
hasta en mal tiempo, no podía dominar cierta inquietud al hallarse solo.
Los temores de la propiedad comenzaban á dominarle. El negocio por
cuenta propia hacíale miedoso. ¿Cómo saldría de aquella aventura?
¿Resistiría la -Garbosa- si se les echaba encima el mal tiempo? ¿Le
pillarían cuando volviese cargado hacia España?
Y con una atención de padre que cuenta las toses y pulsaciones del hijo
enfermo, atendía á los crujidos dolorosos de la vieja -Garbosa- como si
los quejidos se los arrancase á él el dolor, y miraba á lo alto, á la
punta de la vela, gigantesca sábana cóncava que, vista desde abajo,
parecía rasgar con su punta el cielo, aquella bóveda de raso apolillado,
por cuyos innumerables agujeros escapábase con vivo parpadeo el
resplandor de lo infinito.
Pasó la noche con tranquilidad, y el día amaneció entre nubecillas
rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano.
Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada apenas por las tibias
ráfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruñida, inmóvil y
azulada como espejo veneciano.
La tierra habíase perdido de vista. Á babor, disfuminadas en el
horizonte como vapores del amanecer, marcábanse vagamente dos manchas de
color de rosa, Tonet las señalaba á sus compañeros. Aquéllo era Ibiza.
La -Garbosa- avanzaba lentamente por la inmensidad circular, vasto
anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos límites, como puntos indecisos,
marcábanse las nubecillas de humo de las embarcaciones de vapor.
Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si su proa agitaba las
aguas: la vela pendía muchas veces inmóvil del mástil, barriendo la
cubierta con su orla.
Desde la cubierta de la -Garbosa- alcanzaba la vista las hondas
profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma barca
reflejábanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con
nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de
estaño; jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines,
sacando á flor de agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de
polvo brillante; aleteaban los peces voladores, mariposas del mar, que
se hundían en el misterio de las aguas después de algunos instantes de
vida atmosférica; y todos los seres extraños, de figuras fantásticas, de
colores indefinibles, pintarrajeados unos como tigres, negros y fúnebres
otros, gigantescos y fornidos, diminutos y nerviosos, de enormes bocas y
cuerpo reducido ó de pequeña cabeza é hinchado vientre, bullían y se
agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de aquellos
esquifes mitológicos á los que daban escolta las divinidades del mar.
Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma para echar sedales. El
-gato- de la barca vigilaba el fogón de proa, donde burbujeaba la olla
del mediodía, y -el Retor-, paseando por la estrecha popa y mirando al
horizonte, se daba á todos los demonios ante la calma. La -Garbosa-,
aunque no estaba inmóvil, parecía enclavada siempre en el mismo sitio.
Á lo lejos veíase un pailebot con las velas caídas, apresado por la
calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta ó de Suez. Pasaban
por la línea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de ancha
chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la línea de flotación;
-trigueros- que venían del Mar Negro é iban hacia el Estrecho, llevando
en sus entrañas la inmensa cosecha de la Rusia del Sur.
El sol llegaba á su mayor altura. Brillaban las aguas como inflamadas,
burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldeábase la atmósfera como
si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la -Garbosa- ardían
las viejas tablas crepitando con ruido de leña vieja.
La comida estaba á punto, y patrón y marineros sentáronse al pie del
mástil á la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara en el mismo
plato.
Todos estaban despechugados, sudorosos, anonadados por la calma
bochornosa; rodaba sin cesar el porrón de mano en mano para refrescar
las secas fauces, y algunas veces miraban con envidia las aves de mar
que revoloteaban á ras del agua como si temiesen cruzar la atmósfera
caliginosa.
Al terminar la comida, los marineros entornaban los ojos y se movían
perezosamente, como si estuvieran borrachos más de sol que de vino.
Iban á dormir en la -zorra- de aquel carro viejo, y uno tras otro
deslizáronse en la cala de la barca, tumbándose sobre las maderas que
rezumaban, quejándose al menor vaivén.
Pasó la tarde y la noche sin ningún incidente. Al amanecer refrescó el
viento, y la -Garbosa-, como un caballo viejo de buena casta que siente
la espuela, comenzó á encabritarse, cabeceando sobre las rizada olas.
Al mediodía marcáronse en el límite del mar algunas manchas de humo, y
poco después todos los tripulantes de la -Garbosa- vieron salir
pausadamente tras la verde faja del horizonte mástiles como campanarios,
con plataformas enormes; torres de fortaleza; castillos flotantes
pintados de blanco: toda una ciudad cargada de miles de hombres que
avanzaba envuelta en humo, trazando caprichosas evoluciones, formando
una sola pieza ó disgregándose hasta ocupar todo el horizonte; rebaño de
leviatanes que conmovían las aguas agitándolas con sus ocultas aletas.
Era la escuadra francesa del Mediterráneo que marchaba haciendo
evoluciones. Ya se aproximaban á Argel. Todos la contemplaban con
asombro y temor. ¡Recristo y qué cosas tan grandes hacen los hombres! El
más pequeño de tales barcos, el cañonero blanco que empavesado de
banderas y bolas negras iba por entre los grandes navíos haciendo
señales como un cabo que vigila la formación, no necesitaba más que
rozar la barca para convertirla en sémola. Y no se diga nada de las
vigas negras y redondas que asomaban por las aberturas de las torres.
¿Adónde irían á parar ellos si á los tales animalotes se les ocurría
estornudar?...
Y los contrabandistas contemplaban la escuadra con la inquietud y el
respeto del raterillo que viese desfilar un batallón de guardia civil.
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
401
402
403
404
405
406
407
408
409
410
411
412
413
414
415
416
417
418
419
420
421
422
423
424
425
426
427
428
429
430
431
432
433
434
435
436
437
438
439
440
441
442
443
444
445
446
447
448
449
450
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
498
499
500
501
502
503
504
505
506
507
508
509
510
511
512
513
514
515
516
517
518
519
520
521
522
523
524
525
526
527
528
529
530
531
532
533
534
535
536
537
538
539
540
541
542
543
544
545
546
547
548
549
550
551
552
553
554
555
556
557
558
559
560
561
562
563
564
565
566
567
568
569
570
571
572
573
574
575
576
577
578
579
580
581
582
583
584
585
586
587
588
589
590
591
592
593
594
595
596
597
598
599
600
601
602
603
604
605
606
607
608
609
610
611
612
613
614
615
616
617
618
619
620
621
622
623
624
625
626
627
628
629
630
631
632
633
634
635
636
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
647
648
649
650
651
652
653
654
655
656
657
658
659
660
661
662
663
664
665
666
667
668
669
670
671
672
673
674
675
676
677
678
679
680
681
682
683
684
685
686
687
688
689
690
691
692
693
694
695
696
697
698
699
700
701
702
703
704
705
706
707
708
709
710
711
712
713
714
715
716
717
718
719
720
721
722
723
724
725
726
727
728
729
730
731
732
733
734
735
736
737
738
739
740
741
742
743
744
745
746
747
748
749
750
751
752
753
754
755
756
757
758
759
760
761
762
763
764
765
766
767
768
769
770
771
772
773
774
775
776
777
778
779
780
781
782
783
784
785
786
787
788
789
790
791
792
793
794
795
796
797
798
799
800
801
802
803
804
805
806
807
808
809
810
811
812
813
814
815
816
817
818
819
820
821
822
823
824
825
826
827
828
829
830
831
832
833
834
835
836
837
838
839
840
841
842
843
844
845
846
847
848
849
850
851
852
853
854
855
856
857
858
859
860
861
862
863
864
865
866
867
868
869
870
871
872
873
874
875
876
877
878
879
880
881
882
883
884
885
886
887
888
889
890
891
892
893
894
895
896
897
898
899
900
901
902
903
904
905
906
907
908
909
910
911
912
913
914
915
916
917
918
919
920
921
922
923
924
925
926
927
928
929
930
931
932
933
934
935
936
937
938
939
940
941
942
943
944
945
946
947
948
949
950
951
952
953
954
955
956
957
958
959
960
961
962
963
964
965
966
967
968
969
970
971
972
973
974
975
976
977
978
979
980
981
982
983
984
985
986
987
988
989
990
991
992
993
994
995
996
997
998
999
1000