Dolores le veía sin mostrar la menor emoción. Únicamente en sus ojos de soberana brillaban puntos de oro, chispas delatoras del ardor de misteriosos deseos. Pasó un año de felicidad. El dinero, amasado ochavo sobre ochavo en la mísera tiendecita donde nació Rosario, escapábase locamente por entre los dedos de Tonet; pero llegó el momento de verle el fondo al saco, como decía la tabernera de la playa al reprender las prodigalidades de su hijo. Comenzaron los apuros, y con ellos la discordia, el llanto y hasta las palizas en casa de Tonet. Ella se agarró á la cesta del pescado, como lo hacían todas las vecinas. De su fama de rica descendió á la vida embrutecedora y fatigosa de pescadera de las más pobres. Levantábase poco después de media noche; esperaba en la playa con los pies en los charcos y el cuerpo mal cubierto por el viejo mantón, que muchas veces ondeaba con el viento de tempestad; iba á pie á Valencia, abrumada por el peso de las banastas; volvía por la tarde á su casa desfallecida por el hambre y el cansancio, pero se tenía por feliz si podía mantener al señor en su antiguo boato y evitarle toda humillación que se tradujera en maldiciones y alborotos. Para que Tonet pasase la noche en el café, en la tertulia de maquinistas de vapor y patrones de barca, ahogaba muchas mañanas en la Pescadería su hambre rabiosa, excitada ante los humeantes chocolates y las chuletas entrepanadas que veía sobre las mesas de sus compañeras. Lo importante era que nada faltase al ídolo, pronto siempre á enfadarse y á maldecir la perra suerte de su casamiento, y á la pobre mujercita, cada vez más flaca y derrotada, le parecían insignificantes todas sus miserias, siempre que al señor no le faltase la peseta para el café y el dominó, la comida abundante y las camisetas de franela bien vistosas para seguir sosteniendo la antigua fama. Algo caro le costaba; ella envejecía antes de los treinta años, pero podía lucir como propiedad exclusiva el mejor mozo del Cabañal. El infortunio les aproximaba al -Retor-, al otro matrimonio que subía y subía por el camino de la prosperidad, mientras ellos rodaban cabeza abajo. Los hermanos deben ayudarse en los malos trances; nada más natural, y por esto Rosario, aunque á regañadientes, iba á casa de Dolores y consentía que Tonet reanudase una amistad íntima con su cuñada. Esto la atormentaba, pero no había que reñir: se disgustaba -el Retor-, y él era el que muchas semanas mantenía al matrimonio cuando no había pescado para vender ó el vago de gentil aspecto no lograba ganarse algún duro interviniendo en los pequeños negocios propios de los puertos de mar. Pero llegó el momento en que las dos mujeres, que se odiaban, cansáronse de fingir. Después de cuatro años de matrimonio, Dolores resultó encinta. -El Retor- sonreía como un bendito al dar á todo el mundo la fausta noticia, y las vecinas alegrábanse también, pero de un modo maligno. Era pura sospecha, pero se comentaba la coincidencia de aquel embarazo tardío con la época en que Tonet mostró mayor apego á la casa de su hermano, pasando en ella más tiempo que en el café. Las dos cuñadas riñeron con toda la franqueza salvaje de sus caracteres; entre ellas marcóse eterna división, y en adelante sólo visitó Tonet la casa del -Retor-, lo que indignaba á Rosario, haciendo que las riñas conyugales terminasen siempre con bárbaras palizas. Y de este modo transcurrió el tiempo. Rosario, afirmando que el chiquillo de Dolores tenía la misma cara de Tonet; éste siempre á remolque de su hermano mayor, que sentía por él la debilidad de otros tiempos, y á pesar de su espíritu económico se dejaba saquear por aquel vago; y la hermosa hija del -tío Paella- burlábase de su cuñada la -tísica-, la -pava-, gozándose en insultar su pobreza, su vida trabajosa, y haciendo alarde del poderío que tenía sobre Tonet, el cual, como en otros tiempos, iba tras ella, dominado y sumiso como un perro. Un hálito de perpetua guerra, de burlona insolencia, parecía ir desde la antigua casa del -tío Paella-, restaurada y embellecida, á la barraca miserable de techo desvencijado donde Rosario se había refugiado empujada por la miseria. Las buenas vecinas, con la más santa de las intenciones, se encargaban de circular las insolencias é insultos, llevando y trayendo recados. Cuando Rosario, roja de indignación y con los ojos llorosos, necesitaba desahogo y consuelo, iba á la playa, á la barcaza-taberna, que adquiría un color sombrío y parecía envejecer como su dueña. Allí la oían silenciosamente, moviendo su cabeza, con expresión de desconsuelo, la -siñá- Tona y Roseta, las cuales, á pesar de su íntimo parentesco, vivian con huraña hostilidad, no coincidiendo más que en su despreciativo odio á los hombres. La barca que les servía de madriguera era como un observatorio, desde el que contemplaban lo que ocurría entre las dos familias. ¡Los hombres! ¡Vaya una gentuza! La -siñá- Tona lo afirmaba, mirando de soslayo el retrato del carabinero, que parecía presidir la taberna. Todos eran unos granujas, que no valían ni el cordel para ahorcarlos. Y Roseta, con sus ojazos verde mar, límpidos y serenos de virgen que todo lo sabe y está curada de espanto, murmuraba con expresión soñadora: ---Y el que no es granuja, es com el Retor: un bestia-. IV Aunque el día era de invierno, picaba tanto el sol, que -el Retor- y Tonet estaban en la playa, agazapados á la sombra de un laúd viejo encallado en la arena. Tiempo les quedaba de tostarse cuando saliesen al mar. Los dos hablaban lentamente, como adormecidos por el brillo y el calor de la playa. ¡Vaya un día hermoso! Parecíales imposible que estuviesen en vísperas de Semana Santa, época de los aguaceros y de los repentinos temporales. El cielo, inundado de luz, tenía un tinte blanquecino; como copos de espuma caídos al azar, bogaban por él algunos jirones de vapor plateado, y de la arena caldeada salía un vaho húmedo que envolvía los objetos lejanos, haciendo temblar sus contornos. La playa estaba en reposo. La casa -dels bòus-, donde rumiaban en sus establos los enormes bueyes para el arrastre de las barcas, alzaba su cuadrada mole con rojizo tejado y azules cuadrantes en sus paredes sobre las largas filas de barcas puestas en seco, que formaban en la orilla una ciudad nómada con calles y encrucijadas; algo semejante á un campamento griego de la edad heroica, donde las birremes puestas en seco servían de trincheras. Los mástiles latinos, inclinados graciosamente hacia la proa con sus puntas gruesas y romas, formaban un bosque de lanzas; entrecruzábanse las embreadas cuerdas, como lianas y trepadoras de aquella selva de palos; bajo las gruesas velas caídas en las cubiertas, rebullía toda una población anfibia, al aire las rojizas piernas, con la gorra calada hasta las orejas, repasando las redes ó atizando el fogón, en el que burbujeaba el suculento caldo de pescado, y sobre la ardiente arena descansaban las ventrudas quillas pintadas de blanco ó azul, como panzas de monstruos marinos tendidos voluptuosamente bajo las caricias del sol. Reinaba en esta población improvisada, tal vez deshecha á la noche para esparcirse por la inmensidad de la faja azul que cerraba el horizonte, el orden y la simetría de una ciudad moderna tirada á cordel. En primera fila, junto á las olas que se adelgazaban como láminas de cristal sobre los arabescos de arena, estaban las barcas pequeñas, las que pescan al -volantí-, pequeños y airosos esquifes, que parecían la vistosa pollada de las grandes barcas alineadas detrás, parejas del -bòu- con idéntica altura é iguales colores. En la última fila estaban los veteranos de la playa, los barcos viejos, con el vientre abierto, mostrando por los negros rasguños las carcomidas costillas, con el mismo aire de tristeza de los caballos de plaza de toros, como si pensasen en la ingratitud humana, que abandona á la vejez. Ondeaban izadas en los mástiles las redes rojizas puestas á secar, las camisetas de franela, los calzones de bayeta amarilla, y por encima de este vistoso empavesado pasaban las gaviotas trazando círculos, como si estuvieran borrachas de sol, hasta que se dejaban caer por un instante en el mar azul y tranquilo, agitado por leves estremecimientos é hirviente con burbujas luminosas bajo el calor del mediodía. -El Retor- hablaba del tiempo, paseando sus ojos amarillentos de buey manso sobre el mar y la costa. Seguía con la vista las puntiagudas velas que corrían por la línea verdosa del horizonte como alas de palomas que bebían allá lejos, y después miraba la costa, que se encorvaba formando golfo, con su orla de masas verdes y blancos caseríos: las colinas del Puig, enormes tumefacciones de la playa baja que invadía el mar en sus ratos de cólera; el castillo de Sagunto, enroscando sus ondeados baluartes sobre la larga montaña de un suave color de caramelo, y desde allí, tierra adentro y cerrando el horizonte, la dentellada cordillera, oleaje de rojo granito que, con sus crestas inmóviles, parecía lamer el cielo. Ya estaban en el buen tiempo. -El Retor- era quien lo afirmaba, y sabido era en el Cabañal que en estas cuestiones había heredado el acierto de su patrón, el -tío Borrasca-. Aun quedaban para la próxima semana algunas tormentas, pero serían poca cosa: había que dar gracias á Dios porque el mal tiempo acababa pronto, y los hombres honrados podrían ganarse el pan sin miedo. Y hablaba con lentitud, mascando la negra tagarnina de contrabando y sumiéndose en el majestuoso silencio de la playa. Algunas veces, sobre el lento susurro del agua tranquila, destacábase la voz lejana de una muchacha, como si saliera de bajo de la tierra, entonando una canción de monótona cadencia; sonaba lentamente el -¡oh-... -oh, isa!- de unos cuantos muchachos que tiraban de un pesado mástil al compás de la soñolienta exclamación; gritaban como pájaros desde las cubiertas de las barcas las mujeres desgreñadas, llamando á comer á los -gatos-, que estaban en los establos contemplando los bueyes; sonaban los pesados mazos de los calafates con incesante regularidad, y todos los ruídos absorbíanse en la calma majestuosa del ambiente impregnado de luz, que envolvía sonidos y objetos en una vaguedad fantástica. Tonet miraba á su hermano con expresión interrogante, esperando que su calma cachazuda acabase de formular todo el plan. Por fin habló -el Retor-. En una palabra: que estaba ya cansado de ganar el dinero lentamente, y quería dar un golpe como lo habían hecho otros. En el mar está el pan para todos; sólo que unos lo cogen negro y á costa de muchos sudores, mientras que otros lo pillan del más sabroso si tienen pecho para exponerse. ¿Le entendía Tonet? Y sin esperar contestación púsose en pie y fué hasta la proa de la vieja barca para ver si alguien escuchaba al otro lado. Nadie. La playa estaba desierta. No se veía una sola persona en la extensión de arena donde en verano se plantan las -barraquetes- para los bañistas de Valencia. Á lo último veíase el puerto erizado de mástiles con banderas, vergas entrecruzadas, chimeneas encarnadas y negras y grúas que parecían horcas. Avanzaba mar adentro la escollera de Levante como un muro ciclópeo de rojos bloques aglomerados al azar por una trepidación del terreno; amontonábanse en el fondo los edificios del Grao, las grandes casas donde están los almacenes, los consignatarios, los agentes de embarque, la gente de dinero, la aristocracia del puerto, y después, como una larga cola de tejados, la vista encontraba tendidos en línea recta el Cabañal, el Cañamelar, el -Cap de Fransa-, una masa prolongada de construcciones de mil colores, que decrecían conforme se alejaban del puerto; al principio fincas con muchos pisos y esbeltas torrecillas, y en el lejano extremo, lindante con la vega, blancas barracas con la caperuza de paja torcida por los vendavales. No temiendo espionajes, -el Retor- volvió á sentarse al lado de su hermano. Su mujer le había metido el proyecto en la cabeza, y él, después de pensarlo mucho, había acabado por creerlo aceptable. Se trataba de un viaje á la -còsta d'afòra-, á Argel; como quien dice á la pared de enfrente de aquella casa azul y mudable que tantas veces recorrían como pescadores. Nada de pescado, que no se deja coger siempre que el hombre quiere; buenos fardos de contrabando; la barca llena hasta los topes de -alguilla- y -Flor de Mayo-... -¡Rediel!- ese era el negocio; mil veces lo había hecho su pobre padre. ¿Qué le parecía? Y el honradote Retor, incapaz de faltar á lo que le previniese el alguacil del pueblo ó el cabo de mar, reíase como un bendito al pensar en aquel alijo de tabaco que hacía tiempo le danzaba en la cabeza, y le parecía ver ya sobre la arena los fardos de lona embreada. Como buen hijo de la costa, recordando las hazañas de sus mayores, consideraba el contrabando como la profesión más natural y honrada para un hombre aburrido de la pesca. Á Tonet le parecía bien. Ya había hecho él dos viajes de tal clase, enganchándose como simple marinero, y ahora que faltaba trabajo en el muelle y el tío Mariano no acababa de sacarle aquel empleo tan codiciado en las obras del puerto, no tenía inconveniente en seguir á su hermano. Este redondeaba el plan. Tenía lo más importante: barca propia, la -Garbosa-. Y como Tonet lanzase una exclamación de asombro, -el Retor- entró en detalles. Ya sabía él que la tal barca estaba casi despanzurrada, con los costillares poco unidos y la cubierta combada hacia abajo; una ruina que al saltar sobre las olas, sonaba como una guitarra vieja; pero no le habían engañado: treinta duros dió por ella; compró la leña y nada más; pero aun sobraba para hombres que conocían el mar y eran capaces de atravesarlo en un zapato. Además--y guiñaba un ojo con su malicia de muchacho grande--, con una barca así se tenía la ventaja de perder poco si el guardacostas les echaba la zarpa. Y con este argumento, de una sencillez sublime, convencíase -el Retor- de la conveniencia de tal temeridad, sin ocurrírsele ni remotamente que exponía su vida. Con su hermano y dos hombres de confianza quedaba formada la tripulación. Ahora sólo necesitaba hablarle al tío Mariano, que tenía buenos conocimientos en Argel, de la época en que hacía el negocio. Y como hombre decidido que teme arrepentirse si espera mucho, quiso ir inmediatamente en busca de aquel personaje poderoso, que les honraba siendo su tío. Á tales horas debía estar fumando su pipa en el café de -Carabina-, y allá fueron los dos hermanos. Al pasar por cerca de la casa -dels bòus- miraron la barcaza-taberna, cada vez más negra y abandonada, y saludaron con un -¡adiós, mare!- el rostro lustroso y de colgantes carrillos que, encuadrado por un pañuelo blanco semejante á toca monjil, asomaba por la boca de cueva abierta sobre el mostrador. Algunas ovejas sucias y flacas rumiaban la hierbecilla de las marismas inmediatas á la población; cantaban las ranas en los charcos confundiendo su monótono -rac-rac- con la susurrante calma de la playa, y sobre las redes de color de vino, festoneadas de corcho y tendidas sobre la arena, picoteaban los gallos, que irisaban sus luminosas plumas despidiendo reflejos metálicos. Á la orilla de la acequia del Gas, las mujeres, en cuclillas, moviendo sus inquietas posaderas, lavaban la ropa ó fregaban los platos en un agua infecta que discurría sobre fango negruzco cargado de mortales emanaciones. Los calafates agitábanse mazo en mano en torno de un esqueleto de madera nueva, que parecía de lejos la osamenta de un monstruo prehistórico, y los cordeleros, arrolladas al busto las madejas de cáñamo, andaban de espaldas por la ribera de la acequia, formando entre sus ágiles dedos el hilo que se prolongaba sujeto al incansable torno. Llegaron al Cabañal, al barrio llamado de las Barracas, donde se albergaba la gente pobre sometida por la miseria á la servidumbre del mar. Las calles aparecían tan rectas y regulares como desiguales eran los edificios; las aceras de ladrillos rojos se escalonaban á capricho, según la altura de las puertas; y en el arroyo fangoso, negruzco, con profundas carrileras y charcos de la lluvia de semanas antes, dos hileras de olivos enanos golpeaban con las empolvadas ramas á los transeuntes, y veían unidos sus nudosos troncos por cuerdas en que se secaban las ropas, ondeando como banderas con la fresca brisa del mar. Las barracas blancas aparecían entre casas modernas de pisos altos, pintadas al barniz cual barcos nuevos con la fachada de dos colores, como si sus dueños no pudieran sustraerse en tierra al recuerdo de la línea de flotación. Sobre algunas puertas había adornos de talla semejantes á los mascarones de proa, y en toda la edificación se notaba el recuerdo de la antigua vida del mar, una amalgama de colores y de perfiles que daba á las casas el aspecto de buques en seco. Ante algunas puertas y subiendo hasta la altura del tejado, estaban plantados fuertes mástiles con garrucha, como signo de que allí vivían los dueños de las parejas del -bòu-. En lo alto del mástil se secaban los artefactos de pesca más delicados, ondeando con la majestad de un pabellón consular. -El Retor- miraba estos palitroques con cierta envidia. ¿Cuándo querría el Santo Cristo del Grao que él le pudiese plantar á su Dolores un palo así frente á la puerta? Pasaron la acequia del Gas, entrando en el Cabañal, donde veranea la gente de Valencia. Las alquerías bajas, de panzudas rejas verdes, estaban cerradas y silenciosas; las anchas aceras repercutían los pasos con la sonoridad de una población abandonada; los copudos plátanos languidecían en la soledad, como si echasen de menos las alegres noches del estío con sus risas, sus correteos y su incesante sonar de alegres pianos. Sólo se veía de vez en cuando algún vecino del pueblo, que con la gorra puntiaguda, las manos en los bolsillos y la pipa en la boca, marchaba perezosamente hacia los cafés, únicos lugares que conservaban animación y vida. El de -Carabina- estaba lleno. Bajo el toldo de la puerta veíase una aglomeración de chaquetas azules, rostros bronceados y gorras de seda negra; chocaban con sordo tableteo las fichas del dominó, y á pesar del aire libre, percibíase un fuerte olor de ginebra y tabaco picante. Bien conocía Tonet aquel sitio, donde había triunfado como hombre generoso en la primera época de su matrimonio. Allí estaba el tío Mariano solo en su mesa, aguardando, sin duda, la llegada del alcalde y otros de su clase, mientras fumaba la enorme pipa, oyendo con desdeñosa superioridad al -tío Gòri-, un viejo carpintero de ribera que durante veinte años iba al café todas las tardes á deletrear el periódico desde el título á la plana de anuncios ante unos cuantos pescadores que en los días de holganza le oían hasta el anochecer. --«-Se abre-... -la sisión-. -El siñor Segasta pide la palabra-.» Y se interrumpía para decir al que estaba más cerca: ---¿Veus? ¡Este Segasta es un pillo!- Y sin más aclaraciones afirmábase las gafas y volvía á deletrear por debajo del blanco y chamuscado bigote: --«-Siñores: contestando á lo que ayer dijo-...» Pero antes de llegar á quién era el que dijo, dejaba el periódico para mirar con superioridad á su embobado auditorio, afirmando con energía: ---¡Este es un embustero!- -El Retor-, que había pasado tardes enteras admirando la sabiduría de aquel hombre, no se fijó en él, atento y sumiso para su tío, que se dignó quitarse la pipa de los labios para saludarles con un -¡hola-, -chiquets!- permitiéndoles sentarse en las sillas que reservaba á sus ilustres amigos. Tonet volvió la espalda para mirar á los jugadores de la mesa inmediata, que manejaban con entusiasmo los pedazos de hueso con puntos negros, y algunas veces sondeó con sus ojos el interior del café, lleno de humo, buscando tras el mostrador, bajo los cromos marítimos, á la hija de -Carabina-, aliciente principal del establecimiento. El señor Mariano (a) -el Callao- (aunque todos se guardaban de darle en su presencia tal apodo) estaba ya cerca de los sesenta, á pesar de lo cual se mantenía fuerte y bien plantado, cobrizo, con las córneas de color de tabaco, el mostacho gris erizado como el de un gato cano y en toda su persona el aire de petulancia del necio que ha hecho cuatro cuartos. Llamábanle -el Callao- porque cada día hablaba una docena de veces de aquella jornada gloriosa, á la que había asistido de joven como marinero de primera á bordo de la -Numancia-. Mentaba á cada paso á Méndez Núñez, á quien llamaba siempre don Casto, como si hubiera sido gran amigote del héroe, y los oyentes se entusiasmaban cuando se dignaba relatar lo ocurrido en el Pacífico, imitando el estrépito de las andanadas del glorioso navío: -¡Bum! ¡brurrrum!- Fuera de esto, era un pájaro de cuenta. Había hecho el contrabando en la feliz época en que todos eran ciegos, desde la comandancia al último carabinero; todavía, si se presentaba ocasión, entraba á la parte en algún alijo; su principal industria era hacer obras de caridad, prestando á los pescadores y sus mujeres al cincuenta por ciento mensual, lo que le valía la adhesión forzosa de un rebaño miserable que, después de despojado, hacía cuanto él le mandaba en las luchas políticas del pueblo. Sus sobrinos le veían con amiración tratarse de tú por tú con todos los alcaldes, y hasta algunas veces, vestido con la mejor ropa, ir á Valencia en comisión de prohombres para hablar con el gobernador. Avaro y cruel, sabía dar á tiempo una peseta; se familiarizaba con los pescadores, y sus sobrinos, que no le debían más que la esperanza de heredar algo el día en que muriese, teníanle por el hombre más respetable y bondadoso de toda la población, á pesar de que muy contadas veces habían entrado en su hermosa casa de la calle de la Reina, donde vivía sin otra sociedad que la de una criada madura, de buenas carnes, que le tuteaba y se permitía, al decir de la gente, una intimidad tan peligrosa como era saber dónde guardaba encerrado su -gato- el señor Mariano. Oía éste á su sobrino con los ojos entornados y el entrecejo unido, ¡Hombre... hombre! No era malo el propósito. Así le gustaba á él la gente, trabajadora y atrevida. Y aprovechando la ocasión para halagar su propia vanidad de ignorante enriquecido, comenzó á hablar de su juventud, cuando acababa de llegar del servicio del rey sin un cuarto, y para librarse de ser pescador como sus abuelos, habíase lanzado camino de Gibraltar y de Argel para favorecer al comercio y que las gentes no fumasen la porquería del estanco. Gracias á sus -agallas- y á Dios, que no le había abandonado, tenía con qué pasar bien la vejez. Pero aquellos tiempos eran otros, la gente iba recta á su negocio; mientras que ahora los guardacostas estaban mandados por oficialetes recién salidos de la escuadra de instrucción, con muchos humos y un palmo de orejas para escuchar las delaciones de -los moscas-, y no había quien parase la mano para recibir una docena de onzas á cambio de ser ciego por una hora. El mes pasado habían cogido cerca del cabo de Oropesa tres barcas que venían de Marsella con cargamento de telas; había que ir con cuidado; la gente estaba pervertida... abundaban los músicos de oreja... ¿Pero estaba él decidido? pues adelante; no sería su tío quien le quitase la idea, tanto más cuanto que le gustaba ver que los de la familia se cansaban de ser unos piojosos y deseaban hacer carrera. Mejor le hubiera ido á su padre, el pobre Pascual, siguiendo en el negocio y no volviendo á pescar. ¿Qué necesitaba de él? Podía hablar sin cuidado. Allí tenía un padre para ayudarle. Si fuese para la pesca ni un céntimo; le repugnaba aquel excomulgado oficio, en el que los hombres se mataban para mal comer; pero siendo para lo otro, todo lo que quisiera. No podía remediarlo; -le tiraba- la afición al fardo prohibido. Y como -el Retor- expusiera tímidamente sus pretensiones, balbuceando, como si creyera pedir demasiado, el tío le atajó con resolución. Ya que tenía barca, lo demás corría de su cuenta. Escribiría á sus amigos del -entrepôt- de Argel, le darían un buen cargamento poniéndolo á su cuenta, y si era listo y llegaba á echarlo en tierra, le ayudaría á venderlo. ---Grasies-, -tío---murmuraba -el Retor- saltándosele las lágrimas--. -¡Qué bò es vosté!-... Bueno; menos palabras. Para eso estaba él en la familia. Además, se acordaba mucho del pobre tío Pascual. ¡Lástima de hombre! ¡Un marinero de tantas agallas!... ¡Ah! y á propósito. De las ganancias del alijo le daría el treinta por ciento, y lo demás para él. Porque ya era sabido. La familia era... la familia, y los negocios... los negocios. Y -el Retor-, todavía conmovido, aprobaba esta elocuencia convincente con sendas cabezadas. Quedaron en silencio. Tonet seguía de espaldas mirando á los jugadores, indiferente para aquella conversación que los dos hombres sostenían con la vista fija y sin menear apenas los labios. ¿Y cuándo iba á ser el viaje? ¿En seguida? Lo preguntaba para escribir á los del -entrepôt-. Pero -el Retor- no podía salir hasta el sábado de Gloria. Bien quería él que fuese antes, pero la obligación es lo primero, y el viernes tenía que salir con su hermano en la procesión del Entierro al frente de la -côlla- de los judíos. No así se abandona un puesto que venía ocupando la familia hacía no sé cuántos años, con gran envidia de muchas gentes. El traje de sayón era de su padre. El tío Mariano, á quien se tenía en el pueblo por incrédulo, porque jamás daba á ganar al cura una peseta, movía la cabeza con grave expresión. Hacía bien su sobrino: para todo hay tiempo. -El Retor- y su hermano pusiéronse en pie al ver que se aproximaban los amigos del tío. Quedaban en que él ayudaría. Ya se avistaría de nuevo con su sobrino para ultimar el asunto. ¿Querían tomar algo?... ¿No habían comido aún? --Bueno; -pues á dinar y hasta la vista-, -chiquets-. Los dos hermanos se alejaron con paso lento por la desierta acera, volviendo al barrio de las Barracas. ---¿Qué t'ha dit el tío?---preguntó Tonet con indiferencia. Pero al ver que su hermano movía la cabeza afirmativamente, se alegró. ¿De modo que el viaje era cosa hecha? Muy bien. Á ver si su hermano se hacía rico y á él le alcanzaba algo para pasar bien el verano. El bondadoso -Retor- se conmovió ante los buenos deseos de su hermano y alegre por la conferencia con el tío, sentía deseos de abrazar á Tonet. Aquel diablo de muchacho tenía buen corazón. Había que reconocer que le quería mucho á él y también á su Dolores y á Pascualet. Lástima que sus dos mujeres se llevasen tan mal y hubiesen dado aquel escándalo en la Pescadería, del cual sólo vagas noticias habían llegado hasta él. V Tronaba en las calles del Cabañal, á pesar de que el día amaneció sereno. La gente echábase de la cama aturdida por el ruido sordo é incesante, igual al tableteo de lejanos truenos. Las buenas vecinas, desgreñadas, con los ojos turbios y ligeras de ropas, salían á las puertas para ver á la azulada luz del alba cómo pasaban los fieros judíos, autores de tanto estrépito, golpeando los parches de sus destemplados y fúnebres atabales. Los más grotescos figurones asomaban en las esquinas, como si, barajándose el almanaque, Carnaval hubiese caído en Viernes Santo. La chavalería del pueblo echábase á la calle disfrazada con los extraños trajes de una mascarada tradicional, que no otra cosa resultaba la procesión del Encuentro. Veíase á lo lejos, como pelotón de negras cucarachas, los encapuchados, -las vestas-, con la aguda y enorme caperuza de astrólogo ó juez inquisitorial, el antifaz de paño arrollado sobre la frente, una larga varilla de ébano en la mano, y caída sobre el brazo la larga cola del fúnebre ropón. Algunos, como suprema coquetería, llevaban enaguas de deslumbrante blancura, rizadas y encañonadas, y asomando por bajo de ellas los recogidos pantalones y las botas con elásticos, dentro de las cuales el enorme pie, acostumbrado á ensancharse con libertad sobre la arena, sufría indecibles angustias. Pasaban después los judíos, fieros mamarrachos que parecían arrancados de un escenario humilde donde se representasen dramas de la Edad Media con ropería pobre y convencional. Era su indumentaria la que el vulgo conoce con el nombre vago y acomodaticio de -traje de guerrero-; tonelete cuajado de lentejuelas, bordados y franjas, como la túnica de un -apache-; casco rematado por un escandaloso penacho de rabo de gallo y los miembros ceñidos por un tejido grueso de algodón que modestamente imitaba la malla de acero. Y como colmo de la caricatura y el despropósito, con las fúnebres -vestas- y los imponentes judíos, pasaban los -granaderos de la Virgen-, buenos mozos, con enormes mitras semejantes á las gorras de los soldados del gran Federico y un uniforme negro adornado con galones de plata que parecían arrancados de algún ataúd. Era caso de reir ante tan extrañas cataduras; pero á ver quién era el guapo que se atrevía á ello ante el fervor profesional que se notaba en todos los rostros atezados y graves. Además, no tan impunemente puede uno reirse de los cuerpos armados; y judíos y granaderos, para la custodia de Jesús crucificado ó de su madre, llevaban desenvainadas todas las armas blancas conocidas de la edad primitiva al presente; desde el enorme sable de caballería hasta el espadín de músico mayor. Corrían tras ellos los muchachos, embobados por los vistosos uniformes; madres, hermanas y amigas admirábanles desde las puertas, lanzando un -¡Reina y siñora, qué guapos van!- y la mascarada piadosa servía para recordar á la humanidad olvidadiza y pecaminosa que antes de una hora Jesús y su madre iban á encontrarse en mitad de la calle de San Antonio, casi á la puerta de la taberna del tío -Chulla-. Conforme avanzaba el día y la luz azulada del amanecer tomaba los tintes rosados y calientes de la mañana, aumentaba en las calles el ronquido estrepitoso de los tambores, el toque de cornetas y las marciales marchas de las músicas, como si un ejército invadiese el Cabañal. Las -còllas- se habían reunido, y en filas de á cuatro marchaban tiesos, solemnes y admirados como vencedores. Iban á la casa de sus capitanes para recoger las banderas que ondeaban en el tejado, fúnebres estandartes de terciopelo negro que ostentaban bordados los horripilantes atributos de la Pasión. -El Retor- era por herencia capitán de los judíos, y todavía de noche saltó de la cama para embutirse en el hermoso traje guardado en el arcón durante el resto del año y considerado por toda la familia como el tesoro de la casa. ¡Válgale Dios y qué angustias pasaba el pobre -Retor-, cada año más rechoncho y fornido, para embutirse en la apretada malla de algodón! Su mujer, en ropas menores, al aire la exuberante pechuga, zarandeábale tirando de un lado, apretando por otro, para ajustar dentro del mallón las cortas piernas y el vientre de su -Retor-, mientras que Pascualet, sentado en la cama, miraba con asombro á su padre, como si no le reconociera con aquel casco de indio bravo erizado de plumajes y el terrible sable de caballería que al menor movimiento chocaba contra los muebles y rincones, produciendo un estrépito de mil diablos. Por fin terminó el penoso tocado. Algo mal estaba, pero ya era hora de acabar. Las ropas interiores, arrolladas por la opresión de la malla, apelotonábanse, y las piernas del judío parecían plagadas de tumores; apretábale el vientre el maldito calzón hasta hacerle palidecer; la celada, por exceso de engrase, le caía sobre el rostro, lastimándole la nariz; pero ¡la dignidad ante todo! y tirando del sablote é imitando con voz sonora el redoble del tambor, púsose á dar majestuosas zancadas por la habitación, como si su hijo fuese un príncipe á quien hacía guardia. Dolores le miraba con sus ojos dorados y misteriosos ir de un lado á otro como un oso enjaulado. Tentábanla á la risa las piernas tortuosas; pero no; mejor estaba vestido así que cuando volvía a casa por la noche con el traje alquitranado y el aire de una bestia abrumada por el cansancio. Ya llegaban; oíase la música de los judíos que venían por su bandera. Dolores se vistió apresuradamente, mientras el capitán salía á la frontera de sus dominios a recibir el ejército. Sonaban acompasados los tambores, y el vistoso escuadrón agitaba los pies, el cuerpo y la cabeza con rítmico contoneo, sin moverse del sitio, mientras Tonet y dos más, con gravedad imperturbable, subían al balcón por el estandarte. Dolores vió á su cuñado en la escalera, y fué en ella instantáneo, fulminante el instinto de comparación. Parecía todo un militar, un general... algo que se separaba de la rudeza grotesca de los otros. No; Tonet no tenía las piernas tortuosas y tumefactas, sino esbeltas, ajustadas, elegantes, como aquellos señores tan simpáticos llamados don Juan Tenorio, el rey don Pedro ó Enrique Lagardere, que tanto la habían conmovido recitando quintillas ó dando estocadas en la escena del teatro de la Marina. Ya iban todas las -còllas- camino de la iglesia, con la música al frente, ondeante la negra bandera y ofreciendo desde lejos el aspecto de un tropel de brillantes insectos arrastrándose con incesante contoneo. Comenzaba la ceremonia del encuentro. Marchaban por distintas calles dos procesiones; en la una la Virgen, dolorosa y afligida, escoltada por su guardia de sepulcrales granaderos, y en la otra Jesús, desmelenado y sudoroso, con la túnica morada hueca y cargada de oro, abrumado bajo el peso de la cruz, caído sobre los peñascos de corcho pintado que cubrían la peana, sudando sangre por todos los poros; y en torno de él, para que no se escapara, los inhumanos judíos que, para mayor -carácter-, ponían un gesto feroz de pocos amigos, y las -vestas-, con el capuchón calado y la cola arrastrando sobre los charcos, tan tétricas, tan sombrías, que los chicuelos rompían a llorar, refugiándose en los zagalejos de la madre. Y los sordos parches siempre tronando, las trompetas lanzando sonidos desgarradores, lamentos prolongados de ternerillo en el matadero; y en medio de la chusma armada y feroz, niñas talluditas con los carrillos cargados de colorete, vestidas de odaliscas de ópera cómica, con un cantarillo al brazo para demostrar que eran la bíblica -Samaritana-, en las orejas y el pecho el brillante aderezo tomado a préstamo por sus madres y al aire las robustas pantorrillas con polonesas y medias rayadas. Pero estos pequeños detalles no abrían paso a la impiedad. ---¡Siñor!-... -¡Ay Siñor, Deu meu!---murmuraban con acento angustiado las viejas pescaderas, contemplando al ensangrentado Jesús en poder de la pillería excolmugada. Entre los espectadores veíanse caras pálidas y ojerosas, bocas sonrientes, gente alegre que, después de una noche tormentosa, había venido de Valencia para reír un poco; y cuando se burlaban demasiado fuerte de los grotescos figurones, no faltaba algún soldado de Pilatos que agitaba el espadón amenazante, rugiendo con santa indignación: ---¡Morrals!-... -¡Morrals! ¿Veniu á burlarse?- ¡Á burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo Cabañal!... ¡Señor! de Valencia habían de ser para atreverse a tanto. La gente se agolpaba en el lugar del encuentro: una encrucijada de la calle de San Antonio, frente á los azulejos que marcaban con extrañas figuras las estaciones del Calvario. Allí se aglomeraban, empujándose por colocarse en primera fila, las inquietas pescaderas, rudas, agresivas, envueltas en sus mantones de cuadros y con el pañuelo sobre los ojos. Rosario estaba en un grupo de viejas, haciendo esfuerzos con codos y rodillas por mantenerse en primera fila sobre la acera, para ver en lugar preferente la procesión. La pobre mujer hablaba de su Tonet con entusiasmo. ¿Le habían visto?... Judío tan bien portado no se encontraba en toda la procesión. Y á la infeliz, hablando con tanto entusiasmo de su marido, todavía le escocían las bofetadas con que el brutal Tonet había acompañado al amanecer la empresa de su acicalamiento. Sintió sobre su pecho el rudo encontrón de un cuerpo macizo y poderoso que se colocaba ante ella, empujándola por conquistar su puesto. Miró y ¡habría mayor atrevimiento! era Dolores, su cuñada, con Pascualet de la mano, que se ahogaba en aquella aglomeración. La buena moza tenía el aire de soberana de siempre y avanzaba el desdeñoso labio inferior al mirar á la gente. ¡Ah, la -arrastrada!-... ¡Y cómo la respetaban y mimaban todos á pesar de su orgullo! Las dos cuñadas, con gran desesperación de la -tía Picores-, seguían mirándose hostilmente. Su reconciliación en la horchatería del Mercado había sido una tregua, y únicamente, como memoria de tantas promesas de amistad, saludábanse fríamente, pero con una expresión en los ojos que hacía presentir nuevas explosiones. Rosario, aturdida por el ímpetu del cuerpo robusto que la empujaba, se limitó á contestar á la mirada de Dolores con un gesto de desprecio. ¡La muy desvergonzada! ¡Venir con tanto aire á tirar á las gentes del sitio en que estaban! ¡Qué humos!... ¡Dejad paso á la reina! Bien se sabía quién era cada una. Las personas sin educación se dan á conocer al momento. Y la mujercilla débil y pálida iba coloreándose como si la embriagaran sus propias palabras. Reían sus amigas guiñando los ojos para animarla y comenzaba á girar sobre su canoso cuello la soberbia cabeza de Dolores con la expresión de una leona que oye zumbar un moscardón á sus espaldas, cuando la procesión desembocó en la calle por una travesía inmediata, y una ondulación de curiosidad agitó á la muchedumbre. Avanzaban en opuesta dirección las dos procesiones, moderando su paso, deteniéndose, calculando la distancia para llegar á la vez al lugar del encuentro. La morada túnica de Jesús centelleaba con los primeros rayos de sol por encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en alto, que la luz erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba la Virgen, contoneándose al compás del paso de sus portadores, vestida de negro terciopelo y cubierta con una gasa fúnebre, al través de la cual brillaban sobre el rostro de cera las lágrimas, para las cuales llevaba sin duda en las inmóviles manos un pañuelo rizado y encañonado. Ella era la que atraía la atención de las mujeres. Muchas lloraban. -¡Ay, reina y soberana!- Aquel encuentro partía el alma. ¡Ver una madre á su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la comparación fuese mala) que si ellas encontraran á sus chicos, tan buenos y honradotes, camino del presidio. Y las pescaderas seguían gimoteando ante la madre dolorosa, lo que no les impedía fijarse en si llevaba algún adorno más que el año anterior. Llegó el instante del encuentro. Cesaron los tambores en sus destemplados redobles; apagaron las trompetas sus lamentables alaridos; callaron las fúnebres músicas; quedáronse las dos imágenes inmóviles frente á frente y sonó una vocecita quejumbrosa cantando con monótono ritmo unas cancioncillas, en las que se describía lo conmovedor del encuentro. La gente oía embobada al -tío Grancha-, un viejo -velluter- que todos los años venía de Valencia á cantar por entusiasmo piadoso en aquella fiesta. ¡Qué voz! Sus quejidos partían el corazón, y por esto, cuando los bebedores de la inmediata taberna de -Chulla- reían demasiado fuerte, estallaba una protesta general en la silenciosa muchedumbre, y los devotos clamaban indignados: ---¡Calleu-... -recordons!- Subieron y bajaron las imágenes, lo que equivalía para la gente á dolorosos y desesperados saludos que se dirigían la madre y el hijo; y mientras se verificaban estas ceremonias y cantaba sus coplas el -tío Grancha-, Dolores no quitaba los ojos del judío esbelto y arrogante que contrastaba con su capitán patizambo. Podía estar de espaldas á Rosario, pero ésta la veía, ó más bien adivinaba dónde iban sus ojos. ¿Pero han visto ustedes? Ni que se lo quisiera comer. ¡Qué desvergüenza! Y eso en presencia de su marido; ¡qué sería cuando Tonet iba á su casa con excusa de jugar con el sobrino y la encontraba sola! Y mientras las dos procesiones se unían volviendo juntas á la iglesia, la celosa é inquieta mujercilla seguía rugiendo á media voz amenazas é insultos sobre aquellas espaldas anchas y rollizas, soberbio pedestal de la hermosa nuca erizada de rizados pelos. Dolores se volvió, dando una soberbia rabotada. ¿Pero era á ella á quien decía tantas cosas? ¿Cuándo iba a dejarla en paz? ¿No podría mirar donde le diese la gana? Y los puntitos de oro, con su brillo infernal, destacábanse sobre la pupila de hermoso verde mar. Sí; para ella iban todas sus palabras; para ella, perra rabiosa, que se comía los hombres con los ojos. Dolores reía con desprecio. ¡Gracias! Que se guarde el suyo. Vaya una prenda. Ella tenía su hombre y no podía acabárselo. Eso otras que estaban medio locas. -Piensa el ladrón que todos-, etc.... Ella únicamente se dedicaba á romperles los morros á las insultadoras. ---¡Mare!-, -¡mare!---gritaba Pascualet lloriqueando, agarrándose á las faldas de la soberbia moza que, palideciendo bajo su piel morena, se arqueaba ya para acometer, mientras que las amigas de Rosario agarraban á ésta por los flacos y nerviosos brazos. ---¿Qué es asò?- -¿Sempre lo mateix?---bramó un vozarrón cascado. Y la enorme mole de la -tía Picores- se interpuso entre las combatientes. Ella lo arreglaría todo. Sabía cómo se manejaba á aquellas locas. -Tú Dolores-... -á casa-. -Y tú, mala llengua, que no t'oixca-. Y á fuerza de empujones y amenazas las hizo obedecer. ¡Señor, qué gente! Hasta en un día santo, en viernes, y durante la procesión del Encuentro, armaban escándalo las condenadas. ¡Señor mil veces! ¡Qué chicas las de ahora! Y viendo la fiera vieja que todavía se insultaban de lejos, las amenazó con sus manos de bruja hinchada, logrando al fin que se dejasen llevar por las amigas. El escándalo trascendió al poco rato por todo el Cabañal. En la barraca de Tonet hubo gran alboroto. Éste, antes de despojarse del traje de judío, dió una paliza á su mujer para que se curara de celos. -El Retor- habló de ello mientras Dolores le sacaba del tormento de la malla á fuerza de tirones y sus carnes martirizadas recobraban la saludable expansión. Su cuñada estaba loca: lo declaraba con la mayor lástima. Y aunque su hermano era un calavera y le dominaba el maldito aguardiente, no podía menos de compadecerlo al verle unido á una mujer intratable como un puerco espín. Pero la familia era la familia. Porque Rosario fuese como era, no iba él á cerrarle las puertas á su hermano Tonet, y menos ahora, que si le ayudaba la suerte, tendría ocasión de hacerlo todo un hombre. Dolores, pálida aún por la reciente emoción, aprobaba todas sus palabras con movimientos de cabeza. En fin, que con tratarse poco ó nada con aquella loca, todo quedaba arreglado. Y ahora al negocio. Al día siguiente, cuando las campanas comenzaban á voltear el toque de gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los muchachos aporreaban las puertas con garrotes, la -Garbosa-, aquella ruina del mar, aparejada como una barca pescadora, extendía su gran vela latina, blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabañal; contoneábase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que oculta su vetustez, marchando en busca de la última conquista. VI Muy entrada la noche navegaba la -Garbosa- en aguas del cabo de San Antonio. Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego los encendidos reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad de las aguas. Destacábase el cabo con su gigantesca cortadura, recta, trabajada y bruñida por las tempestades, y detrás, tierra adentro, erguíase con ascensión interminable el sombrío Mongó como un borrón sobre la inmensidad azul. El faro brillaba sobre la obscura masa como el inflamado ojo de un cíclope acechando á los navegantes. Era flojo el viento de la costa, y la -Garbosa- había pasado todo el día en atravesar el golfo. Ahora tenía ante su proa el mar libre: estaban en la entrada del verdadero camino de Argel. -El Retor-, sentado en la popa, junto á la caña del timón, miraba la obscura masa del cabo como orientándose, y al mismo tiempo examinaba un viejo compás de su tío, sobre cuyo empañado vidrio proyectábase la luz del farolillo que iluminaba el barco. Tonet, sentado junto á él, ayudábale con su experiencia. De todos los de á bordo, él era el único que había estado en Argel. El camino era fácil; recto como una carretera. Al llegar al cabo, ¡caña al Sudeste! y no había más que dejar á la -Garbosa- que siguiese su camino si el viento era bueno. -El Retor- se agarró con ambas manos á la caña del timón; viró la barca, exhalando quejidos como un enfermo que muda de postura; el manso oleaje que la mecía de lado comenzó á acometerla por la proa, obligándola á dar lentos cabeceos, en los que hervía la espuma, brillando en la obscuridad, y el faro vióse por la popa, confundiéndose su inquieta faja rojiza con el rebullir de la estela. Ahora á dormir. Tonet se tendió al pie del mástil con un rollo de cuerdas por almohada y cubierto con un pedazo de lona. Su hermano estaría en el timón hasta media noche, y después le relevaría él hasta la madrugada. -El Retor- era el único que velaba á bordo de la -Garbosa-. Á pesar del rumor del oleaje, oía los ronquidos de la tripulación, dormida casi á sus pies. Él, que en el mar vivía siempre libre de cuidados y arrojaba las redes hasta en mal tiempo, no podía dominar cierta inquietud al hallarse solo. Los temores de la propiedad comenzaban á dominarle. El negocio por cuenta propia hacíale miedoso. ¿Cómo saldría de aquella aventura? ¿Resistiría la -Garbosa- si se les echaba encima el mal tiempo? ¿Le pillarían cuando volviese cargado hacia España? Y con una atención de padre que cuenta las toses y pulsaciones del hijo enfermo, atendía á los crujidos dolorosos de la vieja -Garbosa- como si los quejidos se los arrancase á él el dolor, y miraba á lo alto, á la punta de la vela, gigantesca sábana cóncava que, vista desde abajo, parecía rasgar con su punta el cielo, aquella bóveda de raso apolillado, por cuyos innumerables agujeros escapábase con vivo parpadeo el resplandor de lo infinito. Pasó la noche con tranquilidad, y el día amaneció entre nubecillas rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano. Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada apenas por las tibias ráfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruñida, inmóvil y azulada como espejo veneciano. La tierra habíase perdido de vista. Á babor, disfuminadas en el horizonte como vapores del amanecer, marcábanse vagamente dos manchas de color de rosa, Tonet las señalaba á sus compañeros. Aquéllo era Ibiza. La -Garbosa- avanzaba lentamente por la inmensidad circular, vasto anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos límites, como puntos indecisos, marcábanse las nubecillas de humo de las embarcaciones de vapor. Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si su proa agitaba las aguas: la vela pendía muchas veces inmóvil del mástil, barriendo la cubierta con su orla. Desde la cubierta de la -Garbosa- alcanzaba la vista las hondas profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma barca reflejábanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de estaño; jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines, sacando á flor de agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de polvo brillante; aleteaban los peces voladores, mariposas del mar, que se hundían en el misterio de las aguas después de algunos instantes de vida atmosférica; y todos los seres extraños, de figuras fantásticas, de colores indefinibles, pintarrajeados unos como tigres, negros y fúnebres otros, gigantescos y fornidos, diminutos y nerviosos, de enormes bocas y cuerpo reducido ó de pequeña cabeza é hinchado vientre, bullían y se agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de aquellos esquifes mitológicos á los que daban escolta las divinidades del mar. Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma para echar sedales. El -gato- de la barca vigilaba el fogón de proa, donde burbujeaba la olla del mediodía, y -el Retor-, paseando por la estrecha popa y mirando al horizonte, se daba á todos los demonios ante la calma. La -Garbosa-, aunque no estaba inmóvil, parecía enclavada siempre en el mismo sitio. Á lo lejos veíase un pailebot con las velas caídas, apresado por la calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta ó de Suez. Pasaban por la línea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de ancha chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la línea de flotación; -trigueros- que venían del Mar Negro é iban hacia el Estrecho, llevando en sus entrañas la inmensa cosecha de la Rusia del Sur. El sol llegaba á su mayor altura. Brillaban las aguas como inflamadas, burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldeábase la atmósfera como si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la -Garbosa- ardían las viejas tablas crepitando con ruido de leña vieja. La comida estaba á punto, y patrón y marineros sentáronse al pie del mástil á la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara en el mismo plato. Todos estaban despechugados, sudorosos, anonadados por la calma bochornosa; rodaba sin cesar el porrón de mano en mano para refrescar las secas fauces, y algunas veces miraban con envidia las aves de mar que revoloteaban á ras del agua como si temiesen cruzar la atmósfera caliginosa. Al terminar la comida, los marineros entornaban los ojos y se movían perezosamente, como si estuvieran borrachos más de sol que de vino. Iban á dormir en la -zorra- de aquel carro viejo, y uno tras otro deslizáronse en la cala de la barca, tumbándose sobre las maderas que rezumaban, quejándose al menor vaivén. Pasó la tarde y la noche sin ningún incidente. Al amanecer refrescó el viento, y la -Garbosa-, como un caballo viejo de buena casta que siente la espuela, comenzó á encabritarse, cabeceando sobre las rizada olas. Al mediodía marcáronse en el límite del mar algunas manchas de humo, y poco después todos los tripulantes de la -Garbosa- vieron salir pausadamente tras la verde faja del horizonte mástiles como campanarios, con plataformas enormes; torres de fortaleza; castillos flotantes pintados de blanco: toda una ciudad cargada de miles de hombres que avanzaba envuelta en humo, trazando caprichosas evoluciones, formando una sola pieza ó disgregándose hasta ocupar todo el horizonte; rebaño de leviatanes que conmovían las aguas agitándolas con sus ocultas aletas. Era la escuadra francesa del Mediterráneo que marchaba haciendo evoluciones. Ya se aproximaban á Argel. Todos la contemplaban con asombro y temor. ¡Recristo y qué cosas tan grandes hacen los hombres! El más pequeño de tales barcos, el cañonero blanco que empavesado de banderas y bolas negras iba por entre los grandes navíos haciendo señales como un cabo que vigila la formación, no necesitaba más que rozar la barca para convertirla en sémola. Y no se diga nada de las vigas negras y redondas que asomaban por las aberturas de las torres. ¿Adónde irían á parar ellos si á los tales animalotes se les ocurría estornudar?... Y los contrabandistas contemplaban la escuadra con la inquietud y el respeto del raterillo que viese desfilar un batallón de guardia civil. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000