como si estuviesen en un lugar desierto.
Llegó cerca de ellos sin que le viesen, y pudo oir un fragmento de lo
que decía la acompañante de Alicia.
--No conozco España; ¡pero me interesa tanto!... Yo adoro todos los
países de amor, donde los hombres son desinteresados, donde no exista la
dote y una mujer puede casarse aunque sea pobre.
Dejó caer una ojeada de lástima el príncipe al pasar junto al sabio.
VII
Un nuevo personaje intervino en la vida de los habitantes de
Villa-Sirena. El coronel anunció con entusiasmo á este amigo que le
había hecho conocer doña Clorinda.
--Es un teniente español de la Legión extranjera. Vive en el hotel que
el príncipe de Mónaco ha destinado á los oficiales convalecientes. Se
llama Antonio Martínez, nombre vulgarísimo que dice muy poco; pero es un
gran soldado, un héroe, y no sé cómo sobrevive á sus heridas.
«La Generala», que llevaba la cuenta de todos los militares de cierta
notoriedad llegados á Monte-Carlo, había querido conocer á este
teniente, tomándolo luego bajo su protección. La duquesa de Delille
también se interesaba por él, y las dos, orgullosas de ser sus
«madrinas», lo exhibían en el atrio del Casino, alquilaban carruajes
para pasearlo por los lugares más hermosos de la Costa Azul, le
regalaban los comestibles mejores y las pastelerías de tiempo de guerra
que conseguían encontrar. Enfermo del pecho á consecuencia de los gases
asfixiantes de los alemanes, había recibido, además, en la cabeza un
casco de granada, y sufría de tarde en tarde accidentes nerviosos que le
hacían caer al suelo privado de conocimiento. Los médicos hablaban con
tristeza de su estado. Tal vez viviría años, tal vez moriría en una de
estas crisis; lo importante era que llevase una existencia plácida, sin
profundas emociones. Y las dos señoras, que conocían su verdadero
estado, lo lamentaban cuando él no estaba presente. ¡Tan joven! ¡tan
afectuoso y tímido! Sobre el pecho de su uniforme amarillo mostaza
llevaba, con los cordones rojos, símbolo de heroísmo dado á los
batallones extranjeros, la Cruz de Guerra y la Legión de Honor.
Clorinda, que se consideraba con mayores derechos por haberle
«descubierto», pensó un instante en llevarlo á vivir con ella, para
atender mejor á su cuidado. Pero estaba en el Hotel de París; no
disponía de una «villa» entera, como Alicia. Y ésta, aunque tentada por
las insinuaciones de su amiga, no se atrevió á instalar al convaleciente
en su domicilio. La gente era maliciosa, y ella, sin decir el por qué,
temía ahora mucho sus comentarios.
Mientras tanto, las dos llevaban á todas partes al teniente, protestando
de que no le permitieran entrar con ellas en los salones del Casino, á
causa de su uniforme. Una tarde, doña Clorinda, con toda la autoridad de
su carácter, lo llevó á Villa-Sirena. Era una vergüenza que el hermoso
edificio y sus vastos jardines estuviesen dedicados á cinco hombres que
no servían de nada á la humanidad. Muchas veces lo había convertido
imaginariamente en un sanatorio poblado de militares inválidos, con ella
al frente como directora y protectora. Pero sus insinuaciones no
causaban efecto alguno en el príncipe. «Un egoísta», se decía, volviendo
á su antigua opinión.
Ya que le era imposible ocupar la «villa» con una tropa de
convalecientes, llevó al oficial español paro que conociese sus
jardines, sin solicitar antes el permiso de Lubimoff.
Este pudo contemplar de cerca al héroe de que tanto le había hablado don
Marcos en los últimos días. Nada vió en él que revelase sus hechos
extraordinarios. Era un muchacho, pronto á ruborizarse cuando le
obligaban á contar sus actos en la guerra. Despojado de su uniforme y
sus insignias honoríficas hubiese parecido un pobre dependiente de
comercio, resignado con su modestia é incapaz de salir de ella. Su
aspecto contrastaba con las hazañas que al fin se decidía á confesar en
fuerza de preguntas. Tenía veintisiete años y parecía mucho más joven,
pero con una juventud enfermiza, debilitada por las heridas y los
sufrimientos.
Lubimoff, que odiaba la fanfarronería de los héroes jactanciosos, se
sintió desconcertado primeramente y luego atraído por la sencillez de
este oficial. De no conocer por don Marcos la autenticidad de sus
proezas, las habría creído falsas.
Algo intimidado en presencia del famoso dueño de Villa-Sirena, confesaba
su origen humilde sin orgullo y sin timidez. Era un pobre, hijo de
pobres. Había intentado estudiar una carrera, pero la necesidad de
ganarse el sustento le hizo abandonar los libros, rodando por las más
diversas ocupaciones. ¡Era tan difícil en España conquistar el pan!...
Después de hacer la guerra en Marruecos como español, había vagado por
diversas repúblicas de la América del Sur, siempre en lucha con la
miseria y la mala suerte.
--Allá donde tantos brutos se hicieron ricos--decía--, yo sólo conocí
una pobreza igual á la de mi patria... Cuando estalló esta guerra me
indigné, como muchos, de la conducta de los alemanes, de sus atrocidades
en los países invadidos. Estaba entonces en Madrid. Una noche, varios
contertulios de café convinimos en ir á pelear por Francia. El que se
hiciese atrás pagaría diez duros. Todos se arrepintieron de su decisión,
menos yo. No crean ustedes que fué por evitarme el pago de la apuesta.
Yo tengo mis ideas, y he leído algo. Soy republicano... y Francia es el
país de la gran Revolución. Ingresé en un batallón de la Legión
extranjera que se organizaba en Bayona, compuesto en su mayor parte de
españoles. Quedan ya muy pocos: los más han muerto; los restantes viven
esparcidos en los hospitales ó han quedado inútiles para siempre. Yo
conocía la guerra, una guerra de montaña contra los moros del Rif, y sin
buscarlo había llegado en mi patria á teniente de la reserva. Tal vez
por esto fuí sargento en la Legión á las pocas semanas... pero ¡las
asperezas de la realidad! Nunca me imaginé que nos recibieran con
música: Francia tiene otras cosas en que pensar; pero fué triste ver tan
mal interpretado nuestro entusiasmo. Los hombres llamados á las armas
por las leyes del país y que se batían obligatoriamente nos miraban con
recelo. Para los otros regimientos éramos gente mala, tal vez escapados
de presidio. «¡Qué hambre sufrirías en tu casa--me dijeron en el
frente--, cuando has venido aquí para poder comer!...» Y entre nosotros
había estudiantes, periodistas, jóvenes de familias ricas, enganchados
por entusiasmo... Pero no hablemos de esto. En todos los países hay
seres groseros, incapaces de comprender lo que va mas allá de los
egoísmos materiales.
Su historia militar estaba circunscrita á la guerra de trincheras,
interminable y monótona, á los ataques á corta distancia. Había llegado
tarde á la batalla del Marne; y él, que se imaginaba asistir á combates
gigantescos, viendo moverse millones de hombres y funcionar cañones
inmensos, sólo presenció una serie de luchas entre pequeñas fuerzas
ocultas en el suelo, encuentros cuerpo á cuerpo que hacían ganar unos
cuantos metros de tierra. La vida en los Dardanelos era el peor de sus
recuerdos. No quería hacer memoria de esta campaña horrible. La lucha en
Francia le parecía algo plácido comparada con aquella pelea en unos
escasos kilómetros de costa, teniendo el mar á la espalda y al frente
unas líneas inconquistables.
Después de decir esto callaba, y el coronel tenía que insistir con
cierto orgullo paternal para que Martínez siguiese hablando.
--Heridas, muchas heridas--añadía con sencillez--. He perdido de cuenta
los hospitales que llevo conocidos en tres años, los viajes que he hecho
por Francia en vagones de la Cruz Roja. Cuando no morimos del primer
golpe, somos como caballos de corrida de toros. Nos arreglan el pellejo
fuera del redondel, nos fortalecen un poco, y otra vez á la plaza, hasta
que recibamos la cornada final.
Toledo, impacientándose por la modestia del joven, explicaba sus
heridas. Las tenía de todas las épocas. Unas eran de combatiente
moderno, producidas por cascos de proyectil explosivo, por balas de
fusil de repetición, y hasta aquella tos que cortaba de vez en cuando
sus palabras la debía á los gases asfixiantes. Otras eran de cuchillo,
de culatazo, de pedrada, de mordisco, recibidas en los encuentros
nocturnos, en las sorpresas, donde los hombres luchaban lo mismo que en
los albores de la vida del planeta.
El príncipe Lubimoff no podía menos de admirar á este joven, pequeño,
moreno, de aspecto insignificante. Parecía imposible que un organismo
humano pudiera resistir tanto golpe, que en su cuerpo débil cupiesen
tantos quebrantos, sin que él se viniera abajo.
Con la solidaridad de todos los que arrostran el peligro, repelía la
gloria individual. Hablaba de la Legión como el soldado habla de su
regimiento, como el marino habla de su buque, creyéndolo el mejor de
todos. Veía la guerra entera á través de la Legión. Todos los franceses
eran valerosos. Además, nadie podía adivinar por dónde atacaría el
enemigo, y allí donde emprendía la ofensiva encontraba quien le hiciese
frente, cortándole el paso. ¡Pero la Legión extranjera!...
--Los que combaten en el frente son hombres--decía--, hombres arrancados
á sus familias por las necesidades de la patria; nosotros somos
guerreros. Por esto en las operaciones difíciles, donde hay que
sacrificar carne, nos echan siempre por delante. Yo no soy mas que uno
de tantos. ¡La Legión!... Cada seis meses cambia de coronel: se lo
matan, y otro viene á ocupar su puesto, destinado á morir lo mismo. ¡Y
cómo nos odia el enemigo!... Nosotros tenemos un orgullo. Entre los
prisioneros que hay en Alemania no existe uno solo de la Legión
extranjera. El que cae en manos de los -boches- sabe que es hombre
muerto: nos colocan fuera de toda ley... ¡Y nosotros... nosotros,
siempre que podemos...! Hasta cuando nos insultamos de trinchera á
trinchera nos enorgullece ser de la Legión. Una noche, los de enfrente,
al oirnos hablar en español, empezaron á gritar en nuestro idioma.
Debían ser alemanes procedentes de la América del Sur. «¡Ah, macabros!
Ya caeréis en nuestro poder, y ¡entonces...!» Nos amenazaban con los más
atroces suplicios. Y nos apodan siempre «macabros», no sé por qué.
La duquesa de Delille admiraba al héroe, sintiendo al mismo tiempo
cierto malestar por los horrores adivinados detrás de sus palabras. ¡La
guerra! ¿Cuándo terminaría la guerra?...
Encogió sus hombros el teniente, sonriendo. Los que vivían lejos del
frente deseaban la paz con más impaciencia que los que arriesgaban su
vida en él. Habían acabado por acostumbrarse al roce con la muerte. La
guerra duraría lo que fuese necesario: cinco años, diez años; lo
importante era conseguir la victoria.
Pero Toledo, temiendo que la conversación se desviase de su héroe,
volvió á insistir en sus hazañas.
--Soy uno de tantos--dijo Martínez--. Para hombres valientes, la Legión.
Allí sí que los hay. ¡Y los que han muerto!... Al principio había en
ella soldados de todos los países. Pero los americanos se fueron desde
que su República intervino en la guerra, y lo mismo los italianos y
polacos. En cambio, muchos rusos, al disolverse sus regimientos, se han
incorporado á la Legión... Lo mío nada tiene de extraordinario. ¡Y qué
de recompensas por lo poco que he hecho! Llevo dos galones, siendo un
extranjero... Además, no puedo olvidar el momento en que me llamó mi
coronel, una semana antes de que lo matasen: «Martínez, el general me ha
dado cuatro cruces de la Legión de Honor para nuestra Legión. Una es
tuya.» Y me la puso en el pecho frente á todo un batallón de hombres
valerosos que presentaban sus armas. Esto no puede olvidarse: llena una
vida.
Así era. El coronel Toledo lo afirmaba, húmedas las córneas y moviendo
la cabeza. Luego, con un egoísmo celoso, lo arrancó á aquellas damas,
ocupadas momentáneamente en conversar con el príncipe y sus amigos.
Paseando por los jardines, don Marcos miraba á su héroe con ternura
protectora, lo mismo que un artista agotado contempla la ascensión de
otro fresco y triunfante.
--¡Juventud... juventud!--decía--. Usted, Martínez, es la España que
viene; yo la España que fué y no resucitará nunca. Estoy convencido de
que el mundo va por otros caminos.
Sostenía frecuente correspondencia con muchos voluntarios españoles de
la Legión. Se preocupaba de ellos con cariños de «madrina», enviándoles
chocolate, comestibles selectos, todo lo que podía extraer de la
despensa de Villa-Sirena sin detrimento del servicio. Algunas cartas
llegadas del frente le hacían llorar y reir de emoción. Un voluntario le
pedía el envío de una buena navaja de España, por haber roto la suya en
un encuentro nocturno. Otro soñaba con una pistola browning. ¿Quién le
daría una browning? Sólo disponía de un revólver de ordenanza, arma
insegura que le falló dos veces en el asalto de una trinchera,
impidiéndole matar al enemigo que acababa de herirle.
Con Martínez podía expansionarse el coronel, dando suelta á sus
profecías favorables para los aliados.
En presencia de Atilio y de Novoa era menos locuaz, temiendo sus
comentarios. Por el gusto de hacerle rabiar le recordaban el entusiasmo
de los tradicionalistas españoles en pro de Alemania. Castro hasta
fingía extrañarse de que no fuese germanófilo, como todos sus amigos
políticos.
--Yo estoy donde debo estar--contestaba don Marcos con dignidad--. Soy
un caballero, y estoy con las personas decentes.
Este era su argumento supremo. La humanidad se dividía para él en
personas decentes é indecentes, lo mismo que las naciones, y Alemania
estaba excluída de toda decencia.
Le hacía sufrir como patriota el contemplar á España al margen de la
contienda, esforzándose por no saber lo que ocurría en el resto del
mundo, encogiéndose con la cabeza bajo el ala, lo mismo que ciertas aves
zancudas que creen evitar el peligro no viéndolo. Su país no figuraba,
por fortuna, entre las naciones indecentes, pero tampoco era decente, y
dejaba escapar la ocasión de cierta gloria que hacía estremecerse al
coronel.
Desde tres meses antes, una idea fija perturbaba sus mejores momentos.
Los aliados habían entrado en Jerusalén. ¡Gran alegría para el viejo
soldado católico! Pero esta alegría le hacía sonreir después
amargamente. ¡Una nación protestante libertando por tercera vez el
sepulcro de Cristo!...
--Imagínese usted, amigo Martínez, si España hubiese estado con las
naciones decentes. Esa gloria nos correspondía á nosotros, que somos la
nación más piadosa. Hasta yo, á pesar de mis años, habría ido á la
cruzada. ¡Los españoles entrando victoriosos en Jerusalén! ¿Qué me dice
usted de esto?...
Pero el oficial contestó con una sonrisa pálida. «Sí... tal vez.» Se
veía que no le importaban gran cosa la entrada en Jerusalén y el vacío
sepulcro de Cristo. Don Marcos, algo ofendido con el héroe, se replegó
en su mentalidad de hombre medioeval. Decididamente, eran de dos épocas
distintas. «¡Juventud... juventud! Usted es la España que viene; yo la
España... -etcétera-.»
Sí; el mundo iba por otros caminos. El mismo se olvidó á los pocos días
de esta empresa de Jerusalén, angustiado por el mal cariz de la guerra
en Occidente. Los alemanes, libres del peligro que representaba Rusia á
sus espaldas, concentraban en Francia, después de ajustar la paz con los
bolcheviques, la totalidad de sus tropas para llegar á París. Los
aliados, frente á esta ofensiva aplastante, sólo contaban con sus
antiguas fuerzas y las que pudiese aportar la reciente intervención de
los Estados Unidos.
Don Marcos tenía acerca de este auxilio una opinión determinada y firme.
Empezaba por sentir contra los Estados Unidos cierta antipatía, que
databa de la guerra de Cuba. Podían poseer una gran flota, porque los
buques se adquieren con dinero y este pueblo es inmensamente rico: ¿pero
un ejército?... Toledo sólo creía en los ejércitos de las monarquías,
haciendo excepción de Francia, porque en ella las glorias de la
tradición militar van unidas á la historia de la primera República.
Al principio de la guerra, hasta le había irritado la importancia que
todos daban al presidente Wilson. Unos y otros contendientes se dirigían
á él, apelaban á su juicio, protestaban de las barbaries del adversario.
El mismo Guillermo II le cablegrafiaba extensamente para sincerarse con
embustes, como si juzgase preciosa la conquista de su opinión.
--¡Ni que fuese ese hombre el centro de la tierra! ¡Un presidente de
República que sólo cuenta con unos miles de soldados.... un
catedrático... un iluso!...
El sólo comprendía los jefes de Estado con uniforme, el pecho cubierto
de condecoraciones, las dos manos en la empuñadura del sable y bajo sus
ojos un ejército inmenso, pronto á pegar para imponer sus órdenes. ¡Y
este señor de chaqué y sombrero de copa, con sus lentes y su sonrisa de
clérigo letrado, era ahora el hombre en el que convergían las miradas de
esperanza de medio mundo, el poder decisivo que unos deseaban atraerse y
otros no querían irritar!...
Atilio Castro, que se burlaba del coronel, estando siempre en desacuerdo
con sus opiniones, parecía impresionado por tal prodigio histórico.
--Estos ya no son sus tiempos, don Marcos. Vamos á ver cosas muy nuevas.
América, que hace un siglo era una simple colonia de Europa, tal vez la
proteja ahora y la salve. Por lo pronto, asistimos al curioso
espectáculo de que un antiguo profesor de Universidad sea el árbitro de
la tierra.... ¡Qué diría Napoleón si viese esto noventa y cuatro anos
después de su muerte!
Toledo asentía dolorosamente. Sí; sus tiempos habían pasado. La
democracia, la República, todas aquellas cosas que le hacían sonreir
antes, como algo pasajero y anacrónico privado de fuerza, eran mucho en
el mundo y tal vez acabasen por apoderarse de su dirección. Hasta él
mismo experimentaba su influencia irresistible. Cuando vió cómo el
presidente de la gran República americana protestaba del torpedeamiento
de los buques indefensos, de los crímenes de los submarinos, acabando
por declarar la guerra al Imperio alemán, don Marcos afirmó con un
balbuceo de confesión:
--Ese Wilson... ese Wilson es una persona decente.
Para él, era imposible decir más.
Aceptaba al hombre por su adoración instintiva al poder personal, pero
se negó á creer en la fuerza militar de los Estados Unidos. Era un país
de libertad, donde todos se consideran iguales, lo que imposibilitaba,
según Toledo, la creación de un ejército serio.
El príncipe y Castro hablaban algunas veces en su presencia de la guerra
de Secesión, la primera guerra en la que se habían movido millones de
hombres, aplicándose además un sinnúmero de inventos, de los que
procedían todos los progresos del armamento moderno. Toledo escuchaba,
con la duda que inspiran los sucesos lejanos. Esta lucha había sido
entre ellos: una guerra de milicias; ¿pero levantar un ejército de
millones de hombres en un país que no tenía el servicio militar
obligatorio, y hacer que este ejército atravesase el Océano con toda su
inmensa impedimenta, llegando á tiempo para salvar á Europa en
peligro?... ¡Ilusiones! ¡Lo que allá llaman -bluff-!
Don Marcos se aferraba á esta palabra para mantener su incredulidad.
Aquel pueblo estaba acostumbrado á realizar cosas enormes; todo lo veía
en grande: ciudades, edificios, industrias, riquezas, pero luego lo
aumentaba considerablemente al anunciarlo y describirlo. Esto lo sabía
todo el mundo, y su esfuerzo guerrero que debía aplastar al militarismo
alemán y restablecer la paz en la tierra, aunque bien intencionado, no
pasaría de ser un -bluff- más.
Castro aprobaba las palabras del coronel por primera vez, sin ningún
intento de burla. El Presidente había declarado la guerra, pero el país
no parecía dispuesto á seguirle.
--Enviarán dinero, armas, víveres, todo el poder de su riqueza y su
producción... ¿pero un gran ejército? ¿Dónde lo tienen? ¿Cómo va á tomar
las armas un pueblo inmenso, acostumbrado á que el soldado sea
voluntario, y que vive en la mayor prosperidad? ¿Qué va á ganar con
ello?...
Lubimoff, que había estado allá muchas veces, contestaba con un gesto
ambiguo:
--¡Tal vez!... Pero si quieren de verdad entrar en la guerra, ¡quién
sabe! Todo puede suceder en aquel país, aunque parezca imposible.
El coronel acabó por sentir el entusiasmo irrazonado de las gentes.
Desde el principio de la guerra, la gran masa, que cree en los
vaticinios misteriosos y las intervenciones sobrenaturales, tenía
siempre un pueblo favorito, un pueblo de moda, en el que concentraba sus
esperanzas.
Primeramente había sido Rusia, con sus millones y millones de hombres,
el «rodillo» compresor ruso, que no tenía mas que ir avanzando para
laminar á Alemania. ¡Pobre rodillo! Al quedar hecho pedazos, la veleta
del entusiasmo había girado del lado de Inglaterra. Ahora era América,
tanto más milagrosa y omnipotente cuanto mal conocida.
Sonaba en todas las conversaciones el nombre de un americano, lo mismo
en los tés elegantes que en los cafetuchos del pueblo; el único
americano conocido en Europa: el inventor Edisson. El lo arreglaría
todo. Se había mantenido hasta el presente invisible y mudo, pero al
entrar su país en la guerra iban á verse cosas prodigiosas. En unas
cuantas horas, fuerzas invisibles é implacables pulverizarían los
ejércitos invasores; los submarinos iban á estallar como proyectiles
bajo una luz helada que los perseguiría en las profundidades oceánicas;
los aviones que bombardean las ciudades indefensas descenderían atraídos
por una succión eléctrica, como el pájaro vuela hacia la boca de la boa.
El taumaturgo representaba para las imaginaciones más que todos los
soldados y todos los buques de su país.
Y Toledo, que adornaba su dormitorio con retratos de Joffre y de Foch,
pero creía al mismo tiempo que en la victoria del Marne había
intervenido Santa Genoveva, patrona de París, se sintió atraído por
estos milagros del mago americano, que todos anunciaban como cosa
segura. La ciencia le infundía respeto y miedo al vivir algo apartada de
la religión; por eso creía ciegamente en sus prodigios, como el devoto
cree en el inmenso poder del diablo.
Otras veces resucitaba su incredulidad. La guerra sólo puede resolverse
con soldados. La fuerza había estado igualada hasta entonces entre ambos
contendientes; pero ahora Alemania traía nuevas divisiones, las del
frente oriental, para dar el golpe decisivo. Faltaba de este lado otro
peso equivalente ó mayor, el chorreo final que llena el vaso, lo
desborda é inclina la balanza. Podía ser América... ¡pero llegaban sus
fuerzas con tanta lentitud! ¡eran tan grandes los obstáculos!... Algunos
batallones del ejército permanente americano habían desfilado ya por
París. Después transcurrían los meses sin que el hilillo continuo de
auxilios se convirtiese en torrente.
En toda la Costa Azul veía Toledo militares heridos de diversos países.
Sólo de tarde en tarde llegaba á vislumbrar algunos uniformes
americanos, médicos y sanitarios de las ambulancias que no parecían
tener mucho trabajo. Los diarios hablaban de fuerzas de los Estados
Unidos que habían ocupado un sector del frente... ¡pero tan escasas!
--Lo del millón de hombres ó los dos millones antes que acabe el año,
todo -bluff---decía el coronel--. Yo entiendo un poco de eso, y es más
fácil construir un rascacielos de cien pisos que trasladar un millón de
soldados de un hemisferio á otro.... ¡Y la gran ofensiva que va á
empezar!... ¡Y Francia que no puede más, después de cuatro años de
heroísmos desangrantes!...
Todos los días se paseaba por el atrio del Casino esperando con
impaciencia los grandes papeles con gruesos caracteres manuscritos que
los empleados iban fijando en los tableros. El sólo buscaba en los
últimos telegramas el principio de la ofensiva anunciada por los
enemigos. Esta amenaza había quebrantado su fe en la victoria y le tenía
en perpetua angustia. ¡Ay! ¡con tal que los americanos llegasen antes y
en cantidades enormes!...
Por deber mentía descaradamente ante los amigos que le rodeaban en el
atrio solicitando sus opiniones de hombre de guerra.
--Triunfaremos; y Guillermo tendrá que pegarse un tiro.
Lo único que creía de verdad era lo del tiro, en caso de una derrota
alemana.
--Conozco bien al kaiser--seguía diciendo--. No es mas que un teniente;
un teniente que se ha hecho viejo, conservando los aturdimientos y las
petulancias de la juventud. Pero tiene el pundonor del oficial que, al
verse perdido, se lleva el revólver á la frente. Ustedes verán cómo
termina así, en caso de una derrota.
Hacía versos, música, pintura, daba su opinión en todas las cuestiones,
imponiéndola, como uno de esos oficiales jóvenes que al entrar en un
salón burgués lo llenan con sus arrogancias y suficiencias, enardecidos
por el silencio de los contertulios, que temen un lance de honor. Era
un eterno teniente encanecido bajo una corona imperial y perturbado por
los incesantes triunfos de su vanidad. Pero si la suerte le volvía la
espalda, tendría el mismo gesto decisivo del oficial que se juega los
fondos confiados á su custodia ó comete otros delitos contra el honor.
--No lo duden; mi teniente sabrá serlo cuando llegue la hora mala. Es un
loco, un histrión vanidoso, pero conoce la vergüenza del hombre de
guerra. Lo repito: se pegará un tiro.
Y oía en su imaginación el imperial pistoletazo.
Lo que disgustaba á don Marcos era no poder hablar de esto ni de los
peligros de la ofensiva cuando estaba en Villa-Sirena. Los amigos del
príncipe vivían como huéspedes de hotel. Su número sólo era completo en
las primeras horas de la mañana. Rara vez se sentaban todos á la mesa.
Una fuerza exterior parecía buscarles dentro de la «villa», empujándolos
hacia Monte-Carlo. Hasta el príncipe almorzaba ó comía muchas veces en
el Hotel de París, avisando á última hora por teléfono.
Este desarreglo doméstico lo aceptaba Toledo como algo providencial. La
servidumbre había experimentado una baja irreparable con la partida de
Estola y Pistola. Una mañana se le presentaron, balbucientes y
emocionados, sin sus fracs largos de faldones. Se marchaban: debían
pasar la frontera en la misma tarde para presentarse en su cuartel.
Habían recibido orden del cónsul.
No parecía entusiasmarles su nueva condición; pero don Marcos, por deber
profesional, quiso fortalecerlos con un pequeño discurso. También él, á
su misma edad, había partido á la guerra voluntariamente. «Respeto á los
jefes... amarlos como á padres... el honor... la bandera...»
La aparición del príncipe cortó su arenga. Los dos muchachos besaron la
mano de su señor, como si se despidiesen de él para la eternidad, y no
supieron, en su turbación, dónde guardarse los billetes que les fué
dando. ¡Estola y Pistola convertidos en soldados!... ¡Hasta á estos dos
adolescentes los arreaban hacia la muerte! Y el caso le pareció á
Miguel tan extraordinario, tan falto de razón, que al mismo tiempo que
los compadecía experimentaba deseos de reir.
Media hora después ya no se acordó de ellos. El coronel sabría organizar
un nuevo servicio con mujeres, ya que la guerra no permitía otros
domésticos. Además, él se aburría en Villa-Sirena, encontrando un nuevo
gusto á la vida en Monte-Carlo.
Los desocupados que paseaban en torno del «queso» le veían entrar en el
Casino con aspecto preocupado, como un jugador que acaba de descubrir
una combinación nueva. El público de los salones le había visto también
aproximarse á las mesas, como si le interesasen las peripecias de la
fortuna. Pero en vano esperaban algunos que avanzase una puesta,
imaginándose que sólo podía jugar cantidades enormes.
Sus ojos parecían ver detrás de él, y apenas la duquesa de Delille
abandonaba su asiento para trasladarse á otra mesa, el príncipe le salía
al paso con la mano tendida y una sonrisa juvenil.
Permanecían inmóviles en el lugar del saludo, hasta que, avisados por el
instinto de las miradas curiosas fijas en sus espaldas, iban á sentarse
en un diván rinconero, y allí continuaban su conversación. De pronto, el
murmullo del público en torno de una mesa la hacía correr á ella con una
curiosidad profesional, abandonando momentáneamente á Lubimoff.
Alicia tenía la sonrisa amarga y orgullosa de una reina destronada. En
los días anteriores la gente sólo había hablado de ella. Hasta Niza y
Mentón volaba su nombre. Las familias monegascas que no pueden entrar en
el Casino pedían noticias de su suerte á la hora de la comida. En cafés
y restoranes sonaba su apellido mezclado con los de los generales que
dirigían la guerra. Frente al cartelón de las últimas noticias, las
gentes interrumpían sus comentarios sobre la próxima ofensiva,
preguntándose: «¿Cómo le fué ayer á la duquesa de Delille?» Por las
tardes, al llegar al Casino, los curiosos corrían para verla mejor y los
amigos la saludaban, besando su mano con orgullo. Era una ovación
silenciosa de ojeadas y sonrisas, igual á la que saluda la entrada de
una tiple célebre en el teatro de sus triunfos.
Cerca de dos semanas duró su batalla con el Casino; ganaba, perdía,
volvía á ganar. Su «trabajo» empezaba á las tres de la tarde,
prolongándose hasta media noche, y transcurría la hora del té, luego la
de la comida, sin que ella se enterase. Al terminar el juego se
marchaba, apoyada en un brazo de Valeria, saludando á todos con una
amabilidad extenuada y victoriosa. Algunas veces, como una enferma que
se deja nutrir á regañadientes, aceptaba los -sándwichs- y la taza de té
que su acompañante hacía traer á la mesa de juego.
Una noche--¡noche memorable!--se cerró el Casino sin que ella cesase de
ganar. Contó los billetes que le habían dado los altos empleados con una
sonrisa amarillenta y opaca. Cuatrocientos de á mil. Se salían de su
bolso de mano y del bolso de Valeria. Hasta su amiga «la Generala» tuvo
que prestarle ayuda, guardando varios fajos.
--Si no cierran los hago saltar--dijo con la vanidad de los
triunfadores.
Clorinda la acompañó en el coche hasta su casa, dándole consejos
prudentes: «Retírate, guarda el dinero. Es imposible ir más allá.»
Valeria, en el curso de la noche, repitió lo mismo: «No debía ofender á
Dios insistiendo.»
Alicia se negó á oirlas. Su inspiración no se había agotado. Aún le
quedaban grandes cosas que hacer, y cuando llegase el momento de
retirarse, lo vería antes que los demás.
Miguel había asistido á esta lucha, irritante para él. Todas las tardes,
al entrar en el Casino, se insultaba en su interior, como si cometiese
un acto vil. ¿Por qué asistía á los hechos de esta loca?... Ella no
parecía enterarse de su presencia: una mirada al principio, una sonrisa,
y en las horas restantes sólo tenía ojos para el juego y para los
-croupiers-. A pesar de esto, el príncipe llegaba puntualmente.
Para excusarse, hacía memoria de unas palabras de la duquesa. Al día
siguiente de su primera y ruidosa ganancia, se había levantado al verle
entrar en el salón, tirando de sus dos manos para hablarle aparte.
--Tú me das la buena suerte--susurró en su oído--. Estoy segura de que
es así. Gano desde que somos amigos. ¡Ven, ven siempre! Que te vea cada
vez que levante los ojos.
Sólo de tarde en tarde los levantaba: tenía otras cosas más urgentes en
su pensamiento. Pero Miguel, para acallar su despecho, se decía que
estaba allí por cumplir una palabra. Además, ¡quién podía saber si lo
que ella decía era cierto!... La tendencia á la superstición que
acompaña á los jugadores, el ambiente del Casino, la misma suerte de
Alicia, habían acabado por influir en la incredulidad del príncipe.
Pretendía vengarse de estas largas esperas y de su indiferencia
contemplándola con ojos despiadados.
--¡Qué fea está!...
Fea, como todas las mujeres que juegan y parecen sufrir el peso de la
edad aceleradamente, bajo el aplastamiento de la emoción. Cada pérdida
era un año más que caía sobre su cabeza, cada ganancia un gesto violento
que desbarataba la regularidad de su rostro. Lubimoff se complacía en
notar las arrugas que una atención intensa iba formando en torno de sus
ojos; el afilamiento de su nariz, las dos profundas grietas que
estiraban los extremos de su boca, dándola una expresión de prematura
vejez. Todas sus preocupaciones femeniles desaparecían en el transcurso
de las horas. Su sombrero se ladeaba; los bucles de su cabellera
intentaban escapar, erizados y estremecidos por las corrientes de humana
electricidad que serpenteaban entre sus raíces. Parecía tener diez años
más.
Pero una segunda voz interior emitía otra opinión. «Sí, muy fea... ¡pero
tan interesante!» Seguramente que al levantarse de la mesa volvería á
ser la Alicia de siempre.
Al entrar en el Casino una tarde, husmeó el acontecimiento
extraordinario. Las gentes hablaban, se pedían noticias, corrían todas á
una misma mesa.
El amigo Lewis pasó junto á él sin detenerse.
--Tenía que ocurrir.... No sabe jugar.... Lo esperaba.
Un poco más allá le salió al paso Spadoni.
--Nunca ha querido oirme... Hace su capricho... no sigue un sistema. Ya
ha rodado al suelo.
Todos los jugadores hablaban como si lamentasen una muerte, pero con una
compunción hipócrita, rugiendo interiormente de envidia triunfante al
ver desvanecida aquella buena suerte absurda que amargaba sus noches.
Avanzó Lubimoff su cabeza entre dos hombros, viendo á Alicia al mismo
tiempo que está levantaba sus ojos. Se cruzaron sus miradas. Ella le
contempló con desaliento, como si se quejase, haciéndolo responsable de
su desgracia. «¿Por qué me has abandonado?»
El príncipe huyó: le hacía daño verla con aquel aspecto humilde y
rabioso de cordero en peligro, que bala de pena y se defiende.
Al anochecer volvió al Casino. Aún había quien se ocupaba de la duquesa,
pero en voz baja, con ademanes tristes, como si hablase de un moribundo.
Los curiosos habían disminuído en torno de la mesa. Vió á Alicia en el
mismo lugar. Detrás de su asiento se erguía Valeria, con el rostro
triste, mientras doña Clorinda se inclinaba sobre su amiga, hablándola
al oído. Adivinó sus palabras. La incitaba á levantarse: mañana tendría
más suerte. Pero ella parecía no oir, manteniéndose con los ojos fijos
en unas cuantas placas de quinientos francos y de mil, que era todo lo
que le restaba. De repente se impacientó, y volviendo la cabeza dijo una
palabra, una nada más, algo muy gordo, pero no nuevo en aquella amistad
íntima que se rompía todas las semanas. Doña Clorinda dejó caer otra
inmediatamente, con acompañamiento de una puñalada de sus ojos, y se
alejó, altiva y desdeñosa, mientras Valeria miraba al techo con
desesperación.
Volvió á huir Miguel. Le daba miedo la cara de Alicia, la agresividad
nerviosa de su voz, que no había oído, pero que se dejaba adivinar en el
estremecimiento de sus labios.
Vagó una media hora por los salones, escuchando de lejos las palabras de
los que se ocupaban aún de la duquesa. Una tarde había bastado para
llevarse las ganancias de muchos días de éxito. Su infortunio resultaba
tan inaudito como su buena suerte. No había acertado una sola vez.
Sintió de pronto en su espalda el contacto de una mano nerviosa. Volvió
los ojos: era Alicia, pero con un gesto ávido, con una expresión
atrevida é implorante á la vez.
--¿Tienes dinero?...
Este rostro, esta voz, no eran nuevos para Miguel. Antes de la guerra,
el Casino había sido el lugar de sus victorias más fulminantes é
inesperadas. Mujeres glaciales que le trataban con visible despego,
mujeres de reconocida virtud que repelían con su aspecto toda audacia,
se habían acercado á él con repentina decisión, solicitando un préstamo
y preguntando acto seguido á qué hora podía ofrecer el príncipe una taza
de té en Villa-Sirena. Recordó al coronel, que consideraba el juego como
el peor de los enemigos de la mujer. Servía para que perdiesen toda
vergüenza. En unas cuantas horas quedaban demolidos los prejuicios de su
vida anterior. Para seguir jugando ofrecían espontáneamente lo que nunca
habían querido conceder.
Lubimoff acogió con extrañeza esta demanda brusca. Llevaba encima muy
poco dinero: él no era jugador. ¿Cuanto necesitaba?...
--Veinte mil francos.
Dijo esta cifra como podía haber dicho cien mil ó cinco mil. Para ella,
era lo mismo en este momento. Además, en los últimos días había perdido
la noción de los valores.
Miguel contestó riendo. ¿Se lo imaginaba, acaso, viniendo al Casino con
veinte mil francos en la cartera, lo mismo que un usurero ó un comprador
de alhajas?
--Pide prestado--dijo la duquesa--. A ti te darán lo que exijas.
El siguió riendo de esta absurda proposición, pero vencido de antemano
por la sencillez con que Alicia la formulaba.
--¿Y tú?... ¿Por qué no pides tú?
¡Oh, ella!... En el orgullo de su triunfo, se había olvidado de pagar
varias deudas contraídas antes de su racha de buena fortuna. Ahora era
inútil pedir. Estaba en un mal momento, todos la consideraban caída é
incapaz de rehacerse.
--Y se engañan, Miguel; siento la inspiración de la suerte. Vas á ver
cómo me levanto con unos cuantos golpes. Es mi secreto. Si te lo digo me
abandonará la fortuna....¡Hazme ese favor!... Pide los veinte mil al
vejete que está allá mirándonos. No te los puede negar: eres el príncipe
Lubimoff.... Si te parece bien, haremos sociedad: partiré contigo mis
ganancias.
Miguel conservó su sonrisa, mientras se escandalizaba interiormente de
esta proposición. ¡En qué cosas pretendía mezclarle esta mujer!... ¡El
pidiendo dinero á un prestamista del Casino!...
Pero, á semejanza de ciertos enfermos que realizan los actos más
contrarios á su voluntad, cuando se apartó de Alicia, haciendo gestos de
protesta, sus piernas le llevaron maquinalmente hacia un diván donde
estaba encogido el vejete de la barba dura, con la placa del Corazón de
Jesús en la solapa, el sombrero en una mano y un gorro de seda sobre la
calva.
--Necesito veinte mil francos.
Quedó dudando el príncipe ante el hombrecito, que se había puesto de
pie, sorprendido y receloso al ver que le hablaba tan alto personaje.
¿Era realmente su voz la que acababa de sonar?... Sí, era su voz, pero
él experimentó una inmensa extrañeza, como si fuese otro el que había
hablado. Sintió deseos de retirarse sin esperar la respuesta del gnomo,
pero éste contestaba ya, balbuceando:
--Príncipe... ¡tal cantidad!... Yo soy un pobre. Hago de vez en cuando
un favor á personas distinguidas, dos ó tres mil francos... ¡pero veinte
mil!... ¡veinte mil!...
Al mismo tiempo que murmuraba la cifra con un acento de ternura, sus
ojos astutos penetraron en Lubimoff lo mismo que una sonda. Esta mirada
irritó á Miguel, haciendo que se interesase por la operación, como si de
ella dependiese su honor. Sin duda, el usurero pensaba en Rusia, en los
desmanes de la revolución, en la imposibilidad de cobrar su préstamo
aunque el gran personaje le ofreciese toda su fortuna.
--Usted debe conocerme--dijo con voz irritada--. Soy el príncipe
Lubimoff; soy el dueño de Villa-Sirena. Necesito veinte mil: ni uno
menos. Si usted no puede...
Iba á volverle la espalda, pero el enano le detuvo con humildad,
considerando inútiles en la presente ocasión todas las excusas y
retardos que hacía sufrir á sus clientes, como un suplicio á fuego
lento. Se escurrió entre los grupos, suplicando á «Su Alteza» que
esperase un instante. Tal vez no poseía toda la cantidad y necesitaba
pedir un refuerzo á la caja del Casino; tal vez iba á ocultarse por un
instante en los gabinetes de aseo, sacando los billetes de los diversos
escondrijos de su traje y hasta de sus zapatos.
Sintió Miguel una mano discreta que rozaba su diestra, introduciendo
entre los dedos un rollo de papeles. El vejete había vuelto sin que él
le viese llegar, surgiendo entre dos grupos, pequeño y vivaracho, como
surge un diablillo de teatro del fondo de su escotillón.
--¿Conoce usted al coronel?... Mañana se avistará con usted para el pago
y los intereses.
El príncipe le volvió la espalda sin otro saludo, dejando al usurero
satisfecho de su laconismo descortés. Un gran señor no podía hablar de
otro modo. Con hombres así le gustaba tener negocios.
Alicia, que había seguido la escena desde lejos, salió á su encuentro,
avanzando disimuladamente una mano.
--Toma.
La diestra de Miguel ofreció los billetes con tal rudeza, que esta
entrega casi fué un manotón agresivo.
Su vergüenza por el acto reciente se exteriorizaba en confusas
protestas.
--¡Las mujeres!... ¡Lo que me has obligado á hacer!...
Ella, con los billetes en la mano, sólo pensaba ya en el juego.
--Vas á presenciar grandes cosas... Ya sabes que formamos compañía:
llevas la mitad.
Se alejó sin darle las gracias, dominada de nuevo por aquel demonio
invisible que cantaba en su oreja números y colores.
Lubimoff también se marchó. Temía encontrarse otra vez con el
prestamista y recibir su saludo familiar; se imaginaba que todo el
público de los salones había seguido atentamente su entrevista con el
vejete, sonriendo cuando recibía el dinero.
Salió del Casino. Jamás volvería á él: ¡lo juraba!
Castro, al que había visto de lejos jugando en una mesa, volvió á
Villa-Sirena á la hora de comer. Tenía mal gesto; pero olvidaba su
propio infortunio para consolarse con el relato de las desgracias de
Alicia:
--Después de perderlo todo en el «treinta y cuarenta», apareció á última
hora con más dinero: un fajo de billetes de mil francos... Y ella, que
no siente predilección por la ruleta, se lanzó á la ruleta. ¡Qué modo de
jugar! Al principio acertó unos plenos, dos ó tres, pero luego nada:
¡perder y más perder! Se lo ha dejado todo en la mesa. No la vi salir,
pero me han contado que parecía una muerta, apoyada en el brazo de
Valeria... Aseguran que sufre del corazón... Lo que yo digo: no es
jugador todo el que pretende serlo; se necesita un organismo fuerte. «La
Generala» juega menos, pero tiene más serenidad, unas entrañas sólidas.
Miguel durmió mal. Estaba indignado contra Alicia. En vez de lamentar su
desgracia, la consideraba lógica. ¡Una mujer metida á ganar dinero!...
Las mujeres sólo pueden conseguirlo de manos del hombre, y es inútil que
lo busquen por sí mismas, ni aun apelando al juego. El juego también es
empresa de hombres.
Y en esa penumbra mental que separa el sueño de la vigilia, el príncipe,
tendido en su cama, recordó una de las escenas de su mejor época, cuando
su yate estaba anclado en el puerto de Mónaco. Fué una noche, al salir
de un banquete en el Hotel de París. Como estaba algo ebrio, se apoyó en
los brazos de dos mujeres hermosas que se disputaban, sonrientes y sin
éxito, el dominio de su voluntad. Detrás de él marchaban, lo mismo que
un séquito, sus amigos, sus parásitos brillantes, varias damas
invitadas, toda su corte. Habían entrado en el Casino. El no era
jugador; le fatigaba permanecer inmóvil ante una mesa; creía pueril
preocuparse por el rodar de una bolilla de hueso ó las combinaciones de
unas cartulinas pintadas. ¡Hay en la vida tantos placeres más
interesantes!... Pero aquella noche, orgulloso de su poder, sintió
deseos de reñir una batalla con la fortuna. La fortuna es hembra, y él
la domaría en fuerza de dinero, lo mismo que á las otras. Los ricos
acaban por vencer al destino impalpable.
Puso ante él una cantidad enorme para entablar la lucha, y la fortuna no
quiso su dinero; antes bien, empezó á darle el suyo con una prodigalidad
desdeñosa. El multimillonario deseó perder y no pudo. Variaba su juego
caprichosamente, cometía errores voluntarios, y el éxito le salía
siempre al paso. Al fin se cansó. Esto fué antes de la guerra, y en vez
de las fichas de hueso que representan cien francos, se jugaba con
hermosas monedas de oro de igual valor. Tenía ante él numerosas y
deslumbrantes columnas de dicho metal; fajos de billetes...
--¿Quién quiere dinero?
Empezó á arrojarlo como una lluvia enloquecedora. Corrieron todas las
mujercitas que palidecen y se crispan en torno de las mesas por la
suerte de un luis único. Se empujaban, rodando sobre la alfombra,
lastimándose mutuamente con las manos y los pies por alcanzar una gota
de este maná áureo. Algunas se abofetearon y arañaron mientras sus
diestras oprimían el mismo billete de mil francos, desgarrándole.
Volteaban los sombreros por el suelo; las cabelleras se esparcían en
toda su integridad ó se desmenuzaban en una nube de bucles postizos.
--¡A mí, príncipe... á mí!...
Con las manos ganchudas saltaban en torno de él lo mismo que un corro de
poseídas.
--¿Quién quiere dinero?...
Los altos empleados intervinieron con una contrariedad sonriente, por
ser quien era el autor del escándalo. «Alteza, ¡por favor!... Las
partidas van á suspenderse; esto no se ha visto nunca.» Pero él siguió
arrojando dinero, hasta agotar sus ganancias--más de sesenta mil
francos--, y los juegos se reanudaron con más público que antes. Todas
las que habían recogido algo en el suelo ó en el aire corrieron á
exponerlo á una carta ó á un número.
Lubimoff saboreaba este recuerdo como un triunfo. Podría repetirlo
siempre que quisiera; estaba seguro de ello. Reconocía que, al final,
todos los jugadores acaban perdiendo, y él no se tenía por un ser de
excepción. Pero su voluntad dominaba en los primeros momentos á la
fortuna, y... ¡retirándose á tiempo, antes de que ella se rehiciese, con
una maldad de hembra brava!...
El príncipe acabó por dormirse pensando en Alicia.
--¡La pobre!... No sabe; Lewis tiene razón; no sabe... ¡Qué va á saber
una mujer hermosa que sólo ha pensado en ella!... Debo ayudarla. Yo soy
un hombre. Tal vez mañana... mañana...
Al día siguiente, á la hora del desayuno, don Marcos experimentó una
gran sorpresa y no menos inquietud. El príncipe, que nunca se preocupaba
del dinero de la casa, dejando que su «chambelán» se entendiese
directamente para los gastos con el administrador de París, le preguntó
qué cantidades tenía disponibles.
El coronel hizo un cálculo mental. No creía guardar más allá de quince
mil francos. Estaba esperando un envió del apoderado.
--Dámelos--ordenó Lubimoff.
Y á continuación, como si recordase algo repentinamente, habló con
indiferencia de la deuda contraída en la tarde anterior. Toledo quedó
absorto al saber que debía entenderse con el viejo usurero para la
devolución de los veinte mil francos y el pago de unos intereses
inauditos que podían doblarse en pocos días. Recordó el almuerzo en que
había propuesto Su Alteza una vida solitaria y dulce. ¿Dónde estaban
ahora los feroces «enemigos de la mujer»? Porque el coronel adivinaba en
estos derroches del príncipe, en su repentina afición al juego, la obra
de una influencia femenil. ¡Y él que no osaba jugar mas que algunas
monedas de tarde en tarde, pensando en las enormes sumas confiadas á su
lealtad!...
Mientras corría al Banco en que estaba depositado el dinero de la casa,
el príncipe paseó por los alrededores del Casino, esperando con
impaciencia la apertura de las salas. A primera hora era escaso el
público y muy contadas las mesas que funcionaban. Sólo acudían los
jugadores rabiosos, después de haber pasado la noche en claro, deseando
probar cuanto antes sus nuevas combinaciones, y las personas achacosas,
con la esperanza de encontrar libre un buen asiento.
La impaciencia hizo entrar á Lubimoff en el atrio, después de meterse
disimuladamente en un bolsillo el fajo de billetes que le presentó
Toledo. Los empleados del primer turno iban llegando con paso lento,
como funcionarios que entran en su oficina. Las mujeres dedicadas á la
limpieza y los mozos en mangas de camisa acababan de barrer el aserrín
esparcido sobre el pavimento. Todos le examinaron de reojo, avisándose
su presencia con discretos codazos. ¡El príncipe á aquella hora, cuando
los de su mundo estaban aún en la cama!... Instintivamente miraron en
todas direcciones, esperando descubrir á alguna señora vestida con
recato para este disimulado encuentro matinal. La fama del personaje
sólo les permitía suponer una cita de amor.
A las diez se abrieron las mamparas, y Miguel entró empujando á los
primeros jugadores, gente modesta y tímida. Sufría la nerviosidad, la
impaciencia, la sorda cólera de las mañanas en que se había batido.
Pisaba con fuerza; sus manos se arqueaban como si pretendiesen
estrangular el aire. Al mismo tiempo sentía la confianza orgullosa del
tirador, seguro de que dará en el blanco. Despreciaba de antemano á la
suerte, vencida por él. «¡Ah, perra!» Iba á vérselas con un hombre.
De un tirón arrancó la silla en que había puesto otro su mano, y se
sentó á una mesa de ruleta, entre dos viejas, sucias y mal vestidas, con
aspecto de brujas. Los empleados cruzaron su asombro en forma de
discretas ojeadas. ¡El príncipe apuntando, y á aquella hora!...
--Hagan sus juegos...
Empezó la partida. Miguel no tenía combinación alguna ni había pensado
nada. Sus ojos vagaron sobre los treinta y seis números. Pero sólo fué
por un instante.
«Este», pensó. Y puso todo lo que podía poner, nueve luises, el máximum,
sobre el 13.
Rodó la bolilla por el borde de caoba, y su caída final fué saludada con
un murmullo de asombro. «¡El 13!»
Unos cuantos billetes de mil empujados por la raqueta de un -croupier-
quedaron ante el príncipe, que permaneció impasible, guardando su gesto
duro y autoritario. Lo sabía; estaba seguro de no equivocarse. Otra vez
el 13.
La gente hizo gestos de asombro. ¡Qué locura apuntar dos veces al mismo
número! Pero al salir el 13 por segunda vez y cobrar el príncipe otro
máximum, un murmullo del público aplaudió al vencedor. Corrían los
curiosos, dejando abandonadas las otras mesas. Esta mañana iba á ser tan
famosa en el Casino solitario como las tardes y las noches más célebres,
cuando luchan con la suerte los jugadores ricos.
Lubimoff cambió de número. Era absurdo insistir en el 13. Y puso nueve
luises al 17... Rodó la bolilla. El 13 una vez más. Perdía.
Su gesto se hizo más duro y agresivo. La suerte empezaba á reirse de él
por su falta de voluntad. Un dominador no debe sentir vacilaciones; suya
era la culpa, por haber abandonado el número. Los hombres deben insistir
hasta imponerse, ó perecer sin abandonar su primera actitud. ¡Al 13,
como antes!... Y salió el 17.
Creyó por un momento que el suelo escapaba bajo sus pies; se sintió
flotar, rodeado de fuerzas misteriosas que rompían y ablandaban su
voluntad. Pasó una mano por su frente, como si quisiera repeler muy
lejos esta flaqueza momentánea.
«¡Ah, perra!», exclamó mentalmente, insultando á la fortuna, seguro otra
vez de que iba á esclavizarla.
Y continuó jugando.
* * * * *
A las tres de la tarde salió del Hotel de París. Acababa de almorzar,
solo, sin fijarse en las miradas que le dirigían de las otras mesas,
evitando esos saludos amables que inician una conversación.
Llevaba en la boca un grueso cigarro, y sus piernas, aunque firmes,
estaban agitadas interiormente por un cosquilleo voluptuoso. Había
comido mal, dejando casi intactos los platos; en cambio había bebido una
botella de Borgoña famoso, y varias copas de licor á continuación de dos
tazas de café.
Desde la escalinata del hotel abarcó en una mirada destructora la plaza,
el Casino, los jardines. Pensó con fruición en la posibilidad de que un
acorazado cualquiera de los que guerreaban en los mares de Europa
fondease ante este palacio de confitería, enviándole unas cuantas
granadas. ¡Hermoso espectáculo! Luego, con la imaginación, hizo
descender á tierra la compañía de desembarco y sus ametralladoras, para
llevarse cautivos á todos los que llenaban la plaza, hombres y mujeres,
sin perdonar á los niños. Nada perdería con ello el mundo. ¡Ciudad de
corrupción! ¿Qué demonio había aconsejado á su madre la compra del
promontorio de Villa-Sirena, obligándolo á él á vivir junto á este
antro?... Hasta protestó contra la difunta princesa, con la moralidad
áspera é incorruptible de todo jugador que acaba de verse chasqueado.
Al pasear sus ojos por la alegre y bien vestida muchedumbre que él
destinaba á la esclavitud, vió á Alicia, sola y de pie, al borde de la
acera del «queso», mirando al Casino.
--¿Vas á entrar?--dijo acercándose á ella.
Se indignó la duquesa, como si le propusiera algo humillante, algo que
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