¡Qué mal nos conocíamos! Ha sido necesaria la desgracia para vernos
tales como somos. Primeramente me ofreciste remediar mi pobreza; ahora
quieres devolverme á mi hijo...
Se dejó arrastrar por una afectividad impulsiva. Lubimoff vió cómo se
inclinaba su cabeza, y sintió inmediatamente el contacto de su boca en
una mano. Dos besos ruidosos y una voz que gemía: «¡Gracias... gracias!»
El príncipe se puso de pie. Le era imposible tolerar este gesto humilde.
Pero al mismo tiempo ella se irguió igualmente; quedaron sus ojos á
idéntico nivel, y como si quisiera completar la reciente caricia, se
abalanzó sobre el príncipe, le tomó la cabeza entre sus manos y le besó
la frente.
Una oleada de perfume carnal, semejante á la otra que le había envuelto
al recibir la sábana en pleno rostro, volvió á conmover su organismo. Se
daba cuenta del alcance de esta caricia: un simple beso de gratitud, un
arrebato de madre que expresa sus sentimientos con excesiva vehemencia.
A pesar de esto, la turbación que le dominaba, cruel y voluptuosa á la
vez, le impulsó á abrir los brazos para abarcar y apropiarse lo que
tenía á su alcance... Pero sus manos ávidas se perdieron en el vacío.
Ella, arrepentida de su acto, se había echado atrás, retrocediendo unos
cuantos pasos. Estaba en el hueco de la puerta, dispuesta á continuar su
huída. Se arreglaba maquinalmente los cabellos y secaba sus lágrimas,
mientras el rubor se extendía por su rostro.
--¡Qué loca soy!--murmuró--. Perdóname. ¡Es tanta mi gratitud al saber
que quieres ayudarme!...
Señaló al mismo tiempo el balcón. Abajo, en el jardín, sonaba la voz del
hortelano llamando á su perro para que no continuase ladrando junto á la
escalinata de la «villa», como si olfatease la presencia de un intruso.
--Vámonos--ordenó Alicia con gravedad--. Las criadas van á volver de
misa. No me gusta que nos vean aquí, en mi dormitorio. Podrían creer...
Lubimoff, al serenarse, admiró el gesto pudoroso, la tímida inquietud
con que ella decía esto. Resurgió en su recuerdo la mujer del «estudio»
de la Avenida del Bosque; hizo memoria de sus audaces teorías.
¿Realmente era la misma?...
Mientras bajaban, ella volvió la cabeza para hablarle, como si adivinase
sus pensamientos.
--Debes reirte de mí. ¡Cuán lejos está la Alicia de otro tiempo!... Soy
menos mala que parecía, ¿no es cierto?... Dime que no me crees mala;
dime que sólo me tienes por loca: una loca sin suerte...
Abrió sus salones del piso bajo para dar á la visita un aspecto de
regularidad, pero el frío de las piezas abandonadas, los muebles
enfundados, el olor de cueva húmeda, les hizo salir al jardín,
continuando su conversación al pie de la escalinata, como dos personas
que prolongan su despedida.
La antigua doncella de la duquesa y la jardinera encargada de la cocina
pasaron repetidas veces ante ellos con diversos pretextos. Saludaban al
señor mudamente, con ojos de adoración y dulce sonrisa. ¿Este buen mozo
era el príncipe Lubimoff, del que tanto se hablaba?... Habían oído su
nombre muchas veces en aquella «villa», y las dos le veneraron como un
ser providencial, todopoderoso, que podía con un gesto hacer resurgir la
perdida abundancia...
Miguel no quiso prolongar su visita.
--Ven á verme--dijo ella en voz baja, acompañándole hasta la verja--.
Ahora lo sabes todo. Tú eres el único. Será muy dulce para mí que
hablemos, que me consueles y me ayudes.
Las horas siguientes las pasó el príncipe silencioso y preocupado.
¡Tantas novedades de una vez!... La existencia de aquel hijo que nunca
había podido sospechar; la amorosa feroz convertida en madre; sus
lágrimas, su tormento silencioso que arrastraba como cadena expiatoria á
través de una vida loca... Y por encima de todas estas sorpresas, la que
él había experimentado en su interior, la resurrección del hombre de
otros tiempos, la nueva caída en la servidumbre carnal, el doble
latigazo recibido en su estructura nerviosa al aspirar el perfume del
suave lienzo y al sentir en su frente la huella de sus labios...
Deseaba olvidar todo esto, y para conseguirlo concentró su atención en
las revelaciones que ella le había hecho y en sus dolores de madre.
¡Infeliz Alicia! Al verla empobrecida y llorosa, sin otra ayuda que la
que él pudiese concederle, empezó á sentir por esta mujer un afecto
duradero. Era el cariño del poderoso por el débil al que protege; un
amor paternal que no tenía en cuenta la semejanza de edades ni la
diferencia de sexos; una ternura en la que entraba por mucho cierta
lástima dulce. Se conmovió al recordar el beso humilde con que había
acariciado sus manos; casi un beso de mendiga. ¡Pobre! Esto bastaba para
que se creyese obligado á no abandonarla nunca. El orgullo de Alicia, su
ansia de dominación, le habían enfurecido en otro tiempo. Acostumbrado á
proteger generosamente á las mujeres, pero sin someterse nunca á su
voluntad, á considerarlas á todas como algo agradable é inferior, no
podía transigir con este carácter soberbio. Eran los dos igualmente
poderosos y triunfadores para llegar á tolerarse. ¡Pero ahora!...
Renacía en su memoria tal como la había contemplado en el dormitorio,
con los ojos acuosos, agrandados por el dolor, y una perla pendiente de
sus lagrimales, trágicamente bella, como las vírgenes que tienen sobre
las rodillas el cuerpo del hijo crucificado... -¡Máter dolorosa!-
Pero una segunda persona que parecía hablar en el interior del príncipe
con fría clarividencia protestó de esta imagen. No era una madre
dolorosa. La madre no abandona á su hijo: renuncia á todas sus vanidades
por él; abdica su presente y su porvenir, como si no tuviese más vida
que la de este pedazo de su propia carne; le da el jugo de sus pechos y
todas sus horas; sigue minuto por minuto su desarrollo, batiéndose con
la enfermedad, burlando al peligro; no espera para amar el esplendor de
la adolescencia triunfante... ¡mientras que la otra!...
La otra era Venus dolorosa. Hasta en sus momentos más desesperados se
mantenía bella, y su dolor resultaba un nuevo medio de seducción. Era
madre, pero seguía siendo mujer: la terrible mujer perturbadora odiada
por el príncipe.... ¡Atención, Miguel!
Con una sonrisa de superioridad respondió mudamente á estas reflexiones.
«¡Acaso voy á enamorarme de ella!--se dijo--. La quiero como no creí
nunca que podría quererla. Pero sólo es un amigo, un compañero digno de
lástima, que debo proteger.»
A la hora del almuerzo, Spadoni no se presentó en Villa-Sirena. Atilio
le había visto en el Casino con sus amigos los ingleses de Niza.
Estarían almorzando juntos en el Hotel de París, para hablar de nuevas
combinaciones. La última consistía en jugar cuatro en diversas mesas,
siguiendo un «sistema» común que el pianista juzgaba infalible.
Después de tomar el café, todos los habitantes de la lujosa «villa»
parecieran agitados por una comezón que no les dejaba continuar en sus
asientos. Castro se marchó el primero, anunciando que iba al Casino. Le
avisaba el corazón «una gran tarde». Tenía entre ojos á un -croupier-
que empezaba su servicio á las tres y media. Conocía su modo de tirar la
bola. Cada uno tiene su especialidad: unos son de mano larga; otros de
mano corta. Este la hacía caer con frecuencia en el 17: su número.
Novoa se fué detrás de él, pero con menos franqueza. Balbuceó
ruborosamente al despedirse del príncipe. Tal vez iría á pasar la tarde
con sus amigos de Mónaco; tal vez hiciese un pequeño viaje por el camino
de Niza hasta Cap d'Ail ó Beaulieu. Era la confusión del señor que no
sabe mentir.
El príncipe quedó solo. Miró un rato el mar; luego cambió de ventana,
contemplando sus jardines. Oprimió el botón de un timbre para que
acudiese don Marcos. No sabía qué decirle, pero necesitaba verlo para no
estar solo. Se presentó una de las criadas viejas, anunciando que el
coronel se había ido á Monte-Carlo.
--¡Este también!--dijo el príncipe.
Tomó su sombrero y su gabán para escapar al tedio de una tarde de
domingo pasada á solas. Además, una fuerza indefinible tiraba de él
igualmente hacia la inmediata ciudad. Avanzó por el jardín, dejando á
sus espaldas la «villa». Le pareció más grande al quedar abandonada, y
que su silencio ceñudo é irritado equivalía á una protesta muda. «¿Para
eso la habían construído, gastando tan enormes cantidades?...» Por la
carretera inmediata se deslizaban tranvías y carruajes repletos de gente
de Monte-Carlo que iba en busca de un pedazo de mar sonriente, de un
grupo de pinos, de una altura panorámica.
¡Y el poseedor de los jardines famosos de Villa-Sirena los abandonaba
para irse á una población de la que huían los otros!... Lubimoff se
acordó del hermoso plan de vida elaborado meses antes: una comunidad de
laicos encerrada en este rincón paradisíaco; música, astronomía,
agradables conversaciones, trabajos higiénicos. Y los monjes se
escapaban con toda clase de pretextos; él, que era su jefe, también
sentía una necesidad inexplicable de imitarlos, y hasta Toledo, fiel
admirador de aquella propiedad que consideraba la mejor obra de su
existencia, parecía sufrir la misma fiebre ambulatoria.
Se volvió cerca de la verja para contemplar su hermoso dominio, como si
le pidiese perdón. Un silencio de palacio encantado: los jardines
dormitaban como bosques de ensueño. Creyó ver al final de una larga
avenida el revoloteo de dos grandes pájaros. Eran Estola y Pistola, con
sus fracs de faldones excesivamente largos, corriendo hacia el final
del promontorio. Para los dos solos se había construído Villa-Sirena.
Podían jugar con un regocijo gimnástico de adolescentes por aquellos
jardines que envidiaban los curiosos pegados á la verja; podían romper
en sus carreras las plantas raras traídas del otro lado del planeta,
saltar de roca en roca en busca de los pececillos que dejaban las olas
en los minúsculos lagos de las oquedades de la piedra, hasta que sus
fracs quedasen bien mojados y sus zapatos rotos, para desesperación del
coronel, que todos los días pasaba revista á su gente.
Miguel no quiso preguntarse adónde iba. Su paseo era seguramente con un
fin determinado, pero consideró inoportuno pensar en él.
Vió de pronto dos corrientes de gentío que, viniendo en opuestas
direcciones, se encontraban y confundían, subiendo juntas una escalinata
corta y anchísima partida por dos pasamanos y cubierta por tres
alfombras rojas.
Estaba ante las puertas del Casino. Por un lado iban llegando los que
acababan de descender del ferrocarril; por otro, los que habían recogido
los tranvías en todos los pueblos de la Costa Azul, desde Niza á
Monte-Carlo.
Cantaba aquella tarde un tenor italiano célebre, y una parte de la
muchedumbre, despreciando el juego por el momento, se aglomeraba en el
teatro.
Lubimoff se vió atendido inmediatamente por dos graves señores de levita
y corbata negras, con la cabeza descubierta: dos inspectores del Casino.
--¡Desolados, príncipe! Todo lleno; hasta en los pasillos hay gente.
Pero como era él, uno de los dos lo acompañó hasta el palco de los
ministros de Mónaco. El gobernador del príncipe soberano le conocía y
quiso cederle el mejor lugar; pero Miguel se mantuvo en segundo término,
por miedo á la curiosidad del público.
Era un teatro sin pisos altos; una sala de espectáculos más ancha que
profunda, con filas de butacas todas iguales y al mismo precio, y un
escenario que servía para los conciertos y excepcionalmente para las
representaciones teatrales. El mismo arquitecto de la Opera de París
había repetido su abrumadora ostentosidad en esta sala: oro por todas
partes, molduras, cariátides, espejos inmensos. No había un palmo de
pared que no fuese de estuco labrado y dorado. En el muro del fondo,
sobre las filas de butacas que se elevaban en acentuado declive, había
cinco palcos, los únicos: el del príncipe soberano y los de sus
dignatarios.
Miguel escuchó á los cantantes, mientras examinaba la apretada masa de
público que podía distinguir desde su asiento. Reconoció á muchos en
esta contemplación á vista de pájaro. Vió en las primeras filas una
cabeza gris, con los cabellos partidos de la frente á la nuca y peinados
hacia adelante hasta confundirse con unas patillas á la austriaca. Era
el coronel, que escuchaba con cierta autoridad, balanceando el cráneo
para conceder su aprobación al célebre tenor. Pero no estaba solo: le
vió ladear el rostro hacia una cabellera rizada y una sarta de gruesas
cuentas de ámbar. ¡Ah, traidor!... Indudablemente, la hija del
jardinero. Por esto se había dado tanta prisa en huir: una exigencia de
la aprendiza, deseosa de escuchar á aquel artista del que tanto hablaban
las señoras. Cuando el grueso ruiseñor quedaba oculto entre bastidores,
el coronel ofrecía á su protegida un cucurucho lleno de caramelos.
¡Caramelos en tiempo de guerra! Un verdadero derroche que sólo se podía
permitir un enamorado.
En el entreacto, el príncipe se marchó furtivamente, temiendo
encontrarse con don Marcos y que su presencia le amargase una tarde
feliz. Además, no le interesaba la ópera ni aquel cantante tan alabado.
Atravesó el gran atrio de columnas de jaspe que sostienen una galería
con balaustres rematados por candelabros de bronce. En un extremo, sobre
tableros, estaban las últimas noticias. El príncipe las leyó sin
curiosidad. «Nada; lo de siempre. Sigue la monótona guerra de
trincheras. El terreno ganado ó perdido á metros. Esto no acabará
nunca...»
Se deslizó entre los grupos que paseaban durante los entreactos,
evitando que le viese el coronel. ¡Pobre Toledo! Iba gravemente
orgulloso al lado de aquella protegida que podía ser su nieta. Miraba
hostilmente á los jóvenes, mientras la muchacha, á sus espaldas,
lanzaba ojeadas á todos los hombres con uniforme.
El príncipe tuvo que abrirse paso á través de un grupo inmóvil y
compacto. Eran oficiales convalecientes, franceses, canadienses,
australianos, ingleses, y revueltas con ellos, enfermeras de varios
tipos; unas con velos monacales y aspecto frágil; otras varoniles, con
corbata y levita de botones dorados, sin otra prenda femenil que la
falda... Algunas más viejas, de pelo corto, cara roja y grandes anteojos
de concha, exigían un detenido examen para que de su aspecto híbrido
pudiera surgir la convicción de que eran mujeres. Se amontonaban ante
las tres dobles mamparas que dan acceso á las salas de juego. Todo el
que perteneciese á las fuerzas de mar y tierra de cualquiera nación no
debía pasar de aquí: los militares sólo podían entrar en la sala de
espectáculos y el atrio del Casino. Y estas gentes, que en sus lejanos
países habían oído hablar muchas veces de Monte-Carlo, al verse en él
por los azares de la guerra, se amontonaban junto á las mamparas con una
curiosidad infantil, admirando instantáneamente, al abrirse y cerrarse
aquéllas, la rápida visión de los salones dorados, puestos en fila y
llenos de público. Después se retiraban, cediendo el sitio á otros
camaradas. Ya habían visto; ya podían afirmar que Monte-Carlo no
guardaba secretos para ellos.
Los empleados de levita negra abrieron una de las mamparas, saludando al
príncipe como á un antiguo conocido.
Era la primera vez que entraba en los salones de juego después de su
vuelta. Creyó que caía con milagrosa regresión en el mundo anterior á la
guerra; que todas las cosas que afligían á la humanidad quedaban al otro
lado de la puerta, como queda una acción dramática, falsa pero
emocionante, sobre el escenario de un teatro que abandonamos.
Hasta encontró cierto atractivo en la arquitectura de estos salones, por
ser algo familiar que le recordaba épocas agradables de su existencia.
Estaba en la sala del Renacimiento, pero toda su atención fué atraída
por la pieza inmediata, la rotonda central del Casino, el llamado salón
de Schmit, al que convergen los otros salones y que parece prolongarse
por debajo de las portadas divisorias hasta el fondo del edificio.
Un silencio rumoroso surgía de las aglomeraciones humanas en torno de
las mesas verdes. Todos al hablar lo hacían en voz baja, como en una
iglesia. De vez en cuando, este susurro se cortaba con un largo
rechinamiento, con un ruido igual al de los guijarros de una costa
arrastrados por la ola. Eran las raquetas de los empleados, que barrían
el paño verde, llevándose las monedas, las fichas, todos los despojos de
la pérdida, chocando unas con otras las piezas de metal y las de falso
hueso. La voz de los -croupiers- se elevaba sobre este silencio febril
de colmena bullente como la del oficial que ordena una maniobra. «Hagan
sus juegos...» «¿El juego está hecho?...» «No va más.» El silencio
perdía su envoltura rumorosa; se iba adelgazando. Los pechos respiraban
con menos fuerza; los cuellos se estiraban para ver mejor sobre el
hombro vecino; algunas mujeres permanecían sobre un pie nada más,
echando atrás el otro, como bailarinas que se inclinan para tocar el
suelo con las manos. Todos se apretujaban, sin reparar en el sexo á que
pertenecían las carnes inmediatas; y en esta pausa de rostros alargados,
cejas fruncidas, bocas rígidas y miradas convergentes sonaba, aumentado
por un eco diabólico, el correteo de la bolita de marfil por la ranura
circular del borde de madera, mientras la rosa de colores de la ruleta
iba girando como un kaleidoscopio en sentido inverso.
De pronto, un golpe seco. La bola había terminado su fuga circular,
cayendo en un número. Se prolongaba el silencio; los rostros parecían
estirarse aún más; los puños se apretaban convulsivamente. Otra vez el
ruido de guijarros movidos por la ola. Las raquetas barrían el campo
verde. Mal número para el público. Cuando se elevaba en torno de la mesa
un ahogado rugido, la respiración de cien pechos descongestionados, los
-croupiers- tardaban varios minutos en reanudar el juego, para pagar á
los gananciosos y resolver cuestiones entre los que reclamaban la misma
puesta. Al terminar una partida, se disgregaban los grupos de una mesa
para trasladarse á otra; pero la orla de gente continuaba siendo
compacta, por los nuevos aportes de curiosos.
Descendía de la claraboya central un resplandor acaramelado. Fuera
brillaba el sol sobre el mar azul; aquí, la luz era de bodega: una luz,
según Castro, semejante á la del salón de sesiones de un Congreso de
diputados. Esta luz amarillenta, igual al oxidado fulgor del oro viejo,
parecía aumentar la suntuosidad de las salas. Era la arquitectura
majestuosa y rica que convence al pueblo y á los ricos improvisados. Las
columnas y pilastras, de ónix y de bronce, sostenían un techo magnífico,
cortado circularmente por la cristalería de la claraboya. En los cuatro
triángulos de la bóveda estaban representados escultóricamente el Aire,
la Tierra, el Fuego y el Agua, como si los tales elementos tuviesen
alguna relación con la industria que daba vida al vasto palacio.
Cuatro arañas de metal, enormes y rutilantes, completaban la pesada
suntuosidad. Allí donde no había dorados ó espejos, ocupaban las paredes
vistosas pinturas. Estos cuadros y todos los que adornaban al Casino
eran objeto de las burlas de Miguel. Algunos resultaban aceptables; los
más parecían viejísimos, á pesar de que no tenían más de cuarenta años,
pero con una vejez sin nobleza, lo mismo que si hubiesen pasado sobre
ellos varios siglos de desprecio y olvido.
Atilio explicaba á su modo la presencia de tales lienzos. Eran obra,
según él, de aficionados arruinados por el juego, que el Casino se veía
en la obligación de proteger.
El príncipe empezó á encontrar figuras conocidas entre este público
incesantemente renovado, que cada mes resultaba distinto. Todo el mundo
pasaba por allí. El pavimento, de diversas maderas ensambladas, era uno
de los caminos más frecuentados de Europa. Semejante al antiguo Foro de
Roma, punto de convergencia de las rutas del mundo entero, este salón
atraía á las gentes desocupadas del planeta. Soñaban todos con poder ir
alguna vez á arrostrar una moneda en la gran casa de juego mediterránea.
El hombre de otros continentes, al desembarcar en el viejo mundo,
inscribía Monte-Carlo en su itinerario de viaje. Pero este río humano
que se deslizaba incesantemente, recibiendo el aporte de nuevas olas,
iba dejando aguas muertas, plantas desarraigadas, troncos desmochados,
en las sinuosidades de sus ribazos.
Lubimoff casi saludó á ciertas personas que le miraban con afectuosa
sorpresa, lo mismo que si viesen en él á un resucitado.
Un vejete de barba corta y dura sobre un rostro de cadavérica palidez se
inclinó profundamente á su paso, sin que su modestia sufriese al no
recibir contestación. Era el hombre más buscado y halagado por las damas
que frecuentaban el Casino. Llevaba una especie de solideo negro en la
cabeza, el sombrero en la diestra y una medalla de esmalte con el
Corazón de Jesús en una solapa. Atilio y Lewis también le habían buscado
muchas veces. Miguel estaba seguro de que era amigo de la duquesa de
Delille, y en más de una ocasión habría visto sus lágrimas. Facilitaba
dinero al cinco por ciento... cada veinticuatro horas, y entretenía sus
ocios estudiando de lejos á los recién llegados, por si se ofrecían como
nuevos clientes.
También sonrieron al príncipe algunas damas de aspecto serio, todavía de
buen ver, amplias de formas por un extremo y enjutas por el otro, como
personas que se medicinan contra la obesidad y no obtienen un resultado
regular. Estaban sentadas en los divanes de los ángulos, conversando
entre ellas, mirando á los grupos de jugadores con un aire de empleadas
que descansan después de cumplido su deber. Habían llegado á Monte-Carlo
muchos años antes, con joyas, con miles de francos, con un hombre que
sufría sus desigualdades de humor y encima daba dinero; y todo se había
volatilizado en las mesas del Casino. Pero ellas seguían agarradas al
escollo de su naufragio, tal vez para siempre, viviendo de los residuos
de otros y otros, que, siguiendo la misma ruta, venían á chocar y á
perecer. Se ofrecían á los forasteros como personas experimentadas en
los misterios de la casa; aconsejaban á las parejas en viaje de amor qué
número debían jugar, como si poseyesen el secreto. Además, se
presentaban en el Casino á primera hora, para ocupar los mejores sitios
en las mesas, y luego cedían su silla á un jugador rico, cliente fijo,
que las recompensaba con generosidad si le favorecía la suerte.
Aún tuvo otros encuentros. Pasaron junto á él unas cuantas viejas, pero
de una vejez incapaz de arrostrar el aire libre y la luz del sol. Esta
ancianidad se acentuaba bajo adornos extraños que no recordaban ninguna
moda: trajes de colorines desteñidos que parecían cortados de un
cortinaje viejo y oliendo á casa ruinosa, sombreros monumentales ó
turbantes esféricos fabricados con gasas de mosquitero. Unas eran de
esquelética delgadez, otras de lívidas adiposidades; pero todas llevaban
el rostro escandalosamente cubierto de bermellón y círculos acarbonados
en torno de los ojos moribundos.
--Un luis, mi príncipe--murmuró la más atrevida--. Tengo la seguridad de
que me dará la suerte.
Le temblaba al hablar la dentadura postiza, demasiado grande. Un hedor
de tumba acompañaba la sonrisa de sus labios pintados.
Miguel sabía quiénes eran por los relatos de Toledo. El coronel,
admirador de las majestades caídas, aceptaba su conversación con
melancólica deferencia. Una había sido amante de Víctor Manuel; otra más
vieja recordaba entre suspiros los tiempos de Napoleón III y de Morny.
Todas iban á morir en este Monte-Carlo, último rincón de la tierra que
podía recordarles sus esplendores de sesenta años antes. Algunas, en
memoria de sus joyas desaparecidas, ostentaban serenamente unos adornos
grotescos y bárbaros de latón y cuentas de vidrio. Según el paradójico
Castro, habían muerto hacía muchos años, pasaban la noche en el
cementerio de Mónaco, y vistiéndose con los harapos de los otros
cadáveres subían al Casino, por la fuerza de la costumbre, para
contemplar una vez más el escenario de su remota juventud.
El príncipe les dió unos cuantos billetes y siguió adelante, mientras
ellas corrían á jugar este dinero, después de agradecer el regalo con
una sonrisa de calavera, último resto de la gracia profesional.
Pronto dejó de fijarse en todos los parásitos que vivían pegados á los
engranajes de la formidable máquina, nutriéndose con las migajas de su
trituración. Se sintió interesado por el público de jugadores, siempre
igual en apariencia y siempre distinto. Los había que avanzaban apoyados
en bastones: bastones de enfermo, con contera de goma, únicos que eran
admitidos en las salas de juego, por temor á las disputas. Vió damas
gelatinosas de torpe paso; señores tullidos apoyados en el brazo de un
jayán con casaca galoneada, que los conducía paternalmente hasta la
ruleta, acomodándolos en su asiento. Algunas paralíticas llegaban en un
carruajito infantil hasta la escalinata, y allí eran izadas á una silla
de manos y llevadas á través de los salones hasta su lugar preferido. En
ciertos momentos parecía este palacio del juego un balneario célebre, un
Lourdes milagroso. Llegaban, como llegan los enfermos incurables á otros
lugares, empujados por la esperanza; pero esta esperanza no era la de la
salud, que les dejaba indiferentes. Lo que les galvanizaba era la
esperanza de la fortuna, la ilusión de la riqueza, como si esta riqueza
pudiera servir de algo á sus pobres cuerpos, faltos de los apetitos que
amenizan la existencia.
Resumió el príncipe mentalmente la vida pasional de los humanos en dos
placeres que eran el motor de todas sus acciones: el amor y el juego.
Los había que conocían igualmente la doble atracción; Castro, por
ejemplo. El sólo había sentido interés por el amor é ignoraba el placer
del juego. Al levantarse de la mesa, siempre con ganancia, no
experimentaba la tentación de volver. Pero viendo á los ancianos, los
valetudinarios y los incurables arrastrarse hacia la ruleta como á una
piscina milagrosa, los excusó compasivamente. ¿Qué otro placer les
quedaba sobre la tierra? ¿Cómo llenar el vacío de una existencia que se
prolongaba tenazmente?...
Lo que no podía comprender era el gesto apasionado, la mirada dura de
otros jugadores sanos y fuertes. Hombres jóvenes se movían entre las
mujeres en torno de la mesa con una brusquedad hostil; disputaban con
ellas ásperamente, tratándolas como á enemigos. Las mujeres perdían de
golpe su frescura y su gracia: se masculinizaban contemplando las filas
de naipes del «treinta y cuarenta» ó el volteo loco de la rueda de
colores. Tenían un gesto de luchador, con la boca tirante, los ojos
feroces, y avisadas por el instinto de esta transformación, apenas se
separaban del juego sacaban del bolso de mano el espejito, los polvos,
el colorete, para remediar y borrar su pasajera decadencia.
Las de aspecto más digno y correcto se mostraban á veces las más
atrevidas. Podían entregarse á un vicio sin miedo al comentario, sin
riesgo de ser criticadas, en un lugar donde todas las mujeres hacían lo
mismo y el juego figuraba como algo oficial, digno de respeto.
El príncipe sonrió acordándose de lo que le había contado Toledo días
antes: la desesperación de una señora cuarentona que venía de Niza con
sus dos hijas todas las tardes y había acabado por perder cincuenta mil
francos.
--¡Ojalá me hubiese echado un amante!--gemía la matrona con ojos
lacrimosos--. Mejor hubiera sido entregarme al amor.
Entró Miguel en otros salones sin claraboya. Los racimos de bombillas
eléctricas, al iluminarlos con un resplandor absurdo, hacían pensar en
el sol ardiente y el mar azul que existían al otro lado de los muros de
oro y jaspe. Sobre las mesas, el alumbrado era de petróleo: dos enormes
pantallas abrigando cada una cuatro quinqués que pendían de unas cadenas
de bronce de varios metros fijas en el techo. Así, si se cortaba la
corriente eléctrica, no había peligro de que los clientes sintiesen la
tentación de apropiarse el dinero de la banca.
De tarde en tarde sonaba una campanilla, agitada discretamente por uno
de los empleados de levita negra que dirigían el juego. Una ficha, una
moneda ó un billete había caído bajo de la mesa. Y se presentaba con una
prontitud escénica, como si esperase entre bastidores, un lacayo de
casaca azul y oro llevando en las manos una linterna sorda y un gancho
para huronear entre las piernas de los jugadores, hasta que encontraba
el objeto perdido.
Una disciplina de buque de guerra, donde cada cosa está en su lugar y
cada hombre en el sitio de sus funciones, se notaba en las vastas salas.
Varios señores respetables, con la solapa condecorada, paseaban entre
las mesas con aire de oficiales de servicio, para convencerse de que
todo iba perfectamente. Allí donde las voces subían de tono se
presentaban con paso rápido para cortar los discusiones. Cuando dos
«puntos» se disputaban una misma puesta, resolvían inmediatamente el
pleito pagando á los dos. El dinero acababa al fin por volver á la casa.
Según Atilio, estaba perforado el Casino por galerías secretas, puertas
invisibles y hasta trapas, lo mismo que el escenario de una comedia de
magia; todo para el mejor servicio y evitar molestias á los clientes.
Algunas veces, un enfermo se desmayaba en la mesa ó caía muerto por una
emoción demasiado violenta. Al instante se abría el muro más próximo,
vomitando una camilla y dos bomberos, que hacían desaparecer el cuerpo
importuno como por encantamiento. Los de la partida inmediata no
llegaban á enterarse.
En otras ocasiones era un suicidio. Lubimoff conocía una mesa llamada
«del suicida», á causa de un inglés que había querido morir
teatralmente, disparándose un pistoletazo al perder la última moneda.
Las piltrafas de su cerebro salpicaron la bayeta verde, las caras de los
vecinos y hasta las levitas de los -croupiers-. ¡Siempre hay gentes de
poco tacto, que no saben vivir en sociedad!... Pero los bomberos surgían
de la pared, llevándose al muerto, limpiando de sangre la alfombra y la
mesa, y poco después, del óvalo de gente apretujada contra el tablero
verde surgía la voz sacramental: «Hagan sus juegos...» «¿El juego está
hecho?...» «No va más.»
El príncipe se acordó del famoso «banco de los suicidas» en los jardines
del Casino. Una leyenda para periódicos. No existía. Cuando se mataban
varios en un mismo banco, la administración lo hacía cambiar de sitio
inmediatamente. También era una exageración folletinesca lo de la
abundancia de suicidios: dos ó tres por año nada más. Según Castro,
había pasado de moda esto de matarse en Monte-Carlo; resultaba una falta
imperdonable de buen gusto; lo discreto era irse lejos y desaparecer
sin ruido. Además, la policía de la casa tenía buen ojo para conocer á
los desesperados, y les facilitaba un billete de ferrocarril,
aconsejándoles que se matasen buenamente en Marsella, ó cuando menos en
Niza ó Mentón.
Estaba Miguel cerca de la «mesa del suicida», junto á la entrada de los
salones privados, cuando notó cierto revuelo en el público. Se buscaban
los grupos para transmitirse una noticia; los antiguos clientes se
agitaban con una emoción profesional. Algo importante estaba ocurriendo.
El príncipe conocía el significado de estas ráfagas de curiosidad: un
jugador ganaba ó perdía de un modo extraordinario.
Cierto nombre llegando vagamente á sus oídos hizo que su atención se
concentrase.
--La duquesa de Delille... Doscientos mil francos...
Todos los que tenían permiso para jugar en los salones privados se
precipitaban hacia la gran puerta de cristales que da acceso á ellos.
Miguel siguió esta corriente.
Se vió en una pieza enorme, de techo altísimo. En uno de sus lados se
abrían cuatro grandes balcones sobre las terrazas y el Mediterráneo. A
causa de la guerra estaban cubiertos con unas telas obscuras para
ocultar la luz interior. El muro de enfrente lo llenaban varios espejos
gigantescos. En lo alto, diez y seis cariátides blancas y pechugonas,
encorvadas bajo el peso del techo, sostenían anchas bandas de cristales
de roca con bombillas eléctricas que dejaban caer un resplandor lunar.
Los curiosos pasaban indiferentes ante las primeras mesas de juego, para
agolparse en torno de la última, la del «treinta y cuarenta», al pie de
un gran cuadro en el que tres buenas mozas desnudas, sobre un fondo de
arboleda obscura igual á los jardines de Boboli, representaban -Las
Gracias florentinas-.
Allí estaba el fenómeno. Avanzando su cuello entre los hombros de dos
curiosos, vió á Alicia sentada á la mesa, con aspecto pensativo. Todas
las miradas convergían sobre ella. Ante sus manos se amontonaban varios
fajos de billetes y muchas fichas formando pilastras: fichas ovaladas de
quinientos francos y rectangulares de á mil, llamadas «jaboncillos» en
el lenguaje del Casino, á causa de su forma.
Ella levantó de pronto la cabeza, como si el instinto le avisase una
presencia interesante, y sus ojos se dirigieron rectamente hacia Miguel.
Le saludó con una sonrisa de felicidad. Pareció besarle con la mirada. Y
todos, con esa sumisión de las muchedumbres cuando se sienten dominadas
por el entusiasmo ó el asombro, siguieron sus ojos para conocer al
hombre que era acogido de este modo por la heroína. El príncipe sintió
halagada su vanidad, lo mismo que cuando un artista célebre le saludaba
desde la escena y seguía cantando con la mirada puesta en él, para
dedicarle sus gorgoritos; lo mismo que cuando, de joven, un matador de
toros le dirigía un gesto amistoso antes de dar la estocada final.
Alicia parecía brindarle su gloria.
Pero inmediatamente volvió á recogerse en su ensimismamiento. No estaba
sola. Alguien invisible y poderoso se erguía detrás de su asiento, ó se
inclinaba para soplar en su oído el consejo certero, la resolución
inesperada, la audacia original. Sus ojos, animados por una luz
fosforescente, contemplaban lo que nadie podía ver. Su boca muda se
estremecía con nerviosas contracciones, lo mismo que si hablase á un ser
misterioso que no necesitaba del sonido para oir. Miguel adivinó junto á
ella la potencia demoniaca de las horas inolvidables, la que proporciona
á los artistas el acorde maestro, la palabra luminosa, la pincelada
suprema; la que sugiere la matanza final en las batallas ó la astucia
decisiva en los negocios acompañados de quiebras y suicidios.
Se había lanzado al gran juego. Avanzaba con mano negligente una columna
de doce fichas rectangulares rematada por otra oval: doce mil quinientos
francos, la cantidad máxima que puede arriesgarse al «treinta y
cuarenta». El público, con la idolatría que inspiran los vencedores, se
interesaba por la duquesa, como si cada uno esperase participar de sus
ganancias. Todos presentían su triunfo. Y cuando efectivamente ganaba,
un murmullo de satisfacción, un resuello de desahogo iba elevándose del
óvalo de curiosos que se oprimían contra los respaldos de las sillas
ocupadas por los jugadores. De tarde en tarde perdía, y el profundo
silencio era de simpática conmiseración. Algunas veces, después de haber
avanzado la pilastra de fichas, entornaba los ojos como si escuchase á
su colaborador invisible, movía la cabeza en señal de asentimiento y
retiraba su puesta. Surgía de nuevo el murmullo de satisfacción al
convencerse el público de que había retirado su dinero á tiempo, lo que
equivalía á un triunfo negativo.
Muchos calculaban con ojos de codicia las cantidades que se amontonaban
ante sus manos.
--Ya está en los trescientos mil... Tal vez tiene más... ¡Ojalá llegue á
ganar millones!... ¡Qué gusto ver saltar al Casino!
A estos comentarios en voz baja se unían las exclamaciones laudatorias
de algunas viejas, adorando con sus ojos á la victoriosa. «¡Qué
simpática!... Una gran señora. ¡Y tan bella!... ¡Que la suerte le
acompañe!»
Se movió un hombro negro sobre el cual asomaba su cabeza el príncipe, y
éste vió la cara de Spadoni junto á sus ojos. No mostraba el pianista la
menor sorpresa, como si se hubiese separado de él pocos minutos antes.
Ni siquiera lo saludó. El asombro que dilataba su rostro, el escándalo y
la envidia que le infundía esta fortuna insolente, necesitaban
expansionarse con una protesta.
--¿Ha visto, Alteza?... No sabe jugar. Va contra todas las reglas; va
contra la lógica. No sabe... ¡no sabe!
Inmediatamente volvió sus ojos á la mesa, olvidando al príncipe, al oir
un nuevo rugido del público. Faltaba poco para que algunos saludasen con
aplausos los repetidos triunfos de la duquesa. Los que habían perdido en
los días anteriores se regocijaban con una alegría de venganza. «¡Qué
tarde!... ¡Esto se ve pocas veces!» Sonreían dándose con el codo al
notar las idas y venidas de los inspectores, la presencia de altos
empleados que se esforzaban por ocultar sus impresiones, la cara larga
de los que volvían de la caja central con nuevos paquetes de placas de
mil francos para pagar á aquella señora que por tres veces había dejado
á la mesa sin dinero. La noticia de su fortuna circulaba por todo el
edificio. A aquellas horas los señores de la administración debían estar
hablando en su despacho del piso alto de esta mala jugarreta que se
permitía con ellos el azar. Algo extraordinario y emocionante, igual al
soplo de una revolución, se extendía hasta los últimos rincones. Los que
carecían de permiso para entrar en las salas privadas pedían noticias á
los que salían de ellas, repitiéndolas con la exageración del
entusiasmo. En los guardarropas, en los gabinetes de aseo, en los
pasillos interiores, en los subterráneos, en todos los recovecos donde
criados, camareras y bomberos viven bajo una eterna luz artificial, esta
novedad sacudía la calma dormitante del personal subalterno. Era una
emoción igual á la que circula por los corredores medio desiertos de una
Cámara de diputados mientras en el hemiciclo rebosante se defienden los
ministros en peligro de muerte. Iba creciendo la noticia al ir de grupo
en grupo, con esa satisfacción mezclada de inquietud que inspiran á los
humildes los malos negocios de sus patrones.
--Parece que arriba una duquesa ha ganado un millón... No; ahora dicen
que son dos millones.
Y al dar la vuelta completa al edificio, los dos millones habían
engendrado uno más. Media hora después eran cuatro para todos los
modestos servidores que envejecían viviendo del juego, sin haberlo visto
nunca de cerca.
Miguel sintió de pronto una gran cólera contra aquella mujer afortunada.
Después de la sonrisa de saludo ya no le había mirado más. Sus ojos
pasaron repetidas veces sobre él de un modo maquinal, sin llegar á
verle. Era uno de tantos curiosos espectadores de su triunfo. En el
mundo sólo existían en aquel momento la baraja y ella.
Su despecho le hizo sentir una indignación de moralista. Nada le
importaba que Alicia se olvidase de él. Lo repitió mentalmente varias
veces: nada le importaba. No eran amantes ni existía entre ellos un
afecto profundo. ¡Pero el hijo!... Se acordó de la escena de la mañana,
con sus gemidos y sus lágrimas. Y la madre estaba allí, entregada por
completo á la voluptuosidad del azar, insensible á todo lo que no fuese
su torpe afición. Si alguien la hablaba del aviador prisionero, tendría
que hacer un esfuerzo para recordar que existía, ¡y horas antes lloraba
sinceramente pensando en su cautiverio!...
Era demasiado para el príncipe. Su severidad no podía aceptar esta
indiferencia. Y con los codos se abrió paso entre la muchedumbre,
despegándose de la espalda de Spadoni, que seguía con ojos de
hipnotizado los tesoros crecientes de la duquesa.
Lubimoff dió un paseo por el salón. Despreciaba el egoísmo de Alicia,
pero carecía de fuerzas para marcharse. Necesitaba estar cerca de ella;
quería convencerse de hasta dónde podía llegar su insensibilidad.
Se tropezó con un señor que caminaba entre las mesas agitando las manos
detrás de su espalda y mascullando frases ininteligibles. El amigo
Lewis.
--¿Ha visto usted cómo juega?--dijo con acento de cólera al reconocer al
príncipe--. Como una bestia, como una verdadera bestia.... No debían
dejar entrar á las mujeres.
Toda la tarde había estado perdiendo, de acuerdo con las reglas y la
experiencia. No le quedaba dinero ni para sus -whiskys-: tendrían que
fiarle en el -bar-. Pero recordando de pronto que la de Delille era
parienta de Lubimoff, añadió:
--Siento mucho ofenderla; pero juega como una imbécil.
Y le volvió la espalda, para continuar su monólogo furibundo.
Don Marcos pasó rápidamente sin ver al príncipe, abriéndose paso entre
la masa de curiosos, con su autoridad de personaje decorativo. Acababa
de abandonar apresuradamente á la hija del jardinero. La noticia había
circulado por el teatro, logrando que muchos renunciasen al final de la
ópera, para presenciar esta suerte inaudita, que era para ellos un
espectáculo de mayor interés.
En una mesa de ruleta encontró á Clorinda que jugaba parcamente,
teniendo á Castro detrás de su asiento.
«La Generala» había presenciado la primera parte de la victoria de su
amiga. «Va á perder, esto no puede durar», pensaba á cada golpe. Luego
se había retirado de la mesa, explicando su actitud á Castro y á otros
amigos. No podía presenciar con tranquilidad cómo Alicia hacía un juego
tan arriesgado. Era una emoción superior á sus fuerzas.
--Yo deseo que gane mucho, muchísimo--añadía con una generosidad de
buena amiga--. ¡La pobre lo necesita tanto! ¡Van tan mal sus asuntos!
Había acabado por sentarse á otra mesa, con la vaga esperanza de que se
acordase también de ella la suerte; pero los murmullos que venían del
«treinta y cuarenta» anunciando nuevas victorias la ponían nerviosa,
atribuyendo á esto la pérdida de varias piezas de veinte francos. Cuando
vió perdidos doscientos, su irritación necesitó desahogarse en alguien.
Allí estaba Atilio, que la seguía á todas partes, acogiendo con
sonriente adoración las agresividades de su mal humor.
--Castro, márchese; no permanezca detrás de mí. Ya sabe que me trae mala
suerte. Váyase á otro sitio.
Y el príncipe vió cómo su amigo, con un gesto de enfado, se separaba de
la viuda, dirigiéndose al -bar-.
Quiso seguirle. Hablando con Atilio olvidaría la irritación que le había
causado la otra mujer. Pero al dirigirse al fondo del salón tuvo una
nueva sorpresa.
En un ángulo escasamente iluminado vió á Novoa que ocupaba un diván con
Valeria, la acompañante de la duquesa. ¡Ah, embustero! Este era el que
iba á pasar la tarde en Mónaco ó paseando por el camino de Niza. Tal vez
esto último no era falso. Habría esperado á Valeria, que regresaba de su
almuerzo.
Debían estar los dos desde mucho tiempo antes en la penumbra de este
rincón, insensibles á lo que les rodeaba, sordos á los comentarios de la
gente.
El, vuelto de espaldas al príncipe, no pudo verle. Ella tampoco, pues
tenía sus ojos fijos en Novoa, con una gravedad afectuosa de muchacha
que ha hecho estudios serios, tiene su título de bachillera y puede
comprender á un hombre de ciencia.
Miguel oyó un fragmento de lo que decía el joven catedrático.
--...Y cuando las corrientes glaciales del Polo llegan allá, ocupan el
lugar de las aguas calientes, que suben á la superficie...
¡Explicaba la formación del -Gulf Stream-! Nadie lo hubiese creído al
ver detrás de sus lentes unos ojos acariciadores y tímidamente amorosos.
Ella escuchaba con un fervor de admiradora; pero Miguel, que conocía á
las mujeres, creyó adivinar su verdadero pensamiento. Sopesaba, con su
malicia de muchacha pobre y sola, lo que había de marido posible en este
hombre ignorante de todo lo que no se aprende en los libros; calculaba
las modificaciones que son necesarias para hermosear á un descuidado
varón que siempre lleva la corbata mal hecha y es incapaz de sentarse
tirando antes de sus pantalones para evitar unas rodilleras grotescas.
Lubimoff pasó más de una hora, muellemente hundido en un sillón del
-bar-, oyendo á Castro. Las ramas de los grandes árboles de la terraza
arañaban dulcemente los vidrios de las ventanas en la penumbra del
crepúsculo.
Atilio exteriorizó su melancolía lamentando la parquedad del té.
Almendras tostadas y patatas fritas al vapor eran todas las delicadezas
gastronómicas que podían ofrecer con motivo de la guerra en este lugar
visitado por los ricos.
El público le inspiraba las mismas reflexiones tristes. Había gente,
pero muy poca comparada con la que acudía á Monte-Carlo años antes.
Llegaban entonces trenes de lujo directamente de Londres, de Viena, de
Berlín, de todos los extremos de Europa. La plaza del Casino era una
Babel; en torno del «queso» paseaban todas las razas y sonaban todos los
idiomas. Ahora resultaba lamentable la ausencia de los rusos, jugadores
fogosos, y también de los austriacos y los turcos. Los últimos en sentir
la atracción de Monte-Carlo eran los alemanes; pero Castro los había
visto llegar en masa en los últimos años, aportando al juego el mismo
sistema reposado, metódico y minuciosamente científico que aplican á la
disciplina de cuartel, á la organización de la industria ó á los
trabajos de laboratorio.
Se les conocía apenas entraban en las salas. Al sentarse á la mesa se
rodeaban de libros y papeles: estadísticas de los números más
favorecidos en los últimos años, manuales del perfecto jugador, cálculos
propios, logaritmos que ellos solos podían entender.
--Defendían el dinero con mayor tenacidad que los otros--continuó
Atilio--, con una paciencia de bueyes testarudos é incansables; pero
acababan perdiendo, igual que los demás. ¿Quién no pierde aquí?... Hasta
el Casino, que gana siempre, pierde ahora. Antes de la guerra, su renta
era de cuarenta millones por año. Actualmente saca en limpio tres ó
cuatro millones nada más, y como tiene que cubrir unos gastos enormes,
se ve obligado á hacer empréstitos para seguir viviendo, lo mismo que un
Estado.
Miguel se fijó en los que pasaban por el -bar-. Sólo entraba un hombre
por cada diez mujeres.
--También es la guerra--dijo Castro--. ¡No se ven mas que hembras,
hembras por todas partes! Pero aquí, si se acuerda uno de los tiempos de
paz, siempre fué superior la proporción femenina. Los hombres, menos
numerosos, juegan más fuerte, arriesgan con mayor audacia su dinero;
pero en torno de las mesas, tres cuartas partes del público están
compuestas de mujeres. La mujer, cuando teme al amor ó está desengañada
de él, se entrega al juego con una vehemencia pasional. Es el único
recurso que encuentra para desahogar su imaginación. Además, hay que
tener en cuenta sus aficiones al lujo, que no están casi nunca de
acuerdo con sus recursos, y todas las necesidades de la mujer actual que
no conocieron sus abuelas... Mira; fíjate.
Señaló discretamente á una señora entrada un años, pintarrajeada y
modestamente vestida, á la que acosaban con manoteos y gestos de súplica
otras dos, jóvenes y elegantes. Se adivinaba que habían entrado allí
únicamente para tratar un asunto, lejos de la curiosidad de las salas de
juego.
--Solicitan un préstamo, y ella se resiste--continuó Castro--. Tal vez
es el segundo ó tercero de la tarde. Esa dama es una rival del vejete
que lleva en la solapa el Corazón de Jesús. ¡Famoso usurero! Empezó de
mozo de café, y debe tener unos dos millones, después de treinta años
de honrada industria. Todo lo que posee lo destina al pueblo de La
Turbie, que le ha nombrado su bienhechor. Regala imágenes de santos, ha
reconstruído la iglesia... Atención: la dama se ablanda. El préstamo va
á realizarse.
Las tres mujeres habían desaparecido detrás de una puerta de caoba que
daba entrada á los gabinetes de necesidad para señoras. La prestamista
guardaba sus caudales en las enaguas, y le era preciso remangarse para
hacer sus negocios. Poco después salió rápidamente hacia el salón de
juego. Necesitaba continuar su vigilancia sobre algunas deudoras, por si
estaban ganando. Las dos jóvenes la siguieron, llevando sus bolsos de
mano todavía abiertos para contar con la vista los billetes acabados de
recibir.
Castro, que más de una vez había sufrido la humillación de operaciones
semejantes, empezó á discurrir con amargura sobre el vicio que sostiene
la existencia de este edificio enorme y de todo el principado. El jugaba
por la ganancia, jugaba porque era pobre; ¡pero tantos ricos venían
allí, con riesgo de perder la base de su bienestar!...
--El juego es un empleo de la imaginación. Por eso habrás notado que los
hombres de imaginación, los escritores, los verdaderos artistas, rara
vez juegan. Muchos dan escándalos por sus vicios exagerados hasta la
monstruosidad, pero ninguno se ha distinguido como jugador. Tienen
asuntos más interesantes á que aplicar su potencia imaginativa.... En
cambio, la gran masa de los humanos siente el encanto del juego, y
cuanto más vulgar es un individuo, con más fuerza le atraen las
seducciones del azar. Nuestros actos están guiados por el deseo de
conseguir un máximum de placer con una parte mínima de sufrimiento y de
trabajo; ¿y qué mejor que el juego para obtenerlo?... Todos obedecemos á
la esperanza y hacemos aquello que nos parece más ventajoso. Además, nos
conviene exagerar la probabilidad de que ocurra aquello que queremos
ardientemente, y acabamos por tomar nuestros deseos por realidades....
Los que entran todos los días aquí tienen la corazonada de que saldrán
llevándose mil francos, ó veinte mil, ó cien mil, y lo regular es que
salgan con los bolsillos vacíos. No importa; al día siguiente volverán,
guiados de la mano por las mismas ilusiones.
Cesó de hablar, como si le afligiese la consideración de que estaba
haciendo su propio retrato. Luego añadió:
--Sin estas ilusiones que nuestra imaginación ama porque la arrullan
dulcemente, la vida resultaría irresistible. Es tal vez una felicidad
que nuestras esperanzas no sean matemáticamente exactas y que en nuestro
destino tenga tanta influencia la suerte. Además, la vida es breve, el
porvenir incierto; si la fortuna ha de venir á nosotros, conviene
abrirle el camino para que llegue velozmente; ¿y qué mejor camino que el
juego?... Cuando ponemos nuestras esperanzas muy lejos en el tiempo,
valen muy poco. Si debemos ganar, que sea pronto y de una vez. Nuestra
vida no es mas que un juego de azar. Todos somos jugadores, aun los que
no han tocado jamás una carta. Las profesiones, los negocios, el mismo
amor, puro juego, puro azar, asunto de suerte. La habilidad ó la
inteligencia pueden hacer los juegos de nuestra vida más favorable, pero
el azar no pierde por esto sus derechos y la buena suerte del individuo
realiza lo más importante. Para llegar á rico, hasta en los negocios que
parecen más seguros hay que ser favorecido por un concurso de
circunstancias extraordinarias, de golpes de azar constantemente
felices. Jamás un hombre se ha hecho rico ó célebre solamente por lo que
vale.
Lubimoff, uno de los grandes ricos del mundo pocos años antes, asintió
con movimientos de cabeza á esta afirmación.
--Hasta los gobiernos cultivan la esperanza pública por medio del
azar--continuó Castro--. Raros son los que no autorizan una lotería. El
que adquiere un billete compra un poco de esperanza, la posibilidad, si
tiene imaginación, de fabricarse por unos días toda clase de ilusiones
magnificentes y de experimentar una profunda ansiedad en el momento del
sorteo. El mejoramiento de nuestro bienestar material por el propio
esfuerzo resulta laborioso y difícil. Pero hay un medio de proporcionar
una felicidad relativa á los humildes: darles la esperanza de llegar á
ricos, de emanciparse de toda servidumbre, de realizar el ideal de
libertad que todos sienten. El Estado se muestra por principio enemigo
del juego; lo considera inmoral, por estar basado en lo incierto; pero
toda operación de comercio, financiera ó de industria representa un
azar, muchas veces la ruina de uno de los contratantes, y es un juego
casi igual á los de aquí.
Sonrió Atilio irónicamente antes de continuar.
--Que hablen contra el juego los moralistas hasta cansarse... Lo cierto
es que las sumas que se arriesgan en las carreras de caballos y en los
casinos aumentan de año en año con una progresión rápida, más rápida que
la progresión de la fortuna pública. El desarrollo de las buenas
costumbres no ejerce ninguna influencia en su disminución. En cambio,
las complicaciones de la vida moderna, con sus crecientes necesidades,
favorecen la pasión del juego y hasta la agravan.
El príncipe le interrumpió. Tal vez era cierto lo que decía, pero ¡qué
vicio deprimente el juego! Los seres más razonables se dejaban dominar
por él, hasta perder su inteligencia ordinaria.
--Es cierto--confesó Atilio--. En los juegos es donde se muestra la
debilidad humana y la tendencia que tenemos á la superstición. ¡Qué de
manías, como si el pasado pudiera influir en el presente!... ¡Qué de
inútiles esfuerzos para domar á la suerte!... Se han derrochado más
tesoros de imaginación para inventar nuevos sistemas de juego que para
encontrar el movimiento perpetuo, y con igual inutilidad. Todas esas
combinaciones maravillosas conducen al jugador infaliblemente á la
pérdida, con más ó menos rapidez, pero siempre con certeza... ¡Y qué fe
la nuestra! La considero superior á la de los mártires de las
religiones. Cuando uno cree poseer una combinación segura para ganar,
resulta inútil disuadirle. Nada le puede convencer. Es curioso que el
fracaso del sistema y la pérdida consiguiente no descorazonen nunca al
buen jugador. Inmediatamente acogemos una nueva combinación, la
verdadera esta vez, que nos permitirá conseguir la fortuna... A una
esperanza sucede siempre otra esperanza, y así vamos viviendo, hasta que
llegue la muerte.
La melancolía de estas últimas palabras fué breve. Castro pareció
acordarse repentinamente de algo que le hizo sonreir.
--¡Y qué incoherencias en la vida de los jugadores! Arriesgan el dinero
sin miedo y no hay gente más avara. Fíjate en las mujeres que juegan con
mayor pasión. Todas mal vestidas; algunas llegan hasta el descuido en su
persona. El dinero lo necesitan para jugar, y dejan para el día
siguiente la compra de lo necesario. Hay hombres que pasan toda la tarde
con el sombrero bajo el brazo, por ahorrarse los cincuenta céntimos que
cuesta dejarlo en el vestíbulo del Casino. Hoy, al entrar, he visto á un
viejo que espera á un amigo suyo todos los días junto al mostrador del
guardarropa. Depositan juntos sus sombreros y gabanes; así, cada uno
sólo paga veinticinco céntimos. Luego, en la ruleta, los he visto
manejar á fajos los billetes de mil francos.
Los jugadores que entraban eran interpelados desde las mesas.
--¿Aún sigue ganando?...
Se referían á la de Delille. Las noticias no eran acordes. Unos parecían
indignados: «Sí; continuaba ganando con una suerte insolente.» Se había
desvanecido el entusiasmo del primer momento. Una punta de envidia latía
en las miradas y las palabras. Otros, á impulsos del mismo sentimiento
egoísta, se complacían en marcar un descenso en esta suerte maravillosa.
Perdía y ganaba. Sus buenos golpes ya no eran tan seguidos como al
principio; pero de todos modos, si se retiraba inmediatamente, tal vez
se llevase trescientos mil francos.
Atilio y el príncipe vieron á Lewis de pie ante el mostrador, bebiendo
uno de aquellos -whiskys- que serenaban su ánimo y le permitían reanudar
las retorcidas combinaciones que habían de devolverle su herencia
paterna y restaurar su castillo.
Le llamaron para enterarse de la suerte de la duquesa. Lewis se encogió
de hombros con una expresión de escándalo y de protesta. Era absurdo
ganar de tal modo jugando tan mal.
--Debe tener oculto en sus faldas el rosario del conde--dijo Atilio con
gravedad.
Quedó Lewis perplejo, como si tomase en serio estas palabras. Después se
ruborizó, con una corrección británica, al acordarse de los extraños
adornos del rosario de su amigo. De repente empezó á lanzar violentas
carcajadas: «¡Ah, mister Castro!...» Le parecía tan chistosa la
suposición de -mister- Castro, que tosió, asfixiándose de tanto reir, y
fué en busca de un nuevo -whisky- para recobrar su serenidad.
Volvieron los dos amigos al salón de -Las Gracias florentinas-.
El príncipe vió á Novoa y á Valeria en el mismo diván, continuando su
conversación, pero cada vez más abstraídos, fijos los ojos en los ojos,
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