muchas veces de las ruidosas aventuras del príncipe. Sus duelos, sus
amores, sus escandalosas fiestas, irritaban al joven emperador, empeñado
en moralizar las costumbres de sus allegados. En las reuniones
aristocráticas volvieron á recordarse las extravagancias de la casi
olvidada Nadina Lubimoff. El joven cosaco estaba emparentado con
personajes influyentes y su muerte contribuía al descrédito total de la
hermana.
Aún no había convalecido Miguel Fedor completamente de sus heridas,
cuando recibió la orden de salir de Rusia. El zar lo desterraba por
tiempo indefinido. Podía vivir en París al lado de su madre.
--Está bien, ya que respeta la fortuna del príncipe--dijo el coronel
como único comentario.
Al llegar á París, Miguel Fedor se convenció de que la princesa estaba
loca, cosa que sospechaba hacía tiempo al leer sus largas cartas. Sir
Edwin había muerto en Inglaterra, tres años antes, casi repentinamente,
á continuación de una derrota electoral. El palacio del barrio de
Monceau había sufrido una transformación interior que representaba un
gasto de millones. Su dueña dedicaba á esto todo su tiempo. Los salones
árabes, persas, griegos ó chinos, cuya construcción y adorno habían
hecho la fortuna de dos arquitectos y de varios comerciantes de
antigüedades, acababan de desaparecer, esparciéndose cual residuos sin
valor los muebles adquiridos en otro tiempo como piezas rarísimas.
Aunque el palacio se mantenía lo mismo por fuera, á partir de la
escalinata imitaba el interior de un castillo antiguo. No quedaba una
ventana sin vidriera de colores, ni una pieza que no estuviese en una
penumbra de bodega. Todo el gótico convencional inventado por los
constructores modernos era empleado en esta restauración deseada por la
princesa. Los tres pisos de un ala entera habían sido echados abajo para
formar una nave de catedral.
Lubimoff vió á una mujer alta, enjuta, con las manos largas y
transparentes, los ojos agrandados é inquietantes, que avanzaba hacia
él. Iba vestida de negro, con mangas sueltas que casi barrían el suelo y
un bonete blanco encañonado bajo los tules de luto. A pesar de que
tenía un rosario en la muñeca y adoptaba al hablar una expresión de
víctima, su hijo creyó ver á una cantante de ópera.
La expulsión del príncipe no le había causado extrañeza ni pena.
--Esos Romanoff nos han tenido siempre mala voluntad. No pueden olvidar
á tu ilustre abuelo, que, según cuentan, le daba palizas á Catalina al
pillarla con otros.
Su pensamiento volaba por encima de estas miserias terrenales. Ella, que
nunca se había preocupado de las religiones, declaró á su hijo que ahora
era católica. Prescindía, por considerarlos inútiles, de los actos
públicos de conversión, pero debía adoptar esta creencia; lo exigía su
nueva y definitiva personalidad.
--Tu padre lo aprueba. Hablo con el héroe muchas noches, y está contento
de verme en el buen camino.
Miguel Fedor y el coronel se dieron cuenta, apenas llegados, de los
extraños visitantes que frecuentaban el palacio. A los melenudos
terroristas de otros tiempos habían sucedido numerosas echadoras de
cartas, pitonisas, videntes y tétricos profesores de ciencias ocultas.
Un velador modesto y viejo, que parecía haber subido solo de la
habitación del portero, saltaba á todas horas, hablando por medio de sus
patas, en el dormitorio de la princesa.
Un día se decidió ésta á comunicar á su hijo el gran secreto de su
existencia. Al fin sabía quién era; las revelaciones de los espíritus le
permitían conocer su verdadera personalidad. En una de sus muchas vidas
anteriores había sido una reina desgraciada y hermosa; la mas
«romántica» de las reinas. El alma de Nadina Lubimoff, princesa rusa,
vivía ya siglos antes en el cuerpo de María Estuardo.
--Siempre sentí una predilección especial por la historia de la reina
infeliz. Ahora me explico cómo al ver á sir Edwin en Londres me enamoré
inmediatamente de él de un modo irresistible. Sus antepasados fueron
escoceses.
Estas razones resultaban tan incontestables como todas las que habían
guiado su existencia. Y para honrar el alma regia reencarnada en ella,
cuya autenticidad reconocían todos sus visitantes misteriosos, quiso
vivir como la decapitada soberana de Escocia, imitando sus vestidos tal
como los había visto en los cuadros, convirtiendo su palacio en un
castillo, comiendo á solas en vajillas antiguas los manjares que un
profesor de Historia se encargaba de buscar en las viejas crónicas.
Rara vez entraba un carruaje en el patio de honor del palacio. La gran
escalinata criaba musgo entre sus peldaños, mientras por la escalera de
los proveedores subían diariamente aquellos profesionales del «más
allá», mal vestidos y de aspecto inquietante, que explotaban á la
princesa, generosa como una reina--lo que era--, á cambio de ayudarla en
el manejo del velador y de evocar fantasmas históricos que movían los
tapices, hacían caer los cuadros de las paredes, cambiaban los sillones
de sitio y cometían otras diabluras pueriles para hacer constar su muda
presencia.
Doña Mercedes evitaba las visitas á la princesa. Su sencillez de buena
creyente la hacía sentir miedo por las reinas que duran siglos y por
aquellos salones obscuros con muebles viejos que parecían palpitar á
impulsos de una vida misteriosa. Prefería la conversación plácida y
saludable con los sacerdotes mantenidos por ella. El cura aragonés se
había dejado arrebatar por otra devota millonaria, fatigado sin duda de
las exageradas comodidades que le proporcionaba su penitente y de las
observaciones astronómicas sobre los tejados de los Campos Elíseos.
Ahora tenía alojado en su vivienda á un monseñor, obispo -in pártibus-,
que canalizaba el dinero de la viuda hacia muchas obras pías de su
invención.
Alicia se había casado con un duque francés que tenía veinte años mas
que ella, y á los pocos meses de matrimonio daba mucho que hablar á las
gentes. Doña Mercedes, ofendida, la castigaba viéndola muy de tarde en
tarde, con la esperanza de que este desvío hiciese imitar finalmente á
la duquesa de Delille las tradiciones maternales. Mientras tanto,
concentraba todos sus afectos de familia en monseñor, un santo y un
hombre de mundo, que por las noches, para no ser una nota discordante,
se despojaba de su sotana para sentarse á la mesa puesto de -smoking-,
mientras un enjambre de pájaros mecánicos contaban y aleteaban en la
gran jaula dorada del comedor de la criolla.
Miguel Fedor encontró dos veces á Alicia en el palacio Lubimoff. Ella no
sentía el miedo de su madre, y hasta consideraba muy originales é
interesantes las manías de la princesa. Cuando la visitaba, en tardes de
aburrimiento, parecía creer en su velador y en sus protegidos de gestos
misteriosos. También consultaba á éstos para saber si sería feliz, y
sobre todo si la amarían mucho, aunque sin decir nunca quién debía
amarla. Otras veces preguntaba al trípode, con una ansiedad de celosa,
lo que estaría haciendo á aquellas horas un personaje incógnito cuyo
nombre no se atrevía á pronunciar, pero que unos meses era moreno y
otros meses rubio. Ella y el velador se entendían.
--Siempre he dicho que esta niña tiene más talento que su
madre--afirmaba la princesa.
Al encontrarse Alicia con el príncipe, rompió á reir y casi le abrazó.
--¿Te acuerdas cómo nos odiábamos?... ¿Te acuerdas del día que nos
pegamos en el Bosque?...
Le miraba con interés, examinándolo de arriba á abajo, sin encontrar
nada del jovenzuelo antipático de otra época. Conocía sus aventuras en
Rusia, sus amores, sus duelos, su expulsión. ¡Un hombre interesante! ¡Un
personaje byroniano!... Además, algo bárbaro con las mujeres.
--Ven á verme. Debemos ser amigos... Acuérdate que somos parientes.
Lubimoff la examinó también, pero con cierta gravedad. Al llegar á París
le habían hablado mucho de ella. En los tres años que llevaba de
matrimonio, el duque había querido divorciarse por dos veces. Le era
penoso gozar de una enorme fortuna á cambio de que esta mujer llevase su
nombre. Cuando estrechaba la mano de un amigo, nunca estaba seguro de lo
que podía ser éste con relación á su esposa. Pero Alicia se había casado
para ser duquesa, y al fin llegaron á un arreglo práctico. La mitad de
su renta fué para el duque, que viajaba ó vivía en París en casa de una
antigua amante, mientras Alicia podía hacer su voluntad en su palacete
blanco de la Avenida del Bosque, ostentando una corona ducal un sus
ropas interiores, en sus vajillas y en las portezuelas de los
automóviles.
La pequeña amazona de las cabalgadas matinales era ahora una mujer de
soberbia belleza. Miguel pensó en un fruto de California esplendoroso y
dorado, con un perfume intenso de dulce savia. Vaciló interiormente
mientras sostenía la mirada de aquellos ojos negros, invitadores y
dominantes, seguros de su poder... ¡Pero no! Se acordaba de varios
hombres que le eran antipáticos y según la pública murmuración le habían
precedido. Estaba interesado además por una actriz francesa que había
encontrado en el tren al regreso de Rusia. Con un salto de su
imaginación, volvió á ver á Alicia lo mismo que años antes. Sólo había
cambiado exteriormente. Estaba acostumbrada á manejar los hombres con
una mano varonil, á cambiarlos como caballos de relevo. Se pelearían á
la segunda entrevista: tal vez acabarían pegándose...
Y no la vió más. Nuevas preocupaciones torcieron el curso de sus
pensamientos. Un día encontró en la calle á un ruso que parecía viejo y
enfermo: Sergueff, su antiguo maestro. Debía tener unos cuarenta años y
parecía un setentón, con la barba de un blanco sucio, el pelo triste,
como apolillado, y un rostro de profundas arrugas, sin más vida que la
de los agujeros verdes de sus ojos. Andaba algo encogido; tosía al
contar su historia. De Petersburgo lo habían enviado á un presidio de
Siberia. Al fugarse de él, había atravesado media Asia, solo y á pie,
hasta un puerto chino, y allí se embarcó para los Estados Unidos,
viniendo luego á París. Esta vuelta al mundo la relataba con pocas
palabras, como un simple paseo.
Miguel Fedor lo trajo á su palacio, y el coronel pareció achicarse en su
presencia, con una retractilidad hostil, recordando, sin duda, sus
nobles relaciones con personajes de la corte rusa, algunos de ellos
antiguos generales de la Policía.
El hijo de la princesa Lubimoff conversó muchas veces con el fugitivo.
El recuerdo de su expulsión de la corte le hizo simpatizar obscuramente
con este otro desterrado. Además, renacía en su interior una parte de
la voluntad de la madre, con sus incoherencias y sus deseos confusos.
El oficial de la Guardia prestó una atención de escolar á las doctrinas
del revolucionario.
--¡Estos hombres tienen razón!--exclamó con el mismo apasionamiento que
ponía la princesa en toda idea nueva.
Sintió en los primeros días el ansia de sacrificio, la voluntad del
renunciamiento, la abnegación mística de los hombres de su raza. Recordó
á muchos príncipes como él, educados en la corte, con altas situaciones
sociales, que habían distribuído sus bienes para vivir entre los pobres
y dedicar su existencia al triunfo de la verdad y la justicia. El haría
lo mismo, resucitando á la verdadera vida, y estaba seguro de la
aprobación de su madre. Había dado su sangre el general Saldaña por la
reconstitución del pasado; él perdería la suya allanando el camino del
porvenir. Los tiempos cambian. El pasado son unos cuantos siglos y el
porvenir es infinito.
Pero no era un ruso verdadero. El sensualismo latino despertó en él
apenas quiso llevar á la práctica su decisión heroica. La vida es buena
y ofrece cosas agradables. El árbol de su existencia estaba todavía
repleto de savia: aún le quedaban muchas primaveras de hojas, muchos
estíos de frutos. Más tarde, tal vez; cuando fuese leña seca...
Lo único positivo é inmediato que sacó de esta resurrección fué el
convencimiento de su ignorancia y del vacío de su existencia. En el
mundo había algo más que saber idiomas y el manejo de las armas y los
caballos. El hombre debe buscar la conciencia de su grandeza en empresas
más serias que los amores, los desafíos y las apuestas. La suerte le
había eximido de la dura ley del trabajo dándole la riqueza, pero no por
esto debía prescindir de marcar su tránsito por la vida con una
actividad cualquiera, como lo habían hecho miles de predecesores, como
seguirían haciéndolo millones de descendientes.
Buscó por primera vez la compañía de los libros, y de estas lecturas
preliminares fué surgiendo un deseo nuevo. Quiso conocer el mundo, ver
países raros, luchar con las fuerzas ciegas que son los latidos del
planeta, vivir las aventuras gruesas y rudas de los hombres que van de
puerto en puerto. Su padre le había hablado de remotos ascendientes que
alcanzaron nobleza y fortuna tendiendo su vela en humildes puertos
españoles para lanzarse como gaviotas por el Océano Tenebroso, en busca
de tierras de misterio, detrás de los primeros derroteros de Colón y los
Pinzones. Un ascendiente suyo había sido descubridor de los modernos
Estados Unidos al desembarcar con el viejo Ponce de León en la Florida,
buscando la legendaria «Fuente de la Juventud». El primer Saldaña noble
había obtenido el -don- al fundar un pueblo en las cercanías de Panamá.
El sería navegante como sus antecesores, marino vagabundo, gozador de
placeres exóticos, y tal vez consiguiera arrancar de paso algún secreto
al gran misterio de las llanuras azules.
La vida en aquel palacio afeado por las manías de su madre le resultaba
incómoda y penosa, impulsándolo á huir. La princesa, no hizo la menor
objeción al enterarse de que su hijo deseaba comprar un yate para
navegar por todos los mares. Podía hacerlo: era un placer de gran señor
digno de él. Estaban cada vez más ricos. El petróleo, el platino, todos
los yacimientos preciosos de su propiedad, y el producto de sus tierras,
vastas como Estados, formaban una renta enorme. El año anterior había
llegado á diez y seis millones: más de un millón por mes. Para un
particular era fabuloso. Y la Lubimoff, que por unos momentos había
recobrado su buen sentido, añadió luego con modestia:
--Pero para una reina no es gran cosa.
Miguel adquirió en Inglaterra un yate velero, de proa afilada y
arboladura audaz, con máquina auxiliar, y le puso un nombre de ave
marina, pero en español: -Gaviota-.
Deseaba prolongar en el Océano su vida terrestre, seleccionando de ella
todo lo más interesante, y por esto quiso embarcar á Sergueff. El
maestro parecía melancólico, como si le pesasen lo mismo que un
remordimiento las comodidades que le proporcionaba el príncipe y sus
larguezas pecuniarias. Tenía ocupaciones más urgentes que navegar á
capricho en un buque de lujo. Y desapareció para volver á Rusia, como
si la horca tirase de él, como si deseara, en caso de mejor suerte, dar
por segunda vez la vuelta á la tierra.
El coronel tuvo que embarcarse como ayudante de campo del príncipe.
Nunca se había separado de él. Pero ¡ay! no tenía el pie marino, y menos
aún el estómago: era un héroe de montaña; y desde un puerto del Brasil
hubo que reexpedirlo á París.
Cinco años duraron las navegaciones del -Gaviota-. En el segundo, creyó
Miguel Fedor que iba à interrumpirse su carrera de navegante. Acababa de
estallar la guerra entre Rusia y el Japón, y él cablegrafió desde una
escala del Pacífico pidiendo su antiguo puesto en la Guardia. La
contestación fué dilatoria. El zar aún estaba enojado con él y mantenía
su destierro.
«¡Mejor!», acabó por decirse una vez extinguida su cólera. Adivinaba lo
que iba á ocurrir: la suerte final de aquellos bravos de sable afilado
frente á los hombrecillos astutos y amarillos que se habían ido
apropiando en silencio el arte de matar de los occidentales.
Sus aventuras en los puertos, su trato con mujeres de todas razas y
colores, bastaban para llenar su existencia. «Hago estudios de geografía
amorosa», escribía á don Marcos después de preguntarle por la salud de
su madre.
Tuvo que interrumpir de pronto sus cruceros para visitar á la princesa.
Los médicos la habían hecho abandonar el palacio de París, con su
lúgubre decorado que excitaba su locura, enviándola á la Costa Azul para
que se saturase de sol y de aire libre. Y la pobre María Estuardo, de
riguroso incógnito, iba de gran hotel en gran hotel, ocupando un piso
entero con su cortejo de domésticos rusos acostumbrados á los golpes, de
adivinas y maestros en evocaciones, siendo la desesperación de los
hoteleros, que la veían partir con gusto á pesar de que pagaba ella sola
más que el resto de los huéspedes.
Lubimoff la vió como un espectro dentro de sus flotantes vestiduras de
luto, más flaca, más alta, con los ojos de una fijeza alarmante. Su tez,
había perdido la antigua blancura, ennegreciéndose como si la tostase un
fuego interior. Por el momento, su única preocupación era construir un
palacio en la Costa Azul. Había comprado en territorio francés, á la
vista de Monte-Carlo, un pequeño cabo, un espolón de tierra y rocas que
avanzaba sobre las olas con el lomo cubierto de olivos seculares y pinos
retorcidos. La entretenía luchar con la testarudez de un matrimonio de
viejos rústicos que se negaban á venderle la punta extrema del
promontorio. Además llevaba gastados muchos miles de francos en planos
del futuro palacio. Pintores, arquitectos y jardineros-paisajistas
trabajaban incesantemente para ella, exprimiendo su imaginación y
haciendo estudios en el pasado. Quería plantar ante el Mediterráneo un
enorme castillo escocés, lo más escocés que pudiera idearse: «una novela
de Wálter Scott hecha de piedra», resumía la princesa.
El hijo se asustó. Iba á repetirse la suntuosa mazmorra de París frente
al mar luminoso, en uno de los paisajes más sonrientes de la tierra.
Habló á espaldas de su madre con todos los que trabajaban para la futura
Villa-Sirena. La princesa había ideado este nombre, segura de que en las
noches de luna vendrían á visitarla las hijas de las profundidades
marinas, cantando en los escollos al pie de sus ventanas. No podían
hacer menos por ella. El misterio se abría cada vez más ampliamente ante
sus ojos, permitiéndole ver lo que no veían los demás.
Don Marcos, que, abandonado por su discípulo, seguía á la princesa,
recibió iguales recomendaciones. Debía evitar que la pobre señora
perpetrase este sacrilegio mediterráneo. ¡Pero qué podía el infeliz
coronel con aquella demente que pasaba semanas enteras sin hablarle,
como si no le reconociese!...
Volvió el príncipe á su yate, y un año después le alcanzó la noticia
triste y esperada, hallándose en el Norte de Noruega, al regreso de una
excursión por los mares árticos. Su madre había muerto cuando empezaban
á elevarse entre los olivos y los pinos del rosado promontorio unos
muros enormes de piedra falsamente negruzca, como las tablas pintadas de
los anticuarios, y que parecían próximos á derrumbarse de puro viejos
apenas salidos de la tierra.
III
Miguel llegó á tiempo para recibir el cuerpo de la princesa en París.
Antes de morir se había sentido iluminada por ese chisporroteo de razón
que anuncia el fin de los grandes desequilibrados, dejando escritos en
varios papeles los préstamos hechos á determinadas personas y juiciosas
indicaciones al hijo para el buen manejo de la enorme fortuna. Quería
ser enterrada junto á su marido, el primero, «el héroe», en el
cementerio del Père Lachaise. En sus últimos años de permanencia en
París, tocada una vez más del afán de construcción, se había ocupado en
preparar su morada definitiva, levantando junto al mausoleo del marqués
de Villablanca, cuya imagen ceñuda é indomable tenía en la mano una
espada rota, otro monumento no menos ostentoso, con una estatua que ella
creía su exacto retrato y no era mas que una reproducción de la infeliz
reina de Escocia tal como aparece en las estampas de la época romántica.
Durante las ceremonias fúnebres, Miguel Fedor volvió á encontrarse con
muchos antiguos visitantes del palacio Lubimoff que él creía muertos.
Doña Mercedes le abrazó llorando. Estaba extraordinariamente obesa, con
la indiánica tez aclarada por una blancura jugosa y monacal. Parecía la
superiora de un noble convento de canonesas. A su lado, el monseñor, con
sotana de seda y gesto compungido, movía los labios por la salvación de
la difunta. «¡Hijo mío! Todos tenemos nuestras penas.» Y la pobre
señora, al hablar así, miró á otra enlutada elegante que se mantenía en
el cementerio á cierta distancia de ella, y parecía anonadada por una
ceremonia que la había obligado á salir del lecho antes de mediodía.
También la duquesa de Delille vino á él, estrechándole las dos manos y
envolviéndolo en una mirada extraña.
--Tu madre me quería de verdad... En los últimos años nos hemos visto
mucho.
Miguel asintió mudamente. Lo sabía. La princesa Lubimoff era el único
sostén de esta apasionada sin escrúpulos que se iba á fondo en la
consideración de las gentes. Ella la había defendido cuando las otras
mujeres del gran mundo, cediendo al instinto de conservación, le hacían
la guerra y le cerraban la entrada de sus casas, temiendo por la
fidelidad de sus maridos. Como jugaba en Monte-Carlo todos los
inviernos, había acompañado á la princesa hasta sus últimos instantes.
--Me quería más que mi madre... Tal vez se acordaba de que pude ser su
hija.
El príncipe se alejó, como molestado por esta alusión. ¡Le habían dicho
tantas cosas de ella!... Pero su imagen le fué acompañando durante el
resto de la ceremonia. Continuaba siendo hermosa, mas con una belleza
extraña. Había perdido su dorado cutis de fruto sazonado, y era pálida,
con una blancura pajiza de papel japonés. Sus ojos, abiertos
desmesuradamente, tenían unos reflejos metálicos; miraban con una
tenacidad molesta y al mismo tiempo parecían vagorosos, como si se
tendiese ante ellos una telaraña invisible. Sus enemigas menos
implacables la acusaban de cierta propensión á los licores. Bebía, como
un cliente asiduo de -bar-, toda clase de mezclas americanas. Otras
atribuían su palidez y sus ojos eternamente asombrados á la morfina, al
opio, á todos los líquidos y perfumes del estupor, creadores de
«paraísos artificiales». La pequeña Alicia de otros tiempos apuraba su
vida á grandes tragos, hasta el fondo de la copa.
Lubimoff creyó no verla más, pero á los pocos días empezó á recibir
cartas de ella. Estaba solo, debía sentirse triste, y le invitaba á
comer, sin ceremonia, como parientes que eran. Sus excusas provocaron
nuevas invitaciones por teléfono. El príncipe, como el que cumple un
aburrido deber social, acabó por ir un anochecer á su palacete de la
Avenida del Bosque, una de las numerosas imitaciones del Pequeño Trianón
que existen en el mundo.
La duquesa de Delille estaba orgullosa de este edificio y su reducido
jardín, ante cuyas verjas de lanzas doradas pasaba todo el París
elegante. Miguel conocía sus salones sin haber estado nunca en ellos.
Los periódicos ilustrados que se ocupan de modas y de la vida de los
ricos llevaban publicadas muchas fotografías del interior de esta casa
en Europa y en América. Los comentarios de la gente le habían enterado
de la singular existencia de Alicia. De pronto sentía un deseo furioso
de recibir visitas, de ser admirada, de asombrar con sus dispendios, y
organizaba grandes fiestas, lamentando que el Municipio de París no le
permitiese iluminar á sus expensas, como en una fiesta nacional, toda la
Avenida de los Campos Elíseos y el Arco de Triunfo, para que los
invitados llegasen hasta su puerta entre fulgores de apoteosis. Había
dado una -garden-party- en una sección del Bosque de Bolonia, con juegos
náuticos, danzas de bailarinas sagradas traídas de Asia y un -buffet-
para tres mil invitados. Otra vez gastó medio millón transformando una
gran parte de su hotel en interior de palacio persa, para un solo baile
de trajes, volviendo el día siguiente á restaurar los salones en su
primitivo estado.
De pronto desaparecía. Las gentes comentaban su ocultamiento con guiños
maliciosos. Algún nuevo amor; y sus amores casi siempre eran andantes,
necesitando el viaje largo y el cambio de horizontes. Tal vez estaba en
Constantinopla ó en Egipto; tal vez se ocultaba en uno de los enormes
hoteles de Nueva York. A veces era cierto; en otras ocasiones, los más
íntimos de la duquesa afirmaban que no había salido de París. El
automóvil permanecía ante su puerta.
Esta era otra de las originalidades de Alicia. A todas horas del día y
de la noche, uno de sus diversos vehículos de lujo se hallaba
estacionado frente á la escalinata. Tres mecánicos se repartían el
servicio, permaneciendo en el pabellón del portero; y apenas sonaba el
timbre, no tenían mas que correr á su carruaje poniéndose los guantes y
dar la vuelta á la manivela de marcha. La señora sentía deseos de salir
á las horas más extraordinarias: cuando acababa de llegar de un baile,
muchas veces después de haberse acostado, ó en las primeras horas de la
mañana, que eran para ella lo que son las horas de profundo sueño para
los demás mortales.
En otras temporadas, los chófers se relevaban durante semanas enteras
sin franquear la verja del palacete. La duquesa no quería salir. Ya no
experimentaba repentinos deseos de correr sin objeto por el París
dormido, de hacer visitas á horas intempestivas ó deslizarse por los
bosques de los alrededores en plena tormenta. Y los automóviles parecían
envejecer en su inmovilidad, unas veces con las ruedas hundidas en la
nieve del patio, otras cubiertos de lágrimas por la lluvia oblicua que
se deslizaba bajo la amplia marquesina de cristales. La inquieta y
rebullente Alicia pasaba mientras tanto los días en el lecho, afirmando
á sus íntimos que para conservar la belleza era excelente hacer de vez
en cuando «una cura de reposo». Invitaba á comer á los amigos sin
moverse de la cama. La mesa era servida lujosamente en el gran
dormitorio, y ella, metida entre sábanas, con los platos á su alcance
sobre un velador, reía y conversaba con los convidados. Transcurrían
para ella meses enteros sin ver el exterior de su casa, olvidando los
costosos objetos que su capricho había amontonado en las habitaciones.
Le bastaba con la vanidad de haber fabricado un riquísimo estuche para
albergue de su pereza.
El príncipe la encontró en un saloncito del piso bajo. Verdaderamente,
le recibía con absoluta confianza. Iba vestida con una túnica negra de
su invención, mezcla de peplo y de kimono. Los brazos se escapaban
desnudos de esta seda floja, que parecía vivir apretándose sobre su
cuerpo. Se adivinaban debajo de ella los relieves y el calor perfumado
de la carne, sin velos interiores. Miguel miró su -smoking- y su
brillante pechera como si hubiese cometido una falta.
Mientras iban hacia el ascensor, blanco y acolchado como una caja de
guantes, ella le dejó entrever los salones del piso bajo, ostentosos,
pero en una penumbra que casi era obscuridad: el gran comedor, desierto
y enfundado; el pequeño comedor, en el que no se veía preparativo
alguno... ¿Adónde le llevaba?... ¿Estaría la mesa puesta en su
dormitorio?...
El ascensor pasó ante el primer piso sin detenerse.
--Vamos á mi estudio--dijo Alicia--. Tú eres de confianza. Allí es donde
como cuando estoy sola.
Lubimoff se asombró del llamado «estudio», una vasta pieza que ocupaba
gran parte del segundo piso, y en el que no pudo ver otros libros que
los de un pequeño estante. El decorado era de falso «Extremo Oriente»:
un amontonamiento de muebles de laca negra y sin adornos, de sedas de
colores desleídos ó de un azul negruzco, de ídolos espantables. Una luz
difusa y verdosa descendía del techo: la luz de los teatros en una
escena de noche. Un biombo cubierto de figuras de oro formaba como una
segunda habitación, más íntima, con el suelo alfombrado de pieles
blancas de largos y sedosos pelajes, sobre las cuales se amontonaban
docenas de almohadones de diversos colores, con reptiles alados y flores
inverosímiles.
Un olor exótico y penetrante arañó el olfato del invitado. Conocía este
perfume. Y miró á la duquesa con severidad.
--Siéntate--dijo ella--; van á servirnos.
Y como el príncipe mirase en torno, sin ver ninguna silla, Alicia le dió
ejemplo dejándose caer en un montón de cojines. Miguel se sentó de igual
modo junto á una mesilla de nácar del tamaño de un taburete. Sobre ella,
una lámpara de pantalla obscura esparcía su redondel de luz suave. El
príncipe empezó á sentirse agitado por una cólera sorda al pensar en su
noche malograda.
--Tú habrás comido así muchas veces--continuó ella--. Has viajado más
que yo. Debes conocer esta decoración.
Sí; conocía esta «decoración» con toda autenticidad, y por eso no le
placía volver á encontrarla imitada. Además, ¡obligarlo á comer en el
suelo en plena Avenida del Bosque!... -¡Snob!-
Pero al poco rato fué modificando su opinión. Indudablemente, merecía
este nombre; pero su snobismo era ya algo habitual que había acabado por
formar en ella una segunda existencia. Adivinó en los menores detalles
que todo esto no había sido preparado para él, que Alicia vivía y comía
cuando estaba sola lo mismo que en el presente, dominada por un deseo de
diferenciarse de los demás hasta cuando nadie podía observarla.
Un doméstico de color de cobre sucio y caídos bigotes, con -smoking-
negro, una tela blanca arrollada á las piernas lo mismo que una falda y
una enorme cabellera de mujer sostenida por un peine de concha, era el
encargado de servir la comida. Este asiático fué colocando sobre el
suelo enormes bandejas que contenían los manjares: unas de plata antigua
repujada á martillo, otras de laca multicolor ó de materias
semitransparentes que imitaban la esmeralda, el topacio y el lacre rojo.
Miguel se imaginó la locura de un gran maestro de cocina que en pleno
delirio dispusiera el orden de un banquete. No había un solo plato que
recordase el armónico curso de una comida ordinaria. El paladar influía
en la imaginación, evocando recuerdos de remotos viajes, visiones de
países antitéticos. Las confituras exóticas alternaban con los platos
calientes: las pastelerías aderezadas con violentos perfumes eran
servidas al mismo tiempo que ciertas salsas agrias, picantes ó de
intensa amargura.
Alicia estaba casi tendida en los cojines, mirando los platos con
inapetencia, y sólo avanzaba un brazo perezoso sobre los manjares más
raros y de sabor ardiente, demostrando la honda perversión de su
paladar. Ella misma se encargaba de ir llenando el vaso del convidado
con una bebida de su invención, á base de champaña, que anestesiaba la
boca con arañazos de frescura y de cauterio y hacía subir á las fosas
nasales un perfume de flores raras y especias asiáticas.
Hablando de la difunta princesa, acabó por mencionar á su propia madre.
Vivían las dos en abierta hostilidad. Sus ojos tomaron un brillo
agresivo al recordar á doña Mercedes confinada en los Campos Elíseos
con su corte de sotanas y mostrándose en público únicamente para la
organización de obras devotas. ¡Quería matar de hambre á su única
hija!... Y como Miguel sonriese ante este grito colérico, ella explicó
sus quejas.
--No me da casi nada; una miseria: medio millón. Y yo tengo que entregar
á mi marido doscientos mil francos por año: una querida algo cara, que
evito ver. Tú eres verdaderamente rico, hijo mío, y no comprendes estas
cosas... Como toda la fortuna es de ella, me sitia por hambre y guarda
su dinero para derrocharlo con los curas... ¡Pobre señora! No puede
encontrar ya otros admiradores que ese monseñor y otros igualmente
pedigüeños... Y yo, que soy su hija, la suplico como una mendiga para
que me dé unas migajas con acompañamiento de sermones... ¡Ay, si no
hubiese sido por tu madre! Esa sí que era una gran señora: nunca le
lloré en vano; hasta me daba más que yo pedía. Tú sabes indudablemente
que le debo algún dinero. Un poco... No sé cuánto... ¿De veras que no lo
sabes?... Yo te lo pagaré cuando herede.
Y con una franqueza brutal exteriorizó su pensamiento:
--¡Cuándo me dejara en paz esa beata!... Los viejos deberían ceder su
puesto á los jóvenes. ¿Qué placer pueden encontrar en seguir viviendo?
Habían terminado de comer. Ella siguió llenando los vasos de los dos con
aquella bebida. Al principio repugnaba á Miguel, pero había acabado por
seducirle con su frescura olorosa que perturbaba dulcemente los
sentidos, como si su embriaguez fuese de perfumes.
--Tú fumarás indudablemente la pipa--dijo Alicia con sencillez.
El hizo un gesto negativo y recordó el olor que había asaltado su olfato
al entrar allí. Sabía qué «pipa» era ésta, y extendió su mirada por el
estudio. En algún rincón oculto debía estar el fumadero.
--¡Un hombre como tú!--continuó ella--. ¡Un navegante!... ¡Y yo que me
había hecho la ilusión de que fumaríamos juntos!
Hasta dió á entender que la esperanza de proporcionarle este goce
perseguido era la causa principal de su invitación. Se resignó al
enterarse de que el vigoroso príncipe sufría náuseas cada vez que
intentaba saborear esta depravación asiática. Y mientras él encendía un
habano, Alicia sacó de una caja de plata los cigarrillos que fumaba en
presencia de los «no iniciados»: tabaco oriental, pero bien rociado de
opio.
De pronto tuvo Miguel la certeza de algo que había presentido desde que
entró allí, ó mejor aún, desde que se cruzaron sus miradas en el
cementerio. La vió medio incorporada en sus almohadones, con un
encogimiento felino, como si fuese á saltar sobre él. Era el ímpetu
reconcentrado de la bestia hermosa y segura de su fuerza que no puede
esperar ni conoce el disimulo. Se había quedado con la tacita de café
olvidada en una mano, mirándole fijamente. La punta de azul eléctrico
danzante en sus pupilas la conocía Lubimoff. Era la mirada de oferta de
los silencios femeninos, la invitación á la violencia, á la toma de
posesión, que tantas veces había encontrado ante su paso de millonario
vencedor.
Necesitaba hablar cuanto antes para romper el maleficio mudo de esta
hermosa bruja, que, convencida de su triunfo final, le enviaba sonriendo
las bocanadas de humo de su cigarrillo. Y Miguel aludió á la fama
amorosa de ella, al gran número de amantes que le atribuían, como si con
esto pudiera crear una honda separación entre los dos.
--¡Ah! ¿tú también?...--dijo Alicia, riendo con una expresión varonil--.
Supongo que tu moral no es la de mamá, y que no irás á sermonearme por
mi conducta. Aunque, en realidad, mamá no me censura por lo que hago. Lo
que la indigna es mi falta de miedo al qué dirán, y algunas veces el
origen obscuro de los hombres en que pongo mis ojos. ¡Pobre señora! Si
yo tuviera relaciones con un rey ó un príncipe heredero, tal vez
permitiría que nos viéramos en su casa, y hasta su monseñor montaría la
guardia.
Pasó un rato silenciosa, con los ojos inquietantes fijos en Miguel.
--Bueno; he tenido muchos hombres. ¿Y tú? ¿Crees que no conozco tus
vagabundeos por el planeta en busca de mujeres inéditas y sensaciones
nuevas?... Los dos hemos hecho lo mismo; sólo que yo no he necesitado
correr tanto mundo para saber lo mismo que tú sabes... Y no tendrás la
pretensión de imaginarte, como ciertos hombres, que nuestros casos no
son exactamente comparables por pertenecer yo á otro sexo.
El príncipe la escuchó silenciosamente exponer sus ideas. Amaba mucho la
vida, y á cambio de este amor reclamaba de ella todo cuanto pudiera
darle... Otras mujeres sentían preocupaciones de orden material: el
ansia de riqueza, la conquista del lujo, los apuros de familia... Ella
lo poseía todo; ninguna inquietud entenebrecía su mañana; ni siquiera la
de su belleza, sostenida por una salud magnífica y que parecía crecer
con la edad y el abuso de sus fuerzas. Y en esta existencia de vanidades
satisfechas hasta el hartazgo, sólo una cosa le interesaba, por su
variedad infinita, por sus fases, que parecían repetirse monótonas, pero
en realidad eran distintas para los inteligentes de exquisito paladeo:
el amor.
--Compréndeme, Miguel; no te rías en tus adentros. Me conoces demasiado
para imaginar que yo puedo creer en el amor como la mayoría de los
mujeres. Sé que es necesario un poco de ilusión para sazonar su
materialidad; todos ponemos en él un poco de mentira, para gozar de esa
mentira aunque sepamos que lo es: pero en el fondo, yo me río del amor
tal como lo entiende el mundo, así como me río de tantas otras cosas
veneradas por las gentes... Yo no quiero enamorados; quiero admiradores.
No busco inspirar amor; me place más la adoración.
Estaba orgullosa de su belleza. Habló de Venus como de un personaje
real. Admiraba su serenidad olímpica dándose á los dioses y á los
hombres, sin dejar de ser superior aun en el momento en que sufría el
despotismo del sexo asaltante. Ella se consideraba como una
superbelleza, más allá de los vulgares límites del vicio y la virtud,
una obra de arte viviente, y el arte no es moral ni inmoral, pues le
basta con ser hermoso.
--Poetas, pintores y músicos buscan entregarse al mayor número de
admiradores; se esfuerzan por engrandecer el círculo del deseo público;
procuran, con una coquetería femenil, atraer nuevos solicitantes. Yo soy
como ellos. No necesito crear belleza, pues, según dicen, la llevo en mí
misma; mi obra soy yo; pero amo la gloria, necesito la admiración, y por
eso me doy generosamente, satisfecha de la felicidad que proporciono,
pero sin dejarme dominar por aquellos que busco, conservando mi público
á mis pies.
Miguel pensó que por la vida de esta mujer debían haber pasado varios
artistas. Se notaba en sus palabras, en las imágenes con que pretendía
expresar el entusiasmo por su propio cuerpo. El orgullo de su belleza
era inmenso. ¿Qué valían las ambiciones perseguidas por los hombres,
comparadas con la satisfacción de verse hermosa y deseada? Unicamente la
gloria de los guerreros, de los conquistadores sanguinarios, cuyos
nombres son conocidos hasta en los lugares salvajes, podía igualarse con
el dominio universal de la mujer.
--Para mí--continuó Alicia--, lo más hermoso y exacto que se ha escrito
es lo del «banco de los viejos».
El príncipe hizo un gesto de extrañeza, y ella continuó. Eran los viejos
troyanos de la -Ilíada-, que protestan del largo sitio de su ciudad, de
la sangre de miles de héroes, de la miseria, todo por culpa de una
mujer... Pero pasa Helena ante el «banco de los viejos», majestuosa de
belleza, arrastrando sus túnicas de oro, y todos ellos quedan absortos
de admiración, lo mismo que si la divina Afrodita acabase de descender á
la tierra, y murmuran como una plegaria: «Bien merece lo que por ella
sufrimos. ¡Es tan hermosa!»
--Me gusta que los hombres padezcan por mí. ¡Qué gloria si yo pudiese
ser la causa de una gran matanza, como esa abuela inmortal!... Siento un
orgullo profundo cuando noto que á mis espaldas mugen la envidia y el
despecho, lanzando todas esas murmuraciones que enfurecen á mi madre.
Sólo las personas extraordinarias levantamos tempestades... Y luego, en
los salones, los mismos personajes austeros que han hecho coro á sus
esposas y sus hijas me miran al pasar con unos ojos disimulados y
admirativos; unos enrojecen, otros se ponen pálidos. Adivino que no
tendría mas que hacer una seña á su muda admiración... Yo también tengo
mi «banco de los viejos».
Se dió cuenta Lubimoff repentinamente de que ella, mientras hablaba, se
había ido aproximando, de almohadón en almohadón, apoyándose en los
codos. Casi estaba á sus pies, con la cabeza en alto, pretendiendo
envolverle en el efluvio magnético de su mirada ascendente y fija.
Parecía una serpiente negra y blanca estirándose poco á poco entre los
cojines; iba saliendo de ellos como si fuesen peñascos de diversos
colores.
--El único hombre que me ha hecho pensar un poco--continuó con una voz
de susurro--, el único que me ha parecido distinto á los otros, eres
tú... No te alarmes: no es amor. No voy á invertir los términos,
haciéndote una declaración. Tal vez ha sido porque de muchachos nos
aborrecimos, porque nunca te inspiré deseos; y esto resulta tan
extraordinario en mi vida, que basta para interesarme.
Sus manos se apoyaron en las rodillas de él como si fuera á
incorporarse.
--Cuando nos encontramos en el cementerio, después de tantos años, me
acordé de todo lo que he oído contar de ti. Muchas mujeres que yo
conozco han sido tus amantes, y yo me dije: «¿Por qué no yo también?»
Luego pensé en los hombres que han pasado por un vida, y añadí: «¿Por
qué no él?...»
Ahora eran los codos de Alicia los que se apoyaban en sus rodillas, y
como el príncipe estaba sentado sobre dos almohadones nada más, casi
quedaban al mismo nivel sus ojos y sus bocas. El aliento de ella, al
hablarle, se esparcía sobre su rostro como una brisa de selva asiática
susurrante bajo la luna. Las especias y las flores que saturaban el vino
parecían voltear en esta caricia flúida.
Intentó él repelerla, pero una mano de Alicia se había posado ya en uno
de sus hombros. Se limitó á hacer con la cabeza un gesto negativo.
--No temas--añadió ella, extremando su susurro acariciador--. Conmigo no
hay compromiso. Me dejarás cuando quieras; tal vez te deje yo antes...
Te deseo desde hace unos días: tú debes desearme como los otros...
Vivamos el momento presente como personas que conocen el secreto de la
existencia y saben lo que ésta puede darnos... Luego, si nos cansamos el
uno del otro, ¡adiós! sin rencor y sin nostalgia.
Al recordar el príncipe de tarde en tarde esta escena, sentía cierta
molestia. Estaba seguro de haberse mostrado brutal y ridículo. El, que
con tanta facilidad realizaba el gesto de amor en sus viajes,
experimentando muchas veces una comezón de repugnancia ni pensar en sus
copartícipes, se rebeló con un pudor irritado ante los avances de la
duquesa. ¡No; con ella, nunca! Despertó en su interior la misma
antipatía que le había hecho levantar el látigo siendo adolescente.
Se vió de pie en el centro del estudio, mirando con inquietud hacia la
puerta, murmurando estúpidas excusas. «Debo irme: es tarde. Me esperan
unos amigos...» Ella se había serenado. También estaba de pie, y le miró
con asombro é ira.
--Tú eres el único que podías hacer esto--dijo, al despedirle, con un
acento cortante--. Ahora veo claro. Te odio como tú me odias. Mi
capricho era estúpido. Te has permitido un lujo que nadie en el mundo
podrá imitar. Si fuese más joven, te daría otro latigazo como el del
Bosque; pero á falta de él, hazte cuenta que te repito lo que dije
entonces.
No se vieron más.
Cuando el príncipe hubo puesto en orden todo lo concerniente á la
herencia de su madre, pensó en reanudar sus viajes, pero con mayor
suntuosidad. Ya no necesitaba pedir dinero á la princesa. Era uno de los
grandes ricos del mundo. Los hombres que estaban al frente de la
administración de sus bienes--una oficina con numerosos empleados, casi
un Ministerio de pequeño Estado--le anunciaban que los diez y seis
millones anuales de la princesa iban muy pronto á ser veinte, por el
desarrollo de los ferrocarriles rusos, que permitiría una explotación
más intensa de sus minas.
El coronel recibió el encargo de echar abajo los muros feudales,
construyendo Villa-Sirena de acuerdo con los gustos del príncipe. Este
odiaba las resurrecciones arquitectónicas. No podía sufrir ciertos
edificios que pretenden copiar la Alhambra, los palacios de Florencia ó
las construcciones ordenadas y solemnes de Versalles, para orgullo de
sus propietarios.
--Los muebles tendrían que ser idénticos á los de la época--decía
Miguel--y habría que vivir en esas casas lo mismo que se vivía en el
siglo que produjo el estilo, vestir y comer como en otras edades... ¡Qué
disparate la reconstrucción de uno de esos cascarones históricos para
instalarse en su interior como hombres modernos, incurriendo á cada paso
en un anacronismo!...
Recordaba el intento de un millonario amigo suyo, miembro del instituto,
que había hecho levantar en la Costa Azul una casa romana, exactamente
romana. Los invitados á la inauguración tuvieron que dormir en camas de
correas, comieron acostados, y para sus excedencias digestivas sólo
encontraron un agujero en el suelo, lo mismo que los antiguos Césares. A
las veinticuatro horas todos fingían haber recibido telegramas
llamándoles con urgencia á París, y el mismo dueño, pasados unos meses,
dejó su casa al cuidado de un conserje para que la enseñase como un
museo.
Miguel amaba la arquitectura presente, cuyas catedrales son las
«galerías de máquinas» y las grandes estaciones de ferrocarril. Aplicada
á la vivienda, le placía por su falta de estilo: paredes blancas, pocas
molduras, rincones semicirculares, carencia absoluta de ángulos, para
perseguir el polvo hasta en sus últimas madrigueras, amplias aberturas
que daban entrada á la brisa ó al sol, dobles muros por cuyos huecos
podía circular el aire caliente ó frío y el agua á diversas
temperaturas.
--Hasta ahora, el hombre--afirmaba el príncipe--vivió en magníficos
estuches de arte y de porquería. Los arquitectos modernos han hecho más
en treinta años por la dulzura de vivir que hicieron en tres mil los
constructores-artistas tan admirados por la Historia. Han declarado
indispensable el cuarto de baño, que no conocían los reyes de hace un
siglo, y las aguas corrientes; han inventado la calefacción central y el
-water-closet-. Que no me hablen de los magníficos palacios de
Versalles, donde no había un solo gabinete de necesidad, y todas las
mañanas los lacayos vaciaban doscientos sillicos del rey y de los
cortesanos. Algunas veces, para terminar más pronto, arrojaban su
contenido por las majestuosas ventanas, y venía á caer sobre la litera y
el séquito de una delfina ó de un embajador.
Toledo se dedicó á vigilar la construcción de Villa-Sirena, blanca, lisa
y sin estilo definido, con arreglo á los deseos del príncipe. Este se
encargaría de «hacer arte» cuando llegase su hora, colocando el cuadro
célebre, la estatua, el tapiz ó la alfombra allí donde diesen más placer
á sus ojos. La casa sólo debía ser una envoltura de líneas puras y
simples, en cuyos flancos estuviesen almacenados el calor ó la frescura,
según la estación, el agua pronta á correr por todas partes, la
electricidad escapando en chorros luminosos ó agitando la atmósfera con
el aleteo de la brisa.
Le fué más fácil transformar con rapidez su vivienda errante sobre los
mares. Vendió el -Gaviota-, que le recordaba su dependencia como hijo de
familia, y fué á los Estados Unidos atraído por un anuncio. Cierto
multimillonario había empezado tres años antes la construcción de un
yate, con el deseo de que fuese superior en lujo y tonelaje á los de
todos los soberanos de Europa. Cuando veía próximo á realizarse este
triunfo de los reyes republicanos de la industria sobre los reyes
históricos del viejo mundo, el americano murió en un accidente de
automóvil y sus herederos no sabían qué hacer del tal Leviatán, que sólo
podía servir á un viajero inmensamente rico y además, en su opinión,
algo loco. Pensaban ofrecerlo al kaiser Guillermo II, resignados á
sufrir sus exigencias de aprovechado comerciante, cuando se presentó el
príncipe Lubimoff. Una semana después, la blanca popa del buque y las
dos caras de su proa ostentaban un nombre en letras de oro, repetido
además en los rollos salvavidas y en las diversas embarcaciones
secundarias, balleneras, botes á vapor, botes automóviles: -Gaviota II-.
Tenía el tonelaje de un pequeño trasatlántico y la velocidad de un
torpedero. Por su doble chimenea se escapaba diariamente la fortuna de
un hombre. Su presencia en ciertos archipiélagos lejanos dejaba limpios
los depósitos de carbón. Un vapor de carga alquilado por el príncipe
salía al encuentro del -Gaviota II- en los mares más remotos para llenar
sus bodegas de combustible.
Puertos tranquilos se iluminaron por la noche como si hubiese salido el
sol. El príncipe Lubimoff daba una fiesta á bordo, y su buque se
dibujaba, desde la línea de flotación hasta los topes, ribeteado de
bombillas eléctricas de diversos tonos, mientras los potentes
reflectores lanzaban chorros movibles de luz, sacando de las entrañas de
la noche las olas, las playas, el caserío de la ciudad. Otras veces, el
fuego blanco de sus ojos monstruosos resbalaba sobre muros de hielo que
se perdían en las altas tinieblas, y los pingüinos, las focas y los osos
polares interrumpían su sueño, asustados por este monstruo luminoso y
jadeante que partía como un relámpago el misterio de la noche.
Ser dueño del movible palacio que al anclar frente á las ciudades hacía
correr á las muchedumbres como un espectáculo raro no era suficiente
para Miguel Fedor. Y creó algo más interesante aún que los salones
lujosos y las refinadas comodidades del -Gaviota II-: su orquesta.
La sensualidad de la música era para él la más preciosa de las
emociones. Con el oído harto de música suculenta, buscaba autores
ignorados y muchas veces extravagantes que excitaban su curiosidad; pero
siempre volvía á exigir como platos fuertes de estos banquetes auditivos
los maestros de sus primeras adoraciones, y entre todos ellos,
Beethoven.
Tratados como si fuesen oficiales, retribuídos á su placer y con el
aliciente de visitar una gran parte de la tierra, se presentaban músicos
de todos los países solicitando su ingreso en la orquesta del yate.
Concertistas de fama y jóvenes compositores entraron en ella como
simples ejecutantes. Unos estaban enfermos, y buscaban su salud en un
viaje alrededor del mundo con verdadero lujo y sin dispendios; otros se
embarcaban por amor á las aventuras, por ver gentes nuevas desde este
alcázar flotante, donde todo parecía organizado para una eterna fiesta.
Nunca eran menos de cincuenta.
«Mi orquesta es la primera del mundo», contestaba con orgullo el
príncipe cuando le cumplimentaban sus invitados; pero sólo de tarde en
tarde, estando en los puertos, permitía que la gente de tierra viese á
sus músicos.
En las noches tibias del trópico, bajo una luna enorme de color de miel
que convertía el mar en planicie de azogue, los ejecutantes, vestidos de
frac y sentados en la cubierta superior ante las filas de atriles
iluminados por lamparillas eléctricas, iban desarrollando en una
atmósfera dormida--que guardaba tal vez los primeros vagidos del
nacimiento del planeta--las melodías más originales, las combinaciones
de sonidos más refinadas que engendró el sublime delirio del artista
hecho dios. La música iba quedando detrás del buque, en el misterio
oceánico, como una cinta que se estira, se rompe y se pierde en
fragmentos lo mismo que el humo de las chimeneas. Durante las pausas de
la orquesta surgía el sordo y lejano rodar de las hélices levantando un
zumbido de espumas; luego, de tarde en tarde, el lento badajeo de la
campana anunciando el paso del tiempo, ó el grito del vigía acurrucado
en el «nido» del palo mayor, revelando su vigilancia con una melopea
igual á la del muecín en lo alto de su minarete. Y esta música monótona
del mar comunicaba una sensación de noche y de inmensidad á la música de
los hombres.
Al pie de las escaleras ó en los salientes de las cubiertas inferiores
se agrupaban los oficiales y los empleados del príncipe para oir el
nocturno concierto. En la proa, la marinería, puesta en cuclillas,
escuchaba con el religioso silencio de los hombres simples ante algo que
no comprenden, pero que les infunde respeto. Arriba no había más oyente
que Miguel Fedor, lejos de los músicos, de espaldas á ellos, mirando á
sus pies las aguas espumosas y partidas que escapaban como un doble río
á lo largo del buque, llevándose á la boca el cigarro, que hacía surgir
por un momento de la sombra, coloreado de rojo, su rostro pensativo.
El yate guardaba otra corporación más silenciosa. Los que conseguían
subir á él en los puertos siempre alcanzaban á distinguir de lejos
alguna dama con zapatos blancos, falda azul, chaqueta cruzada con
botones de oro, corbata y cuello masculinos, gorra de oficial. Nadie
sabía con certeza cuántas eran. Los hombres de la tripulación tenían
vedado el acceso á los departamentos centrales del buque y su cubierta
superior. Algunos, al contravenir por descuido la orden, se habían
encontrado con las compañeras del príncipe más ligeras de ropa que
cuando llevaban su elegante uniforme marino, ó con trajes ricos y
exóticos, como figurantas de baile. En los grandes puertos saltaban á
tierra por unas horas estas tripulantes misteriosas, vestidas con
discreta elegancia y expresándose en diversos idiomas.
Cuando el -Gaviota II- tornaba á anclar en una bahía visitada el año
anterior, los curiosos encontraban completamente renovado este harén
errante. Algunas veces llegaban á reconocer á una ó dos de las damas,
pero tenían la expresión melancólica y paciente de la odalisca venida á
menos, que se considera contenta en el lujo y el olvido.
Miguel Fedor cortaba algunos años sus viajes, durante el verano, para
instalarse en las playas de moda. Las mujeres de las largas travesías
quedaban á bordo con todas los comodidades y despilfarros á que estaban
acostumbradas. Otras veces las despedía como se licencia á una
tripulación al desarmar un buque, finalizada su campaña.
Le interesaban de pronto las mujeres de vida sedentaria, la sociedad de
tierra firme, los intrigas veraniegas en los balnearios célebres, y
permanecía en un hotel costero, mientras su yate se balanceaba
gallardamente sobre las aguas azules como un palacio de misterios y
suntuosidades, hacia el que convergían todas las imaginaciones
femeninas.
Viviendo en Biarritz intimó con Atilio Castro al descubrir que eran
parientes por el general Saldaña. El español admiró la fascinación que
ejercía el príncipe sobre todas las mujeres, muchas veces sin desearlo.
Jamás en ninguna época había sentido la hembra más afición al lujo ni
menos escrúpulos para conseguirlo. Esta era la opinión de Castro. Las
grandes ostentaciones, que en otros siglos sólo estaban al alcance de
contadas familias, pertenecían ahora á todo el mundo. Sólo se necesitaba
dinero para poseerlas. Además, había que tener en cuenta los adelantos
materiales del tiempo presente, que hacen la vida más cómoda, pero
aumentan nuestros deseos...
--El automóvil y el collar de perlas llevan hechas más víctimas que las
guerras de Napoleón--decía Atilio.
Eran estas dos cosas como el uniforme de gala de la mujer, y las que
carecían de ellas se juzgaban infelices y maltratadas por la suerte. Su
doble imagen turbaba las ilusiones de las vírgenes y la fidelidad de las
esposas. Las madres burguesas, con el gesto melancólico de la que ha
malgastado torpemente su existencia, aconsejaban á las hijas: «Para
casaros que sea con automóvil y collar de perlas.» Y más allá del
matrimonio modesto se prolongaba este deseo, robustecido por el consejo
maternal. El lujo, sea como sea; el lujo democratizado, al alcance de
todos, conseguido por el dinero, que no tiene sabor, ni olor, ni marca
de origen.
--Tú eres el omnipotente que puede dar el «auto» de buena marca y la
sarta de perlas--continuaba Castro--. Tú eres el sultán de las
magnificencias. Te basta poner tu firma en un cheque para que una lluvia
de oro doble una cabeza. ¡Aprovéchate! Tu época te ha preparado el
camino.
Y el príncipe, que no necesitaba tales consejos, seguía su marcha de
vencedor por un mundo en el que se desvanecían á su paso las virtudes
más acreditadas. Hasta las resistencias sinceras acabaron por parecerle
útiles malicias para retrasar la caída, aumentando el deseo y su precio.
Los millones llegados de Rusia se esparcían y desmenuzaban sosteniendo
el bienestar y la ostentación de muchas casas, fomentando la elegancia
de numerosas señoras, sirviendo de alimento á las industrias del lujo.
Algunas damas se sentían interesadas verdaderamente por la persona de
Miguel Fedor á causa del prestigio misterioso de sus viajes en un buque
del que se hablaba como de un palacio encantado, á causa también de sus
aventuras con mujeres célebres del teatro ó del gran mundo, que le
hacían mas deseable. Pero una vez satisfechas su vanidad y su
imaginación, dejaban hablar al egoísmo. «¿Por qué he de ser yo menos
egoísta que las otras?...»
No necesitaban de astucias y circunloquios para formular su petición.
Algunas, á la segunda entrevista, se mostraban melancólicas y aludían á
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