Contempla una brecha del horizonte, entre los Alpes y el promontorio de
Mónaco, por donde acaba de ocultarse el sol. Sobre el espacio rojizo
brilla una estrella que tiene las facetas y la luz de una piedra
preciosa.
Lubimoff piensa en los abuelos de la poesía que la cantaron hace tres
mil años. Homero la llamaba -Kalistos-. Astro unas veces del alba y
otras del ocaso, Lucifer, Véspero ó «estrella del pastor», acabó por
recibir el nombre de Venus, á causa de su blancura luminosa, igual á la
del diamante sobre un pecho femenil.
Siente el príncipe en sus ojos una agradable caricia al contemplar este
planeta de dulce fulguración. Su nombre simboliza la belleza y el amor.
Se imagina á los que pueblan esta gota celeste perdida en el espacio.
Deben ser de esencia más pura que la nuestra, limpios completamente de
un pasado de animalidad originaria, seres etéreos como los ángeles de
todas las religiones.
Después sonríe con amargura.
Otra estrella brilla en el cielo, más hermosa y más grande que ésta. No
es blanca, es azul, de un suave azul: el color de la poesía y del
ensueño. Centellea en el fondo negro de la inmensidad con el fulgor
misterioso de los enormes diamantes azulados que colocan en sus tiaras
los monarcas orientales. Los que la contemplan deben sentir en sus
órganos visuales el roce aterciopelado del divino misterio. Tal vez los
poetas de otros mundos la cantan como un refugio de selección, adonde
van á descansar únicamente las almas puras y escogidas; tal vez ha dado
origen á religiones y es objeto de culto, teniendo altares, lo mismo que
los tuvo el sol.
Y este diamante azul del espacio, este mundo de suave luz, que
contemplan los habitantes de los otros planetas como una estrella
poética en la que todas las criaturas llevan una existencia inmaterial,
es la Tierra, nuestro pobre globo, donde acaban de perecer doce millones
de hombres en los campos de batalla, donde han muerto otros tantos
millones por las emociones y las pestes que son consecuencia de la
guerra, donde se han consumido seiscientos mil millones en humo, en
incendios, en acero estallado.
Se acuerda Lubimoff de sus impresiones, horas antes, frente á una tumba
que empieza á desfigurarse con los primeros balbuceos de la primavera,
La inmensidad no nos conoce, así como tampoco nos conoce la tierra que
nos sustenta.
Estamos solos en el infinito, sin otro apoyo que el de nuestras
mentiras, nuestras ilusiones y nuestras esperanzas. El hombre sólo puede
contar con el hombre...
Y repite lo que en la mañana dijo de la Tierra.
El cielo ignora nuestros dolores.
* * * * *
Vuelve lentamente hacia la plaza.
De todos los cafés, de los restoranes, de los hoteles surge el vaivén
musical de los cadenciosos violines. Pasan detrás de los grandes vidrios
enrojecidos por una luz interior las parejas enlazadas, siguiendo el
ritmo de la música. Bailan... bailan... bailan.
La juventud no hace otra cosa. La danza es una especie de rito sagrado,
prohibido durante la guerra; y todos se dedican ahora á bailar, con el
fervor del fanático que al fin ve triunfante su perseguida religión.
El príncipe recuerda su paso reciente por París. Nunca vió las mujeres
mejor vestidas, con un hambre tan manifiesta de placer y de lujo. El
tango de los violines del bulevar es contestado como un eco por el tango
de los violines de toda la Costa Azul y de las estaciones veraniegas que
empiezan á abrirse. El ideal femenil, en este momento, no va más allá de
bailar la danza de moda con un guerrero de los Estados Unidos.
Se desvaneció la pesadilla; todo olvidado. Para muchos no queda otro
recuerdo de la guerra que los uniformes, más numerosos que antes en los
tés donde se baila.
Miguel circunscribe su pensamiento á esta costa, que fué siempre el
dominio de los felices.
La guerra la ha trastornado y ensombrecido durante cuatro años. Recorre
con la imaginación los salientes y los golfos de su ribera, encontrando
en todos ellos un cementerio.
En Mentón hay miles y miles de negros bajo tierra. Los combatientes de
Africa, cuyos padres sólo conocieron la lanza y el taparrabos, han
venido á caer como tiradores moribundos en esta playa de millonarios
europeos. En el Cap-Martin dejaron los ingleses á sus muertos; en Mónaco
los hay de todas las nacionalidades; en el Cap-Ferrat duermen los belgas
bajo coronas que ya son viejas; en Niza están los cadáveres americanos;
y en todas partes, desde el Esterel á la frontera italiana, franceses...
franceses... franceses.
Son incontables los cadáveres. Si todos se levantasen á un tiempo,
huirían despavoridos los que vienen á dilatar su existencia bajo la
palmera y el olivo en la orilla roja del mar violeta.
Pero la vida quiera vivir. Es una primavera interminable, y cubre todo
cuanto toca con el musgo ávido del placer, con la enredadera veloz de la
ilusión.
Los cementerios, de una blancura agresiva, parecen esfumarse y se
pierden en el risueño paisaje como una nota sin importancia. La suavidad
del cielo y del ambiente los convierte en jardines. ¡Un cadáver ocupa
tan poco sitio y la tierra es tan grande!... Los hoteles que fueron
hospitales redoran sos rótulos, desinfectan sus habitaciones, envían
anuncios á los grandes diarios de la tierra. Ya pueden venir las gentes
á soñar y á procrear entre las paredes que se estremecieron con gritos
de dolor ó ronquidos de agonía. La música empieza á gemir dulcemente á
lo largo de la costa feliz, entre el susurro de las olas y los
estremecimientos de los naranjos de epitalámico perfume. El viejo pastor
de los Alpes que después de sesenta años aún no ha salido de su asombro
ante el Monte-Carlo surgido á sus pies, en una meseta antiguamente
desierta, lo verá crecer todavía con nuevos palacios, con nuevas torres,
ensanchando su opulencia como una ciudad de ensueño.
El paso de la muerte ha aguzado la voluntad de vivir. Todos encuentran
un nuevo sabor al placer, viendo en lontananza cómo se aleja el negro
harapo de la adversaria.
Lubimoff se detiene en el centro de la plaza. Empieza á obscurecer. Por
una oreja le entra el balanceo musical de una danza inventada por los
negros de la América del Norte para regocijo de los blancos; por la
opuesta penetra al mismo tiempo otra música negra: el tango de la
América del Sur. En las calles inmediatas suenan nuevas orquestas allí
donde hay un establecimiento público, café, hotel ó restorán, con un
rótulo inglés en su puerta, para atraer á los héroes del momento:
-Dancing-.
Mira á la montaña que cierra el fondo de la plaza y guarda tumbas en su
flanco. Luego mira á lo alto....
La tierra y el cielo ignoran nuestros dolores.
Y la vida también.
FIN
Monte-Carlo.--Enero-Julio 1919.
* * * * *
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