El militar también marcha como un hombre de campo, mirando á todos lados
curiosamente. Un áspero bigote cubre su labio superior, uno de esos
bigotes duros y agresivos que surgen después de largos años de continua
rasura. Su uniforme es viejo, desteñido por el sol y las lluvias. El
paño amarillento tiene el color neutro de la tierra. Su brazo derecho
pende inerte del hombro y se mueve al ritmo del paso, con el vaivén de
las cosas inanimadas. La mano va cubierta de un guante cuya rigidez
acusa el relieve de algo duro y mecánico. La otra mano se apoya en un
garrote, y una pipa humea en su boca. Sobre sus bocamangas casi se
confunde con el color de la tela un breve y único galón de oficial.
--Diez meses y veinte días--dice Toledo--que Su Alteza salió de aquí...
¡Qué de cosas han ocurrido!
El militar es el príncipe Lubimoff: un Lubimoff que parece más fuerte,
más sereno y decidido que el del año anterior, á pesar de su brazo
artificial. La cabeza tiene las mismas canas de antes, discretamente
esparcidas; pero el bigote, al crecer libremente, ha surgido casi
blanco.
Las patillas del coronel son de la misma tonalidad. Con la desaparición
de sus elegancias cesaron igualmente los cuidados de tocador, y el gris
discreto de un teñido prudente ha dejado paso al blanco de una franca
vejez.
Don Marcos señala la plaza hacia la que se dirigen los dos.
--¡Si hubiese visto Su Alteza esto la noche del armisticio!
La noticia del triunfo hacía correr á todas las gentes. Bajaban de
Beausoleil, subían de La Condamine, llegaban del peñón de Mónaco. Por
primera vez después de cuatro años, se iluminaban de arriba á abajo las
fachadas del Casino, de los hoteles y cafés. La plaza estaba repleta de
gente. Todos parpadeaban deslumbrados, después de la larga noche en que
les había tenido sumidos la amenaza submarina. Unos cuantos instrumentos
de cobre rugían la -Marsellesa-, y la muchedumbre, siguiendo las
banderas de los países aliados, daba vueltas en torno del «queso», como
las falenas alrededor de la luz, no queriendo salir de la plaza.
De pronto se había formado una larga línea danzante, una farándula, que
empezó á correr y saltar, agrandándose en cada una de sus contorsiones.
Todos se agregaban á ella, por el contagio del entusiasmo; el oficial
unía su mano con la del soldado; las graves señoras levantaban las
piernas y perdían el sombrero; las señoritas tímidas gritaban, con los
cabellos sueltos; los rostros femeninos tenían esa expresión de locura
entusiástica que sólo se ve en los días de revolución. Los cojos
saltaban, los ciegos creían ver, los mancos se agarraban con sus
muñones á la fila serpenteante. La -Marsellesa- parecía un himno
milagroso, comunicando á todos una nueva fuerza. ¡La paz!... ¡la paz!
En una de sus evoluciones, la cabeza de la humana serpiente remontaba
las gradas del Casino, La farándula quería meterse en el atrio, en las
salas de juego, para arrastrar entre sus anillos al público, á los
-croupiers-, á las mesas. Toda actividad interesada debía cesar en esta
hora de generosa alegría.
--¡Ay, los jugadores! ¡Qué enfermedad la del juego, marqués! Al llegar á
la plaza se quitaban el sombrero ante las banderas, faltaba poco para
que llorasen, cantaban una estrofa de la -Marsellesa-. «¡Viva Francia!
¡Vivan los aliados!...» Y á continuación se metían en el Casino para
apuntar su dinero al mismo número de la fecha celebre ó á otras
combinaciones sugeridas por la paz.
Los porteros, con aire de viejos gendarmes, formaban en masa
heroicamente para rechazar con sus pechos, sus panzas y sus puños la
farándula revoltosa que pretendía introducirse en el solemne palacio.
Parecían indignados. ¿Cuándo se había visto tamaña insolencia?... Buena
era la paz, y el pueblo debía regocijarse; ¡pero meterse en el Casino
como un motín danzante, para interrumpir el funcionamiento de una
industria honrada!... Y habían acabado por repeler gradas abajo aquella
fila de señoras desgreñadas por el entusiasmo, de militares condecorados
que olvidaban repentinamente sus enfermedades v sus heridas.
* * * * *
El príncipe y Toledo llegan á la plaza y se dirigen á la izquierda del
Casino, donde está el Café de París.
Lubimoff se sienta á una mesa, en un ángulo saliente del café que las
gentes apodan «el Promontorio». El coronel permanece derecho. Ha pasado
la tarde con el príncipe, y necesita volver á su casa. Ya no tiene la
independencia de antes; alguien vive con él, y su nueva situación le
impone obligaciones ineludibles.
Ve con la imaginación la casita que habita en lo alto de Beausoleil,
rodeada de un pequeño jardín. Todo es suyo por escritura pública. Pero
la suerte de su propiedad no le inquieta: nadie se llevará sus paredes
y sus árboles. Lo que le tiene nervioso es cierto suboficial americano,
joven y membrudo, que siente la manía de pasear en torno de su vivienda,
y ciertos ojos claros que le siguen hambrientos desde una ventana,
cierta boca carnuda que le sonríe, ciertas manos que él cree haber
sorprendido de lejos arrojando una flor, y cuya propietaria le grita
furiosa todos los días para convencerle de que ha visto visiones.
Don Marcos se ha casado.
Pocas semanas después de marcharse el príncipe, un gran cambio se
realizó en su existencia. Villa-Sirena era ya de aquel nuevo rico,
constructor de autocamiones y aeroplanos, que también había comprado el
palacio de París. El coronel, al darle posesión, sólo se acordó de
alabar los méritos del jardinero y su familia.
Lubimoff, antes de marcharse al frente, se había ocupado de la suerte de
su «chambelán», asegurándole una pensión de diez mil francos al año y
enviando además cierta cantidad para que comprase una casa. Ya que
deseaba morir en Monte-Carlo, debía tener su pequeña Villa-Sirena.
Al poco tiempo de jardinear en su propiedad, viendo abajo la plaza del
Casino, Toledo fué en busca de Novoa. Era su mejor amigo; además, era
español, y tenía el deber de servirle en la circunstancia más importante
de su vida. Lo necesitaba como padrino de boda. El profesor quedó
estupefacto al enterarse de que se casaba con la hija del jardinero.
¡Una muchacha que podía ser su nieta!... Era desafiar al destino, correr
á sus años en busca de la desgracia que ya presagiaba su nombre.
--Piense usted, don Marcos, que la juventud tiene sus derechos.
--Y la vejez sus deberes--contestó el coronel con bondad, resignándose
ante el porvenir.
Ahora, de pie ante el príncipe, balbucea con timidez y confusión porque
va á abandonarlo.
--Me espera Madó: la pobrecita sale muy poco. Le gusta que la lleve por
las tardes al concierto en las terrazas. Son las cinco.
Y cuando el príncipe asiente con un movimiento de cabeza, echa á andar
precipitadamente. Luego, más lejos, casi empieza á correr cuesta arriba,
jadeando y sin sentir el cansancio. Desea llegar á su casa pronto, y
tiene miedo de llegar. Madó sólo le convence cuando está al alcance de
sus gritos. Se estremece pensando que puede de nuevo ver visiones.
* * * * *
Al quedar solo el príncipe, se borran poco á poco de sus ojos el vaso
que tiene delante, las mesas inmediatas, el gentío sentado en torno del
«queso». Su visión se contrae y se hunde, para contemplar otras imágenes
que guarda su memoria.
Llegó en la mañana á Monte-Carlo. Sólo van transcurridas unas horas, ¡y
ha visto tanto!...
Recuerda unas frases de su amigo Lewis; frases tristes, dichas en uno de
los almuerzos en Villa-Sirena: «La vida es rara y desigual en su curso.
Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y de
pronto, las horas valen meses, los días son años, y pasan en unos
minutos cosas que en otras ocasiones necesitarían siglos...» ¡Qué de
muertes en el espacio relativamente breve que le separa de su última
salida de Monte-Carlo!...
Lubimoff ve en su memoria el corto y agitado período después de su
llegada á París: su ingreso en la Legión extranjera, el grado de
subteniente concedido al antiguo capitán de la Guardia imperial, su ida
al frente después de haber distribuído y colocado el millón y medio
producto de la venta de Villa-Sirena, la dura vida de campaña, los
combates, la muerte acompañando con una generosidad lúgubre los avances
de la ofensiva triunfal. Recuerda su encuentro con un legionario que le
llama y al que tarda en reconocer: ¡Atilio Castro! Un Castro que ya no
sonríe irónicamente, que contempla la vida con gravedad y parece
convencido ahora del valor de sus acciones. Como pertenecían á distintas
compañías, ya no se vieron más. Un anochecer lo encontró después de un
combate, pero tendido en el suelo entre otros cadáveres, con la frente
rota, la masa cerebral al descubierto. El rictus de la muerte era en él
una sonrisa serena. ¡Pobre Castro!... ¿Qué sería de doña Clorinda?...
El príncipe deja de pensar en esto. Otros cadáveres le atraen. Evoca una
visión reciente: su llegada á Monte-Carlo después de haber vivido mucho
tiempo en un hospital. Al bajar del tren, Toledo examina con emoción el
brazo mecánico que disimula imperfectamente el brazo amputado. Ha
sufrido varios meses las consecuencias de una herida fatal y estúpida,
recibida sin gloria pocos días antes del armisticio.
Sube á la risueña casita de don Marcos, que será, la suya mientras
permanezca aquí. Allá abajo, avanzando sobre el mar, encuentra el
promontorio de Villa-Sirena, que es de otro, y vuelve la vista para
evitar que renazcan ciertos recuerdos. Esto hace que tropiece con los
ojos de Madó, la señora de Toledo; unos ojos que consideran sin duda más
interesante al príncipe Lubimoff bigotudo, avejentado y con uniforme,
que cuando era el elegante amo de sus padres. ¡Pobre coronel!... Y huye
de la mirada tentadora, de la boca carnuda y purpúrea que parece
desafiarle al sonreir.
Después del almuerzo sigue un camino que asciende por la montaña
formando ángulos; ve un muro de piedra, pasa una puerta, contempla un
instante un monumento rematado por un gallo enorme.
Toledo se descubre. ¡Paz á los héroes! Luego señala la entrada de la
fúnebre construcción.
--El pobre Martínez está ahí.
Bajan por unas gradas de piedra á una segunda sección del cementerio,
escalonado en la montaña. En esta meseta sólo hay tumbas á ras del
suelo, losas sepulcrales guardadas por un rectángulo de cadenas ó
simplemente con orlas de flores. Un instinto estético parece influir en
la parquedad de los ornamentos. Desde estas explanadas se ve una gran
extensión de costa verde moteada de blanco por las «villas» y las
poblaciones; los Alpes de color de rosa, los cabos de rocas purpúreas,
el azul profundo y denso del Mediterráneo, el azul flúido y suave de un
cielo sin nubes. Y las tumbas sonríen en esta Naturaleza esplendorosa,
difundiendo, al entreabrirse bajo la acción del calor, un ligero vaho de
sebo, un tufillo de estearina líquida.
Busca el coronel entre ellas, leyendo los nombres.
--Aquí, marqués.
Señala una losa con una simple inscripción: «Mary Lewis.»
--Lo mismo que un pájaro, Alteza. Un amanecer la encontraron muertecita
en su cama del hospital. No dió un grito, no se quejó; se fué como había
vivido... Las enfermeras cuentan que el cadáver sonreía; un cadáver
ligero como una pluma.
En torno de la tumba se ennegrecen varias coronas, lo mismo que si las
hubiese chamuscado un incendio. Toledo rebusca entre estas ofrendas de
las compañeras de la difunta, hasta señalar un manojo de rosas frescas
que empiezan á marchitarse.
--Debe ser de lord Lewis--sigue diciendo--. Cuando le va mal en el
Casino, sube á ver á su sobrina. Su Alteza sabrá seguramente que, con la
muerte de lady Lewis, él es ahora lord... verdaderamente lord.
Levanta el príncipe sus hombros. ¡Vanidades humanas en este lugar, que
da á todas ellas un carácter grotesco!...
Don Marcos adivina su impaciencia, y mientras descienden dos escalinatas
más, va dando explicaciones.
--La inglesa se fué antes que la otra; por eso la enterraron arriba.
¡Han muerto tantos en los últimos meses!...
Llegan á la última meseta del cementerio, la más baja, un campo cuadrado
de tierra rojiza, en el que no hay losas, ni columnas truncadas, ni
cadenas. Pequeños montículos que afectan la forma de un féretro indican
el lugar de las sepulturas. Algunos tienen cruces de madera. De una de
éstas pende el retrato de un soldado joven en el centro de una corona
depositada por sus padres.
Dos hombres asoman su busto á ras del suelo y vuelven á hundirse después
de vaciar sus palas: abren una tumba para alguien que va á llegar.
Miguel se fija en el campaneo lúgubre que viene de abajo, desde una
iglesia de la ciudad invisible, á través del éter vibrante y luminoso.
El coronel insiste en sus explicaciones.
--Es una sepultura provisional, sin losa, sin nombre. Con motivo de la
guerra, era imposible enviar la muerta á París. Estará aquí el tiempo
que exige la ley, y luego, esa señorita que es su heredera la trasladará
al panteón del cementerio de Passy, donde está enterrada su madre.
Duda un poco examinando los montículos, y al fin se detiene ante uno de
ellos, quitándose el sombrero.
--Aquí es.
Lubimoff no puede contener su extrañeza. «¿Aquí?...» Ve un túmulo de
tierra sin adorno alguno, sin nada que lo diferencie de los otros, y que
no le infunde ninguna emoción. Mira con inquietud á su acompañante. ¿No
se habrá equivocado?... ¿No estarán ante la sepultura de un pobre
militar muerto de sus heridas?
El coronel, ofendido por la duda, repite con energía: «Aquí es.» Se
acuerda de que fué el único hombre que figuró en el entierro. Tres
enfermeras, la señorita Valeria y él, nada más, siguieron el féretro
hasta estas alturas.
¡Pobre duquesa de Delille!... Se conmueve Toledo al recordar su muerte
inesperada. Lady Lewis la había enviado al frente. Su nacimiento en los
Estados Unidos facilitó que la admitiesen en el personal sanitario de
las divisiones americanas que se batían en Château-Thierry.
Escuchando el príncipe las explicaciones de don Marcos, recuerda una
confesión de Alicia. Era torpe de manos; su voluntad, ansiosa de hacer
el bien, flaqueaba por falta de medios materiales en el momento de la
acción. Sin duda por esto la habían expedido á las pocas semanas otra
vez á la Costa Azul, para que prestase sus servicios en un hospital más
tranquilo que las ambulancias del frente.
Toledo no la había visto. Vivía en las inmediaciones de Monte-Carlo sin
que él lo sospechase. La primera noticia que tuvo de ella fué la de su
muerte; una muerte que deja pensativo al coronel siempre que la
recuerda.
Se infectó con un instrumento de cirugía que acababa de ser empleado en
una operación. Tal vez fué por torpeza de sus manos; tal vez... ¡quién
sabe! Don Marcos cree que la duquesa estaba cansada de vivir.
--Una muerte horrible, marqués. Yo no la vi: celebré no verla. Me
contaron que estaba negruzca é hinchada. Además, pasó muchas horas de
suplicio, apoyándose en la cabeza y los talones, hecha un arco, sobre la
cama, con el cuerpo dilatado por los más atroces sufrimientos. El
tétanos. ¡Morir así una gran dama tan hermosa, tan elegante!... Pero en
medio de tales suplicios tuvo serenidad para dictar sus disposiciones
testamentarias. La señorita Valeria ha heredado Villa-Rosa y varios
centenares de miles de francos: todo lo que ganó ella una noche en el
-Sporting-. En cuanto á Su Alteza...
Le interrumpe el príncipe con un ademán. Sabe hace tiempo, por las
cartas de don Marcos, que Alicia se acordó de él en su último instante,
dejándolo heredero de sus minas de plata en Méjico, de todo lo que
poseía al otro lado del mar: nada por el momento, tal vez en el porvenir
una fortuna casi igual á la que Lubimoff tenía antes en Rusia.
Permanece con los ojos fijos en la sepultura. Ve sobre las laderas del
túmulo un musgo fino, un bosque minúsculo que abre sus ramajes al soplo
de la primavera, y entre cuyas hojas se mueven diminutas flores. Unas
mariposas negras ó verdes moteadas de rojo aletean sobre esta selva
rumorosa de vida naciente, como aletearon las monstruosas aves
prehistóricas sobre las primeras vegetaciones del planeta.
Miguel establece una relación entre estos insectos y el espíritu que
habitó el organismo que se deshace cerca de sus pies, bajo un metro de
tierra. Sus colores variados y desacordes le hacen pensar en el alma de
la muerta. También, minutos antes, otra mariposa blanca revoloteando
sobre las flores traídas por Lewis le ha hecho ver el alma pueril y
sublime de lady Mary.
Ahora, sentado en el café, su emoción es mayor que en el cementerio. Ve
las cosas á través del recuerdo, espiritualizadas, limpias de los
sedimentos de la realidad.
¡Pobre Alicia! ¡pobre engañada de la vida!... La Venus triunfadora, la
Helena del «banco de los viejos», la beldad centro de lo existente,
ansiosa de admiración más que de amor, está en un mísero cementerio,
entre cadáveres de soldados, y tal vez aceleró con voluntaria torpeza su
salida de un mundo en el que no encontraba lugar, repelida por sus
propias acciones.
Nuestra existencia no es mas que un resultado de la voluntad. Formamos
la vida á nuestra imagen; en vano nos quejamos contra el destino: somos
lo que queremos ser. Alicia sólo podía terminar de un modo
extraordinario, de acuerdo con su existencia anterior. El también ha
vivido como no viven los demás hombres, y morirá con una muerte distinta
á la de ellos.
No siente dolor ni despecho. Se extraña de haber podido odiar á Martínez
y deseado á esta mujer con tanta vehemencia. Sólo conoce ahora la
melancolía de una tristeza enorme con el recuerdo de estos seres que ya
no son, que empiezan á morir segunda vez al quedar olvidados por los que
les conocieron. Unicamente pueden inmortalizarse en la memoria del
príncipe, pobre memoria destinada á perecer á su vez dentro de unos
años.
Intenta con la imaginación atravesar la masa de tierra que cubre á la
muerta; pretende ver en la más densa de las sombras. Sólo han
transcurrido unos meses de descomposición: su personalidad aún no se ha
disuelto enteramente. La ve como era en la vida y al mismo tiempo como
es ahora. Su carne se deshace en arroyuelos pútridos que corren por los
pliegues de las ropas chamuscadas. Forzosamente sonríe á todas horas en
la obscuridad: ya no tiene labios. Sus ojos sirven de abrigo á las
prolíficas moscas de la tumba, que engendrarán millones de millones de
destructores. Y este anonadamiento de algo que existió, pensó y amó está
aún en sus preliminares.
A los devoradores de las partes blandas sucederán los irresistibles
artífices del hueso. Miriadas de trabajadores microscópicos laborarán el
esqueleto, limpiándolo de las últimas impurezas adheridas á su
andamiaje, desmontando las sabias articulaciones, raspando el cemento
que adhiere las vértebras. Un día, la mandíbula inferior se despegará,
rodando hasta la cavidad abdominal, una mandíbula cuyos dientes
conocieron el esplendor de la sonrisa y la caricia del beso. Otro día,
el cráneo, al partirse en piezas el espigón que le sirvió de soporte,
rodará también, confundiéndose con el polvo de los costillares, con los
huesecillos de los pies que marcaron el ritmo de un paso ondulante.
Dentro de unos siglos, las revoluciones y las guerras tal vez sacarán á
la superficie este cráneo. ¿Por qué no?... Lubimoff acaba de ver en el
frente numerosos cementerios removidos por el cañón, con los muertos
emergiendo de la tierra, tal como los levantó el estallido de las
granadas... Y cuando alguien, en lo futuro, con la eterna curiosidad del
príncipe shakespiriano, tome en su diestra el cráneo de Alicia, no podrá
decir si perteneció á una dama ó á una moza de posada, si fué de una
beldad ó de una negra...
Miguel evoca con irónica tristeza sus ilusiones y sus deseos
concentrados en esta nada, y siente la necesidad de olvidar el cadáver.
Sus ojos, que miran hacia dentro, ven la minúscula vegetación, los
pintarrajeados insectos, todo lo que la primavera ha puesto sobre una
tumba sin nombre. Esto es lo que una vida que se consideró superior á
las otras ha dejado como único rastro de su existencia. Tal vez en la
corola de las florecillas hay una gota del alma de Alicia, y las
mariposas la beben para continuar su ebrio revuelo sobre las tumbas.
¡La primavera! El príncipe levanta su pensamiento sobre el dolor
individual. Recuerda lo que ha visto en un pedazo de mundo asolado por
la bestialidad de los hombres: ciudades en ruinas; pueblos que sólo
levantan sus muros un metro sobre el suelo, como las urbes descubiertas
después de un cataclismo; granjas incendiadas; campos interminables
esterilizados, perforados, vueltos al revés por un cañoneo de cinco
años; muchas tumbas... miles de tumbas... millones de tumbas. Las
mujeres, vestidas de negro, van por los caminos titubeando á través de
los escombros y de los embudos abiertos por los proyectiles monstruosos.
Perdieron sus hijos, vieron fusilar sus maridos; ahora exploran el suelo
en busca de su casa que fué...
Pero el invierno de la guerra ha terminado; ya llega la primavera de la
paz. Y la misma mano verde que pone florecillas y mariposas sobre la
tumba anónima cuelga olorosas guirnaldas de los muros ennegrecidos por
el incendio, tapiza con terciopelo vegetal las pendientes abiertas por
las explosiones, hace gorjear los pájaros y rebullir los insectos sobre
las sepulturas, guía la serpenteante enredadera por el leño negro de
las cruces, como si quisiera convertirlas en tirsos...
¡Ay! La tierra ignora nuestros dolores.
* * * * *
El príncipe sale de su abstracción, y ve al coronel que le saluda de
lejos.
Ya está de vuelta, acompañado de -madame- Toledo, cuya cabeza apenas le
llega al hombro. Durante el camino ella ha mirado atrás muchas veces,
con la esperanza de verse seguida por el suboficial americano.
Al reconocer al príncipe en el café, olvida al otro, y parece suplicarle
con los ojos que abandone su asiento y vaya con ella á las terrazas.
Se alejan los dos hacia el concierto, y Miguel vuelve á caer en su
meditación... Recuerda su diálogo con don Marcos poco antes, cuando
bajaban del cementerio.
Toledo parece inconsolable. La guerra no ha terminado bien para él. Se
muestra escandalizado por el carácter absurdo de su final. ¡Qué tiempos!
El fugitivo refugiado en Amerongen le desconcierta y le irrita.
--¡Y yo que le hacía el honor de compararlo con un teniente!... ¡Yo que
le consideraba capaz de pegarse un tiro!...
Treinta años aterrando al mundo con el estrépito de su sable y sus
bigotes fanfarrones; treinta años de titularse «señor de la guerra»,
haciendo temblar á los pueblos con su ceño, sus actitudes heroicas y sus
frases teatrales; treinta años de preparar millones de hombres para el
matadero, obligando á los pueblos á vivir armados en plena paz, y cuando
apunta la desgracia para él, cuando considera su existencia en peligro,
huye vergonzosamente al extranjero, abandonando á los suyos, lo mismo
que un comerciante que hace quiebra fraudulenta.
--¡Es la mentira mayor que ha conocido la humanidad--grita indignado el
coronel--, la estafa más grande de la Historia!
Matarse no prueba nada: don Marcos lo sabe perfectamente. ¡Pero hay en
la vida tantas cosas que no prueban nada y sin embargo son bellas y
lógicas!... La desesperación de los que se suicidan por amor tampoco
prueba nada, y sin embargo ha inspirado á la poesía y á las otras artes
sus mejores obras. El marino, al perder su buque, se mata; todo hombre
de honor que considera su falta irremediable apela á la muerte, para
caer en una postura digna.
--Y ese emperador--sigue diciendo Toledo--que ha organizado el
exterminio de diez millones de hombres desea llegar á viejo... ¡Ah,
sinvergüenza!
El honor militar tal como había venido entendiéndose á través de los
siglos lo desconocían también sus generales. Estos especialistas del
incendio de poblaciones, estos técnicos del fusilamiento de campesinos,
estos artífices del terror, al ver próximo el desastre, se marchaban
tranquilamente á sus castillos, como oficinistas que abandonan el
trabajo.
De todos estos compañeros del «señor de la guerra», el único digno de
respeto era un hombre civil, un comerciante, un judío, el armador
Ballin, de Hamburgo, que al ver arruinado el Imperio no quería
sobrevivirle y se pegaba un tiro. Mientras tanto, los mariscales de la
estrategia fracasada se dedicaban tranquilamente á educar sus perros,
escribir sus Memorias y cuidar su salud.
Napoleón, en una de sus últimas batallas, colocaba su caballo sobre una
bomba; luego pretendía envenenarse en Fontainebleau. Llamaba á la
muerte, y únicamente se decidía á vivir, como un fatalista, al
convencerse de que la muerte no quería nada de él. El otro Napoleón, el
de Sedán, podía haberse refugiado en Bélgica, abandonando á sus tropas,
como lo había hecho el triste César germánico; pero, enfermo y
desfalleciente sobre su caballo, prefería galopar solo á lo largo de una
carretera barrida por los cañones, esperando la granada que lo hiciese
pedazos.
Así entendía Toledo el honor militar, así había sido aceptado en todas
las épocas.
Su cólera era implacable contra los generales del Imperio, prontos á
correr en la hora mala, y que sólo pensaban en su reputación, lo mismo
que los cómicos. Rotas sus líneas, cercados por los aliados, podían
haber caído noblemente, peleando hasta el último momento, de acuerdo con
sus antiguas bravatas. Pero preferían solicitar un armisticio y
entregar sus armas, para que los imbéciles que tanto los habían admirado
pudieran seguir creyendo en su divinidad de invencibles y en que sí se
retiraban á sus tierras era únicamente por consideraciones de política
interior.
¡Lúgubres comediantes, como su amo, hasta el último minuto!...
Y don Marcos, pensando en el miedo que estos hombres han hecho sufrir al
mundo durante treinta años, grita coléricamente:
--¡Embusteros!... ¡embusteros!
* * * * *
Otra vez sale el príncipe de su abstracción. Alguien se ha detenido ante
él, y oye una voz conocida.
--Alteza, ¡qué alegría verle!... El coronel acaba de anunciarme su
llegada.
Es Spadoni: el Spadoni de siempre, como si sólo hubiesen transcurrido
unas horas desde su última entrevista con el príncipe, como si fuese
ayer cuando rugía de indignación estudiando al piano -Lo que la palmera
le dijo al agave-.
No quiere sentarse: tiene prisa; ha venido solamente para estrechar la
mano de Su Alteza. Ya le verá después con más detenimiento en el Casino.
El tiene por indudable que el príncipe va á entrar en el Casino. ¿A qué
otro lugar puede ir una persona decente en Monte-Carlo?...
Pasa una rápida mirada por su uniforme, admira su rudo aspecto de
soldado.
--He sabido las hazañas de Su Alteza; le preguntaba siempre al
coronel... ¡Un héroe!
Lubimoff no tiene tiempo para repeler estos elogios. Spadoni pasa á
ocuparse de algo más interesante. La guerra, los héroes... cosas
nebulosas y sin sentido. El está por la realidad, y empieza á hablar de
un nuevo personaje admirado por él, un portugués que juega fuerte, y
cuyo nombre, desde hace unos días, parece llenar las salas, á causa de
sus ganancias.
--Yo lo observo; además, es amigo mío y creo poseer su secreto.
Imagínese, príncipe...
El príncipe se inquieta, adivinando que le va á describir con toda
clase de detalles la combinación del portugués, que ya considera suya.
Pero el pianista mira hacia el Casino, balbucea, y acaba por interrumpir
su relato. Alguien se aproxima, y él sólo quiere hacer partícipe de su
secreto al príncipe. Se despide de él, con la promesa de revelarle la
combinación preciosa en un diván de los salones privados, cuando entre
en el Casino.
Piensa Lubimoff en su existencia de los últimos meses, en sus aventuras
de soldado, en su herida, en todo lo que le ha ocurrido á él y al mundo
entero mientras este músico permanecía fijo en Monte-Carlo sin admitir
otra realidad que el revoloteo de la Quimera.
El amigo Lewis tiende una mano al príncipe. El es quien ha cortado con
su aproximación la facundia del pianista. Los jugadores evitan
comunicarse sus secretos, por rivalidad profesional. El tiempo, que
parece haber olvidado á Spadoni, dejándolo lo mismo que lo vió Miguel
por última vez en su «villa de la tumba», se ha ensañado con Lewis,
avejentándolo, como si los meses valiesen años para él.
Está triste por las pérdidas que sufre y por los recuerdos. ¡Aquella
sobrina que era toda su familia!... Lubimoff sabe por el coronel que no
ha heredado nada de ella. La enfermera gastó toda su fortuna en
ambulancias y hospitales. Su título es lo único que corresponde á Lewis.
Se cumplió su profecía: ya es el tercer lord Lewis, con el apodo de «el
Inútil» que él mismo se ha dado.
Examina al príncipe con una mirada errante, detiene los ojos en su brazo
rígido, estrecha después con efusión su mano izquierda.
--Usted es un hombre, Lubimoff. Usted sabe hacer las cosas...
Y en estas palabras hay un reproche contra él, que no puede despegarse
de Monte-Carlo, que aquí vivirá y morirá haciendo siempre lo mismo.
Sin embargo, este es un gran día. En la mañana ha recibido la visita de
un amigo que viene á vivir con él no sabe por cuánto tiempo, tal vez por
dos días, tal vez por dos años; un gran amigo del que no tenía noticia
alguna y muchas veces ha creído muerto: el conde, el famoso conde.
Ha llegado hasta el café con Lewis, que no puede separarse de él; ha
dado su mano al príncipe como si lo hubiese visto el día antes, sin
reparar en su uniforme ni en su mutilación. Permanece silencioso en su
silla, pasándose una mano por la cabellera blanca y crespa, fijando sus
ojos redondos, de fulgor nocturno, en la gente que circula en torno del
«queso».
Lewis cree que debe sentirse contento. ¡Día de sorpresas! Primeramente
el conde, después el coronel, que le avisa la presencia de Lubimoff...
Evita hablar de su sobrina; incorpora su tristeza á las tristezas de
todos... La paz le ha sorprendido: ¿quién podía esperarla tan pronto, á
continuación de la fase más angustiosa de la guerra?...
El conde abandona su inmovilidad para hablar.
--Todo el mundo. Los grandes tratadistas anunciaron desde el principio
que la guerra terminaría en el otoño de 1918. Era cosa sabida. Yo lo he
dicho siempre, y usted, Lewis, me lo ha oído muchas veces.
Su admirador hace un gesto de extrañeza. Pero no puede poner en duda la
ciencia de su sabio amigo, y prefiere admitir que es él quien ha
olvidado las afirmaciones del otro. Además, no debió entenderlas. Estos
depositarios del porvenir nunca exponen sus verdades con claridad: se
niegan á decir las cosas como los simples mortales.
Empieza á decaer la conversación. El inglés piensa en el Casino. Iba á
entrar en él, cuando le avisó don Marcos la llegada del príncipe. Tiene
á su lado al conde, que vuelve de un viaje misterioso y guarda
seguramente el rosario de Satán en cierto bolsillo del pantalón
huroneado continuamente por su diestra.
--Después nos veremos en el Casino. Supongo que usted entrará un
instante... A ver si hoy me trata bien la suerte, después de tan
agradables encuentros.
Y se aleja con el conde hacia el Palacio, donde pasará el resto de su
vida como en una cárcel.
Lubimoff se fija en dos soldados italianos que le contemplan desde la
acera del «queso». Son dos -bersaglieri- vestidos de gris, con
sombreritos redondos cargados de plumas de gallo. Al notar que el
príncipe les mira, se desconciertan, vuelven la espalda avergonzados,
se alejan, pero antes sonríen y se llevan una mano al empenachado
sombrero.
Recuerda el príncipe una noticia que le dió don Marcos, y los reconoce.
¡Estola y Pistola convertidos en guerreros!... Han venido con licencia á
ver á sus familias, y en la noche subirán á la casa del coronel para
saludar á su antiguo señor. Parecen más altos, más vigorosos. Unos
cuantos meses de guerra han bastado para hacerles saltar de la
adolescencia á la madurez. Todo hombre lleva dentro un soldado...
Cuando intenta levantarse para dar un paseo por las terrazas, ve venir
hacia el café á un señor que le saluda con violentos manoteos y á
continuación se asegura los lentes sobre la nariz.
El príncipe tarda en reconocerle; adivina quién es por el timbre de su
voz más que por su rostro... ¡El amigo Novoa! Los meses transcurridos
han dejado en él mayor huella que en los demás. Ya no es el varón
preocupado de las pompas mundanales, que consultaba al coronel sobre los
méritos de sastres y sombreros. Ha vuelto á la esclavitud del pantalón
con rodilleras y la corbata de nudo hecho; lleva la barba muy crecida y
revuelta. Sigue siendo joven en la voz, en los ojos, en sus ademanes
vivaces y torpes, pero va disfrazado de anciano.
Este se alegra más que los otros de ver al príncipe. No cesa de alabar á
la casualidad, que ha hecho venir á Lubimoff y que acaba de hacerle
encontrar á don Marcos.
--Si tarda usted dos días, príncipe, no tengo el placer de verle. Me voy
á mi tierra pasado mañana. Ya tengo bastante de Monte-Carlo. ¡Lo que
dejo aquí!... Dinero, ilusiones...
Miguel se muestra discreto. Cree oler en su amigo el desengaño
inesperado, la decepción, que necesitamos olvidar para que no continúe
atormentándonos. Se acuerda de Valeria, y no ve en la persona del
catedrático el menor vestigio que denuncie el roce con la mujer. Es una
ruina, un tronco seco; el pájaro que cantaba en sus ramas debe haber
volado hace mucho tiempo.
Novoa muestra igual discreción. Contempla el uniforme del otro, su manga
ocupada por un brazo falso; pero sólo habla de lo sucedido en los
últimos meses de un modo general, con vagas lamentaciones.
--¡Las cosas extraordinarias que han pasado! ¡Cuántos amigos muertos! La
vida acaba de ser como uno de esos dramas en los que perecen todos al
final del último acto.
El príncipe adivina que Novoa piensa en Alicia y se abstiene de
nombrarla para no molestarle. Efectivamente, piensa en la duquesa, pero
ésta sólo es un punto de partida para llegar á otra mujer que ocupa su
recuerdo.
Al fin habla, dando expansión á su melancolía. Puede contárselo todo al
príncipe, porque es el único que conoce su secreto. (Lo mismo le ha
dicho al coronel y hasta á Spadoni, al lamentar su desgracia.) Y
prorrumpe en desesperadas recriminaciones contra Valeria.
Es otra mujer. Ya no la preocupan los países de amor, donde las mujeres
se casan sin dote. Después de muerta la duquesa, es una candidata al
matrimonio, que ofrece con la cesión de su mano más de trescientos mil
francos. El profesor se ha visto repelido y olvidado. ¡Sus viles
súplicas ante la realidad, sus esfuerzos vergonzosos para remediar lo
que consideró en el primer momento un pasajero capricho femenil!... No
quiere acordarse de tales momentos.
--Todo terminó, príncipe. Ahora anda loca por un oficial americano, y
acabará casándose con él. Aquí no hay más hombres que los americanos.
Todo es para ellos: hasta el amor. La última modistilla se considera
deshonrada si no tiene un soldado de los Estados Unidos para pasear de
noche... Todas las tardes, ella y el otro bailan en los hoteles de La
Condamine, ó aquí mismo, en el Café de París.
Se interrumpe, como si alguien le hubiese tocado en la espalda. No ve á
nadie detrás de él, pero sus ojos, á través de los grupos que ocupan las
mesas, encuentran algo que hace temblar su voz.
--Esa es, príncipe.
Miguel no la hubiese reconocido. Ve cómo entran en el café dos señoras,
escoltadas por dos oficiales americanos. Una de ellas es Valeria,
vestida con un lujo estrepitoso y ávido, como si quisiera resarcirse
instantáneamente de sus años de modestia y privaciones.
Empiezan á brillar, enrojecidos, los cristales del café, resaltando
sobre la luz suave del atardecer. Una tras otra, se encienden las
grandes lámparas del interior. Llegan hasta Miguel lamentos voluptuosos
de violines.
--La vida ha cambiado mucho desde que usted se fué, príncipe. Todos
sienten un hambre feroz de divertirse. Lo primero que ha resucitado con
la paz es el tango.
Después, Novoa piensa en él.
--¿Qué puedo hacer aquí?... Estoy pobre; cuanto tenía en mi tierra lo he
dejado en el Casino. Ya he estudiado bastante los misterios del Océano.
¡Lo caros que me cuestan!... He soñado un poco, y voy ahora á reanudar
allá mi trabajo mal pagado de jornalero de la ciencia.
Otra vez piensa en ella.
--¿Ha visto usted?... La pobre duquesa, que la hizo cuanto es, arriba en
su sepultura, y ella aquí bailando, unos meses después de su muerte.
Siente la áspera indignación, la escandalizada moralidad de todos los
despechados.
De tal modo aumenta su cólera, que se levanta de la silla. No quiere
continuar en el café. La otra le ha visto, y puede creer que la
persigue, que espera su salida para suplicarle. Nunca; bastante tiene
con ciertas humillaciones que no quiere recordar.
Se despide apresuradamente. Van á verse dentro de poco; don Marcos le ha
invitado á comer en su casita de Beausoleil, convencido de que su
compañía será agradable al príncipe.
Toma la mano artificial de éste, y no parece notarlo. Sus ojos y su
pensamiento están puestos en los vidrios del café, inflamados en plena
tarde, á través de los cuales pasa el cadencioso susurro de los
violines. Todavía, al alejarse, repite su protesta.
--La pobre duquesa olvidada arriba... y la otra... ¡qué escándalo!
Celebro irme pronto. No la veré más.
* * * * *
Al quedar solo, el príncipe abandona su mesa. Don Marcos va dando
indudablemente la noticia de su llegada á todos los que encuentra, y él
teme que se presenten otras personas menos interesantes.
Al caminar, se da cuenta de algo que no ha visto antes, cuando le
acompañaba el coronel. La bandera de los Estados Unidos flota sobre
todos los edificios. Hay en la vía pública tantos rótulos en inglés como
en francés. Soldados americanos por todas partes. El uniforme de
Lubimoff y los de otros combatientes franceses se pierden en la gran
inundación de hombres vestidos de color mostaza. Pasan incesantemente
los automóviles ligeros del ejército americano. Son innumerables; se les
encuentra en las calles, en los caminos de la costa, subiendo como
hormigas roncadoras las faldas de los Alpes. Una vida robusta, alegre,
confiada, una vida de veinte años parece reanimarlo todo. El concierto
en la terraza lo da una banda de música americana. Los que transitan por
las calles silban maquinalmente danzas del otro lado del Océano,
canciones de marcha de los soldados de la Unión. La gente se detiene en
las plazas para admirar la agilidad de los americanos en mangas de
camisa que se envían la pelota y la devuelven luego de captarla entre
sus guantes de esgrima.
Mónaco parece conquistado por las tropas de la gran República; una
conquista bonachona y simpática, que hace sonreir á los sometidos. Lo
mismo Niza y toda la Costa Azul. El príncipe recuerda su breve
permanencia en París pocos días antes. También ha visto americanos por
todas partes. ¿Cuántos son?... ¿Qué fuerza sobrehumana ha podido crear
en unos meses ese ejército que, todavía recién nacido, parece llenarlo
todo?...
Un pueblo acaba de levantarse sobre los pueblos de la tierra. Jamás se
conoció en la Historia una ascensión semejante. Predomina por la
simpatía, por sus actos generosos, por la fuerza benéfica de su
actividad; no por el terror, base de todas las grandezas del pasado.
Lubimoff recuerda las dudas de un año antes. Nadie podía creer que un
pueblo sin ejércitos improvisase una fuerza militar igual á las de la
vieja Europa. Y con sólo unos meses los Estados Unidos creaban y
enviaban dos millones de hombres para decidir el éxito de la lucha y la
suerte del mundo.
Llegados á última hora, habían pagado con largueza su parte á la muerte.
En cinco meses de guerra perecían ciento veinte mil americanos,
proporción exorbitante comparada con la de otras naciones durante cinco
años de combate.
Miguel, en su silencioso entusiasmo, enumera lo que acaba de hacer por
la humanidad este gran pueblo, tenido hasta poco antes por egoísta y
positivo, y que se presenta como el más romántico y generoso.
Dos grandes guerras eran los incidentes más notables de su historia:
una, interior, por la supresión de la esclavitud; otra, exterior, para
impedir la divinización de la guerra, la hegemonía brutal de un pueblo
sobre todos, la exaltación de un imperialismo místico.
Por primera vez en la Historia una democracia había intervenido en la
suerte del mundo, sometido eternamente á los arreglos de los reyes. Las
repúblicas modernas habían vivido hasta ahora una vida interior y
modesta. Las guerras de la Revolución francesa eran defensivas. La
República de la Convención peleaba por existir, porque todos los
monarcas deseaban suprimirla. La República americana se había lanzado á
la lucha voluntariamente, sin que ningún peligro inmediato la amenazase,
por un imperativo de su conciencia indignada ante los crímenes alemanes,
por un deber de su grandeza y su fuerza democráticas.
Antes de armarse, antes de intervenir en el choque europeo, cuando vivía
en paciente neutralidad, por ella se ganaban los batallas. Esta guerra
era distinta á las otras. Contra Alemania, preparada durante largos años
para la lucha, y que había movilizado guerreramente todas sus fuerzas
industriales y comerciales, los aliados se batían en los primeros meses
como se bate un pueblo valeroso, pero atrasado, frente á una nación
moderna. Mucho valor, grandes heroísmos, algunas veces inútiles, ante la
fuerza ciega y mecánica de los inventos industriales aplicados á la
destrucción.
Si esta desigualdad iba disminuyendo, era debido en gran parte á la
República del otro lado del mar. Sus capitanes del dinero hacían
préstamos enormes á los aliados; sus capitanes de la industria
facilitaban la fabricación del material monstruoso exigido por los
demoniacos adelantos militares; sus buques, desafiando la amenaza
submarina, traían á Europa el pan, escaseado por la guerra. Y cuando al
fin, agotada su paciencia, intervenía directamente en la lucha, ¡qué
generosidad la suya!...
Los combatientes de América batallaban por ideales simples y robustos:
el derecho á la vida de los débiles, la dignidad y la libertad de los
hombres, la desaparición de las guerras, la inteligencia entre los
pueblos, el derecho soberano reglamentando la vida de las naciones;
cosas que hacían sonreir poco antes á los escépticos del viejo mundo.
Todos los Estados de Europa tenían fronteras que rehacer, pedazos de
tierra que exigir. Los Estados de América no pedían nada, no querían
nada.
Cada uno de los contendientes, al pensar en la victoria, calculaba las
indemnizaciones que debería cobrar para compensarse de sus esfuerzos y
sacrificios. La República americana gastaba más que todos los pueblos.
El sostenimiento de cada uno de sus soldados le costaba tanto como siete
soldados de los otros países, y sin embargo entraba en la guerra y se
retiraba de ella sin exigir un reembolso especial.
Lubimoff admiraba su enorme poder después del triunfo. Jamás Imperio
alguno del pasado alcanzó tal grandeza: ni la misma Roma.
Era el único país de la tierra industrial y agrícola á la vez. Formaba
un mundo aparte dentro del mundo. Podía aislarse del resto del planeta,
sin que su vida sufriese. En cambio, el mundo experimentaría una
sensación de vacío si la gran República le volvía la espalda.
Sus ciudadanos en armas iban á retirarse sin jactancia y sin ruido, lo
mismo que habían llegado, y sin que ella pidiese nada por su esfuerzo.
Desaparecerían como en las antiguas leyendas las hadas y los
encantadores, que, luego de hacer el bien, tornan á sus misteriosos
dominios.
Pasarían los años: la Historia hablaría de este esfuerzo, único por su
intensidad y su carácter generoso, y en la Costa Azul y en otros lugares
quedaría de esta hazaña mundial un recuerdo desfigurado. Los niños de
hoy, convertidos en viejos, harían memoria de cómo aprendieron á jugar á
la pelota con unos soldados llegados de una tierra de prodigios al otro
lado del mar; las muchachas, hechas abuelas, se acordarían
nostálgicamente del novio americano que tuvieron.
Vuelve el príncipe otra vez á calcular la grandeza de este pueblo, el
único que puede hacer milagros, como los hacen las religiones en su
primera época de exaltación.
La gran República es la acreedora del mundo. Todas las naciones
vencedoras le deben sumas fabulosas; Inglaterra es su deudora por miles
de millones, Francia lo mismo. Los pueblos más modestos, Bélgica, Servia
y otros, han podido vivir gracias á sus préstamos enormes. Aún no se
sabe todo; han de pasar años antes de que se conozca la extensión de su
generosidad. Este país, que ama el anuncio y la propaganda ruidosa en
sus negocios comerciales, es conciso y modesto al hablar de sus actos
desinteresados.
Para seguir viviendo desahogadamente después del cataclismo, la
humanidad iba á necesitar su apoyo ó su benevolencia.
«Se ha desviado el centro político de la tierra--piensa Lubimoff--. Ya
no está en París; tampoco está en Londres. Permaneció en Berlín algún
tiempo, con temblores de inestabilidad, y ahora ha saltado el Océano.»
El hombre todavía desconocido que en lo futuro vaya á instalarse en la
Casa Blanca por cuatro años, catedrático, abogado, negociante ó
agricultor, pesará sobre los destinos del mundo más que todos los
gobernantes que llenan la Historia con el estrépito de la gloria
guerrera. Su poder se basará en algo más permanente y sólido que la
fuerza de los ejércitos. Tendrá detrás de él el trabajo y la riqueza,
que crean los ejércitos; la fuerza democrática, que es la fuerza de la
opinión.
Ve claramente Miguel el poder irresistible de esta fuerza.
Alemania, á pesar de sus continuos triunfos militares en los primeros
años de la guerra, ha acabado por caer vencida. Tenía en contra suya la
opinión. El espíritu democrático del mundo entero se alzó contra el
Imperio.
Este triunfo de la democracia empieza á verse por todas partes.
«Ya no queda un solo emperador en Europa--sigue pensando--. Los
Imperios vencidos quieren ser repúblicas. Todos los reyes olvidan á sus
abuelos de derecho divino y pretenden hacerse perdonar su corona
imitando la vida simple de un presidente.»
Este aspecto inesperado del mundo le comunica una nueva voluntad de
vivir.
Sabe desde hace algunos meses--desde que abandonó Villa-Sirena--que el
príncipe Miguel Fedor Lubimoff resulta un personaje pasado de moda. Tal
vez, cuando transcurran los años, otros serán como fué él. En el mundo
todo vuelve, y las épocas de paz y abundancia producen fatalmente
hombres de su especie. Pero ahora existe una humanidad renovada por el
dolor y el sacrificio, una humanidad deseosa de vivir, que ambiciona
algo nuevo, sin conocerlo exactamente, y trabaja por conseguirlo.
Miguel se contempla con lástima. ¿Qué va á hacer?... ¿De qué puede
servir á sus semejantes?...
Recuerda su almuerzo en la casita de don Marcos. Todavía le duelen, como
algo vergonzoso, las atenciones del coronel en la mesa, partiendo su
carne, cuidándole como á un niño, esforzándose por suplir la ausencia de
su brazo.
¡Adiós, príncipe Lubimoff!... Aunque quisiera continuar su existencia
egoísta, dedicada por entero al placer, le sería imposible. Es un
inválido: se ve muy viejo... Sólo Madó, que no sabe en realidad lo que
desea, puede fijarse en él.
Además, se considera pobre. Por primera vez recuerda con cierta
satisfacción la herencia que le ha dejado Alicia. No representa nada en
este momento, pero ¡quién sabe si algún día!... Se forja la ilusión de
que las minas de Méjico pueden reemplazar á su perdida fortuna de Rusia;
¡y entonces!... Siente un deseo vehemente de recuperar la riqueza para
hacer el bien; un anhelo que tiene algo de remordimiento. Sabe la
ineficacia del esfuerzo individual para remediar las miserias humanas:
una gota perdida en el Océano, un grano de arena en la playa. Pero ¿qué
importa?... Se contenta con hacer la dicha de cincuenta desgraciados
entre los centenares de millones que pueblan la tierra.
Luego piensa en su situación actual. Desde la mañana ha resuelto su modo
de vivir. Huirá del pobre coronel, á causa de Madó. ¡Que otros se
encarguen de su infortunio!... Se instalará en Niza, en una pensión rusa
que dirige una gran dama empobrecida. Hablarán por las noches de los
tiempos en que ella era rica, hermosa y deseada; de los bailes de la
corte de Petersburgo, en los que tantas veces danzaron juntos. Lubimoff
hasta tiene la sospecha de que uno de sus duelos fué por esta patrona de
casa de huéspedes.
Los restos de su fortuna le proporcionan una renta para vivir en modesto
bienestar. Será uno más entre los náufragos que se retiran á la Costa
Azul para acordarse, bajo las palmeras, de sus triunfos olvidados. Su
viejo ayuda de cámara le acompañará en este destronamiento.
Tiene ya una ocupación para llenar sus horas. Quiere ser un contemplador
de la vida. Celebra haber nacido en la más interesante de las épocas.
Algo va á ocurrir; algo nuevo en la Historia.
Todavía dura la gran polvareda del combate. Es una niebla que desorienta
y no permite dominar el contorno entero de las cosas. Los mismos actores
del drama reciente están ciegos. Pasarán años sin que esta niebla caiga
y se desvanezca, dejando visible el mundo nuevo.
¿Reaparecerá entonces la misma decoración de antaño, con las líneas
cambiadas? ¿Habrán resultado inútiles tantos esfuerzos sangrientos para
suprimir la violencia, el egoísmo, la ferocidad prehistórica como bases
maestras de la sociedad?
El príncipe piensa con amargura en una decepción posible. ¡Ver resurgir
incólume la bestialidad primitiva después de un cataclismo aceptado como
una renovación!... ¡Contemplar la quiebra de tantos espíritus generosos,
de tantas inteligencias nobles que aspiran al triunfo del bien, que
desean á los hombres en paz y á los pueblos en dulce sociedad,
trabajando contra la guerra, como las corporaciones higiénicas trabajan
para evitar las enfermedades!...
La fe en el porvenir le anima de pronto. El mundo no puede ser
eternamente igual: las grandes convulsiones, cuando pasan, no dejan el
suelo lo mismo que lo encontraron. ¿Van los hijos á degollarse siempre
porque sus padres y sus abuelos se degollaron?... ¿Es preciso que se
miren con hostilidad por haber nacido á un lado y á otro de un monte, un
río ó un bosque que la política bautizó frontera?
Todos tenemos dos patrias: el lugar donde nacimos y el Estado de que
forma parte. ¿Por qué no ensanchar generosamente esta concepción con una
tercera patria? ¿No llegará una época bendita en que los hombres se
hablen de semejante á semejante, sin pensar en si la Historia les ordena
odiarse y matarse?... ¿Amando mucho á su tierra natal no podrán ser al
mismo tiempo ciudadanos del mundo?...
* * * * *
El príncipe está apoyado en una balaustrada sobre las terrazas y el
puerto. Su paseo meditabundo le ha traído hasta aquí sin que él se diese
cuenta.
Vuelve la espalda al mar y á los grupos que empiezan á aclararse abajo,
después de terminado el concierto. Pasan cerca de él los músicos
americanos, seguidos por un enjambre de chicuelos que acompañan su
retirada.
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