pincelada de oro á lo largo de los tejados.
La reconoció con el corazón antes que con los ojos, lo mismo que cuando
la había visto de lejos en un carruaje acompañando al oficial. Le
causaba extrañeza su capota negra con un largo velo de luto descendiendo
por la espalda. La emoción de su presencia y la costumbre del acecho le
hicieron retroceder, y ella entró en la iglesia sin verle. ¡Ah, ya la
tenía!... Esta vez no podría escapar, é iba á decirle muchas cosas,
¡muchas!... Pero al mismo tiempo que repasaba en su memoria
rencorosamente las justas recriminaciones preparadas con anticipación,
sintió miedo, un miedo irresistible á la brevedad de las respuestas de
ella, tal vez á su mutismo.
Dejó transcurrir un largo rato. Luego le agitó el deseo de verla otra
vez, aunque fuese de lejos, y entró en la iglesia cautelosamente,
queriendo evitar un encuentro prematuro.
Fué avanzando entre una doble fila de bancos desocupados. Allá en el
fondo estaban las mismas mujeres del otro día, siempre arrodilladas,
como si su dolor no conociese el tiempo. De la sombra surgieron poco á
poco los oros mortecinos de los retablos, y dos masas de colores, dos
haces de banderas, las de los países aliados, que adornaban el altar
mayor.
Creyó que Alicia acababa de huir por una salida ignorada al ver solas á
las dos implorantes en su silenciosa inmovilidad. Pero de una puerta
lateral salió ella, seguida de un acólito que llevaba dos cirios. Alicia
vigiló cómo estos cirios eran encendidos y colocados en un candelabro
frente á la Virgen. Luego se arrodilló, permaneciendo rígida sobre sus
rótulas.
Transcurrió el tiempo. Miguel la veía igual á las dos mujeres del
pueblo: una masa negra inmovilizada por el rezo y la súplica.
Unicamente, como signos especiales de su persona, distinguía las suelas
de su elegante calzado, dos pequeñas lenguas claras que se destacaban
sobre la corola negra de su falda. También veía la blancura de su nuca
estremeciéndose de vez en cuando, como si quisiera repeler el enroscado
velo de luto.
Sintió desvanecerse el rencor que le había hecho desear este encuentro.
¡Pobre mujer! El sabía, y nadie más, quién era aquel joven cuya muerte
venía á llorar en la iglesia. El recuerdo de la princesa Lubimoff surgió
en su memoria lo mismo que una imagen borrosa por el empolvamiento del
olvido. La princesa estaba demente, ¡pero era su madre y le había amado
tanto!...
Su egoísmo se sublevó en seguida contra esta emoción. Encontraba natural
que Alicia llorase á su hijo, pero no que se hubiera alejado de él sin
explicación alguna.
Avanzó hacia el altar mayor, con el deseo de verla de más cerca. Un
ligero movimiento de la orante le hizo retroceder. Era mejor que no le
reconociese. Consideró preferible aguardarla fuera de la iglesia, con la
ventaja de la sorpresa, sin dejarla tiempo para que inventase razones
justificantes de su conducta.
Empezaba á anochecer cuando salió Alicia, encontrándose con Miguel Fedor
que le cerraba el paso.
Ni el más leve estremecimiento que delatase asombro.
--¡Tú!--dijo simplemente.
Estaba muy pálida, tenía los ojos enrojecidos y húmedos, como si acabase
de llorar.
Tal vez le había visto dentro de la iglesia, y esperaba este encuentro á
la salida. La naturalidad con que acogió su presencia fué para él una
primera decepción.
Necesitaba hablar cuanto antes, dar salida á las quejas y
recriminaciones que había ido amontonando en los días anteriores. Eran
tantas, que abrumaban su pensamiento. Pero Alicia, como si temiese sus
palabras, se le adelantó, hablando á su vez con acento monótono y
triste.
Venía á este templo algunas tardes porque experimentaba de pronto la
necesidad de abandonar Villa-Rosa y sus terribles recuerdos. ¡Ay, la
llegada del telegrama!...
--Ahora soy creyente--dijo con sencillez.
Rectificó en seguida su afirmación, por modestia, no por orgullo.
Deseaba ser creyente, pero en realidad no lo era. Se acordaba de su
madre, la sencilla doña Mercedes. ¡Cuánto daría por tener la confianza
en el más allá de la buena señora! Aquella fe que en otro tiempo
provocaba sus burlas le parecía ahora algo superior. ¡No poder conocer
la resignación de las almas humildes!... Persistía en ella la
incredulidad de sus tiempos dichosos. Los que gozan las dulzuras de la
existencia no se acuerdan de la muerte ni piensan en lo que pueda haber
después de ella. Nadie siente un alma religiosa en un baile, en un
banquete, en un encuentro de amor. Ella necesitaba creer, porque era
desgraciada. Se acogía á la religión como un enfermo desesperado implora
al curandero en el que no tiene fe, porque la razón le muestra sus
errores, pero que al mismo tiempo le halaga con una absurda esperanza al
haber sanado á otros milagrosamente.
--El dolor nos hace místicos--continuó--. Lo que yo siento es no poder
serlo como lo son otros. Rezo, y la resignación no viene á ayudarme.
Se revolvía contra la nada de la muerte. ¡Aquella carne de su carne
estaba pudriéndose en un cementerio ignorado de Alemania! ¿Y esto era
todo?... ¿Ya no había más?... ¿Moriría ella á su vez y no volvería á
encontrar en una existencia superior aquel hijo en el que había
concentrado toda su voluntad de vivir? ¿Se borrarían ambos en la
realidad, como dos puntos microscópicos, como dos átomos, cuya vida nada
significa?...
--Necesito creer--dijo con toda la energía de su egoísmo maternal--. Mi
único consuelo es esperar que volveremos á encontrarnos en un mundo
mejor; un mundo que no conozca las guerras ni la muerte... Pero de
pronto me falta la confianza, y sólo veo la nada... ¡la nada! Soy muy
digna de lástima, Miguel.
Estas palabras no conmovieron al príncipe, á pesar de la desesperación
que Alicia ponía en ellas. Su ansia de enamorado sólo le dejaba pensar
en el presente.
--¿Y yo?--dijo con tono de reproche--. Me has abandonado en el mejor de
nuestros instantes. Eres desgraciada; razón de más para que no me alejes
de tu lado. Yo puedo alegrar tu vida... Adivino lo que piensas. No, no
pretendo hablarte de amor. Tal vez más adelante, ¡pero ahora!... Ahora
quiero ser tu compañero, tu hermano, lo que tú quieras que sea, pero al
lado tuyo. ¿Por qué huyes de mí? ¿por qué me cierras tu puerta como á un
extraño?...
Continuó desordenadamente sus quejas, sus protestas, sus rencores, por
aquel alejamiento inexplicable.
--¿Tengo yo alguna culpa de tu desgracia?--terminó preguntando--. ¿Soy
ahora otro hombre que la última vez que nos vimos?
Ella movió la cabeza tristemente. No podría convencer á Miguel por más
que hablase; era superior á sus fuerzas el explicar sus nuevos
sentimientos. Parecía desalentada ante el obstáculo que se había
interpuesto entre los dos.
--Déjame, olvídame; es lo mejor que puedes hacer... No; tú no has
cambiado, pobrecito mío. ¿Qué mal puedes haberme causado tú, tan bueno,
tan generoso? Me has ayudado á conocer la terrible verdad; por ti la he
sabido; y aunque esto me mata, lo creo preferible á la incertidumbre...
Tú no tienes la culpa, tú has hecho todo lo que yo te pedí. Pero
atiéndeme, te lo ruego: no me busques, evita nuestro encuentro. Es el
último favor que podrás hacerme. Sólo lejos de tu presencia encontraré
cierta tranquilidad.
La voz de Miguel dejó de ser suplicante, estremeciéndose con un temblor
de cólera. ¿Cómo podía ser él un obstáculo para su tranquilidad? ¿No
acababa de decirle que sólo quería ser un compañero de su desgracia,
olvidado del amor, con un afecto neutro y dulce, igual al de la
amistad?... Ahora que era desgraciada, sentía con más vehemencia el
deseo de permanecer á su lado. ¿Por qué capricho absurdo huía de él?
Alicia le miró con unos ojos lacrimosos que reflejaban las vacilaciones
de su pensamiento. Al fin pareció decidirse.
--Tú no has cambiado--dijo con voz sorda--, pero yo soy distinta. El
infortunio ha hecho de mí otra mujer. Yo misma no me reconozco... Una
idea fija me domina. Tal vez es absurda; si te la digo, sé que vas á
protestar con justa indignación. No, tú no tienes la culpa; pero es
mejor no verte. Tu presencia hace más grande mi remordimiento. Viéndote,
siento una vergüenza inmensa, un deseo de morir, de matarme. Tengo la
sospecha de que soy yo la que ha asesinado á mi hijo... Recuerdo lo
pasado entre nosotros: reconozco el castigo.
La cólera de Lubimoff se desvaneció ante estas palabras inexplicables.
Maquinalmente tomó las manos de ella con una dulzura acariciante, lo
mismo que si fuesen las de una enferma en pleno delirio. ¡Calma! ¿qué
estaba diciendo? ¿qué remordimientos eran esos? Las manos se dejaron
tocar á través de los guantes con una pasividad resignada, pero de
pronto resucitaron, desprendiéndose violentamente de las de Miguel, como
si acabasen de recibir un profundo choque. «¡No! ¡no!» Y el príncipe
tuvo la convicción de que entre los dos existía una especie de flúido
repelente, algo que no había conocido hasta entonces: el miedo á su
persona.
Quedó tan desconcertado y humillado por este movimiento retráctil, que
no supo qué decir. Ella aprovechó su silencio para seguir hablando, pero
como si tradujese á solas una pesadilla, como si no viera al hombre que
estaba ante sus ojos.
--Cuando me acuerdo... ¡qué vergüenza! Mi hijo, mi pobre hijo viviendo
como un esclavo, sufriendo hambre, recibiendo golpes, él tan noble, tan
hermoso... y su madre aquí, haciendo la niña, extasiándose con unos
amores ideales, dando paseos poéticos por los jardines, cambiando
besos... un romanticismo de vieja. Las locuras del juego aún podían
tolerarse. Jugaba pensando en él; el dinero era para él; ¡pero el
amor!... Parece imposible que haya podido hacer todo eso mientras mi
hijo estaba prisionero y yo carecía de noticias. ¿Qué fuerza demoniaca
me empujó?... Y Dios me ha castigado; y si no es Dios, el que sea: la
fatalidad, un poder misterioso que nos hace expiar nuestras faltas,
llámese como se llame.
Miguel quiso interrumpirla, pero ella siguió hablando.
--Sé lo que vas á decir; es inútil. Lo que tú digas me lo he dicho yo
muchas veces para convencerme de que mi creencia es absurda. ¿Y qué
probaría eso? Todo lo que no conocemos es absurdo, y ¡conocemos tan
pocas cosas!... No; mi remordimiento no se dejará convencer nunca; no
evitarás que de noche entretenga mi insomnio haciendo cálculos,
recordando fechas. Cuando empecé á interesarme por ti, mi hijo vivía
aún, y yo lo olvidé. Cuando nos paseábamos por los jardines de San
Martino, tal vez estaba agonizando de hambre, de sufrir martirios, ¡y
yo, como una heroína de novela, como una colegiala loca, besándome
contigo, haciéndote promesas!... Además, ¡la llegada del telegrama en la
misma tarde que ibas á venir tú, como algo definitivo en mi existencia!
¿No vea una intervención superior, un castigo á mi maldad?
En vano intentó el príncipe hablar otra vez.
--Por esto huyo de ti; por eso no he contestado tus cartas. Tú no tienes
la culpa; pero eres el remordimiento, y tu presencia resucita mi
crimen... Además, me conozco; no soy mas que una pobre mujer, como quien
dice la debilidad, la inconsciencia, el olvido. Te aceptaría como un
camarada de dolor, y como no me eres indiferente, tal vez acabase por
ceder á lo que deseas. Y eso sería horrible, más horrible aún que lo
otro; uno de esos atentados que cometen contra las leyes naturales los
que están enloquecidos por la pasión... No me busques; no quiero verte.
Tengo la certeza de que he matado á mi hijo. Si hubiese sido una
verdadera madre, pensando sólo en él, ¡quién sabe!... tal vez viviría
aún. Pero alguien quiso castigarme por mi conducta desnaturalizada, y lo
mató, para que yo despertase, cuando me creía más feliz en mi torpe
enamoramiento.
Miguel ya no quiso hablar. Sus ojos miraron á esta mujer con lástima y
desaliento. Recordó á la princesa Lubimoff y sus extravagantes creencias
en el misterio; á la misma madre de Alicia con sus manías devotas.
Resultaría inútil cuanto intentase decir. Aquella certidumbre absurda y
dolorosa se abría entre los dos como una profundidad que sólo el tiempo
podría rellenar.
El mutismo del príncipe sirvió para que ella perdiese la nerviosa
exaltación que le hacía expresarse con tanta vehemencia.
--Déjame--murmuró dulcemente--. ¿De qué modo servirte? Ya no soy una
mujer, soy una vieja; tengo tantos siglos como el dolor. Tú necesitas
una amante, y yo soy simplemente una madre... una madre con
remordimientos.
Su renuncia al pasado, la convicción de que sólo era una madre
desesperada, cortó su voz con un gemido, al mismo tiempo que sus ojos se
llenaban de lágrimas. Con una mano tímida apartó Miguel el pañuelo que
ella se había llevado al rostro para ocultar su llanto. Murmuraba frases
incoherentes, con la intención de consolarla; pero á continuación, la
cólera volvió á dominarle.
--Si realmente estuvieses sola--dijo con voz rencorosa--, yo podría
aguardar, y tal vez el tiempo acallase esos escrúpulos absurdos que te
atormentan. Pero tu soledad es mentira. Un hombre entra á todas horas en
tu casa como si fuese suya, mientras yo debo alejarme, según dices, para
que recobres la tranquilidad.
Alicia, por instinto femenil, se había apresurado á llevar otra vez el
pañuelo á su cara al sentirse libre de la mano de Miguel. Debía estar
fea con los ojos acuosos, la boca pálida, la nariz enrojecida por el
llanto. Pero las palabras del príncipe produjeron en ella tal sorpresa y
tal deseo de repeler una suposición injuriosa, que separó la arrugada
batista de su rostro.
--¿Te refieres á Martínez?... ¡Pobre muchacho!
Abandonaba la alegre sociedad de sus camaradas, sus paseos en grupo,
hasta las fiestas á que eran invitados los oficiales convalecientes,
para aburrirse en Villa-Rosa al lado de una mujer que sólo podía llorar.
Cuando ella deseaba venir á la iglesia, tenía que obligarle á que se
marchase por una hora ó dos al atrio del Casino con sus compañeros de
armas. ¡Las visitas del joven inválido representaban tanto para
Alicia!... Eran como una caridad.
--Me forjo la ilusión de que es mi hijo. Sus pocos años y su uniforme
ayudan á este engaño. Tú no has tenido hijos; no puedes saber la
necesidad que sentimos, cuando los hemos perdido, de poner nuestro amor
huérfano en otros seres, imaginándonos que se parecen á los que
murieron. Yo necesito continuar siendo madre, ya que no puedo ser otra
cosa; y ese infeliz no conoció á la suya, no tiene á nadie en el mundo,
está solo como yo... Déjame que busque un poco de ilusión allí donde
puedo encontrarla. ¡El pobre agradece tanto mi afecto! ¡Se siente tan
feliz en mi casa! Acuérdate: es un condenado á muerte, y sólo un cuidado
maternal, un atmósfera dulce y plácida, podrán prolongar sus días.
Ella deseaba realizar esta obra tal vez por egoísmo, por borrar de su
memoria con una larga acción generosa todo lo malo que había hecho
antes. Quería que fuese su hijo, un hijo inventado por su dolor, al que
dedicaría todo lo que era imposible hacer por el otro salido de sus
entrañas.
También calló ahora Miguel, comprendiendo la inutilidad de su
insistencia. Conocía el carácter de Alicia. Detrás de su voz quejumbrosa
adivinó la resuelta voluntad de mantener á su lado á aquel joven que
refrescaba sus sentimientos maternales y era á la vez un consuelo para
el remordimiento que se había forjado.
La consideración de su impotencia acabó por irritarle, haciéndole sentir
un cruel deseo de molestar á aquella mujer.
--Haces mal, Alicia. El mundo ignora tu secreto. Ya sabes lo que creía
antes de ti y de tu hijo. Tú misma reías, encontrando graciosos tales
errores... Ahora, el equívoco continuará con mayor razón. Muchos se
imaginan que has sustituido al joven que murió con otro joven.
Alicia perdió su triste serenidad.
--¡Qué infamia!--dijo--. ¿Cómo pueden creer eso? ¡Pobre Martínez!...
¡Tan bueno! ¡tan respetuoso!
Luego continuó con arrogancia:
--¡Que digan lo que quieran! Yo deseo olvidar al mundo; que el mundo se
olvide de mí... Ya he muerto.
Pero Miguel insistió en su rencor:
--El otro era tu hijo, y yo lo sabía. Este no lo es, y conozco el poder
de seducción que ejerces, aun contra tu voluntad. Acuérdate del «banco
de los viejos».
¡Ay! Por donde ella pasase, la mirada del hombre se engancharía en el
ritmo de su cuerpo: y aquel joven, aquel extraño, iba á acabar...
No pudo seguir.
--¡Tú también!...--exclamó ella--. ¡Adiós, Miguel! Siempre pensaré en
ti, pero es mejor dejar de vernos. No me guardes rencor. Tal vez algún
día...
Y resueltamente le volvió la espalda, descendiendo las gradas hacia el
bulevar.
El príncipe quedó inmóvil unos instantes. Luego avanzó hasta el borde
del último escalón, pero sólo pudo ver un carruaje con la capota
levantada, cuyos dos caballos emprendían el trote.
¡Y para llegar á esto había deseado con tanta vehemencia su encuentro
con Alicia!... El despecho le hizo juzgarse duramente; no había sabido
hablar. Después recordó todos sus razonamientos y sus recriminaciones,
asombrándose del poco efecto que causaban en ella. Era indudablemente
otra mujer. Alguien la había cambiado; alguien era el culpable de esta
absurda situación.
Gran parte de aquella noche la pasó reflexionando. No se le ocurría
censurar á Alicia. Hasta se arrepintió de sus palabras agresivas.
¡Infeliz! Una exaltación de su sensibilidad la hacía ver culpas y
remordimientos en todos sus actos anteriores.
«Además, las mujeres--continuó diciéndose--, al menor choque nervioso,
lo primero que pierden es la lógica.»
Necesitaba concentrar su rencor en alguien que no fuese ella, y como
Miguel creía no haber perdido la lógica, hizo caer la responsabilidad de
todo sobre Martínez. Este era el único culpable. De no entrometerse en
la vida de los dos, Alicia, al verse sola en su desgracia, habría
buscado más que antes el apoyo del príncipe. ¡Qué regalo les había hecho
«la Generala» al presentar á este aventurero!
En vano su razón intentó argüir que no era el oficial el que iba en
busca de Alicia, sino ésta la que lo conservaba en su casa, aislándolo
de sus antiguas amistades. Lubimoff no renunció á su rencor. Era
Martínez y nadie más el que se colocaba entre ambos.
Hasta entonces sólo había fijado su atención ligeramente en este
muchacho, al que Toledo llamaba «el héroe». ¡Eran tantos los héroes en
el momento presente! Su odio fué despojándolo del prestigio que le daban
sus hazañas y su desgracia. Lo vió sin uniforme, sin sus cruces y sus
heridas, tal como debió ser antes de la guerra: un pobre empleadillo, un
dependiente de comercio, que nunca había puesto sus ilusiones amorosas
más allá de una modista ó una dactilógrafa... ¡Y éste era el personaje
interesante que se erguía enfrente de él!... ¡Tiempos intolerables!
Paseó al día siguiente toda la mañana por sus jardines, resuelto á no
volver á Monte-Carlo. Sentía despecho al recordar la ternura con que
Alicia había hablado de su protegido. Era mejor no tropezarse con él.
Pero en la tarde le pesó la soledad de su hermosa «villa», que parecía
abandonada. Atilio, el pianista, hasta el coronel, todos estaban en el
Casino. El también quiso ir, para confundirse con aquel público que se
ocupaba al mismo tiempo de los incidentes de la guerra y de los azares
del juego.
En el atrio marchó hacia los grupos de lectores agolpados ante los
últimos telegramas. La gente tenía por buenas las noticias, ya que no
eran extremadamente malas, como en los días anteriores. Los aliados
habían detenido el avance del enemigo, inmovilizándolo sobre el terreno
que acababa de conquistar. Seguía el bombardeo de París por los cañones
de gran alcance... Y nada más.
Un hombre hacía comentarios en alta voz. Era Toledo, que, como todas las
tardes, daba su conferencia de estratega ante un semicírculo de
admiradores. Vuelto de espaldas al príncipe, iba soltando el chorro de
su límpido optimismo, de su fe simple, que desgracias y reveses no
lograban conmover.
--Ahora ya los han clavado sobre el terreno: no avanzarán. Dentro de
poco será el contraataque. Lo sé; me consta.
Se frotaba las manos, guiñando un ojo maliciosamente.
--Y los americanos llegan y llegan. Hay día que desembarcan diez mil.
¡Un pueblo maravilloso!... Lo que yo he dicho siempre: ese Wilson es un
grande hombre. Lo conozco bien.
Todos escuchaban con deleite esta voz de esperanza que refrescaba los
corazones antes de que se entregasen á las angustias de la ruleta y el
«treinta y cuarenta». Hablaba con la autoridad de un hombre bien
relacionado y que puede saberlo todo. «Conocía á Wilson»; él mismo
acababa de declararlo. Además, era un coronel--aunque nadie sabía de qué
ejército--, un «técnico», incapaz de expresarse caprichosamente. Y
muchos se trasladaban sin perder tiempo á las salas de juego para
repetir sus comentarios, como personas bien informadas.
El príncipe se alejó, temiendo cortar con su presencia este triunfo
profesional, que se repetía todas las tardes.
Al pasearse por el atrio, antes de entrar en los salones, vió junto á
una columna un grupo de oficiales franceses, todos convalecientes.
Privados de ir más adentro, á causa de su uniforme, permanecían allí,
mirando con cierta envidia á los «civiles». Unos se mantenían erguidos,
sin dolencia visible, con una delgadez de aguiluchos, la nariz picuda,
los ojos audaces, el bigote alborotado; otros, de cara juvenil, se
encogían como valetudinarios, apoyados en sus bastones, con el pecho
hundido bajo las desmayadas arrugas del paño del uniforme, y haciendo
una larga pausa de reconcentrada voluntad cada vez que deseaban mover
sus piernas. Algunos habían llegado á Mónaco como incurables, después de
un largo cautiverio en Alemania; los demás venían de los hospitales de
la línea de fuego; y todos mostraban una desorientación gozosa al verse
en este rincón paradisíaco, donde las gentes parecían olvidadas del
resto de la tierra y los ojos femeninos les seguían con una expresión
enigmática, entre amorosa y maternal.
La diestra de uno de estos militares se elevó hasta su visera para
saludar al príncipe. Este se fijó en el color amarillento del kepis,
luego en el uniforme del mismo color y la línea policroma de las
condecoraciones. Era Martínez, el teniente de la Legión extranjera, que
le saludaba con cierta timidez, pero satisfecho al mismo tiempo de que
sus compañeros le viesen en buenas relaciones con un personaje famoso
del que tanto se hablaba en la Costa Azul.
Miguel devolvió el saludo maquinalmente y siguió adelante. Este momento
quedó fijo en su memoria para toda la vida. Los años y la cordura que
éstos traen consigo parecieron desprenderse de él como las cortezas
secas de un árbol que renace. Se creyó vuelto á la juventud. Fué por
unos instantes aquel capitán Lubimoff de la Guardia imperial,
atropellador de obstáculos y desconocedor del escándalo cuando alguien
se oponía á su voluntad.
Volvió á mirar de lejos el grupo de oficiales. ¡Y este teniente de pobre
estatura, que parecía un tenedor de libros elevado por la movilización,
era su enemigo!... Creyó verlo por primera vez. Perdido entre sus
compañeros aún le pareció más insignificante que en sus visitas á
Villa-Sirena.
Permaneció inmóvil, con su mirada fija en el grupo. «¡Vas á cometer un
disparate!», gritaba una voz en su interior. Y pasó por su memoria la
imagen del duro Saldaña, bondadoso y tolerante con los débiles, como
todos los que están seguros de su fuerza. Una frase que no había
recordado nunca cruzó ahora su pensamiento: «El caballero debe ser bueno
y no abusar nunca de su fuerza.» Estaba seguro de que su padre le había
dicho esto siendo él niño... Pero á continuación, la dualidad que
existía en su interior se expresó por medio de otra voz más fuerte é
imperiosa, una voz femenina igual á aquella otra que le aconsejaba en su
juventud: «Gasta, no te prives de nada, colócate sobre todos; piensa
siempre que eres un Lubimoff.» Y vió á la difunta princesa, no de María
Estuardo, con su luto teatral, sino dominadora y todavía bella, lo mismo
que cuando aterraba con sus cóleras á su esposo «el héroe» y ponía en
revolución el palacio de París.
Maquinalmente se aproximó al grupo de oficiales, y sus ojos volvieron á
tropezarse con los de Martínez. Este vino hacia él con una sonrisa
interrogante. Miguel comprendió que le había hecho un signo de
llamamiento sin darse cuenta de ello, por un impulso de su voluntad,
que parecía moverse completamente desligada de su razón. ¡Tanto peor!...
¡Adelante!
Con cierto apresuramiento se fué llevando al joven hacia el vestíbulo
del Casino, como si quisiera evitar la presencia de los grupos que
llenaban el atrio.
--Teniente, voy á decirle una cosa... Necesito... pedirle un favor.
Balbuceaba, no sabiendo cómo expresar un deseo que él mismo tenía por
absurdo. Esta indecisión, unida á las vacilaciones de su voz, acabó por
irritarle.
Se detuvieron junto á la cancela de cristales de la entrada. Martínez
había perdido su sonrisa, mirando con asombro el gesto duro y la palidez
del príncipe.
--En una palabra--dijo éste con resolución--: lo que yo tengo que
pedirle es que visite con menos frecuencia la casa de la duquesa de
Delille. Si se abstiene en absoluto de ir á ella, aún será mejor.
Y descansó, respirando con cierto desahogo, después de haber lanzado su
pretensión.
El asombro de Martínez fué en aumento. Dudó un instante, fijos sus ojos
en los de Lubimoff. No era una broma: la mirada agresiva de este
personaje que siempre le había tratado con amable indiferencia, la
sequedad de su voz, cierto temblor de su mano derecha, indicaban que
había expresado todo su pensamiento, y que detrás de este pensamiento
latía un odio enorme contra él.
La sorpresa le hizo hablar con timidez. El visitaba á la duquesa porque
esta señora le pedía que fuese á verla todos los días. Muchas veces
había sospechado que su asiduidad pudiera resultar inoportuna; pero
todos sus intentos de alejamiento eran inútiles. Apenas se ausentaba por
unas horas, aquella buena dama le hacía buscar. Se mostraba bondadosa
con él como una madre.
De repente, se desvaneció su tono humilde. Sus ojos adivinaron en los de
su interlocutor algo que él mismo no había pensado nunca. El teniente
pareció transfigurarse, creciendo hasta quedar al nivel del príncipe.
Brilló su mirada con el mismo resplandor fulvo que la del otro; todo su
cuerpo se arqueó con la tensión de un muelle que va á saltar; las
alillas de su nariz se agitaron nerviosamente. El empleadillo tímido de
ademanes recobraba su gallardía de hombre de combate. Su voz sonó ronca
al seguir hablando.
El iba adonde le llamaban, adonde quería ir, sin reconocer á nadie el
derecho de mezclarse en sus actos. Era la duquesa la única que podía
cerrarle la puerta de su casa. ¿Por qué intervenía el príncipe en los
asuntos de aquella señora sin consultar antes su voluntad?
--Soy su pariente--dijo Miguel, algo indeciso en su interior al invocar
este parentesco que muchas veces no había querido reconocer.
Los dos se vieron al otro lado de la cancela, sobre el rellano de las
gradas del Casino, en pleno aire, frente á los árboles de la plaza y los
grupos de paseantes que daban vueltas en torno del «queso». Tuvieron que
apartarse á un lado, para no impedir la circulación de los que entraban
y salían.
--Además--continuó el príncipe--, mi deber es evitar murmuraciones. No
puedo permitir que, viéndole á usted metido allá á todas horas,
supongan...
Casi se arrepintió de sus palabras al notar el doble efecto que
producían en el joven. Primeramente se indignó. ¿Había quien osaba
murmurar de aquella gran señora, tan santa para él? Pero esta protesta
fué acompañada de una irreflexiva satisfacción, de un orgullo pueril,
como si agradeciera, á pesar de todo, que mezclasen su nombre con el de
la otra en absurdas suposiciones. Parecía que Martínez acababa de
descubrirse á sí mismo, dando cuerpo y nombre á sentimientos obscuros
que hasta entonces sólo habían latido dentro de él en una forma
larvaria.
El alma celosa del príncipe fué adivinando, con aguda percepción, todo
lo que pensaba el otro, y esto avivó el incendio de su cólera. ¡Con qué
arrogancia asumía este empleadillo la defensa de Alicia! ¡Cómo se
delataba su enamoramiento!...
--Si alguien se permite hablar de la duquesa--dijo el teniente--, si
murmuran porque me dispensa el honor de recibirme en su casa (¡el mayor
honor de mi vida!), yo me encargaré de castigar al que invente eso,
aunque esté muy alto, aunque se crea muy poderoso...
Lubimoff le escuchó con impaciencia. Ahora era Martínez el que se
permitía atacarle. Sus últimas palabras significaban una amenaza para
él.
Además, se sintió irritado contra su propia torpeza. Su acción
imprudente sólo servía para que este joven abriese los ojos, pensando en
la posibilidad de muchas cosas que nunca había podido imaginar, y que,
de imaginárselas, las habría rechazado inmediatamente, por desatinadas.
¡Y era él mismo quien venía á demostrarle que, según la opinión de los
maldicientes, resultaban posibles tales cosas!...
El tono con que el oficial defendía á Alicia excitó aún más su cólera.
Adivinaba en él un gran orgullo, la vanidad del pobre muchacho que sólo
ha conocido las aventuras de amor á través de los libros, y de pronto se
ve en relaciones supuestas con una duquesa y rival de un príncipe. ¡Qué
gloria para un advenedizo!
--Joven...--dijo la voz dura de Lubimoff.
Esta simple palabra fué seguida de una mirada de altivez, de
superioridad aplastante, que pareció barrer todo cuanto la guerra había
puesto de extraordinario en Martínez: el uniforme, las condecoraciones,
las cicatrices gloriosas. Para él ya no existía el oficial; sólo quedaba
el pobre vagabundo de años antes yendo de un hemisferio á otro en busca
del sustento. «Joven...», repitió con un tono que resucitaba todas las
castas y las gradaciones sociales de los siglos muertos, para que el
interpelado se diese cuenta de la enorme separación entre su persona y
la del hombre que se dignaba darle consejos.
--Joven... acabemos. ¿Y si yo le ordeno que no vuelva más á esa casa?...
¿Y si le exijo que...?
No pudo terminar. Su voz amenazante, dura como un grito de mando,
indignó al hombre vestido de uniforme. ¡Haber arrostrado la muerte
durante tres años entre miles de camaradas que estaban ya bajo tierra;
despreciar la vida como algo cuya fragilidad se ha revelado á cada
minuto; despojarse para siempre, en fuerza de aventuras angustiosas y
heridas atroces, de ese miedo que el instinto de conservación pone en
todos los seres, para que ahora, en una ciudad de placer, á la puerta
de la más lujosa de las casas de juego, un hombre rico y poderoso, pero
que no había hecho nada útil en su existencia, se atreviese á
amenazarle!...
--¡A mí!...--dijo balbuceando de rabia--. ¡Darme órdenes á mí!...
Miguel sintió que una mano se agarraba á los botones de su chaleco. Era
como un pájaro temblón y agresivo, que se detenía un instante en su
ciego impulso para seguir volando hacia arriba. Adivinó la bofetada, é
instintivamente avanzó su diestra. Las dos manos se encontraron cuando
la del joven revoloteaba cerca del rostro del príncipe. Este, más
musculoso, contuvo la mano ofensora, la inmovilizó con dura presión, al
mismo tiempo que sonreía de un modo lúgubre. Los ojos se lo
empequeñecieron, volviendo sus vértices hacia arriba con el crispamiento
de la sonrisa. Eran unos ojos asiáticos. Su nariz se ensanchó con una
aspiración caballuna. Así debieron sonreir en sus malos momentos los
remotos abuelos de la princesa Lubimoff...
--Basta: la doy por recibida--dijo con lentitud--. Designe á dos amigos
para que se entiendan con los míos.
Y soltando la mano de Martínez, le volvió la espalda después de hacerle
un grave saludo. Los gestos de los dos habían sido rápidos. Sólo uno de
los porteros con kepis que montan la guardia en el rellano de la
escalinata había adivinado algo; pero su experiencia profesional le
aconsejó permanecer impasible mientras no hubiese golpes.
Creyó en una simple disputa por cosas del juego. Todo iba á arreglarse
con una explicación y á olvidarse después con una ganancia. ¡Había visto
tanto!...
* * * * *
El príncipe Lubimoff vuelve á entrar en el Casino. Atraviesa el
vestíbulo y el atrio llevando la cabeza alta, pero sin ver á nadie, con
la mirada perdida ante sus pasos.
Le parece que el tiempo ha vuelto de repente sus agujas atrás,
haciéndole saltar en el pasado, volviéndolo á la juventud. Marcha con
arrogancia. Se extraña de que el ruido de sus firmes pisadas no vaya
acompañado de un tintineo de espuelas y del metálico arrastre de un
sable. Al mismo tiempo empieza á ver rostros irreales, rostros que
desaparecieron de la tierra hace muchos años: el cosaco venido de una
remota guarnición de Siberia para vengar á su hermana; un amigo del
mismo regimiento del príncipe, que murió de una estocada en el pecho
después de una cena tumultuosa, mientras lloraba Lubimoff, súbitamente
despertado de su homicida embriaguez; otros á los que asistió como
simple testigo, pero que murieron y resucitan ahora en su memoria, fría
é insensible al remordimiento y á la lamentación.
--El coronel... ¿Dónde diablos estará el coronel?
Atraviesa las salas de juego, buscando una cabeza de pelo canoso partido
en dos secciones brillantes por la raya que se tiende rígida de la
frente á la nuca. La ve al fin sobre el respaldo de un diván, entre dos
sombreros de mujer, cuatro ojos orlados de luto y unas mejillas con las
arrugas rellenas de pasta blanca y pasta rosa. El príncipe interrumpe
con su mudo llamamiento unas explicaciones de la guerra que hacen
estremecer á las dos damas.
--Coronel: un asunto de honor. Quiero batirme mañana. Busca otro
padrino.
Toledo parece desconcertado por la orden. Su primer pensamiento vuela
hasta Villa-Sirena. Ve el negro levitón, la vestidura solemne del honor
pronta á salir de su encierro. Después se desliza por esta alegría una
nube de duda. ¡Un duelo!... ¿Será oportuno ahora que los hombres se
baten en masas de millones, dando su vida por algo más alto y más
general que los rencores individuales?... Sus creencias ahogan
inmediatamente este escrúpulo. «Un caballero debe estar á las órdenes de
otro caballero.» Además, es su príncipe. Y dispuesto á cumplir su
misión, pide el nombre del adversario.
--El teniente Martínez.
Don Marcos cree haber entendido mal; luego vacila sobre los pies y queda
mirando á Su Alteza con estupor. Instintivamente, sin darse el trabajo
de desenmarañar los confusos pensamientos que le asaltan, ve con la
imaginación á la duquesa de Delille. ¿Por qué ha abandonado el príncipe
sus prudentes doctrinas?... Se acuerda, como de un pasado dichoso, de
los tiempos en que florecían «los enemigos de la mujer». No han
transcurrido mas que cuatro meses, y parece que sean siglos. ¡Un duelo
en plena guerra... y con un oficial!... ¡Y este oficial es Martínez, su
héroe!...
Levanta los hombros, inclina la cabeza, hace un gesto de inhibición,
como siempre que su príncipe le da órdenes absurdas con un rostro duro
que le recuerda el de la difunta princesa en sus días borrascosos.
--¿Busco á don Atilio?... Ha tenido varios lances de honor; sabe lo que
es eso, y podrá ayudarme.
Lubimoff acepta. En el -bar- de los salones privados esperará á los dos,
para hablar de las condiciones del encuentro.
Permanece inmóvil en su profundo sillón, frente á una ventana dorada por
la luz del ocaso, en la que se tejen y destejen los hilos de sombra
proyectados por el ramaje inquieto de los árboles. Le parece de pronto
que su espera resulta demasiado larga. Se le ocurre que Castro no está
en el Casino y don Marcos le busca inútilmente. De todo lo pasado apenas
se acuerda. La figura del oficial se ha hundido en la bruma gris que cae
sobre su memoria: no es ya mas que un contorno indeciso. Lo único que
puede ver, con un relieve y un agrandamiento exagerados, como si
estuviese junto á sus ojos, es una mano: una mano que se agarra á su
pecho y sube hacia su rostro que nadie golpeó jamás. La indignación le
hace salir de su huraño ensimismamiento. ¡A él! ¡Una bofetada al
príncipe Lubimoff!...
Cuando levanta los ojos ve á Toledo que se acerca, pero solo, con cierta
confusión, temiendo por adelantado la cólera del príncipe. Este, que se
siente bondadoso y tolerante después de sus violencias en la escalinata,
adivina lo que va á decirle. No ha encontrado á Castro. Y le absuelve
con una sonrisa benévola.
El coronel habla:
--Marqués: don Atilio no quiere.
¿Qué?... Y ante la mirada interrogante de Lubimoff, que no puede
comprender, que se resiste á comprender lo que escucha, Toledo repite,
cada vez más confuso:
--Se niega á aceptar la representación. Me ha dicho que busque á otro.
Tiene unas ideas especiales que...
Y se abstiene de exponer estas ideas. Calla, para no decir algo que el
príncipe no debe escuchar de su boca; acepta como un bien el silencio de
asombro que se interpone entre él y Lubimoff; teme que éste salga de la
estupefacción en que le ha sumido su noticia.
Como desea alejarse, propone algo que le parece un remedio.
--¿Quiere Su Alteza que lo llame? Seguramente vendrá. Tal vez hablando
los dos...
Y se aleja para buscar á Castro, mientras Miguel Fedor vuelve á quedar
inmóvil en su asiento, sin comprender nada.
* * * * *
Lo vió de pie ante su velador, con cierto apresuramiento en sus gestos y
ademanes, como un hombre que arrostra una situación penosa y quiere
salir de ella cuanto antes.
El príncipe le invitó á ocupar el sillón inmediato, pero Castro sólo
quiso sentarse ligeramente en uno de los brazos del mueble, para indicar
su deseo de que la entrevista fuese corta. Además, habló él primero,
exponiendo rudamente su pensamiento, sin preámbulos.
--Te habrá dicho el coronel mi respuesta. No puedo... Bien sabes que soy
tu amigo: hasta me haces el honor de reconocerme como pariente; te debo
mucho; ¡pero eso que me pides... no! Es un disparate, una locura.
Forzosamente habíamos de terminar así; lo he presentido hace algún
tiempo. Tal vez tenías razón cuando hablabas de las mujeres y de la
necesidad de ser sus enemigos (si es que esto resulta posible). Pero de
nada puede servirnos recordar lo pasado: tú ya no eres el Lubimoff que
decía aquellas paradojas. Yo estoy loco, te lo concedo; pero tú lo estás
más que yo, y por eso no te sigo.
Miguel le miró fijamente, sin abandonar su silenciosa inmovilidad,
esperando que continuase.
--¡Un duelo en plena guerra! ¿Tiene eso sentido común? Tú eres un señor
que permanece tranquilo en su palacio, con todas las comodidades que
pueden obtenerse en la época presente, sin correr peligro alguno,
mientras media humanidad llora, sufre hambre, se desangra ó muere. Y
porque estás un día de mal humor (tú sabrás el motivo), ¿quieres batirte
con un pobre muchacho que vive casi milagrosamente, que está enfermo y
débil por haber hecho lo que tú y yo no somos capaces de hacer?... ¿Y me
pides que te represente en esa locura?...
El otro, siempre sumido en su asiento, dijo con voz sorda y rencorosa:
--Me ha insultado... ha querido abofetearme. He detenido su mano junto á
mi cara.
Esto hizo dudar un momento á Castro, que no tenía idea de la importancia
del choque entre los dos hombres. Pero su indecisión fué corta.
--Algo hay que no comprendo y que tú callas. La misma gravedad del
insulto me indica que hubo de tu parte un acto extraordinario.
¡Atreverse ese pobre muchacho respetuoso y tímido á querer abofetear á
un hombre como tú!... ¿Qué has hecho para excitarle hasta ese punto?
Lubimoff no se dignó responder. Sin abandonar su enfurruñada
inmovilidad, preguntó lacónicamente:
--¿Quieres ó no quieres?
Castro, irritado por tal actitud, contestó sin vacilar:
--Es un disparate, y no quiero.
Siguió la inmovilidad del príncipe ante esta negativa, pero Atilio creyó
adivinar sus ideas en la mirada hostil fija en él. Le acusaba de
ingratitud al verse abandonado. Al mismo tiempo hacía responsable á «la
Generala», creyendo que ésta había podido influir en su decisión. ¡Aquel
teniente era tan admirado por doña Clorinda!...
Como si contestase á sus ocultos pensamientos, Atilio siguió hablando.
--¿Tú crees que á mí me interesa ese muchacho con el que deseas batirte?
Me es indiferente; hasta confieso que me es antipático, por los grandes
extremos que hacen algunas señoras sobre su heroísmo. Eso molesta
siempre á los que no somos héroes. Pienso en lo insignificante que
sería hace cuatro años nada más. De conocerlo entonces, tal vez lo
habría visto de tenedor de libros en un hotel ó en la tienda de mi
camisero de París. Figúrate qué amistad!... Pero ha pasado sobre
nosotros la guerra, trastornándolo todo, haciendo emerger á unos,
hundiéndonos á otros en lo más profundo, sin la certeza de volver á
surgir, y ese muchacho es ahora «alguien», es más que tú y que yo; ha
servido de algo, y para mí es sagrado, á pesar de que me inspira envidia
y no admiración.
El príncipe hizo al fin un movimiento de protesta. Luego levantó los
hombros desdeñosamente y volvió á sumirse en su inmovilidad. ¡Aquel
aventurerillo más que él, porque le habían agujereado el pellejo en los
combates!...
--No nos entenderíamos aunque hablásemos toda la tarde--continuó
Castro--. Yo he cambiado mucho, y tú continúas siendo el de siempre.
Creo que ayer encontré mi «camino de Damasco». Me siento otro hombre.
Y por una necesidad de exteriorizar su gran perturbación interior,
siguió hablando, sin fijarse en si el príncipe le escuchaba.
El encuentro había sido cerca de la estación de Monte-Carlo, junto á la
vía férrea. El iba acompañando á dos señoras, una de las cuales le
interesaba mucho. (Miguel pensó otra vez en doña Clorinda.) Un tren de
soldados volvía de Italia; un tren sombrío, sin estandartes, sin ramas
de árboles adornando las portezuelas. Eran franceses. Los habían enviado
á Italia como refuerzo, después del desastre de Caporetto, y ahora los
volvían á llamar apresuradamente, para defender el propio suelo
amenazado.
--Nada de cánticos y de aturdido regocijo; todos silenciosos, cansados y
sucios, de una suciedad épica. Cada vagón parecía una jaula de fieras,
por su olor acre de cuadra de circo. Eran jóvenes y tenían aspecto de
viejos: las barbas hirsutas, los uniformes manchados, las caras
apergaminadas por el sol, endurecidas por el frío, resquebrajadas por
los vientos. El calor les había hecho despojarse de los capotes y
mostraban sus camisas de franela de un color indefinible, impregnadas
del sudor de tantas fatigas y emociones.
Se adivinaba en ellos al batallón predestinado que siempre llega á
tiempo para sostener los choques más rudos; el que aparece puntualmente
en los lugares de mayor peligro, con esa mansedumbre heroica del fuerte,
que deja que le exploten, y trabaja, no sólo por él, sino por todos los
demás que trabajan menos. ¿Dónde no habían peleado estos hombres? En su
propio suelo, en el de los aliados, tal vez en Oriente, y ahora tornaban
otra vez á la tierra de sus primeros combates. Cuando creían haberlo
hecho todo, se enteraban de que aún no habían hecho nada. En el tejer y
destejer de la guerra, era preciso empezar otra vez. Cuatro años antes
se imaginaban haber decidido el triunfo en las riberas del Marne, y
ahora volvían de nuevo al Marne. Todos los inviernos, metidos en el
barro, hundidos en la trinchera bajo la lluvia, se decían: «Este será el
último.» Y llegaba otro invierno, y luego otro, y á continuación otro,
sin que la vida cambiase. De aquí su gesto fatalista y resignado, un
gesto de hombres que se amoldan á todo y acaban por creer que su miseria
será eterna, que nunca volverán los humanos tiempos de la paz.
Cesó de hablar un momento y no hizo caso de la mirada de su amigo, que
parecía preguntarle qué interés podía tener para él este relato.
--Estábamos al borde de un terraplén, apoyados en la valla, y nuestras
cabezas quedaban al mismo nivel que las de los hombres agrupados en los
vagones. El largo convoy, cuya cabeza tocaba ya la estación, iba
avanzando lentamente. Las dos señoras agitaban sus pañuelos, sonreían á
los soldados, les enviaban palabras de saludo. Muchos permanecían
inmóviles, mirándolas con ojos de fiera adormecida. Llevaban cuatro años
de ovaciones, conocían la realidad, la terrible realidad que existe
detrás de ellas. Otros, más jóvenes ó más ardorosos, despertaban á la
vista de estas dos mujeres elegantes. Galvanizados por las sonrisas, se
erguían, pasaban una mano por sus arrugadas franelas, enviaban besos,
intentaban recobrar su apostura de los tiempos en que no eran
soldados... De pronto, uno de ellos olvidó á las mujeres para fijarse
en mi, que también les saludaba con mi sombrero, dando vivas. Era una
especie de diablo rojo y amargo.
Castro le veía aún, como si asomase su cabeza por una ventana del -bar-;
vería tal vez mientras viviese el pergamino blancuzco de su cara,
tirante sobre las aristas de los pómulos; la barba roja colgando de sus
mandíbulas, como si fuese postiza, y sobre todo, sus ojos sarcásticos,
insolentes, de un color verde turbio, igual al de las ostras. Era el
soldado que critica, rezonga y habla contra sus oficiales mientras
cumple sus órdenes. En la vida civil debía haber sido el antipático
rebelde que no concede su aprobación á nada. Al cruzarse sus ojos con
los de Castro, experimento éste un sentimiento de repulsión. Adivinó al
hombre con el que se tiene irremediablemente un choque en la calle, en
el tranvía, en el teatro. Y sin embargo, nunca iba á olvidar su
encuentro de un segundo con este soldado que pasaba y se perdía á lo
lejos, sin mas tiempo que el necesario para dejar caer cuatro palabras.
Despreció á las dos mujeres con su sonrisa irónica. Luego, á Castro, que
seguía tremolando su sombrero, le señaló el fondo del vagón, gritándole:
--¡Aún queda un sitio!...
Y no dijo más.
--Dijo bastante, Miguel. Esa voz agria la estoy oyendo desde entonces:
la oiré siempre, en mis mejores instantes, si continúo aquí. ¿Y la
mirada de sus ojos?... Adiviné todos sus insultos mudos, la comparación
rápida que hizo entre su miseria y mi aspecto de hombre fuerte y bien
cuidado. Yo era para él un cobarde que pasea con mujeres, mientras los
hombres están con los hombres, dando su vida por algo importante.
--¡Bah! Tú eres un extranjero--interrumpió el príncipe, que parecía
fatigado por las palabras de su amigo.
--Yo vivo aquí, y la tierra en que vivo no puede serme extraña. Esta
guerra es por algo más que cuestiones de terreno: interesa á todos los
hombres. Mira á los norteamericanos, que todos creíamos muy prácticos é
incapaces de idealismos; saben que no van á ganar nada positivo, y sin
embargo entran en la lucha con todas sus fuerzas. Además, hay el alma
de las mujeres. ¿Creerás que las dos que venían conmigo rieron el
insulto del rojo, encontrándolo muy oportuno?... Y no me hables de que
las hembras se sienten atraídas en todas ocasiones por el guerrero. Tal
vez sea por el guerrero de los tiempos de paz, brillante y empenachado;
¡pero estos de ahora tienen un aspecto tan miserable!... No; existe algo
muy alto en todo lo que nos rodea, algo que tú y yo no hemos sabido ver,
á causa de nuestro egoísmo.
Su oyente volvió á levantar los hombros con indiferencia.
--Y cuando pienso á todas horas en mi encuentro de ayer, y veo el sitio
que me ofrecía burlonamente el maldito rojo, como si yo fuese una
hembra, como si nunca pudiera sentirme capaz de ocuparlo, ¡tú me
propones que arregle un encuentro mortal con otro de esos hombres que se
consideran, no sin razón, superiores á nosotros!... No; ya lo sabes: no
acepto.
Había abandonado el brazo del asiento y estaba de pie frente al
príncipe. Esto hizo un gesto de cansancio. Le aburrían las palabras de
Atilio, aquella historia infantil del tren, del soldado rojo y de la
invitación insolente. Eso sólo podía conmover á doña Clorinda; él tenía
asuntos mas inmediatos en que pensar. Ya que se negaba á servirle, podía
dejarlo solo.
--¡Adiós, Miguel!--dijo Castro, con la convicción de que este saludo iba
á ser algo más que una despedida momentánea.
--Adiós--contestó el príncipe sin moverse.
Cerca ya de la puerta, Atilio retrocedió.
--Sé lo que significa mi negativa y lo que me toca hacer. Adiós otra
vez. ¡Cree que si me pidieses otra cosa...!
Pero el príncipe interrumpió sus palabras con otro gesto de
indiferencia, y Atilio se alejó, disimulando su emoción.
Inmediatamente hizo su entrada don Marcos en el -bar-, como si hubiese
estado aguardando al otro lado de la puerta la salida de Castro. Nunca
le pareció al príncipe tan activo é inteligente su «chambelán».
--Todo está arreglado, marqués.
Como tenía la certeza de que Atilio no se dejaría convencer, había
buscado un segundo padrino. Pensó un instante en ir á Mónaco para hablar
á Novoa. Luego se acordó de sus relaciones con Valeria. Esta visita
equivalía á hacérselo saber todo á la duquesa. Además, el profesor no
entendía nada en tales asuntos y era compatriota de Martínez. ¡Ya había
bastante con que un español figurase enfrente del oficial!
--Tengo mi segundo--continuó--. Será lord Lewis.
Para él, era Lewis más lord que nunca. Le estaba agradecido por la
prontitud con que había aceptado su petición. Ganaba dinero aquella
tarde y su humor era excelente. Hasta se levantó de su asiento,
abandonando el juego para oir al coronel. Quiso llevárselo al -bar-,
afirmando que ante un -whisky- se habla mejor, y Toledo adivinó por su
aliento que ya llevaba bebidos algunos para celebrar su buena suerte.
Lewis estaba dispuesto á servir á su amigo Lubimoff. En punto á duelos,
sólo conocía los del boxeo; pero se confiaba á la pericia del coronel y
apoyaría cuanto dijese... Inmediatamente había vuelto á su mesa.
Miguel dió sus instrucciones á Toledo. Un encuentro en condiciones
duras, como aquellos que él había presenciado en Rusia. No podía ser
menos: había recibido una bofetada. Y dijo esto con voz fosca,
convencido ya de la completa realización de la ofensa.
Al anochecer salió del Casino, huyendo de las personas conocidas que
invadían el -bar- y le obligaban á sonreir y sostener frívolas
conversaciones, mientras su pensamiento estaba lejos.
Siempre, en sus grandes cóleras, cuando no podía apelar á una acción
inmediata y violenta, la excitación nerviosa iba seguida en él de una
laxitud que ablandaba sus músculos y sus nervios.
Con verdadero placer entró en Villa-Sirena, encontrando una nueva
voluptuosidad en todos los detalles de su bienestar. Aguardó leyendo la
llegada del coronel. A las nueve de la noche tuvo que comer solo. Luego
volvió á la lectura, pero en su dormitorio, acabando por acostarse con
el libro en la mano. Sonrió con una sonrisa que parecía una mueca al
pensar que su fatiga nerviosa le había hecho tenderse en la misma
postura de los muertos.
Fué pasando las páginas, sin perdonar una sola línea, y sin embargo no
podía decir qué es lo que estaba leyendo. De pronto, su atención se
concentraba para recordar. Algo le había ocurrido; algo le esperaba.
«¡Ah, sí!» Y después de reconstruir en su memoria lo de aquella tarde é
imaginarse lo del día siguiente, volvía á su lectura sin sentido.
Las páginas fueron desvaneciéndose como pedazos de niebla; sintió su
mano más ligera: el libro acababa de caer sobre la cama. Instintivamente
buscó el botón eléctrico para hacer la obscuridad, y antes de perder
completamente la percepción del mundo exterior oyó sus primeros
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
401
402
403
404
405
406
407
408
409
410
411
412
413
414
415
416
417
418
419
420
421
422
423
424
425
426
427
428
429
430
431
432
433
434
435
436
437
438
439
440
441
442
443
444
445
446
447
448
449
450
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
498
499
500
501
502
503
504
505
506
507
508
509
510
511
512
513
514
515
516
517
518
519
520
521
522
523
524
525
526
527
528
529
530
531
532
533
534
535
536
537
538
539
540
541
542
543
544
545
546
547
548
549
550
551
552
553
554
555
556
557
558
559
560
561
562
563
564
565
566
567
568
569
570
571
572
573
574
575
576
577
578
579
580
581
582
583
584
585
586
587
588
589
590
591
592
593
594
595
596
597
598
599
600
601
602
603
604
605
606
607
608
609
610
611
612
613
614
615
616
617
618
619
620
621
622
623
624
625
626
627
628
629
630
631
632
633
634
635
636
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
647
648
649
650
651
652
653
654
655
656
657
658
659
660
661
662
663
664
665
666
667
668
669
670
671
672
673
674
675
676
677
678
679
680
681
682
683
684
685
686
687
688
689
690
691
692
693
694
695
696
697
698
699
700
701
702
703
704
705
706
707
708
709
710
711
712
713
714
715
716
717
718
719
720
721
722
723
724
725
726
727
728
729
730
731
732
733
734
735
736
737
738
739
740
741
742
743
744
745
746
747
748
749
750
751
752
753
754
755
756
757
758
759
760
761
762
763
764
765
766
767
768
769
770
771
772
773
774
775
776
777
778
779
780
781
782
783
784
785
786
787
788
789
790
791
792
793
794
795
796
797
798
799
800
801
802
803
804
805
806
807
808
809
810
811
812
813
814
815
816
817
818
819
820
821
822
823
824
825
826
827
828
829
830
831
832
833
834
835
836
837
838
839
840
841
842
843
844
845
846
847
848
849
850
851
852
853
854
855
856
857
858
859
860
861
862
863
864
865
866
867
868
869
870
871
872
873
874
875
876
877
878
879
880
881
882
883
884
885
886
887
888
889
890
891
892
893
894
895
896
897
898
899
900
901
902
903
904
905
906
907
908
909
910
911
912
913
914
915
916
917
918
919
920
921
922
923
924
925
926
927
928
929
930
931
932
933
934
935
936
937
938
939
940
941
942
943
944
945
946
947
948
949
950
951
952
953
954
955
956
957
958
959
960
961
962
963
964
965
966
967
968
969
970
971
972
973
974
975
976
977
978
979
980
981
982
983
984
985
986
987
988
989
990
991
992
993
994
995
996
997
998
999
1000