aquella mujer que tan desesperadamente jugueteaba con la suerte.
Se vió solo. Todo el club estaba reconcentrado en la sala del -baccará-.
Miguel lamentó que Castro no estuviese en el -Sporting-. Hubieran
charlado como en la tarde que Alicia logró asirse por primera vez á las
alas de oro de la Quimera. Tal vez su ausencia era por orden de «la
Generala». El también había venido aquí arrastrado por una mujer.
Un sordo rumor llegó de la sala de juego. Vió poco después algunos de
los curiosos que entraban en el -bar-, deteniéndose ante el mostrador
para beber. Hablaban con grandes aspavientos de asombro. Al oir el
nombre del griego repetido muchas veces, fijó su atención. Había gritado
«¡banco!» al empezar una nueva talla, cuando la banca poseía ciento
cuarenta mil francos. Sólo aquel hombre de suerte era capaz de tal
atrevimiento. Tuvo ocho, pero el pianista mostró luego sus cartas. Nueve
otra vez. Y el -croupier- había barrido para la banca los ciento
cuarenta mil del griego. ¡Qué noche! ¡Y pensar que era el tonto de
Spadoni el que realizaba tales prodigios!...
Algunas mujeres pasaron ante la puerta del -bar- con aire de mal humor,
gesticulando entre ellas. Se mostraban escandalizadas é irritadas por la
fortuna de la de Delille, á pesar de que ninguna de ellas había perdido
un céntimo en el juego. Una suerte así no era natural; debía haber
trampa. No podían decir cómo era la trampa, pero existía indudablemente.
Después pasó el griego, seguido de dos admiradores, sudoroso, con la
pechera arrugada y el chaleco subido, dejando ver la camisa entre sus
picos y la cintura del pantalón. Levantaba los hombros con desprecio. El
mundo estaba trastornado: ya no había lógica. ¡Por eso las cosas de la
guerra marchaban tan mal!...
Y se alejó hacia el pasaje subterráneo, para volver al Hotel de París.
No quería ver mas: esta noche era para los locos.
Tampoco el príncipe deseaba ver, y continuó en su sillón, pidiendo un
nuevo -cocktail-. Desfilaban ante las puertas los que huían amargados
por la suerte ajena y los que llegaban atraídos por la noticia del
suceso.
Permaneció solo, como un espectador que se queda en el vestíbulo de un
teatro y escucha los lejanos estremecimientos del público. Transcurrían
largos intervalos de silencio. Después, un rumor, un suspiro colectivo,
el abejorreo de un comentario en voz baja alrededor de la mesa. ¿Seguía
ganando Alicia?... ¿Iba á verla aparecer como el otro, encogiéndose de
hombros ante los absurdos de la suerte?...
Aún pidió un vaso más; y contemplando las espirales de humo de su
cigarro, fué adormeciéndose. De pronto se incorporó, creyendo haber
recibido un fuerte golpe en la espalda. ¡Pura ilusión! Estaba solo. Sus
ojos, al mirar en torno de él, se fijaron en el reloj. Las dos. Y se
puso de pie, dirigiéndose con lentitud á la sala del -baccará-.
Había disminuído el público, pero todos los que quedaban intervenían en
el juego. La enorme suma reunida por la banca era una tentación. ¡No
había miedo de que los gananciosos quedasen sin cobrar! Hasta los
mirones que pasan la noche de pie, participando de la emoción ajena,
arriesgaban su dinero de luis en luis, esperando que cambiase en favor
del público esta racha de suerte que únicamente soplaba del lado de la
banca.
Lo primero que vió Miguel fué un enorme montón de billetes de mil
francos, de placas de cinco mil, de fichas y papeles de distintos
valores. Era una fortuna. Luego se fijó en Alicia, inmóvil en su
asiento, tal como la había dejado, con un rostro inexpresivo de
cariátide. Sólo sus ojos iban maquinalmente de aquel montón de riquezas
á las manos del banquero. Fumaba... fumaba. En un platillo que un lacayo
había colocado reverentemente al lado de la victoriosa había un montón
de cigarrillos consumidos, con boquilla de oro. Parecía embrutecida por
su éxito, por la monotonía de aquella buena suerte incesante.
El pianista mostraba cierta somnolencia en sus gestos y en su voz. El
triunfo le parecía insípido después de la fuga del admirable griego.
Igualmente habían desaparecido otros jugadores célebres, como si no
quisieran autorizar con su presencia esta fortuna absurda. Los únicos
contrincantes serios eran unos ingleses residentes en Beaulieu, que
tenían abajo sus automóviles. Les interesaba este juego extraordinario,
como si fuese un deporte original; querían luchar contra la buena suerte
de la banca, con una tenacidad británica, únicamente por el gusto de
vencerla. Ellas, huesudas y distinguidas, con amplios escotes y largas
colas, lanzaban un «¡oh!» de asombro cada vez que el -croupier- se
llevaba con la raqueta las fuertes puestas, mientras ellos sacaban del
bolsillo interior del -smoking- nuevos puñados de billetes, saludando su
derrota con metálicas risas.
Spadoni perdió en un golpe veinte mil francos. Lubimoff tuvo el
presentimiento fatal del marino que percibe bajo sus pies el temblor del
buque que va á abrirse, del soldado que adivina el principio de la
derrota.
Un segundo golpe; y la banca perdió otra vez.
Miguel se aproximó con cierta cautela á la silla que ocupaba Alicia.
--Son las dos. Ya es hora de retirarse--murmuró, dejando caer sus
palabras sobre la cabellera que estaba al nivel de su pecho--. Va á
llegar la mala: la siento venir. Dile á Spadoni que se levante.
Ella elevó sus ojos para mirarle con extrañeza. Parecía ebria; no
acertaba á entender sus consejos. Y manifestó su negativa con leves
movimientos de cabeza. Tenía fe en la propia suerte.
La suerte se encargó de reanimar acto seguido su confianza. El banquero
ganaba otra vez, llevándose todas las sumas depositadas en ambos paños
de la mesa. Pero esto no convenció al príncipe. Continuaba sintiendo
miedo, y su inquietud le hizo ser brutal.
Se colocó á espaldas de Spadoni para hablarle discretamente, mientras
miraba en otra dirección. Debía levantarse en seguida, dando por
terminado el juego. Ya era hora.
El banquero torció la cara y miró hacia arriba para reconocer la voz
prudente que le daba consejos desde lo alto. «¡Ah, Su Alteza!» Acompañó
este descubrimiento con una sonrisa de orgullo, satisfecho de que el
príncipe Lubimoff hubiese presenciado la hazaña más grande de su vida.
Y siguió tallando.
Lubimoff se irritó. Este idiota, sumergido en su gloria, no lo entendía:
y si le entendía, se negaba á obedecerle. La voz del príncipe fué
cayendo con una lentitud temblorosa sobre la cabeza que estaba debajo.
¡Spadoni, pianista de los demonios! (Aquí dos ó tres juramentos en
diversos idiomas.) Si no le obedecía inmediatamente, iba á sacarlo de un
zarpazo de su asiento, á darle una pateadura, á arrojarlo por una
ventana...
--¡La última!--dijo el músico.
Cuando dejó de tallar muchos respiraron, satisfechos de que terminase un
juego que parecía un maleficio. Otros contemplaban con asombro y envidia
el enorme montón de la banca mientras el -croupier- lo ponía en orden,
formando fajos de billetes, alineando columnas de fichas de diversos
colores.
Corrió de boca en boca la cifra: ¡cuatrocientos noventa y cuatro mil
francos! Sólo faltaba una pequeña cantidad para medio millón. Pocas
veces se había visto una ganancia tan rápida.
Spadoni, como si fuese el dueño de tales riquezas, las fué metiendo en
un cestillo de mimbre. Temblaba de emoción. Iba á pasar entre los
curiosos sosteniendo contra su pecho el tesoro, lo mismo que otras
noches había visto pasar á su grande hombre con aire de vencedor. ¡Qué
valían al lado de esto los aplausos que llevaba recibidos como
pianista!...
Unos manos ávidas le arrebataron el cestillo.
--No: ¡yo!... ¡yo!
Era la duquesa; ya no tenía por qué fingir indiferencia. Aquel dinero
era suyo. Se había transfigurado al salir de su mutismo expectante; sus
ojos brillaban con un resplandor triunfal; tenía la frente sudorosa; le
latían las mejillas, intensamente pálidas. Llevando el cestillo ante
ella con los brazos extendidos, pasó entre los grupos, lentamente, con
una majestad hierática, dirigiéndose hacia la caja del club.
Permaneció Spadoni junto al príncipe. También sudaba, mientras su rostro
tenía la palidez de la emoción.
--¡Qué noche, Alteza!... ¡Qué noche!
Miraba á todos con orgullo, pero sonreía humildemente al dueño de
Villa-Sirena para que olvidase su resistencia de momentos antes y las
terribles amenazas con que la había acogido.
Al poco rato volvió Alicia hacia ellos, guardando un papel en su bolso
de mano.
El entusiasmo del músico hizo explosión.
--¡Oh, duquesa!... ¡Divina duquesa!
La besaba en uno de sus brazos desnudos; luego en un hombro. Alicia
sonrió ante este homenaje público. El pobre pianista, hiciese lo que
hiciese, no comprometía.
--Gracias, Spadoni; cuente con mi gratitud. Vaya pensando lo que desea:
una casa, un yate, tal vez un piano con teclas de brillantes...
Miguel la escuchó asombrado. Hablaba de buena fe: parecía enloquecida
por su fortuna.
Pero el músico se alejó de ellos. Necesitaba estar solo. Al lado de la
duquesa tenia que compartir su gloria, contentándose con un jirón. Y fué
á reunirse con los ingleses de Beaulieu, que deseaban conocerle de cerca
y beber con él una botella de champaña, proclamándolo el fenómeno más
interesante que habían encontrado en sus viajes.
Alicia y el príncipe se dirigieron hacia el guardarropa.
--He depositado las ganancias en la caja del club--dijo ella mostrándole
el recibo--. De noche no voy á llevarme tanto dinero á mi casa. Mañana
vendré para pasarlo al Banco. Necesito que alguien me acompañe. Envíame
al coronel: es hombre de guerra y debe tener revólver.
Luego, acordándose de algo importante, su rostro tomó una expresión
grave.
--Inútil es decir que mañana arreglaremos cuentas. No creas que olvido
lo que te debo: veinte mil francos del otro día, los trescientos mil de
tu madre... Todo se pagará.
Miguel expresó con una larga risa el asombro que le causaba esta
promesa. Decididamente, la ganancia le había perturbado el cerebro. Un
piano con teclas de brillantes para el otro; ahora centenares de miles
de francos para él. La fortuna recién adquirida en dos horas le parecía
extraordinaria y tan inmensa como su buena suerte.
--Lo que yo quiero--añadió en voz baja, cesando de reir--, lo que yo
deseo de ti, bien lo sabes...
Ella le hizo callar con una mirada acariciante y un siseo discreto que
equivalía á una promesa.
Habían bajado la gran escalera del club; estaban en el vestíbulo, ella
envuelta en una capa de seda con bordados de oro y ricas pieles, que le
recordaba sus salidas de la Opera de París; él con el gabán abierto y un
sombrero flexible forrado de seda.
Los empleados del vestíbulo, enterados de lo que había ocurrido en los
salones, corrieron á la cancela de cristales, con la esperanza de la
regia propina. «¡Un carruaje para la señora duquesa!»
Pero ella deseó marchar á través del silencio de la noche. Estaba
entumecida por su larga inmovilidad; necesitaba, como todos los que se
consideran dichosos, prolongar el goce de su triunfo con un largo paseo.
Bajó la escalinata exterior apoyada en un brazo de Miguel. Pasaron entre
los cocheros y los escasos chófers que formaban grupos esperando á sus
patrones y clientes.
Se sumieron en la fresca atmósfera nocturna, con los ojos fatigados aún
por la espléndida iluminación, con la piel ardorosa por el ambiente
enrarecido de los salones. Los dos se fijaron en que la noche era de
luna, una pobre luna menguante que empezaba á caer detrás de la negra
barrera de los Alpes. La amenaza submarina tenía la ciudad á obscuras.
Un macilento farol con los vidrios pintados de azul dejaba filtrar á
largos trechos su breve radio de luz funeraria.
A los pocos pasos se acostumbraron á esta penumbra. El suelo de las
calles estaba partido en dos fajas: una, de blancura turbia y vagorosa,
reflejo de la luna moribunda; otra, negra, con la tonalidad densa y
pesada del ébano. Instintivamente, marchaban por la acera obscura, como
si temieran ser vistos. Torcieron por una calle curva y en cuesta, la
misma que atravesaba subterráneamente el corredor pompeyano que horas
antes había seguido el príncipe.
Oían aún á sus espaldas las conversaciones de los cocheros ocultos en la
revuelta de la calle, las voces de los empleados del club llamando á los
carruajes por el nombre de sus dueños, los pataleos de los caballos que
sacudían su espera dormitante, los primeros ronquidos de los automóviles
al reanudar su funcionamiento. Miguel, que caminaba silencioso, con el
deseo de alejarse cuanto antes, buscando la soledad absoluta, tuvo que
detenerse al ver que ella había hecho lo mismo. Se anticipaba á sus
pensamientos: no quería ir más lejos.
--Necesito recompensarte--murmuró--. Te dije que al venir ganarías de
todos modos, aunque yo perdiese. Toma... toma.
Sus brazos desnudos, escapando de la sedosa capa, se cerraron sobre los
hombros de él, formando un anillo apretado: su boca sumisa, buscando la
otra boca, se entregó humildemente, con un deseo de dar la felicidad.
Pasó por el fondo de la calle un vivo resplandor, sacándolo todo de la
penumbra con fugaz relieve, lo mismo que un relámpago. Era el reflector
de un automóvil. Ella ni se movió; no temía que la sorprendiesen: las
gentes eran fantasmas sin ninguna realidad. En el mundo sólo existían en
estos momentos ellos dos y aquel montón de papeles y piezas de marfil
guardado en una caja de acero.
Se acordó Lubimoff toda su vida de esta noche. Los relojes estaban locos
indudablemente, lo mismo que su cabeza, que parecía dar vueltas,
siguiendo el ritmo de una música dulce. Tuvo la sensación de que pasaron
varias veces por el mismo lugar, andando y desandando el camino, sin
saber lo que hacían. ¿Qué importaba?... Lo interesante era estar juntos.
Hubo un momento en que despertaron, viéndose sentados en un banco de la
plaza del Casino. De esto estaba seguro el príncipe. Había mirado el
reloj de la fachada. ¡Las tres! Era imposible: creyó firmemente que sólo
iban transcurridos unos minutos desde su salida del club... Y tuvieron
que alejarse, molestados por la curiosidad de un burgués que hacía de
polizonte en tiempo de guerra; un miliciano del príncipe de Mónaco con
traje civil, llevando un brazal de colores en la manga y un revólver al
costado.
Volvieron á marchar por las calles solitarias ó á lo largo de los
jardines públicos, cerrados á estas horas. Ella echaba su busto atrás,
con la capa abierta, abandonándose sobre un brazo que sostenía su talle,
ofreciendo la garganta en tensión, la barbilla prominente, el rostro
casi horizontal, á una lluvia de besos. Contemplaba á su acompañante, de
abajo á arriba, con unos ojos empañados por el amor. Las caricias de
ella eran ascendentes, subían con lentitud voluptuosa, como suben de las
profundidades azules las flores y las estrellas marinas en busca de la
luz.
Contestando á la súplica muda de aquellos ojos que la imploraban desde
lo alto, murmuró repetidas veces, con una voz vagorosa, como si hablase
en sueños.
--Sí; haré lo que tú quieres... ¡Lo que tú quieras!
El, más agresivo en su pasión, hundía su brazo libre en el cálido
encierro de la capa, apoderándose de las desnudeces que dejaba
indefensas el escote del vestido.
Caminaban tambaleándose cuando creían marchar en línea recta; se
detenían los dos al mismo tiempo en ciertos sitios, sin saber por qué.
Su tardo paso ponía en conmoción las «villas». Los perros de los
jardines ladraban furiosamente á los intrusos, incrustando sus hocicos
entre los hierros de las verjas. Estos aullidos les parecían una música
bárbara pero agradable; consideraban con benevolencia todo lo que les
rodeaba; se creían señores de la vida, como en aquellos instantes eran
señores de la noche. Sólo ellos existían en el mundo.
Miguel, obedeciendo á un obscuro impulso, la habló de su hijo. Iba á
recobrarlo de un momento á otro, y su felicidad sería completa...
Inmediatamente se arrepintió de haber evocado este recuerdo, que podía
disolver el hechizo en que vivían. Pero ella no mostró emoción alguna.
--Sí; lo recobraré--murmuró--. Estoy segura. Me acompaña la buena
suerte... Ya era hora, después de sufrir tanto.
Y volvió á entregarse al momento presente. Los dos se sorprendieron al
verse en la calle donde estaba Villa-Rosa. Después de vagar á la
ventura, el instinto había acabado por llevarlos hasta allí.
El príncipe, enardecido por el largo paseo de caricias y abandonos, se
mostraba apremiante.
--Déjame entrar--murmuró--. Nadie me verá... Me marcharé antes que
llegue la aurora...
Alicia se revolvió, como si despertase. Fué su primera negativa en toda
la noche. El jardinero la esperaba seguramente. Valeria tal vez no
estaría dormida. ¡Ah, no!...
Lubimoff, en su desesperación, habló de marchar juntos á Villa-Sirena.
--¡Tan lejos!--continuó Alicia, cada vez con más serenidad, como si
hubiese despertado definitivamente--. Además, aquello es un cuartel; una
casa llena de hombres. ¡Y ese Castro que todo se lo cuenta á «la
Generala»! No, no iré nunca. ¡Qué locura!
El gesto de tristeza, el ademán desalentado del príncipe, la
conmovieron. Su mano se paseó por el rostro de él con una caricia
maternal.
--¡Pobrecito mío!... ¡No pongas esa cara! Ten un poco de paciencia.
Mañana; te juro que será mañana.
Ella, que en otro tiempo había arrostrado con tranquilo impudor las más
atroces murmuraciones, dudó y balbuceó al hablar del día siguiente.
Parecía una jovencita luchando entre su amor y el miedo á perder su
porvenir social.
¡Mañana!... Podía venir mañana á las tres de la tarde.... A las tres,
no; mejor á las cuatro. Valeria habría salido á esta hora seguramente.
Ella enviaría á su doncella á Niza para unas compras; el jardinero y su
mujer estarían ocupados fuera de la casa.
--Pero ¡por Dios! sé prudente.... Si puedes evitar que te vean los
vecinos, mucho mejor.
Y el famoso príncipe Lubimoff asintió á estas recomendaciones muy
emocionado, como un muchacho que organiza su iniciación amorosa y se
conmueve prematuramente ante su misterio.
Quiso acompañarla hasta la verja de la «villa», á pesar de sus
protestas.
--Si fueses otro, ¡bueno! Es natural que un amigo me acompañe á estas
horas; ¡pero tú!... Temo que todos adivinen nuestro secreto.
Unicamente cuando se hubo cerrado la verja, perdiéndose en la obscuridad
el adorable bulto de Alicia, se decidió el príncipe á alejarse.
Tuvo que marchar á pie hasta la lejana Villa-Sirena, y sin embargo le
pareció breve el camino. Le acompañaban recuerdos y promesas. Nunca
había andado tan ligeramente. Creyó avanzar en una atmósfera en la que
se habían disminuído las leyes de la gravitación, en un planeta sumido
en eterna noche primaveral, donde el aire, los árboles obscuros y las
cosas perdidas en la penumbra vibraban con un ritmo poético.
Durmió penosamente, pero se levantó tranquilo y animoso. El encargo de
Alicia resucitó en su memoria. Necesitaba un hombre de guerra, y con
revólver si era posible, para que la escoltase en el traslado de su
fortuna de la caja del club al Banco. El coronel, muy emocionado por
este golpe de la suerte, salió á cumplir el servicio. «¡Pobre duquesa!
Dios acaba por proteger á los buenos.»
Toda la mañana la pasó Miguel ocupado en el arreglo de su persona. Sus
intentos de vida simple y campesina en el retiro de Villa-Sirena no le
habían hecho olvidar los cuidados higiénicos á que estaba acostumbrado
desde la niñez. Pero ahora se trataba de algo más; quería acicalarse,
realzar con exquisiteces interiores su individualidad física, que
consideraba de repente un poco maltratada por los años.
Hizo que el viejo ayuda de cámara rebuscase en el guardarropa de su
pasado. Se acordó de prendas interiores que habían merecido elogios
femeninos. Sentía el mismo deseo de novedad y seducción de una mujer que
se adorna para una entrevista esperada mucho tiempo. Escogió además un
traje que no había llevado nunca en Monte-Carlo, un sombrero nuevo, una
corbata «discreta». Recordaba los miedos de ella, sus súplicas para que
se deslizase inadvertido.
Mientras hacía todo esto, un sentimiento de zozobra, de desconfianza en
sí mismo, empezó á agitarle. Era una inquietud igual á la del estudiante
antes del examen, á la del autor que aguarda entre bastidores, á la del
hombre que va á batirse. ¡Llevaba tantas semanas de desear inútilmente!
¡Hacía tanto tiempo que había renunciado al amor!... Y pensando en
Alicia sentía al mismo tiempo anhelo y miedo.
El coronel regresó á la hora del almuerzo. La operación estaba hecha.
Daba la noticia con un laconismo modesto, como si acabase de realizar
algo importante. Miguel casi le envidió porque había visto á Alicia.
«¿Cómo estaba?»
--Hermosa, hermosa como siempre. Algo pálida... ¡Después de una emoción
como la de anoche! Pero alegre, muy contenta; hablando á cada momento
del marqués. Se adivinaba su gran afecto.
Almorzaron solos. Spadoni iba por el mundo después de su triunfo. Tal
vez estaba en Beaulieu con sus nuevos amigos los ingleses. A Castro lo
había encontrado Toledo entrando en el Hotel de París, donde vivía doña
Clorinda. Sin duda almorzaban juntos para hablar de la ganancia de la
duquesa. Atilio hasta había fingido no entender cuando el coronel le
habló del suceso. ¡Envidias!
Lubimoff se encogió de hombros. Todas las personas eran para él
fantasmas, y las malas pasiones una ilusión. No había mas que dos
realidades: él y lo que le esperaba.
Se vistió, después del almuerzo, con unas precauciones que le hicieron
sonreir por su minuciosidad absurda. Hasta cambió de corbata, buscando
otra de colores más apagados. Las dos y media.... Se contempló de pies á
cabeza en un espejo: traje gris obscuro, zapatos amarillos, un fieltro
blanco de anchas alas echado sobre los ojos para evitar el sol. Nadie
había visto así al príncipe. De lejos podían confundirle con un viajero
de los que visitan de pasada la Costa Azul y vienen á conocer una tarde
la ruleta de Monte-Carlo, marchándose en seguida.
Las tres. Salió de Villa-Sirena. El camino era largo y quería hacerlo á
pie. Este ejercicio robustecería su voluntad, disipando las dudas que le
asaltaban de nuevo. Pensó en el gesto íntimo realizado tantas veces en
otra época, como algo ordinario y maquinal. Su caviloso aislamiento en
los últimos meses parecía haberle entumecido. Sintió la desconfianza del
atleta que ha descuidado sus ejercicios y sospecha si no volverá á
encontrar su antiguo vigor. El miedo ante la simple idea de un fracaso
le devolvió la confianza. No era posible.... ¡Adelante!
Al llegar á la ciudad subió por unas largas escaleras de piedra hasta
las calles de Beausoleil. Esta desviación en su camino la consideraba
oportuna para cumplir las recomendaciones de prudencia que le había
hecho ella.
Entraría en la calle de Alicia por su parte alta, desprovista de casas.
Así evitaba el cruzarse con los vecinos que á estas horas descendían al
centro de Monte-Carlo.
A través de los solares en construcción y de las escalinatas que se
desarrollan pendiente abajo distinguió la inmensidad del mar, y en su
orilla la arboleda de los jardines, la larga masa del Casino á vista de
pájaro, con sus tejados verdosos y las cúpulas amarillas de sus salones,
la gran plaza, el jardincillo circular del «queso», y en torno de él
numerosas personas del tamaño de hormigas.
El príncipe sintió lastima por estos pigmeos. ¡Desdichados! Se
preparaban á jugar, á encerrarse entre paredes, bajo la luz artificial,
sin otra ilusión que la del dinero. A él le esperaba algo mejor: iba á
conocer por unas horas la única embriaguez interesante de nuestra
existencia. Luego rió con lástima de cierto demente que tenía su mismo
rostro y había querido fundar el grupo de «los enemigos de la mujer».
Abominar del amor, querer vivir sin la mujer; ¡pobre príncipe
Lubimoff!...
Las cuatro. Pasando entre pequeñas huertas, entró en la calle de Alicia.
El techo rojo de Villa-Rosa asomaba entre árboles, casi á sus pies.
Siguió bajando. Las piernas le temblaban levemente y se detuvo un
instante para serenarse, llevando una mano á su pecho. Después de una
revuelta, se le apareció la calle en toda su parte habitada, rectilínea
y suavemente pendiente hasta desembocar en una de las avenidas de
Monte-Carlo.
No vió á nadie, y apresuró su marcha para deslizarse en Villa-Rosa antes
de que asomase algún vecino. Pasó rápidamente ante los jardines, con el
aspecto de un hombre que teme llegar tarde al juego. Encontró
entreabierta la verja de entrada. Muy bien: Alicia se había ocupado en
facilitarle el paso.
Entró resueltamente en el pequeño jardín, y le pareció distinguir sobre
unas matas el rostro azorado del jardinero asomando un momento para
volver á ocultarse con precipitación... ¡Algo rara la curiosidad de este
hombre y su gesto despavorido! Pero huía, y el príncipe alabó su
prudencia.
Fué subiendo, con palpitaciones de emoción, los cuatro escalones de la
puerta. Cada uno de ellos despertó en su pensamiento una perspectiva
suavemente rosada como la carne femenil, una nueva visión inconfesable
que le volvía de golpe á su pasado. Percibió en el ambiente, con el
recuerdo más que con el olfato, un perfume conocido: el perfume de ella.
Vió vagamente todo lo que le rodeaba, como si se esfumasen sus
contornos. Le zumbaron los oídos; el deseo le galvanizó con dura
tensión, lo mismo que en sus mejores tiempos. Y con un ademán de
vencedor empujó la puerta, que sólo estaba entornada.
Una mujer salió á recibirle en el vestíbulo, una mujer cuya presencia le
hizo dar un paso atrás.
¡Valeria!... ¿Qué hacía allí? ¿Qué farsa era esta?...
La joven intentó hablarle, y él también quiso hablar al mismo tiempo.
Pero no pudieron.
Otra mujer apareció abriendo rudamente una puerta... Era Alicia, con las
ropas en desorden y el pelo alborotado. Viendo al príncipe, levantó las
manos y avanzó, muda é impetuosa, como si pretendiese abrazarlo. ¡Al
fin!... Nada le importaba la presencia de Valeria; no la vería. En
cambio le pareció que Alicia era distinta: más alta que nunca, más
pálida, con unos ojos que de pronto le infundieron miedo.
El abrazo cayó sobre él, y á continuación todo un cuerpo que parecía
derrumbarse, falto de fuerzas. Sintió contra su pecho un pecho jadeante;
los brazos de ella eran de una frialdad cadavérica; una lluvia cálida
humedeció su cuello.
--¡Miguel!... ¡Miguel!--gemía Alicia.
No pudo decir más. Se ahogaba. Un estertor hizo ondular su garganta,
como si por dentro de ella rodase una bola dolorosa.
El príncipe tuvo que apelar á toda su fuerza para sostener este cuerpo.
Sonó junto á él una voz con el mismo acento monótono y bajo que si
hablase en la habitación de un moribundo.
Era Valeria que también lloraba, sintiendo de nuevo el contagio de las
lágrimas.
--¡Ha muerto!... ¡Murió hace un mes!
Y le mostró un pequeño papel azul: un telegrama de Madrid, llegado media
hora antes.
IX
Spadoni, después de saludar á Novoa en la plaza del Casino, habló de los
ensueños que agitaban sus noches y de sus decepciones al despertar.
--Usted tiene la culpa, profesor. Cuando estábamos juntos en
Villa-Sirena, yo escuchaba esas cosas tan interesantes que usted sabe y
luego me dormía en paz. Ahora no encuentro allá con quién conversar. El
príncipe y Castro se muestran de un humor insufrible; apenas hablan y no
se acuerdan de mí. Yo llevo, como usted dice, una «vida interior»,
siempre á solas con mis pensamientos, y cuando paso allá la noche,
duermo mal, sufro de ensueños, muy hermosos al principio, pero luego muy
tristes. ¡Ay, qué buenas veladas las nuestras cuando hablábamos de cosas
científicas!
Novoa sonrió. Para el músico, el juego y sus misterios eran cosas
científicas. Todas las paradojas que él se había gozado en exponerle las
guardaba en su memoria como verdades indiscutibles. Intentó atajarlo en
su manía, para pedirle noticias del príncipe, pero Spadoni continuó:
--El sueño de anoche fué horrible, y sin embargo no pudo empezar mejor.
Yo poseía el secreto de los errores infinitesimales; había dominado las
leyes ocultas del azar, y era el rey del mundo. Tenía un tren especial,
compuesto de vagón-alcoba, vagón-salón, vagón-comedor, vagón-piscina,
¡qué sé yo cuántos vagones lujosos! un verdadero palacio rodante que me
esperaba en las estaciones, sin que la máquina cesase de echar vapor,
pronta á partir en cualquier momento. Me apeaba de mi tren en todas las
ciudades célebres por sus juegos, como el que baja de su automóvil. Al
verme llegar temblaban los dueños de los Casinos, los empleados y hasta
las mesas verdes. «¡Viva el vengador!», gritaban en el atrio los que
habían perdido su dinero. Pero yo pasaba adelante, impasible como un
dios, sin hacer caso de estas ovaciones de la canalla. ¡Figúrese usted
lo que le costaría ganar al poseedor del secreto de los errores
infinitesimales! Mis doce secretarios colocaban en las diversas mesas un
millón ó dos, siguiendo mis instrucciones. «Empiece el juego.» Yo me
paseaba como Napoleón, dando órdenes á mis mariscales. A la media hora,
la caja se declaraba en quiebra y el Casino en bancarrota. «¡Se va á
cerrar!», gritaban los empleados, como en una iglesia cuando termina el
culto. Y á la salida, los mismos hambrones que me habían aclamado se
arrojaban contra los valientes de mi escolta, pretendiendo matarme, con
repentino odio. Les había cerrado el lugar donde estaba sepultada su
fortuna. Ya no podían volver al día siguiente á perder más dinero con la
ilusión del desquite. Me llevaba su esperanza.
--Exacto--dijo Novoa.
--También tenía un yate, más grande que el del príncipe Lubimoff; algo
así como un acorazado de primera clase. Lo necesitaba para todo mi
séquito: los secretarios, la compañía de bravos encargada de defenderme,
y un sinnúmero de aburridos que, encontrando muy interesante mi persona,
me seguían por todo el planeta, como aquel misántropo que seguía á un
domador de ciudad en ciudad, esperando que sus fieras lo devorasen. Ya
no quedaba funcionando en Europa ningún Casino: el de San Sebastián lo
habían dedicado á convento; el de Ostende servía de laboratorio para
nuevos cultivos de ostras; en todas las poblaciones de baños de mar ó de
aguas medicinales, las gentes sólo se preocupaban del cuidado de su
salud, y cuando querían distraerse jugaban en los paseos á la rayuela y
á otros juegos de niños. Yo viajaba mientras tanto por América y
Oceanía, haciendo quebrar una tras otra todas las grandes casas de
juego. Los periodistas me seguían, formando un segundo séquito más
numeroso que el mío. Los diarios, el cable, las agencias telegráficas,
me anunciaban con una anticipación ruidosa. «¡Va á llegar el invencible
Spadoni!» Y las empresas de juego, considerando su muerte próxima,
hacían dinero con su agonía, vendiendo asientos á precios fabulosos á
todos los que deseaban presenciar mi triunfo. En los Estados Unidos, un
rey de no sé qué artículo daba cien mil dólares por una silla, para
seguir de cerca mi juego irresistible. Jamás se pagó tanto por ver los
pelos de un concertista ó los brillantes de una tiple.
--¿Y Monte-Carlo?--preguntó Novoa, interesado por estos delirios del
jugador.
--A él llegamos. Lo había guardado para el final, pensando en el dinero
que dejé aquí. Cuanto más engordase la víctima, mejor sería mi venganza.
¡El negocio que hizo Monte-Carlo!... Como no quedaba juego en el mundo,
todos los jugadores acudían á este país. La ciudad se había dilatado,
llegando hasta las cumbres de los Alpes; los cuarenta millones que
ganaba el Casino en los años buenos, eran ahora cuatro mil. Los
accionistas se casaban con personas de sangre real: dos reyes de los
Balkanes se hacían la guerra, disputándose la mano de una hija del
cuarto vicepresidente de la sociedad explotadora. El equilibrio europeo
estaba en peligro: las grandes potencias soñaban con anexionarse á
Mónaco en nombre de los intereses históricos y de los derechos étnicos,
pues todas ellas habían tenido y tenían numerosas gentes de su raza
viviendo en este pedazo de tierra... Pero de pronto llegaba el
invencible.
Spadoni, como si aún estuviese soñando, miró el Casino, la plaza, la
entrada de las terrazas, el arranque de la avenida que desciende al
puerto. Lo veía todo tal vez lo mismo que en su imaginación.
--¡Qué de gente! Desde medio año antes no se hablaba en el planeta de
otra cosa. «¿Irá?» «¿No irá?» La Agencia Cook había anunciado en todos
los países un viaje económico en caravana para presenciar este
acontecimiento mundial. El P. L. M. daba billetes de ida y vuelta á
precios reducidos, y todo París estaba aquí. Los dueños de hoteles y
restoranes, por agradecimiento, colgaban mi retrato un el lugar más
visible de sus comedores, siempre repletos. Los diarios publicaban mi
biografía, y al hablar de mis riquezas se veían obligados á romper sus
columnas, colocando una línea de ceros á todo lo ancho de la página, y
aun así, les faltaba espacio. Había olvidado decirle que me vi en la
necesidad de fundar un Banco, sólo para mis tesoros. Y siempre que el
Banco de Londres ó el Banco de Francia se veían en un apuro, me enviaban
atentas cartitas para que los sacase del atolladero.
Novoa rió de la sencillez con que el pianista contaba sus grandezas.
Parecía obsesionado aún por su ensueño.
--Mi yate tuvo que fondear fuera del puerto, entre otros buques. Había
muchos trasatlánticos: cuatro de los Estados Unidos, uno del Japón, otro
de la América del Sur, varios de Australia y Nueva Zelanda, todos con
viajeros llegados del otro hemisferio para ver á Spadoni. Después de
saludar con veintiún cañonazos á Mónaco, salté á tierra entre los
¡hurras! de los marinos extranjeros. Usted comprenderá que un hombre
como yo no podía llegar al Casino vulgarmente sentado en un automóvil.
¡Quién no tiene automóvil!... En el desembarcadero esperaba un simple
cochecito de un solo asiento, que iba á guiar yo mismo. Pero este
cochecito, de ruedas doradas, era tirado por seis mujeres, por seis
hermosas mujeres, todas ellas célebres, y cuyos retratos figuraban lo
mismo en los grandes diarios ilustrados que en los frascos de esencias ó
en las cajas de fósforos.
El profesor extremó su regocijo. Notaba la satisfacción con que el
pianista insistía en este detalle de su entrada triunfal. El
envilecimiento de las seis mujeres elegantes y famosas parecía halagar
su misoginismo. Hablaba con una expresión fríamente vengativa, como si
presenciase la abyección de su mayor enemigo.
--Fué asunto de precio: yo no iba á regatear por millón más ó menos. Lo
único que me ocasionó disgustos fué escoger entre varios miles de
hermosas solicitantes. Tuve que arrostrar la enemistad de grandes
directores de teatro, de hombres de negocios, de ministros, que me
recomendaban á sus protegidas. Hasta un monarca me retiró el título de
duque que acababa de darme, porque rechacé á su amiga predilecta... Las
seis vestían los últimos modelos de la -rue de la Paix-. Los reporteros,
kodak en mano, sacaban instantáneas de lo que iba á ser la última moda.
Además, sus arneses estaban cubiertos de perlas, de brillantes, de toda
clase de pedrería rica, y cuidaban muy bien de no estropearlos, sabiendo
que al final de su trote se los podrían llevar como un recuerdo. Yo
tenía un gran látigo para arrearlas: un látigo de flores. Hay que ser
galante con las damas...
Sonrió irónicamente. Novoa volvió á ver su expresión rencorosa de
misógino.
--Pero por dentro era de acero trenzado, y dejándolo caer sobre mi
hermoso tiro, nos pusimos en marcha. ¡Lo que tardamos en remontar esa
cuesta á través de la muchedumbre! Los extranjeros me aclamaban. Se oía
como un interminable abejorreo el crujido de las máquinas fotográficas.
Todos querían llevarse la imagen del rey del mundo. Reconocí por sus
caras tristes á los vecinos de la ciudad. Los hombres me imploraban con
los ojos, como pobres cautivos; las mujeres me enseñaban sus
pequeñuelos; los ancianos se ponían de rodillas. Yo era el vencedor que,
al arruinar el Casino, talaba su patria, condenándolos á la miseria...
Esta plaza estaba negra de gente. Al bajar de mi vehículo vi la
escalinata del Casino ocupada por un cortejo grandioso. Delante,
monsieur Blanc; luego, su Estado Mayor de consejeros, primeros
accionistas, inspectores, y la corporación entera de los -croupiers-,
todos vestidos de negro, con amplios chaqués de alpaca de corte fúnebre.
En último término gente conocida, cuya presencia me podía conmover...
Para hacerme recordar que yo había sido un simple pianista, aquí me
aguardaban, batuta en mano, los directores de los conciertos y de la
ópera; los profesores de la orquesta con sus instrumentos; los cantantes
espada al cinto ó arrastrando colas femeniles, todos pintados y con
peluca; las muchachas del cuerpo de baile con piernas de fresa pálida y
gasas horizontales en el talle... Estaban prontos á gemir, previamente
aleccionados por la empresa.
--Una palabra, señor Spadoni.
Era monsieur Blanc, que me llevó aparte, entregándome un pequeño papel.
--Guárdeselo y no entre.
Miré el papel: un cheque de un millón. ¡Puá! ¿Qué puede hacer un hombre
con un millón?... Y al ver que lo arrugaba, tirándolo al suelo, el dueño
del Casino me dió otro papel.
--Tome cinco y váyase.
Como tampoco me conmoví, fué sacando cheques de todos los bolsillos:
diez millones, quince... cuarenta...
Mis doce ministros avanzaban con sus grandes carteras llenas de
billetes; mi escolta me abría paso entre el gentío implorante de la
escalinata; mis caballos se impacientaban, relinchando y coceando al
darse cuenta de que algunos inteligentes se habían aprovechado de la
aglomeración para manosear sus corvejones y sus ancas.
--Otra palabra, señor Spadoni: la última. Haremos una revolución,
destronaremos a Alberto, y le daremos á usted la corona de Mónaco. Puede
casarse, si le place, con la hija de un emperador: el dinero lo arregla
todo. Nosotros lo tenemos, usted lo tiene...
--¡He dicho que no! Lo que yo deseo es entrar en el Casino para hacerlo
quebrar y llevarme las llaves.
Esta amenaza le arrancó la suprema concesión.
--Será usted mi socio; le daré el cincuenta por ciento de las
ganancias.... ¿No quiere?... Sea el setenta y cinco.
Al ver que yo seguía avanzando escalinata arriba sin escucharle, se
llevó un silbato á la boca. Su cara fué la de Sansón agarrándose a las
columnas del templo. ¡Antes morir, que ver quebrada su casa! Sonó un
estallido formidable, como si se rasgase el mundo. Habían minado con
todos los explosivos sobrantes de la guerra el Casino, la plaza, la
ciudad. Yo subí, aturdido, hasta las nubes, pero pude ver cómo
desaparecía Monte-Carlo y hasta el peñón de Mónaco, ocupando el mar, con
una ola gigantesca, el sitio de las tierras desaparecidas. Y cuando
volví a caer...
--Despertó usted--dijo Novoa.
--Sí; desperté al pie de mi cama, y oí la voz de Castro en el pasillo
insultándome por haber cortado su sueño con mis gritos. No ría usted,
profesor. Es muy triste soñar esas grandezas, como si uno las estuviese
tocando, y verse hoy tan pobre como ayer, tan pobre como siempre, y
además con una mala suerte tenaz.
La pobreza y la mala suerte de Spadoni hicieron protestar á Novoa. Aún
se acordaban muchos de su fortuna asombrosa como banquero en el
-Sporting-Club-. Era una noche histórica. Además, sabía por Valeria que
la duquesa le había hecho un buen regalo.
--¡Incomparable duquesa!--dijo con entusiasmo el pianista--. Siempre
gran señora. La pobre, en medio de su desesperación, se acordó de mí.
«Tome usted, Spadoni, y que tenga mucha suerte.» Me regaló veinte mil
francos. Si le pido cien mil, me los da lo mismo. ¡Y que sea tan
desgraciada!...
Ante los ojos interrogantes del profesor, continuó:
--Pues bien; de los veinte mil no quedan ni cien.
Corrió en la misma noche al -Sporting- para repetir sus hazañas. Nunca
se había visto con tanto capital, ni á la vuelta de su viaje de
concertista por la América del Sur. El terrible griego estaba allí, y á
pesar de la admiración que Spadoni tributaba á su gloria, lo trató con
implacable hostilidad. «¡Banco!», dijo al verle en su silla de banquero
con quince mil francos delante. Y al presentar sus cartas, «abatió
nueve», mientras el pobre Spadoni sólo tenía cinco. ¡Adiós los quince
mil! Con el resto se había defendido unos cuantos días como simple
«punto», y ya no era mas que un recuerdo la generosa dádiva de la
duquesa.
--¡Si ella quisiera volver al trabajo! Estoy convencido de que yo sería
otra vez el de aquella noche, teniéndola detrás de mí. Pero ¿quién se
atreve á hablarle del juego?
Los dos lamentaron la desgracia de Alicia. Desde el día en que llegó el
telegrama dándole cuenta de la muerte de su protegido, era otra mujer.
Spadoni atribuía á un exceso de buen corazón este dolor tan vehemente
por un joven soldado que no pertenecía á su familia. El profesor aprobó,
pero con un aire enigmático. En la explosión de su dolor, debía
habérsele escapado á Alicia una parte de su secreto delante de Valeria y
ésta se lo habría hecho saber á Novoa.
Luego hablaron del aislamiento en que vivía la duquesa.
--Hace un mes que nadie la ve--dijo Spadoni--. Las gentes empiezan á
olvidarse de ella; muchos creen que se ha marchado. Monte-Carlo es así:
muy chico para los que van al Casino y se rozan á todas horas; enorme,
como una gran capital, para los que no se acercan á las salas de
juego... El príncipe me pregunta por ella muchas veces. Parece que no ha
conseguido verla después de la tarde del telegrama.
Novoa recobró su gesto enigmático al oir el nombre de Lubimoff. Sabía
por Valeria que había ido repetidas veces á Villa-Rosa, sin conseguir
que su dueña lo recibiese. Es más; la duquesa se estremecía de miedo
ante esta visita. «No quiero verle; di siempre que no estoy.» Don Marcos
había sufrido la misma suerte, teniendo que entregar su tarjeta, unas
veces á la confidenta de la duquesa y otras al jardinero. Varias cartas
del príncipe habían quedado sin contestación. Alicia mostraba la firme
voluntad de no ver á su pariente, como si su presencia pudiera hacer más
vivo aquel dolor que la tenía alejada del mundo.
Spadoni, ignorante de todo esto, persistió en sus elogios á la duquesa.
--¡Hermoso corazón! Necesita siempre cerca de ella un desgraciado á
quien proteger. Después de la muerte de su aviador, parece sentir un
gran afecto por ese teniente de la Legión extranjera, ese español tan
enfermo, que tal vez morirá el día menos pensado, lo mismo que el otro.
Pasa los días en Villa-Rosa; allí almuerza y come, y si la duquesa da
algún paseo por la montaña, siempre es con él. ¡Sólo le falta dormir en
la casa!... Cuando tarda en presentarse, ella envía inmediatamente un
recado al hotel de los oficiales.
El profesor se mantuvo silencioso, pero reconoció en su interior la
exactitud de lo que contaba Spadoni. Lo mismo le decía Valeria. Aquel
Martínez estaba á todas horas en Villa-Rosa, muchas veces contra su
deseo. La duquesa necesitaba su presencia, y eso que al verle prorrumpía
en lágrimas y sollozos. Pero el pobre muchacho, con una sumisión
admirativa, la acompañaba en su voluntaria soledad, profundamente
agradecido de que tan gran dama se interesase por él.
--Doña Clorinda es la que debe estar furiosa--continuó el pianista, con
la alegría maligna que le inspiraban las rivalidades entre mujeres--. Ya
no tiene ninguna influencia sobre Martínez, á pesar de que fué ella la
que lo descubrió. Se lo ha arrebatado la otra. Pasan semanas sin que «la
Generala» vea á su teniente; creo que ya ha renunciado á él. Se queja de
su antigua amiga por este acaparamiento, que considera peligroso. Hasta
me han dicho que la acusa de coquetear con el pobre muchacho, de excitar
su admiración, y de otras cosas peores. ¡Un absurdo, profesor! Las
mujeres son terribles en sus odios. Figúrese usted: ese pobre oficial
que es casi un muerto...
Novoa se mantuvo silencioso para que el pianista no continuara hablando.
Temía que dijese algo terrible al repetir las murmuraciones de la otra
dama, con su alegría rencorosa de misógino. El, por sus relaciones con
Valeria, se consideraba unido á la duquesa y no podía tolerar nada
contra ella.
Se separaron después de algunos minutos de palabrería indiferente.
Aquella noche Spadoni habló al príncipe de su conversación con el
profesor, y esto le dió pretexto para repetir lo que doña Clorinda
pensaba de su antigua amiga. Pero el pianista se arrepintió al instante,
viendo la mirada iracunda que le dirigía Lubimoff.
«¡Una infamia!--pensó Miguel--. Calumnias de mujeres, que repite este
imbécil por odio sexual.»
Comprendía que Alicia se sintiese interesada por aquel convaleciente. Su
juventud y su uniforme le recordaban al otro. Además estaba solo en el
mundo, era un extranjero, un residuo de la guerra que todos consideraban
fatalmente condenado á muerte.
Pero á continuación no pudo evitar un sentimiento de celos contra este
pobre joven obscuro y enfermo. Vivía á todas horas cerca de Alicia,
mientras él no lograba verse admitido en su «villa» ni como simple
visitante. ¿Por qué?...
Llevaba varias semanas haciendo conjeturas, atisbando una ocasión para
encontrarse con Alicia. Después de la tarde en que la tuvo entre sus
brazos, secando sus lágrimas, conteniendo las contorsiones de su
desesperación, besando su frente con un dolor fraternal, la verja de
Villa-Rosa se había cerrado detrás de él para siempre. «Ven mañana»,
gimió Alicia al despedirle. Y al día siguiente Valeria le cortaba el
paso con el aspecto confuso del que dice una mentira. «La duquesa no
puede recibirle; la duquesa desea estar sola.» Esta negativa
inexplicable se había ido repitiendo en los días sucesivos, cada vez con
mayor sequedad. Ahora era el jardinero el único que salía al sonar el
timbre, hablándole á través de la verja.
Su despecho le hizo cometer un sinnúmero de acciones pueriles y
envilecedoras. Rondaba por las cercanías de la «villa» como un celoso,
arrostrando la curiosidad de los transeuntes, valiéndose de los más
absurdos pretextos para disimular su espera, ocultándose con
precipitación cuando se abría la verja dando salida á alguien de la
casa. Esta vigilancia únicamente había servido para despertar su cólera.
Dos veces había tenido que esconderse mientras el teniente Martínez,
erguido dentro de su uniforme viejo, que le venía muy ancho, galvanizada
su flacura de enfermo por un deseo de mostrarse sano y arrogante,
entraba en Villa-Rosa, por la puerta abierta de par en par, como si
fuese el dueño.
Los había visto una tarde de lejos, á él y Alicia, en un coche de
alquiler que se alejaba por el otro lado de la calle, hacia las alturas
de La Turbie. Ella se preocupaba del herido, llevándolo maternalmente á
que respirase el aire de las cumbres. ¡Y el príncipe como si no
existiese!...
En vano la escribía cartas, y su tormento aún resultaba mayor al no
poder hablar con franqueza á sus allegados. El coronel, obedeciendo sus
insinuaciones, había hecho inútilmente varias visitas á la duquesa.
--¡Qué dolor tan inexplicable!--decía don Marcos--. No se comprende
tanta desesperación por un joven aviador que no era mas que su
protegido. A no ser que...
Pero su respeto no le permitía insistir en esta sospecha irreverente.
Con Atilio tampoco podía hablar. Para éste, el prisionero muerto en
Alemania era el mismo joven que él había conocido en París antes de la
guerra: el amante de la duquesa, que la seguía á todas partes y danzaba
con ella en los té-tango. Además, Miguel sentía miedo á lo que pudiera
añadir Castro, reflejando el pensamiento de «la Generala».
Esta, en el primer momento, al conocer la desesperación de Alicia, había
querido olvidar los pasados rencores, yendo espontáneamente á Villa-Rosa
para consolarla. Como era muy patriota, aquel muchacho muerto en
Alemania le parecía un héroe. Pero el repentino acaparamiento del
teniente español, aquella simpatía vehemente que obligaba á Martínez á
pasar el día entero con la duquesa, devolvieron á dona Clorinda su
hostil frialdad.
El príncipe adivinó lo que pensaban ella y su amigo, lo que tal vez
diría Castro si osaba hablarle de Alicia. «Acababa de perder á su
amante, y mientras lo lloraba con una vehemencia teatral, se iba
preparando otro, igualmente joven... Un verdadero crimen; porque el
pobre Martínez estaba condenado á morir, y sólo prolongaba sus días
gracias á una absoluta quietud. La más leve emoción representaba la
muerte para él...»
Lubimoff no podía decir la verdad. Su secreto era de Alicia. Unicamente
los dos sabían quién era aquel prisionero muerto en Alemania; y mientras
ella callase, él debía hacer lo mismo.
Una noche, el coronel le dió una noticia interesante. Al caer de la
tarde, cuando regresaba del Casino, había visto desde el tranvía á la
duquesa de Delille. Bajaba sola y vestida de luto de un coche de
alquiler, en el bulevar de los Molinos, frente á la iglesia de San
Carlos. Luego había subido las gradas que conducen al templo: iba sin
duda á rezar por su protegido. Y don Marcos dijo esto con cierta
emoción, como si la visita á la iglesia borrase todos los comentarios
que llevaba oídos en los últimos días.
Miguel tuvo el presentimiento de que este aviso iba á sacarle de su
incertidumbre. En aquella iglesia encontraría á Alicia. Y al día
siguiente, en las últimas horas de la tarde, empezó á pasear por el
bulevar de los Molinos, sin perder de vista el templo único de
Monte-Carlo, lugar de devoción para los jugadores y la gente rica, que
mantiene cierta rivalidad con la catedral del silencioso y aviejado
Mónaco.
Este continuo ir y venir acabó por interesar á los comerciantes de la
calle y á sus dependientas, muchachas de alto y complicado moño que
parecen soñar detrás de los escaparates, esperando un millonario que las
saque de su injusta obscuridad. «¡El príncipe Lubimoff!» Todos le
conocían, y era tal su fama, que inmediatamente cien ojos buscaron cuál
podía ser el objeto de sus paseos. Indudablemente, una mujer. Los
balcones solitarios empezaron á poblarse de cabezas femeninas que
seguían sus evoluciones con el rabillo de un ojo. Se levantaron muchos
visillos, marcándose detrás de los vidrios pupilas interrogantes y bocas
sonrientes. «¿Será por mí?...» Esta pregunta muda parecía extenderse de
fachada en fachada.
Aburrido de tal curiosidad, subió por un doble graderío á la plazoleta
solitaria que precede á la iglesia, empleando allí las mismas
estratagemas que cuando acechaba en las inmediaciones de Villa-Rosa. Se
asomó al interior del templo, punteado de rojo por las luces de unos
cuantos cirios. Sólo había en él dos mujeres del pueblo arrodilladas y
vestidas de luto: esposas ó madres de hombres muertos en la guerra. Al
volver á la plazoleta se entretuvo en leer y releer los títulos de todos
los papeles expuestos en un kiosco de periódicos. Luego se alejó por una
calle, volvió por otra, con aire indiferente, y se ocultó detrás de una
esquina, procurando no perder de vista la entrada de la iglesia. Aquí
resultaba tolerable su espera: no había transeuntes. La circulación del
vecino bulevar permanecía invisible, como si se desarrollase en el fondo
de una zanja. Sólo á través de las ramas bajas de los árboles se veían
pasar los techos de carruajes y tranvías.
Cerró la noche y ella no vino.
Al día siguiente Miguel volvió, pero discretamente, sin despertar la
curiosidad de los tenderos, permaneciendo largas horas en aquella
plazoleta de ciudad vieja, sin otro testigo que la mujer melancólica
que ofrecía sus periódicos en un kiosco sin parroquianos. Y tampoco
llegó.
El tercer día, cuando dudaba ya de la utilidad de esta espera, apareció
el busto de Alicia sobre el filo del último peldaño. Después fué
surgiendo todo su cuerpo, con sobresaltos que marcaban el avance de sus
pies de grada en grada. Caía la tarde. En las fachadas del bulevar, por
encima de la masa verde de los árboles, el sol fugitivo trazaba una
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