--¡Ladrones! ¡ladrones!... Matan a los trabajadores para hacerse ricos... Sólo les importa el negocio, y los pobres que mueran como perros. Después encarábanse con los hombres que iban llegando, albañiles casi todos, que llevaban pendiente del cuello el saquito de la comida. Los insultaban con groseras palabras. ¡Calzonazos! Se quedarían después de esto tranquilos como siempre, esperando que llegase la hora de perecer en otra catástrofe. ¡Ah, si ellas llevasen pantalones! ¡Si las dejasen intervenir en los asuntos de los hombres!... Otra cosa sería. Y los albañiles contestaban con un gesto de desaliento. ¿Qué iban a hacer? No tenían armas; estaban cansados de que les pegasen a la menor protesta en la calle. -¡Armas! ¡armas!...--exclamaban irónicamente algunos compañeros de ojos exaltados--. ¿Y para qué las queréis? Eso no sirve de nada. ¡Dinamita, me caso con Dios! ¡Bombas de dinamita! Maltrana entró en el depósito abriéndose paso en la masa de blusas, y vio el cadáver del señor José sobre una mesa de mármol, dentro de un modesto ataúd que habían costeado los del oficio. Según dijeron al joven, tenía rota la espina dorsal, quebrado su esqueleto por varias partes. La cara mostrábase intacta, contraída por un gesto de inmenso dolor. Isidro sólo pudo ver uno de sus ojos, desmesuradamente abierto, que parecía fijar en él la vidriosa pupila. Creyó leer en este globo mate, de fúnebre vaguedad, el último pensamiento de la víctima, la maldición que pasó como un relámpago por su cerebro al dejar de existir. Indudablemente, había muerto abominando de las veneraciones de toda su vida. Leíase en la contracción de su rostro: había quedado impreso en aquella mueca que parecía una protesta. De poder reanimarse el cadáver, de seguro que gritaría algo subversivo contra la sociedad injusta, contra los hombres crueles, pidiendo destrucción y venganza, para tenderse de nuevo en el féretro tras esta póstuma confesión del engaño de su vida. Cerca del ataúd hablaban algunos de sus compañeros de trabajo. Ya no le llamarían «borrego». Amaba más a los explotadores que a sus camaradas de miseria. La desgracia, siempre ciega, había visto claro esta vez al castigarle por medio de la codicia de aquellos a quienes él defendía. ¡Pobrecillo! De todos modos, era uno de los suyos: una víctima más, por la que había que protestar. Maltrana dejó de ver al señor José. Los compañeros clavaron la caja, cubriéndola con la bandera roja de la asociación. El féretro comenzó a romper el oleaje del gentío, llevado en hombros por un grupo de albañiles. Cuando Isidro salió del depósito, siguiendo la roja tela, vio la orilla del río, el puente y la glorieta de Toledo cubiertos de blusas blancas, de sombreros y gorras que se elevaban, dejando las cabezas al descubierto al paso del ataúd. En la glorieta del puente de Toledo, entre las dos pirámides de piedra que descansan en su pedestal sobre los boliches dorados, como dos gigantescas mesillas de noche, vio una masa obscura con puntos brillantes: una fila compacta de hombres negros. Era la policía cerrando el paso. El entierro avanzó sin titubear. Las mujeres vociferaban en torno del féretro, iracundas, llorosas, como si el rudo sol del verano mordiese con agresiva demencia sus cabezas despeinadas. --¡Ladrones! ¡ladrones! ¡A Madrid! ¡A arrastrar a los asesinos!... Otras señalaban el féretro con trágicos ademanes de plañidera. No conocían al señor José, pero gritaban roncas de emoción: --Ahí va la honra del mundo; un trabajador bueno; un hombre de blusa. ¡Pobrecillo! ¡Y los que le han matado, guardándose los duros, comiéndose las buenas tajás!... La cabeza del cortejo chocó con el obstáculo de la policía. Un capitán habló a los manifestantes. Podían seguir por el paseo de las Acacias, dar la vuelta a Madrid por las rondas, sin molestar a nadie. Estas eran las órdenes que había recibido. Nada de entrar en la población, de atravesar el centro, buscando la calle de Alcalá. El estaba allí, en el paseo de los Ocho Hilos, para cerrarles el paso y que no ganasen la puerta de Toledo. Todo lo que quisieran, gritos, lloros, aclamaciones, todo, menos desfilar por las calles de Madrid y que la gente del centro presenciase el entierro, con su séquito de jornaleros que pedían venganza. Sobre la masa de cabezas se alzó, como contestación, un largo palo, y en su punta un guiñapo negro que parecía una mortaja. Era la bandera de cólera y dolor, improvisada por un grupo de muchachos. Las mujeres protestaban vociferando de las órdenes de la policía. --Eso es: debemos marchar por las rondas, como los ganados que van de paso... Los pobres a la cuadra. Por las calles de Madrid no puen pasar otros entierros que los de los señores que mueren de hartazgo o malos vicios. Son para los otomóviles y los carruajes con tronco. Nosotros, por la ronda... porque olemos mal... ¡Mueran los ladrones! ¡Que los arrastren! ¡A Madrid! ¡a Madrid! Y las mujeres eran las primeras en avanzar, en agarrarse a las puntas del féretro, empujando a los portadores para que rompiesen las filas de la fuerza pública. Retrocedían los polizontes sin dejar de hacer frente al formidable empellón, al mismo tiempo que, por la fuerza de la costumbre, llevaban la mano al sable y comenzaban a extraerlo de la vaina antes de que lo mandase el jefe. Muchos de ellos parecían quejarse con los ojos de la pérdida de tiempo que suponían los diálogos del capitán con los manifestantes. ¿Qué hacían que no pegaban? Ellos habían venido para eso. Isidro no supo cómo se inició el choque. Vio de pronto arremolinarse la gente delante del féretro; sonaron gritos, golpes secos semejantes a los de la ropa sacudida. Sobre las cabezas del gentío brillaron al sol, como cintas blancas, los pesados asadores esgrimidos de filo. Se abrió la muchedumbre, escapando en distintas direcciones. En un instante se formó ese vacío trágico que se extiende entre los que huyen y los que pegan, viéndose en el suelo gorras abandonadas y el negro bulto de un hombre caído intentando incorporarse sobre las manos, con la frente roja. Las mujeres eran las que menos corrían. Algunas deteníanse con los brazos en jarras, soltando por la boca todas las injurias de su exaltada imaginación. --¡Cobardes! ¡Cabritos!... Como si conociesen la historia y la familia de cada uno de los guardias, les echaban en cara su envilecimiento. Ellos allí, pegando a los pobres trabajadores, y mientras tanto sus mujeres acudiendo a las citas... Y tras este desahogo, corrían otra vez al ver que se acercaban con el sable levantado. Más aún que los sablazos, irritaron a la manifestación los palos de ciertos hombres sin uniforme que iban en el entierro escuchando lo que se hablaba en los grupos, y que, al sonar los primeros golpes, habían enarbolado el vergajo, apaleando en derredor suyo. La muchedumbre bramaba contra los canallas de «la secreta». Un grupo de mozuelos apostados en los solares inmediatos hacía frente a los acometedores, con la arrogancia de la juventud. Eran los valientes que surgen en toda revuelta, los héroes de la calle, que son cantados por la más alta poesía cuando triunfa una revolución, o van a la cárcel con los rateros cuando intervienen en un motín. --¡Fusiles!--rugían mirándose unos a otros, como si pudieran proporcionárselos--. ¡Ay, si tuviéramos fusiles!... Y había en su gesto una expresión heroica, la resolución de morir matando, de perseguir a los enemigos hasta el centro de Madrid. A falta de armas, recogían del suelo las piedras, los cascotes, los pedazos de lata, los zapatos viejos, arrojando una lluvia de proyectiles sobre la policía. Esta, habituada al impune apaleo de la muchedumbre sin armas, permanecía indecisa, titubeando con cierta inquietud ante un enemigo resuelto, que, no contento con atacar, avanzaba audazmente. Sonó algo semejante a un chasquido de tralla. El capitán acababa de hacer fuego con su revólver. --¡Fuego, me caso con la hostia! ¡Fuego! Los polizontes disparaban sus revólveres avanzando con paso de héroes, eligiendo sus blancos en aquellas espaldas que huían por todos lados. Maltrana pensó en el señor José. Su entierro era digno de las creencias de su vida. Nada faltaba en él: palo a la canalla, fuego a discreción, con gran voluptuosidad de los defensores de la ley, que podían escoger sus víctimas impunemente. El joven no quiso huir: se quedó junto al féretro, presintiendo que allí sería mayor su seguridad. Además, era el único pariente del muerto que iba en el cortejo, y no debía abandonarle. Los portadores del ataúd, al recibir los primeros golpes, lo dejaron caer al suelo, huyendo veloces. El paño rojo desapareció en la fuga. Otros obreros intentaron apoderarse del féretro y levantarlo, pero fueron repelidos por los sables. Aquella caja negra era una bandera de rebelión, en torno de la cual podía organizarse otra vez la revuelta. En los vaivenes de la muchedumbre en fuga, estuvo el ataúd próximo a rodar, soltando sobre el polvo del camino el cadáver que encerraba. Isidro se sentó sobre la fúnebre caja, temiendo una nueva profanación, y se replegó aturdido y temeroso por el estrépito de los tiros. Un hombre de blusa vino también a sentarse en el féretro, como si éste fuese un lugar de asilo. Oyó Maltrana un lamento y vio la blusa blanca, manchada de sangre, balancearse y caer al suelo. Después brilló sobre su cabeza el relámpago de un sable, y el joven se encogió aún más para evitar el golpe. Pero nadie le tocó. Pasaron algunos segundos que le parecieron de interminable duración, sin que su cuerpo sufriese ningún choque. Creyó oír una voz, la de algunos de aquellos fantasmas negros que, sable en mano o disparando tiros, pasaban ante sus ojos espantados que todo lo veían envuelto en densa niebla. --Déjale: ¿no ves que es un señorito?... Por primera vez en su vida se dio cuenta de las ventajas y privilegios de aquel traje que era para él un uniforme de miseria. Sufría privaciones; el hambre rondaba en torno de él señalándolo como uno de sus siervos; pero pertenecía, por su aspecto y sus costumbres, a la raza de los felices. Era un señorito. Estaba por encima de aquellas gentes que conquistaban el pan con más frecuencia que él, pero sentían la caricia del palo apenas intentaban pedir, como añadidura al mendrugo, un poco de justicia y de piedad para su vida. IX El hermano Vicente tenía un tirano, cuyas exigencias sobrellevaba con mansedumbre. Era aquel zapatero convertido, que traía a la nueva fe todas las violencias de su antigua fama de devorasantos. Hablando a su protector le aterraba con los aspectos sanguinarios de su devota vehemencia. No había más verdad que la religiosa, y al que no la aceptase, ¡leña! Un poquito de Inquisición no estaba de más en estos tiempos de herejía y desprecio a Dios. Era el ardor del neófito que asusta al maestro, la audacia del renegado que quiere borrar con tremendas exageraciones el recuerdo de su historia. Además, se creía con derechos absolutos sobre la persona y los bienes de su catequista, y miraba con hostilidad a la pareja que vivía con el señor Vicente, sospechando que le despojaban de una parte de lo que consideraba como suyo. No hablaba con él que no le hiciese preguntas sobre la vida de aquel matrimonio, enterándose minuciosamente de la puntualidad con que cumplían sus compromisos. --¡Aún no le habrán pagado el último mes!...--decía al avistarse con el «santo»--. ¡Ni el anterior tampoco!... ¡Y usted tan tranquilo! ¡Qué hombre, Señor Dios!... Eso no es caridad, don Vicente: eso es tontería. La caridad debe comenzar por los buenos, por los que defienden las sanas doctrinas. Es una vergüenza que usted pague por esas gentes, mientras me abandona a mi que tengo familia, que soy su hijo y vivo como buen católico. El hermano excusábase tímidamente, rebañando sus bolsillos para acallar con alguna dádiva las protestas del temible discípulo. --No son mala gente--afirmaba refiriéndose a sus huéspedes--. Los pobrecitos tienen tan poca fortuna, que hay que ayudarles. Ella es una excelente muchacha: tan trabajadora... tan modosita... --Pero no van a misa, don Vicente; fíjese usted y verá como nunca entran en la iglesia. El es un impío que ha escrito en los peores papeles. Entre usted un día en su habitación, busque bien, y verá como encuentra a montones los escritos contra el Señor y los santos... Además, me da el corazón que no son casados; esa pareja no vive como Dios manda. El crédulo hermano protestaba. Su discípulo incurría en el pecado de murmuración; pensaba mal de todos: eran resabios de su antigua vida. ¿Por qué no habían de ser casados? El señor de Maltrana y ella se lo habían asegurado y debía creerles... Cada uno en su casa, evitando chismes y curioseos, y al que fuese malo ya lo castigaría Dios. --Eso es--mugía el discípulo--. Ellos a vivir de gorra, a comerse el dinero de usted, que es mi padre, mientras yo rabio, sin poder darme el gusto de ir a las Cuarenta Horas o al sermón, trabajando para que la mujer y los chiquillos coman apenas. --Todo se arreglará--decía bondadosamente el hermano--. La misericordia del Señor es grande y a todos alcanza. Isidro, adivinando la hostilidad del zapatero, le acogía con duro gesto cuando se presentaba en la casa buscando al señor Vicente. Se burlaba de su religiosidad feroz; presentía el despotismo que ejercía sobre el catequista, el abuso que hacía de su cualidad de alma redimida por el sencillo hermano. Recordaba el joven ciertas estampas de santos misioneros, en las que aparecen éstos con un salvaje prosternado a sus pies, cual símbolo de las grandes conquistas realizadas en favor del cielo; y en sus conversaciones con Feli, designaba siempre al remendón con el apodo de -Indio converso-. Aquel bruto le causaba repugnancia por el furor con que defendía sus nuevas creencias, sólo comparable a la bestialidad con que había sustentado las anteriores. Además, le era antipático por el provecho que sacaba de su conversión, explotando al señor Vicente y amenazándole cuando no le daba bastante. El pobre hermano, siervo resignado de su gloria, esclavo de su propia conquista, inspiraba lástima a Isidro. Hablaba en todas partes de su famoso triunfo; mostraba como un trofeo al -Indio converso-, exagerando inocentemente las horripilantes hazañas de sus época de impiedad; pero después de esta exhibición, al quedar solos los dos, el catecúmeno insaciable prorrumpía en lamentaciones sobre su miseria, no callando hasta convencerse de que en los bolsillos del «santo» sólo quedaban algunas oraciones impresas y migas de pan. --Aquí ha estado a buscarle ese bruto--decía Isidro al ver entrar al señor Vicente--. El -Indio converso-... su discípulo el remendón. ¡Valiente animal! Crea usted que en el cielo no le agradecen esta conquista. Tendrán que habilitarle un pesebre al lado del caballo de San Martín o la burra de Balaam. --Señor de Maltrana--exclamaba el «santo»--, más caridad... más amor al prójimo. El pobre es algo rudo: resabios de su pasado; pero es bueno y ama a Dios. Y el «santo» parecía sufrir al verse entre estas dos antipatías. No se engañaba el -Indio converso- al sospechar que su protector concedía algún apoyo a sus huéspedes. El «santo» veía el incesante trabajo de Feli; adivinaba, por sus ojeadas a la cocina, la penuria de los jóvenes; oía desde su cama los diálogos de la pareja discutiendo los apuros del día siguiente. Cuando Isidro se ausentaba, aproximábase él a Feli con cierta cortedad, dejando sobre el montón de corsés lo que encontraba en sus bolsillos. Unas veces era un puñado de cobre, otras una peseta, que fregoteaba con su pañuelo antes de entregarla. --Que no sepa nada el señor de Maltrana--decía con voz misteriosa--. Que el secreto quede entre usted y yo. Hay que ayudarse como buenos cristianos. Ese dinero me lo dieron esta mañana las buenas señoras que me protegen. Para ustedes... Ustedes son tan pobrecitos como los que yo visito en las afueras... Pero no llore usted: ya vendrán días mejores; Dios aprieta, pero no ahoga. Y reía de su caritativa malicia, que quedaba en el misterio, sin que el señor de Maltrana pudiese sospecharla. El joven también debía sus favores al «santo». --Señor Vicente, con este mes ya van tres que no le pago. Los negocios andan mal; en verano no se encuentra trabajo; pero ya llegará la buena época, cuando la gente regrese a Madrid, y entonces pagaré todos los atrasos de una vez. --Vaya usted tranquilo, señor de Maltrana. Nada le pido; que Dios no nos abandone, y todos viviremos. Isidro encontraba cada vez más dura y difícil su existencia. Las dos pesetas que ganaba Feli en el emballenado trabajando todo el día y gran parte de la noche, y los escasos reales que podía juntar a la semana llenando cuartillas a diez céntimos con destino a la revista social, no bastaban para las atenciones de su subsistencia. El orden y el método en la nutrición, que embellecían los primeros tiempos de su vida común, habían desaparecido con la miseria. Feli necesitaba todo su tiempo para el trabajo, y apenas si de tarde en tarde podía entrar en la cocina. Maltrana, con toda su altivez intelectual, vigilaba el fogón, y a falta de ocupaciones más importantes, aprendía torpemente de Feli el secreto de los guisos. ¿Dónde estaban aquellos pucheretes sabrosos de su luna de miel, aquellos platos que daban ganas de comerse a besos las manos de la amada hacendosa?... La vida era triste, y los pucheretes unas veces salían crudos y otras carbonizados. El fastidio de la miseria entorpecía de tal modo la actividad de los dos, que pasaban días enteros sin encender fuego, alimentándose con algún fiambre traído de la taberna. Cuando les faltaba en absoluto el dinero, Maltrana lanzábase a la calle. Su descenso del cuarto piso comparábalo a la bajada del lobo desde las cumbres a la llanura, empujado por el hambre. La víctima que el lobo infeliz buscaba con preferencia era el señor Manolo el -Federal-. Lo esperaba en la oficina de la Puerta del Sol, y al presentarse el capataz exponíale las tristezas de su vida. El buen -Federal- escuchaba con los ojos bajos, moviendo la cabeza como si aprobase las palabras del joven, reconociendo que hablaba muy bien. Después metía la mano en un bolsillo del pantalón, agitando la moneda de la venta, y acababa por entregarle un par de pesetas, sin queja alguna. Todo aquello era culpa del viejo régimen. -Ahí tienes--decía con expresión solemne--lo que es el unitarismo y la centralización. Tú tienes talento y te mueres de hambre; y como tú, muchos. El centralismo sólo aprovecha a los pillos. El día en que cada Estado y cada quisque particular goce su autonomía, todos tendrán lo que merezcan... Esto te lo digo para que aprendas, para que os convenzáis de cómo os paga el unitarismo... Y se cobraba el par de pesetas con una nueva avalancha de enrevesados razonamientos, que Maltrana oía resignado. En otros momentos de apuro, Isidro, por no molestar con tanta frecuencia al señor Manolo, se acordaba de su tío el -Ingeniero-, buscándolo en el café de San Millán. Le veía rodeado de ciertos amigos tan viejos como él, alegres camaradas que formaban el catálogo de cuantas muchachas bonitas existen en los barrios bajos. El -Ingeniero- no acogió mal la primera petición de su sobrino. --Ya sé yo lo que es eso--dijo guiñando un ojo y dando palmaditas en la espalda de Maltrana--. ¡Las mujeres!... No hay nada como ellas para que un hombre ande lampando tras la peseta... Todas son gastosas, y no están contentas hasta que le sacan al hombre las mismísimas entrañas... ¿Cuánto necesitas? ¿Tres pesetas? ¡Pero muchacho, si con eso no tienes ni pa una misa! Toma un par de duros: los hombres de verdad debemos ayudarnos; hoy por ti, mañana por mí. Y le entregó un par de redondeles de plata con un ademán de compañero de armas. -Oye: lo de tu matrimonio será filfa--continuó--. Yo lo calé apenas me hablasteis. ¡Valiente tuno estás, sobrino!... Y la muchacha lo vale; una gachí con dos ojos como dos quinqués. Si no fueses de la familia te la quitaba. Tú eres más joven, pero yo tengo un gran «aquel» para las mujeres. Que lo digan éstos. Y señalaba a los camaradas que ocupaban la mesa. Maltrana se marchó entre agradecido y molesto por las necedades de su tío, y no volvió a verle hasta pasadas dos semanas, acosado por nuevas necesidades. --¡Hola!... Siéntate--dijo al verle el -Ingeniero-, con cierta displicencia. Siguió hablando con sus amigotes, y de pronto dijo al sobrino: --La otra noche os vi pasar, muy cargados de paquetes, a ti y a la gachí por la calle de Toledo. ¿Sabes que esa chica ha perdido mucho? Yo no veo bien, pero me parece que se ha puesto fea con ese tripón, moviéndose como una barca, y la cara hinchá como si acabases de largarle dos tortas. Hasta me pareció que tiene los ojos más pequeños. Maltrana sufrió en silencio estas palabras de su tío, que aún le parecieron más molestas en presencia de su tertulia de majaderos. Sin embargo, fingió una sonrisa pensando en el dinero que podía darle. --Creo--continuó el -Ingeniero---que ha llegado para ti la hora de... vámonos. Las mujeres duran poco; son como los pitillos: cuando se llega a más de la mitad, todo es ceniza, y hay que tirarlos. ¿Digo mal, caballeros? Todos aprobaron la sabiduría del chamarilero. Cuando Isidro creyó llegado el momento de formular su petición, el tío no la acogió del mismo modo que la otra vez. Había perdido para él su prestigio de mozo afortunado; ya no le inspiraba envidia: era un bobo, sin «viveza» para salir del paso; se «caía» manteniendo a aquella golfa por el insignificante motivo de haberla puesto en estado interesante. --Toma tres pesetas: no puedo darte más; y te advierto que son las últimas. Tengo muchos gastos, y los tiempos están malos. Aún no he vendido el órgano. Maltrana comprendió que no debía esperar más del -Ingeniero-, y dejó de ir al Café de San Millán. La miseria les estrechaba cada vez con mayor crueldad. Feli estaba fatigada; había perdido la fortaleza de sus primeros días de labor. Avanzaba su embarazo. Con un supremo esfuerzo de voluntad, inclinábase ante la obra, emballenando los corsés, bordando a mano las «flores»; pero apenas tenía acabada una docena, coloreábase su rostro con una ola de sangre, su cabeza daba vueltas, y echando atrás el cuerpo, cerraba los ojos como si fuese a desvanecerse. No podía trabajar más. Mientras tanto, crecían los apuros de la casa, haciéndose más difícil la existencia de los dos. Los adornos de su bienestar desaparecían: quedaba ya muy poco de la primitiva instalación. Isidro, más versado, por su antigua vida, en el arte de defenderse de la miseria, era el encargado de liquidar la escasa fortuna. Pieza a pieza, vendíalo todo. Ya no brillaba en el dormitorio con el esplendor del oro aquella cama que enorgullecía a Feli y había presenciado las mayores alegrías de la pareja. Dormían en el suelo, en un colchón, y pretendían demostrarse que así estaban mejor, siendo tan calurosa aquella época del año. El tintero, regalo de Feli, también había desaparecido. Su venta les proporcionó una cena, después de un largo día de ayuno. Comieron, pero la joven creyó que estaban menos unidos después de la pérdida de este objeto, comprado el primer día de vida común. Lo miraba como un fetiche de su felicidad. También habían vendido sus ropas de invierno, aquel traje de gran gala adquirido en la calle de Toledo, que marcaba para Feli el momento más culminante de su bienestar. En cuanto a las botas color limón, con su alta fila de botones, nada podían sacar de ellas; estaban tan destrozadas como las ilusiones de la infeliz pareja. Maltrana, que en otros tiempos había hecho frente a la miseria, con la alegre inconsciencia del pájaro errante, se desesperaba y sentía pasar por su cerebro los más lúgubres pensamientos al ver a Feli, resignada y silenciosa, trabajando con sobrehumano esfuerzo, mientras la cocina estaba fría y no se encontraba en los rincones el más pequeño mendrugo. ¡La miseria, la mala bestia negra! ¡Cómo arañaba la carne! ¡Qué inspiraciones repugnantes soplaba en el oído!... Algunas veces, los ojos de Maltrana vagaban con sombría interrogación por las habitaciones del hermano Vicente. Ahora eran las mejores de la casa: estaban llenas de algo; mientras las suyas mostraban un espantable vacío. Sentía la criminal tentación de coger algunos libros del «santo» y venderlos: de descolgar el Cristo ensangrentado y bajarlo al Rastro, para que sus primos lo comprasen. Tenía que hacer un gran esfuerzo para repeler estos pensamientos. El crucifijo sólo valía unos cuantos reales; los libros que el «santo» guardaba con tanta estima no servían, en su mayor parte, mas que de papel de envolver. La escasez, con sus angustias, le agriaba el carácter. El señor Vicente, tal vez por esto, parecía rehuir su trato. Entraba y salía sin verle, sin hablarle. Ya no se acercaba a Feli con su bondad misteriosa para dejar dinero encima de los corsés. En cambio, una tarde que ella estaba sola, llegaron el -Indio converso- y aquel cura viejo, vagabundo como el señor Vicente. Querían esperar a éste, y en vez de permanecer en la sala del hermano, entraron en el cuarto de los jóvenes. El -Indio converso- indicaba con fieras miradas los retratos clavados en la pared. Era lo único que restaba del primitivo bienestar. Maltrana no había intentado venderlos, pues conocía su insignificante valor. Además, en medio de su miseria, eran la única demostración de que allí vivía un intelectual. El cura, siguiendo las ojeadas del -Indio converso-, examinaba con aparente distracción los retratos y leía y releía los nombres impresos al pie, como si temiese olvidarlos. Al mismo tiempo tosía con una expresión irónica. ¡Ejem! ¡ejem!... Y el devoto remendón movía la cabeza como si contestase: «¡Eh! ¿Qué tal? ¿No lo decía yo?...» Cuando supo Maltrana esta visita, prorrumpió en exclamaciones de cólera. De estar él, allí les hubiera echado a la calle, para que aprendiesen a no curiosear en casa ajena. Algunos días después notó Isidro que el señor Vicente retardaba sus salidas matinales, o volvía a casa muy temprano, como buscando una ocasión para hablar con él. Le miraba por la puerta entreabierta, al pasear por su biblioteca mascullando oraciones; pero no osaba pasar adelante, como si temiese abordarle en presencia de Feli. Una mañana, al salir Isidro, vio que el señor Vicente abandonaba al mismo tiempo su habitación, como si le esperase. Los dos se juntaron en el rellano. --Señor de Maltrana, tenemos que hablar. Le dolía mucho lo que iba a decirle, pero le obligaba la necesidad. Debía buscar una nueva casa; él abandonaría aquélla apenas acabase el mes. --No puedo, señor de Maltrana; no puedo pagar el alquiler. Y no es que intente echarle en cara el no haberme ayudado. ¡Ave María! Usted no pagó su parte porque no pudo... pero yo me voy. Meteré los libros en cualquier sitio: me los guardará ese señor sacerdote que usted ha visto algunas veces. Viviré con el pobrecito zapatero; él y su familia desean tenerme con ellos; cuidarme un poco, que bien lo necesito. Maltrana quedó anonadado por el nuevo infortunio que caía sobre él. ¿Adónde ir? Pero la nerviosidad de la desgracia, que agriaba su carácter, le hizo acoger con altivez esta contrariedad. --Señor Vicente: usted es un buen hombre y no le creo capaz de tomar por sí solo tal resolución. Esto es cosa del -Indio converso-, que quiere monopolizarle, y tal vez de ese capellán amigo de usted... El «santo» protestó, defendiendo a sus camaradas. No había que maliciar de ellos ni atribuirles perversas intenciones. El se marchaba porque era un pobre y no podía soportar el alquiler de la casa. Lo sentía por Feli y por Maltrana, que le eran simpáticos y no habían alterado su vida con disgusto alguno. Pero todos vivirían aunque se separasen: la misericordia del Señor era inmensa. Y arrastrado por su afán de catequista, añadió: --Lo que usted debe hacer, señor de Maltrana, es ponerse bien con Dios; dar a ese ángel de bondad que vive con usted lo que le pertenece: unirse a ella como dispone la Santa Madre Iglesia. Isidro adivinó lo que el hermano quería decir. Se había enterado de que él y Feli no eran casados. El -Indio converso- era capaz de haber corrido todas las parroquias de Madrid para convencer a su protector de que albergaba una pareja pecadora, entregada a la concupiscencia de la carne. El gesto del señor Vicente delataba su repugnancia a vivir en contacto tan inmediato con el pecado. Maltrana se enfureció ante estos escrúpulos. --Que seamos casados o no lo seamos, ¿qué les importa a ustedes?--dijo con violencia--. Nos queremos; soportamos juntos nuestra miseria; somos compañeros de suerte, sin necesitar de compromisos y documentos. ¿Qué delito hay en esto? El hermano levantó los hombros con inmensa extrañosa, como escandalizado de que se pusiera en duda este pecado. --Además--continuó con dulzura--, usted me ha engañado, señor de Maltrana; usted se ha burlado de mí... No: ¡si no me enfado por ello! ¡si no le hago cargo alguno!... Yo le admití con gusto bajo mi techo, pero le indiqué que no podría vivir con Voltaire, Garibaldi y otros hijos del Malo. --Y efectivamente--dijo Maltrana, sonriendo a pesar de su cólera--, por dar gusto a usted, me abstuve de traer a casa a esos apreciables señores. --Pero trajo usted--repuso el «santo» con irritación, al mismo tiempo que lagrimeaban sus inflamados ojos--, trajo usted a otros peores, y ahí dentro los tiene como si fuesen santos, y falta poco para que les encienda velas. Yo soy un ignorante, y pensaba que no había nadie más perverso que esos dos pecadores que he nombrado. Pero uno, aunque falto de luces, tiene personas sabias y prudentes que le ilustren, y ahora sé que esos que adornan su habitación son demonios mayores, de más cuidado que los otros, pues algunos de ellos todavía viven, por altos designios de Dios, que quiere ponernos a prueba.. --¿Y qué quiere usted?--gritó Maltrana con tono agresivo--. ¿Que los quite, para darles gusto a ese remendón que le explota a usted y al cura loco que le aconseja? --No; guárdelos, si ese es su deseo--dijo el «santo» con mansedumbre--. Usted y yo no debemos vivir juntos. Usted es joven... y de los del día; yo soy un pobre pajarillo de Dios... ¡Ave María Purísima! ¡Mi Cristo y mis libros bajo el mismo techo que los demonios más grandes que se conocen!... Maltrana creyó inútil seguir hablando. El hermano estaba resuelto a separarse, y Maltrana no quiso rogar, ni que el devoto conociese el grave daño que le infería con esta inesperada resolución. --Está bien; casas no me faltarán. Y si lo de la mudanza no es mas que un pretexto para que me vaya, quédese usted aquí tranquilamente con su Cristo y todo el almacén de necedades que contiene su biblioteca. Nosotros nos marcharemos en seguida: antes de lo que usted cree. El «santo» protestó, algo conmovido: --No tenga usted prisa; queda de plazo todo el mes. Esperaré, y en cuanto a los atrasos, todo olvidado. Yo le quiero, señor de Maltrana; le quiero, porque a pesar de ser de los verdes, nunca ha blasfemado en mi presencia. Yo agradezco esta consideración. Maltrana repelió tales elogios. Se iría cuanto antes: no deseaba más favores. ¡Ojalá pudiese en el mismo día abandonar aquella guarida de buhos!... Y volvió la espalda al señor Vicente con despectiva arrogancia, afirmando que aceptaba como un gran bien el perder de vista al beato y sus amigos. Pero al verse en la calle, toda su altivez se derrumbó de golpe. A la cólera sucedió el desaliento. ¿Qué iba a hacer? ¿adónde ir?... Sentíase más infeliz, más débil que meses antes, cuando vagaba sin hogar, pasando las noches en una redacción. Ya no tenía como recurso aquel camastro de la calle de los Artistas. Además, carecía del valor que da el ser solo para hacer frente a la miseria. Le anonadaba el pensar en Feli enferma, debilitada por el trabajo, no pudiendo vivir como él al aire libre, confiada al azar de la bohemia, y que, además, llevaba en su seno una nueva amenaza del porvenir. Vagó largo rato por las calles, con el pensamiento agobiado por su infortunio. Al pasar por la Puerta del Sol vio que eran las nueve en el reloj del Ministerio. Pensó un instante en el señor Manolo, e intentó buscarle en su oficina. Podían vivir en su casa; seguramente que el -Federal- los recogería al verles en medio de la calle: era un hombre bueno. Pero Maltrana retrocedió ante la idea de vivir de limosna, privado de aquella autonomía de la que hablaba a todas horas el señor Manolo. Además, éste tenía mujer, tenía hijos, que verían con malos ojos la intrusión de una pareja de hambrientos. En su optimismo, creía que la suerte iba a cambiar, cansada de perseguirle. Aproximábase el invierno: volverían a Madrid las gentes que podían protegerle; no era difícil conseguir que lo encargasen una serie de artículos, una larga traducción, un libro para firmarlo otro. Lo importante, por el momento, era esperar metidos en cualquier sitio, enquistados en su miseria, para no mostrarse mas que en el momento oportuno. Pero ¿adónde ir sin dinero, sin muebles, sin tener siquiera asegurada la comida del día presente?... Al atravesar la Puerta del Sol, vio en la calle del Carmen el carro de -Zaratustra- parado junto a la acera, y entre sus varales al filósofo traperil de espaldas a él, separando la basura que acababa de entregarle el criado. Maltrana pensó en su abuela y en su tesoro. La señora Eusebia era rica: todos los vecinos lo afirmaban. El joven se encolerizó al pensar en la misteriosa fortuna de la avarienta trapera. El era su nieto, y sufría hambre teniendo derecho a una parte del tesoro oculto. Sintiose de pronto animado por una firme resolución. Iría a visitar a la -Mariposa-, aprovechando la ausencia de -Zaratustra-. Considerábase capaz de las mayores violencias con aquella vieja sórdida, que le admiraba y hacía de él grandes elogios, sin que jamás se le hubiera ocurrido ayudarle con el más pequeño regalo. Maltrana hacía mucho tiempo que no pasaba de los Cuatro Caminos. Viviendo el -Mosco- temía aproximarse a las Carolinas, y después de muerto el dañador causábanle repugnancia estos lugares, que despertaban sus remordimientos. Pero la necesidad borró sus escrúpulos, y emprendió la marcha hacia aquel suburbio de Tetuán. Cuando llegó al cerrillo en cuya cumbre estaba la cabaña de -Zaratustra-, tuvo, como siempre, que espantar con pedradas y gritos a los perros del trapero. La abuela, al oír sus voces, salió de la cocina, fijando con extrañeza sus ojos pitañosos en el desconocido. --Abuela, soy yo... Isidro. La -Mariposa-, al reconocer a su nieto, quiso abrazarle, pero se contuvo mirando sus manos sucias por el hediondo cocineo. Maltrana, sofocado por el calor, se sentó en la plazoleta, buscando la sombra de una de las cabañas. La abuela mostró gran asombro por su visita. --¡Quién podía esperarte!... ¡Tanto tiempo sin venir a verme! Desde que hiciste la calaverada con la chica del -Mosco-... Calló, no queriendo hacer mayores alusiones a aquel suceso que puso en conmoción el barrio de las Carolinas, y del cual ya nadie se acordaba. --¡Un porción de meses sin verte!--continuó la anciana--. ¿Y qué te trae por aquí?... Porque tú a algo vienes. Y la -Mariposa- guiñaba sus ojos, contraía el negro agujero de su boca rodeado de arrugas, adivinando que sólo un suceso de gran importancia podía haber traído hasta allí a su nieto. Maltrana desechó todo preámbulo. Pasaba el tiempo; -Zaratustra- no tardaría en volver, y él deseaba hablar a solas con la anciana. --Abuela, para ahorrar palabras--dijo con gravedad--: voy a pegarme un tiro, y antes he querido verla, despedirme de usted para siempre. La vieja se persignó. ¡Alabado sea el Señor! ¿Pero se había vuelto loco? ¿Qué le pasaba, para decir tales disparates?... Con ojos de asombro escuchó al nieto, que relataba sus miserias. Ni dinero ni casa, y la pobre compañera enferma, sin otra esperanza que dar a luz su hijo en medio de la calle. La -Mariposa- repetía con tono estupefacto: --¡Y yo que te creía con posibles, Isidrín!... ¡Y yo que me figuraba que ganabas el oro y el moro escribiendo en los papeles!... Pero su asombro no fue de larga duración. Pareció reflexionar, replegarse, achicándose dentro de las ropas, como un caracol medroso que se refugia en su cáscara. --¡Ay, Señor!--gemía--. ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Qué miserias! Una, metida aquí, no sabe nada... ¡Y qué vamos a hacer, Isidrín! ¡qué vamos a hacer!... Luego, adivinando lo que el nieto parecía decirle con la mirada, continuó entre gimoteos: --Los tesoros de la reina de España quisiera tener yo, para dártelos. Pero soy pobre, más pobre que las ratas. El tío Polo se ha metido en la mollera que tengo mi gato oculto, y apenas ahorro dos pesetas, me las saca, y cuando no las tengo, me pega. Si una no estuviese hecha a todo, sería caso de morirse. Maltrana, influido por los comentarios de la gente, que afirmaba la riqueza de la tía -Mariposa-, creía percibir en sus palabras una hipócrita falsedad. --¡Abuela! ¡abuela!--exclamó con tono suplicante. Y para vencer su dura avaricia, la describió su situación. Nada le pedía para él. De verse solo, como en otros tiempos, no vendría a molestarla. Lo mismo que había vivido, haciendo frente a la desgracia, seguiría viviendo. Pero estaba la otra, la infeliz Feliciana, la mártir, que vivía tranquila con su padre el dañador, y a la que él había arrastrado fuera del hogar para que participase de su suerte. No podía abandonarla. Moribundo de hambre, se quitaría el pan de la boca para dárselo: su sangre le parecía poco para apagar su sed. --Hay que ver, abuela, lo que esa mujer hace por mí. Carezco de trabajo, y ella pena noche y día por que tengamos un poco de pan. Si usted me quiere, quiérala mucho a ella también. Es mi mujer y mi madre todo a un tiempo; y antes que verla sin techo y sin sustento, me mataré, abuela, ¡me mataré! Maltrana se exaltaba con sus propias palabras, y conmovido al recordar lo que debía a su compañera, inclinaba la cabeza, interrumpiendo su voz con el estertor del llanto. La vieja, viendo llorar al nieto, lloraba también, restregándose los ojos con la punta del delantal. --Tienes razón--gemía--. Hay que hacer algo por ella. Así deben ser los hombres. Bien se ve que la quieres. Preguntó a su nieto cuánto necesitaba para salir de su situación. Si fuese poco, tal vez ella podría servirle... tal vez encontrase quien le prestara hasta cinco duros. --Necesito mucho, abuela.., mucho. Nada tenemos; nos hace falta todo. No, no me sirven esos cinco duros; hartazgo hoy y hambre mañana. Lo que le pido es un esfuerzo; que me salve, que nos saque de este atascadero, hasta que yo pueda marchar solo. Secáronse los ojos de la vieja e hizo una mueca dura, como si de repente se extinguiese su emoción. No podía salvar a su nieto; ella era una pobre. Y cruzó los brazos, mostrándose resuelta a escuchar sin conmoverse cuanto le dijera Isidro. Este adivinó los pensamientos de la abuela. ¡Alma endurecida por la codicia! ¿Y su tesoro? ¿Iba a abandonarle fingiéndose pobre, cuando todos los de la busca hablaban de su riqueza?... La -Mariposa- rió con una expresión de bruja burlona. --¡Mi tesoro! ¡Ya salió mi tesoro! ¿También tú vienes por él?... Te han engañado, Isidrín; mil veces te lo he dicho. No hay tal tesoro: mentiras de la gente... Soy una pobre. Pero el orgullo de su avaricia no le permitía disimular. Se le escapaba una sonrisa de satisfacción, denunciando la certeza del tesoro y su propósito de defenderlo contra todos. --¡Abuela!--gritó Maltrana--. No lo haga usted por ella ni por mí, ya que no nos quiere. Pero hágalo por el que va a venir. Intentó enternecer a la -Mariposa- hablándola de su futuro hijo, de aquel pequeñín, que sería como una extraordinaria prolongación de la existencia de la anciana. ¡Tendría un biznieto! Pocas mujeres lograban ver su descendencia hasta tal límite. ¿Y sería capaz de dejar en el abandono a la tierna criatura?... El instinto de la familia despertó en la avara. Volvió a gemir, a llevarse el delantal a los ojos, pero sin moverse, sin acceder a las súplicas de su nieto. --¡Desgraciado!--murmuraba--. ¡Eres muy desgraciado!... Y toda la culpa la tuvo tu madre, por su empeño en huir del barrio... ¡Cuánto mejor hubiese sido para todos seguir en el oficio! Maltrana hizo un movimiento de impaciencia. ¿Qué tenía que ver su pobre madre en lo de ahora?... ¿Quería ayudarle, sí o no?... La vieja siguió gimoteando, sin contestar, y el joven púsose de pie con ademán resuelto. --Adiós, abuela. Quédese usted con lo suyo. Ya sé lo que debo hacer. Pero antes de que volviese la espalda, la trapera se abalanzó a él. --¡Isidrín... hijo mío... quédate! Tendrás lo que quieres: todo lo de tu abuela será para ti, aunque me quede en cueros, aunque me muera de hambre. La emoción había ablandado su dura avaricia; la tristeza del nieto la infundía miedo. Además, en su pensamiento senil estaba fija la imagen del biznieto, de aquella criatura que aún había de venir y la llenaba de orgullo. --Te lo daré todo, ¡todo!--dijo misteriosamente al oído de Maltrana. Después miró a los inmediatos cerros con inquietud, como si temiese la presencia de algún curioso. --Vigila bien--añadió--. Apenas veas el carro del tío Polo, avisa. ¡Mucho ojo! Y llevándose un dedo a la nariz para indicarle discreción y vigilancia, se introdujo en el estrecho túnel que conducía a la cuadra. Transcurrió mucho tiempo. Isidro se imaginaba los trabajos que estaría realizando la abuela con sus manos trémulas para extraer del escondrijo aquel tesoro famoso que -Zaratustra- husmeaba, sin llegar nunca a dar con él. Por fin salió, sucia de telarañas, con el pañuelo de la cabeza cubierto de briznas de paja. Llevaba en las manos un trapo blanco repleto de objetos. Al depositarlo sobre un tronco, con mucho cuidado, como si contuviese cosas frágiles, sonó en su interior un retintín metálico. La -Mariposa- suspiraba, como echando fuera el dolor de este sacrificio, y lentamente, sin dejar de mirar a lo lejos, con el temor de ser sorprendida, fue desatando los nudos del envoltorio. Un resplandor de oro, de piedras preciosas, de objetos de gran brillo, que aun parecían más esplendorosos en este ambiente de miseria, hirió los ojos del asombrado Maltrana. El tesoro era cierto. ¡Vive Dios! La realidad tenía sorpresas de cuento fantástico. El joven pensó por un instante en las novelas de portentosas aventuras leídas en su juventud. La vieja se gozaba en el asombro del nieto. --¡Qué hermosura! ¿eh? Toda mi vida me ha costado el reunirlo. Y no te creas que he apandado nada de mal modo: todo en la basura... Yo he tenido grandes parroquianos, todos gentes ricas. Maltrana había cesado de mirar el tesoro, para contemplar a la -Mariposa- con unos ojos en los que se leía el asombro y la compasión al mismo tiempo. --¿No hay más, abuela?--preguntó dulcemente--. ¿Sólo tiene usted esto? La -Mariposa- le miró escandalizada. --¡Qué! ¿aún te parece poco? Pero muchacho, ¡si hay ahí para comprar todas las Carolinas! Fíjate, Isidrín: ¡es un tesoro! Maltrana no necesitaba fijarse mucho. Pasado el primer deslumbramiento, había visto la falsedad escandalosa de las joyas enormes y absurdas que brillaban en la cumbre del montón de baratijas. Eran adornos de teatro, ridículamente fastuosos, de metal dorado, con piedras de diversos colores, cuya grandeza hacía temblar de emoción a la pobre -Mariposa-. --Esas joyas de reina--dijo--eran de aquella buena señora que me quería tanto: de la cómica que murió. Las encontré en una carretada de cartas rotas, trajes viejos y retales que me llevé de su casa... Pensé un momento en devolverlas, pero me quedé con ellas, y no me arrepiento. Los herederos eran gente indigna. El joven apartó a un lado estos adornos ridículos, para revolver con ávidas manos el resto del montón. --Fíjate en ese rosario--dijo la vieja--: todo de perlas finas. Era de una dama de palacio. Maltrana hizo un gesto de desaliento. Mentira también: eran granos de marfil, con un débil montaje en oro. Y mentira los imperdibles de -doublé-; las sortijas ennegrecidas por el largo encierro, con sus vidrios opacos y muertos; los botones de grandes uniformes, que la vieja creía de oro puro; los alfileres verdosos y oxidados, con la pedrería empañada. Aquellas riquezas que hacían estremecer de codicia a la trapera no eran mas que basura de insignificante valor. Isidro únicamente apartó lo que la -Mariposa- consideraba de menos valía: un par de docenas de cucharas de plata de diferentes formas y tamaños, caídas, sin duda, durante el fregado en el estiércol de la cocina; una cadenilla de oro, un sonajero del mismo metal y cuatro sortijas lisas, pero de algún peso. Era lo único del tesoro de la abuela que tenía cierto valor. Tal vez llegasen a darle por todo ello hasta treinta duros. La -Mariposa- seguía con atención el apartado que realizaba su nieto, sonriendo al ver que se satisfacía con lo más humilde del tesoro, abandonando las grandes joyas, los objetos brillantes, que la llenaban de orgullo. --Haces bien--murmuraba--. Con eso que te llevas tienes bastante por el momento. Lo demás te lo guardará la abuela para otro caso de apuro, y cuando yo falte será para ti. Con un respeto religioso iba amontonando en el trapo blanco las deslumbrantes baratijas desordenadas por las manos del nieto. La vieja le tributaba mentalmente los mayores elogios. Su Isidro era bueno; no quería abusar de la bondad de su abuela, y la dejaba lo mejor. A impulsos del agradecimiento, desató una de las puntas del trapo, sacando del nudo unas cuantas monedas de plata. --Toma, Isidrín--dijo--. Todo el dinero que tengo. Para que lo añadas a esas cosillas, ya que no has sido exigente. Lo menos llevas ahí siete duros entre pesetas dobles y sencillas. Maltrana se metió la cantidad en el bolsillo. Después fue distribuyendo por los bolsillos de su traje las cucharas y los otros objetos. La inmensa decepción que le había hecho sufrir la cándida avaricia de su abuela trocábase en compasivo regocijo al ver el cuidado con que envolvía el resto de sus baratijas. --Ya has visto el tesoro--siguió diciendo la vieja con voz misteriosa--. Tú eres el único que lo conoce. Cuidado con hablar. Esto sólo se reúne teniendo buena parroquia, trabajando años y años con los ojos bien abiertos para que nada se escape. Cuando mi biznieto sea mayor, venderemos la diadema, las pulseras, el alfiler de pecho con esos diamantes como garbanzos que quitan la luz de los ojos. Alégrate, Isidrín; no te engañaron: tu abuela es rica, tiene su tesoro; pero tú solo debes saberlo, pues será para ti. Después miró con inquietud a lo lejos, poniéndose una mano sobre los ojos. --Tú que tienes mejor vista, Isidrín: ¿no es aquel carro el del tío Polo?... Sí que es; ya está ahí ese judío, ese camastrón, que no piensa mas que en apandarme el tesoro. Huye, Isidrín: que no nos pille aquí; que no huela el gato. Y la vieja, con la inquietud del miedo, temiendo que le arrebatasen aquellas riquezas, a las que amaba como su propia vida, desapareció en el túnel oprimiendo entre sus brazos el blanco envoltorio. Se había despedido de Isidro apresuradamente. ¡Que le trajese el biznieto apenas naciera! Se contentaba con verlo una vez, y luego morir, dejándole sus riquezas. Isidro descendió del cerro por los sembrados para no encontrarse con -Zaratustra-, pensando, mientras caminaba, en el medio de sacar unas pesetas más del famoso tesoro oculto en sus bolsillos. X Bien entrado el otoño, Isidro y Feli fueron a vivir en las Cambroneras. Después de abandonar la casa del hermano Vicente, habitaron un cuarto interior en la calle de Embajadores. Pagaban tres duros por él; pero transcurrido el primer mes, no pudieron satisfacer el segundo, y abandonaron la habitación, salvando casi milagrosamente sus escasos muebles. Más aún que los tormentos del hambre, temía Maltrana las inquietudes y desasosiegos que traía consigo el alquiler. Feli sólo se preocupaba de asegurar el techo. Realizaba economías asombrosas por ir juntando poco a poco el dinero para la casa. Ya tenía tres pesetas, ya tenía un duro, ya se aproximaba lentamente a los dos, y de pronto surgía una necesidad 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000