Contestó con un movimiento negativo. ¡Las mujeres! ¡todas iguales! ¡Sólo eran tiernas cuando veían -parné-! Y su cara viciosa, ajada prematuramente, completó estas palabras con un gesto cínico. Maltrana saludó al vigilante de la sección de los niños: un viejo de hirsutas barbas, con una expresión de bondad en los ojos. El otro empleado explicó a Maltrana las dificultades del cargo. Había que ser dulce con los presos; el director exigía la abstención de toda violencia; pero debían tratarles con energía al mismo tiempo, pues los golfos, maliciosos como monos, se insolentaban y sublevaban a la menor blandura. Por medio de ingeniosas telegrafías comunicábanse de una a otra celda, tramando complots contra todo vigilante que les era antipático. Su revolución consistía en «darle tapadera», entendiéndose por esto que cada uno, encerrado en su celda, golpease la puerta con el redondel que tapaba el orificio de su letrina, armando a un tiempo tal estrépito, que se conmovía toda la cárcel. El empleado a quien obsequiaban con este estruendo había de abandonar su puesto, trasladándose a las galerías de hombres, más tranquilas y disciplinadas que la de estos gorilas del crimen. Al final de la galería encontró Maltrana al -Barrabás-, erguido en la puerta de su celda. Había visto entrar a su hermano, sereno, sin mostrar emoción alguna. Su orgullo consistía en ser un «buen preso», imitando los gestos y la impasibilidad de los veteranos del crimen que estaban abajo; en conocer los toques de corneta y moverse automáticamente, cual si llevase varias campañas y viviera en la casa como en su propio elemento. Saludó al empleado llevándose la mano a la cabeza y quedó inmóvil. --Bien, muy bien--dijo Maltrana--. Tú parece que estás aquí perfectamente, mientras tu pobre padre va a morir de vergüenza. ¡Golfo! ¡ratero! El -Barrabás- sonrió e hizo un ligero movimiento de hombros, como dando a entender a su hermano que para dirigirle tales reconvenciones no era precisa su visita. --Este es un mozo de cuidado--dijo el guardián dándole golpecitos en la nuca--. Este irá a Ceuta. Cuando le trajeron estaba algo amarillo, tenía su poquito de miedo; pero apenas entró, ¡como el pez en el agua!... Si le dejásemos, cobraría el barato. Quiere ser el jefe, le disputa el cartel al -Machaco-: las echa de matoncillo... Maltrana, mirando a su hermano con repugnancia, siguió reconviniéndole. --Estás aquí por ladrón. ¿Sabes tú lo que es eso, Pepín? ¿No conoces lo que nos afrenta a todos? ¿No comprendes que vas a matar a tu pobre padre?... El -Barrabás- abandonó su inmovilidad y miró con ojos hostiles, homicidas, a los que estaban plantados algunas puertas más allá. --Estoy aquí--dijo con voz ronca--por esos voceras, que se han chivado, contándoselo todo al juez. Mis consortes tienen la culpa; en cuanto pueda, les saco el redaño. Y se erguía con la arrogancia fanfarrona de un gallo joven, estremeciéndose todo su cuerpo linfático y desmedrado, con esa ruindad física de los homicidas por instinto. Maltrana comprendió que sus palabras no causarían efecto alguno en el muchacho. Había hecho mucho camino cuesta abajo durante el tiempo que no le veía. Estaba agarrado por el engranaje del crimen. Cuando saliese de esta mala aventura, caería en otra. La cárcel era su casa, y toda aquella juventud que se aislaba de la sociedad, su verdadera familia, la escogida por él, con la atracción de las comunes aficiones. El -Barrabás- siguió hablando, sin fijarse en la mirada de reprobación de su hermano, creyendo ingenuamente que eran portentosas hazañas las raterías verificadas por su banda. Tal vez le inspiraba lástima aquel hermano infeliz, incapaz de pelearse con otro hombre y sin agallas para apoderarse de un mal pañuelo. A él le hacían caso en la cárcel. Lo declaraba con orgullo: pocos días llevaba allí, y los empleados le elogiaban, porque «hacía un buen preso», siendo el primero en la formación y ayudándoles con su influencia para que todos obedeciesen. Los compañeros y consortes le respetaban. Sabían que no era un ladronzuelo cobarde, de los que meten los dedos en los bolsillos y huyen muertos de miedo a la menor alarma. Tampoco era un «quincenario» de los que pasan en la celda medio mes sin enterarse del motivo de su detención. Era un detenido de causa, y los camaradas conocían su historia. Sabían que en el «Palacio de Cristal» había descalabrado a dos compañeros de los más audaces y que en todas las cuevas del Príncipe Pío, por su labia y por la facilidad con que empalmaba la navajilla, no le disputaba nadie el mejor sitio para dormir y las primeras hembras del rebaño de vendedoras de periódicos y explotadoras de señores viejos que seguían a los golfos en sus antros. Los pequeños presos, al saber que el visitante no era un señor de los Juzgados, sino un hermano del -Barrabás-, abandonaban su posición rígida, aproximándose unos a otros para aprovechar este rato de inesperada tertulia. El pilluelo, viendo alejarse hacia estos grupos al empleado que acompañaba a Maltrana, se espontaneó más con su hermano; quiso deslumbrarle con las grandezas de su porvenir. --¿Ves todos éstos?--dijo señalando a los camaradas--. Pues me tienen miedo y quieren que sea su capitán. Hemos resuelto, cuando salgamos, hacer una partida y que yo sea el jefe. Circulaba, ocultamente, de celda en celda, un grueso volumen de páginas mugrientas, con las puntas de la encuadernación roídas por el manoseo. Era la historia de José María, «el rey de Sierra Morena». Las enfermizas imaginaciones de estos torpes engendros exaltábanse al leer, en el silencio del encierro, las hazañas del caballeresco bandido, al contemplar en las láminas las arrogantes figuras de los paladines de carretera, con sus grandes patillas, el trabuco debajo del brazo y el cinto repleto de onzas. Así serían ellos cuando saliesen al campo: el -Barrabás- marcharía al frente, por montes y caminos, como glorioso capitán. Y el libro, por medios habilísimos, pasaba de unos a otros, a pesar de que el director perseguía tales obras como si fuesen veneno puro. --Si éstos me siguen--continuó el -Barrabás- con énfasis--, si no son unos cobardes como mis consortes, ya oirás hablar de mí... Algún día puede que os tape con onzas de oro a padre y a ti... Cada uno sabe lo que le conviene. ¿Qué había de ser yo? ¿albañil, como mi padre? Muchas gracias; no quiero morir aplastado lo mismo que un sapo, o en medio de la calle pidiendo limosna. El deseaba vivir: juerga, alegría, mujeres; de lo bueno, lo mejor. Sabía dónde se encontraba todo: sólo era asunto de agallas el hacerse dueño, y él las tenía. Aunque muchacho, había visto bastante. Su sonrisa era una mueca de viejo, un gesto de repugnante precocidad, que se reflejaba en sus ojos con un brillo feroz. Maltrana, molestado por el cinismo del pequeño, huyendo su mirada, que parecía insultarle, se fijó en otro muchacho que se aproximaba a ellos. Iba descalzo, sin otras ropas que un pantalón y una elástica, pero llevaba el pelo cuidadosamente peinado, con una raya en el centro y dos bandos luengos y lustrosos. --Y tú, ¿por qué estás aquí?--le preguntó Isidro. El aludido contestó gravemente: -Por darle una puñalada... a un queso. Rió -Barrabás- la estúpida gracia con estruendosas carcajadas, y los grupos cercanos rieron también, como escandaloso eco. Todos se habían enterado de quién era Maltrana, y le miraban burlonamente. Al escuchar sus reconvenciones al hermano le consideraban como un enemigo. Era igual a muchos individuos de sus familias que venían a sermonearles en presencia de los camaradas, poniéndoles en ridículo, cual si no fuesen ya unos hombres. --A ver si hay formalidad--dijo el empleado aproximándose al oír las risas--. Al primero que venga con chirigotas le suelto un capón. Amenazaba como un maestro de escuela, con los nudillos de su mano. Luego añadió, señalando al de la puñalada al queso: --Este se ve aquí por sinvergüenza. Su padre es rico, y él le ha robado, ha empeñado cosas de su casa, se ha escapado con mujeres. Aún no tiene catorce años. Su familia, para que se corrija, le ha metido en esta escuela de moralidad y buenas costumbres. Y miraba a Maltrana con ojos entre asombrados e irónicos, como admirando por su inmensa estupidez a aquel padre que pretendía corregir al hijo encerrándolo en la Cárcel Modelo. --Este señorito irá lejos--continuó--. Los chicos le llaman el -Levita-, y es el mayor amigote del -Barrabás-. El es quien le llena la cabeza de aire hablándole de las cosas que pueden hacer juntos cuando salgan a la calle. Maltrana comenzaba a sentir la inquietud de una situación ridícula viéndose rodeado por aquellos monos malignos. Al volver la cara, sorprendió por dos veces los guiños burlescos, las morisquetas que hacían algunos a sus espaldas mirando al -Barrabás-. Su hermanastro, con una leve sonrisa, parecía animarles. Del fondo de la galería salieron voces imitando el gruñido de varios animales. El empleado iba de un lado a otro amenazando con el consabido «capón». Todos adivinaban en Maltrana al enemigo, al pariente moralizador y molesto que se presenta a predicar la virtud. ¡Virtud a ellos, que eran unos hombres y estaban enterados de todo! No quiso Isidro prolongar por más tiempo la visita; además, el empleado que le servía de guía mostrábase impaciente. Prometió al -Barrabás- interesarse por su suerte, ver a los señores del Juzgado, por si era posible hacer algo en favor suyo. --No lo descuides--dijo el pilluelo con hipócrita seriedad--. Será una buena acción; mis consortes son más culpables que yo. Si hubiese justicia, ya me habrían puesto en la calle. Pero en sus palabras notábase la falta de anhelo por salir. Allí no estaba mal; además, pensaba en el «cartel» que podía darle un largo encierro, en la admiración con que acogerían su salida los golfos albergados en las cuevas de los alrededores de Madrid. Cuando Isidro volvió a casa, pensaba en su visita a la cárcel como si fuese un ensueño. ¡Y su hermano, un pedazo de su carne, vivía allí con delectación, como si la esclavitud le colocase por encima de los demás! No ocultó a Feli el mal efecto de su visita. --Haré lo que pueda por ese granuja, aunque él, por su gusto, mejor está allí. El señor José se presentaba por las noches en casa de Isidro, pues el día pasábalo en aquella gran edificación de las afueras, por no perder el jornal. --¿Qué hay del chico?--preguntaba ansiosamente. Al principio le dio Isidro buenas esperanzas. Creía posible su excarcelación por medio de un amigo que, a su vez, lo era de otro que conocía al escribano. Luego se mostró pesimista. Pedirían una fianza, y no era cosa fácil para unos pobres como ellos el conseguirla. Por fin, quiso dar un consejo al señor José. El -Barrabás- era cosa perdida. Lo mismo daba que permaneciese en la cárcel que en la calle. Casi le favorecían dejándolo allí, pues evitaban que cometiese nuevos delitos. El albañil no volvió por casa de Maltrana. A pesar de su carácter rígido, mostrose ofendido por esta falta de esperanza en la regeneración del -Barrabás-, y eso que él era el primero en desconfiar de su enmienda. Isidro casi olvidó a su hermano. Otras preocupaciones dominaban su pensamiento. Quería salir de su mísera situación antes que se agotase el dinero del libro del marqués de Jiménez, administrado por Feli con escrupulosa economía. De vez en cuando, una traducción que le proporcionaba un amigo, un artículo que conseguía colocar en un periódico ilustrado, sostenían instantáneamente el descenso de su fortuna. Pero esto no era bastante: le faltaba el ingreso regular y seguro para mantener su vida. Pensó un momento en hacer un esfuerzo de voluntad y entrar en la redacción de un periódico... La empresa no era fácil: todos los puestos estaban ocupados, y él apenas si servía para esta labor. La fama del -Homero- indolente se había esparcido por todas las redacciones. Hubo instantes en que confió su salvación a libros originalísimos que se le ocurrían, y que, según él, estaban destinados a producir gran escándalo en el público. Pero ¿quién iba a imprimirlos? ¿Y la fuerza para escribir dónde podía encontrarla, con la voluntad entorpecida y la inquietud del sustento inseguro?... Comenzaba a dudar de su fuerza. Desvanecíase la fe de aquellos momentos de bienestar, en los que creía en asombrosas ascensiones hacia el triunfo. Pensaba, en su desesperación, que era un infeliz sentenciado a la miseria, con menos talento que un mozo de cordel. Aquellas ropas raídas de señorito que cubrían su cuerpo eran la librea del hambre. Llegaba a su cuarto y se tendía en la cama, triste, trémulo, como si le amenazase una desgracia, ocultando la cara entre las manos. La pobre Feli acudía, balbuceando de miedo: --¿Qué tienes, Isidrín? ¿Qué te pasa, rico mío? Le acariciaba como una madre; hundía sus manos en la crespa cabellera, mientras Maltrana respondía entre suspiros. Nada, no tenía nada; jaqueca, cansancio de no trabajar, aburrimiento. Gemía de impotencia, acompañado por la dulce Feli, que también derramaba lágrimas, sin pedir nuevas explicaciones, adivinando, en su instinto de mujer, que estas crisis tenían relación con el montoncillo de dinero, cada vez más exiguo, que guardaba en la cómoda. La juventud y el amoroso contacto de sus cuerpos acababan por desvanecer esta lluvia de lágrimas. Abrazábanse con los ojos todavía húmedos, sentían la necesidad de estrecharse, de hacer frente con mayor solidez a la desgracia, y los besos sucedían a los llantos, entregándose al amor con un resto de melancolía que proporcionaba a su placer nuevas dulzuras. Por las noches entraba Maltrana en casa cada vez más tarde. La tímida Feli había tenido que vencer su miedo a las habitaciones desiertas, a las terroríficas imágenes del señor Vicente. Cosía hasta más de las once a la luz de un quinqué comprado en el Rastro. El señor Vicente, al volver a su habitación y ver luz por debajo de la puerta, tocaba discretamente con los nudillos. --¿Aún no ha vuelto el señor de Maltrana? Y al saber que Feli estaba sola, negábase a pasar adelante. Era tarde y debía levantarse con el alba. --Que trabaje usted mucho, señora, y duerma bien. ¡Ah! Y si tiene usted un rato libre y quiere distraerse, lea aquella oración tan bonita que le entregué. Se ganan ochenta días de indulgencia. Escuchaba Feli el ruido de sus zapatos al caer, los crujidos del jergón, los suspiros y rezos del devoto al tenderse. Luego venían los gritos de la pesadilla, los apóstrofes al Malo, para que se alejase con sus carnales tentaciones. Feli se acostaba después de media noche, aguardando en la obscuridad la llegada de Isidro, creyendo que era él cada vez que sonaban pasos en la escalera. Dormíase muchas veces vencida por la fatiga, y despertaba al sentir en sus ojos la violenta impresión de la luz. Isidro, con aire fatigado, desnudábase junto al lecho. ¿Qué hora era? Las tres; las cuatro. El joven excusaba su retraso hablando de los deberes que pesan sobre un escritor, de las exigencias del oficio. Había que dejarse ver de las gentes, frecuentar las tertulias de Fornos, visitar algunas redacciones, callejear con ciertos amigos noctámbulos que podían ayudarle. El la amaba como siempre; pero se debía a la literatura y al público. Una noche asistió a un banquete en honor de un compañero que acababa de publicar un tomo de versos. Era una fiesta de juventud, un alarde de fuerza y cohesión para que rabiasen los viejos. Feli cepilló con gran cuidado su traje, puso en su pañuelo unas cuantas gotas de esencia que aún le restaban en el fondo de un frasco; añadió un par de pesetas, por lo que pudiera ocurrir, al duro (precio del cubierto), que separó tristemente de lo que ella llamaba «el capital de la casa», cada vez más reducido. Eran las tres de la madrugada cuando despertó Feli sintiendo en la frente el contacto de unas manos. Lo primero que vio fue la cara de Isidro, pero transfigurada, con las mejillas rojas, brillándole los ojos con un fulgor extraordinario. Después percibió un perfume de flores marchitas y vio esparcidos sobre la cama varios -bouquets-, que indudablemente habían servido de adorno a los cubiertos antes de comenzar el banquete. --¡Viva el arte!--gritó Maltrana con una agitación que hizo reír a Feli--. ¡Viva la eterna belleza! ¡Viva la juventud triunfante! --Pero ¡cállate, condenado!--exclamó la muchacha--. Puesto a gritar, dale un viva al vino, porque me parece que vienes algo marcado. --Estoy borracho, es verdad; borracho de entusiasmo, de vida, de inspiración... El porvenir es nuestro, nena; los jóvenes triunfaremos. Tú eres la belleza, la musa de la juventud: deja que te cubra de flores. Y riendo como un chicuelo travieso, le arrojaba a la cara los ramilletes. --Pero ¡Isidro, hijo mío--protestó Feli--, que vas a despertar al señor Vicente!... --Que se fastidie ese sacristán; que reviente el rapavelas. ¡Abajo el obscurantismo! ¡Viva el arte y la juventud! La alegre embriaguez de Maltrana hacíale contemplar a Feli con ojos amorosos. ¡Qué hermosa la veía en el desorden del sueño, con el pelo alborotado y las mejillas sonrosadas, mostrando su pecho de suave palidez de camelia por entre las modestas puntillas de la camisa, cruzando tras la cabeza el marfil de sus redondos brazos! Era la musa de la juventud. Isidro la besaba en el rostro, en los hombros, en los pechos, en todos los adorables rincones de su carne que la muchacha iba dejando al descubierto al revolverse en la cama, estremecida bajo el chaparrón de caricias, que le arrancaba sofocadas risas, lamentaciones de irresistible cosquilleo. --Déjame, mala persona--gemía riendo--. Déjame, o chillo. Maltrana siguió besándola, interrumpiendo sus caricias con ardorosas palabras. --Grita lo que quieras... pero no te dejo. He de asesinarte, matarte a besos... Te adoro. Eres la Venus de Milo... La de Milo, no, ¡que barbaridad! no tiene brazos, y los tuyos son muy bonitos. Eres la de Médicis, la de Canova, la Capitolina, ¡eso es!... la Capitolina, que es la más chulona de todas las Venus... Deja que te bese de rodillas, que te adore. Y en la extravagancia de su embriaguez, pretendió arrodillarse para besar una pierna que asomaba entre las ropas del lecho. Feli sonreía con estos arrebatos de su amante. Le placía verle alegre. Se había dormido pensando en la necesidad de decirle una cosa... una cosa muy importante. Maltrana inclinó su cabeza para oír mejor. --Habla: dime qué es eso. Pero Feli se resistió a hablar, ocultando su cara al mismo tiempo que sus mejillas se enrojecían intensamente. No; así no. Temía que alguien la oyese; que sus palabras llegasen hasta el devoto, que dormía al otro lado del tabique. Extendió sus brazos para coger la cabeza de Isidro y la aproximó a su boca, hablándole al oído largamente, con mimo infantil. Cuando Maltrana se incorporó, ya no le brillaban los ojos. Se había disipado el gesto risueño de su embriaguez; había perdido las ganas de dar vivas a la juventud y al arte. La paternidad acababa de arrojar su fardo de inquietudes, de graves afectos y penosos deberes en medio del camino de su amor. ¡Un hijo!... Adiós, juventud. Maltrana creyó que caía de golpe sobre sus hombros la capa de plomo de los años; vio más negra, más triste, la miseria en que vivía. Fue un sentimiento indefinible, en el que se mezclaban la satisfacción y el miedo. Su personalidad iba a desdoblarse, prolongándose en el curso de la vida. Esto le elevaba como hombre. Pero creyó sentir en torno algo que se despegaba de él. La juventud alegre, sin responsabilidades ni obligaciones, se perdía para siempre. A lo lejos, la Ilusión, en fuga, batía sus alas de diamante. VIII Sufrió Maltrana un gran cambio en su vida. El dinero iba desapareciendo, sin que los tardos e irregulares ingresos bastasen para sostener la casa. Feli le pareció menos agradable. Trataba a Isidro con el cariño de siempre, le cuidaba y mimaba con aquella adoración que hacía de ella una devota más que una amante, pero tenía crisis de inexplicable tristeza, que parecían contagiarle a él. Muchas veces, al volver Isidro a su casa, la sorprendía de bruces en la cama, llorando silenciosamente. --Pero ¿qué tienes?--gritaba con tono colérico--. ¿Qué te pasa?... Nada: lloraba sin saber el motivo. La maternidad trastornaba su débil organismo. La invadía una intensa tristeza, atormentando su imaginación. Pensaba en el ser misterioso que llevaba en sus entrañas, en cuál sería su fortuna al surgir al mundo, en la miseria que rondaba en torno de ellos, amenazándoles con toda clase de privaciones. Isidro sorprendía algunas veces en su mirada una curiosidad molesta, como si le contemplase por primera vez, como si le examinara a una nueva luz, viéndole totalmente cambiado. Feli comenzaba a dudar de él: su fe sufría ligeros desmoronamientos. Como si la maternidad aguzase su razón, la muchacha preguntábase si Isidro era tan grande como ella le había creído, si no faltaba algo esencial en aquel hombre sin voluntad para el trabajo, indeciso e inquieto, que en plena amenaza de miseria pasaba gran parte del día olvidado de su situación, charlando en el Ateneo y en los cafés del porvenir de la juventud, de la decadencia de «los viejos», de lo que debía ser el arte, anunciando a voces que pensaba escribir grandes cosas, pero sin fuerzas para coger la pluma, sin constancia para la labor. Todo esto que pensaba Feli vagamente lo traslucía Isidro en sus miradas. El, por su parte, viéndose analizado y con menos admiración, sentía ligeros descensos en su amor, confesándose que había en éste más de agradecimiento que de pasión irresistible. Amaba a Feli con un nuevo afecto plácido y tranquilo. Del amante apasionado que se arrodillaba ante ella con la embriaguez de la carne, llamándola Venus, quedaba muy poco... ¡Pobre Venus! La diosa deformábase con la maternidad. Una hinchazón monstruosa rompía las líneas armónicas y dilataba las curvas admirables. Aquellas botas color limón que eran el orgullo de Feli ya no entraban en sus pies. La muchacha sentía el trastorno de sus entrañas en forma de náuseas, vahídos y crisis de nervios, y Maltrana, con su egoísmo de hombre superior, abandonaba la casa, en busca del placentero trato de los amigos. El estado anormal de Feli coincidió con un suceso que hizo temer a Isidro por la vida de la muchacha. Una mañana se presentó el señor Manolo el -Federal-. Feli, que no le había visto desde su fuga de la casa paterna, acogiole con grandes muestras de cariño. ¿Y el padre?... Pero el señor Manolo apenas contestó. Necesitaba decir a Isidro algo muy interesante; le invitaba a bajar a la calle, para expresarse con mayor libertad. Maltrana bajó tras él, adivinando algo grave en el gesto hosco del capataz. --Tú no habrás leído los papeles de hoy--le preguntó al detenerse en la acera--. Pues bien; el -Mosco- ha muerto; mejor dicho, le han matado. Los esbirros han conseguido lo que deseaban. Y relató la muerte trágica de su hermano. Los diarios dedicaban al suceso unas cuantas líneas. Aquel homicidio en tierras reales no inspiraba interés. El -Mosco- y su acólito el -Chispas- habían caído en una emboscada de los guardas. El maestro había muerto acribillado de plomo; su discípulo y acompañante estaba en el hospital, con dos balazos en un hombro. Unos periódicos, al hablar del suceso, afirmaban que las víctimas eran dañadores peligrosos que habían hecho frente a los guardas; los diarios de oposición decían que eran pobres hambrientos que entraban en la posesión real sin otro propósito que el de coger cardillos. --La cosa fue anteanoche--continuó el capataz--. Yo lo supe ayer por la tarde; vinieron a decírmelo de las Carolinas... No he querido ir a verle. ¿Para qué? ¿Voy acaso a resucitarlo?... Ya estará enterrado; los que lo vieron dicen que estaba hecho una lástima. Un balazo en la frente, otro en la boca: plomo por todas partes. Apenas si los amigos pudieron reconocerle; tan desfigurado estaba. ¡Cristo! ¿Así se mata a los hombres? Se habían juntado no sé cuántos; sabían por dónde iba a pasar, y bien tranquilos, ocultos tras la maleza, le hicieron una descarga, sin que el pobre pudiese llevar la mano a su escopeta... ¡Ya estarán contentos! ¡Ya no pensarán más en el -Mosco-, que era su preocupación!... El pobre -Chispas-, cuando sane, si es que sana, irá a presidio... Da rabia, Isidro, pensar que hombres tan hombres mueran como perros, por querer vivir de lo superfluo, de lo que otros no necesitan; que los cacen como fieras, sin haber hecho otro delito que cobrar algunos conejos... ¡Puñales! ¡y después aún se extrañan de que pidamos la revolución!... La muerte del -Mosco- impresionó mucho a Maltrana. Pensó con remordimiento que tal vez tenía él cierta intervención en esta catástrofe. El dañador, empujado por la cólera, se había entregado a sus expediciones arriesgadas, como si retase a la muerte. Después pensó Isidro en su compañera, nerviosa y quebrantada por su estado físico; en lo peligroso que sería darle la noticia, sin que una nueva crisis pusiera en peligro su salud. Cuando subió, le esperaba Feli con la mirada interrogante y la cara triste, como si el instinto femenil le avisase la desgracia. Sólo por un asunto importante podía haberse resuelto su tío ir a visitarles. Era cosa de padre, ¿verdad? ¿Se había decidido, por fin, a buscarlos? ¿Iba a presentarse de un momento a otro?... Los rodeos que empleó Isidro para contestar aguzaron su instinto. En un momento columbró la verdad. --No digas más, Isidro--murmuró--. No te esfuerces: no temas por mí. Yo soy fuerte. ¿Es que lo han matado en el bosque?... Acogió con serenidad la trágica noticia. Maltrana admiró su firmeza: era digna hija del -Mosco-. Aquella mujercita débil, que muchas veces lloraba sin motivo, permaneció inmóvil, con los ojos secos, al conocer la desgracia. Hacía tiempo que presentía este final. Muchas noches había visto en sueños a su padre cubierto de sangre, pereciendo bajo las escopetas de los guardas, que le daban el tiro de gracia. Se había familiarizado con la posibilidad de este suceso durante los años de su vida en las Carolinas al lado del dañador. Apenas si lloró. Permaneció anonadada, embrutecida por la sorpresa. Maltrana, al volver a casa por la noche, vio sus ojos enrojecidos, como si al encontrarse sola sintiese con más intensidad la desgracia, entregándose largas horas al llanto. Una pregunta parecía vagar por sus labios, atormentándola con cruel inquietud. --¿Tú crees, Isidro--dijo al fin--, que no tenemos ninguna culpa en la muerte de padre? La misma pregunta elevaba sus interrogantes en el ánimo de Maltrana; pero éste se apresuró a tranquilizar a su compañera. No; ninguna responsabilidad les correspondía a ellos. El -Mosco- había muerto por temerario. Era el final lógico de una vida de aventuras, de aquel modo audaz de ganarse la existencia con riesgo de la piel. ¿No le había visto llegar muchas veces a la casucha chorreando sangre de tremendas heridas?... Pareció tranquilizarse Feli, sin que por esto dejase de llorar cuando se veía sola. El señor Manolo se presentó varias veces en la casa para dar cuenta a los dos jóvenes de la exigua herencia del -Mosco-. Iba vendiendo a las gentes de Tetuán los famosos perros del dañador, sus enseres de caza, todo lo que contenía la casucha de las Carolinas. Llegó a reunir así unos sesenta duros, que entregó a Feli, guardándolos ésta sin decir nada a Isidro. Bien necesitaban el dinero. Había llegado el calor, y sus trajes de invierno, aunque raídos, les abrumaban con peso sofocante. Vistiéronse los dos de negro en los establecimientos baratos de la calle de Toledo. Feli, en este segundo equipo, ya no se permitió capricho alguno. ¿Para qué adornarse? El embarazo desfiguraba su cuerpo débil y delicado. Pasaba semanas enteras sin salir de su habitación, sin asomarse a la ventana. Le faltaban fuerzas para vestirse. Con un arranque de su voluntad llegaba a la cocina, y tosiendo y estremeciéndose por contener las náuseas, preparaba la comida. Ella, que cuidaba antes con gran escrupulosidad las ropas de Isidro, mostrando empeño en que se distinguiese de los compañeros por su limpieza, abandonábalo ahora, sin lanzar una mirada a sus cuellos grasientos, a sus pantalones moteados por el barro de lejanas lluvias. Su deseo era verse sola, que Isidro se alejase; y, sentada en el viejo silloncito que su amante ocupaba al escribir, permanecía inmóvil horas enteras, contemplando con fijeza hipnótica su vientre desmesurado, monstruoso, que subía y subía, tirando de las faldas, dejando al descubierto sus hinchados pies. Algunas noches, en el silencio del dormitorio, mostraba a Maltrana aquel globo de tirante piel, agitado en su interior por misteriosos estremecimientos. Era el miedo, la inquietud de la primeriza ante lo extraordinario del fenómeno. --¿Llevaré dos?--preguntaba con voz trémula--. Tú que sabes tanto, ¿no reconoces que esto es demasiado?... Pero Isidro contestaba con mal humor. Su embarazo era lo mismo que los otros. Debía dejarle en paz. Tenía asuntos más graves en que pensar; estaba desesperado por las injusticias de que era objeto. Nadie hacía caso de la juventud; no la abrían camino... Y después de estas lamentaciones dormíase, mientras Feli, en la obscuridad, se pasaba las manos interrogantes por aquella montaña, motivo al mismo tiempo de alegría e inquietud. En las primeras horas de la noche, cuando Feli estaba sola, el señor Vicente entraba un instante en la habitación de sus huéspedes. Como la joven tenía que darle algunos recados, el devoto decidíase a pasar la puerta. Durante sus ausencias presentábanse algunos amigos preguntando por él. Eran estos un cura viejo, de hábitos raídos y verdinegros, tan loco y pobre como el señor Vicente, varios hermanos de cofradía, y aquel tremendo zapatero cuya conversión le había costado los mejores años de su vida. Todos ellos personas devotas y buenas, que merecían los mayores elogios del «santo». Escuchaba éste con movimientos de cabeza las explicaciones de la joven. Fulano había dicho que no dejase de ir al día siguiente a la iglesia de Santa Cruz, pues eran los funerales de un señor de las Conferencias católicas. El cura viejo había dejado en su cuarto dos paquetes de hojitas para que las repartiese. El zapatero, con su cara fosca, se había presentado dos veces, buscándole con gran prisa. Necesitaría dinero: la tal conversión le costaba muy cara. El señor Vicente la oía sonriendo, y después se fijaba en su persona. --Y usted, ¿cómo está? ¿cómo marcha ese embarazo?... Desde que la veía en tal estado hablábala con mayor confianza. Desfigurada por la hinchazón, pesada y doliente, no pudiendo moverse sin suspiros de pena, ya no le infundía aquel miedo que toda hembra le hacía sentir. La maternidad dolorosa santificaba a la mujer, le permitía acercarse a ella sin miedo y sin repugnancia, tratándola con una llaneza maternal. --Debe usted sufrir mucho. Algunas noches la oigo revolverse en la cama... Tenga usted paciencia; es el castigo que nos impuso Dios por la rebeldía de la primera mujer. Todos hemos de sobrellevar la culpa. Feli le consultaba con inocente confianza, como si estuviese en presencia de una comadre del barrio. El señor Vicente no era un hombre: la locura religiosa le excluía del sexo. Se lamentaba al hablar con él de la inquietante hinchazón de su vientre. Le comunicaba su terror. ¿Era aquello natural?... ¿Qué opinaba el buen hermano? Y el púdico señor Vicente se fijaba en el abultado abdomen, sin escrúpulo alguno, como si la maternidad fuese una función falta de origen, en la que para nada intervenía el amor. Sospechaba, en sus piadosas fantasías, si este embarazo ocultaría algo sobrenatural, un prodigio de la voluntad divina. Hacía preguntas a Feli, que ésta contestaba con extrañeza. ¿No le decía nada el ser que llevaba en las entrañas? ¿No le había hablado alguna vez o demostrado su voluntad con extraños ruidos?... --Hace usted mal--continuaba--si cree que digo esto a tontas y a locas. Yo, aunque lego, he leído algo. Ahí dentro tengo una Vida de San Vicente Ferrer, mi ilustre patrón, al que con motivo llama su panegirista «el San Pablo español». No se imagine que es un librillo de los de ahora, sino un volumen con tapas de pergamino, impreso hace siglos, y su autor es el reverendo padre Valdecebro, varón de gran fama por las obras que escribió sobre la vida de los animales... Pues el padre Valdecebro cuenta que la madre del santo, cuando estaba en su embarazo, sentía grandes inquietudes y miedos por lo desmesurado de su vientre y los ruidos que hacía la criatura. Algunas noches creyó oír ladridos en sus entrañas, y llena de miedo, fue a consultar el caso con el arzobispo de Valencia, que era santo y prudente. «No temas, mujer--dijo el prelado--; si tu hijo ladra dentro de tu vientre, es porque Dios quiere que sea el gran mastín de la Iglesia, que reñirá con los lobos de la herejía.» Así lo cuenta el padre Valdecebro, que era un varón docto, incapaz de mentir. La bondad de Dios no se agota nunca. ¡Quién sabe si querrá repetir en usted sus prodigios, haciendo que salga de ese vientre otro mastín para la defensa de su rebaño!... Feli compadecía la simpleza del devoto, ofendiéndose al mismo tiempo por la misión animal que atribuía al hijo de su entrañas. --Pues éste, señor Vicente--decía señalándose el abdomen--, éste, por ahora, no imita a su santo patrón: aún no ladra. --Tenga usted fe en la bondad del Señor--continuaba el hermano--. Todo llegará, y así que se presente el mal paso, le traeré ciertas reliquias milagrosas de un amigo mío, y una cinta de la Virgen que obra prodigios. Había comenzado el verano. Isidro juraba de desesperación viendo que todas las personas que podían ayudarle se ausentaban de Madrid. No encontraba trabajo: los editores paralizaban sus negocios; ningún traductor necesitaba ayuda; los semanarios ilustrados llenaban sus páginas con grabados representando el veraneo de los reyes y de la aristocracia en las playas del Norte, sin dejar espacio para un mal artículo. Todos los malos olores de Madrid, dormidos durante el invierno, despertaban y revivían al llegar el calor. Las cuadras y vaquerías hedían con la fermentación del estiércol; las bocas de las alcantarillas humeaban la podredumbre de sus entrañas; hasta los caballos de los coches de punto, en sus largas esperas, levantaban la cola, impregnando el ambiente con el tufo de la cebada recocida y la paja putrefacta. La calle era más ruidosa que en el resto del año. Parecían nacer niños de entre los guijarros del pavimento: bulliciosas bandas ocupaban las aceras, entregándose a sus juegos con la libertad de un villorrio. Los balcones, abiertos por el calor, daban paso franco al estrépito del carruaje que rueda, del vendedor que chilla, del afilador que aguza los dientes con sus chirridos, del piano ambulante e infatigable, que desarrolla la general jaqueca con las vueltas de su manubrio. La calle, como dilatada por el calor, introducíase por todos los huecos, haciendo llegar sus hedores y ruidos a los extremos más recónditos de las casas. Las habitaciones que ocupaban los dos jóvenes ardían de la mañana a la noche bajo la llama del sol. Descendía del techo un calor asfixiante, como si sobre él ardiese un horno. Feli, despechugada, sudorosa, respirando con dificultad, arrastraba los pies yendo de un lado a otro, abrumada por este calor que era un nuevo tormento. Crujían durante la noche, con chasquidos alarmantes, las maderas de los muebles, las tablas ocupadas por los libros del devoto, sobre cuyos lomos polvorientos movíanse las polillas. Las paredes, caldeadas, arrojaban de su seno los parásitos del verano. Las chinches caían del techo, las pulgas saltaban sobre los baldosines. El señor Vicente no podía remover sus pilas de volúmenes sin que saliesen a la desbandada las cucarachas en repugnante correteo. Feli sentía aumentar sus náuseas y su inapetencia con este asqueroso renacimiento que la rodeaba. Apenas comía. La escasez de dinero, las preocupaciones de la miseria, aumentaban su debilidad. Maltrana la veía ajarse, perder la viveza de su juventud, como si la consumiese aquel ser oculto que devoraba lo mejor de su vida. También el joven experimentaba grandes crisis de desaliento. Volvía a casa con el gesto triste, se dejaba caer en la cama, diciendo que quería morir. No encontraba trabajo. Iba de un lado a otro visitando a los amigos, haciéndose visible en las redacciones de las revistas, sin conseguir una traducción ni que le admitiesen un artículo. La vida estaba paralizada: todos los que podían darle algo se hallaban ausentes. Había buscado al marqués de Jiménez, con la esperanza de inspirarle una nueva obra; pero el grave personaje también estaba ausente; veraneaba en una de sus fincas, y en ella se proponía permanecer hasta el invierno. En estos instantes de abatimiento era cuando Isidro se daba cuenta de lo mísero de su situación. Sus brazos eran débiles, sus manos delicadas; ni siquiera poseía el vigor físico de un mozo de cordel para ganarse la subsistencia. Recordaba con amargura las declamaciones que muchas veces había leído sobre la miseria de los desheredados de la clase obrera. ¡Ay! Ellos, al menos, no perecían de hambre en medio de la calle. El hombre de fatiga siempre encontraba un mendrugo y una copa de vino para salir del paso. Pero ¿y él? ¿Qué iba a ser de él, envenenado por una instrucción que de nada le servía, falto de la fuerza brutal con que se ganaban el pan los desgraciados de blusa?... En estos momentos de desesperación pensaba en -El bachiller-, de Julio Vallés, una de las obras que más le habían impresionado, por ver en ella la negra historia de su existencia. Acudía a su recuerdo la dedicatoria del libro, desolada, de inmensa tristeza: «A todos los que, nutridos de griego y de latín, están muertos de hambre.» El pertenecía a esta legión de desgraciados, cuyas quejas no encontraban eco, que imploraban el pan con el rubor y la timidez de su levita raída, que hacían reír con lo grotesco de su miseria, sin infundir miedo como los obreros manuales. Maltrana pensó por primera vez si el gran error de su vida era haberse dejado arrancar del campo de miseria donde nació; si aquella buena señora, su protectora, habría sido, sin saberlo ni quererlo, la mala hada de su destino; si estaba condenado a eterna hambre por soñar con la gloria y haber vestido las raídas ropas del bohemio, cuando su salud consistía en seguir dentro de la blusa de sus mayores. Feli, a pesar de su debilidad, encontraba fuerzas para animarle. Se acababa el dinero y no tenían esperanzas de que llegase más. Pero ella le ayudaría: estaba habituada al trabajo. Y la pobre muchacha, anémica por la falta de nutrición, abrumada por el peso de su vientre, tuvo un arranque de energía sobrehumana, de esos que únicamente puede realizar la nerviosidad femenil. Le era imposible volver a la fábrica de gorras: estaba muy lejos, y además no la admitirían después del escándalo de su fuga. Pero conocía otros oficios menudos e insignificantes, de los que están al alcance de las muchachas pobres y las ayudan a engañar el hambre. Haría «flores» para los corsés, se dedicaría a emballenarlos. Conservaba cierta amistad con la dueña de un taller, por haber trabajado para él cuando escaseaba la faena en la fábrica de gorras. Isidro se opuso. ¡Trabajar ella, mientras él permanecía en forzosa inacción! ¡Trabajar, cuando estaba enferma y el desarreglo de su organismo la obligaba a largas horas de inmovilidad!... Adiós, idilio. Maltrana creyó que su dicha amorosa huiría para siempre así que aquellas manos hermosas se viesen sometidas a la esclavitud del jornal. El engranaje de la miseria agarraba a sus víctimas para no soltarlas jamás. Si ella trabajaba, viviría siempre condenada al trabajo: jamás tornarían a su nido la alegría y la abundancia. Antes morir los dos de miseria, que ver a la adorada, a la dulce Feli, degradándose de nuevo con las fatigas de la obrera. Ella era una señorita: la mujer de un escritor. La muchacha acogió estas protestas encogiendo los hombros. El buen sentido femenil le hizo despreciar tales preocupaciones, y una noche, al regresar Maltrana a su casa, vio la habitación llena de corsés blancos y modestos, corsés de pobre, que Feli había recogido en el taller. Pasaba las horas con el busto inclinado sobre su enorme vientre, en el que descansaban los armazones de lienzo. Hacía las «flores»: los pespuntes en forma de triángulo que adornaban los extremos de las ballenas. Era una tarea costosa y mal pagada, como todos los trabajos femeniles. Isidro se enfadó. ¿Deseaba matarse? Pero la sonrisa de Feli contuvo sus protestas. Señalaba con los ojos aquel cajón de la cómoda donde metía el dinero. Apenas quedaban unas cuantas pesetas de lo que les trajo el tío Manolo. No habían pagado los dos últimos meses de inquilinato al señor Vicente; debían en varias tiendas de la calle; él tendría que renunciar a la peseta que le daba de vez en cuando para tabaco, a los banquetes de «juventud», a aquellos gastos que consideraba necesarios para «hacerse ver», para «refrescar» el nombre literario. Se acercaba la miseria, pero la verdadera, la negra, sin tregua ni misericordia. Feli la adivinaba, abría sus ojazos llenos de misterio, como si la viese corporalmente rondar en torno de ellos. El ser que llevaba en sus entrañas también parecía presentir la proximidad del fantasma. Agitábase cada vez más inquieto, y la madre lloraba pensando en su suerte. La pobreza sería la única hada que le abrazase al surgir al mundo. Si la fortuna no había de apiadarse, prefería que el ser inocente pereciera en su encierro antes que ella lo viese, antes que se sintiera esclavizada por el cariño. Se entregó al trabajo con valentía femenil, mostrando esa resistencia de que sólo son capaces los seres nerviosos. Maltrana, al despertar, veía a Feli ante un montón de corsés, cosiendo animosamente. Inclinaba el rostro, enjuto por la debilidad, y seguía la marcha de la aguja con sus ojos profundos y melancólicos, única belleza que aún se mantenía intacta en ella. Isidro, al volver a su casa a altas horas de la noche, tenía que hacer grandes esfuerzos para que se acostase. --Déjame acabar esta docena--decía sin levantar la cabeza, tenaz en el trabajo, deseosa de no perder un segundo. Maltrana sentíase avergonzado por este sacrificio. En la calle se acordaba de Feli con remordimiento. Era abominable que él pasease inactivo, mientras la pobre joven vivía trabajando en este ambiente de horno. Sentía la necesidad de acompañarla: creía con su presencia disimular un tanto lo ignominioso de su situación. Al regresar a su casa iba de silla en silla, leyendo, escribiendo, hablando, para disimular su aburrimiento. Algunas veces, falto de libros, pues había vendido todos los suyos que eran de cierto valor, sacaba alguno de la biblioteca del señor Vicente e intentaba reír con las piadosas extravagancias de las vidas de los santos. Pero el tiempo no estaba para risas, y acababa por devolver a su estante los mamotretos apolillados. Otras veces sentía deseos de trabajar, para ponerse al nivel de la animosa compañera. Iba a hacer algo notable: tenía la cabeza repleta de ideas. Sentábase a la mesa, mojaba la pluma en el tintero, se acariciaba la frente; pero a su espalda cantaba la aguja al perforar el lienzo, crujían los corsés al amontonarse, zumbaban las moscas en torno de su cabeza, y el calor pesado y asfixiante cubría su piel de perlas de sudor. Rompía papeles y más papeles, y acababa por dejar la pluma con rabioso movimiento. La inspiración huía, espantada por el ruido de las telas y la pegajosidad de los insectos. Le era imposible hacer nada, y acababa por pasearse nerviosamente, jurando que era un imbécil; hasta que Feli, molestada por su cólera, le rogaba que volviese a la calle en busca de distracciones. Isidro, avergonzado de su inacción, se dedicó a acompañarla cuando devolvía el género al taller, ya que no podía hacer otra cosa. La primera vez había dejado que la pobre Feli, arrastrando las piernas y llevando por delante sus pesadas entrañas, cargase con el fardo para llevarlo cerca de la Puerta del Sol. El era un intelectual, con muchos amigos, y aunque la mayoría de éstos se hallasen fuera de Madrid, temía que alguien le viera cargado con un fardo. Era un escrúpulo egoísta, un deseo de guardar su prestigio de grande hombre desgraciado que se mantiene digno ante la miseria. Pero cuando vio por segunda vez a Feli empaquetar su trabajo soplando de fatiga, resignada, con sonrisa triste, sintió hondo remordimiento. --Deja eso, nena--murmuró avergonzado--. Yo lo empaquetaré, yo te lo llevaré hasta la puerta de la tienda. Es una canallada permitir que vayas sola... La pobre aún se resistió a aceptar esta ayuda. El era un señorito, un intelectual, una futura eminencia. ¿Qué dirían sus amigos, aquellos camaradas de café, si le veían en la calle cargado como un mandadero?... Pero Isidro hizo un gesto de indiferencia, a pesar del pavor que le inspiraban estos encuentros. Que hablasen lo que quisieran: deseaba ayudarla, servirla de algo. Salían cada dos días, luego de cerrada la noche, cargados con aquellos paquetes, por cuyo trabajo daban a Feli unos cuantos reales. Maltrana seguía la acera pegado a la pared, con cierta vergüenza, ocultando la cara, lanzando oblicuas miradas para reconocer a los transeúntes. La joven, a pesar de la torpeza de sus piernas, esforzábase por seguir su rápido paso, semejante a una fuga. Jadeaba al trotar, moviendo su vientre con doloroso vaivén. El regreso era más lento y tranquilo, cuando no se llevaban a casa nuevas remesas de labor. Caminaban cogidos del brazo por las aceras, tibias aún de los ardores del día. Humeaba la población al exhalar en la calma de la noche el fuego con que el sol la había caldeado. La circulación era en las calles menos densa que en el resto del año. Los balcones estaban cerrados; apenas si se veía algún rectángulo de luz en las obscuras fachadas. Agrupábase la gente en las mesillas exteriores de los cafés y horchaterías. Sentábanse ante los portales las tertulias en corrillo, obstruyendo las aceras. En muchas ventanas colgaba el botijo rezumando agua. Un hedor de asfalto recalentado y boñiga en fermentación surgía del suelo de las grandes vías. Cerca de la casa del señor Vicente, en las estrechas calles de los barrios bajos, el mal olor del verano martirizaba el olfato. La plaza de la Cebada humeaba como un estercolero en putrefacción. De sus sótanos, faltos de aire, surgía la peste de las verduras fermentadas, difundiéndose por toda esta parte de Madrid, que olía como una huerta abandonada. Los dos amantes, en su lento regreso, discutían el empleo del dinero que acababan de cobrar. No bastaba para las más rudimentarias necesidades. Feli percibía cincuenta céntimos por cada docena de corsés. Apenas sí trabajando día y noche podía juntar un par de pesetas. Mentalmente ajustaba sus cuentas: tanto en la plazuela, tanto en la tienda; no bastaba este dinero para salir de apuros, y eso que habían suprimido el café y el vino, y no comían mas que lo necesario por no perecer de hambre. Maltrana, oyendo estos lamentos de dueña de casa, pensaba nostálgicamente en el pasado. ¡Qué dulce recuerdo el de los paseos por los desmontes inmediatos al Canalillo, el de los descansos en los merenderos de Amaniel, hablando de amor, pasándose las naranjas de boca a boca, contentos del sol que les metía en el alma la alegría de su luz, gozosos de la noche que les protegía con su sombra, dando a sus caricias un nuevo encanto con la sonoridad de los nocturnos ecos!... Todo había huido para siempre; estaba lejos, tan lejos como parecía estar aquella Feli de los buenos tiempos, alegre, risueña y rebosando la admiración, de esta otra, afeada por la maternidad, triste por la miseria, y con gesto de desaliento, como si ya no tuviese fe en el porvenir de su hombre y se resignara a llevar la peor parte, cuidándolo como un niño grande, más por conmiseración maternal que por apasionamiento amoroso. Maltrana ya no pensaba en si la vida era alegre o triste, negra o de color rosa. La vida era sencillamente un aburrimiento, y el helenismo una farsa de los libros. Los atenienses, sin dinero, sin esperanzas y con una hembra amada a quien sostener, de seguro que lo habrían visto todo gris, aunque cabrillease el sol de los poetas en las aguas del Pireo, aunque brillasen con divina sonrisa los mármoles del Partenón y las aulétridas se pasaran el día soplando en sus dulces flautas. La miseria era un endriago de invencible fealdad. No había arte en el mundo que pudiese embellecer su horripilante mascarón. Una noche, al pasar por la Puerta del Sol, fijáronse los dos en los gritos de los vendedores de periódicos. Pregonaban «la horrible catástrofe» ocurrida aquella mañana, con incalculable número de muertos y heridos. Isidro había permanecido en casa todo el día, ocupado en escribir unas cuartillas, a diez céntimos, para aquel semanario social que reclamaba su colaboración con la misma intermitencia con que publicaba sus números. Feli sintiose atraída por el suceso, con esa curiosidad que despierta lo terrorífico en la imaginación femenil. Compraron el periódico, y Maltrana leyó a la luz de un farol el sumario, en letras grandes, que encabezaba el relato del suceso. Habíase hundido en las primeras horas de la mañana aquel edificio en el que trabajaba el señor José. Instantáneamente tuvo Maltrana el presentimiento de la desgracia. Antes de leer, estaba seguro de que su padrastro había perecido entre las ruinas de aquella obra escandalosa, inaudita, hasta el punto de trastornar sus ideas de hombre autoritario y hacerle perder la fe en la perfección del orden social. Buscó en el papel los nombres de las víctimas. Eran muchos los heridos que agonizaban en los hospitales. Entre los escombros sólo se había recogido un cadáver, el del único obrero muerto instantáneamente, y éste era el señor José. Su nombre y su domicilio estaban indicados con una precisión que no permitía dudas. Maltrana experimentó una dolorosa sorpresa. Recordó a su madre; pensó en el agradecimiento que sentía la Isidra por las bondades de su compañero. ¡Pobre señor José! Tal vez esperaba la muerte como una liberación, aquella muerte cuya proximidad adivinaba al trabajar en el escandaloso edificio objeto de sus cóleras. Morir era una solución para aquel hombre sencillo, que se indignaba contra un mundo apartado de los sanos principios y contra la mala suerte que convertía en aprendices del crimen a los hijos de los servidores de la ley. Al día siguiente era el entierro. Todos los albañiles de Madrid proponíanse aprovechar las horas del descanso de mediodía para asistir a él, dándole la significación de una protesta contra las rapiñas de los poderosos. Isidro quiso también acompañar el cadáver hasta el cementerio. Era todo lo que podía hacer por su padrastro. A la mañana siguiente, salió por la Puerta de Toledo poco antes de mediodía. Al llegar al puente, torció a la izquierda, dirigiéndose al depósito de cadáveres, en la orilla del río. Los ardores del sol caldeaban las charcas del Manzanares, llenas de la inmundicia de las alcantarillas que desaguan en él. Un hedor de letrina en ebullición envenenaba la densa atmósfera de verano. Los alrededores del depósito estaban ocupados por grupos de hombres con blusas blancas, de mujeres con los brazos arremangados, que acababan de salir de los lavaderos. Todos comentaban la catástrofe con gritos de cólera y maldiciones. Las mujeres eran las más audaces y ruidosas. Miraban hacia Madrid levantando los brazos con expresión amenazadora. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000