de los muebles, el señor Vicente se despidió. Tenía que hacer propaganda
aquella tarde. Ahora visitaba a la gente de la carretera de Extremadura:
unos pobrecillos sin más medios de existencia que el trabajo en los
tejares durante el verano y el robar cardillos y leña de la Casa de
Campo. Allí se quedaban los dos como dueños de todo. Con otros huéspedes
no osaría tales confianzas. Pero el señor de Maltrana podía hacer lo que
gustase y disponer de su biblioteca: todas las puertas quedaban
abiertas. Si necesitaba clavar algo en el arreglo de la casa, allí tenía
un poco de todo, en el cajón de los chismes. Y le mostró en el fondo de
una caja clavos, tachuelas, dos martillos rotos, todo de hierro viejo
recolectado en sus excursiones por las afueras y traído a casa con una
minuciosidad que le hacía aprovechar cuantos objetos veía en el suelo.
Si la señora necesitaba botones, hilos o agujas, también encontraría
gran provisión en una tabla de la biblioteca.
Los amantes, viéndose solos, dedicaron gran parte de la tarde al arreglo
de los muebles. Los habían dejado los portadores agrupados en el centro
de la habitación que destinaba Isidro para despacho. Después de largas
reflexiones y no menores titubeos, se dispusieron los jóvenes a
colocarlos.
--Aquí la mesa, junto a la ventana--dijo Feli--. Tú escribirás de
espaldas a la cocina, y yo vendré de puntillas, poquito a poco, y...
¡zas! te daré el gran susto, cuando menos lo esperes, echándote los
brazos al cuello, besándote... así, así.
Y el silencio monacal de la casa del hermano Vicente conmovíase
escandalizado por una lluvia de ruidosos besos y por los suspiros de
pasión que acompañaban a los fuertes abrazos.
Al colocar la mesa de comedor, sentáronse frente a frente; pero
arrepentidos de establecer entre los dos este obstáculo, diéronse las
manos por encima de ella, mientras por debajo se buscaban los pies.
Luego, soltándose Feli con inesperado tirón, se levantó y corrió
alrededor de la mesa, perseguida por Isidro, que lo acosaba con rugidos
de ogro.
--¡Que te como, feísima!... ¡Que te devoro, sosa... desgalichá!
Con tales intermedios, el arreglo de los muebles, a pesar de ser pocos,
amenazaba prolongarse hasta bien entrada la noche.
La colocación de la cama fue el asunto magno de la tarde. Cambiáronla de
sitio un sinnúmero de veces, sin que llegase a quedar nunca a gusto de
los dos. Sudaban, con la cara roja de fatiga, al mover y dar vueltas a
este armatoste dorado en la estrechez de la habitación.
Feli, arremangándose los brazos, pegados a su frente los rebeldes rizos
con el sudor y el polvo, daba pataditas en el suelo y torcía el gesto,
no encontrando nunca a su gusto la posición de la cama. Quería que se
viese bien, que la luz hiciera brillar el oro con todo su esplendor:
para esto habían gastado el dinero. Y cuando la veía colocada en estas
condiciones, surgían otros inconvenientes. ¿Es que iba a dormir ella
junto a la pared?... No; ella sería la primera en levantarse; había de
madrugar para el buen arreglo de la casa, y no quería que Isidro viese
turbado su sueño.
Nuevos cambios de sitio, otros tirones y esfuerzos, sin que el maldito,
lecho llegase a colocarse a su gusto en la estrecha habitación.
Feli, para apreciar en todos sus detalles la hermosura de este mueble,
que la llenaba de orgullo, colocó el colchón, las mantas y las almohadas
sin funda. Sábanas ya las compraría al día siguiente, pues había sentido
repugnancia por las que le ofrecían en el Rastro. Quedó largo rato
contemplando la cama con cierta indecisión.
--¿Estará bien así, Isidro? ¿Qué dices tú?...
Maltrana, cogiéndola del talle, la hablaba al oído, cosquilleándole una
oreja con su aliento. Así o de otra manera, bien estaba. ¿Iban a pasar
la tarde sudando y haciendo fuerza como gallegos? La pobre cama tenía
derecho a quejarse con tantos arrastres y vueltas. Había que dejarla
quieta... hacerla los honores de la nueva instalación...
Feli se abandonó, vencida, trastornada por el susurro tibio que
acariciaba su oído, erizando al mismo tiempo la suave película de su
mejilla. Durante una hora durmieron los ecos de la casa del santo, sin
otros estremecimientos que el metálico ruido del armatoste, que parecía
condenado a no descansar.
Cuando los amantes, dando por terminado el arreglo del dormitorio,
volvieron a lo que había de ser despacho, Maltrana buscó el martillo y
los clavos.
Quería adornar su habitación de trabajo colocando unas láminas regaladas
por un amigo. Eran retratos, y el joven explicó a Feli la grandeza de
todos aquellos señores que mostraban sobre el papel su gesto leonino,
mirando a lo alto con ojos ardientes de inspiración.
--Fíjate, nena; éste es Víctor Hugo, un semidiós. Cuando yo arregle mis
libros, te daré a leer algo suyo. Este otro es David-Federico Strauss,
uno que se metió a examinar la vida de Jesús y no dejó en ella títere
con cabeza. Este barbudo es Darwin; el otro, que parece un erizo blanco,
mi gran tío Schopenhauer; el de más allá, Zola, con su mirada triste,
como si fuese a llorar; aquel viejo tan guapo y simpático, el amigo
Hæckel... Todos gentes distinguidas, apreciables puntos, que no se
ofenderán de vivir con nosotros en plena alegría juvenil. ¡Las cosas que
van a presenciar estos ilustres gachos!...
Feli sonreía contemplando los retratos, creyendo de buena fe, en su
sencilla ignorancia, que eran señores de Madrid a los que conocía y
trataba su amante. Esta misma amistad la hizo presentir que podían ser
mal vistos por el dueño de la casa.
--Pero Isidro, ¿y don Vicente? ¿No se ofenderá al ver a estos
caballeros?
Maltrana prorrumpió en una carcajada al oír el nombre del «santo». El
día anterior, al dejar los grabados en la casa, se los había enseñado,
quedando el devoto perplejo largo rato en su contemplación.
--Yo--dijo--desconfío siempre de los señores que tienen mucha fama. No
conozco a estos caballeros mas que para servirles; jamás leo periódicos;
pero me escamo cuando los papeles hablan mucho de un hombre. Ahora sólo
se habla de los grandes pecadores: los santos viven en la obscuridad.
Luego de una larga reflexión, había preguntado:
--¿No estarán entre estos señores Voltaire y Garibaldi?
El hermano Vicente no conocía mayores impíos. El nombre de Voltaire,
pronunciado con todas sus letras, le hacía estremecer, al mismo tiempo
que se alteraban sus ojos inflamados con el lagrimeo de la rabia.
-No; señor Vicente; no están.
-Me alegro. Porque si estuvieran Voltaire y Garibaldi, yo me marcharía.
No podría vivir bajo el mismo techo que esos demonios.
Y más tranquilo ya, examinó los retratos, alabando a algunos de aquellos
señores, que, por sus grandes barbas de plata y sus frentes serenas,
tenían, según él, caras de santo.
Cuando Maltrana terminó de clavar unas perchas en el dormitorio y dio
por definitivamente colocados todos los muebles, comenzaba a anochecer.
Había que pensar en la cena y en la luz. Las necesidades de la vida
turbaban su amoroso aislamiento, haciéndoles salir de aquella
inconsciencia de pájaros errantes que por primera vez construían nido.
Isidro tomó el sombrero para bajar a la calle y hacer sus compras.
--Adiós, niña... Rica, adiós: vuelvo en seguida.
Se despedían entre fuertes abrazos. Alejábanse y volvían a juntarse, con
nuevos besos, como si Fuese él a emprender un interminable viaje. Por
fin, se separaron en el rellano de la escalera.
--Cierra, bien--dijo Maltrana, como si temiese los mayores peligros
durante su ausencia.
Y sólo se decidió a bajar cuando vio cerrada la puerta y sonaron tras
ella los ruidos de la llave y el cerrojo.
Volvió a la media hora, con un paquete de bujías, dos chuletas empanadas
de una taberna cercana, una libreta, una botella de vino y un paquete de
dulces. ¡Juerga completa! Decididamente, la vida de burgués, con casa
propia y mujer única, tenía grandes encantos. La vida era alegre; había
que dar a la vida un sentido helénico, y el helenismo no podía ser más
fácil de conseguir: estaba en el escaparate de una confitería, en los
ojos de una tierna muchacha, aunque hubiese nacido entre los
estercoleros de Tetuán.
Feli le aguardaba en el rellano, trémula de miedo.
--Isidro, ¿eres tú?--preguntó con voz acongojada.
Había anochecido. Al invadir las sombras su nueva habitación, la
muchacha experimentó el terror de lo desconocido. La daban miedo los
libros en sus vetustas estanterías; pensaba con pavor en cierto Cristo
ensangrentado, con lacias melenas, que el señor Vicente tenía en la
pieza inmediata. Se había refugiado en la escalera y aguardaba
impaciente la llegada de Isidro.
Este encendió una bujía, y fue alineando sus provisiones sobre la mesa.
Feli, con la luz y los dulces, recobró la alegría.
Comieron y bebieron, hablando de acostarse al poco rato. Reían, pensando
en que otras noches, a aquellas horas, todavía vagaban por los campos.
Iban a dormir como las gallinas. ¡Oh la vida ordenada! ¡La vida
tranquila, lejos de todos, queriéndose mucho, aislados del mundo, en el
dulce egoísmo del cariño!... Les parecía imposible que las gentes fuesen
tan ciegas que no supieran vivir así.
Mientras comían, hablaron de lo que pensaban hacer a la mañana
siguiente. Visitarían las tiendas de la calle de Toledo para que ella
comprase las sábanas. Isidro, desoyendo sus protestas, pensaba regalarle
cierto vestido expuesto en un maniquí a la puerta de una tienda de
modas. Además, acordábase de que hacía tiempo que soñaba Feli con unas
botas altas, muy altas, de suave color de limón y con muchos botones.
--Pero ¡nos vamos a arruinar, nene!--suspiraba ella, posando la cabeza
en un hombro del amante--. Tú no tienes dinero para tanto.
Maltrana protestó. El trabajaría. ¿Y para quién era todo su dinero?...
Para su Feli, para su gorrera graciosa, que lo había abandonado todo;
siguiéndole a él, pobre y feo.
--¡No digas eso!...--suspiraba ella--. Tú eres el hombre más guapo de
Madrid, el que más sabe. Aunque me buscase el mismísimo príncipe de
Asturias, le diría que no. Ya tengo a mi Isidro, que es para esta
pobrecita mucho más que los príncipes y los reyes. ¡Si supieras qué
celos me daba una compañera de taller cuando decía que, aunque feo, eres
simpático!...
Terminada la cena, devoraron los dulces y bebieron las últimas gotas de
vino. Feli, sin darse cuenta, habíase deslizado de su asiento, acabando
por acomodarse en las rodillas de Maltrana. Le ofrecía entre sus labios
un dulce; lo partían con largo y meloso beso, y el joven, después de
esta caricia, hablaba gravemente de su porvenir.
--Vivimos mal, Feli--decía--. ¿Crees tú que estoy satisfecho de la
existencia que te ofrezco?... Ahora podemos sufrirlo todo porque somos
jóvenes, porque nos amamos. Tenemos la salsa que hace chuparse los dedos
con el plato más insípido: la alegría y el amor...
--Yo estoy bien, nene. Quisiera quedarme para siempre así... con la
cabecita en tu hombro... y dormirme... y no despertar nunca.
--Pues yo deseo más. Yo quiero darte criada y un cuarto mejor, y que
vistas como una señora, y vayas al teatro, y algún día la gente te
salude, y digan todos: «Ahí va la mujer de Isidro», y hasta en los
periódicos se hable de «la bellísima señora de Maltrana».
Feli rió como una niña.
--Pero ¡qué tonto!... ¡Qué cosas tan -superficiales- deseas! Lo que
importa es quererse. La gente que se arregle como pueda; que diga lo que
mejor le plazca.
Maltrana quedó largo rato pensativo. Sentía el entusiasmo, la fe en el
porvenir, los ensueños de ambición que acompañaban todos sus momentos de
bienestar físico.
--Empezamos mal, Feli; con grandes necesidades, como todos los que
subieron muy alto... Tú no te das cuenta de adónde podemos llegar. Me
quieres, pero ignoras en realidad quién es tu Isidro. Hasta el presente
he luchado con la mala suerte; pero tú me traes la Fortuna. Trabajaré,
escribiré mucho: tengo ahora una fuerza, un vigor para el trabajo, que
no había conocido nunca. La gente acabará por fijarse en Maltrana, por
ver en él un gran escritor, un talento extraordinario.
--¡Quién lo duda, bobito!--exclamó Feli--. Tú tienes mucho talento: eso
lo he dicho yo desde que te conocí. Deja que te bese esa frente donde
guardas tu talentazo; deja que te acaricie con los labios ese almacén de
donde sacas tus cosas bonitas.
Oprimía entre sus brazos la cabeza del amante, la besaba enardecida,
como si quisiera morder su frente enorme y rugosa.
Maltrana, después de desasirse, continuó con entusiasmo:
--Me dedicaré a la política; quiero que seas una gran señora, y en este
país no hay camino mejor para subir aprisa. Yo llevo dentro algo. El día
que me conozcan, impondré respeto. Seré director de periódico, seré
diputado... ¡Llegaré a ministro, Feli, y tú serás mi mujer, la esposa de
Su Excelencia!...
El joven hablaba con la fe de todos los humildes de alguna imaginación,
que hasta en los momentos de mayor angustia se sienten tocados por las
alas de oro de la Quimera y creen que en el porvenir les aguardan
inmóviles la riqueza o la fortuna política para que las tomen con sus
manos.
Feli reía con entusiasmo infantil, no sintiendo la menor duda acerca de
las esperanzas de su amante, creyendo que estos ensueños podían
realizarse al día siguiente.
--¡Yo, ministra!--exclamó--. ¡Y tendré coches, y los lacayos se me
quitarán la chistera con galones dorados, y mi tío el -Federal- se
quedará con un palmo de boca abierta cuando pase en carretela por la
Puerta del Sol, frente a su oficina!... ¡Y tú irás a Palacio y te
tratarás con las grandes damas, y...!
El rostro de Feli pareció entenebrecerse. Apretó los labios, le
brillaron los ojos, y dijo con enfurruñamiento:
--No; tú no serás ministro; no quiero que lo seas, no me da la gana, ¿lo
entiendes, Isidro?... Dime que no lo aceptarás aunque te lo ofrezcan;
dimelo, o reñimos... El mundo está lleno de tentaciones, y ¡no digo nada
si acudirían las señoronas al ver a este feo, que habla como los propios
ángeles y tiene tanto talento, vestido de general, con una casaca de
esas que tienen la pechera bordada de ojos!... ¡lo mismo que las moscas
a la miel! ¡Ojo, señorito! Yo tengo mucho quinqué, y adivino las cosas.
No serás ministro, no. Dime en seguida que no lo serás, o te pego.
Se incorporaba sobre las rodillas de Isidro, y fingiendo furor,
abofeteábale con su blanca manecita. Después, pareciéndole poco este
castigo, metía sus dedos en la crespa cabellera del joven, tirando sin
compasión de los mechones.
--No, no lo seré--exclamó Maltrana--. Presento la dimisión de la
cartera; crisis total. Pero ¡déjame el pelo, niña, que me haces daño!
--Está bien--dijo Feli más tranquila--. Te dejo, pero ¡cuidadito con
faltarme a la palabra!... Lo que deseo es que algún día vivamos como
esos matrimonios que no tienen que rabiar por el puchero, que envían sus
lujos a un colegio, tienen su buena casa allá en el barrio de Salamanca,
salen a paseo juntos, y los días que hace mal tiempo se dan una
vueltecita en coche, muy apegadizos, con los vidrios levantados. ¿Puede
ser esto, Isidrín?... Tú escribirás mucho; escribe cuanto quieras: yo no
he de enfadarme por eso. Pero sin cansarte, ¿eh? Cuando te canses, lo
dejas; no quiero que se me pongan enfermos estos ojitos tan monos.
Y besaba los ojos de Maltrana delicadamente, como si temiera lastimarlos
con sus labios.
--Podías hacer también cosas para los teatros; mi tío dice que eso da
mucho dinero... Pero no: ¡qué bruto soy! Dime que no en seguida, o te
araño. ¡Dónde iba yo a meterte!... Nada de teatro: queda prohibido.
Escribirás en los periódicos, escribirás libros; y si alguna vez las
señoronas te envían cartitas, entusiasmadas por esas cosas tan monas que
sabes decir, ¡cuidado con hacer caso de ellas!... Mira que tú aún no me
conoces; mira que yo, cuando le tengo ley a una persona, soy peor que
una mosca.
Y la pobre Feli, haciéndose la temible, se apretaba contra Isidro, le
estrechaba en sus brazos, frotaba su cara en uno de sus hombros, le
acariciaba el cuello con el raso de sus labios.
Sentíanse invadidos los dos por una dulce laxitud, por un deseo de
descansar en algo más sólido que las frágiles sillas... ¡A dormir! Pero
no durmieron: no tenían sueño.
Escucharon desde su cama, envueltos en la obscuridad, el rechinar de la
cerradura y la entrada del señor Vicente, a tientas, en su habitación.
Feli, apretando su boca contra un brazo del amante para que no sonase su
risa, seguía, regocijada, todos los ruidos del «santo», adivinando su
significación. ¡Plam! ¡plam! Era que se quitaba, los zapatones de
fraile, arrojándolos lejos. Ahora, se desnudaba; después se tendía en el
jergón.
La traviesa Feli tuvo un pensamiento que la hizo retorcerse con grandes
contorsiones para ahogar su risa. Isidro le preguntó al oído, riendo
igualmente, sin saber por qué. ¿En qué pensaba?
--Pienso...--murmuró la muchacha--pienso en la figura que hará el santo
en camisa.
Y los dos, fuertemente abrazados, volvían a reír, estremeciéndose sus
carnes desnudas bajo la manta, rozándose con el temblor del regocijo
sofocado.
Sonó largo rato un murmullo en la vecina habitación. El señor Vicente
rezaba sus oraciones. Luego, un ronquido fatigoso cortó el silencio.
Los amantes no durmieron. Reían de este roncar grotesco interrumpido por
largos suspiros. El señor Vicente despertaba unos instantes, mascullando
santas exclamaciones: «¡Ay, señor!», y volvía a sumirse en su sueño
intranquilo, cortado por las visiones del ayuno y la exaltación.
Oían detrás del tabique su voz medrosa con sacudidas de terror:
-¡Suéltame... te conozco! Eres el Malo... ¡Largo de aquí!
Feli no pudo contenerse por más tiempo, y su carcajada infantil rodó en
el silencio como una campanilla de plata.
Así transcurrió la noche. Los amantes ya no reían; callaban, como si
durmiesen. En su habitación gemía la cama con ligeros temblores, cual si
anduviesen ratas por debajo de ella.
Al otro lado del tabique hablaba en sueños el señor Vicente, estremecido
por el horror de sus visiones.
--Te conozco, Malo... Pierdes el tiempo enseñándome esas
asquerosidades... Mi carne está muerta... Gloria al Señor... La impureza
no entrará en la casa de su siervo.
VII
Maltrana, en la apacible calma de su nueva existencia, terminó pronto el
libro del marqués de Jiménez. El grave prócer mostrábase satisfecho del
trabajo. Además, por encargo suyo, vigilaba el joven la impresión y
corregía las pruebas. ¡El senador tenía tantas ocupaciones!...
Cada vez que Isidro le presentaba un pliego impreso, don Gaspar
examinábalo minuciosamente, dando bufidos de satisfacción ante las
páginas que presentaban gran cimiento de notas. Las que aparecían con el
texto solo, provocaban en él un mohín de disgusto.
--No tienen seriedad--decía el senador--. Parecen páginas de una novela.
Pero, hombre, ¿qué le hubiera costado poner unas cositas al pie?...
Cuando el libro estuvo impreso, el marqués hizo un nuevo encargo a
Maltrana. El jefe del partido, que había de escribir el prólogo,
entreteníale con excusas, sin cumplir su promesa. Don Gaspar no se
ofendía por ello, conociendo las exigencias de la política, la vida
cruel, abrumada de trabajo, que arrastran sus hombres. Por fin, el
importante personaje, dando al marqués una muestra de gran confianza, le
había rogado que escribiese él mismo el prólogo, autorizándole para que
pusiese su firma al pie. Quien había escrito un libro tan notable, bien
podía en una noche pergeñar unas cuantas cuartillas a guisa de
introducción.
--Y yo, joven amigo--siguió diciendo el prócer--, le transmito a usted
el encargo, rogándole que haga todo cuanto sepa... ¡Qué honor, joven!
¡Escribir cosas que ha de avalorar con su firma un personaje ilustre!
Muy pocos alcanzan esta gloria a la edad de usted... Creo inútil
indicarle lo que el prólogo debe decir. A su talento me confío. El jefe
me quiere mucho; de permitirlo sus ocupaciones, hubiese dedicado a mi
obra grandísimas alabanzas. Tire usted de pluma sin miedo. Mejor que
nadie, sabe usted que ese libro es el resumen de una larga vida política
y que hay en él cosas muy notables.
Descendiendo, como él decía, a la práctica, y sin soñar--eso nunca--,
habló el marqués de la remuneración del nuevo trabajo. Por el libro,
ajustado en tres mil reales, le daría mil pesetas, pues estaba contento,
aunque no había apretado la mano tanto como él deseaba en lo de las
notas. Aun así, el jefe, que sólo conocía el índice, había hecho grandes
elogios de la erudición de la obra. Por el prólogo le aumentaría
cincuenta duros, pero tendría que lucirse, haciendo un trabajo que
asombrase y apabullase a los otros caudillos de grupo que osaban
discutir en el Congreso con el ilustre jefe.
--Estos son misterios de alta política. ¡Qué honor para usted conocerlos
siendo tan joven! Punto en boca, amigo Maltrana: me perdería usted ante
el jefe si éste llegase a saber que el prólogo lo ha hecho otro que yo.
No tendría confianza en mi, y a usted le conviene que la tenga... Cuando
seamos Poder... ¡Ya verá usted cuando seamos Poder!
Con estas esperanzas pretendía halagar a Maltrana para que guardase
silencio. El joven escribió el prólogo, mostrándose satisfecho de la
retribución. ¡Cinco mil reales, de los cuales llevaba comidos cerca de
la mitad!... Le quedaba cuerda para dos meses largos, y en este tiempo,
raro sería que don Gaspar, halagado por el éxito, no desease hacer otro
libro. Decididamente, la vida era alegre.
Aún no había salido del primer encantamiento de su existencia plácida,
ordenada y tranquila al lado de Feli. La muchacha se revelaba como una
excelente ama de casa. Descendía por las mañanas a la plazuela con
mantón y cesta; después, pasábase el día con los brazos arremangados,
cocinando, sacudiendo el polvo, repasando la escasa ropa de Isidro.
Nunca había ido éste tan pulcro. Sus amigos hablaban con asombro de la
blancura de su camisa y la limpieza de su sombrero. Además, engruesaba,
tenía mejor color. Los pucheretes de Feli, los guisos campestres
aprendidos en casa de su padre y el no trasnochar daban nuevo vigor a su
cuerpo quebrantado por las privaciones y desarreglos de la vida bohemia.
--Tiene una muchacha--decían sus camaradas--que le arregla y le cuida:
una verdadera ganga, y además, guapa. ¡Qué suerte la de ese chico!...
Y comentaban el astuto recelo de Maltrana, que, conociendo la lengua
libre y las audacias de la tropa menuda de sus amigos, cuidábase de
ocultarles su domicilio. Temía las visitas de éstos, y aun a los más
íntimos les daba cita en el salón del Ateneo llamado de la
«Cacharrería».
Feli, por su parte, también experimentaba los beneficiosos efectos de la
nueva existencia. Mostrábase alegre; sólo de tarde en tarde pasaba una
nube por sus ojos, acordándose del -Mosco-. ¡Qué haría su padre en la
casucha de las Carolinas! ¡Qué diría de ella!...
Cuando en las tardes de los domingos salían los dos a las afueras,
evitando el aproximarse a los Cuatro Caminos, o paseaban por las
avenidas más solitarias del Retiro, el amante contemplábala con cierto
orgullo, como si fuese obra suya, complaciéndose en sus perfecciones.
--¡Si te viesen tus amigas de antes, chiquilla!... Estás hecha una
señorita; el día en que menos lo esperes te compro un sombrero.
Había adquirido Feli su traje en una tienda de modas de la calle de
Toledo. La sedujeron unos maniquíes colocados en la acera como si fuesen
damas sin cabeza, vestidas de colorines y alineadas para una recepción.
Del vientre de todas ellas colgaba un cartel con la cifra del precio.
Feliciana había escogido un traje azul con adornos negros, «última moda
venida de París», según declaración formal del hortera. Con él y una
mantilla modesta, la muchacha parecía otra. Hasta ocultaba con guantes
aquellas manos que eran su orgullo en el barrio de las Carolinas.
Pero lo que más satisfacía su vanidad femenil eran las botas, las
famosas botas color limón con las que había soñado tantas veces, y que
apreciaba como el mejor de los regalos de Isidro. El calzado era una de
sus preocupaciones. Consideraba sus pies la parte más preciada de su
persona, y al andar fijaba los ojos coquetamente en las dos manchas de
oro pálido, de aguda punta, que aparecían y se ocultaban
alternativamente bajo el borde de su falda.
De sus paseos del domingo volvían fatigados, con los pies cubiertos de
polvo, pensando en la dulce quietud de su casita, en la cena que les
esperaba, en la noche de cariñosa intimidad, interrumpida al otro lado
del tabique por las visiones tentadoras del señor Vicente.
--Estamos hechos unos burgueses--decía Isidro--. No hay en Madrid una
pareja legal que viva tan virtuosamente como este par de socios...
libres.
Y se aislaban cada vez más, satisfechos de su amor, olvidados del mundo,
creyendo que la vida podía deslizarse de este modo eternamente.
Maltrana, al ir por la calle, examinaba a las gentes con extrañeza, como
si fuesen de otra raza, como si él procediese de un mundo distinto. Al
bajar de su alta habitación, creía descender a otro planeta.
La gran mayoría de los transeúntes no amaban ni eran amados. ¡Y podían
subsistir así!... El apenas si se acordaba de los tiempos recientes en
que vivía como en el limbo, sin otras pasiones que leer, soltar
paradojas y morder a los de arriba, no enterándose de que existían
mujeres en el mundo y un sentimiento llamado amor. Ahora le parecía
imposible haber vivido de este modo, como una planta, como un pedrusco,
sin verdadera alegría, sin dulces tristezas... sin ideal. Como él había
sido, así eran casi todas las gentes que pasaban junto a él. Vivían
preocupadas por las más groseras aspiraciones, sin una chispa de amor.
Toda la poesía de la tierra se reconcentraba en unos cuantos, que eran
ellos, los enamorados.
Maltrana pensaba con orgullo que en el mundo existe una reducida
aristocracia, y que él pertenecía a ella: la aristocracia del amor, de
los que saben embellecer la vida con sus pasiones. Los demás eran pobres
bestias que bostezaban de aburrimiento con los ojos bajos y los pies en
el barro, aunque gozasen de todos los refinamientos del bienestar.
Una tarde, Maltrana encontró al señor Manolo el -Federal- en la acera de
la Puerta del Sol, donde tenía establecidas sus oficinas.
--Bien, muy bien, ciudadano--dijo irónicamente el capataz--. Tú y la
Feli la habéis metido hasta el corvejón. Paece mentira que hombres
intelectuales que no son del cuarto estado cometan esas pifias.
Le miraba con sus ojos saltones, limpiándose el sudor de la frente,
jadeando, antes de hacer caer sobre Isidro la avalancha de su
indignación.
--Paece mentira, hombre... Y no creas que yo pienso ojetar nada contra
el hecho de que tú y la Feliciana haigáis pactado el amontonaros, en uso
de vuestra perfecta autonomía. Eso podrá escandalizar a los
reaccionarios y a los unitarios, pero no a mí, que soy un ciudadano
consciente y he pactado también muchas veces. El hombre es libre, la
mujer es libre, el amor debe ser libre y autónomo... Pero lo que resulta
una chiquillada, digna de azotes, es el dejar esa mocosa a su padre
abandonado allá en las Carolinas. Yo voy a hacerle un rato de sociedad
con más frecuencia que antes. El -Chispas- vive con él, y no se las
campanean mal. Hacen cada cachuela que Dios se chupa los dedos. Pero el
pobre -Mosco- está triste, le falta algo; no quiere que le nombren a la
chica, y menos a ti. Bebe como un mosquito, y cuando tiene la tajá, la
toma con los guardas, y quiere irse al Pardo para matar cara a cara al
que asesinó a -Puesto en ama-. Le habéis puesto de un modo, que el día
menos pensado hará una barbaridad.
Maltrana se conmovió con hondo remordimiento al pensar en el daño
causado a aquel amigo. Sintió vehementes anhelos de reparar su falta. El
señor Manolo podía interceder por ellos; él conseguiría que su hermano
les perdonase.
--Lo que habéis hecho--continuó el -Federal---es una chiquillada que no
tiene nombre. ¿Os queríais?... está bien; pues haber venido a mí, que
soy la práctica, y juntos hubiésemos ido a las Carolinas a tener un rato
de sociedad, y yo, con mi labia, habría presentado una moción...
«Hermano: estos chicos se quieren, ya tienen edad de ser autónomos, y
deben confederarse ante la Naturaleza. Además, las cosas no merecen otro
arreglo: andan, después de cerrada la noche, muy agarraditos por los
desmontes, según dicen las malas lenguas, y me recelo que se han comido
el puchero antes de las doce. He dicho.» E iniciado el debate, habríamos
discutido con todos los turnos que fuesen menester, y al reasumir yo, es
seguro que, en uso de vuestros derechos individuales, os habríais ido al
catre, sin que el -Mosco- las echase de tirano centralizador. Pero
ahora, después de vuestra calaverada sin substancia, veo difícil que
encaucemos el debate.
Maltrana, impulsado por el remordimiento, tuvo un arranque de audacia, y
habló de ir con el capataz en busca del -Mosco- para pedirle perdón.
--No: es demasiado pronto--dijo el señor Manolo--. No vayas; si te
presentases así, de sopetón, sería capaz de tratarte lo mismo que a un
gamo. Tiene unas ganas locas de matar a alguien. Déjame que yo lo
arregle; tú no sabes adonde llega mi habilidad; figúrate que estás
hablando con la mismísima diplomacia.
El ablandaría poco a poco a la fiera. Mientras ellos no fueran por allá,
no correrían peligro alguno. El -Mosco- permanecía en sus territorios y
juraba no volver a Madrid, por no encontrarse con los fugitivos. Le
enfurecía que le hablasen de ellos. El señor Manolo no los mentaba
nunca, y eso que sabía dónde se ocultaban desde la semana siguiente a la
de su fuga. Vivían cerca de la plaza de la Cebada, en la casa de un
reaccionario, de un loco que repartía estampas y regocijaba a la gente
con sus sermones.
--Yo lo sé todo--dijo el capataz, riendo ante el asombro de Maltrana--.
En mi oficina se habla de cuanto ocurre en Madrid.
Y miraba su oficina, la ancha acera, con su incesante corriente de
transeúntes y sus vendedores, de plantón, pregonando billetes del
próximo sorteo, gomas para los paraguas, libros baratos y perrillos de
cría con un cascabel al cuello.
Se despidió Maltrana del señor Manolo, luego que éste le prometió
interceder cerca del -Mosco- para que los perdonase. Podía marchar
tranquilo, que en buenas manos dejaba el encargo. El era la diplomacia.
Al llegar a su casa habló Maltrana de este encuentro. Feli lloró un
poco, pero su dolor fue más breve de lo que esperaba Isidro. La vida
ruda de las Carolinas, aquella existencia de nocturnas aventuras que
separaba al padre de la hija, haciendo familiar en la casa el riesgo de
la muerte, había embotado los sentimientos filiales de la muchacha.
Tantas veces había visto al padre herido y próximo a morir, que el
disgusto doméstico de su fuga lo apreciaba como un incidente de escasa
importancia. En ella no existía otro sentimiento vivo que el del amor.
--Que arregle tío Manolo todo eso--acabó por decir--; que nos perdone
padre. Pero nada de separarnos, ¿eh? Contigo, siempre contigo.
Una mañana, al pasar Isidro después de las nueve por la Puerta del Sol,
con dirección a la Biblioteca Nacional, reconoció en la entrada de la
calle del Carmen el carro de -Zaratustra- por los bizarros adornos de su
caballería. El filósofo de la busca estaba sentado dentro del vehículo,
con las barbas esparcidas sobre las rodillas, aguardando a su criado el
-Bobo-, que recogía el estiércol de los pisos altos.
-Zaratustra- se incorporó al reconocer a Maltrana. Reía maliciosamente,
guiñaba sus ojillos al verle por primera vez después de su fuga con
Feliciana, que tanto había dado que hablar a las gentes de las
Carolinas.
--No vayas por allá, muchacho--dijo poniéndose serio--. El -Mosco- es
muy bruto, y está que echa chispas. Han pasado dos meses desde que os
fuisteis, pero te soltará un escopetazo lo mismo que el primer día.
Algunos chavales de la busca que querían a la Feliciana han averiguado
dónde vivís, y le llevan este soplo y otros. Un día habló con tu abuela,
y la dijo que te matará si te encuentra al paso... Pero buscarte, no
creo que te busque. Se pasa las noches en El Pardo, y algunas veces va
de día. Es una rabia de cazar, una locura. Me han dicho que los guardas
andan de cabeza. Comenzaban a hacer la vista gorda por huir de
compromisos, pero ahora se desesperan y gritan: «Quiere que le matemos.»
El mejor día, cazando, el rey se va a encontrar con el -Mosco-, que anda
por todo El Pardo como si fuese de su propiedad.
-Zaratustra- pasó repentinamente a hablar de la muchacha.
--Te has llevado lo mejor del barrio, granuja. ¡Los que te envidian por
allá y desean verte morir!... Pero lo que has hecho es propio de tus
pocos años. ¡Ay, si tuvieses los míos! ¡Si poseyeras mi sabiduría!... Ya
te cansarás: el amor es un sarampión de cabeza, que todos sufrimos a
cierta edad. Cree, muchacho, que el hombre está mucho mejor solo. Ya
sabes que yo pasé unos cuantos meses en la Modelo. La di tal paliza a mi
tercera mujer, que la dejé chorreando sangre al pillarla con un criado
que era joven. Y la muy perra tenía cerca de sesenta años. Cuando salí
de la cárcel volví a tomarla, y al morir ella tomé otras. Todas son
iguales, y hay que tragarlas como son, ya que las necesitamos. Te lo
dije otra vez: el hombre es un animal noble y altivo; la mujer...
--Sí, -Zaratustra-, lo sé--interrumpió Maltrana, que temía la charla del
viejo--. La mujer, si no tiene su buen traje, su bota ajustada y demás
señorío, da su cuerpo al demonio. Adiós, gran filósofo; expresiones a la
abuela.
-Zaratustra- no le dejó marchar hasta enterarse de las señas de su
domicilio. Alguna mañana que acabase pronto su tarea iría a verles y
echarían un párrafo. La Feliciana se alegraría de hablar con el señor
Polo, que la había visto nacer.
Transcurrió algún tiempo, sin que nuevos encuentros viniesen a recordar
a los dos amantes el grave trastorno que habían causado con su fuga en
la vivienda del cazador.
Isidro carecía de trabajo; pero aún duraba en las prudentes manos de
Feli una parte del dinero del marqués de Jiménez. Había visitado a éste,
por si le ocurrían nuevas ideas y le tentaba el deseo de publicar otros
libros; pero el prócer estaba en plena luna de miel literaria.
La obra reinaba esplendorosa, con su magnífica cubierta, en los
escaparates de las librerías. ¿Venderse?... ni un ejemplar. El senador
lo declaraba con desaliento: nadie quería enterarse de la verdadera
solución del problema social. ¡Qué país!... Así andaba él. Caliéntese
usted la cabeza, trabaje usted noches y noches, estudie condensando en
innumerables notas toda la sabiduría del mundo, para que después le
hagan a uno menos caso que a un novillero.
El marqués lanzaba estas lamentaciones ante el joven, olvidando
momentáneamente su intervención en la obra. Pero de esta indiferencia
del público le compensaban los elogios de sus compañeros de la Alta
Cámara, a los que había regalado el libro y lo conservaban intacto sobre
la mesa, sin cortarle las hojas; los sueltos laudatorios de los
diarios, obra también de gentes que no hacían mas que pasear la mirada
por el índice.
El prólogo del jefe lo habían publicado todos los periódicos del
partido.
--¡Qué hombre, amigo Maltrana!--exclamaba el senador--. ¡Que talentazo!
¡Y qué modo de escribir tan... castizo!
Se olvidaba, en su entusiasmo, de quién era el que le escuchaba, y
seguía en sus elogios al jefe y a la bondad con que le cubría de
alabanzas en varios pasajes del prólogo.
El marqués de Jiménez no pensaba publicar otro libro hasta el año
siguiente. Era un mal el prodigarse. Además, sentíase fatigado, pues una
obra como la que acababa de publicar no se escribe todos los meses.
Lamentábase en presencia de Maltrana de sus fatigas y trabajos, con una
sinceridad que daba ganas de llorar... Por ahora no tenía otra ocupación
que leer las críticas de los periódicos. Pasaba las noches en un sueño
inquieto, temblando por lo que podría decir la prensa al día siguiente,
y cuando encontraba un pequeño suelto laudatorio lo leía a la familia, y
encerrándose en su despacho, pasaba las horas contemplando con ojos
amorosos el pedacito de papel, para mostrarlo después, con ademán
displicente de grande hombre fatigado de la gloria, a todos sus
visitantes.
Maltrana renunció por el momento a todo encargo de trabajo por parte del
senador. Pero su fe no se alteró por esto: otros le proporcionarían
nuevas tareas. Al verse falto de ocupación, dejó de estar en casa, y
pasó las tardes en el Ateneo o en los cafés, discutiendo con la juventud
literaria. De noche comenzó a recogerse tarde, aconsejando a Feli que le
esperase acostada. La literatura imponía deberes: era preciso dejarse
ver para hacer carrera y adquirir un nombre, asistir a los estrenos de
los teatros, intervenir con interrupciones en los debates del Ateneo,
hacerse notar en las interminables y estériles disputas sobre si hay
Dios o no lo hay, y acerca de la separación de la Iglesia y el Estado.
Una mañana, Feli le despertó cuando estaba en lo mejor de su sueño. La
noche anterior había intervenido en una discusión sobre «la filosofía de
lo maravilloso», y aunque con la certeza de que esto no podía reportarle
ningún beneficio positivo y los periódicos no le dedicarían más allá de
una línea, descansaba satisfecho de su tarea. El grande hombre inédito
se despabiló al oír que en el despacho le aguardaba su padrastro, el
señor José, mostrando gran agitación. ¿Qué le quería el bueno del
albañil?
Cuando salió, el señor José, casi llorando, le agarró las manos.
-¡Qué desgracia, Isidro! ¡Qué vergüenza!... Si tú no arreglas eso, voy a
morir.
El joven lo hizo sentar, tranquilizándolo. ¿Qué era ello? No había que
apurarse, pues para todo hay remedio. Y el albañil, en presencia de
Feli, habló de Pepín, del famoso -Barrabás-, que iba a ser motivo de su
muerte.
Estaba en la Cárcel Modelo. Tres días antes lo habían cogido con otros
golfos, por un robo de bronces y alambres en una fábrica de Vallecas.
Hacía más de un mes que había huido de la calle de los Artistas, sin que
el padre pudiese averiguar su paradero. Esta fuga no era la primera. Ya
sabía Isidro que varias veces había desaparecido, sin que le corrigiesen
las palizas que le propinaba al volver. Tenía piel de perro, según
afirmaba el señor José. Ni golpes ni consejos habían servido de nada al
padre. Era un golfo, pero de los de marca; el talento de su hermano para
los libros lo tenía él para el mal. Colocábase al frente de sus
camaradas, como más atrevido, y éstos lo alzaban capitán.
--¡Lo que me ha hecho sufrir!--continuó el señor José--. He perdido
varios jornales en un mes por dedicarme a su busca y captura, y todo
inútil. Y eso que yo aún conservo cierto olfato de mis tiempos de
guardia civil. He pasado días enteros en las inmediaciones del cerro del
Pimiento. Me dijeron que andaba por allí con una cuadrilla de pillos y
cierta pelona que es su querida, la -Piquirri-, una chicuela seca como
una caña, con la cara llena de costurones, que vende periódicos en la
Puerta del Sol y se arremanga para que los señores viejos la vean unas
pantorrillas que parecen flautas. No he podido atraparle... Después, le
busqué en la montaña del Príncipe Pío, en unas cuevas que hay debajo de
los cuarteles por la parte de la estación del Norte. Creí pillarle en lo
que llaman el «Palacio de Cristal», un chamizo donde se juntan los
golfos con todos los plumeros y pericos que esperan a los soldados cerca
de los cuarteles... Tampoco le vi... Y anoche, hablando en los Cuatro
Caminos con un chico de Zamora que sirvió conmigo y está en Orden
público, supe el paradero del granuja. Está en la Modelo; tú fíjate
bien, Isidro; ¡un hijo mío en la Modelo!... Yo, que soy su padre, podré
parecer tosco y pasar por ignorante, pero allí donde he estado nadie ha
tenido que decir de mi, y los jefes me citaban como modelo de honradez.
El señor José llevábase una mano a los ojos, fregoteándolos para que las
lágrimas retrocediesen. ¡Un hijo suyo en la cárcel!... Le parecía que
todo su pasado de áspera integridad y honradez feroz se derrumbaba de un
golpe. ¡Quién le hubiera dicho, cuando con el fusil al hombro conducía
delincuentes esposados por las carreteras, que él, el soldado de la ley,
el guardián del orden, procrearía carne de presidio, aumentando con un
individuo más el ejército sombrío y desesperado que vivía en guerra
continua con la sociedad!
Ya no tendría valor para detener en las calles a sus antiguos jefes,
pacíficos veteranos que vegetaban en Madrid, abrumados por las
estrecheces del sueldo de retiro. Ya no osaría decir: «¿Cómo va, mi
capitán?» a aquellos señores que, recordando su pasado de probidad y
obediencia, le estrechaban la mano como si fuese un igual, preguntándole
por la familia. ¿Cómo iba a contestarles que un hijo suyo, el único,
estaba en la cárcel por ladrón?... Aquel miserable le hacía abandonar el
mundo de los buenos, le arrebataba para siempre el orgullo de una virtud
que era su único lujo. ¡A los catorce años en la cárcel, y llevaba su
apellido, que tantas veces había alcanzado elogios por servicios a la
sociedad!...
--Yo deseo, Isidro--siguió gimoteando el señor José--, que en este
asunto hagas lo que puedas. Ciertamente, no sé lo que quiero. No te pido
que lo saques de allí; aunque esto pudiera ser, yo me opondría. Que se
pudra en la cárcel, que se muera... ¡por pillo!
Pero tras estas palabras enérgicas, reaparecía el padre.
--Quiero--continuó con dulzura--que vayas a verle. Yo no puedo ir: creo
que me lo comería, que le haría pedazos si le viese... Tú tienes otra
labia; él te respeta y te hará más caso. Sermonéale; si ha caído, al
menos que se corrija y se arrepienta. Grandes criminales he visto que
acabaron como personas honradas. Y...--aquí titubeó--y si conoces al
escribano que tiene la causa o alguna otra persona que pueda influir,
hazlo por Dios. Que el muchacho salga de este mal paso; que una vez esté
en la calle yo lo cogeré, y antes muere a mis manos que vuelve a
escaparse.
El señor José estaba trastornado por el suceso.
¡Qué mundo, señores! Parecía cambiado y con gentes distintas a las que
él había conocido en sus tiempos juveniles. Creía que los buenos
formaban una casta, y que él y los que de él saliesen figurarían
eternamente en ella. Por esto profesaban ideas sanas, respetaban la
autoridad y acataban todo lo establecido... Y de repente, un pedazo de
su carne, una prolongación de su persona, se pasaba de un salto al campo
de los malos, burlándose de todas las doctrinas de orden y sumisión
enseñadas por su padre.
El señor José comenzaba a sospechar si el mundo sería distinto de como
él lo imaginaba. No sentía las mismas energías de antes para abominar de
los vociferadores, que deseaban que la sociedad diese una vuelta,
colocándose arriba los de abajo. El dolor le hacía tolerante. Ya no
comparaba la organización social con la disciplina militar. No; la
sociedad no era un ejército; era más bien un rebaño triste y manso, que
los malos pastores obligaban a pastar en campos de desolación,
reservándose para ellos las mejores tierras. Los lobos de la desgracia
rondaban en torno de él, arrebatando las reses más débiles, las que
marchaban a la cola.
--Te digo, Isidro--continuó--, que soy otro, y que cada día pierdo algo
de mis creencias. Esto es el fin del mundo: todo farsas y mentiras. Voy
creyendo que vivimos en plena comedia y que somos muchos los que hacemos
el papel de bobos. De lo que tengo certeza es de que existen muchos
ladrones, muchísimos, que no conoce la Guardia civil ni los conocerá
jamás. Si ahora tuviese yo que conducir criminales, los miraría con
mejores ojos. ¡Pobres diablos! También éstos son de los lobos... Los
ladrones, los verdaderos ladrones que turban el orden y la paz, los que
ponen en peligro la vida de los hombres, están muy altos, en sitios
adonde no llega la autoridad.
El señor José hablaba como un ciego que fuese recobrando poco a poco la
luz. Fijábase con asombro en todo lo que le rodeaba. La injusticia
conmovía su carácter sencillo y recto, que comenzaba a perder el
endurecimiento de la disciplina.
--Vivimos entre ladrones, Isidro. Verbigracia: yo me gano ahora el
jornal trabajando en un gran edificio de las afueras que construye el
gobierno no sé si para cuartel, hospicio u otra cosa. La obra es por
contrata; al contratista le dan sus buenos millones, y él hace el
edificio como si fuese de cartón. Lo que importa es ganar dinero, mucho
dinero, para partírselo tal vez con los mandones que le protegen. Los
que conocemos el oficio temblamos de miedo al ver cómo nos obligan a
construir. Sólo llevamos hecho un piso, y estamos seguros de que el día
que lo cargen se vendrá abajo, aplastando a todo Cristo. ¡Con tal que no
estemos nosotros!... El contratista viene en su automóvil una vez por
semana; mira, recomienda que se haga todo por el sistema de «mírame y no
me toques», y se va. El cemento es polvo de la carretera, las paredes
son tabiques, las pilastras están huecas... El mejor día hay una
catástrofe, que ni la del Dos de Mayo... Y por tres o cuatro pesetas
estamos allí centenares de hombres honrados con la muerte en la
garganta, mientras los culpables hacen vida de grandes señores. Yo soy
imparcial y reconozco mis engaños. A esos que hablan de revoluciones del
pobre los creo, como siempre, unos escandalosos perturbadores, pero en
algunas cosas no les falta razón.
Aún habló el señor José largamente, mezclando las desilusiones de su
vida con los pesares que le daba el rebelde -Barrabás-. Isidro le
prometió que aquella misma tarde iría a ver al muchacho. Era amigo del
director de la cárcel y podía recomendarle al maldito golfo. Buscaría
además entre sus amigos alguno que pudiese influir con los señores del
Juzgado.
Marchose el albañil, y por la tarde se dirigió Maltrana a la Cárcel
Modelo. Feli le dio gran prisa por que fuese a ver a su hermanastro. La
sensibilidad femenil se había interesado por este suceso que venía a
alterar la calma doméstica. Recordaba vagamente al -Barrabás-, de
haberle visto merodear por las Carolinas con una banda de golfos.
¡Pobrecillo! Tenía cara de bueno: le habrían perdido las malas
compañías.
Isidro entró en la cárcel, siguiendo al empleado que el director le dio
por guía. Al abrirse el último rastrillo, experimentó una impresión de
frío y de tristeza; vio de un golpe las naves enormes, las galerías
superpuestas, y en ellas las puertas de las celdas con gruesos cerrojos.
Un silencio de tumba pesaba sobre la población invisible. La luz cenital
de las monteras de cristales se ensombrecía al descender, adquiriendo la
vaguedad crepuscular de las bodegas. Las filas de puertas recordaban a
Isidro las tramadas de nichos de un cementerio. Detrás de ellas existían
hombres silenciosos, que comían y pensaban; pero eran cadáveres
animados, que la estrechez de su tumba obligaba a la inmovilidad; vivos
que únicamente sentían la vida a son de corneta, al recibir el rancho
por el ventanillo o al salir al sol, para pasear, como fieras
enjauladas, durante algunos minutos. Un tropel de pájaros refugiados
bajo las claraboyas de las naves revoloteaba en esta luz plomiza. Sus
alegres piídos y el murmullo de sus alas sonaban como un remedo irónico
de la alegre risa de la primavera.
Maltrana pensó con horror en la posibilidad de un largo encierro en uno
de estos ataúdes de mampostería. Centenares de hombres vivían allí, sin
que un grito, una palabra, un suspiro, conmoviese el silencio de estas
naves, que parecían las de una catedral abandonada. Nunca se había
creído valeroso; desconocía el impulso brutal de la agresión; pero a la
vista de este cementerio de vivos se juró ser aún más prudente. Si le
injuriaban, perdonaría la injuria antes que venir a este infierno
silencioso por un arrebato de su animalidad.
El empleado le hizo subir una escalera, al término de la cual estaban
las celdas de los niños. Apenas avanzaron algunos pasos por una larga
galería, el empleado que vigilaba esta sección dio una voz, y un
muchacho descalzo, con ligereza de diablillo, saltó de puerta en puerta,
descorriendo con gran estrépito los cerrojos.
En la entrada de cada celda apareció un niño, cuadrándose con militar
rigidez. Se examinaban con miradas oblicuas unos a otros, apretando los
labios para sofocar la risa.
Calzaban alpargatas deshilachadas, o iban con los pies desnudos sobre
los fríos baldosines. Vestían ropas remendadas y mugrientas. Algunos no
tenían otro traje que la camisa y un pantalón de hombre sostenido por un
tirante que les cruzaba el pecho. Llevaban rapadas las cabezas,
mostrando muchos de ellos la extraña configuración de sus huesos
craneanos. Había testas enormes, que parecían temblar por su peso sobre
el cuello delgado y débil; otras presentaban por detrás un ángulo recto,
un corte radical, que denunciaba la anulación de gran parte de la masa
encefálica. Los había de ojos picarescos e insolentes, que miraban con
fijeza agresiva; otros tenían el cuello ondulado por las cicatrices de
la escrófula, o la nariz y las mejillas roídas por la viruela.
Manteníanse rígidos, las manos pegadas a las piernas, sacando el
vientre, con el bullón de la camisa lleno de objetos y papeles que les
servían de juguetes.
El guía de Maltrana los conocía a todos como antiguos parroquianos de la
casa. El primero en quien se fijó fue el -Machaco-.
--Cuando le trajeron por primera vez--dijo el empleado--tenía tanto
miedo, que en el rastrillo le dio un accidente y hubo que curarle.
Después, mira esto como su casa... Tú, ¿cuántas veces has venido?...
El empleado preguntaba al -Machaco-, y éste contestó, sonriendo con
sencillez infantil:
--Con ésta veintitrés.
-Te han traído por un portamonedas de señora, ¿verdad?... Le darías
tirón y echarías a correr.
--No, señor--dijo el -Machaco- poniéndose serio--. Lo saqué de dentro
del bolsillo. Yo ya no hago esas cosas.
El empleado sonrió ante esta protesta de la dignidad profesional, y
siguió presentando a los otros. Un muchacho cabezudo, con ojos azorados
y chaquetón de paño pardo, era el -Paleto-. Le habían traído por robar
un corsé. Miraba a Maltrana con ojos de víctima moribunda, creyéndolo un
señor poderoso.
--Sí, señor; me llevé el corsé--gimió con su rudo acento de campesino--.
Tenía hambre... vine a Madrid con mi padre... buscábamos trabajo. No lo
haré más, señor... yo soy bueno.
Las grotescas contorsiones del -Paleto-, sus gemidos, provocaron una
hilaridad bárbara en todas las puertas.
-¡Uuú! ¡uuú!--rugían los golfos, burlándose del arrepentimiento y el
miedo del -Paleto-.
-¡A ver si hay silencio!--gritó el empleado imperiosamente.
Todos quedaron inmóviles, con la vista baja, pero vagando en su boca una
sonrisa, como si les divirtieran muchísimo los incidentes de su vida de
encierro.
El empleado siguió designando por sus nombres a la doble fila de pillos.
Este era el -Besugo-, consorte del -Gallego-, el -Margallo- y el
-Viruelas-, y compañeros los cuatro del -Barrabás- en el robo de bronces
y alambres en Vallecas. Al hermano de Maltrana lo tenían alejado de
ellos, para evitar peleas, pues hablaba de comerse los hígados de sus
consortes por haber charlado de sobra en las declaraciones.
--El muchacho es una alhaja--dijo el empleado irónicamente--. Tiene
genio. Crea usted que sería un bien para la familia que reventase aquí.
Cuando crezca, de seguro que le veremos en las celdas de abajo.
Maltrana examinó a los camaradas de su hermano, golfos de mirada viciosa
y quijada fuerte, más voluminosa que el resto de la cara. El -Viruelas-
era un monstruo de fealdad, con las facciones roídas, la nariz
aplastada, los ojos casi ocultos bajo las cejas colgantes, y un hedor
nauseabundo que surgía al mismo tiempo de su boca y su piel.
Luego, el empleado fue presentándole a otros: el -Golfín-, un angelito
de pelo rizado y ojos garzos, con el que había que tener gran vigilancia
por la intensa simpatía que inspiraba a sus compañeros; el -Boto-, el
-Feo- y el -Paniego-, que llevaban varias temporadas en el
establecimiento, y siempre «trabajaban» juntos; el -Morritos-, el
-Lentejas- y el -Lagarto-, que aún no contaban trece años, pero tenían
sus novias fuera de la cárcel, lo que les daba gran prestigio entre los
compañeros. Eran mujeres que casi podían ser sus madres: prostitutas
callejeras, que tomaban a risa la pasión de sus hombrecitos y les
aconsejaban que robasen, pues sólo podían creer en su cariño cuando se
presentaban con dinero.
El empleado habló a uno de éstos:
--¿Y la novia? ¿viene a verte alguna vez?
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