libro. No queda mas que el escribirlo, lo más fácil; sólo que esto exige
tiempo, y yo no lo tengo. Reconocerá usted que estas ideas no son
cualquier cosa; que tienen puntos de vista completamente nuevos. De
exponer cuestan muy poco; pero yo sé el tiempo que llevo rumiándolas,
dándoles forma, preparándolas, para que usted no tenga mas que
escribirlas. Además, tengo mis iniciativas propias sobre la forma del
libro. Debe ser grueso, muy grueso. No tema usted correrse; se gastará
en imprenta lo que sea preciso. Los capítulos deben ostentar al frente
esos párrafos en letra, pequeña que llaman sumarios. Esto me ha gustado
siempre; da cierto aire de seriedad y de método. Luego deseo que todas
las páginas lleven notas, muchas notas, que ocupen tanto como el texto.
He visto que todas las obras importantes van así. También esto da aire
de seriedad y prueba erudición en el autor. Hay que citar muchos nombres
y que sean extranjeros; cuanto más enrevesados, mejor. Esto lo hará
usted fácilmente; es asunto de consultar libros, de pasarse algunas
semanas en la Biblioteca. ¡Si yo tuviese tiempo!...
Maltrana sonreía escuchando las indicaciones de su protector.
--La tarea es fácil--prosiguió el marqués--. No crea usted que yo ignoro
dónde están las fuentes. En esto del socialismo sano y sin escándalo
hemos coincidido algunos hombres de Europa. Según me dijo el jefe, hay
un señor profesor, italiano o suizo, no recuerdo bien, que ha escrito
algo muy sonado sobre el socialismo católico. Uno no tiene tiempo de
leerlo todo. Búsquelo usted, y ya tiene una fuente más, después de las
mías.
El senador habló aún largo rato de su obra, para demostrar a Maltrana la
facilidad con que podía escribirla contando con la firme base de sus
ideas.
--Y no es, joven amigo, que yo pretenda aminorar la recompensa de su
tarea. Yo entiendo que estos encargos deben pagarse bien. Además, amo a
la, juventud y deseo protegerla. Le daré a usted tres mil reales por su
trabajo; pero que sea grueso el libro, ¿eh?, y sobre todo, notas...
muchas notas. Tal vez si la cosa sale a mi gusto, como yo la he
concebido, llegue a los cuatro mil. Por de pronto, tome usted veinte
duros para los primeros gastos... papel, tinta, plumas.
Maltrana cogió el billete con cierta emoción, contestando aturdidamente
a todas las recomendaciones del personaje.
--A trabajar, joven. La vida no es un sueño; hay que trabajar, hay que
ser prácticos. Tratándose de un joven formal como lo es usted, creo
inútil recomendarle la prudencia. Esto debo quedar en secreto. Además,
no supone gran cosa: sólo significa que me falta el tiempo. El libro lo
doy yo hecho; usted no tiene mas que escribirlo. ¡Ay, si yo no estuviese
tan ocupado!
Aún le recomendó otra vez que no olvidase los sumarios de los capítulos
y las notas, muchas notas, con gran desfile de autores.
--Esto viste mucho. Cuando usted tenga un capítulo, me lo trae, y así
con todos los demás. Yo los iré copiando, para que vaya de mi letra a la
imprenta. Aunque ocupadísimo, creo que tendré tiempo para este pequeño
trabajo.
Maltrana, al verse en la calle, creyó que la Fortuna marchaba ante él,
abriéndole paso con el revoloteo de sus alas de oro. No sentía el más
leve remordimiento por este trabajo de mercenario que acababan de
encargarle. Se reía del socialismo católico y de las «ideas» de su
protector: cuatro simplezas que aquel necio juzgaba suficientes para el
esqueleto de un libro. ¡Valiente atún era el señor Jiménez!... Pero lo
respetaba, viendo en él al hombre providencial que cambiaría el curso de
su existencia, al suceso esperado que había de sacarle del atolladero de
su voluntad.
El papelito de cien pesetas plegado en un bolsillo de su chaleco
pesábale como un lastre que daba a su persona nuevo aplomo; veía tras él
la seguridad de otros billetes, de más dinero, todo a cambio de llenar
unos cuantos centenares de cuartillas de retazos de libros ajenos, de
disparates para él inadmisibles, que el grave senador firmaría sin
titubear, poniéndolos bajo el amparo de su empingorotada personalidad.
Podía dormir tranquilo el solemne marqués de Jiménez. Tendría el libro
más pronto de lo que esperaba; grueso, muy grueso, con notas, con
sumarios, hasta con apéndices, desfilando por el piso bajo de sus
páginas, en tumultuosa corriente, los nombres de todos los autores
conocidos y desconocidos, con algunos más que él inventaría. Difícil era
que el personaje no se mostrase satisfecho; y una vez le tomase gusto a
ser autor a tan poca costa, repetiría el encargo, dándole ideas para
nuevos libros. El le sugeriría el deseo de ser académico, de conquistar
la inmortalidad apedreándola con grandes volúmenes de interminables
notas que nadie leería. Acababa de encontrar un filón; iba a tener una
renta fija.
Y el bohemio, sin remordimientos por esta piratería literaria,
aceptándola alegremente como una liberación de la miseria, pensó en
cambiar el billete, en gozar por adelantado de su futuro bienestar.
Era más de mediodía. Maltrana se fue a la «taberna de los genios», que
únicamente visitaba en los días prósperos. ¡Flojo atracón iba a darse!
Buscó en la lista los platos mejores, aquellos cuyos nombres leía
melancólicamente las noches que entraba en el establecimiento sin otro
capital que una peseta. ¡Viva la abundancia! Comió a su antojo de lo más
caro, tomó café, y hasta hizo que le trajesen de la Tabacalera de la
calle de Sevilla un cigarro habano de los mejores. Había que solemnizar
el suceso.
Saboreando la copa de coñac y envuelto en la nube azulada de oloroso
humo, sentía la placidez de una buena digestión, aquella fe en el
destino que surgía en él al llenar el estómago.
Pensaba en el porvenir. Su protector tenía razón: la vida no es un
juego; debía cambiar inmediatamente de método. El trabajo exige orden;
suprimiría la vida nocturna: dejaría de ir a la redacción. Ya no podía
estar en el tabuco de la calle de los Artistas, esperando que su
padrastro y su hermano abandonasen la cama para ocuparla él. Se acabó la
bohemia triste y errante. Tenía derecho a una casa, como todos... ¿Y por
que no a una mujer que le acompañase en esta ascensión hacia la Fortuna,
que creía haber comenzado ya?...
La imagen de Feliciana, de la dulce Feli, como él la llamaba, pareció
surgir ante sus ojos entre las nubes de humo azul.
Aún duraba en él la impresión de sorpresa y de orgullo que le produjeron
las palabras de la muchacha cuatro días antes. El, tan feo y miserable,
que sólo burlas o indiferencia inspiraba a las mujeres, veíase amado, y
para mayor asombro, era la hembra la que salía a su encuentro,
ofreciéndose en un arrebato de audacia.
No dejaba de reconocer que en este amor había mucho de admiración. La
pobre muchacha de las Carolinas le adoraba como un ser superior. Era el
único hombre que la había revelado la existencia de una vida distinta de
la vida salvaje, sucia y violenta que la rodeaba.
«Para la pobre Feli--pensó Maltrana--, yo soy la poesía; un pedazo de
cielo que desciende hasta ella; algo superior que ama y venera a un
mismo tiempo. ¡Con tal que no pierda las ilusiones al verme de
cerca!...»
La Fortuna le había azotado largos años, para dárselo todo a un tiempo:
dinero y amor. Desde que Feli hizo su confesión, él no podía dormir sin
que se cortase su sueño con visiones, en las que aparecía la hija del
-Mosco- acariciándolo con la sonrisa, tendiéndole los brazos. Al
despertar, la imagen quedábase fija en su memoria, ennoblecida y
hermoseada por el ensueño, como una ilusión más de las muchas que
llevaba en el bagaje de sus esperanzas.
Maltrana, al preguntarse si amaba de veras a Feli, permanecía indeciso,
no sabiendo ciertamente qué contestar. El no conocía otro amor que el de
las comedias y las novelas, y se confesaba noblemente que el suyo no era
de este género. Habituado por sus aficiones filosóficas a buscar la
causa de las cosas y a desentrañar las pasiones, abriéndolas en canal
para sorprender su secreto, acababa por convertir en esqueletos
descarnados los sentimientos más vivos.
No; él no amaba a Feli con grandes arrebatos, pero sentíase atraído por
ella dulcemente. En esta atracción había un poco de agradecimiento y
algo de orgullo personal, de halago al amor propio. La deseaba, además,
por egoísmo, viendo en ella una hembra apetecible que podía embellecer
su existencia.
Maltrana, con gran detrimento de su dignidad de filósofo, soñaba
despierto muchas veces al pensar en su porvenir. Cuando su imaginación
tomaba vuelos de águila, se veía aclamado por las naciones, reconocido
por todas como el genio más grande del siglo, presidiendo, en nombre de
la ciencia, los Estados Unidos de Europa, que vivían felices gracias a
Maltrana, al gran Maltrana I, moderno Napoleón de las grandes conquistas
del progreso.
Otras veces, sus ensueños aleteaban más bajos. Nada de dominaciones, ni
de Estados Unidos de Europa y otros líos: contentábase con ser un hombre
que tuviese asegurada la satisfacción, sus necesidades, y pasase la vida
plácidamente entre la abundancia y el estudio. Y el joven, al escribir
sus traducciones, soñaba con tener algún día habitación propia, muchos
libros y algunos objetos de arte. Entonces, cuando se sintiera fatigado
por el trabajo, unos brazos femeniles, blancos, desnudos, surgirían por
detrás, estrechándole, y una boca acariciadora le rozaría las orejas
murmurando palabras de cariño.
Esto no era imposible; podía conseguirlo. Llegaba el momento de realizar
sus ensueños. La buena hada de las leyendas marchaba ante él con la
varilla, de oro, haciendo brotar rosales en los bordes de su camino.
Salió de la taberna con el enorme cigarro en los labios, echando humo
ante él, como si las ilusiones se le escaparan por la boca,
precediéndole en la marcha.
El sol tibio de la tarde y el azul transparente del cielo parecían
colarse en su alma. Aún vagaban por las calles algunos mascarones,
últimos recuerdos de la pasada fiesta. Maltrana les sonreía,
encontrándolos interesantes; también por su imaginación se paseaban como
máscaras las más abigarradas ilusiones.
Con la alegría del bienestar, emprendió a pie su marcha hacia los
Cuatro Caminos. Pensaba detenerse en la calle de Bravo Murillo, frente a
la fábrica de gorras donde trabajaba Feli; aguardar la salida de ésta
para hablarla de la fortuna que inesperadamente embellecía su vida.
Paseando por un andén de la ancha calle, más allá de los Depósitos
viejos, vio Isidro venir a un antiguo conocido.
--Vaya usted con Dios, don Vicente.
Era un hombre vestido con ropas cuidadosamente cepilladas, pero que por
su holgura revelaban no haber sido confeccionadas para su cuerpo. El
sombrero, más grande que la cabeza, llevaba hinchado el sudador por
ocultas cintas de papel. Tenía la cara rojiza, con profundos surcos en
cuyo fondo la piel aparecía blanca y brillante. Los ojos parpadeaban,
inflamados, sin pestañas, con las córneas manchadas de sangre. Las
orejas sobresalían, casi despegadas del cráneo, como si fuesen a
aletear. Las púas blancas y amarillentas del bigote y la barba delataban
la torpeza de unas tijeras manejadas ciegamente.
Parecía fuerte, con una salud campesina capaz de afrontar las mayores
rudezas, pero las privaciones habían amojamado su cuerpo y daban a su
paso cierta irregularidad, como si las piernas sólo pudiesen avanzar a
costa de nerviosos temblores. Gesticulaba y hablaba solo, sin hacer caso
de la extrañeza de las gentes. De vez en cuando se detenía, y apoyando
un codo en una mano, se llevaba la otra a la frente, partida por una
arruga vertical.
Al oír que el joven le saludaba, dudó algunos instantes, como si sus
ojos inflamados no pudiesen reconocerle.
--¡Ah! ¿Es usted, señor de Maltrana?--dijo con voz dulce--. Que la
Virgen le guarde. ¿Trabaja usted mucho?..
Maltrana le había conocido por sus hábitos de noctámbulo. Como él se
acostaba bien entrado el día y aquel hombre levantábase mucho antes de
amanecer, se habían encontrado varias veces en las calles de Madrid,
cerca de los mercados, cuando apenas apuntaba la mañana.
Isidro sentía por él irónica admiración. Había llegado tarde al mundo,
así como él, en su petulancia juvenil, creía haber nacido demasiado
pronto para que le comprendiesen. Dos siglos antes, la muchedumbre
habría venerado al señor Vicente; los reyes le habrían visitado en su
tugurio; las gentes piadosas, en la hora de su muerte, habrían caído
sobre su cadáver, arrancándole los pelos y pedazos de su hábito como
santas reliquias, y tal vez a aquellas horas figuraría en los altares,
trocadas las sucias vestimentas en mantos de oro.
Iba siempre con los bolsillos repletos de hojitas impresas que contenían
oraciones, de pequeñas estampas y de periódicos de religiosa procacidad
que le entregaban las asociaciones católicas para que los repartiese.
Maltrana le había tropezado un amanecer cerca de la plaza de la Cebada
peleándose de palabra con un carretero porque arreaba sus bestias con
acompañamiento de tremendas blasfemias. El señor Vicente se arrodillaba
con los brazos en cruz ante el pecador, pidiéndole que le pegase con el
látigo, que saciase en él su furia, a cambio de dejar en paz el santo
nombre de Dios, pues antes quería morir que verlo insultado. El joven
había sentido interés por este loco que vagaba por Madrid entre la
extrañeza y la rechifla, como si fuese un resucitado. De nacer en otros
tiempos, habría fundado una orden, una nueva regla religiosa, dejando su
huella en la Historia.
Después le vio muchas mañanas deteniendo a las criadas en las
inmediaciones de los mercados para darlas estampas y oraciones,
hablándolas de la Virgen, con los ojos rojizos puestos en lo alto, sin
fijarse en las risas de las muchachas, que sentían cierta lástima por la
guilladura de este buen señor, que al mismo tiempo era persona fina.
Otras veces lo encontraba sentado en el puesto de un remendón, rozando
con la cabeza las viejas caricaturas anticlericales de -El Motín-
pegadas a la pared, mientras hablaba al zapatero de Dios y de los
santos, sin intimidarse por los canturreos burlones y el golpear del
martillo sobre la suela.
Metíase en las tabernas, sin miedo a las burlas de los alegres
compadres, que le invitaban a tomar una copa. Gracias; el no bebía. El
vino le dañaba los ojos. Pero a cambio de que le oyesen, acababa por
tomar un sorbo, a guisa de mortificación, haciendo los mismos
aspavientos que si fuese veneno, y les hablaba de sus devociones
simples, de su piedad de hombre sencillo. Maltrana también le había
visto irritado, con la cólera del loco pacífico que pierde su
tranquilidad. Le saludaban con blasfemias cuidadosamente rebuscadas para
provocar su furor. Al principio las acogía cerrando los ojos, bajando la
cabeza, como un mártir en las primeras angustias del tormento; pero su
paciencia se agotaba al ver que el pecador insulto iba abarcando toda la
corte celestial. Resurgía el campesino, el hombre forzudo habituado a la
violencia: sus puños se cerraban amenazantes.
--¡Virgen María! ¡Santísimo Señor!--rugía con una entonación semejante a
la que usaban los malvados blasfemos cuando ofendían a Dios.
Pero bastaba que los burlones, compadecidos de esta cólera que nublaba
la luz de sus ojos, cesaran en tales bromas, para que el exaltado se
dulcificase, volviendo a llamar hermanos a todos los que le rodeaban.
Maltrana le veía también en las inmediaciones de los Cuatro Caminos,
entablando conversación con los guardas de Consumos, entrándose en los
merenderos para hablar de Dios a los que formaban círculo en torno del
plato de gallinejas y el frasco de vino o a las parejas que, enlazadas
por la cintura, descansaban en un banco, sudorosas y jadeantes por las
vueltas que acababan de dar al compás del piano.
--Mis negocios van bien, señor Vicente--dijo Maltrana contestando a su
pregunta--. ¿Y usted adónde va? ¿A la propaganda?
El santo varón sonrió, guiñando con inocente malicia sus ojos pitañosos.
--No hay que descansar, señor de Maltrana. Estos días han sido de prueba
para la bondad del Señor. ¡Lo que habrán ofendido su santo nombre en las
fiestas de máscaras! ¡Los pecados con que habrán puesto a prueba su
bondad infinita!... Ahora es el buen momento: el del cansancio y el
desengaño.
Y miraba hacia los Cuatro Caminos, como si en las barriadas miserables
de los trabajadores se cobijasen gentes crapulosas que hubieran pasado
aquellas fiestas en plena bacanal. Isidro le indicó que debía volver al
centro de Madrid, si deseaba convertir grandes pecadores: en las afueras
sólo encontraría infelices que, no teniendo el pan necesario, mal podían
pensar en locuras.
--En todas partes existen pecadores necesitados de consejo--dijo el
señor Vicente--. Cada uno escoge su campo según sus fuerzas. Los
teólogos, los sacerdotes sabios, los pájaros gordos de la Iglesia, ya se
encargan de la gente alta; yo soy un pobre pardillo de Dios que canto
como puedo, y voy a los humildes, a los únicos que pueden entenderme.
Aun así, ¡si viese usted lo que me cuesta conquistar ciertas almas!
Catorce años empleé en traer al buen camino a un zapatero, que es la
mejor de mis conversiones. ¡El tiempo y la saliva que me ha hecho
perder! Pero digo mal: perder, no... ganar, pues al fin lo he traído al
redil del Señor. Era uno de los tremendos; un hombre con pelos en el
alma, que se ensuciaba en las cosas del cielo. En Granada fue cantonal
cuando la revolución, y echó de su altar a la Santísima Virgen--aquí el
señor Vicente se quitó el sombrero e hizo una reverencia--. Pues bien;
le tengo hecho un corderito, y hace un mes se inscribió en la Hermandad
del Sacramento de su parroquia. Es mi mejor conquista.
--¿Y esos ojos cómo van?--preguntó Isidro.
--¡Cómo quiere usted que vayan! Mal, muy mal. Me sofoco demasiado. Me
dan muchos disgustos los pecadores.
Maltrana le aconsejó la calma.
--¿Cree usted que puedo permanecer tranquilo?--gritó el señor Vicente
exaltándose--. Mi sangre se requema cuando oigo que en mi presencia
cualquier bárbaro insulta a Dios con sucios juramentos. Es lo mismo que
si me diesen un balazo en medio del pecho. Prefiero que me maten, sí
señor, que me maten, antes que oír tales blasfemias.
Y al decir esto se golpeaba el pecho o abría los brazos como si
ofreciese su vida al joven, suplicándole que le matase. Algunos
transeúntes acortaban el paso y miraban al viejo, que movía los brazos y
las piernas cual si retase a invisibles enemigos.
--Calma, señor Vicente--dijo Maltrana--. Cuídese; guarde la vida para
servir a su Dios.
--¡Si todos fuesen como usted, señor de Maltrana!--exclamó el devoto con
cierto respeto--. Usted es de los verdes, no crea que no le conozco;
usted vive olvidado de Dios y su santa madre; pero tiene educación y no
se burla de las cosas santas ni dice blasfemias. Usted es bueno, y
llegará el día en que Dios le tocará el corazón. Por eso no le digo
nada. ¡Qué he de decirle yo, pobre gorrión del Señor, a usted que lee y
sabe tanto!... No puedo hacer otra cosa que rezar por la salud de su
alma, y crea que más de una parte de rosario le llevo dedicada. Se
olvida usted del Señor porque sus negocios andan mal; pero algún día
sentirá los efectos de su misericordia, y se arrepentirá y se acordará
de lo que le dice el hermano Vicente.
Maltrana, para amenizar su espera, quería retener a este personaje
original, que mostraba deseos de seguir adelante, hacia los Cuatro
Caminos.
--Usted fue soldado, ¿verdad?--dijo para prolongar la conversación.
--Sí, señor; fui militar. Otros que son santos lo fueron.
Y al recordar sus tiempos de soldado, latía en sus palabras cierto
orgullo; la misma satisfacción soberbia que muestra la Iglesia al decir
que muchos de sus santos fueron antes hombres de espada.
--¿No se lo dije en otra ocasión, amigo don Isidro? fui militar y estuve
en aquel zafarrancho de Alcolea, pero al lado de los malos. Ya sabe
usted lo que es la disciplina. Yo era cabo en Cádiz; dieron el grito y
tuve que echar detrás de los mandones, disparando tiros en contra de la
religión, de la reina y todo lo antiguo y lo bueno. Es el pecado mayor
de mi vida; pero Dios me lo perdonará, porque fui forzado y no tuve
intención de ofenderle... Después salí del servicio y me dediqué a las
cosas santas.
--¿Y por qué no se hizo usted fraile?
--No me faltaron ganas, señor de Maltrana. Un marqués, antiguo coronel
mío y persona muy devota, puso empeño en que me admitiesen en un
convento; pero no quisieron tomarme. No tengo suficientes méritos para
vestir el hábito.
Lo decía bajando la cabeza, encogiéndose para mostrar mejor su humildad.
El joven pensaba que los frailes habían tenido miedo a las exaltaciones
del señor Vicente, comprendiendo que su santa locura un tanto andariega
no podía permanecer en un convento.
--Pero vivo lo mismo--continuó--que si perteneciese a una orden. Tengo
mi regla. Un señor sacerdote me escribió en un papel lo que debo hacer a
todas horas, y sigo sus indicaciones, bajo pena de desagradar al Señor.
La regla me recomienda paseo, mucho paseo, unas cuantas horas de
ejercicio sin pensar en las cosas santas. Otro señor sacerdote reformó
el primer papel, ordenándome aún más horas de paseo; toda la tarde en el
campo. Dicen que de no hacerlo así puede turbárseme la cabeza y el
demonio me dará martirio con sus perversas tentaciones. Yo obedezco:
todas las tardes salgo al campo; cada día a un sitio de las afueras. He
dado la vuelta a Madrid como unas veinte veces. No hay en los
alrededores niño ni mujer que no conozca al hermano Vicente. ¡Las
estampas que llevo repartidas!... Me paseo por obediencia; hablo con los
pájaros, con los perros, con todas las buenas bestias de Dios que me
acompañan en el camino; pero ¿dejar de pensar en las cosas santas? no
puedo... ¡no puedo!... y peco por desobediencia.
El señor Vicente irritábase contra esta imposibilidad de olvidar por
unos instantes los asuntos del alma y las grandezas del cielo.
--Dicen que pienso demasiado, señor de Maltrana, y tal vez tengan razón.
Hay noches en que la cabeza parece que me hierve, y no puedo dormir. El
Malo me martiriza con imágenes infames. Dicen además los señores
sacerdotes y los caballeros de las Conferencias que me alimento poco,
que debía atender más al cuerpo... Eso no; santos famosos hubo que
comían menos que un pájaro, y yo, señor, hay días en que no ayuno y
gasto un real o más en mi manutención. Las buenas señoras que me
protegen me dan dinero y muchos trajes, me recomiendan que me cuide, y
yo digo que sí a todo, pero regalo lo mejor de sus limosnas a los pobres
que viven en el pecado, para ver si de este modo los ablando y se
arrepienten. Como seglar, procuro presentarme limpio y decentito: creo
que voy bastante bien.
Al decir esto se miraba de los pies al pecho. Maltrana se fijó en su
camisa de tela burda, que asomaba el cuello por encima de varias vueltas
de una corbata obscura. El punto negro y bullidor de un parásito movíase
entre el borde del lienzo y la piel rojiza de su cuello.
--No necesito más allá de un real para vivir--continuó el devoto con
cierto orgullo--. Nunca he comprado un periódico, ni sé lo que es tener
una caja de cerillas. Me acuesto a obscuras; y en cuanto a papelotes,
ninguno me importa nada, ya que maldito lo que me interesa la política.
A estas horas no sé quién manda en España. Lo mismo da que sean unos que
otros. Todos son lo mismo: gobernantes, manipulantes y danzantes; y eso
de la política, zarandajas, marañas, patrañas y tonterías.
El devoto exaltábase al hablar. Soltaba sus palabras atropelladamente;
inclinaba la cabeza, como si el chorro de su verbosidad tirase de ella.
--El liberalismo, señor de Maltrana, y todo eso del progreso y las
revoluciones está condensado en pocas palabras; lo que yo digo: «matar,
robar y no hacer daño a nadie...» Matan el alma, se la roban a Dios, y
después dicen que no hacen ningún daño... ¡La libertad! La gente se va
detrás de sus patrañas, porque éstas halagan a la bestia que todos
llevamos dentro y que desea campar a su gusto. Pero el hombre es malo y
necesita, unas buenas disciplinas. Que dejen al hombre en completa
libertad, y veremos barbaridades.
Maltrana, entretenido por esta charla, fingía aprobarlo todo con
movimientos de cabeza.
--Usted habrá leído mucho, don Vicente.
--Nada, señor de Maltrana: soy lego. No tengo capacidad para comprender
las obras de Teología. Además, estos ojos no están para lecturas... Pero
tengo muchos libros, muchísimos: no caben en tres carros. Me gasto en
ellos todo mi dinero; me conocen los libreros de lance de todo Madrid, y
apenas cae en sus puestos una obra antigua de teología moral, de cánones
y de vidas de santos, bien encuadernada en pergamino, la apartan,
diciendo: «Para el hermano Vicente.» ¡Lo que me cuestan los libros! Yo
podría vivir en una buhardilla o ser huésped de una familia cristiana;
pero tengo los libros, que son mi familia, y pago un cuarto de ocho
duros para que estén bien alojados. No tengo sillas, no tengo cama, no
enciendo luz, duermo en el suelo sobre un jergón; pero las obras están
en sus estantes, hermosas y limpias como puedan estar las de un
seminario o un obispado. Es mi vicio, es mi debilidad, mi placer
pecaminoso. Me parece que forman un jardín, el jardín de la sabiduría
eterna. Cada libro es una flor, con su riquísimo perfume de pergamino y
de polvo. Yo no he leído mas que un poco a Santa Teresa y otro poco a
San Juan de la Cruz. Pero si algún día me honra usted con su visita,
verá un ejemplar de la -Summa- en muchos tomos, ¡en muchos!, y usted,
que está más acostumbrado a los estudios, pasará un rato celestial. Yo
no puedo; se me embrolla el pensamiento, me da vueltas la cabeza apenas
leo cosas profundas. Soy un pobre animalito de Dios, con menos talento
que la hermana hormiga que pasa junto a mis pies.
El devoto mirose los zapatos y añadió:
--Me aguardan en Bellasvistas, señor de Maltrana. Llevo tres reales en
el bolsillo y unas hojitas para cierta viuda. La pobrecilla está muy
mal; tiene un batallón de chiquillos. Ya sabe usted, don Isidro, dónde
vivo. A ver si me honra un día con su presencia y visita mi jardín. No
tiene mas que preguntar por el señor Vicente, don Vicente o el hermano
Vicente, como quiera, pues de todos estos modos me llaman... Deseo que
sus negocios marchen bien. Sólo tengo que hacerle una recomendación,
porque le quiero. Tenga mucha fe en Nuestro Señor Jesucristo, en su
Santa Madre María y en nuestro poderoso patrón San José, y con estas
ayudas crea que todo le saldrá bien, y si no es en la tierra, será en el
cielo... Buenas tardes, señor de Maltrana.
Dijo esto apresuradamente, como una jaculatoria aprendida, llevándose la
mano al sombrero y descubriendo un instante su cráneo rapado,
puntiagudo, estrecho, con las orejas salientes. Después se alejó
manoteando, como si no pudiera aplacarse fácilmente la exaltación que se
despertaba en él al mencionar sus celestiales protectores.
Maltrana siguió con la vista un buen rato al interesante personaje,
motivo de regocijo para las criadas de las plazuelas y para los
desocupados que se reúnen en tabernas y portales.
«¡Y pensar--se decía Isidro--que si nace dos siglos antes hubiésemos
tenido un San Vicente más!...»
El joven olvidó pronto a su original amigo. Comenzaban a salir mujeres
de la fábrica de gorras. Maltrana vio a Feli detenerse en el portal y
mirarle con el rabillo del ojo, como si estuviera enterada de su
presencia por haberle visto desde las ventanas de la fábrica.
La muchacha emprendió su marcha hacia arriba, cuidando de no confundirse
con las otras del oficio y de no aguardar a la compañera con la que
llegaba todas las mañanas al taller.
Maltrana salió a su encuentro. Bastó un saludo algo tímido para que Feli
sonriera, olvidando todos los propósitos de seriedad que se había
forjado al verle. Sus mejillas se enrojecieron con el recuerdo de lo
ocurrido en la tarde cíe Carnaval.
Isidro comenzó a hablarla con emoción. Desde que la muchacha le había
confesado su afecto, no podía contemplarla con la misma frialdad que
cuando sólo era la hija de su amigote el -Mosco- y comía él las famosas
cachuelas sin fijarse en sus miradas.
El recuerdo de su buena suerte, del libro encargado por el marqués de
Jiménez, que le parecía el primer anuncio de la riqueza, le devolvió su
aplomo de hombre superior.
--Feli, te esperaba porque necesito hablarte, porque deseo que charlemos
sin prisa. Tengo que decirte cosas importantes.
Los dos atravesaron la calle, saliéronse de ella, y sin darse cuenta de
lo que hacían, se internaron en los campos, siguiendo la linde del
tercer depósito, hacia el cementerio de San Martín, que alzaba en el
fondo su masa de cipreses.
La muchacha intentó detenerse. ¿Adónde iban por allí? Pero Isidro la
empujó con dulzura.
--Echa para adelante; vienes conmigo, que te respeto y soy un caballero.
No vamos a pasearnos por una calle donde tantos nos conocen: nos sería
imposible hablar.
Siguieron un camino entre los sembrados, ennegrecido por la carbonilla
de una fábrica cercana.
--Feli--continuó el joven--, era preciso que hablásemos. Después de la
otra tarde en el Caño Dorado, de las cosas que me dijiste... yo
necesitaba hablar. Tus amigas no me dejaron. Además, tú llorabas como si
fueses a morir.
--¡Pero si yo no dije nada!--exclamó la muchacha con las mejillas
arreboladas--. Y si dije algo, no lo recuerdo. No sabía lo que hablaba;
estaba borracha.
Isidro se aproximó más, pegando todo un lado de su cuerpo al de Feli,
percibiendo la firmeza elástica de su carne, su tibia suavidad, al
través del mantoncillo y la falda sutil.
--Oye, Feli, no nos pongamos tontos. ¿A qué ir con disimulos y
coqueterías, como si nos viésemos ahora por primera vez?... Yo te
quiero; tú me quieres; los dos nos queremos. ¡Me parece que más
sencillo!... No hay otra diferencia entre nosotros, que tú, como mujer,
eres más lista en asuntos de amor y te has enterado antes de la verdad.
Yo soy un pazguato y he necesitado que vinieras tú a decírmelo, como si
fuese una señorita boba. En resumen: Feli, ¡rica! yo te quiero... ¿Y tú?
La muchacha no contestó con palabras. Bajó los ojos, y su cabeza fue
inclinándose dulcemente en señal de asentimiento.
Maltrana metió un brazo por debajo del mantoncillo, enlazándolo con el
de la joven. Así, muy agarrados, muy juntos. Este mudo apretón, este
contacto invisible, valía más que todas las palabras.
Caminaban lentamente, sin mirarse, como si toda su atención y el calor
de su vida estuviesen concentrados en los brazos, que se apretaban con
estremecedor contacto, confundiendo los latidos de sus venas.
Maltrana creía caminar en medio de una bruma que le ocultaba los
objetos, que hacía elástico el suelo, dando a sus pisadas una ligereza
sobrenatural.
Un perfumo extraño, de embriagadora suavidad, acariciaba su olfato.
Parecíale imposible que una muchacha criada en las Carolinas, entre los
desperdicios de la villa, oliese tan bien. Surgía de su cabellera negra
peinada a la diabla, con gracioso descuido; de su cuerpo esbelto, del
revoloteo de sus faldas. Era una esencia sobrenatural que seguramente no
podía comprarse en perfumería alguna, que tal vez era un engaño de la
imaginación, pero se le subía a la cabeza como el más fuerte de los
vinos. Ninguna mujer, al pasar junto a Maltrana, olía así. El joven iba
ya enterándose de lo que eran el amor y sus dulces engaños.
Vieron venir hacia ellos un viejo de cara hosca con un cayado al brazo,
un guarda de Consumos que paseaba. Los dos, instintivamente, se
separaron desenlazando los brazos.
Esta sorpresa les sacó de su dulce somnolencia. Maltrana, en quien las
impresiones eran menos duraderas, volvió, como él decía, a la realidad.
Aquella noticia importantísima que deseaba comunicar a Feli era,
sencillamente, el nuevo trabajo que iba a acometer, el dinero que
llegaba inesperadamente, enloqueciéndole de alegría, cual si le
asegurase el bienestar por todo el resto de la existencia.
--Tú me traes la buena suerte, Feli. Voy a ser rico; es decir, vamos a
serlo los dos.
Y como la muchacha quisiera saber en qué consistía tanta riqueza, Isidro
tuvo que explicarse con cierta vacilación.
--Ricos en seguida, lo que se llama ricos, no lo seremos. No van a darme
mas que tres mil realazos. Pero algo es algo, y tras ellos otros
vendrán. Lo que importa es encontrar el camino, y en él estoy ya...
¿Sabes por qué era ciego, Feli, por qué no me fijaba en tu
regraciosísima personilla? Porque hasta hoy he sido un mendigo, sin
casa, sin una peseta, durmiendo poco menos que de limosna. ¿Cómo iba a
pensar en una mujer, a proponerla que partiese la miseria conmigo?...
Maltrana quiso hablar de la indigencia en que, había estado hasta
entonces, pero la muchacha lo atajó. Que era pobre, ¿y qué? Ya lo sabía
ella. Muchas veces se había fijado en la voracidad con que comía en casa
de su padre, reveladora de dolorosas escaseces. Pero era bueno, era
sabio, y para ella el hombre más guapo del mundo.
--¡Guasona!--exclamó Isidro, volviendo a meter el brazo por debajo del
mantón--. ¿Es que quieres burlarte de mí?
--Lo digo como lo siento--continuó la muchacha con sencillez--; el más
guapo de Madrid. Pero no se enorgullezca usted por esto, señorito.
Ella se había enamorado sin saber cómo. Su padre la hablaba con
admiración de los grandes hombres desconocidos a los que había tratado
en sus tiempos de impresor. Al presentarse Maltrana, ella pensó que era
uno de aquellos seres que, vistos desde la casucha del dañador,
aparecían como semidioses.
La -Mariposa- hablaba de su nieto a todo el barrio, augurando que algún
día le verían entre los mandones; el -Mosco- reconocía en Isidro un
talento que se aproximaba al de sus grandes ídolos; el señor Manolo el
-Federal- lamentábase, a sus espaldas, de que un muchacho de tanto
mérito no se inscribiese en el censo del partido. Y Feli, incitada por
estos elogios, mirábale con creciente admiración, escuchando horas
enteras de sus labios cosas que no entendía, pero que sonaban en su oído
como música celeste.
De vez en cuando, en la muralla de palabras incomprensibles se abría un
desgarrón, una gran ventana, por la que contemplaba la muchacha un
cielo nuevo, otro sol, un mundo sobrenatural que sólo habitaban los
seres como Isidro. Cuando éste recitaba versos al final de sus meriendas
con el -Mosco-, cuando hablaba de aquellos grandes escritores que vivían
en el extranjero con honores de príncipe, a la pobre Feli le temblaba el
corazón, sentía que sus piernas se doblaban, le faltaba poco para
llorar, como si estuviese en presencia de una religión nueva.
Comenzó a pasar las noches en continuo ensueño, viéndole a él, siempre a
él, hermoso como un ángel, asombrando a los hombres con su grandeza;
siendo lo más extraño que al día siguiente, contemplándolo en su
realidad, lo encontraba no como era, sino embellecido con los mismos
atractivos de la nocturna visión.
--¡También tú!--exclamó Maltrana--. ¡También tú sueñas!...
Feli habló luego con tristeza de las dudas que le habían atormentado.
Isidro estaba demasiado alto para que descendiese hasta ella, pobre
muchacha hija de un dañador que vivía entre la gente miserable de la
busca. Cada vez que llegaba con palidez de hambriento, buscando los
almuerzos y las meriendas del -Mosco-, experimentaba ella una alegría.
Aplicábase al cocineo, poniendo todos sus sentidos en el guiso de los
gazapos. Bendecía estas privaciones de la existencia bohemia, como algo
providencial que aproximaba al hombre amado, dándola nuevas esperanzas.
Pero luego transcurrían largas temporadas sin que le viese. Estaba en
Madrid... ¡en Madrid! Y la muchacha repetía la palabra con cierta
cólera, como si evocase un mundo desconocido lleno de tentaciones.
Isidro debía tener allá mujeres muy hermosas; seguramente que era amigo
de las actrices, como todos los que escriben en los papeles. ¡Las noches
que había pasado gimiendo de desesperación, creyendo perdidas sus
ilusiones!...
La inocente Feli decía esto trémula aún de miedo, como si no tuviese la
seguridad de poseer a Isidro, como si temiera que se lo arrebatasen
aquellas tentaciones que abultaba con fantástico relieve. Maltrana rió
de la simpleza de la muchacha. ¡Alma cándida y trémula!... ¡Si conociese
la realidad de su vida!... ¡Suponerle de jolgorio entre actrices y
grandes cocotas, a las mismas horas en que, desfallecido de hambre,
pensaba en la cazuela bienhechora de la redacción! ¡Creerle favorecido
por las mujeres, perseguido por ellas, cuando hasta los hombres se
burlaban de la ruindad física del pobre -Homero- y le herían con sus
bromas!...
Las palabras de la joven resultaban, sin saberlo ella, de una ironía
cruel. Maltrana siguió riendo de la inocencia de Feli cuando ésta le
dijo con un gestecillo hosco:
--Se acabaron las calaveradas, ¿eh? Sólo me querrás a mi: no harás caso
de las señoronas. Porque advierto a usted, señorito, que yo soy muy
celosa, y si me haces alguna de las tuyas, grandísimo pillo, me la
pagarás... ¡vaya si me la pagarás!
Habían entrado en el camino viejo que conduce de Madrid a la Patriarcal
de San Martín. Por este camino bajaban, al caer la tarde, las mendigas
de las afueras para recoger la sopa en el Asilo de San Bernardino.
Los dos jóvenes llegaron al parterre que se extiende ante la Patriarcal.
Sus pasos, haciendo crujir la arena, sonaban agigantados por el
silencio. De vez en cuando oíase el chillido de un pájaro y el follaje
se estremecía con invisibles aleteos.
Feli, que siempre había visto de lejos este cementerio, sintió gran
inquietud al encontrarse cerca de él. Por entre el ramaje y el hierro de
las verjas veíase la blancura del mármol de los panteones. El brazo de
la muchacha se estremeció de inquietud, apretando el de su novio.
--¡Tonta!--exclamó Maltrana--. ¡Si esto es un jardín! La última que
enterraron fue mi protectora, y antes de que trajesen su cadáver habían
pasado muchos años sin entierros... Esto es muy bonito: hace pensar en
el amor más que en la muerte.
Contemplaba la joven desde el parterre todo el frente del cementerio:
dos pabellones color de rosa unidos por una doble columnata del mismo
tinte alegre. En un pabellón estaba la capilla, cerrada muchos años, con
una espadaña de hierro en el tejado, de la cual pendían dos campanas
cubiertas de herrumbre. El pabellón opuesto servía de habitación al
conserje, y en una ventana de medio punto alineábanse macetas de flores
bajo una cortina de tonos alegres que la brisa hacía ondear.
Una verja cerraba la columnata, y por entre sus hierros veíase todo el
cementerio como un frondoso jardín. Los cipreses, esbeltos y elegantes,
alineábanse a lo largo de las avenidas. En el espacio comprendido entre
sus troncos agrupábanse altos rosales de hermosa vejez. Las plantas
trepadoras enroscaban sus verdes ondulaciones en las columnas de los
claustros, llegando hasta los arcos de herradura. Los mausoleos, las
imágenes yacentes, los ángeles de mármol, en medio de las platabandas de
tupida vegetación, parecían estatuas de jardín.
Maltrana, siempre que veía de lejos este cementerio, destacando en el
cielo las techumbres redondas de sus pabellones, las columnatas y la
helénica vegetación de sus esbeltos cipreses, pensaba en una acrópolis
clásica de aquellas que eran fortaleza, santuario y paseo a un tiempo.
La dulce calma, cortada por el rumor del follaje y el piar lento de los
pájaros, disipó la inquietud de Feli.
--Entremos--dijo su novio--. Esto es un cementerio de novela; un jardín
como no hay otro en Madrid.
La enamorada pareja sentíase atraída por el poético silencio de este
rincón olvidado.
En la columnata vieron a una vieja haciendo calceta, y junto a ella un
hombrón, que fijó en los jóvenes su mirada escrutadora.
--¿Vienen ustedes por algún pariente?--dijo.
Maltrana contestó con la firmeza del que dice verdad:
--Tengo aquí lo mejor de mi familia.
El guardián no parecía satisfecho.
-¿No vienen ustedes a pintar?--preguntó de nuevo--. Porque para pintar
se necesita permiso.
Isidro sonrió, echando atrás las aletas de su macferlán. ¡Pintar! ¡ Vaya
una pregunta! ¿En dónde iba a ocultar los colores y la paleta?...
Los dos jóvenes, tras un gruñido de asentimiento del portero, entraron
en la Patriarcal, comentando las extrañas preguntas de éste con risas
que parecían alegrar el fúnebre silencio.
Maltrana quiso que Feli viese la sepultura de su protectora, y los dos
salieron de la avenida central para descender por una escalerilla en
forma de túnel a un patio inmediato.
En este rectángulo, mucho más bajo que el centro del cementerio, no
vieron árboles ni platabandas. El suelo estaba totalmente ocupado por la
muerte; las tumbas se apretaban entre las galerías del claustro.
Embellecía el abandono este rincón con desolada poesía. Las grandes
losas sepulcrales estaban curvadas por el tiempo y la lluvia, con las
inscripciones borrosas; las plantas parásitas, creciendo entre las
piezas de mármol, las hacían saltar, desuniéndolas con el impulso vital
de sus raíces. Las coronas, pendientes de cruces de hierro mohoso,
habían perdido sus flores, sus doradas siemprevivas; eran aros de paja
negra y putrefacta, guardando en sus briznas un hervidero de insectos.
Los pasos de los dos jóvenes hacían resonar las oquedades repletas de
huesos; por todos lados, en el suelo y en las paredes, la sensación de
lo hueco, la repetición interminable del más leve ruido, la nada sonora
de la muerte.
Maltrana se detuvo ante un nicho. Allí estaba su ángel bueno, la que él
llamaba por antonomasia «la señora». Acordábase, conmovido, de las
palabras de la buena anciana cuando le prometía buscarle una esposa que
le hiciese feliz. Señora, la compañera estaba allí: venía a saludarla,
agradecida por lo que había hecho con él. No era rica, tal vez no era
buena cristiana, como la deseaba ella; pero embellecería su existencia,
dándole ánimos para seguir aquel camino áspero en el que le había
abandonado su mano protectora, paralizada por la muerte.
Al salir del fúnebre patio, les pareció aún más hermosa la avenida
central del cementerio. El jardín, con su belleza melancólica,
ahuyentaba toda idea de muerte. Era distinto de los patios cercanos,
henchidos de cadáveres. Sus diseminadas tumbas parecían monumentos de
adorno, colocados allí sin otro objeto que alterar la verde monotonía de
la vegetación. Eran sepulturas de ricos, de privilegiados, que aun
después de muertos parecían guardar la tranquila compostura de los
felices. Los nombres de antiguos ministros, de generales, de duquesas
famosas por sus gracias, brillaban en las caras de estos enormes
juguetes de mármol.
Las primeras mariposas movían sus alas sobre los rosales, cuya sequedad
invernal comenzaba a hincharse a impulso de los tiernos brotes. Zumbaban
los insectos en el ambiente dorado de la tarde; la tierra se agrietaba
para dar paso a una vegetación salvaje, a una maraña verde, que parecía
la cabellera primaveral surgiendo lentamente de la tierra. Las hormigas
removían el suelo, elevaban pirámides junto al túnel de su vivienda, y
en negros rosarios atravesaban los andenes, realizando bajo la hierba
obscuras epopeyas de combates, conquistas y trabajos hercúleos. De
ciprés en ciprés aleteaban pájaros negros, rasgando el silencio con su
silbido. Eran los mirlos y las currucas ocultos en la espesura de la
Patriarcal, único refugio de follaje en medio de las yermas colinas.
Tres niños con blancas blusas, sonrosados y mofletudos como angelotes,
tres pequeñuelos de la familia del conserje o de alguna casucha cercana,
jugueteaban puestos en cuclillas sobre la hierba, hurgando los
hormigueros y arrojando pedradas a los pájaros, que apenas si movían las
alas. Feli los contempló con ojos amorosos; sentía deseos de abrazarse a
ellos, de comerse a besos sus hociquillos sonrosados y sucios, como si
fuesen una imagen de la vida triunfadora, invadiendo el rincón del
olvido.
Maltrana, bajo la influencia de este ambiente melancólico y dulce,
hablaba a Feli de sus ideas. Le gustaba el cementerio de San Martín, con
su rumorosa vegetación de jardín abandonado, porque ofrecía la belleza
de la Muerte tal como él la había concebido.
La Muerte no era un esqueleto de burlesca risa y grotescas cabriolas,
cual la representaba el bárbaro arte de la Edad Media en su horror a la
carne. Era una gran señora de belleza triste, pálida, intensamente
pálida, con una piel mate que parecía absorber la vida del aire, sin
dejar en su superficie brillo ni jugo; con unos ojos negros, intensos,
helados, profundos, que recogían la luz del espacio sin devolver el más
leve fulgor. Era una matrona de potentes caderas, en cuyas entrañas
renacía la vida; de robustos y voluminosos pechos, siempre hinchados de
leche densa y amarga. A un pecho se agarraba el Recuerdo, gimiendo al
paladear el líquido de acíbar; al otro el Olvido, que chupaba cerrando
los ojos, queriendo dormir. A su paso callaban los pájaros, mustiábanse
las flores, caían al suelo los seres animados, se hacía el silencio. Sus
pies, invisibles bajo la túnica de crespones, hacían temblar la tierra
cual si estuviesen calzados con coturnos de hierro. Pero apenas pasaba,
todo resurgía a su espalda, casi en los bordes de sus fúnebres velos:
revivían las flores con nueva fuerza, trinaban otros pájaros, y del
polvo donde habían caído los viejos, los inútiles y los débiles, volvían
a levantarse, transfigurados por la juventud. Ella era el abono de la
vida, la hoz que siega el prado para que resurja con mayor fuerza.
Maltrana la conocía: la había visto pasar ante sus ojos, con todo su
esplendor melancólico, evocada por la más sublime de las exaltaciones
artísticas. Wágner la sacaba de las tinieblas de lo misterioso,
haciéndola marchar entre graves melodías que eran ecos del dolor humano.
Por dos veces la había contemplado Maltrana cerrando los ojos, con su
piel pálida, sus ojos negros y fríos que brillaban hacia adentro, sus
caderas de eterna creadora y sus pechos amargos: cuando el salvaje
Sigmundo habla a la walkyria que le anuncia la muerte; cuando la
desesperada Iseo se enrosca de dolor y se mesa los cabellos, agitados
por el viento del mar, ante el cadáver de Tristán.
Era ella, la verdadera, la única, la que inspira miedo y consuelo; la
belleza triste que nunca se aja; la pálida señora del mundo; la beldad
que llega puntual a la cita con su beso de olvido y de paz, con el
supremo espasmo de la insensibilidad y el anonadamiento.
Feli escuchaba a su novio con los ojos dilatados por el asombro,
pugnando por entenderle.
--¡Cuánto sabes, Isidro!--murmuró acariciándole con la mirada--. Por eso
te quiero tanto: porque dices cosas bonitas.
Maltrana rió de la sencillez de la muchacha, sintiéndose halagado al
mismo tiempo por su admiración. Casi se arrepintió de lo que llevaba
dicho: eran tonterías; la hablaba como si fuese un compañero al que
quisiera turbar con sus paradojas. Se cogieron del brazo otra vez, y
Maltrana condujo a la joven a una galería de nichos, en lo más hondo del
cementerio.
--Quiero enseñarte cómo acaban los hombres de talento, cómo reposan los
que en vida tuvieron aduladores y fanáticos... Mira.
Y después de una rápida busca con los ojos, le señaló un nicho, el más
mísero de todos. Su boca apenas estaba cubierta con un hule, desprendido
de las puntas; un andrajo negro con letras amarillas y borrosas. Feli
leyó con algún trabajo: «Aparisi y Guijarro».
--Ese señor--continuó Isidro--fue famoso en vida. Pronunciaba en el
Congreso discursos que duraban varias sesiones. Los curas de toda
España, los devotos, las mujeres, aguardaban con impaciencia los
periódicos para leerle. Y ahora, mírale: cualquier tabernero tiene mejor
alojamiento después de muerto... Era un poeta, un soñador; y los poetas,
no sé por qué, tienen mala sombra en la política... Yo no creo en él;
pero le compadezco y le defiendo por espíritu de cuerpo. Este olvido nos
consuela a los que trabajamos sin esperanza en la tienda de enfrente,
que es la de los pobres, la del populacho.
Maltrana siguió hablando con tono de cólera. Bien podía el rey de aquel
tribuno adecentar su tumba; bien podían los representantes de la
tradición acordarse un poco del gran artista que les había enardecido
con sus himnos oratorios. Equivalía a una burla infame citar su nombre a
todas horas, como gloria y bandera de las aspiraciones hacia el pasado,
mientras sus restos permanecían en un rincón, sin el más leve signo de
homenaje, como los de un hombre que hubiese atravesado la vida sin ruido
y sin afectos.
Feli deletreaba las inscripciones en lápiz que ennegrecían el yeso
alrededor del nicho. Eran versos disparatados e ingenuos en honor del
«Cicerón español», del «paladín de la fe y las tradiciones»; testimonios
de entusiasmo de algunos curas de misa y olla, que, al venir a Madrid,
no habían querido tornar a sus pueblos sin ver la tumba de su grande
hombre. El hule caído parecía reírse con sus arrugas de tales elogios,
que sonaban a falso en este abandono.
Maltrana examinó las firmas.
--Todas son del populacho: curas pobres, guerrilleros ilusos; gente de
abajo, de la que tiene corazón.
Aquel soñador de Levante, artista engañado, también tenía corazón, y por
eso reposaba en el olvido.
--Era pobre y defendió a los ricos--continuó Maltrana--; era plebeyo y
pidió la resurrección del pasado con sus privilegios de raza; tenía el
carácter independiente y un tanto levantisco de su tierra y deseaba el
absolutismo. Los que él defendió no se acuerdan de él, y tal vez siguen
con esto al instinto, que no engaña. Vivió para ellos, pero no fue de
su familia.
Los dos jóvenes se alejaron de este rincón, volviendo a la avenida
central. Remataba ésta en un edificio abierto, especie de ábside, que
ocupaba el fondo del cementerio, con muros en semicírculo y media
cúpula. En las paredes habíanse abierto grandes hornacinas con ricas
urnas funerarias. Los segmentos de la bóveda ostentaban varias pinturas
representando la resurrección de Jesús. La gran puerta del fondo,
cerrada por una verja mohosa, dejaba ver al través de sus vidrios el
cerro de enfrente y un grupo de álamos entre dos casitas rojas en lo más
hondo de una cañada.
Sobre esta puerta abríase un medio punto de vidrios de colores, por el
que se filtraba el sol de la tarde, dando a las paredes, a las tumbas,
al suelo, las palpitaciones policromas del iris. La luz fantástica
parecía prestar vida a las figuras de la bóveda, animándolas con
esplendores de apoteosis.
--¡Qué bonito!--murmuró la muchacha.
Esta luz alegraba los ojos, borrando la lúgubre significación del sitio.
A Feli le parecía el ábside un salón de baile alumbrado con luces de
colores: creía que todos los muertos, con trajes vistosos, sonrientes y
sin infundir miedo, iban a mostrarse para intervenir en la fiesta. Los
pájaros piaban en el inmediato jardín o revoloteaban bajo las arcadas,
como atraídos por la hermosa iluminación.
La clase social de las gentes enterradas en esta parte del cementerio
sólo evocaba imágenes de lujo, de placer y de fiestas. Eran duquesas
famosas por su hermosura, damas palaciegas que habían muerto en lo mejor
de su edad, mujeres que gozaron sus épocas de reinado y adoración. Los
nombres que brillaban en letras de oro sobre la blancura láctea del
mármol hacían soñar en fiestas elegantes, amorosas entrevistas,
tocadores lujosos impregnados de suaves esencias, adornados con flores
costosas.
Maltrana, como si sintiera los efectos de este recuerdo de voluptuosidad
y amor que las ilustres muertas evocaban con sus nombres, fijó los ojos
en Feli, que contemplaba absorta las hermosas tumbas. Pasó un brazo por
su talle, la atrajo hacia él y la besó donde pudo, donde alcanzaron sus
labios, entre el lóbulo sonrosado de una oreja y el cuello moreno, que
erizó su piel, estremecida al contacto de los labios.
La joven se desasió con rudo empujón.
--¡Isidro!--exclamó avergonzada--. ¡Isidro!...
Y bajó la cabeza tristemente, como dolorida por la audacia del amante.
Después habló para acusarse a sí misma, sin dirigir el menor reproche al
joven. Ella tenía la culpa: debía haber evitado esta soledad, negarse a
entrar en el cementerio con Isidro, que estaba acostumbrado a los
mayores atrevimientos con sus impúdicas amigas de Madrid... ¡Besarla!...
¡y en aquel sitio!...
Miró en torno, como si esperase que se abrieran las tumbas, irguiéndose
airados los cadáveres por tal profanación.
Maltrana sonreía. ¡Tonta! ¿a qué tal miedo? Aquel sitio era lo mismo que
otro; mejor aún, por su poesía silenciosa de jardín abandonado, propicio
al amor. Ellos no hacían mas que repetir el eterno himno de la vida.
Antes lo habían cantado aquellas gentes que fueron felices y dormían
ahora en sus envolturas de mármol. Lo único verdadero de la vida era el
amor. Si los muertos pudiesen recordar el pasado, la memoria de las
horas amorosas sería el consuelo de su eterna noche. Aquellas
aristócratas ocultas tras la piedra que pregonaba sus títulos, sus
bandas y su caridad no pasaron toda la vida con la diadema nobiliaria
en el peinado y los cintajos en el pecho, echándolas de damas benéficas.
Habían sido mujeres orgullosas de su hermosura, propicias a conceder la
admiración de sus encantos como una limosna regia.
Isidro, con impúdica imaginación, se las representaba en el abandono de
su dormitorio, mostrando misterios de nácar y rosa al través de la
espuma de sus blondas, agarradas al hombre amado con el supremo
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