mujeres de pie agarradas a las cuerdas, chillando como gallinas, las
faldas apretadas entre los muslos; y sobre el fondo azul del cielo, la
percalina roja y oro de las banderas aleteaba en un ambiente de aceite
frito y sebo derretido.
El señor José era escuchado en silencio por Maltrana. Al albañil
gustábale hablar con hombres de estudios que supieran distinguir. Aunque
él fuese hijo de la Isidra, su educación convertíalo en hombre superior,
casi en uno de aquellos seres que el antiguo guardia civil veneraba como
pastores de la humanidad, designados por un poder misterioso que él no
se tomaba el trabajo de conocer. Al lado del joven daba salida el
albañil a su lenta verbosidad, con voz bronca y monótona. No podía
hablar con los compañeros de trabajo; estaba en desacuerdo con ellos; le
insultaban por reaccionario, por borrego, echándole en cara sus tiempos
de guardia civil.
--Tú eres un sabio, Isidro--decía--; tu raciocinas, y por eso puedes
comprenderme y hacerme justicia más que esos animales... ¿Y qué es lo
que digo yo para que me llamen borrego? Que esto de que el pobre se
ponga sobre el rico o a un igual suyo, y que el criado se monte sobre el
amo, no pue ser. Que siempre ha habido unos con dinero y otros sin él, y
siempre será así. Que eso de los metinges y de las sociedades sólo sirve
para llenar de humo la cabeza del trabajador y echarle a la calle a que
le calienten las costillas. Lo que le importa al jornalero es encontrar
donde le den jornal, y ser bueno para que los señores le ayuden con la
limosna... Y también me da rabia que en todos esos metinges se metan con
los curas, y eso que, como tú sabes, hace un porción de tiempo que yo
no voy a misa. Pero ¿qué mal hacen esos pobres señores de la sotana al
trabajador? Ellos al menos dan algo: reparten limosnas, tienen asilos,
se ocupan del pobre y predican a los ricos para que socorran con dinero.
Y los otros, que hablan en las reuniones sobre esos papas del socialismo
y la anarquía, no dan ni un botón. ¡Qué han de dar, si son unos
pelagatos!...
El señor José, al hablar de los rebeldes, sentía la cólera de un antiguo
sostenedor del orden, moldeado por la disciplina. El guardia civil
resucitaba bajo su blusa. Reconocía que todo estaba mal repartido y que
el pobre sufría mucho. El mismo pasaba temporadas de horrible miseria, y
su fin, cuando se sintiese viejo, sería mendigar en la calle o morir en
el hospital. Pero si metían sus manos aquellos arregladores que
predicaban contra los ricos, ¿quedaría el mundo mejor?...
--Cada uno para lo que ha nacido, y que se conforme con su
suerte--continuó el albañil--. Yo también he visto algo, Isidro, aunque
no sea letrado como tú... ¿Cuál es la cosa mejor organizada en todas las
naciones y que marcha más derecha?... No me negarás que es el ejército.
Yo he pertenecido a él y le debo mi buena crianza. ¿Y qué pasa en el
ejército? Pues que los soldados son los más, y comen rancho y se
joroban, y los oficiales, que son menos, y muchos menos los coroneles y
los generales, comen perdices o lo que se les antoja, y viven mejor.
Nombra a todos los soldados generales, como quieren algunos, y se acabó
el ejército; haz a todos los jefes soldados rasos, como piden otros, y
no habrá quien dirija; total, el mismo resultado. Pues esto aplícalo a
los paisanos, y comprenderás por qué pienso yo como pienso. Los que
hemos nacido para soldados, a llevar a cuestas la mochila del trabajo,
sin pensar en insurrecciones ni en hacer fuego por la espalda sobre los
jefes. Tú, que has nacido para oficial, a coger pronto los galones y a
ver si algún día pescas la faja.
Maltrana sonreía escuchando a su padrastro. Pensaba en el obscuro y
hediondo tabuco de la calle de los Artistas; en el camastro, la mesa y
las dos sillas que constituían todo su ajuar; en los días de paro
forzoso, que le obligaban a él a exprimir su miseria para prestar ayuda
al albañil.
--Y usted--preguntó el joven--, ¿qué va perdiendo con que el ejército
social se desbande y mate a sus jefes, si lo considera necesario, y arda
medio mundo?
--¡Ahora salimos con esas!--dijo el albañil, escandalizado--. ¿También
eres tú de los que piden tales horrores? Paece mentira... con los libros
que llevas leídos. ¿Y el orden, muchacho? Sin orden no se pue vivir. Me
acuerdo que esto lo explicaba muy bien un teniente viejo que teníamos en
la Guardia civil. Se lo repartirían todo, entrarían a saco en las casas,
nos comeríamos unos a otros, como los caribes. No, muchacho; piénsalo
con calma. ¿Cómo pueden vivir las personas de bien sin curas y sin
soldados, sobre todo sin soldados?
Y el antiguo guardia civil acompañaba con un gesto de repulsión y de
horror esta tenebrosa pregunta.
--El hombre necesita pan y palo--decía luego, recobrada ya su
serenidad--. Un látigo muy largo para que marche derecho. El mundo está
lleno de pillos. Que dejen al hombre en libertad, y veremos la que se
arma.
Al final, el señor José se tranquilizaba, mostrando un optimismo feroz.
--Por fortuna, esto va para largo. Los mausers no los tienen los
alborotadores. ¡Que salgan, que salgan y sabrán lo que es bueno! Por eso
yo, cuando hay huelga en el oficio, la sigo por no hacerme de señalar,
pero me voy a casa. ¡Pues menudo gusto el tirar a la gente, sin miedo a
otra respuesta que alguna pedrada, y escogiendo el blanco a placer, como
si las personas fuesen patos!...
Contraía sus manos al decir esto y guiñaba un ojo, lo mismo que si
empuñase un fusil imaginario. Sonreía como si le halagase la ferocidad
de sus recuerdos. Maltrana, ante el gesto de delectación homicida del
aragonés, pensaba asombrado que aquel hombre era bueno. Había
embellecido con su mansedumbre silenciosa los últimos años de la pobre
Isidra; era un padre bondadoso para el travieso Pepín. Sus camaradas le
llamaban borrego por la servil paciencia con que aceptaba todas las
injusticias y durezas del trabajo, y sin embargo, sonreía como un
verdugo al desear las matanzas en masa, las cacerías de hombres, siempre
que se verificasen al amparo de la ley, por ejecutores uniformados. El
respeto supersticioso al orden que le inculcaron al moldearle de joven
en la estrechez de la disciplina tomaba en su alma una dureza salvaje.
Para él, la sociedad sólo podía marchar con los presidios llenos, un
fusilamiento en cada esquina y la Guardia civil descargando sus armas
sobre todo grupo que se atreviese a lanzar un viva, a tremolar una
bandera. Lo decía con una firmeza que inspiraba espanto, y a
continuación enternecíase ante su hijo, el travieso -Barrabás-. Cuando
éste cometía una de las suyas, el viejo animal de guerra limitábase a
fruncir el entrecejo, a agitar las manazas, gritando con voz ronca:
«¡Mira que te doy!...» Y el pillete reía, sabiendo que nunca llegaba a
darle.
En los días de trabajo, si el tiempo era bueno y Maltrana tenía en el
bolsillo algunas pesetas, encaminábase al barrio de las Carolinas, para
almorzar con su amigo el -Mosco-, el cazador furtivo, cuya gloria
llegaba hasta Colmenar. El célebre «dañador» de las posesiones reales
merecía por sus hazañas hasta el respeto de los cazadores de la Sierra,
y eso que éstos miraban como rateros cobardes a los camaradas de las
afueras de Madrid que vivían del huroneo en los bosques de El Pardo.
El -Mosco- vivía cerca de la casa de la señora Eusebia, en una
construcción de ladrillos casi sueltos, con una techumbre de antiguas
tejas traídas de los derribos de la población. Fuera, ocupaban todo un
muro tres filas de jaulas con pájaros de interminable canto, jilgueros y
pardillos, que le servían para la caza con red. Maltrana, al llegar a la
puerta, tenía que abrirse paso entre dos hermosos galgos de elegante
delgadez y otros perros de lanas sucias y colgantes, feos, plagados de
parásitos, pero que gozaban de una fama igual a la del amo, por sus
sorprendentes habilidades.
Dentro se hallaba el -Mosco-. Su hija Feliciana, que era toda su
familia, estaba trabajando en la fábrica de gorras, y él iba de un lado
a otro, preparándose el almuerzo, después de bien pasado el mediodía.
También el -Mosco- se levantaba tarde. Maltrana le había sorprendido
muchas veces con sus ropas de faena, un traje de pana manchado de barro,
las abarcas y las polainas mojadas, y la boina con raspas secas y
espinas de selvática vegetación. Era un hombre pequeño, enjuto, de
nerviosa agilidad y ademanes resueltos. Tenía su cuerpo un balanceo
semejante al temblor de un muelle bien templado próximo a dispararse. La
vida en plena Naturaleza, la piratería en la selva, le daban, cuando
permanecía silencioso, una tosquedad huraña, semejante a la del árbol o
el pedrusco. Al hablar, revelábase el hombre de la ciudad, el evadido de
las grandes aglomeraciones humanas, para vivir solitario, en continuo
combate, ganándose el sustento con las armas o la astucia, como si
lejanos atavismos tirasen de él, arrastrándolo a la existencia del
hombre primitivo.
Al verle, Maltrana saludábalo siempre con la misma pregunta:
--¿Qué tal se ha dado la noche?...
El -Mosco- sonreía unas veces; otras contestaba con gruñidos de mal
humor. Había noches magníficas, en las que caían dos o más corzos, que a
aquellas horas estaban ya desollados y descuartizados, vendiéndose
ocultamente entre los vecinos de Tetuán. Otras, sólo cazaba conejos, y
al regresar a su casa, cerca del amanecer, tendíase en la cama sin
desnudarse, maldiciendo su mala suerte, y dormía con el cansancio del
que ha pasado la noche caminando a gatas, con el oído siempre atento,
creyendo de un momento a otro oír la voz de «¡alto!» y el silbido de la
bala.
Los dañadores del barrio, infelices que trabajaban durante el verano en
los tejares y sólo a impulsos del hambre invernal se decidían a ir de
caza, admiraban al -Mosco-. Este no iba, como ellos, sin un arma en la
faja, resignados de antemano a recibir un escopetazo o una paliza, a que
los llevasen a la cárcel de El Escorial, y de allí a presidio, sin
oponer la más leve resistencia. Era tan hombre como los cazadores
selváticos de Colmenar, gentes duras y amigas de la pólvora, que
perseguían a los guardas de árbol en árbol, hasta encerrarlos en sus
casuchas.
La noche que el -Mosco- salía con escopeta y dejaba en casa el hurón, la
turba de inocentes dañadores estremecíase de inquietud y de orgullo.
Aquel era un hombre. Al día siguiente habría carne de corzo en Tetuán; y
el guarda que intentase impedirlo corría el riesgo de verse cazado, de
que le disparasen de entre la espesura sin darle el «¡alto!» Si no
había carne, era que el -Mosco- estaba en la cama entrapajado, sucio de
sangre, con una ración de plomo debajo de la piel.
Maltrana había admirado muchas veces a su amigo cuando le mostraba el
cuerpo con el impudor de un bravo: dos postas en la cabeza, incrustadas
en los huesos del cráneo; un balazo en un hombro y otro en una pierna,
proyectiles redondos que le había extraído una curandera de la vecindad
con dolorosos procedimientos, y el resto del cuerpo hecho una criba por
los perdigonazos, a los que apenas daba importancia, considerándolos
accidentes vulgares.
Los almuerzos de Maltrana en casa del -Mosco- eran suculentos. El pagaba
el pan y el vino, trayéndolo de una taberna cercana, mientras el famoso
dañador ponía sobre la mesa un guiso de gazapos o alguna liebre cazada
la noche antes.
--¡A la salud de la real familia!--exclamaba Isidro irónicamente--.
¡Viva el monarca que mantiene a sus súbditos!...
Estas piezas de caza que servían para la manutención del -Mosco- eran
las únicas que podían encontrarse en su vivienda. Esperaba siempre algún
registro: los guardas reales tenían puestos los ojos en su casa; los
civiles la habían visitado muchas veces. No existían a la vista otras
pruebas de las aficiones del amo que las jaulas colgadas al exterior en
las horas de sol y los perros que dormitaban enroscados ante la puerta.
--Soy un cazador legal--decía con zumbona gravedad a los guardas cuando
éstos aparecían--. Me dedico a los pájaros con red, o llevo los perros a
las tapias de El Pardo, por si algún conejo se sale del término. Un
poquito de afición... lo demás que dicen de mí es mentira.
La escopeta estaba oculta bajo las tejas; el hurón dormía en el doble
fondo de una caja cubierta de guiñapos, respirando por los agujeros
abiertos en la madera.
Cuando se presentaba Maltrana, su amigo el -Mosco-, como una
demostración de gran confianza, le enseñaba la -bicha-, la joya de la
casa, lo que más amaba. Extraía del fondo del cajón la diminuta fiera,
que estiraba su cuerpo ondulante como el de un reptil y arañaba con sus
patas los duros dedos del cazador. El -Mosco- se llevaba a la boca el
hocico bigotudo, de agudos dientes, envolviéndolo en su aliento,
mientras la -bicha- acariciábale los labios sacando su lengüecita con
mohines felinos.
--Pero ¡qué rica!--exclamaba el cazador--. Mírala, Isidro: lo mejor del
mundo. Cincuenta reales me costó en Colmenar; no había quien la tocara:
una verdadera fiera. A uno le destrozó un dedo. Se agarraba a las manos
y ni Dios la hacia soltar. Yo la he criado tal cual la ves, y come en
mis labios y me quiere lo mismo que Feliciana. Pero esto sólo puedo
hacerlo yo. Si tú la tocases, te mordía. Pásale la mano por el lomo;
verás qué pelo tan fino... No tengas miedo, que no la suelto.
Y continuaba los elogios del repugnante y sanguinario animal. La hacía
cazar siete días seguidos sin fatigarla. Algunas veces mataba hasta
cincuenta conejos: siempre tenía sed de exterminio. Había que meterla
por las bocas de las madrigueras con un cordel en la pata, para tirar de
ella cuando se quedaba dormida, ebria de sangre. El -Mosco-, sin dejar
de hablar, sacaba del bolsillo un pedazo de queso, colocábase un
pellizco de él entre los labios, y la -bicha- lo devoraba con grotescas
contorsiones.
--Pero ¡qué rica! Vuelve a mirarla--decía el cazador--. Aquí donde la
ves, se mantiene con quince céntimos de queso cada dos días.
El recuerdo de otra joya que había poseído, el famoso perro -Puesto en
ama-, conmovía al -Mosco-. Había dado el mismo nombre a otro de sus
canes, pero ¡qué valía éste comparado con aquél, del que hablaban con
asombro los guardas y era la pesadilla de los altos empleados de El
Pardo!... Saltaba el -Mosco- a media noche las tapias, sin otro
acompañamiento que -Puesto en ama-, y se escondía junto a los arroyos,
en los remansos donde bebían los corzos. El que se aproximara podía
darse por muerto. El perro salía en su persecución al través de los
jarales: las dos bestias tronchaban las ramas con el impulso de su
carrera, producían un estrépito de huracán, y tras ellas corría el
dañador de ligeras abarcas. -Puesto en ama-, al alcanzar el corzo, le
mordía entre las patas traseras, en el órgano más sensible, y la bestia
quedaba en el suelo mugiendo de dolor, hasta que el -Mosco- la daba
muerte. Asunto de unos minutos. Con este perro, necesitaba muchas veces
de la ayuda de los cobardones del barrio para llevar a cuestas las reses
cogidas.
El dañador casi lloraba recordando la muerte del valeroso camarada, la
descarga que le había hecho caer cerca de él, la alegría de los guardas,
desplegados en ala como un ejército para acabar con un animal que tenía
más astucia que muchos hombres, y la conducción del cadáver hasta el
pueblo de El Pardo, donde le admiraron como si entrase en triunfo
después de muerto.
El -Mosco- se indignaba al pensar en su perro. ¡Y aún vivía el ladrón
que le había dado el escopetazo de gracia!... ¡Y él, el -Mosco-, aún no
lo había matado!...
Maltrana, escuchando estas proezas de la vida bárbara, el hombre cazando
a la bestia y siendo a su vez cazado por el hombre, pensaba con asombro
en el origen del famoso dañador.
Procedía de una familia de Tetuán, pero había nacido en Madrid y era de
oficio impresor. Llegó a regentar una imprenta en la que se tiraban
varios periódicos que nadie leía; pero los sábados, apenas terminado su
trabajo, cambiaba de traje y corría a Tetuán, adonde estaban sus
aficiones, dedicándose a la caza con los dañadores de más fama, como si
tirase de él una influencia ancestral, una herencia de sus antepasados.
Durante la semana, paseando entre las cajas del taller, manchado de
tinta y oliendo a papel húmedo, pensaba nostálgicamente en los cerros
cubiertos de pinos, alcornoques y robles, en los matorrales que se
abrían ante el hocico de los venados, escapando éstos después con un
bufido de alarma, en los grandes espacios de cielo azul, con las cimas
nevadas del Guadarrama en el fondo, como una muralla de almenas de plata
que brillan al sol.
Era un insocial: se ahogaba dentro de la villa, le repugnaban las calles
con sus aglomeraciones de personas marchando en la misma dirección.
Acabó casándose con la hija de una trapera, y abandonó su oficio para
abrazar el de su mujer. Pero apenas si fue con el carro a Madrid. La
trapería era un pretexto: su verdadera profesión fue cazar, seguir sus
aficiones.
El, según declaraba a Maltrana, había nacido para la acción violenta,
para vivir en aventura continua, arriesgando la piel. ¿Por qué había de
permanecer dentro de una población, juntando letritas de plomo,
agotándose en esta tarea de mujer?... Era hombre de pelea; le gustaba
torear a la Muerte todos los días--según sus propias palabras--, darla
el quiebro, recogiendo el pan de entre sus pies.
--Yo hubiese sido un gran soldado, amigo Isidro. Pero ya no hay guerras,
verdaderas guerras, como aquellas antiguas, donde cada hombre sacaba
toda la fuerza de sus brazos o de su caletre. Además, yo no me pongo un
uniforme por nada del mundo; no me visto de máscara, ni paso por eso de
disciplinas y ordenanzas... Para ser mandado, bien estaba allá en la
imprenta, con un durazo como un sol todos los días. ¡Ay, cuántos como yo
hay en presidio, que en otro tiempo hubiesen sido héroes!...
Amaba la guerra salvaje, ingenua, sin hipocresías de humanidad, sin
disfraces de civilización: aquellas guerras en las que los combatientes
mataban por la gloria que proporciona el exterminio, no alcanzando otra
retribución que el saqueo de la casa del vencido y el pillaje de sus
campos; pero había llegado tarde, según afirmaba con acento de tristeza,
y a falta de mejor escenario, entregábase, a las puertas de una gran
población, a una vida prehistórica, cazando a la bestia para comer, y al
hombre, si era preciso, para defenderse; considerando la tierra como
suya, sin respeto a tapias que podía saltar, ni a leyes representadas
por hombres que eran mortales como él.
De su pasado conservaba cierta veneración por los escritores. Por esto
era amigo de Isidro desde que le conoció en casa de su vecina la señora
Eusebia.
Algunas veces recordaba su época de impresor. El no leía los papeles
públicos, cuando de tarde en tarde iba a Madrid; pero creía que sus
tiempos habían sido mejores, y que los que ahora escribían estaban muy
por debajo de los que él había conocido. Y al pensar esto, miraba a
Maltrana, comparándolo mentalmente con los grandes hombres que aún se
mantenían en su memoria. ¿Había leído su amigo cosas de Fulano y de
Zutano? Y aquí nombres y seudónimos que firmaban, veinte años antes, en
revistas y diarios de escasa circulación, débiles flores de papel, cuyo
perfume mental había pasado inadvertido para todo el mundo. El -Mosco-
soltaba estos apellidos con cierta unción, entre admirado de su gloria y
orgulloso de haber conocido a los que los llevaban, y hacía un mohín de
asombro al oír que Maltrana declaraba francamente no conocerlos. Por
algo sospechaba que el periodismo estaba en decadencia.
La admiración del -Mosco- se posaba en las más raras cualidades de
aquellos genios. Hablaba de uno con asombro porque escribía cantando,
sin que lo molestase ruido alguno, sin levantar la cabeza aunque
disparasen cañonazos junto a él. Otro merecía su entusiasmo porque
desafiaba a los acreedores, y siempre que el impresor le llevaba pruebas
a su domicilio encontraba en él a una nueva señora. ¡Qué tíos! Todos sin
dinero, debiendo en la imprenta varias tiradas, lampando tras la peseta,
lo mismo que Cervantes, «que no cenó al terminar el -Quijote-», alegres
como unas castañuelas y haciendo reír a los cajistas con sus chistes.
Pero al que recordaba con más veneración era a un señor elegante y
grave, autor de largos artículos sobre política internacional, que se
sentaba en cualquier rincón de la imprenta, sin mancharse, y escribía
con los guantes puestos.
--¡Sin quitarse los guantes, Isidro! ¿Hay muchos que puedan hacer eso
ahora?
Su rusticidad apreciaba esto como la mayor de las pruebas de talento, y
se miraba las manos, reconociéndose incapaz de tal hazaña, declarando
que no sabría cazar ni un gazapo con las garras enfundadas en piel.
Algunos domingos, el -Mosco- invitaba a comer a Maltrana, anunciándole
que vendría de Madrid un hermano suyo, capataz de venta de periódicos,
el señor Manolo el -Federal-, gran personaje entre las gentes dedicadas
al comercio de papel impreso.
Maltrana le conocía. Era famoso en las redacciones por su lenguaje
enrevesado y pintoresco y sus juicios sobre la política. Se presentaba
en los periódicos, con su ancha cara sacerdotal siempre sudorosa, de
ojos saltones y terroríficos, unas veces para quejarse como «industrial»
(eran sus palabras) de las tardanzas de la administración en el reparto
del papel; otras como «ciudadano consciente» (también palabras suyas),
en nombre del comité del distrito, para pedir la inserción de algún
Manifiesto contra los -unitarios-, no menos nocivos al país que los
mismos monárquicos.
Isidro, a pesar de que no estaba inscrito en «el censo del partido»,
logró su amistad. Era un muchacho simpático, aunque «ciudadano
inconsciente».
--Cuando usted quiera que consumamos un turno--le decía--, ya sabe dónde
tengo las oficinas: Puerta del Sol, de cinco a ocho de la mañana, en la
acera de la botica de Borrell... aunque lluevan chuzos, aunque caigan
capuchinos de punta.
No bastaban la lluvia ni la nieve para que la oficina dejase de
funcionar. Al romper el día llegaba el señor Manolo con sus ayudantes
cargados de paquetes de periódicos. Tenía su especialidad, que era la
venta de las afueras. Todos los vendedores, viejas, chicuelos y hombres
haraposos, le rodeaban gritando, tendiendo sus manos para ser los
primeros. El no se turbaba ante esta aglomeración: hallábase
acostumbrado a mayores conflictos en su «larga vida política».
--¡Haiga orden, ciudadanos, y un poquito de crianza! ¡Que no se diga del
cuarto estado!... A cada uno se le dará según el orden de la discusión y
los derechos de su autonomía al respetive.
Y con gran calma iba repartiendo las manos de periódicos, exigiendo a
cada uno el producto de la venta del día antes, llevando de memoria las
intrincadas partidas de su contabilidad, apreciando al tanteo la
exactitud de las cantidades en calderilla, sonando las pesetas contra el
asfalto con tal ímpetu, que volvían de un rebote a sus manos como si
fuesen pelotas.
El «cuarto estado» era su frase favorita, en la que lo abarcaba todo, y
cuyo alcance había que adivinar. Unas veces, el «cuarto estado» era
únicamente los vendedores del papel; otras, la gente popular; y algunas,
todos los que compran periódicos.
Maltrana, al verle, le preguntaba invariablemente por el famoso «cuarto
estado».
--Anda algo roío--contestaba el señor Manolo--; hay tormenta en la
atmósfera metálica: la gente tiene pocas ganas de papel.
Cuando vendía un periódico nuevo, decía con énfasis:
--Hoy he tenido un éxito extramuros. Los redactores debían votarme un
mensaje de gracias, a pesar de que no me llamaron para darme voz y voto.
Yo soy el sentido práctico, y les hubiera presentado una moción y
consumido un turno para demostrarles que deben sacar el periódico dos
horas más tarde. Pero como uno no es letrado, le ojetan el argumento, y
el cuarto estado que se roa.
Su entusiasmo federalista excitaba el regocijo de Isidro, miserable
-unitario-, incapaz de comprender ciertas cosas. Para el señor Manolo,
estaba España dividida en catorce Estados, porque así lo habían
dispuesto los correligionarios por medio de solemnes y libérrimos
pactos. El era ciudadano de Castilla la Nueva; pero quería vivir en paz
y fraternidad con los extranjeros de los otros Estados españoles, así
fuesen aristócratas, como del «cuarto estado».
--¿Es usted de Reus?--exclamaba en la oficina al contestar a un
transeúnte--. Pues el Estado catalán ha pactado con el de Castilla.
Vamos a beber unas tintas, como buenos ciudadanos confederados.
Las comidas del domingo en casa del -Mosco- eran tranquilas y plácidas.
Feliciana, la hija, del cazador, servía la mesa o permanecía inmóvil
junto a la pared, con los ojos fijos en Maltrana. Si éste hablaba,
parecía beber ella sus palabras, con una expresión admirativa en los
ojos, como si la subyugase la cultura del joven, que aún adquiría mayor
realce entre sus rústicos compañeros.
Isidro la miraba algunas veces. ¡Hermosa era la hija del -Mosco-! Cada
vez la encontraba más guapa. Adivinaba su admiración, pero aquellos ojos
negros fijos en él sólo le inspiraban un vago agradecimiento. Jamás se
le había ocurrido la posibilidad de perder el tiempo con una mujer. Eso
quedaba para los hartos, para los felices.
El señor Manolo comía con entusiasmo, alabando la carne tierna de los
animales de El Pardo. Olía a tomillo, a romero, a todos los perfumes del
bosque.
Los domingos eran para él días de descanso y plácido aislamiento. No
tenía periódicos; apenas si al amanecer repartía un poco de papel a la
chusma haraposa que le traía loco. Sin embargo, las preocupaciones de la
profesión lo asaltaban en medio de su descanso, e interrumpía la comida
para preguntar al -Mosco- y a Maltrana:
--¿Por dónde andará ahora la partida grande?...
Los interpelados levantaban los hombros con indiferencia. La «partida
grande» era un grupo de vendedores de voz de trompeta, que sabían
sacarse del magín atractivos pregones: la aristocracia del oficio,
ocupada únicamente en lanzar periódicos nuevos y ofrecer libros faltos
de compradores, con enorme rebaja...
El señor Manolo, después de larga reflexión, informaba a sus amigos
sobre el paradero de la tal partida.
-Debe de andar por Zaragoza, vendiendo un papel nuevo, el del último
crimen, que interesa mucho al cuarto estado.
Isidro, al visitar la casa del -Mosco-, ya no se detenía en la vivienda
de su abuela. Esta había alquilado la casucha, yéndose a vivir con el
señor Polo, que tenía su cabaña en lo más alto de un cerrillo, desde el
cual se veía Madrid.
Por fin, la señora Eusebia había decidido casarse, sin la ayuda de la
Iglesia ni del Estado, con aquel consocio que la cortejaba desde su
viudez, y esperando el momento de que se ablandase, había contraído
matrimonio con varias comadres del barrio.
Los traperos celebraron con gran algazara la unión de estos dos
«comerciantes», los más antiguos de la busca. ¡Vaya un par de carroñas!
Pero nadie osó realizar los proyectos de cencerrada y otras bromas
molestas con que algunos intentaron obsequiarles. Merecían respeto: eran
los industriales más importantes del barrio, y habían hecho bien
uniéndose en una sola razón social.
Maltrana y el señor Manolo, en fuerza de oír hablar al -Mosco- de sus
expediciones nocturnas, sintieron el deseo de asistir a una de ellas.
Una nada más, ¿eh? Con verlo bastaba. No era cosa de exponerse a recibir
un balazo por simple curiosidad. De vez en cuando, las noticias que el
cazador ingería en sus relatos enfriaban el entusiasmo de los oyentes,
haciéndoles retrasar la expedición para mejores tiempos.
--Anoche, en el cuartel de Somontes, le largaron una perdigonada al
-Bonifa-, un pobre muchacho que no sabe huir el bulto... Hace una
semana, pillaron en El Goloso al -Bastián- y al -Paleto-, les dieron
una paliza de muerte, y ahora están en la cárcel de El Escorial... En el
cuartel de Caños Quebrados hay un puñalero guarda que primero hace fuego
y después da el alto. En Navachescas hay otro ladrón que lleva muertos
dos dañadores, y, según dicen, tiene ganas de verme delante de su
escopeta.
Isidro y el vendedor de periódicos cruzaban una mirada de inteligencia.
Era cosa convenida: lo dejarían para más adelante. Pero el -Mosco-, de
pronto, como si quisiera divertirse con su pavor, mostró empeño en
llevarles a una expedición; y los dos amigos, por amor propio y que no
se burlara de ellos, aceptaron la propuesta.
¡Adelante con la cacería! No iban a tener tan mala suerte que tropezasen
con los guardas por ir al bosque una sola noche, cuando el -Mosco-
llevaba meses y aun años sin verles.
Se citaron para el anochecer del día siguiente en el «Ventorro de las
Latas», y al caer la tarde reuniéronse en la glorieta de los Cuatro
Caminos el señor Manolo y Maltrana.
Iban con sus peores ropas--aunque ninguno de los dos sabía ciertamente
cuáles podían llamarse mejores--, con viejas boinas echadas sobre los
ojos, y un aspecto recatado y misterioso de conspiradores convencidos de
lo pavoroso de su misión. El capataz de periódicos guiaba, como
conocedor del punto de la cita. Abandonaron la carretera en
Bellasvistas, y anduvieron por un camino hondo, entre tejares y tapias
de huerta, junto a las cuales pasaban, espumosas y susurrantes, las
aguas de un canal.
Comenzaba a anochecer. El cielo era de color violeta; las lomas obscuras
que cerraban el horizonte hacían resaltar sobre una faja de oro
mortecino los negros bullones de la arboleda de sus cimas. Una estrella
nadaba con lácteo fulgor en la bruma suave del crepúsculo. Sonaban
lentas y melancólicas las esquilas de invisibles rebaños; ladraban al
borde del camino los perrillos de las huertas; chirriaban a lo lejos los
carros; comenzaban a iluminarse las ventanas de las casas rústicas
esparcidas en aquellas tierras de labor que alternaban con los solares.
Encontraron al -Mosco- sentado en un pedrusco cercano a la venta.
--Quedaos por ahí--dijo en voz baja--. Entrad a tomar una copa, y no me
habléis hasta que os llame.
Los dos amigos se sentaron bajo un emparrado, a la puerta de la venta.
Era una cabaña de techo bajo, ahumada por dentro, sin otros respiraderos
que la puerta y dos ventanucos. Estaba construida con botes viejos de
conservas, que reemplazaban a los ladrillos; el techo era de latas de
petróleo enrojecidas y oxidadas por la lluvia. Unos tablones carcomidos
empotrados en la pared exterior servían de bancos. El «Ventorro de las
Latas» era el punto de reunión de los dañadores antes de emprender la
marcha.
Comenzó a cerrar la noche. Maltrana, a la escasa luz que aún quedaba en
el ambiente, vio llegar a los cazadores. Reconocía su organización
recordando los relatos del -Mosco-. Cada pareja de hombres era una
«cuadrilla»; compañeros de vida y muerte, que no se abandonaban en el
peligro, que al huir en distintas direcciones sabían por instinto dónde
encontrarse, partiéndose con fraternal equidad el producto de la caza.
Eran mocetones que por su aspecto parecían trabajadores de los tejares.
A pesar del frío, marchaban ligeros de ropa y sin manta; algunos de
ellos con la boina en la faja, como hombres que habían de emprender
largas caminatas y sudar mucho en el curso de la noche. Algunas
cuadrillas llevaban como refuerzo un muchacho cargado con la -aguja-,
pesada barra de hierro puntiaguda por un lado y rematada por el opuesto
con una anilla. Estos aprendices de dañador traían la barra pendiente
del hombro por medio de una cuerda, como si fuese un fusil, y se
pavoneaban entre los grupos con cierto orgullo, satisfechos de
participar de los peligros y aventuras de los hombres.
Cada cuadrilla llegaba con un grupo de perros. Los canes, después de
olisquear a Maltrana y su compañero, adivinando su carácter de intrusos,
juntábanse sobre un puente, del que partía el camino que sus amos habían
de seguir. Los había de todas castas, figuras y colores: unos de
elegante silueta, bien alimentados; otros churretosos y con largas
lanas; pero todos guardaban igual silencio, sin un ladrido, sin el menor
rezongo, graves e inmóviles, como soldados que presienten la proximidad
del combate.
Sus amos hablaban en voz baja, por la costumbre de recatarse en el
vedado. Sus palabras llegaban hasta Maltrana como un ligero murmullo. Se
saludaban; algunos que no se habían visto en mucho tiempo se pedían
noticias. Uno hablaba de su hermano: había recibido por la mañana una
carta suya; estaba en Valencia, en el penal de San Miguel, y le quedaban
pocos meses de la pena que le habían impuesto por robo de caza en las
posesiones reales. Otros rodeaban a un compañero que, abriéndose la
camisa, mostraba el pecho. Apenas si le quedaba señal de las postas que
le habían metido entre las costillas. Después de dos semanas de
descanso, volvía aquella noche a la faena.
Hablaban de los compañeros que estaban en la cárcel de El Escorial,
discutiendo lo que les podría «salir».
Uno se despidió de sus amigos; ya no le volverían a ver en algún tiempo:
al día siguiente iba a Madrid a presentarse en la Cárcel Modelo, para
pasar en ella los ocho meses a que le habían sentenciado.
Y todos, olvidando de pronto la caza, hablaban de la proximidad de la
buena época, de la primavera, en la que se abrirían los tejares,
ofreciéndoles un jornal en la corta de ladrillos. Se comunicaban las
noticias del oficio. En Villalba pagaban el millar mejor que en Madrid.
Algunos habían pedido trabajo y querían emprender el viaje tan pronto
como comenzase el buen tiempo... Pero sus perros, que les olisqueaban
las manos y se frotaban contra sus piernas, impacientes por emprender la
marcha, les hacían fijarse en el presente y prorrumpir en lamentaciones.
¡Qué vida, caballeros! Era la peor época del año: comenzaba la cría. Los
conejos estaban flacos, costrosos. Sólo se cogían gazapillos, y por un
lío de éstos no daban más allá de una peseta. Además, abundaban las
malas noches, en las cuales las bestias parecían esconderse en lo más
profundo de la tierra, y el hurón entraba en las madrigueras sin
tropezar con el más leve bulto de pelo. Total: exponer la vida y la
libertad para salir a fin de mes por un jornal de seis reales. ¡Y
todavía los guardas ladrones, que gozaban de un buen sueldo, les
perseguían sañudamente!... Los de caballería eran objeto de sus
maldiciones. Hablaban con terror del caballo de un guarda, bestia
infernal, con más talento y mala intención que los hombres; un monstruo
que, al perseguir a un dañador, le mordía, le derribaba entre sus patas,
machacándolo con las herraduras, hasta que el jinete, desmontándose,
tenía que socorrerlo para que llegase con vida a la cárcel. ¡Ah, la
mala, bestia! Mejor era una perdigonada que encontrarse con ella...
Algunas cuadrillas, después de un adiós apagado, emprendían la marcha,
precedidas de sus perros, y se perdían en la obscuridad.
--Adiós--contestaban los otros con entonación misteriosa--. Que se os dé
bien la noche.
Eran los primeros en partir porque iban muy lejos, a los últimos
cuarteles de la posesión real: al Goloso, a San Jorge, a Valdelaganar,
cerca de Viñuelas.
Los que aún permanecían en el puentecillo comunicábanse los cuarteles en
donde pensaban pasar la noche. Unos iban a Valdepalomero, a La
Portillera, a Querá; otros pensaban vadear el Manzanares, cazando
audazmente en la otra parte de El Pardo, frecuentada por los tiradores
reales: La Atalaya, Los Torneos, Valdelapeña, Trofas y La Zarzuela.
Iba poco a poco disminuyendo la masa negra que obstruía el puente.
Alejábanse las cuadrillas, marcando su obscura silueta sobre el blanco
del camino. Se destacaban un instante en lo alto del cerro,
empequeñecidas por la distancia, y desaparecían.
El -Mosco- se aproximó a la venta:
--Cuando queráis...
Llevaba en un saquito, colgando del cuello, su tesoro, la -bicha-, que
se apelotonaba en la cárcel de lienzo buscando el calor de su pecho.
Junto a él estaba el ayudante, el que completaba su cuadrilla, un mozo
pequeño y vivaracho, de simiesca agilidad, apodado -Chispas-, que no
pensaba, como los otros, en el trabajo de los tejares, sino que,
admirando a su maestro, deseaba continuar la caza todo el año.
-Chispas- llevaba al hombro la pesada -aguja- para demoler las
madrigueras y abrir paso al hurón cuando éste se trasconejaba, no
pudiendo ganar la boca de salida. Además, metidos en la faja, guardaba
los -capillos-, las redes que se tendían a la salida de las madrigueras
para apresar a los conejos.
Emprendieron la marcha por el mismo camino que los otros dañadores. El
-Mosco- marchaba al frente, precedido de dos de sus perros, y -Chispas-
cerraba la expedición.
--Podéis hablar; podéis fumar. Estamos aún en terreno seguro. Yo os diré
cuando haya que ir con más ojos que un lince.
Los dos neófitos marchaban tras los ligeros pasos del -Mosco-, el cual
no cesaba de hablar. Había permanecido en la venta lejos de ellos, para
que nadie sospechase que le acompañaban en su expedición. Temía que
alguien se -chivase- y fuese con el soplo. Por e, nada; bien sabían los
guardas que cazaba todas las noches, así se viniera abajo el cielo.
Cuanto peor fuese la noche, más favorable para él. Pero al verle con la
impedimenta de unos amigos, sin libertad para huir, podían aprovechar la
ocasión y darle caza. Porque él no era capaz de escapar; yendo con
personas que desconocían el terreno, antes se dejaría hacer pedazos que
cometer tal indecencia.
--Es un disparate--continuó--ir a esta faena con gente floja como
vosotros. Pero lo de esta noche no es caza seria: es un bicheo. Iremos
cerca; asunto de registrar unas cuantas bocas, para que os enteréis de
lo que es esto... ¡Qué contentos van a ponerse esta noche los gameños y
los venados al ver que el -Mosco- no quiere nada con ellos!...
Les preguntó si habían merendado fuerte antes de salir de casa. En el
monte sólo encontrarían algún arroyo donde beber un buche, y aun esto
había que evitarlo, pues los cursos de agua eran los sitios más
frecuentados por los guardas. Al volver a las Carolinas harían una
cachuela, el gran plato de los cazadores, que sabía a gloria: un guiso
de entrañas frescas de conejo.
Maltrana y el señor Manolo, oyendo al famoso dañador sus propósitos de
no arriesgarse aquella noche, recobraban la tranquilidad. Les había
encogido el corazón al oír a aquellas gentes que hablaban de heridas, de
palizas y de presidios, como incidentes naturales de su oficio.
--¿Tú estás seguro de que no tropezaremos a los esbirros?--preguntó el
señor Manolo a su hermano.
--Hombre, creo que no; pero nada puede asegurarse. A lo mejor... una
casualidad...
Un largo silencio acogió estas palabras poco tranquilizadoras. El
-Mosco- seguía hablando para distraer a sus acompañantes de la fatiga de
la marcha. Describía la grandeza de El Pardo: nadie lo conocía tan bien
como él. En algunos sitios no podrían encontrarle todos los guardas
juntos, de a pie y a caballo. Eran catorce leguas de tierra las que
guardaban los reyes para sus cacerías. Esto sin contar la Casa de Campo,
La Granja, las posesiones de Aranjuez y otras que no recordaba... ¡Y los
demás que reventasen!
Estas reflexiones hicieron olvidar su inquietud al señor Manolo,
lanzándose cuesta abajo, desde las alturas de su federalismo ideal, a la
práctica aplicación de lo que él llamaba, por antonomasia, «el
programa».
--El día en que el Estado de Castilla sea autónomo, se acabará este
escándalo. En las orillas del Manzanares haremos unas huertas, que me
río yo de las de Valencia y Murcia. Echaremos abajo la arboleda, para
que los correligionarios del cuarto estado se calienten en invierno; le
meteremos el arado a la tierra para que críe trigo, y ¡viva el pan
barato!... ¡Catorce leguas para divertirse un hombre, cuando el cuarto
estado no tiene mas que siete pies de tierra en el cementerio!... ¡Pero
si eso es casi tan grande como una de las provincias del sistema
unitario!...
Maltrana contemplaba los perros, que abrían la marcha, silenciosos, con
el cuello estirado y las orejas avanzadas, husmeando el negro horizonte,
sin un gruñido, sin prestar atención a los compañeros de raza que
ladraban en las lejanas huertas.
Llevaban más de una hora de marcha, sin ver las tapias de El Pardo. El
-Mosco- notaba el jadear de sus compañeros, la fatiga que sentían en las
cuestas obscuras, cuyos pedruscos sueltos rodaban bajo sus pies.
--¡Animo!--les decía--. Ya me lo esperaba yo: sois de ciudad y no estáis
acostumbrados a andar. ¡Pero si esto es un paseo!...
Atravesaron el arenoso lecho de dos torrentes secos. Al detenerse en una
altura, volvió Maltrana la cabeza y vio flotando a sus espaldas, sobre
los cerros negros, un velo rojo, un resplandor de lejano incendio, que
coloreaba gran parte del horizonte. Era el vaho luminoso de Madrid
invisible. Más acá esparcíanse, por la línea irregular del horizonte,
grupos apretados de luces o rosarios de llamas sueltas, como si la
tierra fuese una laguna de betún que reflejase los astros sombríamente.
El -Mosco- extendió el brazo con la seguridad de un experto conocedor
del nocturno paisaje. Las luces más cercanas eran de Bellavistas y las
Carolinas; las otras de Chamartín y Tetuán. De frente, por encima del
oleaje de sombras, como débiles resplandores apenas perceptibles,
señalaba otros pueblos: Aravaca y Pozuelo de Alcorcón; y lejos, muy
lejos, donde sólo podían alcanzar sus ojos de búho, las luces de El
Escorial.
Al descender de la altura, encontraron un ancho riachuelo. El -Mosco- se
agachó para tomar sobre sus espaldas a Maltrana, sin hacer caso de su
resistencia. Era costumbre de los dañadores pasar los cursos de agua
llevando a cuestas al compañero. Al regreso, el camarada que pasaba a
lomos prestaba igual servicio, y así la mojadura repartíase entre todos
por igual. Únicamente los enfermos, los que iban a la caza
convalecientes o con fiebre, estaban exentos de esta reciprocidad. El
-Mosco- consideraba como enfermos a sus débiles compañeros, fatigados
por la marcha.
Al otro lado del arroyo, Isidro y el señor Manolo vieron que el camino
se deslizaba, tortuoso, entre dos altas vallas de plantas espinosas. El
-Mosco- les ordenó que arrojasen los cigarros; ya no podrían fumar hasta
la vuelta: entraban en terreno enemigo. Aquel sitio se llamaba «Mal
Paso». Muchas veces, los guardas de El Pardo, saliéndose de su
jurisdicción, se emboscaban allí para sorprender a los dañadores cuando
volvían a sus casas. En aquel sitio le habían dado un balazo a su
compadre el -Garrucha-, una noche en que volvían los dos cargados con un
par de gamos. El pobre camarada, después de sanar de la herida, fue al
presidio de Alcalá, por robo de caza mayor. El -Mosco- se había librado
por pies, sin soltar su carga.
--¡Una injusticia--exclamó--; un abuso!... Este terreno no es suyo; aquí
no son mas que unos particulares como vosotros o como yo. Pero
pertenecen a la «casa grande», y no hay tribunal ni Dios que no se ponga
de su parte.
Aún caminaron otra buena hora, pero fuera de sendero, por campos de
tierra movediza con ocultos pedruscos, en los que tropezaban. Isidro, al
atravesar una viña, chocó con un ceporro, hiriéndose una pierna. Pero
¿dónde estaban aquellos bosques de El Pardo, que parecían correr
hundiéndose en la sombra?...
-¡Animo!--decía el -Mosco- en voz queda--. Ya estamos cerca; ya veo las
tapias.
Pero el señor Manolo y su amigo no distinguían nada. Isidro, con la
pierna dolorida, despreciando los tropezones, como si ya no le pudieran
ocurrir peores males, caminaba con los ojos puestos en Venus, que lucía
en el horizonte. Al subir una cuesta, el astro remontábase en el cielo;
cuando bajaban, hundíase, hasta quedar al ras de la colina de enfrente.
Parecía jugar con ellos, atraerlos, para huir después de cima en cima.
Por fin, los dos neófitos se vieron al pie de las tapias de El Pardo.
Maltrana consideró su altura con asombro. Aquello no eran tapias: eran
las murallas de la China. ¿Y había él de saltarlas? Prefería quedarse al
pie de ellas descansando. Esperaría tendido en el suelo el regreso del
-Mosco-, aunque volviese al amanecer.
--¡Chist!--murmuró el cazador, para que hablase más bajo--. Tú subirás:
yo me encargo de que subas.
La protesta de Maltrana era la última resistencia del miedo, el
retroceso del instinto ante aquella tapia sombría, tras la cual estaba
lo ilegítimo, lo vedado, la amenaza del guarda con su escopeta sin
misericordia.
El -Mosco- y su ayudante preparaban el asalto en silencio, hablándose
sin que sus palabras sonaran, moviéndose sin que sus pasos produjeran
ruido. A Maltrana le parecían fantasmas... ¡Arriba! El -Chispas- apoyó
un pie en las manos de su maestro, arañó la tapia, y en un instante se
puso a horcajadas sobre ella.
¡Ahora, los perros! Los animales sabían su obligación; se dejaban coger
por el -Mosco-, y empujados por él, agarrábanse muro arriba, se mecían
un momento sobre el borde, con el vientre aplastado, y dejábanse caer en
la parte opuesta, sin otro choque que un ruido ligerísimo de hojas
secas.
Maltrana se sintió cogido por las piernas e izado, al mismo tiempo que
el -Chispas-, inclinándose, le agarraba por los brazos. Los dañadores
reían de su poco peso. Quedó un instante a horcajadas en lo alto de la
pared, aturdido por la ascensión, doliéndole el cuerpo por el roce
contra los ladrillos salientes. El -Mosco- le saludaba desde abajo con
una gracia que ponía los pelos de punta.
--¡Qué buen blanco, gachó! ¡Qué escopetazo se pierden los guardas!
Isidro no tuvo fuerzas para protestar. ¡Vaya unas bromitas oportunas! Y
obediente por necesidad, entregado por completo a sus burdos amigotes,
tuvo que descender por la parte opuesta, ayudándole el -Chispas-, que le
había precedido y le sostenía por las piernas. El señor Manolo, más
ágil, saltó la tapia sin grandes esfuerzos, y un instante después se
unió a ellos el -Mosco-.
Ya estaban en la ratonera. Isidro pensaba con terror en lo imposible que
le sería franquear aquel obstáculo si le perseguían los guardas. Pero la
impresión de miedo se amortiguó al mirar lo que le rodeaba.
La sorpresa le hizo creer, por un instante, que estaba en un mundo
nuevo. El salto de la tapia era como el tránsito de un planeta a otro.
Olvidó las colinas pedregosas, los bancales infecundos con más guijarros
que plantas, toda la campiña árida sumida en la obscuridad al otro lado
de la tapia, uniforme y plana a la vista como un charco negro.
Tenía ante sus ojos el bosque inmenso hermoseado por la difusa luz de
las estrellas, borrando en la penumbra su acre aspereza de vegetación
salvaje, unificando sus bravíos colores en una vaguedad fantástica de
inmenso jardín encantado. Maltrana creyó ver un gigantesco dibujo blanco
y negro sobre un papel azul perforado por innumerables picaduras de
alfiler que daban paso a la luz.
La selva, dormida bajo el fulgor de las estrellas, parecía un jardín de
leyenda. Maltrana pensó en Wágner y en su valeroso Sigfrido; en la
rústica flautita del héroe que hacía hablar a los pájaros. Hasta creyó,
por un instante, que de aquellas espesuras podría surgir un dragón no
conocido por los guardas.
Los tupidos jarales contorneados por senderos tortuosos parecían
arriates de rosales centenarios. La tierra era blanca, de una blancura
de leche; los árboles formaban bóvedas de negro enrejado, por cuyos
espacios libres asomaban los planetas sus ojos parpadeantes. En lo alto
de las colinas, los pinos solitarios destacaban sobre el espacio azul
sus copas de quitasol: unos, rectos y gallardos; otros, oblicuos como si
quisieran acostarse.
No se veían las flores del fantástico jardín, pero Maltrana se las
imaginaba enormes, como nunca se habían abierto en la tierra a la luz
del sol. Flotaba en el ambiente un perfume resinoso, de acre caricia,
tan denso, que parecía mascarse al respirar. Era una esencia para
olfatos de gigante. Del silencio de la arboleda surgían gritos de
pájaros invisibles, saludos burlones a los bípedos que avanzaban en el
silencio junto a los matorrales, evitando destacar sus siluetas sobre
los espacios de tierra blanca; menudas carreras que denunciaban el
medroso despertar de los conejos, asustados por los pasos cautelosos de
la cuadrilla.
Maltrana dudaba de la realidad. Debía estar soñando; aquel mundo no
podía existir. De seguro que de un momento a otro iba a despertar,
encontrándose en el camastro de la calle de los Artistas.
Los seres que le rodeaban no eran reales. Aquellos perros que caminaban
sin el más leve ruido, sin respirar, volviendo la cabeza hacia el amo
como si le ladrasen con los ojos, eran unos perros de ensueño. De
ensueño también los dos cazadores que caminaban o se agachaban como
sombras, hablándose sin mover los labios, entendiéndose por señas, y
hasta el capataz de periódicos, que marchaba encorvado, con los ojos
saltones y la boca abierta, contrayendo el estómago a impulsos del
miedo. Sólo sonaban los pasos de Maltrana haciendo crujir la arena, y
este ruido le parecía tan grande, tan agigantado por el silencio, que
podía despertar a los guardas a muchas leguas de distancia.
De vez en cuando la selva agitábase con ondulaciones ruidosas. Una
ráfaga de viento moviendo una rama daba la señal. Toda la arboleda se
estremecía, inclinando las copas. Movían sus cabezas los olmos, los
pinos, las carrascas, las encinas; vibraba la orquesta inmensa del
bosque, y de un extremo a otro esparcíase el lamento de la sinfonía
salvaje, despertando los ecos en las cañadas, aguzándose en las alturas,
volviendo a descender en busca de nuevas masas de árboles que repitiesen
este suspiro de arpa temblorosa.
Isidro, que al principio buscaba la tapia con los ojos, como si viese en
su proximidad una esperanza, avanzaba ahora audazmente, temblándole las
piernas, pero conquistado el ánimo por el majestuoso silencio. En
aquella paz era imposible que los hombres matasen a sus semejantes.
El -Mosco-, que conocía todas las madrigueras de El Pardo, se detuvo
junto a una gran encina. Allí se abrían ciertas bocas que indudablemente
ocultaban algo. Su hermano y Maltrana agacháronse por consejo suyo. Los
perros daban silenciosas vueltas alrededor del árbol, como si olfateasen
la caza oculta en las entrañas del suelo. El -Chispas- se colocó de
rodillas a alguna distancia. Estaban allí las bocas de salida, y colocó
en ellas los capillos de red. El -Mosco- abrió la bolsa y sacó el hurón.
La -bicha- llevaba al cuello un cascabelillo de sonido débil, y en una
pata el cordel que la obligaba a volver a su amo.
Perdiose el sutil cascabeleo bajo tierra. El señor Manolo seguía con
interés la operación, puesto a gatas al lado de su hermano. Maltrana,
tendido de espaldas, miraba las estrellas, el cielo de obscuro azul
escarchado de polvo luminoso. Había arrostrado el peligro por ver la
caza furtiva, y ahora no le inspiraba interés. Prefería permanecer
inmóvil, en dulce quietud, dolorido por la fatiga, acariciado por la paz
que parecía descender de lo alto. Estaba allí como si la selva fuese
suya. ¿Por qué habían de presentarse los guardas? La hermosura de la
noche desvanecía su miedo, repelía de su ánimo toda posibilidad de
peligro.
El -Chispas- dio un mugido de alegría; luego otro... luego otro.
«Tres... cuatro... cinco: la -bicha- trabaja bien.» Iba recogiendo los
conejos de los capillos así como caían; unos sanos, otros con la cabeza
destrozada por el hurón y manando sangre. A los que salían ilesos,
huyendo de la sanguinaria fierecilla, el mozo los estrangulaba con sus
duros dedos. Pasábale las piezas al señor Manolo, y éste reía, con el
goce brutal de la destrucción, ofreciendo a Maltrana los conejos para
que los tentase. Aún estaban calientes: ¡cómo los dejaba la -bicha- al
morderles!...
Anunció el -Chispas- que ya no salían más; la madriguera estaba
despoblada. El -Mosco- tiró de la cuerda y volvió a sonar el apagado
cascabeleo. La embriaguez de la sangre había enardecido a la -bicha-.
El cazador lanzó un juramento sordo antes de volverla al saco; le había
clavado en un dedo sus agudos colmillos.
Isidro abandonó de mala gana el lecho de hojarasca, para seguir a la
cuadrilla en busca de nuevas bocas. ¿Por qué no se retiraban ya? La
operación estaba vista. Pero el -Mosco- protestó.
--¿Retirarme?... ¡Botones! La noche se presenta bien.
Anduvieron dos horas por las cañadas buscando los lugares más conocidos
del cazador por sus madrigueras. No había vivienda de conejo que no la
tuviese anotada en su memoria.
Isidro aprovechaba todos los altos del -bicheo- para tenderse en la
hojarasca mirando a lo alto. El planeta que había contemplado en el
camino ya no lucía en el horizonte; se había ocultado, y nuevos astros
invadían el cielo. Miraba también a su alrededor, admirando la hermosura
bravía del bosque. Decididamente, las destrucciones que proyectaba el
señor Manolo para cuando triunfase la autonomía del Estado castellano,
el abatir la selva y meterla el arado, sería una reforma muy
revolucionaria; pero así estaba mejor, era más hermosa, aunque la
pública utilidad rabiase de coraje.
Una señal de alarma de los dos perros sacó a Isidro de sus divagaciones.
Avanzaban cautelosamente, se detenían, volvían la cabeza para mirar al
amo. Su cola elevábase con movimientos que revelaban indecisión; sus
orejas aguzábanse con la inquietud.
--¡Chist! ¡chist!--murmuró el -Mosco- para que sus acompañantes
permaneciesen quietos en la espesura.
Todos estaban de rodillas, apoyados en las manos, avanzando la cabeza lo
mismo que los perros para oír mejor. El capataz abría la boca, como si
por ella fuese a escapársele el corazón, encogido por el miedo. Maltrana
sentía el zumbar de su sangre en las sienes.
Gruñó un perro, y el -Mosco- pareció tranquilizarse. Alguien estaba
cerca, pero no era enemigo. Los perros anunciaban con movimientos
silenciosos la proximidad de los guardas. Cuando se decidían a gruñir,
era porque husmeaban gente conocida.
El cazador, incorporándose, dio varias palmadas en uno de sus muslos.
Inmediatamente sonaron iguales golpes al otro lado de la espesura, como
reproducidos por el eco. Después se llevó a la boca el dorso de una
mano, y un silbido tenue, de pájaro, rasgó el silencio. Otro pájaro
invisible le contestó.
--Adelante: son amigos--dijo el -Mosco-.
Troncháronse las ramas de los matorrales abriendo paso a dos hombres
encorvados. Los perros de las cuadrillas frotáronse un instante con
otros perros salidos de la espesura. Los hombres pasaron junto al
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