portal para engullir el resto de su pitanza.
El pequeño conocía la llegada de los domingos por la comida, que era
también al aire libre, pero sin andamios cerca, sin la vecindad de
blusas blancas, en las afueras de la población, sentados en la hierba
rala de algún solar sembrado de botes de lata, pedazos de botellas y
zapatos viejos; viendo sobre el perfil de los inmediatos desmontes la
bucólica silueta de una cabra tristona o de una vaca tísica; escuchando
el vals loco martilleado a toda velocidad por el piano del merendero, al
cual iba su padre para llenar de vino el cuadrado frasco. ¡Cómo
recordaba Maltrana las tortillas de escabeche de los días de fiesta, en
medio del campo yermo invadido por los residuos de la ciudad! ¡Cómo los
pucheretes con piltrafas de tocino, junto a las vallas de los edificios
en construcción!... Su madre apenas comía; sólo se ocupaba de él,
llevando una mano al plato, mientras con la otra le sostenía en su
regazo. Con el instinto maternal de los pájaros, tenía que pasarlo todo
por su pico antes de que lo tragase el pequeñuelo. Llevábase la cuchara
a la boca, soplaba en ella, la acariciaba con el aliento, y sólo tras de
esta purificación se decidía a ofrecerla a su hijo, que, echando atrás
la cabezota de pelos sedosos, mostraba sus encías desdentadas, su
paladar sonrosado, de una palidez anémica. El padre comía mientras tanto
con ávido silencio, devorando lo mejor del plato, y sólo al beber las
últimas gotas se fijaba en el chiquitín, pasándolo a sus rodillas. Le
daba pequeños pedazos de queso en la punta de su navaja; reía
contemplando sus gestos, la grotesca masticación de su boca, semejante a
la de un viejo.
Maltrana, al recordar su pasado, preguntábase muchas veces cómo habían
vivido sus padres. Los había visto reír volviendo de las comidas del
domingo, con una alegría extraordinaria, pugnando él por cogerla del
talle al envolverles la sombra del crepúsculo, defendiéndose ella,
escandalizada por estar en medio de un camino. Otras veces--y el
recuerdo después de tantos años aún conmovía al joven--, el padre surgía
en su memoria colérico, con la voz ronca y el rostro congestionado,
oliendo a vino, arrojándose con los puños levantados sobre la pobre
mujer, que corría loca de miedo por el tugurio, esquivando los golpes.
Estas escenas de terror acababan siempre con la caída del albañil en el
camastro, fatigado de golpear a la hembra. Al poco rato sonaban sus
ronquidos brutales, mientras la madre, abrazando al pequeño, lloraba
sobre su cabeza silenciosamente.
De este período embrionario de su memoria, lo que mejor recordaba Isidro
eran las gracias de -Capitán-, un perrillo feo y sucio, camarada de
miseria de la familia. Les acompañaba en las meriendas en el campo y las
comidas en las aceras. Rondaba en torno del albañil, esperando las migas
de su pan, seguidas de patatas, y una vez satisfecha su hambre tendíase
junto al chiquitín, acariciándolo con sus traviesas patas, frotándole la
cara con el hocico húmedo. Las más de las noches dormíase Isidro
abrazado a él.
Un día, el pequeño vio salir a su madre desmelenada y vociferando,
seguida de otras mujeres no menos trastornadas. Luego, una vecina le
cogió en sus brazos, sin contestar a las preguntas que la hacía él con
infantil balbuceo. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!» era lo único que sabía decir
aquella mujer: se acordaba bien. Y se encontró de pronto en una sala
grande, que a él le pareció inmensa, blanca y con azulejos, y vio muchas
camas, ¡muchas! con cabezas inmóviles hundidas en las almohadas, y en
una de ellas un rostro entrapajado, casi oculto bajo el cruzamiento de
los vendajes, unos bigotes con negros coágulos de sangre y unos ojos
vidriosos por el espasmo del dolor, que le miraron tal vez sin
reconocerle. Ya no vio más. Se sintió cogido de nuevo. Pero ahora era su
madre la que sollozaba lo mismo que la vecina. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!»
La dolorosa visión borrábase instantáneamente en su memoria. Un período
de obscuridad venía luego, y pasado éste, se veía con cierta blusa negra
que le daba gran prestigio entre la chiquillería de la vecindad.
Tratábanle mejor que antes, como si la desgracia le colocase por encima
de todos. Su padre había muerto tras una agonía horrible, magullado y
deshecho por la caída desde un alero. Su madre pasaba los días fuera de
casa. Visitaba a sus parientes en solicitud de socorros. La familia
estaba esparcida en los puntos más extremos de Madrid. Unos vivían en
Tetuán, dedicados a la busca; los de la otra rama, más acomodada y
feliz, hacía años que se habían trasladado al Rastro, y tenían tiendas
en las -Américas-. Pero los socorros disminuyeron así como se fue
borrando el recuerdo de la desgracia, y la madre tuvo que buscar trabajo
en casas extrañas, servir como asistenta, y volver de noche a su tugurio
con sobras de comida en la cesta, que servían para alimentar al pequeño.
Entonces fue cuando Maltrana entró en el Hospicio. Una señora en cuya
casa trabajaba la madre se apiadó del huérfano del albañil. La tal
señora tenía la manía de la limpieza, y cada dos días, al frente de sus
criadas y con el esfuerzo de la asistenta, ponía en revolución sus
habitaciones, apreciando con honda simpatía a la Isidra por el brío con
que apaleaba las alfombras, frotaba las maderas y sacudía un polvo
imaginario que parecía haber huido para siempre, asustado de esta
rabiosa pulcritud. Ella gestionó la admisión del pequeño en el Hospicio,
pensando que con esto su madre podría dedicarse con más desembarazo a
las faenas. El muchacho, aunque feo, por su charla precoz gustaba mucho
a aquella señora sin hijos. Más adelante ya vería de hacer algo por él.
Y comenzó para Maltrana la vida de asilado: una existencia de sumisión,
de disciplina, endulzada por el estudio y por los goces que le
proporcionaba su superioridad sobre los compañeros. Los maestros
mostraron por él gran predilección. El director, con toda su grandeza,
que le hacía ser considerado en la casa como un ser casi divino, le
conocía y se dignaba recordar su nombre. Las monjas le apreciaban por
«modosito y discreto», obsequiándole con golosinas. Cuando algún
personaje visitaba el establecimiento, Maltrana salía de filas para ser
presentado como el mejor producto de la institución.
Así transcurrieron los años, amoldándose Isidro de tal modo a su nueva
existencia, que sólo en los días de paseo se acordaba de que tenía una
familia fuera del Hospicio.
Los jueves y los domingos, a la caída de la tarde, se estacionaban en la
acera del Tribunal de Cuentas, frente a la portada churrigueresca del
Hospicio, grupos de mujeres pobres con niños de pecho, viejos obreros, y
una nube de muchachos, que entretenían la espera plantándose en medio
del arroyo para «torear» a los tranvías, esperándolos hasta el último
momento: el preciso para huir y no ser aplastados.
Eran las familias de los chicos del Hospicio. Las madres venían de los
barrios más extremos de Madrid: lavanderas, traperas, viudas de
trabajadores, mendigas, todo el mujerío abandonado y mísero, que procrea
por distraer el hambre. Se trataban como amigas al verse allí todas las
semanas. Este encuentro regular unía con estrecha solidaridad a las que
vivían en los puntos más apartados de la población.
Esperaban la vuelta de los asilados, que al principio de la tarde habían
salido a pasear por las afueras.
--¡Por allí vienen!--gritaba una mujer, señalando lo alto de la calle de
Fuencarral.
Los grupos corrían hacia arriba, atropellando a los transeúntes,
barriendo las aceras con su impulso, deseando envolver cuanto antes las
filas de niños vestidos de gris, que avanzaban lentamente, cansados de
la expedición.
Muchas mujeres deteníanse, titubeando. Aquel grupo no era el de su hijo.
--¡Vienen por abajo!--gritaba otra.
Y toda la avalancha retrocedía, empujando de nuevo a los transeúntes,
ganosa de salir al encuentro de los que llegaban por la parte opuesta.
Era un deseo vehemente de encontrarles lo más lejos posible del
Hospicio, de ganar algunos segundos, de prolongar la rápida entrevista,
en la que habían pensado días enteros.
La maternidad apasionada y ruidosa de la hembra popular estallaba con
fieros arrebatos a la vista de los pequeños. Los besos parecían
mordiscos; las caras de los asilados se enrojecían con los violentos
restregones; muchos se echaban atrás, como temerosos de la primera
efusión. Era el anhelo de resarcirse en un momento de la dolorosa
abstinencia maternal, de aquella amputación del más noble de los
instintos impuesta por la miseria.
La formación de los asilados desbaratábase instantáneamente. Los grises
uniformes desaparecían ahogados en el remolino de los grupos. Las
mujeres agarrábanse al cuello de los pequeños y lloraban, sin cesar de
hablarles con la incoherencia de la emoción.
--¡Hijo de tu madre... chiquito mío!... ¡Rico!...
Los hermanos rozaban sus harapos de golfos libres con el uniforme, que
les admiraba, y no sabiendo qué decir al asilado, enseñábanle en
silencio sus juguetes groseros, sus tesoros, los relucientes botones de
soldado, los naipes rotos, los trompos, las «estampas» de un periódico
ilustrado, guardadas, en sudorosos pliegues, entre la camisa y la carne.
Algún obrero viejo marchaba solo al lado de un hospiciano. ¡Pobrecito!
No tenía madre; estaba, en su desgracia, peor que los otros. Su mano
callosa, cubierta de escamas del trabajo, acariciaba las mejillas
infantiles, mientras la cara barbuda miraba a lo alto, pensando en que
los hombres no deben llorar.
--Toma un perro gordo: lo guardaba para «un quince»... Que te
apliques... que seas bueno. Pórtate bien con esos señores.
Los asilados avanzaban lentamente, entre los besos, las lágrimas y las
recomendaciones, llorando también muchos de ellos, pero sin dejar de
andar, con una pasividad automática de soldado, como si les atrajese la
obscura boca de la portada monumental.
Allí eran los últimos arrebatos de cariño; y las pobres mujeres, después
de desaparecer sus hijos, aún permanecían inmóviles, mirando con
estúpida fijeza, al través de sus lágrimas, al rey que, espada en mano,
corona la obra arquitectónica de Churriguera.
Isidro también encontraba a su madre al volver al Hospicio en los días
de paseo. Abalanzábase con las otras mujeres, rompiendo las filas de
asilados, y le abrazaba llorando. La Isidra conocía los progresos de su
hijo.
--La señora está muy contenta... Los maestros la hablan mucho de ti.
Aplícate, hijo mío; ¿quién sabe a lo que podrás llegar? A ver si
resultas la honra de la familia.
Y mientras la pobre mujer hablaba a su hijo, entre sollozos de emoción,
-Capitán- daba saltos en torno de él, esforzándose por lamerle la cara.
Maltrana tomábalo en brazos, y así iba hasta la puerta del Hospicio,
oyendo a su madre y llorando conmovido por las caricias y los gruñidos
del antiguo compañero de miseria.
Un día, la madre no le esperó sola. Iba con ella un hombre de blusa
blanca, un albañil, al que recordaba Isidro como vecino del caserón y
camarada de su padre. Era un hombre pacífico, que frecuentaba poco la
taberna. Según afirmaban las comadres de la vecindad, había sido
abandonado por su mujer, una buena pieza que andaba suelta por el mundo
después de amargarle la existencia. Maltrana se alegró al verle. «El
vecino», como él le llamaba, habíale siempre inspirado gran simpatía.
Muchas veces, de chiquitín, entraba en su cuartucho, y sentándose en sus
rodillas, le acariciaba el recio bigote, haciéndole preguntas sobre las
aventuras de su vida. Era un aragonés, parco en palabras, rudo, sobrio,
habituado a la obediencia. Había sido soldado en Ultramar y guardia
civil en la Península. De sus años de disciplina guardaba un gran
respeto a todo poder fuerte, un hábito de sumisión, que le hacía acoger
las contrariedades con inquebrantable bondad.
Quedose ante el asilado sin saber qué decir, sonriéndole con sus ojos de
bovina mansedumbre, con su fiero mostacho de veterano, y al fin le
acarició la nuca con una manaza dura, en la que el yeso marcaba con
entrecruzados filamentos las escamas de la piel.
--Que sigas siendo bueno--dijo con voz fosca y lenta que parecía salir
de lo más profundo de su vientre--. Que no disgustes a tu pobre madre.
Y el muchacho se habituó a ver todos los domingos al señor José, como si
fuese de su familia.
Un día se presentó solo el albañil, y antes de que el muchacho entrase
en el Hospicio, le explicó la ausencia de su madre. La Isidra estaba
enferma; no era cosa de cuidado: asunto de quedarse en casa un par de
semanas sin bajar a verle. Y cuando pudo descender de aquel barrio
extremo, donde se amontonaba la miseria obrera, Isidro la vio más flaca
y amarillenta, llevando al brazo un envoltorio de ropas por entre las
cuales salía un llanto desesperado y unas manecitas crispadas por la
rabia.
--Mírale, Isidro... Es Pepín: es tu hermano. Bésalo, hijo mío.
Maltrana besó aquel hermano inesperado que de repente surgía en su
familia; vio en el lío de ropas mojadas y malolientes una cabeza enorme
sobre un cuello delgado; un cuerpecillo débil que anunciaba una fealdad
igual a la suya.
Desde entonces dividió sus caricias entre el chiquitín y el pobre
-Capitán-, que parecía celoso de este huésped que monopolizaba todas las
atenciones de la familia.
Maltrana, años después, al percatarse de las realidades de la vida,
había reconstituido la vulgar aventura de su madre, juzgándola con
benevolencia. La pobre mujer, en su soledad, se había sentido atraída
por «el vecino» infeliz, solitario como ella. Las dos desgracias se
habían juntado.
Además, ella necesitaba un arrimo, según declaró a su hijo poco antes de
morir. Sus faenas no la daban muchas veces para comer, y aquel
trabajador sobrio y bueno, que no frecuentaba la taberna y acogía las
desgracias silenciosamente, sin cóleras y sin golpear a la hembra, valía
más que su marido.
Vivían «amontonados»--palabras de las vecinas--, sin que esta situación
irregular produjese el menor escándalo en un caserón donde la miseria
favorecía promiscuidades merecedoras de mayores repugnancias.
El señor José, en su acatamiento supersticioso a todo lo establecido,
quería salir de este arreglo anormal. El no iba a misa, pero sentía gran
respeto por la religión, como una autoridad más de las que hacen marchar
al hombre derecho. Por eso deseaba casarse como Dios manda. Aquella
pájara que tanta guerra le dio en su matrimonio debía de haber muerto;
habría reventado en el Hospital de San Juan de Dios o en medio de la
calle. Sólo faltaba sacar el «mortuorio», y se casaban inmediatamente.
Pero la Isidra negose a esto. ¿Y su hijo? ¿No expulsarían a su Isidrín
del Hospicio al tener un padre que trabajase por él?... Ella le quería
allí; le quería sabio, ya que, según los informes de los maestros, iba
para ello, y la señora mostrábase cada vez más dispuesta a hacer de él
un señorito, un hombre de carrera. Tenía fe en el porvenir de su hijo.
Sería rico y personaje. ¿Quién podría afirmar la imposibilidad de que
ella pasase su vejez en un hotel, con carruaje y grandes sombreros, lo
mismo que las señoras cuyas casas frecuentaba para trabajar como una
bestia?...
--Mi Isidro tiene buena estrella. No faltará quien le empuje, hasta que
sepa seguir solíto su camino.
En las grandes fiestas del año, el muchacho salía del Hospicio para
pasar el día en la casa de su protectora. Isidra refugiábase en la
cocina con las criadas, trémula de emoción al ver a su hijo en el
comedor, sentado junto a la señora y hablando con los amigos de ésta,
todos personajes de imponente gravedad. Hacían preguntas al muchacho
para apreciar sus adelantos, y a todos los asombraba con la rapidez y
aplomo de sus respuestas. ¡Que le fuesen al nene con preguntitas!...
Isidra, oculta tras un portier, llamaba a las criadas para que
admirasen al chico. Era el propio Niño Jesús discutiendo con los
doctores del Templo, tal como ella lo había visto en ciertas estampas.
La señora mostrábase satisfecha de su protegido. Los elogios de los
amigos, gente seria y parca en la admiración, los aceptaba como otros
tantos halagos a su amor propio. Isidro era su obra. Además, le quería
por su carácter tranquilo, por su timidez, que le hacía permanecer horas
enteras en una silla, sin atentar a la limpieza de su salón y al buen
orden de las cosas, que eran en ella una manía.
Viéndole tan sabio, quiso costearle la carrera del sacerdocio. Pero
Maltrana, a pesar de su timidez, acogió la oferta con un mohín de
disgusto. ¿No tenía vocación de cura?... La buena señora no quiso torcer
su voluntad. Que estudiase lo que quisiera; al fin, en todas las
profesiones se podía servir a Dios y defender las sanas doctrinas de las
personas decentes.
Maltrana comenzó a estudiar el bachillerato sin salir del Hospicio. Cada
curso fue un motivo de entusiasmo para su protectora y su madre.
Premios, matrículas honoríficas, palabras de satisfacción del director,
ufano de que el establecimiento incubase tal prodigio.
--Se bebe los libros--decía la Isidra--. Yo no sé de dónde he sacado a
este fenómeno.
El señor José sólo le veía de tarde en tarde. Su mujer no osaba llevarlo
a casa de la señora, por miedo a que ésta se enterase de su situación
irregular. Isidro ya no paseaba con los demás asilados; y cuando el
albañil le encontraba casualmente, hablábale con respeto, como si
presintiera en él a un futuro representante de aquella autoridad que le
inspiraba religiosa admiración.
--Eso marcha, muchacho. Sigue zurrando a los libros. Tú irás lejos...
Te lo digo yo, que he visto de cerca a los grandes personajes.
Y pensaba en su hijo, en su Pepín, que ya tenía siete años y llevaba
descalabrados a varios chicos de la vecindad. Era un genio asombroso
para echar la zancadilla y poner la piedra donde fijaba el ojo. Pepín
pertenecía a otra raza: la de su padre. Había nacido para obedecer, para
quedarse abajo.
Cuando Maltrana terminó el bachillerato, la señora se lo llevó a su
casa. No podía seguir en el Hospicio, y era indigno de un futuro sabio,
de un señorito, vivir en la casucha de su madre. Isidro comenzó a seguir
en la Universidad Central los cursos de Filosofía y Letras. Quería ser
doctor, luego catedrático, y después... ¡quién sabe a lo que podría
llegar después!...
La señora admiraba la pureza de sus costumbres tanto como sus estudios.
Terminadas las clases, todavía acompañaba a algún profesor hasta su
domicilio, prolongando de este modo la lección. Aquellos buenos señores,
conociendo su origen, le trataban con gran afecto.
Después, al volver a casa, se encerraba en su cuarto, lleno de libros.
La protectora apreciaba la marcha de su sabiduría por la cantidad de
volúmenes que le rodeaban. Su generosidad estaba pronta a todas horas
para nuevas adquisiciones, y Maltrana, en plena borrachera de saber, se
aprovechaba de ella largamente. Una ola de libros invadía el cuarto, y
después de extenderse sobre los muebles, dejando en ellos altas pilas de
papel impreso, esparcíase por el inmediato pasillo. La señora, llena de
admiración por aquel sabio de diez y siete años, al que no apuntaba aún
el bigote, no osaba tocar uno solo de los volúmenes. Veía algunos en
caracteres extraños, que, según su pupilo, estaban escritos en griego;
otros en latín, como los libros de rezo. Los escritos en francés, en
alemán o en inglés la turbaban con el misterio de sus páginas
incomprensibles. ¿Qué dirían tantos libracos? Seguramente que no eran
todos en pro de la religión y las buenas costumbres. El alma simple de
la buena señora aceptaba la sabiduría como cosa útil, ya que la
humanidad se regía por ella, concediéndola grandes honores; más allá, en
el fondo de su ánimo, sentía aversión y desconfianza, mirándola como
arma útil para defenderse de los males del mundo, pero que encerraba en
su seno un peligro de muerte. Al ver a Maltrana sumido a todas horas en
el estudio, sentía cierto miedo por la suerte de su alma. Poníase
entonces la mantilla, y con traje negro y el rosario en la muñeca,
entraba en el cuarto del estudiante.
--Isidrín, hijo mío, te vas a matar estudiando tanto... Acompáñame.
Se lo llevaba a misa o a la novena, a los templos donde se anunciaban
sermones de predicadores de cartel. Maltrana cerraba sus libros sin un
gesto de disgusto, pasando de un salto de la filosofía revolucionaria,
que devoraba con ansias de neófito, a la devoción fetichista y estrecha
de la pobre vieja, crédula para todos los milagros y más aficionada a
los santos que a Dios.
Aceptaba esta servidumbre sin esfuerzo, con cierto placer, como una
manifestación de gratitud hacia aquella alma buena que le había
arrancado del bajo fondo social para trasplantarle a un terreno más
sano.
Con el gesto grave y respetuoso de un servidor nacido en la casa y
ligado a la señora por el afecto, dábala el brazo al bajar y subir las
escaleras, y la acompañaba a las iglesias, buscando los mejores sitios
para que gozase con toda comodidad de las místicas ceremonias.
Los parientes de la anciana huían de su casa, ofendidos por el maternal
afecto con que distinguía al estudiante. Era un despecho de herederos
que se consideraban despojados por el intruso, por el hijo de «la
asistenta», como le llamaban con tono despectivo. Cuando alguna vez
encontraban en la calle, de vuelta de las iglesias, a la vieja y su
protegido, leía Maltrana el odio en las miradas de aquellas gentes.
«Tú vas a llevarte el -gato-... ¡ladrón!», parecían decirle con los
ojos.
Y al mismo tiempo le sonreían y celebraban con palabras dulzonas sus
progresos universitarios, como si temieran malquistarse con él.
La excelente salud de la dama parecía burlarse de los pensamientos
egoístas de su familia. Aquella enamorada de la limpieza se quitaba de
encima los años con igual facilidad, según ella, que sacudía un polvo
ilusorio de todos los rincones de su casa.
--Tengo cuerda para rato--decía alegremente al protegido al hablar de su
edad--. Pienso verte hecho un personaje; ser tu madrina cuando te cases
con una señorita buena y cristiana que yo te buscaré. También pienso
sacar de pila a tus hijos...
--Viva usted muchos años--contestaba Maltrana gravemente, al mismo
tiempo que la emoción humedecía sus ojos.
Un día, al volver de la Universidad, el joven encontró la casa en plena
revolución. La señora estaba en la cama, con los ojos cerrados, la
frente envuelta en lienzos que exhalaban un olor fuerte, la boca lívida,
entreabierta por un ronquido doloroso. Había caído al suelo de repente,
herida por el rayo de la congestión. Los médicos aturdían la casa,
ordenando remedios desesperados; los parientes llegaban ávidos y
jadeantes, con el azoramiento de la inesperada noticia.
Al día siguiente murió la señora. La familia trató a Maltrana con cierta
benevolencia, haciéndole partícipe de sus acuerdos para el entierro.
Todos ignoraban la voluntad de la muerta. Respetaban a Maltrana,
temiendo que a última hora resultase el amo de todo. Algunos hasta le
iniciaron sus deseos de apropiarse de ciertos muebles de la difunta. El
joven siguió algunos días en la casa, asistiendo a los registros a que
se entregaba la familia, vigilando la rebusca, el manejo de llaves, el
tirar de cajones no abiertos en muchos años, que llenaban el suelo de
ropas antiguas y olvidados objetos. Removían la casa, esparciendo su
contenido con la misma confusión e igual azoramiento que si hubiese
entrado en ella una banda de ladrones.
Pero transcurrieron dos semanas sin que apareciesen indicios de
testamento, un simple papel que revelase la voluntad de la muerta. La
señora, segura de su salud, creyendo disfrutarla hasta una edad
avanzada, no había pensado en la suerte de su protegido, reservando para
más adelante su testamento, con el temor supersticioso de atraerse la
muerte si se preparaba para ella.
La actitud de la familia cambió de pronto. Maltrana permaneció en su
cuarto, sin que le llamasen. Los parientes registraban e inventariaban
por su propia cuenta, olvidados de él. Cuando le veían, su mirada era
dura, sus palabras agresivas, como si quisieran vengarse de una vez de
la adulación con que le trataron antes, del miedo que les había
inspirado.
La orden para que saliese de aquella casa que ya no era suya se la dio
un sobrino de la señora, al que ésta había odiado por su carácter
egoísta y por varios engaños en asuntos de dinero. Acaudillaba a todos
los parientes, imponiéndoles miedo y respeto. Era un senador, gran
propietario de Castilla, que había pronunciado discursos en pro de la
religión y de los trigos, y consideraba a todos los gobiernos poco
conservadores y de mano blanda porque no enviaban a presidio a los
partidarios de la impiedad y a los defensores de la introducción de
cereales extranjeros con el fútil pretexto de abaratar el pan.
Maltrana escuchó en silencio la sonora arenga del importante personaje.
Nada le quedaba que hacer en una casa que no era la suya. La difunta se
había olvidado de su suerte; no le faltarían razones para ello: bastante
había hecho sacándole de su mísera condición. Pero la familia, con el
deseo de no desatender el más leve vestigio de la voluntad de la finada,
había resuelto protegerle para que terminase su carrera. Iban a darle de
una vez tres mil pesetas, cortando para en adelante toda relación y
compromiso. Además, podía llevarse todos sus libros; pero era preciso
que abandonase la casa cuanto antes.
Y el personaje, sacando su cartera para entregar tres billetes de mil
pesetas, no sin antes invitar a Maltrana a que firmase un recibo,
obsequió al joven con un nuevo discurso empedrado de buenos consejos.
Había que acometer de frente la vida. La vida es seria; la vida no es un
juego, joven amigo. El no había hecho hasta entonces mas que jugar,
pasar la existencia dulcemente al lado de aquella señora que era una
santa. (Aquí un saludo para la santa, merecedora de los mayores respetos
por haber muerto sin testamento.) Había que trabajar, joven. Tres mil
pesetas son un capitalito; con menos comenzaron otros y llegaron a
millonarios. Podría terminar su carrera y ser hombre de provecho.
--Toda la vida de antes ha sido un sueño, no lo olvide usted--continuó
el orador--. Y no hay que soñar, joven. Hay que ser práctico.
Después de estos consejos, don Gaspar Jiménez, senador, primer marqués
de Jiménez, título pontificio que un prelado amigo le había alcanzado
con algunas ofrendas bien regateadas al dinero de San Pedro, se dignó
estrechar la mano del joven, recomendándole otra vez que desapareciera
cuanto antes.
Maltrana se marchó con todos sus libros a una casa de huéspedes cercana
a la Universidad, donde vivían algunos de sus compañeros de aula. La
existencia de estudiante fue para él una revelación de las alegrías de
la vida.
Algunas tardes iba a la Sacramental de San Martín, un cementerio hermoso
y apacible como un vergel, que estaba cerrado hacía algunos años, pero
en el cual se había reservado su protectora un nicho al lado del de su
esposo. El era el único que visitaba la tumba. Los parientes, ocupados
en el reparto de la herencia y amenazándose con litigios, no se
acordaban de sustituir con una lápida de mármol el trozo de hule con
letras de cartón doradas que cubría la boca de la sepultura. Aquel
cementerio de novela, con sus grupos de rectos cipreses, sus columnatas
orientales y sus parterres de rosas, despertaban en el joven una dulce
melancolía, haciendo revivir en su memoria la imagen de la buena dama.
Esta impresión desvanecíase al volver Isidro por la noche a los cafés
inmediatos a la Universidad, donde se reunían las alegres tertulias de
estudiantes, arrullados por los conciertos de piano y cornetín.
--La vida es alegre--decía sentenciosamente--. Hay que dar a la vida un
sentido helénico.
Y el helenismo del pobre muchacho consistía en fumar por primera vez,
beber copas de marrasquino, único licor que toleraba su paladar de
calavera griego, enviar cartitas de amor en versos clásicos a las
costureras o a las hijas de ciertas señoras de clases pasivas que
pasaban la velada en el Café de Peláez o en el de la Universidad, y en
desaparecer por media hora en algún portal de los callejones inmediatos,
llevándose tras él a la infeliz que paseaba la acera haciendo su
guardia.
Maltrana continuó los estudios con el mismo aprovechamiento, a pesar de
su alegría helénica. Su madre quiso que siguiese viviendo en la casa de
huéspedes: un sabio como él no podía estar en un casuchón de las
afueras, entre albañiles, obreros de la villa y vagabundos. ¡Qué dirían
sus amigos!... La pobre mujer, al sobrevenir el derrumbamiento de sus
ilusiones con la muerte de la protectora, se aferraba más tenaz que
antes a la gloria de su hijo, al deseo de que éste saliese para siempre
del círculo de miseria en que había nacido. Pero su fe ya no era la
misma; comenzaba a dudar del porvenir de Maltrana viéndole falto de
apoyo. Tal vez se quedase en mitad del camino, sin fuerzas para llegar
al término.
La vida era en su casa cada vez más dura. El señor José pasaba semanas
enteras sin trabajo. Pepín, que ya tenía once años, era tan malo, que
los vecinos le apodaban el -Barrabás-. Cada mes adoptaba un nuevo
oficio; pero le expulsaban de los talleres, acreditándolo como el más
insolente de los aprendices. La pobre madre, para traer a casa algún
dinero, era ahora ayudanta de una lavandera, y en las mañanas de
invierno bajaba al río desfallecida de hambre, temblando al contacto del
agua su mísero esqueleto cubierto de piel.
Un día, -Barrabás- se presentó en casa de su hermano para decirle
tranquilamente que la madre estaba en el hospital. Era un enfriamiento,
una pulmonía o algo semejante, cogido en el río. El golfín sólo supo
decir que estaba muy mala y que dos mujeres del lavadero la habían
llevado del brazo hasta el hospital.
Maltrana fue allá, y vio a su madre en una cama, con los pómulos
enrojecidos, la piel ardorosa y los labios violáceos, exhalando el
estertor de sus pulmones congestionados. El joven, recordando el dinero
que aún guardaba en su casa, sintió cierto rubor al ver a su madre en
aquella sala triste, de fría desnudez, junta con otros enfermos.
La hizo trasladar a una habitación aislada: él pagaría todos los gastos.
Y pasó las tardes al lado de la enferma, escuchando sus consejos,
alentándole en sus esperanzas. La pobre le suplicaba que cuando llegase
a las alturas no abandonase al señor José y a su hijo. Aquel hombre era
bueno para ella y la había ayudado valerosamente en los momentos peores
de su pobreza. Lo del «amontonamiento» ocurrió sin darse cuenta; fue
resultado de su compañerismo para defenderse de la miseria. Isidro debía
respetar al albañil como a un padre. La había querido más que el otro...
el legítimo. Lo demostraba su silencio desesperado, el gesto de dolor
con que la veía tendida en la cama del hospital.
La enferma murió a los tres meses, después de haber abierto gran brecha
en la exigua fortuna de Maltrana.
Decididamente, la vida no era alegre; la vida había perdido su sentido
helénico.
A impulsos de la tristeza, el joven examinó su situación. Había que
seguir nuevos caminos. Apenas le quedaba dinero para continuar sus
estudios. Faltábale un curso para licenciarse; dos para ser doctor. Y
luego que consiguiera el título, ¿qué iba a hacer?...
El pesimismo se había apoderado de Maltrana. ¿Para qué doctorarse? El
estudio no significaba sabiduría, sino rutina. El había visto mucho y
sabía a qué atenerse. La Universidad era una mentira, como todas las
instituciones sociales. Haría oposiciones a una cátedra; le admirarían
los compañeros, algún profesor de carácter huraño le daría su voto, pero
el resultado seguro era no conseguir nada. Los solitarios como él, sin
protectores, sin atractivo social, estaban desarmados para la lucha
diaria: su destino era morir.
El amaba la ciencia por ella misma, por sus goces, por la voluptuosidad
egoísta de saber. ¡Viva la ciencia libre! ¿Qué le importaba aquel
papelote, certificado de sabiduría, cuya conquista había de costarle dos
años de miseria? Para ser filósofo no era necesaria la Universidad. Los
grandes hombres admirados por él no habían sido profesores, no poseían
títulos académicos. Schopenhauer, su ídolo de momento, se burlaba de la
filosofía que sube a la cátedra para darse a entender.
Sería pensador independiente; sería escritor. Y Maltrana, filósofo de
diez y nueve años, con un ligero vestigio de bigote, se lanzó al mundo.
Dejó de frecuentar los cafés estudiantiles; hizo vida en el centro de la
población, pasando de un grupito a otro de los que constituyen la
tumultuosa e ingobernable República de las Letras.
Leía por las tardes en el Ateneo las revistas extranjeras, para estar
«al día» en los adelantos del pensamiento universal y reventar a ciertos
camaradas ignorantes que, por haber publicado algunos versos en los
periódicos, pretendían deslumbrar al pobre «inédito». Además, seguía
adquiriendo libros, a pesar de su pobreza. No podía librarse de este
hábito de sus tiempos de abundancia. Suprimía comidas, prolongaba el uso
de unas botas rotas, para adquirir un libro recién llegado de París. La
biblioteca formada al amparo de su protectora iba achicándose
lentamente al través de las innumerables combinaciones del cambalacheo.
Vendía unas obras para adquirir otras. Todos los libreros de lance
conocían a Maltrana por sus trueques; el joven reía ante el resultado de
sus cambios. Cinco filósofos célebres, con las hojas algo ajadas, valían
tanto como un novelista mediano acabado de cortar; tres poetas famosos
equivalían a un tratado sociológico de segunda mano, en el que hallaba
Maltrana una tosca recopilación de cosas harto conocidas.
Las noches las pasaba en Fornos, en una mesa de futuros genios, todos
tan ignorados como él, pero convencidos de que darían que hablar mucho a
la Historia. Algunos de ellos eran más jóvenes que Maltrana. Nada habían
escrito, pero revelaban al mundo su firme propósito de crear obras
inmortales, uniformándose exteriormente con arreglo a un figurín
profesional: largas cabelleras, grandes sombreros, corbatas amplias y
sueltas, o apretadas con innumerables roscas sobre un cuello de camisa
que les rozaba las orejas.
El sarampión literario tomaba formas rabiosas que asustaban a Maltrana.
Todo lo sabían aquellas criaturas, a pesar de sus pocos años, como si al
cogerse al pezón de la nodriza hubiesen comenzado a hojear el primer
libro. Sus juicios resonaban terribles, inexorables, concisos, capaces
de hacer temblar de pavor las mesas del café. Casi todos los escritores
españoles eran atunes, besugos o percebes: género marítimo que sólo
podía gustar a paladares groseros. Luego, garrote en mano, pasaban la
frontera. ¡Zola!... un mozo de cordel con algún talento. ¡Víctor
Hugo!... un señor muy elocuente, pero no era poeta. ¡Lamartine!... un
llorón... tampoco poeta. ¡Musset!... éste ya lo era un poquito más. Pero
los verdaderos, los únicos poetas, eran los venerados por ellos; y con
los ojos en blanco, trémulos de admiración, citaban nombres y nombres,
de cuya obscuridad y escasa obra hacían el principal mérito,
colocándolos por encima de los autores célebres que se envilecen
buscando el ser comprendidos por todo el mundo, por el miserable pueblo
y la repugnante burguesía.
Maltrana acabó por cansarse de esta tertulia. Además, los genios le
mostraban cierta ojeriza por las bromas de mala ley que se permitía su
cultura, inventando libros y autores y declarando a última hora su
superchería, cuando todos se «habían caído» afirmando conocer la obra y
dando detalles de sus bellezas y defectos.
Un amigo de la tertulia quiso protegerle.
--Aquí no vienen mas que currinches. Yo te presentaré a una peña de
verdaderos escritores. Grandes poetas... gente que ha estrenado con
éxito.
Y frecuentó por las tardes una cervecería, punto de cita de la nueva
tertulia, que, por su aspecto, impuso gran respeto al tímido Maltrana.
El hijo de la Isidra experimentó gran turbación al tratarse con dos
marqueses que eran poetas y otros jóvenes emparentados con famosos
personajes. Vestían con elegante atildamiento; seguían las modas en sus
mayores exageraciones. Las lacias melenas brillantes de pomada eran la
única revelación de sus entusiasmos literarios.
--Cuerpo de -dandy- y cabeza de artista--dijo uno de ellos a Isidro,
resumiendo así los cánones de su indumentaria.
El silencio de admiración con que el joven les escuchaba despertó cierta
simpatía en favor suyo. Un día se atrevió a hablar de la poesía griega,
haciendo el examen de Aristófanes y sus comedias con tanta soltura como
si tratara de un contertulio de café. Hasta recitó escenas enteras en
griego, sin que nadie le entendiese. Los jóvenes elegantes mostraron
admiración. «¡Muy curioso!» «¡Muy interesante!» Entonces se fijaron en
él por primera vez, y alabaron sus ojos profundos, la poderosa pesadez
de sus cejas. Alguien hizo el elogio de su fealdad varonil, de sus
cabellos ásperos y alborotados, encontrándole cierta semejanza con la
cabeza de Beethoven. Uno de los marqueses, con repentino arrebato,
aproximó su silla, rozándose toda la tarde con aquel Beethoven que
hablaba en griego.
Maltrana no tardó en percatarse del escaso valor de aquellas gentes.
Sólo uno era digno de respeto, el más viejo, el maestro; un autor de
gran talento, siempre melancólico, como si las debilidades de su vida
pesasen sobre su carácter, ensombreciéndolo con intensa tristeza. La
ironía de sus palabras sonaba como una burla contra su frágil voluntad.
Todos estaban más unidos por las aberraciones del gusto que por la
admiración literaria.
Se murmuraba, en la tertulia, de los ausentes, en presencia de Maltrana,
cambiando el género de sus nombres, haciéndolos femeninos. «La Enriqueta
cree tener talento, y es una fregona.» «La comedia de la Pepa no vale
nada...» Por la noche iban todos ellos a lo que llamaban gran mundo, a
las reuniones frecuentadas por sus familias o a los palcos de la gente
aristocrática. Las señoras se confiaban a ellos, hablándoles con el
descuido que da la ausencia de todo peligro. Luego, sus tertulias en la
cervecería eran una prolongación del chismorreo femenino, mencionándose
por todos ellos los defectos ocultos de las damas más famosas, con una
delectación hostil, como si les complaciese las debilidades y miserias
de un sexo enemigo.
Todos eran refinados, sutiles, enemigos de la vil materia, de la prosa
de la vida y de las violentas emociones. Publicaban volúmenes de
poesías, con más páginas en blanco que impresas. Cada grupito de versos
iba envuelto en varias hojas vírgenes, como flor de invernadero que
podía morir apenas la tocase el viento de la calle. Abominaban de la
impiedad de las masas, de todas las realidades de la vida vulgar; se
decían católicos, anarquistas y aristócratas al mismo tiempo; no
pensaban gran cosa en la religión, pero hablaban, con los ojos en
blanco, de la dulzura del pecado monstruoso y de la voluptuosidad del
arrepentimiento, seguido de la reincidencia. Encontraban un fondo de
distinción en la vieja liturgia de la Iglesia, y titulaban sus poesías
microscópicas -Salmos-, -Letanías- o -Novenarios-.
Otros escribían comedias de sátira contra las costumbres de la
aristocracia, que eran las suyas: obras teatrales en las que colaboraba
el modisto con el poeta, y no había gran -toilette- que no tuviese su
amor con un frac, que jamás era el del esposo. «Hay que flagelar»,
gritaban con expresión terrible.
Y Maltrana pensaba sonriendo:
«Está bien. ¿Y a éstos quién los flagela?...»
De vez en cuando se ingerían en la reunión ciertos hombres de aspecto
bestial y groseros modales, que les tuteaban, tratándolos con la
superioridad despectiva del macho fuerte. Eran toreros fracasados,
antiguos guardias civiles, mozos de tranvía, que vestían como señoritos
y se mostraban contentos de su vida de holganza. Algunos hablaban de su
mujer y sus hijos, y atusándose el pelo, justificaban con el amor a la
familia lo extraordinario de sus ocupaciones.
--Hay que ayudarse con algo. Los tiempos están malos y cada uno se
agarra a lo que puede.
Uno de los jóvenes, el marqués que había encontrado a Maltrana cierto
parecido con Beethoven, acosábalo con su pegajosa amistad. Le pagaba los
-bocks-, le había regalado varias corbatas, se sentaba a su lado,
fijando en su rostro de morena fealdad unas pupilas glaucas iluminadas
por extraño fuego.
Iba completamente afeitado. Según los maldicientes de la tertulia, se
había cortado el bigote, enviándolo bajo sobre, en un arrebato de
nostalgia, a cierto pintor con el que había vivido en París, un artista
malfamado y simbolista, que representaba sus concepciones por medio de
efebos desnudos de femenil musculatura.
Maltrana, una tarde en que los dos estaban solos en la cervecería, echó
su silla atrás, sintiendo impulsos de cerrar de una bofetada aquellos
ojos claruchos fijos en él cínicamente. Una mano ágil, de femenina
suavidad, había trotado sobre sus piernas por debajo de la mesa.
--Pero tú--exclamó indignado--no eres escritor, ni poeta, ni nada. Tú
eres un...
Y soltó la palabra brutal y callejera. Pero el otro, sin desconcertarse,
sin dejar de acariciarlo con los ojos, contestó con suave desmayo:
--No seas ordinario; no digas esas cosas... Llámame alma iniciada.
III
Huyó Maltrana de tales... almas, no volviendo más a la cervecería.
Cansado de tertulias estériles y acosado por la necesidad, tuvo que
pensar en la conquista del pan. Nada le restaba de la herencia de su
protectora.
Sus amigos no le vieron ya mas que en el Ateneo leyendo revistas, o en
la Biblioteca Nacional rebuscando datos para ciertos eruditos y
académicos, que le daban por este trabajo una exigua retribución. De vez
en cuando, algún amigo le pasaba un libro para traducir, quedándose con
la mitad del precio. Además, escribía artículos para un semanario
social, a razón de diez céntimos la cuartilla, que luego firmaba el
director, dando así práctico ejemplo de que la propiedad no es sagrada,
ni mucho menos.
Isidro, después de rodar de una a otra casa de huéspedes, salvando los
restos de su biblioteca de las patronas que le perseguían por
irregularidades en el pago, tuvo que subir la pendiente de los Cuatro
Caminos y refugiarse en la calle de los Artistas, pidiendo asilo al
señor José. De este barrio de miseria le había arrancado la caridad de
la buena señora, y a él tornaba más infeliz y desarmado para la batalla
de la vida que las rudas gentes condenadas a la pena del trabajo
corporal.
Vivió desde entonces con su padrastro y su hermano Pepín, que trabajaba
en las obras como aprendiz. Su nueva existencia le puso en contacto con
los parientes de su madre.
Tenía ésta dos hermanos, antiguos traperos de Bellasvistas, que habían
acabado por establecerse en el Rastro. Uno colocaba su puesto en la
Ribera de Curtidores, dedicándose a la especialidad de armas y viejos
instrumentos de música, que arreglaba con maestría extraordinaria. Otro
era el grande hombre de la familia; todos hablaban de él con respeto, a
causa de su riqueza. Había hecho buenos negocios; apenas sabía pintar su
firma, pero las echaba de anticuario, y tenía su tienda en el patio de
las -Américas- viejas.
Los dos conocían vagamente a su sobrino Maltrana, por haber llegado
hasta ellos su fama de sabio. Además, la esperanza de que pudiese
heredar a su protectora les inspiraba gran consideración. La primera vez
que se presentó a ellos con su madre acogiéronle con grandes agasajos.
Después, al volver solo, aún le recibieron con cierto afecto, creyéndolo
poseedor de la herencia y en camino de ser un personaje que extendería
su protección sobre toda la familia. Pero viéndole en cada visita con un
aspecto de miseria creciente, los codos y las rodillas del traje
brillantes por el uso, y las botas torcidas, acabaron por hablarle con
frialdad y visible recelo.
«Estos temen que les suelte algún sablazo», se dijo Maltrana.
Y como vivía al otro extremo de Madrid, dejó de visitar a sus parientes
del Rastro.
En el barrio de las Carolinas, más allá de Tetuán, albergue de las
gentes de la busca, tenía a su abuela, la señora Eusebia, conocida por
la -Mariposa-, una de las traperas más antiguas.
Maltrana iba a verla en su casucha de ladrillos, que pasaba por ser el
mejor edificio del barrio, y eso que el joven podía tocar con las manos
su alero de tejas viejas.
En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos,
hociqueando la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno de
garbanzos deshechos, judías despanzurradas y huesos de aceituna, todo
formando un plasma repugnante. Eran residuos de comida recogidos en las
casas; los restos de los pucheros que nutrían a Madrid.
La vieja le saludaba con cariño y respeto, viendo en él la gloria de la
familia. Sus ojos lacrimosos y enrojecidos le miraban acariciadores,
pero al mismo tiempo no se atrevía a tenderle los brazos, a poner en él
sus manos negras y huesosas, con los dedos cargados de sortijas de
latón. Su nariz de bruja y su barbilla saliente asomaban bajo un pañuelo
rojo que la oprimía las sienes. Un trozo de mantón sujeto al talle con
una cuerda servíale de corsé y de faja. El jubón era de seda negra,
quemada por el tiempo, y se abría por todos lados, mostrando, al través
de la urdimbre, en unas partes la camisa de blancura amarillenta, en
otras la amojamada carne de un tono verdoso de bronce oxidado. Calzaba
pantuflas de distinto tamaño y color, una roja y otra azul, adquiridas
al azar de la busca. La falda estaba matizada de grandes remiendos, pero
bajo estos andrajos superpuestos aún se revelaba en varios sitios el
bordado del primitivo terciopelo.
Maltrana veía con amarga conmiseración los ojillos pitañosos de la
vieja, su boca sumida en una aureola de arrugas, moviéndose al hablar
con gestos cabríos, las mejillas resinosas de suciedad, pulidas y
brillantes, en las que el agua debía producir el doloroso efecto de un
escopetazo. ¡Y de aquel ser procedía él! ¡Y aquella carne era su
carne!...
La vieja le recibía con grandes ademanes de admiración. ¡Qué guapo! ¡Qué
señorito tan arrogante! Todo el barrio conocía su entusiasmo por aquel
nieto que era un sabio, un futuro personaje, del que hacían, según ella,
gran caso en Madrid.
Abandonaba su tarea de escoger en los montones de basura y hacía sentar
a Maltrana en el mejor mueble de la casa, un banco procedente de un
tranvía viejo que había comprado por entero con la ayuda de su camarada
el señor Polo: magna empresa para la que juntaron sus capitales.
La señora Eusebia no podía ver a Isidro sin lamentar inmediatamente la
triste suerte de su hija.
Había querido convertirse en madrileña: la daba vergüenza ser trapera.
Así había pasado su vida, rabiando como una condenada. Primeramente
abandonó el barrio para meterse a servir en una casa grande. ¡Servir,
cuando su madre tenía una industria honrada y un pedazo de pan!... Todos
los comerciantes de Tetuán iban tras de ella; y no eran pelambres de los
que entran en Madrid con el saco al hombro y recogen la basura de casas
de poco más o menos, sino negociantes de carro y burro, que se plantaban
como unos señores ante las verjas de los hoteles de la Castellana o
subían a los mejores pisos de la calle de Serrano.
«Tía -Mariposa-, que la chica me gusta.» «Señá Usebia, que yo quiero ser
su yerno.»
Toda la industria de las Carolinas, la Almenara y Bellasvistas
presentaba a la madre sus memoriales; y ella, la muchacha, empeñada en
despreciar lo más respetable del comercio, enamoricándose de un
albañilillo que trabajaba cerca de la casa de sus señores. Por fin, se
había salido con la suya, casándose. Hambre todos los días, paliza todas
las semanas, viviendo en uno de esos caserones que parecen colmenas
obscuras; frío en el lavadero para ganarse una mala libreta, y como
término, la muerte en el hospital. ¡Anda y toma albañilillo! Y todo por
darse el gusto, la muy bruta, de vivir en Madrid, de ser señora, de
mirar por encima del hombro a las pobres traperas... ¿No era la
industria de sus padres tan respetable como otra?
--Pagamos contrebución, Isidrín, como cualsiquiera de los que tien
tienda en la calle de Postas. No hay mas que ver lo que se nos lleva el
Ayuntamiento por la licencia: un porción de dinero. Y por lo que toca a
parroquianos, les tenemos marqueses y condeses, tan buenos como los que
entran a comprar en casa de Sobrino. Se trata muy buena gente en este
comercio. ¿Ves esta falda? Pues me la regaló una señora que iba a
Palacio y trataba casi de tú a los reyes. ¿Ves este corpiño? Pues fue de
una cómica muy guapa, de la que hablaron mucho los papeles: ¡ya ha
muerto la pobre!
Y la vieja detallaba al nieto las ventajas de su industria: todo
ganancia. A él, que era un sabio, no le importaban estas cosas; pero
nada perdía conociéndolas. Como estaba sola, tenía a su servicio un
muchacho del barrio, hijo de una vecina que había muerto. El cuidaba del
burro, el guiaba el carro cuando al amanecer emprendían la marcha a
Madrid, el subía a los pisos altos mientras su ama cuidaba en la calle
del vehículo. Al volver a casa, cerca de mediodía, su primera ocupación
consistía en el arreglo de los comestibles. En un tonelillo depositaban
las sobras de ciertas casas, cuyos amos eran limpios y se acordaban de
los pobres, cuidando de guardar aparte los restos de la cocina. Ella,
además, conocía a sus parroquianos, los clasificaba según su estado de
salud, llevaba de memoria la lista de las casas sanas y la de aquellas
otras donde había señores amarillentos, siempre encorvados por la tos o
que mostraban enfermedades repugnantes.
--Yo tengo unas manos de oro para el guisoteo; ¿te enteras, pequeño?
Caliento la comida buena y hago unos ranchos que tien fama en el barrio.
Si yo fuese blanda, el tío Polo no saldría nunca de aquí. Le tiene ley a
lo que guiso... Y en cuanto a abundancia, ¡echa y no te canses! Todos
los días hay rancho para un regimiento... ¡Y los chascos son buenos! A
lo mejor, crees estar comiendo alubias, y te tropiezas con un pedazo de
bisté. Algunas veces, entre patatas deshechas hemos encontrado esas
cositas negras como carbón que llaman trufas, y que los señores pagan
como si fuesen de oro. Así está el chiquillo que me sirve: colorado y
gordote como un arcipreste. No se le puede pellizcar en salva sea la
parte, de duro que está, y cuando le tomé, traía más hambre que un
lobo... Yo tengo muy buenos parroquianos, Isidrín.
Y a continuación revolvíase indignada contra las otras casas, las de los
señores malos, que dejaban la comida hecha una basura. ¡Qué cocinas,
Señor! Las criadas eran unas puercas y las señoras unas abandonadas. Los
restos del puchero tenían mondaduras de patatas, hojas secas de col,
huesos de frutas, tapones de corcho. Algunas veces había encontrado en
el caldo agujas de coser, hilos, dedales y hasta juguetes de niño. ¡Y
pensar que otros del barrio, que sólo tenían casas de éstas, habían de
alimentarse con tal bazofia, después de limpiarla como podían!... Ella
la destinaba a sus cerdos. Por eso se los pagaban los tratantes de las
afueras a más precio. Sólo los alimentaba con las sobras de los señores.
No se atrevía a darles «otras cosas» que gustaban a aquellos
animaluchos, capaces de tragarse a su propia madre; tenía demasiada
conciencia para eso.
Entusiasmábase al detallar las abundancias que la rodeaban. Pan, a
montones; había día que llenaba de mendrugos dos talegos, y hasta las
gallinas, hartas, no querían más. Por las mañanas, al levantarse, el
rico café. Se lo daban en las casas, después del recuelo; pero ella lo
esparcía en el corral sobre un periódico, secándolo al sol, para el
desayuno. Un saco de papel guardaba llenito...
La casa era suya; tenía en el corral un montón, más alto que el tejado,
de paja de cuadra, que luego de bien desecha se vendía a los hornos de
ladrillos; los animales se alimentaban sin gasto, y ella y el muchacho,
a más de la comida, tenían asegurado el vestir, pues mientras en la
villa anduvieran las gentes con ropas, ellos no se verían desnudos.
--Sólo compro el vino: en las Carolinas nadie bebe agua. Los chicos se
desmaman con leche de cepas. Pero por tres perros me llenan un frasco
para todo el día. Aquí, fuera de puertas, el vino va regalado.
Y luego de bien satisfechas las necesidades de su vida, le restaban,
como ganancias, los hallazgos de la busca, los descubrimientos
inesperados.
Maltrana había oído hablar de las riquezas de su abuela, de un tesoro
oculto, que era motivo de misteriosa conversación en todo el barrio.
--Para rica, la tía -Mariposa---decían los traperos en la taberna--. Esa
sí que tie suerte; no va mas que a casas de título. ¡Las cosas que habrá
encontrao esa mujer!
El famoso -Coleta-, cuando estaba en el período verboso de sus
borracheras, declaraba haber sorprendido a la vieja en el momento de
recontar su tesoro en un rincón del corral, y cerraba los ojos como para
recordar mejor las joyas, las piezas de plata, los montones de moneda
que le habían deslumbrado.
El joven, en sus conversaciones con la vieja, acababa siempre con la
misma petición:
--Abuela, dicen que es usted muy rica. A ver: enséñeme su tesoro.
La señora Eusebia protestaba. ¡Rica ella!... Mentiras de las gentes;
invenciones de -Coleta- y otros borrachos; manías del tío Polo, que la
buscaba por esto desde que quedó viuda, y ya llevaba muertas cuatro
mujeres, proponiéndole a ella que fuese la quinta. Era una pobre; no
tenía nada. Y sonreía enigmáticamente al decir esto, le brillaban los
ojos; no se recataba en dar a entender que el tesoro era una realidad...
pero que nadie lo vería nunca.
Los domingos eran los únicos días en que Maltrana hablaba con el señor
José y veía a su hermano. Cuando llegaba, después de amanecer, a los
Cuatro Caminos, encontraba ya a Pepín en medio de la calle reclutando
muchachos para alguna excursión a Amaniel con carácter de -razzia-, que
ponía en alarma a los dueños de los merenderos.
Maltrana, al levantarse, ajustaba sus cuentas con el padrastro, dándole
lo que podía por el alquiler del cuarto. Luego se iban los dos, según su
estado de fortuna, a comer lomo barato y cordero tierno en un «horno de
asados» de los Cuatro Caminos, o gallinejas preparadas en los puestos
inmediatos a Punta Brava.
Comían al aire libre, en una mesita redonda pintada de rojo, sentados en
duros taburetes. Los tranvías llegaban con grandes cargamentos de gente
madrileña; esparcíanse por hornos y tabernas las blusas y los mantones,
los anchos sombreros y las negras gorras, buscando el vino y la carne,
más baratos que en la villa por expenderse al otro lado de la ronda de
Consumos. Sonaban los pianos en atropellada melodía, matizando sus
escalas con golpes de timbre; bailaban las parejas, dándose dos vueltas
de vals en mitad de la comida; giraban los toldos de los «tíos-vivos»
con sus caballitos y carrozas infantiles; asomaban con rítmica aparición
por encima de los tejados los verdes esquifes de los columpios, con
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