de la Luz!... Se excusaba hablando de su condición. Él no era más que un
criado, que había de cerrar los ojos ante muchas cosas, para conservar
su puesto. ¿Qué haría su padre, si el dueño de la viña fuese un señorito
como el suyo?...
Partió Rafael de Marchamalo, dejando a su novia menos iracunda, pero
llevaba en el pensamiento, como una aguda pesadumbre, la aspereza con
que le despidió María de la Luz. ¡Cristo, con el señorito! ¡Qué de
disgustos le proporcionaban sus diversiones!... Volvía lentamente hacia
Matanzuela, pensando en las caras hostiles de los gañanes, en aquella
muchacha que se moría rápidamente, mientras allá en la ciudad, los
desocupados hablaban de ella y de su susto con grandes risas.
Apenas echó pie a tierra, vio a -Alcaparrón- que vagaba por los
alrededores del cortijo, con gestos de loco, como si la exuberancia de
su dolor no cupiera bajo los techos.
--Se muere, señó Rafaé. Lleva ya ocho días de paecer. La pobrecita no
puede tenderse, y está sentada día y noche con los brazos extendíos y
moviendo las manos así... así; como si buscase la salusita que se jué pa
siempre. ¡Ay, mi pobre Mari-Cruz! ¡Mi prima del arma!...
Y lanzaba estos gritos como si fuesen rugidos, con la expansión trágica
de la raza gitana que necesita espacio libre para sus dolores.
El aperador entró en la gañanía, y antes de llegar al montón de harapos
de la enferma, oyó el ruido de su respiración, un soplido doloroso de
fuelle descompuesto, que dilataba y contraía el mísero costillaje de su
pecho.
La asfixia le hacía abrir, con temblores de angustia, su andrajoso
corpiño, mostrando un pecho de muchacho tísico, de una blancura de papel
mascado, sin más señales del sexo que dos granos morenos hundidos entre
las costillas. Respiraba moviendo la cabeza a un lado y a otro, como si
pretendiese absorber todo el aire. En ciertos momentos sus ojos
agrandábanse con expresión de espanto, como si sintiera el contacto de
algo frió e invisible en las manos crispadas que tendía ante ella.
La tía -Alcaparrona- mostraba menos confianza que al iniciarse la
enfermedad.
--¡Si echara la cosa maligna que lleva aentro!--exclamó mirando a
Rafael.
Y después de limpiar el sudor frío y viscoso de la cara de la enferma,
ofreciole la alcazarra de agua.
--¡Bebe, hija de mis entrañas! ¡Mi blanca paloma!...
Y la mísera paloma, herida de muerte, después de beber, asomaba su
lengua entre los labios violáceos, cual si quisiera prolongar la
sensación de frescura: una lengua seca, de rojo tostado, como una lonja
de carne asada.
A veces interrumpíase el estertor de su respiración con una tos seca,
lanzando espectoraciones estriadas de sangre. La vieja movía la cabeza.
Ella esperaba algo negro y monstruoso, una oleada putrefacta que, al
salir, se llevase todo el mal de la muchacha.
Una tarde la vieja prorrumpió en alaridos. La niña se moría; se ahogaba.
Ella, tan débil, que apenas podía mover las manos, retorcía su armazón
de huesos con la fuerza extraordinaria de la angustia, y tales eran sus
impulsos, que la tía apenas podía contenerla entre sus brazos.
Apoyándose en los talones se levantaba, doblándose como un arco, con el
pecho abombado y jadeante, el rostro crispado y azul.
--¡Jozé María!--gimió la vieja.--¡Que se muere!... ¡Que se me quea entre
las manos! ¡Hijo mío!
Y -Alcaparrón-, en vez de acudir al llamamiento de su madre, salió
corriendo como un loco. Había visto pasar a un hombre, una hora antes,
por el camino de Jerez con dirección al ventorro del Grajo.
Era él, el ser extraordinario del que todos los pobres hablaban con
respeto. De repente se sintió inflamado por esa fe que los pastores de
muchedumbres esparcen en torno de ellos, como una aureola de confianza.
Salvatierra, que estaba en el ventorro hablando con -Matacardillos-, su
doliente camarada, se hizo atrás, sorprendido por la impetuosa entrada
de -Alcaparrón-. El gitano miraba a todos lados con ojos de loco, y
acabó por arrojarse a sus pies, agarrándole las manos con suplicante
vehemencia.
--¡Don Fernando! ¡Su mercé lo puee too!... ¡Su mercé hase milagros, si
quiere! Mi prima... mi Mari-Crú... ¡que se muere, don Fernando, que se
muere!...
Y Salvatierra no se daba cuenta de cómo había salido del ventorro
remolcado por la mano febril de -Alcaparrón- y cómo había llegado a
Matanzuela con una rapidez de ensueño, corriendo tras el gitano, que
tiraba de él, al mismo tiempo que le llamaba su Dios, convencido de que
haría el milagro.
El rebelde viose de pronto en la penumbra de la gañanía, y a la luz del
candil, sostenido por uno de los gitanillos, distinguió la boca dolorosa
y azulada de Mari-Cruz contraída por el supremo espasmo, sus ojos
agrandados por la negrura del dolor, con una expresión de angustia
infinita. Pegó su oído a la piel viscosa y húmeda de aquel pecho que
parecía próximo a romperse. El examen fue breve. Al incorporarse se
quitó el sombrero instintivamente, quedando de pie y descubierto ante la
pobre niña.
Nada había que hacer. Era la agonía, la lucha tenaz y horripilante, el
supremo dolor, que espera agazapado al final de toda existencia.
La vieja habló a Salvatierra de sus opiniones acerca de la enfermedad,
esperando que las aprobase. Era la sangre corrompida por el susto, que
no podía salir y la mataba.
Pero don Fernando movía la cabeza. Su afición a la medicina, sus
lecturas desordenadas pero extensas, durante los largos años de
reclusión, su continuo contacto con la desgracia, le bastaban para
reconocer la enfermedad a la primera ojeada. Era la tisis, rápida,
brutal, fulminante, esparciendo el tubérculo con la florescencia fecunda
de la plaga: la tisis en forma sofocante, la terrible granulia que
surgía a consecuencia de una fuerte emoción en este organismo pobre,
abierto a todas las enfermedades, ávido de incubarlas. Examinaba de
cabeza a pies aquel cuerpo descarnado, de una blancura enfermiza, en el
que los huesos parecían tener la fragilidad del papel.
Salvatierra preguntaba en voz baja por los padres. Adivinaba el remoto
arañazo del alcohol en esta agonía. La tía -Alcaparrona- protestó.
--Su pobresito pare bebía como cualsiquiera, pero era un hombrón de
mucho aguante. Los amigos le llamaban de apodo -Damajuana-. ¿Pero verle
borracho?... nunca.
Salvatierra se sentó en un pedazo de tronco, siguiendo con mirada triste
el curso de la agonía. Lloraba la muerte de aquella criatura, que sólo
había visto una vez; mísero engendro del alcoholismo, que abandonaba el
mundo empujado por la bestialidad de una noche de borrachera.
El pobre ser debatíase entre los brazos de los suyos con los horrores de
la asfixia, tendiendo sus brazos hacia adelante.
Un velo parecía flotar ante sus ojos, empequeñeciendo las pupilas. Su
respiración tenía el burbujeo del hervor, como si en su garganta
tropezase el aire con el obstáculo de extrañas materias.
La vieja, no encontrando a mano otro remedio, la daba de beber y el agua
caía en el estómago ruidosamente, como en el fondo de una vasija:
chocaba en las paredes del esófago paralizado, haciéndolas sonar como si
fuesen de pergamino. El rostro perdía sus rasgos generales; se
ennegrecían las mejillas; aplastábanse las sienes; se adelgazaba la
nariz con frío afilamiento; la boca torcíase a un lado con una mueca
horrible.
Comenzaba a caer la noche y entraban en la gañanía los trabajadores y
las mujeres, agrupándose silenciosos a corta distancia de la moribunda,
con la cabeza baja, conteniendo sus sollozos.
Algunos salían al campo para ocultar su emoción, en la que había algo de
miedo. ¡Cristo! ¡Y así morían las personas! ¡Tanto costaba perder la
vida!... Y la certeza de que todos habían de pasar por el terrible
trance con sus contorsiones y estremecimientos, les hacía considerar
como tolerable y dichosa la vida de trabajo que venían arrastrando.
--¡Mari-Crú! ¡Palomica mía!--suspiraba la vieja.--¿Me ves? ¡Aquí estamos
toos!...
--¡Contesta, Mari-Crú!--suplicaba -Alcaparrón-, lloriqueando.--Soy tu
primo, tu José María...
Pero la gitana sólo contestaba con estertores roncos, sin abrir apenas
los ojos, mostrando por entre los párpados inmóviles las córneas de un
color de vidrio empañado. En uno de sus estremecimientos sacó de la
envoltura de harapos un pie descarnado y pequeño, completamente negro.
La falta de circulación aglomeraba la sangre en las extremidades. Las
orejas y las manos se ennegrecían igualmente.
La vieja prorrumpió en lamentos. ¡Lo que ella había dicho! ¡La -sangre
corrompía-; el maldito susto que no había querido salir y ahora, con la
muerte, se le esparcía por todo el cuerpo! Y se abalanzaba sobre la
agonizante, besándola con una avidez loca, como si la mordiese para
volverla a la vida.
--¡Se ha muerto, don Fernando! ¿No le ve su mersé? Se ha muerto...
Salvatierra hizo callar a la vieja. La moribunda ya no veía: su
respiración cavernosa era cada vez más pausada, pero el oído aún
conservaba su poder. Era la última resistencia de la sensibilidad ante
la muerte; prolongábase mientras el cuerpo iba cayendo en el abismo
negro de la inconsciencia. Sólo restaban en ella los últimos y
trabajosos estremecimientos de la vida vegetativa. Cesaron lentamente
las contorsiones, el hervor del mísero cuerpo: los párpados se abrieron
con el escalofrío final, mostrando las pupilas dilatadas con un reflejo
vidrioso y mate.
El rebelde cogió entre sus brazos aquel cuerpo ligero como el de un
niño, y apartando a los parientes, fue poco a poco acostándolo en el
montón de harapos.
Don Fernando temblaba: sus gafas azules empañábanse turbando la visión
de sus ojos. La fría impasibilidad que le había acompañado en los azares
de su vida, derretíase ante aquel pequeño cadáver, ligero como una
pluma, que acostaba en el lecho de su miseria. Tenía en su gesto y en
sus manos algo de sacerdotal, como si la muerte fuese la única
injusticia ante la que se prosternaba su cólera de rebelde.
Al ver los gitanos a Mari-Cruz, tendida e inmóvil, permanecieron largo
rato en silencioso estupor. En el fondo de la gañanía sonaban los
sollozos de las mujeres, el murmullo apresurado de un rezo.
Los -Alcaparrones- contemplaban el cadáver a distancia, sin besarlo, ni
osar el más leve contacto con él, con el respeto supersticioso que la
muerte inspira a su raza. Pero la vieja, de pronto se llevó las
crispadas manos al rostro, arañándolo, hundiendo los dedos en su pelo
aceitoso, de una negrura que desafiaba a los años. Volaron en torno de
su cara los flácidos rabos de la cabellera y un aullido estridente hizo
temblar a todos.
--¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi palomica blanca! ¡Mi rosita de
Abril!...
Y sus alaridos, en los que vibraba la exuberancia aparatosa del dolor
oriental, acompañábalos de arañazos que ensangrentaban las arrugas de
su rostro. Un choque sordo conmovía al mismo tiempo el suelo de tierra
apisonada. Era -Alcaparrón-, que, caído de bruces, golpeaba con su
cabeza el piso.
--¡Aaay! ¡Que se ha ido Mari-Crú!--rugía como una bestia herida.--¡La
mejó de la casa! ¡La más honrá de la familia!...
Y los -Alcaparrones- pequeños, como si de repente obedeciesen a un rito
de su raza, pusiéronse de pie y comenzaron a correr por el cortijo y sus
alrededores, dando alaridos y arañándose la cara.
--¡Juy! ¡juy! ¡Que ha muerto la pobresita prima!... ¡Juy! ¡Que se nos ha
ido Mari-Crú!...
Era una carrera loca de duendes al través de todas las dependencias del
cortijo, como si quisieran que los más humildes animales se enterasen de
su desgracia. Penetraban en las cuadras, se escurrían entre las patas de
las bestias, repitiendo su quejido por la muerte de Mari-Cruz; corrían,
ciegos por las lágrimas, tropezando con las esquinas, con los marcos de
las puertas, volcando en su carrera aquí un arado, más allá una silla y
seguidos por los perros libres de cadena que les acosaban por todo el
cortijo, uniendo sus ladridos a los desesperados lamentos.
Algunos gañanes cazaron al paso a los pequeños energúmenos,
levantándolos en alto; pero, aun así, aprisionados, seguían moviendo los
remos en el aire con interminable lloro:
--¡Juy! que se ha muerto la prima! ¡La pobresita Mari-Crú!
Cansados de gemir, de arañarse, de golpear el suelo con la cabeza,
anonadados por su dolor ruidoso, todos los de la familia volvieron a
formar círculo en torno del cadáver.
Juanón hablaba de velar con algunos compañeros a la muerta hasta la
mañana siguiente. La familia podía dormir mientras tanto fuera de la
gañanía, que bien necesitada estaba de ello. Pero la vieja gitana
protestó. No quería que el cadáver estuviese más tiempo en Matanzuela. A
Jerez en seguida. Lo llevarían en un carro, en un borrico, a hombros, si
era preciso, entre ella y sus hijos.
Tenían su casa en la ciudad. ¿Acaso los -Alcaparrones- eran unos
vagabundos? Su familia era numerosa, infinita; desde Córdoba hasta
Cádiz, no había feria de ganados donde no se encontrase a uno de los
suyos. Ellos eran pobres, pero tenían parientes que les podían tapar con
onzas de los pies a la cabeza; gitanos ricos que trotaban por los
caminos seguidos de regimientos de mulas y caballos. Todos los
-Alcaparrones- querían a Mari-Cruz, la virgen enferma, de ojos dulces:
su entierro sería de reina, ya que su vida había sido de animal de
carga.
--Ámonos--decía la vieja con gran exaltación en la voz y los
ademanes.--Ámonos a Jerez en seguía. Quiero que antes de que amenesca la
vean todos los nuestros, tan bonita y tan arreglá como la misma Mare de
Dios. Quiero que la vea el abuelo, mi padre, cabayeros; el gitano más
viejo de toa Andalusía, y que la bendiga el pobresito con sus manos de
Pae Santo, que tiemblan y paese que tienen lus.
La gente de la gañanía aprobaba los propósitos de la vieja, con el
egoísmo del cansancio. Ellos no podían resucitar a la muerta, y era
mejor, para su tranquilidad, que se ausentase cuanto antes aquella
familia ruidosa, que turbaría su sueño.
Rafael intervino, ofreciendo un carro del cortijo. El tío -Zarandilla-
iba a aparejar, y antes de media hora podrían llevarse el cadáver a
Jerez.
La vieja -Alcaparrona-, al ver al aperador, se reanimó, brillando en sus
ojuelos el fuego del odio. Encontraba, al fin, alguien a quien hacer
responsable de su desgracia.
--¿Eres tú, ladrón? ¡Ya estarás contento, aperaor farso! ¡Mira ahí a la
pobresita que has matao!
Rafael contestó de mal talante.
--Menos palabras e insultos, tía bruja. En lo de aquella noche, tuvo
usté más curpa que yo.
La vieja quiso arrojarse sobre él, con la alegría infernal de haber
encontrado alguien en quien saciar su dolor.
--¡Arcagüetón!... Tú juiste el que lo hiso too. Mardita sea tu arma y la
del ladrón de tu señorito.
Aquí vaciló un momento, como arrepentida de nombrar al señor, siempre
respetado por la gente de su raza.
--No; el amo, no. Al fin, es joven, es rico y los señoritos no tienen
otro obligación que divertirse. Mardito seas tú, tú solo, que estrujas a
los pobres y los arreas como si juesen negros y arreglas las mositas a
los amos, pa ocultar mejó tus latrocinios. Na quiero tuyo: toma los
sinco duros que me diste; tómalos, ladrón: ahí van, arcagüete.
Y debatiéndose entre los hombres que la sujetaban para que no acometiese
a Rafael, hundía las manos en sus harapos buscando el dinero, con una
falsa precipitación, con el firme propósito de no encontrarlo. Mas no
por esto era menos dramática su actitud.
--¡Tómalo, perro roío!... ¡Ahí va, y así cada peseta se te güerva un
mengue que te muerda el corazón!
Y abría sus manos crispadas como si arrojase algo en el suelo, sin
arrojar nada: acompañando sus manotones de aire con muecas altivas, cual
si realmente rodase el dinero por tierra.
Don Fernando intervino, colocándose entre el aperador y la bruja. Ya
había dicho bastante: debía callar.
Pero la vieja se mostró más insolente al verse protegida por el cuerpo
de Salvatierra, y asomando por uno de sus hombros la boca de arpía,
siguió insultando a Rafael.
--Premita Dios que se te muera lo que más estimes... Que veas argún día
estirá y fría, como mi pobrecita Mari-Crú, a la gachí de tus quereres.
El aperador la había escuchado hasta entonces con desdeñosa frialdad,
pero al sonar estas palabras fue a él a quien tuvieron que contener los
hombres de la gañanía.
--¡Bruja!--rugió--¡a mí lo que quieras, pero a esa persona no te la
pongas en la boca, porque te mato!
Y parecía dispuesto a matarla, teniendo que hacer grandes esfuerzos los
gañanes para llevárselo afuera. ¿Quién hacía caso de mujeres?... Había
que dejar a la vieja, que estaba loca por el dolor. Y, cuando vencido
por las reflexiones de Salvatierra y los empellones de tantos brazos,
traspuso la puerta de la gañanía, aún oyó la voz agria de la bruja, que
parecía perseguirle.
--¡Juye, persona farsa, y que Dios te castigue quitándote la gachí de la
viña! Que se te la yeve un señorito... que don Luis la disfrute, y tú lo
sepas.
¡Ay! ¡Qué esfuerzo hubo de hacer Rafael para no volver sobre sus pasos y
estrangular a la vieja!...
Media hora después -Zarandilla- paró su carro a la puerta. Juanón y
otros compañeros envolvieron el cadáver en una sábano, levantándolo de
su lecho de harapos. Aún pesaba menos que en el momento de la muerte.
Era, según decían aquellos hombres, una pluma, una arista de paja.
Parecía que con la vida se hubiese evaporado toda la materia, no dejando
más que lo envoltura, que apenas si marcaba un ligerísimo bulto en el
lienzo arrollado.
Púsose en marcha el vehículo, balanceándose con agudos chirridos de su
eje sobre los baches del camino.
A la zaga del carro, cogidos a él, marchaban la vieja y su prole menuda.
Detrás, caminaba -Alcaparrón-, al lado de Salvatierra, que deseaba
acompañar hasta la ciudad a aquella gente humilde.
En la puerta de la gañanía aglomerábanse los trabajadores, brillando en
su negra masa la lucecilla del candil. Todos seguían con silenciosa
atención el chirrido del carro, invisible en la oscuridad; los lamentos
de la gitanería, que rasgaban la calma del campo azulado y muerto bajo
la fría luz de las estrellas.
-Alcaparrón- sentía cierto orgullo al marchar con aquel personaje del
que tanto hablaba la gente. Habían salido a la carretera. Sobre su faja
blanca destacábase la silueta del carro, que iba esparciendo en el
silencio de la noche el cascabeleo lento de la caballería y los gemidos
de los que marchaban a la zaga.
El gitano daba suspiros, como un eco del dolor que rugía delante de él,
y hablaba al mismo tiempo a Salvatierra de su amada muerta.
--Era lo mejorsito de la familia, señó... y por eso se ha ido. Los
buenos se van pronto. Ahí tiene usté a mis primas las -Alcaparronas-,
unas pindongas, que son la eshonra de la familia, y las grandísimas
arrastrás tienen las onzas a puñaos, y coches, y los papeles jablan de
ellas: y la pobresita Mari-Crú, que era mejó que el trigo, se muere,
endimpués de una vida de trabajo.
El gitano gemía, mirando al cielo, como si protestase de esta
injusticia.
--Yo la quería mucho, señó; si deseaba argo bueno era pa partirlo con
ella. Mejor aún: pa dárselo too. Y ella, la palomita sin jiel, la rosita
de Abril, ¡tan buena siempre conmigo! ¡protegiéndome, como si fuese mi
virgensita!... Cuando mi mare se enfadaba porque jasía yo una de las
mías, ya estaba Mari-Crú defendiendo a su pobresito José María... ¡Ay,
mi prima! ¡Mi santita dulce! ¡Mi sol moreno, con aquellos ojasos que
paesían hogueras! ¿Qué no hubiese hecho por ella este pobresito
gitano?... Oiga su mersé, señó. Yo he tenío una novia; es desir, yo he
tenío muchas, pero ésta era una gachí que no era de nuestra casta; una
calé sin familia y con casita propia en Jerez. Una gran proporción,
señó, y a más, chalaíta por mí, según ella desía, por el aquel con que
yo la cantaba cositas durses. Y cuando ya andábamos en el papeleo pa
casarnos, yo le dije: «Gachí, la casa será para la pobresita de mi mare
y mi prima Mari-Crú. Ya que tanto han trabajao, hasiendo vida de perras
en las gañanías, que vivan bien y a su gusto una temporadilla. Tú y yo
somos chavales, somos juertes y podemos dormí en el corral». Y la gachí
no quiso y me echó a la caye; y yo no lo sentí, porque me quedaba con mi
mare y mi primo, y valen más ellos ¡ay! que toas las jembras del
mundo... He tenío las novias a osenas, he estao a punto de casame, me
gustan las mositas... pero quiero a Mari-Crú como no quedré en jamás a
denguna mujer... ¿Cómo explicar esto a su mersé, que sabe tanto? Yo
quiero a la pobresita que va ahí alante, de una manera que no sé cómo
decir... ¡vamos! como quiere el cura a la Mae de Dios cuando le ice la
misa. Me gustaba mirar sus ojosos y oír su vosesita de oro; pero,
¿tocarle un pelo de la ropa? enjamás se me ocurrió. Era mi virgensita, y
como las que están en las iglesias, sólo tenía pa mí la cabesa; la
cabesa bonita jecha por los mismos ángeles...
Y al suspirar de nuevo, pensando en la muerta, le respondió el coro de
lamentos que escoltaba el carro.
--¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi sol relusiente! ¡Mi cachito
durse!...
Y la gente menuda contestaba al alarido de la madre con una explosión de
ahullidos dolorosos, para que la tierra oscura, el espacio azulado y las
estrellas de agudo fulgor se enterasen bien de que había muerto su
prima, la dulce Mari-Cruz.
Salvatierra sentíase dominado por este dolor trágico y estruendoso, que
se deslizaba al través de la noche, rasgando el silencio de los campos.
-Alcaparrón- cesó de gemir.
--Diga usté, señó, ya que tanto sabe. ¿Cree su mersé que golveré alguna
vez a ver a mi prima?...
Necesitaba saberlo, le dolía la angustia de la duda, y deteniendo su
paso, miraba suplicante a Salvatierra con sus ojos orientales, que
brillaban en la penumbra con reflejos de nácar.
El rebelde se conmovió viendo la angustia de esta alma simple, que
imploraba en su congoja un sorbo de consuelo.
Sí, volvería a verla; él lo afirmaba con solemne gravedad. Es más;
estaría en contacto a todas horas con algo que habría formado parte de
su ser. Todo lo que existía quedábase en el mundo; sólo cambiaba de
forma; ni un átomo llegaba a perderse. Vivíamos rodeados de lo que había
sido el pasado y de lo que sería el porvenir. Los restos de los que
amábamos y los componentes de los que a su vez nos habían de amar,
flotaban en torno nuestro, manteniendo nuestra vida.
Salvatierra, bajo la presión de sus pensamientos, sintió la necesidad de
confesarse con alguien, de hablar a aquel ser sencillo de su debilidad y
sus vacilaciones ante el misterio de la muerte. Era un deseo, de volcar
su pensamiento con la certeza de no ser comprendido, de sacar a luz su
alma, semejante al que había visto en los grandes personajes
shakesperianos, reyes en desgracia, caudillos perseguidos por el
destino, que confían fraternalmente sus ideas a bufones y a locos.
Aquel gitano del que todos se burlaban, mostrábase súbitamente agrandado
por el dolor, y Salvatierra sentía la necesidad de entregarle su
pensamiento, como si fuese un hermano.
El rebelde también había sufrido. El dolor le hacía cobarde; pero no se
arrepentía, ya que en la debilidad encontraba la dulzura del consuelo.
Los hombres admiraban la energía de su carácter, el estoicismo con que
hacía frente a las persecuciones y las miserias físicas. Pero esto era
sólo en las luchas con los hombres: ante el misterio de la Muerte
invencible, cruel, inevitable, toda su energía se derrumbaba.
Y Salvatierra, como si olvidase la presencia del gitano y hablara para
él mismo, recordó su arrogante salida del presidio, desafiando de nuevo
las persecuciones, y su reciente viaje a Cádiz para ver un rincón de
tierra, junto a una tapia, entre cruces y lápidas de mármol. ¿Y era
aquello todo lo que quedaba del ser que había llenado su pensamiento?
¿Sólo restaba de mamá, de la viejecita bondadosa y dulce como las santas
mujeres de las religiones, aquel cuadro de tierra fresca y removida y
las margaritas silvestres que nacían en sus bordes? ¿Se había perdido
para siempre la llama dulce de sus ojos, el eco de su voz acariciadora,
rajada por la vejez, que llamaba con ceceos infantiles a Fernando, a su
«querido Fernando»?
---Alcaparrón-, tú no puedes entenderme--continuó Salvatierra con voz
temblorosa.--Tal vez es una fortuna para ti esa alma simple que te
permite en los dolores y en las alegrías ser ligero y mudable como un
pájaro. Pero óyeme, aunque no me entiendas. Yo no reniego de lo que he
aprendido: yo no dudo de lo que sé. Mentira es la otra vida, ilusión
orgullosa del egoísmo humano; mentira también los cielos de las
religiones. Hablan éstas a las gentes en nombre de un espiritualismo
poético, y su vida eterna, su resurrección de los cuerpos, sus placeres
y castigos de ultra-tumba, son de un materialismo que da náuseas. No
existe para nosotros otra vida que la presente; pero ¡ay! ante la sábana
de tierra que cubre a mamá, sentí por primera vez flaquear mis
convicciones. Acabamos al morir; pero algo resta de nosotros junto a los
que nos suceden en la tierra; algo que no es sólo el átomo que nutre
nuevas vidas; algo impalpable e indefinido, sello personal de nuestra
existencia. Somos como los peces en el mar; ¿me entiendes, -Alcaparrón-?
Los peces viven en la misma agua en que se disolvieron sus abuelos y en
la que laten los gérmenes de sus sucesores. Nuestra agua es el ambiente
en que existimos: el espacio y la tierra: vivimos rodeados de los que
fueron y de los que serán. Y yo, -Alcaparrón- amigo, cuando siento ganas
de llorar recordando la nada de aquél montón de tierra, la triste
insignificancia de las florecillas que lo rodean, pienso en que no está
allí mamá completamente, que algo se ha escapado, que circula al través
de la vida, que me tropieza atraído por una simpatía misteriosa, y me
acompaña envolviéndome en una caricia tan suave como un beso...
«Mentira», me grita una voz en el pensamiento. Pero yo la desoigo;
quiero soñar, quiero inventarme bellas mentiras para mi consuelo. Tal
vez en este vientecillo que nos roza la cara, hay algo de las manos
suaves y temblorosas que me acariciaron por última vez antes de ir al
presidio.
El gitano había cesado de gemir, mirando a Salvatierra con sus ojos
africanos, agrandados por el asombro. No entendía la mayor parte de sus
palabras, pero columbraba en ellas una esperanza.
--Según eso, ¿cree su mercé que Mari-Crú no ha muerto del too? ¿Que aún
podré verla, cuando me ajogue su recuerdo?...
Salvatierra sentíase influenciado por los lamentos de la familia, por la
agonía que había visto, por la miseria de aquel cadáver que se
balanceaba a pocos pasos dentro del carro. La poesía triste de la noche,
con su silencio rasgado a trechos por alaridos de dolor, inundaba su
alma.
Si; -Alcaparrón- sentiría cerca de él a su amada muerta. Algo de ella
subiría hasta su rostro como un perfume, cuando arañase la tierra con el
azadón y el surco nuevo enviase a su olfato la frescura del suelo
removido. Algo habría también de su alma en las espigas del trigo, en
las amapolas que goteaban de rojo los flancos de oro de la mies, en los
pájaros que cantaban al amanecer cuando el rebaño humano iba hacia el
tajo, en los matorrales del monte, sobre los cuales revoloteaban los
insectos asustados por las carreras de las yeguas y los bufidos de los
toros.
--¿Quién sabe--continuó el rebelde--si en esas estrellas, que parecen
guiñar sus ojos en lo alto, hay algo a estas horas de la luz de esos
otros ojos que tanto amabas, -Alcaparrón-?...
Pero la mirada del gitano delató un asombro, que tenía algo de
compasivo, como si creyese loco a Salvatierra.
--Te asusta la grandeza del mundo, comparada con la pequeñez de tu pobre
muerta, y retrocedes. El vaso es demasiado grande para una lágrima: es
cierto. Pero también la gota se pierde en el mar... y sin embargo, allí
está.
Salvatierra siguió hablando, como si quisiera convencerse a sí mismo.
¿Qué significaba la grandeza o la pequeñez? En una gota de líquido
existían millones de millones de seres, todos con vida propia: tantos
como hombres poblaban el planeta. Y uno solo de estos organismos
infinitesimales, bastaba para matar una criatura humana, para diezmar
con la epidemia una nación. ¿Por qué no habían de influir los hombres,
microbios del infinito, en aquel universo, en cuyo seno quedaba la
fuerza de su personalidad?...
Después, el revolucionario parecía dudar de sus palabras, arrepentirse
de ellas.
--Tal vez esta creencia equivale a una cobardía: tú no puedes
comprenderme, -Alcaparrón-. Pero, ¡ay! ¡la Muerte! ¡la incógnita, que
nos espía y nos sigue, burlándose de nuestras soberbias y nuestras
satisfacciones!... Yo la desprecio, me río de ella, la espero sin miedo
para descansar de una vez: y como yo, muchísimos. Pero los hombres
amamos, y el amor nos hace temblar por los que nos rodean: troncha
nuestras energías, nos hace caer de bruces, cobardes y trémulos ante esa
bruja, inventando mil mentiras, para consolarnos de sus crímenes. ¡Ay,
si no amásemos!... ¡qué animal tan valeroso y temerario sería el hombre!
El carro, en su marcha traqueteante, había dejado atrás al gitano y a
Salvatierra, que se detenían para hablar. Ya no le veían. Les servía de
guía su lejano chirrido y el plañir de la familia, que marchaba a la
zaga, acometiendo de nuevo la canturía de su dolor.
--¡Adiós, Mari-Crú!--gritaban los pequeños, como acólitos de una
religión fúnebre.--¡Se ha muerto nuestra prima!...
Y cuando callaban un momento, volvía a sonar la voz de la vieja,
desesperada, estridente, como la de un sacerdote del dolor.
--¡Se va la paloma blanca; la gitana durse; el capullito de rosa antes
de abrir!... ¡Señó Dios! ¿en qué piensas, que sólo ajogas a los
buenos?...
VII
Al llegar las vendimias con el mes de Septiembre, los ricos de Jerez se
preocupaban más de la actitud de los jornaleros que del buen resultado
de la recolección.
En el -Círculo Caballista-, hasta los señoritos más alegres olvidaban
los méritos de sus jacas, los excelencias de sus perros y el garbo de
las mozas cuya propiedad se disputaban, para no hablar más que de
aquella gente tostada por el sol, curtida por los penalidades, sucia,
maloliente y de ojos rencorosos que prestaba los brazos a sus viñas.
En los numerosas sociedades de recreo que ocupaban casi todos los bajos
de la calle Larga, no se hablaba de otra cosa. ¿Qué más querían los
trabajadores de las viñas?... Ganaban un jornal de diez reales, comían
en lebrillos la menestra que ellos mismos se arreglaban sin que el amo
interviniese; tenían una hora de descanso en invierno y dos en verano,
para no caer asfixiados sobre la tierra caliza que echaba chispas; les
concedían ocho cigarros durante la jornada y por las noches dormían,
teniendo los más de ellos una sábana sobre las esterillas de enea. Unos
verdaderos sibaritas los tales viñadores; ¿y aún se quejaban y exigían
reformas amenazando con la huelga?...
En el -Caballista-, los que eran propietarios de las viñas mostrábanse
enternecidos por repentina piedad, y hablaban de los gañanes de los
cortijos. ¡Aquellos pobrecitos sí que eran merecedores de mejor suerte!
Dos reales de jornal, un rancho insípido por todo alimento y dormir en
el suelo vestidos, con menos abrigo que las bestias. Era lógico que
éstos se quejasen: no los trabajadores de las viñas que vivían como unos
señores si se les comparaba con los gañanes.
Pero los amos de los cortijos protestaban indignados, al ver que se
intentaba arrojar sobre ellos todo el peso del peligro. Si no retribuían
mejor al bracero, era porque el producto del cortijo no daba para más.
¿Podían compararse el trigo, la cebada y la ganadería con aquellas viñas
famosas en el mundo, que arrojaban el oro a borbotones por sus
sarmientos, y en ciertos años daban a sus amos una ganancia más fácil
que si saliesen a robar a las carreteras?... Cuando se gozaba de tal
fortuna había que ser generosos, dar una pequeña parle de bienestar a
los que les sostenían con sus esfuerzos. Los trabajadores se quejaban
con razón.
Y las tertulias de los ricos, transcurrían en una continua pelea entre
los propietarios de los dos bandos.
Su vida de holganza habíase paralizado. La ruleta permanecía inmóvil;
las barajas estaban sin abrir sobre la mesa verde; pasaban las buenas
mozas por la acera sin que asomasen a las ventanas de los casinos los
grupos de cabezas lanzando requiebros y maliciosos guiños.
El conserje del -Caballista-, andaba como loco buscando la llave de lo
que pomposamente se titulaba biblioteca en los estatutos de la sociedad:
un armario oculto en el rincón más oscuro de la casa, menguado como
alacena de pobre, mostrando al través de sus cristales empolvados y
telarañosos, unas cuantas docenas de libros, que nadie había abierto.
Los señores socios sentíanse aguijoneados de repente por el deseo de
instruirse, de -capacitarse- de aquello que llamaban cuestión social, y
miraban todas las tardes el armario como un tabernáculo de la ciencia,
esperando que apareciese la llave para buscaren su interior la luz que
deseaban. Realmente no era grande su prisa por enterarse de aquellas
-cosas- del socialismo que traían revueltos a los trabajadores.
Algunos se indignaban con los libros antes de leerlos. ¡Mentiras, todo
mentiras, para amargar la existencia! Ellos no leían y eran felices.
¿Por qué no habían de hacer lo mismo aquellos tontos del campo, que por
las noches quitaban horas a su sueño formando corro en torno del
camarada que les leía diarios y folletos? El hombre, cuanto más
ignorante, más dichoso... Y lanzaban miradas de abominación al armario
de los libros, como si fuese un depósito de maldades, mientras el mueble
infeliz seguía guardando en sus entrañas un tesoro de volúmenes
inofensivos, regalados en su mayor parte por el Ministerio a instancias
del diputado del distrito; versos a la Virgen María, y cancioneros
patrióticos; guías para la cría del canario y reglas para lo
reproducción del conejo doméstico.
Mientras disputaban los ricos entre ellos o se indignaban examinando las
pretensiones de los trabajadores, éstos seguían en su actitud de
protesta. La huelga había comenzado parcialmente, con una falta de
cohesión que demostraba la espontaneidad de la resistencia. En algunas
viñas, los dueños, impulsados por el miedo de perder la vendimia,
«pasaban por todo», pero acariciando en la rencorosa mente la esperanza
de la represalia así que sus racimos estuvieran en el lagar.
Otros, más ricos, «tenían vergüenza», según declaraban con caballeresca
arrogancia, negándose a todo arreglo con los rebeldes. Don Pablo Dupont
era el más fogoso de ellos. Antes perdía su bodega que -bajarse- a
aquella gentuza. ¡Irle con imposiciones a él, que era el padre de sus
trabajadores, y cuidaba no sólo del sustento de su cuerpo, sino de la
salud de su almo, libertándola del «grosero materialismo!»
--Es una «cuestión de principios»--declaraba en su escritorio ante los
empleados, que movían afirmativamente la cabeza aun antes de que él
hablase.--Yo soy capaz de darles lo que desean, y más aún. ¡Pero que no
me lo pidan; que no me lo exijan! Eso es negar mis sagrados derechos de
amo... A mí el dinero me importa poco, y la prueba es que antes que
ceder, mejor quiero que se pierda la cosecha de Marchamalo.
Y Dupont, agresivo en la defensa de lo que llamaba sus derechos, no sólo
se negaba a oír las pretensiones de los braceros, sino que había
expulsado de la viña a todos los que se significaban como agitadores
mucho antes de que intentasen rebelarse.
Quedaban en Marchamalo muy pocos viñadores, pero Dupont había sustituido
a los huelguistas con gitanas de Jerez y muchachas venidas de la sierra
al cebo de los jornales abundantes.
Como la vendimia no exigía grandes fatigas, Marchamalo estaba lleno de
mujeres que se agachaban en sus laderas cortando los racimos, mientras
desde el camino las insultaban los huelguistas privados de trabajo por
sus «ideas».
La rebeldía de los jornaleros había coincidido con lo que Luis Dupont
titulaba su período de seriedad.
El calavera había acabado por asombrar con su nueva conducta al
poderoso primo... ¡Ni mujeres ni escándalos! La -Marquesita- ya no se
acordaba de él: ofendida por sus desvíos, había vuelto a unirse con el
tratante de cerdos, «el único hombre que sabía hacerla marchar».
El señorito parecía entristecerse cuando le hablaban de sus famosas
francachelas. Aquello había pasado para siempre: no se podía ser joven
toda la vida. Ahora era hombre; pero hombre serio y de provecho. Él
llevaba -algo- dentro de la cabeza; sus antiguos maestros, los Padres de
la Compañía, lo reconocían. No pensaba detenerse en su marcha hasta
conquistar una posición tan alta en la política como la que su primo
tenía en la industria. Otros, peores que él, manejaban los asuntos de la
tierra, y eran oídos por el gobierno, allá en Madrid, como virreyes del
país.
De la vida pasada sólo conservaba las amistades con los valientes,
reforzando su cortejo con nuevos bravucones. Los mimaba y mantenía con
el propósito de que le sirviesen de auxiliares en su carrera política.
¡Quién le haría frente en su primera elección, viéndole en tan honrada
compañía!... Y para entretener a la honorable corte, seguía cenando en
los colmados y embriagándose con ellos. Esto no quebrantaba su
respetabilidad. Una -jumera- de vez en cuando no era motivo para que
nadie se escandalizase. ¡Costumbres de la tierra! Además, esto daba
cierta popularidad.
Y Luis Dupont, convencido de la importancia de su persona, iba de un
casino a otro hablando de la «cuestión social» con vehementes manoteos
que ponían en peligro las botellas y copas alineadas en las mesas.
En el -Círculo Caballista- rehuía las tertulias de la gente joven, que
sólo le recordaban sus pasadas locuras para aplaudirlas, proponiéndole
otras mayores. Buscaba la conversación de los «padres graves», de los
grandes cosecheros y ricos agricultores, que comenzaban a oírle con
cierta atención, reconociendo que aquel -perdis- tenía una buena
cabecita.
Dupont hinchábase con vehemente oratoria al hablar de los trabajadores
del país. Repetía lo que había oído a su primo y a los religiosos que
frecuentaban la casa de los Dupont, pero exagerando las soluciones, con
un ardor autoritario y brutal muy del gusto de sus oyentes, gente tan
ruda como rica, que encontraba placer en derribar toros y domar potros
salvajes.
Para Luis, la cuestión era sencillísima. Un poco de caridad; y después
religión, mucha religión, y palo al que se desmandase. Con esto se
acababa el llamado conflicto social y quedaba todo como una balsa de
aceite. ¿Cómo podían quejarse los trabajadores, allí donde existían
hombres como su primo y muchos de los presentes (aquí sonrisas
agradecidas del auditorio y movimientos de aprobación), que eran
caritativos hasta el exceso y no podían presenciar una desgracia sin
echar mano al bolsillo y regalar un duro, y hasta dos?...
Contestaban a esto los rebeldes que la caridad no era bastante, y que, a
pesar de ello, mucha gente vivía en la miseria. ¿Y qué podían hacer los
amos para remediar lo que era irremediable? Siempre existirían ricos y
pobres, hambrientos y ahítos; sólo los locos o los criminales podían
soñar con la igualdad.
¡La igualdad!... Dupont valíase de un ironismo que entusiasmaba a su
auditorio. Todos los chistes que la más noble de las aspiraciones
humanas había inspirado a su primo Pablo y a su corte de sacerdotes,
repetíalos Luis con una convicción firmísima, como si fuesen el resumen
del pensamiento universal. ¿Qué era aquello de la igualdad?...
Cualquiera podría apoderarse de su casa, si es que le gustaba; y él, a
su vez, le robaría la chaqueta al vecino, porque le era necesaria; y el
otro echaría la zarpa sobre la mujer del de más allá, porque la
consideraría de su gusto. ¡La mar, caballeros!... ¿No merecían cuatro
tiros o la camisa de fuerza los que hablaban de la tal igualdad?
Y a las risas del orador, uníanse las carcajadas de todos los socios.
¡Aplastado el socialismo! ¡Qué gracia y qué palique tenía aquel
muchacho!...
Muchos señores viejos movían la cabeza con aire protector, reconociendo
que Luis hacía falta en otra parte, que era lástima que sus palabras se
perdiesen en aquella atmósfera de humo de tabaco, y que a la primera
ocasión habría que satisfacer su gusto, para que España entera escuchase
desde la tribuna aquella critica tan chispeante y justa.
Dupont, enardecido por el general asentimiento, seguía hablando, pero
ahora en tono grave. La gente baja, lo que necesitaba antes del jornal,
era el consuelo de la religión. Sin religión se vive rabiando, víctima
de toda clase de infelicidades, y este era el caso de los trabajadores
de Jerez. No creían en nada, no iban a misa, se burlaban de los curas,
sólo pensaban en la revolución social con degollinas y fusilamientos de
burgueses y jesuitas; no tenían la esperanza de la vida eterna, consuelo
y compensación de las miserias de aquí abajo, que son insignificantes,
pues sólo duran unas cuantas docenas de años, y como resultado lógico de
tanta impiedad, encontraban su pobreza más dura, con nuevos tonos
sombríos.
Aquel rebaño, triste y sin Dios, merecía su castigo. ¡Que no se quejase
de los amos, pues éstos se esforzaban en volverle a la buena senda! ¡Que
exigiese responsabilidad a los verdaderos autores de su desgracia, a
Salvatierra y otros como él, que le habían arrebatado la fe!
--Además, señores--peroraba el señorito con entonación tribunicia--¿qué
va a conseguirse aumentando el jornal? Fomentar el vicio y nada más. Esa
gente no ahorra: esa gente no ha ahorrado nunca. A ver: que me
presenten un jornalero que tengo guardados sus ahorros.
Callaban todos, moviendo la cabeza con asentimiento. Nadie presentaba el
trabajador exigido por Dupont, y éste sonreía triunfante, esperando en
vano al ser prodigioso que lograra ahorrar una fortunilla sobre su
jornal de pocos reales.
--Aquí--continuaba con solemnidad--no hay afición al trabajo ni espíritu
de ahorro. Vean ustedes el obrero de otros países: trabaja más que el de
esta tierra y guarda un capitalito para la vejez. ¡Pero aquí!... aquí el
bracero, de joven, no piensa más que en coger descuidada a alguna
muchacha detrás de un pajar o en la gañanía durante el sueño; y de
viejo, apenas tiene reunidos algunos céntimos, los emplea en vino y se
emborracha.
Y todos a la vez, como si repentinamente perdiesen la memoria,
anatematizaban con gran severidad los vicios de los trabajadores. ¿Qué
podía esperarse de una gentuza sin otra ilusión en su vida que la de
beber?... Decía bien Dupont. ¡Borrachos! ¡Gente abyecta que perpetuaba
la miseria de su condición, violando a las hembras como si fuesen
animales!...
El señorito conocía el medio de terminar esta anarquía. Al gobierno
tocaba gran parte de culpa. A aquellas horas, habiéndose iniciado la
huelga, debía tener en Jerez un batallón, un ejército, si era preciso, y
cañones, muchos cañones. Y se quejaba amargamente del descuido de los de
arriba, como si el ejército de España tuviese por única misión guardar
a los ricos de Jerez para que viviesen tranquilos, y equivaliese a una
felonía el no llenar calles y campos de pantalones rojos y brillantes
bayonetas, apenas los viñadores mostraban cierto descontento.
Luis era liberal, muy liberal. Disentía en este punto de sus maestros de
la Compañía, que hablaban de don Carlos con entusiasmo, afirmando que
era «la única bandera». Él estaba con los que mandaban, y no mencionaba
una sola vez a las personas reales, que no echase por delante el título
de -Su Majestad-, como si pudiesen oír de lejos estas muestras de
exagerado respeto y premiárselas con lo que él deseaba. Era liberal;
pero su libertad era la de las personas decentes. Libertad para los que
tuvieran algo que perder: y para la gente baja, todo el pan que fuese
posible, y palo, mucho palo, único medio de anonadar la maldad que nace
con el hombre y se desarrolla sin el freno de la religión.
Él conocía la historia; había leído más que los que le escuchaban y se
dignaba hacerles partícipes de sus conocimientos, con protectora bondad.
--¿Sabéis ustedes--decía--por qué la Francia es más rica y más
adelantada que nosotros?... Porque metió mano a los bandidos de la
-Commune-, y en unos cuantos días se cargó más de cuarenta mil de
aquellos puntos. Empleó el cañón y la ametrallodora para acabar más
aprisa con la gentuza, y todo quedó limpio y tranquilo... A mí--continuó
el señorito con aire doctoral--no me gusta Francia, porque es una
República y porque allí las gentes decentes se olvidan de Dios y hacen
burla de sus ministros. Pero quisiera para este país un hombre como
Thiers. Esto es lo que aquí hace falta, un hombre que sonría y ametralle
a la canalla.
Y sonreía para demostrar que él era capaz de ser tan Thiers como el
otro.
El conflicto de Jerez lo arreglaba en venticuatro horas. Que le diesen
la autoridad y se vería lo que ero bueno. Los ejecuciones a raíz de lo
de -La Mano Negra-, habían dado algún resultado. La gentuza se acobardó
ante los cadalsos erigidos en la plaza de la Cárcel. Pero esto no era
bastante. Convenía una sangría suelta para quitar fuerzas a la bestia
rebelde. De mandar él, ya estarían en presidio los mangoneadores de
todas las sociedades obreras del campo que traían revuelta a la ciudad.
Pero esto también le parecía anodino e insuficiente, y acto seguido se
rectificaba con proposiciones más feroces. Ero mejor acosar a los
rebeldes, abortar los planes que venían preparando, «pincharles para que
saltasen antes de tiempo», y una vez se colocaran en actitud de
rebeldía, ¡a ellos y que no quedase uno! Mucho guardia civil, muchos
caballos, mucha artillería. Para eso sostenían los ricos el peso de las
contribuciones, cuya mejor parte se llevaba el ejército. De no ser así,
¿para qué servían los soldados, que tan caros costaban, en un país que
no había de sostener guerras?...
Como medida preventiva, debían suprimir a los pastores perversos que
sublevaban el rebaño de la miseria.
--A todos los que andan por el campo, de gañanía en gañanía, repartiendo
papeluchos malos y libros venenosos, cuatro tiros. A los que echan
soflamas y ahullan barbaridades en esas reuniones a cencerros tapados
que tienen de noche en un rancho o en los alrededores de un ventorro,
cuatro tiros. Y lo mismo a los que en las viñas, desobedeciendo a los
amos y con el orgullo de saber leer, enteran a sus compañeros de las
majaderías que traen los periódicos... A Fernando Salvatierra, cuatro
tiros...
Pero el señorito, apenas dijo esto, pareció arrepentirse. Un rubor
instintivo turbó su facundia. La bondad y las virtudes de aquel rebelde
infundíanle cierto respeto. Los mismos que aprobaban sus planes,
permanecieron silenciosos, como si les repugnase incluir al
revolucionario en la pródiga distribución de tiros. Era un loco que
imponía admiración, un santo que no creía en Dios; y aquellos señores de
la tierra sentían por él un respeto igual al del moro ante el santón
demente que le maldice y le amenaza con su palo.
--No--siguió diciendo el señorito;--para Salvatierra una camisa de
fuerza, y que vaya a propagar sus doctrinas en una casa de locos lo que
le quede de vida.
El público de Dupont aprobaba estas soluciones. Los dueños de las
ganaderías de caballos, viejos de patillas entrecanas que se pasaban las
horas mirando la botella con un silencio sacerdotal, rompían su gravedad
para sonreír al joven.
--Er muchacho tié talento--decía uno.--Habla como un diputao.
Y los demás aprobaban.
--Ya se encargará Pablito, su primo, de que lo saquemos cuando yeguen
las elecciones.
Luis sentíase fatigado a veces de los triunfos que cosechaba en los
casinos, del asombro que inspiraba su repentina seriedad a los antiguos
compañeros de vida alegre. Renacían sus aficiones a divertirse con la
gente humilde.
--Estoy harto de señoritos--decía con displicencia de hombre superior a
su fiel acólito el -Chivo-.--Vámonos al campo: un poco de juerga lo
agradece el cuerpo.
Y con el deseo de mantenerse bajo la protección de su poderoso primo,
íbase a pasar el día en Marchamalo, fingiendo interés por el resultado
de la vendimia.
La viña estaba llena de mujeres, y a Luis le agradaba el trato con
aquellas mozas serranas que reían las gracias del señorito, y agradecían
sus generosidades.
María de la Luz y su padre acogían como un honor la asiduidad con que
Luis visitaba la viña. De la ruidosa aventura de Matanzuela, apenas si
quedaba un lejano recuerdo. ¡Cosas del señorito! Aquellas gentes,
acostumbradas por tradición al respeto de los placeres ruidosos de los
ricos, disculpábanlos como si fuesen un deber de la juventud.
El señor Fermín estaba enterado de la gran mudanza que se realizaba en
don Luis, de sus alardes de hombre serio, y veía con gusto que viniese a
la viña huyendo de las tentaciones de la ciudad.
Su hija también acogía con afecto al señorito, tuteándolo como en los
tiempos de su infancia, y riendo todas sus gracias. Era el amo de
Rafael, y algún día sería ella su sirvienta en aquel cortijo, que veía a
todas horas con la imaginación, como el nido de su felicidad. De la
juerga escandalosa que tanto la había indignado contra el aperador,
apenas si se acordaba. El señorito mostrábase arrepentido de su pasado,
y la gente, al transcurrir algunos meses, había olvidado por completo el
escándalo del cortijo.
Luis mostraba gran predilección por la vida en Marchamalo. Algunas veces
le sorprendía la noche y se quedaba a dormir en la torre de los Dupont.
--Estoy allí como un patriarca--decía a sus amigos de Jerez.--Rodeado de
muchachas que me quieren como si fuese su papá.
Reían los amigos del tono bondadoso con que hablaba el calavera de sus
inocentes diversiones con el rebaño de vendimiadoras. Además, gustaba de
quedarse en la viña por el fresco de la noche.
--Esto es vivir, señor Fermín--decía en la explanada de Marchamalo, a la
luz de las estrellas, aspirando la brisa nocturna.--A estas horas
estarán asándose los señoritos en la acera del -Caballista-.
Las veladas transcurrían en una paz patriarcal. El señorito ofrecía la
guitarra al capataz.
--¡Venga de ahí! ¡A ver esas manitas de oro!--gritaba.
Y el -Chivo-, obedeciendo sus órdenes, iba a buscar en los cajones del
carruaje unas cuantas botellas del mejor vino de la casa Dupont. ¡Juerga
completa! Pero pacífica, honesta, reposada, sin palabras libres, ni
ademanes audaces, que asustasen a las espectadoras, muchachas que habían
oído hablar en sus pueblos del terrible don Luis, y al verle de cerca
perdían sus prevenciones, reconociendo que no era tan malo como su fama.
Cantaba María de la Luz, cantaba el señorito, y hasta el cejijunto
-Chivo-, obedeciendo a su patrón, soltaba el chorro de su voz fiera,
entonando broncos recuerdos a la reja de la -carse- y a las -puñalás-
caballerescas por defender a la madre o a la mujer amada.
--¡Olé, grasioso!--gritaba el capataz, irónicamente, a aquel figurón
patibulario.
Después, el señorito cogió de una mano a María de la Luz, y sacándola al
centro del corro, rompían a bailar las sevillanas, con una gallardía que
provocaba gritos de entusiasmo.
--¡La grasia e Dió!--exclamaba el padre rasgueando la guitarra con nueva
furia. ¡Vaya una parejita de palomos!... ¡Eso es bailá!
Y Rafael el aperador, que sólo aparecía en Marchamalo de semana en
semana, al ver por dos veces este baile, se mostró orgulloso del honor
que el señorito hacía a su novia. Su amo no era malo; lo de antes fueron
locuras de la juventud; pero ahora, al sentar la cabeza, resultaba un
señorito de chipén, ¡la mar de simpático!, con gran afición a tratar a
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