Dupont era veleidoso y tornadizo como un amante en sus apasionamientos
por las gentes de la Iglesia. Una temporada adoraba a los Padres de la
Compañía y no encontraba misa buena ni sermón aceptable, si no era en su
iglesia: pero de pronto se cansaba de la sotana, le seducía el hábito
con capucha, según sus colores, y abría su caja y las puertas de su
hotel a los Carmelitas, a los Franciscanos o a los Dominicos
establecidos en Jerez. Siempre que iba a la viña se presentaba con un
sacerdote de distinta clase, adivinando por esto el capataz cuáles eran
sus favoritos del momento. Unas veces eran frailes con vestimenta blanca
y negra, otras pardos o de color de castaña: hasta los había llevado de
luengas barbas, que venían de lejanos países y apenas si chapurreaban el
español. Y el señor, con sus entusiasmos de enamorado, ganoso de
propalar los méritos de su pasión, le decía al capataz en amistosa
confidencia:
--Es un héroe de la fe: viene de convertir infieles y hasta creo que ha
obrado milagros. Si no fuera por herir su modestia, le diría que se
arremangase el hábito, para que te pasmases viendo las cicatrices de sus
martirios...
Sus disentimientos con doña Elvira estribaban siempre en que ella tenía
sus favoritos, que rara vez eran al mismo tiempo los del hijo. Cuando
él adoraba a los jesuitas, la noble hermana del marqués de San Dionisio
hacía el elogio de los franciscanos, alegando la antigüedad de su orden
sobre las fundaciones que habían venido después.
--¡No, mamá!--exclamaba él, conteniendo su carácter iracundo, con el
respeto que le inspiraba su madre.--¿Cómo comparar a unos mendicantes
con los Padres de la Compañía, que son los más sabios de la Iglesia?...
Y cuando la piadosa señora se iba con los sabios, su hijo hablaba casi
llorando de emoción, del santo solitario de Asís y de sus hijos los
franciscanos, que podían dar a los impíos lecciones de verdadera
democracia y eran los que iban a arreglar el día menos pensado la
cuestión social.
Ahora la veleta de su fervor apuntaba del lado de la Compañía, y no
sabía ir a parte alguna sin el Padre Urizábal, un vasco, compatriota del
glorioso San Ignacio, méritos que bastaban para que Dupont se hiciese
lenguas de él.
El jesuita contemplaba las viñas con el éxtasis de un hombre
acostumbrado a vivir dentro de vulgares edificios, sin ver más que de
tarde en tarde la grandiosidad de la naturaleza. Hacía preguntas al
capataz sobre el cultivo de las viñas, alabando el aspecto de las de
Dupont, y el señor Fermín, halagado en su orgullo de cultivador, se
decía que aquellos jesuitas no eran tan despreciables como los
consideraba su amigo don Fernando.
--Oiga su mercé, padre: Marchamalo no hay más que uno; esto es la flor
del campo de Jerez.
Y enumeraba las condiciones que debe tener una buena viña jerezana,
plantada en tierra caliza, que esté pendiente, para que las lluvias
corran y no refresquen en demasía la tierra, quitando fuerza al mosto.
Así se producía aquel racimo, gloria del país, con sus granos pequeños
como balines, transparentes y de una blancura de marfil.
Arrastrado por su entusiasmo enumeraba al sacerdote, como si éste fuese
un cultivador, todas las operaciones que durante el año había que
realizar con aquella tierra, sometida a un continuo trabajo para que
diese su dulce sangre. En los tres meses últimos del año se abrían las
-piletas-, los hoyos en torno de las cepas para que recibiesen la
lluvia: a esta labor la llamaban -Chata-. También hacían entonces la
poda, que provocaba conflictos entre los viñadores y hasta algunas veces
había ocasionado muertes, por si debía hacerse con tijeras, como
deseaban los amos, o con las antiguas podaderas, unos machetes cortos y
pesados, como lo querían los trabajadores. Luego venía la labor llamada
-Cava bien-, durante Enero y Febrero, que igualaba la tierra, dejándola
llana como si la hubiesen pasado un rasero. Después el -Golpe lleno- en
Marzo, para destruir las hierbas crecidas con las lluvias, esponjando al
mismo tiempo el suelo; y en Junio y Julio la -Vina-, que apretaba la
tierra, formando una dura corteza, para que conservase todo su jugo,
trasmitiéndolo a la cepa. Aparte de esto, en Mayo azufraban las vides,
cuando empezaban a apuntar los racimos, para evitar el -cenizo-, una
enfermedad que endurecía los granos.
Y el señor Fermín, para demostrar el cuidado incesante que durante el
año exigía aquel suelo, que era como de oro, agachábase para coger un
puñado de caliza y mostraba la finura de sus pequeños terrones blancos y
desmenuzados, sin que se dejase apuntar en ellos el germen de una planta
parásita. Entre las hileras de cepas veíase la tierra, machacada,
alisada, peinada, con la misma tersura que si fuese el suelo de un
salón. ¡Y la viña de Marchamalo se perdía de vista, ocupaba varias
colinas, lo que exigía un trabajo enorme!
A pesar de la rudeza con que el capataz trataba a los viñadores durante
el trabajo, ahora que no estaban presentes, se apiadaba de sus fatigas.
Ganaban diez reales, un jornal exorbitante comparado con el de los
gañanes de los cortijos; pero sus familias vivían en la ciudad, y,
además, ellos se pagaban la comida, asociándose para adquirir el
-costo-, el pan y la menestra que todos los días traían de Jerez en dos
caballerías. La herramienta era suya: una azada de nueve libras de peso,
que habían de manejar con ligereza, como si fuese un junco, de sol a
sol, sin más descanso que una hora para el almuerzo; otra para la
comida, y los minutos que les concedía el capataz con su voz de mando
para que echasen cigarro.
--Nueve libras, padre--añadía el señor Fermín.--Eso se ice fácilmente y
resulta un juguete pa un rato; pero hay que ver cómo se pone un
cristiano después de estar too el día subiendo y bajando la herramienta.
Al final de la jorná, pesa arrobas... ¿qué digo arrobas? tonelás. Parece
que uno levanta en vilo a too Jerez cuando da un gorpe.
Y como hablaba con un amigo del amo, no quiso ocultarle las astucias de
que se valían en las viñas para acelerar el trabajo y sacarle al jornal
todo su jugo. Se buscaba a los braceros más fuertes y rápidos en la
faena y se les prometía un real de aumento poniéndolos a la cabeza de la
fila. Este era el que se llamaba -hombre de mano-. El jayán, para
agradecer el aumento de jornal, trabajaba como un desesperado,
acometiendo la tierra con su azadón, sin respirar apenas entre golpe y
golpe, y los otros infelices tenían que imitarle para no quedarse atrás,
manteniéndose, con esfuerzos sobrehumanos, al nivel del compañero que
servía de acicate.
Por las noches, rendidos de fatiga, entretenían la espera del último
rancho jugando a los naipes, o canturreando. Don Pablo les había
prohibido severamente que leyesen periódicos. Su única alegría era el
sábado, cuando al anochecer salían de la viña, camino de Jerez, para -ir
a misa-, como ellos decían. Hasta la noche del domingo estaban con sus
familias entregando los -ajorros- a las mujeres; la parte de jornal que
les restaba después de pagar el -costo-.
El sacerdote mostraba su extrañeza al ver que los viñadores se habían
quedado en Marchamalo siendo domingo.
--Porque son muy buenos, padre--dijo el capataz con acento
hipócrita.--Porque quieren mucho al amo, y ha bastado que les dijese yo
de parte de don Pablo lo de la fiesta, pa que los pobrecitos se quedasen
voluntariamente sin ir a sus casas.
La voz de Dupont llamando a su ilustre amigo el padre Urizábal hizo que
éste abandonase al capataz, dirigiéndose a la iglesia, escoltado por don
Pablo y toda su familia.
El señor Fermín vio entonces que su hijo paseaba con don Ramón, el jefe
del escritorio, por un sendero. Hablaban de la belleza de las viñas.
Marchamalo volvía a ser lo que en sus tiempos más famosos, gracias a la
iniciativa de don Pablo. La filoxera había matado muchas de las cepas
que eran la gloria de la casa Dupont, pero el actual jefe había plantado
en las vertientes desoladas por el parásito la vid americana, una
innovación nunca vista en Jerez, y el famoso predio volvería a sus
tiempos gloriosos sin miedo a nuevas invasiones. Para esto era la
fiesta; para que la bendición del Señor cubriese con su eterna
protección las colinas de Marchamalo.
El jefe del escritorio se entusiasmaba contemplando el oleaje de viñedos
y prorrumpía en líricos elogios. Era el encargado de la publicidad de la
casa, y de su pluma de viejo periodista, de vencido intelectual, salían
los prospectos, los folletos, las memorias, las cartas en la cuarta
plana de los periódicos, que pregonaban la gloria de los vinos de Jerez,
y especialmente los de la casa Dupont, pero en un estilo pomposo,
solemne, entonado, que no llegaba a adivinarse si era sincero o una
broma que don Ramón se permitía con su jefe y con el público. Leyéndole,
no había más remedio que creer que el vino de Jerez era tan
indispensable como el pan, y que los que no lo bebían estaban condenados
a una muerte próxima.
--Mira, Fermín, hijo mío--decía con entonación oratoria.--¡Qué hermosura
de viñas! Me siento orgulloso de prestar mis servicios a una casa que es
dueña de Marchamalo. Esto no se encuentra en ninguna nación, y cuando yo
oigo hablar de los progresos de la Francia, del poder militar de los
alemanes o de la soberbia naval de los ingleses, contesto: «Está bien;
¿pero dónde tienen ellos vinos como los de Jerez?» Todo lo que se diga
es poco de este vino grato a los ojos, gustoso a la nariz, deleite del
paladar y reparo del estómago. ¿No lo crees tú así?...
Fermín hizo un gesto afirmativo y sonrió, como si adivinase lo que iba a
decirle don Ramón. Se sabía de memoria los períodos oratorios de los
prospectos de la casa, apreciados por don Pablo como las muestras más
gloriosas de la literatura profana.
Siempre que hallaba ocasión, el viejo empleado los repetía en tono
declamatorio, embriagándose con el paladeo de su propia obra.
--El vino, Fermín, es la bebida universal por excelencia, la más sana de
todas la que el hombre usa para su nutrición o su recreo. Es la bebida
que mereció los honores de la embriaguez de todo un dios del paganismo.
Es la bebida cantada por los poetas griegos y romanos, la celebrada por
los pintores, la ensalzada por los médicos. En el vino encuentra el
poeta inspiración, el soldado ardimiento, el trabajador fuerza, el
enfermo salud. En el vino halla el hombre goce y alegría y el anciano
fortaleza. El vino excita la inteligencia, aviva la imaginación,
fortifica la voluntad, mantiene la energía. No podemos explicarnos los
héroes griegos ni sus admirables poetas, sino bajo el estímulo de los
vinos de Chipre y de Samos; y la licencia de la sociedad romana nos es
incomprensible sin los vinos de Falerno y de Siracusa. Sólo podemos
imaginarnos la heroica resistencia del paisano aragonés en el sitio de
Zaragoza, sin descanso y sin comida, viendo que, además de la admirable
energía moral de su patriotismo, contaba para su sostén físico con el
porroncillo de vino tinto... Pero dentro de la producción vinícola que
abarca muchos países, ¡qué asombrosa variedad de clases y tipos, de
colores y aromas, y cómo se destaca el Jerez a la cabeza de la
aristocracia de los vinos! ¿No crees tú lo mismo, Fermín? ¿No encuentras
que es justo y está bien dicho todo lo que se me ocurre?...
El joven asintió. Todo aquello lo había leído muchas veces en la
introducción del gran catálogo de la casa; un cuaderno con vistas de las
bodegas de Dupont, y sus numerosas dependencias, acompañadas de la
historia de la casa y de elogios a sus elaboraciones; la obra maestra de
don Ramón, que el amo regalaba a los clientes y visitantes con una
encuadernación blanca y azul, los colores de las Purísimas pintadas por
Murillo.
--El vino de Jerez--continuó con acento solemne el jefe del
escritorio--no es un advenedizo, un artículo elevado por la veleidosa
moda; su reputación está de abolengo bien sentada, no sólo como bebida
gratísima, sino como insustituible agente terapéutico. Con la botella de
Jerez se recibe al amigo en Inglaterra, con la botella de Jerez se
obsequia al convaleciente en los países escandinavos, y restauran en la
India los soldados ingleses sus fuerzas agotadas por la fiebre. Los
marinos, con Jerez combaten el escorbuto, y los santos misioneros han
reducido con él en Australia los casos de anemia ocasionados por el
clima y los sufrimientos... ¿Cómo, señores, no ha de realizar tales
prodigios un vino de Jerez de buena y genuina procedencia? En él se
encuentran el alcohol legítimo y natural del vino con las sales que le
son propias; el tanino astringente y los éteres estimulantes, provocando
el apetito para la nutrición del cuerpo, y el sueño para su
restauración. Es, a la vez, un estimulante y un sedante, excelentes
condiciones que no se encuentran reunidas en ningún producto, que al
mismo tiempo sea, como el Jerez, grato al paladar y a la vista.
Calló un instante don Ramón para tomar aliento y recrearse en el eco de
su elocuencia, pero al instante prosiguió, mirando a Fermín fijamente,
como si éste fuese un enemigo difícil de convencer:
--Por desgracia, muchas gentes creen paladear el vino de Jerez cuando
beben inmundas sofisticaciones. En Londres, bajo el nombre de Jerez, se
venden líquidos heterogéneos. No podemos transigir con esta mentira,
señores. El vino de Jerez es como el oro. Podemos admitir que el oro sea
puro, de mediana o de baja ley, pero no podemos admitir que se llame oro
al -doublé-. Sólo es Jerez el vino que dan los viñedos jerezanos, que
recrían y añejan sus almacenistas y que exportan, bajo su honrada firma,
casas de intachable crédito, como por ejemplo la de Dupont Hermanos.
Ninguna casa puede compararse con ella: abarca todos los ramos; cultiva
la vid y elabora el mosto; almacena y añeja el vino; se dedica por si
misma a la exportación y a la venta, y además destila mostos, elaborando
su famoso cognac. Su historia abarca cerca de siglo y medio. Los Dupont
constituyen una dinastía; su fuerza no admite auxiliares ni asociados;
planta las vides en terrenos propios, y sus cepas han nacido antes en
viveros de Dupont. La uva se prensa en lagares de Dupont, y los toneles
en que fermenta el vino son fabricados por Dupont. En bodegas de Dupont
se añeja y envejece el vino bajo la vigilancia de un Dupont, y por
Dupont se encasca y se exporta sin la intervención de otro interesado.
Buscad, pues, los vinos legítimos de Dupont en la seguridad de que es la
casa que los conserva, puros y genuinos.
Fermín reía escuchando a su jefe, lanzado a escape por entre los
fragmentos de prospectos y reclamos, que conservaba en su memoria.
--¡Pero, don Ramón! ¡Si yo no he de comprar ni una botella!... ¡Si soy
de la casa!
El jefe del escritorio pareció despertar de su pesadilla oratoria, y rió
lo mismo que su subordinado.
--Tal vez habrás leído en las publicaciones de la casa mucho de esto,
pero convendrás conmigo en que no está mal del todo. Además--prosiguió
irónicamente,--los grandes hombres vivimos bajo el peso de nuestra
grandeza y como no podemos salir de ella, nos repetimos.
Miró las extensiones cubiertas de cepas, y continuó con un tono de
sincera alegría:
--Me satisface que se hayan replantado con vides americanas los grandes
claros que dejó la filoxera. Yo se lo aconsejé muchas veces a don
Pablo. Así aumentaremos dentro de poco la producción, y los negocios,
que marchan bien, aún irán mejor. Ya puede volver la plaga cuando
quiera: por aquí pasará de largo.
Fermín hizo un gesto que invitaba a la confianza.
--Con franqueza, don Ramón, ¿en quién cree usted más? ¿en la vid
americana, o en las bendiciones que ese padre les echará a las cepas?...
Don Ramón miró fijamente al joven como si quisiera verse en sus pupilas.
--¡Muchachito! ¡muchachito!--dijo con tono severo.
Después giró la vista en torno con cierta alarma, y continuó en voz baja
como si las cepas pudiesen oírle:
--Tú ya me conoces: te trato con confianza porque eres incapaz de andar
con soplos y porque has visto mundo y te has desasnado en el extranjero.
¿A qué me vienes con preguntas? Ya sabes que callo y dejo rodar las
cosas. No tengo derecho a más. La casa Dupont es mi refugio: si saliese
de ella, tendría que volver con toda mi prole a la miseria desesperada
de Madrid. Estoy aquí como un vagabundo que encuentra posada y toma
buenamente lo que le dan, sin permitirse criticar a sus bienhechores.
El recuerdo del pasado, con sus ilusiones y sus alardes de
independencia, despertaba en él cierto rubor. Para tranquilizarse a sí
mismo quería explicar el cambio radical de su vida.
--Me retiré, Fermín, y no me arrepiento. Aún quedan muchos de los que
fueron mis compañeros de miserias y entusiasmos, que siguen fieles al
pasado con una consecuencia que es testarudez. Pero ellos han nacido
para héroes y yo no soy más que un hombre que considera el comer como la
primera función de la vida... Además, me cansé de escribir por la gloria
y las ideas, de sudar para los demás y vivir en perpetua pobreza. Un día
me dije que sólo se puede trabajar para ser grande hombre o para comer.
Y como estaba convencido de que el mundo no podía sentir la más leve
emoción por mi retirada, ni había llegado a enterarse de que existo,
recogí los bártulos que yo titulaba ideales, me decidí a comer, y
aprovechando ciertos bombos dados por mí en los periódicos a la casa
Dupont, me metí en ello para siempre, y no puedo quejarme.
Don Ramón creyó ver en los ojos de Fermín cierta repugnancia por el
cinismo con que se expresaba y se apresuró a añadir:
--Yo soy quien soy, muchacho. Si me rascan, aparecerá el de antes.
Créeme: el que muerde la fatal manzana de que hablan esos señores amigos
de nuestro principal, no se quita jamás el gusto de los labios. Se
cambia de envoltura para seguir viviendo, pero de alma ¡nunca! El que
duda una vez, y razona y critica, ese ya no cree jamás como los devotos
sinceros; cree porque se lo aconseja la razón, o porque se lo imponen
sus conveniencias. Por esto, cuando veas a uno, como yo, hablar de fe y
de creencias, di que miente porque le conviene, o que se engaña a sí
mismo para proporcionarse cierta tranquilidad... Fermín, hijo mío; el
pan no me lo gano dulcemente, sino a costa de bajezas de alma, que me
dan vergüenza. ¡Yo, que en -mis tiempos- era de una altivez y una virtud
con púas de erizo!... Pero piensa que llevo a cuestas a mis hijas, que
quieren comer y vestir y todo lo demás que es necesario para atrapar a
un marido, y que mientras éste no se presente debo mantenerlas aunque
sea robando.
Don Ramón creyó ver de nuevo en su amigo un gesto de conmiseración.
--Despréciame cuanto quieras: los jóvenes no entendéis ciertas cosas;
podéis ser puros, sin que por esto sufran más que vuestras personas...
Además, muchacho; yo no estoy arrepentido de lo que llaman mi apostasía.
Soy un desengañado... ¿Sacrificarse por este pueblo? ¡Para lo que
vale!... He pasado media vida rabiando de hambre y esperando la -gorda-.
A ver, dime tú, ¿cuándo se ha levantado de veras este país? ¿Cuándo
hemos tenido una revolución?... La única de verdad fue el año 8, y si el
país se sublevó fue porque se le llevaban secuestrados unos cuantos
príncipes e infantes, que eran bobos de nacimiento y malvados por
instinto hereditario; y la bestia popular derramó su sangre para que
volviesen esos señores, que agradecieron tantos sacrificios enviando a
unos a presidio y a otros a la horca. ¡Famoso pueblo! Anda y sacrifícate
esperando algo de él... Después ya no se han visto revoluciones; todo
han sido pronunciamientos del ejército, motines por el medro o por
antagonismo personal, que si sirvieron de algo fue indirectamente, por
apoderarse de ellos las corrientes de opinión. Y como ahora los
generales ya no se sublevan, porque tienen todo lo que quieren, y cuidan
en lo alto de halagarles, aleccionados por la Historia, ¡se acabó la
revolución! Los que trabajan por ella sudan y se fatigan con tanto éxito
como si sacasen agua en espuertas... ¡Saludo a los héroes desde la
puerta de mi retiro!... pero no doy ni un paso para acompañarles. Yo no
pertenezco a su gloriosa clase; soy ave de corral tranquila y bien
cebada, y no me arrepiento de ello cuando veo a mi antiguo camarada
Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, vestido de invierno en el
verano, y de verano en invierno, comiendo pan y queso, con una celda
reservada en todos las cárceles de la Península y molestado a cada paso
por la vigilancia... Muy bonito; los periódicos publican el nombre del
héroe, tal vez la historia llegue a hablar de él, pero yo prefiero mi
mesa en el escritorio, mi sillón, que me hace pensar en los canónigos
reunidos en el coro, y la generosidad de don Pablo, que es espléndido
como un príncipe con los que saben llevarle el aire.
Fermín, molestado por el tono irónico con que aquel vencido, satisfecho
de su servidumbre, hablaba de Salvatierra, iba a contestarle, cuando en
lo alto de la explanada sonó la voz imperiosa de Dupont y las fuertes
palmadas del capataz llamando a su gente.
La campana lanzaba en el espacio el tercer toque. Iba a comenzar la
misa. Don Pablo, desde los peldaños de la capilla, abarcó en una mirada
a todo su rebaño y entró en ella con apresuramiento, pues quería
edificar a la gente ayudando la misa.
La muchedumbre de trabajadores llenó la capilla, permaneciendo todos de
pie, con un gesto hosco que hacía perder a Dupont, en ciertos momentos,
toda esperanza de que aquella gente agradeciese los cuidados que tenía
con sus almas.
Cerca del altar, sentadas en rojos sillones, estaban las señoras de la
familia, y detrás los parientes y los empleados. El ara estaba adornada
con hierbas del monte y flores del invernadero del hotel de los Dupont.
El acre perfume de los ramos silvestres, mezclábase con el olor de carne
fatigada y sudorosa que exhalaba el amontonamiento de los jornaleros.
De vez en cuando, María de la Luz abandonaba la cocina para correr a la
puerta de la iglesia y oír un -cachito de misa-. Empinándose sobre las
puntas de los pies, pasaba su vista por encima de todas las cabezas para
fijarse en Rafael, que estaba al lado del capataz, en las gradas que
conducían al altar, como una barrera entre el señorío y la pobre gente.
Luis Dupont, muy estirado, detrás del sillón de su tía, al ver a María
de la Luz la hizo varios gestos, llegando a amenazarla con la mano. ¡Ah,
maldito guasón! Siempre el mismo. Hasta el instante de la misa había
estado en la cocina importunándola con sus bromas, como si aún durasen
los juegos de la infancia. En algunos momentos había tenido que
amenazarle entre risueña y ofendida por tener las manos largas.
Pero María de la Luz no podía permanecer mucho tiempo en el mismo sitio.
La reclamaban las gentes de la cocina al no encontrar las cosas más
indispensables para sus guisos.
Avanzaba la misa. La señora viuda de Dupont enternecíase viendo la
humildad, la gracia cristiana con que su Pablo cambiaba de sitio el
misal o manejaba las vinajeras. ¡Un hombre que era el primer millonario
de su país, dando a los pobres este ejemplo de humildad para los
sacerdotes de Dios; sirviendo de acólito al padre Urizábal! Si todos los
ricos hiciesen lo mismo, de otro modo pensarían los trabajadores, que
sólo sienten odios y deseos de venganza. Y emocionada por la grandeza de
su hijo, bajaba los ojos suspirando, próxima a llorar.
Terminada la misa, llegó el momento de la gran ceremonia. Iban a ser
bendecidas las viñas para librarlas del peligro de la filoxera...
después de haberlas plantado de vid americana.
El señor Fermín salió apresuradamente de la capilla e hizo arrastrar
hasta la puerta varios serones que el día anterior habían traído de
Jerez. Estaban llenos de cirios, y el capataz fue distribuyéndolos entre
los viñadores.
Bajo la luz esplendorosa del sol comenzaron a brillar, como pinceladas
rojas y opacas, las llamas de la cera. Se formaron en dos filas los
jornaleros, y guiados por el señor Fermín, emprendieron una marcha
lenta, viña abajo.
Las señoras, agrupadas en la plazoleta, con todas sus criadas y María de
la Luz, contemplaban la salida de la procesión, el lento desfile de las
dos hileras de hombres, con la cabeza baja y el cirio en la mano, unos
con chaqueta de paño pardo, otros en cuerpo de camisa y un pañuelo rojo
al cuello, llevando todos su sombrero apoyado en el pecho.
El señor Fermín que iba a la cabeza de la procesión, estaba ya en mitad
de la cuesta, cuando apareció en la entrada de la capilla el grupo más
interesante; el padre Urizábal, con una capa de claveles rojos y dorados
deslumbrantes, y junto a él Dupont, empuñando su cirio como una espada,
mirando a todos lados imperiosamente, para que la ceremonia marchase
bien y no la desluciera el menor descuido.
Detrás, como un cortejo de honor, marchaban todos sus parientes y
empleados, con el gesto compungido. Luis era el que se mostraba más
grave. El se reía de todo, menos de las cosas de la religión, y esta
ceremonia le enternecía por su carácter extraordinario. Había recibido
una excelente enseñanza de los Padres de la Compañía. «Su fondo era
bueno», como decía don Pablo cuando le hablaban de las calaveradas de su
primo.
El padre Urizábal, abrió el libro que llevaba sobre el pecho, el -Ritual
Romano-, y comenzó a recitar la -Letanía de los Santos-, la Letanía
grande, como la titulan las gentes de la iglesia.
Dupont ordenó con el gesto a todos los que le rodeaban, que le siguiesen
fielmente en sus respuestas al sacerdote.
---¡Sancte Michael!-...
---Ora pro nobis---contestó el amo con voz firme, mirando a sus
acompañantes.
Estos repitieron las mismas palabras, y el -Ora pro nobis- se extendió
como un rugido, hasta la cabeza de la procesión, donde el señor Fermín,
parecía llevar el compás de tantas voces.
---¡Sancte Raphael!-...
---Ora pro nobis.-
---¡Omnes sancti Angeli et Archangeli!-...
Ahora, en vez de ser un santo el invocado, eran muchos, y Dupont erguía
su cabeza y gritaba más fuerte, para que todos se enterasen, no
cometiendo error en la respuesta.
---Orate pro nobis.-
Pero sólo los que rodeaban a don Pablo, podían seguir sus indicaciones.
El resto de la procesión avanzaba lentamente, saliendo de sus filas un
rugido cada vez más desgarrado con sonoridades burlescas y temblores
irónicos.
A las pocas frases de la letanía, los jornaleros, aburridos de la
ceremonia, con el cirio hacia abajo, contestaban automáticamente,
imitando unas veces el ruido del trueno y otras un chillido de vieja,
que hacía a muchos de ellos llevarse el sombrero a la cara.
---¡Sancte Jacobe!---cantaba el sacerdote.
---¡Nooobis!---rugían los viñadores, con burlescas inflexiones de voz,
sin perder la gravedad de sus caras atezadas.
---¡Sancte Barnaba!-...
---¡Obis! ¡obis!---contestaban a lo lejos los jornaleros.
El señor Fermín, aburrido también de la ceremonia, fingía enfadarse.
--¡A ver! ¡que haya formaliá!--decía encarándose con los más
audaces.--Pero, condenaos, ¿no véis que el amo va a conosé que le tomáis
er pelo?...
Pero el amo no se daba cuenta de nada, cegado por la emoción. La vista
de las dos filas de hombres marchando entre las cepas y el canto
reposado del sacerdote, conmovían su alma. Las llamas de los cirios
temblaban sin color y sin luz como fuegos fatuos retrasados en su viaje
nocturno y sorprendidos por el día: la capa del jesuita brillaba bajo
el sol como el caparazón de un insecto enorme, blanco y dorado. La
sagrada ceremonia conmovía a Dupont hasta el punto de agolpar las
lágrimas a sus ojos.
--Muy hermoso, ¿verdad?--suspiró en una pausa de la letanía, sin ver a
los que le rodeaban, dejando caer al azar la expresión de su entusiasmo.
--¡Sublime!--se apresuró a murmurar el jefe del escritorio.
--¡Primo... de chipén!--añadió Luis.--Esto parece una cosa de teatro.
Dupont, a pesar de su emoción no se olvidaba de marcar las respuestas de
la letanía ni de atender al cuidado del sacerdote. Le tomaba del brazo
para guiarle en las desigualdades del terreno; evitaba que su capa
enganchase en los sarmientos sus bordados de realce.
---¡Ab ira, et odio, et omni mala voluntate!...---cantaba el sacerdote.
Había que variar la respuesta, y Dupont, con todos los suyos,
contestaba:
---Libera nos, Domine.-
Mientras tanto, el resto de la procesión seguía respondiendo, con
irónica tenacidad, su -Ora pro nobis-.
---¡A spiritu fornicationis!---dijo el padre Urizábal.
---Libera nos, Domine---contestaron compungidos Dupont y todos los que
entendieron esta súplica al Altísimo, mientras una mitad de la
procesión rugía desde lejos:
---Nooobis... obis.-
El capataz marchaba ahora cuesta arriba, guiando su gente hacia la
explanada.
Formáronse en grupos los viñadores, en torno del aljibe, que elevaba
sobre la replaza su gran aro de hierro, rematado por una cruz. Al llegar
arriba el sacerdote con su séquito, Dupont abandonó el cirio para
arrebatar al gañán encargado del cuidado de la capilla, el hisopo y el
caldero de agua bendita. Él serviría de sacristán a su sabio amigo. Le
temblaban las manos de emoción al apoderarse de los sagrados objetos.
El capataz, y muchos de los viñadores, adivinando que había llegado el
momento supremo de la ceremonia, abrían desmesuradamente los ojos
esperando ver algo extraordinario.
Mientras tanto, el sacerdote volvía las hojas de su libro, sin encontrar
la oración apropiada al caso. El Ritual era minucioso. La Iglesia se
parapetaba en todas las avenidas de la vida: oraciones para las mujeres
de parto, para el agua, para las luces, para las casas nuevas, para
barcos recién construidos, para la cama de los desposados, para los que
parten de viaje, para el pan, para los huevos, para toda clase de
comestibles. Por fin, encontró en el Ritual lo que buscaba: -Benedictio
super fruges et vineas.-
Y Dupont sentía cierto orgullo al pensar que la Iglesia tenía su
oración en latín para las viñas, como si hubiese presentido a muchos
siglos de distancia que nacería en Jerez un siervo de Dios, gran
productor de vinos, que necesitaría de sus preces.
---Adjutorium nostrum in nomine Domine---dijo el sacerdote mirando a su
rico acólito con el rabillo del ojo, pronto a indicarle la respuesta.
---Qui fecit coelum et terram---contestó Dupont sin vacilar,
recordando las palabras cuidadosamente aprendidas.
Aún respondió a otras dos invocaciones del sacerdote, y éste fue leyendo
con lentitud el -Oremus-, pidiendo la protección de Dios para las viñas
y recomendándole que guardase sus uvas hasta la madurez.
---Per Christum Dominum nostrum...---terminó el jesuita.
---Amen---contestó Dupont con el rostro contraído, haciendo esfuerzos
para que no le saltasen las lágrimas.
El padre Urizábal empuñó el hisopo, humedeciéndolo en el calderillo y se
irguió como para dominar mejor la extensión de viñas que abarcaba su
vista desde la explanada.
---Asperges...---y musitando entre dientes el resto de la invocación,
echó delante de él una rociada en el espacio.
---Asperges... Asperges...---y dio hisopazos a derecha e izquierda.
Después, recogiéndose la capa y sonriendo a las señoras, con la
satisfacción del que da por terminado su trabajo, se dirigió a la
capilla seguido por el sacristán, portador otra vez del hisopo y el
caldero.
--¿Esto sa acabao?--preguntó flemáticamente al capataz, un viñador
viejo, de rostro grave.
--Sí: sa acabao.
--De modo, ¿que ya no tiene más que icir el pare cura?...
--Creo que no.
--Güeno... ¿Y podemos dirnos?
El señor Fermín, después de hablar con don Pablo, volvió hacia los
grupos de trabajadores, dando palmadas. ¡A volar! La fiesta había
terminado para ellos. Podían ir a la otra -misa-, a ver a sus mujeres;
pero a la noche todos en la viña para continuar el trabajo de buena
mañana.
--Llevaos las velas--añadió.--El señor os las regala para que vuestras
familias las guarden como recuerdo.
Los trabajadores comenzaron a desfilar ante Dupont, con sus cirios
apagados.
--Muchas gracias--decían algunos, llevándose la mano al sombrero.
Y el tono de su voz era tal, que no sabían los que rodeaban a Dupont si
éste llegaría a ofenderse.
Pero don Pablo aún estaba bajo la presión de sus emociones. Dentro de la
torre terminaban los preparativos del banquete, pero él no podría
comer. ¡Qué día, amigos! ¡Qué espectáculo sublime! Y mirando los
centenares de trabajadores que iban viña abajo, daba salida libre a sus
entusiasmos.
Allí acababa de verse una imagen de lo que debía ser la sociedad. Los
amos y los criados, los ricos y los pobres unidos todos en Dios,
amándose con fraternidad cristiana, conservando cada cual su jerarquía y
la parte de bienestar que el Señor hubiera querido concederles.
Los viñadores caminaban apresuradamente. Algunos corrían para
adelantarse a sus compañeros, llegando cuanto antes a la ciudad. Desde
la noche anterior que les esperaban en Jerez. Habían pasado la semana
pensando en el sábado, en la vuelta a casa, para sentir el calor de la
familia, después de seis días de amontonamiento.
Era el único consuelo del pobre, el triste descanso de una semana de
fatigas, y les habían robado una noche y una mañana. Sólo les quedaban
unas cuantas horas: así que anocheciese tenían que estar de vuelta en
Marchamalo.
Al salir de las tierras de Dupont y verse en la carretera, los hombres
rompieron a hablar. Detuviéronse un instante para fijar su vista en lo
alto de la colina, donde se destacaban las figuras de don Pablo y sus
empleados, empequeñecidas por la distancia.
Los viñadores más jóvenes miraban con desprecio el cirio regalado, y
apoyándolo cerca del vientre, lo movían con cinismo, apuntando a lo
alto.
--¡Pa ti!... ¡pa ti!...
Los viejos prorrumpían en amenazas sordas.
--¡Mala puñalá te den, beato roío! ¡Anda a que te... zurzan, ladrón!...
Y Dupont, desde lo alto, abarcaba en una mirada lacrimosa sus campos,
sus centenares de trabajadores que se detenían en el camino sin duda
para saludarle, y participaba su emoción a los allegados.
¡Un gran día, amigos míos! ¡Un espectáculo conmovedor! El mundo, para
marchar bien, debía organizarse con arreglo a las sanas tradiciones...
Lo mismo que su casa.
V
Un sábado por la tarde, Fermín Montenegro, al salir del escritorio
encontró a don Fernando Salvatierra.
El maestro dirigíase a las afueras de la ciudad para dar un largo paseo.
Trabajaba gran parte del día en traducciones del inglés o escribiendo
artículos para los periódicos de la -idea-; una faena que le producía lo
necesario para el pan y el queso, permitiéndole además auxiliar al
-compañero- que le alojaba en su casucha y a otros -compañeros- no menos
pobres que le asediaban con frecuencia, demandándole apoyo en nombre de
la solidaridad.
Su único placer, después del trabajo, era el paseo; pero un paseo de
horas, casi un viaje, hasta bien cerrada la noche, apareciendo
inesperadamente en cortijos situados a varias leguas de la ciudad.
Los amigos huían de acompañar en sus excursiones a aquel andarín ágil,
de piernas incansables, que proclamaba la marcha como el más eficaz de
los remedios, y hablaba de Kant, presentando como un ejemplo los paseos
de cuatro horas que daba el filósofo todos los días, llegando sano a una
extrema vejez gracias a este apacible ejercicio.
Salvatierra, al saber que Fermín no tenía ninguna ocupación inmediata,
le invitó a acompañarle. Iba hacia los llanos de Caulina. Le gustaba más
el camino de Marchamalo y estaba seguro de que su viejo camarada, el
capataz, le recibiría con los brazos abiertos; pero no ignoraba los
sentimientos de Dupont hacia él y quería evitarle un disgusto.
--Tú mismo, muchacho--continuó don Fernando,--te expones a un sermón, si
Dupont sabe que paseas conmigo.
Fermín hizo un movimiento de hombros. Estaba acostumbrado a los enfados
de su principal y a las pocas horas de escucharle ya no se acordaba de
sus palabras. Además, hacía tiempo que no había hablado con don Fernando
y le placía pasear con él en este suave atardecer de primavera.
Los dos salieron de la ciudad, y después de seguir las cercas de las
pequeñas viñas con sus casitas de recreo entre grupos de árboles, vieron
extenderse ante sus ojos las planicies de Caulina como una estepa verde.
Ni un árbol, ni un edificio. La llanura esparcíase hasta las montañas
que, esfumadas por la distancia, cerraban el horizonte; inculta,
salvaje, con la solemnidad monótona de la tierra abandonada.
Los hierbajos cubrían el suelo en apretadas marañas, matizando la
primavera su verde oscuro con el blanco y el rojo de las flores
silvestres. Las piteras y chumberas, plantas rudas y antipáticas de los
países abandonados, amontonaban en los bordes del camino una vegetación
puntiaguda y agresiva. Sus vástagos rectos y cimbreantes, con un pompón
de blancas cazoletas, sustituían a los árboles en aquella inmensidad
horizontal y monótona no cortada por ondulación alguna. Esparcidos a
largas distancias, apenas si se destacaban como negras verrugas los
chozones y ranchos de los pastores, hechos de ramaje y tan bajos de
techumbre que parecían viviendas de reptiles. Aleteaban las palomas
torcaces en el cielo alegre de la tarde. Las nubes se contorneaban con
un ribete de oro, reflejando el sol poniente.
Unos alambres interminables iban de poste en poste, casi a ras de
tierra, marcando los límites de la llanura, repartida en proporciones
gigantescas. Y en estos cercados de término indefinido, que no podían
abarcarse con los ojos, movíanse los toros con paso tardo, o permanecían
inmóviles en el suelo, empequeñecidos por la distancia, como caídos de
una caja de juguetes. El cencerro de los cabestros hacía palpitar con
lejana ondulación el silencio de la tarde, dando una nueva nota
melancólica al paisaje muerto.
--Mira, Fermín--dijo Salvatierra irónicamente.---¡Andalucía la alegre!-
¡Andalucía la fértil!...
Millares de hombres sufrían el tormento del hambre, víctimas del jornal,
por no tener campos que cultivar; y la tierra reservábase para las
bestias, en los alrededores de una ciudad civilizada. Pero no era el
buey pacífico que fabrica carne para el sustento del hombre, el animal
dominador de aquella llanura, sino el toro bravo que había de lidiarse
en los circos y cuya fiereza cultivaba el ganadero, esforzándose por
acrecentarla.
En la inmensa planicie, cabían holgadamente cuatro pueblos y podían
alimentarse centenares de familias; pero la tierra era de los animales,
cuyo salvajismo mantenía el hombre para solaz de los desocupados, dando
a su industria un carácter patriótico.
--Hay gentes visionarias--continuó Salvatierra--que sueñan con traer a
estas llanuras el agua que se pierde en las montañas y establecer en
tierras propias a toda la horda de desesperados que engañan el hambre
con el gazpacho de la gañanía. ¡Y esperan hacer esto dentro de la
organización existente! ¡Y aun muchos de ellos me llaman iluso!... El
rico tiene sus cortijos y sus viñas y necesita del hambre, que es su
aliada, para que le proporcione los esclavos del jornal. El ganadero,
por su parte, necesita mucha tierra inculta para criar sus fieras, que
la pagan no por su carne, sino en razón de su salvajismo. Y los
poderosos que poseen el dinero, tienen interés en que todo continúe lo
mismo, y así seguirá.
Salvatierra reía recordando lo que había oído sobre el progreso de su
país. En los cortijos se veían máquinas agrícolas de los más recientes
modelos, y los periódicos, pagados por los ricos, deshacíanse en elogios
de las grandes iniciativas de sus protectores en pro del desarrollo
agrícola. Mentira, todo mentira. La tierra se cultivaba peor que en
tiempo de los moros. Los abonos no se conocían: se hablaba de ellos con
desprecio, como invenciones modernas, contrarias a las buenas
tradiciones. El cultivo intensivo de otros pueblos era considerado como
un ensueño. Se araba a estilo bíblico; dejábase a la tierra que
produjera a su capricho, compensando lo débil de la cosecha con la gran
extensión de las propiedades y lo irrisorio del jornal.
Únicamente se habían aceptado los adelantos del progreso mecánico, como
una arma de combate contra el enemigo, contra el trabajador. En los
cortijos no existía otro utensilio moderno que las trilladoras. Eran la
artillería gruesa de la gran propiedad. La trilla al sistema antiguo,
con sus manadas de yeguas rodando en la era, duraba meses enteros, y los
gañanes escogían esta época para pedir algún mejoramiento, amenazando
con la huelga, que dejaba las cosechos a la intemperie. La trilladora,
que realizaba en dos semanas el trabajo de dos meses, daba al amo la
seguridad de la recolección. Además, ahorraba brazos y equivalía a una
venganza contra la gente levantisca y descontenta, que acosaba a las
personas decentes con sus imposiciones. Y en el -Círculo Caballista-
hablaban los grandes propietarios de los adelantos del país y de sus
máquinas, que sólo servían para recoger y asegurar las cosechas, nunca
para sembrarlas y fomentarlas, presentando hipócritamente este ardid de
guerra como un progreso desinteresado.
La gran propiedad empobrecía el país, manteniéndolo anonadado bajo su
brutal pesadumbre. La ciudad era la urbe del tiempo romano, rodeada de
leguas y más leguas de terreno, sin un pueblo, sin una aldea; sin otras
aglomeraciones de vida que los cortijos, con sus siervos del jornal,
mercenarios de la miseria, que se veían reemplazados apenas los
debilitaba la vejez o la fatiga; más tristes que el antiguo esclavo, que
al menos veía seguros hasta su muerte el techo y el pan.
La vida se concentraba en la ciudad, como si la guerra asolase los
campos y sólo dentro de sus muros se considerase segura. El antiguo
latifundo enseñoreado del suelo, poblaba la campiña de hordas cuando lo
exigían las faenas. Al terminar éstas, un silencio de muerte caía sobre
las inmensas soledades, retirándose las bandos de jornaleros a los
pueblos de la sierra, para maldecir de lejos a la ciudad opresora. Otros
mendigan en ella, viendo de cerca la riqueza de los amos, sus
ostentaciones bárbaras que incubaban en las almas de los pobres un deseo
de exterminio.
Salvatierra detenía el paso para volver la vista atrás y contemplar la
ciudad, que destacaba su blanco caserío, la arboleda de sus jardines
sobre el cielo rosa y oro de la puesta del sol.
--¡Ah, Jerez! ¡Jerez!--dijo el rebelde.--¡Ciudad de millonarios, rodeada
de una horda inmensa de mendigos!... Lo extraño es cómo estás ahí, tan
blanca y tan bonita, riendo de todas las miserias, sin que te hayan
prendido fuego...
La campiña dependiente de la ciudad, que abarcaba casi una provincia,
era de ochenta propietarios. En el resto de Andalucía ocurría lo mismo.
Muchas familias de rancia nobleza habían guardado la propiedad feudal,
las grandes extensiones adquiridas por sus ascendientes, con sólo
galopar, lanza en ristre, matando moros. Otras grandes propiedades
habían sido formadas por los compradores de bienes nacionales, o los
agitadores políticos del campo, que se cobraban sus servicios en las
elecciones haciéndose regalar por el Estado los montes y los terrenos
públicos, sobre los cuales vivían pueblos enteros. En ciertos sitios de
la sierra encontrábanse poblaciones abandonadas, con las casas
desplomándose, como si por ellas hubiese pasado una epidemia. El
vecindario había huido lejos, en busca de la servidumbre del jornal,
viendo convertirse en dehesa de un rico influyente los terrenos públicos
que daban el pan a sus familias.
Y esta pesadumbre de la propiedad, desmesurada y bárbara, aun se hacía
tolerable en ciertos lugares de Andalucía, por estar lejos los amos, por
vivir en Madrid de las rentas que les enviaban aparceros y
administradores, contentándose con el producto de unos bienes que no
habían visto y que por su extensión rendían mucho de todas suertes.
Pero en Jerez, el rico estaba sobre el pobre a todas horas, para hacerle
sentir su influencia. Era un centauro rudo, orgulloso de su fuerza, que
buscaba el combate, se embriagaba en él y gozaba desafiando la cólera
del hambriento, para domeñarle como a los potros salvajes en el
herradero.
--El rico de aquí es más gañán que el trabajador--decía Salvatierra.--Su
animalidad gallarda e impulsiva hace aún más dolorosa la miseria.
La riqueza era más visible allí que en otras partes. Los cultivadores
del vino, los dueños de bodegas, los exportadores, con sus fortunas
extraordinarias y sus despilfarros ostentosos, amargaban la pobreza de
los desgraciados.
--Los que dan dos reales a un hombre por el trabajo de todo un
día--continuó el revolucionario--pagan hasta cincuenta mil reales por un
caballo de fama. Yo he visto las gañanías y he visto muchas cuadras de
Jerez, donde guardan esas bestias que no son de utilidad, y sólo sirven
para halagar el orgullo de sus amos. Créeme, Fermín: hay en esta tierra
miles de seres racionales, que al acostarse con los huesos doloridos en
la esterilla del cortijo, quisieran despertar transformados en caballos.
Él no aborrecía absolutamente las grandes propiedades. Eran una
facilidad para el comunismo de la tierra, ensueño generoso cuya
realización creía muchas veces próxima. Cuanto más reducido fuese el
número de los propietarios del suelo, más fácilmente se resolvería el
problema e interesarían menos los lamentos de los desposeídos.
Pero la solución estaba lejos, y mientras tanto, indignábanle la
creciente miseria, la abyección moral de los siervos de la tierra. Le
asombraba la ceguera de las gentes felices aferradas al pasado. Dando la
posesión del suelo en pequeñas partes a los trabajadores, como en otras
comarcas de España, retardarían por siglos la revolución en los campos.
El pequeño cultivador que ama su pedazo de suelo como una prolongación
de la familia, es áspero y hostil a toda innovación revolucionaria, más
aún que el verdadero rico. Toda idea nueva la considera un peligro para
su pobre bienestar y la repele ferozmente. Dando a aquellas gentes la
posesión del suelo, se retrasaría el momento de la suprema Justicia con
que soñaba Salvatierra; pero aunque así fuese, su alma de bienhechor
consolábase pensando en los alivios momentáneos de la miseria. Surgirían
pueblos en las soledades, desaparecerían aquellos cortijos aislados, con
su aspecto huraño de cuartel o de presidio, y las bestias volverían a
la sierra, dejando el llano para el sustento del hombre.
Pero Fermín, al escuchar a su maestro, movía la cabeza con signos
negativos.
--Todo seguirá lo mismo--dijo el joven.--A los ricos no les importa nada
el porvenir, ni creen necesaria ninguna precaución para retardarlo.
Tienen los ojos en el cogote, y si algo ven, es hacia atrás. Mientras
los gobernantes surjan de su clase y tengan a su servicio los fusiles
que pagamos todos, se ríen de las rebeldías de abajo. Además, conocen a
la gente.
--Eso que tú dices--repuso Salvatierra;--conocen a la gente y no la
temen.
El revolucionario pensaba en el -Maestrico-, en aquel muchacho que había
visto escribir trabajosamente a la luz del candil, en la gañanía de
Matanzuela. Tal vez aquella alma simple contemplaba mejor el porvenir al
través de su sencilla fe, que él con su indignación, que ansiaba
destruir inmediatamente todo lo malo. Lo primero era crear hombres
nuevos, antes de ir a la supresión del mundo caduco. Y pensando en la
muchedumbre miserable y sin voluntad, hablaba con cierta tristeza.
--En vano se han intentado revoluciones en esta tierra. El alma de
nuestras gentes es la misma que en tiempo de los señoríos. Guardan en lo
más hondo la resignación del siervo.
Aquella tierra era la del vino, y Salvatierra, con su frialdad de
sobrio, maldecía la influencia que ejercía sobre la gente el veneno
alcohólico, transmitiéndose de generación en generación. La bodega era
la moderna fortaleza feudal que mantenía a las masas en la servidumbre y
la abyección. Los entusiasmos, los crímenes, la alegría, los amores,
todo era producto del vino, como si aquel pueblo, que aprendía a beber
apenas soltaba el pecho de la madre y contaba las horas del día por el
número de copas, careciera de pasiones y de afectos, fuese incapaz de
moverse y sentir por propio impulso, necesitando para todos sus actos el
resorte de la bebida.
Salvatierra hablaba del vino como de un personaje invisible y
omnipotente, que intervenía en todas las acciones de aquellos autómatas,
soplando en su pensamiento, limitado y vivaracho como el de un pájaro;
empujándolos lo mismo al desaliento, que a la desordenada alegría.
Los hombres inteligentes que podían servir de pastores a los de abajo,
mostraban en su juventud aspiraciones generosas, pero apenas entraban en
edad eran víctimas de la epidemia de la tierra: se convertían en
-manzanilleros- famosos, no logrando que funcionase su cerebro más que a
impulsos de la excitación alcohólica. En plena madurez mostrábanse
decrépitos, con las manos temblonas, casi paralíticos, los ojos
enrojecidos, la vista oscurecida y el pensamiento difuso, como si el
alcohol envolviese en nubes su cerebro. Y, víctimas alegres de esta
esclavitud, alababan aún el vino como el remedio más seguro para
fortalecer la vida.
El rebaño de la pobreza no podía gozar de este placer de los ricos; pero
lo envidiaba, soñando con la embriaguez como la mayor de las
felicidades. En sus momentos de cólera, de protesta, bastaba poner el
vino al alcance de sus manos para que todos sonriesen viendo dorada y
luminosa su miseria al través del vaso lleno de oro líquido.
--¡El vino!--exclamaba Salvatierra.--Ese es el mayor enemigo de este
país: mata las energías, crea engañosas esperanzas, acabo con la vida
prematuramente: todo lo destruye; hasta el amor.
Fermín sonreía escuchando a su maestro.
--¡No tanto, don Fernando!... Reconozco, sin embargo, que es uno de
nuestros males. Puede decirse que llevamos la afición en la sangre. Yo
mismo, confieso mi vicio: me gusta una copa ofrecida por los amigos...
Es la enfermedad de la tierra.
El revolucionario, arrastrado por el curso tumultuoso de sus
pensamientos, olvidaba el vino para arremeter contra otro enemigo: la
resignación ante la injusticia, la mansedumbre cristiana de los
desgraciados.
--Esa gente sufre y calla, Fermín, porque las enseñanzas que heredaron
de sus antecesores son más fuertes que sus cóleras. Pasan descalzos y
hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que murió por ellos, y
el rebaño miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin
cumplirse nada de lo que aquél prometió. Todavía las hembras, con el
femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran
sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para
siempre por el más colosal de los fracasos. Hay que gritarles: «No
pidáis a los muertos: secad vuestras lágrimas para buscar en los vivos
el remedio de vuestros males».
Salvatierra se exaltaba, elevando su voz en el silencio del crepúsculo.
El sol se había ocultado, dejando sobre la ciudad una aureola de
incendio. Por la parte de la sierra destacábase en un cielo de color de
violeta la primera estrella anunciadora de la noche. El revolucionario
la miraba, como si fuese el astro que había de guiar hacia más amplios
horizontes la muchedumbre del llanto y del dolor; la estrella de la
Justicia, alumbrando pálida e indecisa la lenta partida de los rebeldes,
y agrandándose hasta convertirse en un sol, así como se aproximaban a
ella, escalando alturas, aplastando privilegios, derribando dioses.
Los grandes ensueños de la Poesía acudían a la memoria de Salvatierra y
hablaba de ellos a su acompañante con la voz trémula y sorda de un
profeta en plena visión.
Un estremecimiento de las entrañas de la tierra había conmovido un día
al mundo antiguo. Los árboles gimieron en los bosques, agitando sus
melenas de hojas, como plañideras desesperadas; un viento fúnebre rizó
los lagos y la superficie azul y luminosa del mar clásico que había
arrullado durante siglos en las playas griegas los diálogos de los
poetas y los filósofos. Un lamento de muerte rasgó el espacio, llegando
a los oídos de todos los hombres. «-¡El gran Pan ha muerto!...-» Las
sirenas se sumergieron para siempre en las glaucas profundidades, las
ninfas huyeron despavoridas a las entrañas de la tierra para no volver
jamás, y los templos, blancos, que cantaban como himnos de mármol la
alegría de la vida bajo el torrente de oro del sol, se entenebrecieron,
sumiéndose en el silencio augusto de las ruinas. «Cristo ha nacido»,
gritó la misma voz. Y el mundo fue ciego para todo lo exterior,
reconcentrando su vista en el alma; y aborreció la materia como pecado
vil, y oprimió los sentimientos más puros de la vida, haciendo de su
amputación una virtud.
El sol siguió brillando, pero pareció menos luminoso a la humanidad,
como si entre ella y el astro se interpusiera un velo fúnebre. La
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