El -Madrileño- explicaba su plan. A la cárcel seguidamente: a sacar a
los compañeros presos. Allí se les uniría la tropa. Y Juanón, como si no
se pudiera ordenar nada que no fuese por su voz, repetía a gritos:
--¡A la cárcel, muchachos! ¡A salvar a nuestros hermanos!
Dieron un largo rodeo para entrar en la ciudad por una callejuela, como
si les avergonzase pisar las vías anchas y bien iluminadas. Muchos de
aquellos hombres habían estado en Jerez muy contadas veces, desconocían
las calles y seguían a sus conductores con la docilidad de un rebaño,
pensando con inquietud en el modo de salir de allí si les obligaban a
escapar.
La avalancha negra y muda avanzaba con sordo tropel de pasos que
conmovía el piso. Cerrábanse las puertas de las casas, apagábanse las
luces en las ventanas. Desde un balcón los insultó una mujer.
--¡Canallas! ¡Gentuza ordinaria! ¡Ojalá os ahorquen, que es lo que
merecéis!...
Y en los guijarros del pavimento, resonó el choque de una vasija de
barro rompiéndose, sin que los fragmentos alcanzasen a nadie. Era la
-Marquesita-, que desde el balcón del ganadero de cerdos, indignábase
contra aquella gentuza, antipática por su ordinariez, que osaba amenazar
a las personas decentes.
Sólo unos pocos levantaron la cabeza: Los demás siguieron adelante,
insensibles a la ridícula agresión, deseando llegar cuanto antes al
encuentro de los amigos. Los que eran de la ciudad reconocieron a la
-Marquesita-, y al alejarse contestaron sus insultos con palabras tan
clásicas como impúdicas. ¡Pero qué -punta- aquella! De no ir de prisa,
la hubieran dado una zurra por debajo de las enaguas...
La columna sufrió cierto reflujo al subir la cuesta que conducía a la
plaza de la Cárcel: el sitio de peor sombra de la ciudad. Muchos de los
rebeldes se acordaban de los camaradas de -La Mano Negra-: allí les
habían dado garrote.
La plaza estaba solitaria: el antiguo convento convertido en cárcel
tenía cerradas todas sus aberturas, sin una luz en las rejas. Hasta el
centinela se había ocultado detrás del gran portón.
Detúvose la cabeza de la columna al entrar en la plaza, resistiendo el
empujón de los que venían detrás. ¡Nadie! ¿Quién iba a ayudarles? ¿Dónde
estaban los soldados que debían unirse a ellos?...
No tardaron en saberlo. De una reja baja partió una llama fugaz, una
línea roja disolviéndose en humo. Un trallazo enorme y seco conmovió la
plaza. Después, otro y otro, hasta nueve, que a la gente, inmóvil por
la sorpresa, le parecieron infinitos en número. Era la guardia, que
hacía fuego antes de que ellos se pusieran delante de los fusiles.
La sorpresa y el terror dieron a algunos un cándido heroísmo. Avanzaban
gritando, con los brazos abiertos.
--¡No tiréis, hermanos, que nos han vendío!... ¡Hermanos: que no venimos
por la mala!...
Pero los hermanos eran duros de oreja, y seguían tirando. De pronto se
inició en la turba el pavor de la fuga. Corrieron todos cuesta abajo,
cobardes y valientes, empujándose unos a otros, atropellándose, como si
les azotasen las espaldas aquellos disparos que seguían conmoviendo la
plaza desierta.
Juanón y los más enérgicos, contuvieron al doblar una esquina el
torrente de hombres. Los grupos se rehicieron: pero más pequeños, menos
compactos. Ya no eran más que unos seiscientos hombres. El crédulo
caudillo blasfemaba con voz sorda.
--A ver: que venga el -Madrileño-: que nos explique esto.
Pero fue inútil buscarle. El -Madrileño- había desaparecido en la
dispersión, se había ocultado en las callejuelas al sonar los disparos,
como todos los que conocían la ciudad. Sólo quedaban al lado de Juanón
los que eran de la sierra y marchaban a tientas por las calles,
asombrados de ir de un lado a otro, sin ver a nadie, como si la ciudad
estuviese deshabitada.
--Ni Salvatierra está en Jerez, ni sabe nada de esto--dijo el
-Maestrico- a Juanón.--Me paece que nos la han dao.
--Lo mismo creo--contestó el atleta.--¿Y qué vamos a jacer? Ya que
estamos aquí, vámonos al centro de Jerez, a la calle Larga.
Emprendieron una marcha en desorden por el interior de la ciudad. Lo que
les tranquilizaba, infundiéndoles cierto valor, era no encontrar
obstáculos ni enemigos. ¿Dónde estaba la guardia civil? ¿Por qué se
ocultaba la tropa? El hecho de permanecer encerrada en sus
acuartelamientos, dejando la ciudad en poder de ellos, les infundía la
absurda esperanza de que aún era posible la aparición de Salvatierra, al
frente de las tropas sublevadas.
Llegaron sin ningún obstáculo a la calle Larga. Ninguna precaución a su
llegada. La vía estaba limpia de transeúntes; pero en los casinos los
balcones mostrábanse iluminados; los pisos bajos no tenían otro cierre
que las cancelas de cristales.
Los rebeldes pasaban ante las sociedades de los ricos lanzándolas
miradas de odio, pero sin detenerse apenas. Juanón esperaba un arrebato
de cólera del rebaño miserable: hasta se preparaba a intervenir con su
autoridad de jefe para aminorar la catástrofe.
--¡Esos son los ricos!--decían en los grupos.
--Los que nos engordan con gazpachos de perro.
--Los que nos roban. ¡Míalos cómo se beben nuestra sangre!...
Y después de una breve detención, seguían su desfile apresuradamente,
como si fuesen a alguna parte y temieran llegar con retraso.
Empuñaban las terribles podaderas, las hoces, las navajas... ¡Que
saliesen los ricos y verían cómo rodaban sus cabezas sobre el
adoquinado! Pero había de ser en la calle, pues todos ellos sentían
cierta repugnancia a empujar las cancelas, como si los cristales fuesen
un muro infranqueable.
Los largos años de sumisión y cobardía pesaban sobre la gente ruda al
verse frente a sus opresores. Además, les intimidaba la luz de la gran
calle, sus anchas aceras con filas de faroles, el resplandor rojo de los
balcones. Todos formulaban mentalmente la misma excusa para disculpar su
debilidad. ¡Si pillasen en campo raso a aquella gente!...
Al pasar frente al -Círculo Caballista-, aparecieron tras los cristales
varias cabezas de jóvenes. Eran señoritos que seguían con inquietud mal
disimulada el desfile de los huelguistas. Pero al verles pasar de largo,
mostraron cierta ironía en sus ojos, recobrando la confianza en la
superioridad de su casta.
--¡Viva la Revolución Social!--gritó el -Maestrico-, como si le doliese
pasar silencioso ante el nido de los ricos.
Los curiosos desaparecieron, pero al ocultarse reían, causándoles la
aclamación gran regocijo. ¡Mientras se contentasen con gritar!...
Llegaron en su marcha sin objeto a la plaza Nueva, y al ver que el jefe
se detenía, agrupáronse en torno de él, con la mirada interrogante.
--¿Y ahora qué hacemos?--preguntaron con inocencia.--¿Adónde vamos?
Juanón ponía un gesto feroz.
--Podéis diros donde queráis; ¡pa lo que hacemos!... Yo a tomar el
fresco.
Y arrebujándose en la manta, apoyó la espalda en la columna de un farol,
quedando inmóvil, en una actitud que revelaba desaliento.
La gente se esparció, dividiéndose en pequeños grupos. Improvisábanse
jefes, guiando cada uno a los camaradas en distinta dirección. La ciudad
era suya: ¡ahora comenzaba lo bueno! Aparecía el instinto atómico de la
raza, incapaz de acometer nada en conjunto, privada del valor colectivo,
y que únicamente se siente fuerte y emprendedora cuando cada individuo
puede obrar por inspiración propia.
La calle Larga se había oscurecido: los casinos estaban cerrados.
Después de la ruda prueba sufrida por los ricos, viendo pasar el desfile
amenazante, temían éstos un reculón de la fiera, arrepentida de su
magnanimidad, y todas las puertas se cerraban.
Un grupo numeroso se dirigió al teatro. Allí estaban los ricos, los
burgueses. Había que matarlos a todos: un drama de verdad. Pero al
llegar los jornaleros ante la puerta iluminada, detuviéronse con un
temor que tenía algo de religioso. Nunca habían entrado allí. El aire,
caliente, cargado de emanaciones de gas, y el rumor de innumerables
conversaciones que se escapaban por las rendijas de la cancela,
intimidábanles como la respiración de un monstruo oculto tras las
cortinas rojas del vestíbulo.
¡Que salieran! ¡que salieran y sabrían lo que era bueno!... ¿Pero,
entrar allí?...
Asomaron a la puerta varios espectadores, atraídos por la noticia de la
invasión que llenaba las calles. Uno de ellos, con capa y sombrero de
señorito, osó avanzar hasta aquellos hombres envueltos en mantas, que
formaban un grupo frente al teatro.
Cayeron sobre él, rodeándolo, con las podaderas y las hoces en alto,
mientras los otros espectadores huían, refugiándose en el teatro. ¡Ya
tenían, por fin, lo que buscaban! Era el burgués, el burgués ahíto, al
que había que sangrar, para que devolviese al pueblo toda la substancia
que había sorbido...
Pero el -burgués-, un joven robusto, de mirada tranquila y franca, les
contuvo con un gesto.
--¡Eh, compañeros! ¡Que soy un trabajador como vosotros!
--Las manos: a ver las manos--rugieron algunos braceros, sin abatir sus
armas amenazantes.
Y por entre los embozos de la capa, aparecieron unas manos fuertes,
cuadradas, con las uñas roídas por el trabajo. Uno tras otro, iban
aquellos hombres acariciando las palmas, apreciando sus duricias. Tenía
callos: era de los suyos. Y las armas amenazadoras volvían a ocultarse
bajo las mantas.
--Sí, soy de los vuestros--siguió diciendo el joven.--Soy carpintero,
pero me gusta vestir como los señoritos, y en vez de pasar la noche en
la taberna, la paso en el teatro. Cada cual tiene sus aficiones...
Esta decepción causó tal desaliento en los huelguistas, que muchos de
ellos se retiraron. ¡Cristo! ¿dónde se ocultaban los ricos?...
Marchaban por las calles anchas y por las callejuelas apartadas, en
pequeños grupos, deseando encontrar a alguien, para que les enseñase las
manos. Era el mejor medio de reconocer a los enemigos del pobre. Pero ni
con callos ni sin ellos, encontraban a nadie ante su paso.
La ciudad parecía desierta. La gente, viendo que la fuerza armada seguía
oculta en los cuarteles, corría a encerrarse en sus casas, exagerando la
importancia de la invasión, creyendo que eran millones de hombres los
que ocupaban las calles y los alrededores de la ciudad.
Un grupo de cinco braceros tropezó en una calleja con un señorito. Eran
de los más feroces de la banda; hombres que sentían una impaciencia
homicida, al ver que transcurrían las horas sin que corriese la sangre.
--Las manos; enséñanos las manos--rugieron rodeándole, elevando sobre su
cabeza las cuchillas cuadradas y relucientes.
--¡Las manos!--contestó de mal humor el joven, desembozándose.--¿Y por
qué he de enseñarlas? No me da la gana.
Pero uno de ellos le agarró los brazos con sus zarpas, y de un violento
tirón, le hizo enseñar las manos.
--¡No tié callos!--exclamaron con lúgubre alegría.
Y se hicieron un paso atrás, como para caer sobre él con mayor ímpetu.
Pero les detuvo la serenidad del joven.
--No tengo callos, ¿y qué? Pero soy un trabajador como vosotros. Tampoco
los tiene Salvatierra, ¡y para que seáis más revolucionarios que él!...
El nombre de Salvatierra pareció detener en lo alto las pesadas
cuchillas.
--Dejad al muchacho--dijo a espaldas de ellos la voz de Juanón.--Yo le
conozco y respondo de él. Es el amigo del compañero Fernando; es de la
-idea-.
Aquellos bárbaros abandonaron a Fermín Montenegro con cierta pena,
viendo malogrado su placer. La presencia de Juanón les imponía respeto.
Además, por el fondo de la calleja avanzaba otro joven. Aquel no sería
de la -idea-; algún retoño de burgués, que se retiraba a su casa.
Mientras Montenegro agradecía a Juanón su oportuna presencia, que le
salvaba de la muerte, verificábase un poco más allá el encuentro de los
braceros con el transeúnte.
--Las manos, burgués; enséñanos las manos.
El burgués era un adolescente pálido y desmedrado, un muchacho de
dieciséis años, con el traje raído, pero con gran cuello y vistosa
corbata; el lujo de los pobres. Temblaba de miedo al enseñar sus pobres
manos finas y anémicas, manos de escribiente encerrado a las horas de
sol en la jaula de una oficina. Lloraba, al excusarse con palabras
entrecortadas, mirando las podaderas con ojos de terror, como si le
hipnotizase el frío del acero. Venía del escritorio... había velado...
estaban en el trabajo del balance...
--Gano dos pesetas, señores... dos pesetas. No me peguen... me iré a
casa; mi madre me espera... ¡aaay!...
Fue un alarido de dolor, de miedo, de desesperación, que conmovió toda
la calle. Un aullido espeluznante, al mismo tiempo que estallaba algo
como una olla rota, y el joven caía de espaldas en el suelo.
Juanón y Fermín, estremecidos de horror, corrieron hacia el grupo,
viendo en el centro de él al muchacho, con la cabeza en un charco negro
que crecía y crecía, y las piernas estirándose y contrayéndose con el
estertor agónico. Una podadera le había abierto el cráneo, rompiendo los
huesos.
Los brutos parecían satisfechos de su obra.
--Mialo--decía uno de ellos.--¡El aprendiz de burgués! Se muere como un
pollo... Ya vendrán luego los maestros.
Juanón prorrumpió en blasfemias. ¿Esto era todo lo que sabían hacer?
¡Cobardes! Habían pasado ante los casinos, donde estaban los ricos, los
verdaderos enemigos, sin ocurrírseles más que dar voces, temiendo romper
los cristales que eran su única defensa. Sólo servían para asesinar a un
niño, a un trabajador como ellos, a un pobre -zagal- de escritorio, que
ganaba dos pesetas y tal vez mantenía a su madre.
Fermín llegó a temer que el atleta cayese navaja en mano sobre sus
compañeros.
--¡Aonde ir con estos brutos!--rugía Juanón.--Premita Dios u el demonio
que nos cojan a todos y nos ajorquen... Y a mí el primero, por bestia;
por haber creído que servíais pa algo.
El desdichado hombretón se alejó, queriendo evitar un choque con sus
feroces camaradas. Estos escaparon también, como si las palabras del
jayán les hubiesen devuelto la razón.
Montenegro, al verse solo frente al cadáver, tuvo miedo. Comenzaban a
crujir algunas ventanas después de la fuga precipitada de los matadores
y huyó, temiendo que le sorprendiesen los vecinos junto al muerto.
No se detuvo en su fuga hasta llegar a las calles grandes. Allí creía
estar mejor guardado de las fieras sueltas, que iban exigiendo que las
enseñasen las manos.
Al poco rato pareciole que la ciudad despertaba. Sonó a lo lejos un
estruendo que hacía temblar el suelo, y poco después pasó al trote un
escuadrón de lanceros por la calle Larga. Luego, al extremo de ésta,
brillaron las hileras de bayonetas y avanzó la infantería con rítmico
paso. Las fachadas de las grandes casas parecían alegrarse abriendo de
golpe sus puertas y balcones.
La fuerza armada extendíase por toda la ciudad. La luz de los faroles
hacía brillar los cascos de los jinetes, las bayonetas de los infantes,
los tricornios charolados de la guardia civil. En la penumbra se
destacaban las manchas rojas de los pantalones de la tropa y los
correajes amarillos de los guardias.
Los que habían contenido en el encierro a estas fuerzas, creían llegado
el momento de esparcirlas. Durante algunas horas, la ciudad se había
entregado, sin resistencia, fatigándose en una monótona espera por la
parsimonia de los rebeldes. Pero ya había corrido la sangre. Bastaba un
solo cadáver, el cadáver que justificaría las crueles represalias, para
que despertase la autoridad de su sueño voluntario.
Fermín pensaba, con honda tristeza, en el infeliz escribiente, tendido
allá en la callejuela, víctima explotada hasta en su muerte, que
facilitaba el pretexto buscado por los poderosos.
Comenzó por todo Jerez la cacería de hombres. Pelotones de guardia civil
y de infantería de línea, guardaban inmóviles la entrada de las calles,
mientras la caballería y fuertes patrullas de a pie ojeaban la ciudad,
deteniendo a los sospechosos.
Fermín iba de un lado a otro sin encontrar obstáculos. Su exterior era
de señorito, y la fuerza armada sólo daba caza a las mantas, a los
sombreros de campo, a los chaquetones rudos; a todos los que tenían
aspecto de trabajadores. Montenegro los veía pasar en fila, camino de la
cárcel, entre las bayonetas y las grupas de los caballos, unos abatidos,
como si les sorprendiese la aparición hostil de la fuerza armada «que
había de unirse a ellos»: otros, asombrados, no comprendiendo cómo las
cuerdas de presos despertaban tal alegría en la calle Larga, cuando
habían desfilado por ella horas antes como triunfadores, sin permitirse
el menor atropello.
Era un continuo transitar de gentes prisioneras, cogidas en el momento
en que intentaban salir de la población. Otros habían sido detenidos en
el refugio de las tabernas o tropezados al azar en aquel ojeo que
envolvía las calles.
Algunos eran de la ciudad. Habían salido de sus casas poco antes, al
ver terminada la invasión, pero su aspecto de pobres bastaba para que
los detuviesen como si fueran rebeldes. Y los grupos de prisioneros
pasaban y pasaban. La cárcel resultaba pequeña para tanta gente. Muchos
eran conducidos a los acuartelamientos de la tropa.
Fermín sentíase fatigado. Desde el anochecer que vagaba por Jerez en
busca de un hombre. La entrada de los huelguistas, la incertidumbre de
lo que podría resultar de esta aventura, le habían distraído durante
algunas horas, haciéndole olvidar sus asuntos. Pero ahora, finalizado el
suceso, sentía desvanecerse su excitación nerviosa y que el cansancio se
apoderaba de él.
Pensó por un momento en retirarse a su hospedaje. Pero sus asuntos no
eran de los que podían dejarse para el día siguiente. Era preciso
aquella misma noche, en seguida, terminar la cuestión que le hizo salir
como un loco del hotel de don Pablo, separándose de éste para siempre.
Volvió a vagar por las calles en busca de su hombre, sin fijarse ya en
las ristras de prisioneros que pasaban junto a él.
Cerca de la plaza Nueva ocurrió el deseado encuentro:
--¡Viva la guardia civil! ¡Vivan las personas decentes!...
Era Luis Dupont el que gritaba, en medio del silencio que imponían a la
ciudad tantos fusiles en sus calles. Iba borracho: bien a las claras lo
daban a entender sus ojos brillantes y su aliento fétido. Detrás de él
marchaban el -Chivo-, y un camarero de colmado, con vasos en las manos y
botellas en los bolsillos.
Luis, al reconocer a Fermín, se arrojó en sus brazos queriendo besarle.
¡Qué jornada! ¿eh?... ¡qué victoria! Y hablaba, como si fuese él solo
quien había puesto en dispersión a los huelguistas.
Al saber que la gentuza entraba en la ciudad, se había metido con su
valiente acólito en el colmado del -Montañés-, cerrando bien las puertas
para que nadie les estorbase. Había que hacer genio, beber un poco antes
de emprender la faena. Tiempo les quedaba para salir y hacer correr a
tiros a la canalla. Él y el -Chivo- se bastaban para ello. Convenía que
el enemigo se entretuviese y tomase confianza, hasta el momento oportuno
en que surgiesen ellos dos como ministros de la muerte. Y por fin,
habían salido con el revólver en una mano y el cuchillo en la otra: ¡-la
fin- del mundo!; pero con tan mala sombra, que encontraron ya las tropas
en las calles. Aun así, algo habían hecho.
--Yo--decía el borracho con orgullo--he ayudado a detener a más de una
docena. Además, he repartido no sé cuántas bofetadas entre esa gentuza,
que, luego de acorralada, aún hablaba mal de las personas decentes...
¡Buena tunda van a llevar!... ¡Viva la guardia civil! ¡Vivan los ricos!
Y como si estas aclamaciones le secasen el gaznate, hizo una seña al
-Chivo-, que acudió, presentando dos cañas de vino.
--Bebe--ordenó Luis a su amigo.
Fermín vaciló.
--No tengo ganas de beber--dijo con voz sorda.--Lo que deseo, es hablar
contigo, y en seguida. Hablar de algo muy interesante...
--Está bien: ya hablaremos--contestó el señorito sin dar importancia a
la petición.--Hablaremos tres días seguidos: pero primero hay que
cumplir el deber. Quiero obsequiar con una copa a todos los valientes
que conmigo han salvado a Jerez. Porque, créeme, Ferminillo, que soy yo,
sólo yo, quien ha resistido a esos pillos. Mientras las tropas estaban
en los cuarteles, yo estaba en mi sitio. ¡Me parece que la ciudad me lo
debe agradecer, haciéndome algo!...
Pasó un pelotón de jinetes, con los caballos al trote. Luis avanzó hacia
el oficial, llevando en alto una copa de vino; pero el militar pasó
adelante sin hacer caso del ofrecimiento, seguido de sus soldados, que
casi atropellaron al señorito.
Su entusiasmo no se enfrió por esta falta de atención.
--¡Olé, los jinetes garbosos!--dijo arrojando su sombrero a las patas
traseras de los caballos.
Y al recogerlo, cuadrose, y con gesto grave, llevándose una mano al
pecho, gritó:
--¡Viva el ejército!
Fermín no quería soltarlo, y armándose de paciencia le acompañó en su
excursión por las calles. Se detenía el señorito ante los grupos de
soldados, haciendo avanzar a sus dos acompañantes con toda la provisión
de botellas y copas.
--¡Olé los hombres valientes! ¡Viva la caballería... y la infantería...
y la artillería aunque no esté! Una copa, mi teniente.
Los oficiales, malhumorados por esta jornada estúpida, sin gloria y sin
peligro, repelían con un gesto severo al borracho. ¡Adelante! Allí nadie
bebía.
--Pues ya que no pueden ustedes beber--insistía el señorito con la
pesadez del ebrio--yo la beberé por ustedes. ¡A la salud de los hombres
guapos!... ¡Muera la pillería!
Un grupo de guardia civil atrajo su atención en una bocacalle. El
sargento que lo mandaba, un viejo de bigote duro y entrecano, tampoco
admitió el obsequio de Dupont.
--¡Olé los hombres con riñones! ¡Bendita sea la mamá de todos ustedes!
¡Viva la guardia civil! Van ustedes a tomarse una copa conmigo. -Chivo-,
sirve a estos caballeros.
El veterano volvió a excusarse. La ordenanza... el reglamento del
cuerpo... Pero su firme negativa la acompañaba con una sonrisa
bondadosa. Tenía enfrente a un Dupont; a uno de los más ricos de la
ciudad. El sargento le conocía, y a pesar de que momentos antes había
dado de culatazos a todos los que pasaban por la calle con trazas de
jornalero, toleraba resignado los brindis del señorito.
--¡Adelante, don Luis!--decía con tono de ruego.--Váyase usted a casa:
esta noche no es de alegrías.
--Bueno... me voy, respetable veterano. Pero antes me bebo otra copa...
y otra, tantas como son ustedes. Yo beberé, ya que no pueden ustedes
hacerlo por la pijotera ordenanza; y que les sirva de provecho... ¡A la
salud de todos ustedes! Choca, Fermín: choca tú, -Chivo-. Decid todos
conmigo: ¡Viva el tricornio!...
Se cansó por fin de ir de grupo en grupo sin que aceptasen sus
ofrecimientos y dio por terminada la expedición. Tenía tranquila la
conciencia: había obsequiado a todos los héroes que, secundando su
valor, salvaban la ciudad. Ahora a casa del -Montañés- a acabar la
noche.
Cuando Fermín se vio en un camarote del colmado ante nuevas botellas,
creyó llegado el momento de abordar su asunto.
--Yo tenía que hablarte de algo importante, Luis. Creo que te lo dije.
--Me acuerdo... tenías que hablarme... Habla cuanto quieras.
Estaba tan borracho, que se le cerraban los ojos y su voz gangueaba como
la de un viejo.
Fermín miró al -Chivo- que, como de costumbre, se había sentado al lado
de su protector.
--Tengo que hablarte, Luis, pero es de algo muy delicado... Sin
testigos.
--¿Lo dices por el -Chivo-?--exclamó Dupont abriendo los ojos.--El
-Chivo- soy yo: todo lo mío lo sabe él. Si viniese aquí mi primo Pablo a
hablarme de sus negocios, el -Chivo- se quedaría oyéndolo todo. ¡Habla
sin miedo, hombre! Este es un pozo para todo lo mío.
Montenegro se resignó a sufrir la presencia de aquel tagarote, no
queriendo demorar por sus escrúpulos la explicación deseada.
Habló a Luis con cierta timidez, velando su pensamiento, pesando bien
las palabras para que sólo pudieran entenderlas ellos dos, dejando al
matón en la ignorancia.
Si él le buscaba, ya podía figurarse para qué era... -Lo sabía todo.- El
recuerdo de lo ocurrido en la última noche de la vendimia en Marchamalo
no habría desaparecido seguramente de su memoria. Pues bien: él se
presentaba para que remediase el mal causado. Siempre le había tenido
por amigo y esperaba que como tal se portase... porque de no ser así...
El cansancio, la turbación nerviosa de una noche de emociones, no
permitieron a Fermín un largo disimulo, y la amenaza asomó a sus labios
al mismo tiempo que brillaba en sus ojos.
Las copas que llevaba bebidas le abrasaban el estómago, como si el vino
se transformase en veneno, por la repugnancia con que lo había tomado de
aquellas manos.
Dupont, oyendo a Montenegro, fingíase más ebrio de lo que realmente
estaba, para ocultar de este modo su turbación.
La amenaza de Fermín hizo abandonar al -Chivo- su mutismo. El
perdonavidas creyó oportuno el momento para una intervención aduladora.
--Aquí nadie amenaza, ¿sabe usté, pollo?... Donde esté el -Chivo- no hay
quien le diga ná a su señorito.
El joven saltó con arrogancia, fijando en la bestia siniestra una mirada
de reto.
--Usted se calla--dijo con imperio.--Usted se guarda la lengua en... el
bolsillo o donde le quepa. Usted no es nadie aquí; y para hablarme me
pide licencia.
Quedó indeciso el matón, como aplastado por la arrogancia del joven, y
antes de que pudiera reponerse de la acometida, añadió Fermín
dirigiéndose a Luis:
--¿Y eres tú ese que se cree tan valiente?... ¡Valiente, y vas a todas
partes con un acompañante, como los niños de la escuela! ¡Valiente, y ni
para hablar a solas con un hombre te separas de él! Merecías llevar
calzones cortos.
Dupont olvidó su embriaguez, la echó a un lado para erguirse ante el
amigo con toda la grandeza de su valor. ¡Hombre, justamente le hería en
su parte más sensible!...
--Ya sabes, Ferminillo, que soy más valiente que tú; y que todo Jerez me
tiene miedo. Vas a ver si necesito acompañantes. Tú, -Chivo-, ahueca.
El valentón se resistió, refunfuñando.
--¡Ahueca!--repitió el señorito, como si fuese a darle de patadas, con
la arrogancia de la impunidad.
El -Chivo- salió y los dos amigos volvieron a sentarse. Luis ya no
parecía ebrio: antes bien, hacía esfuerzos por mostrarse sereno,
abriendo los ojos desmesuradamente, como si intentase anonadar con la
mirada a Montenegro.
--Cuando te parezca--dijo con voz sorda, para inspirar mayor
pavor,--saldremos a matarnos. Aquí no, porque el -Montañés- es amigo y
no quiero comprometerlo.
Fermín levantó los hombros, como si despreciase esta comedia
terrorífica. Ya hablarían de matarse, pero después; según lo que
resultara de su conversación.
--Ahora al grano, Luis. Tú sabes el mal que has hecho. ¿Qué es lo que
piensas para remediarlo?
El señorito perdió de nuevo su serenidad al ver que Fermín abordaba
directamente el temido asunto. Hombre, a él no le correspondía toda la
culpa. Era el vino, la maldita juerga, la casualidad... el ser bueno en
demasía; pues de no haber estado en Marchamalo, cuidando los intereses
de su primo (que maldito si se lo agradecía), nada habría ocurrido.
Pero, en fin, el mal estaba hecho. Él era un caballero, se trataba de
una familia amiga y no huía la cara. ¿Qué deseaba Fermín?... Su fortuna,
su persona, todo estaba a su disposición. Creía lo más acertado que los
dos señalasen una cantidad, de común acuerdo: él la reuniría, fuese como
fuese, para darla a la chica como dote, y raro sería que con esto no
encontrase un buen marido.
¿Por qué ponía Fermín aquel gesto? ¿Había dicho él algún disparate?...
Pues si no le gustaba esta solución, tenía otra. María de la Luz podía
irse a vivir con él. Le pondría una gran casa en la ciudad, viviría como
una reina. A él le gustaba la muchacha: bastante sentía los desprecios
con que le había afligido después de aquella noche. Haría cuanto supiera
para que fuese feliz. Muchos ricos de Jerez vivían de este modo con sus
hembras, a las que todos respetaban como esposas legítimas; y si no
llegaban al matrimonio, era únicamente por ser de baja condición...
¿Tampoco le bastaba este arreglo? A ver: que propusiera algo Fermín, y
acabarían de una vez.
--Sí, hay que acabar de una vez--repitió Montenegro.--Menos palabras,
pues me duele hablar de esto. Lo que tú vas a hacer, es ir mañana a
avistarte con tu primo y decirle que, avergonzado de tu falta, te casas
con mi hermana, como debe hacerlo un caballero. Si él da su permiso,
mejor: si no lo da, es igual. Tú te casas, y procuras, corrigiéndote, no
hacer infeliz a tu mujer.
El señorito había echado atrás su silla, como escandalizado por lo
enorme de la pretensión.
--Hombre... ¡casarse nada menos! ¡Pues tú pides poco!...
Habló de su primo, augurando resueltamente su negativa. Él no podía
casarse. ¿Y su carrera? ¿Y su porvenir? Justamente, la familia, de
acuerdo con los Padres de la Compañía, andaba en tratos para su
matrimonio con una muchacha rica de Sevilla; antigua hija espiritual del
Padre Urizábal. Y bien lo necesitaba él, pues su fortuna estaba muy
resentida después de tantos despilfarros, y para su carrera política le
convenía ser rico.
--Casarme con tu hermana, no--terminó Dupont.--Eso es una locura,
Fermín; piénsalo bien: un disparate.
Fermín se exaltó al contestar. ¡Un disparate! conforme; pero lo era para
la pobre Mariquilla. ¡Vaya una fortuna! ¡Cargar con un hombre como él,
que era un saco de vicios, y no podía vivir ni con las mujerzuelas más
soeces de aquella tierra! Para María de la Luz, este casamiento
significaba un nuevo sacrificio: pero no había otro remedio que pasar
por él.
--¿Tú crees que yo tengo verdadero deseo de emparentar contigo y que
esto me da alegría?... Pues te equivocas. ¡Ojalá no hubieses tenido
nunca el mal pensamiento que ha hecho infeliz a mi hermana! A no existir
eso de por medio, no te aceptaría por cuñado, aunque llegases a
pedírmelo de rodillas, cargado de millones... Pero el mal está hecho y
hay que remediarlo del único modo que puede remediarse, aunque
reventemos todos de pena... Ya sabes que yo me río del matrimonio: es
una de las muchas pamplinas que existen en el mundo. Lo necesario para
ser felices, es el amor... y nada más. Yo puedo expresarme así porque
soy hombre; porque me cisco en la sociedad y en lo que diga la gente.
Pero mi hermana es mujer y necesita, para que la respeten, para vivir
tranquila, hacer lo que las demás mujeres. Tiene que casarse con el
hombre que ha abusado de ella, aunque no sienta ni una migaja de cariño.
Jamás volverá a hablar con su antiguo novio; sería una villanía el
engañarle. Podrás decir tú que siga soltera, ya que nadie conoce lo
ocurrido; pero todo lo que se hace se sabe. Tú mismo, si yo te dejara,
acabarías por revelar en una noche de borrachera, tu buena suerte, el
magnífico bocado que te tragaste en la viña de tu primo. ¡Cristo! eso,
no. Aquí no hay más arreglo que el casamiento.
Y con palabras cada vez más fuertes estrechaba a Luis, pretendiendo
obligarle a que aceptase su solución.
El señorito se defendía con la angustia del que se ve acorralado.
--Te ofuscas, Fermín--decía.--Yo veo más claro que tú...
Y para salir del paso, pretendía dejar la conversación para el día
siguiente. Examinarían con más claridad el asunto... El temor de verse
obligado a aceptar las proposiciones de Montenegro le hacía insistir en
su negativa. Todo menos casarse... No le era posible; le repudiaría su
familia, se reiría de él la gente; perdería su porvenir político.
Pero el hermano insistió con una firmeza que aterraba a Luis:
--Te casarás; no hay otro remedio. Harás lo que debes, o uno de nosotros
está de sobra en el mundo.
La manía de la guapeza reapareció en Luis. Se sentía fuerte pensando que
el -Chivo- estaba cerca, que tal vez oía sus palabras en el inmediato
corredor.
¿Amenazas a él? No había en todo Jerez quien se las dirigiera
impunemente. Y se llevaba la mano al bolsillo, acariciando el revólver
invicto que había estado próximo a salvar la ciudad, repeliendo él solo
toda la invasión. El contacto del cilindro del arma pareció comunicarle
nuevos bríos.
--¡Ea! se acabó. Haré lo que buenamente pueda para quedar bien, como un
caballero que soy. Pero no me caso, ¿lo entiendes? No me caso... Además,
¿por qué he de ser yo el culpable?
El cinismo brillaba en sus ojos. Fermín apretaba los dientes y hundía
sus manos en los bolsillos, haciéndose atrás, como si temiese las
palabras crueles que iban a salir de la boca del señorito.
--¿Y tu hermana?--prosiguió.--¿No tiene ella la culpa? Tú eres un
infeliz, un chiquillo. Créeme; a la que no quiere, no la fuerzan. Yo soy
un perdido, conforme; pero tu hermana... tu hermana es algo...
Dijo la palabra insultante, pero apenas si se oyó.
Fermín abalanzose a él con tal ímpetu, que rodaron las sillas y tembló
la mesa, deslizándose con el empujón hasta la pared. Llevaba en una mano
la navaja de Rafael, el arma que había olvidado dos días antes el
aperador en aquel mismo colmado.
El revólver del señorito quedó asomando a la abertura del bolsillo, sin
que la mano tuviese fuerzas para tirar de él.
Vaciló Dupont sobre sus pies, sonó un ronquido de bestia degollada; un
estertor que aceleró los borbotones del chorro negro que salía de su
cuello, como un caño roto.
Y acabó por desplomarse de bruces, con gran estrépito de botellas y
copas que le siguieron en su caída, como si el vino quisiera mezclarse
con la sangre.
X
Tres meses iban transcurridos desde que el señor Fermín abandonó la viña
de Marchamalo, y sus amigos apenas si le reconocían, viéndole sentado al
sol, en la puerta de la miserable casucha que habitaba con su hija en un
arrabal de Jerez.
--¡Pobre señó Fermín!--decían las gentes al verle.--No es ni su sombra.
Había caído en un mutismo cercano a la imbecilidad. Permanecía horas
enteras inmóvil, con la cabeza abatida, como si le abrumasen los
recuerdos. Cuando su hija se aproximaba a él para hacerle entrar en la
casa o anunciarle que la comida estaba en la mesa, parecía despertar,
darse cuenta de lo que le rodeaba, y sus ojos seguían a la muchacha con
una mirada severa.
--¡Mala mujer!--murmuraba.--¡Jembra mardita!
Ella, sólo ella, era la culpable de la desgracia que pesaba sobre la
familia.
Su cólera de padre a uso antiguo, incapaz de ternura y de perdón, su
orgullo viril que le había hecho considerar siempre a la hembra como un
ser inferior, incapaz de otra cosa que de causar al hombre inmensos
daños, perseguían a la pobre María de la Luz. También ella estaba
desmejorada, pálida, flacucha, con los ojos agrandados por las huellas
del llanto.
Tenía que hacer prodigios de economía en la nueva existencia que llevaba
con su padre en aquella casucha. Y encima de las estrecheces y
preocupaciones de la miseria, había de sufrir el reproche mudo de los
ojos de su padre, el rezo de maldiciones sordas con que parecía azotarla
cada vez que se aproximaba, arrancándolo de sus reflexiones.
El señor Fermín vivía con el pensamiento puesto en la lúgubre noche de
la invasión de los huelguistas.
Para él nada había ocurrido después, que fuese importante. Le parecía
estar oyendo aún el retemblar de las puertas de Marchamalo, una hora
antes de amanecer, bajo los golpes furiosos de un desconocido. Se
levantaba con la escopeta preparada y abría una reja... Pero era su
hijo, su Fermín, sin sombrero, con las manos manchadas de sangre y un
rasguño en la cara, como si hubiese luchado con mucha gente.
Las palabras fueron pocas. Había matado al señorito Luis, y después se
había abierto paso hiriendo al matón que le acompañaba. Aquel rasguño
insignificante era un testimonio de la pelea. Tenía que huir, ponerse
en salvo inmediatamente. Los enemigos pensarían seguramente que estaba
en Marchamalo, y al amanecer, los caballos de la guardia civil trotarían
por la cuesta de la viña.
Fue un momento de loca agitación que el pobre viejo creyó interminable.
¿Adónde ir?... Sus manos abrían los cajones de la cómoda, revolviendo
las ropas. Buscaba sus ahorros.
--Toma, hijo mío: tómalo todo.
Y le llenaba los bolsillos de duros, de pesetas, de toda la plata
enmohecida por el encierro, reunida lentamente en el curso de los años.
Cuando creyó haberle dado bastante, le sacó de la viña. ¡A correr! Aún
era de noche y podían pasar por fuera de Jerez sin que les viesen. El
viejo tenía su plan. Había que buscar a Rafael en Matanzuela. El mozo
aún conservaba sus amistades con los antiguos camaradas de contrabando,
y él le llevaría por los senderos extraviados de la sierra hasta
Gibraltar. Allí podía embarcarse para cualquier punto: el mundo es
grande.
Y durante dos horas, el padre y el hijo habían marchado casi corriendo,
sin sentir cansancio, aguijoneados por el miedo, saliéndose del camino
cada vez que sonaba a lo lejos un rumor de voces, un galope de caballo.
¡Ay, el viaje cruel con sus dolorosas sorpresas! Esto era lo que le
había matado. Al hacerse de día, en mitad de la marcha, vio a su hijo,
con cara de moribundo, manchado de sangre, con todo el aspecto de un
asesino que huye. Le dolía contemplar a su Fermín en tal estado, pero el
caso no era para desesperarse. Al fin, era un hombre, y los hombres
matan muchas veces sin dejar de ser honrados. Pero cuando su hijo le
explicó en pocas palabras por qué había matado, creyó perder la vida; le
temblaron las piernas y hubo de hacer un esfuerzo para no quedarse
tendido en medio de la carretera. ¡Era Mariquita, su hija, la que había
provocado todo aquello! ¡Ah, perra maldita! Y al pensar en la conducta
del muchacho, le admiraba, agradeciendo su sacrificio con toda su alma
de hombre rudo.
--Fermín, hijo mío... has hecho bien. No había otro remedio que la
venganza. Tú eres el mejor de la familia. Mejor que yo, que no he sabido
guardar a una moza.
La entrada en Matanzuela fue trágica: Rafael quedó absorto de sorpresa.
Habían matado a su señorito, ¡y era él, Fermín, quien lo había hecho!
Montenegro se impacientaba. Quería que lo condujese a Gibraltar, sin ser
visto de nadie. Menos palabras. ¿Estaba dispuesto a salvarle, o se
negaba a ello? El aperador, por toda respuesta, ensilló su jaca
valiente, y otro de los caballos del cortijo. Iba a llevarle en seguida
a la sierra, y una vez allí, se encargarían otros de él.
El viejo los vio alejarse a todo galope, y emprendió su regreso,
encorvado por repentina vejez, como si toda su vida se fuera con su
hijo.
Luego su existencia había transcurrido como entre las nieblas de un
ensueño. Recordaba que abandonó espontáneamente Marchamalo, para
refugiarse en el arrabal, en la casucha de una parienta de su mujer. Él
no podía seguir en la viña después de lo ocurrido. Entre su familia y la
del amo había sangre, y antes que se lo echasen en cara debía huir.
Don Pablo Dupont hizo llegar hasta él ofrecimientos de limosna para
sostener su vejez, aunque le consideraba el principal culpable de todo
lo ocurrido, por no haber enseñado a sus hijos religión. Pero el viejo
rehusó todo socorro. Muchas gracias, señor: admiraba su caridad, pero
moriría de hambre, antes que aceptar una moneda de los Dupont.
Algunos días después de lo fuga de Fermín, vio llegar a su ahijado
Rafael. Se hallaba sin colocación: había abandonado el cortijo. Venía a
decirle que Fermín estaba en Gibraltar, y que un día de aquellos se
embarcaría para la América del Sur.
--También a ti--dijo el viejo con tristeza--te ha picado la mardita
bicha, que nos emponzoña a toos.
El mocetón estaba triste, desalentado. Hablando con el viejo en la
puerta de la casucha, miraba adentro con cierta inquietud, como si
temiese la aparición de María de la Luz. En la huida a la sierra, Fermín
se lo había contado todo... todo.
--¡Ay, padrino! ¡y qué gorpe me han dao! Yo creo que voy a morir... ¡Y
no poer vengarme! ¡Irse del mundo aquel sinvergüensa, sin que yo le
metiese una puñalá! ¡No poer resucitarlo pa volverle a matar!...
¡Cuántas veces se habrá burlao el ladrón, viéndome hecho un bobo, sin
saber lo que ocurría!...
En su tristeza de macho fuerte, lo que más le desesperaba era lo
ridículo de su situación, al servir a aquel hombre. Lloraba porque su
mano no había sido la ejecutora de la venganza.
Ya no quería trabajar. ¿De qué servía el ser bueno? Iba a volver a la
vida del contrabando. ¿Mujeres?... para un rato, y después tratarlas a
golpes como bestias impúdicas y sin corazón... Quería declararle la
guerra a medio mundo, a los ricos, a los que gobernaban, a los que
infundían miedo con sus fusiles, y eran la causa de que los pobres
fuesen pisoteados por los poderosos. Ahora que la gente pobre de Jerez
andaba loca de terror, y trabajaba en el campo sin levantar la vista del
suelo, y la cárcel estaba llena, y muchos que antes querían tragárselo
todo iban a misa para evitar sospechas y persecuciones, ahora empezaba
él. Iban a ver los ricos qué fiera habían echado al mundo, por destrozar
uno de ellos sus ilusiones.
Lo del contrabando era para entretenerse. Más adelante, cuando
recogiesen las cosechas, prendería fuego a los pajares, incendiaría los
cortijos, envenenaría los ganados de las dehesas. Los que estaban en la
cárcel, esperando el momento del suplicio, Juanón, el -Maestrico- y los
otros desgraciados que morirían en garrote, iban a tener un vengador.
Si encontraba hombres con bastante corazón para seguirle, formaría una
partida de a caballo, dejando como un niño de teta a José María el
-Tempranillo-. Por algo conocía la sierra. Ya podían prepararse los
ricos. Abriría en canal a los malos, y los buenos sólo podrían salvarse
dándole dinero para los pobres.
Exaltábase al desahogar su cólera con estas amenazas. Hablaba de hacerse
bandolero, con el entusiasmo que desde la niñez sienten los jinetes
rústicos por los aventureros de carretera. Para él, todo hombre ofendido
sólo podía buscar su venganza haciéndose ladrón.
--Me matarán--continuaba--pero antes de que me maten, diga usted,
padrino, que habré acabao con medio Jerez.
Y el viejo, que participaba de las mismas preocupaciones que el mozo,
aprobaba con la cabeza. Hacía bien. De ser él joven y fuerte, tendría un
compañero más en la partida.
Rafael ya no volvió. Huía de que el demonio le pusiera enfrente de María
de la Luz. Al verla, podía matarla o podía echarse a llorar como un
chiquillo.
De vez en cuando, llegaba en busca del señor Fermín alguna gitano
viejo, algún mochilero de los que vendían, en cafés y casinos, su exiguo
cargamento de tabaco.
--Abuelo, esto es para usted... De parte de Rafaé.
Era dinero que le enviaba el contrabandista y que el viejo entregaba
silencioso a su hija. El muchacho jamás se presentaba. De tarde en tarde
aparecía en Jerez, y esto bastaba para que el -Chivo- y otros acólitos
del difunto Dupont, se ocultaran en sus casas, evitando el mostrarse en
las tabernas y cafetines frecuentados por el contrabandista. ¡Aquel
-gachó- venía con las de Caín, y les guardaba ojeriza, por su antigua
amistad con el señorito! Y no es que le tuviesen miedo. Ellos eran
valientes... pero de ciudad, y no iban a medirse con un bruto, que se
pasaba la semana durmiendo en la sierra con los lobos.
El señor Fermín dejaba transcurrir el tiempo mostrándose insensible a
cuanto le rodeaba, a cuanto se decía cerca de él.
Un día, el triste silencio de la ciudad le sacó por unas horas de su
anonadamiento. Iban a dar garrote a cinco hombres por la invasión de
Jerez. El proceso había marchado de prisa: el castigo era urgente para
que las personas de bien se tranquilizasen.
La entrada de los trabajadores rebeldes se abultaba al transcurrir el
tiempo, como una revolución llena de horrores. El miedo hacía enmudecer.
Los mismos que habían visto desfilar a los huelguistas sin intento
alguno de hostilidad por delante de las casas de los ricos, aceptaban en
silencio el inaudito castigo.
Se hablaba de dos muertos en aquella noche, uniendo el señorito ebrio
con el infeliz escribiente. Fermín Montenegro era perseguido por
homicidio; su proceso seguíase aparte, pero nada perdía la sociedad con
exagerar los sucesos, poniendo un muerto más en la cuenta de los
revolucionarios.
Habían sido condenados muchos a presidio. La sentencia derramaba cadenas
con una prodigalidad aterradora sobre el mísero rebaño, que parecía
preguntarse con asombro qué era lo que había hecho en aquella noche. De
los condenados a muerte, dos eran los asesinos del jovenzuelo del
escritorio: los otros tres iban al suplicio en clase de peligrosos, por
hablar, por amenazar, por creer fieramente que tenían derecho en el
mundo a una parte de felicidad.
Mucha gente guiñaba los ojos con malicia al saber que el -Madrileño-, el
iniciador de la entrada en la ciudad, sólo iba a presidio por algunos
años. Juanón y su camarada el de Trebujena esperaban resignados el
último suplicio. No querían vivir, les daba asco la vida después de las
amargas decepciones de la noche famosa. El -Maestrico- abría con asombro
sus ojos cándidos de doncella, como resistiéndose a creer en la maldad
de los hombres. ¡Necesitaban su vida porque era un ser peligroso, porque
soñaba con la utopia de que la sabiduría de los menos pasase a ser de
la inmensa masa de los infelices, como un instrumento de redención! Y
poeta sin conocerlo, su espíritu, encerrado en ruda envoltura,
esparcíase con el fuego de la fe, consolando la angustia de sus últimos
momentos con la esperanza de que otros llegaban detrás -empujando-, como
él decía, y que esos otros acabarían por arrollarlo todo con la fuerza
de la cantidad, como las gotas de agua que forman la inundación. Les
mataban porque eran pocos. Algún día serían tantos, que los fuertes,
cansados de asesinar, aterrados por la inmensidad de su tarea
sangrienta, acabarían por desalentarse, entregándose vencidos.
El señor Fermín no percibió de este suplicio más que el silencio de la
ciudad, que parecía avergonzada; el gesto de miedo de los pobres; la
sumisión cobarde con que hablaban de los señores.
A los pocos días olvidó por completo este suceso. Llegó una carta a sus
manos: era de su hijo, de su Fermín. Estaba en Buenos Aires y le
escribía mostrando cierta confianza en su porvenir. Los primeros tiempos
eran duros, pero en aquellas tierras, con el trabajo y la constancia,
era casi seguro el triunfo, y él abrigaba la certeza de que marcharía
adelante.
Desde entonces, el señor Fermín tuvo una ocupación y sacudió el marasmo
en que le había sumido el dolor. Escribía a su hijo y esperaba sus
cartas. ¡Cuán lejos estaba! ¡Si él pudiese ir allá!...
Otro día le agitó una nueva sorpresa. Sentado al sol, a la puerta de su
casa, vio la sombra de un hombre inmóvil junto a él. Levantó la cabeza y
dio un grito. ¡Don Fernando!... Era su ídolo, el buen Salvatierra, pero
envejecido, más triste, con la mirada apagada tras las gafas azules,
como si pesasen sobre él todas las desgracias y las iniquidades de la
ciudad.
Le -habían soltado-, le dejaban vivir libremente, sabiendo, sin duda,
que en ninguna parte encontraría un rincón para hacer su nido; que sus
palabras iban a perderse sin eco en el silencio del terror.
Al presentarse en Jerez, los amigos antiguos huían de él, no queriendo
comprometerse. Otros le miraban con odio, como si desde su forzado
destierro fuese responsable de todos los sucesos.
Pero el señor Fermín, el antiguo camarada, no era de éstos. Al verle se
incorporó, cayendo en sus brazos, con ese estertor de los fuertes que se
ahogan sin poder llorar.
--¡Ay, don Fernando!... ¡Don Fernando!...
Salvatierra le consoló. Lo sabía todo. ¡Valor! Era un víctima de la
corrupción social, contra la que tronaba él con sus ardores de asceta.
Aún podía comenzar de nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es
grande. Donde su hijo encontrase la existencia, también podría buscarla
él.
Y Salvatierra volvió algunas mañanas a visitar a su viejo compañero. De
pronto, se ausentó. Decían unas veces que estaba en Cádiz, otras que en
Sevilla, vagando por aquella tierra andaluza, que guardaba con los
recuerdos de sus heroísmos y sus generosidades, los restos del único ser
cuyo amor había endulzado su existencia.
No podía vivir en Jerez. Los poderosos le miraban con ojos de reto, como
si fuesen a arrojarse sobre él; los pobres le huían, evitando su trato.
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