espada, y que la guerra, como decía nuestro gran Treitschke, es la más
alta forma del progreso.
Otra vez sonrió con una expresión feroz. La moral, según él, debía
existir entre los individuos, ya que sirve para hacerlos más obedientes
y disciplinados. Pero la moral estorba á los gobiernos, y debe
suprimirse como un obstáculo inútil. Para un Estado no existe la verdad
ni la mentira: sólo reconoce la conveniencia y la utilidad de las cosas.
El glorioso Bismarck, para conseguir la guerra con Francia, base de la
grandeza alemana, no había vacilado en falsificar un despacho
telegráfico.
--Y reconocerás que es el héroe más grande de nuestros tiempos. La
Historia mira con bondad su hazaña. ¿Quién puede acusar al que
triunfa?... El profesor Hans Delbruck ha escrito con razón: «¡Bendita
sea la mano que falsificó el telegrama de Ems!»
Convenía que la guerra surgiese inmediatamente, ahora que las
circunstancias resultaban favorables para Alemania y sus enemigos vivían
descuidados. Era la guerra preventiva recomendada por el general
Bernhardi y otros compatriotas ilustres. Resultaba peligroso esperar á
que los enemigos estuvieran preparados y fuesen ellos los que la
declarasen. Además, ¿qué obstáculos representaban para los alemanes el
derecho y otras ficciones inventadas por los pueblos débiles para
sostenerse en su miseria?... Tenían la fuerza, y la fuerza crea leyes
nuevas. Si resultaban vencedores, la Historia no les pediría cuentas por
lo que hubiesen hecho. Era Alemania la que pegaba, y los sacerdotes de
todos los cultos acabarían por santificar con sus himnos la guerra
bendita, si es que conducía al triunfo.
--Nosotros no hacemos la guerra por castigar á los servios regicidas, ni
por libertar á los polacos y otros oprimidos de Rusia, descansando luego
en la admiración de nuestra magnanimidad desinteresada. Queremos hacerla
porque somos el primer pueblo de la tierra y debemos extender nuestra
actividad sobre el planeta entero. La hora de Alemania ha sonado. Vamos
á ocupar nuestro sitio de potencia directora del mundo, como la ocupó
España en otros siglos, y Francia después, é Inglaterra actualmente. Lo
que esos pueblos alcanzaron con una preparación de muchos años lo
conseguiremos nosotros en cuatro meses. La bandera de tempestad del
Imperio va á pasearse por mares y naciones: el sol iluminará grandes
matanzas... La vieja Roma, enferma de muerte, apellidó bárbaros á los
germanos que le abrieron la fosa. También huele á muerto el mundo de
ahora, y seguramente nos llamará bárbaros... ¡Sea! Cuando Tánger y
Tolón, Amberes y Calais, estén sometidos á la barbarie germánica, ya
hablaremos de eso más detenidamente... Tenemos la fuerza, y el que la
posee no discute ni hace caso de palabras... ¡La fuerza! Esto es lo
hermoso: la única palabra que suena brillante y clara... ¡La fuerza! Un
puñetazo certero, y todos los argumentos quedan contestados.
--Pero ¿tan seguros estáis de la victoria?--preguntó Desnoyers--. A
veces, el destino ofrece terribles sorpresas. Hay fuerzas ocultas con
las que no contamos y que trastornan los planes mejores.
La sonrisa del doctor fué ahora de soberano menosprecio. Todo estaba
previsto y estudiado de larga fecha, con el minucioso método germánico.
¿Qué tenían enfrente?... El enemigo más temible era Francia, incapaz de
resistir las influencias morales enervantes, los sufrimientos, los
esfuerzos y las privaciones de la guerra; un pueblo debilitado
físicamente, emponzoñado por el espíritu revolucionario, y que había ido
prescindiendo del uso de las armas por un amor exagerado al bienestar.
--Nuestros generales--continuó--van á dejarla en tal estado, que jamás
se atreverá á cruzarse en nuestro camino.
Quedaba Rusia, pero sus masas amorfas eran lentas de reunir y difíciles
de mover. El Estado Mayor de Berlín lo había dispuesto todo
cronométricamente para el aplastamiento de Francia en cuatro semanas,
llevando luego sus fuerzas enormes contra el Imperio ruso, antes de que
éste pudiese iniciar su acción.
--Acabaremos con el oso, luego de haber matado al gallo--afirmó el
profesor victoriosamente.
Pero adivinando una objeción de su primo, se apresuró á continuar:
--Sé lo que vas á decirme. Queda otro enemigo: uno que no ha saltado
todavía á la arena, pero que aguardamos todos los alemanes. Ese nos
inspira más odio que los otros porque es de nuestra sangre, porque es un
traidor á la raza... ¡Ah, cómo lo aborrecemos!
Y en el tono con que dijo estas palabras latían una expresión de odio y
un deseo de venganza que impresionaron á los dos oyentes.
--Aunque Inglaterra nos ataque--prosiguió Hartrott--, no por esto
dejaremos de vencer. Este adversario no es más temible que los otros.
Hace un siglo que reina sobre el mundo. Al caer Napoleón, recogió en el
Congreso de Viena la hegemonía continental, y se batirá por conservarla.
Pero ¿qué vale su energía?... Como dice nuestro Bernhardi, el pueblo
inglés es un pueblo de rentistas y de -sportsmen-. Su ejército está
formado con los detritus de la nación. El país carece de espíritu
militar. Nosotros somos un pueblo de guerreros, y nos será fácil vencer
á los ingleses, debilitados por una falsa concepción de la vida.
El doctor hizo una pausa y añadió:
--Contamos además con la corrupción interna de nuestros enemigos, con su
falta de unidad. Dios nos ayudará sembrando la confusión en estos
pueblos odiosos. No pasarán muchos días sin que se vea su mano. La
revolución va á estallar en Francia al mismo tiempo que la guerra. El
pueblo de París levantará barricadas en las calles: se reproducirá la
anarquía de la Commune. Túnez, Argel y otras posesiones van á sublevarse
contra la metrópoli.
Argensola creyó del caso sonreir con una incredulidad agresiva.
--Repito--insistió Hartrott--que este país va á conocer revoluciones
aquí é insurrecciones en sus colonias. Sé bien lo que digo... Rusia
tendrá igualmente su revolución interior, revolución con bandera roja,
que obligará al zar á pedirnos gracia de rodillas. No hay mas que leer
en los periódicos las recientes huelgas de San Petersburgo, las
manifestaciones de los huelguistas con pretexto de la visita del
presidente Poincaré... Inglaterra verá rechazadas por las colonias sus
peticiones de apoyo. La India va á sublevarse contra ella y Egipto cree
llegado el momento de su emancipación.
Julio parecía impresionado por estas afirmaciones, formuladas con una
seguridad doctoral. Casi se irritó contra el incrédulo Argensola, que
seguía mirando al profesor insolentemente y repetía con los ojos: «Está
loco: loco de orgullo.» Aquel hombre debía tener serios motivos para
formular tales profecías de desgracia. Su presencia en París, por lo
mismo que era inexplicable para Desnoyers, daba á sus palabras una
autoridad misteriosa.
--Pero las naciones se defenderán--arguyó éste á su primo--. No será tan
fácil la victoria como crees.
--Sí, se defenderán. La lucha va á ser ruda. Parece que en los últimos
años Francia se ha preocupado de su ejército. Encontraremos cierta
resistencia; el triunfo resultará más difícil, pero venceremos...
Vosotros no sabéis hasta dónde llega la potencia ofensiva de Alemania.
Nadie lo sabe con certeza más allá de sus fronteras. Si nuestros
enemigos la conociesen en toda su intensidad, caerían de rodillas,
prescindiendo de sacrificios inútiles.
Hubo un largo silencio. Julius von Hartrott parecía abstraído. El
recuerdo de los elementos de fuerza acumulados por su raza le sumía en
una especie de adoración mística.
--La victoria preliminar--dijo de pronto--hace tiempo que la hemos
obtenido. Nuestros enemigos nos aborrecen, y sin embargo nos imitan.
Todo lo que lleva la marca de Alemania es buscado en el mundo. Los
mismos países que intentan resistir á nuestras armas copian nuestros
métodos en sus universidades y admiran nuestras teorías, aun aquellas
que no alcanzaron éxito en Alemania. Muchas veces reímos entre nosotros,
como los augures romanos, al apreciar el servilismo con que nos
siguen... ¡Y luego no quieren reconocer nuestra superioridad!
Por primera vez Argensola aprobó con los ojos y el gesto las palabras de
Hartrott. Exacto lo que decía: el mundo era víctima de la «superstición
alemana». Una cobardía intelectual, el miedo al fuerte, hacía admirar
todo lo de procedencia germánica, sin discernimiento alguno, en bloque,
por la intensidad del brillo: el oro revuelto con el talco. Los llamados
latinos, al entregarse á esta admiración, dudaban de las propias fuerzas
con un pesimismo irracional. Ellos eran los primeros en decretar su
muerte. Y los orgullosos germanos no tenían mas que repetir las palabras
de estos pesimistas para afirmarse en la creencia de su superioridad.
Con el apasionamiento meridional, que salta sin gradación de un extremo
á otro, muchos latinos habían proclamado que en el mundo futuro no
quedaba sitio para las sociedades latinas, en plena agonía, añadiendo
que sólo Alemania conservaba latentes las fuerzas civilizadoras. Los
franceses, que gritan entre ellos, incurriendo en las mayores
exageraciones, sin darse cuenta de que hay quien les escucha al otro
lado de las puertas, habían repetido durante muchos años que Francia
estaba en plena descomposición y marchaba á la muerte. ¡Por qué se
indignaban luego ante el menosprecio de los enemigos!... ¡Cómo no habían
de participar éstos de sus creencias!...
El profesor, interpretando erróneamente la aprobación muda de aquel
joven que hasta entonces le había escuchado con sonrisa hostil, añadió:
--Hora es ya de hacer en Francia el ensayo de la cultura alemana,
implantándola como vencedores.
Aquí le interrumpió Argensola: «¿Y si la cultura alemana no existiese,
como lo afirma un alemán célebre?» Necesitaba contradecir á este pedante
que los abrumaba con su orgullo. Hartrott casi saltó de su asiento al
escuchar tal duda.
--¿Qué alemán es ese?
--¡Nietzsche!
El profesor le miró con lástima. Nietzsche había dicho á los hombres:
«Sed duros», afirmando que «una buena guerra santifica toda causa».
Había alabado á Bismarck; había, tomado parte en la guerra del 70; había
glorificado al alemán cuando hablaba del «león risueño» y de la «fiera
rubia». Pero Argensola le escuchó con la tranquilidad del que pisa un
terreno seguro. ¡Oh tardes de plácida lectura junto á la chimenea del
estudio, oyendo chocar la lluvia en los vidrios del ventanal!...
--El filósofo ha dicho eso--contestó--y ha dicho otras cosas diferentes,
como todos los que piensan mucho. Su doctrina es de orgullo, pero de
orgullo individual, no de orgullo de nación ni de raza. El habló siempre
contra «la mentirosa superchería de las razas».
Argensola recordaba palabra por palabra á su filósofo. Una cultura,
según éste, era «la unidad de estilo en todas las manifestaciones de la
vida». La ciencia no supone cultura. Un gran saber puede ir acompañado
de una gran barbarie, por la ausencia de estilo ó la confusión caótica
de todos los estilos. Alemania, en opinión de Nietzsche, no tenía
cultura propia por su carencia de estilo. «Los franceses--había
dicho--están á la cabeza de una cultura auténtica y fecunda, sea cual
sea su valor, y hasta el presente todos hemos tomado de ella.» Sus odios
se concentraban sobre su propio país. «No puedo soportar la vida en
Alemania. El espíritu de servilismo y mezquinería penetra por todas
partes... Yo no creo mas que en la cultura francesa, y todo lo demás que
se llama Europa culta me parece una equivocación. Los raros casos de
alta cultura que he encontrado en Alemania eran de origen francés.»
--Ya sabe usted--continuó Argensola--que, al pelearse con Wágner por el
exceso de germanismo en su arte, proclamó la necesidad de
-mediterranizar en música-. Su ideal fué una cultura para toda Europa,
pero con base latina.
Julius von Hartrott contestó desdeñosamente, repitiendo las mismas
palabras del español. Los hombres que piensan mucho dicen muchas cosas.
Además, Nietzsche era un poeta que había muerto en plena demencia, y no
figuraba entre los sabios de la Universidad. Su fama la habían labrado
en el extranjero... Y no volvió á ocuparse más de aquel joven, como si
se hubiese evaporado después de sus atrevidas objeciones. Toda su
atención la concentraba ahora en Desnoyers.
--Este país--continuó--lleva la muerte en sus entrañas. ¿Cómo dudar de
que surgirá en él una revolución apenas estalle la guerra?... Tú no has
presenciado las agitaciones del bulevar con motivo del proceso Cailloux.
Reaccionarios y revolucionarios se han insultado hasta hace tres días.
Yo he visto cómo se desafiaban con gritos y cánticos, cómo se golpeaban
en medio de la calle. Y esta división de opiniones aún se acentuará más
cuando nuestras tropas crucen las fronteras. Será la guerra civil. Los
antimilitaristas claman, creyendo que está en manos de su gobierno el
evitar el choque... ¡País degenerado por la democracia y por la
inferioridad de su celtismo triunfante, deseoso de todas las
libertades!... Nosotros somos el único pueblo libre de la tierra, porque
sabemos obedecer.
La paradoja hizo sonreir á Julio. ¡Alemania único pueblo libre!...
--Así es--afirmó con energía von Hartrott--. Tenemos la libertad que
conviene á un gran pueblo: la libertad económica é intelectual.
--¿Y la libertad política?...
El profesor acogió esta pregunta con un gesto de menosprecio.
--¡La libertad política!... Únicamente los pueblos decadentes é
ingobernables, las razas inferiores, ansiosas de igualdad y confusión
democrática, hablan de libertad política. Los alemanes no la
necesitamos. Somos un pueblo de amos, que reconoce las jerarquías y
desea ser mandado por los que nacieron superiores. Nosotros tenemos el
genio de la organización.
Este era, según el doctor, el gran secreto alemán, y la raza germánica,
al apoderarse del mundo, haría partícipes á todos de su descubrimiento.
Los pueblos quedarían organizados de modo que el individuo diese el
máximum de su rendimiento en favor de la sociedad. Los hombres
regimentados para toda clase de producciones, obedeciendo como máquinas
á una dirección superior y dando la mayor cantidad posible de trabajo:
he aquí el estado perfecto. La libertad era una idea puramente negativa
si no iba acompañada de un concepto positivo que la hiciese útil.
Los dos amigos escucharon con asombro la descripción del porvenir que
ofrecía al mundo la superioridad germánica. Cada individuo sometido á
una producción intensiva, lo mismo que un pedazo de huerta del que desea
sacar el dueño el mayor número de verduras... El hombre convertido en un
mecanismo... nada de operaciones inútiles que no proporcionan un
resultado inmediato... ¡Y el pueblo que proclamaba este ideal sombrío
era el mismo de los filósofos y los soñadores, que habían dado á la
contemplación y la reflexión el primer lugar en su existencia!...
Hartrott volvió á insistir en la inferioridad de los enemigos de su
raza. Para luchar se necesitaba fe, una confianza inquebrantable en la
superioridad de las propias fuerzas.
--A estas horas, en Berlín todos aceptan la guerra, todos creen seguro
el triunfo, ¡mientras que aquí!... No digo que los franceses sientan
miedo. Tienen un pasado de bravura que los galvaniza en ciertos
momentos. Pero están tristes, se adivina que harían cualquier sacrificio
por evitar lo que se les viene encima. El pueblo gritará de entusiasmo
en el primer instante, como grita siempre que lo llevan á su perdición.
Las clases superiores no tienen confianza en el porvenir; callan ó
mienten, pero en todos se adivina el presentimiento del desastre. Ayer
hablé con tu padre. Es francés y es rico. Se muestra indignado contra
los gobiernos de su país porque le comprometen en conflictos europeos
por defender á pueblos lejanos y sin interés. Se queja de los patriotas
exaltados, que han mantenido abierto el abismo entre Alemania y Francia,
impidiendo una reconciliación. Dice que Alsacia y Lorena no valen lo que
costará una guerra en hombres y dinero... Reconoce nuestra grandeza:
asegura que hemos progresado tan aprisa, que jamás podrán alcanzarnos
los demás pueblos... Y como tu padre piensan muchos otros: todos los que
se hallan satisfechos de su bienestar y temen perderlo. Créeme: un país
que duda y teme la guerra, está vencido antes de la primera batalla.
Julio mostró cierta inquietud, como si pretendiese cortar la
conversación.
--Deja á mi padre. Hoy dice eso porque la guerra no es todavía un hecho,
y él necesita contradecir, indignarse con todo lo que se halla á su
alcance. Mañana tal vez dirá lo contrario... Mi padre es un latino.
El profesor miró su reloj. Debía marcharse: aún le quedaban muchas cosas
que hacer antes de dirigirse á la estación. Los alemanes establecidos en
París habían huído en grandes bandas, como si circulase entre ellos una
orden secreta. Aquella tarde iban á partir los últimos que aún se
mantenían en la capital ostensiblemente.
--He venido á verte por afecto de familia, porque era mi deber darte un
aviso. Tú eres extranjero y nada te retiene aquí. Si deseas presenciar
un gran acontecimiento histórico, quédate. Pero mejor será que te
marches. La guerra va á ser dura, muy dura, y si París intenta
resistirse como la otra vez, presenciaremos cosas terribles. Los medios
ofensivos han cambiado mucho.
Desnoyers hizo un gesto de indiferencia.
--Lo mismo que tu padre--continuó el profesor--. Anoche, él y tu familia
me contestaron de igual modo. Hasta mi madre prefiere quedarse al lado
de su hermana, diciendo que los alemanes son muy buenos, muy civilizados
y nada puede temerse de ellos cuando triunfen.
Al doctor parecía molestarle esta buena opinión.
--No se dan cuenta de lo que es la guerra moderna, ignoran que nuestros
generales han estudiado el arte de reducir al enemigo rápidamente y que
lo emplearán con un método implacable. El terror es el único medio, ya
que perturba la inteligencia del contrario, paraliza su acción,
pulveriza su resistencia. Cuanto más feroz sea la guerra, más corta
resultará: castigar con dureza es proceder humanamente. Y Alemania va á
ser cruel, con una crueldad nunca vista, para que no se prolongue la
lucha.
Había abandonado su asiento, requiriendo el bastón y el sombrero de
paja. Argensola le miraba con franca hostilidad. El profesor, al pasar
junto á él, sólo hizo un rígido y desdeñoso movimiento de cabeza.
Luego se dirigió hacia la puerta, acompañado por su primo. La despedida
fué breve.
--Te repito mi consejo. Si no amas el peligro, márchate. Puede ser que
me equivoque, y esta gente, convencida de que su defensa resulta inútil,
se entregue buenamente... De todos modos, pronto nos veremos. Tendré el
gusto de volver á París cuando la bandera del Imperio flote sobre la
torre Eiffel. Asunto de tres ó cuatro semanas. A principios de
Septiembre, con seguridad.
Francia iba á desaparecer; para el doctor, era indudable su muerte.
--Quedará París--añadió--, quedarán los franceses, porque un pueblo no
se suprime fácilmente; pero ocuparán el lugar que les corresponde.
Nosotros gobernaremos el mundo: ellos se cuidarán de inventar modas,
harán agradable la vida del extranjero que los visite, y en el terreno
intelectual les estimularemos para que eduquen actrices bonitas,
produzcan novelas entretenidas y discurran comedias graciosas... Nada
más.
Desnoyers rió mientras estrechaba la mano de su primo, fingiendo tomar
sus palabras como paradojas.
--Hablo en serio--continuó Hartrott--. La última hora de la República
francesa como nación importante ha sonado. La he visto de cerca, y no
merece otra suerte. Desorden y falta de confianza arriba; entusiasmo
estéril abajo.
Al volver la cabeza vió otra vez la sonrisa de Argensola.
--Y nosotros entendemos un poco de esto--añadió agresivamente--. Estamos
acostumbrados á examinar los pueblos que fueron, á estudiarlos fibra por
fibra, y podemos conocer con una sola ojeada la psicología de los que
aún viven.
El bohemio creyó ver á un cirujano hablando con suficiencia de los
misterios de la voluntad ante un cadáver. ¡Qué sabía de la vida este
pedante interpretador de documentos muertos!...
Cuando se cerró la puerta fué al encuentro de su amigo, que volvía
desalentado. Argensola ya no tenía por loco al doctor Julius von
Hartrott.
--¡Qué bruto!--exclamó levantando los brazos--. ¡Y pensar que viven
sueltos estos fabricantes de sombríos errores!... Quién diría que son de
la misma tierra que produjo á Kant el pacifista, al sereno Goethe, á
Beethoven... Haber creído tantos años que formaban una nación de
soñadores y filósofos ocupados en trabajar desinteresadamente por todos
los hombres...
La farsa de un geógrafo alemán revivió en su memoria como una
explicación: «El germano es un bicéfalo. Con una cabeza sueña y poetiza,
mientras con la otra piensa y ejecuta.»
Desnoyers se mostraba desesperado por la certidumbre de la guerra. Este
profesor le parecía más temible que el consejero y los otros burgueses
alemanes que había conocido en el buque. Su tristeza no era únicamente
por el pensamiento egoísta de que la catástrofe iba á estorbar la
realización de sus deseos y los de Margarita. Descubría de pronto, en
esta hora de incertidumbre, que amaba á Francia. Veía en ella la patria
de su padre y el país de la gran Revolución... El, aunque no se había
mezclado nunca en las luchas de la política, era republicano y había
reído muchas veces de ciertos amigos suyos que adoraban á reyes y
emperadores, considerando esto como un signo de distinción.
Argensola pretendió reanimarle.
--¡Quién sabe! Este es un país de sorpresas. Al francés hay que verlo á
la hora en que procura remediar sus imprevisiones. Diga lo que diga el
bárbaro de tu primo, hay entusiasmo, hay orden... Peor que nosotros
debieron verse los que vivían días antes de lo de Valmy. Todo
desorganizado: como única defensa, batallones de obreros y campesinos
que por primera vez tomaban un fusil. Y sin embargo, la Europa de las
viejas monarquías no supo cómo librarse durante veinte años de estos
guerreros improvisados.
V
Donde aparecen los cuatro jinetes
Los dos amigos vivieron en los días siguientes una vida febril,
considerablemente agrandada por la rapidez con que se sucedían los
acontecimientos. Cada hora engendraba una novedad--las más de las veces
falsa--, que removía la opinión con rudo vaivén. Tan pronto el peligro
de la guerra aparecía conjurado, como circulaba la voz de que la
movilización iba á ordenarse dentro de unos minutos.
Veinticuatro horas representaban las inquietudes, la ansiedad, el
desgaste nervioso de un año normal. Y lo que agravaba más esta situación
era la incertidumbre, la espera del acontecimiento temido y todavía
invisible, la angustia por el peligro que nunca acaba de llegar.
La Historia se extendía desbordada fuera de sus cauces, sucediéndose los
hechos como los oleajes de una inundación. Austria declaraba la guerra á
Servia, mientras los diplomáticos de las grandes potencias seguían
trabajando por evitar el conflicto. La red eléctrica tendida en torno
del planeta vibraba incesantemente en la profundidad de los océanos y
sobre el relieve de los continentes, transmitiendo esperanzas ó
pesimismos. Rusia movilizaba una parte de su ejército. Alemania, que
tenía sus tropas prontas con pretexto de maniobras, decretaba el estado
de «amenaza de guerra». Los austriacos, sin aguardar las gestiones de la
diplomacia, iniciaban el bombardeo de Belgrado. Guillermo II, temiendo
que la intervención de las potencias solucionase el conflicto entre el
zar y el emperador de Austria, forzaba el curso de los acontecimientos
declarando la guerra á Rusia. Luego, Alemania se aislaba, cortando las
líneas férreas y las líneas telegráficas para amasar en el misterio sus
fuerzas de invasión.
Francia presenciaba esta avalancha de acontecimientos, sobria en
palabras y manifestaciones de entusiasmo. Una resolución fría y grave
animaba á todos interiormente. Dos generaciones habían venido al mundo
recibiendo al abrir los ojos de la razón la imagen de una guerra que
forzosamente llegaría alguna vez. Nadie la deseaba: la imponían los
adversarios... Pero todos la aceptaban, con el firme propósito de
cumplir su deber.
París callaba durante el día con el enfurruñamiento de sus
preocupaciones. Sólo algunos grupos de patriotas exaltados, siguiendo
los tres colores de la bandera, pasaban por la plaza de la Concordia
para dar vivas ante la estatua de Estrasburgo. Las gentes se abordaban
en las calles amistosamente. Todos se conocían sin haberse visto nunca.
Los ojos atraían á los ojos; las sonrisas parecían engancharse
mutuamente con la simpatía de una idea común. Las mujeres estaban
tristes, pero hablaban fuerte para ocultar sus emociones. En el largo
crepúsculo de verano, los bulevares se llenaban de gentío. Los barrios
extremos confluían al centro de la ciudad, como en los días ya remotos
de las revoluciones. Se juntaban los grupos, formando una aglomeración
sin término, de la que surgían gritos y cánticos. Las manifestaciones
pasaban por el centro, bajo los faros eléctricos que acababan de
inflamarse. El desfile se prolongaba hasta media noche, y la bandera
nacional aparecía sobre la muchedumbre andante escoltada por las
banderas de otros pueblos.
En una de estas noches de sincero entusiasmo fué cuando los dos amigos
escucharon una noticia inesperada, absurda: «Han matado á Jaurés.» Los
grupos la repetían con una extrañeza que parecía sobreponerse al dolor:
«¡Asesinado Jaurés! ¿Y por qué?» El buen sentido popular, que busca por
instinto una explicación á todo atentado, quedaba en suspenso, sin poder
orientarse. ¡Muerto el tribuno precisamente en el momento que más útil
podía resultar su palabra de caldeador de muchedumbres!... Argensola
pensó inmediatamente en Tchernoff: «¿Qué dirá nuestro vecino?...» Las
gentes de orden temían una revolución. Desnoyers creyó por unos momentos
que iban á cumplirse los sombríos vaticinios de su primo. Este
asesinato, con sus correspondientes represalias, podía ser la señal de
una guerra civil. Pero las masas del pueblo, transidas de dolor por la
muerte de su héroe, permanecían en trágico silencio. Todos veían más
allá del cadáver la imagen de la patria.
A la mañana siguiente el peligro se había desvanecido. Los obreros
hablaban de generales y de guerra, enseñándose mutuamente sus libretas
de soldado, anunciando la fecha en que debían partir así que se
publicase la orden de movilización: «Yo salgo el segundo día.» «Yo el
primero.» Los del ejército activo que estaban con permiso en sus casas
eran llamados individualmente á los cuarteles. Se sucedían con
atropellamiento los sucesos, todos en una misma dirección: la guerra.
Los alemanes invadían el Luxemburgo; los alemanes se permitían avanzar
en la frontera francesa cuando su embajador todavía estaba en París
haciendo promesas de paz. Al día siguiente de la muerte de Jaurés, el
1.º de Agosto á media tarde, la muchedumbre se agolpó ante unos pedazos
de papel escritos á mano con visible precipitación. Estos papeles
precedieron á otros más grandes é impresos llevando en su cabecera dos
banderitas cruzadas. «Ya llegó; ya es un hecho...» Era la orden de
movilización general. Francia entera iba á correr á las armas. Y los
pechos parecieron dilatarse con un suspiro de desahogo. Los ojos
brillaban de satisfacción. ¡Terminada la pesadilla!... Era preferible la
cruel realidad á una incertidumbre de días y días que los prolongaba
como si fuesen semanas.
En vano el presidente Poincaré, animado por una última esperanza, se
dirigía á los franceses para explicar que «la movilización no es la
guerra» y que un llamamiento á las armas sólo representaba una medida
preventiva. «Es la guerra, la guerra inevitable», decía la muchedumbre
con expresión fatalista. Y los que iban á partir en la misma noche ó al
día siguiente se mostraban los más entusiastas y animosos: «Ya que nos
buscan, nos encontrarán. ¡Viva Francia!» El -Canto de partida-, himno de
marcha de los voluntarios de la primera República, había sido exhumado
por el instinto del pueblo, que pide su voz al arte en los momentos
críticos. Los versos del convencional Chenier, adaptados á una música de
guerrera gravedad, resonaban en las calles al mismo tiempo que la
-Marsellesa-.
-La République nous appelle,-
-Sachons vaincre ou sachons périr;-
-Un français doit vivre pour elle,-
-Pour elle un français doit mourir.-
La movilización empezaba á las doce en punto de la noche. Desde el
crepúsculo circularon por las calles grupos de hombres que se dirigían á
las estaciones. Sus familias marchaban con ellos, llevando la maleta ó
el fardo de ropas. Los amigos del barrio los escoltaban. Una bandera
tricolor iba al frente de estos pelotones. Los oficiales de reserva se
enfundaban en sus uniformes, que ofrecían todas las molestias de los
trajes largamente olvidados. Con el vientre oprimido por la correa nueva
y el revólver al costado, caminaban en busca del ferrocarril que había
de conducirlos al punto de concentración. Uno de sus hijos llevaba el
sable oculto en una funda de tela. La mujer, apoyada en su brazo, triste
y orgullosa al mismo tiempo, dirigía con amoroso susurro sus últimas
recomendaciones.
Circulaban con loca velocidad tranvías, automóviles y fiacres. Nunca se
había visto en las calles de París tantos vehículos. Y sin embargo, los
que necesitaban uno llamaban en vano á los conductores. Nadie quería
servir á los civiles. Todos los medios de transporte eran para los
militares; todas las carreras terminaban en las estaciones de
ferrocarril. Los pesados camiones de la Intendencia, llenos de sacos,
eran saludados por el entusiasmo general: «¡Viva el ejército!» Los
soldados en traje de mecánica que iban tendidos en la cúspide de la
pirámide rodante contestaban á la aclamación moviendo los brazos y
profiriendo gritos que nadie llegaba á entender. La fraternidad había
creado una tolerancia nunca vista. Se empujaba la muchedumbre, guardando
en sus encuentros una buena educación inalterable. Chocaban los
vehículos, y cuando los conductores, á impulsos de la costumbre, iban á
injuriarse, intervenía el gentío y acababan por darse las manos. «¡Viva
Francia!» Los transeuntes que escapaban de entre las ruedas de los
automóviles reían, increpando bondadosamente al -chauffeur-. «¡Matar á
un francés que va en busca de su regimiento!» Y el conductor contestaba:
«Yo también partiré dentro de unas horas. Este es mí último viaje.» Los
tranvías y ómnibus funcionaban con creciente irregularidad así como
avanzaba la noche. Muchos empleados habían abandonado sus puestos para
decir adiós á la familia y tomar el tren. Toda la vida de París se
concentraba en media docena de ríos humanos que iban á desembocar en las
estaciones.
Desnoyers y Argensola se encontraron en un café del bulevar cerca de
media noche. Los dos estaban fatigados por las emociones del día, con la
depresión nerviosa que sigue á los espectáculos ruidosos y violentos.
Necesitaban descansar. La guerra era un hecho, y después de esta
certidumbre, no sentían ansiedad por adquirir noticias nuevas. La
permanencia en el café les resultó intolerable. En la atmósfera ardiente
y cargada de humo, los consumidores cantaban y gritaban agitando
pequeñas banderas. Todos los himnos pasados y presentes eran entonados á
coro, con acompañamiento de copas y platillos. El público, algo
cosmopolita, revistaba las naciones de Europa para saludarlas con sus
rugidos de entusiasmo. Todas, absolutamente todas, iban á estar al lado
de Francia. «¡Viva!... ¡viva!» Un matrimonio viejo ocupaba una mesa
junto á los dos amigos. Eran rentistas, de vida ordenada y mediocre, que
tal vez no recordaban en toda su existencia haber estado despiertos á
tales horas. Arrastrados por el entusiasmo, habían descendido al bulevar
para «ver la guerra más de cerca». El idioma extranjero que empleaban
los vecinos dió al marido una alta idea de su importancia.
--¿Ustedes creen que Inglaterra marchará con nosotros?...
Argensola sabía tanto como él, pero contestó con autoridad:
«Seguramente; es cosa decidida.» El viejo se puso de pie: «¡Viva
Inglaterra!» Y acariciado por los ojos admirativos de su esposa, empezó
á entonar una canción patriótica olvidada, marcando con movimientos de
brazos el estribillo, que muy pocos alcanzaban á seguir.
Los dos amigos tuvieron que emprender á pie el regreso á su casa. No
encontraron un vehículo que quisiera recibirlos: todos iban en dirección
opuesta, hacia las estaciones. Ambos estaban de mal humor, pero
Argensola no podía marchar en silencio.
«¡Ah, las mujeres!» Desnoyers conocía sus honestas relaciones desde
algunos meses antes con una -midinette- de la -rue Taitbout-. Paseos los
domingos por los alrededores de París, varias idas al cinematógrafo,
comentarios sobre las sublimidades de la última novela publicada en el
folletón de un diario popular, besos á la despedida, cuando ella tomaba
al anochecer el tren de Bois Colombes para dormir en el domicilio
paterno: esto era todo. Pero Argensola contaba malignamente con el
tiempo, que madura las virtudes más ácidas. Aquella tarde habían tomado
el aperitivo con un amigo francés que partía á la mañana siguiente para
incorporarse á su regimiento. La muchacha lo había visto algunas veces
con él, sin que le mereciese especial atención; pero ahora lo admiró de
pronto, como si fuese otro. Había renunciado á volver esta noche á la
casa de sus padres: quería ver cómo empieza una guerra. Comieron los
tres juntos, y todas las atenciones de ella fueron para el que se iba.
Hasta se ofendió con repentino pudor porque Argensola quiso hacer uso
del derecho de prioridad buscando su mano por debajo de la mesa.
Mientras tanto, casi desplomaba su cabeza sobre el hombro del futuro
héroe, envolviéndolo en miradas de admiración.
--¡Y se han ido!... ¡Se han ido juntos!--dijo rencorosamente--. He
tenido que abandonarlos para no prolongar mi triste situación. ¡Haber
trabajado tanto... para otro!
Calló un momento, y cambiando el curso de sus ideas, añadió:
--Reconozco, sin embargo, que su conducta es hermosa. ¡Qué generosidad
la de las mujeres cuando creen llegado el momento de ofrecer!... Su
padre le inspira gran miedo por sus cóleras, y sin embargo se queda una
noche fuera de casa con uno á quien apenas conoce y en el que no pensaba
á media tarde... La nación siente gratitud por los que van á exponer su
existencia, y ella, la pobrecilla, desea hacer algo también por los
destinados á la muerte, darles un poco de felicidad en la última hora...
y regala lo mejor que posee, lo que no puede recobrarse nunca. He hecho
un mal papel... Ríete de mí, pero confiesa que esto es hermoso.
Desnoyers rió, efectivamente, del infortunio de su amigo, á pesar de que
él también sufría grandes contrariedades, guardadas en secreto. No había
vuelto á ver á Margarita después de la primera entrevista. Sólo tenía
noticias de ella por varias cartas... ¡Maldita guerra! ¡Qué trastorno
para las gentes felices! La madre de Margarita estaba enferma. Pensaba
en su hijo, que era oficial y debía partir el primer día de la
movilización. Ella estaba inquieta igualmente por su hermano y
consideraba inoportuno ir al estudio mientras en su casa gemía la madre.
¿Cuándo iba á terminar esta situación?...
Le preocupaba también aquel cheque de cuatrocientos mil francos traído
de América. El día anterior habían excusado su pago en el Banco por
falta de aviso. Luego declararon que tenían el aviso, pero tampoco le
dieron el dinero. En aquella tarde, cuando los establecimientos de
crédito estaban ya cerrados, el gobierno había lanzado un decreto
estableciendo la moratoria, para evitar una bancarrota general á
consecuencia del pánico financiero. ¿Cuándo le pagarían?... Tal vez
cuando terminase la guerra que aún no había empezado; tal vez nunca. El
no tenía otro dinero efectivo que dos mil francos escasos que le habían
sobrado del viaje. Todos sus amigos se encontraban en una situación
angustiosa, privados de recibir las cantidades que guardaban en los
Bancos. Los que poseían algún dinero estaban obligados á emprender una
peregrinación de tienda en tienda ó formar cola á la puerta de los
Bancos para cambiar un billete. ¡Ah, la guerra! ¡La estúpida guerra!
En mitad de los Campos Elíseos vieron á un hombre con sombrero de alas
anchas, que marchaba delante de ellos lentamente y hablando solo.
Argensola lo reconoció al pasar junto á un farol: «El amigo Tchernoff.»
El ruso, al devolver el saludo, dejó escapar del fondo de su barba un
ligero olor de vino. Sin invitación alguna arregló su paso al de ellos,
siguiéndoles hacia el Arco de Triunfo.
Julio sólo había cruzado silenciosos saludos con este amigo de Argensola
al encontrarle en el zaguán de la casa. Pero la tristeza ablanda el
ánimo y hace buscar como una sombra refrescante la amistad de los
humildes. Tchernoff, por su parte, miró á Desnoyers como si lo conociese
toda su vida.
Había interrumpido su monólogo, que sólo escuchaban las masas de negra
vegetación, los bancos solitarios, la sombra azul perforada por el
temblor rojizo de los faroles, la noche veraniega con su cúpula de
cálidos soplos y siderales parpadeos. Dió algunos pasos sin hablar, como
una muestra de consideración á los acompañantes, y luego reanudó sus
razonamientos, tomándolos donde los había abandonado, sin dar
explicación alguna, como si marchase solo.
--...Y á estas horas gritarán de entusiasmo lo mismo que los de aquí,
creerán de buena fe que van á defender su patria provocada, querrán
morir por sus familias y hogares que nadie ha amenazado.
--¿Quiénes son esos, Tchernoff?--preguntó Argensola. Le miró el ruso
fijamente, como si extrañase su pregunta.
--Ellos--dijo lacónicamente.
Los dos le entendieron... -¡Ellos!- No podían ser otros.
--Yo he vivido diez años en Alemania--continuó, dando más conexión á sus
palabras al verse escuchado--. Fuí corresponsal de diario en Berlín, y
conozco aquellas gentes. Al pasar por el bulevar lleno de muchedumbre,
he visto con la imaginación lo que ocurre allá á estas horas. También
cantan y rugen de entusiasmo agitando banderas. Son iguales
exteriormente unos y otros, pero ¡qué diferencia, por dentro!... Anoche,
en el bulevar, la gente persiguió á unos vocingleros que gritaban: «¡A
Berlín!» Es un grito de mal recuerdo y de peor gusto. Francia no quiere
conquistas; su único deseo es ser respetada, vivir en paz, sin
humillaciones ni intranquilidades. Esta noche, dos movilizados decían al
marcharse: «Cuando entremos en Alemania les impondremos la República...»
La República no es una cosa perfecta, amigos míos, pero representa algo
mejor que vivir bajo un monarca irresponsable por la gracia de Dios.
Cuando menos, supone tranquilidad y ausencia de ambiciones personales
que perturben la vida. Y yo me he conmovido ante el sentimiento generoso
de estos dos obreros que, en vez de pensar en el exterminio de sus
enemigos, quieren corregirlos, dándoles lo que ellos consideran mejor.
Calló Tchernoff breves momentos para sonreir irónicamente ante el
espectáculo que se ofrecía á su imaginación.
--En Berlín, las masas expresan su entusiasmo en forma elevada, como
conviene á un pueblo superior. Los de abajo, que se consuelan de sus
humillaciones con un grosero materialismo, gritan á estas horas: «¡A
París! ¡Vamos á beber champañ gratis!» La burguesía pietista, capaz de
todo por alcanzar un nuevo honor, y la aristocracia que ha dado al mundo
los mayores escándalos de los últimos años, gritan igualmente: «¡A
París!» París es la Babilonia del pecado, la ciudad del -Moulin Rouge- y
los restoranes de Montmartre, únicos lugares que ellos conocen... Y mis
camaradas de la Social-Democracia también gritan; pero á éstos les han
enseñado otro cántico: «¡A Moscou! ¡A Petersburgo! ¡Hay que aplastar la
tiranía rusa, peligro de la civilización!» El kaiser manejando la
tiranía de otro país como un espantajo para su pueblo... ¡qué risa!
Y la carcajada del ruso sonó en el silencio de la noche como un
tableteo.
--Nosotros somos más civilizados que los alemanes--dijo cuando cesó de
reír.
Desnoyers, que le escuchaba con interés, hizo un movimiento de sorpresa
y se dijo: «Este Tchernoff ha bebido algo.»
--La civilización--continuó--no consiste únicamente en una gran
industria, en muchos barcos, ejércitos y numerosas universidades que
sólo enseñan ciencia. Esa es una civilización material. Hay otra
superior que eleva el alma y no permite que la dignidad humana sufra sin
protesta continuas humillaciones. Un ciudadano suizo que vive en su
-chalet- de madera, considerándose igual á los demás hombres de su país,
es más civilizado que el -Herr Professor- que tiene que cederle el paso
á un teniente ó el rico de Hamburgo que se encorva como un lacayo ante
el que ostenta la partícula -von-.
Aquí el español asintió, como si adivinase lo que Tchernoff iba á
añadir.
--Los rusos sufrimos una gran tiranía. Yo sé algo de esto. Conozco el
hambre y el frío de los calabozos; he vivido en Siberia... Pero frente á
nuestra tiranía ha existido siempre una protesta revolucionaria. Una
parte de la nación es medio bárbara, pero el resto tiene una mentalidad
superior, un espíritu de alta moral que le hace arrostrar peligros y
sacrificios por la libertad y la verdad... ¿Y Alemania? ¿Quién ha
protestado en ella jamás para, defender los derechos humanos? ¿Qué
revoluciones se han conocido en Prusia, tierra de grandes déspotas? El
fundador del militarismo, Federico Guillermo, cuando se cansaba de dar
palizas á su esposa y escupir en los platos de sus hijos, salía á la
calle garrote en mano para golpear á los súbditos que no huían á tiempo.
Su hijo Federico el Grande declaró que moría aburrido de gobernar un
pueblo de esclavos. En dos siglos de historia prusiana, una sola
revolución: las barricadas de 1848, mala copia berlinesa de la
revolución de París, y sin resultado alguno. Bismarck apretó la mano
para aplastar los últimos intentos de protesta, si es que realmente
existían. Y cuando sus amigos le amenazaban con una revolución, el
-junker- feroz se llevaba las manos á los ijares, lanzando las más
insolentes de sus carcajadas. ¡Una revolución en Prusia!... Nadie como
él conocía á su pueblo.
Tchernoff no era patriota. Muchas veces le había oído Argensola hablar
contra su país. Pero se indignaba al considerar el desprecio con que el
orgullo germánico trataba al pueblo ruso. ¿Dónde estaba, en los últimos
cuarenta años de grandeza imperialista, la hegemonía intelectual de que
alardeaban los alemanes?... Excelentes peones de la ciencia; sabios
tenaces y de vista corta, confinado cada uno en su especialidad;
benedictinos del laboratorio, que trabajaban mucho y acertaban algunas
veces á través de enormes equivocaciones dadas como verdades por ser
suyas: esto era todo. Y al lado de tanta laboriosidad paciente y digna
de respeto, ¡qué de charlatanismo! ¡qué de grandes nombres explotados
como una muestra de tienda! ¡cuántos sabios metidos á hoteleros de
sanatorio!... Un -Herr Professor- descubría la curación de la tisis, y
los tísicos continuaban muriendo como antes. Otro rotulaba con una cifra
el remedio vencedor de la más inconfesable de las enfermedades, y la
peste genital seguía azotando al mundo. Y todos estos errores
representaban fortunas considerables: cada panacea salvadora daba lugar
á la constitución de una sociedad industrial, vendiéndose los productos
á grandes precios, como si el dolor fuese un privilegio de los ricos.
¡Cuán lejos de este -bluff- Pasteur y otros sabios de los pueblos
inferiores, que libraban al mundo sus secretos sin prestarse á
monopolios!
--La ciencia alemana--continuó Tchernoff--ha dado mucho á la humanidad,
lo reconozco; pero la ciencia de las otras naciones ha dado mucho
igualmente. Sólo un pueblo loco de orgullo puede imaginar que él lo es
todo para la civilización y los demás no son nada... Aparte de sus
sabios especialistas, ¿qué genio ha producido en nuestros tiempos esa
Alemania que se cree universal? Wágner es el último romántico, cierra
una época y pertenece al pasado. Nietzsche tuvo empeño en demostrar su
origen polaco y abominó de Alemania, país, según él, de burgueses
pedantes. Su eslavismo era tan pronunciado, que hasta profetizó el
aplastamiento de los germanos por los eslavos... Y no quedan más.
Nosotros, pueblo salvaje, hemos dado al mundo en los últimos tiempos
artistas de una grandeza moral admirable. Tolstoi y Dostoiewsky son
universales. ¿Qué nombres puede colocar enfrente de ellos la Alemania de
Guillermo II?... Su país fué la patria de la música, pero los músicos
rusos del presente son más originales que los continuadores del
wagnerismo, que se refugían en las exasperaciones de la orquesta para
ocultar su mediocridad... El pueblo alemán tuvo genios en su época de
dolor, cuando aún no había nacido el orgullo pangermanista, cuando no
existía el Imperio. Goethe, Schiller, Beethoven, fueron súbditos de
pequeños principados. Recibieron la influencia de otros países,
contribuyeron á la civilización universal, como ciudadanos del mundo,
sin ocurrírseles que el mundo debía hacerse germánico porque prestaba
atención á sus obras.
El zarismo había cometido atrocidades. Tchernoff lo sabía por
experiencia y no necesitaba que los alemanes vinieran á contárselo. Pero
todas las clases ilustradas de Rusia eran enemigas de la tiranía y se
levantaban contra ella. ¿Dónde estaban en Alemania los intelectuales
enemigos del zarismo prusiano? Callaban ó prorrumpían en adulaciones al
ungido de Dios, músico y comediante como Nerón, de una inteligencia viva
y superficial, que, por tocarlo todo, creía saberlo todo. Ansioso de
alcanzar una postura escénica en la Historia, había acabado por afligir
al mundo con la más grande de las calamidades.
--¿Por qué ha de ser rusa la tiranía que pesa sobre mi país? Los peores
zares fueron imitadores de Prusia. En nuestros tiempos, cada vez que el
pueblo ruso ó polaco ha intentado reivindicar sus derechos, los
reaccionarios emplearon al kaiser como una amenaza, afirmando que
vendría en su auxilio. Una mitad de la aristocracia rusa es alemana;
alemanes los generales que más se han distinguido acuchillando al
pueblo; alemanes los funcionarios que sostienen y aconsejan la tiranía;
alemanes los oficiales que se encargan de castigar con matanzas las
huelgas obreras y la rebelión de los pueblos anexionados. El eslavo
reaccionario es brutal, pero tiene el sentimentalismo de una raza en la
que muchos príncipes se hacen nihilistas. Levanta él látigo con
facilidad, pero luego se arrepiente y á veces llora. Yo he visto á
oficiales rusos suicidarse por no marchar contra el pueblo ó por el
remordimiento de haber ejecutado matanzas. El alemán al servicio del
zarismo no siente escrúpulos ni lamenta su conducta: mata fríamente, con
método minucioso y exacto, como todo lo que ejecuta. El ruso es bárbaro,
pega y se arrepiente; el alemán civilizado fusila sin vacilación.
Nuestro zar, en un ensueño humanitario de eslavo, acarició la utopía
generosa de la paz universal, organizando las conferencias de La Haya.
El kaiser de la cultura ha trabajado años y años en el montaje y
engrasamiento de un organismo destructivo como nunca se conoció, para
aplastar á toda Europa. El ruso es un cristiano humilde, igualitario,
democrático, sediento de justicia; el alemán alardea de cristianismo,
pero es un idólatra como los germanos de otros siglos. Su religión ama
la sangre y mantiene las castas; su verdadero culto es el de Odín, sólo
que ahora el dios de la matanza ha cambiado de nombre, y se llama el
Estado.
Se detuvo un instante Tchernoff, tal vez para apreciar mejor la
extrañeza de sus acompañantes, y dijo luego con simplicidad:
--Yo soy cristiano.
Argensola, que conocía las ideas y la historia del ruso, hizo un
movimiento de asombro. Julio insistió en sus sospechas: «Decididamente,
este Tchernoff está borracho.»
--Es verdad--continuó--que me preocupo poco de Dios y no creo en los
dogmas, pero mi alma es cristiana como la de todos los revolucionarios.
La filosofía de la democracia moderna es un cristianismo laico. Los
socialistas amamos al humilde, al menesteroso, al débil. Defendemos su
derecho á la vida y al bienestar, lo mismo que los grandes exaltados de
la religión, que vieron en todo infeliz á un hermano. Nosotros exigimos
el respeto para el pobre en nombre de la justicia; los otros lo piden en
nombre de la piedad. Esto nos separa únicamente. Pero unos y otros
buscamos que los hombres se pongan de acuerdo para una vida mejor; que
el fuerte se sacrifique por el débil, el poderoso por el humilde y el
mundo se rija por la fraternidad, buscando la mayor igualdad posible.
El eslavo resumía la historia de las aspiraciones humanas. El
pensamiento griego había puesto el bienestar en la tierra, pero sólo
para unos cuantos, para los ciudadanos de sus pequeñas democracias, para
los hombres libres, dejando abandonados á su miseria los esclavos y los
bárbaros, que constituían la mayor parte. El cristianismo, religión de
humildes, había reconocido á todos los seres el derecho á la felicidad,
pero esta felicidad la colocaba en el cielo, lejos de este mundo «valle
de lágrimas». La Revolución y sus herederos los socialistas ponían la
felicidad en las realidades inmediatas de la tierra, lo mismo que los
antiguos, y hacían partícipes de ella á todos los hombres, lo mismo que
los cristianos.
--¿Dónde está el cristianismo de la Alemania presente?... Hay más
espíritu cristiano en el socialismo de la laica República francesa,
defensora de los débiles, que en la religiosidad de los -junkers-
conservadores. Alemania se ha fabricado un Dios á su semejanza, y cuando
cree adorarlo, es su propia imagen lo que adora. El Dios alemán es un
reflejo del Estado alemán, que considera la guerra como la primera
función de un pueblo y la más noble de las ocupaciones. Otros pueblos
cristianos, cuando tienen que guerrear, sienten la contradicción que
existe entre su conducta y el Evangelio, y se excusan alegando la cruel
necesidad de defenderse. Alemania declara que la guerra es agradable á
Dios. Yo conozco sermones alemanes probando que Jesús fué partidario del
militarismo.
El orgullo germánico, la convicción de que su raza está destinada
providencialmente á dominar el mundo, ponía de acuerdo á protestantes,
católicos y judíos.
--Por encima de sus diferencias de dogma está el Dios del Estado, que es
alemán; el Dios guerrero, al que tal vez llama Guillermo á estas horas
«mi respetable aliado». Las religiones tendieron siempre á la
universalidad. Su fin es poner á los hombres en relación con Dios y
sostener las relaciones entre todos los hombres. Prusia ha retrogradado
á la barbarie creando para su uso personal un segundo Jehová, una
divinidad hostil á la mayor parte del género humano, que hace suyos los
rencores y las ambiciones del pueblo alemán.
Luego, Tchernoff explicaba á su modo la creación de este Dios germánico,
ambicioso, cruel, vengativo. Los alemanes eran unos cristianos de la
víspera. Su cristianismo databa de seis siglos nada más, mientras que el
de los otros pueblos de Europa era de diez, de quince, de diez y ocho
siglos. Cuando terminaban ya las Cruzadas, los prusianos vivían aún en
el paganismo. La soberbia de raza, al impulsarlos á la guerra, hacía
revivir á las divinidades muertas. A semejanza del antiguo Dios
germánico, que era un caudillo militar, el Dios del Evangelio se veía
adornado por los alemanes con lanza y escudo.
--El cristianismo en Berlín lleva casco y botas de montar. Dios se ve
movilizado en estos momentos, lo mismo que Otto, Fritz y Franz, para que
castigue á los enemigos del pueblo escogido. Nada importa que haya
ordenado: «No matarás» y que su hijo dijese en la tierra:
«Bienaventurados los pacíficos.» El cristianismo, según los sacerdotes
alemanes de todas las confesiones, sólo puede influir en el mejoramiento
individual de los hombres y no debe inmiscuirse en la vida del Estado.
El Dios del Estado prusiano es el «viejo Dios alemán», un heredero de la
feroz mitología germánica, una amalgama de las divinidades hambrientas
de guerra.
En el silencio de la avenida, el ruso evocó las rojas figuras de los
dioses implacables. Iban á despertar aquella noche al sentir en sus
oídos el amado estrépito de las armas y en su olfato el perfume acre de
la sangre. Thor, el dios brutal de la cabeza pequeña, estiraba sus
bíceps, empuñando el martillo que aplasta ciudades. Wotan afilaba su
lanza, que tiene el relámpago por hierro y el trueno por regatón. Odín,
el del único ojo, bostezaba de gula en lo alto de su montaña, esperando
á los guerreros muertos que se amontonarían alrededor de su trono. Las
desmelenadas walkyrias, vírgenes sudorosas y oliendo á potro, empezaban
á galopar de nube en nube, azuzando á los hombres con aullidos, para
llevarse los cadáveres, doblados como alforjas, sobre las ancas de sus
rocines voladores.
--La religiosidad germánica--continuó el ruso--es la negación del
cristianismo. Para ella, los hombres no son iguales ante Dios. Este
sólo aprecia á los fuertes, y los apoya con su influencia para que se
atrevan á todo. Los que nacieron débiles deben someterse ó desaparecer.
Los pueblos tampoco son iguales: están divididos en pueblos conductores
y pueblos inferiores cuyo destino es verse desmenuzados y asimilados por
aquéllos. Así lo quiere Dios. Y resulta inútil decir que el gran pueblo
conductor es Alemania.
Argensola le interrumpió. El orgullo alemán no se apoyaba únicamente en
su Dios; apelaba igualmente á la ciencia.
--Conozco eso--dijo el ruso sin dejarle terminar--: el determinismo, la
desigualdad, la selección, la lucha por la vida... Los alemanes, tan
orgullosos de su valer, construyen sobre terreno ajeno sus monumentos
intelectuales, piden prestado al extranjero el material de cimentación
cuando hacen obra nueva. Un francés y un inglés, Gobineau y Chamberlain,
les han dado los argumentos para defender la superioridad de su raza.
Con cascote sobrante de Darwin y de Spencer, su anciano Haeckel ha
fabricado el «monismo», doctrina que, aplicada á la política, consagra
científicamente el orgullo alemán y reconoce su derecho á dominar al
mundo, por ser el más fuerte.
--No, mil veces no--continuó con energía después de un breve silencio--.
Todo eso de la lucha por la vida con su cortejo de crueldades puede ser
verdad en las especies inferiores, pero no debe ser verdad entre los
hombres. Somos seres de razón y de progreso, y debemos libertarnos de la
fatalidad del medio, modificándolo á nuestra conveniencia. El animal no
conoce el derecho, la justicia, la compasión; vive esclavo de la
lobreguez de sus instintos. Nosotros pensamos, y el pensamiento
significa libertad. El fuerte, para serlo, no necesita mostrarse cruel;
resulta más grande cuando no abusa de su fuerza y es bueno. Todos tienen
derecho á la vida, ya que nacieron; y del mismo modo que subsisten los
seres orgullosos y humildes, hermosos ó débiles, deben seguir viviendo
las naciones grandes y pequeñas, viejas y jóvenes. La finalidad de
nuestra existencia no es la lucha, no es matar, para que luego nos maten
á nosotros, y que á su vez caiga muerto nuestro matador. Dejemos eso á
la ciega Naturaleza. Los pueblos civilizados, de seguir un pensamiento
común, deben adoptar el de la Europa mediterránea, realizando la
concepción más pacífica y dulce de la vida que sea posible.
Una sonrisa cruel agitó las barbas del ruso.
--Pero existe la -Kultur-, que los germanos quieren imponernos y que
resulta lo más opuesto á la civilización. La civilización es el
afinamiento del espíritu, el respeto al semejante, la tolerancia de la
opinión ajena, la suavidad de las costumbres. La -Kultur- es la acción
de un Estado que organiza y asimila individuos y colectividades para que
la sirvan en su misión. Y esta misión consiste principalmente en
colocarse por encima de los otros Estados, aplastándolos con su
grandeza, ó lo que es lo mismo, orgullo, ferocidad, violencia.
Habían llegado á la plaza de la Estrella. El Arco de Triunfo destacaba
su mole obscura en el espacio estrellado. Las avenidas esparcían en
todas direcciones una doble fila de luces. Los faroles situados en torno
del monumento iluminaban sus bases gigantescas y los pies de los grupos
escultóricos. Más arriba se cerraban las sombras, dando al claro
monumento la negra densidad del ébano.
Atravesaron la plaza y el Arco. Al verse bajo la bóveda, que repercutía,
agrandado, el eco de sus pasos, se detuvieron. La brisa de la noche
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