Y tranquilizada por las afirmaciones de su amante, cambió el rumbo de la
conversación. La posibilidad del nuevo matrimonio mencionado por ella
evocó en su memoria el objeto del viaje realizado por Desnoyers. No
habían tenido tiempo para escribirse durante la corta separación.
--¿Conseguiste dinero? Con la alegría de verte he olvidado tantas
cosas...
El habló adoptando el aire de un hombre experto en negocios. Traía menos
de lo que esperaba. Había encontrado al país en una de sus crisis
periódicas. Pero aun así, había conseguido reunir cuatrocientos mil
francos. En la cartera guardaba un cheque por esta cantidad. Más
adelante le harían nuevos envíos. Un señor del campo, algo pariente
suyo, cuidaba de sus asuntos. Margarita parecía satisfecha. También
adoptó ella un aire de mujer grave, á pesar de su frivolidad.
--El dinero es el dinero--dijo sentenciosamente--, y sin él no hay dicha
segura. Con tus cuatrocientos mil y lo que yo tengo podremos ir
adelante... Te advierto que mi marido desea entregar mi dote. Así lo ha
dicho á mi hermano. Pero el estado de sus negocios, la marcha de su
fábrica, no le permiten restituir con tanta prisa como él quisiera
hacerlo. El pobre me da lástima... Tan honrado y recto en todas sus
cosas. ¡Si no fuese tan vulgar!...
Otra vez pareció arrepentirse Margarita de estos elogios espontáneos y
tardíos que enfriaban su entrevista. Julio parecía molesto al
escucharlos. Y de nuevo cambió ella el objeto de su charla.
--¿Y tu familia? ¿La has visto?...
Desnoyers había estado en casa de sus padres antes de dirigirse á la
Capilla Expiatoria. Una entrada furtiva en el gran edificio de la
avenida Víctor Hago. Había subido al primer piso por la escalera de
servicio, como un proveedor. Luego se había deslizado en la cocina lo
mismo que un soldado amante de una de las criadas. Allí había venido á
abrazarle su madre, la pobre doña Luisa, llorando, cubriéndolo de besos
frenéticos, como si hubiese creído perderle para siempre. Luego había
aparecido Luisita, la llamada Chichí, que le contemplaba siempre con
simpática curiosidad, como si quisiera enterarse bien de cómo es un
hermano malo y adorable que aparta á las mujeres decentes del camino de
la virtud y vive haciendo locuras. A continuación, una gran sorpresa
para Desnoyers, pues vió entrar en la cocina, con aires de actriz
solemne, de madre noble de tragedia, á su tía Elena, la casada con el
alemán, la que vivía en Berlín rodeada de innumerables hijos.
--Está en París hace un mes. Va á pasar una temporada en nuestro
castillo. Y también parece que anda por aquí su hijo mayor, mi primo «el
sabio», al que no he visto hace años.
La entrevista había sido cortada repetidas veces por el miedo. «El viejo
está en casa; ten cuidado», le decía su madre cada vez que levantaba la
voz. Y su tía Elena iba hacia la puerta con paso dramático, lo mismo que
una heroína resuelta á dar de puñaladas al tirano si pasa el umbral de
su cámara. Toda la familia continuaba sometida á la rígida autoridad de
don Marcelo Desnoyers.
--¡Ay, ese viejo!--exclamó Julio, refiriéndose á su padre--. Que viva
muchos años, pero ¡cómo pesa sobre todos nosotros!
Su madre, que no se cansaba de contemplarle, había tenido que acelerar
el final de la entrevista, asustada por ciertos ruidos. «Márchate;
podría sorprendernos, y el disgusto sería enorme.» Y él había huído de
la casa paterna saludado por las lágrimas de las dos señoras y las
miradas admirativas de Chichí, ruborosa y satisfecha á la vez de un
hermano que provocaba entre sus amigas escándalo y entusiasmo.
Margarita habló también del señor Desnoyers. Un viejo terrible, un
hombre á la antigua, con el que no llegarían nunca á entenderse.
Quedaron en silencio los dos, mirándose fijamente. Ya se habían dicho lo
de mayor urgencia, lo que interesaba á su porvenir. Pero otras cosas más
inmediatas quedaban en su interior y parecían asomar á los ojos, tímidas
y vacilantes, antes de escaparse en forma de palabras. No se atrevían á
hablar como enamorados. Cada vez era mayor en torno de ellos el número
de testigos. La señora de los perros y la peluca roja pasaba con más
frecuencia, acortando sus vueltas por el -square- para saludarlos con
una sonrisa de complicidad. El lector de periódicos contaba ahora con un
vecino de banco para hablar de las posibilidades de la guerra. El
jardín se convertía en una calle. Las modistillas, al salir de los
obradores, y las señoras, de vuelta de los almacenes, lo atravesaban
para ganar terreno. La corta avenida era un atajo cada vez más
frecuentado, y todos los transeuntes lanzaban al pasar una mirada
curiosa sobre la señora elegante y su compañero, sentados al amparo de
un grupo de vegetación, con el aspecto encogido y falsamente natural de
las personas que desean ocultarse y fingen al mismo tiempo una actitud
despreocupada.
--¡Qué fastidio!--gimió Margarita--. Nos van á sorprender.
Una muchacha la miró fijamente, y ella creyó reconocer á una empleada de
un modisto célebre. Además, podían atravesar el jardín algunas de las
personas amigas que una hora antes había entrevisto en la muchedumbre
que llenaba los grandes almacenes próximos.
--Vámonos--continuó--. ¡Si nos viesen juntos! Figúrate lo que
hablarían... Y ahora precisamente que la gente nos tiene algo olvidados.
Desnoyers protestó con mal humor. ¿Marcharse?... París era pequeño para
ellos por culpa de Margarita, que se negaba á volver al único sitio
donde estarían al abrigo de toda sorpresa. En otro paseo, en un
restorán, allí donde fuesen, corrían igual riesgo de ser conocidos. Ella
sólo aceptaba entrevistas en lugares públicos, y al mismo tiempo sentía
miedo á la curiosidad de la gente. ¡Si Margarita quisiera ir á su
estudio, de tan dulces recuerdos!...
--- No; á tu casa no--repuso ella con apresuramiento--. No puedo olvidar
el último día que estuve allí.
Pero Julio insistió, adivinando en su firme negativa el agrietamiento de
una primera vacilación. ¿Dónde estarían mejor? Además, ¿no iban á
casarse tan pronto como les fuese posible?...
--Te digo que no--repitió ella--. ¡Quién sabe si mi marido me vigila!
¡Qué complicación para mi divorcio si nos sorprendiesen en tu casa!
Ahora fué él quien hizo el elogio del marido, esforzándose por demostrar
que esta vigilancia era incompatible con su carácter. El ingeniero había
aceptado los hechos, juzgándolos irreparables, y en aquel momento sólo
pensaba en rehacer su vida.
--No; mejor es separarse--continuó ella--. Mañana nos veremos. Tú
buscarás otro sitio más discreto. Piensa; tú encontrarás solución á
todo.
Pero él deseaba la solución inmediata. Habían abandonado sus asientos,
dirigiéndose lentamente hacia la -rue des Mathurins-. Julio hablaba con
una elocuencia temblorosa y persuasiva. Mañana, no: ahora. No tenían mas
que llamar á un «auto» de alquiler; unos minutos de carrera, y luego el
aislamiento, el misterio, la vuelta al dulce pasado, la intimidad en
aquel estudio que había visto sus mejores horas. Creerían que no había
transcurrido el tiempo, que estaban aún en sus primeras entrevistas.
--No--dijo ella con acento desfallecido, buscando una última
resistencia--. Además, estará allí tu secretario, ese español que te
acompaña. ¡Qué vergüenza encontrarme con él!...
Julio rió... ¡Argensola! ¿Podía ser un obstáculo este camarada que
conocía todo su pasado? Si lo encontraban en la casa, saldría
inmediatamente. Más de una vez lo había obligado á abandonar el estudio
para que no estorbase. Su discreción era tal, que le hacía presentir los
sucesos. De seguro que había salido, adivinando una visita próxima que
no podía ser más lógica. Andaría por las calles en busca de noticias.
Calló Margarita, como si se declarase vencida al ver agotados sus
pretextos. Desnoyers calló también, aceptando favorablemente su
silencio. Habían salido del jardín, y ella miraba en torno con
inquietud, asustada de verse en plena calle al lado de su amante y
buscando un refugio. De pronto vió ante ella una portezuela roja de
automóvil abierta por la mano de su compañero.
--Sube--ordenó Julio.
Y ella subió apresuradamente, con el ansia de ocultarse cuanto antes. El
vehículo se puso en marcha á gran velocidad. Margarita bajó
inmediatamente la cortinilla de la ventana próxima á su asiento. Pero
antes de que terminase la operación y pudiera volver la cabeza, sintió
una boca ávida que acariciaba su nuca.
--No; aquí no--dijo con tono suplicante--. Seamos serios.
Y mientras él, rebelde á estas exhortaciones, insistía en sus
apasionados avances, la voz de Margarita volvió á sonar sobre el
estrépito de ferretería vieja que lanzaba el automóvil saltando sobre el
pavimento.
--¿Crees realmente que no habrá guerra? ¿Crees que podremos casarnos?...
Dímelo otra vez. Necesito que me tranquilices... Quiero oirlo de tu
boca.
II
El centauro Madariaga
En 1870, Marcelo Desnoyers tenía diez y nueve años. Había nacido en los
alrededores de París. Era hijo único, y su padre, dedicado á pequeñas
especulaciones de construcción, mantenía á la familia, en un modesto
bienestar. El albañil quiso hacer de su hijo un arquitecto, y Marcelo
empezaba los estudios preparatorios, cuando murió el padre
repentinamente, dejando sus negocios embrollados. En pocos meses, él y
su madre descendieron la pendiente de la ruina, viéndose obligados á
renunciar sus comodidades burguesas para vivir como los obreros.
Cuando á los catorce años tuvo que escoger un oficio, se hizo tallista.
Este oficio era un arte y estaba en relación con las aficiones
despertadas en Marcelo por sus estudios forzosamente abandonados. La
madre se retiró al campo buscando el amparo de unos parientes. El avanzó
con rapidez en el taller, ayudando á su maestro en todos los trabajos
importantes que realizaba en provincias. Las primeras noticias de la
guerra con Prusia le sorprendieron en Marsella trabajando en el
decorado de un teatro.
Marcelo era enemigo del Imperio, como todos los jóvenes de su
generación. Además estaba influenciado por los obreros viejos, que
habían intervenido en la República del 48 y guardaban vivo el recuerdo
del golpe de Estado del 2 de Diciembre. Un día vió en las calles de
Marsella una manifestación popular en favor de la paz, que equivalía á
una protesta contra el gobierno. Los viejos republicanos en lucha
implacable con el emperador, los compañeros de la Internacional que
acababa de organizarse, y gran número de españoles é italianos huídos de
sus países por recientes insurrecciones, componían el cortejo. Un
estudiante melenudo y tísico llevaba la bandera, «Es la paz lo que
deseamos; una paz que una á todos los hombres», cantaban los
manifestantes. Pero en la tierra, los más nobles propósitos rara vez son
oídos, pues el destino se divierte en torcerlos y desviarlos. Apenas
entraron en la Cannebière los amigos de la paz con su himno y su
estandarte, fué la guerra lo que les salió al paso, teniendo que apelar
al puño y al garrote. El día antes habían desembarcado unos batallones
de zuavos de Argelia que iban á reforzar el ejército de la frontera, y
estos veteranos, acostumbrados á la existencia colonial, poco
escrupulosa en materia de atropellos, creyeron oportuno intervenir en la
manifestación, unos con las bayonetas, otros con los cinturones
desceñidos. «¡Viva la guerra!» Y una lluvia de zurriagazos y golpes cayó
sobre los cantores. Marcelo pudo ver cómo el cándido estudiante que
hacía llamamientos á la paz con una gravedad sacerdotal rodaba envuelto
en su estandarte bajo el regocijado pateo de los zuavos. Y no se enteró
de más, pues le alcanzaron varios correazos, una cuchillada leve en un
hombro, y tuvo que correr lo mismo que los otros.
Aquel día se reveló por primera vez su carácter tenaz, soberbio,
irritable ante la contradicción, hasta el punto de adoptar las más
extremas resoluciones. El recuerdo de los golpes recibidos le enfureció
como algo que pedía venganza. «¡Abajo la guerra!» Ya que no le era
posible protestar de otro modo, abandonaría su país. La lucha iba á ser
larga, desastrosa, según los enemigos del Imperio. El entraba en quinta
dentro de unos meses. Podía el emperador arreglar sus asuntos como mejor
le pareciese. Desnoyers renunciaba al honor de servirle. Vaciló un poco
al acordarse de su madre. Pero sus parientes del campo no la
abandonarían y él tenía el propósito de trabajar mucho para enviarle
dinero. ¡Quién sabe si le esperaba la riqueza al otro lado del mar!...
¡Adiós, Francia!
Gracias á sus ahorros, un corredor del puerto le ofreció el embarque sin
papeles en tres buques. Uno iba á Egipto, otro á Australia, otro á
Montevideo y Buenos Aires; ¿cuál le parecía mejor?... Desnoyers,
recordando sus lecturas, quiso consultar el viento y seguir el rumbo que
le marcase, como lo había visto hacer á varios héroes de novelas. Pero
aquel día el viento soplaba de la parte del mar, internándose en
Francia. También quiso echar una moneda en alto para que indicase su
destino. Al fin se decidió por el buque que saliese antes. Sólo cuando
estuvo con su magro equipaje sobre la cubierta de un vapor próximo á
zarpar tuvo interés en conocer su rumbo: «Para el río de la Plata...» Y
acogió estas palabras con un gesto de fatalista. «¡Vaya por la América
del Sur!» No le desagradaba el país. Lo conocía por ciertas
publicaciones de viajes, cuyas láminas representaban tropeles de
caballos en libertad, indios desnudos y emplumados, gauchos hirsutos
volteando sobre sus cabezas lazos serpenteantes y correas con bolas.
El millonario Desnoyers se acordaba siempre de su viaje á América:
cuarenta y tres días de navegación en un vapor pequeño y desvencijado,
que sonaba á hierro viejo, gemía por todas sus junturas al menor golpe
de mar, y se detuvo cuatro veces por fatiga de la máquina, quedando á
merced de olas y corrientes. En Montevideo pudo enterarse de los reveses
sufridos por su patria y de que el Imperio ya no existía. Sintió
vergüenza al saber que la nación se gobernaba por sí misma,
defendiéndose tenazmente detrás de las murallas de París. ¡Y él había
huído!... Meses después, los sucesos de la Commune le consolaron de su
fuga. De quedarse allá, la cólera por los fracasos nacionales, sus
relaciones de compañerismo, el ambiente en que vivía, todo le hubiese
arrastrado á la revuelta. A aquellas horas estaría fusilado ó viviría en
un presidio colonial, como tantos de sus antiguos camaradas. Alabó su
resolución y dejó de pensar en los asuntos de su patria. La necesidad de
ganarse la subsistencia en un país extranjero, cuya lengua empezaba á
conocer, hizo que sólo se ocupase de su persona. La vida agitada y
aventurera de los pueblos nuevos le arrastró á través de los más
diversos oficios y las más disparatadas improvisaciones. Se sintió
fuerte, con una audacia y un aplomo que nunca había tenido en el viejo
mundo. «Yo sirvo para todo--decía--, si me dan tiempo para ejercitarme.»
Hasta fué soldado--él, que había huído de su patria por no tomar un
fusil--, y recibió una herida en uno de los muchos combates entre
«blancos» y «colorados» de la Ribera Oriental.
En Buenos Aires volvió á trabajar de tallista. La ciudad empezaba á
transformarse, rompiendo su envoltura de gran aldea. Desnoyers pasó
varios años ornando salones y fachadas. Fué una existencia laboriosa,
sedentaria, y remuneradora. Pero un día se cansó de este ahorro lento
que sólo podía proporcionarle á la larga una fortuna mediocre. El había
ido al nuevo mundo para hacerse rico como tantos otros. Y á los
veintisiete años se lanzó de nuevo en plena aventura, huyendo de las
ciudades, queriendo arrancar el dinero de las entrañas de una Naturaleza
virgen. Intentó cultivos en las selvas del Norte, pero la langosta los
arrasó en unas horas. Fue comerciante de ganado, arreando con solo dos
peones tropas de novillos y mulas, que hacía pasar á Chile ó Bolivia por
las soledades nevadas de los Andes. Perdió en esta vida la exacta noción
del tiempo y el espacio, emprendiendo travesías que duraban meses por
llanuras interminables. Tan pronto se consideraba próximo á la fortuna,
como lo perdía todo de golpe por una especulación desgraciada. Y en uno
de estos momentos de ruina y desaliento, teniendo ya treinta años, fué
cuando se puso al servicio del rico estanciero Julio Madariaga.
Conocía á este millonario rústico por sus compras de reses. Era un
español que había llegado muy joven al país, plegándose con gusto á sus
costumbres y viviendo como un gaucho, después de adquirir enormes
propiedades. Generalmente, lo apodaban el -gallego- Madariaga, á causa
de su nacionalidad, aunque había nacido en Castilla. Las gentes del
campo trasladaban al apellido el título de respeto que precede al
nombre, llamándole -don- Madariaga.
--Compañero--dijo á Desnoyers un día que estaba de buen humor, lo que en
él era raro--, pasa usted muchos apuros. La falta de plata se huele de
lejos. ¿Por qué sigue en esa perra vida?... Créame, gabacho, y quédese
aquí. Yo voy haciéndome viejo y necesito un hombre.
Al concertarse el francés con Madariaga, los propietarios de las
inmediaciones, que vivían á quince ó veinte leguas de la estancia,
detenían al nuevo empleado en los caminos para augurarle toda clase de
infortunios.
--No durará usted mucho. A don Madariaga no hay quien lo resista. Hemos
perdido la cuenta de sus administradores. Es un hombre que hay que
matarlo ó abandonarlo. Pronto se marchará usted.
Desnoyers no tardó en convencerse de que había algo de cierto en tales
murmuraciones. Madariaga era de un carácter insufrible; pero tocado de
cierta simpatía por el francés, procuraba no molestarlo con su
irritabilidad.
--Es una perla ese gabacho--decía, como excusando sus muestras de
consideración--. Yo lo quiero porque es muy serio.... Así me gustan á mí
los hombres.
No sabía con certeza el mismo Desnoyers en qué podía consistir esta
seriedad tan admirada por su patrón, pero experimentó un secreto orgullo
al verle agresivo con todos, hasta con su familia, mientras tomaba al
hablar con él un tono de rudeza paternal.
La familia la constituían su esposa -Misiá- Petrona, á la que él llamaba
la -china-, y dos hijas, ya mujeres, que habían pasado por un colegio de
Buenos Aires, pero al volver á la estancia recobraron en parte la
rusticidad originaria. La fortuna de Madariaga era enorme. Había vivido
en el campo desde su llegada á América, cuando la gente blanca no se
atrevía á establecerse fuera de las poblaciones por miedo á los indios
bravos. Su primer dinero lo ganó como heroico comerciante, llevando
mercancías en una carreta de fortín en fortín. Mató indios, fué herido
dos veces por ellos, vivió cautivo una temporada y acabó por hacerse
amigo de un cacique. Con sus ganancias compró tierra, mucha tierra, poco
deseada por lo insegura, dedicándose á la cría de novillos, que había de
defender carabina en mano de los piratas de las praderas. Luego se casó
con su -china-, joven mestiza que iba descalza, pero tenía varios campos
de sus padres. Estos habían vivido en una pobreza casi salvaje sobre
tierras de su propiedad que exigían varias jornadas de trote para ser
recorridas. Después, cuando el gobierno fué empujando los indios hacia
las fronteras y puso en venta los territorios sin dueño--apreciando como
una abnegación patriótica que alguien quisiera adquirirlos--, Madariaga
compró y compró á precios insignificantes y con larguísimos plazos.
Adquirir tierra y poblarla de animales fué la misión de su vida. A
veces, galopando en compañía de Desnoyers por sus campos interminables,
no podía reprimir un sentimiento de orgullo:
--Diga, gabacho. Según cuentan, más arriba de su país parece que hay
naciones poco más ó menos del tamaño de mis estancias. ¿No es así?...
El francés aprobaba... Las tierras de Madariaga eran superiores á muchos
principados. Esto ponía de buen humor al estanciero.
--Entonces no sería un disparate que un día me proclamase yo rey.
Figúrese, gabacho. ¡Don Madariaga -primero-!... Lo malo es que también
sería el último, porque la -china- no quiere darme un hijo... Es una
vaca floja.
La fama de sus vastos territorios y sus riquezas pecuarias llegaba hasta
Buenos Aires. Todos conocían á Madariaga de nombre, aunque muy pocos lo
habían visto. Cuando iba á la capital, pasaba inadvertido por su aspecto
rústico, con las mismas polainas que usaba en el campo, el poncho
arrollado como una bufanda y asomando sobre éste las puntas agresivas de
una corbata, adorno de tormento impuesto por las hijas, que en vano
arreglaban con manos amorosas para que guardase cierta regularidad.
Un día había entrado en el despacho del negociante más rico de la
capital.
--Señor, sé que necesita usted novillos para Europa, y vengo á venderle
una -puntita-.
El negociante miró con altivez al gaucho pobre. Podía entenderse con uno
de sus empleados; él no perdía el tiempo en asuntos pequeños. Pero ante
la sonrisa maliciosa del rústico, sintió curiosidad.
--¿Y cuántos novillos puede usted vender, buen hombre?
--Unos treinta mil, señor.
No necesitó oir más el personaje. Se levantó de su mesa y le ofreció
obsequiosamente un sillón.
--Usted no puede ser otro que el señor Madariaga.
--Para servir á Dios y á usted.
Aquel instante fué el más glorioso de su existencia.
En el antedespacho de los gerentes de Banco, los ordenanzas le ofrecían
asiento misericordiosamente, dudando de que el personaje que estaba al
otro lado de la puerta se dignase recibirlo. Pero apenas sonaba adentro
su nombre, el mismo gerente corría á abrir. Y el pobre empleado quedaba
estupefacto al escuchar cómo el gaucho decía, á guisa de saludo: «Vengo
á que me den trescientos mil pesos. Tengo pasto abundante, y quisiera
comprar una -puntita de hacienda- para engordarla.»
Su carácter desigual y contradictorio gravitaba sobre los pobladores de
sus tierras con una tiranía cruel y bonachona. No pasaba vagabundo por
la estancia que no fuese acogido por él rudamente desde sus primeras
palabras.
--Déjese de historias, amigo--gritaba, como si fuese á pegarle--. Bajo
el sombraje hay una res desollada. Corte y coma lo que quiera, y
remédiese con esto para seguir su viaje... ¡Pero nada de cuentos!
Y le volvía la espalda luego de entregarle unos pesos.
Un día se mostraba enfurecido porque un peón clavaba con demasiada
lentitud los postes de una cerca de alambre. ¡Todos le robaban! Al día
siguiente hablaba con sonrisa bonachona de una importante cantidad que
debería pagar por haber garantizado con su firma á un «conocido», en
completa insolvencia: «¡Pobre! ¡Peor es su suerte que la mía!»
Al encontrar en un camino la osamenta de una oveja recién descarnada,
parecía enloquecer de rabia. No era por la carne. «El hambre no tiene
ley, y la carne la ha hecho Dios para que la coman los hombres.» ¡Pero
al menos que dejasen la piel!... Y comentaba tanta maldad repitiendo
siempre: «Falta de religión y buenas costumbres.» Otras veces, los
merodeadores se llevaban la carne de tres vacas, abandonando las pieles
bien á la vista; y el estanciero decía sonriendo: «Así me gusta á mí la
gente: honrada y que no haga mal.»
Su vigor de incansable centauro le había servido poderosamente en la
empresa de poblar sus tierras. Era caprichoso, despótico y de grandes
facilidades para la paternidad, como sus compatriotas que siglos antes,
al dominar el nuevo mundo, clarificaron la sangre indígena. Tenía los
mismos gustos de los conquistadores castellanos por la belleza cobriza,
de ojos oblicuos y cabello cerdoso. Cuando Desnoyers le veía apartarse
con cualquier pretexto y poner su caballo al galope hacia un rancho
cercano, se decía sonriendo: «Va en busca de un nuevo peón que trabajará
sus tierras dentro de quince años.»
El personal de la estancia comentaba el parecido fisonómico de ciertos
jóvenes que trabajaban lo mismo que los demás, galopando desde el alba
para ejecutar las diversas operaciones del pastoreo. Su origen era
objeto de irrespetuosos comentarios. El capataz Celedonio, mestizo de
treinta años, generalmente detestado por su carácter duro y avariento,
también ofrecía una lejana semejanza con el patrón.
Casi todos los años se presentaba con aire de misterio alguna mujer que
venía de muy lejos, -china- sucia y mal encarada, de relieves colgantes,
llevando de la mano á un mesticillo de ojos de brasa. Pedía hablar á
solas con el dueño; y al verse frente á él, le recordaba un viaje
realizado diez ó doce años antes para comprar una -punta- de reses.
--¿Se acuerda, patrón, que pasó la noche en mi rancho porque el río iba
crecido?
El patrón no se acordaba de nada. Únicamente un vago instinto parecía
indicarle que la mujer decía verdad. «Bueno, ¿y qué?»
--Patrón, aquí lo tiene... Más vale que se haga hombre á su lado que en
otra parte.
Y le presentaba el pequeño mestizo. ¡Uno más y ofrecido con esta
sencillez!... «Falta de religión y buenas costumbres.» Con repentina
modestia, dudaba de la veracidad de la mujer. ¿Por qué había de ser
precisamente suyo?... La vacilación no era, sin embargo, muy larga.
--Por si es, ponlo con los otros.
La madre se marchaba tranquila, viendo asegurado el porvenir del
pequeño; porque aquel hombre pródigo en violencias también lo era en
generosidades. Al final no le faltaría á su hijo un pedazo de tierra y
un buen hato de ovejas.
Estas adopciones provocaron al principio una rebeldía de -Misiá-
Petrona, la única que se permitió en toda su existencia. Pero el
centauro la impuso un silencio de terror.
--¿Y aún te atreves á hablar, vaca floja?... ¡Una mujer que sólo ha
sabido darme hembras! Vergüenza debías tener.
La misma mano que extraía negligentemente de un bolsillo los billetes
hechos una bola, dándolos á capricho, sin reparar en cantidades, llevaba
colgando de la muñeca un rebenque. Era para golpear al caballo, pero lo
levantaba con facilidad cuando alguno de los peones incurría en su
cólera.
--Te pego porque puedo--decía como excusa al serenarse.
Un día, el golpeado hizo un paso atrás, buscando el cuchillo en el
cinto.
--A mí no me pega usted, patrón. Yo no he nacido en estos pagos... Yo
soy de Corrientes.
El patrón quedó con el látigo en alto.
--¿De verdad que no has nacido aquí?... Entonces tienes razón; no puedo
pegarte. Toma cinco pesos.
Cuando Desnoyers entró en la estancia, Madariaga empezaba á perder la
cuenta de los que estaban bajo su potestad á uso latino antiguo y podían
recibir sus golpes. Eran tantos, que incurría en frecuentes
confusiones. El francés admiró el ojo experto de su patrón para los
negocios. Le bastaba contemplar por breves minutos un rebaño de miles de
reses para saber su número con exactitud. Galopaba con aire indiferente
en torno del inmenso grupo cornudo y pataleante, y de pronto hacía
apartar varios animales. Había descubierto que estaban enfermos. Con un
comprador como Madariaga, las marrullerías y artificios de los
vendedores resultaban inútiles.
Su serenidad ante la desgracia era también admirable. Una sequía
sembraba repentinamente sus prados de vacas muertas. La llanura parecía
un campo de batalla abandonado. Por todas partes bultos negros; en el
aire grandes espirales de cuervos que llegaban de muchas leguas á la
redonda. Otras veces era el frío: un inesperado descenso del termómetro
cubría el suelo de cadáveres. Diez mil animales, quince mil, tal vez
más, se habían perdido...
--¡Qué hacer!--decía Madariaga con resignación--. Sin tales desgracias,
esta tierra sería un paraíso... Ahora lo que importa es saber salvar los
cueros.
Echaba pestes contra la soberbia de los emigrantes de Europa, contra las
nuevas costumbres de la gente pobre, porque no disponía de bastantes
brazos para desollar á las víctimas en poco tiempo y miles de pieles se
perdían al corromperse unidas á la carne. Los huesos blanqueaban la
tierra como montones de nieve. Los peoncitos iban colocando en los
postes del alambrado cráneos de vaca con los cuernos retorcidos, adorno
rústico que evocaba la imagen de un desfile de liras helénicas.
--Por suerte, queda la tierra--añadía el estanciero. Galopaba por sus
campos inmensos, que empezaban á verdear bajo las nuevas lluvias. Había
sido de los primeros en convertir las tierras vírgenes en praderas,
sustituyendo el pasto natural con la alfalfa. Donde antes vivía un
novillo colocaba ahora tres. «La mesa está puesta--decía alegremente--.
Vamos en busca de nuevos convidados.» Y compraba á precios irrisorios el
ganado desfallecido de hambre en los campos naturales, llevándolo á un
rápido engordamiento en sus tierras opulentas.
Una mañana, Desnoyers le salvó la vida. Había levantado su rebenque
sobre un peón recién entrado en la estancia, y éste le acometió cuchillo
en mano. Madariaga se defendía á latigazos, convencido de que iba á
recibir de un momento á otro la cuchillada mortal, cuando llegó el
francés y sacando su revólver dominó y desarmó al adversario.
--¡Gracias, gabacho!--dijo el estanciero, emocionado--. Eres todo un
hombre y debo recompensarte. Desde hoy... te hablaré de tú.
Desnoyers no llegó á comprender qué recompensa podía significar este
tuteo. ¡Era tan raro aquel hombre!... Algunas consideraciones personales
vinieron, sin embargo, á mejorar su estado. No comió más en el edificio
donde estaba instalada la administración. El dueño exigió
imperativamente que en adelante ocupase un sitio en su propia mesa. Y
así entró Desnoyers en la intimidad de la familia Madariaga.
La esposa era una figura muda cuando el marido estaba presente. Se
levantaba en plena noche para vigilar el desayuno de los peones, la
distribución de la galleta, el hervor de las marmitas de café ó mate
cocido. Arreaba á las criadas, parlanchinas y perezosas, que se perdían
con facilidad en las arboledas próximas á la casa. Hacía sentir en la
cocina y sus anexos una autoridad de verdadera patrona; pero apenas
sonaba la voz del marido, parecía encogerse en un silencio de respeto y
temor. Al sentarse la -china- á la mesa le contemplaba con sus ojos
redondos, fijos como los de un buho, revelando una sumisión devota.
Desnoyers llegó á pensar que en esta muda admiración había mucho de
asombro por la energía con que el estanciero--cerca ya de los sesenta
años--seguía improvisando nuevos pobladores para sus tierras.
Las dos hijas, Luisa y Elena, aceptaron con entusiasmo al comensal, que
venía á animar sus monótonas conversaciones del comedor, cortadas muchas
veces por las cóleras del padre. Además, era de París. «¡París!»,
suspiraba Elena, la menor, poniendo los ojos en blanco. Y Desnoyers se
veía consultado por ellas en materias de elegancia cada vez que
encargaban algo á los almacenes de ropas hechas de Buenos Aires.
El interior de la casa reflejaba los diversos gustos de las dos
generaciones. Las niñas tenían un salón con muebles ricos--apoyados en
paredes agrietadas--y lámparas ostentosas que nunca se encendían. El
padre perturbaba con su rudeza esta habitación cuidada y admirada por
las dos hermanas. Las alfombras parecían entristecerse y palidecer bajo
las huellas de barro que dejaban las botas del centauro. Sobre una mesa
dorada aparecía el rebenque. Las muestras de maíz esparcían sus granos
sobre la seda de un sofá que sólo ocupaban las señoritas con cierto
recogimiento, como si temiesen romperlo. Junto á la entrada del comedor
había una báscula, y Madariaga se enfureció cuando sus hijas le pidieron
que la llevase á las dependencias. El no iba á molestarse con un viaje
cada vez que se le ocurriese averiguar el peso de un cuero suelto... Un
piano entró en la estancia, y Elena pasaba las horas tecleando lecciones
con una buena fe desesperante. «¡Ira de Dios! ¡Si al menos tocase la
jota ó el pericón!» Y el padre, á la hora de la siesta, se iba á dormir
sobre su poncho entre los eucaliptos cercanos.
Esta hija menor, á la que apodaba «la romántica», era el objeto de sus
cóleras y sus burlas. ¿De dónde había salido, con unos gustos que nunca
sintieron él y su pobre -china-? Sobre el piano se amontonaban cuadernos
de música. En un ángulo del disparatado salón, varias cajas de
conservas, arregladas á guisa de biblioteca por el carpintero de la
estancia, contenían libros.
--Mira, gabacho--decía Madariaga--. Todo versos y novelas. ¡Puros
embustes!... ¡Aire!
El tenía su biblioteca, más importante y gloriosa, y que ocupaba menos
lugar. En su escritorio, adornado con carabinas, lazos y monturas
chapeadas de plata, un pequeño armario contenía los títulos de propiedad
y varios legajos, que el estanciero hojeaba con miradas de orgullo.
--Pon atención y oirás maravillas--anunciaba á Desnoyers tirando de uno
de los cuadernos.
Era la historia de las bestias famosas que habían entrado en la estancia
para la reproducción y mejoramiento de sus ganados; el árbol
genealógico, las cartas de nobleza de todos los animales «pedigrée».
Había de ser él quien leyese los papeles, pues no permitía que los
tocase ni su familia. Y con las gafas caladas iba deletreando la
historia de cada héroe pecuario. «-Diamond III-, nieto de -Diamond I-,
que fué propiedad del rey de Inglaterra, é hijo de -Diamond II-,
triunfador en todos los concursos.» Su -Diamond- le había costado muchos
miles; pero los caballos más gallardos de la estancia, que se vendían á
precios magníficos, eran sus descendientes.
--Tenía más talento que algunas personas. Sólo le faltaba hablar. Es el
mismo que está embalsamado junto á la puerta del salón. Las niñas
quieren que lo eche de allí... ¡Que se atrevan á tocarlo! ¡Primero las
echo á ellas!
Luego continuaba leyendo la historia de una dinastía de toros, todos con
nombre propio y un número romano á continuación, lo mismo que los reyes;
animales adquiridos en las grandes ferias de Inglaterra por el testarudo
estanciero. Nunca había estado allá, pero empleaba el cable para batirse
á libras esterlinas con los propietarios británicos deseosos de
conservar á su patria tales portentos. Gracias á estos reproductores,
que atravesaron el Océano con iguales comodidades que un pasajero
millonario, había podido hacer desfilar en los concursos de Buenos Aires
sus novillos, que eran torreones de carne; elefantes comestibles, con el
lomo cuadrado y liso lo mismo que una mesa.
--Esto representa algo, ¿no te parece, gabacho? Esto vale más que todas
las estampas con lunas, lagos, amantes y otras macanas que mi
«romántica» pone en las paredes para que críen polvo.
Y señalaba los diplomas honoríficos que adornaban el escritorio, las
copas de bronce y demás bisutería gloriosa conquistada en los concursos
por los hijos de su -pedigrée-.
Luisa, la hija mayor--llamada Chicha, á uso americano--, merecía más
respeto de su padre. «Es mi pobre -china---decía--; la misma bondad y el
mismo empuje para el trabajo, pero con más señorío.» Lo del señorío lo
aceptaba Desnoyers inmediatamente, y aun le parecía una expresión
incompleta y débil. Lo que no podía admitir era que aquella muchacha
pálida, modesta, con grandes ojos negros y sonrisa de pueril malicia,
tuviese el menor parecido físico con la respetable matrona que le había
dado la existencia.
La gran fiesta para Chicha era la misa del domingo. Representaba un
viaje de tres leguas al pueblo más cercano, un contacto semanal con
gentes que no eran las mismas de la estancia. Un carruaje tirado por
cuatro caballos se llevaba á la señora y las señoritas con los últimos
trajes y sombreros llegados de Europa á través de las tiendas de Buenos
Aires. Por indicación de Chicha, iba Desnoyers con ellas, tomando las
riendas al cochero. El padre se quedaba para recorrer sus campos en la
soledad del domingo, enterándose mejor de los descuidos de su gente. El
era muy religioso: «Religión y buenas costumbres.» Pero había dado miles
de pesos para la construcción de la vecina iglesia, y un hombre de su
fortuna no iba á estar sometido á las mismas obligaciones de los
pelagatos.
Durante el almuerzo dominical, las dos señoritas hacían comentarios
sobre las personas y méritos de varios jóvenes del pueblo y de las
estancias próximas que se detenían en la puerta de la iglesia para
verlas.
--¡Háganse ilusiones, niñas!--decía el padre--. ¿Ustedes creen que las
quieren por su lindura?... Lo que buscan esos sinvergüenzas son los
pesos del viejo Madariaga; y así que los tuviesen, tal vez les soltarían
á ustedes una paliza diaria.
La estancia recibía numerosos visitantes. Unos eran jóvenes de los
alrededores, que llegaban sobre briosos caballos haciendo suertes de
equitación. Deseaban ver á don Julio con los más inverosímiles
pretextos, y aprovechaban la oportunidad para hablar con Chicha y Elena.
Otras veces eran señoritos de Buenos Aires, que pedían alojamiento en la
estancia, diciendo que iban de paso. -Don- Madariaga gruñía:
--¡Otro hijo de -tal- que viene en busca de los pesos del -gallego-! Si
no se va pronto, lo... corro á patadas.
Pero el pretendiente no tardaba en irse, intimidado por la mudez hostil
del patrón. Esta mudez se prolongó de un modo alarmante, á pesar de que
la estancia ya no recibía visitas. Madariaga parecía abstraído; y todos
los de la familia, incluso Desnoyers, respetaban y temían su silencio.
Comía enfurruñado, con la cabeza baja. De pronto levantaba los ojos para
mirar á Chicha, luego á Desnoyers, y fijarlos últimamente en su esposa,
como si fuese á pedirle cuentas.
«La romántica» no existía para él. Cuando más, le dedicaba un bufido
irónico al verla erguida en la puerta á la hora del atardecer
contemplando el horizonte, ensangrentado por la muerte del sol, con un
codo en el quicio y una mejilla en una mano, imitando la actitud de
cierta dama blanca que había visto en un cromo esperando la llegada del
caballero de los ensueños.
Cinco años llevaba Desnoyers en la casa, cuando un día entró en el
escritorio del amo con el aire brusco de los tímidos que adoptan una
resolución.
--Don Julio, me marcho, y deseo que ajustemos cuentas.
Madariaga le miró socarronamente. ¿Irse?... ¿por qué? Pero en vano
repitió sus preguntas. El francés se atascaba en una serie de
explicaciones incoherentes. «Me voy; debo irme.»
--¡Ah ladrón, profeta falso!--gritó el estanciero con voz estentórea.
Pero Desnoyers no se inmutó ante el insulto. Había oído muchas veces á
su patrón las mismas palabras cuando comentaba algo gracioso ó al
regatear con los compradores de bestias.
--¡Ah ladrón, profeta falso! ¿Crees que no sé por qué te vas? ¿Te
imaginas que el viejo Madariaga no ha visto tus miraditas y las
miraditas de la mosca muerta de su hija, y cuando os paseabais tú y ella
agarrados de la mano, en presencia de la pobre -china-, que está ciega
del entendimiento?... No está mal el golpe, gabacho. Con él te apoderas
de la mitad de los pesos del -gallego-, y ya puedes decir que has hecho
la América.
Y mientras gritaba esto, ó más bien, lo aullaba, había empuñado el
rebenque, dando golpecitos de punta en el estómago de su administrador
con una insistencia que lo mismo podía ser afectuosa que hostil.
--Por eso vengo á despedirme--dijo Desnoyers con altivez--. Sé que es
una pasión absurda, y quiero marcharme.
--¡El señor se va!--siguió gritando el estanciero--. ¡El señor cree que
aquí puede hacer lo que quiera! No, señor; aquí no manda nadie mas que
el viejo Madariaga, y yo ordeno que te quedes... ¡Ay, las mujeres!
Únicamente sirven para enemistar á los hombres. ¡Y que no podamos vivir
sin ellas!...
Dió varios paseos silenciosos por la habitación, como si las últimas
palabras le hiciesen pensar en cosas lejanas, muy distintas de lo que
hasta entonces había dicho. Desnoyers miró con inquietud el látigo que
aún empuñaba su diestra. ¿Si intentaría pegarle como á los peones?...
Estaba dudando entre hacer frente á un hombre que siempre le había
tratado con benevolencia ó apelar á una fuga discreta, aprovechando una
de sus vueltas, cuando el estanciero se plantó ante él.
--¿Tú la quieres de veras... de veras?--preguntó--. ¿Estás seguro de que
ella te quiere á ti? Fíjate bien en lo que dices, que en eso del amor
hay mucho de engaño y ceguera. También yo, cuando me casé, estaba loco
por mi -china-. ¿De verdad que os queréis?... Pues bien; llévatela,
gabacho del demonio, ya que alguien se la ha de llevar, y que no te
salga una vaca floja como la madre... A ver si me llenas la estancia de
nietos.
Reaparecía el gran productor de hombres y de bestias al formular este
deseo. Y como si considerase necesario explicar su actitud, añadió:
--Todo esto lo hago porque te quiero; y te quiero porque eres serio.
Otra vez quedó absorto el francés, no sabiendo en qué consistía la tan
apreciada seriedad.
Desnoyers, al casarse, pensó en su madre. ¡Si la pobre vieja pudiese ver
este salto extraordinario de su fortuna! Pero mamá había muerto un año
antes, creyendo á su hijo enormemente rico porque le enviaba todos los
meses ciento cincuenta pesos, algo más de trescientos francos, extraídos
del sueldo que cobraba en la estancia.
Su ingreso en la familia de Madariaga sirvió para que éste atendiese con
menos interés á sus negocios.
Tiraba de él la ciudad, con la atracción de los encantos no conocidos.
Hablaba con desprecio de las mujeres del campo, -chinas- mal lavadas,
que le inspiraban ahora repugnancia. Había abandonado sus ropas de
jinete campestre y exhibía con satisfacción pueril los trajes con que le
disfrazaba un sastre de la capital. Cuando Elena quería acompañarle á
Buenos Aires, se defendía pretextando negocios enojosos. «No, ya irás
con tu madre.»
La suerte de campos y ganados no le inspiraba inquietudes. Su fortuna,
dirigida por Desnoyers, estaba en buenas manos.
--Este es muy serio--decía en el comedor ante la familia reunida--. Tan
serio como yo... De éste no se ríe nadie.
Y al fin pudo adivinar el francés que su suegro, al hablar de seriedad,
aludía á la entereza de carácter. Según declaración espontánea de
Madariaga, desde los primeros días que trató á Desnoyers pudo adivinar
un genio igual al suyo, tal vez más duro y firme, pero sin alaridos ni
excentricidades. Por esto le había tratado con benevolencia
extraordinaria, presintiendo que un choque entre los dos no tendría
arreglo. Sus únicas desavenencias fueron á causa de los gastos
establecidos por Madariaga en tiempos anteriores. Desde que el yerno
dirigía las estancias, los trabajos costaban menos y la gente mostraba
mayor actividad. Y esto sin gritos, sin palabras fuertes, con sólo su
presencia y sus órdenes breves.
El viejo era el único que le hacía frente para mantener el caprichoso
sistema del palo seguido de la dádiva. Le sublevaba el orden minucioso y
mecánico, siempre igual, sin algo de arbitrariedad extravagante, de
tiranía bonachona. Con frecuencia, se presentaban á Desnoyers algunos de
los peones mestizos á los que suponía la malicia pública en íntimo
parentesco con el estanciero. «Patroncito: dice el patrón viejo que me
dé cinco pesos.» El patroncito respondía negativamente, y poco después
se presentaba Madariaga, iracundo de gesto, pero midiendo las palabras,
en consideración á que su yerno era tan serio como él.
--Mucho te quiero, hijo, pero aquí nadie manda mas que yo... ¡Ah,
gabacho! Eres igual á todos los de tu tierra: centavo que pilláis va á
la media, y no ve más la luz del sol aunque os crucifiquen... ¿Dije
cinco pesos? Le darás diez. Lo mando yo, y basta.
El francés pagaba, encogiéndose de hombros, mientras su suegro,
satisfecho del triunfo, huía á Buenos Aires. Era bueno hacer constar que
la estancia pertenecía aún al -gallego- Madariaga.
De uno de sus viajes volvió con un acompañante: un joven alemán, que,
según él, lo sabía todo y servía para todo. Su yerno trabajaba
demasiado. Karl Hartrott le ayudaría en la contabilidad. Y Desnoyers lo
aceptó, sintiendo á los pocos días una naciente estimación por el nuevo
empleado.
Que perteneciesen á dos naciones enemigas nada significaba. En todas
partes hay buenas gentes, y este Karl era un subordinado digno de
aprecio. Se mantenía á distancia de sus iguales y era inflexible y duro
con los inferiores. Todas sus facultades parecía concentrarlas en el
servicio y la admiración de los que estaban por encima de él. Apenas
desplegaba los labios Madariaga, el alemán movía la cabeza apoyando por
adelantado sus palabras. Si decía algo gracioso, su risa era de una
escandalosa sonoridad. Con Desnoyers se mostraba taciturno y aplicado,
trabajando sin reparar en horas. Apenas le veía entrar en la
Administración, saltaba de su asiento irguiéndose con militar rigidez.
Todo estaba dispuesto á hacerlo. Por cuenta propia, espiaba al personal,
delatando sus descuidos y defectos. Este servicio no entusiasmaba á su
jefe inmediato, pero lo agradecía como una muestra de interés por el
establecimiento.
El viejo estanciero alababa su adquisición como un triunfo, pretendiendo
que su yerno la celebrase igualmente.
--Un mozo muy útil, ¿no es cierto?... Estos -gringos- de la Alemania
sirven bien, saben muchas cosas y cuestan poco. Luego, ¡tan
disciplinados! ¡tan humilditos!... Yo siento decírtelo, porque eres
gabacho; pero os habéis echado malos enemigos. Son gente dura de pelar.
Desnoyers contestaba con un gesto de indiferencia. Su patria estaba
lejos y también la del alemán. ¡A saber si volverían á ella!... Allí
eran argentinos, y debían pensar en las cosas inmediatas, sin
preocuparse del pasado.
--Además, ¡tienen tan poco orgullo!--continuó Madariaga con tono
irónico--. Cualquier -gringo- de éstos, cuando es dependiente en la
capital, barre la tienda, hace la comida, lleva la contabilidad, vende á
los parroquianos, escribe á máquina, traduce de cuatro á cinco lenguas,
y acompaña, si es preciso, á la amiga del amo como si fuese una gran
señora... todo por veinticinco pesos al mes. ¡Quién puede luchar con una
gente así! Tú, gabacho, eres como yo... muy serio, y te morirías de
hambre antes de pasar por ciertas cosas. Por eso te digo que resultan
temibles.
El estanciero, después de una corta reflexión, añadió:
--Tal vez no son tan buenos como parecen. Hay que ver cómo tratan á los
que están debajo de ellos. Puede que se hagan los simples sin serlo, y
cuando sonríen al recibir una patada, dicen para sus adentros: «Espera
que llegue la mía, y te devolveré tres.»
Luego pareció arrepentirse de sus palabras.
--De todos modos, este Karl es un pobre mozo, un infeliz, que apenas
digo yo algo, abre la boca como si fuese á tragar moscas. El asegura que
es de gran familia, pero ¡vaya usted á saber de estos -gringos-!...
Todos los muertos de hambre, al venir á América, la echamos de hijos de
príncipes.
A éste lo había tuteado Madariaga desde el primer instante, no por
agradecimiento, como á Desnoyers, sino para hacerle sentir su
inferioridad. Lo había introducido igualmente en su casa, pero
únicamente para que diese lecciones de piano á la hija menor. «La
romántica» ya no se colocaba al atardecer en la puerta contemplando el
sol poniente. Karl, una vez terminado su trabajo en la Administración,
venía á la casa del estanciero, sentándose al lado de Elena, que
tecleaba con una tenacidad digna de mejor suerte. A última hora, el
alemán, acompañándose en el piano, cantaba fragmentos de Wágner, que
hacían dormitar á Madariaga en un sillón con el fuerte cigarro paraguayo
adherido á los labios.
Elena contemplaba mientras tanto con creciente interés al -gringo-
cantor. No era el caballero de los ensueños esperado por la dama blanca.
Era casi un sirviente, un inmigrante rubio tirando á rojo, carnudo, algo
pesado y con ojos bovinos que reflejaban un eterno miedo á desagradar á
sus jefes. Pero, día por día, iba encontrando en él algo que modificaba
sus primeras impresiones: la blancura femenil de Karl más allá de la
cara y las manos tostadas por el sol; la creciente marcialidad de sus
bigotes; la soltura con que montaba á caballo; su aire trovadoresco al
entonar con una voz de tenor algo sorda romanzas voluptuosas con
palabras que ella no podía entender.
Una noche, á la hora de la cena, no pudo contenerse, y habló con la
vehemencia febril del que ha hecho un gran descubrimiento:
--Papá: Karl es noble. Pertenece á una gran familia.
El estanciero hizo un gesto de indiferencia. Otras cosas le preocupaban
en aquellos días. Pero durante la velada sintió la necesidad de
descargar en alguien la cólera interna que le venía royendo desde su
último viaje á Buenos Aires, é interrumpió al cantor.
--Oye, -gringo-: ¿qué es eso de tu nobleza y demás macanas que le has
contado á la niña?
Karl abandonó el piano para erguirse y responder. Bajo la influencia del
canto reciente, había en su actitud algo que recordaba á Lohengrin en el
momento de revelar el secreto de su vida. Su padre había sido el general
von Hartrott, uno de los caudillos secundarios de la guerra del 70. El
emperador lo había recompensado ennobleciéndolo. Uno de sus tíos era
consejero íntimo del rey de Prusia. Sus hermanos mayores figuraban en la
oficialidad de los regimientos privilegiados. El había arrastrado sable
como teniente.
Madariaga le interrumpió, fatigado de tanta grandeza. «Mentiras...
macanas... aire.» ¡Hablarle á él de noblezas de -gringos-!... Había
salido muy joven de Europa para sumirse en las revueltas democracias de
América, y aunque la nobleza le parecía algo anacrónico é
incomprensible, se imaginaba que la única auténtica y respetable era la
de su país. A los -gringos- les concedía el primer lugar para la
invención de máquinas, para los barcos, para la cría de animales de
precio, pero todos los condes y marqueses de la -gringuería- le parecían
falsificados.
--Todo farsas--volvió á repetir--. Ni en tu país hay nobleza, ni tenéis
todos juntos cinco pesos. Si los tuvierais, no vendríais aquí á comer ni
enviaríais las mujeres que enviáis, que son... tú sabes lo que son tan
bien como yo.
Con asombro de Desnoyers, el alemán acogió esta rociada humildemente,
asintiendo con movimientos de cabeza á las últimas palabras del patrón.
--Si fuesen verdad--continuó Madariaga implacablemente--todas esas
macanas de títulos, sables y uniformes, ¿por qué has venido aquí? ¿Qué
diablos has hecho en tu tierra para tener que marcharte?
Ahora Karl bajó la frente, confuso y balbuceando. «Papá... papá»,
suplicó Elena. ¡Pobrecito! ¡Cómo le humillaban porque era pobre!... Y
sintió un hondo agradecimiento hacia su cuñado al ver que rompía su
mutismo para defender al alemán.
--¡Pero si yo aprecio á este mozo!--dijo Madariaga excusándose--. Son
los de su tierra los que me dan rabia.
Cuando, pasados algunos días, hizo Desnoyers un viaje á Buenos Aires, se
explicó la cólera del viejo. Durante varios meses había sido el
protector de una tiple de origen alemán olvidada en América por una
compañía de opereta italiana. Ella le recomendó á Karl, compatriota
desgraciado que, luego de rodar por varias naciones de América y ejercer
diversos oficios, vivía al lado suyo en clase de caballero cantor.
Madariaga había gastado alegremente muchos miles de pesos. Un entusiasmo
juvenil le acompañó en esta nueva existencia de placeres urbanos, hasta
que, al descubrir la segunda vida que llevaba la alemana en sus
ausencias y cómo reía de él con los parásitos de su séquito, montó en
cólera, despidiéndose para siempre, con acompañamiento de golpes y
fractura de muebles.
¡La última aventura de su historia!... Desnoyers adivinó esta voluntad
de renunciamiento al oir que por primera vez confesaba sus años. No
pensaba volver á la capital. ¡Todo mentira! La existencia en el campo,
rodeado de la familia y haciendo mucho bien á los pobres, era lo único
cierto. Y el terrible centauro se expresaba con una ternura idílica, con
una firme virtud de sesenta y cinco años, insensibles ya á la tentación.
Después de su escena con Karl, había aumentado el sueldo de éste,
apelando como siempre á la generosidad para reparar sus violencias. Lo
que no podía olvidar era lo de su nobleza, que le daba motivo para
nuevas bromas. Aquel relato glorioso había traído á su memoria los
árboles genealógicos de los reproductores de la estancia. El alemán era
un -pedigrée-, y con este apodo le designó en adelante.
Sentado, en las noches veraniegas, bajo un cobertizo de la casa, se
extasiaba patriarcalmente contemplando á su familia en torno de él. La
calma nocturna se iba poblando de zumbidos de insectos y cloqueos de
ranas. De los lejanos ranchos venían los cantares de los peones que
preparaban su cena. Era la época de la siega, y grandes bandas de
emigrantes se alojaban en la estancia para el trabajo extraordinario.
Madariaga había conocido días tristes de guerras y violencias. Se
acordaba de los últimos años de la tiranía de Rosas, presenciados por él
al llegar al país. Enumeraba las diversas revoluciones nacionales y
provinciales en las que había tomado parte, por no ser menos que sus
vecinos, y á las que designaba con el título de «puebladas». Pero todo
esto había desaparecido y no volvería á repetirse. Los tiempos eran de
paz, de trabajo y abundancia.
--Fíjate, gabacho--decía, espantando con los chorros de humo de su
cigarro á los mosquitos que volteaban en torno de él--. Yo soy español,
tú francés, Karl es alemán, mis niñas argentinas, el cocinero ruso, su
ayudante griego, el peón de cuadra inglés, las -chinas- de la cocina,
unas son del país, otras gallegas ó italianas, y entre los peones los
hay de todas castas y leyes... ¡Y todos vivimos en paz! En Europa tal
vez nos habríamos golpeado á estas horas; pero aquí todos amigos.
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