Con vehemencia, le echó los brazos al cuello, ciega é insensible para
todo lo que no fuese él.
--Toma... toma.
Plantó en su cara dos besos violentos, sonoros, agresivos.
Después, vacilando sobre sus piernas, súbitamente desfallecida, se llevó
el pañuelo á los ojos y rompió á llorar desesperadamente.
II
En el estudio
Al abrir una tarde la puerta, Argensola quedó inmóvil, como si la
sorpresa hubiese clavado sus pies en el suelo.
Un viejo le saludaba con amable sonrisa.
--Soy el padre de Julio.
Y pasó adelante, con la seguridad de un hombre que conoce perfectamente
el lugar donde se encuentra.
Por fortuna, el pintor estaba solo, y no necesitó correr de un lado á
otro disimulando los vestigios de una grata compañía.
Tardó algún tiempo en reponerse de su emoción. Había oído hablar tanto
de don Marcelo y su mal carácter, que le causó una gran inquietud verle
aparecer inesperadamente en el estudio... ¿Qué deseaba el temible señor?
Su tranquilidad fué renaciendo al examinarle con disimulo. Se había
aviejado mucho desde el principio de la guerra. Ya no conservaba aquel
gesto de tenacidad y mal humor que parecía repeler á las gentes. Sus
ojos brillaban con una alegría pueril; le temblaban ligeramente las
manos; su espalda se encorvaba. Argensola, que había huído siempre al
encontrarle en la calle y experimentado grandes miedos al subir la
escalera de servicio de su casa, sintió ahora una repentina confianza.
Le sonreía como á un camarada; daba excusas para justificar su visita.
Había querido ver la casa de su hijo. ¡Pobre viejo!... Le arrastraba la
misma atracción del enamorado que, para alegrar su soledad, recorre los
lugares que frecuentó la persona amada. No le bastaban las cartas de
Julio: necesitaba ver su antigua vivienda, rozarse con todos los objetos
que le habían rodeado, respirar el mismo aire, hablar con aquel joven
que era su íntimo compañero.
Fijaba en el pintor unos ojos paternales... «Un mozo interesante el tal
Argensola.» Y al pensar esto, no se acordó de las veces que le había
llamado «sinvergüenza» sin conocerle, sólo porque acompañaba á su hijo
en una vida de reprobación.
La mirada de Desnoyers se paseó con deleite por el estudio. Conocía los
tapices, los muebles, todos los adornos procedentes del antiguo dueño.
El hacía memoria con facilidad de las cosas que había comprado en su
vida, á pesar de ser tantas. Sus ojos buscaban ahora lo personal, lo que
podía evocar la imagen del ausente. Y se fijaron en los cuadros apenas
bosquejados, en los estudios sin terminar que llenaban los rincones.
¿Todo era de Julio?... Muchos de los lienzos pertenecían á Argensola;
pero éste, influenciado por la emoción del viejo, mostró una amplia
generosidad. Sí, todo de Julio... Y el padre fué de pintura en pintura,
deteniéndose con gesto admirativo ante los bocetos más informes, como
si presintiese en su confusión las desordenadas visiones del genio.
--Tiene talento, ¿verdad?--preguntó, implorando una palabra favorable--.
Siempre le he creído inteligente... Algo diablo, pero el carácter cambia
con los años... Ahora es otro hombre.
Y casi lloró al oir cómo el español, con toda la vehemencia de su
verbosidad pronta al entusiasmo, ensalzaba al ausente, describiéndole
como un gran artista que asombraría al mundo cuando le llegase su hora.
El pintor de almas se sintió al final tan conmovido como el padre.
Admiraba á este viejo con cierto remordimiento. No quería acordarse de
lo que había dicho contra él en otra época. ¡Qué injusticia!...
Don Marcelo agarraba sus manos como las de un compañero. Los amigos de
su hijo eran sus amigos. El no ignoraba cómo vivían los jóvenes. Si
alguna vez tenía un apuro, si necesitaba una pensión para seguir
pintando, allí estaba él, deseoso de atenderle. Por lo pronto, le
esperaba á comer en su casa aquella misma noche, y si quería ir todas
las noches, mucho mejor. Comería en familia, modestamente; la guerra
había cambiado las costumbres; pero se vería en la intimidad de un
hogar, lo mismo que si estuviese en la casa de sus padres. Hasta habló
de España, para hacerse más grato al pintor. Sólo había estado allá una
vez, por breve tiempo; pero después de la guerra pensaba recorrerla
toda. Su suegro era español, su mujer tenía sangre española, en su casa
empleaban el castellano como idioma de la intimidad. ¡Ah, España, país
de noble pasado y caracteres altivos!...
Argensola sospechó que, de pertenecer él á otra nación, el viejo la
habría alabado igualmente. Este afecto no era más que un reflejo del
amor al hijo ausente, pero él lo agradecía. Y casi abrazó á don Marcelo
al decirle ¡adiós!
Después de esta tarde fueron muy frecuentes sus visitas al estudio. El
pintor tuvo que recomendar á las amigas un buen paseo después del
almuerzo, absteniéndose de aparecer en la -rue de la Pompe- antes que
cerrase la noche. Pero á veces don Marcelo se presentaba
inesperadamente por la mañana, y él tenía que correr de un lado á otro,
tapando aquí, quitando más allá, para que el taller conservase un
aspecto de virtud laboriosa.
--Juventud... ¡juventud!--murmuraba el viejo con una sonrisa de
tolerancia.
Y tenía que hacer un esfuerzo, recordar la dignidad de sus años, para no
pedir á Argensola que le presentase á las fugitivas, cuya presencia
adivinaba en las habitaciones interiores. Habían sido tal vez amigas de
su hijo, representaban una parte de su pasado, y esto le bastaba para
suponer en ellas grandes cualidades que las hacían interesantes.
Estas sorpresas, con sus correspondientes inquietudes, acabaron por
conseguir que el pintor se lamentase un poco de su nueva amistad. Le
molestaba además la invitación á comer que continuamente formulaba el
viejo. Encontraba muy buena, pero demasiado aburrida, la mesa de los
Desnoyers. El padre y la madre sólo hablaban del ausente. Chichí apenas
prestaba atención al amigo de su hermano. Tenía el pensamiento fijo en
la guerra; le preocupaba el funcionamiento del correo, formulando
protestas contra el gobierno cuando transcurrían varios días sin recibir
carta del subteniente Lacour.
Argensola se excusó con diversos pretextos de seguir comiendo en la
avenida Víctor Hugo. Le placía más ir á los restoranes baratos con su
séquito femenino. El viejo aceptaba las negativas con un gesto de
enamorado que se resigna.
--¿Tampoco hoy?...
Y para compensarse de tales ausencias, iba al día siguiente al estudio
con gran anticipación.
Representaba para él un placer exquisito dejar que se deslizase el
tiempo sentado en un diván que aún parecía guardar la huella del cuerpo
de Julio, viendo aquellos lienzos cubiertos de colores por su pincel,
acariciado por el calor de una estufa que roncaba dulcemente en un
silencio profundo, conventual. Era un refugio agradable, lleno de
recuerdos, en medio del París monótono y entristecido de la guerra, en
el que no encontraba amigos, pues todos necesitaban pensar en las
propias preocupaciones.
Los placeres de su pasado habían perdido todo encanto. El Hotel Drouot
ya no le tentaba. Se estaban subastando en aquellos momentos los bienes
de los alemanes residentes en Francia, embargados por el gobierno. Era
como una respuesta al viaje forzoso que habían hecho los muebles del
castillo de Villeblanche tomando el camino de Berlín. En vano le
hablaban los corredores del escaso público que asistía á las subastas.
No sentía la atracción de estas ocasiones extraordinarias. ¿Para qué
hacer más compras?... ¿De qué servía tanto objeto inútil? Al pensar en
la existencia dura que llevaban millones de hombres á campo raso, le
asaltaban deseos de una vida ascética. Había empezado á odiar los
esplendores ostentosos de su casa de la avenida Víctor Hugo. Recordaba
sin pena la destrucción del castillo. Sentía, una pereza irresistible
cuando sus aficiones pretendían empujarle, como en otros tiempos, á las
compras incesantes. No; mejor estaba allí... Y allí, era siempre el
estudio de Julio.
Argensola trabajaba en presencia de don Marcelo. Sabía que el viejo
abominaba de las gentes inactivas, y había emprendido varias obras,
sintiendo el contagio de esta voluntad inclinada á la acción. Desnoyers
seguía con interés los trazos del pincel y aceptaba todas las
explicaciones del retratista de almas. El era partidario de los
antiguos; en sus compras, sólo había adquirido obras de pintores
muertos; pero le bastaba saber que Julio pensaba como su amigo, para
admitir humildemente todas las teorías de éste.
La laboriosidad del artista era otra. A los pocos minutos prefería
hablar con el viejo, sentándose en el mismo diván.
El primer motivo de conversación era el ausente. Repetían fragmentos de
las cartas que llevaban recibidas; hablaban del pasado con discretas
alusiones. El pintor describía la vida de Julio antes de la guerra como
una existencia dedicada por completo á las preocupaciones del arte. El
padre no ignoraba la inexactitud de tales palabras, pero agradecía la
mentira como una gran muestra de amistad. Argensola era un compañero
bueno y discreto; jamás, en sus mayores desenfados verbales, había
hecho alusión á Madama Laurier.
En aquellos días preocupaba al viejo el recuerdo de ésta. La había
encontrado en la calle dando el brazo á su esposo, que ya estaba
restablecido de sus heridas. El ilustre Lacour contaba satisfecho la
reconciliación del matrimonio. El ingeniero sólo había perdido un ojo.
Ahora estaba al frente de su fábrica, requisada por el gobierno para la
fabricación de obuses. Era capitán y ostentaba dos condecoraciones. No
sabía ciertamente el senador cómo se había realizado la inesperada
reconciliación. Les había visto llegar un día á su casa juntos,
mirándose con ternura, olvidados completamente del pasado.
--¿Quién se acuerda de las cosas de antes de la guerra?--había dicho el
personaje--. Ellos y sus amigos han olvidado completamente lo del
divorcio. Vivimos todos una nueva existencia... Yo creo que los dos son
ahora más felices que antes.
Esta felicidad la había presentido Desnoyers al verles. Y el hombre de
rígida moral, que anatematizaba el año anterior la conducta de su hijo
con Laurier, teniéndola por la más nociva de las calaveradas, sintió
cierto despecho al contemplar á Margarita pegada á su marido, hablándole
con amoroso interés. Le pareció una ingratitud esta felicidad
matrimonial. ¡Una mujer que había influido tanto en la vida de Julio!...
¿Así pueden olvidarse los amores?...
Los dos habían pasado como si no le conociesen. Tal vez el capitán
Laurier no veía con claridad; pero ella le había mirado con sus ojos
cándidos, volviendo la vista precipitadamente para evitar su saludo...
El viejo se entristeció ante tal indiferencia, no por él, sino por el
otro. ¡Pobre Julio!... El inflexible señor, en plena inmoralidad mental,
lamentaba este olvido como algo monstruoso.
La guerra era otro objeto de conversación durante las tardes pasadas en
el estudio. Argensola ya no llevaba los bolsillos repletos de impresos,
como al principio de las hostilidades. Una calma resignada y serena
había sucedido á la excitación del primer momento, cuando las gentes
esperaban intervenciones extraordinarias y maravillosas. Todos los
periódicos decían lo mismo. Le bastaba con leer el comunicado oficial, y
este documento sabía esperarlo sin impaciencia, presintiendo que, poco
más ó menos, diría lo mismo que el anterior.
La fiebre de los primeros meses, con sus ilusiones y optimismos, le
parecía ahora algo quimérico. Los que no estaban en la guerra habían
vuelto poco á poco á las ocupaciones habituales. La existencia recobraba
su ritmo ordinario. «Hay que vivir», decían las gentes. Y la necesidad
de continuar la vida llenaba el pensamiento con sus exigencias
inmediatas. Los que tenían individuos armados en el ejército se
acordaban de ellos, pero sus ocupaciones amortiguaban la violencia del
recuerdo, acabando por aceptar la ausencia, como algo que de
extraordinario pasaba á ser normal. Al principio, la guerra cortaba el
sueño, hacía intragable la comida, amargaba el placer, dándole una
palidez fúnebre. Todos hablaban de lo mismo. Ahora, se abrían lentamente
los teatros, circulaba el dinero, reían las gentes, hablaban de la gran
calamidad, pero sólo á determinadas horas, como algo que iba á ser
largo, muy largo, y exigía con su fatalismo inevitable una gran
resignación.
--La humanidad se acostumbra fácilmente á la desgracia--decía
Argensola--, siempre que la desgracia sea larga... Esa es nuestra
fuerza; por eso vivimos.
Don Marcelo no aceptaba su resignación. La guerra iba á ser más corta de
lo que se imaginaban todos. Su entusiasmo le fijaba un término
inmediato: dentro de tres meses, en la primavera próxima. Y si la paz no
era en la primavera, sería en el verano.
Un nuevo interlocutor tomó parte en sus conversaciones. Desnoyers
conoció al vecino ruso, del que le hablaba Argensola. También este
personaje raro había tratado á su hijo, y esto bastó para que Tchernoff
le inspirase gran interés.
En tiempo normal, lo habría mantenido á distancia. El millonario era
partidario del orden. Abominaba de los revolucionarios, con el miedo
instintivo de todos los ricos que han creado su fortuna y recuerdan la
modestia de su origen. El socialismo de Tchernoff y su nacionalidad
habrían provocado forzosamente en su pensamiento una serie de imágenes
horripilantes: bombas, puñaladas, justas expiaciones en la horca, envíos
á Siberia. No, no era un amigo recomendable... Pero ahora don Marcelo
experimentaba un profundo trastorno en la apreciación de las ideas
ajenas. ¡Había visto tanto!... Los procedimientos terroríficos de la
invasión, la falta de escrúpulos de los jefes alemanes, la tranquilidad
con que los submarinos echaban á pique buques pacíficos cargados de
viajeros indefensos, las hazañas de los aviadores, que á dos mil metros
de altura arrojaban bombas sobre las ciudades abiertas, destrozando
mujeres y niños, le hacían recordar como sucesos sin importancia los
atentados del terrorismo revolucionario que años antes provocaban su
indignación.
--¡Y pensar--decía--que nos enfurecíamos, como si el mundo fuese á
deshacerse, porque alguien arrojaba una bomba contra un personaje!
Estos exaltados ofrecían para él una cualidad que atenuaba sus crímenes.
Morían víctimas de sus propios actos ó se entregaban sabiendo cuál iba á
ser su castigo. Se sacrificaban sin buscar la salida: rara vez se habían
salvado valiéndose de las precauciones de la impunidad. ¡Mientras que
los terroristas de la guerra!...
Con la violencia de su carácter imperioso, el viejo efectuaba una
reversión absoluta de valores.
--Los verdaderos anarquistas están ahora en lo alto--decía con risa
irónica--. Todos los que nos asustaban antes eran unos infelices... En
un segundo matan los de nuestra época más inocentes que los otros en
treinta años.
La dulzura de Tchernoff, sus ideas originales, sus incoherencias de
pensador acostumbrado á saltar de la reflexión á la palabra sin
preparación alguna, acabaron por seducir á don Marcelo. Todas sus dudas
las consultaba con él. Su admiración le hacía pasar por alto la
procedencia de ciertas botellas con que Argensola obsequiaba algunas
veces á su vecino. Aceptó con gusto que Tchernoff consumiese estos
recuerdos de la época en que vivía él luchando con su hijo.
Después de saborear el vino de la avenida Víctor Hugo, sentía el ruso
una locuacidad visionaria semejante á la de la noche en que evocó la
fantástica cabalgada de los cuatro jinetes apocalípticos.
Lo que más admiraba Desnoyers era su facilidad para exponer las cosas,
fijándolas por medio de imágenes. La batalla del Marne con los combates
subsiguientes y la carrera de ambos ejércitos hacia la orilla del mar
eran para él hechos de fácil explicación... ¡Si los franceses no
hubiesen estado fatigados después de su triunfo en el Marne!...
--...Pero las fuerzas humanas--continuaba Tchernoff--tienen un límite, y
el francés, con todo su entusiasmo, es un hombre como los demás.
Primeramente la marcha rapidísima del Este al Norte para hacer frente á
la invasión por Bélgica; luego los combates; á continuación una retirada
veloz para no verse envueltos; finalmente una batalla de siete días; y
todo esto en un período de tres semanas nada más... En el momento del
triunfo faltaron piernas á los vencedores para ir adelante y faltó
caballería para perseguir á los fugitivos. Las bestias estaban más
extenuadas aún que los hombres. Al verse acosados con poca tenacidad,
los que se retiraban, cayéndose de fatiga, se tendieron y excavaron la
tierra, creándose un refugio. Los franceses también se acostaron,
arañando el suelo para no perder lo recuperado... Y empezó de este modo
la guerra de trincheras.
Luego, cada línea, con el intento de envolver á la línea enemiga, había
ido prolongándose hacia el Noroeste, y de los estiramientos sucesivos
resultó la carrera hacia el mar de unos y otros, formando el frente de
combate más grande que se conocía en la Historia.
Cuando don Marcelo, en su optimismo entusiasta, anunciaba la terminación
de la guerra para la primavera siguiente... para el verano, siempre con
cuatro meses de plazo á lo más, el ruso movía la cabeza.
--Esto será largo... muy largo. Es una guerra nueva, la verdadera guerra
moderna. Los alemanes iniciaron las hostilidades á estilo antiguo, como
si no hubiesen observado nada después de 1870: una guerra de movimientos
envolventes, de batallas á campo raso, lo mismo que podía discurrirla
Moltke imitando á Napoleón. Deseaban terminar pronto y estaban seguros
del triunfo. ¿Para qué hacer uso de procedimientos nuevos?... Pero lo
del Marne torció sus planes: de agresores tuvieron que pasar á la
defensiva, y entonces emplearon todo lo que su Estado Mayor había
aprendido en las campañas de japoneses y rusos, iniciándose la guerra de
trincheras, la lucha subterránea, que es lógica, por el alcance y la
cantidad de disparos del armamento moderno. La conquista de un kilómetro
de terreno representa ahora más que hace un siglo el asalto de una
fortaleza de piedra... Ni unos ni otros van á avanzar en mucho tiempo.
Tal vez no avancen nunca definitivamente. Esto va á ser largo y
aburrido, como las peleas entre atletas de fuerzas equilibradas.
--Pero alguna vez tendrá fin--dijo Desnoyers.
--Indudablemente; pero ¿quién sabe cuándo?... ¿Y cómo quedarán unos y
otros cuando todo termine?...
El creía en un final rápido, cuando menos lo esperase la gente, por la
fatiga de uno de los dos luchadores, cuidadosamente disimulada hasta el
último momento.
--Alemania será la derrotada--añadió con firme convicción--. No sé
cuándo ni cómo, pero caerá lógicamente. Su golpe maestro le falló en
Septiembre, al no entrar en París deshaciendo al ejército enemigo. Todos
los triunfos de su baraja los echó entonces sobre la mesa. No ganó, y
continúa prolongando el juego porque tiene muchas cartas, y lo
prolongará todavía largo tiempo... Pero lo que no pudo hacer en el
primer momento no lo hará nunca.
Para Tchernoff, la derrota final no significaba la destrucción de
Alemania ni el aniquilamiento del pueblo alemán.
--A mí me indignan--continuó--los patriotismos excesivos. Oyendo á
ciertas gentes que formulan planes para la supresión definitiva de
Alemania, me parece estar escuchando á los pangermanistas de Berlín
cuando repartían los continentes.
Luego concretó su opinión.
--Hay que derrotar al Imperio, para tranquilidad del mundo: suprimir la
gran máquina de guerra que perturba la paz de las naciones... Desde 1870
todos vivimos pésimamente. Durante cuarenta y cuatro años se ha
conjurado el peligro, pero en todo este tiempo ¡qué de angustias!...
Lo que más irritaba á Tchernoff era la enseñanza inmoral nacida de esta
situación y que había acabado por apoderarse del mundo: la glorificación
de la fuerza, la santificación del éxito, el triunfo del materialismo,
el respeto al hecho consumado, la mofa de los más nobles sentimientos,
como si fuesen simples frases sonoras y ridículas, el trastorno de los
valores morales, una filosofía de bandidos que pretendía ser la última
palabra del progreso y no era mas que la vuelta al despotismo, la
violencia, la barbarie de las épocas más primitivas de la Historia.
Deseaba la supresión de los representantes de esta tendencia, pero no
por esto pedía el exterminio del pueblo alemán.
--Ese pueblo tiene grandes méritos confundidos con malas condiciones,
que son herencia de un pasado de barbarie demasiado próximo. Posee el
instinto de la organización y del trabajo, y puede prestar buenos
servicios á la humanidad... Pero antes es necesario administrarle una
ducha: la ducha del fracaso. Los alemanes están locos de orgullo, y su
locura resulta peligrosa para el mundo. Cuando hayan desaparecido los
que les envenenaron con ilusiones de hegemonía mundial, cuando la
desgracia haya refrescado su imaginación y se conformen con ser un grupo
humano ni superior ni inferior á los otros, formarán un pueblo
tolerante, útil... y quién sabe si hasta simpático.
No había en la hora presente, para Tchernoff, pueblo más peligroso. Su
organización política lo convertía en una horda guerrera educada á
puntapiés y sometida á continuas humillaciones para anular la voluntad,
que se resiste siempre á la disciplina.
--Es una nación donde todos reciben golpes y desean darlos al que está
más abajo. El puntapié que suelta el emperador se transmite de dorso en
dorso hasta las últimas capas sociales. Los golpes empiezan en la
escuela y se continúan en el cuartel, formando parte de la educación. El
aprendizaje de los príncipes herederos de Prusia consistió siempre en
recibir bofetadas y palos de su progenitor el rey. El kaiser pega á sus
retoños, el oficial á sus soldados, el padre á sus hijos y á la mujer,
el maestro á los alumnos; y cuando el superior no puede dar golpes,
impone á los que tiene debajo el tormento del ultraje moral.
Por eso cuando abandonaban su vida ordinaria, tomando las armas para
caer sobre otro grupo humano, eran de una ferocidad implacable.
--Cada uno de ellos--continuó el ruso--lleva debajo de la espalda un
depósito de patadas recibidas, y desea consolarse dándolas á su vez á
los infelices que coloca la guerra bajo su dominación. Este pueblo de
«señores», como él mismo se llama, aspira á serlo... pero fuera de su
casa. Dentro de ella, es el que menos conoce la dignidad humana. Por eso
siente con tanta vehemencia el deseo de esparcirse por el mundo, pasando
de lacayo á patrón.
Repentinamente, don Marcelo dejó de ir con frecuencia al estudio.
Buscaba ahora á su amigo el senador. Una promesa de éste había
trastornado su tranquila resignación.
El personaje estaba triste desde que el heredero de las glorias de su
familia se había ido á la guerra, rompiendo la red protectora de
recomendaciones en que le había envuelto.
Una noche, comiendo en casa de Desnoyers, apuntó una idea que hizo
estremecer á éste. «¿No le gustaría ver á su hijo?...» El senador estaba
gestionando una autorización del Cuartel General para ir al frente.
Necesitaba ver á René. Pertenecía al mismo cuerpo de ejército que Julio;
tal vez estaban en lugares algo lejanos, pero un automóvil puede dar
muchos rodeos antes de llegar al término de su viaje.
No necesitó decir más. Desnoyers sintió de pronto un deseo vehemente de
ver á su hijo. Llevaba muchos meses teniendo que contentarse con la
lectura de sus cartas y la contemplación de una fotografía hecha por uno
de sus camaradas...
Desde entonces asedió á Lacour como si fuese uno de sus electores
deseoso de un empleo. Le visitaba por las mañanas en su casa, lo
invitaba á comer todas las noches, iba á buscarle por las tardes en los
salones del Luxemburgo. Antes de la primera palabra de saludo, sus ojos
formulaban siempre la misma interrogación... «¿Cuándo conseguiría el
permiso?»
El grande hombre lamentaba la indiferencia de los militares con el
elemento civil. Siempre habían sido enemigos del parlamentarismo.
--Además, Joffre se muestra intratable. No quiere curiosos... Mañana
veré al Presidente.
Pocos días después llegó á la casa de la avenida Víctor Hugo con un
gesto de satisfacción que llenó de alegría á don Marcelo.
--¿Ya está?...
--Ya está... Pasado mañana salimos.
Desnoyers fué en la tarde siguiente al estudio de la -rue de la Pompe-.
--Mañana me voy.
El pintor deseó acompañarle. ¿No podría ir también como secretario del
senador?... Don Marcelo sonrió. La autorización servía únicamente para
Lacour y un acompañante. El era quien iba á figurar como secretario,
ayuda de cámara ó lo que fuese de su futuro consuegro.
Al final de la tarde salió del estudio, acompañado hasta el ascensor por
las lamentaciones de Argensola. ¡No poder agregarse á la expedición!...
Creía haber perdido la oportunidad, para pintar su obra maestra.
Cerca de su casa encontró á Tchernoff. Don Marcelo estaba de buen humor.
La seguridad de que iba á ver pronto á su hijo le comunicaba una alegría
infantil. Casi abrazó al ruso, á pesar de su aspecto desastrado, sus
barbas trágicas y su enorme sombrero, que hacían volver la cabeza á los
transeuntes.
Al final de la avenida destacaba su mole el Arco de Triunfo sobre un
cielo coloreado por la puesta del sol. Una nube roja flotaba en torno
del monumento, reflejándose en su blancura con palpitaciones purpúreas.
Desnoyers se acordó de los cuatro jinetes y todo lo demás que le había
contado Argensola antes de presentarle al ruso.
--Sangre--dijo alegremente--. Todo el cielo parece de sangre... Es la
bestia apocalíptica que ha recibido el golpe de gracia. Pronto la
veremos morir.
Tchernoff sonrió igualmente, pero su sonrisa fué melancólica.
--No; la bestia no muere. Es la eterna compañera de los hombres. Se
oculta, chorreando sangre, cuarenta años... sesenta... un siglo, pero
reaparece. Todo lo que podemos desear es que su herida sea larga, que se
esconda por mucho tiempo y no la vean nunca las generaciones que
guardarán todavía nuestro recuerdo.
III
La guerra
Iba ascendiendo don Marcelo por una montaña cubierta de arboleda.
El bosque ofrecía una trágica desolación. Se había inmovilizado en él
una tempestad muda, fijándolo todo en posiciones violentas,
antinaturales. Ni un solo árbol conservaba la forma rectilínea y el
abundante ramaje de los días de paz. Los grupos de pinos recordaban las
columnatas de los templos ruinosos. Unos se mantenían erguidos en toda
su longitud, pero sin el remate de la copa, como fustes que hubiesen
perdido su capitel; otros estaban cortados por la mitad, en pico de
flauta, lo mismo que las pilastras partidas por el rayo. Algunos dejaban
colgar en torno de su seccionamiento las esquirlas filamentosas de la
madera muerta, á semejanza de un mondadientes roto.
La fuerza destructora se había ensañado en los árboles seculares: hayas,
encinas y robles. Grandes marañas de ramaje cortado cubrían el suelo,
como si acabase de pasar por él una banda de leñadores gigantescos. Los
troncos aparecían seccionados á poca distancia de la tierra, con un
corte limpio y pulido, como de un solo hachazo. En torno de las raíces
desenterradas abundaban las piedras revueltas con los terrones; piedras
que dormían en las entrañas del suelo y la explosión había hecho volar
sobre la superficie.
A trechos--brillando entre los árboles ó partiendo el camino con una
inoportunidad que obligaba á molestos rodeos--extendían sus láminas
acuáticas unos charcos enormes, todos iguales, de una regularidad
geométrica, redondos, exactamente redondos. Desnoyers los comparó con
palanganas hundidas en el suelo para uso de los invisibles titanes que
habían talado la selva. Su profundidad enorme empezaba en los mismos
bordes. Un nadador podía arrojarse en estos charcos sin tocar el fondo.
El agua era verdosa, agua muerta, agua de lluvia, con una costra de
vegetación perforada por las burbujas respiratorias de los pequeños
organismos que empezaban á vivir en sus entrañas.
En mitad de la cuesta, rodeadas de pinos, había varias tumbas con cruces
de madera; tumbas de soldados franceses rematadas por banderitas
tricolores. Sobre estos túmulos cubiertos de musgo descansaban viejos
kepis de artilleros. El leñador feroz, al destrozar el bosque, había
alcanzado ciegamente á las hormigas que se movían entre los troncos.
Don Marcelo llevaba polainas, amplio sombrero, y sobre los hombros un
poncho fino arrollado como una manta. Había sacado á luz estas prendas
que le recordaban su lejana vida en la estancia. Detrás de él caminaba
Lacour, procurando conservar su dignidad senatorial entre los jadeos y
resoplidos de fatiga. También llevaba botas altas y sombrero blando,
pero había conservado el chaqué de solemnes faldones, por no renunciar
por completo á su uniforme parlamentario. Delante marchaban dos
capitanes sirviéndoles de guías.
Estaban en una montaña ocupada por la artillería francesa. Iban hacia
las cumbres, donde había ocultos cañones y cañones formando una línea de
varios kilómetros. Los artilleros alemanes habían causado estos
destrozos contestando á los tiros de los franceses. El bosque estaba
rasgado por el obús. Las lagunas circulares eran embudos abiertos por
las «marmitas» germánicas en un suelo de fondo calizo é impermeable que
conservaba los regueros de la lluvia.
Habían dejado su automóvil al pie de la montaña. Uno de los oficiales,
viejo artillero, les explicó esta precaución. Debían seguir cuesta
arriba cautelosamente. Estaban al alcance del enemigo, y un automóvil
podía atraer sus cañonazos.
--Un poco fatigosa la subida--continuó--. ¡Animo, señor senador!... Ya
estamos cerca.
Empezaron á cruzarse en el camino con soldados de artillería. Muchos de
ellos sólo tenían de militar el kepis. Parecían obreros de una fábrica
de metalurgia, fundidores y ajustadores, con pantalones y chalecos de
pana. Llevaban los brazos descubiertos, y algunos, para marchar sobre el
barro con mayor seguridad, calzaban zuecos de madera. Eran antiguos
trabajadores del hierro incorporados por la movilización á la artillería
de reserva. Sus sargentos habían sido contramaestres; muchos de sus
oficiales, ingenieros y dueños de taller.
De pronto, los que subían tropezaron con los férreos habitantes del
bosque. Cuando éstos hablaban se estremecía el suelo, temblaba el aire,
y los pobladores de la arboleda, cuervos y liebres, mariposas y
hormigas, huían despavoridos para ocultarse, como si el mundo fuese á
perecer en ruidosa convulsión. Ahora, los monstruos bramadores
permanecían callados. Se llegaba junto á ellos sin verlos. Entre el
ramaje verde asomaba el extremo de algo semejante á una viga gris; otras
veces, esta aparición emergía de un amontonamiento de troncos secos. Al
dar vuelta al obstáculo, aparecía una plazoleta de tierra limpia ocupada
por varios hombres que vivían, dormían y trabajaban en torno de un
artefacto enorme montado sobre ruedas.
El senador, que había escrito versos en su juventud y hacía poesía
oratoria cuando inauguraba alguna estatua en su distrito, vió en estos
solitarios de la montaña, ennegrecidos por el sol y el humo,
despechugados y arremangados, una especie de sacerdotes puestos al
servicio de la divinidad fatal, que recibía de sus manos la ofrenda de
las enormes cápsulas explosivas, vomitándolas en forma de trueno.
Ocultos bajo el ramaje, para librarse de la observación de los aviadores
enemigos, los cañones franceses se esparcían por las crestas y mesetas
de una serie de montañas. En este rebaño de acero había piezas enormes,
con ruedas reforzadas de patines, semejantes á las de las locomóviles
agrícolas que Desnoyers tenía en sus estancias para arar la tierra. Como
bestias menores, más ágiles y juguetonas en su incesante ladrido, los
grupos del 75 aparecían interpolados entre los sombríos monstruos.
Los dos capitanes habían recibido del general de su cuerpo de ejército
la orden de enseñar minuciosamente al senador el funcionamiento de la
artillería. Y Lacour aceptaba con reflexiva gravedad sus observaciones,
mientras volvía los ojos á un lado y á otro con la esperanza de
reconocer á su hijo. Lo interesante para él era ver á René... Pero
recordando el pretexto oficial de su viaje, seguía de cañón en cañón
oyendo explicaciones.
Mostraban los proyectiles los sirvientes de las piezas: grandes
cilindros ojivales extraídos de los almacenes subterráneos. Estos
almacenes, llamados «abrigos», eran profundas madrigueras, pozos
oblicuos reforzados con sacos de tierra y maderos. Servían de refugio al
personal libre y guardaban las municiones á cubierto de una explosión.
Un artillero les mostró dos bolsas unidas de tela blanca, bien repletas.
Parecían un salchichón doble y eran la carga de uno de los grandes
cañones. La bolsa quedó abierta, saliendo á la luz unos paquetes de
hojas color de rosa. El senador y su acompañante se admiraron de que
esta pasta, que parecía un artículo de tocador, fuese uno de los
terribles explosivos de la guerra moderna.
--Afirmo--dijo Lacour--que al encontrar en la calle uno de estos atados
lo habría creído procedente del bolso de una dama ó un olvido de
dependiente de perfumería... todo, menos un explosivo. ¡Y con esto, que
parece fabricado para los labios, puede volarse un edificio!...
Siguieron su camino. En lo más alto de la montaña vieron un torreón algo
desmoronado. Era el puesto más peligroso. Un oficial examinaba desde él
la línea enemiga para apreciar la exactitud de los disparos. Mientras
sus camaradas estaban debajo de la tierra, ó disimulados por el ramaje,
él cumplía su misión desde este punto visible.
A corta distancia de la torre se abrió ante sus ojos un pasillo
subterráneo. Descendieron por sus entrañas lóbregas, hasta dar con
varias habitaciones excavadas en el suelo. Un lado de montaña cortado á
pico era su fachada exterior. Angostas ventanillas perforadas en la
piedra daban luz y aire á estas piezas.
Un comandante viejo, encargado del sector, salió á su encuentro,
Desnoyers creyó ver á un jefe de sección de un gran almacén de París.
Sus ademanes eran exquisitos, su voz suave parecía implorar perdón á
cada palabra, como si se dirigiese á un grupo de damas ofreciéndoles los
géneros de última novedad. Pero esta impresión sólo duró un momento. El
soldado de pelo canoso y lentes de miope, que guardaba en plena guerra
los gestos de un director de fábrica recibiendo á sus clientes, mostró
al mover los brazos unas vendas y algodones en el interior de sus
mangas. Estaba herido en ambas muñecas por una explosión de obús, y sin
embargo continuaba en su sitio.
«¡Diablo de señor melifluo y almibarado!--pensó don Marcelo--. Hay que
reconocer que es alguien.»
Habían entrado en el puesto de mando, vasta pieza que recibía la luz por
una ventana horizontal de cuatro metros de ancho con sólo una altura de
palmo y medio. Parecía el espacio abierto entre dos hojas de persiana.
Debajo de ella se extendía una mesa de pino cargada de papeles, con
varios taburetes. Ocupando uno de estos asientos se abarcaba con los
ojos toda la llanura. En las paredes había aparatos eléctricos, cuadros
de distribución, bocinas acústicas y teléfonos, muchos teléfonos.
El comandante apartó y amontonó los papeles, ofreciendo los taburetes
con el mismo ademán que si estuviese en un salón.
--Aquí, señor senador.
Desnoyers, compañero humilde, tomó asiento á su lado. El comandante
parecía un director de teatro preparándose á mostrar algo
extraordinario. Colocó sobre la mesa un enorme papel que reproducía
todos los accidentes de la llanura extendida ante ellos: caminos,
pueblos, campos, alturas y valles. Sobre este mapa aparecía un grupo
triangular de líneas rojas en forma de abanico. El vértice era el sitio
donde ellos estaban; la parte ancha del triángulo el límite del
horizonte real que abarcaban con los ojos.
--Vamos á tirar contra este bosque--dijo el artillero señalando un
extremo de la carta--. Aquí es allá--continuó, designando en el
horizonte una pequeña línea obscura--. Tomen ustedes los gemelos.
Pero antes de que los dos apoyasen el borde de los oculares en sus
cejas, el comandante colocó sobre el mapa un nuevo papel. Era una
fotografía enorme y algo borrosa, sobre cuyos trazos aparecía un abanico
de líneas encarnadas igual al otro.
--Nuestros aviadores--continuó el artillero cortés--han tomado esta
mañana algunas vistas de las posiciones enemigas. Esto es una ampliación
de nuestro taller fotográfico... Según sus informes, hay acampados en el
bosque dos regimientos alemanes.
Don Marcelo vió en la fotografía la mancha del bosque y dentro de ella
líneas blancas que figuraban caminos, grupos de pequeños cuadrados que
eran manzanas de casas de un pueblo. Creyó estar en un aeroplano
contemplando la tierra á mil metros de altura. Luego se llevó los
gemelos á los ojos, siguiendo la dirección de una de las líneas rojas, y
vió agrandarse en el redondel de la lente una barra negra, algo
semejante á una línea gruesa de tinta: el bosque, el refugio de los
enemigos.
--Cuando usted lo disponga, señor senador, empezaremos--dijo el
comandante, llegando al último extremo de la cortesía--. ¿Está usted
pronto?...
Desnoyers sonrió levemente. ¿A qué iba á estar pronto su ilustre amigo?
¿De qué podía servir, simple mirón como él, y emocionado indudablemente
por lo nuevo del espectáculo?...
Sonaron á sus espaldas un sinnúmero de timbres: vibraciones que
llamaban, vibraciones que respondían. Los tubos acústicos parecían
hincharse con el galope de las palabras. El hilo eléctrico pobló el
silencio de la habitación con las palpitaciones de su vida misteriosa.
El amable jefe ya no se ocupaba de sus personas. Lo adivinaron á sus
espaldas ante la boca de un teléfono, conversando con sus oficiales á
varios kilómetros de distancia. El héroe dulzón y bienhablado no
abandonaba un momento su retorcida cortesía.
--¿Quiere usted tener la bondad de empezar?...--dijo suavemente al
oficial lejano--. Con mucho gusto le comunico la orden.
Sintió don Marcelo un ligero temblor nervioso junto á una de sus
piernas. Era Lacour, inquieto por la novedad. Iba á iniciarse el fuego;
iba ocurrir algo que no había visto nunca. Los cañones estaban encima de
sus cabezas: temblaría la bóveda como la cubierta de un buque cuando
disparan sobre ella. La habitación, con sus tubos acústicos y sus
vibraciones de teléfonos, era semejante al puente de un navío en el
momento del zafarrancho. ¡El estrépito que iba á producirse!...
Transcurrieron algunos segundos, que fueron larguísimos... De pronto, un
trueno lejano que parecía venir de las nubes. Desnoyers ya no sintió la
vibración nerviosa junto á su pierna. El senador se movió á impulsos de
la sorpresa; su gesto parecía decir: «¿Y esto es todo?...» Los metros de
tierra que tenían sobre ellos amortiguaron las detonaciones. El tiro de
una pieza gruesa equivalía á un garrotazo en un colchón. Más
impresionante resultaba el gemido del proyectil sonando á gran altura,
pero desplazando el aire con tal violencia, que sus ondas llegaban hasta
la ventana.
Huía... huía, debilitando su rugido. Pasó mucho tiempo antes de que se
notasen sus efectos. Los dos amigos llegaron á creer que se había
perdido en él espacio. «No llega... no llega», pensaban. De pronto
surgió en el horizonte, exactamente en el lugar indicado, sobre el
borrón del bosque, una enorme columna de humo, una torre giratoria de
vapor negro, seguida de una explosión volcánica.
--¡Qué mal debe vivirse allí!--dijo el senador.
El y Desnoyers experimentaron una impresión de alegría animal, un
regocijo egoísta, viéndose en lugar seguro, á varios metros debajo del
suelo.
--Los alemanes van á tirar de un momento á otro--dijo en voz baja don
Marcelo á su amigo.
El senador fué de la misma opinión. Indudablemente iban á contestar,
entablándose un duelo de artillería.
Todas las baterías francesas habían abierto el fuego. La montaña tronaba
incesantemente: se sucedían los rugidos de los proyectiles; el
horizonte, todavía silencioso, se iba erizando de negras columnas
salomónicas. Los dos reconocieron que se estaba muy bien en este
refugio, semejante á un palco de teatro...
Alguien tocó en un hombro á Lacour. Era uno de los capitanes que les
guiaban por el frente.
--Vamos arriba--dijo con sencillez--. Hay que ver de cerca cómo trabajan
nuestros cañones. El espectáculo vale la pena.
¿Arriba?... El personaje quedó perplejo, asombrado, como si le
propusiesen un viaje interplanetario. ¿Arriba, cuando los enemigos iban
á contestar de un momento á otro?...
El capitán explicó que el subteniente Lacour estaba tal vez esperando á
su padre. Habían avisado por teléfono á su batería, emplazada á un
kilómetro de distancia: debía aprovechar el tiempo para verle.
Subieron de nuevo á la luz por el boquete del subterráneo. El senador se
había erguido majestuosamente.
«Van á tirar--decía una voz en su interior--; van á contestar los
enemigos.»
Pero se ajustó el chaqué como un manto trágico, y siguió adelante, grave
y solemne. Si aquellos hombres de guerra, adversarios del
parlamentarismo, querían reír ocultamente de las emociones de un
personaje civil, se llevaban chasco.
Desnoyers admiró la decisión con que el grande hombre se lanzaba fuera
del subterráneo, lo mismo que si marchase contra el enemigo.
A los pocos pasos se desgarró la atmósfera en ondas tumultuosas. Los dos
vacilaron sobre los pies, mientras zumbaban sus oídos y creían sentir en
la nuca la impresión de un golpe. Se les ocurrió al mismo tiempo que ya
habían empezado á tirar los alemanes. Pero eran los suyos los que
tiraban. Una vedija de humo surgió del bosque, á una docena de metros,
disolviéndose instantáneamente. Acababa de disparar una de las piezas de
enorme calibre, oculta en el ramaje junto á ellos. Los capitanes dieron
una explicación sin detener el paso. Tenían que seguir por delante de
los cañones, sufriendo la violenta sonoridad de sus estampidos, para no
aventurarse en el espacio descubierto donde estaba el torreón del vigía.
También ellos esperaban de un momento á otro la contestación de
enfrente.
El que iba junto á don Marcelo le felicitó por la impavidez con que
soportaba los cañonazos.
--Mi amigo conoce eso--dijo el senador con orgullo--. Estuvo en la
batalla del Marne.
Los dos militares apreciaron con alguna extrañeza la edad de Desnoyers.
¿En qué lugar había estado? ¿A qué cuerpo pertenecía?...
--Estuve de víctima--dijo el aludido, modestamente.
Un oficial venía corriendo hacia ellos del lado del torreón, por el
espacio desnudo de árboles. Repetidas veces agitó su kepis para que le
viesen mejor. Lacour tembló por él. Podían distinguirle los enemigos; se
ofrecía como blanco al cortar imprudentemente el espacio descubierto,
con el deseo de llegar antes. Y aún tembló más al verle de cerca... Era
René.
Sus manos oprimieron con cierta extrañeza unas manos fuertes, nervudas.
Vió el rostro de su hijo con los rasgos más acentuados, obscurecido por
la pátina que de la existencia campestre. Un aire de resolución, de
confianza en las propias fuerzas, parecía desprenderse de su persona.
Seis meses de vida intensa le habían transformado. Era el mismo, pero
con el pecho más amplio, las muñecas más fuertes. Las facciones suaves y
dulces de la madre se habían perdido bajo esta máscara varonil. Lacour
reconoció con orgullo que ahora se parecía á él.
Después de los abrazos de saludo, René atendió á don Marcelo con más
asiduidad que á su padre. Creía percibir en su persona algo del perfume
de Chichí. Preguntó por ella: quería saber detalles de su vida, á pesar
de la frecuencia con que llegaban sus cartas.
El senador, mientras tanto, conmovido por su reciente emoción, había
tomado cierto aire oratorio al dirigirse á su hijo. Improvisó un
fragmento de discurso en honor de este soldado de la República que
llevaba el glorioso nombre de Lacour, juzgando oportuno el momento para
hacer conocer á aquellos militares profesionales los antecedentes de su
familia.
--Cumple tu deber, hijo mío. Los Lacour tienen tradiciones guerreras.
Acuérdate de nuestro abuelo, el comisario de la Convención, que se
cubrió de gloria en la defensa de Maguncia.
Mientras hablaba se habían puesto todos en marcha, doblando una punta
del bosque para colocarse detrás de los cañones.
Aquí, el estrépito era menos violento. Las grandes piezas, después de
cada disparo, dejaban escapar por la recámara una nubecilla de humo
semejante á la de una pipa. Los sargentos dictaban cifras, comunicadas
en voz baja por otro artillero que tenía en una oreja el auricular del
teléfono. Los sirvientes obedecían silenciosos en torno del cañón.
Tocaban una ruedecita, y el monstruo elevaba su morro gris, lo movía á
un lado ó á otro, con la expresión inteligente y la agilidad de una
trompa de elefante. Al pie de la pieza más próxima se erguía, con el
tirador en las manos, un artillero de cara impasible. Debía estar sordo.
Su embrutecimiento facial delataba cierta autoridad. Para él, la vida no
era mas que una serie de tirones y de truenos. Conocía su importancia.
Era el servidor de la tormenta, el guardián del rayo.
--¡Fuego!--gritó el sargento.
Y el trueno estalló á su voz. Todo pareció temblar; pero acostumbrados
los dos viajeros á oir los estampidos de las piezas por la parte de la
boca, les pareció de segundo orden el estrépito presente.
Lacour iba á continuar su relato sobre el glorioso abuelo de la
Convención, cuando algo extraordinario cortó su facundia.
--Tiran--dijo simplemente el artillero que ocupaba el teléfono.
Los dos oficiales repitieron al senador esta noticia, transmitida por
los vigías de la torre. ¿No había dicho él que los enemigos iban á
contestar?... Obedeciendo al santo instinto de conservación y empujado
al mismo tiempo por su hijo, se vió en un «abrigo» de la batería. No
quiso agazaparse en el interior de la estrecha cueva. Permaneció junto á
la entrada, con una curiosidad que se sobreponía á la inquietud.
Sintió venir al invisible proyectil á pesar del estrépito de los cañones
inmediatos. Percibía, con rara sensibilidad su paso á través de la
atmósfera por encima de los otros ruidos más potentes y cercanos. Era un
gemido que ensanchaba su intensidad; un triángulo sonoro, con el vértice
en el horizonte, que se abría al avanzar, llenando todo el espacio.
Luego ya no fué un gemido, fué un bronco estrépito; formado por diversos
choques y roces, semejantes al descenso de un tranvía eléctrico por una
calle en cuesta, á la carrera de un tren que pasa ante una estación sin
detenerse.
Le vió aparecer en forma de nube, agrandóse como si fuese á desplomarse
sobre la batería. Sin saber cómo, se encontró en el fondo del «abrigo»,
y sus manos tropezaron con el frío contacto de un montón de cilindros de
acero alineados como botellas. Eran proyectiles.
«Si la «marmita» alemana--pensó--estallase sobre esta madriguera... ¡qué
espantosa voladura!...»
Pero se tranquilizaba al considerar la solidez de la bóveda: vigas y
sacos de tierra se sucedían en un espesor de varios metros. Quedó de
pronto en absoluta obscuridad. Otro se había refugiado en el «abrigo»,
obstruyendo con su cuerpo la entrada de la luz: tal vez su amigo
Desnoyers.
Pasó un año que en su reloj sólo representaba un segundo; luego pasó un
siglo de igual duración... y al fin estalló el esperado trueno,
temblando el «abrigo», pero con blandura, con sorda elasticidad, como si
fuese de caucho. La explosión, á pesar de esto, resultaba horrible.
Otras explosiones menores, enroscadas, juguetonas y silbantes surgieron
detrás de la primera. Con la imaginación dió forma Lacour á este
cataclismo. Vió una serpiente alada vomitando chispas y humo, una
especie de monstruo wagneriano que al aplastarse contra el suelo abría
sus entrañas, esparciendo miles de culebrillas ígneas que lo cubrían
todo con sus mortales retorcimientos... El proyectil debía haber
estallado muy cerca, tal vez en la misma plazoleta ocupada por la
batería.
Salió del «abrigo», esperando encontrar un espectáculo horroroso de
cadáveres despedazados, y vió á su hijo que sonreía encendiendo un
cigarro y hablando con Desnoyers... ¡Nada! Los artilleros terminaban
tranquilamente de cargar una pieza gruesa. Habían levantado los ojos un
momento al pasar el proyectil enemigo, continuando luego su trabajo.
--Ha debido caer á unos trescientos metros--dijo René tranquilamente.
El senador, espíritu impresionable, sintió de pronto una confianza
heroica. No valía la pena ocuparse tanto de la propia seguridad cuando
los otros hombres, iguales á él--aunque fuesen vestidos de distinto
modo--, no parecían reconocer el peligro.
Y al pasar nuevos proyectiles, que iban á perderse en los bosques con
estallidos de cráter, permaneció al lado de su hijo, sin otro signo de
emoción que un leve estremecimiento en las piernas. Le parecía ahora que
únicamente los proyectiles franceses, por ser «suyos», daban en el
blanco y mataban. Los otros tenían la obligación de pasar por alto,
perdiéndose lejos entre un estrépito inútil. Con tales ilusiones se
fabrica el valor... «¿Y esto es todo?», parecían decir sus ojos.
Recordaba con cierta vergüenza su refugio en el «abrigo»; se reconocía
capaz de vivir allí, lo mismo que René.
Sin embargo, los obuses alemanes eran cada vez más frecuentes. Ya no se
perdían en el bosque; sus estallidos sonaban más cercanos. Los dos
oficiales cruzaron sus miradas. Tenían el encargo de velar por la
seguridad del ilustre visitante.
--Esto se calienta--dijo uno de ellos.
René, como si adivinase lo que pensaban, se dispuso á partir. «¡Adiós,
papá!» Estaba haciendo falta en su batería. El senador intentó
resistirse, quiso prolongar la entrevista, pero chocó con algo duro é
inflexible que repelía toda su influencia. Un senador valía poco entre
aquella gente acostumbrada á la disciplina.
--¡Salud, hijo mío!... Mucha suerte... Acuérdate de quién eres.
Y el padre lloró al oprimirle entre sus brazos. Lamentaba en silencio la
brevedad de la entrevista; pensó en los peligros que aguardaban á su
único hijo al separarse de él.
Cuando René hubo desaparecido, los capitanes iniciaron la marcha del
grupo. Se hacía tarde; debían llegar antes de anochecer á un determinado
acantonamiento. Iban cuesta abajo, al abrigo de una arista de la
montaña, viendo pasar muy altos los proyectiles enemigos.
En una hondonada encontraron varios grupos de cañones de 75. Estaban
esparcidos en la arboleda, disimulados por montones de ramaje, como
perros agazapados que ladraban asomando sus hocicos grises. Los grandes
cañones rugían con intervalos de grave pausa. Estas jaurías de acero
gritaban incesantemente, sin abrir el más leve paréntesis en su cólera
ruidosa, igual al rasgón de una tela que se parte sin fin. Las piezas
eran muchas, los disparos vertiginosos, y las detonaciones se confundían
en una sola, como las series de puntos se unen formando una línea
compacta.
Los jefes, embriagados por el estrépito, daban sus órdenes á gritos,
agitaban los brazos paseando por detrás de las piezas. Los cañones se
deslizaban sobre las cureñas inmóviles, avanzando y retrocediendo como
pistolas automáticas. Cada disparo arrojaba la cápsula vacía,
introduciendo al punto un nuevo proyectil en la recámara humeante.
Se arremolinaba el aire á espaldas de las baterías con oleaje furioso.
Lacour y su compañero recibían á cada tiro un golpe en el pecho, el
violento contacto de una mano invisible que los empujaba hacia atrás.
Tenían que acompasar su respiración al ritmo de los disparos. Durante
una centésima de segundo, entre la onda aérea barrida y la nueva onda
que avanzaba, sus pechos experimentaban la angustia del vacío. Desnoyers
admiró el ladrido de estos perros grises. Conocía bien sus mordeduras,
que alcanzaban á muchos kilómetros. Aún se mantenían frescas en su pobre
castillo.
A Lacour le pareció que las filas de cañones cantaban algo monótono y
feroz, como debieron ser los himnos guerreros de la humanidad de los
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