Chichí, el cuarto de baño, hasta el guardarropa femenino de la familia,
que conservaba, unos vestidos de la señorita Desnoyers. Las manos del
guerrero se perdieron con delectación en los finos bullones de las
telas, apreciando su blanda frescura.
Este contacto le hizo pensar en París, en las modas, en las casas de los
grandes modistos. La -rue de la Paix- era el lugar más admirado por él
en sus visitas á la ciudad enemiga.
Don Marcelo percibió la fuerte mezcla de perfumes que exhalaban su
cabeza, sus bigotes, todo su cuerpo. Varios frascos del tocador de las
señoras estaban sobre la chimenea.
--¡Qué suciedad la guerra!--dijo el alemán---. Esta mañana he podido
tomar un baño, después de una semana de abstinencia; á media tarde
tomaré otro... A propósito, querido señor: estos perfumes son buenos,
pero no son elegantes. Cuando tenga el gusto de ser presentado á las
señoras, les daré las señas de mis proveedores... Yo uso en mi casa
esencias de Turquía: tengo muchos amigos allá... Al terminar la guerra
haré un envío á la familia.
Sus ojos se habían fijado en algunos retratos colocados sobre una mesa.
El conde adivinó á Madama Desnoyers viendo la fotografía de doña Luisa.
Luego sonrió ante el retrato de Chichí. Muy graciosa: lo que más
admiraba en ella era su aire resuelto de muchacho. Posó una mirada
amplia y profunda en la fotografía de Julio.
--Excelente mozo--dijo--. Una cabeza interesante... artística. En un
baile de trajes obtendría un éxito. ¡Qué príncipe persa!... Una
-aigrette- blanca en la cabeza sujeta con un joyel, el pecho desnudo,
una túnica negra con pavos de oro...
Y siguió vistiendo imaginariamente al primogénito de Desnoyers con todos
los esplendores de un monarca oriental. El viejo sintió un principio de
simpatía hacia aquel hombre por el interés que le inspiraba su hijo.
¡Lástima que escogiese con tanta habilidad las cosas preciosas y se las
apropiase!...
Junto á la cabecera de la cama, sobre un libro de oraciones olvidado por
su esposa, vió un medallón con otra fotografía. Esta no era de la casa.
El conde, que había seguido la dirección de sus ojos, quiso mostrársela.
Temblaron las manos del guerrero... Su altivez desdeñosa é irónica
desapareció de golpe. Un oficial de Húsares de la Muerte sonreía en el
retrato, contrayendo su perfil enjuto y curvo de pájaro de pelea bajo el
gorro adornado con un cráneo y dos fémurs.
--Mi mejor amigo--dijo con voz algo temblorosa--. El ser que más amo en
el mundo... ¡Y pensar que tal vez se bate en estos momentos y pueden
matarlo!... ¡Pensar que yo también puedo morir!...
Don Marcelo creyó entrever una novela del pasado del conde. Aquel húsar
era indudablemente un hijo natural. Su simplicidad no podía concebir
otra cosa. Sólo en su ternura era un padre capaz de hablar así... Y casi
se sintió contagiado por esta ternura.
Aquí dió fin la entrevista. El guerrero le había vuelto la espalda,
saliendo del dormitorio, como si desease ocultar sus emociones. A los
pocos minutos sonó en el piso bajo un magnífico piano de cola que el
comisario no había podido llevarse por la oposición del general. La voz
de éste se elevó sobre el sonido de las cuerdas. Era una voz de barítono
algo opaca, pero que comunicaba un temblor apasionado á su romanza. El
viejo se sintió conmovido; no entendía las palabras, pero las lágrimas
se agolparon á sus ojos. Pensó en su familia, en las desgracias y
peligros que le rodeaban, en la dificultad de volver á encontrar á los
suyos... Como si la música tirase de él, descendió poco á poco al piso
bajo. ¡Qué artista aquel hombre altivamente burlón! ¡Qué alma la
suya!... Los alemanes engañaban á primera vista con su exterior rudo y
su disciplina, que les hacía cometer sin escrúpulo las mayores
atrocidades. Había que vivir en intimidad con ellos para apreciarlos
tales como eran.
Cuando cesó la música estaba en el puente del castillo. Un suboficial
contemplaba las evoluciones de los cisnes en las aguas del foso. Era un
joven doctor en Derecho que desempeñaba la función de secretario cerca
de Su Excelencia; un hombre de Universidad movilizado por la guerra.
Al hablar con don Marcelo reveló inmediatamente su origen. Le había
sorprendido la orden de partida estando de profesor en un colegio
privado y en vísperas de casarse. Todos sus planes habían quedado
deshechos.
--¡Qué calamidad, señor!... ¡Qué trastorno para el mundo!... Y sin
embargo, éramos muchos los que veíamos llegar la catástrofe.
Forzosamente debía sobrevenir un día ú otro. El capitalismo: el maldito
capitalismo tiene la culpa.
El suboficial era socialista. No ocultaba su participación en actos del
partido que le habían originado persecuciones y retrasos en su carrera.
Pero la Social-Democracia se veía ahora aceptada por el emperador y
halagada por los -junkers- más reaccionarios. Todos eran unos. Los
diputados del partido formaban en el Reichstag el grupo más obediente al
gobierno... El sólo guardaba de su pasado cierto fervor para
anatematizar al capitalismo, culpable de la guerra.
Desnoyers se atrevió á discutir con este enemigo que parecía de carácter
dulce y tolerante. «¿No sería el verdadero responsable el militarismo
alemán? ¿No habría buscado y preparado el conflicto, impidiendo todo
arreglo con sus arrogancias?...»
Negó rotundamente el socialista. Sus diputados apoyaban la guerra, y
para hacer esto sus motivos tendrían. Se notaba en él la supeditación á
la disciplina, la eterna disciplina germánica, ciega y obediente, que
gobierna hasta los partidos avanzados. En vano el francés repitió
argumentos y hechos, todo cuanto había leído desde el principio de la
guerra. Sus palabras resbalaron sobre la dureza de este revolucionario
acostumbrado á delegar las funciones del pensamiento.
--¡Quién sabe!--acabó por decir--. Tal vez nos hayamos equivocado. Pero
en el instante actual todo está confuso: faltan elementos de juicio para
formar una opinión exacta. Cuando termine el conflicto conoceremos á los
verdaderos culpables; y si son los nuestros, les exigiremos
responsabilidad.
Sintió ganas de reír Desnoyers ante esta candidez. ¡Esperar el final de
la guerra para saber quién era el culpable!... Y si el Imperio resultaba
vencedor, ¿qué responsabilidad iban á exigirle en pleno orgullo de la
victoria, ellos que se habían limitado siempre á las batallas
electorales, sin el más leve intento de rebeldía?
--Sea quien sea el autor--continuó el suboficial--, esta guerra es
triste. ¡Cuántos hombres muertos!... Yo estuve en Charleroi. Hay que ver
de cerca la guerra moderna... Venceremos; vamos á entrar en París, según
dicen, pero caerán muchos de los nuestros antes de obtener la última
victoria...
Y para alejar las visiones de muerte fijas en su pensamiento, siguió con
los ojos la marcha de los cisnes, ofreciéndoles pedazos de pan que les
hacían torcer el curso de su natación lenta y majestuosa.
El conserje y su familia pasaban el puente con frecuentes entradas y
salidas. Al ver á su señor en buenas relaciones con los invasores,
habían perdido el miedo que los mantenía recluídos en su vivienda. A la
mujer le parecía natural que don Marcelo viese reconocida su autoridad
por aquella gente: el amo siempre es el amo. Y como si hubiese recibido
una parte de esta autoridad, entraba sin temor en el castillo, seguida
de su hija, para poner en orden el dormitorio del dueño. Querían pasar
la noche cerca de él, para que no se viese solo entre los alemanes.
Las dos mujeres trasladaron ropas y colchones desde el pabellón al
último piso. El conserje estaba ocupado en calentar el segundo baño de
Su Excelencia. Su esposa lamentaba con gestos desesperados el saqueo del
castillo. ¡Qué de cosas ricas desaparecidas!... Deseosa de salvar los
últimos restos, buscaba al dueño para hacerle denuncias, como si éste
pudiese impedir el robo individual y cauteloso. Los ordenanzas y
escribientes del conde se metían en los bolsillos todo lo que resultaba
fácil de ocultar. Decían sonriendo que eran recuerdos. Luego se aproximó
con aire misterioso para hacerle una nueva revelación. Había visto á un
jefe forzar los cajones donde guardaba la señora la ropa blanca, y cómo
formaba un paquete con las prendas más finas y gran cantidad de blondas.
--Ese es, señor--dijo de pronto, señalando á un alemán que escribía en
el jardín, recibiendo sobre la mesa un rayo oblicuo de sol que se
filtraba entre las ramas.
Don Marcelo lo reconoció con sorpresa. ¡También el comandante
Blumhardt!... Pero inmediatamente excusó su acto. Encontraba natural que
se llevase algo de su casa, después que el comisario había dado el
ejemplo. Además tuvo en cuenta la calidad de los objetos que se
apropiaba. No eran para él: eran para la esposa, para las niñas... Un
buen padre de familia. Más de una hora llevaba ante la mesa escribiendo
sin cesar, conversando pluma en mano con su Augusta, con toda la familia
que vivía en Cassel. Mejor era que se llevase lo suyo este hombre bueno,
que los otros oficiales altivos, de voz cortante é insolente tiesura...
Vió cómo levantaba la cabeza cada vez que pasaba Georgette, la hija del
conserje, siguiéndola con los ojos. ¡Pobre padre!... Indudablemente se
acordaba de las dos señoritas que vivían en Alemania con el pensamiento
ocupado por los peligros de la guerra. El también se acordaba de Chichí,
temiendo no verla más. En uno de sus viajes desde el castillo al
pabellón, la muchacha fué llamada por el alemán. Permaneció erguida ante
su mesa, tímida, como si presintiese un peligro, pero haciendo esfuerzos
para sonreir. Mientras tanto, Blumhardt le hablaba acariciándole las
mejillas con sus manazas de hombre de pelea. A Desnoyers le conmovió
esta visión. Los recuerdos de una vida pacífica y virtuosa resurgían á
través de los horrores de la guerra. Decididamente, este enemigo era un
buen hombre.
Por eso sonrió con amabilidad cuando el comandante, abandonando la mesa,
fué hacia él. Entregó su carta y un paquete voluminoso á un soldado para
que los llevase al pueblo, donde estaba la estafeta del batallón.
--Es para mi familia--dijo--. No dejo pasar un día de descanso sin
enviar carta. ¡Las suyas son tan preciosas para mí!... También envío
unos pequeños recuerdos.
Desnoyers estuvo próximo á protestar. ¡Pequeños, no!... Pero con un
gesto de indiferencia dió á entender que aceptaba los regalos hechos á
costa suya. El comandante siguió hablando de la dulce Augusta y de sus
hijos, mientras tronaba la tempestad invisible en el horizonte sereno
del atardecer. Cada vez era más intenso el cañoneo.
--La batalla--continuó Blumhardt--. ¡Siempre la batalla!... Seguramente
es la última y la ganaremos. Antes de una semana vamos á entrar en
París... Pero ¡cuántos no llegarán á verlo! ¡Qué de muertos!... Creo que
mañana ya no estaremos aquí. Todas las reservas tendrán que atacar para
vencer la suprema resistencia... ¡Con tal que yo no caiga!...
La posibilidad de morir al día siguiente contrajo su rostro con un gesto
de rencor. Una arruga vertical partía sus cejas. Miró á Desnoyers con
ferocidad, como si le hiciese responsable de su muerte y de la desgracia
de su familia. Durante unos minutos, don Marcelo no reconoció al
Blumhardt dulce y familiar de poco antes, dándose cuenta de las
transformaciones que la guerra realiza en los hombres.
Empezaba el ocaso, cuando un suboficial--el mismo de la
Social-Democracia--llegó corriendo en busca del comandante. Desnoyers no
podía entenderle por hablar en alemán, pero siguiendo las indicaciones
de su mano, vió en la entrada del castillo, más allá de la verja, un
grupo de gente campesina y unos cuantos soldados con fusiles. Blumhardt,
después de corta reflexión, emprendió la marcha hacia el grupo y don
Marcelo fué tras de él.
Vió á un muchacho del pueblo entre dos alemanes que le apuntaban al
pecho con sus bayonetas. Estaba pálido, con una palidez de cera. Su
camisa, sucia de hollín, aparecía desgarrada de un modo trágico,
denunciando los manotones de la lucha. En una sien tenía una desolladura
que manaba sangre. A corta distancia una mujer con el pelo suelto,
rodeada de cuatro niñas y un pequeñuelo, todos manchados de negro, como
si surgiesen de un depósito de carbón.
La mujer hablaba elevando las manos, dando gemidos que interrumpían su
relato, dirigiéndose inútilmente á los soldados, incapaces de
entenderla. El suboficial que mandaba la escolta habló en alemán con el
comandante, y mientras tanto la mujer se dirigió á Desnoyers. Mostraba
una repentina serenidad al reconocer al dueño del castillo, como si éste
pudiese salvarla.
Aquel mocetón era hijo suyo. Estaban refugiados desde el día anterior en
la cueva de su casa incendiada. El hambre les había hecho salir, luego
de librarse de una muerte por asfixia. Los alemanes, al ver á su hijo,
lo habían golpeado y querían fusilarlo, como fusilaban á todos los
mozos. Creían que el muchacho tenía veinte años: lo consideraban en edad
de ser soldado, y para que no se incorporase al ejército francés, lo
iban á matar.
--¡Es mentira!--gritó la mujer--. No tiene mas que diez y ocho...
Tampoco diez y ocho... menos aún: sólo tiene diez y siete.
Se volvía á otras mujeres que iban detrás de ella, para invocar su
testimonio; tristes hembras, igualmente sucias, con el rostro
ennegrecido y las ropas desgarradas, oliendo á incendio, á miseria, á
cadáver. Todas asentían, agregando sus gritos á los de la madre. Algunas
extremaban sus declaraciones, atribuyendo al muchacho diez y seis
años... quince. Y á este coro de femeniles vociferaciones se unían los
gemidos de los pequeños, que contemplaban á su hermano con los ojos
agrandados por el terror.
El comandante examinó al prisionero mientras escuchaba al suboficial. Un
empleado del Municipio había confesado aturdidamente que tenía veinte
años, sin pensar que con esto causaba su muerte.
--¡Mentira!--repitió la madre, adivinando por instinto lo que
hablaban--. Ese hombre se equivoca... Mi hijo es robusto, parece de más
edad, pero no tiene veinte años... El señor, que lo conoce, puede
decirlo. ¿No es verdad, señor Desnoyers?
Al ver reclamado su auxilio por la desesperación maternal, creyó don
Marcelo que debía intervenir, y habló al comandante. Conocía mucho á
este mozo--no recordaba haberlo visto nunca--y le creía menor de veinte
años.
--Y aunque los tuviera--añadió--, ¿es eso un delito para fusilar á un
hombre?
Blumhardt no contestaba. Desde que había recobrado sus funciones de
mando parecía ignorar la existencia de don Marcelo. Fué á decir algo, á
dar una orden, pero vaciló. Era mejor consultar á Su Excelencia. Y
viendo que se dirigía al castillo, Desnoyers marchó á su lado.
--Comandante, esto no puede ser--comenzó diciendo--. Esto carece de
sentido. ¡Fusilar á un hombre por la sospecha de que pueda tener veinte
años!...
Pero el comandante callaba y seguía caminando. Al pasar el puente oyeron
los sonidos del piano. Esto pareció de buen augurio á Desnoyers. Aquel
artista que le conmovía con su voz apasionada iba á decir la palabra
salvadora.
Al entrar en el salón tardó en reconocer á Su Excelencia. Vió un hombre
ante el piano llevando por toda vestidura una bata japonesa, un kimono
femenil de color rosa, con pájaros de oro, perteneciente á su Chichí.
En otra ocasión hubiese lanzado una carcajada al contemplar á este
guerrero, enjuto, huesoso, de ojos crueles, sacando por las mangas
sueltas unos brazos nervudos, en una de cuyas muñecas seguía brillando
la pulsera de oro. Había tomado el baño y retardaba el momento de
recobrar su uniforme, deleitándose con el sedoso contacto de la túnica
femenina, igual á sus vestiduras orientales de Berlín. Blumhardt no
manifestó la más leve extrañeza ante el aspecto de su general. Erguido
militarmente habló en su idioma, mientras el conde le escuchaba con aire
aburrido, pasando sus dedos sobre las teclas.
Una ventana próxima dejaba visible la puesta del sol, envolviendo en un
nimbo de oro al piano y al ejecutante. La poesía del ocaso entraba por
ella: susurros del ramaje, cantos moribundos de pájaros, zumbidos de
insectos que brillaban como chispas bajo el último rayo solar. Su
Excelencia, viendo interrumpido su ensueño melancólico por la inoportuna
visita, cortó el relato del comandante con un gesto de mando y una
palabra... una sola. No dijo más. Dió dos chupadas á un cigarrillo turco
que chamuscaba lentamente la madera del piano, y sus manos volvieron á
caer sobre el marfil, reanudando la improvisación vaga y tierna
inspirada por el crepúsculo.
--Gracias, Excelencia--dijo el viejo, adivinando su magnánima respuesta.
El comandante había desaparecido. Tampoco le encontró fuera de la casa.
Un soldado trotaba cerca de la verja para transmitir la orden. Vió cómo
la escolta repelía con las culatas al grupo vociferante de mujeres y
chiquillos. Quedó limpia la entrada. Todos se alejaban indudablemente
hacia el pueblo después del perdón del general... Estaba en mitad de la
avenida, cuando sonó un aullido compuesto de muchas voces, un grito
espeluznante como sólo puede lanzarlo la desesperación femenil. Al mismo
tiempo conmovieron el aire fuertes trallazos, un crepitamiento que
conocía desde el día anterior. ¡Tiros!... Adivinó al otro lado de la
verja un rudo vaivén de personas, unas retorciéndose contenidas por
fuertes brazos, otras huyendo con el galope del miedo. Vió correr hacia
él una mujer despavorida, con las manos en la cabeza, lanzando gemidos.
Era la esposa del conserje, que se había agregado poco antes al grupo de
mujeres.
--¡No vaya, señor!--gritó, cortándole el paso--. Lo han matado... acaban
de fusilarle.
Don Marcelo quedó inmóvil por la sorpresa. ¡Fusilado!... ¿Y la palabra
del general?... Corrió hacia el castillo sin darse cuenta de lo que
hacía, y se vió de pronto en el salón. Su Excelencia continuaba ante el
piano. Ahora cantaba á media voz, con los ojos húmedos por la poesía de
sus recuerdos. Pero el viejo no podía escucharle.
--Excelencia: lo han fusilado... Acaban de matarle, á pesar de la orden.
La sonrisa del jefe le hizo comprender de pronto su engaño.
--Es la guerra, querido señor--dijo, cesando de tocar--. La guerra con
sus crueles necesidades... Siempre es prudente suprimir al enemigo de
mañana.
Y con aire pedantesco, como si diese una lección, habló de los
orientales, grandes maestros en el arte de saber vivir. Uno de los
personajes más admirados por él era cierto sultán de la conquista turca,
que estrangulaba con sus propias manos á los hijos de los adversarios.
«Nuestros enemigos no vienen al mundo á caballo y empuñando la
lanza--decía el héroe--. Nacen niños como todos, y es oportuno
suprimirlos antes de que crezcan.»
Desnoyers le escuchaba sin entenderle. Una idea única ocupaba su
pensamiento. ¡Y aquel hombre que él creía bueno, aquel sentimental que
se enternecía cantando, había dado fríamente, entre dos arpegios, su
orden de muerte!...
El conde hizo un gesto de impaciencia. Podía retirarse, y le aconsejaba
que en adelante fuese discreto, evitando el inmiscuirse en los asuntos
del servicio. Luego le volvió la espalda é hizo correr las manos sobre
el piano, entregándose á su melancolía armoniosa.
Empezó para don Marcelo una vida absurda que iba á durar cuatro días,
durante los cuales se sucedieron los más extraordinarios
acontecimientos. Este período representó en su historia un largo
paréntesis de estupefacción, cortado por horribles visiones.
No quiso encontrarse más con aquellos hombres, y huyó de su propio
dormitorio, refugiándose en el último piso, en un cuarto de doméstico,
cerca del que había escogido la familia del conserje. En vano la buena
mujer le ofreció comida al cerrar la noche: no sentía apetito. Estaba
tendido en la cama. Prefería la obscuridad y el verse á solas con sus
pensamientos. ¡Cuándo terminaría esta angustia!...
Se acordó de un viaje que había hecho á Londres años antes. Veía con la
imaginación el Museo Británico y ciertos relieves asirios que le habían
llenado de pavor, como restos de una humanidad bestial. Los guerreros
incendiaban las poblaciones, los prisioneros eran degollados en montón,
la muchedumbre campesina y pacífica marchaba en filas con la cadena al
cuello, formando ristras de esclavos. Nunca había reconocido como en
aquel momento la grandeza de la civilización presente. Todavía surgían
guerras de vez en cuando, pero habían sido reglamentadas por el
progreso. La vida de los prisioneros resultaba sagrada, los pueblos
debían ser respetados, existía todo un cuerpo de leyes internacionales
para reglamentar cómo deben matarse los hombres y combatirse las
naciones, causándose el menor daño posible... Pero ahora acababa de ver
la realidad de la guerra. ¡Lo mismo que miles de años antes! Los hombres
con casco procedían de igual modo que los sátrapas perfumados y feroces
de mitra azul y barba anillada. El adversario era fusilado aunque no
tuviese armas; el prisionero moría á culatazos; las poblaciones civiles
emprendían en masa el camino de Alemania, como los cautivos de otros
siglos. ¿De qué había servido el llamado progreso? ¿Dónde estaba la
civilización?...
Despertó al recibir en sus ojos la luz de una bujía. La mujer del
conserje había subido otra vez para preguntarle si necesitaba algo.
--¡Qué noche!... Oígalos cómo gritan y cantan. ¡Las botellas que llevan
bebidas!... Están en el comedor. Es preferible que usted no los vea...
Ahora se divierten rompiendo los muebles. Hasta el conde está borracho;
borracho también ese jefe que hablaba con usted, y los demás. Algunos de
ellos bailan medio desnudos.
Deseaba callarse ciertos detalles, pero su verbosidad femenil saltó por
encima de estos propósitos discretos. Algunos oficiales jóvenes se
habían disfrazado con sombreros y vestidos de las señoras y danzaban
dando gritos é imitando los contoneos femeniles. Uno de ellos era
saludado con un rugido de entusiasmo al presentarse sin otro traje que
una «combinación» interior de la señorita Chichí... Muchos gozaban un
placer maligno al depositar los residuos digestivos sobre las alfombras
ó en los cajones de los muebles, empleando para limpiarse los lienzos
finos que encontraban á mano.
El dueño la hizo callar. ¿Para qué enterarle de todo esto?...
--¡Y nosotros obligados á servirles!...--continuó gimiendo la mujer--.
Están locos: parecen otros hombres. Los soldados dicen que se marchan al
amanecer. Hay una gran batalla, van á ganarla, pero todos necesitan
pelear en ella... Mi pobre marido ya no puede más. Tantas
humillaciones... Y mi hija... ¡mi hija!...
Esta era su mayor preocupación. La tenía oculta, pero seguía con
inquietud las idas y venidas de algunos de estos hombres enfurecidos por
el alcohol. De todos, el más temible era aquel jefe que acariciaba
paternalmente á Georgette.
El miedo por la seguridad de su hija le hizo marcharse después de lanzar
nuevos lamentos.
--Dios no se acuerda del mundo... ¡Ay, qué será de nosotros!
Ahora permaneció desvelado don Marcelo. Por la ventana abierta entraba
la luz tenue de una noche serena. Seguía el cañoneo, prolongándose el
combate en la obscuridad. Al pie del castillo entonaban los soldados un
cántico lento y melódico que parecía un salmo. Del interior del edificio
subió hasta él un estrépito de carcajadas brutales, ruido de muebles que
se rompían, correteos de regocijada persecución. ¿Cuándo podría salir
de este infierno?... Transcurrió mucho tiempo; no llegó á dormirse, pero
fué perdiendo poco á poco la noción de lo que le rodeaba. De pronto se
incorporó. Cerca de él, en el mismo piso, una puerta se había rajado con
sordo crujido, no pudiendo resistir varios empujones formidables.
Sonaron gritos de mujer, llantos, súplicas desesperadas, ruido de lucha,
pasos vacilantes, choques de cuerpos contra las paredes. Tuvo el
presentimiento de que era Georgette la que gritaba y se defendía. Antes
de poner los pies en el suelo oyó una voz de hombre, la de su conserje;
estaba seguro.
--¡Ah, bandido!...
Luego el estrépito de una segunda lucha... un tiro... silencio.
Al salir al amplio corredor que terminaba en la escalera, vió luces y
muchos hombres que subían en tropel saltando los peldaños. Casi cayó al
tropezar con un cuerpo del que se escapaba un rugido de agonía. El
conserje estaba á sus pies, agitando el pecho con movimiento de fuelle.
Tenía los ojos vidriosos y desmesuradamente abiertos; su boca se cubría
de sangre... Junto á él brillaba un cuchillo de cocina. Después vió á un
hombre con un revólver en la diestra, conteniendo al mismo tiempo con la
otra mano una puerta rota que alguien intentaba abrir desde dentro. Lo
reconoció á pesar de su palidez verdosa y del extravío de su mirada. Era
Blumhardt, un Blumhardt nuevo, con una expresión bestial de orgullo y de
insolencia que infundía espanto.
Se lo imaginó recorriendo el castillo en busca de la presa deseada, la
inquietud del padre siguiendo sus pasos, los gritos de la muchacha, la
lucha desigual entre el enfermo con su arma de ocasión y aquel hombre de
guerra sostenido por la victoria. La cólera de los años juveniles
despertó en él audaz y arrolladora. ¿Qué le importaba morir?...
--¡Ah, bandido!--rugió como el otro.
Y con los puños cerrados marchó contra el alemán. Este le puso el
revólver ante los ojos, sonriendo fríamente. Iba á disparar... Pero en
el mismo instante Desnoyers cayó al suelo, derribado por los que
acababan de subir. Recibió varios golpes; las pesadas botas de los
invasores le martillearon con su taconeo. Sintió en su rostro un chorro
caliente. ¡Sangre!... No sabía si era suya ó de aquel cuerpo en el que
se iba apagando el jadeo mortal. Luego se vió elevado del suelo por
varias manos que le empujaban ante un hombre. Era Su Excelencia, con el
uniforme desabrochado y oliendo á vino. Sus ojos temblaban lo mismo que
su voz.
--Mi querido señor--dijo intentando recobrar su ironía mortificante--:
le aconsejé que no interviniese en nuestras cosas, y no me ha hecho
caso. Sufra las consecuencias de su falta de discreción.
Dió una orden, y el viejo se sintió impelido escalera abajo hasta las
cuevas. Los que le conducían eran soldados al mando de un suboficial.
Reconoció al socialista. El joven profesor era el único que no estaba
ebrio, pero se mantenía erguido, inabordable, con la ferocidad de la
disciplina.
Lo introdujo en una pieza abovedada sin otro respiradero que un
ventanuco á ras del suelo. Muchas botellas rotas y dos cajones con
alguna paja era todo lo que había en la cueva.
--Ha insultado usted á un jefe--dijo el suboficial rudamente--, y es
indudable que lo fusilarán al amanecer... Su única salvación consiste en
que siga la fiesta y le olviden.
Como la puerta estaba rota, lo mismo que todas las del castillo, hizo
colocar ante ella un montón de muebles y cajones.
Don Marcelo pasó el resto de la noche atormentado por el frío. Era lo
único que le preocupaba en aquel momento. Había renunciado á la vida:
hasta la imagen de los suyos se fué borrando de su memoria. Trabajó en
la obscuridad para acomodarse sobre los dos cajones, buscando el calor
de la paja. Cuando empezaba á soplar por el ventanillo la brisa del alba
cayó lentamente en un sueño pesado, un sueño embrutecedor, igual al de
los condenados á muerte ó al que precede á una mañana de desafío. Le
pareció oir gritos en alemán, trotes de caballos, un rumor lejano de
redobles y silbidos semejante al que producían los batallones invasores
con sus pífanos y sus tambores planos... Luego perdió por completo, la
sensación de lo que le rodeaba.
Al abrir otra vez sus ojos, un rayo de sol deslizándose por el ventanuco
trazaba un cuadrilátero de oro en la pared, dando un regio esplendor á
las telarañas colgantes. Alguien removía la barricada de la puerta. Una
voz de mujer, tímida y angustiada, le llamó repetidas veces.
--Señor, ¿está usted ahí?
Levantándose de un salto, quiso prestar ayuda á este trabajo exterior, y
empujó la puerta vigorosamente. Pensó que los invasores se habían ido.
No comprendía de otro modo que la esposa del conserje se atreviese á
sacarle de su encierro.
--Sí, se han marchado--dijo ella--. No queda nadie en el castillo.
Al encontrar libre la salida vió don Marcelo á la pobre mujer con los
ojos enrojecidos, la faz huesosa, el pelo en desorden. La noche había
gravitado sobre su existencia con un peso de muchos años. Toda su
energía se desvaneció de golpe al reconocer al dueño. «¡Señor...
señor!», gimió convulsivamente. Y se arrojó en sus brazos derramando
lágrimas.
Don Marcelo no deseaba saber nada: tenía miedo á la verdad. Sin embargo,
preguntó por el conserje. Ahora que estaba despierto y libre, acarició
la esperanza momentánea de que todo lo visto por él en la noche anterior
fuese una pesadilla. Tal vez vivía aún el pobre hombre...
--Lo mataron, señor... Lo asesinó aquel hombre que parecía bueno... Y no
sé dónde está su cuerpo: nadie ha querido decírmelo.
Tenía la sospecha de que el cadáver estaba en el foso. Las aguas verdes
y tranquilas se habían cerrado misteriosamente sobre esta ofrenda de la
noche... Desnoyers adivinó que otra desgracia preocupaba aún más á la
madre, pero se mantuvo en púdico silencio. Fué ella la que habló, entre
exclamaciones de dolor... Georgette estaba en el pabellón: había huído
horrorizada del castillo al marcharse los invasores. Estos la habían
guardado en su poder hasta el último momento.
--Señor, no la vea... Tiembla y llora al pensar que usted puede
hablarle luego de lo ocurrido. Está loca; quiere morir. ¡Ay, mi hija!...
¿Y no habrá quien castigue á esos monstruos?...
Habían salido del subterráneo y atravesaron el puente. La mujer miró con
fijeza las aguas verdes y unidas. El cadáver de un cisne flotaba sobre
ellas. Antes de partir, mientras ensillaban sus caballos, dos oficiales
se habían entretenido cazando á tiros de revólver los habitantes de la
laguna. Las plantas acuáticas tenían sangre; entre sus hojas flotaban
unos bullones blancos y flácidos, como lienzos escapados de las manos de
una lavandera.
Don Marcelo y la mujer cambiaron una mirada de lástima. Se compadecieron
mutuamente al contemplar á la luz del sol su miseria y su
envejecimiento.
Ella sintió renacer sus energías al pensar en la hija. El paso de
aquellas gentes lo había destruído todo; no quedaba en el castillo otro
alimento que unos pedazos de pan duro olvidados en la cocina. «Y hay que
vivir, señor... Hay que vivir, aunque sólo sea para ver cómo los castiga
Dios...» El viejo levantó los hombros con desaliento: ¿Dios?... Pero
aquella mujer tenía razón: había que vivir.
Con la audacia de su primera juventud, cuando navegaba por los mares
infinitos de tierra del nuevo mundo guiando tropas de reses, se lanzó
fuera de su parque. Vió el valle, rubio y verde, sonriendo bajo el sol;
los grupos de árboles; los cuadrados de tierra amarillenta, con las
barbas duras del rastrojo; los setos, en los que cantaban pájaros; todo
el esplendor veraniego de una campiña cultivada y peinada durante quince
siglos por docenas y docenas de generaciones. Y sin embargo, se
consideró solo, á merced del destino, expuesto á perecer de hambre; más
solo que cuando atravesaba las horrendas alturas de los Andes, las
tortuosas cumbres de roca y nieve envueltas en un silencio mortal,
interrumpido de tarde en tarde por el aleteo del cóndor. Nadie... Su
vista no distinguió un solo punto movible: todo fijo, inmóvil,
cristalizado, como si se contrajese de pavor ante el trueno que seguía
rodando en el horizonte.
Se encaminó al pueblo, masa de paredones negros de la que emergían
varias casuchas intactas y un campanario sin tejas, con la cruz torcida
por el fuego. Nadie tampoco en sus calles sembradas de botellas, de
maderos chamuscados, de cascotes cubiertos de hollín. Los cadáveres
habían desaparecido, pero un hedor nauseabundo de grasa descompuesta, de
carne quemada, parecía agarrarse á las fosas nasales. Lo atravesó todo,
hasta llegar al sitio ocupado por la barricada de los dragones. Aún
estaban las carretas á un lado del camino. Vió un montículo de tierra en
el mismo lugar del fusilamiento. Dos pies y una mano asomaban á ras del
suelo. Al aproximarse se desprendieron unos bultos negros de esta fosa
poco profunda que dejaba al descubierto los cadáveres. Un tropel de alas
duras batió el espacio, alejándose con graznidos de cólera.
Volvió sobre sus pasos. Gritaba ante las casas menos destrozadas;
introducía su cabeza por puertas y ventanas limpias de obstáculos ó con
hojas de madera á medio consumir. ¿No había quedado nadie en
Villeblanche?... Columbró entre las ruinas algo que avanzaba á gatas,
una especie de reptil, que se detenía en su arrastre con vacilaciones de
miedo, pronto á retroceder para deslizarse en su madriguera. Súbitamente
tranquilizada, la bestia se irguió. Era un hombre, un viejo. Otras
larvas humanas fueron surgiendo al conjuro de sus gritos, pobres seres
que habían renunciado á la verticalidad, que denuncia desde lejos, y
envidiaban á los organismos inferiores su deslizamiento por el polvo, su
prontitud para escurrirse en las entrañas de la tierra. Eran mujeres y
niños en su mayor parte, todos sucios, negros, con el cabello
enmarañado, el ardor de los apetitos bestiales en los ojos, el
desaliento del animal débil en la mandíbula caída. Vivían ocultos en los
escombros de sus casas. El miedo les había hecho olvidar el hambre; pero
al verse libres de enemigos, reaparecían de golpe todas sus necesidades,
incubadas por las horas de angustia.
Desnoyers creyó estar rodeado de una tribu de indios famélicos y
embrutecidos, igual á las que había visto en sus viajes de aventurero.
Traía con él desde París una cantidad de piezas de oro, y sacó una
moneda, haciéndola brillar al sol. Necesitaba pan, necesitaba todo lo
que fuese comestible: pagaría sin regatear.
La vista del oro provocó miradas de entusiasmo y codicia; pero esta
impresión fué breve. Los ojos acabaron por contemplar con indiferencia
el redondel amarillo. Don Marcelo se convenció de que el milagroso
fetiche había perdido su poder. Todos entonaban un coro de desgracias y
horrores con voz lenta y quejumbrosa, como si llorasen ante un féretro:
«Señor, han muerto á mi marido...» «Señor, mis hijos: me faltan dos
hijos...» «Señor, se han llevado presos á todos los hombres; dicen que
es para trabajar la tierra en Alemania...» «Señor, pan; mis pequeños se
mueren de hambre.»
Una mujer lamentaba algo peor que la muerte: «¡Mi hija!... ¡Mi pobre
hija!» Su mirada de odio y de locura denunciaba la tragedia secreta; sus
alaridos y lágrimas hacían recordar á la otra madre que gritaba lo mismo
en el castillo. En el fondo de alguna cueva estaba la víctima, rota de
cansancio, sacudida por el delirio, viendo todavía la sucesión de
asaltantes brutales con el rostro dilatado por un entusiasmo simiesco.
El grupo miserable tendía en círculo sus manos hacia aquel hombre cuya
riqueza conocían todos. Las mujeres le enseñaban sus criaturas
amarillentas, con los ojos velados por el hambre y una respiración
apenas perceptible. «Pan... pan», imploraban, como si él pudiese hacer
un milagro. Entregó á una madre la moneda que tenía entre los dedos.
Luego dió otras piezas de oro. Las guardaban sin mirarlas y seguían su
lamento: «Pan... pan.» ¡Y él había ido hasta allí para hacer la misma
súplica!... Huyó, reconociendo la inutilidad de su esfuerzo.
Cuando regresaba, desesperado, á su propiedad, encontró grandes
automóviles y hombres á caballo, que llenaban el camino formando
larguísimo convoy. Seguían la misma dirección que él. Al entrar en su
parque, un grupo de alemanes estaba tendiendo los hilos de una línea
telefónica. Acababan de recorrer las habitaciones en desorden y reían á
carcajadas leyendo la inscripción trazada por el capitán von Hartrott:
«Se ruega no saquear...» Encontraban la farsa muy ingeniosa, muy
germánica.
El convoy invadió el parque. Los automóviles y furgones llevaban una
cruz roja. Un hospital de sangre iba á establecerse en el castillo. Los
médicos, vestidos de verde y armados lo mismo que los oficiales,
imitaban su altivez cortante, su repelente tiesura. Salían de los
furgones centenares de camas plegadizas, alineándose en las diversas
piezas; los muebles que aún quedaban fueron arrojados en montón al pie
de los árboles. Grupos de soldados obedecían con prontitud mecánica las
órdenes breves é imperiosas. Un perfume de botica, de drogas
concentradas, se esparció por las habitaciones, mezclándose con el
fuerte olor de los antisépticos que habían rociado las paredes para
borrar los residuos de la orgía nocturna. Vió después mujeres vestidas
de blanco, mocetonas de mirada azul y pelo de cáñamo. Tenían un aspecto
grave, duro, austero, implacable. Empujaron repetidas veces á Desnoyers
como si no le viesen. Parecían monjas, pero con revólver debajo del
hábito.
A mediodía empezaron á llegar otros automóviles, atraídos por la enorme
bandera blanca con una cruz roja que había empezado á ondear en lo alto
del castillo. Venían de la parte del Marne; su metal estaba abollado por
los proyectiles; sus vidrios tenían roturas en forma de estrella.
Bajaban de su interior hombres y más hombres, unos por su pie, otros en
camillas de lona: rostros pálidos y rubicundos, perfiles aquilinos y
achatados, cabezas rubias y cráneos envueltos en turbantes blancos con
manchas de sangre; bocas que reían con risa de bravata y bocas que
gemían con los labios azulados; mandíbulas sostenidas por vendajes de
momia; gigantes que no mostraban destrozos aparentes y estaban en la
agonía; cuerpos informes rematados por una testa que hablaba y fumaba;
piernas con piltrafas colgantes que esparcían un líquido rojo entre los
lienzos de la primera cura; brazos que pendían inertes como ramas secas;
uniformes desgarrados en los que se notaba el trágico vacío de los
miembros ausentes.
La avalancha de dolor se esparció por el castillo. A las pocas horas,
todo él estaba ocupado; no había un lecho libre; las últimas camillas
quedaron á la sombra de los árboles. Funcionaban los teléfonos
incesantemente; los operadores, puestos de mandil, iban de un lado á
otro, trabajando con rapidez; la vida humana era sometida á los
procedimientos salvadores con rudeza y celeridad. Los que morían dejaban
una cama libre á los otros que iban llegando. Desnoyers vió cestos que
goteaban, llenos de carne informe: piltrafas, huesos rotos, miembros
enteros. Los portadores de estos residuos iban al fondo de su parque
para enterrarlos en una plazoleta que era el lugar favorito de las
lecturas de Chichí.
Soldados formando parejas llevaban objetos envueltos en sábanas que el
dueño del castillo reconocía como suyas. Estos bultos eran cadáveres. El
parque se convertía en cementerio. Ya no bastaba la plazoleta para
contener los muertos y los residuos de las curas: nuevas fosas se iban
abriendo en las inmediaciones. Los alemanes armados de palas habían
buscado auxiliares para su fúnebre trabajo. Una docena de campesinos
prisioneros removían la tierra y ayudaban en la descarga de los muertos.
Ahora los conducían en una carreta hasta el borde de la fosa, cayendo en
ella como los escombros acarreados de una demolición. Don Marcelo sintió
un placer monstruoso al considerar el número creciente de enemigos
desaparecidos, pero á la vez lamentaba esta avalancha de intrusos que
iba á fijarse para siempre en sus tierras.
Al anochecer, anonadado por tantas emociones, sufrió el tormento del
hambre. Sólo había comido uno de los pedazos de pan encontrados en la
cocina por la viuda del conserje. El resto lo había dejado para ella y
su hija. Un tormento igual al del hambre representó para él la
desesperación de Georgette. Al verle pretendía escapar, avergonzada.
--¡Que no me vea el señor!--gemía, ocultando el rostro.
Y el señor, siempre que entraba en el pabellón, evitaba aproximarse á
ella, como si su presencia le hiciese sentir más intensamente el
recuerdo del ultraje.
En vano, aguijoneado por la necesidad, se dirigió á algunos médicos que
hablaban francés. No le escucharon, y al insistir en sus peticiones lo
pusieron á distancia con rudo manotón... ¡El no iba á perecer de hambre
en medio de sus propiedades! Aquellas gentes comían: las duras
enfermeras se habían instalado en su cocina... Pero transcurrió el
tiempo sin encontrar quien se apiadase de su persona, arrastrando su
debilidad de un lado á otro, viejo con una vejez de miseria, sintiendo
en todo su cuerpo la impresión de los golpes recibidos en la noche
anterior. Conoció el tormento del hambre como no lo había sufrido nunca
en sus viajes por las llanuras desiertas, el hambre entre los hombres,
en un país civilizado, llevando sobre su cuerpo un cinto lleno de oro,
rodeado de tierras y edificios que eran suyos, pero de los que disponían
otros que no se dignaban entenderle. ¡Y para llegar á esta situación al
término de su vida había amasado millones y había vuelto á Europa!...
¡Ah, ironía de la suerte!...
Vió á un sanitario que con la espalda apoyada en un tronco iba á devorar
un pan y un pedazo de embutido. Sus ojos envidiosos examinaron á este
hombre, grande, cuadrado, de mandíbula fuerte cubierta por la
florescencia de una barba roja. Avanzó con muda invitación una moneda de
oro entre sus dedos. Brillaron los ojos del alemán al ver el oro; una
sonrisa beatífica dilató su boca casi de oreja á oreja.
---Ia---dijo comprendiendo la mímica.
Y le entregó sus comestibles tomando la moneda.
Don Marcelo comenzó á tragar con avidez. Nunca había saboreado la
sensualidad de la alimentación como en aquel instante, en medio de su
jardín convertido en cementerio, frente á su castillo saqueado, donde
gemían y agonizaban centenares de seres. Un brazo gris pasó ante sus
ojos. Era el alemán, que volvía con dos panes y un pedazo de carne
arrebatados de la cocina. Repitió su sonrisa: «-¿Ia?-...» Y luego de
entregarle el viejo una segunda moneda de oro, pudo ofrecer estos
alimentos á las dos mujeres refugiadas en el pabellón.
Durante la noche--una noche de penoso desvelo, cortada por visiones de
horror--creyó que se aproximaba el rugido de la artillería. Era una
diferencia apenas perceptible; tal vez un efecto del silencio nocturno,
que aumentaba la intensidad de los sonidos. Los automóviles seguían
llegando del frente, soltaban su cargamento de carne destrozada y
volvían á partir. Desnoyers pensó que su castillo no era mas que uno de
los muchos hospitales establecidos en una línea de más de cien
kilómetros, y que al otro lado, detrás de los franceses, existían
centros semejantes y en todos ellos reinaba igual actividad,
sucediéndose con aterradora frecuencia las remesas de hombres
moribundos. Muchos no conseguían siquiera el consuelo de verse
recogidos: aullaban en medio del campo, hundiendo en el polvo ó en el
barro sus miembros sangrientos; expiraban revolcándose en sus propias
entrañas... Y don Marcelo, que horas antes se consideraba el ser más
infeliz de la creación, experimentó una alegría cruel al pensar en
tantos miles de hombres vigorosos deshechos por la muerte que podían
envidiar su vejez sana, la tranquilidad con que estaba tendido en aquel
lecho.
A la mañana siguiente, el sanitario le esperaba en el mismo sitio con
una servilleta llena. ¡Barbudo servicial y bueno!... Le ofreció una
moneda de oro.
---Nein---contestó estirando su boca con una sonrisa maliciosa.
Dos rodajas brillantes aparecieron en los dedos de don Marcelo. Otra
sonrisa, -nein-, y un movimiento negativo de cabeza. ¡Ah, ladrón! ¡Cómo
abusaba de su necesidad!... Y sólo cuando le hubo entregado cinco
monedas pudo adquirir el paquete de víveres.
Pronto notó en torno de su persona una conspiración sorda y astuta para
apoderarse de su dinero. Un gigante con galones de sargento le puso una
pala en la mano, empujándole rudamente. Se vió en el rincón de su parque
convertido en cementerio, junto á la carreta de los cadáveres; tuvo que
remover la tierra propia confundido con aquellos prisioneros exasperados
por la desgracia, que le trataban como un igual.
Volvió los ojos para no ver los cadáveres rígidos y grotescos que
asomaban sobre su cabeza, al borde del hoyo, prontos á derramarse en el
fondo de éste. El suelo exhalaba un hedor insufrible. Había empezado la
descomposición de los cuerpos en las fosas inmediatas. La persistencia
con que le acosaban sus guardianes y la sonrisa marrullera del sargento
le hicieron adivinar el -chantage-. El sanitario de las barbas debía
tener parte en todo esto. Soltó la pala, llevándose una mano al bolsillo
con gesto de invitación. «-Ia-», dijo el sargento. Y luego de entregar
unas monedas pudo alejarse y vagar libremente. Sabía lo que le esperaba:
aquellos hombres iban á someterle á una explotación implacable.
Transcurrió un día más, igual al anterior. En la mañana del siguiente,
sus sentidos, afinados por la inquietud, le hicieron adivinar algo
extraordinario. Los automóviles llegaban y partían con mayor rapidez; se
notaba desorden y azoramiento en el personal. Sonaban los teléfonos con
una precipitación loca; los heridos parecían más desalentados. El día
anterior los había que cantaban al bajar de los vehículos, engañando su
dolor con risas y bravatas. Hablaban de la victoria próxima, lamentando
no presenciar la entrada en París. Ahora todos permanecían silenciosos,
con gesto de enfurruñamiento, pensando en la propia suerte, sin
preocuparse de lo que dejaban á su espalda.
Fuera del parque zumbó un ruido de muchedumbre. Negrearon los caminos.
Empezaba otra vez la invasión, pero con movimiento de reflujo. Pasaron
durante horas enteras rosarios de camiones grises entre los bufidos de
sus motores fatigados. Luego, regimientos de infantería, escuadrones,
baterías rodantes. Marchaban lentamente, con una lentitud que
desconcertaba á Desnoyers, no sabiendo si este retroceso era una fuga ó
un cambio de posición. Lo único que le satisfacía era el gesto
embrutecido y triste de los soldados, el mutismo sombrío de los
oficiales. Nadie gritaba; todos parecían haber olvidado el -Nach Paris-.
El monstruo verdoso conservaba aún el armado testuz al otro lado del
Marne, pero su cola empezaba á contraer los anillos con ondulaciones
inquietas.
Después de cerrar la noche continuó el repliegue de las tropas. El
cañoneo parecía aproximarse. Algunos truenos sonaban tan inmediatos, que
hacían temblar los vidrios de las ventanas. Un campesino fugitivo se
refugió en el parque y pudo dar noticias á don Marcelo. Los alemanes se
retiraban. Algunas de sus baterías se habían establecido en la orilla
del Marne para intentar una nueva resistencia. Y el recién llegado se
quedó, sin llamar la atención de los invasores, que días antes fusilaban
á la menor sospecha.
Se había perturbado visiblemente el funcionamiento mecánico de su
disciplina. Médicos y enfermeros corrían de un lado á otro dando gritos,
profiriendo juramentos cada vez que llegaba un nuevo automóvil.
Ordenaban al conductor que siguiese adelante, hasta otro hospital
situado á retaguardia. Habían recibido la orden de evacuar el castillo
aquella misma noche.
A pesar de la prohibición, uno de los carruajes se libró de su
cargamento de heridos. Tal era el estado de éstos, que los médicos los
aceptaron, juzgando inútil que continuasen su viaje. Quedaron en el
jardín tendidos en las mismas camillas de lona que ocupaban dentro del
vehículo. A la luz de las linternas, Desnoyers reconoció á uno de los
moribundos. Era el secretario de Su Excelencia, el profesor socialista
que le había encerrado en la cueva.
Viendo al dueño del castillo, sonrió como si encontrase á un compañero.
Era el único rostro conocido entre todas aquellas gentes que hablaban su
idioma. Estaba pálido, con las facciones enjutas y un velo impalpable
sobre los ojos. No tenía heridas visibles, pero debajo del capote
tendido sobre su vientre, las entrañas, deshechas en espantosa
carnicería, exhalaban un hedor de cementerio. La presencia de Desnoyers
le hizo adivinar adonde le habían llevado, y poco á poco coordinó sus
recuerdos. Como si al viejo pudiera interesarle el paradero de sus
camaradas, habló con voz tenue y trabajosa que á él le parecía sin duda
natural... ¡Mala suerte la de su brigada! Habían llegado al frente en un
momento de apuro, para ser lanzados como tropas de refresco. Muerto el
comandante Blumhardt en los primeros instantes: un proyectil de 75 se le
había llevado la cabeza. Muertos casi todos los oficiales que se habían
alojado en el castillo. Su Excelencia tenía la mandíbula arrancada por
un casco de obús. Lo había visto en el suelo rugiendo de dolor,
sacándose del pecho un retrato que intentaba besar con su boca rota. El
tenía el vientre destrozado por el mismo obús. Había estado cuarenta y
dos horas en el campo sin que lo recogiesen...
Y con una avidez de universitario que quiere verlo todo y explicárselo
todo, añadió en este momento supremo, con la tenacidad del que muere
hablando:
--Triste guerra, señor... Faltan elementos de juicio para decidir quién
es el culpable... Cuando la guerra termine, habrá... habrá...
Cerró los ojos, desvanecido por su esfuerzo. Desnoyers se alejó.
¡Infeliz! Colocaba la hora de la justicia en la terminación de la
guerra, y mientras tanto, era él quien terminaba, desapareciendo con
todos sus escrúpulos de razonador lento y disciplinado.
Esta noche no durmió. Temblaban las paredes del pabellón, se movían los
vidrios con crujidos de fractura, suspiraban inquietas las dos mujeres
en la pieza inmediata. Al estrépito de los disparos alemanes se unían
otras explosiones más cercanas. Adivinó los estallidos de los
proyectiles franceses que llegaban buscando á la artillería enemiga por
encima del Marne.
Su entusiasmo empezaba á resucitar, la posibilidad de una victoria
apuntó en su pensamiento. Pero estaba tan deprimido por su miserable
situación, que inmediatamente desechó tal esperanza. Los suyos
avanzaban, pero su avance no representaba tal vez mas que una ventaja
local. ¡Era tan extensa la línea de batalla!... Iba á ocurrir lo que en
1870: el valor francés alcanzaría victorias parciales, modificadas á
última hora por la estrategia de los enemigos hasta convertirse en
derrotas.
Después de media noche cesó el cañoneo, pero no por esto se restableció
el silencio. Rodaban automóviles ante el pabellón entre gritos de mando.
Debía ser el convoy sanitario que evacuaba el castillo. Luego, cerca del
amanecer, un estrépito de caballos, de máquinas rodantes, pasó la verja,
haciendo temblar el suelo. Media hora después sonó el trote humano de
una multitud que marchaba aceleradamente, perdiéndose en las
profundidades del parque.
Amanecía cuando saltó del lecho. Lo primero que vió al salir del
pabellón fué la bandera de la Cruz Roja que seguía ondeando en lo alto
del castillo. Ya no había camillas debajo de los árboles. En el puente
encontró varios sanitarios y uno de los médicos. El hospital se había
marchado con todos los heridos transportables. Sólo quedaban en el
edificio, bajo la vigilancia de una sección, los más graves, los que no
podían moverse. Las walkyrias de la Sanidad habían desaparecido
igualmente.
El barbudo era de los que se habían quedado, y al ver de lejos á don
Marcelo sonrió, desapareciendo inmediatamente. A los pocos momentos
reaparecía con las manos llenas. Nunca su presente había sido tan
generoso. Presintió el viejo una gran exigencia, pero al llevarse la
mano al bolsillo, el sanitario le contuvo:
---Nein... Nein-.
¿Qué generosidad era aquella?... El alemán insistió en su negativa. La
boca enorme se dilataba con una sonrisa amable; sus manazas se posaron
en los hombros de don Marcelo. Parecía un perro bueno, un perro humilde
que acaricia á un transeunte para que le lleve con él. «Franzosen...
Franzosen.» No sabía decir más, pero se adivinaba en sus palabras el
deseo de hacer comprender que había sentido siempre gran simpatía por
los franceses. Algo importante estaba ocurriendo; el aire malhumorado de
los que permanecían en la puerta del castillo, la repentina
obsequiosidad de este rústico con uniforme, lo daban á entender.
Más allá del edificio vió soldados, muchos soldados. Un batallón de
infantería se había esparcido á lo largo de las tapias, con sus furgones
y sus caballos de tiro y de montar. Los soldados manejaban picos,
abriendo aspilleras en la pared, cortando su borde en forma de almenas.
Otros se arrodillaban ó sentaban junto á las aberturas, despojándose de
la mochila para estar más desembarazados. A lo lejos sonaba el cañón, y
en el intervalo de sus detonaciones un chasquido de tralla, un burbujeo
de aceite frito, un crujir de molino de café, el crepitamiento incesante
de fusiles y ametralladoras. El fresco de la mañana cubría los hombres y
las cosas de un brillo de humedad. Sobre los campos flotaban vedijas de
niebla, dando á los objetos cercanos las líneas inciertas de lo irreal.
El sol era una mancha tenue al remontarse entre telones de bruma. Los
árboles lloraban por todas las aristas de sus cortezas.
Un trueno rasgó el aire, próximo y ruidoso, como si estallase junto al
castillo. Desnoyers vaciló, creyendo haber recibido un puñetazo en el
pecho. Los demás hombres permanecieron impasibles, con la indiferencia
de la costumbre. Un cañón acababa de disparar á pocos pasos de él...
Sólo entonces se dió cuenta de que dos baterías se habían instalado en
su parque. Las piezas estaban ocultas bajo cúpulas de ramaje; los
artilleros derribaban árboles para enmascarar sus cañones con un
disimulo perfecto. Vió cómo iban emplazando los últimos. Con palas
formaban un borde de tierra de treinta centímetros alrededor de cada uno
de ellos. Este borde defendía los pies de los sirvientes, que tenían el
cuerpo resguardado por las mamparas blindadas de ambos lados de la
pieza. Luego levantaban una cabaña de troncos y ramaje, dejando visible
únicamente la boca del mortífero cilindro.
Don Marcelo se acostumbró poco á poco á los disparos, que parecían crear
el vacío dentro de su cráneo. Rechinaba los dientes, cerraba los puños á
cada detonación, pero seguía inmóvil, sin deseo de marcharse, dominado
por la violencia de las explosiones, admirando la serenidad de estos
hombres, que daban sus órdenes erguidos y frios ó se agitaban como
humildes sirvientes alrededor de las bestias tronadoras.
Todas sus ideas parecían haber volado, arrastradas por el primer
cañonazo. Su cerebro sólo vivía el momento presente. Volvió los ojos con
insistencia á la bandera blanca y roja que ondeaba sobre el edificio.
«Es una traición--pensó--, una deslealtad.»
A lo lejos, del otro lado del Marne, tiraban igualmente los cañones
franceses. Se adivinaba su trabajo por las pequeñas nubes amarillentas
que flotaban en el aire, por las columnas de humo que surgían en varios
puntos del paisaje, allí donde había ocultas tropas alemanas formando
una línea que se perdía en el infinito. Una atmósfera de protección y
respeto parecía envolver al castillo.
Se disolvieron las brumas matinales; el sol mostró al fin su disco
brillante y limpio, prolongando en el suelo las sombras de hombres y
árboles con una longitud fantástica. Surgían de la niebla colinas y
bosques, frescos y chorreantes después de la ablución matinal. El valle
quedaba por entero al descubierto. Desnoyers vió con sorpresa el río
desde el lugar que ocupaba. El cañón había abierto durante la noche
grandes ventanas en las arboledas que lo tenían oculto. Lo que más le
asombró al contemplar este paisaje matinal, sonriente y pueril, fué no
ver á nadie, absolutamente á nadie. Tronaban cumbres y arboledas, sin
que se mostrase una sola persona. Más de cien mil hombres debían estar
agazapados en el espacio que abarcaban sus ojos, y ni uno era visible.
Los rugidos mortales de las armas al estremecer el aire no dejaban en él
ninguna huella óptica. No había otro humo que el de la explosión, las
espirales negras que elevaban los grandes proyectiles al estallar en el
suelo. Estas columnas surgían de todos lados. Cercaban el castillo como
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