El pueblo iba á ser incendiado. Había que vengar los cuatro cadáveres
alemanes que estaban tendidos en las afueras de Villeblanche, cerca de
la barricada. El alcalde, el cura, los principales vecinos, todos
fusilados.
Visitaban en aquel momento el último piso. Desnoyers vió flotar por
encima del ramaje de su parque una bruma obscura cuyos contornos
enrojecía el sol. El extremo del campanario era lo único del pueblo que
se distinguía desde allí. En torno del gallo de hierro volteaban harapos
sutiles, semejantes á telarañas negras elevadas por el viento. Un olor
de madera vieja quemada llegó hasta el castillo.
Saludó el alemán este espectáculo con una sonrisa cruel. Luego, al
descender al parque, ordenó á Desnoyers que le siguiese. Su libertad y
su dignidad habían terminado. En adelante, iba á ser una cosa bajo el
dominio de estos hombres, que podrían disponer de él á su capricho. ¡Ay,
por qué se había quedado!... Obedeció, montando en un automóvil al lado
del oficial, que aún conservaba el revólver en la diestra. Sus hombres
se esparcían por el castillo y sus dependencias para evitar la fuga de
un enemigo imaginario. El conserje y su familia parecieron decirle
¡adiós! con los ojos. Tal vez le llevaban á la muerte...
Mas allá de las arboledas del castillo fué surgiendo un mundo nuevo. El
corto trayecto hasta Villeblanche representó para él un salto de
millones de leguas, la caída en un planeta rojo, donde hombres y cosas
tenían la pátina del humo y el resplandor del incendio. Vió el pueblo
bajo un dosel obscuro moteado de chispas y brillantes pavesas. El
campanario ardía como un blandón enorme; la techumbre de la iglesia
estallaba, dejando escapar chorros de llamas. Un hedor de quema se
esparcía en el ambiente. El fulgor del incendio parecía contraerse y
empalidecer ante la luz impasible del sol.
Corrían á través de los campos, con la velocidad de la desesperación,
mujeres y niños dando alaridos. Las bestias habían escapado de los
establos, empujadas por las llamas, para emprender una carrera loca. La
vaca y el caballejo de labor llevaban pendiente del pescuezo la cuerda
rota por el tirón del miedo. Sus flancos echaban humo y olían á pelo
quemado. Los cerdos, las ovejas, las gallinas, corrían igualmente,
confundidos con gatos y perros. Toda la animalidad doméstica retornaba á
la existencia salvaje, huyendo del hombre civilizado. Sonaban tiros y
carcajadas brutales. Los soldados, en las afueras del pueblo, insistían
regocijados en esta cacería de fugitivos. Sus fusiles apuntaban á las
bestias y herían á las personas.
Desnoyers vió hombres, muchos hombres, hombres por todas partes. Eran á
modo de hormigueros grises que desfilaban y desfilaban hacia el Sur,
saliendo de los bosques, llenando los caminos, atravesando los campos.
El verde de la vegetación se diluía bajo sus pasos; las cercas caían
rotas; el polvo se alzaba en espirales detrás del sordo rodar de los
cañones y el acompasado trote de millares de caballos. A los lados del
camino habían hecho alto varios batallones con su acompañamiento de
vehículos y bestias de tiro. Descansaban para reanudar su marcha.
Conocía á este ejército. Lo había visto en las paradas de Berlín, y
también le pareció cambiado, como el del día anterior. Quedaba en él muy
poco de la brillantez sombría é imponente, de la tiesura muda y
jactanciosa, que hacían llorar de admiración á sus cuñados. La guerra,
con sus realidades, había borrado todo lo que tenía de teatral el
formidable organismo de muerte. Los soldados se mostraban sucios y
cansados. Una respiración de carne blanca, atocinada y sudorosa,
revuelta con el hedor del cuero, flotaba sobre los regimientos. Todos
los hombres tenían cara de hambre. Llevaban días y días caminando
incesantemente sobre las huellas de un enemigo que siempre conseguía
librarse. En este avance forzado, los víveres de la Intendencia llegaban
tarde á los acantonamientos. Sólo podían contar con lo que guardaban en
sus mochilas. Desnoyers los vió alineados junto al camino devorando
pedazos de pan negro y embutidos mohosos. Algunos se esparcían por los
campos para desenterrar las remolachas y otros tubérculos, mascando su
dura pulpa entre crujidos de granos de tierra. Un alférez sacudía los
árboles frutales, empleando como percha la bandera de su regimiento. La
gloriosa enseña, adornada con recuerdos de 1870, le servía para alcanzar
ciruelas todavía verdes. Los que estaban sentados en el suelo
aprovechaban este descanso extrayendo sus pies hinchados y sudorosos de
las altas botas, que esparcían un vapor insufrible.
Los regimientos de infantería que Desnoyers había visto en Berlín
reflejando la luz en metales y correajes, los húsares lujosos y
terroríficos, los coraceros de albo uniforme semejantes á los paladines
del Santo Graal, los artilleros con el pecho regleteado de fajas
blancas, todos los militares que en los desfiles arrancaban suspiros de
admiración á los Hartrott, aparecían ahora unificados y confundidos por
la monotonía del color, todos de verde mostaza, como lagartos empolvados
que en su arrastre buscan confundirse con el suelo.
Se adivinaba la persistencia de la férrea disciplina. Una palabra dura
de los jefes, un golpe de silbato, y todos se agrupaban, desapareciendo
el hombre en el espesor de la masa de autómatas. Pero el peligro, el
cansancio, la certidumbre del triunfo, habían aproximado á soldados y
oficiales momentáneamente, borrando las diferencias de castas. Los jefes
salían un poco del aislamiento en que los mantenía su altivez y se
dignaban conversar con sus hombres para infundirles ánimo. Un esfuerzo
más, y envolverían á franceses é ingleses, repitiendo la hazaña de
Sedán, cuyo aniversario se celebraba en aquellos días. Iban á entrar en
París: era asunto de una semana. ¡París! Grandes tiendas llenas de
riquezas, restoranes célebres, mujeres, champañ, dinero... Y los
hombres, orgullosos de que sus conductores se dignasen hablar con ellos,
olvidaban la fatiga y el hambre, reanimandóse como las muchedumbres de
la Cruzada ante la imagen de Jerusalén. «-¡Nach París!-» El alegre grito
circulaba de la cabeza á la cola de las columnas en marcha, «¡A París!
¡A París!...»
La escasez de comida la compensaban con los productos de una tierra rica
en vinos. Al saquear las casas, rara vez encontraban víveres, pero
siempre una bodega. El alemán humilde, abrevado con cerveza y que
consideraba el vino como un privilegio de los ricos, podía desfondar los
toneles á culatazos, bañándose los pies en oleadas del precioso líquido.
Cada batallón dejaba como rastro de su paso una estela de botellas
vacías, un alto en un campo lo sembraba de cilindros de vidrio. Los
furgones de los regimientos, no pudiendo renovar sus repuestos de
víveres, cargaban vino en todos los pueblos. El soldado, falto de pan,
recibía alcohol... Y este regalo iba acompañado de buenos consejos de
los oficiales. La guerra es la guerra: nada de piedad con unos
adversarios que no la merecían. Los franceses fusilaban á los
prisioneros y sus mujeres sacaban los ojos á los heridos. Cada vivienda
equivalía á un antro de asechanzas. El alemán sencillo é inocente que
penetraba solo iba á una muerte segura. Las camas se hundían en
pavorosos subterráneos, los armarios eran puertas disimuladas, todo
rincón tenía oculto á un asesino. Había que castigar á esta nación
traidora que preparaba su suelo como un escenario de melodrama. Los
funcionarios municipales, los curas, los maestros de escuela, dirigían y
amparaban á los franco-tiradores.
Desnoyers se aterró al considerar la indiferencia con que marchaban
estos hombres en torno del pueblo incendiado. No veían el fuego y la
destrucción; todo carecía, de valor ante sus ojos: era el espectáculo
ordinario. Desde que atravesaron las fronteras de su país, pueblos en
ruinas, incendiados por las vanguardias, y pueblos en llamas nacientes,
provocadas por su propio paso, habían ido marcando las etapas de su
avance por el suelo belga y el francés.
Al entrar el automóvil en Villeblanche tuvo que moderar su marcha. Muros
calcinados se habían desplomado sobre la calle, vigas medio carbonizadas
obstruían el paso, obligando al vehículo á virar entre los escombros
humeantes. Los solares ardían como braseros entre casas que aún se
mantenían en pie, saqueadas, con las puertas rotas, pero libres del
incendio. Desnoyers vió en estos rectángulos llenos de tizones, sillas,
camas, máquinas de coser, cocinas de hierro, todos los muebles del
bienestar campesino, que se consumían ó retorcían. Creyó distinguir
igualmente un brazo emergiendo de los escombros y que empezaba á arder
como un cirio. No; no era posible... Un hedor de grasa caliente se unía
á la respiración de hollín de maderas y cascotes.
Cerró los ojos: no quería ver. Pensó por un momento que estaba soñando.
Era inverosímil que tales horrores hubiesen podido desarrollarse en poco
más de una hora. Creyó á la maldad humana impotente para cambiar en tan
corto espacio el aspecto de un pueblo.
Una brusca detención del carruaje le hizo mirar. Esta vez los cadáveres
estaban en medio de la calle: eran dos hombres y una mujer. Tal vez
habían caído bajo las balas de la ametralladora automóvil que atravesó
el pueblo precediendo á la invasión. Un poco más allá, vueltos de
espalda á los muertos, como si ignorasen su presencia, varios soldados
comían sentados en el suelo. El -chauffeur- les gritó para que
desembarazasen el paso. Con los fusiles y los pies empujaron los
cadáveres, todavía calientes, que dejaban á cada volteo un rastro de
sangre. Apenas quedó abierto algo de espacio entre ellos y el muro, pasó
adelante el vehículo... Un crujido, un salto. Las ruedas de atrás habían
aplastado un obstáculo frágil.
Desnoyers continuaba en su asiento, encogido, estupefacto, cerrando los
ojos. El horror le hizo pensar en su propio destino. ¿Adónde le llevaba
aquel teniente?...
En la plaza vió la casa municipal que ardía; la iglesia no era mas que
un cascarón de piedra erizado de lenguas de fuego. Las casas de los
vecinos acomodados tenían las puertas y ventanas rotas á hachazos. En su
interior se agitaban los soldados, siguiendo un metódico vaivén.
Entraban con las manos vacías y surgían cargados de muebles y ropas.
Otros, desde los pisos superiores, arrojaban objetos, acompañando sus
envíos con bromas y carcajadas. De pronto tenían que salir huyendo. El
incendio estallaba instantáneamente, con la violencia y la rapidez de
una explosión. Seguía los pasos de un grupo de hombres que llevaban
cajones y cilindros de metal. Alguien que iba al frente designaba los
edificios, y al penetrar por sus rotas ventanas pastillas y chorros de
líquido, se producía la catástrofe de un modo fulminante.
Vió surgir de un edificio en llamas dos hombres que parecían dos
montones de harapos, llevados á rastras por varios alemanes. Sobre la
mancha azul de sus capotes distinguió unas caras pálidas, unos ojos
desmesuradamente abiertos por el martirio. Sus piernas arrastraban por
el suelo, asomando entre las tiras de los pantalones rojos destrozados.
Uno de ellos aún conservaba el kepis. Expelían sangre por diversas
partes de sus cuerpos: iban dejando atrás el blanco serpenteo de los
vendajes deshechos. Eran heridos franceses, rezagados que se habían
quedado en el pueblo, sin fuerzas para continuar la retirada. Tal vez
pertenecían al grupo que, al verse cortado, intentó una resistencia
loca.
Deseando restablecer la verdad, miró al oficial que tenía al lado y
quiso hablar. Pero éste le contuvo: «Franco-tiradores disfrazados, que
van á recibir su castigo.» Las bayonetas alemanas se hundieron en sus
cuerpos. Después, una culata cayó sobre la cabeza de uno de ellos... Y
los golpes se repitieron con sordo martilleo sobre las cápsulas óseas,
que crujían al romperse.
Otra vez pensó el viejo en su propia suerte. ¿Adonde le llevaba este
teniente á través de tantas visiones de horror?...
Llegaron á las afueras del pueblo, donde los dragones habían establecido
su barricada. Las carretas estaban aún allí, pero á un lado del camino.
Bajaron del automóvil. Vió un grupo de oficiales vestidos de gris, con
el casco enfundado, iguales en todo á los otros. El que le había
conducido hasta este sitio quedó inmóvil, rígido, con una mano en la
visera, hablando á un militar que estaba unos cuantos pasos al frente
del grupo. Miró á este hombre y él también le miró con unos ojillos
azules y duros que perforaban su rostro enjuto surcado de arrugas.
Debía ser el general. La mirada arrogante y escudriñadora le abarcó de
pies á cabeza. Don Marcelo tuvo el presentimiento de que su vida
dependía de este examen. Una mala idea que cruzase por su cerebro, un
capricho cruel de su imaginación, y estaba perdido. Movió los hombros el
general y dijo unas palabras con gesto desdeñoso. Luego montó en un
automóvil con dos de sus ayudantes, y el grupo se deshizo.
La cruel incertidumbre del viejo encontró interminables los momentos que
tardó el oficial en volver á su lado.
--Su Excelencia es muy bueno--dijo--. Podía fusilarle, pero le perdona.
¡Y aún dicen ustedes que somos unos salvajes!...
Con la inconsciencia de su menosprecio, explicó que lo había traído
hasta allí convencido de que le fusilarían. El general deseaba castigar
á los vecinos principales de Villeblanche, y él había considerado por su
propia iniciativa que el dueño del castillo debía ser uno de ellos.
--El deber militar, señor... Así lo exige la guerra.
Después de esta excusa reanudó los elogios á Su Excelencia. Iba á
alojarse en la propiedad de don Marcelo, y por esto le perdonaba la
vida. Debía darle las gracias... Luego volvieron á temblar de cólera sus
mejillas. Señalaba unos cuerpos tendidos junto al camino. Eran los
cadáveres de los cuatro hulanos, cubiertos con unos capotes y mostrando
por debajo de ellos las suelas enormes de sus botas.
--¡Un asesinato!--exclamó--. ¡Un crimen que van á pagar caro los
culpables!
Su indignación le hacía considerar como un hecho inaudito y monstruoso
la muerte de los cuatro soldados, como si en la guerra sólo debieran
caer los enemigos, manteniéndose incólume la vida de sus compatriotas.
Llegó un grupo de infantería mandado por un oficial. Al abrirse sus
filas vió Desnoyers entre los uniformes grises varios paisanos empujados
rudamente. Iban con las ropas desgarradas. Algunos tenían sangre en el
rostro y en las manos. Los fué reconociendo uno por uno mientras los
alineaban junto á una tapia, á veinte pasos del piquete: el alcalde, el
cura, el guardia forestal, algunos vecinos ricos cuyas casas había visto
arder.
Iban á fusilarlos... Para evitarle toda duda, el teniente continuó sus
explicaciones.
--He querido que vea usted esto. Conviene aprender. Así agradecerá mejor
las bondades de Su Excelencia.
Ninguno de los prisioneros hablaba. Habían agotado sus voces en una
protesta inútil. Toda su vida la concentraban en sus ojos, mirando en
torno con estupefacción... ¡Y era posible que los matasen friamente, sin
oir sus protestas, sin admitir las pruebas de su inocencia!
La certidumbre de la muerte dió de pronto á casi todos ellos una noble
serenidad. Inútil quejarse. Sólo un campesino rico, famoso en el pueblo
por su avaricia, lloriqueaba desesperado, repitiendo: «Yo no quiero
morir... yo no quiero morir.»
Trémulo y con los ojos cargados de lágrimas, Desnoyers se ocultó detrás
de su implacable acompañante. A todos los conocía, con todos había
batallado, arrepintiéndose ahora de sus antiguas querellas. El alcalde
tenía en la frente la mancha roja de una gran desolladura. Sobre su
pecho se agitaba un harapo tricolor: la banda municipal, que se había
puesto para recibir á los invasores y que éstos le habían arrancado. El
cura erguía su cuerpo pequeño y redondo, queriendo abarcar en una mirada
de resignación las víctimas, los verdugos, la tierra entera, el cielo.
Parecía más grueso. El negro ceñidor, roto por las violencias de los
soldados, dejaba libre su abdomen y flotante su sotana. Las melenas
plateadas chorreaban sangre, salpicando de gotas rojas el blanco
alzacuello.
Al verle avanzar por el campo de la ejecución con paso vacilante á causa
de su obesidad, una risotada salvaje cortó el trágico silencio. Los
grupos de soldados sin armas que habían acudido á presenciar el suplicio
saludaron con carcajadas al anciano. «¡A muerte el cura!...» El
fanatismo de las guerras religiosas vibraba en su burla. Casi todos
ellos eran católicos ó protestantes fervorosos; pero sólo creían en los
sacerdotes de su país. Fuera de Alemania, todo resultaba despreciable,
hasta la propia religión.
El alcalde y el sacerdote cambiaron de lugar en la fila, buscándose. Se
ofrecían mutuamente, el centro del grupo con una cortesía solemne.
--Aquí, señor alcalde; este es su sitio: á la cabeza de todos.
--No; después de usted, señor cura.
Discutían por última vez, pero en este momento supremo era para cederse
el paso, queriendo cada uno humillarse ante el otro.
Habían unido sus manos por instinto, mirando de frente al piquete de
ejecución, que bajaba sus fusiles en rígida fila horizontal. A sus
espaldas sonaron lamentos. «Adiós, hijos míos... Adiós, vida... Yo no
quiero morir... ¡no quiero morir!...»
Los dos hombres sintieron la necesidad de decir algo, de cerrar la
página de su existencia con una afirmación.
--¡Viva la República!--gritó el alcalde.
--¡Viva Francia!--dijo el cura.
Desnoyers creyó que ambos habían gritado lo mismo.
Se alzaron dos verticales sobre las cabezas: el brazo del sacerdote
trazó en el aire un signo, el sable del jefe del piquete relampagueó al
mismo tiempo lívidamente... Un trueno seco, rotundo, seguido de varias
explosiones tardías.
Sintió lástima don Marcelo por la pobre humanidad al ver las formas
grotescas que adopta en el momento de morir. Unos se desplomaron como
sacos medio vacíos; otros rebotaron en el suelo lo mismo que pelotas;
algunos dieron un salto de gimnasta, con los brazos en alto, cayendo de
espaldas ó de bruces, en una actitud de nadador. Vió cómo salían del
montón humano piernas contorsionadas por los estremecimientos de la
agonía... Unos soldados avanzaron con el mismo gesto de los cazadores
que van á cobrar sus piezas. De la palpitación de los miembros revueltos
se elevaron unas melenas blancas y una mano débil que se esforzaba por
repetir su signo. Varios tiros y culatazos en el lívido montón
chorreante de sangre... Y los últimos temblores de vida quedaron
borrados para siempre.
El oficial había encendido un cigarro.
--Cuando usted guste--dijo á Desnoyers con irónica cortesía.
Montaron en el automóvil para atravesar Villeblanche, regresando al
castillo. Los incendios cada vez más numerosos y los cadáveres tendidos
en las calles ya no impresionaron al viejo. ¡Había visto tanto! ¿Qué
podía alterar ya su sensibilidad?... Deseaba salir del pueblo cuanto
antes, en busca de la paz de los campos. Pero los campos habían
desaparecido bajo la invasión: por todas partes soldados, caballos,
cañones. Los grupos en descanso destruían con su contacto lo que les
rodeaba. Los batallones en marcha habían invadido todos los caminos,
rumorosos y automáticos como una máquina, precedidos por los pífanos y
los tambores, lanzando de vez en cuando, para animarse, su grito de
alegría: «-¡Nach París!-»
El castillo también estaba desfigurado por la invasión. Había aumentado
mucho el número de sus guardianes durante la ausencia del dueño. Vió
todo un regimiento de infantería acampado en el parque. Miles de hombres
se agitaban bajo les árboles preparando su comida en las cocinas
rodantes. Los arriates de su jardín, las plantas exóticas, las avenidas
cuidadosamente enarenadas y barridas, todo roto y ajado por la avalancha
de hombres, bestias y vehículos.
Un jefe ostentando en una manga el brazal distintivo de la
Administración militar daba órdenes como si fuese el propietario. Ni se
dignó fijar sus ojos en este civil que marchaba al lado de un teniente
con encogimiento de prisionero. Los establos estaban vacíos. Desnoyers
vió sus últimas vacas que salían conducidas á palos por los pastores con
casco. Los reproductores costosos eran degollados todos en el parque
como simples bestias de carnicería. En los gallineros y palomares no
quedaba una sola ave. Las cuadras estaban llenas de caballos enjutos que
se daban un hartazgo ante el pesebre repleto. El pasto almacenado se
esparcía pródigamente por las avenidas, perdiéndose en gran parte antes
de ser aprovechado. La caballada de varios escuadrones iba suelta por
los prados, destruyendo bajo su pateo los canales, los bordes de los
taludes, el alisamiento del suelo, todo un trabajo de largos meses. La
leña seca ardía en el parque con un llameo inútil. Por descuido ó por
maldad, alguien había aplicado el fuego á sus montones. Los árboles, con
la corteza reseca por los ardores del verano, crujían al ser lamidos por
las llamas.
El edificio estaba ocupado igualmente por una multitud de hombres que
obedecían á este jefe. Sus ventanas abiertas dejaban ver un continuo
tránsito por las habitaciones. Desnoyers oyó golpes que resonaron dentro
de su pecho. ¡Ay, su mansión histórica!... El general iba á instalarse
en ella, luego de haber examinado en la orilla del Marne los trabajos de
los pontoneros, que establecían varios pasos para las tropas. Su miedo
de propietario le hizo hablar. Temía que rompiesen las puertas de las
habitaciones cerradas; quiso ir en busca de las llaves para entregarlas.
El comisario no le escuchó: seguía ignorando su existencia. El teniente
repuso con una amabilidad cortante:
--No es necesario; no se moleste.
Y se fué para incorporarse á su regimiento. Pero antes de que Desnoyers
le perdiese de vista quiso el oficial darle un consejo. Quieto en su
castillo; fuera de él podían tomarle por un espía, y ya estaba enterado
de la prontitud con que solucionaban sus asuntos los soldados del
emperador.
No pudo permanecer en el jardín contemplando de lejos su vivienda. Los
alemanes que iban y venían se burlaban de él. Algunos marchaban á su
encuentro en línea recta, como si no le viesen, y tenía que apartarse
para no ser volteado por este avance mecánico y rígido.
Al fin se refugió en el pabellón del conserje. La mujer le veía con
asombro, caído en un asiento de su cocina, desalentado, la mirada en el
suelo, súbitamente envejecido al perder las energías que animaban su
robusta ancianidad.
--¡Ah, señor!... ¡Pobre señor!
De todos los atentados de la invasión, el más inaudito para la pobre
mujer era contemplar al dueño refugiado en su vivienda.
--¡Qué va á ser de nosotros!--gemía.
Su marido era llamado con frecuencia por los invasores. Los asistentes
de Su Excelencia, instalados en los sótanos del castillo, lo reclamaban
para inquirir el paradero de las cosas que no podían encontrar. De estos
viajes volvía humillado, con los ojos llenos de lágrimas. Tenía en la
frente la huella negra de un golpe; su chaqueta estaba desgarrada. Eran
rastros de un débil intento de oposición durante la ausencia del dueño
al iniciar los alemanes el despojo de establos y salones.
El millonario se sintió ligado por el infortunio á unas gentes
consideradas hasta entonces con indiferencia. Agradecía mucho la
fidelidad de este hombre enfermo y humilde. Le conmovió el interés de la
pobre mujer, que miraba el castillo como si fuese propio. La presencia
de la hija trajo á su memoria la imagen de Chichí. Había pasado junto á
ella sin fijarse en su transformación, viéndola lo mismo que cuando
acompañaba, con trote de gozquecillo, á la señorita Desnoyers en sus
excursiones por el parque y los alrededores. Ahora era una mujer, con la
delgadez del último crecimiento, apuntando las primeras gracias
femeniles en su cuerpo de catorce años. La madre no la dejaba salir del
pabellón, temiendo á la soldadesca, que lo invadía todo con su corriente
desbordada, filtrándose en los lugares abiertos, rompiendo los
obstáculos que estorbaban su paso.
Desnoyers abandonó su desesperado mutismo para confesar que sentía
hambre. Le avergonzaba esta exigencia material, pero las emociones del
día, la muerte vista de cerca, el peligro todavía amenazante,
despertaron en él un apetito nervioso. La consideración de que era un
miserable en medio de sus riquezas y no podía disponer de nada en su
dominio aumentó todavía más su necesidad.
--¡Pobre señor!--dijo otra vez la mujer.
Y contempló con asombro al millonario devorando un pedazo de pan y un
triángulo de queso, lo único que pudo encontrar en su vivienda. La
certeza de que no conseguiría otro alimento por más que buscase, hizo
que don Marcelo siguiese atormentado por su apetito. ¡Haber conquistado
una fortuna enorme, para sufrir hambre al final de su existencia!... La
mujer, como si adivinase sus pensamientos, gemía, elevando los ojos.
Desde las primeras horas de la mañana el mundo había cambiado su curso:
todas las cosas parecían al revés. ¡Ay, la guerra!...
En el resto de la tarde y una parte de la noche fué recibiendo el
propietario las noticias que le traía el conserje después de sus visitas
al castillo. El general y numerosos oficiales ocupaban las habitaciones.
No quedaba cerrada una sola puerta: todas estaban de par en par, á
culatazos y hachazos. Habían desaparecido muchas cosas; el portero no
sabía cómo, pero habían desaparecido, tal vez rotas, tal vez arrebatadas
por los que entraban y salían. El jefe del brazal iba de habitación en
habitación examinándolo todo, dictando en alemán á un soldado que
escribía. Mientras tanto, el general y los suyos estaban en el comedor.
Bebían abundantemente y consultaban mapas extendidos en el suelo. El
pobre hombre había tenido que bajar á las cuevas en busca de los mejores
vinos.
Al anochecer se marcó un movimiento de flujo en aquella marea humana que
cubría los campos hasta perderse de vista. Habían quedado establecidos
varios puentes sobre el Marne y la invasión reanudó su avance. Los
regimientos se ponían en marcha lanzando su grito de entusiasmo: -«¡Nach
Paris!»- Los que se quedaban para continuar al día siguiente iban
instalándose en las casas arruinadas ó al aire libre. Desnoyers oyó
cánticos. Bajo el fulgor de las primeras estrellas los soldados se
agrupaban como orfeonistas, formando con sus voces un coral solemne y
dulce, de religiosa gravedad. Encima de los árboles flotaba una nube
roja que la sombra hacía más intensa. Era el reflejo del pueblo, que aún
llameaba. A lo lejos, otras hogueras de granjas y caseríos cortaban la
noche con sus parpadeos sangrientos.
El viejo acabó por dormirse en la cama de sus conserjes, con el sueño
pesado y embrutecedor del cansancio, sin sobresaltos ni pesadillas. Caía
y caía en un agujero lóbrego y sin término. Al despertar, se imaginó que
sólo había dormido unos minutos. El sol coloreaba de naranja las
cortinillas de la ventana. A través de su tejido vió unas ramas de árbol
y pájaros que saltaban piando entre las hojas. Sintió la misma alegría
de los frescos amaneceres del verano. ¡Hermosa mañana! Pero ¿qué
habitación era aquella?... Miró con extrañeza el lecho y cuanto le
rodeaba. De pronto la realidad asaltó su cerebro, paralizado dulcemente
por los primeros esplendores del día. Fué surgiendo de esta bruma mental
la larga escalera de su memoria, con un último peldaño negro y rojo: el
bloque de emociones que representaba el día anterior. ¡Y él había
dormido tranquilamente rodeado de enemigos, sometido á una fuerza
arbitraria que podía destruirle en uno de sus caprichos!...
Al entrar en la cocina, su conserje le dió noticias. Los alemanes se
iban. El regimiento acampado en el parque había salido al amanecer, y
tras de él, otros y otros. En el pueblo quedaba un batallón, ocupando
las pocas casas enteras y las ruinas de las incendiadas. El general
había partido también con su numeroso Estado Mayor. Sólo quedaba en el
castillo el jefe de una brigada, al que llamaban sus asistentes «el
conde», y varios oficiales.
Después de estas noticias se atrevió á salir del pabellón. Vió su jardín
destrozado, pero hermoso. Los árboles guardaban impasibles los ultrajes
sufridos en sus troncos. Los pájaros aleteaban con sorpresa y regocijo
al verse dueños otra vez del espacio abandonado por la inundación
humana.
Pronto se arrepintió Desnoyers de su salida. Cinco camiones estaban
formados junto á los fosos, ante el puente del castillo. Varios grupos
de soldados salían llevando á hombros muebles enormes, como peones que
efectúan una mudanza. Un objeto voluminoso envuelto en cortinas de seda,
que suplían á la lona de embalaje, era empujado por cuatro hombres hasta
uno de los automóviles. El propietario adivinó. ¡Su baño: la famosa tina
de oro!... Luego, con un brusco cambio de opinión, no sintió dolor por
esta pérdida. Odiaba ahora la ostentosa pieza, atribuyéndole una
influencia fatal. Por su culpa se veía él allí. Pero ¡ay!... ¡los otros
muebles amontonados en los camiones!... En este momento pudo abarcar
toda la extensión de su miseria y su impotencia. Le era imposible
defender su propiedad; no podía discutir con aquel jefe que saqueaba el
castillo tranquilamente, ignorando la presencia del dueño. «¡Ladrones!
¡ladrones!» Y volvió á meterse en el pabellón.
Pasó toda la mañana con el codo en una mesa y la mandíbula apoyada en la
mano, lo mismo que el día anterior, dejando que las horas se desgranasen
lentamente, no queriendo oir el sordo rodar de los vehículos que se
llevaban las muestras de su opulencia.
Cerca de mediodía le anunció el conserje que un oficial llegado una hora
antes en automóvil deseaba verle.
Al salir del pabellón encontró á un capitán igual á los otros, con el
casco puntiagudo y enfundado, el uniforme color de mostaza, botas de
cuero rojo, sable, revólver, gemelos y la carta geográfica en un estuche
pendiente del cinturón. Parecía joven; ostentaba en una manga el brazal
del Estado Mayor.
--¿Me conoce?... No he querido pasar por aquí sin verle.
Dijo esto en castellano, y Desnoyers experimentó una sorpresa más grande
que todas las que había sentido en sus largas horas de angustia á partir
de la mañana anterior.
--¿De veras que no me conoce?--prosiguió el alemán, siempre en
español--. Soy Otto... el capitán Otto von Hartrott.
El viejo descendió, ó más bien rodó por la escalera de su memoria, para
detenerse en un peldaño lejano. Vió la estancia, vió á sus cuñados que
tenían el segundo hijo. «Le pondré el nombre de Bismarck», decía Karl.
Luego, remontando muchos escalones, se veía en Berlín durante su visita
á los Hartrott. Hablaban con orgullo de Otto, casi tan sabio como el
hermano mayor, pero que aplicaba su talento á la guerra. Era teniente y
continuaba sus estudios para ingresar en el Estado Mayor. «¿Quién sabe
si llegará á ser otro Moltke?», decía el padre. Y la bulliciosa Chichí
lo bautizó con un apodo, aceptado por la familia. Otto fué en adelante
-Moltkecito- para sus parientes de París.
Desnoyers se admiró de las transformaciones realizadas por los años.
Aquel capitán vigoroso y de aire insolente, que podía fusilarle, era el
mismo pequeñín que había visto corretear en la estancia, el -Moltkecito-
imberbe del que reía su hija...
Mientras tanto, el militar explicaba su presencia allí. Pertenecía á
otra división. Eran muchas... ¡muchas! las que avanzaban formando un
muro extenso y profundo desde Verdún á París. Su general le había
enviado para mantener el contacto con la división inmediata, pero al
verse en las cercanías del castillo, había querido visitarlo. La familia
no es una simple palabra. El se acordaba de los días que había pasado en
Villeblanche, cuando la familia Hartrott fué á vivir por algún tiempo
con sus parientes de Francia. Los oficiales que ocupaban el edificio le
habían retenido para que almorzase en su compañía. Uno de ellos mencionó
casualmente al dueño de la propiedad, dando á entender que andaba cerca,
aunque nadie se fijaba en su persona. Una gran sorpresa para el capitán
von Hartrott. Y había hecho averiguaciones hasta dar con él, doliéndose
de verle refugiado en la habitación de sus porteros.
--Debe usted salir de ahí: usted es mi tío--dijo con orgullo--. Vuelva á
su casa, donde le corresponde estar. Mis camaradas tendrán mucho gusto
en conocerle; son hombres muy distinguidos.
Se lamentó luego de lo que el viejo hubiese podido sufrir. No sabía con
certeza en qué consistían tales sufrimientos, pero adivinaba que los
primeros instantes de la invasión habrían sido crueles para él.
--¡Qué quiere usted!--repitió varias veces--. Es la guerra.
Al mismo tiempo celebraba que hubiese permanecido en su propiedad.
Tenían la orden de castigar con predilección los bienes de los
fugitivos. Alemania deseaba que los habitantes permaneciesen en sus
viviendas, como si no ocurriese nada extraordinario. Desnoyers
protestó... ¡Pero si los invasores fusilaban á los inocentes y quemaban
sus casas!... El sobrino se opuso á que siguiese hablando. Palideció,
como si detrás de su epidermis se esparciese una ola de ceniza; le
brillaron los ojos, le temblaron las mejillas, lo mismo que al teniente
que se había posesionado del castillo.
--Se refiere usted al fusilamiento del alcalde y los otros... Me lo
acaban de contar los camaradas. Aún ha sido flojo el castigo; debían
haber arrasado el pueblo entero: debían haber matado hasta á los niños
y las mujeres. Hay que acabar con los franco-tiradores.
El viejo le miró con asombro. Su -Moltkecito- era tan peligroso y feroz
como los otros... Pero el capitán cortó la conversación, repitiendo una
vez más la eterna y monstruosa excusa:
--Muy horrible, pero ¡qué quiere usted!... Así es la guerra.
Luego pidió noticias de su madre, alegrándose al saber que estaba en el
Sur. Le había inquietado mucho la idea de que permaneciese en París.
¡Con las revoluciones que habían ocurrido allá en los últimos
tiempos!... Desnoyers quedó dudando, como si hubiese oído mal. ¿Qué
revoluciones eran esas?... Pero el oficial había pasado sin más
explicación á hablar de los suyos, creyendo que Desnoyers sentiría
impaciencia por conocer la suerte de la parentela germánica.
Todos estaban en una situación magnífica. Su ilustre padre era
presidente de varias sociedades patrióticas--ya que sus años no le
permitían ir á la guerra--y organizaba además futuras empresas
industriales para explotar los países conquistados. Su hermano «el
sabio» daba conferencias acerca de los pueblos que debía anexionarse el
Imperio victorioso, tronando contra los malos patriotas que se mostraban
débiles y mezquinos en sus pretensiones. Los tres hermanos restantes
figuraban en el ejército: á uno de ellos lo habían condecorado en
Lorena. Las dos hermanas, algo tristes por la ausencia de sus
prometidos, tenientes de húsares, se entretenían en visitar los
hospitales y pedir á Dios que castigase á la traidora Inglaterra.
El capitán von Hartrott llevó lentamente á su tío hacia el castillo. Los
soldados grises y rígidos, que habían ignorado hasta entonces la
existencia de don Marcelo, le seguían con interés viéndole en amistosa
conversación con un oficial del Estado Mayor. Adivinó que estos hombres
iban á humanizarse para él, perdiendo su automatismo inexorable y
agresivo.
Al entrar en el edificio, algo se contrajo en su pecho con
estremecimientos de angustia. Vió por todas partes dolorosos vacíos que
le hicieron recordar los objetos que ocupaban antes el mismo espacio.
Manchas rectangulares de color más fuerte delataban en el empapelado el
emplazamiento de los muebles y cuadros desaparecidos. ¡Con qué prontitud
y buen método trabajaba aquel señor del brazal en la manga!... A la
tristeza que le produjo el despojo frío y ordenado vino á unirse su
indignación de hombre económico, viendo cortinas con desgarrones,
alfombras manchadas, objetos rotos de porcelana y cristal, todos los
vestigios de una ocupación ruda y sin escrúpulos.
El sobrino, adivinando lo que pensaba, repitió la eterna excusa: «¡Qué
hacer!... Es la guerra.»
Pero con -Moltkecito- no tenía por qué guardar los miramientos del
miedo.
--Esto no es guerra--dijo con acento rencoroso--. Es una expedición de
bandidos... Tus camaradas son unos ladrones.
El capitán von Hartrott creció de pronto con violento estirón. Se separó
del viejo, mirándole fijamente, mientras hablaba en voz baja, algo
silbante por el temblor de la cólera. ¡Atención, tío! Afortunadamente,
se había expresado en español y no podían entenderle los que estaban
cerca de ellos. Si se permitía insistir en tales apreciaciones, corría
el peligro de recibir una bala como respuesta. Los oficiales del
emperador no se dejan insultar. Y todo en su persona demostraba la
facilidad con que podía olvidarse de su parentesco si recibía la orden
de proceder contra don Marcelo.
Calló éste, bajando la cabeza. ¡Qué iba á hacer!... El capitán reanudó
sus amabilidades, como si hubiese olvidado lo que acababa de decir.
Quería presentarle á sus camaradas. Su Excelencia el conde Meinbourg,
Mayor General, al enterarse de que era pariente de los Hartrott, le
dispensaba el honor de convidarle á su mesa.
Invitado en su propia vivienda, entró en el comedor, donde estaban
muchos hombres vestidos de color mostaza y con botas altas.
Instintivamente apreció con rápida ojeada el estado de la habitación.
Todo en buen orden, nada roto: paredes, cortinajes y muebles seguían
intactos. Pero al mirar al interior de los aparadores monumentales
experimentó otra vez una sensación dolorosa. Por todas partes la
obscuridad del roble. Habían desaparecido dos vajillas de plata y otra
de porcelana antigua, sin dejar como rastro la más insignificante de sus
piezas. Tuvo que responder con graves saludos á las presentaciones que
iba haciendo su sobrino, y estrechó la mano que le tendía el conde con
aristocrática dejadez. Los enemigos le consideraban con benevolencia y
cierta admiración al saber que era un millonario procedente de la tierra
lejana donde los hombres se enriquecen rápidamente.
Se vió de pronto sentado como un extraño ante su propia mesa, comiendo
en los mismos platos que empleaba su familia, servido por unos hombres
de cabeza esquilada al rape que llevaban sobre el uniforme un mandil á
rayas. Lo que comía era suyo, el vino procedía de su bodega, todo lo que
adornaba aquella habitación lo había comprado él, los árboles que
extendían su ramaje más allá de la ventana le pertenecían igualmente...
Y sin embargo, creyó hallarse en este sitio por primera vez, sufriendo
el malestar de la extrañeza y la desconfianza. Comió porque sentía
hambre, pero alimentos y vinos le parecían de otro planeta.
Iba examinando con asombro á estos enemigos que ocupaban los mismos
lugares de su esposa, de sus hijos, de los Lacour... Hablaban en alemán
entre ellos, pero los que conocían el francés se valían con frecuencia
de este idioma para que les entendiese el invitado. Los que sólo
chapurreaban unas palabras las repetían con acompañamiento de sonrisas
amables. Se notaba en todos ellos un deseo de agradar al dueño del
castillo.
--Va usted á almorzar con los bárbaros--dijo el conde al ofrecerle un
asiento á su lado--. ¿No tiene usted miedo de que le coman vivo?...
Los alemanes rieron con gran estrépito la gracia de Su Excelencia. Todos
hacían esfuerzos por demostrar con sus palabras y ademanes que era falsa
la barbarie que les atribuían los enemigos.
Don Marcelo les miró uno á uno. Las fatigas de la guerra, especialmente
la marcha acelerada de los últimos días, estaban visibles en sus
personas. Unos eran altos, delgados, con una esbeltez angulosa; otros,
cuadrados y fornidos, con el cuello corto y la cabeza hundida entre los
hombros. Estos últimos habían perdido sus adiposidades en un mes de
campaña, colgándoles la piel arrugada y flácida en varias partes del
rostro. Todos llevaban la cabeza rapada, lo mismo que los soldados. En
torno de la mesa brillaban dos filas de esferas craneales sonrosadas ó
morenas. Las orejas sobresalían grotescamente; las mandíbulas se
marcaban con el óseo relieve del enflaquecimiento. Algunos habían
conservado el mostacho enhiesto, á la moda del emperador; los más iban
afeitados ó con bigotes cortos en forma de cepillo.
Un brazalete de oro brillaba á continuación de una mano del conde puesta
sobre la mesa. Era el más viejo de todos y el único que conservaba sus
cabellos, de un rubio obscuro y canoso, peinados cuidadosamente y
brillantes de pomada. Próximo á los cincuenta años, mantenía un vigor
femenil, cultivado por los ejercicios violentos. Enjuto, huesudo y
fuerte, procuraba disimular su rudeza de hombre de pelea con una
negligencia suave y perezosa. Los oficiales le trataban con gran
respeto. Hartrott había hablado de él á su tío como de un gran artista,
músico y poeta. El emperador era su amigo: se conocían desde la
juventud. Antes de la guerra, ciertos escándalos de su vida privada le
habían alejado de la corte: vociferaciones de folicularios y de
socialistas. Pero el soberano le mantenía en secreto su afecto de
antiguo condiscípulo. Todos recordaban un baile suyo, -Los caprichos de
Schahrazada-, representado con gran lujo en Berlín por recomendación del
poderoso compañero. Había vivido algunos años en Oriente. En suma, un
gran señor y un artista de exquisita sensibilidad, al mismo tiempo que
un soldado.
El conde no podía admitir el silencio de Desnoyers. Era su comensal, y
creyó del caso hacerle hablar para que interviniese en la conversación.
Cuando don Marcelo explicó que sólo hacía tres días que había salido de
París, todos se animaron, queriendo saber noticias.
«¿Vió usted algunas de las sublevaciones?...» «¿Tuvo la tropa que matar
mucha gente?» «¿Cómo fué el asesinato de Poincaré?»
Le hicieron estas preguntas á la vez, y don Marcelo, desorientado por su
inverosimilitud, no supo qué contestar. Creyó haber caído en una reunión
de locos. Luego sospechó que se burlaban de él. ¿Sublevaciones?
¿Asesinato del Presidente?... Unos le miraban con lástima por su
ignorancia; otros con recelo, al ver que fingía no conocer unos sucesos
que se habían desarrollado junto á él. Su sobrino insistió.
--Los diarios de Alemania hablan mucho de eso. El pueblo de París se ha
sublevado hace quince días contra el gobierno, asaltando el Elíseo y
asesinando al Presidente. El ejército tuvo que emplear las
ametralladoras para imponer el orden... Todo el mundo lo sabe.
Pero Desnoyers insistía en no saberlo: nada había visto. Y como sus
palabras eran acogidas con un gesto de maliciosa duda, prefirió
callarse. Su Excelencia, espíritu superior, incapaz de incurrir en las
credulidades del vulgo, intervino para restablecer los hechos. Lo del
asesinato tal vez no era cierto: los periódicos alemanes podían exagerar
con la mejor buena fe. Precisamente pocas horas antes le había hecho
saber el Estado Mayor General la retirada del gobierno francés á
Burdeos. Pero lo de la sublevación del pueblo de París y su pelea con la
tropa era indiscutible. «El señor lo ha visto sin duda, pero no quiere
decirlo.» Desnoyers tuvo que contradecir al personaje, pero su negativa
ya no fué escuchada. ¡París! Este nombre había hecho brillar los ojos,
excitando la verbosidad de todos. Deseaban llegar cuanto antes á la
vista de la torre Eiffel, entrar victoriosos en la ciudad, para saciarse
de las privaciones y fatigas de un mes de campaña. Eran adoradores de la
gloria militar, consideraban la guerra necesaria para la vida, y sin
embargo se lamentaban de los sufrimientos que les proporcionaba. El
conde exhaló una queja de artista.
--¡Lo que me ha perjudicado la guerra!--dijo con languidez--. Este
invierno iban á estrenar en París un baile mío.
Todos protestaron de su tristeza: su obra sería impuesta después del
triunfo, y los franceses tendrían que aplaudirla.
--No es lo mismo--continuó el conde--. Confieso que amo á París...
¡Lástima que esas gentes no hayan querido nunca entenderse con
nosotros!...
Y se sumió en su melancolía de hombre no comprendido.
A uno de los oficiales que hablaba de las riquezas de París con ojos de
codicia, lo reconoció de pronto Desnoyers por el brazal que ostentaba en
una manga. Era el que había saqueado el castillo. Como si adivinase sus
pensamientos, el comisario se excusó.
--Es la guerra, señor...
¡Lo mismo que los otros!... La guerra había que pagarla con los bienes
de los vencidos. Era el nuevo sistema alemán; la vuelta saludable á la
guerra de los tiempos remotos: tributos impuestos á las ciudades y
saqueo aislado de las casas. De este modo se vencían las resistencias
del enemigo y la guerra terminaba antes. No debía entristecerse por el
despojo. Sus muebles y alhajas serían vendidos en Alemania. Podía hacer
una reclamación al gobierno francés para que le indemnizase después de
la derrota: sus parientes de Berlín apoyarían la demanda.
Desnoyers oyó con espanto tales consejos. ¡Qué mentalidad la de aquellos
hombres! ¿Estaban locos ó querían reirse de él?...
Al terminar el almuerzo, algunos oficiales se levantaron, requiriendo
sus sables para cumplir actos del servicio. El capitán von Hartrott
también se levantó: necesitaba volver al lado de su general; había
dedicado bastante tiempo á las expansiones de familia. El tío le
acompañó hasta el automóvil. -Moltkecito- se excusaba una vez más de los
desperfectos y despojos sufridos por el castillo.
--Es la guerra... Debemos ser duros para que resulte breve. La verdadera
bondad consiste en ser crueles, porque así, el enemigo, aterrorizado, se
entrega más pronto y el mundo sufre menos.
Don Marcelo levantó los hombros ante el sofisma. Estaban en la puerta
del edificio. El capitán dió órdenes á un soldado, y éste volvió poco
después con un pedazo de tiza que servía para marcar las señales de
alojamiento. Von Hartrott deseaba proteger á su tío. Y empezó á trazar
una inscripción en la pared, junto á la puerta: -«Bitte, nicht plündern.
Es sind freundliche Leute...»-
Luego la tradujo, en vista de las repetidas preguntas del viejo.
--Quiere decir: «Se ruega no saquear. Los habitantes de esta casa son
gente amable... gente amiga.»
¡Ah, no!... Desnoyers repelió con vehemencia esta protección. El no
quería ser amable. Callaba porque no podía hacer otra cosa... ¡pero
amigo de los invasores de su país!...
El sobrino borró parte del letrero y sólo dejó el principio: -«Bitte,
nicht plündern.»- «Se ruega no saquear.» Luego, en la entrada del parque
repitió la inscripción. Consideraba necesario este aviso; podía irse Su
Excelencia, podían instalarse en el castillo otros oficiales. Von
Hartrott había visto mucho, y su sonrisa daba á entender que nada
llegaría á sorprenderle, por enorme que fuese. Pero el viejo siguió
despreciando su protección y riéndose con tristeza del rótulo. ¿Qué más
podían saquear?... Ya se habían llevado lo mejor.
--Adiós, tío. Pronto nos veremos en París.
El capitán montó en su automóvil, luego de estrechar una mano fría y
blanda que parecía repelerle con su inercia.
Al volver hacia su casa vió á la sombra de un grupo de árboles una mesa
y sillas. Su Excelencia tomaba el café al aire libre, y le obligó á
sentarse á su lado. Sólo tres oficiales le acompañaban... Gran consumo
de licores procedentes de su bodega. Hablaban en alemán entre ellos, y
así permaneció don Marcelo cerca de una hora inmóvil, deseando marcharse
y no encontrando el momento oportuno para abandonar su asiento y
desaparecer.
Se adivinaba fuera del parque un gran movimiento de tropas. Pasaba otro
cuerpo de ejército con sordo rodar de marea. Las cortinas de árboles
ocultaban este desfile incesante que se dirigía hacia el Sur. Un
fenómeno inexplicable conmovió la luminosa calma de la tarde. Sonaba á
lo lejos un trueno continuo, como si rodase por el horizonte azul una
tormenta invisible.
El conde interrumpió su conversación en alemán para hablar á Desnoyers,
que parecía interesado por el estrépito.
--Es el cañón. Se ha entablado una batalla. Pronto entraremos en danza.
La posibilidad de tener que abandonar su alojamiento, el más cómodo que
había encontrado en toda su campaña, le puso de mal humor.
--¡La guerra!--continuó--. Una vida gloriosa, pero sucia y
embrutecedora. En todo un mes, hoy es el primer día que vivo como un
hombre.
Y como si le atrajesen las comodidades que habría de abandonar en breve,
se levantó, dirigiéndose al castillo. Dos alemanes se marcharon hacia el
pueblo, y Desnoyers quedó con el otro, ocupado en paladear
admirativamente sus licores. Era el jefe del batallón acantonado en
Villeblanche.
--¡Triste guerra, señor!--dijo en francés.
De todo el grupo de enemigos, éste era el único que había inspirado á
don Marcelo un sentimiento vago de atracción. «Aunque es un alemán,
parece buena persona», pensaba viéndole. Debía haber sido obeso en
tiempo de paz, pero ahora ofrecía el exterior suelto y lacio de un
organismo que acaba de sufrir una pérdida de volumen. Se adivinaba en él
una existencia anterior de tranquila y vulgar sensualidad, una dicha
burguesa que la guerra había cortado rudamente.
--¡Qué vida, señor!--siguió diciendo--. Que Dios castigue á los que han
provocado esta catástrofe.
Desnoyers casi estaba conmovido. Vió la Alemania que se había imaginado
muchas veces: una Alemania tranquila, dulce, de burgueses un poco torpes
y pesados, pero que compensaban su rudeza originaria con un
sentimentalismo inocente y poético. Este Blumhardt, al que sus
compañeros llamaban -Bataillon-Kommandeur-, era un buen padre de
familia. Se lo representó paseando con su mujer y sus hijos bajo los
tilos de una plaza de provincia, escuchando todos con religiosa unción
las melodías de una banda militar. Luego lo vió en la cervecería con sus
amigos, hablando de problemas metafísicos entre dos conversaciones de
negocios. Era el hombre de la vieja Alemania, un personaje de novela de
Goethe. Tal vez las glorias del Imperio habían modificado su existencia,
y en vez de ir á la cervecería frecuentaba el casino de los oficiales,
mientras su familia se mantenía aparte, aislada de los civiles, por el
orgullo de la casta militar; pero en el fondo era siempre el alemán
bueno, de costumbres patriarcales, pronto á derramar lágrimas ante una
escena de familia ó un fragmento de buena música.
El comandante Blumhardt se acordaba de los suyos, que vivían en Cassel.
--Ocho hijos, señor--dijo con un esfuerzo visible para contener su
emoción--. Los dos mayores se preparan para ser oficiales. El menor va á
la escuela desde este año... Es así.
Y señalaba con una mano la altura de sus botas. Temblaba nerviosamente
de risa y de pena al recordar á su pequeño. Luego hizo el elogio de su
esposa, excelente directora de hogar, madre que se sacrificaba con
modestia por sus hijos, por su esposo. ¡Ay, la dulce Augusta!... Veinte
años de matrimonio iban transcurridos, y la adoraba como el día en que
se vieron por primera vez. Guardaba en un bolsillo de su uniforme todas
las cartas que ella le había escrito desde el principio de la campaña.
--Véala, señor... Estos son mis hijos.
Sacó del pecho un medallón de plata con adornos de arte de Munich, y
tocando un resorte lo hizo abrirse en redondeles, como las hojas de un
libro, dejando ver los rostros de toda la familia: la -Frau Kommandeur-,
de una belleza austera y rígida, imitando el gesto y el peinado de la
emperatriz; luego las hijas, las -Fraulin Kommandeur-, vestidas de
blanco, los ojos en alto como si cantasen una romanza; y al final los
niños, con uniformes de escuelas del ejército ó de instituciones
particulares. ¡Y pensar que podía perder á estos seres queridos con sólo
que un pedazo de hierro le tocase!... ¡Y había de vivir lejos de ellos
ahora que era la buena estación, la época de los paseos en el campo!...
--¡Triste guerra!--volvió á repetir--. Que Dios castigue á los ingleses.
Con una solicitud que conmovió á don Marcelo, le hizo preguntas á su
vez acerca de su familia. Se apiadó al enterarse de lo escasa que era su
prole; sonrió un poco ante el entusiasmo con que el viejo hablaba de su
hija, saludando á -Fraulin- Chichí como un diablillo gracioso; puso el
gesto compungido al saber que el hijo le había dado grandes disgustos
con su conducta.
¡Simpático comandante!... Era el primer hombre dulce y humano que
encontraba en el infierno de la invasión. «En todas partes hay buenas
personas», se dijo. Deseó que no se moviese del castillo. Si habían de
continuar allí los alemanes, mejor era tenerle á él que á otros.
Un ordenanza vino á llamar á don Marcelo de parte de Su Excelencia.
Encontró al conde en su propio dormitorio, luego de pasar por los
salones con los ojos cerrados para evitarse el dolor de una cólera
inútil. Las puertas estaban forzadas, los suelos sin alfombras, los
huecos sin cortinajes. Sólo los muebles rotos en los primeros momentos
ocupaban sus antiguos lugares. Los dormitorios habían sido saqueados con
más método, desapareciendo únicamente lo que no era de utilidad
inmediata. El haberse alojado en ellos el día antes el general con todo
su séquito les había librado de una destrucción caprichosa.
El conde lo recibió con la cortesía de un gran señor que desea atender á
sus invitados. No podía consentir que -Herr- Desnoyers, pariente de un
von Hartrott--al que recordaba vagamente haber visto en la corte--,
viviese en la habitación de los porteros. Debía ocupar su dormitorio,
aquella cama solemne como un catafalco, con penachos y columnas, que
había tenido el honor de servir horas antes á un ilustre general del
Imperio.
--Yo prefiero dormir aquí. Esta otra habitación va mejor con mis gustos.
Había entrado en el dormitorio de la señora Desnoyers, admirando su
mueblaje Luis XV, de una autenticidad preciosa, con los oros apagados y
los paisajes de sus tapicerías obscurecidos por el tiempo. Era una de
las mejores compras de don Marcelo. El conde sonrió con un menosprecio
de artista al recordar al jefe de la Intendencia encargado del saqueo
oficial.
«¡Qué asno!... Pensar que esto lo ha dejado por viejo y feo...»
Luego miró de frente al dueño del castillo.
--Señor Desnoyers: creo no cometer ninguna incorrección, y hasta me
imagino que interpreto sus deseos, al manifestarle que estos muebles me
los llevo yo. Serán un recuerdo de nuestro conocimiento, un testimonio
de nuestra amistad que ahora empieza... Si esto queda aquí corre peligro
de ser destruído. Los guerreros no están obligados á ser artistas. Yo
guardaré estas preciosidades en Alemania, y usted podrá verlas cuando
quiera. Ahora todos vamos á ser unos... Mi amigo el emperador se
proclamará soberano de los franceses.
Desnoyers permaneció silencioso. ¿Qué podía contestar al gesto de ironía
cruel, á la mirada con que el gran señor iba subrayando sus palabras?...
--Cuando termine la guerra le enviaré un regalo de Berlín--añadió con
tono protector.
Tampoco contestó el viejo. Miraba en las paredes el vacío que habían
dejado varios cuadros pequeños. Eran de maestros famosos del siglo
XVIII. También debía haberlos despreciado el comisario por
insignificantes. Una ligera sonrisa del conde le reveló su verdadero
paradero.
Había escudriñado toda la pieza, el dormitorio inmediato, que era el de
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