ruidosa del gigante que se veía ridiculizado por una mujer, que no era
para él más que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los
días y siguió callando, como si pasada la primera impresión de cólera,
sólo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera
turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su
casa.
Doña Cristina también había perdido su primitiva inquietud al
transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente
ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia
conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paulí valía
por todos los terrores que le había hecho sufrir el gesto hosco de su
marido. El jesuíta la comparó en una reunión de señoras con las mujeres
fuertes de la Biblia y con un sinnúmero de santas, todas princesas ó
consejeras de reyes. «Con señoras tan valerosas, pronto volverá el
reinado de Jesús sobre la tierra.» Urquiola era otro panegirista que en
las reuniones de jóvenes católicos ensalzaba, entre risas, la gran treta
que su tía había jugado á aquel marido gigantón con cara de vinagre.
Después del ruidoso triunfo, la piadosa señora entraba en aquella
iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compañerismo de la
victoria y su tan comentado sacrificio, la unían á los buenos Padres
como si fuese de su familia.
El confesor, después de despachar á varias penitentas, sacó la cabeza
por delante del sagrado cajón, lanzando una rápida mirada á la fila de
señoras, mientras musitaba algunas oraciones.
--Me ha conocido--pensó doña Cristina con orgullo--No tardará en
despedir á la que está delante.
Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla allí en verano. La
afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el
servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, sólo de
tarde en tarde hacía sus visitas al templo de la Residencia. De seguro
que el buen Padre pensaba: «Algo extraordinario le ocurre á mi hija de
confesión.» Y así era efectivamente.
No peligraba la salud de su alma ni traía ningún grave pecado que la
abrumase con su peso. Pero el jesuíta quería que se le dijera todo,
absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas,
único medio de que éstas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una
confesión extraordinaria, como esposa y como madre cristiana.
Primeramente, quería hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho
de su esposo.
Sánchez Morueta había llegado el día anterior, después de una
permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio:
millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales
había de tratar nuevos negocios. Esto, según él daba á entender en sus
escasas palabras. Pero doña Cristina dudaba ya de todo desde que dos
días antes de que regresase el millonario, había encontrado revolviendo
los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de ámbar y
con la firma de una mujer, una tal Judith, que debía ser una pagana, una
pecadora, á juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no había
entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fantásticos y
además estaba en francés. Pero las pocas palabras que había podido
adivinar, y más que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender
desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor
desenfado. ¡Qué asco! Toda la castidad de doña Cristina, su horror á la
carne vil, se revolvió al contacto de aquel papel. No quiso verlo más y
lo abandonó en el mismo sitio donde lo había encontrado. Sabía lo
necesario: su marido tenía una amante: tal vez por esto pasaba tanto
tiempo fuera de Bilbao...
En el primer momento, doña Cristina experimentó una sensación
desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo.
Sintió por Sánchez Morueta un interés más grande que en los primeros
tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la
infidelidad. Tal vez iba á conocer el amor á impulsos de la cólera. Pero
aquello sólo duró un instante: su alma, que parecía despertar é
incorporarse, volvióse del otro lado y continuó su sueño.
Si Pepe tenía una querida ¿á ella qué? Mejor: su indiferencia encontraba
una justificación. Viviría más segura en su castidad: se sentiría más
fuerte, pudiendo echar algo en cara á aquel hombre que parecía dominarla
con su silencio. Era lo que á ella le faltaba. Doña Cristina se había
irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel
hombre que vivía tranquilo, sin acordarse de la religión, cerrando su
casa á los ministros de Dios.
De aquella carta pecadora le había quedado el principio impreso en la
memoria: «-Mon gros loup cheri-». ¿Qué querría decir esto? Y adivinando
algo horrible y grotesco á la par, como los diablos panzudos pintados
en ciertas estampas, sonreía en medio de su repugnancia, pensando en la
figura algo ridícula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando
á una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devorándolos.
Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quería
comunicárselo al Padre Paulí, y que éste la ayudara con sus consejos.
Además, tenía que hablarle de la niña, rogando que la diese un buen
repasón. Estaba en la edad de los caprichos y las -tonterías-, y ella,
después de la tarde en que la había sorprendido en el jardín con el
ingenierillo, sentía cierta intranquilidad. Hasta había efectuado un
registro minucioso en el cuarto de la niña, presintiendo cartitas
escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada había
encontrado; pero le daba el corazón que algo existía. Tal vez lo
guardaba oculto la -aña- Nicanora, complaciente siempre con la señorita.
Había terminado su confesión la señora arrodillada delante de ella, y
doña Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del
lado opuesto. Se abrió por fin el ventanillo y Pepita vió por encima de
los hombros de su madre una sombra que murmuraba:
--¡Hola Cristina! ¡hija mía! ¿A qué obedece esta visita tan
extraordinaria?...
Pepita no oyó más: su madre pegó la cabeza á la rejilla, ahogándose las
palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo.
La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil
la incrustación de los tacones de sus botas, leía en su devocionario
automáticamente, mientras pensaba lo que diría al confesor.
Estaba junto á su mamá y llegaban hasta ella algunas de sus palabras
como un lejano susurro.
Pepita comprendió que su madre hablaba de una carta que debía
interesarla mucho, á juzgar por las veces que la nombró. La joven púsose
á temblar pensando en las que tenía ocultas, como una prueba de delito,
allá en su hotel de Las Arenas. Pero doña Cristina levantó la voz un
poco más, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso
y Pepita la oyó decir con gran dificultad, vacilando á cada sílaba
«-Mon... gros... loup... cheri...-»
No: aquello no iba con ella... ¿Pero por qué decía su madre tales cosas?
¿Qué lobo era aquel, en francés, que su madre llevaba tan trabajosamente
hasta los oídos del buen Padre? Y Pepita se mordía los labios para no
reír, sin saber ciertamente por qué le regocijaba esta frase que no
había encontrado nunca en sus libros cuando la enseñaban francés.
Luego cesó de oír. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la
rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta
Pepita como el balbucear de un pequeñuelo: «Ña... ña... ña». Debía reñir
á la madre á juzgar por lo encogida que ésta se mostraba, con la cabeza
entre los hombros, como si la abrumase el interminable regaño del
confesor.
La voz de doña Cristina volvió de nuevo al oído de su hija:
--Es verdad Padre: yo tengo la culpa. ¡Pero es una esclavitud tan
dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocación me
llamaba á otra parte. Pero la juventud se engaña siempre y ¡era yo
entonces tan niña!...
Calló, y de nuevo volvió á susurrar como un aleteo el «Ña... ña... ña»
siempre con tono de reproche durante muchos minutos.
--¿Cree usted Padre--volvió á murmurar la señora--que no he hecho yo
nada por atraerle al buen camino? El día mejor de mi vida sería aquel en
que le viese al lado de los buenos, ayudando á Dios con los bienes que
le ha dado, aconsejándose de personas sabias y virtuosas como ustedes...
Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado
respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los
hombres.
Volvió á sonar el «Ña... ña... ña...» más imperioso, como si diese una
orden, y doña Cristina achicábase ante la reja, obediente á su director,
pero anonadada por el sacrificio que la imponía.
--Lo haré, Padre, lo haré. ¡Si supiera usted el asco que eso me produce!
¡Tan tranquila que yo vivía!... Pero obedeceré, ya que no hay otro
remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son
sacrificios que impone Dios para la conservación del mundo: exigencias
de la vil materia... Obedeceré, Padre, ¡pero cuánto me cuesta! ¡qué
repugnancia, Dios mío!...
El «Ña... ña... ña» tomó una expresión interrogante.
--Sí, Padre, sí: seré otra. Volveré como en otros tiempos, á preocuparme
de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este
sacrificio. Copiaré las seducciones mundanas para servir á Dios.
El murmullo del confesor sonó largamente, como si diese consejos. De vez
en cuando, le interrumpía doña Cristina con sus afirmaciones de
penitenta sumisa.
--Así lo haré, Padre.
---¿Ña... ña... ña?-
--Ya he olvidado esas cosas, pero procuraré acordarme de mis tiempos de
vanidad.
---¿Ña... ña... ña?-
--¿Quiere usted que sea hoy mismo? ¿Después de haber recibido al
Señor?... Bien: porque usted lo dice. Será un nuevo sacrificio.
Callaron un instante el confesor y la penitenta. Doña Cristina volvió la
cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su
confesión; y al ver tan próxima á Pepita, fijos en el devocionario sus
ojos cándidos, se pegó más á la rejilla. La joven ya no oyó más que un
lejano susurro, sin distinguir una palabra.
Al terminar la confesión, la madre fué á arrodillarse en el centro del
templo y Pepita ocupó su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor
despachó rápidamente á la penitenta del lado opuesto, y volvió á abrir
el ventanillo.
--Hola, buena pieza. ¿Eres tú?--dijo cariñosamente á Pepita.--¿Ya has
hecho el acto de contrición? Pues á ver esos pecadillos, á hacer la
colada del alma, que aquí está el Padre Paulí para absolver á las niñas
que son buenas y sumisas.
Y mientras la joven iba soltando con automática regularidad los pecados
de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia,
deseos de humillar á las amigas, desobediencias á su madre, miraba á
través de la rejilla al famoso jesuíta, su cara sin una arruga, la nariz
aguileña, aquella sonrisa dulce que parecía acariciar, pero que á ella
le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que
extraía las verdades por hondas que se ocultasen.
--Bien, ¿y qué más?--dijo el jesuíta cuando ella se detuvo dando por
terminada la enumeración de sus pecados.
--Nada más, Padre. No recuerdo otros pecados.
--Rebusca bien en tu conciencia, hijita. ¿Nada de nuevo ha ocurrido en
tu vida desde la última vez que nos vimos? Piénsalo. Mira que con el
Padre Paulí no valen engaños: que hasta mí llega un pajarito que me
cuenta todo lo que hacen las niñas embusteras, y que yo sé cuándo me
dicen la verdad y cuándo me mienten.
Pepita comenzaba á sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y
maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, según afirmaba
su madre. Con él de nada servían los tapujos. Y su inquietud convirtióse
en miedo cuando vió que el sacerdote cesaba de sonreír y la hablaba con
los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmovía desde el púlpito
á la distinguida muchedumbre de sus fieles.
--Oye, hija mía. Una vez érase una princesa más bonita que tú, y más
rica, pues sus padres eran reyes...
Y describía á la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes,
sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella.
--Un día, en un sarao de la corte, cuando más llamaba la atención por su
hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los
cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa
asomaba, y volvía á ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una
horrible serpiente... ¿Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un
pecado que la princesa había querido ocultar á su confesor y que tomaba
la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo.
Y el Padre Paulí, con su voz trémula de predicador horrorizado, hacía
estremecer á la joven. El final de la historia no era más
tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazón á la
princesa, y la desdichada descendía con el peso de su pecado á los
infiernos.
--Vamos, hija mía--dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su
sonrisa después de la historia horripilante.--Tú eres más buena que la
princesa: tú no querrás perder tu alma ocultando las faltas al confesor.
Aquí tienes al Padre Paulí que es un buenazo con las niñas que no
mienten, pero que tiene una correa para castigar á las que son malas y
rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo
para tí, como si lo fuera... ¡Tú tienes un novio!
--No, Padre--dijo Pepita con voz trémula, intentando todavía
defenderse.--Es un amigo... Un amigo, ¡pues!... que lo distingo de los
demás... que le tengo cierta simpatía...
--¡Vaya por el amigo!--exclamó bondadosamente el confesor.--Y este amigo
te escribe cartitas y tú las contestas á hurtadillas de mamá. No digas
que no: no mientas... ¿Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas
y en que os habéis visto y hablado en el jardín de Las Arenas. ¡Si es
inútil negar! ¡Si yo todo lo sé por el pajarito!...
Y el jesuíta insistía complacido en aquella ñoñez del pajarito, como si
fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.
La joven acabó por confesarlo todo y el Padre Paulí tomó entonces un
tono solemne:
--Pues, hija mía; tengo que decirte que has cometido un grave pecado,
pero á tiempo estás de arrepentirte y purificarte de él. Lo has hecho,
indudablemente, sin saber lo que hacías, porque tú eres buena y espero
que el arrepentimiento te volverá á la gracia de Dios. ¿Tú sabes lo
grave que resulta tu falta? ¡Una muñeca como tú, una mocosa que debe
vivir agarrada á las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que
es el mundo, querer arreglarse por sí misma el porvenir, y engañar á
mamá, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si éste puede
ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los
rodean! Vamos que merecías una zurra, como las chicuelas malcriadas que
hacen alguna diablura.
Y su mano blanca se movía tras la rejilla con burlona expresión de
amenaza.
--Tú, que eres aficionada á lecturas como todas las jovencitas del día,
pídele á tu madre un libro titulado «-La entrada en el mundo.-» Si ella
no lo tiene, te lo dará tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de
memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por
otros Padres no menos sabios de la Compañía. Se la regalamos á los
muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad
de Deusto y es una guía completa de lo que debe pensar y hacer en el
mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no
necesita más para ser un modelo de caballeros católicos y excelentes
padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los capítulos que se
titulan «-La elección de estado-» y «-Antes que te cases-»... y verás lo
que le corresponde hacer á la juventud cristiana para conservar pura su
alma y no ofender á Dios. Para la elección de estado hay que meditar
mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la santísima Virgen,
tal como lo dispone en sus «Ejercicios Espirituales» el bienaventurado y
glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe
escogerse después de la oración, de la meditación, del examen atento; y
especialmente, ¡fíjate bien en esto, criatura!, «después del consejo
maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y
sobre todo, de vuestro director espiritual.» Así lo dice el libro.
Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si éste fuese
el personaje más importante entre todos los citados.
--¿Qué es el director espiritual?--continuó.--El librito lo dice
claramente: «Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija
vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres
se oponen á vuestro casamiento, creed que será por vuestro bien. Si os
queda alguna duda sometedla á la censura prudente de vuestros
confesores, y si éstos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen
á medida de vuestros deseos es porque saldrán conforme á la voluntad de
Dios que es lo que más os interesa. Eso del amor, no es más que
-galantería- mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del
pecado, que nunca puede dominar á una alma cristiana.» Ahí tienes,
chiquita, todo un compendio de sabiduría que siguen los jóvenes al salir
de nuestras aulas, y son felices. ¿Y esto, que respetan y acatan
muchachos con más barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de
nuestra Universidad, lo atropellas tú, muñeca ignorante? ¿Te atreves á
buscar marido por tu propia cuenta y á tener amoríos, cuando hombres que
ostentan títulos académicos no osan poner los ojos en una mujer sin
venir aquí antes á decirme: «Padre Paulí, he pensado en Fulana ó en
Zutana: ¿me conviene?» y se van tan satisfechos de los consejos del
Padre, siguiéndolos fielmente?... ¡Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce
que en tu casa falta una buena dirección á pesar de que mamá es casi una
santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese
médico loco de las minas que ha hecho infeliz á su pobre mujer, y que
entran allí gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del
siglo.
La joven sentíase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su
pecado. El confesor continuó con una sonrisa dulce:
--Y ese señor ingeniero que te ha trastornado el seso, será poco más ó
menos como tu tío el médico.
--¡Ay, no, Padre!--se apresuró á decir Pepita aprovechando la ocasión
para defender á su novio.--es muy buen católico: me lo dijo el otro día
cuando hablamos en el jardín.
--¡Hum, hum!--tosió el jesuíta--¿Dónde ha estudiado? En alguna de esas
escuelas donde sólo enseñan lo que llaman ciencia y que no es más que
puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. ¿Católico y no lo
conozco?... ¿Católico joven y no viene por aquí?...
--Me prometió que vendría, Padre. Dijo que se confesaría aquí; que se
inscribiría en los -Luises-, que haría todo lo que yo le mandase. Crea
usted, Padre, que no es malo.
--¡Je, je!--rió maliciosamente el confesor.--No está mal la resolución.
Pero nosotros, esas conversiones de última hora con vistas al
matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados.
El Padre Paulí es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engañarlo
un boquirrubio de esos á la moderna. Queremos en nuestro jardín árboles
que hayamos plantado nosotros, guiándolos desde que son tiernos... Y tú,
hija mía, ¡con qué calor defiendes á ese hombre! Veo que el peligro era
más grave de lo que creía. Si persistes en esa mala pasión, contra la
voluntad de tus padres y de tu director espiritual, estás en pecado y no
podré darte la absolución. ¿Entiendes?...
Tembló la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente.
--Pero tú eres buena--continuó el jesuíta cambiando de tono--y tú
obedecerás. Mañana me envías todas las cartas que tengas de ese hombre:
un paquetito á nombre mío y que lo entreguen al portero de la
Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras
á ese individuo. «Muy señor mío: por no disgustar á mis padres... ó por
consejo de mi director espiritual...» en fin, tú lo escribirás bien: las
mujeres, tenéis talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle
saber, de un modo que no deje lugar á dudas, que todo acabó, que ya no
te acuerdas de él, que lo pasado fué una falta de la que te muestras
arrepentida... ¿Estamos?
Pepita movió la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que
adivinase el confesor si esta emoción era por la pena del rompimiento ó
por el miedo que le inspiraba su pecado.
--¡Tonta! ¡tontita!--dijo para tranquilizarla.--¡Si todo esto es por tu
bien!... ¿Quién es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay
tantos, un trabajador de levita, qué necesita de protectores como tu
padre para ganar la comida. ¡Mire usted que estaría bien, ver á la hija
de Sánchez Morueta casada con un ganapán, de esos que creen ser los
hombres más útiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan
números! Eso de las princesas casándose con pastores, sólo se ve en las
comedias. Aún es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece á
tus padres, á mamá sobre todo, pues las mujeres saben más de estas
cosas. Confía en el Padre Paulí, que es tu amigo, tu segundo padre, y
entre todos ya verás cómo te elegimos un hombre que te hará feliz y aun
elevará más tu rango en el mundo.
Calló un momento el jesuíta, como si preparase un avance decisivo.
--¡Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de
nuestra Universidad!... Una joven como tú--continuó--merece unirse con
una gran fortuna ó un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad
de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. ¡Pues á casarse con
un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de
Estado, y se cubra de gloria sirviendo á Dios y á su país! Eso no es
difícil encontrarlo. Ahí tienes, por ejemplo, á tu primo Urquiola.
Pepita hizo un mohín de protesta. No: ese no.
--¿Por qué no, chiquilla? ¿Tienes algo que decir de él? Es uno de los
alumnos de -punta- que han salido de nuestra Universidad. Con una docena
como él, Bilbao sería nuestro por completo, y esta población aparecería
como otra Covadonga, desde la cual emprenderíamos la reconquista de
España encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de
Dios... Comprendo por qué tuerces el gesto: chismes y enredos de
tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atracción en el
pobre Urquiola, sólo saben hablar de él. ¡Ya las arreglaré yo á esas
maldicientes!... ¿Y sabes por qué se ocupan tanto de Fermín? Porque éste
no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente
inclinado hacia tí, con el amor honesto y respetuoso de un joven
cristiano. Las que te hablan contra él, es porque te tienen envidia.
Después de este hábil halago á la vanidad de la joven, continuó con una
expresión de bondad y tolerancia:
--Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fué nuestro padre San
Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar,
y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y
de gustar á las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente
después de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para
que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que
entonces se llamaban -botas polidas-... Urquiola es joven, y rebosa en
él la energía, el exceso de expansión y de fuerza que ha puesto al
servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de
pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas
cambian según los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo,
lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa,
rodeado de su familia, á la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado
que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Fermín; un soldado,
un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas,
porque las necesidades de la campaña le obligan á vivir fuera de su
mundo... Pero ya verás cómo cambia, cómo sienta la cabeza el día que
tenga á su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. ¿Sabes por qué
le miran con tanto agrado tus amigas? Porque están seguras de su
porvenir. Fermín será diputado en las primeras elecciones, figurará en
Madrid, ¡y quien sabe á lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte
de esta nación, que seguramente se cambiará, de no olvidarnos Dios!...
Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobación ó protesta ante
los palabras del jesuíta, y éste se detuvo, creyendo haber avanzado
demasiado. Por aquel día bien estaba con lo dicho.
--No creas que tengo un interés especial en que sea Urquiola quien haga
feliz tu vida. Tal vez tu mamá lo defienda con más tenacidad que yo,
pues de su sangre es y conoce sus méritos. Por mí, si no es ese, que sea
otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria
y de la religión, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas
como todas las doncellas católicas y decentes, sin disgustar á tus papás
y desobedecer á tu director. Tú eres de una familia cristiana y debes
seguir sus costumbres. Mírate en el espejo de tus padres: se unieron con
el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la
fortuna les sonríe, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo
tan hermoso como tú, que eres buena y no querrás amargar los últimos
años de su vida.
Y el confesor hablaba gravemente, sin el más leve mohín, de la felicidad
conyugal de los Sánchez Morueta.
--Basta por hoy. He dicho á tu madre que vengáis por aquí con más
frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo
tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho
cuidado con ella. ¿Quedamos en que me enviarás esas cartas, para que
nunca puedas volver á leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?
--Sí, Padre.
--¿Escribirás hoy mismo á ese señor dando por terminadas para siempre
las locuras?
--Sí, Padre.
--Muy bien: vamos á la absolución.
Y musitando sus latines, el Padre Paulí bendijo á la joven al través de
la rejilla: después sacó la mano por el frente del confesonario para que
se la besase. Mientras abría el ventanillo opuesto preparando una
sonrisa como saludo á la nueva penitenta, Pepita fué á arrodillarse al
lado de su madre.
Comulgaron tras una breve espera, después de rezar su penitencia y
salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza á las amigas
que aún estaban arrodilladas ante los confesonarios.
El automóvil emprendió el regreso á Las Arenas siguiendo la ribera de la
ría que parecía irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol.
Doña Cristina sonreía al paisaje, encontrándolo más hermoso que otros
días.
--¿Pero no has notado, Pepita, qué alegría da el recibir al Señor? Dí
que hemos empleado bien la mañana.
Al entrar en el hotel se entristeció el rostro de la señora, como si se
aproximase un peligro que quería olvidar.
Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pasó horas
enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente,
rompiendo pliegos sin que llegasen á satisfacerle las cartas que
escribía. Por fin entregó un sobre cerrado á la -aña- Nicanora,
rogándola que aquella misma tarde fuese á los altos hornos para
entregarlo á don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina
fueron inútiles. La niña estaba de mal humor y no quería contestar.
Doña Cristina permaneció invisible hasta la hora de la comida. Llamó
varias veces á su doncella que iba de un lado á otro, llevando dobladas
sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la
servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese
algo extraordinario. Doña Cristina revolvía su olvidado guardarropa.
Al bajar Pepita al comedor, enfurruñada y triste por su esfuerzo
epistolar, no pudo contener la admiración, viendo á su madre.
--¡Pero, mamá! ¡Qué guapa estás! ¡Qué elegante te has puesto!...
Guapa... sí que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la
doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con
llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. ¿Pero... elegante?...
Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y
polvorientos; una pieza magnífica que había llegado á Bilbao desde un
taller de la -rue de la Paix- cuatro años antes, cuando ella volvía ya
la espalda á las vanidades del mundo.
Había engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente
estirada, parecía próxima á estallar á impulso de los ocultos y
comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como
un mallón sobre las caderas.
--Qué, ¿te parezco bien?--dijo la madre, pavoneándose como una niña ante
la admiración de su hija, que había conocido aquella moda y al verla
resucitar inesperadamente, sentía la extrañeza que causa una
resurrección histórica.
Al moverse doña Cristina sonaba el subversivo -fru fru- de sus finas
ropas interiores y se esparcían en el ambiente los perfumes que se había
prodigado con cierta indiscreción.
Sánchez Morueta que leía un periódico sin notar la presencia de su
mujer, acabó por levantar la cabeza.
--¿Qué te parezco, Pepe?--dijo ella con una sonrisa que contrastaba con
el temblor de su voz.
El millonario deslizó una rápida ojeada sobre su incitante esplendor de
fruto maduro.
--No estás mal--y fijó de nuevo sus ojos en el periódico.
--Ahora voy á volver á la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que
llegue la vejez. Nuestra hija va á tener en mí una rival. ¿Qué dices á
esto, Pepe?...
--Harás bien:--y siguió leyendo, sin saber lo que leía, con el
pensamiento lejos, muy lejos.
La comida fué triste. El millonario había llegado de su último viaje con
un gesto melancólico, que desaparecía de pronto, dando lugar á extrañas
nerviosidades.
Él, que pasaba siempre por el hotel como un sonámbulo, sin reparar en
los detalles de la vida doméstica ni dirigir la palabra á la
servidumbre, venía regañando desde el día anterior con todos los de la
casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puños como si fuese á
golpear á todos.
Pepita también estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en
el comedor y hacía preguntas á su padre sobre la vida de Biarritz,
queriendo que le describiera alguna -toilette- de las muchas que habría
visto en aquella sociedad elegante.
Sánchez Morueta se esforzaba por contestar á gusto de su hija. Era la
única persona ante la cual se abatía su mal humor. Hablaba con la cabeza
baja, evitando mirar á su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos
se habían encontrado con los de Cristina, fijos en él con una expresión
desconocida. Esta caricia muda que tenía algo de súplica, le causaba
por su novedad cierta molestia.
Después de comer, el millonario se entró en su despacho.
Cristina dejó pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la
hicieron saber que Pepita estaba en el salón, se dirigió con paso
resuelto en busca de su marido.
Tembló al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se
acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas niñas medrosas que
iban en busca del ogro.
Al entrar en el despacho vió el gesto de asombro de Sánchez Morueta, que
creía en la llamada de un criado: notó el movimiento instintivo de sus
manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos
colores que releía con gesto hosco.
Aquellas cartas ella las conocía. Por una asociación de recuerdos,
volvió á su memoria el «-Mon gros loup cheri-», y sin saber por qué,
sintió una tentación infantil de reír ante el gigantón de aspecto
imponente; de arrojarse á su cuello, repitiendo, como Dios le diera á
entender, aquella frase de -cocotte-, que debía encerrar algún misterio
mágico para apoderarse de los hombres.
--¿Qué quieres? ¿qué ocurre?--preguntó el marido con extrañeza.
¿Querer?... Bien se lo decían aquellos ojos agrandados por el lápiz de
tocador, en los que el instinto femenil ponía el fuego que no lograba
dar la pasión: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se
aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.
Al estar junto á él, no supo qué decir ni cómo empezar y apelando al
recurso de la acción, abarcó en sus brazos de blancas carnosidades, los
hombros del temido ogro.
--¡Pepe... Pepe!--murmuró con voz tenue, como un gemido dulce.
Y su boca se abrió paso entre las barbas patriarcales, con besos
ardorosos.
El grande hombre vaciló un momento, atolondrado por la onda de carne
femenil que caía sobre él, por el perfume incitante que le envolvía, por
los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los
dientes de láctea blancura.
Pero fué la debilidad de un instante, que pasó como una ráfaga. Su mano
poderosa apartó á la mujer, y ésta se sintió perdida, ante aquellos ojos
fríos que parecían no verla, como si su atención, su pensamiento, su
alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.
Después, la voz del marido sonó en el silencio de la habitación,
lacónica, triste y monótona:
--Es tarde, Cristina, es tarde.
VII
Estaba el señor Goicochea á media mañana, trabajando en su despacho
contiguo al de Sánchez Morueta, cuando se incorporó en el asiento con
sorpresa, viendo entrar á su principal.
Tres días antes había salido para Biarritz, manifestando á su secretario
que tardaría unas dos semanas en regresar, y se presentaba
inesperadamente, con una cara que daba miedo. ¿Qué negocio se le habría
torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne
gravedad?...
Su voz sonaba trémula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes
aparecían descompuestos, y lo que más asustaba al secretario, era que
hablaba mucho, que había perdido su concisión característica y vacilaba
envolviendo en palabras y más palabras sus tardos pensamientos.
--A ver, Goicochea; que lleven á casa el equipaje que está abajo. Avise
usted por teléfono que luego iré.... No, diga usted que no voy, que no
me esperen á comer. Iré á la noche. ¿Pero, qué hace usted ahí parado,
mirándome como un bobo?... ¡Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A
ver, ¡que suba el -Capi-! Llame usted á don Matías. ¡En seguida;
listo!...
Goicochea salió del despacho temblando, al pensar en el día que le
esperaba. Conocía el carácter de su gigante: pocas rachas, pero buenas,
como él decía. Sólo muy de tarde en tarde, le había visto perder la
serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus
arrebatos.
Cuando subió el capitán Iriondo, encontró á Sánchez Morueta paseando
casi á saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos
atrás y la cabeza baja. Tardó algún tiempo en ver á Iriondo, que no
pasaba de la puerta.
--Pepe, ¿qué tienes?--dijo el marino con el acento afectuoso de un
antiguo camarada.
--Nada: cosas mías, no te ocupes de mí.... Vas á llamar al teléfono de
las minas y que busquen á mi primo Luis, que le digan que venga en
seguida.
--Pero, hombre, no será tan pronto como quieres. Gallarta está lejos: él
tiene sus ocupaciones...
--¡He dicho que venga en seguida!--gritó el millonario.--Dile que le
necesito al momento; que estoy enfermo, que voy á morir... cualquier
cosa. ¡Que venga pronto!... Y Luis vendrá, porque me quiere de veras: es
mi único amigo.
--Está bien--gruñó el capitán.--Los demás somos unos perros.
Y encogiéndose de hombros salió del despacho. Sánchez Morueta siguió su
paseo á grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir
contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.
De pronto se detuvo en la puerta de la habitación contigua, mirando con
ojos feroces al secretario, que se había escurrido hasta su mesa para
continuar el trabajo. El pobre hombre tembló al verse enfrente de su
irritado principal.
--Señor Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse
inmediatamente. Necesito estar solo; váyase a tomar el sol, adonde le dé
la gana.... ¡al capacho! pero márchese en seguida.
Miraba al secretario de tal modo, que éste creyó que iba a recibir algún
golpe sí tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, salió
apresuradamente.
Las oficinas parecían desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante
sus papeles, temblando al oír tras de los cortinajes aquella voz
furiosa, que matizaba sus órdenes con interjecciones y juramentos
verdaderamente extraños en tan grave personaje.
En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un
enfermo. Sánchez Morueta, después de una hora de incesantes paseos, se
dejó caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando
antes un botón eléctrico.
Entró un ordenanza con aire azorado.
--Tráeme un café.... pero bien fuerte.
Cuando llegó el café, Sánchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de
los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para él,
con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisición era motivo
de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa ó en los
negocios de minas.
Transcurrió otra hora, sin que el millonario diese señales de
existencia. El timbre sonó de nuevo en el silencio del escritorio y
corrió el criado al despacho.
--Trae otro café.
Sánchez Morueta fumaba el tercer cigarro, á juzgar por las dos colillas
arrojadas á sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como
un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los había encontrado
al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se hacía irrespirable, sin
que él se diese cuenta de ello.
Mucho después de medio día, cuando los empleados se deslizaron sin ruido
para ir á comer á sus casas, volvió á trotar el criado hacia el
despacho, atraído por el timbre.
--Dile al capitán que suba--dijo el millonario.
--Don Matías no está, señor--contestó el criado.
Por primera vez se le ocurrió á Sánchez Morueta mirar el gran reloj de
la chimenea. ¡Cómo había pasado el tiempo! Y más por la fuerza de la
costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que á aquella hora todos
hacían lo mismo.
--Ve á donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que á tí se
te ocurra. Sobre todo, un buen café: no lo olvides.
Cuando volvió el criado con una gran bandeja llena de platos y
coberteras brillantes, la atmósfera del despacho era más densa. El
millonario seguía fumando, inmóvil en su sillón, con la vista vaga y
como perdida en un punto lejano, muy lejano.
Apenas tocó los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebió un
poco de vino, probó la fruta y se abalanzó por fin al café, como si éste
fuese su único alimento. Después hizo seña al criado para que se llevase
los platos casi intactos.
--Mira, hijo mío--dijo con dulzura inesperada.--Llévate todo eso;
cómetelo y que de salud te sirva.
Al quedarse solo encendió otro cigarro, adoptando en su sillón aquella
inmovilidad en la que parecía soñar con los ojos abiertos.
Sánchez Morueta no supo ciertamente si llegó á dormirse. Era un sopor
dulce que no le hacía perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta
actitud, el tiempo transcurría para él inadvertido, y sentía el
bienestar del que en nada piensa.
Cuando, á la caída de la tarde, entró el doctor Aresti en el despacho,
el millonario se reanimó, volviendo de un golpe á la vida.
--¡Esto es un horno!--gritó el médico,--¡Aquí no se puede respirar; qué
humareda; parece un incendio!
Y se fué á los balcones, abriéndolos para que se disolviera la nube de
tabaco en que se envolvía su primo.
--¿Qué pasa?--dijo Aresti cuando pudo respirar con algún desahogo.--¿Qué
te ocurre, Pepe? ¿Estás enfermo? A ver esa cara...
Y después de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro.
Efectivamente; algo malo le ocurría. Parecía aviejado de un golpe en más
de diez años: los pómulos salientes, los ojos hundidos, con una
expresión de tristeza y desaliento. Además revelaba una gran fatiga
física, como si no hubiese dormido en algunas noches.
--¡Vamos á ver; ¿qué tienes? Cuenta, hijo, cuenta.
Sánchez Morueta sintió el mismo dolor que si de pronto se abriesen en él
ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos
dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.
--¡Ay, Luis!--suspiró el gigante con un acento casi infantil, cogiendo,
las manos de su primo.--Mi vida terminó. Han matado todas mis
ilusiones... ¡Se fueron!... ¡se fueron!
Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la
pequeñez del doctor con su corpachón.
--¡Energía, Pepe! ¿Qué es esto, que te desplomas como una señorita
desvanecida? ¡Firmes, vive Cristo! Sólo te falta echarte á llorar como
los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos
por qué crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.
El millonario fué á hablar, y Aresti le interrumpió de nuevo:
--Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero,
aguarda ahí fuera. Lo he encontrado en la estación del Desierto, y al
saber que habías llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te
esperaba con impaciencia.
Sánchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Algún asunto
urgente de la fundición. ¿Qué le importaban á él los altos hornos, y las
minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala
suerte. ¡Para lo que servía la riqueza!... Y revolvía sus ojos furiosos
por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del poderío
industrial, haciéndolo responsable de su desgracia.
En aquel momento aborrecía al muchacho que esperaba en las oficinas. ¡La
juventud! ¡la insípida y antipática juventud! Aquel ingenierillo no
tenía otros medios de vida que los que él le diese: ni riqueza, ni
poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos años, por su cara de
madamita con bigote, no le ocurriera lo que á él con todos sus millones.
¡Cristo! ¿Para qué servía, pues, el dinero?
Aresti se impacientaba.
--Bueno, hombre: deja en paz á ese chico, y si no quieres verle en
seguida, que aguarde. Pero cuéntame, Pepe ¿qué te pasa?
--¡Judith!...--gimió el millonario.--Ya sabes quién digo...
Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su
tristeza.
--Sí, Judith--dijo Aresti animándolo para que hablase.--Aquella
francesa, ó judía, ó lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo...
la madre de aquel niño tan hermoso... el -hijo del amor-. Estoy
enterado. ¿Y qué ha hecho la tal Judith? ¿Alguna perrada? ¿La has
sorprendido con alguien? ¿Ha huido y no sabes dónde está? Habla, hombre:
cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas,
nada me cogerá de sorpresa.
Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo
que su primo iba á contarle; seguro de que aquella novela de amor,
desarrollada en el ocaso de la madurez, había de tener un desenlace
triste.
Sánchez Morueta comenzó á hablar con lentitud, como si le doliese, con
profundo desgarrón, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer
dolor, se animaba, se enardecía, embriagándose en la amargura de su
desgracia.
Había conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos
meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios
de su carácter. ¿No lo había notado Aresti?
De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito
de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad.
Varias cartas anónimas le habían avisado las infidelidades de Judith.
Alguna buena alma que conocía su dicha y deseaba turbarla: tal vez una
antigua compañera de la -divette-, envidiosa de su bienestar. Y el
grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que tenía miles
de brazos á sus órdenes y flotas en el mar como un príncipe de la
moderna realeza, había descendido durante algunos meses á una vida de
espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las
denuncias.
--¡Ay, el amor, Luis!--exclamaba.--¡Cuán pequeños nos hace! ¡Cómo nos
envilece cuando llega tarde, á una edad en que queremos, sin la certeza
de que nos quieran!... Ahora me avergüenzo, pensando en las cosas á que
he tenido que descender. ¡Y si no fuese más que esto!...
Al llegar el verano, Judith había ido, como de costumbre, á una casita
que el millonario le había comprado en Biarritz. Así la tenía más cerca
de Bilbao. Allí se había convencido de que no le engañaban los
misteriosos avisos.
Hablábanle éstos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un
-monsieur Jules-, joven, hermoso y elegante, de problemática vida; un
aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de -croupier- en
los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba á las
estaciones elegantes de los Pirineos. Judith parecía conocerle mucho
tiempo. Era más joven que ella, y con el furor de una hembra que se da
cuenta de su próximo ocaso, se agarraba á aquel profesional de la
hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las
aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de
acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios.
Sánchez Morueta, después de la lectura de los anónimos, recordaba haber
oído su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando
de él como de un amigo antiguo. Sabía, además, que el aventurero había
pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todavía caliente,
apenas emprendía el regreso á Bilbao. Ahora se daba cuenta de las
peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afán de riquezas, de
«asegurar su posición», como ella decía, con una voracidad creciente,
como si la guiase un oculto consejero.
El millonario no lamentaba su generosidad. ¡Qué podía importarle este
chorreo de riqueza que no marcaba la más leve desnivelación en su
fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfurecía haciéndole
abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridículo de
su situación. Él, Sánchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que á
tantos causaba miedo, ¡convertido en ese tipo grotesco del anciano
verde, engañado y -pagano-, eterno personaje de todos los cuentos y las
comedias parisienses! Él había sido -le vieux- del que se ríe la pareja
joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de
Banco. ¡Dios de Dios! ¡Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo á
la familia y á las malditas conveniencias sociales, había salido de la
triste aventura sin matar á ninguno de los dos!...
--¡Pero, hombre, siéntate!--decía el doctor asustado al verle ir y venir
por el despacho como un loco.--No golpees los muebles. Ya sé que de un
puñetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho
muy bien. ¿Acaso eres tú el primero, ni serás el último, de quien se
burle una pájara de esas? Sigue contando... sigue.
Tardó el millonario algún tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el
relato pasó de un salto á la escena final de su novela amorosa, á la
última entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de
Biarritz donde había pasado los mejores veranos de su vida.
Sánchez Morueta había llegado sin avisarla, sorprendiendo al -monsieur
Jules- casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no había sido
completa. No le había visto: sólo había adivinado su presencia en el
desorden de la habitación, en los detalles que revelaban una fuga
rápida, mientras la doncella de Judith le entretenía ante la puerta
cerrada.
Después, la escena había sido horrible entre él y su amante. ¡Ay, la
mala hembra! ¡Qué franqueza tan cruel la suya! ¡Qué deseo de acabar de
una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la
situación! Podía haber seguido engañándole; negar una vez más;
mantenerlo en la dulce ceguera que le adormecía, sin fuerzas para buscar
la verdad. «Vivimos de mentiras: sólo el engaño es dulce», decía ella en
las horas de abandono, cuando en brazos de Sánchez Morueta recordaba su
pasado de aventuras. Pero ahora ya no quería mentir; estaba enamorada de
su -Jules-, enamorada frenética, con celos de fiera al ver que se lo
disputaban otras más jóvenes; y para atraérselo para siempre,
legalizando su situación, no vacilaba en atropellar al amante rico, en
destrozarle el alma con su cínica franqueza.
¡Ay, cómo adoraba á aquel bergante, sólo porque era joven y guapo! ¡Con
qué insolencia había proclamado su pasión!... El millonario revolvíase
con furia al recordar la escena. Veía los ojos de ella, de una
provocación insolente, unos ojos de loba en celo y aún creía oír sus
desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le
regocijaba en los primeros tiempos de su amor.
--Sí, -mon vieux-. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se -badina pas-. Si
tú me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser
amigo del pobre -Jules-. Y si no, la puerta está abierta. Será lo mejor.
-Voilà.-
La cínica proposición había hecho rugir al gigante, levantando sus
zarpas con furor homicida. Pero ella ¡la maldita! tenía la tenacidad
glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser
asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de
desafío.
--Sí, pégame; eso es muy español. Mátame, como matan en tu tierra á las
mujeres, cuando no quieren amar. Anda, -don José-; ya estamos en el
final de -Carmen-. ¿Dónde guardas la navaja?...
Él había sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se dió cuenta de
su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los
peligros de la existencia errante. Y lloró como un miserable, suplicó
vilmente para que no lo abandonase. Hasta creía recordar que se había
arrodillado, agarrándose á sus piernas, sintiendo la desesperación de
perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume parecía despedirse de
él al través de la batista que la cubría.
Sánchez Morueta, hablaba á su primo con la cabeza baja, como un
criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y únicamente cerrando
los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su
conciencia.
Había sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las
lágrimas con que había mojado durante toda la noche el cuello insensible
de aquella mujer.
Ella se había apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada
del pobre patriarca, y con la conmiseración maternal que siente toda
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
401
402
403
404
405
406
407
408
409
410
411
412
413
414
415
416
417
418
419
420
421
422
423
424
425
426
427
428
429
430
431
432
433
434
435
436
437
438
439
440
441
442
443
444
445
446
447
448
449
450
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
498
499
500
501
502
503
504
505
506
507
508
509
510
511
512
513
514
515
516
517
518
519
520
521
522
523
524
525
526
527
528
529
530
531
532
533
534
535
536
537
538
539
540
541
542
543
544
545
546
547
548
549
550
551
552
553
554
555
556
557
558
559
560
561
562
563
564
565
566
567
568
569
570
571
572
573
574
575
576
577
578
579
580
581
582
583
584
585
586
587
588
589
590
591
592
593
594
595
596
597
598
599
600
601
602
603
604
605
606
607
608
609
610
611
612
613
614
615
616
617
618
619
620
621
622
623
624
625
626
627
628
629
630
631
632
633
634
635
636
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
647
648
649
650
651
652
653
654
655
656
657
658
659
660
661
662
663
664
665
666
667
668
669
670
671
672
673
674
675
676
677
678
679
680
681
682
683
684
685
686
687
688
689
690
691
692
693
694
695
696
697
698
699
700
701
702
703
704
705
706
707
708
709
710
711
712
713
714
715
716
717
718
719
720
721
722
723
724
725
726
727
728
729
730
731
732
733
734
735
736
737
738
739
740
741
742
743
744
745
746
747
748
749
750
751
752
753
754
755
756
757
758
759
760
761
762
763
764
765
766
767
768
769
770
771
772
773
774
775
776
777
778
779
780
781
782
783
784
785
786
787
788
789
790
791
792
793
794
795
796
797
798
799
800
801
802
803
804
805
806
807
808
809
810
811
812
813
814
815
816
817
818
819
820
821
822
823
824
825
826
827
828
829
830
831
832
833
834
835
836
837
838
839
840
841
842
843
844
845
846
847
848
849
850
851
852
853
854
855
856
857
858
859
860
861
862
863
864
865
866
867
868
869
870
871
872
873
874
875
876
877
878
879
880
881
882
883
884
885
886
887
888
889
890
891
892
893
894
895
896
897
898
899
900
901
902
903
904
905
906
907
908
909
910
911
912
913
914
915
916
917
918
919
920
921
922
923
924
925
926
927
928
929
930
931
932
933
934
935
936
937
938
939
940
941
942
943
944
945
946
947
948
949
950
951
952
953
954
955
956
957
958
959
960
961
962
963
964
965
966
967
968
969
970
971
972
973
974
975
976
977
978
979
980
981
982
983
984
985
986
987
988
989
990
991
992
993
994
995
996
997
998
999
1000