que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa á
estilo católico, florecía el vicio bajo las formas más antipáticas.
Aresti, en sus visitas de médico, había conocido los barrios altos de la
villa, el albergue de las servidoras de la prostitución. Todas eran
pequeñas, flacas, de rostro aniñado, con el raquitismo de la miseria.
Las había de treinta y cinco años, que se presentaban con la falda
corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la
infancia. Era el género más solicitado. El instinto reprimido, al no
encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su
aberración el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la
vida en aquel país la descoyuntaban formándola á su gusto, haciendo un
crimen del instinto del sexo, obligándolo á refugiarse en inmundos
rincones. Los ricos que podían proporcionarse las dulzuras amorosas con
su más seductora decoración, entraban al amparo de la noche, ocultándose
como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros,
más audaces, asediaban á la costurerilla de la familia y comenzaban con
ella una novela de amor, insípida y vulgar, conservándola en la casa de
los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento á cambio de la
protección del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La
cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el
padre pobre que transige con la prostitución de la hija, porque ayuda á
ir viviendo y se oculta en la propia casa.
¡Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones
de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada
en su país. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no había más seres
vivos que los pájaros negros que lo cubrían con sus alas. Sólo en las
últimas capas sociales existía algo de alegría, allí donde llegaban
amortiguadas ó no llegaban las influencias de la religión.
El doctor únicamente había sentido el roce de la vida, algún domingo por
la tarde, en los chacolines de las afueras ó en la explanada de la
Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas
callejeras, los bailes vascongados y de la montaña de Santander.
Los demás estaban muertos por el fastidio ó corrompidos por la opresión.
Conocía jóvenes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de
traje todos los días. Otros iban en automóvil por las calles, sin rumbo
determinado, parándose ante una casa para subir de nuevo en el vehículo
y seguir la marcha, como sí huyesen del fastidio que iba tras ellos.
¿Y para eso servía la riqueza? ¿Y ésta era la alegría de un pueblo
opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y
ennegrecía con el tedio, creyendo en otra vida problemática, bajo el
testimonio de ciertos hombres que tampoco la habían visto?...
El doctor terminó enérgicamente sus protestas, viendo próximo el momento
de tomar el tren.
--Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando
sonríe y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con
el alma muerta, es tan virtuosa, ¡tan virtuosa! que, créeme, ¡hijo
mío!... tanta virtud me da asco.
V
Doña Cristina daba el último toque á sus cabellos rubios, que ya
comenzaban á encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo
seguía en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mármol de una
chimenea.
Eran las tres de la tarde, y á las cuatro tenía que asistir en Bilbao á
una junta de señoras católicas, de la que era presidenta, en el Colegio
del Sagrado Corazón.
Pepita no la acompañaba. Decía estar enferma; se quejaba de dolores de
cabeza, sentía un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y doña
Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del -aña- Nicanora.
Sánchez Morueta estaba en Madrid desde hacía una semana, muy atareado
por los nuevos negocios que todos los meses hacían necesaria su
presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias.
No era que el millonario se opusiese á los gustos de su mujer é
interviniera en su vida; pero se sentía mejor cuando estaba sola, sin
ver aquellos ojos fríos, que no transparentaban el más leve reproche, y
que á ella se le antojaba que la seguían en todos sus movimientos, como
una protesta muda.
Pepita presenciaba desde un rincón el tocado de su madre. No se la
escapaba el gran cambio que ésta había sufrido. Los trajes elegantes de
otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que
nuevos encargos á París y Madrid vinieran á sustituirlos. Se preocupaba
algunas veces de las galas de su hija; quería verla elegante, y la
aconsejaba mirando los periódicos de modas, con la misma bondad con que
una persona mayor discute con un niño sobre juegos. Iba siempre vestida
de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas
interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba á rebasar
los límites de la higiene. Revelábase en ella el desprecio á la carne,
de los devotos fervientes; el abandono físico, la suciedad cantada como
mérito celestial en la vida de muchos santos.
Deseaba mortificar su carne, y su hija la veía en la mesa repeler los
mejores platos, los que en otros tiempos eran más de su gusto, afirmando
que ahora le repugnaban. De su dormitorio habían ido desapareciendo poco
á poco todos los muebles que significaban ostentación ó comodidad. En el
resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y sólido, mientras en su
cuarto sólo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que había hecho
bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba
casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines
representando á Jesús y á María, abriéndose el pecho para ofrecer sus
corazones inflamados.
Muchos días las criadas encontraban la cama intacta. La señora--según
ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina--dormía en el suelo ó
no dormía. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso
á las pilas del lavadero, tenían salpicaduras de sangre. Una doncella
había recogido olvidado sobre su cama, un horrible cinturón de esparto,
un cilicio de los más sencillos que fabricaban ciertas monjitas de
Begoña.
Todos en la casa adivinaban las mortificaciones á que sometía su cuerpo
la señora, y sin embargo, la veían sonriente, con una dulzura melosa en
la voz y en el gesto, elevando los ojos á la menor contrariedad y
exclamando: «Todo sea por Dios.» En ciertos momentos se dejaba arrastrar
por su carácter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que
exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegábase
dentro del caparazón de su bondad y con los ojos pedía perdón por su
arrebato.
El marido no parecía advertir el abandono físico y la transformación
moral de su esposa. Hacía años que no pisaba el suelo de su cuarto.
Cuando hablaba con ella volvía la vista ó la miraba con ojos vagos y sin
pensamiento, que parecían no verla. Ni una protesta, ni una pregunta,
como si en el fondo le complaciese esta transformación que le apartaba
de ella, haciendo imposible todo retroceso.
Pepita seguía, con una expresión de lástima en los ojos, el tocado
rápido de su madre, que se peinaba á ciegas sin el menor rasgo de
coquetería.
--Mamá, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien.
Doña Cristina movió la cabeza.
--No, hija, nada de sombreros. Eso pasó. Cada cosa á su edad. Ya soy
vieja y no está bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para
bien de la religión.
--¿Pero si es una capota muy -seria-, muy -religiosa-?
--La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y
antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero.
Y aquella mujer todavía hermosa, con el encanto sabroso de la madurez,
que ensanchaba sus formas, aterciopelándolas, parecía complacerse con
dolorosa coquetería en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la
mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las
ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como
si estuviera en perpetua oración.
Doña Cristina iba á salir.
--Mamá, ya sabes mi encargo--dijo Pepita.
--No lo olvido--contestó la madre con sonrisa bondadosa.--No debía
hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede
mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tiraré por tí del hilito,
para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.
Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compañeras
cuando no querían asistir á las reuniones de las Hijas de María. En el
salón del colegio había un gran cuadro con los nombres de las
congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una
pequeña bola de marfil. Al entrar las señoras tiraban cada una de su
cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se
encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engañando á las
monjas, que, terminada la reunión, examinaban la lista con una
curiosidad meticulosa.
Pepita, pensando en el cuadro, veía el salón de reuniones de las Hijas
de María con su lujo monástico y el mapa de la Orden, que era el
principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que
figuraban Europa y América, marcándose con pequeños corazones inflamados
las poblaciones donde el jusuitismo femenil tenía establecidos sus
colegios. El Atlántico, de un azul de confitería, había sido rebautizado
con un nuevo título: -Océano de Bondad-. Y nadie podía adivinar el
sentido de esta bondad, atribuida al Atlántico por la monja autora del
mapa.
Doña Cristina salió apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la
esperaba el automóvil, una máquina soberbia que había costado á Sánchez
Morueta cincuenta mil francos en París y de la que apenas hacía uso,
habituado como estaba al carruaje de sus primeros años de opulencia, el
cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hacía pensar en sus
negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El
automóvil era para las señoras. Pepita apreciábalo en mucho porque era
un motivo de envidia para las amigas; doña Cristina consideraba como un
homenaje á la Fe, el llegar en él á las puertas de la iglesia de los
jesuítas. Era el -dernier cri- de la devoción; daba á entender, según
ella, que el progreso no está reñido con el dogma.
Doña Cristina dió al -chauffeur- la orden de llegar pronto á Bilbao y el
vehículo salió á toda velocidad por entre los tranvías y carruajes que
llevaban la gente á Las Arenas. La señora de Sánchez Morueta pensaba en
la importancia de la reunión. Iban á tratar la conveniencia de una nueva
romería á Begoña, tan ruidosa como la de la coronación de la Virgen, y
no sabían si hacerla en el mismo año ó dejarla para el siguiente.
Convenía organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el país vascongado
amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cánticos al
monte Artagán, como protesta contra las gentes de las minas y las
fábricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los
-maketos- de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra,
gentes que hablaban de República y de anticlericalismo y llamaban en sus
mitins -fetiche- y -nido de ratas- á la milagrosa imagen de la patrona
de Vizcaya.
A la reunión de las señoras habían de asistir como directores é
inspiradores el Padre Paulí, un jesuíta batallador, que estaba de moda
en el púlpito y el confesonario, y Fermín Urquiola, que era su hombre de
acción, «mi brazo derecho», según decía aquel tribuno de la Compañía.
Doña Cristina admiraba á su sobrino viendo el afecto con que le trataban
los Padres, cómo le hacían partícipe de sus proyectos en bien de la
religiosidad del país. Era casi una pasión lo que sentía por Urquiola.
Cuando la visitaba, veía en él al representante de aquellos sacerdotes
tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermín
era una prolongación de la Compañía que llegaba hasta ella. Sentía una
amarga decepción de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia
del salón de visitas. Quería saber cómo era Deusto por dentro, aquel
templo de la sabiduría envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus
visitas al hotel, cada vez más frecuentes, la deleitaba hablándola
largas horas de los lugares que ella no podía ver por oponerse las
reglas de la Compañía á las visitas femeniles.
Entreteníala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre,
enumerando sus méritos: uno había viajado por países salvajes; otro
sabía seis idiomas; el de más allá tocaba el violín como un ángel ¡y
todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad,
dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y
los zapatos que limpiaban los fámulos, y vestiéndose al romper el día,
para emprender su santa obra!... Vivían con cierto desahogo, pero por
ninguna parte se veían las riquezas de que hablaban los impíos. ¡Y todos
humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso
que los había entre ellos que habían sido grandes en el mundo! Por eso
los Padres de la Compañía tenían algo de príncipes arrepentidos, ocultos
bajo la sotana de la obediencia.
La Universidad de Deusto aún interesaba más á doña Cristina. ¡Cómo
lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado
al ir y volver á su casa; no poder correr por la montaña de su parque, y
ver de cerca el San José, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de
luces eléctricas! La sabiduría de los buenos Padres se revelaba en todos
los detalles del establecimiento. Allí estudiaban los hijos de las
principales familias de España. La nobleza rancia y los ricos de sanos
principios, recluían á sus vástagos en la santa escuela. Allí no corrían
el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores
revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se servía después de
bien pasada por el tamiz de Santo Tomás y otros grandes sabios de la
Iglesia, únicos depositarios de la verdad.
El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los
alumnos en cuatro secciones que vivían aisladas, evitándose con este
acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones sólo
se contemplaban de lejos en contadas fiestas del año ó al verificarse
algún acto literario en el gran salón, que parecía un teatro con su
patio y sus galerías. En el techo pintado al fresco, veíanse las figuras
de San Ignacio y los Padres más famosos de la Compañía, todos entre
nubes, revoloteando camino del cielo.
Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de
los alumnos, y en las galerías los estudiantes de las cuatro estaciones
que, al verse frente á frente, se examinaban con curiosidad, como
vecinos de una misma casa, que sólo se tropiezan de tarde en tarde. Iban
los más puestos de -smoking-, muy elegantes, como hijos de buenas
familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucían las
sortijas. Da una galería á otra se miraban con gemelos, lo mismo que en
el teatro, enterándose unos de otros. «Aquel pequeñito, guapo, es de
Salamanca y muy rico... Ese moreno simpático es andaluz.» Y después de
mirarse largamente, se saludaban con la mano... ¡Angelitos!
Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de -punta-,
ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que había de hacer
las objeciones, oponiendo reparos á las santas doctrinas, era preparado
con anticipación. Llevaba aprendidas unas cuantas tonterías, que
representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebatía y
pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la
impiedad de la falsa ciencia moderna.
Un año, Urquiola, siendo estudiante del último curso, se había cubierto
de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga
deliberación. «¿Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron
los atentados de su familia contra la Compañía de Jesús?»... Urquiola
sostuvo la afirmación, demostrando que la guillotina había sido un medio
indirecto de Dios para castigar á los reyes que osaron expulsar de sus
dominios á los jesuítas. ¡Muerte é infierno para los que se atrevían á
perseguir á los verdaderos representantes de Jesús!... Su contradictor
mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tímidas,
preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no
pudieron continuarse los ejercicios, pues no faltó quien indicase á los
Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la
bondad de los que les habían abierto de nuevo las puertas de España.
En las Pascuas de Navidad, el salón de actos se convertía en un teatro.
Hasta en esto admiraba doña Cristina el talento y la virtud de los
Padres. ¡Si todos los teatros fuesen como aquél, podrían asistir sin
miedo las madres cristianas! La música era de las zarzuelillas y
revistas en boga: pero en la letra está el pecado, y las palabras eran
de ciertos Padres aficionados á la versificación. La mujer estaba
excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas
cantan «la falda de percal planchá», moviendo las caderas, un alumno
cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta
parecía sonreír el sombrío San Ignacio que volaba en el techo. -La
viejecita- se titulaba -El viejecito-: todas las obras perdían su título
femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertíanse en dos
primitos, compañeros de colegio, que, agarrados de la mano jurábanse
quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros...
¡Serafines del cielo!
Doña Cristina conmovíase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba
que su sobrino se había educado en aquella Universidad. Así era tan
caballero, tan cristiano, y dedicaba sus músculos de atleta á la buena
causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada
por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompía
el país.
La esposa del millonario se sublevaba cuando oía hablar de las
calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas
con repentina bondad. ¡Descarríos de la juventud y malos ejemplos de los
muchachos que no habían sido educados en Deusto! Pero su fondo era
bueno y aquello pasaría. Urquiola estaba reservado para altos destinos,
ahora que se mezclaba en las luchas políticas. Tenía buenos directores y
¡quién sabe si llegaría á ser diputado, repitiendo la palabra de Dios,
allá en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino
se bastaban para volver á Bilbao al buen camino, siempre que no les
faltase el consejo de los sabios Padres.
Y la esposa de Sánchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corría
en su automóvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.
Pepita, desde una ventana de su cuarto, siguió un momento la marcha del
vehículo y al verle desaparecer, esparció su mirada por el paisaje, con
la vaguedad melancólica de los que se sienten enamorados y perciben en
todo lo que les rodea una nueva vida.
Nunca le había parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de
verano. Estaba habituada á verlo desde su infancia, y, sin embargo,
ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.
Las gentes que pasaban al borde de la ría, por la carretera de Las
Arenas, le parecían más simpáticas que las de otros días. Eran familias
de Bilbao que bajaban del tranvía para ir á la orilla del mar. Un grupo
de obreros pasaba, camino del -chacolín-, por entre un bosquecillo de
pinos. Cantaban á gritos, excitados por la proximidad del mar, el
«-Boga, boga, marinero-» de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado
sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hacía llorar. La
ría brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como
los fragmentos de un espejo. Más allá del puente de Vizcaya, cuya
plataforma iba y venía pendiente de su manojo de cables, transportando
carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren
de Portugalete, extendíase el abra como un desgarrón del cielo, moviendo
sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la línea del
horizonte contra la muralla del rompeolas, coronándola de una nube de
espuma que corría de un lado á otro como el humear de una locomotora
invisible.
Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre
la ría, un pedazo de Londres bañado por un sol meridional; todo aquel
pueblo de cobertizos fabriles é innumerables chimeneas sobre el que
pesaba el poderío de Sánchez Morueta y que esparcía en el espacio sus
torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.
Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrábase en el fondo, con un
escalonamiento de montañas. La joven conocía los nombres de todas
aquellas cumbres. Las había visto durante muchos años todos los días, al
saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno
sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus
barrancos y oquedades, destacándose sobre la inmensidad azul. Las más
próximas, que parecía iban á tocarse con la mano, eran Luchana y el
pico de Banderas. Después sobresalían sobre ellas, á una enorme
distancia, en pleno riñón de Vizcaya, los gigantes del país, el Mañaría
y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de
nieve, la Peña de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se
desarrollaban los cuentos más tenebrosos de la imaginación vasca. Pepita
recordaba sus terrores de la niñez, cuando su -aña-, para imponerla
silencio, la amenazaba con llamar á la -Dama de Amboto-, especie de hada
maléfica, hija de un -Jaun-, de un caudillo legendario, que vivía como
encantada en lo alto del peñasco y únicamente salía de su cueva para
quemar las mieses, matar niños y perseguir á los pobres aldeanos con
toda clase de maleficios.
La joven permaneció mucho tiempo abstraída en la contemplación del
paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si
pretendiera reconocer á alguien de los que pasaban la ría. Creyó por un
momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un
pañuelo que le saludaba con cierta discreción como temeroso de atraerse
la curiosidad de la gente. Después ya no vió nada y creyendo en un
engaño del deseo siguió contemplando el paisaje, con mirada vaga,
sumiéndose poco á poco en una dulce somnolencia.
La joven despertó al sentir en su espalda la mano del -aña-.
---Ése- está ahí--dijo con tono misterioso.--Habrá que bajar al jardín.
A la melancolía sucedió en la joven la inquietud, el temor. Había venido
preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y
al llegar el momento temblaba como si fuese á realizar un delito. La
-aña- reía ante los temores de la señorita, á la que trataba con la
misma familiaridad que cuando era niña. ¡Inocente! ¿Qué mal podía haber
en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardín y bajo la
mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba
tranquilizarse: el respeto y el miedo á su mamá la dominaban. Esperaba
que de un momento á otro apareciese la severa figura de doña Cristina
tras un arriate del jardín.
Solamente había accedido á la entrevista después de los infinitos ruegos
de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez á solas
con su novia, teniendo que contentarse con las rápidas palabras
cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe ó con las cartas que
llevaba y traía la -aña- complaciente.
Pepita quería que se encontrasen en el jardín, á la vista de la
servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero
dentro de la casa.
Cuando la joven se vió bajo los árboles, Fernando atravesaba ya la
verja, haciéndose de nuevas ante el portero, al saber que la señora no
estaba en casa. Venía á visitarla y á enterarse de paso de cuándo
regresaría don José de su viaje; pero ya que la señorita estaba en el
jardín, pasaría á saludarla.
Los dos jóvenes quedaron indecisos, con la emoción de la timidez, al
verse frente á frente.
--¡Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.--Deciros algo:
hablad sin miedo. Aquí estoy yo para avisar si algo ocurre.
Y poco á poco fué quedándose rezagada, dejando que los novios anduviesen
lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha
pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cómo empezar.
De vez en cuando se miraban sonriendo. Él la acariciaba con los ojos,
poniendo en su gesto toda la pasión, que se revolvía inquieta, no
encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardín, la
calma de aquella tarde de verano parecía adormecer el pensamiento de los
dos, dando una vida extraordinaria á sus sentidos. Creían percibir
considerablemente agrandados los movimientos del corazón, los latidos de
la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco á poco
envolvíales la alegría de la naturaleza, cómplice de las dulzuras del
amor; el canturreo del agua desgranándose en el tazón de una fuente, el
crujido de los troncos al estallar sus cortezas á impulsos de la savia,
el lento murmullo de las hojas moviéndose solemnemente en el espacio
caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un
chisporroteo de oro.
Fernando fué el que habló primero, comenzando como todos los amantes con
la expresión de la felicidad que sentía al verse por fin junto á la
mujer amada. ¡Cómo había deseado aquel momento!... Recordaba las horas
de muda contemplación, allá en su despacho de los altos hornos, con la
vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase
misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.
--Mira, nena--decía el ingeniero subiendo de tono en su
apasionamiento.--Tu voz, tu divina voz es lo que más me conmueve. Yo
creo que te quise siempre; desde que te conocí, siendo aún muy niña. Te
amaba sin darme cuenta de ello; pero el día en que ví claro, en que supe
que te quería, fué escuchando una de esas canciones vascongadas, tan
dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.
Fernando se había dado cuenta de su amor oyéndola cantar el -Goizeko
izarra-, la invocación á la estrella de la mañana. Él no entendía la
letra, pero la música, ¡ah la música! había penetrado en él hasta lo más
hondo, como un arañazo que despertó su alma. Después había hecho que le
tradujesen la letra.
--Ya la sé--continuó el joven--la conozco y creo en ella: siento su
infinita ternura, «La estrella de la mañana, sin mancha alguna brilla en
el horizonte: pero á tu lado, querida mía, palidece y casi no se ve...»
Eso es lo que yo pienso, mi vida.
Y con el énfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del
amanecer, resultando que la amante vencía á la estrella en hermosura y
esplendor.
Pepita, tranquilizada ya, reía ante el entusiasmo hiperbólico de su
novio. ¡Qué exagerado! ¡Qué... romántico! ¿Pero era verdad que le
causaba tanta impresión su voz?... Y se extrañaba de buena fe, de que
una canción pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por
distraerse: parecíale una locura tomar en serio lo que se dice con
acompañamiento de música: todo eran falsedades dulces, inventadas por
los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso sí, pero al fin
mentiras.
Por la memoria de Fernando pasó, como una ráfaga de viento helado, una
frase que varias veces había oído al doctor. Aquella raza aparte, sentía
una afición loca por la música: cantaba en todos los momentos de su
vida, y sus cantos tenían la tristeza melancólica del paisaje; pero la
emoción era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perdía
en el aire.
--No, nena--dijo el amante.--Es tu alma entera lo que pones, sin
saberlo, en tu voz. Tú eres para mí la estrella de la canción; pero no
te diré como al final de ella: «Adiós para siempre, adiós». Si yo te
perdiese después de ser amado, no sé qué sería de mí. Dí que me quieres,
Pepita, dí que me amas.
La joven, con cierto pudor, resistíase á decir de viva voz lo que tantas
veces había escrito en sus cartas.
--¿No lo sabes?--respondió evasivamente.--¿No te lo he dicho muchas
veces?
--Pero, repítelo, quiero oírlo de tus labios. Dí que me amas.
Y Pepita, mirándole por primera vez en los ojos, dijo con cierta
gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne:
--Sí, te quiero: te amo, Fernando.
¡Oh aquella mirada!... Fué para el ingeniero lo mejor de la entrevista,
y la recogió en su memoria, esforzándose por conservarla con toda su
luz, para que le acompañase en las largas horas que pasaba allá en la
fundición entregado á la vida de los recuerdos.
Sanabre se convencía de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz,
valían más que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho.
Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al oírle hablar de
canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza,
mostrábase sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal
abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez:
el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y
energía, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera;
ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de paladín membrudo,
creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los
sueños de las vírgenes.
--Sí, te quiero--repetía Pepita.--Por mí no temas, no seas niño, nunca
me dirás adiós.
--Bebé, ¡dulce bebé!--exclamaba con entusiasmo el ingeniero.--¡Cuánto te
amo! ¡Qué feliz soy!...
Y el -aña- Nicanora, que los seguía á corta distancia, oyendo muchas de
sus palabras, sonrió con cierta lástima. Todos los novios eran lo mismo;
iguales los aldeanos que los señoritos; alguna diferencia en las
palabras, y nada más. Sólo sabían decirse tonterías, poniendo en sus
voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo
que se dijeran. ¡Ah la juventud!... Y seguía sonriendo con indulgencia
de veterano ante el entusiasmo de los dos jóvenes.
Fernando, más tranquilo después de las palabras de su novia, hablaba del
por venir. Trabajaría; ¡quién sabe hasta dónde puede llegar un hombre!
Desde que estaba enamorado, sentíase con nuevas fuerzas para el trabajo.
Bullían en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de
realizarse, darían nuevas ganancias á Sánchez Morueta.
Pero el recuerdo de su jefe abatió las ilusiones del ingeniero.
--¿Que dirá tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis
cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sueño muchas veces...
¿Y tu madre? ¡Qué miedo la tengo!... Somos muy felices amándonos, pero
el porvenir nos guarda muchos dolores. ¡Si todos en tu familia fuesen
como el doctor!...
Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que seguía sus
amores.
--Sí, mi tío es muy bueno--dijo Pepita hablando del doctor como de un
pariente lejano, del que sólo se acordaba la familia de tarde en
tarde.--¡Lástima que tenga esas ideas! Es un -planeta- muy simpático,
pero mamá cree que está loco.
Lo incierto de su porvenir, llevó de nuevo á los dos jóvenes á hablar de
sus amores.
Fernando sentía miedo. Los padres de ella proyectarían casarla con el
vástago de alguna familia millonaria; tal vez con un señorito de escasa
fortuna, que pudiera ofrecerla viejos títulos de nobleza. En todos
pensarían antes que en él, que no era más que un servidor intelectual de
la familia. ¡La perdería amándola tanto!... ¡La diferencia de fortuna,
la maldita ley de clases, les cerraría el camino, separándolos!...
--Tonto, ¡pero si yo sólo te quiero á tí!--decía la joven sonriendo.
Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de
agradecimiento, intentó coger las manos de su amada. Ésta las retiró
detrás del talle, frunciendo las cejas con gesto duro.
--Quieto, ¿eh?--dijo pasando sin transición de la dulzura á la altivez,
con una voz que no parecía la misma, ofendida, como si el joven
intentase una monstruosidad.
De nuevo pasó por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus
paradojas atrevidas que le valían la fama de loco. «Este es un país sin
corazón, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el
novio.»
Sanabre quedó largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco
movimiento de la joven. Pepita parecía arrepentida de la viveza de su
protesta, pero callaba, aguardando á que fuese él quien reanudase la
conversación.
--Tal vez quiera tu madre que Fermín Urquiola sea tu marido--dijo el
ingeniero tristemente.
La joven aprovechó la ocasión para recobrar su voz tierna de enamorada.
--Con ese, nunca, ¡nunca!
Y habló de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias
de buen mozo, cortejando á un tiempo á varias señoritas de la villa y
escogiendo entre ellas, con la frialdad del cálculo, la que mejor le
conviniera por su fortuna. Además, conocía su vida. Las jóvenes, en las
tertulias, hablaban de él á hurtadillas, como de un don Juan que atraía
á las tontas con el maléfico encanto de sus calaveradas. Todas sabían
que tenía una mujer, allá en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con
la que vivía maritalmente. Hasta había oído decir que tenían hijos.
--¡Oh! Con ese nunca, ¡nunca!--repetía con gestos de repugnancia.
Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente
á ella, en la apreciación de los méritos de aquel pariente tan querido
por doña Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algún
defecto moral de su novio, preguntó á éste con dulzura:
--Dime, Fernando. ¿Tú tienes religión? ¿Es verdad que piensas como mi
tío?... Dime que no, Fernando; dime que no.
El ingeniero miró á su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes,
de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre
recordó un momento á Fausto en el jardín de Margarita. Otra muchacha
inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germánica, le
preguntaba á él en un jardín cuál era su religión. Sintió impulsos de
romper en un himno á sus creencias humanas, como el fantástico doctor.
Pero el miedo al ridículo le contuvo; su instinto le avisó el riesgo de
alarmar á un alma soñolienta.
--Sí, vida mía, tengo religión--dijo evasivamente.--Creo que el hombre
debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo.
Pepita pareció no comprenderle y habló de su madre. Si le hacía aquella
pregunta era porque doña Cristina, que se acordaba pocas veces de
Fernando, no viendo en él más que un dependiente, había dicho un día que
era igual á su primo el doctor.
--¡Si supieras cuánto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese
verdad! No quise decírtelo en las cartas; pero deseaba que nos viésemos
para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo decía
yo; ¿si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso sí, un
poquito romántico, como todos los que no son de esta tierra; pero es
imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi tío.
Y aproximándose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que
contrastaba con la huraña repulsión de poco antes, añadió:
--Ya que crees en Dios, ¿por qué no vas, como los muchachos de Bilbao, á
confesarte con los Padres? ¿Por qué no te veo nunca en la Residencia?...
Sanabre se encogió de hombros, no sabiendo qué decir, mientras Pepita
seguía hablando. Él indudablemente iría á misa todos los domingos en la
iglesia más próxima ó los altos hornos, ¿verdad? Y en sus ojos se leía
por anticipado la afirmación á la pregunta, como si no pudiera
ocurrírsele la sospecha de que el joven pasase sin oír misa los días
festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de
la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella--no sabía
explicarlo bien--creía que en aquel templo tan bonito y tan cómodo se
hallaba más cerca. Además, la religión era allí más distinguida: sólo se
veían personas decentes.
--Tengo mucho que hacer--dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.--Yo
pertenezco á mis deberes. El trabajo también es una religión.
La joven siguió hablando, inspirada ahora por el egoísmo del amor. Nada
perdería aproximándose á los Padres, intentando hacerse simpático á
ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los demás,
trabajando por su felicidad. Para ellos no existían obstáculos: todo lo
hacían llano con su sabiduría. Había que seguirlos con los ojos
cerrados. ¡Si ellos quisieran ayudarles! ¡ay; entonces sí que no
tendrían que temer nada!...
--Fernandito--decía con voz acariciadora.--Ve por allí; hazte simpático:
tengo la certeza de que mamá te miraría mejor si algún Padre la hablase
de tí... ¡Y yo sería tan dichosa!...
--Veremos, veremos--murmuró indeciso el ingeniero.
Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le proponía su
novia. Experimentaba la cobardía del amor, y cerraba los ojos. Él, que
era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir á la mujer amada ¿por
qué había de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del
éxito?...
--Te quiero--dijo con entusiasmo.--No hay nada que me detenga para
llegar hasta tí. Buscaré á esos Padres, iré á la Residencia, seré
-luis-: todo lo que tú me digas. ¿Pero y si á pesar de esto tu familia
no me admite? ¿Y si tu madre quiere casarte con otro?...
Sanabre abordaba por fin la gran cuestión que su inquietud amorosa
traía preparada; lo que más le había hecho desear aquella entrevista.
Pepita bajó los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar á su novio
como si temiera que este leyese en su pensamiento.
--Dí, mi vida--seguía preguntando el ingeniero.--¿Y si se oponen á
nuestro amor?... Si nos separan ¿que harás tú?
La joven eludió la respuesta, diciendo con ternura:
--Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.
--Lo sé, y mi alma se llena de alegría al escucharte. Pero hablemos
seriamente: dejemos los romanticismos, como tú dices. Yo soy pobre y tú
eres inmensamente rica. ¿Serías capaz de cambiar tu vida de opulencia
por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te
amaría mucho... mucho?
Pepita no pareció conmoverse ante el cambio de vida que la proponían, ni
sintió miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero.
--Tú trabajarás, Fernando: tú serás rico.
Y lo decía con su convicción de muchacha feliz que no creía en la
posibilidad de la miseria; como si ésta estuviera reservada á gentes de
otra raza y no pudiese llegar á ella ni á ninguno de los que la
rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacían ser la
primera en todas partes, le parecía un absurdo del que era innecesario
hablar.
--¿Y si tus padres te ordenan que me olvides? ¿Y si nos separan?...
¿Serás capaz de resistirte á su voluntad? ¿Les desobedecerás para ser mi
mujer?...
Se agrandaron los ojos de Pepita con expresión de asombro, como si
escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no
previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los límites de lo
humano.
--Te quiero, Fernando: yo no te olvidaré nunca.
Y no dijo más. Su novio la acosaba con preguntas. Quería conocer su
valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir
la extensión de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eludía
tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: «Te quiero, te
amo.» ¿A qué hablar de lo que aún estaba por venir? Ya pensarían los dos
lo que debía hacerse cuando llegase el momento.
Quedaron en un silencio doloroso. Ella parecía ofendida de que se le
quisiera obligar á violentas resoluciones: él pensaba de nuevo en el
doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le había hablado el
burlón Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de
razas distintas; sentían las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero
adivinaba algo de ridículo en su situación, como si realizándose las
irónicas fantasías del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata
ante el hotel del millonario.
Aún pasearon mucho tiempo los dos amantes. Deteníanse para contemplar
una flor rara, seguían con atención infantil los saltitos de los
pájaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su
apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y veían por
primera vez el jardín con todas sus bellezas, como si hasta entonces
hubiese permanecido oculto entre nubes.
Sanabre deseaba irse. Comenzaba á caer la tarde y podía presentarse doña
Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de
angustia que le esperaban allá en los altos hornos, si se retiraba
llevando sobre el alma el peso de su decepción.
--¡Cuando menos, dime que me querrás siempre!--dijo cogiendo una mano de
Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.--¡Dime que,
ocurra lo que ocurra, no me olvidarás!
--Sí; te quiero: no podré olvidarte nunca.
Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma
tolerancia con que se entrega un objeto precioso al niño enfurruñado,
para consolarle. El ingeniero quería olvidar y acariciaba con
arrobamiento aquella mano que recordaba, al través de su figura, la
potente garra de Sánchez Morueta.
La intervención del -aña- interrumpió su embriaguez amorosa. El portero
acababa de abrir la verja y el automóvil de la casa, tras un retroceso
para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del
jardín.
Corrieron los jóvenes, seguidos por el -aña-, hacia la entrada del
hotel, para salir al encuentro de doña Cristina.
Al descender ésta del automóvil y ver á Pepita con el ingeniero, miró
severamente al -aña-. Pero la mujerona le contestó con otra mirada
arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigüedad no
admitir repulsas. Aquel señorito había venido de visita y se había
paseado con Pepita por el jardín, siempre bajo su vigilancia: ¿qué mal
había en ello?...
Sanabre no pudo ocultar su turbación al saludar á la señora de su jefe.
Había venido para saber cuándo regresaría don José de su viaje.
Doña Cristina le contestó duramente. Podía haberse ahorrado la molestia
de la visita, preguntando por teléfono.
--Es que, además, deseaba ver á ustedes--dijo Sanabre.
--Muchas gracias--contestó con altivez la señora.--Agradezco su
atención. ¿Entra usted?...
Y con los ojos le daba á entender que podía retirarse.
La joven vió como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Después
subió á su cuarto, esperando de un momento á otro la temible aparición
de su madre encolerizada.
No subió. Pepita creyó oír á lo lejos su voz temblona de ira y la del
-aña- que le contestaba con no menos acritud.
Por la noche, al reunirse en el comedor, doña Cristina miró á su hija
con insistencia, pero sus palabras fueron breves.
--Que sea la última vez--dijo--que recibas visitas, ni dentro de casa...
ni en el jardín. También es casualidad, venir ese... individuo, la misma
tarde en que te quedas sola, diciendo que estás enferma.
Y sus ojos parecían penetrar en la joven, como si quisieran escudriñar
el alma; pero Pepita permaneció impasible, con ese sereno disimulo que
no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor.
VI
El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delatándose la
proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que
apagaba el último parpadeo de las estrellas.
Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros
trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal,
con la comida envuelta en un pañuelo, los obreros que tenían su trabajo
en las orillas de la ría. El Nervión mostrábase entre la bruma de su
profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de
barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagábanse en
la parte alta de la ría las luces de los -anguleros-, que durante la
noche iluminaban el cauce como una procesión de invisibles penitentes.
Las aves marinas, atraídas por el resplandor rojizo de la iluminación de
la villa, revoloteaban sobre los tejados y tendían sus alas hacia el
mar, siguiendo la tortuosa calle de la ría hasta la inmensa plaza del
Abra.
Comenzaban á abrirse los establecimientos de la gente pobre; abacerías,
tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando á los fieles á misa
y como atraídas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con
aspecto mixto de bruja y dueña, y ese tufo de ropa antigua, semejante al
olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban á las
campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes
de los barcos y los gritos de las -cargueras- que reñían por
preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivén de los buques á
tierra, con la cabeza abrumada por los fardos.
Por las calles comenzaban á rodar los carros de la -sarama- recogiendo
el estiércol: las vendedoras de -fotes- llamaban á las puertas
repartiendo los panecillos del desayuno.
Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del
mercado de San Antón, y las aldeanas que se detenían á descansar por un
momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras
de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al oír el -taf-taf- de un
automóvil. El vehículo pasó veloz por la gran plaza, desapareciendo,
ensanche adelante, al otro lado del puente.
Las que eran de la villa, conocieron á la esposa y la hija de Sánchez
Morueta, sentadas tras el -chauffeur- de ancha gorra y aspecto
extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las
cubrían los ojos.
Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun
madrugaba más que ellas. Irían á la iglesia de la Residencia á
confesarse con los padres jesuítas. Allí iba todo el señorío.
El automóvil aceleró su marcha por las amplias calles del ensanche,
desiertas á aquellas horas, y paró con violenta rapidez entre los
carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Corazón,
una obra prodigiosa de confitería arquitectónica, en la que el blanco de
las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros.
Doña Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un
cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfacción que si
penetrase en un salón elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una
dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvación
del alma.
Reconocía una vez más el talento de los buenos Padres al admirar la
decoración del templo. Era -gótico-, pero no tenía la crudeza blanca, la
sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival sé
convertía en polícroma: el oro y el bermellón chorreaban por los nervios
de los pilares, y los arcos apuntados: las bóvedas, eran azules con
estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan -bonita-,
sólo podían imaginarla los Padres de la Compañía.
Y la de Sánchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre
que había de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su
comparación del hermoso templo con el forro interior de uno de esos
baúles que usan las criadas, matizados de chillones colorines. ¡Decir
tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado
para comodidad y suave placer de los fieles! El órgano desgarrador y
tempestuoso había sido reemplazado por el armónium; en vez de los santos
negruzcos y horripilantes de la antigua devoción española veíanse
imágenes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual
corresponde á un culto de personas decentes; las lámparas de luz
eléctrica, en gran profusión, sustituían á los cirios humosos que con su
olor de cera daban mareos á las señoras.
Doña Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes
arrodilladas á los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba
muy concurrido el templo. Pero la de Sánchez Morueta reconocía la
influencia de la estación en la clase de público. Las señoras eran menos
que en el invierno. La -gente baja-, menestrales acomodadas, y viejas
beatas de medios de vida problemáticos, se aprovechaban del veraneo de
las señoras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus
santos sacerdotes.
Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que más
gente tenía formada ante sus rejillas. Tardaría mucho en llegarles el
turno para la confesión.
Al reconocer á las dos señoras, hubo un movimiento de respeto y
curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y
con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofreciéndolas
su puesto en la fila. Doña Cristina hizo un signo de aprobación con la
cabeza y abriendo su portamonedas dió una peseta á cada una de ellas.
Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos
concurrido. Realmente á ellas les agradaba poco el Padre Paulí á pesar
de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando á través de la
rejilla percibía el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa
con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebaño.
La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con sólo dos
penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando
las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con
calma.
Doña Cristina experimentaba la emoción de la doncella que tiente la
proximidad del hombre amado.
El Padre Paulí era un varón famoso. La buena señora admiraba su energía,
su fuerza de voluntad, viendo en él algo de San Ignacio, que había sido
militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre
de guerra. No había más qué leer los papeles liberales, enterarse de los
escándalos que habían provocado, hasta en Madrid, las palabras y los
actos del Padre Paulí, para convencerse de que nadie trabajaba como él
por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes
que sólo hablaban de piedad y perdón para los enemigos, y de la dulzura
de Jesús. Era el jabalí de la Iglesia, que al verse en terreno
favorable, en aquella tierra donde crecía frondoso el bosque de la fe y
de la sumisión ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos á todos
lados. «A los enemigos de la religión, palo», decía con fiera
arrogancia, que enardecía á su laico auxiliar Fermín Urquiola.
No perdonaba medio para propagar sus belicosos propósitos. Sus sermones
en las grandes romerías, en las fiestas de la Asociación de la Vela
Nocturna y otras corporaciones que le tenían por director, eran arengas
de caudillo, hablando de matar ó morir como los paladines de las
Cruzadas, por el sagrado Corazón de Jesús. Su celebro folleto «A las
señoras católicas», publicado en vísperas de unas elecciones, había dado
que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.
Era un hombre de lucha que iba recto á su fin, atropellando las
doctrinas religiosas para defender la religión. En su folleto tronaba
contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la
caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo debían dedicarlo á
las elecciones, á comprar votos, á corromper la voluntad de la gente,
para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella
institución del sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeño
al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad.
Doña Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que
fué victorioso caudillo el Padre Paulí. Las señoras, amenazando con no
comprar en los establecimientos cuyos dueños votasen al candidato
liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que
enloquecía á la gente y la hacía terminar sus disputas á palos y tiros;
las damas ricas, deslizándose en los tugurios de los miserables,
arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas
electorales. Y enfrente de este gran ejército manejado por el Padre
Paulí, un candidato de una buena fe paradisíaca, que hacía discursos
sobre la regeneración material de la nación y la política hidráulica,
pidiendo canales y pantanos, como si á un país cual Vizcaya, en el que
llueve todo el año, pudiera interesarle lo que sólo importaba á los
-maketos-, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de África.
Hasta había comulgado solemnemente la víspera de la elección, en una
iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carácter
antirreligioso. ¡Infeliz! ¡como si estas habilidades valiesen con la
Iglesia que es maestra en ellas! ¡cómo si no supiesen los buenos que
quien no está á sus órdenes en cuerpo y alma, está contra ella!...
En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las
gentes religiosas, y que esparcía en torno del enérgico jesuíta un
prestigio de caudillo invencible, había roto doña Cristina los últimos
restos de la intimidad puramente amistosa que aún existía entra ella y
su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Sánchez Morueta,
recordándole que había peleado durante el sitio, y el millonario entregó
mil pesetas para la elección. El mismo día doña Cristina, con la amplia
libertad de que gozaba en el manejo del dinero, dió dos mil duros al
Padre Paulí. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cayó sobre Sánchez
Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Doña Cristina tembló en
el primer momento ante el silencio de su esposo. Le parecía escuchar la
risa irónica del doctor Aresti, allá en las minas. Temía la explosión
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