invierno y el hambre en las míseras comarcas del interior y se retiraba
al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos huían á su
tierra así que se iniciaba una huelga y aparecía en las minas la guardia
civil. Habían venido á ganar dinero y evitaban los conflictos pasando
por toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leoneses
miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compañeros
establecidos en el país, pensando con el duro egoísmo de la gente rural,
que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos
al fin habían de volver á sus tierras. Los labriegos convertidos en
mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que
imposibilitaba la ascensión de los que vivían en el país.
La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de
galerías subterráneas, con sus peligros que exigen cierta maestría, el
personal no era fácil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Pero
en las pródigas Encartaciones el hierro forma montañas enteras: la
explotación es á cielo abierto; sólo se necesita hacer saltar la piedra,
recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el
bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas
á sustituir sin esfuerzo alguno á todo el que abandonaba su puesto
protestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigración,
cortándose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara la
población obrera de las Encartaciones, era difícil que el trabajo
conquistase todos sus derechos.
Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobló el paso al
entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no oír los
llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.
--Don Luis, un momento...
Era el -Barbas-, que había abandonado su inmovilidad de fakir para
detener al doctor.
--¿Qué hay, compañero?
--Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aquí, de lo
que hacen esos ladrones.
Y le mostraba con gesto trágico su casucha. Como Aresti no parecía
comprenderse, el -Barbas- le mostró la parte superior de su barraca
falta de techumbre.
--Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos
de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odian
y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cómo echarme. Hace una
semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la
calle, pero el -Barbas- firme en su puesto con la compañera. La pobre
vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se
menea de ahí. Me han de tener á la vista siempre. Hay para rato si
piensan librarse de mí... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor.
Quieren quitarme el suelo así como me han robado el techo. Piensan
excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus
estacas, para ver si así me voy... ¡Pues no me iré! El -Barbas-, en su
sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni
trabajo, ni me voy... Espero, ¿sabe usted?, espero que llegue la gorda;
espero el día en que toda la montaña baje al llano y yo pueda quitarles
el techo y el piso á todos los -chalets- que se han hecho esos
pintureros, esos piojos resucitados que la echan de señores á costa de
los pobres.
Y el -Barbas- acompañó un buen trecho al doctor, mugiendo sus
maldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos más
inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidades
maléficas que hacían sentir la fuerza de su poder en la montaña, sin
mostrarse más que por la mediación de administradores y capataces, si
explotaban la mina directamente, ó de contratistas si creían más
ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral.
Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vió venir hacia él un
hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi
parecía una mulilla. Por la cabalgadura conoció Aresti desde muy lejos á
don Facundo, el cura párroco de Gallarta. Hacía diez años que había sido
trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de Álava, y afirmaba
que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. «Paz, mucha
paz; para todos hay vida en el mundo.» Y en santa paz vivía, siendo gran
amigo de Aresti, y tomando á broma las doctrinas revolucionarias que el
doctor, por aburrimiento, exponía á los ricos de Gallarta después de sus
famosas cenas. Cierta vez que el médico, cansado de la monotonía de su
existencia, se divirtió en propagar el budhismo entre los rudos
contratistas y hasta intentó algunas ceremonias del culto indostánico, á
estilo de las que había presenciado en el museo Guimet de París, el cura
no manifestó indignación, «Bah; cosas de don Luis; chifladuras de los
sabios: ya se cansará.» Para él, la religión verdadera no decrecía ni
experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos,
casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros.
A misa sólo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siempre
vacía, pero el país era muy religioso y la prueba estaba en que él no
tenía libre un momento, y continuamente veían todos trotar su burra
blanca por los caminos y atajos de la montaña. Aquel curato valía más
que algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de
Dios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente
marchase á la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su
ataúd por el vozarrón del cura. Había días en que acompañaba cinco
entierros en los lugares más lejanos de la parroquia; asunto de leguas.
Pero él no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadura
infatigable, y montado en ella acudía á todas partes. Delante, marchaba
el ataúd en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban
alaridos y se mesaban el pelo con desesperación de gitanas, y detrás don
Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido á pie
por el sacristán, al que llamaba su «corneta de órdenes», siempre
cantando, pues los parientes ponían reparos á la hora de pagar si
cantaba poco, repitiendo automáticamente los versículos del oficio de
difuntos, al mismo tiempo que se daba el compás esgrimiendo sobre su
cabeza la vara de fresno con que arreaba á la cabalgadura.
Un alto en la marcha era lo único que le hacía perder la calma.
--Aprisa, hijos míos--decía á los conductores del cadáver--que hoy aún
me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.
Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de
acompañar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de
luna clarísima, al retirarse á casa después de una cena con los
contratistas, en las afueras de Gallarta. Oyó un canto lúgubre que
rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vió pasar á un hombre,
vacilante sobre sus piernas, que parecía ebrio, llevando á cuestas á
otro, envuelto en una sábana, con un brazo colgante que le golpeaba á
cada paso. Después, una especie de centauro agrandado por el misterio de
la noche, que movía algo negro como una espada, sin cesar de mugir:
Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt...
--Buenas noches, don Luis--dijo el cura al reconocer al doctor.--Con
este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he
dejado para lo último... ¡Después dirá usted que la Iglesia no trabaja!
Y en el silencio de la noche, volvió á reanudar su lúgubre cantinela, á
la luz de la luna, camino del cementerio.
Lo único que le indignaba era que le hablasen de la extensión de la
parroquia y lo difícil de servirla un hombre solo. ¡No, carape!: él
tenía fuerzas para servir á Dios hasta que reventase; sobre todo,
tratándose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificación
parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver á los señores del
obispado después de dar un tiento doloroso á los ahorros y cuando al fin
habían acabado por colocar á sus órdenes á dos vicarios, dedicó á éstos
á las -faenas menudas- del templo, reservándose él los entierros.
Las asombrosas fortunas creadas en las minas habían tentado su codicia.
Él también tenía sus contratas; también pactaba arranque de mineral con
los señores de Bilbao é iba sobre la burra de los entierros á echar un
vistazo al trabajo de los peones. Pero á pesar de que sus negocios
marchaban bien y á la hora del champagne, en las cenas de los
contratistas, le hacía confesar el médico que llevaba reunidos más de
cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera época
de las minas, cuando él y don Luis eran recién llegados y cada cual
vivía á su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborrecía
los tranvías aéreos, los planos inclinados, todos los recientes medios
de conducción. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado
por bueyes hasta la ría, y había guardas en los caminos para ordenar el
paso de las carretas que alegraban la montaña con sus chirridos. Sólo en
Gallarta existían más de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba
más caro y el dinero se repartía entre más gente. Entonces fué cuando el
cura inauguró su iglesia y al buscar un santo patrón eligió á San
Antonio. Aún reía el doctor recordando la candidez con que explicaba el
cura esta preferencia.
--No puede ser otro. San Antonio es el patrón de las bestias y aquí en
Gallarta hay tanto buey....
Al reconocer don Facundo al médico, refrenó el paso de su cabalgadura.
--A la mina, ¿eh?--preguntó Aresti.
--Sí señor: acabo de largar mi misita y ahora un rato á ver lo que hacen
aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo
humano. Hay que trabajar, don Luis.
--¿Pero hoy no es día de fiesta?...
--¡Ah, grandísimo zumbón! Ya adivino lo que quiere decirme con su
sonrisa. Sí, día de fiesta es, según nuestra Madre la Iglesia, y deben
guardarla los que son ricos. Pero mire usted, cómo los pobres trabajan
en todas las canteras. Yo no voy á privar de un jornal á mis peones,
después de tantos días de lluvia, en los que no han podido hacer nada.
Además, tengo mis contratos con el dueño de la mina... Vaya, adiós: le
dejo para que se burle de mí á sus anchas.
Iba ya á arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta.
--¿Dicen que han matado al -Maestrico-?... Vaya un caso. Era un buen
muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... ¡A la tarde entierro!
¡Arre burra!
Y se alejó con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que había
caído trabajo.
Cuando el doctor fué á entrar en su casa todavía se vió detenido por un
hombre que le esperaba sentado junto á la puerta. La vieja Catalina le
llamaba furiosa desde adentro.
--¡Qué está frío el desayuno!... ¡Qué no cogerá usted el tren! Ya le he
dicho á ese condenao que su primo le espera y no está usted para
canciones...
Pero Aresti no la hizo caso y se dejó abordar por aquel hombre,
diciéndose mentalmente: «¡Qué magnífico animal!» Tembló por su mano,
cuando se la agarró el gigantón con una de sus garras de dedos callosos
y gruesos. Bajo la blusa se delataba á cada movimiento una musculatura
de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, hacía
recordar á Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que
había admirado en su niñez.
--Vengo á lo del otro día--dijo con alguna torpeza, pero mirando al
médico en los ojos como dispuesto á pelear, si era preciso defendiendo
sus pretensiones.
--¿A lo del otro día?... Pues hijo, no me acuerdo. ¡Me buscan tantos!...
Pero de pronto, el doctor pareció recordar, y una sonrisa maliciosa
animó su rostro.
--¡Ah, sí! Ya me acuerdo: vienes á lo del practicante. Tú eres el marido
de esa... Bien ¿y qué?
--Quiero que usted arregle eso, don Luis--continuó el gigantón con
energía;--ó lo arregla usted que es tan bueno ó doy el gran escándalo.
Ya le dije cómo los pillé en mi casa el domingo pasado: tengo testigos.
Los llevaré al juzgado, y si él no se pone en razón y hace lo que le
corresponde, irá á un presidio y ella á la galera.
--Sí, hombre, sí--dijo Aresti.--Recuerdo tu asunto. Me gusta verte más
tranquilo que el otro día. ¿Pero qué voy a hacer yo?
--Arreglarlo, señor dotor: que ese sinvergüenza sufra castigo. ¿Va á ser
él de mejor pasta que otros? Al juzgado iré con él.
--Pero pides demasiado, hijo mío. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte
duros: ¡pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en
el hospital!... ¡Si es más pobre que tú!...
--Bueno--dijo el gigantón con aspecto indeciso, rascándose la cabeza por
debajo de la boina.--Pus que sean quince... ó que sean doce, ya que
usted se empeña. Pero de ahí no bajo nada. No me conformo con menos de
doce ó daré el escándalo. En usted confío, dotor. Ya le quisiera yo ver
con una perra como la mía: sabría lo que es bueno. ¿Qué he de hacer? ¿Ir
á presidio y que se mueran de hambre mis pequeños? ¡Que paguen, que
paguen, ya que quieren hacer el guapo!
Y se alejó, después de recomendar varias veces al médico, con tono
suplicante, que no olvidase su asunto.
Aresti, mientras despachaba el desayuno y vestía sus ropas de fiesta,
colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extraña psicología
de una gran parte de las gentes de las minas.
De jóvenes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillo
oculto en la faja, dispuestos á disputarse la hembra á puñaladas.
Asesinaban al rival como al infeliz -Maestrico-; y después, de casados,
satisfecho el primer ímpetu de su apetito exacerbado por la escasez de
mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas;
olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar más que en el
dinero, como si los envenenase el viento de fortunas rápidas y
milagrosos encumbramientos que parecía soplar sobre las minas. Se
exterminaban por una cuestión de jornales ó de comestibles, y al
encontrarse frente á frente con el adulterio, torcían el gesto como ante
una contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de su
desgracia cierto provecho.
II
Más de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara á
Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la
estación de El Desierto, experimentó ante el magnífico panorama de la
ría la misma impresión de asombro de los aldeanos que sólo abandonaban
sus caseríos ó la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto
importante los llamaba á la villa.
El tren dejó atrás los torreones gemelos de los altos hornos de
fundición--«los castillos feudales de Sánchez Morueta» según decía el
doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,--y
después de atravesar un túnel, avanzó por la ribera cruzando los
descargaderos de mineral. Eran estos á modo de baluartes que, arrancando
de la montaña, llegaban hasta la ría, elevados algunos metros sobre el
nivel de los campos. Los de las compañías extranjeras eran verdes, con
los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos,
y las pequeñas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como
juguetes. Los de las explotaciones del país eran de un rojo antipático,
de escombros de mineral, desmoronándose con las lluvias sus pendientes,
revelando el espíritu de sus dueños, incapaces de realzar con el más
leve adorno los instrumentos de explotación. En la ría, junto á las
grúas que funcionaban incesantemente, dormían los vapores, con el casco
invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los
mástiles. Subían de sus entrañas los grandes tanques de hierro cargados
de hulla inglesa y, deslizándose por los rails aéreos, iban á volcar el
negro mineral en las enormes montañas de las fábricas. Corrían por las
vías de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar
al punto más avanzado inclinábanse como si quisieran arrojarse al agua,
soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos
riberas de la ría estaban en continua función, vomitando y absorviendo;
entregando el mineral de sus montañas y apoderándose del carbón
extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas
de los buques; los nombres más exóticos é impronunciables lucían en sus
costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, erguían los
veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul.
Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la ría
con sus barcos y fábricas: por la ventanilla opuesta, admirábase la paz
de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos,
removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrás y las
piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movían el
baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvían de nuevo
á rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres
lavaban sus guiñapos casi tendidas al borde de arroyos de líquido rojo,
como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de
Bilbao: los lavados del mineral enrojecían hasta la corriente del
Nervión. La industria, al enriquecer al país, corrompía las aguas puras
y cristalinas de la época pastoril. El doctor recordaba la miseria de
los peones de las minas, que les hacía huir de las fuentes de la
montaña, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digestión.
Preferían el líquido rojo é impuro de los lavaderos porque, ensuciando
su estómago, hacía menos frecuente el hambre.
Avanzaba él tren hacia Bilbao, deteniéndose en las estaciones de la
orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban
su caserío hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ría pasaban
pequeños remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de
cabotaje de las matrículas de la costa, navegando lentamente por miedo á
las revueltas; vapores que rompían las aguas con imperceptible
movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del
bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la
moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar
púdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus fábricas, negros,
de espesos vellones, como rebaños de la noche; blancos, ligeramente
dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiración de un
hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias
minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetíase por todo el
paisaje, como una nota característica del panorama bilbaíno, avanzando
por las quebraduras de la montaña donde están las vías férreas del
mineral, resbalando por las dos orillas de la ría tras las chimeneas de
los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los
remolcadores y de las máquinas giratorias de sus grúas.
Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primera
vez.
--Bilbao es grande--se decía con cierto orgullo.--Hay que confesar que
esta gente ha hecho mucho, ¡Lástima que valga tan poco cuando la sacan
de sus negocios!...
Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, al
aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba de
nuevo. Quedaba atrás, confundiéndose con otras montañas, el famoso pico
de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche
Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada
del liberalismo, que aún vivía en todas las memorias agrandado por las
fantásticas proporciones que da la tradición. Después aparecía entre los
montes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental que
irritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo,
señor de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontones
triangulares, y á sus espaldas un parque grandioso, extendiendo su
arboleda montaña arriba, hasta la cumbre coronada por una granja
vaquería. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, habían
levantado los jesuítas una imagen de San José, con un arco de focos
eléctricos. Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminoso
recordaba á los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba la
orden poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, no
queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El
doctor hallaba natural que fuese San José el escogido para esta
glorificación; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de
la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para
formar la sociedad del porvenir.
Adivinábase la proximidad de la villa. A un lado surgían entre los
campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casas
que eran como las avanzadas de una población desbordada y en continuo
avance. Al otro se cubrían las orillas de la ría de almacenes, tinglados
y grúas, elevándose el carbón en montañas, sin dejar un espacio de
muelle libre. Las embarcaciones tocábanse unas á otras amarradas á las
enormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja húmeda y
fangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Veíase el
incesante ir y venir de las -cargueras-, míseras mujeres de ropas sucias
y cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por los
tablones que servían de puente entre los buques y el muelle. Unas
llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carbón; otras descargaban los
fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre
que había de ser consumido en el interior de la península.
Detúvose el tren después de atravesar un túnel, y el doctor, subiendo
una larga escalera, se vió en el sitio más céntrico de la villa, junto
al puente del Arenal, donde parecía condensarse todo el movimiento de la
población. En aquel pedazo de ribera, robando á las aguas parte de su
curso y hasta aprovechándose del subsuelo, la iniciativa industrial
había escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de
Portugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao
nueva, el ensanche, el antiguo territorio de la República de Abando, con
sus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de siete
pisos, y sus plazas de geométrica rigidez. Al otro lado del puente, la
Bilbao tradicional; la Bilbao de los -chimbos-, de los hijos del país
que habían conocido la llegada de gentes del interior, atraídas por la
prosperidad de las minas, y que formaban ahora más de la mitad del
vecindario. Allí estaban las famosas Siete Calles, núcleo de la antigua
villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y
morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, erguía sus torres
de un gótico ridículo la iglesia de los jesuítas, con su residencia
anexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geométrica, los
hoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidos
fabulosamente por las minas de la noche á la mañana.
Aresti pasó el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranvías y
las carretas, y entró en el Arenal. A un lado, el teatro Arriaga
reflejaba en las aguas del Nervión su arquitectura pretenciosa cargada
de cariátides y estatuas; al otro, extendía el paseo sus filas de
plátanos, por entre cuyas copas asomaban los mástiles y chimeneas de los
buques atracados á la orilla. Piaban los pájaros, saltando sobre la
arena de las avenidas, pero sus gritos perdíanse entre el bramido de las
locomotoras, el silbido de los tranvías y el mugido de algún vapor que
entraba lentamente ría arriba.
Aresti dió un vistazo á la acera llamada el -boulevard-, ocupada siempre
por los curiosos estacionados ante los cafés. Frente al Suizo, se
colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lamentándose de la
decadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban á gritos los
diarios recién llegados de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el
centro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla caída sobre
los ojos y la falda agarrada y bien ceñida, de modo que al andar se
marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y,
bien proporcionadas. Aresti fijábase en la separación del hombre y la
mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por su
sitio. El hombre á los negocios y la mujer sola á la iglesia ó á hacer
visitas, como única diversión. Pasó una pareja cogida del brazo.
--Serán forasteros--se dijo el doctor.--Tal vez algún empleado de los
que envía el gobierno. -Maketos-, como dicen mis paisanos.
Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicolás, fué
en busca de su primo. El poderoso Sánchez Morueta vivía en su hotel de
Las Arenas, evitándose así el molesto asedio que parásitos y protegidos
le hacían sufrir en Bilbao. Además, habituado á las costumbres inglesas,
gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus múltiples
negocios le hacían venir casi todos los días al escritorio que tenía en
la villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las mañanas, á todo correr
de sus briosos caballos y se arrojaba del coche, metiéndose en el
escritorio como si huyera. Aun así, tenía que separar muchas veces con
sus fuertes puños á los que le esperaban en la puerta, para proponerle
negocios disparatados ó pedirle dinero. Una vez en su despacho, era
difícil abordarle al través de los escribientes y criados que guardaban
la escalera. A la salida, Sánchez Morueta sólo osaba poner el pie en la
calle cuando tenía su carruaje cerca y podía escapar, ante la mirada
atónita de los solicitantes que esperaban horas y más horas. Los
despechados, la turba pedigüeña que en vano le asediaba y bloqueaba,
llamábanle «El solitario de Las Arenas», «El ogro de la Sendeja», que
era donde tenía su escritorio, y hasta afirmaban, faltando á la verdad,
que su carruaje sólo tenía un asiento, para evitarse de este modo toda
compañía. Transcurrían meses enteros sin que penetrasen en su despacho
otras personas que algún corredor de confianza ó los principales
empleados del escritorio, que recibían sus órdenes. Con los otros
capitalistas de la población--muchos de ellos compañeros de la juventud,
que habían marchado juntos con él en la primera etapa por el camino de
la fortuna--se comunicaba telefónicamente tuteándose, pero en estilo
conciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos.
Aresti siguió su marcha á lo largo del muelle, mirando los remolinos del
agua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento para
examinar dos barcos de cabotaje, dos -cachemerines- de la costa, con los
títulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida por
extraños cargamentos, en los que se confundían los fardos de bacalao con
mesas y sillerías embaladas. Ofrecían igual aspecto que los carromatos
de los ordinarios de los pueblos, cargados de los más diversos objetos.
En uno de los buques, la tripulación se agrupaba á proa en torno del
hornillo donde hervía el caldero del rancho. Los barcos estaban tan
hundidos á causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, veía el
fondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de él,
tostados, enjutos, habituados á la lucha mortal con el mar cántabro, le
hacían recordar á su padre, entrevisto en los primeros años de su vida y
del que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga.
El doctor, separándose del muelle, pasó á la acera de la Sendeja. El
escritorio de su primo estaba en un caserón antiguo y señorial, todo de
piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y un
gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primero
y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda su
fortuna á la Iglesia, se negaba á vender el edificio á Sánchez Morueta,
dándose la satisfacción de tener por inquilino á uno de los primeros
ricos de Bilbao.
Aresti no osó subir directamente al despacho de su primo, temiendo la
resistencia de algún portero nuevo, y las idas y venidas y consultas de
los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefirió
entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la
casa, bajo la dirección de un antiguo amigo de la familia, el capitán
Matías Iriondo. Aquella oficina era lo único accesible del edificio,
donde se podía entrar á la buena de Dios, sin miedo á esperar ni á
porteros inflexibles.
--¿Está el -Capi-?...--preguntó Aresti á los escribientes que trabajaban
tras un atajadizo de cristales.
--¡Pasa, -Planeta-, pasa!--gritó alguien tras una puerta del fondo del
corredor.
Y Aresti entró, al mismo tiempo que el capitán, el -Capi- como le
llamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia él con los
brazos abiertos.
--Te he conocido con sólo oírte, Luisillo--dijo Iriondo con su voz
bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad y
obligado á hacerse oír entre los mugidos del viento y de las olas.--¡Ay,
-Planeta-!... Te encuentro algo aviejado.
Y había que oír la expresión cariñosa que daba el marino al mote de
-Planeta- aplicado al doctor. Para él, en su habla bilbaína, los hombres
se dividían en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas de
utilidad y no tenían mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven de
nada, á los que llamaba -arlotes-. Y luego venían los -planetas-, gente
simpática y buena, pero sin seriedad ni sentido práctico; los calaveras;
los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistas
que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecian
el dinero llegando á la vejez sin salir de pobres. ¿Y qué mayor
-planeta- que aquel médico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao,
prefería vivir entre los brutos de las minas?
--¡Ah, -Planeta-!--decía sin soltar á Luis de entre sus brazos.--Lo
menos hace medio año que no te veo. Y siempre tan loco, ¿verdad? Siempre
coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho.
¡Apuesto cualquier cosa á que aún no has reunido mil duros!...
Y reía, con lástima cariñosa, de su querido -Planeta-, al que
consideraba en eterna infancia, como un niño revoltoso que había que
dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cariño.
---Capi-, pues tú tampoco estás muy joven que digamos. Te probaba más el
mar.
--Tienes razón--dijo Iriondo con melancolía.--¡Si al menos pudiese ir
todos los días al monte con la escopeta, á cazar -chimbos-!... Pero hay
que despachar cinco ó seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse
el mundo y todos trabajamos como negros... Además, nos hacemos viejos,
Luisillo. Tú olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto,
cuando tú aún jugabas en Olaveaga en la huerta de tu tío.
Aresti admiraba el vigor del capitán. Estaba en los cincuenta años. Era
bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia á
ensancharse, como si fuera á cuadrársele el cuerpo. Su cara se había
recocido, como él decía, en casi todos los puntos de la línea
ecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su
barba, en la que sólo apuntaban algunas canas. Tenía las córneas de los
ojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban
de frente, brillaban con una expresión de bondad. Conocía todas las
picardías del mundo: había pasado en su juventud por todos los
desórdenes de las gentes de mar, que después de meses enteros de
aislamiento y privación sobre las olas, bajan á tierra como lobos. Había
brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones
diabólicas de los negros; se había rozado con hembras de todos los
colores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, después de
una vida de aventuras, notábase en él la honrada simplicidad de esos
marinos, ascetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos
cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegar
á contaminarse con ellas, sacudiéndolas apenas vuelven al desierto del
océano.
El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchas
veces había contado el -Capi- de sobremesa en casa de Sánchez Morueta,
con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar
atención en el entrecejo de la señora que temía á cada instante
extralimitaciones en el relato. No había mar en el globo en el cual no
hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde
el -cachemerin- al trasatlántico. De joven había hecho el cabotaje entre
el archipiélago de Luzón y las Molucas. El sultán de allá era gran
amigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese
entre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. ¿Para qué? Con un
tabaco de Manila podía llevárselas él a todas sin permiso de sultanillo.
Había trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco de
California; montañas de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes a
Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; hacía memoria, con
sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con
ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que
los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra,
gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las
costas de África con la bodega abarrotada de negros. Al hablar, sentía
la nostalgia del azul negruzco e intenso del Océano, del verde luminoso
y diáfano del mar de las Antillas, de la larga ondulación del Pacífico y
las aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterráneo le
inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandría y Nápoles,
verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. «Desde Gibraltar a
Suez--decía--, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban en
el mar, y ahora esperan en los puertos.»
Su amistad con Sánchez Morueta, que databa de la infancia, le había
proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos
barcos de la casa; y además, no cargaba un buque extranjero minerales de
su principal que no lo despachase él, acumulando así una pequeña
fortuna que le envidiaban sus antiguos compañeros de navegación. Era
bilbaíno á la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir
el domingo con la escopeta al hombro á cazar -chimbos- en los montes,
pajarillos de varias clases, que habían proporcionado un mote á los
hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes
que no tenía trabajo, á algún -chacolín- del camino de Begoña á saborear
el bacalao á la vizcaína, rociándolo con el vinillo agrio del país. Sus
amigos -chacolineros- pasaban por el despacho para noticiarle
misteriosamente cuándo se abría pipa nueva.
--Capitán, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche á un -chacolín- de
dos años.
Y el capitán abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre,
parecía un cuarto de marinería, sin más adornos que una mesa vieja,
algunas sillas, un botijo en un rincón y algunas fotografías de buques
en las paredes. Parecía imposible que allí se hablase de negocios que
importaban millones. Un barómetro enorme, dorado y con vistosos adornos,
regalo de Sánchez Morueta, era el único objeto notable y el que más
estimaba el capitán, pues, por sus hábitos de hombre de mar, siempre se
estaba preocupando del tiempo.
--Tenía muchas ganas de verte--dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio
ante la mesa.--¡Las veces que he pensado en ir á pasar un día en las
minas! Allí hay caza ahora, ¿verdad? Sólo que la gente acomodada parece
que no se dedica á otra cosa. ¡Ay, -Planeta-! Y cómo va á alegrarse Pepe
cuando te vea. Yo hace cuatro días que no le he hablado. Ya sabes su
genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por
ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con él, cuanto
menos se habla, mejor. Su debilidad eres tú... tú y Fernandito, ese
ingenierete tan simpático que tiene en los altos hornos. ¡Las veces que
Pepe te recuerda! Un día, hablando de tí y de tus -planetadas-, le oí
decir. «Ese chico, ese chico debía estar á mi lado».
--Oye -Capi-; ¿y cómo anda mi prima, la santa doña Cristina? ¿ha metido
ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas?
El capitán cesó de sonreír y por sus ojos cándidos pasó una sombra de
inquietud. No podía disimular su turbación.
--No sé... la veo poco. Debe estar como siempre...
Y añadió con repentina resolución:
--Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo á mis
barcos, y fuera de ellos nada me importa.
Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la
esposa de Sánchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que
helaba las palabras y cohibía el pensamiento. Aresti se levantó para
subir al despacho de su primo.
--Por la escalera no--dijo el capitán.--Sube por ahí: es la escalerilla
interior y llegarás más pronto. Hasta luego: yo también soy de la
cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevará en su carruaje.... Si
estás falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta
las dos no comeremos.
El doctor subió por una escalerilla de madera con cubierta de cristales,
que á través de un patio interior ponía en comunicación el entresuelo
con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas con
mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas
y taquillas de madera rojiza, así como los lomos de cobre de los grandes
libros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corrían
por las cornisas de una á otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban
relojes eléctricos. Los planos de las minas, las vistas de las fábricas
de la casa, adornaban las paredes.
Aresti, después de una corta espera, fué introducido en aquel despacho,
del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, donde
Sánchez Morueta fabricaba raudales de oro con sólo concentrar su
pensamiento.
--¿Cómo estás, Luis?...
Lo primero que vió el doctor fué una mano tendida hacia él, una mano
firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de héroe
prehistórico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo á un
cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi
le sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conocía la villa entera,
virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia
abajo una luz fría. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las
solapas del traje parecía suavizar los salientes enérgicos de los
pómulos y las fuertes articulaciones de su mandíbula robusta y
prominente como la de los animales de presa. Tenía cana la barba, gris
el pelo y, sin embargo, parecía envolverle un nimbo de juventud, de
fuerza serena, de energía reposada y tenaz, que se comunicaba á cuantos
le rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la
naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin más auxilio
que las energías del músculo y del pensamiento, y acababan por
posesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con la
porra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia á los
blasones de armas de la provincia, decía hablando de él: «Mi primo se ha
escapado del escudo de Vizcaya».
Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento
y la acción en continuo uso.
Conservó un instante la mano del doctor perdida en la suya, estrujándola
con sólo un ligero movimiento, y pasada esta efusión extraordinaria en
él, volvióse hacia su secretario, que permanecía de pie junto á la mesa
manejando papeles y hojas telegráficas.
--Siéntate, Luis--dijo como si le diese una orden--acabo en seguida.
Y le volvió la espalda, olvidándolo, mientras el secretario sonreía
servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias
reverencias. Aresti conocía de muchos años á aquel hombrecillo que había
comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza
de Sánchez Morueta. El capitán le llamaba «el perro de doña Cristina»
por la protección que le dispensaba la señora y la adhesión absoluta con
que él le correspondía. Aresti despreciábale por las sonrisas con que
saludaba su parentesco con el amo.
Mientras el millonario leía los papeles, cambiando de vez en cuando
alguna palabra con su secretario, el médico, hundido en un sillón,
dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufrían una decepción al entrar
allí, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente
Sánchez Morueta. La habitación era sencilla: dos grandes balcones sobre
la Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel
imitación de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio
con una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellos
se hubiera de dormir. En un rincón, una caja de hierro; en otro una
antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo
arqueológico del país, y en las paredes, modelos en relieve de los
principales vapores de la casa y una enorme fotografía del «-Goizeko
izarra-» (-Estrella de la mañana-), el yate de tres mástiles y doble
chimenea, que permanecía amarrado todo el año en la bahía de Axpe, como
si Sánchez Morueta hubiese perdido su afición á los viajes. Sobre la
chimenea se alineaban en escala de tamaños, fragmentos pulidos de rieles
y piezas de fundición, muestras flamantes del acero fabricado en los
altos hornos de la casa. Un pequeño estante contenía libros ingleses,
anuarios comerciales, catálogos de navegación, memorias sobre minería y
metalurgia. El único libro que estaba entre los papeles de la mesa de
trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el
-Yacht Register- de más reciente publicación, como si el millonario
encadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento á
los potentados de la tierra que más dichosos que él, podían vagar por
los mares. El despacho tenía el mismo aspecto de sobriedad y robustez de
su dueño. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo
sólido y discreto que sólo se encuentra en las cámaras de los grandes
buques. Aresti resumía la impresión en pocas palabras; «Allí todo olía á
inglés.... Hasta el traje del amo».
Al concentrar la atención en su primo, volvía á admirar sus manos;
aquellas manos únicas, que parecían dotadas de vida y pensamiento
aparte; que iban instintivamente, entre el montón de papeles, en línea
recta y sin vacilación hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como
animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza
propia para vivir por sí solas. Aresti las admiraba con cierto respeto
supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se
entregarían vencidos, anonadados. Nada podía resistir á aquellas
hermosas garras de bestia luchadora é inteligente. El movimiento de la
sangre en sus venas de grueso relieve, parecía el latido de un
pensamiento oculto.
Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con sólo un movimiento todos
los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande
hombre indicaron al secretario con fría mirada que podía retirarse á la
habitación inmediata donde tenía su despacho: una pieza con grandes
estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de
mineral bajo campanas de vidrio.
--Don José, un momento,--dijo el hombrecillo;--me permito recordar á
usted el encargo de doña Cristina, ya que está aquí el señor doctor.
Y como Sánchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclinó
hacia él, murmurando algunas palabras.
El millonario dudó algunos momentos mirando á su primo.
--Es un favor que te pide Cristina--dijo con alguna vacilación.--Al
saber que venías hoy, me encargó que subieses un momento á Begoña para
ver á don Tomás, ese cura viejo que algunas veces nos visita.
Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se
apresuró á añadir.
--Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis días y que hay que
tener contentas á las señoras. Mi mujer y mi hija se alegrarán mucho. Es
una visita corta: el pobre, según parece, está desahuciado de todos.
¿Qué te cuesta darlas gusto?...
En su mirada y su acento había tal tono de súplica, que Aresti aceptó
mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso á su
poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el «hijo favorito de
la fortuna», como él lo llamaba, tenía sus disgustos dentro del hogar.
--Goicochea te acompañará--dijo señalando á su secretario.--Toma abajo
mi carruaje, y, mientras vuelves, terminaré mi tarea. Hasta luego, Luis.
Y cogiendo una pluma, comenzó á escribir, como si una repentina
preocupación le hiciese olvidar por completo á su pariente.
Aresti, llevando al lado á Goicochea en el mullido carruaje del
millonario, pasó por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando
sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su niñez.
Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente
teñidas. El carruaje comenzó á ascender penosamente por la áspera cuesta
de Begoña. Terminaba el desfile de casas. Ensanchábase el horizonte,
extendiéndose entre las montañas los campos verdes, y los robledales de
tono bronceado, interrumpidos á trechos por las blancas manchas de las
caserías. El sol asomaba por primera vez en la mañana al través de un
desgarrón de las nubes, y el humo que se extendía sobre la villa tomaba
una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del
camino levantábanse casas aisladas, ostentando en su puerta el
tradicional -branque-, el ramo verde que indica la buena bebida del
país. Eran los famosos -chacolines- con sus rótulos: «Se venden
voladores», para que el estruendo fuese completo en días de romería.
Goicochea, que no era hombre silencioso y creía faltar al respeto al
primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares
con cierto entusiasmo.
--Me gusta pasar por aquí, señor doctor, porque recuerdo mi juventud...
los famosos días del sitio. Usted sería muy niño entonces, y ya no se
acordará.
Animado por la mirada interrogante del doctor, siguió hablando:
--¿Ve usted dónde hemos dejado la cárcel? Pues poco más ó menos ahí
estaba la línea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilábamos de cerca,
viéndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los
centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecían
lumbre... para matarse si era preciso al amanecer.
--Usted sería de -los auxiliares-, como mi primo Pepe,--dijo Aresti;--de
los que defendían la villa.
Goicochea dió un respingo en su asiento, pero en seguida recobró su
aspecto plácido y contestó con humilde sonrisa:
--¡Quia, no señor! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio
vizcaíno y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis:
calaveradas. Entonces tenía uno la cabeza ligera y aún no habían llegado
los ocho hijos que ahora me devoran.
Y como si tuviera interés en que el doctor conociese exactamente sus
creencias, siguió hablando:
--Por supuesto, que ahora me río de aquellas locuras. ¡Y pensar que en
Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya
no soy carlista, y como yo, la mayoría de los que entonces expusimos la
pelleja.
--¿Pues qué son ustedes?...
--¿Qué hemos de ser, don Luis? ¿No lo sabe usted?... Nacionalistas;
bizkaitarras; partidarios de que el Señorío de Vizcaya vuelva á ser lo
que fué, con sus fueros benditos y mucha religión, pero mucha. ¿Quiénes
han traído á este país la mala peste de la libertad y todas sus
impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los -maketos-: y don Carlos
no es más que un -maketo-, tan liberal como los que hoy reinan, y además
tiene los escándalos de su vida impropia de un católico.... Lo que yo
digo, don Luis. Quédese la Maketania con su gente sin religión y sin
virtud y deje libre á la honrada y noble Bizkaya.... con B alta ¿eh? con
B alta, y con K, pues la gente de España para robarnos en todo, hasta
mete mano en nuestro nombre escribiéndolo de distinta manera.
Y con el índice trazaba en el espacio grandes -bes- para que constase
una vez más su protesta ortográfica.
El carruaje rodaba por los altos de Begoña. Dormía el camino en medio de
una paz monacal. A un lado y á otro alzábanse grandes edificios de
reciente construcción. Eran conventos ocupados por frailes de órdenes
antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las señoras
ricas de la villa había levantado aquellos palacios. Allí iba á parar
una parte no pequeña de las ganancias de las minas. La limosna
cuantiosa, y los legados testamentarios cubrían de conventos ó iglesias
aquella parte del monte Artagán. El silencio monacal, que parecía
extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que
exhalaba abajo la población, dominada á aquella hora por la fiebre de
los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las
torrecillas de ladrillo rojo, llamando á gentes invisibles: se
entreabría un portón con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil,
blanca y almidonada y un rincón de huerto frondoso. Aresti, influenciado
por este ambiente, pensaba en los místicos retiros de la Flandes
católica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus
beguinas cubiertas por tocas nítidas, de movibles alas, como mariposas
de nieve.
Goicochea seguía hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don
Tomás, el cura que iban á visitar; «un santo varón» que en otros tiempos
confesaba á la de Sánchez Morueta y que pronto moriría como un justo si
la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje paró ante la iglesia
de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la República; la República
de Begoña, que aún conservaba esta denominación de los tiempos forales.
Aresti, guiado por su acompañante, entró en la casa del cura para ver á
éste, inmóvil en un sillón, desalentado y tembloroso ante la proximidad
de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que había disputado más de
una vez en casa de Sánchez Morueta, el viejo mostró en sus gestos cierta
esperanza. ¡A ver si podía salvarlo con aquella ciencia que había
ensalzado tantas veces al discutir con él! No podía dormir, no podía
acostarse; se ahogaba. Aresti conoció á primera vista la gravedad de su
dolencia. Tenía enfermo el corazón, el órgano rebelde á todo reparo. Por
más que intentó animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su
astucia aguzada por el miedo, adivinó la ineficacia del remedio, entre
aquellos planes de curación que Aresti le proponía por decir algo.
--¡Lo mismo que los otros!--gimió.--¡Ay Virgen de Begoña!... ¡Virgen de
Begoñaaa!
El acento desesperado con que llamaba á la Virgen, revelaba el egoísmo
de la vida, agarrándose á la última esperanza, implorando un milagro,
con la ilusión de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas
las leyes de la existencia.
Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea miró al templo y se descubrió
como si le pesara volver á la villa sin saludar á la imagen.
--Podíamos entrar un momento, ¿no le parece, don Luis? Nos queda tiempo
de sobra. ¿Usted, indudablemente, no habrá visto á la Virgen desde que
le coronaron como Señora de Vizcaya? Pues está muy bonita. Entremos y yo
pediré un poco por el desgraciado don Tomás.
Aresti se dejó conducir. No había estado allí desde que era niño, y le
interesaba ver las grandes reformas que la devoción de los ricos de
abajo había realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante
las guerras y al que afluían ahora todos los sentimientos del país
hostiles á la nacionalidad española y á sus progresos.
Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas
las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reunía el vecindario,
amparado de la lluvia, para tratar los asuntos públicos después de la
misa. Por algo, la mayoría de los pueblos vizcaínos tomaron el título de
anteiglesias, en época de fueros.
Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el
altar mayor, dejándose caer de rodillas ante la Virgen con devoción
compungida, Aresti paseó por el templo, examinándolo. Los
reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su
atención. Eran piezas de esa ebanistería parisién del barrio de San
Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para
las señoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compañeros
de oficio adornan un dormitorio ó un -budoir-. El gusto artístico del
jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un gótico
sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras
pendían, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas
peregrinaciones, y cubrían las paredes lápidas conmemorativas en
vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronación de
la Virgen.
Al médico le interesaban más los votos que se extendían por la pared, á
la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cándida y grosera,
representando olas alborotadas, barcos próximos á zozobrar con los palos
rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco
desmantelado, un rayo semejante á una lombriz roja. Provocaban la risa
como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos
el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran
votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones
vizcaínas, por haberlas salvado la imagen de Begoña de espantosas
tempestades. Los cuadros más antiguos y borrosos representaban
bergantines y fragatas con las velas rotas, encabritándose sobre las
olas, flotando entre estas algún mástil roto: los más modernos eran
vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta
barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge
siempre ante las catástrofes ciegas de la naturaleza; en la fe que
siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.
Goicochea había cesado de rezar y, acercándose al doctor, hablábale al
oído con la satisfacción del que muestra las bellezas de su propia casa.
--Mírela usted--decía señalando á la imagen.--¡Qué hermosa es! ¡Y qué
bien le sienta la corona!...
Aresti miraba la imagen, el «fetiche bizkaitarra», como decía él en sus
cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea,
como todas las imágenes españolas que son famosas y hacen milagros. La
cabecita de bebé parecía abrumada por una alta corona, inflada como un
globo; hasta sus pies descendía, como un miriñaque, el manto cubierto de
toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas
arrojadas á manos llenas por la devoción, como si el brillo pudiese
aumentar la hermosura de la imagen, esparcíanse también sobre el
pequeñuelo que la Virgen mostraba entre sus manos.
--Cuántas joyas ¿eh?--murmuraba con entusiasmo Goicochea.--Esto sólo se
ve en este país. Aquí hay religión y riqueza.
El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebaño de las
minas, calculando en cuánto habría contribuido su miseria á aquellos
regalos inútiles, colocados por la fe y la ostentación de unos pocos,
sobre un madero tallado.
--¡Si usted hubiese visto el acto de la coronación!--continuó la voz de
Goicochea con sordina.--Aún me estremezco de entusiasmo recordándolo.
Fué cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince días de
peregrinación de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pasó por aquí:
peregrinación de señoras, peregrinación de criadas de servir,
peregrinación de obreros; las anteiglesias en masa con sus párrocos al
frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las órdenes, y
de padres jesuítas: pero sermones buenos de veras, en vascuence:
diciendo lo que significaba la coronación de la Virgen como Señora de
Vizcaya. Fíjese usted bien.... -¡Señora!- Vizcaya sólo ha tenido
Señores. Hasta Dios es para nosotros -Jaungoicoa- ó sea «Señor de
arriba.» Eso de reyes y reinas es cosa de los -maketos-. Desde el día de
la coronación de la Señora, que moralmente hemos arreglado nuestras
cuentas con los que viven del Ebro para allá, separándonos para siempre.
La cosa fué conmovedora: como organizada por los principales del
partido.... Pero vámonos, que aquí molestamos hablando.
Goicochea salió del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos
aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.
En el porche de la iglesia continuó dando expansión á su entusiasmo.
--¿Y ha visto usted cuántos milagros? ¿No le enternece eso?...
--Sí--dijo Aresti con gravedad.--A mí me conmueve la piedad de los
hombres de mar que vienen aquí descalzos, trayendo su recuerdo á la
Virgen, por haber estado próximos á naufragar y no haber naufragado.
Gran cosa es la fe. Lo mismo que á ellos, les ocurre casi todos los días
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