Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo
en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fué el
punto de partida de su conversión.
Con voz de -cicerone- convencido, el hermano explicaba á Aresti la
historia del santo.
--Dios le llamó á su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvidó de
todo, á pesar de que era un caballero muy galán y mundano Porque nuestro
santo padre San Ignacio era militar, ¿sabe usted?... militar.
Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiración y respeto.
El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia,
los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden había
sido soldado, sonreía con cierta malicia, como si pensase en los
devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales
alguna habría tocado al santo, cuando aún no pensaba en serlo. Le
llenaba de orgullo la nobleza y el carácter caballeresco de la juventud
del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no tenían entre sus
iniciadores más que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las
últimas capas sociales.
Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera,
tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombrío, en el vasco de
carácter complicado, que llenó el mundo con su nombre, siendo cada
período de su vida una contradicción violenta. Primero, el soldado
presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer
bello, y perder la rudeza propia de su país. Después, al convencerse de
que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la
raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces
le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo
tiempo, se convierte en matón de la Virgen, queriendo dar de puñaladas á
un morisco que blasfema de ella, y poco después se deja apedrear por los
chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas
extravagancias, remedo de las de San Francisco de Asís. Pero la dulzura
poética del solitario de la Umbría, su santidad soñadora, no cabe en el
carácter positivo y práctico de un vasco. Ya que se dedica á Dios, ha de
ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe
servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea
renacen en él. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana
necesita un fuerte auxilio, y lleva á la religión la disciplina del
campamento, fundando, no una Orden, sino una Compañía, organizando un
ejército negro que ofrece á los Papas, formando los soldados en el molde
de su férrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio,
con la rigidez de los autómatas, con esa insensibilidad que hace
invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte
de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquillería, toma aires de
vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre
los príncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y
muere satisfecho de su poder y de haber salvado momentáneamente al
catolicismo conservándole los pueblos latinos.
Aresti admiraba á Íñigo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza,
incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando
instintivamente el poder y la riqueza de la santidad ascética, por la
que habían pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la
penitencia, comidos de parásitos, sin otra fortuna que la soga ceñida á
los riñones.
Había sido un admirable comerciante de la religión: un talento práctico
surgido á tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra,
ordenando sus negocios, dándoles nuevo rumbo y fundando su Compañía,
aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban
por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas,
para la mayor gloria de su Dios.
El hermano sacó al médico de su ensimismamiento, enseñándole la parte
superior del altar. En un relicario de oro estaba el corazón del santo.
Era lo único que allí conservaban del fundador. El cuerpo, como sabía
todo el mundo, estaba depositado en el -Jesu- de Roma.
--Sí: lo conozco. Lo he visto--dijo Aresti.
Sin saber por qué, sintió la necesidad de deslumbrar con un embuste al
simple lego, el cual parecía convencido de que la humanidad entera se
interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase
dónde estaba el cuerpo de San Ignacio.
--¡Ah! ¡El señor ha estado en Roma!--exclamó el hermano mirándolo con
cierta admiración, como si de repente creciese ante sus ojos.
--Sí--dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le
admirase aquel pobre hombre.--Estuve cuando la última peregrinación.
El hermano modificó sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para él uno
de tantos viajeros de los que llegaban atraídos por la curiosidad;
muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de países que
despreciaban á la Compañía. Era uno de la familia, casi podía
considerarse como de la casa; y el hermano mostró empeño en enseñárselo
todo minuciosamente, desbordándose en palabras, con la locuacidad del
que pasa mucho tiempo condenado al silencio.
Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinándose para ceder
el paso á aquel señor tan simpático. Era una pequeña habitación, sin
otro adorno que un retablo.
--Aquí estaba enfermo nuestro santo fundador,--dijo con voz meliflua--y
aquí fué su conversión. Pidió á la familia un libro de caballerías para
entretenerse, pero como Dios tenía puestos sus ojos en él, hizo que
nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa.
Entonces leyó una historia de la Virgen é inmediatamente sintióse tocado
por la gracia y decidió dedicarse á la vida santa, renunciando al mundo.
Después, el lego buscó en la pared, señalando una grieta que la cruzaba.
--Mire usted esto, caballero. Por fuera aún se ve mejor; llega hasta el
suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo.
En el mismo momento que el santo decidió dedicarse á Dios, tembló el
suelo y se estremeció toda la casa, quedando esta abertura como
recuerdo. Era el demonio que acogía de este modo la resolución del
santo.
--Sería de rabia--dijo Aresti con gravedad imperturbable.
--De rabia y de miedo--contestó el hermano con modestia.--Tal vez el
maligno tembló, adivinando que el santo iba á fundar nuestra Orden.
Pasaron á otra habitación en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez
que el lego veíase ante el altar, caía de rodillas, causando la
admiración del médico, por el gesto con que rezaba su corta oración. El
cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el
cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que
quisiera tocar el cielo.
--En esta habitación--dijo el lego--nació nuestro santo fundador. Aquí
tuvo también el hermano Garrido su revelación portentosa. Usted habrá
oído hablar de ella....
Pero viendo que el señor permanecía impasible, dijo con cierta
impaciencia:
--Pero usted sí que sabrá quién era el hermano Garrido.
--¡Oh! mucho--dijo Aresti, que oía por primera vez este nombre.
--Ya esperaba yo--continuó el lego--que un señor como usted conocería al
hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el
tiempo preciso.
Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad
universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus
glorias. En aquel mismo cuarto, estando en éxtasis el hermano Garrido,
se le había presentado la Virgen anunciándole con veintidós meses de
anticipación, el asalto de los conventos y la degollación de los
frailes, en los primeros años del reinado de Isabel II.
--Entonces--dijo Aresti--los padres de la Compañía, avisados con tiempo
no serían víctimas de las turbas.
--A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid--contestó el
lego.--El hermano Garrido era modesto, y se calló la revelación, no
haciéndola pública hasta después que llegó aquí la noticia de los
asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto será algún
día un santo más de nuestra Orden.
Había terminado la visita á la casa de San Ignacio. De un momento á otro
llegarían las señoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el
hermano sentía cierta pena por separarse tan pronto de aquel señor
devoto que le escuchaba sin pestañear como si le admirase.
--¿Quiere usted ver el monasterio?--le preguntó.
Esta invitación no la hacía á todos los visitantes: pero con él era
distinto; él había ido á Roma en peregrinación y había visto el cuerpo
de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galería
cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas
del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jóvenes
que trabajaban de carpinteros y albañiles; mocetones de la montaña que
deseaban emanciparse del terruño, prestando sus brazos á la Compañía
para el trabajo reposado y lento de las casas de religión; libres ya de
la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvación
eterna, sólo con obedecer ciegamente á los superiores.
--¿Quiere usted subir á la biblioteca?--preguntó el hermano.--Tiene poco
que ver: todo en ella es antiguo.
--Lo antiguo era lo mejor--dijo Aresti con gravedad.
--Usted está en lo cierto. ¡Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente
como usted! No como la gente de ahora que sólo lee novelas y libros
malos contra la religión.
La biblioteca estaba en el último piso; una gran sala, por cuyas
ventanas entraba á raudales la luz del sol, viéndose desde ellas los
montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de
la estantería contenían diversas ediciones de clásicos griegos y
latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores
teológicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en
favor y defensa de la Compañía de Jesús. Aresti leía con curiosidad los
nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y á los cuales
atribuía el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en
aquella biblioteca: olía á sepultura.
Descendieron á los claustros. El médico temía encontrarse con algún
Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero á aquella hora
los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros únicamente
pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizándose sin
ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio
varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de
mármol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.
Aresti, solicitado por el lego, entró en una celda de las que servían de
alojamiento á los seglares durante los diez días que duraban los
ejercicios.
--Pobrecito--decía el hermano enseñándola,--pero decentito y limpio.
Aquí vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta
ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras
curiosean su alma.
El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones.
Junto á la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro
se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta.
Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor
artístico, pero de cierto interés histórico. Eran los Padres más famosos
de la Compañía por las aventuras y peligros de su existencia; los
propagandistas del jesuitismo que se habían esparcido por la tierra en
la primera expansión de la Orden recién fundada, ocultando su carácter y
sus fines, amoldándose á los gustos y costumbres de los países donde se
establecieron. Los había con grandes barbas, recios capotes, altas botas
y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por
el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en países de hielo.
Otros vestían la bota floreada de la aristocracia china: habían sido
mandarines, llegando á aconsejar á individuos de la dinastía Celeste. Y
además de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras,
figuraban los mártires, los que habían perecido bajo las flechas de los
tártaros ó los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes
imperios catalépticos é insensibles, había tentado á aquellos
propagandistas de la autoridad y de la vida automática y sumisa.
Aresti vió todo el resto del monasterio: el refectorio, con su púlpito
para la lectura; la capilla, en la que hacían los hombres sus ejercicios
espirituales, colocando los Padres á la puerta una bandeja para que los
jóvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones á la Virgen; la
cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos
sólidos que correspondían á los individuos en cada comida: el salón
acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo
único, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba
prohibido, era mal visto por los superiores.
--Queda la huerta. ¿Quiere usted verla?--dijo el hermano con el deseo de
prolongar algunos minutos más el trato con aquel señor que le escuchaba
con tanta atención.
Salieron á una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo
había una pequeña granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el
hermano con tierna admiración. Los pájaros turbaban el silencio
monástico de aquellos campos, revoloteando en torno de los árboles
frutales.
Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguían
ellos. Era la única persona que paseaba por la huerta.
Aresti lo vió de espaldas y aceleró el paso como sí le acometiese de
pronto una duda y quisiera salir de ella.
--Es un señor muy rico, ¡muy rico!--dijo el hermano, adivinando su
curiosidad.--Está haciendo los ejercicios seis días. Creo que es de
Bilbao y que le llaman...
Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvió oyendo
el ruido de los pasos.
--¡Pepe!...--gritó el doctor.
La sorpresa no le permitió decir más al reconocer á Sánchez Morueta.
--¡Luis!... ¡Primo!...--exclamó éste no menos sorprendido.
Pero, pasada la primera impresión, hizo un movimiento de molestia
semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.
El hermano, á impulsos de su meliflua cortesía, siguió andando para
detenerse á alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo
respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los
Padres, permitiéndole fumar en su cuarto y bajar á la huerta á todas
horas, con otros privilegios no menos importantes que sólo se concedían
á muy contadas personas. El visitante que él acompañaba también adquiría
una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente
con el personaje.
Los dos hombres quedaron mirándose en silencio largo rato.
--¿Tú aquí?...
Y Aresti encerraba en esta exclamación toda la fuerza de su asombro.
Sánchez Morueta sonrió de un modo que su primo no había visto nunca en
él. Era una expresión de resignada modestia, de decaimiento de la
voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de
extraordinario desde la última vez que se habían visto.
Cristina y la niña le acompañaban en los ejercicios. Muchas familias de
lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las señoras en el
hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba allí seis
días y le faltaban cuatro.
--¿Y estás bien? ¿Te gusta esta vida?
--Sí--contestó el millonario con sencillez.--Me sienta perfectamente: no
tienes más que mirarme.
Sánchez Morueta parecía repuesto de su crisis. Nada quedaba en él del
enfermo que había visto Aresti en su última visita á Las Arenas. Su
mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguíneo de sus
primeros tiempos de luchador había vuelto á animar su rostro.
El médico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida
en aquella casa: todas con arreglo á la distribución del tiempo marcada
por el director de sus ejercicios. Se levantaba á las cinco y media de
la mañana; á las seis bajaba á la capilla, leyendo durante media hora
aquel libro que le acompañaba siempre: después meditaba una hora, oía
misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez ó paseando por la
tranquila huerta que los buenos padres ponían á su disposición. Meditaba
de nuevo hasta mediodía en su celda, recibiendo la visita de su
director, rezaba el Vía Crucis en los claustros, comía á la una
descansando de nuevo hasta las cuatro, y á esta hora bajaba á la capilla
para escuchar las pláticas con los otros compañeros de ejercicios. A las
siete era la estación al Santísimo Sacramento, después el Rosario, los
dolores y gozos de San José y el examen de conciencia de todo lo hecho
durante el día: á las nueve la cena y á las diez se acostaba.
Él, que en el mundo podía dar órdenes á miles de seres, gozaba la
extraña dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era
superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el
refectorio, le parecían de una voluptuosidad extraña después de tantos
años de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los
primeros días habían sido duros para él, pero ahora paladeaba la dulzura
de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad,
empequeñeciéndose, pensando á todas horas en la muerte para convencerse
de la humana insignificancia.
El mundo al que había de volver le parecía lejano, muy lejano. Aquel
Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus
agitaciones de lucro, con sus fiebres de egoísmo, de las que no llegaba
nada, absolutamente nada, á aquel tranquilo rincón.
--Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacción que adivino en mi
mujer y mi hija, me llena de alegría. Tengo la certeza de que al salir
de aquí nos querremos más; que constituiremos una verdadera familia
cristiana, como dice....
Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba.
Pero se arrepintió de su duda como de un pecado, y añadió con energía,
queriendo imponer su convicción:
--Los jesuítas no son malos como yo creía torpemente. Debes salir de tu
error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. ¡Ay, si tú los
tratases!
Después habló de Urquiola, que les había acompañado á los ejercicios,
pero había tenido que salir el día antes para Bilbao, llamado por el
Padre Paulí; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones
cerebrales, y sin ambición, que tanto contrastaba con su existencia de
Bilbao.
--Creo, Luis, que si no tuviese á mi mujer y mi hija, aquí me quedaría
para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es:
penas y maldiciones.
Aresti le escuchaba silencioso, mirándolo fijamente, sin pestañear, como
en presencia de un enfermo; de «un caso interesante».
--¿Y qué es eso que llevas ahí?--dijo de pronto, agarrando el libro que
su primo conservaba cerrado en una mano.
Le bastó una ojeada para conocer el pequeño volumen encuadernado en
pasta, con una impresión gruesa y vulgar de libro devoto. Era los
-Ejercicios espirituales de San Ignacio-, explicados por el Padre
Claret, el famoso arzobispo de Trajanópolis, que tanto había influido
sobre los últimos años del reinado de Isabel II.
Aresti conocía el libro. Muchas veces lo había encontrado sobre su mesa
cuando vivía con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad,
hablando de las dos banderas: «la una de Cristo Señor Nuestro, sumo
capitán; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza
humana.» San Ignacio y el Padre Claret llegaban á la elocuencia más
conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de
maldición era tan intenso, «que una sola centella reducía á polvo una
piedra de molino; si caía sobre un globo de bronce lo derretía al punto,
como si fuese de cera, y si en un lago reducido á hielo, lo hacía hervir
en un instante.» Los condenados sentían este fuego en el cerebro, los
dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón,
venas, nervios, huesos, médula de éstos, sangre y hasta en las potencias
del alma», y después de la horripilante enumeración, San Ignacio
preguntaba al alma del pecador con quién deseaba irse, si con Dios ó con
el Demonio. ¡Ah, mísero Luzbel; ridículo pazguato que ofrecía con torpe
malicia las cortas felicidades de la tierra á cambio de una eternidad de
tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las
almas después de los santos ejercicios.
Sánchez Morueta hablaba de éstos. Los primeros días estaban dedicados á
meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Después se
meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la
misericordia de Dios.
--¿Pero tú crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan
vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?
La firme mirada de Aresti turbó á su primo.
--Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me
callo por no molestar á mi director. Pero todo esto me causa cierto
bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve á la
tranquilidad de la niñez. Creo algunas veces que aun me mecen
susurrándome cuentos al oído.
El médico sonreía, y Sánchez Morueta se apresuró á añadir:
--Pero me siento más feliz, más tranquilo que antes. Además, en estas
meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni tú ni
nadie podéis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y
no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ansío, y no
encuentro ante mí nada que conquistar, la tengo mucho miedo.
Y el terror á lo desconocido, á la muerte inevitable, á la eterna
sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto
desesperado.
Aresti recordaba la página de la Muerte en el libro de San Ignacio, una
página de brutal realismo, que hacía temblar á los hombres y llorar de
horror á las mujeres. «Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso
é idolatrado, ya muerto: ya está sepultado, ya cayó.... Luego, se le
acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y
complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza á manar;
también se acercan los ratones, taladran sus vestidos ó mortaja; se
enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan á comer la
lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido.
Mientras tanto, la putrefacción se va aumentando: ya se ve pulular una
grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de
la cara y de todo el cuerpo: ya se concluyó la comida: ya los gusanos
mueren de hambre, dejando allí unos huesos negruzcos y descarnados, que
con el tiempo se calcinarán y convertirán en polvo. Acuérdate, hombre,
que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues
eres hombre de humo ó tierra.»
--¡Lee esto! ¡lee esto!--decía el millonario abriendo el libro por
aquella misma página que tenía señalada, como si fuese su obsesión.--¡La
Muerte!--murmuraba luego.--Se habla de ella muchas veces, pero sin
pensar en lo que realmente es, sin pararse á mirarla de cerca.... ¡Qué
horrible! Luchar toda la vida para dar gusto á la carne, para preparar
el pasto del gusano....
Después, en voz baja, dijo al doctor:
--Debe existir algo después de la muerte. No sé ciertamente si será lo
que aquí dicen ó lo que digan en otra parte. ¿Pero qué pierdo yo con
creer á ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y
bueno es, por si hay algo más allá, ir preparado á todo, sin miedo á
engaños.
Aresti sonrió con lástima, ante aquel espíritu comercial, que examinaba
la vida futura con el mismo egoísmo que si apreciase las probabilidades
de un negocio.
Ahora sí que le decía adiós para siempre. Su primo estaba bien agarrado,
por el egoísmo y el miedo á la muerte, las dos flaquezas de los felices.
--Debías quedarte aquí, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente
simpática. ¿Qué perderías con ello? Aunque no creyeses en todo, podías
callarte y ser feliz. ¿Qué sacas de tanto estudio? ¿Estás seguro de que
todo lo que tú crees es verdad? ¿Y si después de morir te encontrases
con la inmensa equivocación de que hay algo?...
El doctor le estrechó la mano con frialdad, convencido de que se
separaban para siempre, de que en adelante se mirarían con extrañeza,
como si fuesen otros hombres.
Y Aresti salió de la huerta, precedido por el hermano, que ahora
callaba y parecía tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese
escuchado de lejos parte de la conversación.
Antes de salir, aún se volvió para ver á su primo, que le seguía con los
ojos y parecía decirle:
--¡La Muerte, Luis!... ¡Piensa en la Muerte!
X
A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del
mes de Septiembre.
El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas
y las riberas de la ría. Todos mostraban prisa por llegar á la plaza de
Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los
patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los
cuales venían amenazando con una huelga hacía dos meses. La reunión
popular era el -ultimátum- que lanzaban los trabajadores.
Los primeros trenes de la mañana habían trasladado á Bilbao mayores
cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de
la villa.
No todos iban al mitin. Descendían también de los vagones aldeanos con
gruesos garrotes, escoltando á los curas de su anteiglesia. Estos grupos
rurales llegaban para la gran romería que subiría por la tarde al
santuario de Begoña.
El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesuítas y
los bizkaitarras, se encontraban en el mismo día. Un ambiente belicoso,
que excitaba los nervios, haciendo más duras las palabras y más
insolentes las miradas, parecía pesar sobre la villa.
En el camino había apreciado Aresti el estado de los espíritus. El vagón
estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban á la
romería. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban
nerviosamente sus -cachabas-, oyendo las burlas de la gente de las
fábricas.
Callaban porque en aquella vía, invadida por la moderna industria, eran
menos las gentes del campo. ¡Ay, si aquello hubiese sido en la línea de
Durango, por donde descendían los rebaños de la fe para la fiesta de la
tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes á la cabeza!...
Al bajar del tren el doctor Aresti, oyó que alguien le llamaba.
Era el capitán Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones
de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto á
él, husmeaba sus manos.
--¿Buscas la bronca, eh?...--dijo al médico.--Tú vienes porque te gustan
estas cosas, y yo me voy por no verlas.
Se marchaba á cazar -chimbos- á cualquier parte: le interesaba huir de
Bilbao, no ver lo que seguramente ocurriría.
--El aire huele á pólvora, querido -Planeta-: van á llover palos. Al
venir á la estación me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la
que conocí durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos
los que creen que esto marcha mal, se están reuniendo en la plaza de
Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las
iglesias y se enseñan los revólvers en los rincones de las sacristías.
El Padre Paulí predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el
zascandil de Urquiola anda arengando á la juventud salida de Deusto,
para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre
dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en
ver estas cosas.
Aresti le escuchaba con interés. Había hecho el viaje atraído por la
posibilidad de un choque. Deseaba ver cómo los obreros de la montaña, y
los industrialillos de la villa se atrevían por primera vez con el
jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo
que se deslizaba en sus entrañas, después que lo había derrotado por dos
veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubría con la boina
blanca.
--En esto llevas razón, Luis--dijo el capitán enardeciéndose.--Si me
voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba
al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta
para huir. ¡Porra! ¿De qué nos ha servido tanto comer pan de habas y
carne de caballo á los que disparábamos el fusil en las trincheras, si
aquellos á quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los
amos? ¡Cómo está hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin
tropezar con un cura. Los que hace años bombardearon la villa y hoy
darían cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como
señores. Han bajado en manadas para ver á la Virgen, con el revólver en
el bolsillo, y miran á todos con insolencia, como deseando que llegue
pronto el momento de matar perros liberales.
El capitán mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se
mezclase en la lucha. Tenía miedo á su entusiasmo: podía sin darse
cuenta liarse á golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le
irritaba.
--Yo no soy más que un empleado, Luis: un dependiente de Sánchez
Morueta. ¡Y figúrate lo que haría doña Cristina si me viese mezclado en
el jaleo; lo que diría el mismo Pepe, que tan cambiado está!... Bastante
hago con defenderme y quedar á un lado, pues por su gusto iría esta
tarde camino de Begoña.
El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el médico y el marino
hablasen de la gran transformación de Sánchez Morueta. Muy poco había
sabido de él Aresti, después de su encuentro en el monasterio de Loyola.
--Es otro hombre--dijo Iriondo con tristeza.--Aquella casa ya no es la
misma.
Y evitaba dar más detalles, con la prudencia del subordinado fiel que
teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.
--¡Qué porra! Tú eres de la familia y debes saberlo todo. Además, eres
mi amigo y quieres á Pepe. ¡Ay, -planeta-! Aquello ya no es casa, es un
convento, y cualquier día, el que fué nuestro grande hombre acabará por
traernos el Padre Paulí al escritorio, para que dirija á los empleados.
No se separa de él un instante.
Y describía con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban;
todos estaban sobre él: la esposa, la hija, hasta aquel niño
inaguantable de Urquiola, que le decía con la mayor insolencia: «Tío, no
haga usted eso», «tío haga usted lo otro.» Por el momento, Sánchez
Morueta sólo era el tío: pero no acabaría el año sin que el abogadillo
le llamase papá. Se casaba con Pepita y todos parecían satisfechos de
tal matrimonio: la niña, la madre y el Padre Paulí. El millonario
callaba, como si estando contentos los demás no necesitasen consultar
sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba órdenes
imperativamente á los empleados. Hasta con el capitán se atrevía; con el
viejo amigo de Pepe, á quien siempre hablaba éste con fraternal
atención. ¡Porra! ¡A la vejez, después de una vida de noble é
independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes
se retiraría, abandonando á Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el
Pepe que él conoció.
--Cómo nos lo han cambiado, Luis. ¿Querrás creer que un día en el
escritorio, al volver de Loyola, me contó con el mayor entusiasmo que
había hecho una confesión general, un recuento de todos los pecados de
su existencia y me afirmaba que después de esto se sentía con mayor
salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado caída como esta. La
mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. ¿No
sabes la última hazaña de ese pillín?... No la sabrás: todo Bilbao habla
de ella, pero á las minas no llegan estas cosas.
Y relató á Aresti un suceso digno de la sección de tribunales de un
periódico. Urquiola había dado un abortivo á aquella infeliz que vivía
en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una
esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda
del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paulí
le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba
concertado con la primera fortuna de Bilbao, y á viva fuerza había
provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de
la vecindad, habían hecho intervenir en el asunto al juzgado. ¡Un
escándalo, pero nada más! En aquella población todo se doblegaba á la
influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.
--Y Pepe--continuó el capitán,--sin enterarse de nada; y si algo sabe,
como si no lo supiera. Basta que doña Cristina afirme que todo es
mentira para que él lo crea: basta que el Padre Paulí le diga que
Urquiola será un grande hombre para que él escuche impasible sus
necedades y bravatas de cabecilla. ¡Ay, Luis! ¡Qué dominación tan rápida
y absoluta la de esa gente!...
Iriondo describía su influencia extendiéndose á todo lo que estaba bajo
la dirección de Sánchez Morueta, á las fábricas, las fundiciones y hasta
los barcos. Sin respeto á su cargo de inspector de navegación de la
casa, le hacían despedir á marinos viejos que llevaban muchos años al
servicio de Sánchez Morueta, y admitir á otros jóvenes que, apenas
tomaban posesión de su camarote, pegaban frente á la litera una imagen
del Corazón de Jesús. Él no osaba protestar ante el gesto autoritario
del amo, y el miedo á los que, ocultos tras él, regulaban sus palabras y
acciones.
La semana anterior le habían dado orden de despedir á todos los obreros
que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias ó
se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impías. ¡Cristo!
¡Él, á sus años, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana;
obligándole aquellos señores á que enseñase catecismo y buenas palabras
á los cargadores del Nervión!...
--Pues, ¿y en los altos hornos?--exclamó después el capitán,--Allí va á
haber cualquier día una huelga, seguida de la degollina de todos los
beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se
fué Sanabre, aquel chico tan simpático, la fundición es un infierno.
Pepe tendrá cualquier día una sublevación ruidosa, y á los huelguistas
no les faltará motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los
que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van á la
calle, y los talleres se llenan poco á poco de hipócritas, que trabajan
como saben ó quieren, pero que son respetados porque van á misa y se
inscriben en las sociedades de obreros católicos.
El decaimiento moral de Sánchez Morueta, la abdicación de su voluntad,
irritaban al marino.
--Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesión general es como el
traje nuevo de un niño: no se atreve á hacer nada, por miedo á
mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante
á un fraile. No sabe hablar más que de la muerte; de lo que
encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por
arriba y por abajo, y el muy camastrón tiene mejor color y está más
fuerte que nunca. Si yo me atreviera con él como tú, le diría: «Qué
porra: ya sé que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras
la muerte no llega, vivamos cada cual á su gusto, sin hacer la santísima
á los demás, que es lo único en que gozan los que piensan á todas horas
en su alma.»
Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitán se
despidió de Aresti.
--Esta tarde, en la romería, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez
vaya en ella Pepe con su escapulario.
Aresti dió salida á su asombro con un juramento. ¡Quién! ¿Pepe sería
capaz de exhibirse en aquella farsa?...
Iriondo no tenía la certeza de ello pero lo presentía. Era un suceso que
llevaba preocupada á toda la familia durante la semana. La esposa quería
verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los
devotos. ¡Qué triunfo para la religión! Él, después de volver á la buena
senda, no podía negar á Dios el prestigio que daría á la santa causa
esta adhesión pública de un hombre de su fortuna y su poder. El
millonario se resistía, adivinando lo ridículo de esta humillación;
defendíase agarrado á un harapo de su antiguo carácter. Pero todos caían
sobre él, martilleando la débil corteza de su voluntad reblandecida. La
madre y la hija se lo suplicaban. ¡Las daría tanto placer con ello!...
El Padre Paulí hablaba con desprecio de los cobardes que sólo aman á
Dios en su casa y temen manifestarlo públicamente, y el matoncillo
Urquiola hacía burla de los que no se atrevían á salir á la calle por
miedo á los impíos.
--Irá, estoy seguro--dijo el capitán con tristeza.--Lo arrastrarán, la
familia de un lado, y de otro el miedo á parecer cobarde. ¡Adiós, Luis,
y ten prudencia! Mira que hay cerrazón en el horizonte y la borrasca de
esta tarde va á ser de cuidado.
El doctor subió la larga escalinata de la estación, y al salir al puente
del Arenal vió muchos balcones colgados con trapos de colores é
inscripciones en loor de la Virgen de Begoña. En las Siete Calles, lo
más típico y tradicional de la población, las casas empavesadas ofrecían
el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre
banderas el mismo rótulo en honor de la -Señora de Vizcaya-. Las gentes
mirábanse con aire hostil; la población, dividida en dos bandos, parecía
estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa
contemplaban con simpatía ó con odio á los grupos de campesinos y de
obreros, según eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al
vecino, y todos decían lo mismo en sus conversaciones.
--¡A la tarde!... ¡Oh, á la tarde!...
Aresti, después de errar más de una hora por la villa, se encontró al
atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que
le saludó con un gruñido, llevándose con cierta violencia la mano á la
boina.
--Ya sabe usted, doctor, que usted es el único burgués que yo saludo.
Era el -Barbas-, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas
de vagancia encogido en el suelo, inmóvil, como un profeta de horrores,
escupiendo amenazas é insultos sobre los ricos del país. Hacía tiempo
que habían demolido su barraca, después de socavar el suelo. La vieja
compañera había muerto de miseria y él vagaba por las minas, durmiendo á
la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta
limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de él, miraba
con ojos feroces á los obreros.
--¡Bestias!--les gritaba como si cometiesen un crimen.--¡Tenéis la
dinamita en vuestras manos y la empleáis en eso!...
El doctor contestó á su saludo alegremente.
--¡Compañero! ¿Tú aquí?...
Había llegado por la mañana en un tren lleno de obreros. Por supuesto,
sin billete; los compañeros querían pagárselo, pero él había protestado,
ocultándose para viajar sin que los burgueses le explotasen.
--¿Y el mitin?--preguntó Aresti.--¿No vas al mitin?
El -Barbas- hizo un mohín de desprecio. Él no perdía el tiempo en
bobadas. Se sabía de memoria todo lo que allí podían decir. Necedades y
cobardías. Pedir más jornal ó que lo pagasen de este modo ó del otro;
reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que
trabaja. ¡Como si esto sirviese de algo! Eran unos -cataplasmeros-. Y en
esta palabra envolvía todo su desprecio á los que buscaban con reformas
paulatinas y con una organización fuerte y disciplinada el mejoramiento
del obrero.
--Cataplasmeros, doctor--gritaba.--Nada más que cataplasmeros. Este es
un país acostumbrado á la disciplina y á la autoridad: por eso el pobre
que en otro tiempo fué carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas
organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco
á poco. Pero ya se cansarán de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero
y entonces seguirán al -Barbas- y á otros como él, y en veinticuatro
horas se arreglará todo ó acabará todo. El pobre pide justicia y la
justicia ni se solicita á pedazos ni se regatea: se toma como se puede,
aunque acabe el mundo.
Después explicó por qué había hecho el viaje. Únicamente le atraía lo
que pudiera ocurrir por la tarde. Quería convencerse de que los pobres
se atrevían por fin con los ricos: deseaba ver cómo corrían todos los
enemigos por él odiados, sin que les valiese la protección de los ídolos
celestiales á los que levantaban palacios, mientras él vagaba por el
monte como un perro sin abrigo.
La esperanza del choque y de la lucha le estremecía de placer. Husmeaba
el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha
oliendo la pólvora.
--¡Bronca!... ¡Ya se ha armado!--exclamó con alegría, mirando al otro
lado del puente.
Por la avenida del ensanche corría á todo galope un grupo de jinetes de
la guardia civil. En último término, veíase una gran masa de gente, una
mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.
Era el público que salía del mitin y se detenía ante los balcones de las
mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la -Señora de
Vizcaya-. La gente silbaba: comenzaban á volar las piedras por encima
de la negra masa: caían con estrépito las vidrieras rotas.
Aresti se vió solo. El -Barbas- corría hacia el gentío, dando gritos de
entusiasmo. ¡Duro, duro! ¡No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el
doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre,
lentamente, avanzaba su pesado oleaje con dirección al Arenal. La
caballería, impotente para contenerla, se limitaba á ir con ella,
creyendo evitar así mayores desmanes.
Pasó la manifestación el puente, extendiéndose por el Arenal y las
calles inmediatas. Eran obreros en su mayoría y jóvenes de la población
cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos
aclamaban á la Revolución social; otros daban vivas á la República;
algunos gritaban ¡viva España! ante las inscripciones en vascuence,
viendo en estas loas á la -Señora de Vizcaya- un hipócrita insulto á la
integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella
Bilbao dominada por la Compañía de Jesús y formada á su imagen.
El grito de ¡abajo los jesuítas! era contestado por un rugido unánime de
la masa. En las calles inmediatas al Arenal caían á pedradas los
cristales. Algunos chicuelos subían por las fachadas con agilidad de
monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoña, dejándolas
caer sobre el gentío, que las hacía pedazos.
Una noticia circuló como un relámpago por la gran masa detenida en el
Arenal. Estaban prendiendo fuego á la iglesia de los jesuítas. Una parte
de la manifestación, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo,
rociándolo con petróleo. Ya ardían las puertas.
La guardia civil corrió allá á todo galope, abandonando la
manifestación. Aresti sentía un entusiasmo casi igual al del -Barbas-.
¡Ya ardía el odiado cubil! ¡Bilbao despertaba!...
Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas sólo habían sido
chamuscadas: la presencia de la autoridad había disuelto el grupo
incendiario, extinguiendo el fuego.
Era ya más de mediodía. Los grupos se aclaraban: todos se iban á comer.
Aquello sólo había sido el prólogo de lo que ocurriría después.
--A la tarde, aquí--se decían unos á otros al alejarse.
Aresti entró en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba
también de lo que ocurriría por la tarde. A las tres estaban citados los
de la peregrinación en el Arenal. Llegarían en varias procesiones desde
las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San
Nicolás. El plan había sido preparado con el propósito de llamar la
atención, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia,
desafiando á los enemigos.
Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decían que el
gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que
desistieran de ella. El Padre Paulí se negaba rotundamente, invocando
hipócritamente la libertad. Su acólito Urquiola hablaba de la batalla de
la tarde con aires de caudillo.
Algunos mostrábanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse
la romería. Al fin, era un suceso que -amenizaba- la vida monótona y
gris de la población. Aresti no dudaba de que se verificase. Conocía á
los organizadores, y su propósito de excitar á la impiedad naciente,
para darla la batalla y afirmar así su dominación que creían en peligro.
En una mesa cercana disputaban dos señores.
--Me he fijado bien en la manifestación--gritaba uno de ellos.--Todos
eran Pérez y Martínez, todos -maketos- é hijos de -maketos-, mala gente,
de la que ha invadido nuestro país. No iba ni uno que tuviera los cuatro
apellidos vascongados.
Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhibían como una
prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.
--Pues, yo los tengo--gritaba su interlocutor con acometividad,--y digo
que deseo que esta tarde les rompan el alma á los de la romería, y
¡ojalá arrastren á todos los jesuítas!
La división que perturbaba á la villa, mostrábase, también en el
restaurant, impulsando á unos parroquianos contra otros faltando poco
para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.
A las dos volvió Aresti al Arenal. Formábanse de nuevo los grupos cerca
del puente, mirando con hostilidad á los aldeanos que pasaban camino de
las parroquias. Circulaban por el gentío las más contradictorias
noticias. Ya no se verificaba la romería: oponíase á ella el gobernador,
al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban
despreciativamente «el cónsul de España». Después corría de boca en boca
la certidumbre de que iba á celebrarse la fiesta. Se estaban formando
las comitivas en cada parroquia: pronto llegarían al Arenal para
reunirse todas en San Nicolás.
Y la gran plaza ennegrecíase de gentío inquieto. Una masa de cabezas
cubría las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba
desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba
instintivamente la gente: un vacío que parecía destinarse al choque de
unos y otros.
Aresti se sintió de pronto arrastrado por un violento empellón de la
muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estalló
una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones
interrumpidas por tiros.
Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivén tempestuoso los
estandartes de la primera procesión. El médico, sin saber cómo, en uno
de los empujones de la multitud, se vió en mitad del Arenal, cerca del
desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los
hombres, empuñando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario
de la Virgen de Begoña; las mujeres escoltaban á los curas, mirando á la
muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanáticas. Cesaron los
disparos al entrar la procesión en la plaza. Entonaban los romeros un
himno en vascuence á la Señora de Vizcaya, y de los grupos salía, como
respuesta, -La Marsellesa- ó -La Internacional-.
Agrupáronse los devotos ante la portada de San Nicolás, y la muchedumbre
avanzó lentamente hacia ellos. Estrechábase el espacio entre unos y
otros, los palos levantábanse amenazantes, los insultos alternaban con
los cánticos. De repente, el gentío se hizo atrás, volviendo sus mil
cabezas. Una nueva procesión llegaba por el puente. Se había reunido en
la Residencia de los jesuítas: era lo más brillante del ejército devoto
que iba á subir á Begoña; el -señorio- de Bilbao, en el que figuraban
las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los
alumnos de Deusto. Los Padres de la Compañía más famosos, presidían las
asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad
creciente del pueblo.
Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se
viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los
bolsillos, marcándose en la tela el rígido contorno de las armas de
fuego. Las señoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas
por la actitud hostil del gentío, como damas altivas que no temen al
mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio á toda aquella
balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas
familias querían darles.
Estalló un trueno de gritos, insultos é imprecaciones. Aresti vió pasar
á Urquiola con el revólver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de
Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder
realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores sólo intentaron en las
montañas inmediatas, durante los dos famosos sitios.
--¡Viva Vizcaya! ¡Viva la religión y Nuestra Señora de Begoña! ¡Mueran
los liberales!
Algunos discípulos de la Universidad jesuítica, pareciéndoles estas
aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas á la Unidad Católica, y los
aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que
aquello significaba, pero adivinando que debía ser algo contra los
impíos de la odiada Bilbao.
Aresti vió pasar á la mujer y la hija de Sánchez Morueta. Después á las
de Lizamendi en un grupo de señoras, con la falda ceñida y el andar
arrogante. Miraban á todos lados como si buscasen á alguien entre el
gentío hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron
satisfechas de no haberse equivocado. ¡También estaba allí!... El mal
hombre estaba donde le correspondía. El médico vió la mirada de
resignación y de lástima que su mujer dirigía al ciego, como si
pidiese, con lamentos de víctima, perdón para su alma perdida. Luego vió
destacarse de un grupo de sotanas á su enorme primo, que marchaba con la
cabeza descubierta, brillando la condecoración de la Virgen entre la
celosía de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil
desconocida por Aresti.
El médico no pudo ver más. Creyó de pronto que se abría el suelo de la
plaza y que huían todos, chocando unos contra otros con el terror de la
fuga. Algunos palos rompiéronse en pedazos; sonaban las espaldas al
recibir los golpes con un ruido de cofres vacíos; caían muchos con la
cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huían, y
comenzaron á sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros
de los revólvers.
Corrían las señoras á refugiarse en San Nicolás, y los curiosos de las
aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los
cafés, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.
En un momento se formó un gran vacío en la plaza, quedando sembrado el
suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban,
manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por
los grupos hacia las farmacias más próximas. Mientras tanto, continuaba
el combate entre los más resueltos de una y otra parte.
De la portada de San Nicolás salían descargas cerradas, disparos de
revólvers baratos comprados el día antes por los organizadores de la
romería, balazos sin dirección, que iban á perderse en la arena del
paseo ó se incrustaban en los árboles. La mayoría de los obreros
carecían de armas y se batían con los puños ó con palos, profiriendo en
la exaltación de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoña y sus
devotos. La batalla se había fraccionado: peleábase en grupos sueltos ó
individualmente. Los mismos compañeros no se reconocían, y muchas veces
se golpeaban, creyendo herir á un enemigo.
Aresti permanecía inmóvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las
balas que á corta distancia de él levantaban las cortezas de los
troncos. Sentíase empujado de un lado á otro por los empellones de los
combatientes, viéndolo todo al través de una niebla gris, como si el sol
se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le
hacían tropezar, y de los que salían gemidos dolorosos.
En este crepúsculo del atolondramiento creyó ver á un cura enorme que se
recogía el manteo con una mano y con la otra disparaba su revólver sobre
un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.
--¡Tú acabarás!--decía blandiendo una faca y desviándose de un salto
cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntándole.
Y cuando el cilindro del arma rodó sin que saliera ya ninguna
detonación, el obrero, con una risa feroz, se abalanzó sobre el cura,
abrazándolo, cayendo con él al suelo, hundiéndole en la espalda el arma
con tanto ímpetu, que la hoja quebróse en dos pedazos.
Aresti creyó que se había desplomado un árbol sobre sus hombros. Fué un
golpe que le sacó de su aturdimiento, haciéndole rugir de ira: un
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