El intruso
Vicente Blasco Ibáñez
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
EL INTRUSO
--NOVELA--
22.000
F. Sempere y C.ª, Editores
CALLE DEL PINTOR SOROLLA, 30 Y 32
VALENCIA
1904
I
Comenzaba á clarear el día cuando despertó el doctor Aresti, sintiéndose
empujado en un hombro. Lo primero que vió fué el rostro de manzana seca,
verdoso y arrugado de Kataliñ, su ama de llaves, y los dos cuernos del
pañuelo que llevaba la vieja arrollado á las sienes.
--Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues
que vaya.
Comenzó á vestirse el doctor, después de largos desperezos y una rebusca
lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbordándose de
los estantes de la inmediata habitación, se extendían por su dormitorio
de hombre solo.
Dos médicos tenía á sus órdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel
día estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames
desde la noche anterior, para curar á varios mineros heridos por una
explosión de dinamita.
Kataliñ le ayudó á ponerse el recio gabán, y abrió la puerta de la calle
mientras el doctor se calaba la boina y requería su -cachaba-, grueso
cayado con contera de lanza, que le acompañaba siempre en sus visitas á
las minas.
--Oye, Kataliñ--dijo al trasponer la puerta.--¿Sabes quién es el muerto?
---El Maestrico- disen. El que enseñaba por la noche el abesedario á los
pinches y era novio de esa que llaman -La Charanga-. ¡Cómo está
Gallarta, Señor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vasía.
--Lo de siempre--murmuró el médico.--El crimen pasional. A estos
bárbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer.
Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llamó desde la puerta.
--Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San José y que le
esperan en Bilbao. No haga á su primo una de las suyas.
Aresti notó la entonación de respeto con que hablaba la vieja de aquel
primo que le había invitado á comer por ser sus días. En todo el
distrito minero nadie hablaba de él sin subrayar el nombre con una
admiración casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y
poderío, le temían como á una fuerza omnipotente.
El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el gabán, estremeciéndose de
frío. El cielo plomizo y brumoso se confundía con las crestas de los
montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta
descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del
Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirmó los
lentes y siguió adelante todavía soñoliento, con esa pasividad resignada
del médico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus
zapatos de monte se pegaban al barro; la -cachaba- iba marcando con su
lanza un agujero á cada paso.
La noche anterior había cenado Aresti con unos cuantos contratistas de
las minas, lo más distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban
camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos
camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se
pegaban al médico acosándolo con toda clase de agasajos. Despertaba en
ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en el
extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir
entre ellos, en la sociedad primitiva y casi bárbara del distrito
minero. Esto les halagaba como si fuese una declaración de superioridad
en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los -chimbos- de
Bilbao. Además, respetaban al doctor con cierta adoración supersticiosa
porque era primo hermano de Sánchez Morueta y éste no ocultaba su gran
cariño al médico...
¡Sánchez Morueta! ¡Cómo quién dice nada! Hacía muchos años que no había
estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurrían los meses sin
que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los más
íntimos del famoso personaje. Pero ya se podía preguntar por él, lo
mismo al gobernador de Bilbao que al último pinche de Gallarta: nadie se
mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se veían
minas y más minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos
inclinados, tranvías aéreos, rebaños de hombres atacando las canteras:
de él, todo de él. Y de él también, los altos hornos que ardían día y
noche junto al Nervión, fabricando el acero, y gran parte de los vapores
atracados á los muelles de la ría cargando mineral ó descargando hulla,
y muchos más que paseaban la bandera de la matrícula de Bilbao por todos
los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un
sinnúmero de fábricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que
funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se
dejaba ver, pero se sentía su presencia en todas partes. Podía hacer á
un hombre rico de la noche á la mañana con sólo desearlo. Hasta los
señores de Madrid que gobernaban el país le buscaban y mimaban para que
prestase ayuda al Estado en sus apuros y empréstitos. ¡Y el doctor
Aresti, amado por Sánchez Morueta con un afecto doble de padre y de
hermano, se empeñaba en vivir fuera de su protección, más allá de la
lluvia de oro que parecía caer de su mirada y que hacía que los hombres
se agolpasen en torno de él, con la furia brutal de la codicia,
obligándolo á aislarse, á permanecer invisible, para no perecer bajo el
formidable empujón de los adoradores!... La única merced que el médico
había solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la
cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perecían
faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama
de práctico de los hospitales de París, con la popularidad que le habían
dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fué á aislarse en las
minas, cuando aún no tenía treinta años, viviendo en una casita de
Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.
Los contratistas, los capataces, los -químicos-, toda la gente que
formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba á Aresti, poniendo en
su adoración algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio á
las riquezas materiales.
--Le gusta vivir con nosotros--decían con orgullo.--Mejor prefiere una
merienda con gente de boina que un banquete en el palacio que Sánchez
Morueta tiene en Las Arenas... ¡Ser primo de Don José y pasarse meses
sin verlo!... ¡Pero qué famoso es el doctor!
El mísero rebaño de los mineros, albergado en los barracones y cantinas,
tenía una fe ciega en su ciencia, le miraba como á un brujo capaz de los
mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano.
Pasaban por los caminos de la montaña un sinnúmero de lisiados, que, al
conservar la vida después de horribles catástrofes, proclamaban la
maestría del cirujano.
--¡Que venga Don Luis!--gemía el minero herido por la explosión de un
barreno, ó el pinche casi enterrado por un desprendimiento de la
cantera.
Y al ver con la mirada vidriosa de la agonía los lentes del doctor, sus
ojos irónicos bajo unas cejas mefistofélicas y la barba en punta llena
de canas precoces, los infelices sentíanse animados por repentina
confianza; no percibían la llegada de la muerte, esperando hasta el
último momento el milagro que había de salvarles.
Los otros médicos del distrito eran recibidos por los enfermos con
triste resignación. ¡Don Luis: sólo el doctor Aresti! Y las señoras de
Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se
aburrían en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo,
sentían enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, sólo por
el gusto de hablar con el doctor, que á más de su ciencia llevaba con él
algo de la grandeza de Sánchez Morueta y de las altas clases de Bilbao
hasta las cuales soñaban con llegar algún día. Los maridos no
necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los
asuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, le
buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagruélicas.
Le llevaban con ellos á las pruebas de bueyes y las apuestas de
barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de
la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.
La noche anterior, Aresti se había acostado tarde. Ya que había de comer
en Bilbao invitado por -Don José- (que así era conocido por antonomasia
el poderoso Sánchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igual
nombre, no querían dejar de obsequiar al doctor. Y hasta más de media
noche duró la cena en el fondín principal del pueblo: un banquete de
platos populares y substanciosos, tales como los soñaban aquellos ricos
improvisados en su época de hambre: conejos de monte, gallinas en toda
clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile
de viandas vulgares rociadas desde la primera á la última con champagne
de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el
distintivo de la riqueza; lo único que habían podido copiar de las
clases elevadas. Lo querían del más caro para que constase bien su
opulencia y lo gastaban á cajas, abriendo á golpes las botellas, riendo
como niños cuando el líquido se derramaba por el suelo, mojándose unos á
otros con la espuma, bebiéndolo en tanques y llenando á veces las
palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que á
los postres nunca dejaba de producir hilaridad.
Aresti sonreía recordando la fiesta de la noche anterior, las
extravagancias infantiles de aquellos rústicos, enriquecidos rápidamente
é imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y
laboriosa que llevaban en el monte.
Sin detenerse en su marcha, el doctor contempló largo rato una colina
roja que se alzaba á un lado del camino. Aquella tumefacción del paisaje
era obra del hombre. La montaña se había formado espuerta sobre
espuerta. A su sombra habían nacido Gallarta y la riqueza del distrito.
Era la escoria de la mina de San Miguel de Begoña, la explotación más
famosa de las Encartaciones: toda de mineral -campanil- y del más rico.
Allí habían comenzado su fortuna Sánchez Morueta y otros potentados de
Bilbao. Sólo quedaba como recuerdo la montaña de escoria. El dinero
estaba en la villa, y en las entrañas de la tierra los siervos anónimos
que habían dejado parte de su existencia en el arranque del mineral.
Aresti vió un grupo de gente á un lado del camino. Pasaban corriendo
junto á él chiquillos y mujeres. A veces se detenían para llamar á los
que estaban en los desmontes inmediatos.
--¡Ené! ¡Han matado al -Maestrico-! ¡Vamos á verlo!
Y seguían corriendo hacia el gentío, en el cual se destacaban los negros
uniformes y las boinas con chapa de una pareja de miñones. Algunos
muchachuelos, pinches de las minas, llegaban atraídos por el suceso,
llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos.
Familiarizados con el explosivo, metíanse entre los grupos empujando
para abrirse paso y ver al muerto.
En medio del camino estaban inmóviles varias carretas con sus bueyes de
raza vasca, pequeños, de patas finas, con una piel de carnero entre los
cuernos adornando el yugo.
Al llegar el doctor se abrió el compacto grupo, dejando ver un hombre
tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangre
formaban una máscara sobre su rostro. Aresti no tuvo más que inclinarse
para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes.
El juez municipal, un contratista de los que habían cenado con Aresti,
le habló del suceso, lamentando el madrugón que le había proporcionado.
El pobre -Maestrico- debía haber muerto casi instantáneamente. Tenía un
golpe en el corazón, una de aquellas puñaladas que sólo se veían en las
minas donde vive tanta gente salida del presidio. Además, le habían
herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Debían ser dos los
que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volvía de Bilbao. Para
el juez, el suceso no ofrecía dudas. De allí iría á prender á los
culpables sin miedo á equivocarse.
Recordaba á Aresti, en pocas palabras, la historia del muerto; un
andaluz, de carácter triste y pocas palabras que había rodado por el
mundo buscándose la vida en América en cien oficios, y trabajando en
todas las minas de España. Por las noches, cuando volvía del trabajo,
daba lecciones á los pinches. Vivía á pupilo en casa de los padres de
-la Charanga-, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta á la
chavalería de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado
de presidio, un rebelde que iba de una á otra cantera despedido siempre
por su insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atención
por su faja de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un
arsenal de armas oculto. El -Maestrico- se había enamorado de -la
Charanga- con la pasión reconcentrada y silenciosa de un hombre de
cuarenta años. Los padres le querían, alabando sus costumbres sobrias,
su actividad para ganarse la vida; y la muchacha, en su diferencia de
bestia alegre, decía que sí á todo, continuando sus relaciones con el
matoncillo. Iban á casarse en aquella misma semana. El -Maestrico- había
marchado el día anterior á Bilbao para comprar algunos regalos á la
novia y, al regreso, el amante y su padre le habían esperado en el
camino.
Aresti oyó unos gemidos á su espalda. Entre el gentío, un minero viejo
se llevaba las manos á los ojos.
--Antón... pobre -Maestrico-. ¡Matar á un hombre así! ¡Tan bueno!...
¡tan trabajador!
Era el padre de -la Charanga-, que lloraba ante el cadáver de su pupilo.
El médico se fijó en el abultado abdomen del muerto, é hizo que un miñón
desliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de mujer con la suela
blanca y el charol deslumbrante; el calzado con que sueñan las muchachas
de las minas como una elegancia suprema. El pobre -Maestrico- había ido
á la villa para comprar este regalo á su novia.
Se abrió el grupo con cierto rumor de curiosidad, como á la llegada de
un personaje esperado. Era -la Charanga-, con las manos en las fuertes
caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado,
mostrando al sonreír sus dientes agudos de loba impúdica.
--¿Pero es verdad que han matao á -ese-?...
Y fijaba su mirada en el médico, con la misma expresión de lúbrica
generosidad con que muchas veces le había invitado á seguirla cuando le
encontraba en el campo. Después contempló el cadáver fríamente, sin
emoción, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompió á reír.
--¡Rediós! ¡Pus ya podía yo anoche esperar mis botas!...
Fué todo lo que se le ocurrió ante el cadáver del que iba á ser su
marido. Y rompiendo á codazos por entre los hombres que se conmovían al
contacto de sus caderas, salió del grupo, alejándose con soberbia
indiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor á ella iba á ir á
presidio.
--¡La bestia!--dijo el médico al juez, siguiéndola con la mirada.--La
hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machos
se maten por poseerla... Esto sólo se ve aquí.
Y Aresti sonreía con la satisfacción del naturalista que contempla en
su gabinete un animal extraordinario.
Llegaban de Gallarta nuevos grupos atraídos por la noticia del
asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de miñones en
busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cadáver,
llevándolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor
emprendió el regreso y, cerca ya de Gallarta, notó que un muchacho de
unos catorce años, un pinche de los que trabajaban en las minas, le
seguía, marchando tan pronto á su lado como delante, siempre volviendo
la cara hacia él, mirándole con unos ojos desmesuradamente abiertos,
suplicantes y vidriosos como si fuesen á saltarles las lágrimas.
--¿Qué se ofrece caballero?--dijo Aresti con su voz alegre que parecía
esparcir la confianza entre los desgraciados.
--Señor dotor--gimió el muchacho.--Mi padre... mi pobre padre.
Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se
ahogaron las palabras en su garganta y rompió á llorar.
Aresti se fijó en él. No era del país: debía ser -maketo-, de los que
llegaban en cuadrillas de Castilla ó de León, empujados por el hambre,
atraídos por los jornales de las minas. Un pantalón azul, con piezas
superpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre sus
zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprimía una
camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la
maraña de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de
una boina vieja. Olía á juventud descuidada, á ropas mantenidas sobre la
carne meses enteros. Aresti conocía este perfume de las minas; el hedor
de los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la
misma envoltura.
--Tu padre... ya te entiendo--dijo bondadosamente.--¿Y qué le ocurre á
tu padre? Vamos á ver.
El pinche se explicó trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga,
en una casa de peones, muy enfermo; se moría. Al amanecer había querido
levantarse para ir al trabajo como los demás compañeros, pero le ardía
la piel, deliraba. El día antes había llovido y se mojó en la cantera.
Él, que era su hijo, se había quedado para cuidarle. ¿Pero cómo,
señor?... Estaba muy malo, mucho. ¡Para que él se hubiera decidido á
perder el jornal del día!...
Y el muchacho repitió lo de la pérdida del jornal varias veces, dándole
con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostración
de la gravedad del enfermo.
Aresti creyó consolarle, prometiendo que enviaría al médico que estaba
en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompió á llorar
de nuevo.
--Señor dotor... Usted, sólo usted... Se lo pido por lo que quiera más
en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe más que todos
juntos. La gente dice que usted hace milagros...
Y apoderándose de una mano del doctor, se la besó repetidas veces sin
saber qué decir, como si estas muestras de veneración fuesen todo su
lenguaje y con él quisiera convencer al médico.
--Basta, muchacho--dijo Aresti riendo.--No sigas. Iré á Labarga para que
no me beses más con tu cara sucia... Buena se va á poner Kataliñ cuando
sepa que subo al monte.
El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habló con menos
dificultad contestando á sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y
habían venido á las minas su padre y él con seis paisanos más. Hacía
tres años que realizaban este viaje á la entrada del invierno. Ellos
tenían allá su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las
mujeres se encargaban de los campos durante el frío y los hombres
emprendían la peregrinación á Bilbao en busca de los jornales fabulosos,
de once reales ó tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el
país. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y
plantar la del año próximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era
dura, morían algunos; pero se podía volver á casa con buenos ahorros.
--Yo, señor dotor, gano siete reales: mi padre once ú doce. Damos un
real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aquí todo va por
las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral
destroza mucho. Además, casi todas las semanas llueve en esta tierra y
no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos á
casa á los diez meses con cuarenta ó cincuenta duros.
--Pues vais á ser ricos cualquier día--dijo Aresti.
--¡Quia! ¡no señor!--contestó el muchacho cándidamente.--Ricos nunca lo
seremos. ¡Aun si ese dinero fuese para nosotros!...
--¿Es que lo regalais?...
--Se lo llevan los mandones. Con él pagamos la contribución.
Aresti caminó un buen rato en silencio, admirando una vez más la
sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituada
á las privaciones, sin la más leve vegetación de ideas de protesta en su
cerebro estéril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de
campamento, encorvados ante la piedra roja, arañándola de sol á sol con
un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentación,
acelerando día por día la ruina de su organismo; y este sacrificio
obscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad ridículo
sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y
pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado.
Al entrar en Gallarta, el médico pasó apresuradamente ante su casa,
temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida al
monte.
--Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y aún he de tomar el tren
para Bilbao.
Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta
empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajustándose
á todas sus tortuosidades. Eran míseros edificios construidos con
mineral en la época que éste no era tan buscado; gruesos paredones
agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse y
los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes
aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates
del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los
establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas
ventanas con vidrios empañados servían de escaparates, exhibiendo
zapatos ó quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa,
enviados á las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. A
causa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendas
tenían varios peldaños ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran
profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar á ellas. Los
establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La
calle, con sus tiendas estrechas y lóbregas y sus casas de poca altura,
hacía recordar la tortuosa vía de una población árabe. Algunas carretas
permanecían detenidas á las puertas de las tabernas, moviendo los
bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro
gritaban los conductores ante los vasos de vino.
Aresti tenía buenas piernas, acostumbrado como estaba á aquel país
montuoso, y apoyándose en la -cachaba- seguía sin dificultad al pinche
que casi corría por el camino, con dirección á Labarga, uno de los
barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotación minera. Así
como ascendían por el áspero camino, era más fuerte el viento y se
ensanchaba el paisaje. Agrandábanse los montes y se velaban los valles
bajo la bruma de la mañana. Por la parte del mar, el Serantes, que
guarda la desembocadura de la ría de Bilbao, recortaba sobre el cielo
plomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus pies
extendía el mar su ancha faja obscura, cortada á trechos por otros
montes más bajos, metiéndose en triángulos, tierra adentro, en forma de
ensenadas y rías.
Hacía algún tiempo que el doctor no había subido á pie la cuesta de
Labarga y encontraba cierta novedad al espectáculo. Sin dejar de andar,
iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al
pie de Serantes, era San Pedro Abanto; más allá, al lado de una ría,
alzábase la montaña de Somorrostro. Dos nombres famosos que conocía toda
España después de la guerra civil. Como una resurrección de aquella
lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas
inmediatas al camino, tembló la tierra con sorda trepidación y
estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por
el aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban á una hora
fija, por la mañana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus
cornetas para que se alejase la gente. Más allá de las minas inmediatas
sonaron nuevas detonaciones, y luego otras más lejanas, estremeciéndose
toda la cuenca minera con un incesante cañoneo como si tronasen baterías
ocultas en todos los repliegues y cúspides de los montes.
Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las
Encartaciones, cuando el ejército liberal intentaba levantar el sitio de
Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de
la guerra y la destrucción, habían popularizado los nombres de dos
humildes aldeas de Vizcaya. Él no había presenciado los combates; pero
como si los hubiera visto, después de escuchar su relato tantas veces á
los viejos del país y á muchos de los contratistas que eran entonces
aldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al
cura de su anteiglesia, habían tomado las armas en defensa del Señor y
los Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales del
llano, habían matado de un certero cañonazo á los dos mejores generales
del carlismo. Después, el médico miraba el monte de Somorrostro con sus
ásperas pendientes, aislado, lúgubre como una pirámide. Aún se
encontraban osamentas al cavar en las faldas. Allí había sido la gran
carnicería: los batallones del gobierno, la infantería de marina, con la
bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro,
pugnaban por subir á lo más alto para vencer al enemigo, y éste los
fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fría
anticipación, y pareciéndole poco mortífero el fusil, apelaba á
procedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde las
alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las
minas, y estos carros de la muerte descendían saltando de peñasco en
peñasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba á cada choque, á
cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los
celtíberos bárbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas
locas rompían las masas de pantalones rojos ó azules que en vano
intentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su férreo volteo, hacían
crujir los huesos, deshilachaban los músculos, y, manchadas de sangre,
seguían rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destrucción.
--¡Imbéciles! ¡imbéciles--repetía mentalmente el doctor.
Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos
montes y en otros de más allá; en todos los que dormían eternamente en
las entrañas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una
simple cuestión de personas, hábilmente explotada en nombre del
sentimiento religioso y de la repulsión que siente el vascongado por
toda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro.
Contrastando con estos recuerdos de una época de violencias, rodeaban al
doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el
movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra.
Los tranvías aéreos para la conducción del mineral apoyaban sus cables
sobre los robustos postes y deslizándose por ellos, pasaba el rosario de
tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despeñaderos,
descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los
descargaderos de Ortuella, la vía férrea del Triano, que es el
respiradero de las minas.
En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corrían sobre los
rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas por
caballos, empujadas otras por hombres. Veíanse grandes plataformas de
madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los vehículos
amarrados á una cadena sin fin. La vía automática de una compañía
extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que
parecían seres animados. Los vehículos rodaban en dos filas, en opuestas
direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su
camino en línea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y
atravesando las alturas por túneles pendientes que los devoraban.
El paisaje aparecía trastornado por la mano del hombre. El minero
violaba á la Naturaleza, volcándola, desordenando sus ropajes. Todo
había cambiado de lugar. Las cumbres habían sido echadas abajo por la
piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban
convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecían desgarradas:
lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el
pavoroso corte del despeñadero. Habíase cambiado el curso de las aguas;
las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escapábanse ahora con
rezumamiento fangoso por las angostas galerías que perforaban las
pendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era su
carne, mostraban el armazón calcáreo, la triste osamenta. Los prados de
otras épocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo
había desaparecido, como si soplara sobre aquellas montañas un viento de
fuego. Sólo quedaba el pedrusco férreo, el terrón rojo, la tierra
codiciada por el hombre, que parecía haber ardido con interna
combustión. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante.
Crecía la hierba allí donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las
plataformas carcomidas, delatando una explotación abandonada. En estos
rincones pacían algunos rebaños de ovejas panzudas, de largas lanas,
dando con sus esquilas una nota de calma pastoril á aquel paisaje
desolado que parecía recién surgido de una catástrofe geológica.
El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de
esos cráteres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad de
sus convulsiones. Parecía imposible que aquella profundidad fuese obra
del hombre en tan pocos años. Abajo, las cuadrillas de mineros, atacando
el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos.
Los caballos parecían por su tamaño escapados de una caja de juguetes.
Aresti, ante este desgarrón de la corteza terrestre que mostraba al aire
sus entrañas, recordaba las formas y colores de las piezas anatómicas
reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como
huesos; las fajas de mena rojiza tenían el tono sanguinolento de los
músculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso
de los intestinos.
A un extremo de la gigantesca excavación la montaña se había venido
abajo, formando una cascada inmóvil de ondas de tierra y enormes
pedruscos. El médico recordaba la catástrofe ocurrida cuatro años antes.
La cantera se había derrumbado, cogiendo en su caída á una cuadrilla de
obreros que trabajaba en su base. Unos habían perecido aplastados
instantáneamente: otros habían quedado enterrados en vida, en un
socavón, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La
gente acudía para pegar sus oídos con horror á los peñascos
desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los
gemidos de los infelices que perecían lentamente en la obscuridad de las
entrañas de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los días. Centenares
de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver
la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, sólo
habían avanzado algunos metros y ya no se oía nada: de la tierra no
salía ningún lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios
cadáveres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el cráneo
aplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando
aún en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del
socavón en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en la
cueva se pudrían tras el gigantesco tapón de mineral que los había
aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conocían. Habían
llegado á las minas poco antes y los capataces sólo anotaban sus apodos.
Tal vez en algún rincón de España los esperarían aún, creyendo que
cuanto más larga fuese la ausencia mayores serían los ahorros.
Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche salían gemidos del
derrumbamiento. Durante unos meses viéronse en el camino de Labarga
formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las
casas temblaban los muchachos y las jóvenes, oyendo hablar de las pobres
almas en pena de la mina. Pero cierta mañana apareció tendido en el
camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo
fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron á salir fantasmas, ni
nadie sintió deseos de adornar la catástrofe con grotescas apariciones.
El recuerdo de los enterrados fué borrándose en la memoria de todos. Las
desgracias, en aquella explotación cruel que gastaba las vidas de muchos
miles de hombres, superponíanse unas á otras con frecuencia, ocultando y
desvaneciendo las anteriores. Un día, las vagonetas, al chocar unas con
otras, aplastaban á un obrero: otro día saltaban de los rieles al bajar
por el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo,
que no recelaba la muerte traidora que llegaba á sus espaldas: los
barrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen
espigas; llovían pedruscos en mitad de la faena, matando
instantáneamente; y por si esto no era bastante, había que contar con
los navajazos á la salida de la taberna, con las riñas en la cantera,
con las disputas en los días de cobro, con la feroz acometividad de
aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual
vivían confundidos los que al salir de los penales de Santoña,
Valladolid ó Burgos no encontraban otro camino abierto que el de las
minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y á nadie se
preguntaba quién era y de dónde venía...
La Muerte rondaba en torno del mísero populacho, como un lobo alrededor
del rebaño, siempre vigilante, con las uñas afuera y los dientes agudos.
Zarpazo aquí, dentellada allá, la gran enemiga se mostraba infatigable.
Siempre había en el hospital más de una docena de camas ocupadas por
carne enferma que pedía entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un
perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega
fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la
misma montaña, llegando apenas á la opulenta Bilbao. El mineral marchaba
ría abajo sin que nadie pensase en lo que había costado su arranque del
suelo.
Aresti salió de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle única
de Labarga, dos filas de míseras casuchas puestas sobre los peñascos que
bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecían palacios,
comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas,
conocidas en el país con el nombre de -chabolas-, con tabiques de madera
delgada y techumbre de planchas corroídas. Las puertas estaban en dos
piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera,
y la superior, al abrirse, era la única ventana que daba á la casa luz y
aire. Las incesantes lluvias habían podrido aquellas habitaciones,
reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ella
fuese á convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre
cuerdas los guiñapos de color indefinible puestos á secar. Algunas
gallinas flacas y espeluznadas corrían por el camino. Los niños
permanecían sentados ante las puertas, graves é inmóviles, como si
fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillería de los pueblos del
llano.
Al ver al doctor, salían las mujeres á las puertas de sus tugurios,
sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo
de pronto el miedo á enfermedades que tenían olvidadas.
--¡Chicas, es don Luis!--se gritaban unas á otras.--¡Señor doctor, aquí!
¡Míreme usted este chico!... ¡Entre á ver á mi madre!
Pero Aresti conocía de larga fecha estos recibimientos; el furor que
acometía á todos por estar enfermos apenas le veían, sin ocurrírseles
bajar al hospital más que en casos de extrema gravedad. Y seguía
adelante sonriendo á unas, contestando á otras alegremente, precedido
por el pinche zamorano que volvía la cara como si temiese verle
secuestrado por el grupo de comadres.
Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante una
casucha que era la peor del barrio. Tenía los ojos casi ocultos bajo las
cejas y un gesto de desdén contraía á cada momento su cara negruzca. Al
ver al médico no se llevó la mano á la boina ni abandonó su inmovilidad
de fakir, como si estuviera abstraído en la contemplación de la miseria
que le rodeaba.
--¡Salud, amigo -Barbas-!--dijo el médico alegremente, deteniéndose ante
él.--¿Qué hay compañero?
--Mucho y malo, don Luis.
--Y esa revolución ¿cuándo la hacemos?...
El -Barbas- miró un instante á Aresti con ojos ceñudos, como si fuese á
insultarle: después escupió la nicotina de sus labios con un gesto
desdeñoso.
--Búrlese, don Luis. Usted está acostumbrado á oír quejarse de dolor lo
mismo al rico que al pobre, á ver que todos mueren igual; por eso toma á
risa las cosas de los hombres. Al fin no somos más que animales. Hace
usted bien. Ríase... pero el trueno gordo se acerca. Algún día
encontrarán su merecido todos los ladrones... ¡todos! incluso su primo
Sánchez Morueta.
--¡Compañero! ¿y yo?--dijo el doctor.--¿Qué vas á hacer de mí?
--Usted es un guasón que se ríe de la vida... pero entre burlas y veras
hace bien á los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los
nuestros.
--Gracias, compañero -Barbas-.
Y dando á entender al solitario con un gesto que volvería para hablar
con él, subió los peldaños de una casucha en cuya puerta le esperaba
impaciente el pinche.
Era la -casa de peones-, el miserable albergue de las montañas mineras,
donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado á visitar
aquellos tugurios que olían á rancho agrio, á humo y á «perro mojado».
En la entrada de la casa estaba el fogón con algo de loza vieja alineada
en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso,
como si las tablas trasudasen de una pieza á otra la suciedad y la mugre
de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por
los pañuelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables
zagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las
manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mirándose con ojos bizcos
los cuernos del pañuelo rojo arrollado á la cabeza. Unos gatos flacos y
espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de
la olla: unos animales lúgubres, de mirada feroz, tigres empequeñecidos
que parecían alimentarse con el hambre que sobraba á sus amos.
La vieja rompió en lamentaciones al conocer á don Luis. El pobre peón
estaba muy malito: ¡á ver si lo sacaba adelante!... Ella le había tomado
ley después de tenerlo varios años en su casa. Y al lamentarse, había
tal expresión de frío egoísmo en sus ojos, que el doctor la atajó
brutalmente:
--Sobre todo, lo que usted más siente, tía Gertrudis, es perder un real
diario si muere.
--¡Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay más casas de peones.
Mi probe viejo está casi baldao del reuma y gana menos que un pinche
escogiendo mineral en los lavaderos. ¡Y muchas gracias que lo aguantan,
y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!... ¡Ay
Señor, después de trabajar toda la vida! El médico levantó una
cortinilla de percal rojo y desteñido que ocultaba un tugurio sin luz,
ocupado por la cama de los viejos. Levantó otra, y vió un cuartucho no
mucho más grande, obstruido completamente por un camastro enorme,
formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En él dormía toda
la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin
separación alguna, sin más aire que el que entraba por la puerta y las
grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maíz cubrían el
tablado: cuatro mantas cosidas unas á otras formaban la cubierta común
de los ocho, y junto á la pared yacían destripadas y mustias algunas
almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las
cabezas.
Aresti pensó con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio.
Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques
arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de
arrastrarlas hasta el depósito de mena y volverlas á su primitivo sitio.
Después de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao
ó tocino, dormían en aquel tabuco, sin quitarse más que las botas ó,
cuando más, el chaquetón, conservando las ropas impregnadas de sudor ó
mojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que podía
tocarse con las manos, hacíase irrespirable á las pocas horas,
espesándose con el vaho de tantos cuerpos, impregnándose del olor de
suciedad. Los parásitos anidados en los pliegues del camastro, en las
junturas de la madera, en los agujeros del techo, salían de caza con la
excitación del calor, ensañándose al amparo de la obscuridad en los
cuerpos inánimes que duermen con el sueño embrutecedor de la fatiga. En
las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte á parte la
casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos
vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los
sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad
fraterniza.
El médico consideraba que aquellos ocho hombres que dormían en común
eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las
aventuras de su peregrinación anual: y su pensamiento iba hacia otras
casas de peones, tan míseras como aquella, donde los hombres acostados
en la misma cama no se habían visto nunca; donde el infeliz muchacho,
recién llegado de su tierra, dormía en contacto con un individuo, con
otro que también acababa de llegar á la mina, tal vez recién salido del
presidio ó fugitivo por algún crimen. Los cuerpos extraños se juntaban
bajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carne
sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y esta
promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y jóvenes, de inocentes
jayanes recién venidos de su tierra y veteranos de la vida errante,
conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una
forzada abstinencia de la carne, en un país donde por las condiciones
del trabajo, los hombres son mucho más numerosos que las mujeres, y la
continua afluencia de presidiarios licenciados traía consigo todas las
criminales aberraciones de la virilidad aislada.
Aresti vió al enfermo en el fondo del camastro, junto á la pared,
respirando jadeante. Estaba acostumbrado á visitar los tabucos de los
mineros: nada le extrañaba, y con agilidad de muchacho saltó encima del
tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendió una cerilla
y entonces vió en el tabique de la cabecera que en otros tiempos había
sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando
generales contemporáneos, con el ros calado y el pecho cubierto de
bandas y cruces, héroes de la guerra que se habían cubierto de gloria
entregando territorios al enemigo ó fusilando en masa á indígenas
indefensos.
El médico no pudo contener su risa.
--¿Por qué estarán aquí estos tíos?...
Las estampas habrían sido pegadas como adorno, sin fijarse en los
personajes; ó tal vez serían recuerdos de algún antiguo soldado, cándido
y entusiasta, que creería haber servido á las órdenes de caudillos
inmortales.
El enfermo tenía los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente. Su piel
ardía. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por la
lluvia de la noche anterior.
--Una pulmonía de padre y señor mío--dijo el doctor arrojando la cerilla
y saliendo del camastro otra vez de rodillas.
Afuera, junto al fogón, escribió una receta en una hoja de su cartera,
encargando al pobre pinche, que después de la visita parecía más
tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.
Cuando Aresti salió de la barraca, después de hacer varias
recomendaciones á la vieja, vió que le aguardaba en medio del camino un
contratista de los más amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el
chaleco brillábale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas
fabricadas con la tela impermeable que servía de forro á las cajas de
dinamita.
--Hola, -Milord---dijo el médico.--¿Qué, hoy no hay oficios divinos en
la capilla de Baracaldo?
--No, don Luis--dijo el contratista con cierta unción en sus
palabras.--Demasiado sabe usted que en nuestra religión este día no es
de fiesta.
--¿Y -Milady-, siempre tan hermosa y elegante?
--Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos más que unos pobres
patanes con un poquito de protección.
Después de esto, el llamado -Milord- rogó al médico, que ya que estaba
en Labarga, se llegase á la cantina de -Tocino-, el capataz de su
confianza, que llevaba varios días inmóvil en la cama por el reuma.
Aresti se resistía alegando su viaje á Bilbao.
--Un momento nada más, don Luis: entrar y salir. Yo también tengo prisa
por llegarme á la mina. ¡El pobre -Tocino- me hace tanta falta cuando no
está allí!...
El doctor se dejó conducir algunos minutos más allá de Labarga, hasta
una altura donde estaba establecida la tienda de -Tocino-. Por el camino
bromeaba con el contratista sobre su religión. El -Milord- había sido
capataz de las minas de una compañía inglesa, logrando interesar al
ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y
no dejar descanso á los peones de sol á sol. La protección del jefe lo
elevó á contratista, colocándole en el camino de la riqueza, y, no
sabiendo cómo mostrar su gratitud al inglés, había abrazado el
protestantismo. La despreocupación religiosa era general en las minas:
sólo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y
para ligarse más íntimamente con sus protectores, la tuvo durante seis
años en un colegio de Inglaterra, volviendo de allá la muchacha con un
exterior púdico y unas costumbres de -confort- que regocijaban á toda
Gallarta. Los domingos, -Milord- y -Milady- bajaban á Baracaldo,
vestidos con trajes que encargaban á Londres, para confundirse con las
familias de los ingenieros y los mecánicos ingleses empleados en las
minas ó en las fundiciones de la ría, que llenaban la única capilla
evangélica del país. Aresti, que había cogido cierto miedo á los
-flirts- con -Milady-, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y
que conocía ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana
durante la noche, ensalzaba irónicamente al padre lo mucho que su
robusto retoño había ganado después de la cepilladura en el extranjero.
--¡La educación inglesa!--decía -Milord- abriendo mucho la boca para
marcar su admiración.--¡Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe la
chica... Es verdad que acostumbrada á tantas finuras, se aburre aquí
entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi
ambición, y es casarla con algún señor de la compañía.
--Hará usted bien--dijo el médico con zumbona gravedad, recordando las
ligerezas de la niña al verse libre en las minas, después de las
pudibundeces del colegio.--Esos señores son aquí los únicos que pueden
cargar con ella.
Llegaron á la cantina de -Tocino-, una casa aislada, de mampostería, con
un gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista toda
la tierra de las Encartaciones y además el abra de Bilbao, la ría,
Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del Nervión,
parecían formar una sola urbe. En último término, entre montañas, se
adivinaba la villa heroica é industriosa: el humo de las fundiciones y
fábricas se confundía con el cielo plomizo. A la entrada de la ría, el
alto puente de Vizcaya marcábase como un arco triunfal de negro encaje.
La cantina ocupaba el piso bajo, amontonándose en ella los más diversos
objetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios cristales, otros
pendientes del techo... Allí estaban almacenados todos los víveres, por
cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las
canteras. Aresti conocía aquella alimentación; alubias y patatas con un
poco de tocino. El arroz, sólo era buscado cuando la patata resultaba
cara. Además, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano
entre grandes manojos de cebollas y ajos.
El pan se amontonaba detrás del mostrador, al amparo de los dueños, como
si éstos temiesen los hurtos de los parroquianos ó una súbita acometida
de los hambrientos que pululaban afuera. Un tonel de sardinas doradas
por la ranciedad, esparcía acre hedor. De las viguetas del techo pendían
baterías de cocina, y en las estanterías se alineaban piezas de tela,
botes de conservas, ferretería, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo
tan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles que
objetos, parecían sacados de una excavación después de un entierro de
siglos.
Tras el mostrador estaba la mujer de -Tocino- con su hijo, un
adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, pero
Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban á
los parroquianos despreciándolos, y en su aspecto miserable, algo que le
hacía recordar á los judíos. La gente del contorno les odiaba. Al menor
intento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan
por un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, tenían un aspecto
de miseria y sordidez más triste que el de la gente de fuera. El doctor
recordaba las declamaciones de muchos mitins obreros, á los que había
asistido por curiosidad; los apóstrofes á los explotadores de las
cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean
chupándoles la sangre; y se decía con gravedad:
--No; pues á éstos les luce poco la tal alimentación.
A la entrada de la cantina existía una especie de jaula de madera con un
ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el dueño de la
tienda, envuelto en mantas, quejándose á cada momento, pero sin dejar de
repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos,
que le servían para su complicada contabilidad.
El -Milord- manifestó su extrañeza viéndole allí. ¡Él, que le traía nada
menos que al doctor Aresti creyéndolo en peligro de muerte!... Mientras
el médico le examinaba con la indiferencia del que está habituado á
casos más graves, -Tocino- prorrumpía en lamentaciones, haciéndole coro
su mujer. Estaba enfermo más de lo que creían: no podía moverse: los
dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y había que repasar
las cuentas, ya que estaba cerca el día de la paga.
--Vaya, -Tocino---dijo Aresti;--lo que tienes es poca cosa,
desaparecerá con el cambio de tiempo. ¡Quejarse así un hombrachón que
parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho que
engordas con lo que robas.
--¡Pero qué cosas tiene este don Luis!--exclamó el -Milord- mirando á la
tendera, que enseñaba sus dientes amarillos para sonreír lo mismo que el
protector de su marido.
--¡Robar!--mugió -Tocino-.--¡Robar! ¡Siempre está usted con lo mismo!
Tanto oye usted á los trabajadores, en su manía de mimarlos cuando se
los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aquí á
nadie se roba. Aquí lo único que se hace es defender lo que es de uno.
Y -Tocino- se indignaba, olvidando los dolores. Él vendía sus artículos
al fiado ¿estamos?... se exponía á perderlos, ¿y qué cosa más natural
que no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el día del
pago en las minas?... Había que conocer á los obreros: cada uno de un
país; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo al
fiado, y el día de cobranza, si les era posible hacían lo que ellos
llaman -la curva-; cobraban y se iban á la taberna, rehuyendo el pasar
por la tienda de comestibles. A bien que esto no les valía con -Tocino-
y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. Él les
pagaba allí mismo su trabajo y allí mismo les descontaba lo que llevaban
comido. Aun así había sus quiebras, pues los que sólo trabajaban una
semana, desaparecían después de haber tomado al fiado más de lo que
importaban sus jornales.
Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas seguía
recriminándolo.
---Tocino-, tú eres un ladrón que vendes á los obreros los artículos
averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar más caros que en
la villa.
--Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges--gritó
el capataz enrojeciendo de indignación con el recuerdo de lo que decían
los obreros en sus reuniones.
---Tocino-, tú abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen
libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene á tu tienda le
quitas el trabajo en la cantera.
--Los amigos son para ayudarse unos á otros. ¿Qué tiene de particular
que yo sólo dé trabajo á los que se surten de mi establecimiento?
--Tú robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja,
descontándole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda á
mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se
hace en todas partes, sino por meses, para que así tenga que vivir á
crédito y se vea obligado á comer lo que queréis darle y al precio que
mejor os parece.
--Vaya; ahora me toca á mí--dijo riendo el -Milord-.--Pero este don Luis
es peor que los predicadores de blusa que vienen á echar soflamas en el
frontón de Gallarta. Suerte que no le da á usted por hablar en público.
---Milord-: á todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros
rápidamente con el hierro y aun arañáis algunos céntimos en el jornal y
el estómago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de los
capataces. Vais á medias. De día explotáis los brazos y de noche los
estómagos. Hacéis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de
peones forasteros que vienen á rabiar y á ahorrar durante algunos meses,
pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan más en
el país y ya veréis la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre
aquí, acabe por conoceros.
El doctor cortó la conversación recordando su viaje á Bilbao, y salió de
la cantina después de hacer varias recomendaciones para la curación de
-Tocino-. La mujer y el hijo sonreían servilmente, pero con una
expresión hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del
doctor.
El contratista siguió adelante, hacia su mina, y Aresti descendió á
Labarga pensando en la miseria del rebaño humano esparcido por la
montaña. Varias veces había intentado rebelarse, y los resultados de su
protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en más de una ocasión,
con sangre, no le habían hecho mejorar gran cosa. Únicamente el respeto
á la vida humana era mayor que en los primeros años de explotación.
Aresti recordaba su llegada á las minas, cuando se vivía en ellas casi
con las armas en la mano, como en Alaska ó en los primitivos -placeres-
de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el
vergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo á los trabajadores
rebeldes; ya no existía la tarifa de la carne humana, cotizándose las
desgracias «veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas». Se
asociaban los trabajadores establecidos en el país, creaban núcleos de
resistencia, inspiraban cierto temor á los explotadores, logrando con
esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero aún faltaba la
cohesión entre ellos, á causa del vaivén de la población minera, de
aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el
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