Seminario, atraídas por el toque de las campanas, fue para el
seminarista español lo que el camino de Damasco para el apóstol. El
catolicismo francés, culto, razonador y respetuoso con los progresos
humanos, aturdió a Gabriel. Su fiera devoción española estaba
acostumbrada al desprecio de las ciencias profanas. No había en el mundo
más que una sabiduría verdadera: la teología; las demás ciencias eran
juegos, buenos cuando más para entretener la eterna infancia de la
humanidad. Conocer a Dios y medir la grandeza de su poder era lo único
serio a que podían dedicarse los hombres. Las máquinas, los
descubrimientos de las ciencias positivas, todo lo que no se relacionaba
con la divinidad y la vida futura, eran bagatelas para entretener a
gentes locas y sin fe.
Y el antiguo seminarista, que despreciaba el progreso humano desde niño,
como una ridícula mentira, quedó estupefacto viendo con qué solemnidad
hablaba de él el catolicismo francés. Corrigiendo las pruebas de tanto
libro religioso notaba Gabriel el profundo respeto que aquella ciencia
despreciada infundía a los buenos abates franceses, de cultura muy
superior a la de los canónigos de allá abajo. Es más: hasta notaba
cierto encogimiento humilde en los representantes de la religión cuando
se encaraban con la ciencia; un deseo de agradar, de no ser rechazados,
de infundir simpatía con soluciones conciliadoras para que el dogma no
quedase en tierra privado de asiento en aquel tren de rapidísima marcha
que llevaba a la humanidad hacia el porvenir con el vértigo de los
nuevos descubrimientos. Libros enteros de sacerdotes ilustres estaban
dedicados a ajustar y amoldar, aun a riesgo de violentarlas, las
revelaciones de los libros santos con los descubrimientos de la ciencia.
La Iglesia, anciana venerable que Gabriel había visto en su país
inmóvil, con majestad hierática, sin dignarse tocar un solo pliegue de
su manto para no perder el polvo de los siglos, se agitaba en Francia
queriendo remozarse, arrojaba a un lado las vestiduras de la tradición,
como harapos vetustos que la ponían en ridículo, y distendía sus
miembros con esfuerzo desesperado, para acoplarse dentro de la moderna
armadura de la ciencia, la gran enemiga del ayer, la gran triunfadora
del presente, cuya aparición había sido saludada con hogueras y
bochornosas abjuraciones.
¿Qué tenía dentro la fatal manzana del Paraíso, que después de seis mil
años de maldición la misma Iglesia comenzaba a venerarla, esforzándose
por hacerla olvidar las antiguas persecuciones? ¿Por qué la religión,
firme como una roca en medio de los siglos, que había desafiado
persecuciones, cismas y guerras, se ablandaba por el miedo ante los
descubrimientos de unos cuantos hombres, entrando en la corriente loca
que buscaba la causa y la explicación de todas las cosas? Teniendo el
apoyo secular de la Fe, ¿a qué buscar el auxilio de la Razón para
sostener sus tradiciones y justificar sus dogmas?
Sintió Gabriel la misma fiebre de curiosidad que de niño le había
obligado a encorvar su espalda ante los volúmenes encuadernados en
pergamino de la biblioteca del Seminario. Quiso conocer el misterioso
perfume de aquella ciencia odiada que perturbaba a los sacerdotes de
Dios y les hacía renegar indirectamente de las creencias de diecinueve
siglos. Deseó saber por qué se descoyuntaban y torturaban los libros
sagrados para explicar por épocas geológicas la creación que Dios había
realizado en seis días; qué peligro se quería evitar haciendo comparecer
a la divinidad ante la ciencia para que explicase sus actos,
ajustándolos a las decisiones de ésta; a qué obedecía el miedo
instintivo de los autores religiosos a afirmar rotundamente los
milagros, justificándolos con intrincados razonamientos, sin atreverse a
sostener como prueba decisiva la indiscutibilidad del prodigio
sobrenatural.
Por entonces abandonó Gabriel el ambiente tranquilo de la librería
religiosa. Su fama de humanista había llegado hasta un editor vecino de
la Sorbona que publicaba libros clásicos, y Luna, sin salir de la orilla
izquierda del Sena, saltó al Barrio Latino para corregir pruebas en
latín y griego. Ganaba doce francos al día: mucho más que aquellos
canónigos de Toledo que en otros tiempos le parecían grandes duques.
Vivía en un hotelito de estudiantes, cerca de la Escuela de Medicina, y
sus discusiones vehementes por la noche, entre el humo de las pipas, con
los compañeros de hospedaje, le instruían tanto como los libros de la
odiada ciencia. Aquellos estudiantes que le prestaban volúmenes o le
indicaban los autores que debía buscar en sus horas libres en la
biblioteca de la montaña de Santa Genoveva, reían como paganos ante sus
exaltadas afirmaciones de antiguo seminarista.
Durante dos años, el joven Luna no hizo otra cosa que leer. De vez en
cuando se permitía acompañar a sus amigos en alguna escapatoria,
sumiéndose en la vida alegre y amorosa del barrio. Gastó los codos de
sus mangas en las mesas de las cervecerías. La Mimí de Murger pasó
varias veces ante él menos melancólica que en la obra del poeta, y el ex
seminarista tuvo sus idilios de una tarde de domingo en los bosques
inmediatos a París. Pero Gabriel no era un temperamento amoroso; la
curiosidad, el ansia de saber, le dominaban, y después de estas
escapadas, de las que volvía más fresco, con el cerebro más despierto,
como si saliera de un baño que calmaba su juventud, entregábase con
mayores ánimos al estudio. La Historia, la verdadera Historia, cuya fría
limpidez contrastaba con la intrincada maraña de prodigios de los
cronicones leídos en la niñez, abatió gran parte de sus creencias. El
catolicismo no fue ya para él la religión única. Ya no partió en dos
períodos la historia de la Humanidad, antes y después de la aparición en
Judea de unos hombres obscuros que se esparcieron por el mundo
predicando una moral cosmopolita sacada de las máximas de los pueblos
orientales y de las enseñanzas de la filosofía griega. Las religiones
fueron para él invenciones humanas, sometidas a las condiciones de
existencia de todo organismo, con su infancia generosa, capaz de ciegos
sacrificios, su virilidad absorbente y dominadora, en la que las
antiguas dulzuras se convierten en imposiciones autoritarias del poder,
y su vejez irremediable, con una lenta agonía que hace que el enfermo,
adivinando su próximo fin, se agarre a la vida con el ansia de la
desesperación.
La antigua fe intentaba renacer en Luna, pugnando por arrojar lejos las
nuevas convicciones que le dominaban; pero las lecturas del día
siguiente bastaban para borrar estas reminiscencias que agitaban durante
la noche su pensamiento. El cristianismo no era ya para Gabriel más que
una de las muchas manifestaciones del pensamiento humano, deseoso de
explicarse la presencia del hombre en la tierra y el pavoroso misterio
de lo que pueda existir más allá de la muerte. Estos dos problemas
venían preocupando al ser humano desde que, salido de la barbarie
prehistórica, con una casa que le pusiera al abrigo de las fieras, un
vestido que le librase del frío y la tierra cultivada asegurando su
nutrición, pudo desarrollar la más tardía de sus facultades: el
pensamiento.
Su fe en el catolicismo como religión única desapareció completamente.
Al perder sus creencias en el dogma perdió también, como consecuencia
lógica, aquella fe en la monarquía que le había llevado a pelear en las
montañas. Apreciaba ahora claramente la historia de su país sin
prejuicios de raza. Los historiadores extranjeros le mostraban la triste
suerte de España, estacionada en el período crítico de su desarrollo,
cuando salía joven y vigorosa del fecundo período de la Edad Media, por
el fanatismo de sacerdotes e inquisidores y la demencia de unos reyes
que, faltos de medios, quisieron resucitar la monarquía de los Césares,
agotando al país en esta empresa de locos. Los pueblos que habían roto
con el Pontificado, volviendo para siempre la espalda a Roma, eran más
prósperos y felices que aquella España que dormitaba como una mendiga a
la puerta de la iglesia.
En este período de su evolución intelectual, Gabriel tuvo un ídolo, y
muchas tardes abandonaba el trabajo para ir a oírle durante una hora en
el Colegio de Francia. Era Ernesto Renán. Luna le admiraba con doble
afecto: por su talento y por su historia. Era como de su familia. El
grande hombre había pasado también por el Seminario y guardaba aún
cierto aspecto clerical, como si hubiera sufrido más hondamente la
presión del troquel eclesiástico. Era un rebelde: «los martillos para
derribar el templo, dentro del templo se forjaban». Cumplíase la ley
fatal de todas las religiones, cuando la fe se desvanece y la gran
muchedumbre no siente el fervor de la primera edad.
Gabriel se asombraba viendo cómo iba el sabio desentrañando los orígenes
intelectuales del pueblo hebreo, que habían servido de base al
cristianismo; cómo desarmaba el inmenso retablo ante el cual había
permanecido de rodillas la humanidad diecinueve siglos, pieza por pieza,
marcando sus diversas procedencias. El seminarista español se indignaba
contra su antigua fe con toda la fogosidad de un temperamento vehemente.
¡Y él había podido creer en todo aquello, considerándolo el resumen de
la humana sabiduría! El cristianismo desempeñaba un papel beneficioso en
un período de la infancia de la humanidad. Llenaba la vida de los
hombres durante la Edad Media, cuando no podía darse un paso fuera de la
religión, y en la tierra, asolada por las luchas, no había otra
esperanza que el cielo ni más lugar de asilo para el pensamiento que la
catedral en la ciudad y el monasterio en el campo. «Las ferias, las
reuniones para negocios o placeres--como decía su maestro--, eran
fiestas religiosas; las representaciones escénicas eran misterios; los
viajes, peregrinaciones, y las guerras, cruzadas.» Pero después se
partía la vida: lo religioso a un lado, lo humano a otro. El arte
colocaba la Naturaleza sobre el ideal; los hombres pensaban más en la
tierra que en el cielo: la Razón nacía; cada uno de sus avances era un
paso atrás para la Fe, y llegaba el momento, por fin, en que los
clarividentes, los que se inquietaban por el porvenir, pensaban ya en
cuál había de ser la nueva creencia que sustituyese a la religión
agonizante. Luna no vacilaba: la Ciencia, únicamente la Ciencia ocuparía
el hueco de la religión, muerta para siempre.
Influido por el helenismo de su maestro, que fácilmente prendía en él,
acostumbrado como estaba al trato diario con los autores griegos, soñaba
con que la humanidad del porvenir fuese una inmensa Atenas, una
democracia artística y sabia gobernada por grandes pensadores, sin más
luchas que las de las ideas ni otra ambición que la de pulir la
inteligencia, de costumbres dulces y dedicada a los goces del espíritu y
al culto de la Razón.
De sus antiguas creencias, Gabriel sólo conservaba la idea de Dios
creador con cierto escrúpulo supersticioso. Algo le desconcertaba la
astronomía, estudio al que se había entregado con entusiasmo casi
infantil, atraído por el encanto de lo maravilloso. Aquel infinito por
el que en otro tiempo revoloteaban las legiones de ángeles, y que servía
de camino a la Virgen en sus descensos terrenales, se poblaba de pronto
de miles de millones de mundos, y cuanto más potentes eran los
instrumentos inventados por el hombre, mayor se hacía su número,
prolongándose las distancias en una inmensidad que causaba vértigos.
Unos cuerpos se atraían a otros girando por el espacio a razón de
millares y millones de leguas por minuto, y toda esta nube de mundos
caía y caía, sin pasar dos veces por el mismo punto de la silenciosa
inmensidad, en la que surgían otros astros y otros y otros, así como
iban perfeccionándose los instrumentos de observación. ¿Dónde estaba en
este infinito el Dios que fabricaba la tierra en seis días, que se
irritaba por el capricho de dos seres inocentes sacados del barro y
hechos carne de un soplo, y hacía surgir de la nada el sol y tantos
millones de mundos, sin más objeto que alumbrar este planeta, triste
molécula de polvo de la inmensidad?
El Dios de Gabriel, al perder la forma corporal que le habían dado las
religiones y difundirse en la creación, perdía todos sus atributos. Al
agigantarse para llenar el infinito, confundiéndose con él, se hacía tan
sutil, tan impalpable para el pensamiento, que casi era un fantasma. El
panteísmo, como decía Schopenhauer, equivale a licenciar a Dios por
inútil.
Los estudiantes amigos de Gabriel pusieron en sus manos los libros de
Darwin, de Büchner y de Haeckel; y el secreto de la creación natural,
que inquietaba su pensamiento después de la abolición de la omnipotencia
divina, se desgarró ante sus ojos. Vio cómo había surgido la vida sobre
aquella esfera que rodaba centenares de millones de años en el espacio,
sufriendo cataclismos y transformaciones. Cuando la vejez enfriaba su
corteza, la vida animal asomaba como una consecuencia del medio
favorable, ajustándose a las condiciones de éste, comenzando con formas
tímidas y microscópicas de existencia, con el musgo que apenas cubre las
rocas, con el animal que apenas presenta los vestigios de un organismo
rudimentario. Y con este prólogo de la creación natural comenzaba la
vida, desarrollándose al través de millones y millones de años,
interrumpida a veces por los cataclismos de la tierra agitada por las
últimas crisis de su crecimiento, y continuando adelante con la ciega
tenacidad que anima a la Naturaleza. Era una cadena infinita de
evoluciones, de formas abortadas y de organismos triunfantes por la
selección, hasta llegar al hombre, que, por un esfuerzo supremo de la
materia que encierra su cráneo, sale de la bestialidad, se despoja de la
envoltura animal de sus antecesores, a los que hace sus esclavos, y
reina sobre el planeta.
Nada quedó en Gabriel de sus antiguos ideales. Su conciencia fue un
campo raso sobre el que había soplado el vendaval. La última creencia,
la postrera, que aún se mantenía erguida como un monolito en medio de
ruinas, explicando el origen de la creación, se vino abajo. Luna se
despidió de Dios como de un fantasma consolador que se interpone entre
el hombre y la Naturaleza.
Pero el antiguo seminarista no era capaz de permanecer inactivo con su
bagaje de nuevas ideas. Necesitaba creer en algo, dedicar a la defensa
de un ideal la fe de su carácter, hacer uso de aquel ardor de
proselitismo que había causado admiración en la clase de Elocuencia del
Seminario. La sociología revolucionaria se apoderó de él. Primero fue
Proudhon con sus audaces escritos; después completaron la obra algunos
«militantes» que trabajaban en la misma imprenta que él, viejos soldados
de la Commune que acababan de volver del destierro o de las prisiones de
Oceanía, y reanudaban su campaña contra la organización social con un
ardor acrecentado por los dolores sufridos y el ansia de venganza. Con
ellos fue a las reuniones del anarquismo; oyó a Reclús y al ex príncipe
Kropotkine, y las palabras del difunto Miguel Bakounine llegaron a él
como el evangelio de un San Pablo del porvenir..
Gabriel había encontrado su nueva religión y se entregó por completo a
ella, soñando en la regeneración de la humanidad por el estómago.
Creyendo en una vida futura, los desgraciados aún tenían el falso
consuelo de la felicidad después de la muerte. Pero la religión era
mentira, y no, existiendo más vida que la presente. Luna se indignaba
contra la injusticia social, que condena a la miseria a muchos millones
de seres para la felicidad de unos miles de privilegiados. La autoridad,
fuente de todos los males, era para él el mayor de los enemigos. Había
que matarla, pero creando antes hombres capaces de subsistir sin amos,
sacerdotes y soldados. La dulzura de su carácter, el odio que le
inspiraba la violencia después de sus tres años de guerrillero, le
hacían apartarse de los nuevos camaradas, que soñaban con hecatombes por
la dinamita y el puñal para aterrar al mundo, obligándolo a aceptar por
el miedo las nuevas doctrinas. No; él confiaba en la fuerza de las ideas
y en la inocente evolución de la humanidad. Había que trabajar como los
primeros apóstoles del cristianismo, seguros del porvenir, pero sin
prisa por ver realizadas sus ideas; puestos los ojos, en la labor del
día, sin pensar en los años y los siglos que tardaría en dar su fruto.
El ardor del proselitismo le hizo abandonar París a los cinco años.
Sentía el ansia de ver mundo, de estudiar por sí mismo las miserias
sociales y las fuerzas de que disponían los desheredados para su gran
transformación. Además, veíase molestado por la vigilancia de la policía
francesa, a causa de sus íntimas relaciones con los estudiantes rusos
del Barrio Latino, jóvenes de mirada fría y lacias melenas, que osaban
implantar en París las venganzas del nihilismo. En Londres conoció a una
inglesa joven, enferma, que, movida como él por el ardor de la
propaganda revolucionaria, iba de la mañana a la noche por los paseos y
los alrededores de los talleres repartiendo folletos y hojas impresas
que guardaba en una caja de sombreros siempre pendiente de su brazo.
Lucy fue al poco tiempo la compañera de Gabriel. Se amaron sin arrebato,
con una pasión fría y calmosa, más por la comunidad de ideales que por
la instintiva aproximación del sexo; un amor de revolucionarios, con el
pensamiento dominado por la rebeldía contra lo existente, sin dejar
sitio a otros entusiasmos.
Luna y su compañera pasaron a Holanda y a Bélgica y se instalaron
después en Alemania, siempre viajando de grupo en grupo de compañeros,
dedicándose a diversos trabajos, con esa facilidad de adaptación de los
revolucionarios universales, que sin dinero corren el mundo sufriendo
privaciones y encontrando siempre, en el momento difícil, una mano
fraternal que los levanta y los pone de nuevo en camino.
A los ocho años de esta vida, la amiga de Gabriel murió tísica. Estaban
en Italia. Luna, al verse solo, se dio cuenta por primera vez del dulce
apoyo que le había prestado la compañera de su vida. Olvidó sus
entusiasmos revolucionarios para llorar a Lucy, lamentándose del vacío
que dejaba en su existencia. No la había amado como aman los demás
hombres, pero era su compañera, su hermana; se compenetraban los dos en
gustos y aficiones; la miseria en común los había fundido en una sola
voluntad. Además, Gabriel sentíase aviejado antes de hora por aquella
existencia de aventuras emocionantes y penosas privaciones. En varios
sitios de Europa le habían encarcelado por sospechas de complicidad con
los terroristas. La policía le había golpeado muchas veces. Comenzaba a
serle difícil viajar por el continente, pues su fotografía figuraba con
la de muchos compañeros en los centros policíacos de las principales
naciones. Era un perro vagabundo y peligroso, que acabaría por ser
expulsado a puntapiés de todas partes.
Gabriel no podía vivir solo. Estaba habituado a ver cerca de él unos
ojos azules, a oír una voz acariciadora, con inflexiones de pájaro, que
le animaba en los momentos difíciles, y no pudo resistir la soledad en
tierra extraña después de la muerte de Lucy. Despertóse en él un
vehemente amor por la tierra natal. Quería volver a España, de la que
tanto se había burlado, y que ahora, a pesar de su atraso secular, le
parecía interesante. Pensaba en sus hermanos, que seguían agarrados
como plantas a los sillares de la catedral, sin enterarse de lo que
ocurría en el mundo, sin buscar noticias suyas, como si lo hubieran
olvidado.
Con repentino impulso, como si temiese morir lejos del suelo natal,
volvió a España. En Barcelona le proporcionaron los compañeros la
dirección de una imprenta, pero antes de ocupar su puesto quiso pasar
unos días en Toledo. Volvía envejecido antes de los cuarenta años,
hablando cuatro o cinco idiomas y más pobre que salió de allí. Supo que
su hermano el jardinero había muerto, y que la viuda refugiada con su
hijo en un desván de las Claverías, lavaba ropa para los canónigos.
Esteban, el -Vara de palo-, le acogió después de tan larga ausencia con
la misma admiración que cuando estaba en el Seminario. Se hacía lenguas
de sus viajes y convocaba a toda la gente del claustro alto para que
oyera a aquel hombre que iba de una parte a otro del mundo como si fuese
su propia casa. En sus preguntas embrollaba dolorosamente la geografía;
no reconociendo en ella más que una división: países de herejes y de
cristianos.
Gabriel compadecíase de la miseria tranquila de aquella gente; admiraba
su mansedumbre de servidores del templo, satisfechos de vegetar y morir
en el mismo sitio, sin curiosidad alguna por lo que ocurría más allá de
los muros. La iglesia le parecía una gran ruina. Era el caparazón de
piedra de un animal en otros tiempos poderoso y fuerte, pero que había
muerto hacía más de un siglo, deshaciéndose su cuerpo, evaporándose su
alma, sin dejar otro vestigio que aquella envoltura exterior, semejante
a las conchas que encuentran los geólogos en los yacimientos
prehistóricos, y que por su estructura dejan adivinar las partes blandas
del ser extinguido. Viendo las ceremonias del culto, que en otros
tiempos le conmovían, sentía impulsos de protesta, deseos de gritar a
sacerdotes y acólitos que se retirasen, pues su tiempo había pasado, la
fe había muerto, y únicamente por rutina y por miedo a la opinión ajena
volvía la gente a aquellos lugares que antes llenaba de la mañana a la
noche el fervor religioso.
Al volver a Barcelona, la vida de Gabriel fue un torbellino de
proselitismo, de luchas y de persecuciones. Los compañeros le
respetaban, viendo en él al amigo de los grandes propagandistas de «la
idea», al hombre que había corrido casi toda Europa y se escribía con
los revolucionarios más famosos. No se celebraba mitin sin el
-compañero- Luna. Aquella elocuencia natural que había causado asombro
al iniciarse en el Seminario, se hinchaba y esparcía como un gas
embriagador en las reuniones revolucionarias, enardeciendo a la
muchedumbre desarrapada, hambrienta y miserable, que sentía
estremecimientos de emoción ante la sociedad futura descrita por el
apóstol: la ciudad celeste de los soñadores de todos los siglos, sin
propiedad, sin vicios, sin desigualdades, donde el trabajo sería un
placer y no existiría más culto que el de la ciencia y el arte. Algunos
oyentes, los más sombríos, sonreían con gesto compasivo oyendo sus
maldiciones a la fuerza y sus himnos a la dulzura y al triunfo por la
resistencia pasiva. Era un ideólogo, al que había que oír porque servía
a «la causa». Ellos, que eran los hombres, los luchadores, sabrían en
silencio aterrar a la sociedad maldita, ya que se mostraba sorda a la
voz de la Verdad.
Cuando estallaron bombas en las calles, el -compañero- Luna fue el
primer sorprendido por la catástrofe y el primero también en entrar en
la cárcel, a causa de la popularidad de su nombre... ¡Oh los dos años
pasados en el castillo de Montjuich! En la memoria de Gabriel habían
abierto un surco hondo, una herida profunda que no se cerraba, que se
estremecía con el más leve recuerdo, turbando su calma, haciéndole
temblar con el escalofrío del terror.
Se había apoderado de la sociedad la locura del miedo y atrepellaba
leyes y respetos humanos para defenderse. La justicia de otros siglos,
con sus procedimientos de violencia, resucitaba en plena civilización.
Se desconfiaba del juez por culto y escrupuloso y se echaba mano del
esbirro, pidiéndole que renovase los antiguos aparatos de tormento.
En el silencio de la noche, Gabriel veía iluminarse su mazmorra; hombres
con uniforme le empujaban por la escalera hasta una habitación donde le
aguardaban otros con enormes garrotes. Un joven de voz melosa, con
insignias de teniente y el aire perezoso de los criollos, le hacía
preguntas sobre los atentados ocurridos meses antes abajo en la ciudad.
Gabriel nada sabía, nada había visto. Tal vez los terroristas serían
compañeros suyos; pero él, fijos los ojos en lo alto, contemplando sus
visiones del porvenir, no había llegado a darse cuenta de que germinaba
en torno suyo la violencia. Su negativa tenaz indignaba a aquellos
hombres; la voz melosa del criollo se atiplaba por la ira, y entre
amenazas y blasfemias abalanzábanse todos sobre él, y comenzaba la caza
del hombre por toda la mazmorra, cayendo los garrotes sobre su cuerpo,
alcanzándole lo mismo en la cabeza que en las piernas, acosándolo en los
rincones, siguiéndole cuando con un salto desesperado pasaba al muro
opuesto, abriéndose camino con la testa baja. Su espalda resonaba como
un cofre vacío bajo los golpes. Algunas veces, la desesperación del
dolor enardecía a la víctima; el cordero se volvía fiera, y antes de
caer al suelo, gimoteando como un niño bajo la superioridad del número,
se arrojaba sobre los verdugos, arañándolos, intentando morderles.
Gabriel guardaba un botón del uniforme del criollo, que en una de estas
rebeliones de su debilidad había quedado entre sus dedos.
Después, cansados los atormentadores de la inutilidad de sus violencias,
le dejaban olvidado en la mazmorra. Un pan y unos trozos de bacalao seco
eran su comida. La sed, una sed infernal, le desgarraba las entrañas, le
oprimía la garganta y hacía arder su boca. Al principio pedía agua con
voz angustiosa por debajo de la puerta. Después ya no quiso suplicar,
conociendo de antemano la respuesta: Era un tormento calculado: le
ofrecían agua cuanta quisiera, pero luego que delatase los nombres de
los culpables, afirmando lo que no sabía. El hambre luchaba en él con la
sed; pero temiendo a ésta mucho más, arrojaba a un rincón aquellos
alimentos cargados de sal, como si fuesen veneno. Deliraba con el
delirio de los náufragos atenaceados por el recuerdo del agua en medio
de las olas amargas. Veía en sus pesadillas arroyos claros y
murmuradores, ríos inmensos; y buscando frescura para su boca, paseaba
la lengua por las paredes mugrientas, sintiendo cierto alivio al
contacto de la cal del enjalbegado. La privación y el encierro
perturbaban su inteligencia con horribles delirios. Muchas veces,
Gabriel se sorprendía viéndose a cuatro patas en medio del calabozo,
gruñendo y ladrando frente a la puerta sin saber por qué.
Sus atormentadores parecieron olvidarle. Tenían otros presos a los que
acudir. Los carceleros le dieron agua, y pasó meses enteros sin que
nadie entrase en su calabozo. Algunas noches oía lejanos y vagos, al
través de los gruesos muros, lamentos y sollozos en las mazmorras
inmediatas. Una mañana le despertaron varios truenos, a pesar de que un
rayo de sol se filtraba por el ventanillo. Oyendo a los carceleros en el
inmediato corredor, comprendió el misterio. Habían fusilado a algunos de
los presos.
Luna acogía como una felicidad la esperanza de la muerte. Renunciaba con
gusto a aquella sombra de vida dentro de un estuche de piedra,
atormentado por el mal físico y el miedo a la ferocidad de los hombres.
Su estómago, herido por las privaciones, se negaba muchos días, con
horribles náuseas, a recibir el pan áspero y el cazo de rancho. La larga
inmovilidad, el enrarecimiento del aire, la escasa nutrición, le habían
hecho caer en una anemia mortal. Tosía continuamente, sintiendo cierta
opresión en el pecho. Los conocimientos que había adquirido del cuerpo
humano, en su afán de estudiarlo todo, no lo permitían engañarse.
Moriría como la pobre Lucy.
Después de año y medio de encierro, compareció ante el Consejo de
guerra, confundido en un rebaño miserable de viejos, mujeres y hasta
adolescentes, todos enflaquecidos y quebrantados por la prisión, con la
piel blanca y mate, como de papel mascado, y ese estrabismo en los ojos
que da el aislamiento. Gabriel deseaba que le matasen. Al llegar el
fiscal en la larga lista de acusación al nombre de Luna, detúvose un
instante para lanzarle una mirada feroz. Aquel acusado era de los
«teóricos»: aparecía en las declaraciones de los testigos sin
intervención directa en los hechos de fuerza y reprobándolos en sus
predicaciones; pero no había que olvidar que era uno de los principales
propagandistas del anarquismo, y que había pronunciado discursos en
todas las sociedades obreras frecuentadas por los autores de los
atentados.
Un capitán viejo se inclinó al oído de otro compañero de Consejo, y
Gabriel oyó sus palabras:
--A estos señoritos que hacen discursos es a los que hay que sentar la
mano, para que escarmienten y no hablen más de Tolstoi, de Ibsen y de
todos esos tíos extranjeros que enseñan a tirar bombas.
Gabriel pasó muchos meses aislado en su encierro. Por algunas palabras
oídas a los carceleros, pudo ir siguiendo las fluctuaciones de su
suerte. Tan pronto se veía conducido con todos sus compañeros de
infortunio a los presidios de África, como le auguraban la inmediata
libertad o le profetizaban el fusilamiento en masa. Cuando salió,
después de dos años, del tétrico castillo, fue para embarcarse con todos
sus compañeros de emigración forzosa. Gabriel era una sombra de hombre.
Su debilidad le hacía andar vacilante y trémulo como un niño; pero
olvidando su mísero estado, se apiadaba de otros compañeros más enfermos
que él, con visibles cicatrices de los tormentos sufridos y el sexo
atrofiado por bárbaras estrangulaciones. La vuelta a la libertad hacía
renacer en él su antigua dulzura, la conmiseración filosófica en que
envolvía a todos los hombres, perdonando sus errores. Los más violentos
de sus compañeros hablaban al desembarcar en Inglaterra de futuras
venganzas contra los verdugos, mientras Gabriel pedía perdón para ellos,
ciegos instrumentos empleados por la sociedad en un momento de terror,
que creían haberla salvado con su barbarie.
El clima de Londres extremaba la enfermedad de Gabriel, y a los dos años
tuvo que trasladarse al continente, a pesar de que el país británico,
con su absoluta libertad, era el único suelo donde podía vivir tranquilo
e ignorado.
Su existencia fue cruel: siempre fugitivo a través de las naciones de
Europa, arrojado de una a otra por la vigilancia policíaca, reducido a
prisión o expulsado por la más insignificante sospecha. Era la antigua
persecución de los bohemios en la Edad Media, el acosamiento de las
gentes independientes, de vida vagabunda, que resucitaba en plena
civilización. La enfermedad y el deseo de paz le hicieron volver a
España. Con el tiempo se había establecido cierta tolerancia para los
emigrados. En España todo se olvida, y aunque la autoridad sea más feroz
y menos escrupulosa que en otros pueblos, molesta poco, por la
imprevisión y el descuido propios de la raza.
Enfermo y sin un oficio para ganarse la vida, imposibilitado de pedir
trabajo en las imprentas, porque su nombre tenía cierta aureola que
aterraba a los patronos, Gabriel cayó en la miseria, sin que le bastasen
los auxilios con que le socorrían los compañeros. Fue de un extremo a
otro de la Península, mendigando entre los suyos y ocultándose de la
policía.
Su ánimo decayó. Era un vencido; no podía prolongar la lucha. Sólo le
restaba morir; pero la muerte misericordiosa acudía lentamente a su
llamamiento. Pensó en su hermano, el único afecto que le restaba en el
mundo. Recordó aquella familia tranquila de las Claverías entrevista en
su último paso por la catedral, y fue en su busca como una última
esperanza.
Al volver a Toledo encontraba disuelta la familia feliz. También por
aquel rincón silencioso e inmutable había pasado la desgracia.
Pero la catedral, insensible a las vicisitudes humanas, estaba allí como
siempre, y a ella se agarraba, ocultándose en sus entrañas para morir
tranquilo, sin más anhelo que ser olvidado, pereciendo antes de hora,
gustando la amarga felicidad del anonadamiento, dejando en la puerta,
como una bestia que se despoja de la piel, aquellas rebeldías que le
habían atraído el odio de la sociedad.
Su dicha era no pensar, no hablar, amoldarse a aquel mundo muerto.
Sería, entre las estatuas vivientes que poblaban el claustro alto, un
autómata más; imitaría a aquellas criaturas que tenían en su ser algo de
la aspereza de la piedra berroqueña de los contrafuertes; aspiraría como
un bálsamo de tranquilidad la herrumbre de las rejas, que esparcían por
el templo el perfume vetusto de los siglos.
IV
Al salir al claustro por las mañanas, poco después de amanecer, la
primera persona que veía Gabriel era don Antolín, el -Vara de plata-.
Este sacerdote ejercía autoridad a modo de gobernador de la catedral,
pues a sus órdenes estaban los servidores laicos y bajo su inspección se
hacían todos los trabajos de escasa importancia.
Abajo, en el templo, vigilaba a sacristanes y acólitos, cuidando de que
los canónigos y los beneficiados no pudieran quejarse de descuidos en el
servicio. Arriba, en el claustro, velaba por el buen orden y las sanas
costumbres de las familias, siendo, por la gracia del
cardenal-arzobispo, una especie de alcalde de aquel pequeño pueblo.
Ocupaba la mejor habitación de las Claverías. En las grandes fiestas
marchaba al frente del cabildo Con capa pluvial y un bastón de plata tan
alto como él, que hacía retemblar las losas con sus golpes, y durante la
misa mayor y el coro de la tarde rondaba por las naves para evitar las
irreverencias de los devotos y las distracciones de los empleados. A las
ocho de la noche en invierno y a las nueve en verano cerraba la escalera
del claustro alto, guardábase la llave en el bolsillo y toda la
población quedaba aislada de la ciudad. Si de tarde en tarde se sentía
alguien enfermo durante la noche, era preciso despertar a don Antolín; y
hundiendo éste la mano en las profundidades de la sotana, se dignaba
restablecer con su llave la comunicación con el mundo.
Tenía cerca de sesenta años; era pequeño y enjuto. La edad apenas si
había encanecido un poco sus cabellos, cortados al rape. La frente la
tenía espaciosa y cuadrada, sin la más leve curva, como una chapa de
hueso con dos aristas a los lados, que se marcaban bajo el gorro de seda
que usaba en invierno. Las facciones estiradas, sin una arruga, sin un
estremecimiento que delatase emoción; la mandíbula estrecha y aguda como
hierro de lanza, y los ojos tan inexpresivos e inmóviles como el rostro,
pero con una fijeza fría que desconcertaba.
Gabriel le había conocido en su niñez. Era, según su expresión, un
soldado raso de la Iglesia, que en fuerza de años y servicios había
llegado a sargento, para no pasar de ahí. Cuando Luna entró en el
Seminario, don Antolín acababa de ordenarse de sacerdote, después de
pasar su vida en la sacristía de la Primada, donde había comenzado de
monaguillo. Por su fe absoluta e irracional, por su adhesión
inquebrantable a la Iglesia, le habían sacado adelante en la carrera los
señores del Seminario, a pesar de su ignorancia. Era un hijo del
terruño; había nacido en una aldea de los montes de Toledo. La Iglesia
Primada era para él la segunda casa de Dios, después de San Pedro de
Roma, y las ciencias eclesiásticas un haz de rayos de la divina
sabiduría que le cegaban, adorándolos con el respeto profundo del
ignorante.
Tenía la santa y firme incultura tan apreciada por la Iglesia en otros
siglos. Gabriel estaba seguro de que, a nacer el -Vara de plata- en la
buena época del catolicismo, hubiese llegado a santo al dedicarse a la
vida espiritual, o habría desempeñado un excelente papel en la
Inquisición al intervenir en la religiosidad militante. Venido al mundo
en la mala época, cuando flaquea la fe y la Iglesia no puede imponerse
por la violencia, el buen don Antolín había quedado obscurecido en la
baja administración de la catedral, ayudando al canónigo Obrero en la
partición y señalamiento de las pesetas que el Estado daba a la Primada,
dedicando una larga meditación a cada puñado de céntimos, y esforzándose
por que la santa casa, como las familias arruinadas, conservase su buen
exterior, sin revelar la miseria.
Le habían prometido varias veces una capellanía de monjas, pero él era
de los fieles a la catedral, de los enamorados de la gran solitaria. Le
enorgullecía la confianza que el señor arzobispo tenía puesta en él, la
amistosa franqueza con que le hablaban canónigos y beneficiados y sus
conciliábulos administrativos con el Obrero y el Tesorero. Por esto no
podía evitar cierto gesto de superioridad desdeñosa cuando, revestido de
la capa pluvial y empuñando la vara de plata, se acercaban a hablarle
los curas de los pueblos de paso por la Primada.
Sus vicios eran puramente de eclesiástico. Ahorraba en secreto, con esa
avaricia fría y dominadora de la gente de iglesia en todos los tiempos.
Su bonete mugriento era siempre de algún canónigo que lo desechaba por
viejo; su sotana de un negro verdoso y sus zapatos habían sido antes de
algún beneficiado. En las Claverías se hablaba en voz baja del dinero
guardado por don Antolín, de sus ahorros, que dedicaba a la usura;
préstamos que nunca iban más allá de dos o tres duros a los pobres
servidores del templo agobiados por la miseria, y que recobraba con
creces cuando a principios de mes pagaba el canónigo Obrero. En él, la
avaricia y la usura iban unidas a la más absoluta probidad para los
intereses de la iglesia. Perseguía encarnizadamente la menor sisa en la
sacristía, y entregaba sus cuentas al cabildo con una minuciosidad que
fastidiaba al Obrero. A cada cual lo suyo. La iglesia era pobre, y
resultaba un pecado digno del infierno privarla de un solo ochavo. Él,
como buen servidor de Dios, era pobre también, y no creía faltarle
sacando cierto producto al dinero que había podido reunir en fuerza de
contraerse, con dolorosas privaciones, dentro de su miseria.
Vivía con él su sobrina Mariquita, una fea, de facciones hombrunas y
frescas carnes, venida de las montañas para cuidar al tío, de cuya
riqueza y poder en la Primada se hacían lenguas en la aldea parientes y
amigos. En las Claverías llevaba a maltraer a todas las mujeres,
abusando de la autoridad absoluta de don Antolín. Las más tímidas
formaban en torno de ella a modo de aduladora corte, para atraerse su
protección, limpiándola la casa o haciendo la cocina, mientras
Mariquita, vestida de hábito y cuidadosamente peinada, único lujo que le
permitía su tío, salía al claustro con la esperanza de que subiese algún
cadete o se fijasen en ella los forasteros que iban a la torre o a la
sala de los gigantones. Ponía los ojos tiernos a todos los hombres;
ella, tan áspera e imperiosa con las mujeres, sonreía a cuantos solteros
vivían en las Claverías. El -Tato- era gran amigo suyo; le buscaba
cuando su tío estaba ausente, riendo sus gracias de aprendiz de torero.
Gabriel, con su aspecto enfermizo, su misterioso ensimismamiento y la
historia confusa de sus grandes viajes por el mundo, no le inspiraba
menos interés. Hasta hablaba con marcada deferencia al viejo -Vara de
palo-, por ser hombre y estar viudo. Como decía el perrero, los
pantalones volvían loca a la pobre en aquella casa donde la mayor parte
de los hombres llevaban faldas.
Don Antolín había conocido a Gabriel siendo niño y le tuteaba. En el
cura ignorante subsistía aún el recuerdo de los grandes triunfos
alcanzados por Luna en el Seminario, y al verle pobre y enfermo,
refugiado en la catedral casi de limosna, su tuteo de superioridad no
estaba exento de cierta admiración. Gabriel, por su parte, temía al
-Vara de plata-, conociendo su fanatismo intolerante. Por esto se
limitaba a escucharle, cuidando de que en sus conversaciones no se
deslizara una palabra que revelase su pasado. Sería el primero en pedir
su expulsión de la catedral, y él deseaba vivir en ella desconocido y en
silencio.
Al encontrarse por las mañanas en el claustro los dos hombres, se
abordaban con la misma pregunta:
--¿Cómo va esa salud?
Gabriel se mostraba optimista. Sabía que su dolencia no tenía remedio.
Pero aquella vida sosegada y sin emociones, y el cuidado continuo de su
hermano, alimentándolo casi a la fuerza a todas horas, como a un pájaro,
había puesto un puntal a su salud ruinosa. El curso de la enfermedad era
más lento: la muerte tropezaba con obstáculos.
--Estoy mejor, don Antolín.... Y ayer, ¿qué tal fue el día?
El -Vara de plata- hundía sus manos sucias y huesosas en las
profundidades de la sotana, sacando tres gruesos talonarios, uno rojo,
otro verde y el tercero blanco. Pasaba las hojas, consultando los folios
de las que llevaba arrancadas. Acariciaba respetuosamente las libretas,
como si fuesen más importantes para el culto que los grandes libros del
coro.
--¡Día flojo, Gabriel! Estamos en invierno, y ahora viaja poca gente. La
gran temporada es en primavera, cuando, según dicen, entran los ingleses
por Gibraltar. Van a la feria de Sevilla y vienen después a echar una
vista a nuestra catedral. Además, la gente de Madrid sale con el buen
tiempo, y aunque a regañadientes, afloja la mosca por ver los
gigantones y la Campana Gorda. Da gusto entonces despachar papeletas. Ha
habido día, Gabriel, que he recogido ochenta duros. Me acuerdo: fue en
el último Corpus. Mariquita tuvo que recoserme los bolsillos de la
sotana, que se rompían con el peso de tantas pesetas. Fue una bendición
del Señor.
Y miraba tristemente los talonarios, como lamentando que pasasen los
días del invierno sin cortar más que alguna que otra hoja. Esta tarea de
expender papeletas de entrada para ver las riquezas y curiosidades de la
catedral llenaba su pensamiento. Era la salvación de la iglesia, el
procedimiento moderno para llevarla adelante, y él se sentía orgulloso
de desempeñar esta función, que le convertía en el órgano más importante
de la vida del templo.
--¿Ves estas papeletas verdes?--dijo a Gabriel--. Pues son las más
caras: dos pesetas cuesta cada una. Con ellas puede verse lo más
importante: el Tesoro, la capilla de la Virgen, el Ochavo con sus
reliquias, únicas en el mundo. Las de las otras catedrales son
porquerías si se comparan con las nuestras; mentiras, inventadas muchas
de ellas por la envidia que inspira nuestra Iglesia Primada. ¿Ves estas
otras que son rojas? Pues sólo cuestan seis reales, y con ellas pueden
visitarse las sacristías, el guardarropa, las capillas de don Álvaro de
Luna y del cardenal Albornoz, y la Sala Capitular, con sus dos filas de
retratos de arzobispos, que son una maravilla. ¿Quién no se rasca el
bolsillo por ver tales portentos?
Después añadió, designando el último talonario con cierto desprecio:
--Estas blancas sólo valen dos reales. Son para ver los gigantones y las
campanas. Se venden muchas entre la gente menuda que viene a la catedral
en días de fiesta. ¿Querrás creer que aún hay judíos que protestan y
dicen que esto es un robo? El otro día, tres soldados de la Academia,
que vinieron con unos «parditos» a ver los gigantones, armaron un
escándalo porque no les dejaban entrar por un perro gordo. ¡Como si
pidiésemos limosna...! Se van muchos echando pestes contra la iglesia,
lo mismo que si fuesen herejes, y en la escalera pintan con carbón cosas
abominables o escriben palabras obscenas. ¡Qué tiempos!, ¿eh, Gabriel?
Luna sonreía silencioso, y animado el -Vara de plata- por este mutismo,
que le parecía de conformidad, añadió con cierto orgullo:
--Esto de las papeletas lo inventé yo.... Es decir, realmente no fui yo
el inventor, pero a mí se debe su establecimiento en esta casa. Tú has
corrido mucho y habrás visto en esos países de -extranjis- que todo
puede visitarse... pero pagando. El señor cardenal anterior a éste, que
en santa gloria esté--y se llevó la mano al bonete--, también había
corrido muchas tierras; un «moderno» que, a vivir más tiempo, hubiese
acabado por poner luz eléctrica en las naves de la catedral. Yo le oí en
cierta ocasión hablar de lo que se hacía en los museos y demás edificios
notables allá en Roma y en otras ciudades: la entrada libre a todas
horas, pero pagando. Una gran comodidad para el público, que no necesita
de recomendaciones para ver las cosas. Y un día que el Obrero y yo nos
roíamos las uñas viendo que esas mil y pico de pesetas puercas (¡Dios me
perdone!) que nos da el desdichado Estado no bastaban para finalizar el
mes, propuse mi idea. ¿Querrás creer que hubo en el cabildo señores que
se opusieron? Ciertos canónigos jóvenes hablaron de los mercaderes del
templo; tú ya sabes quiénes eran: unos judíos a los que corrió el Señor
con la cuerda en la mano por no sé qué perrerías; otros más viejos
alegaron que la catedral había tenido abiertas sus maravillas a todos
durante siglos, y así había de seguir. Tendrían razón todos los señores,
pues no se llega a canónigo sin talento; pero intervino el cardenal
difunto, que de Dios goce--otro golpe de bonete--, y el cabildo hubo de
aceptar la reforma a regañadientes, y acabará por aplaudirla. ¡A
cualquiera le amarga un dulce! ¿Sabes cuánto dinero le entregué al señor
cardenal el año pasado? Más de tres mil duros, casi tanto como nos da el
Estado pecador. Y esto sin perjuicio para nadie. El público paga, mira y
se marcha. De todos modos, son aves de paso, que sólo vienen una vez: el
que se va ya no vuelve. ¡Y qué son cuatro míseras pesetas, cuando por
ellas se ve uno de los templos más gloriosos de la cristiandad, la cuna
del catolicismo español, la catedral de Toledo! ¡Como quien dice
nada...!
Paseaban los dos hombres por el claustro, siguiendo el lado que a
aquella hora matinal caldeaba el sol. El clérigo se había guardado los
talonarios. Sus ojos se fijaban en Gabriel, que creía del caso sonreír
de un modo enigmático que don Antolín tomaba por una afirmación. Esto le
animó a continuar en sus confidencias.
--¡Ay, Gabriel! No creas que cumplo sin trabajo mis pesados deberes. El
cardenal confía en mí, el cabildo me distingue con su afecto, el Obrero
no tiene otra esperanza que mi auxilio. Gracias a las papeletas puede ir
tirando la catedral y conservar su antiguo aspecto de grandeza, para que
venga el público a admirarla. Somos más pobres que las ratas. Y gracias
que nos quedan para remediarnos algunas migajas de nuestro pasado. Si el
viento o el granizo rompe una vidriera de las naves, podemos echar mano
de los vidrios sobrantes que nos dejaron los señores Obreros de otros
siglos. ¡Ay, Señor, Dios mío! ¡Y pensar que hubo una época en que el
cabildo mantenía a sus expensas, dentro del templo, talleres de pintores
de vidrio, de plomeros y qué sé yo cuántos más, pudiendo hacer grandes
obras sin buscar auxilio fuera de casa! Si se rompe una casulla, aún nos
quedan para componerla tiras bordadas con santos y flores, que son una
maravilla. Pero ¿y cuando todo esto se acabe?, ¿cuando se rompa el
último vidrio de repuesto y se agoten los retales de la Obrería? Habrá
que poner vidrios blancos y baratos en los ventanales para que no entren
el viento y la lluvia; la catedral parecerá una casa de huéspedes (¡que
el Señor me perdone la comparación!) y los sacerdotes de la Primada
alabarán a Dios vestidos como el capellán de una ermita.
Y don Antolín reía sarcásticamente, como si este porvenir por él evocado
fuese un absurdo contrario a las leyes eternas.
--Y no creas--continuó--que aquí se despilfarra ni se deja de hacer
dinero de todo lo utilizable. El jardín, que tantos años fue de tu
familia, lo dio en arrendamiento el cabildo desde la muerte de tu
hermano. Veinte duros al año paga tu tía Tomasa para que lo explote su
hijo, y eso porque, como sabes, la vieja es gran amiga de Su Eminencia,
pues le conoce desde niño. Yo ando como un azacán por el templo y los
claustros, vigilándolo todo para que no se hagan trampas, pues aquí hay
gente joven y ligera que no es de fiar. Tan pronto estoy en el Ochavo,
viendo si tu sobrino el -Tato- ha pedido la papeleta a los forasteros
(pues es muy capaz de dejarlos entrar gratis para que le den propina),
como subo al claustro para vigilar a ese zapaterín que enseña los
gigantones. A mí no me la pegan. Nadie se escapa sin pagar; pero ¡ay!
hace tiempo que no celebro; tú me ves a mediodía, cuando se cierra la
catedral, leyendo mis Horas apresuradamente por el claustro, pendiente
del reloj para bajar así que abren de nuevo el templo y vienen los
forasteros a ver el Tesoro. Esto no es vida de católico, y si Dios no me
tomase en cuenta que lo hago todo por la gloria de su casa, creo que
hasta perdería mi alma.
Pasearon largo rato en silencio los dos hombres. Pero don Antolín no
podía callar fácilmente cuando se trataba de la vida económica de la
Primada.
--¡Y pensar, Gabriel--continuó--, que siendo lo que hemos sido en otros
tiempos, nos vemos así...! Tú y la mayoría de los que aquí viven no
tenéis idea de lo rica que ha sido esta casa. Tanto como un rey, y en
algunos tiempos, más. De muchacho sabías tú, como nadie, la historia de
nuestros gloriosos arzobispos, pero de la fortuna que amasaron para
Dios, ni una palabra. A vosotros los sabios no os da por estas
«materialidades». ¿Conoces las donaciones que reyes y grandes señores
hicieron en vida a nuestra catedral y las herencias que le dedicaron en
la hora de la muerte? ¡Qué has de conocer! Yo lo sé todo; me he enterado
en la Obrería, en el Archivo, en la Biblioteca. Cada uno a lo que le
interesa, y yo, que con el señor Obrero he rabiado más de una vez ante
los apuros de la casa, me consuelo pensando en lo que tuvo cuando aún no
habíamos nacido. Hemos sido muy ricos, Gabriel, pero muy ricos. El
arzobispo de Toledo podía colocarse en la mitra una corona o dos, y no
digo tres porque pienso en el Sumo Pontífice.... Primero, la escritura
de dotación a la catedral hecha por el rey Alfonso VI a raíz de haber
conquistado Toledo. La hicieron en una ermita, después de elegido el
obispo don Bernardo, y yo la he visto con mis pecadores ojos en el
Archivo: un pergamino con letras góticas, que figura a la cabeza de los
Privilegios de esta Santa Iglesia. El buen rey da a la catedral nueve
villas, y si quisiera te podría citar los nombres, varios molinos y un
sinnúmero de viñas, casas y tiendas en la ciudad, y termina diciendo,
con su largueza de caballero cristiano: «Esto, pues, de tal manera lo
doy, y concedo a esta Santa Iglesia y a ti, Bernardo, Arzobispo, por
libre y perfecta donación, que por homicidio ni por otra alguna calumnia
en ningún tiempo se pierdan. Amén.» Después, don Alfonso VII nos da ocho
pueblos al otro lado del Guadalquivir, varios hornos, dos castillos, las
salinas de Belinchón y el diezmo de toda la moneda que se labrase en
Toledo, para el vestuario de los prebendados. El VIII del mismo nombre
suelta sobre la catedral otra lluvia de donaciones, ciudades, aldeas y
molinos: Illescas es nuestra, y una gran parte de Esquivias, así como la
apoteca de Talavera. Después viene el batallador prelado don Rodrigo,
que conquista a los moros mucha tierra; la catedral posee un principado,
el Adelantamiento de Cazorla, con poblaciones como Baza, Niebla y
Alcaraz.... Y dejando a los reyes, ¡no hay poco que decir de los grandes
señores, nobles como príncipes, que mostraron su generosidad con la
Iglesia Primada...! Don Lope de Haro, señor de Vizcaya, no contento con
costear la construcción del templo desde la puerta de los Escribanos
hasta el coro, nos regala la villa de Alcubilete, con sus molinos y
pesquerías, y deja dotación para que en el coro, al rezarse las
completas, arda esa vela que llaman «la Preciosa», y que se coloca en el
águila de bronce del gran atril. Don Alfonso Teilo de Meneses nos da
cuatro castillos en las riberas del Guadiana, y como él, otros grandes
señores nos conceden diezmos, derechos de peaje y ¡qué sé yo cuántas
riquezas más...! Hemos sido poderosos, Gabriel. El territorio de esta
diócesis era más grande que un principado. La catedral tenía propiedades
en la tierra, en el aire y en el mar. Nuestros dominios se extendían por
toda la nación, de punta a punta, y no había provincia donde no
poseyésemos algo. Todo contribuía a la gloria del Señor y a la decencia
y bienestar de sus ministros; todo pagaba a la catedral: el pan al
cocerse en el horno, el pez al caer en la red, el trigo al pasar por la
muela, la moneda al saltar del troquel, el viandante al seguir su
camino. Los rústicos, que entonces no pagaban contribuciones e
impuestos, servían a su rey, y salvaban la propia alma dándonos la mejor
gavilla de cada diez, con lo cual los graneros de la Iglesia Primada
eran insuficientes para contener tanta abundancia. ¡Qué tiempos
aquéllos! Había fe, Gabriel, y la fe es lo principal en la vida. Sin fe
no hay virtud, ni decencia... ni nada.
Se detuvo un momento, jadeante por su discurso, echando el aliento a la
cara de Luna. El clérigo estaba tan impregnado del ambiente de la
catedral, que en su cuerpo parecían resumirse todos los olores del
templo: su sotana tenía el perfume mohoso de la piedra vieja y las rejas
herrumbrosas; por su boca parecían respirar los canalones y las
gárgolas la rancia humedad de los desvanes.
Con la rápida evocación de las riquezas pasadas, enardecíase don Antolín
hasta indignarse.
--Y habiendo sido tan ricos, Gabriel, hoy nos vemos en la miseria, y yo,
hijo mío, un sacerdote del Señor, tengo que ir de un lado a otro con
estas papeletas para que vivamos todos, como si fuese un revendedor de
entradas de toros, como si la casa de Dios fuera un teatro, teniendo que
aguantar a extranjeros herejes que entran sin santiguarse, mirándolo
todo con gemelos. ¡Y yo debo sonreírles, porque pagan y nos proporcionan
los postres para el triste cocido! ¡Ca...rape! ¡Jesús me valga! Iba a
decir una barbaridad.
Y don Antolín siguió lanzando indignadas lamentaciones, hasta que al
pasar frente a la puerta de su casa asomó Mariquita el abultado y feo
rostro.
--Tío, basta de paseo. Se enfría el chocolate.
Aun después de desaparecer el sacerdote dentro de su casa, siguió la
sobrina sonriendo amablemente a Luna.
--¿Usted gusta, don Gabriel?
Con sus ojos audaces de loba hambrienta invitaba a Luna a entrar. Le
gustaba el porte «aseñorado», como ella decía, de aquel hombre, la
soltura que le daba su antiguo trato con el mundo. Además, sobre su
imaginación de mujer ejercía cierto encanto el misterioso pasado de
Gabriel, su altivez silenciosa, la vaga fama de sus aventuras y aquella
sonrisa un tanto compasiva y desdeñosa con que escuchaba a las gentes
del claustro alto.
Se retiró la insinuante Mariquita y siguió Gabriel sus paseos por el
claustro, después de apurar el jarrito de leche que todas las mañanas le
subía su hermano.
A las ocho salía don Luis, el maestro de capilla, siempre con el manteo
terciado teatralmente y el sombrero de teja echado atrás como una
aureola sobre su enorme cabeza. Tarareaba con aire distraído, agitado
perpetuamente por su nerviosa movilidad. Preguntaba con alarma si
habían tocado ya a coro, asustado por las amenazas de multa a causa de
su retraso. Gabriel sentíase atraído por este artista eclesiástico que
vegetaba despreciado en las últimas capas de la Iglesia, pensando más en
la música que en el dogma.
Por las tardes subía Gabriel al camaranchón que habitaba el maestro de
capilla en el piso superior de la casa de los Luna. La habitación
contenía toda la fortuna del artista: una cama de hierro, que era aún la
del Seminario, un armónium, dos bustos de yeso de Beethoven y Mozart y
un montón enorme de paquetes de música, de partituras encuadernadas, de
hojas sueltas de papel pautado, pero tan grande, tan revuelto y confuso,
que con frecuencia se desplomaba, invadiendo con blanco aleteo hasta los
últimos rincones.
--En esto se le van los cuartos--decía el -Vara de palo- con acento de
bondadosa reconvención--.
Nunca tendrá un céntimo. Apenas coge la paga, ¡a pedir más papelotes a
Madrid! Más le valdría, don Luis, comprarse un sombrero nuevo, aunque
fuese modestito, para que los señores del coro no se burlasen de la
cobertura que lleva en la cabeza.
En las tardes de invierno, después del coro, el músico y Gabriel se
refugiaban en aquella habitación. Los canónigos, huyendo del viento frío
o de la lluvia, daban su paseo diario por las galerías del claustro
alto, con el afán de no privarse de este ejercicio a que estaba
acostumbrada su metódica existencia. El agua del cielo golpeaba los
vidrios de la ventana del camaranchón. A la claridad triste y gris de la
tarde hojeaba el maestro los cuadernos o hacía correr sus manos sobre el
armónium, conversando con Gabriel, que se sentaba en la cama.
Enardecíase el músico hablando de sus adoraciones artísticas. En mitad
de una peroración entusiasta callaba, inclinándose ante el armónium, y
las melodías del instrumento llenaban el cuarto, descendiendo por la
escalera hasta llegar a los paseantes del claustro como un eco lejano.
De repente, cesaba de tocar en el pasaje más interesante y reanudaba su
charla, como temiendo que en su continua distracción se le evaporasen
las ideas.
El silencioso Luna era el único auditorio que había encontrado en la
catedral, el primero que le escuchaba largas horas sin burlarse ni
tenerlo por loco; antes bien, mostraba con sus breves interrupciones y
preguntas el gusto con que le oía. El final de la conversación todas las
tardes era el mismo: la grandeza de Beethoven, ídolo del sacerdote
artista.
--Le he amado toda mi vida--decía el maestro de capilla--. A mí me educó
un fraile jerónimo, un exclaustrado viejo, que, después de abandonar el
convento, corrió algo de mundo como profesor de violoncelo. Los
Jerónimos fueron los grandes músicos de la Iglesia. Usted no sabrá esto;
yo tampoco lo sabría si poco después de nacer no me hubiese tomado bajo
su protección aquel santo hombre, que fue para mí un verdadero padre.
Parece que cada orden religiosa se dedicaba en sus buenos tiempos a una
especialidad. Unos, creo que los benedictinos, anotaban libros viejos;
otros fabricaban licores para las damas; los de más allá tenían unas
manos de oro para jaulas de pájaros, y los Jerónimos estudiaban siete
años de música, dedicándose cada uno al instrumento de su preferencia. A
ellos se debe que se conservara en las iglesias de España un poco, un
poquito nada más, de buen gusto musical. ¡Y qué orquestas, según me
contaba mi padrino, formaban los Jerónimos en sus conventos! Para las
señoras era una gloria ir los domingos por la tarde al locutorio, donde
encontraban a los buenos Padres, cada uno de los cuales resultaba un
profesorazo instrumentista. Eran los únicos conciertos de aquella época.
Con la pitanza asegurada, sin tener que preocuparse de casa ni vestido y
teniendo el amor al arte por toda obligación, figúrese usted, Gabriel,
qué musicotes podrían salir. Por eso, cuando echaron a los frailes de
sus conventos, los Jerónimos no salieron mal librados. Nada de mendigar
misas por las iglesias ni vivir de gorra con las familias devotas.
Tenían para ganarse el pan un arte estudiado concienzudamente, y se
colocaron en seguida en las catedrales como organistas y maestros de
capilla. Los cabildos se los disputaban. Algunos fueron más audaces, y
ganosos de ver de cerca aquel mundo musical que se les aparecía dentro
de sus conventos como un paraíso fantástico, entraron en las orquestas
de los teatros, viajaron, hicieron sus calaveradas allá por Italia,
transformándose de tal modo, que ni en cien años los hubiera reconocido
su antiguo prior. Uno de éstos fue mi padrino. ¡Qué hombre! Era un buen
cristiano, pero de tal modo se había entregado a la música, que en él
quedaba muy poco del antiguo fraile. Cuando le anunciaban, que pronto se
restablecerían los conventos, levantaba los hombros con indiferencia. Le
interesaba más una sonata nueva. Pues bien, Gabriel: aquel hombre tenía
frases que han quedado en mi memoria para siempre. Un día, siendo yo
niño, me llevó en Madrid a una reunión de músicos amigos que ejecutaban
para ellos solos el famoso -Septimino-. ¿Lo conoce usted? La obra más
«fresca» y más graciosa de Beethoven. Recuerdo a mi padrino saliendo de
la audición ensimismado, con la cabeza baja, tirando de mí, que apenas
podía seguir sus grandes zancadas. Cuando llegamos a casa, me miró
fijamente, como si yo fuese una persona mayor. «Oye, Luis--me dijo--, y
acuérdate bien de esto. En el mundo no hay más que un "Señor": Nuestro
Señor Jesucristo, y dos "señoritos": Galileo y Beethoven...»
El músico miró amorosamente el busto de yeso que desde una rinconera
contemplaba el cuartucho con entrecejo de león y ojos huraños de sordo.
--Yo no conozco a Galileo--continuó don Luis--. Sé que fue un sabio, un
genio de la ciencia. No soy más que un músico y entiendo poco de estas
cosas. Pero a Beethoven lo adoro, y creo que mi padrino se quedó corto.
Es un dios, es el hombre más extraordinario que ha producido el mundo.
¿No lo cree usted así, Gabriel?
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