en los pueblos, haciendo votos por que pronto volviese el Deseado. El
coro daba lástima con las escasas voces de los tímidos y los comodones
que, pegados al asiento y no pudiendo vivir lejos de él, habían
reconocido al rey intruso. El segundo cardenal de Borbón, el dulce e
insignificante don Luis María, estaba en Cádiz, de regente del reino.
Era el único de la familia que quedaba en España, y las Cortes habían
echado mano de él para dar cierto tinte dinástico a su autoridad
revolucionaria.
Cuando al terminar la guerra volvió a su sede el pobre cardenal, el
señor Esteban se enterneció viendo su rostro de niño triste, rematado
por una cabeza de redonda e insignificante pequeñez. Venía desalentado y
cariacontecido, después de recibir en Madrid a su sobrino Fernando VII.
Sus compañeros de regencia estaban en la cárcel o en el destierro; y sí
él no sufrió igual suerte, era por su mitra y su apellido. El infeliz
prelado creía haber hecho una gran cosa sosteniendo los intereses de su
familia durante la guerra, y se veía acusado de liberal, de enemigo de
la religión y del trono, sin que pudiese adivinar en qué había
conspirado contra ellos. El pobre cardenal de Borbón languideció de
tristeza en su palacio, dedicando sus rentas a hacer obras en la
catedral, hasta que murió al iniciarse la reacción de 1832, dejando el
sitio a Inguanzo, el tribuno del absolutismo, un prelado con patillas
entrecanas, que había hecho su carrera en las Cortes de Cádiz atacando
como diputado toda reforma y abogando por el retroceso a los tiempos de
los Austrias, medio seguro para salvar al país.
El buen jardinero saludaba con igual entusiasmo al cárdena borbónico
odiado de los reyes, que al prelado con patillas que hacía temblar a
toda la diócesis con su genio acre y desabrido y sus arrogancias de
revolucionario absolutista. Para él, quien llegaba a la silla de Toledo
era un hombre perfecto, cuyos actos no se podían discutir, y hacía oídos
sordos a las murmuraciones de canónigos y beneficiados, los cuales,
fumando un cigarrillo en el cenador de su jardín, hablaban-de las
genialidades de aquel señor de Inguanzo, indignado contra el gobierno de
Fernando VII porque no era bastante «neto» y por miedo a los extranjeros
no osaba restablecer el saludable Tribunal de la Inquisición.
Lo único que entristecía al jardinero era contemplar la decadencia de su
querida catedral. Las rentas del arzobispado y las del cabildo habían
sufrido gran merma con la guerra. Había ocurrido lo que en las
inundaciones, que, al retirarse, arrastran árboles y casas, dejando el
terreno yermo y desabitado. La Primada perdía muchos de sus derechos;
los arrendatarios se hacían dueños valiéndose de los apuros del Estado;
los pueblos se negaban a pagar sus servidumbres feudales, como si el
hábito de defenderse y hacer la guerra les librase para siempre del
vasallaje. Además, las empecatadas Cortes, decretando la abolición de
los señoríos, habían cercenado las cuantiosas rentas de la catedral,
adquiridas en los siglos en que los arzobispos de Toledo se calaban el
casco y andaban con los moros a golpes de mandoble.
Aun así, le restaba una fortuna considerable a la Iglesia Primada, y
mantenía su esplendor como si nada hubiese ocurrido; pero el señor
Esteban husmeaba el peligro desde el fondo de su jardín, enterándose por
los canónigos de las conspiraciones liberales y de los fusilamientos,
horcas y destierros a que tenía que apelar el señor rey don Fernando
para contener la audacia de los «negros», enemigos de la monarquía y la
Iglesia.
--Han probado el dulce--decía--, y volverán, ¡vaya si volverán!, así que
les dejen. Durante la guerra nos dieron el primer mordisco, quitando a
la catedral más de la mitad de lo suyo, y ahora nos robarán el resto, si
es que logran coger la sartén del mango.
El jardinero se indignaba ante la posibilidad de que esto ocurriera.
¡Ay! ¡Y para esto habían peleado con los moros tantos señores arzobispos
de Toledo, conquistando villas, asaltando castillos y acotando dehesas,
que pasaban a ser propiedad de la catedral, contribuyendo al mayor
esplendor del culto a Dios! ¡Y para caer en las manos puercas de los
enemigos de todo lo santo habían testado tantos fieles en la hora de la
muerte, reinas, magnates y simples particulares, dejando lo más sano de
su fortuna a la Santa Iglesia Primada, con el deseo de salvar su
alma...! ¿Qué iba a ser de las seiscientas personas, entre grandes y
chicos, clérigos y seglares, dignidades y simples empleados, qué comían
de las rentas de la catedral...? ¿Y a eso llamaban libertad? ¿A robar lo
que no era suyo, dejando en la miseria a un sinnúmero de familias que se
mantenían de la «olla grande» del cabildo?
Cuando los tristes presentimientos del jardinero comenzaron a cumplirse
y Mendizábal decretó la desamortización, el señor Esteban creyó morir de
rabia. El cardenal Inguanzo procedió mejor que él. Arrinconado en su
palacio por los liberales, como su antecesor lo había sido por los
absolutistas, tomó el partido de morirse, para no presenciar tantos
atentados contra la fortuna sagrada de la iglesia. El señor Luna, que
por ser simple jardinero no podía imitar al cardenal, siguió viviendo;
pero todos los días tomaba un disgusto al saber que, por cantidades
irrisorias, algunos moderados de los que no faltaban a la misa mayor
iban adquiriendo hoy una casa, mañana un cigarral, al otro una dehesa,
fincas todas pertenecientes a la Primada que habían pasado a figurar en
los llamados bienes nacionales. ¡Ladrones! Al señor Esteban le causaba
igual indignación esta subasta lenta, que desgarraba en piezas la
fortuna de la catedral, que si viera a los alguaciles entrar en su casa
de las Claverías para llevarse los muebles de la familia, cada uno de
los cuales guardaba el recuerdo de un ascendiente.
Hubo momentos en que pensó abandonar el jardín, marchando al Maestrazgo
o a las provincias del Norte en busca de los leales que defendían los
derechos de Carlos V y la vuelta a los antiguos tiempos. Tenía entonces
cuarenta años; sentíase ágil y fuerte, y aunque su humor era pacífico y
nunca había tocado un fusil, le animaba el ejemplo de algunos
estudiantes tímidos y piadosos que se habían fugado del Seminario, y,
según se decía, peleaban en Cataluña tras la capa roja de don Ramón
Cabrera. Pero el jardinero, para no estar solo en su, gran habitación de
las Claverías, se había casado tres años antes con la hija del sacristán
y tenía un hijo. Además, no podía despegarse de la iglesia. Era un
sillar más de la montaña de piedra; se movía y hablaba como un hombre,
pero tenía la seguridad de perecer apenas saliese de su jardín. La
catedral perdería algo importante si le faltaba un Luna, después de
tantos siglos de fiel servicio, y a él le asustaba la posibilidad de
vivir fuera de ella. ¿Cómo había de ir por los montes disparando tiros,
si para él transcurrían los años sin pisar otro suelo «profano» que el
pedazo de calle entre la escalera de las Claverías y la puerta del
Mollete?
Siguió cultivando su jardín, con la melancólica satisfacción de
considerarse a cubierto de los males revolucionarios al abrigo de aquel
coloso de piedra que imponía respeto con su majestuosa vetustez.
Podrían cercenar la fortuna del templo, pero serían impotentes contra la
fe cristiana de los que vivían a su amparo.
El jardín, insensible y sordo a las tempestades revolucionarias que
descargaban sobre la iglesia, seguía desarrollando entre las arcadas su
belleza sombría. Los laureles crecían rectos hasta llegar a las
barandillas del claustro alto; los cipreses agitaban sus copas como si
quisieran escalar los tejados; las plantas trepadoras se enredaban en
las verjas del claustro formando tupidas celosías de verdura, y la
hiedra tapizaba el cenador central, rematado por una montera de negra
pizarra con cruz de hierro enmohecido. En el interior de éste, los
clérigos, al terminar el coro de la tarde, leían, a la verdosa claridad
que se filtraba entre el follaje, los periódicos del campo carlista o
comentaban entusiasmados las hazañas de Cabrera, mientras que en lo
alto, indiferentes para las insignificancias humanas, revoloteaban las
golondrinas en caprichosa contradanza, lanzando silbidos como si rayasen
con su pico el cristal del cielo. El señor Esteban asistía silencioso y
de pie a este club vespertino, que traía recelosos a los de la Milicia
Nacional de Toledo.
Terminó la guerra y se desvanecieron las últimas ilusiones del
jardinero. Cayó en un mutismo de desesperado: no quería saber nada de
fuera de la catedral. Dios había abandonado a los buenos; los traidores
y los malos eran los más. Lo único que le consolaba era la fortaleza del
templo, que llevaba largos siglos de vida y aún podría desafiar a los
enemigos durante muchos más.
Sólo quería ser jardinero, morir en el claustro alto, como sus abuelos,
y dejar nuevos Luna que perpetuasen los servicios de la familia en la
catedral. Su hijo mayor, Tomás, tenía doce años y le ayudaba en el
cuidado del jardín. Con un intervalo de algunos años había tenido otro,
Esteban, que apenas sabía andar y ya se arrodillaba ante las imágenes de
la habitación, llorando para que su madre le bajase a la iglesia a ver
los santos.
La pobreza entraba en el templo; reducíase el número de canónigos y
racioneros. Al morir los empleados anulábanse las plazas, y eran
despedidos los carpinteros, los albañiles, los vidrieros, que antes
vivían en la Primada como obreros adheridos a ella, trabajando
continuamente en su reparación. Si de tarde en tarde era indispensable
verificar un trabajo, se llamaban jornaleros de fuera. En las Claverías
se desocupaban muchas habitaciones; un silencio de cementerio reinaba
allí donde antes se aglomeraba todo un pueblo falto de espacio. El
-gobierno de Madrid---había que ver con qué expresión de desprecio
subrayaba el jardinero estas palabras--andaba en tratos con el Santo
Padre para arreglar una cosa que llamaban Concordato. Se limitaba el
número de los canónigos, como si la Iglesia Primada fuese una colegiata
cualquiera. Se les pagaba por el Gobierno, lo mismo que a los
empleadillos, y para el sostenimiento y culto de la más famosa de las
catedrales españolas, que cuando cobraba el diezmo no sabía dónde
encerrar tantas riquezas, se destinaban mil doscientas pesetas
mensuales.
--¡Mil doscientas pesetas, Tomás!--decía a su hijo, un chicarrón
silencioso a quien no interesaba gran cosa lo que no fuese su jardín--.
¡Mil doscientas pesetas, cuando yo he conocido a la catedral con más de
seis millones de renta! ¿Para qué hay con eso? Malos tiempos nos
esperan, y si yo fuese otro, os dedicaría a un oficio, a cualquier cosa,
fuera de la Primada. Pero los Luna no pueden desertar, como tantos
pillos que han traicionado la causa de Dios. Aquí hemos nacido y aquí
hemos de morir hasta el último de la familia.
Y enfurecido contra los clérigos de la catedral, que parecían acoger con
buen gusto el Concordato y sus sueldos, satisfechos de salir bien
librados de la tormenta revolucionaria, se aislaba en el jardín,
cerrando la puerta de la verja y rehuyendo las tertulias de otros
tiempos.
Aquel pequeño mundo vegetal no cambiaba. Su sombra verdosa era semejante
al crepúsculo que envolvía el alma del jardinero. No era la alegría
ruidosa, desbordante de colores y susurros, del huerto al aire libre
inundado de sol; tenía la melancólica belleza del jardín monacal entre
cuatro paredes, sin más luz que la que desciende a lo largo de los
aleros y las arcadas, ni otras aves que las que revolotean en lo alto
mirando con asombro un paraíso en el fondo de un pozo. La vegetación era
la misma da los paisajes griegos: laureles, cipreses y rosales, como en
los idilios de los poetas helénicos. Pero las ojivas que lo cerraban,
los andenes pavimentados con grandes losas berroqueñas, en cuyos
intersticios crecía la hierba en festones, la cruz del cenador central,
el olor mohoso del hierro viejo de las verjas y la humedad de la piedra
de los contrafuertes cubiertos por la verde capa de las lluvias, daban
al jardín un ambiente de vetustez cristiana. Los árboles se agitaban al
viento como incensarios; las flores, de color pálido, lánguidas, con
anémica hermosura, olían a incienso, como si las bocanadas de aire de la
catedral con que las impregnaban las cercanas puertas transformasen sus
naturales perfumes. El agua de las lluvias, cayendo por las gárgolas y
canalones de los tejados, dormía en dos profundas albercas de piedra. El
cubo del jardinero rompía un instante la capa verdosa de su superficie,
dejando ver el azul negruzco de las grandes profundidades; pero apenas
extinguidos los círculos excéntricos de la inmersión, volvían a
aproximarse y a confundirse las verdes lentejas, y otra vez desaparecía
el agua bajo su mortaja vegetal, sin un estremecimiento, sin un susurro,
muerta e inmóvil como el templo en el silencio de la tarde.
En la fiesta del Corpus y en la de la Virgen del Sagrario, a mediados de
agosto, la gente acudía con cántaros al jardín y el señor Esteban
permitía que los llenasen en las dos cisternas. Era una antigua
costumbre que apreciaban los viejos toledanos, haciéndose lenguas de la
frescura del agua de la catedral, condenados como estaban el resto del
año al líquido terroso del Tajo. Otras veces entraba la gente en el
jardín para proporcionar algunas ganancias al señor Esteban. Las devotas
le encargaban ramos para sus imágenes o compraban tiestos de flores,
creyéndolos preferibles a los de los cigarrales, por ser de la Iglesia
Primada. Las viejas pedían ramas de laurel para guisos y medicinas
caseras. Estos ingresos, unidos a las dos pesetas que el cabildo había
asignado al jardinero después de la fatal desamortización, servían al
señor Esteban para sacar la familia adelante. Próximo ya a la vejez
había tenido su tercer hijo, Gabriel, un pequeñuelo que a los cuatro
años llamaba la atención de las mujeres de las Claverías. Su madre
afirmaba con fe ciega que era el «vivo retrato» del Niño Jesús que
llevaba en brazos la Virgen del Sagrario. Su hermana Tomasa, casada con
el -Azul de la Virgen- y autora de una numerosa familia que ocupaba casi
la mitad del claustro alto, hacíase lenguas del talento de su sobrinillo
cuando apenas sabía hablar y de la unción infantil con que contemplaba
las imágenes.
--Parece un santo--decía a sus amigas--. Hay que ver la seriedad con que
repite las oraciones.... Gabrielillo llegará a ser algo. ¡Quién sabe si
le veremos obispo! Monaguillos he conocido yo, cuando mi padre estaba
encargado de la sacristía, que ya usan mitra, y puede que algún día los
tengamos en Toledo.
El coro de halagos y alabanzas rodeaba desde sus primeros años al niño
como una nube de incienso. La familia vivía para él. El señor Esteban,
padre al uso latino, que amaba a sus hijos pero se mostraba con ellos
sombrío y amenazador para que creciesen rectos, sentía ante el pequeño
un retoñamiento de juventud, y jugueteaba con él, prestándose sonriente
a todos sus caprichos. La madre abandonaba las faenas de la casa para no
contrariar a Gabriel, y los hermanos estaban pendientes de sus
balbuceos. El mayor, Tomás, mocetón silencioso que había reemplazado a
su padre en el cuidado del jardín e iba descalzo en pleno invierno por
los arriates y las ásperas losas de los andenes, subía con frecuencia
manojos de hierbas olorosas para que juguetease con ellas su hermanillo.
Esteban, el segundo, que tenía trece años y gozaba de cierto prestigio
entre los monaguillos de la catedral por la escrupulosidad con que
ayudaba las misas, asombraba a Gabriel con su sotana roja y el roquete
encañonado, y le ofrecía cabos de vela y estampitas de colores
sustraídas del breviario de algún canónigo.
Algunas veces le entraba en brazos en el departamento de los gigantones,
una vasta sala entre los contrafuertes y los botareles de las naves,
atravesada por arbotantes de piedra. Allí estaban los héroes de las
antiguas fiestas: el Cid gigantesco, con su espadón, y las cuatro
parejas representando otras tantas partes del mundo, enormes figurones
con los vestidos apolillados y la cara resquebrajada que habían alegrado
las calles de Toledo, pudriéndose ahora en los tejados de la catedral.
En un rincón estaba la Tarasca, espantable monstruo de cartón que abría
sus fauces asustando a Gabriel, mientras sobre su lomo rugoso giraba
locamente una muñeca desmelenada e impúdica, que la religiosidad de
otros siglos había bautizado con el nombre de Ana Bolena.
Cuando Gabriel fue a la escuela, todos se asombraron de sus progresos.
La chiquillería del claustro alto, que tanto enfadaba al -Vara de
plata-, sacerdote encargado de la dirección y buen orden de la tribu
establecida en los tejados de la catedral, admiraba al pequeño Gabriel
como un prodigio. Aún no sabía andar y ya leía de corrido. A los siete
años comenzó a rumiar el latín, dominándole rápidamente, como si en su
vida no hubiese hablado otra cosa; a los diez disputaba con los clérigos
que frecuentaban el jardín, los cuales se gozaban en oponerle objeciones
y dificultades.
El señor Esteban, cada vez más encorvado y débil, sonreía satisfecho
ante su última obra. ¡Iba a ser la gloria de la casa! Se llamaba Luna, y
podía aspirar a todo sin miedo, pues hasta papas había en la familia.
Los canónigos llevábanse al pequeño a la sacristía, antes del coro,
para hacerle preguntas sobre sus estudios. Un clérigo de las oficinas
del arzobispado lo presentó al cardenal, quien después de oírle le dio
un puñado de almendras y la esperanza de ocupar una beca para que
hiciese gratuitamente sus estudios en el Seminario.
Los Luna y sus parientes más o menos cercanos, que formaban casi el
total de la población del claustro alto, se regocijaron con este
ofrecimiento. ¿Qué otra cosa podía ser Gabriel sino sacerdote? Para
aquellas gentes, pegadas desde que nacían al templo, cual excrecencias
de la piedra, y que consideraban a los arzobispos de Toledo los seres
más poderosos del mundo después del Papa, el único lugar digno de un
hombre de talento era la Iglesia.
Gabriel fue al Seminario, y la familia creyó que las Claverías quedaban
desiertas. Con la marcha del estudiante acababan en casa de los Luna las
veladas, en las que el campanero, el pertiguero, los sacristanes y demás
empleados del templo escuchaban la voz clara y bien acentuada de
Gabriel, que les leía como un ángel, unas veces las vidas de los santos,
otras los periódicos católicos que llegaban de Madrid, y en ciertas
noches un -Quijote- con tapas de pergamino y ortografía anticuada,
venerable ejemplar que había pasado en la familia de generación en
generación.
La vida de Gabriel en el Seminario fue la existencia monótona y vulgar
del estudiante laborioso: triunfos en las controversias teológicas,
premios a granel y el honor de ser presentado a los compañeros como
modelo. De vez en cuando, algún canónigo de los que explicaban en el
Seminario entraba en el jardín.
--El muchacho marcha muy bien, Esteban. Es el primero en todo, y además,
callado y piadoso como un santo. Será el consuelo de su ancianidad.
El jardinero, cada vez más extenuado y viejo, movía la cabeza. Él sólo
podría ver el término de la carrera de su hijo desde las alturas, si es
que Dios le llamaba a ellas. Moriría antes de su triunfo, pero no se
entristecía por esto; quedaba la familia para gozar de la victoria y dar
gracias al Señor por su bondad.
Humanidades, teología, cánones, todo lo vencía aquel jovenzuelo con
extraordinaria ligereza que asombraba a sus maestros. Le comparaban en
el Seminario con los Padres de la Iglesia que habían llamado la atención
por su precocidad. Iba a acabar sus estudios muy pronto, y todos le
auguraban que Su Eminencia le daría una cátedra en el Seminario antes de
cantar misa. Su deseo de saber era insaciable. La biblioteca del
Seminario la trataba como cosa propia. Algunas tardes iba a la catedral
para perfeccionar sus estudios de música religiosa hablando con el
maestro de capilla y el organista. En el aula de oratoria sagrada dejaba
estupefactos al profesor y los alumnos por la fogosidad y la convicción
con que pronunciaba sus sermones.
--Le llama el pulpito--decían en el jardín de la catedral--. Siente el
fuego de los apóstoles. Tal vez sea un San Bernardo o un Bossuet. ¡Quién
sabe adonde irá a parar ese muchacho...!
Uno de los estudios que más apasionaban a Gabriel era el de la historia
de la catedral y de los príncipes eclesiásticos que la habían regido.
Surgía en él el amor vehemente de los Luna por aquella giganta que era
su eterna madre. Pero no la admiraba a ciegas; como todos los suyos:
quería saber el -por qué- y el -cómo- de las cosas; comprobar en los
libros las noticias vagas oídas a su padre con más carácter de leyenda
que de hechos históricos.
Lo primero que llamaba su atención era la cronología de los arzobispos
de Toledo, una cadena de hombres famosos, santos, guerreros, escritores,
príncipes, todos con su cifra detrás del nombre, como los reyes en las
dinastías. Habían sido en ciertas épocas los verdaderos monarcas de
España. Los reyes godos en su corte no eran más que figuras decorativas,
a las que se ensalzaba o se deponía según las exigencias del momento.
La nación era una República teocrática, y el verdadero jefe el arzobispo
de Toledo.
Gabriel dividía y agrupaba por caracteres la larga lista de prelados
famosos. Primeramente los santos, los propagandistas de la edad heroica
del cristianismo, los obispos pobres como sus diocesanos, descalzos,
fugitivos de la persecución romana y entregando al fin su cabeza al
verdugo con el afán de dar nuevo prestigio a la doctrina por el
sacrificio de la existencia: San Eugenio, Melando, Pelagio, Patruno y
otros nombres que brillaban en el pasado, rompiendo apenas las nieblas
de lo legendario. Luego venían los arzobispos de la época goda, los
prelados monarcas, que ejercían sobre los reyes conquistadores la
superioridad con que el poder espiritual acaba por dominar a la barbarie
conquistadora. El milagro les acompañaba para confundir a los arríanos
sus enemigos; el prodigio celeste estaba a sus órdenes para asombrar a
los rudos hombres de guerra, supeditándolos. El arzobispo Montano, que
vive con su mujer, indignado por la murmuración, pone carbones
encendidos entre sus vestiduras sagradas mientras dice la misa y no se
quema, demostrando con este milagro la pureza de su vida. San Ildefonso,
no contento con escribir libros contra los herejes, hace que se le
aparezca Santa Leocadia, dejando entre sus dedos un pedazo de manto, y
goza el honor de que la misma Virgen descienda del cielo para ponerle
una casulla bordada por sus manos. Sigiberto, años después, tiene la
audacia de vestirse esta casulla, y es depuesto, excomulgado y
desterrado por su temeridad. Los únicos libros que se producen en tal
época los escriben los prelados de Toledo. Ellos compilan las leyes,
ellos ungen con el óleo santo la cabeza de los monarcas, ellos
improvisan rey a Wamba, conspiran contra la vida de Égica, y los
concilios reunidos en la basílica de Santa Leocadia son asambleas
políticas, en las que la mitra está sobre el trono y la corona del rey a
los pies del prelado.
Al sobrevenir la invasión sarracena se reanuda la serie de los
arzobispos perseguidos. No temen ya por su vida, como en los tiempos de
la intransigencia romana. Los musulmanes no dan martirio y respetan las
creencias de los vencidos. Todas las iglesias de Toledo siguen en poder
de los cristianos mozárabes, a excepción de la catedral, que se
convierte en mezquita mayor. Los obispos católicos son respetados por
los moros, lo mismo que los rabinos hebreos, pero la Iglesia es pobre, y
las continuas guerras entre sarracenos y cristianos, junto con las
represalias que sirven de contestación a la barbarie de la Reconquista,
dificultan la vida del culto. Gabriel, al llegar a este punto, soñaba
leyendo los nombres obscuros de Cixila, Elipando y Wistremiro. A éste le
llamaba San Eulogio «antorcha del Espíritu Santo y luz de España», pero
la Historia no decía nada de sus actos. A San Eulogio lo martirizan y
matan los moros en Córdoba por su excesivo entusiasmo religioso. Benito,
francés de nación, que le sucede en la silla, por no ser menos que sus
antecesores, hace que la Virgen le baje otra casulla en una iglesia de
su país antes de venir a Toledo.
Tras éstos, surgían en la interesante cronología los arzobispos
guerreros; los prelados de cota de malla y hacha de dos filos; los
conquistadores, que, dejando el coro a los humildes, montaban en su
trotón de guerra y creían no servir a Dios si en el año no añadían
algunas aldeas y montes a los bienes de la Iglesia. Llegaban en el siglo
xi, con Alfonso VI, a la conquista de Toledo. Los primeros eran
franceses, monjes del famoso monasterio de Cluny, enviados por el abad
Hugo al convento de Sahagún, y que comenzaban a usar el Don como señal
de señorío. A la piadosa tolerancia de los anteriores obispos,
acostumbrados al trato con árabes y judíos en la amplia libertad del
culto mozárabe, sucedía la feroz intransigencia del cristiano
conquistador. El arzobispo don Bernardo, apenas se ve en la silla de
Toledo, aprovecha la ausencia de Alfonso VI para violar sus compromisos.
La mezquita mayor sigue en poder de los moros, por pacto solemne del
rey, tolerante en materias religiosas como todos los monarcas de la
Reconquista. El arzobispo se apodera de la voluntad de la reina, la hace
cómplice de sus planes, y una noche, seguido de clérigos y obreros,
derriba las puertas de la mezquita, la limpia, la purifica, y por la
mañana, cuando acuden los sarracenos a dirigir sus oraciones al sol
naciente, la encuentran convertida en catedral católica. Los vencidos,
seguros de la palabra dada por el vencedor, protestan escandalizados, y
si no se sublevan es por la intervención del alfaquí Abu-Walid, que
confía en que el rey cumplirá sus compromisos. Alfonso VI, en tres días,
viene sobre Toledo desde el fondo de Castilla, dispuesto a matar al
arzobispo y aun a su propia mujer por este atentado que pone en
entredicho su palabra de caballero; pero tan grande es su furia, que los
mismos árabes se conmueven; el alfaquí sale a su encuentro para rogarle
que respete lo hecho, ya que los perjudicados se conforman, y en nombre
de los vencidos le releva de cumplir su palabra, pues la posesión de un
edificio no es motivo bastante para que se altere la paz.
Gabriel alababa al leer esto la prudencia y la tolerancia del buen moro
Abu-Walid; pero aún admiraba más, con entusiasmo de seminarista, a
aquellos prelados fieros, intransigentes y batalladores, que
atrepellaban leyes y pueblos para mayor gloria de Dios.
El arzobispo don Martín es capitán general contra los moros de
Andalucía, conquista villas y acompaña a Alfonso VIII en la batalla de
Alarcos. El famoso prelado don Rodrigo escribe la crónica de España,
llenándola de prodigios para mayor prosperidad de la Iglesia, y hace
historia prácticamente, pasando más tiempo sobre su caballo de guerra
que en su silla del coro. En la batalla de las Navas da el ejemplo
metiéndose en lo más recio de la pelea, por lo que el rey, después de la
victoria, le da el señorío de veinte lugares y el de Talavera de la
Reina. Luego, en ausencia del monarca, el belicoso arzobispo echa a los
moros de Quesada y de Cazorla y se apodera de vastos territorios, que
pasan a ser señorío suyo con el título de -Adelantamiento-. Don Sancho,
hijo de don Jaime de Aragón y hermano de la reina de Castilla, estima en
más su título de caudillo que la mitra de Toledo, y al ver que los moros
avanzan, sale a su encuentro en los campos de Marios, se mete en lo más
fuerte del combate y cae muerto por la morisma, que le corta las manos y
pone su cabeza en una pica.
Don Gil de Albornoz, el famoso cardenal, marcha a Italia, huyendo de don
Pedro el Cruel, y, como experto capitán, reconquista todo el territorio
de los papas refugiados en Aviñón; don Gutierre III va con don Juan II a
batallar con los moros; don Alfonso de Acuña pelea en las revueltas
civiles durante el reinado de Enrique IV; y como digno final de esta
serie de prelados políticos y conquistadores, ricos y poderosos como
verdaderos príncipes, surgen el cardenal Mendoza, que guerrea en la
batalla de Toro y en la conquista de Granada, gobernando después el
reino, y Jiménez de Cisneros, que, no encontrando en, la Península moros
a quienes combatir, pasa el mar y va a Orán, tremolando la cruz,
convertida en arma de guerra.
El seminarista admiraba a estos hombres, agigantados por la nebulosidad
de la historia antigua y las alabanzas de la Iglesia. Para él, eran los
seres más grandes del mundo después de los papas, y aun alguna vez
superiores a éstos. Se asombraba de que en los tiempos presentes fuesen
tan ciegos los españoles que no confiaran su dirección y gobierno a los
arzobispos de Toledo, que en otros siglos tantas cosas heroicas habían
realizado. La gloria y el desarrollo de la patria iban íntimamente
unidos a su historia. Su dinastía valía casi tanto como la de los reyes,
y en más de una ocasión habían salvado a éstos con sus consejos y su
energía.
Detrás de las águilas venían las aves de corral. Después de los prelados
de morrión de hierro y cota de malla desfilaban los prelados ricos y
fastuosos, que no reñían otros combates que los de los pleitos,
litigando con villas, gremios y particulares, para mantener la inmensa
fortuna amasada por sus antecesores. Los que eran generosos como Tavera
levantaban palacios y protegían al Greco, a Berruguete y otros artistas,
creando en Toledo un Renacimiento, eco del de Italia; los avarientos
como Quiroga reducían los gastos de la fastuosa iglesia para convertirse
en prestamistas de los reyes, dando millones de ducados a aquellos
monarcas austriacos en cuyos inmensos dominios no se ponía el sol, pero
que se veían obligados a mendigar apenas retrasaban su viaje los
galeones de América.
La catedral era obra de sus príncipes eclesiásticos. Todos habían puesto
en ella algo que revelaba su carácter. Los más rudos y guerreadores, el
armazón, la montaña de piedra y el bosque de madera que formaban su
osamenta; los más cultos, elevados a la sede en época de refinamiento,
las verjas de menuda labor, las portadas de pétreo encaje, los cuadros,
las joyas que convertían en tesoro su sacristía. La gestación de la
giganta había durado cerca de tres siglos. Era como los animales enormes
de la época prehistórica, durmiendo largos años en el vientre materno
antes de salir a luz.
Cuando sus pilastras y muros surgieron del suelo, el arte gótico aún
estaba en su primera época. En los dos siglos y medio que duró su
construcción, la arquitectura hizo grandes adelantos. Esta lenta
transformación la seguía Gabriel con la vista al visitar la catedral,
encontrando el rastro de sus evoluciones. El grandioso templo era un
gigante calzado con zapatos toscos y cubierta la cabeza de deslumbrantes
penachos. Las bases de las pilastras eran groseras, sin adorno alguno.
Subían los haces de columnas con rígida sencillez, marcando el arranque
de los arcos con capiteles simples, en los cuales el cardo gótico aún no
tiene la exuberante frondosidad del período florido. Pero en las
bóvedas, allí donde la catedral estaba al término de su gestación, o sea
dos siglos después de comenzada la obra, los ventanales, con sus ojivas
multicolores, muestran la magnificencia de un arte en su período
culminante.
En los dos extremos del crucero encontraba Gabriel la prueba de los
grandes progresos realizados durante los centenares de años que necesitó
la catedral para elevarse sobre el suelo. La puerta del Reloj, llamada
también de la Feria, con sus rudas esculturas de hierática rigidez y el
tímpano cubierto de compactas escenas de la Creación, contrastaba con la
puerta del otro extremo del crucero, la de los Leones, o, por otro
nombre, de la Alegría, construida doscientos años después, risueña y
majestuosa a la par como la entrada de un palacio y revelando ya las
carnales audacias del Renacimiento, que pugnaba por aposentarse entre
las rigideces de la arquitectura cristiana. Una sirena desnuda, fija a
la puerta por su cola enroscada, sirve de llamador.
La catedral, labrada toda en piedra blanca y lechosa de las canteras
inmediatas a Toledo, se remonta de un solo esfuerzo desde las bases de
las pilastras hasta las bóvedas, sin -triforiums- que corten las arcadas
y achaten y hagan pesadas sus naves con ojivas superpuestas. Gabriel
veía en ella la dulce oración petrificada subiendo recta al cielo, sin
sostenes ni apoyos. La piedra blanda servía para las labores
arquitectónicas; otra piedra más blanda aún formaba las bóvedas. En el
exterior, los contrafuertes y botareles, así como los arbotantes que
como puentes se extienden entre ellos, son de piedra berroqueña
durísima, formando un caparazón dorado, obscurecido por los siglos, que
protege y sustenta las aéreas delicadezas del interior. Las dos clases
de piedra marcan el aspecto de la catedral: obscura y rojiza por fuera,
blanca y lechosa por dentro.
En ella encontraba el seminarista muestras de todas las arquitecturas
que han florecido en la Península. El gótico primitivo y rudo lo veía
Gabriel en las primeras portadas; el florido en la del Perdón y la de
los Leones; la arquitectura árabe extiende sus graciosos arcos de
herradura en el -triforium- que corre por todo el ábside tras el altar
mayor, siendo obra de Cisneros, que quemaba los libros de los musulmanes
y restablecía su estilo arquitectónico en pleno templo cristiano. El
estilo plateresco mostraba su gracia juguetona en la portada del
claustro, y hasta el arte churrigueresco tenía la mayor de sus muestras
en el famoso transparente de Tomé, que rompe la bóveda detrás del altar
mayor para dar luz al ábside.
En las tardes de asueto, Gabriel abandonaba el Seminario, vagando por la
catedral hasta la hora en que se cerraban sus puertas. Le gustaba pasear
por las naves, detrás del altar mayor, el sitio más obscuro y silencioso
del templo. Allí dormía gran parte de la historia de España. Tras la
cerrada puerta de la capilla de los Reyes, guardada por dos heraldos de
piedra puestos en jarras, estaban los monarcas de Castilla en sus tumbas
coronadas por estatuas de armadura de oro haciendo oración con la espada
al cinto. Se detenía ante la capilla de Santiago, mirando a través de
las verjas de sus tres arcos ojivales. En el fondo, el santo de las
leyendas, vestido de peregrino, con la cuchilla en alto, atrepellaba con
su caballo a la morisma. Grandes conchas y escudos rojos con una luna de
plata adornaban los muros blancos, subiendo hasta la bóveda. Esta
capilla la miraba su padre el jardinero como cosa propia. Era la de los
Luna, y aunque alguien hiciese burla del parentesco, allí estaban sus
ilustres ascendientes don Álvaro y su mujer, en tumbas monumentales. La
de doña Juana Pimentel tenía arrodillados en sus ángulos a cuatro
frailes de mármol amarillento, que contemplaban a la noble señora
tendida en la parte alta del monumento. La del infeliz condestable de
Castilla estaba escoltada por cuatro caballeros santiaguistas envueltos
en el manto de la orden, que parecían velar a su Gran Maestre, enterrado
sin cabeza en la caja de piedra orlada de góticos junquillos. Gabriel
recordaba lo que había oído contar a su padre de la estatua yacente de
don Álvaro. En otros tiempos era de bronce, y cuando decían misa en la
capilla, al llegar el instante del ofertorio, la estatua, por ocultos
resortes, incorporábase, quedando de rodillas hasta que terminaba la
ceremonia. Unos decían que la Reina Católica había hecho desaparecer
este artificio teatral que turbaba la devoción de los fieles; otros, que
eran soldados enemigos del condestable los que en un día de asonada
rompieron en piezas la articulada estatua. En el exterior del templo, la
capilla de los Luna alzaba sus torreones almenados, formando una
fortaleza aislada dentro de la catedral.
El seminarista, a pesar de que su familia consideraba la capilla como
suya, sentíase más atraído por la inmediata de San Ildefonso, que
guardaba la tumba del cardenal Albornoz. De todo el pasado de la
catedral, lo que más excitaba su admiración era la figura novelesca de
aquel prelado guerrero, amante de las letras, español por nacimiento e
italiano por sus conquistas. Dormía en un rico sepulcro de mármol,
brillante y pulido por los años, con un color suave de caramelo. La mano
invisible de los siglos había frotado el rostro de la estatua yacente,
aplastando la nariz y dando al belicoso cardenal una expresión de
ferocidad mongólica. Cuatro leones velaban los restos del prelado. Todo
en él era extraordinario y aventurero: hasta la muerte. Su cadáver había
sido conducido desde Italia a España, entre rezos y cánticos, llevado en
hombros por poblaciones enteras que salían al camino para ganar las
indulgencias concedidas por el Papa. Este regreso a la patria después de
muerto había durado muchos meses, yendo el buen cardenal a jornadas
cortas, de iglesia en iglesia, precedido por un cuadro de Cristo, que
adornaba ahora su capilla, y esparciendo sobre las multitudes
arrodilladas los olores de su embalsamamiento. Para don Gil de Albornoz
no había nada imposible. Era la espada del apóstol que volvía al mundo
para imponer la fe. Huyendo de don Pedro el Cruel, se había refugiado en
Aviñón, donde vivían otros desterrados más ilustres. Allí estaban los
papas arrojados de Roma por un pueblo que, en su pesadilla mediévica,
soñaba con restaurar, a la voz de Rienzi, la antigua República de los
Cónsules. Don Gil no era hombre para vivir en la risueña corte
provenzal. Llevaba la cota de malla bajo la capa, como buen arzobispo de
Toledo, y a falta de moros quiso matar herejes. Partió a Italia como
caudillo de la Iglesia; los aventureros de Europa y los bandidos del
país formaron su ejército: mató e incendió en los campos, entró a saco
en las ciudades a nombre de su señor el Pontífice, y al poco tiempo los
desterrados de Aviñón podían ocupar de nuevo su trono de Roma. El
cardenal español, después de estas campañas que devolvían media Italia
al Papado, era rico como un rey y fundaba en Bolonia el famoso Colegio
Español. El Papa, conociendo sus rapiñas, quiso pedirle cuentas, y el
altivo don Gil presentó un carro cargado de llaves y cerrojos.
--Son--dijo con fiereza--de las ciudades y castillos que gané para el
Papado. He ahí mis cuentas.
El irresistible encanto que el hombre de guerra ejerce sobre el débil
sentíalo el seminarista ante el cardenal Albornoz, aumentándose aún con
la consideración de que tanta bravura y altivez se habían juntado en un
servidor de la Iglesia. ¿Por qué no resucitaban hombres como éste en la
presente época de impiedad, para el renacimiento del catolicismo...?
Gabriel, en sus paseos por la catedral, admiraba la verja del altar
mayor, maravillosa obra de Villalpando, con sus follajes de oro viejo y
sus barrotes negruzcos con manchas de estaño. Estas manchas hacían
afirmar a los mendigos y guías del templo que la verja era de plata,
sólo que los señores canónigos la habían pintado de negro para evitar
que la robasen los soldados de Napoleón. Detrás de ella lucía el retablo
del altar mayor su majestuosa fábrica de un dorado suave y viejo: todo
un mundo de figuras representando, bajo calados doseletes, las diversas
escenas del drama de la Pasión. Entre el retablo y la verja, el oro
parecía chorrear, resbalando por las blancas paredes, marcando con
líneas deslumbrantes las junturas de los sillares. Bajo ojivas dentadas,
estaban los sepulcros de los reyes más antiguos de Castilla y el del
gran cardenal Mendoza.
En los remates de la crestería, una orquesta muda de ángeles góticos, de
rígida dalmática y plegadas alas, tañían laúdes, tiorbas y flautas. En
la parte central de las pilastras confundíanse con las imágenes de los
santos obispos las estatuas de personajes históricos y legendarios. A un
lado, el buen alfaquí Abu-Walid, inmortalizado en un templo cristiano
por su espíritu tolerante. En el lado opuesto, el misterioso pastor de
las Navas que enseñó a los cristianos el camino de la victoria,
desapareciendo después como un enviado divino: imagen de mísero villano,
con el rostro achatado cubierto por un grosero capuchón. A ambos
costados de la verja, como testimonio de la pasada opulencia del templo,
los dos pulpitos de ricos mármoles y bronce cincelado.
Gabriel echaba una mirada al coro, admirando su sillería portentosa
ocupada por los canónigos, y pensaba con entusiasmo que tal vez lograse
algún día sentarse en ella, con gran orgullo de su familia. En su vagar
por el templo, deteníase más allá, ante la enorme imagen de San
Cristóbal: una pintura al fresco tan mala como imponente; un monigote
que ocupaba todo un lienzo del muro, desde el zócalo hasta la cornisa, y
que por su tamaño parece el único habitante digno de la catedral. Los
cadetes venían por la tarde a contemplarlo, siendo para ellos lo más
notable de la Primada aquel coloso de carnes sonrosadas que, con el niño
al hombro, adelantaba sus piernas angulosas, apoyándose en una palmera
que parecía una escoba. La alegre juventud militar divertíase midiendo
los tobillos con el sable y calculando después cuántos «sables» de
altura alcanzaba el bendito coloso. Era la aplicación más inmediata que
podían hacer de los cálculos matemáticos con que les aburrían en la
Academia. El aprendiz de cura irritábase ante la desenvoltura de pájaros
traviesos con que pasaban por el templo los aprendices de guerrero.
Algunas mañanas asomábase a la capilla Mozárabe, siguiendo atentamente
la anticuada liturgia de los sacerdotes adscritos a ella, fieles
guardadores del culto católico de la Edad Media. En las paredes estaban
representadas, con vivos colores, las escenas de la conquista de Orán
por el gran cardenal Cisneros. Gabriel, escuchando el canto monótono de
los sacerdotes mozárabes, recordaba las luchas en tiempo de Alfonso VI
entre la liturgia romana y la de Toledo, el culto extraño y el nacional.
Los creyentes, para acabar la eterna disputa, habían apelado al «juicio
de Dios». El rey nombró el campeón de Roma, y los toledanos confiaron la
defensa del rito gótico a la espada de Juan Ruiz, un castellano de
orillas del Pisuerga. Triunfó en el combate el breviario gótico,
demostrando su superioridad con magníficas cuchilladas; pero aun después
de manifestarse por este medio contundente la voluntad de Dios, el rito
romano fue poco a poco enseñoreándose del culto, hasta dejar al mozárabe
arrinconado en aquella capilla como una curiosidad del pasado.
Por las tardes, cuando terminado el coro se cerraba la catedral, Gabriel
subía a las habitaciones del campanero, asomándose a la galería de la
puerta del Perdón. Mariano, el hijo del campanero, un muchacho de la
misma edad del seminarista, unido a él por el respeto que le inspiraba
su sabiduría, lo guiaba en sus excursiones por las alturas del templo.
Se apoderaban de la llave de las bóvedas y entraban en este lugar
misterioso, al que únicamente subían los obreros de tarde en tarde.
La catedral era fea y vulgar vista desde arriba. En sus primeros tiempos
habían quedado las bóvedas de piedra al descubierto, sin más remate que
una calada barandilla de aéreo aspecto. Pero las lluvias habían
maltratado las bóvedas, amenazando destruirlas, y el cabildo cubrió la
catedral con un techo de pardas tejas, que daba a la Iglesia Primada el
aspecto de un almacén o de una inmensa casa de vecindad. Las pinas de
los botareles parecían avergonzadas asomando sobre la cubierta vulgar;
los arbotantes se hundían y desaparecían entre las áridas construcciones
de las dependencias adosadas a la catedral; las torrecillas de las
escaleras se ocultaban tras aquel lomo de tejas groseras.
Los dos muchachos, resbalando en las cornisas verdosas por las lluvias,
seguían los bordes superiores del edificio. Sus pies se enredaban en las
plantas silvestres que la fecunda Naturaleza hacía crecer en las
junturas de los sillares. Bandadas de pájaros escapaban en tropel, al
acercarse ellos, de estos bosques en miniatura. Los relieves
escultóricos servían de refugio a los nidos. Cada oquedad de la piedra
era un pequeño lago, donde se depositaba el agua de las lluvias y venían
a beber los pájaros. A veces, en el pináculo de un botarel alzábase
algún avechucho negro e inmóvil como un inesperado remate
arquitectónico. Era un cuervo que se alisaba las alas con el pico y
permanecía horas enteras al sol: la gente lo veía desde abajo del tamaño
de una mosca.
Las bóvedas causaban en Gabriel una impresión de extrañeza. Nadie podía
adivinar la existencia de aquel mundo en lo alto del templo. Cuando años
después vio Gabriel las galerías altas, los «telares» de un escenario,
se acordó de las bóvedas de su catedral. Caminaban a través del bosque
de postes carcomidos que sostenía la techumbre, por senderos angostos,
entre las cúpulas de las bóvedas que hinchaban el suelo como blancos y
polvorientos tumores. De vez en cuando un agujero, por el que se veía el
interior de la catedral, con una profundidad que causaba vértigos. Eran
aspilleras verticales, estrechas bocas de pozo, por cuyo fondo pasaban
las personas como hormigas sobre las baldosas del templo. Por estos
agujeros bajaban las cuerdas de las grandes lámparas y la cadena dorada
que sostiene el Cristo sobre la reja del altar mayor. Tornos enormes
marcaban en la penumbra sus ruedas dentadas y mohosas, sus manivelas y
maromas, como olvidados aparatos de tormento. Era la maquinaria oculta
de las grandes representaciones religiosas. Con estos artefactos se
izaba el grandioso dosel del Monumento de Semana Santa.
Al deslizarse los rayos del sol entre los postes, danzaban los átomos de
aquel polvo que en capas seculares se extendía sobre las bóvedas.
Movíanse al viento, como abanicos de gasa, las telarañas de muchos años.
Los pasos de los visitantes provocaban en los rincones obscuros, tras
los maderos abandonados, carreras precipitadas y locas de los ratones.
Aleteaban en los extremos más sombríos las aves negruzcas que descendían
de noche al templo por los agujeros de la bóveda. Como puntos fosfóricos
brillaban en la obscuridad los ojos de los mochuelos. Los murciélagos,
asustados por la luz, volaban torpemente, rozando con sus alas las caras
de los dos jóvenes.
El hijo del campanero, examinando los excrementos perdidos en el polvo,
enumeraba todas las aves refugiadas en la cúspide de la montaña de
piedra. Esto era de búho, lo otro de mochuelo, lo de más allá de cuervo,
y hablaba con respeto de cierto nido de águilas que su padre había visto
de joven en aquel sitio: feroces animales que pretendían picarle los
ojos, y obligaban al buen campanero a pedir la escopeta al guardia
nocturno cada vez que había de visitar las bóvedas.
A Gabriel le gustaba, por su silencio y su imponente soledad, aquel
mundo extraño aposentado en la cabeza de la catedral. Era una selva de
maderos poblada de bestias lúgubres que vivía olvidada en el interior de
la bóveda craneal del templo. El buen Dios tenía una casa para los
fieles y un inmenso desván para las bestias del espacio.
La salvaje soledad de las alturas contrastaba con la riqueza de la
capilla del Ochavo, llena de reliquias en vasos de oro y arquillas de
esmalte y marfil; con la magnificencia del Tesoro, que amontona las
perlas y las esmeraldas con tanta profusión como si fuesen guijarros;
con la elegante abundancia del guardarropa, lleno de telas sobre las
cuales reproducía el bordado todos los matices de la pintura.
Tenía Gabriel dieciocho años cuando perdió a su padre. El viejo
jardinero murió tranquilo viendo a toda su familia al servicio de la
catedral, sin que se interrumpiese la sana tradición de los Luna. Tomás,
el hijo mayor, quedaba encargado del jardín; Esteban, después de largos
años de monaguillo y ayudante del sacristán, era silenciario y había
agarrado la vara de palo con los siete reales diarios, objeto de todas
sus ambiciones. En cuanto al menor, tenía el señor Esteban la convicción
de haber engendrado un Padre de la Iglesia, al que le estaba reservado
un sitio en el cielo a la derecha de Dios omnipotente.
Gabriel había adquirido en el Seminario esa dureza eclesiástica que hace
del sacerdote un guerrero, más atento a los intereses de la Iglesia que
a los afectos de la familia. Por esto no se impresionó gran cosa con la
muerte de su padre. Desgracias de mayor gravedad traían preocupado al
seminarista.
III
Eran los tiempos de la revolución de septiembre. En la catedral y el
Seminario había gran revuelo, comentándose de la mañana a la noche las
noticias de Madrid. La España tradicional y sana, la de los grandes
recuerdos históricos, se venía abajo. Las Cortes Constituyentes eran un
volcán, un respiradero del infierno para las negras sotanas que formaban
corro en torno del periódico desplegado. Por cada satisfacción que les
proporcionaba un discurso de Manterola, sufrían disgustos de muerte
leyendo las palabras de los revolucionarios, que asestaban fuertes
golpes al pasado. La gente clerical volvía sus miradas a don Carlos, que
comenzaba la guerra en las provincias del Norte. El rey de las montañas
vascongadas pondría remedio a todo cuando bajase a las llanuras de
Castilla. Pero transcurrían los años, venía y se iba don Amadeo, ¡hasta
se proclamaba la República! y la causa de Dios no adelantaba gran cosa.
El cielo estaba sordo. Un diputado republicano proclamaba la guerra a
Dios, le retaba a que le hiciese enmudecer, y la impiedad seguía inmune
y triunfante, derramando su elocuencia como una fuente envenenada.
Gabriel vivía en un estado de belicosa excitación. Olvidaba los libros,
despreciando su porvenir: ya no pensaba en cantar misa. ¿Qué le
importaba su carrera viendo a la Iglesia en peligro y próxima a
desvanecerse la poesía soñolienta de los siglos que le había envuelto
desde la cuna como una nube perfumada de incienso viejo y rosas
marchitas...?
Con frecuencia desaparecían alumnos del Seminario, y los catedráticos
contestaban con un guiño malicioso a las preguntas de los curiosos:
--Están «allá»... con los buenos. No pueden ver con calma lo que ocurre.
Cosas de chicos... calaveradas.
Y las tales calaveradas les hacían sonreír con paternal satisfacción.
Él pensó ser también de los que huían. Creía que el mundo iba a
acabarse. En ciertas ciudades la muchedumbre revolucionaria invadía los
templos, profanándolos. Aún no mataban a los sacerdotes, como en otras
revoluciones, pero los ministros de Dios no podían salir a la calle con
traje talar sin riesgo de ser silbados e insultados. El recuerdo de los
arzobispos de Toledo, de aquellos bravos príncipes eclesiásticos
guerreadores e implacables con el infiel, enardecía su belicosidad. Él
nunca había salido de Toledo, de la sombra de la catedral. España le
parecía tan grande como el resto del mundo, y sentía la comezón de ver
algo nuevo, de contemplar de cerca las cosas extraordinarias admiradas
en los libros.
Un día besó la mano de su madre, sin conmoverse gran cosa ante el
temblor de la pobre vieja, casi ciega. El Seminario tenía para él más
tiernos recuerdos que la casa de sus padres. Fumó el último cigarro con
sus hermanos en el jardín de la catedral, sin revelarles sus propósitos,
y por la noche huyó de Toledo con un escapulario del Corazón de Jesús
cosido al chaleco y una hermosa boina de seda en el bolsillo, de las
confeccionadas por blancas manos en los conventos de la ciudad. El hijo
del campanero iba con él. Se incorporaron a las partidas insignificantes
que corrían la Mancha, y pasaron después a Valencia y Cataluña, ganosos
de empresas más importantes para a causa de Dios y el rey que robar
muías e imponer contribuciones a los ricos.
Gabriel encontró un encanto brutal a aquella existencia errante, siempre
en continua alarma, esperando la proximidad de la tropa. Le habían hecho
oficial, en atención a sus estudios y a las cartas en que le
recomendaban algunos prebendados de la Iglesia Primada, lamentando que
un mozo de tanto porvenir teológico fuese a exponer su vida como un
simple sacristán.
Luna gustaba de la existencia libre y sin leyes de la guerra con la
avidez de un colegial que sale de su encierro; pero no podía ocultar la
decepción dolorosa que le producía la vista de aquellos ejércitos de la
Fe. Se había imaginado encontrar algo semejante a las antiguas
expediciones de las Cruzadas: soldados que peleaban por el ideal, que
hincaban la rodilla antes de entrar en combate para que Dios estuviera
con ellos, y por la noche, después de ardientes plegarias, dormían con
el puro sueño del asceta, y se encontraba con rebaños armados indóciles
al pastor, incapaces del fanatismo que corre ciego a la muerte, ganosos
de que la guerra se prolongase todo lo posible para mantener la
existencia de holganza errante a costa del país, que ellos creían la más
perfecta; gentes que a la vista del vino, de las hembras o de la riqueza
se desbandaban, hambrientas, atrepellando a sus jefes.
Era la antigua vida de horda que surgía en plena civilización; la
atávica costumbre de robar el pan y la mujer ajena con las armas en la
mano; el celtíbero espíritu de bandería, de lucha intestina que tomaban
para resucitar un pretexto político. Gabriel, salvo raras excepciones,
no encontraba en aquellas bandas mal armadas y peor vestidas quien
pelease por un ideal determinado. Eran aventureros que querían la guerra
por la guerra; ilusos deseosos de fortuna; mozos del campo que, en su
ignorancia pasiva, habían ido a las partidas como se hubieran quedado en
casa a tener otros consejeros; almas sencillas que creían firmemente que
en las ciudades quemaban y devoraban a los ministros de Dios, y se
habían lanzado al monte para que la sociedad no cayese en la barbarie.
El peligro común, la miseria de las marchas interminables para burlar al
enemigo, la escasez sufrida en los yermos y picachos que les servían de
refugio, los igualaban a todos, entusiastas, escépticos e ignorantes.
Todos sentían por igual el deseo de resarcirse de las privaciones, de
acallar la bestia que llevaban dentro, irritada y despierta por una vida
de bruscos cambios, tan pronto en la abundancia loca y despilfarradora
del saqueo, como en las penalidades de la marcha por llanuras
interminables, sin ver el menor rastro de vida. Al entrar en los pueblos
gritaban: «¡Viva la religión!», pero a la más leve contrariedad, los
combatientes de la Fe se hacían esto y aquello en Dios y en todos los
santos, no olvidando en sus sucios juramentos ni a los más sagrados
objetos del culto.
Gabriel, habituado a esta vida errante, no se escandalizaba. Los
antiguos escrúpulos de seminarista desaparecían ahogados bajo la corteza
de hombre de horda con que la guerra le endurecía. Doña Blanca, la
cuñada del «rey», pasó ante él como una figura novelesca. En su
romanticismo de princesa nerviosa deseaba imitar a las heroínas de la
Vendée, y montando un pequeño caballo, el revólver al cinto y la boina
blanca sobre la trenza flotante, se puso a la cabeza de aquellas tribus
armadas que resucitaban en el centro de la Península la vida y las
luchas de los tiempos casi prehistóricos. El revoloteo de la negra
amazona de la heroína servía de bandera a los batallones de zuavos,
tropa de aventureros franceses, alemanes e italianos, detritus de todas
las guerras del globo, que encontraban más grato seguir a una hembra
ganosa de notoriedad que engancharse en la Legión extranjera de Argelia.
El asalto de Cuenca, única victoria de la campaña, dejó en la memoria de
Gabriel una huella profunda. El tropel de hombres con boina, después de
rebasar las murallas débiles como tapias, entraba cual arroyos
desbordados por diferentes calles de la ciudad. Los tiros desde las
ventanas no lograban detenerles. Todos estaban pálidos, con los labios
descoloridos, los ojos brillantes y un temblor homicida en las manos. El
peligro arrostrado y la certeza de que por fin eran dueños de una ciudad
les enloquecía. Las puertas de los edificios caían a culatazos. Salían
hombres despavoridos en mitad del arroyo atravesados por las bayonetas;
dentro de las casas veíanse mujeres desgreñadas debatiéndose entre los
brazos de los asaltantes, arañándoles con una mano el rostro, mientras
con la otra pugnaban por sostener sus ropas.
Luna vio cómo en el Instituto los más montaraces rompían a culatazos los
aparatos del gabinete de Física. Clamaban contra aquellas invenciones
del demonio, con las cuales creían ellos que se comunicaban los impíos
con el gobierno de Madrid, y machacaban contra el suelo con el fusil y
con los pies las doradas ruedas de los aparatos, los discos y las
primeras pilas de electricidad.
El seminarista contemplaba satisfecho esta destrucción. Él también
odiaba, pero con odio reflexivo amamantado en el Seminario, las ciencias
positivas y materiales, que al final de todas sus deducciones llegaban
fatalmente a la negación de Dios. Aquellos hijos de las montañas, en su
santa ignorancia, hacían sin saberlo una gran cosa. ¡Ah, si toda la
nación les imitase! En otros tiempos no existían los chirimbolos de la
ciencia, y España era más dichosa. Para vivir santamente bastaba con la
sabiduría de los sacerdotes y la ignorancia popular, que proporciona una
beatífica tranquilidad. ¿Para qué más? Así había permanecido el país
durante los siglos más gloriosos de su historia.
Terminó la guerra. Las partidas, acosadas, pasaron del Centro a
Cataluña, y por fin, empujadas sobre la frontera, tuvieron que rendir
sus armas a los aduaneros franceses. Muchos se acogían al indulto,
ganosos de volver a sus casas. Mariano el campanero se fue también. No
quería vivir en tierra extranjera; además, su padre había muerto, y no
era difícil que le entregasen la torre de la catedral si alegaba los
méritos de la familia, sus tres años de campaña por la religión y un
balazo que había recibido en una pierna. Casi podía compararse con los
mártires del cristianismo.
Gabriel fue a la emigración: «Era un oficial, y no podía jurar fidelidad
a la dinastía intrusa.» Esto lo declaraba con la arrogancia aprendida en
aquella caricatura de ejército, que extremaba las ceremonias del antiguo
militarismo, y en el cual los andrajosos, con el sable al cinto, se
transmitían las órdenes llamándose siempre «caballero oficial». Pero el
verdadero motivo de que Luna no volviese a Toledo era que le gustaba
seguir la corriente de los hechos, viendo nuevas tierras y cambiando de
costumbres. Regresar a la catedral era quedarse en ella para siempre,
renunciar a la vida; y él, que durante la guerra había gustado los
encantos mundanales, no quería abandonarla tan pronto. Aún no era mayor
de edad: tiempo le quedaba para acabar sus estudios. El sacerdocio era
un retiro seguro, al que no tenía prisa de volver. Además, había muerto
su madre, y las cartas de sus hermanos no le anunciaban otra variación
en la vida soñolienta del claustro alto que el haberse casado el
jardinero y andar en relaciones el -Vara de palo- con una muchacha de
las Claverías, ya que era contrario a las buenas tradiciones aliarse con
gente de fuera de la catedral.
Vivió Luna más de un año en los acantonamientos de los emigrados. Su
educación clásica y la simpatía que inspiraba su juventud le abrieron
cierto camino. Hablaba en latín con los abates franceses, que gustaban
saber cosas de la guerra por aquel joven teólogo y al mismo tiempo le
aleccionaban en el idioma del país. Estos amigos eclesiásticos le
proporcionaban lecciones de español entre la alta burguesía afecta a la
Iglesia. En los momentos de penuria le salvaba su amistad con una
condesa vieja y legitimista que le invitaba a pasar algunos días en su
castillo, presentando el seminarista belicoso a su tertulia de gentes
graves y piadosas como si fuese un cruzado de regreso de Palestina.
El deseo ferviente de Gabriel era ir a París. Su vida en Francia había
cambiado radicalmente sus ideas. Experimentaba la misma impresión que si
hubiera caído en un planeta nuevo. Acostumbrado a la monótona vida del
Seminario y a la existencia nómada de aquella guerra montaraz y sin
gloria, le asombraban el progreso material, los refinamientos de la
civilización, la cultura y el bienestar de las gentes en la tierra
francesa. Recordaba ahora con vergüenza su ignorancia española, aquella
prosopopeya castellana, mantenida por mentirosas lecturas, que le hacían
creer que España era el primer país del mundo, el pueblo más valiente y
más noble, y las demás naciones una especie de rebaños tristes, creados
por Dios para ser víctimas de la herejía y recibir soberbias palizas
cada vez que intentaban medirse con este país privilegiado que come mal
y bebe poco, pero tiene los primeros santos y los más grandes capitanes
de la cristiandad.
Cuando Gabriel pudo expresarse en francés y tuvo reunidos unos cuantos
francos para el viaje, se trasladó a Paris. Un abate amigo le había
encontrado colocación como corrector de pruebas en una librería
religiosa inmediata a San Sulpicio. En este barrio levítico de París,
con sus hoteles para curas y familias religiosas, sombríos como
conventos, y sus almacenes de imaginería piadosa que infestan el globo
de santos charolados y risueños, se verificó la gran transformación de
Gabriel.
El barrio de San Sulpicio, con sus calles tranquilas y silenciosas a la
española y sus beatas de velo negro que pasan rozando los muros del
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