como si el círculo se estrechase para devorarle.
Estaba arrepentido de haberse quedado junto á los jugadores. No tenía
miedo, pero maldecía la hora en que se le ocurrió entrar en la taberna,
sitio extraño que parecía robarle su energía. Aquí había perdido aquella
entereza que le animaba cuando sentía bajo sus plantas las tierras
cultivadas á costa de tantos sacrificios y en cuya defensa estaba
pronto á perder su vida.
-Pimentó-, rodando por la pendiente de su cólera, sintió caer de un
golpe sobre su cerebro todo el aguardiente bebido en dos días. Había
perdido su serenidad de ebrio inquebrantable, y al levantarse,
tambaleando, tuvo que hacer un esfuerzo para sostenerse sobre sus
piernas. Sus ojos estaban inflamados, como si fuesen á manar sangre; su
voz era trabajosa, cual si tirasen de ella, no dejándola salir el
alcohol y la cólera.
---¡Vesten!---dijo con imperio á Batiste, avanzando una mano amenazante
hasta rozar su rostro--. -¡Vesten ó te mate!-[24].
[24]--¡Vete!.. ¡Vete ó te mato!
¡Irse!... Esto es lo que deseaba Batiste, cada vez más pálido, más
arrepentido de verse allí. Pero bien adivinaba el significado de aquel
imperioso «¡Vete!» del valentón, apoyado por las muestras de
asentimiento de todos.
No le exigían que se fuese de la taberna, librándolos de su presencia
odiosa; le ordenaban con amenaza de muerte que abandonase sus tierras,
que eran como la carne de su cuerpo; que perdiese para siempre la
barraca donde había muerto su chiquitín, y en la cual cada rincón
guardaba un recuerdo de las luchas y alegrías de la familia en su
batalla con la miseria. Y rápidamente se vió otra vez con todos sus
muebles sobre el carro, errante por los caminos, en busca de lo
desconocido, para crearse otra existencia, llevando como tétrica escolta
la fea hambre, que iría pisándole los talones.... ¡No! El rehuía las
cuestiones, pero que no le tocasen el pan de los suyos.
Ya no sentía inquietud. La imagen de su familia hambrienta y sin hogar
le dió una agresividad colérica. Hasta sintió deseos de acometer á
aquella gente sólo por haberle exigido tal monstruosidad.
---¿T'en vas? ¿t'en vas?-[25]--preguntaba -Pimentó-, cada vez más fosco
y amenazante.
[25]--¿Te vas? ¿te vas?
No, no se iba. Lo dijo con la cabeza, con su sonrisa de desprecio, con
una mirada de firmeza y de reto que fijó en todo el corro.
---¡Granuja!---rugió el matón, al mismo tiempo que caía una de sus manos
sobre la cara de Batiste, sonando una terrible bofetada.
Como animado por tal agresión, todo el corro se lanzó contra el odiado
intruso; pero encima de la línea de cabezas empezó á moverse un brazo
nervudo empuñando un taburete con asiento de esparto, el mismo tal vez
en que estuvo hasta poco antes -Pimentó-.
Para el forzudo Batiste era un arma terrible este asiento de fuertes
travesaños y gruesas patas de algarrobo, con aristas pulidas por el uso.
Rodaron jarros y mesillas; la gente se hizo atrás instintivamente,
aterrada por el ademán agresivo de este hombre siempre pacífico, que
parecía ahora agigantado por la rabia; y antes de que pudieran todos
retroceder un nuevo paso, «¡plaf!», sonó un ruido de puchero que estalla
y cayó -Pimentó- con la cabeza rota de un taburetazo.
En la plazoleta se produjo una confusión indescriptible.
-Copa-, que desde su cubil parecía no fijarse en nada y era el primero
en husmear las reyertas, así que vio el taburete por el aire, tiró del
as de bastos oculto bajo el mostrador, y á porrada seca limpió en un
santiamén la taberna de parroquianos, cerrando inmediatamente la puerta,
según su sana costumbre.
Quedó revuelta la gente en la plazoleta, rodaron las mesas,
enarboláronse varas y garrotes, poniéndose cada uno en guardia contra el
vecino, por lo que pudiera ocurrir; y mientras tanto, el causante de
toda la zambra, Batiste, permanecía inmóvil, con los brazos caídos,
empuñando todavía el taburete con manchas de sangre, asustado de lo que
acababa de hacer.
-Pimentó-, de bruces en el suelo, se quejaba con lamentos que parecían
ronquidos, saliendo á borbotones la sangre de su rota cabeza.
Con la fraternidad del ebrio, acudió -Terreròla- el mayor en auxilio de
su rival, mirando hostilmente á Batiste. Le insultaba, buscando en su
faja un arma para herirle.
Los más pacíficos huían por las sendas, volviendo atrás la cabeza con
malsana curiosidad; los demás seguían inmóviles, puestos á la defensiva,
capaz cada uno de despedazar al vecino sin saber por qué, pero no
queriendo ser el primero en la agresión. Los palos seguían en alto,
relucían las navajas en los grupos, pero nadie se aproximaba á Batiste,
y éste retrocedió lentamente de espaldas, enarbolando el ensangrentado
taburete.
Así salió de la plazoleta, mirando con ojos de reto al grupo que rodeaba
al caído -Pimentó-. Eran todos gente brava, pero parecían dominados por
la fuerza de este hombre.
Viéndose en el camino, á cierta distancia de la taberna, echó á correr,
y cerca ya de su barraca arrojó en una acequia el pesado taburete,
mirando con horror las manchas negruzcas de la sangre ya seca.
X
Batiste perdió toda esperanza de vivir tranquilo en sus tierras.
La huerta entera volvía á levantarse contra él. Otra vez tuvo que
aislarse en la barraca con su familia, vivir en perpetuo vacío, como un
apestado, como una fiera enjaulada á la que todos enseñaban el puño
desde lejos.
Su mujer le había contado al día siguiente cómo fué conducido á su
barraca el herido valentón. El mismo, desde su vivienda, había oído los
gritos y las amenazas de toda la gente que acompañaba solícita al
magullado -Pimentó-.... Una verdadera manifestación. Las mujeres,
sabedoras de lo ocurrido gracias á la pasmosa rapidez con que en la
huerta se transmiten las noticias, salían al camino para ver de cerca al
bravo marido de Pepeta y compadecerle como á un héroe sacrificado por
el interés de todos.
Las mismas que horas antes hablaban pestes de él, escandalizadas por su
apuesta de borracho, le compadecían, se enteraban de si su herida era
grave, y clamaban venganza contra aquel «muerto de hambre», aquel
ladrón, que, no contento con apoderarse de lo que no era suyo, todavía
intentaba imponerse por el terror atacando á los hombres de bien.
-Pimentó- se mostraba magnífico. Mucho le dolía el golpe, andaba apoyado
en sus amigos, con la cabeza entrapajada, hecho un -Ecce homo-, según
afirmaban las indignadas comadres; pero hacía esfuerzos para sonreir, y
á cada excitación de venganza contestaba con un gesto arrogante,
afirmando que corría de su cuenta el castigar al enemigo.
Batiste no dudó que aquellas gentes se vengarían. Conocía los
procedimientos usuales en la huerta. Para aquella tierra no se había
hecho la justicia de la ciudad; el presidio era poca cosa tratándose de
satisfacer un resentimiento. ¿Para qué necesitaba un hombre jueces ni
Guardia civil, teniendo buen ojo y una escopeta en su barraca? Las cosas
de los hombres deben resolverlas los hombres mismos.
Y como toda la huerta pensaba así, en vano al día siguiente de la riña
pasaron y repasaron por las sendas dos charolados tricornios, yendo de
casa de -Copa- á la barraca de -Pimentó- para hacer preguntas insidiosas
á la gente que estaba en los campos. Nadie había visto nada, nadie sabía
nada; -Pimentó- contaba con risotadas brutales cómo se había roto él
mismo la cabeza volviendo de la taberna, á consecuencia de su apuesta,
que le hizo andar con paso vacilante, chocando contra los árboles del
camino; y los dos guardias civiles tuvieron que volverse á su
cuartelillo de Alboraya, sin sacar nada en claro de los vagos rumores de
riña y sangre que habían llegado hasta ellos.
Esta magnanimidad de la víctima y de sus amigos alarmaba á Batiste,
haciéndole vivir en perpetua defensiva.
La familia, como medroso caracol, se replegó dentro de la vivienda,
huyendo del contacto con la huerta.
Los pequeños ya no asistieron á la escuela, Roseta dejó de ir á la
fábrica y Batistet no daba un paso más allá de sus campos. El padre era
el único que salía, mostrándose tan confiado y tranquilo por su
seguridad, como cuidadoso y prudente era para con los suyos.
Pero no hacía ningún viaje á Valencia sin llevar consigo la escopeta,
que dejaba confiada á un amigo de los arrabales. Vivía en continuo
contacto con su arma, la pieza más moderna de su casa, siempre limpia,
brillante y acariciada con ese cariño de moro que el labrador valenciano
siente por su escopeta.
Teresa estaba tan triste como al morir el pequeñuelo. Cada vez que veía
á su marido limpiando los dos cañones del arma, cambiando los cartuchos
ó haciendo jugar la palanca para convencerse de que se abría con
suavidad, pasaba por su memoria la imagen del presidio y la terrible
historia del tío -Barret-. Veía sangre, y maldecía la hora en que se les
ocurrió establecerse sobre estas tierras malditas. Y después venían las
horas de inquietud por la ausencia de su marido, unas tardes
interminables, de angustia, esperando al hombre que nunca regresaba,
saliendo á la puerta de la barraca para explorar el camino,
estremeciéndose cada vez que sonaba á lo lejos algún disparo de los
cazadores de golondrinas, creyéndolo el principio de una tragedia, el
tiro que destrozaba la cabeza del jefe de la familia ó que le abría las
puertas del presidio. Y cuando, finalmente, aparecía Batiste, gritaban
los pequeños de alegría, sonreía Teresa limpiándose los ojos, salía la
hija á abrazar al -pare-, y hasta el perro saltaba junto á él,
husmeándolo con inquietud, como si olfatease en su persona el peligro
que acababa de arrostrar.
Y Batiste, sereno, firme, sin arrogancia, reía de la inquietud de su
familia, mostrándose cada vez más atrevido según iba transcurriendo el
tiempo desde la famosa riña.
Se consideraba seguro. Mientras llevase pendiente del brazo el magnífico
«pájaro de dos voces», como él llamaba á su escopeta, podía marchar con
tranquilidad por toda la huerta. Yendo en tan buena compañía, sus
enemigos fingían no conocerle. Hasta algunas veces había visto de lejos
á -Pimentó-, que paseaba por la huerta como bandera de venganza su
cabeza entrapajada, y el valentón, á pesar de que estaba repuesto del
golpe, huía, temiendo el encuentro tal vez más que Batiste.
Todos le miraban de reojo, pero jamás oyó desde los campos cercanos al
camino una palabra de insulto. Le volvían la espalda con desprecio, se
inclinaban sobre la tierra y trabajaban febrilmente hasta perderle de
vista.
El único que le hablaba era el tío -Tomba-, el pastor loco, que le
reconocía con sus ojos sin luz, como si oliese en torno de Batiste el
ambiente de la catástrofe. Y siempre lo mismo.... ¿No quería abandonar
las tierras malditas?
---Fas mal, fill meu; te portarán desgrasia-[26].
[26]--Haces mal, hijo mío; te traerán desgracia.
Batiste acogía con una sonrisa la cantilena del viejo.
Familiarizado con el peligro, nunca lo había temido menos que ahora.
Hasta sentía cierto goce secreto provocándolo, marchando rectamente
hacia él. Su hazaña de la taberna había modificado su carácter, antes
pacífico y sufrido, despertando en su interior una brutalidad agresora.
Quería demostrar á toda aquella gente que no la temía, y así como le
había abierto la cabeza á -Pimentó-, era capaz de andar á tiros con toda
la huerta. Ya que le empujaban á ello, sería valentón y jactancioso por
algún tiempo, para que le respetasen, dejándole después vivir
tranquilamente.
Metido en tan peligroso empeño, hasta abandonó sus campos, pasando los
días en los senderos de la huerta con pretexto de cazar, pero en
realidad para exhibir su escopeta y su gesto de pocos amigos.
Una tarde, tirando á las golondrinas en el barranco de Carraixet, le
sorprendió el crepúsculo.
Los pájaros tejían con su inquieto vuelo una caprichosa contradanza,
reflejada por las tranquilas charcas con orlas de juncos. Este barranco,
que cortaba la huerta como una grieta profunda, sombrío, de aguas
estancadas y putrefactas, con orillas fangosas junto á las cuales se
agitaba alguna piragua medio podrida, era de un aspecto desolado y
salvaje. Nadie hubiera sospechado que detrás de los altos ribazos, más
allá de los juncos y los cañares, estaba la vega con su ambiente risueño
y sus verdes perspectivas. Hasta la luz del sol parecía lúgubre bajando
al fondo de este barranco tamizada por una áspera vegetación y
reflejándose pálidamente en las aguas muertas.
Batiste pasó la tarde tirando. En su faja quedaban ya pocos cartuchos, y
á sus pies, como montón de plumas ensangrentadas, tenía hasta dos
docenas de pájaros. ¡La gran cena!... ¡Cómo se alegraría su familia!
Empezó á anochecer en el profundo barranco; de las charcas surgió un
hálito hediondo, la respiración venenosa de la fiebre palúdica. Las
ranas cantaban á miles, como si saludasen á las primeras estrellas,
contentas de no oir ya los tiros que interrumpían su croqueo y las
obligaba á arrojarse medrosamente de cabeza, rompiendo el terso cristal
de los estanques putrefactos.
Recogió Batiste los manojos de pájaros, colgándolos de su faja, y con
sólo dos saltos subió el ribazo, emprendiendo por las sendas el regreso
á su barraca.
El cielo, impregnado aún de la débil luz del crepúsculo, tenía un tono
dulce de violeta; brillaban las estrellas, y en la inmensa huerta
sonaban los mil ruidos de la vida campestre antes de extinguirse con la
llegada de la noche. Pasaban por las sendas las muchachas que regresaban
de la ciudad, los hombres que volvían del campo, las cansadas
caballerías arrastrando el pesado carro, y Batiste contestaba al «-¡Bòna
nit!-» de todos los que transitaban junto á él, gente de Alboraya que no
le conocía ó no tenía los motivos que sus convecinos para odiarle.
Dejó atrás el pueblo, y según avanzaba Batiste hacia su barraca
marcábase cada vez más la hostilidad. La gente tropezaba con él en las
sendas sin darle las buenas noches.
Entraba en tierra extranjera, y como soldado que se prepara á combatir
apenas cruza la frontera enemiga, Batiste buscó en su faja las
municiones de guerra, dos cartuchos con bala y postas fabricados por él
mismo, y cargó su escopeta.
El hombretón rió después de hacer esto. Buena rociada de plomo iba á
recibir todo el que intentase cortarle el paso.
Caminaba sin prisa, tranquilamente, gozándose en respirar la frescura de
aquella noche de verano. Pero esta calma no le impedía ir pensando en lo
aventurado que era recorrer la huerta á tales horas teniendo enemigos.
Su oído sutil de campesino percibió un ruido á su espalda. Volvióse
rápidamente, y á la difusa luz de las estrellas creyó ver un bulto negro
saliendo del camino con silencioso salto y ocultándose detrás de un
ribazo.
Batiste requirió su escopeta, y montando las llaves se aproximó
cautelosamente á dicho sitio. Nadie.... Únicamente á alguna distancia le
pareció que las plantas ondulaban en la obscuridad, como si un cuerpo se
arrastrase entre ellas.
Le venían siguiendo: alguien intentaba sorprenderle traidoramente por la
espalda. Pero esta sospecha duró poco. Tal vez fuese algún perro
vagabundo que huía al sentir su aproximación.
En fin: lo cierto era que alguien huía de él, fuese quien fuese, y nada
tenía que hacer allí.
Siguió adelante por el lóbrego camino, andando silenciosamente, como
hombre que conoce el terreno á ciegas y por prudencia desea no llamar la
atención. Según se aproximaba á su barraca sentía mayor inquietud. Este
era su distrito, pero en él estaban sus más tenaces enemigos.
Algunos minutos antes de llegar á su vivienda, cerca de la alquería azul
donde las muchachas bailaban los domingos, el camino se estrangulaba,
formando varias curvas. A un lado, un ribazo alto coronado por doble
fila de viejas moreras; al otro, una ancha acequia, cuyos bordes en
pendiente estaban cubiertos por espesos y altos cañares.
Esta vegetación parecía en la obscuridad un bosque indiano, una bóveda
de bambúes cimbreándose sobre el camino negro. La masa de cañas,
estremecida por el vientecillo de la noche, lanzaba un quejido lúgubre;
parecía olerse la traición en este lugar, tan fresco y agradable durante
las horas de sol.
Batiste, para burlarse de su propia inquietud, exageraba el peligro
mentalmente. ¡Magnífico lugar para soltarle un escopetazo seguro! Si
-Pimentó- anduviese por allí, no despreciaría tan hermosa ocasión.
Y apenas se dijo esto, salió de entre las cañas una recta y fugaz lengua
de fuego, una flecha roja, que al disolverse produjo un estampido, y
algo pasó silbando junto á una oreja de Batiste. Tiraban contra él....
Instintivamente se agachó, queriendo confundirse con la lobreguez del
suelo, no presentar blanco al enemigo. Y en el mismo momento brilló un
segundo fogonazo, sonó otra detonación, confundiéndose con los ecos aún
vivos de la primera, y Batiste sintió en el hombro izquierdo un dolor de
desgarramiento, algo así como una uña de acero arañándole
superficialmente.
Apenas si paró en ello su atención. Sentía una alegría salvaje. Dos
tiros... el enemigo estaba desarmado.
---¡Cristo! ¡Ara't pille!- [27]
[27]--¡Cristo! ¡Ahora te pillo!
Se lanzó por entre las cañas, bajó casi rodando la pendiente de una de
las orillas de la acequia, y se vio metido en el agua hasta la cintura,
los pies en el barro y los brazos altos, muy altos, para impedir que se
le mojase la escopeta, guardando avaramente los dos tiros hasta el
momento de dispararlos con toda seguridad.
Ante sus ojos cruzábanse las cañas, formando apretada bóveda, casi al
ras del agua. Delante de él iba sonando en la lobreguez un chapoteo
sordo, como si un perro huyese acequia abajo.... Allí estaba el enemigo:
¡á él!
Y empezó una carrera loca en el profundo cauce, andando á tientas en la
sombra, dejando perdidas las alpargatas en el légamo del lecho, con los
pantalones pegados á la carne, tirantes, pesados, dificultando los
movimientos, recibiendo en el rostro el bofetón de las cañas tronchadas,
los arañazos de las hojas rígidas y cortantes.
Hubo un momento en que Batiste creyó ver algo negro que se agarraba á
las cañas pugnando por remontar el ribazo. Pretendía escaparse...
¡fuego! Sus manos, que sentían la comezón del homicidio, echaron la
escopeta á su cara; partió el gatillo... sonó el disparo, y cayó el
bulto en la acequia entre una lluvia de hojas y cañas rotas.
¡A él! ¡á él!... Otra vez volvió Batiste á oir aquel chapoteo de perro
fugitivo; pero ahora con más fuerza, como si extremara la huída
espoleado por la desesperación.
Fué un vértigo esta carrera á través de la obscuridad, de la vegetación
y del agua. Resbalaban los dos en el blanducho suelo, sin poder
agarrarse á las cañas por no soltar la escopeta; arremolinábase el agua,
batida por la furiosa carrera, y Batiste, que cayó de rodillas varias
veces, sólo pensó en estirar los brazos para mantener su arma fuera de
la superficie, salvando el tiro de reserva.
Y así continuó la cacería humana, á tientas, en la obscuridad profunda,
hasta que en una revuelta de la acequia salieron á un espacio despejado,
con los ribazos limpios de cañas.
Los ojos de Batiste, habituados á la lobreguez de la bóveda vegetal,
vieron con toda claridad á un hombre que, apoyándose en la escopeta,
salía tambaleándose de la acequia, moviendo con dificultad sus piernas
cargadas de barro.
Era él... ¡él! ¡El de siempre!
---¡Lladre... lladre: no t'escaparás!-[28]--rugió Batiste, disparando
su segundo tiro desde el fondo de la acequia con la seguridad del
tirador que puede apuntar bien y sabe que «hace carne».
[28]--¡Ladrón... ladrón: no te escaparás!
Le vió caer de bruces pesadamente sobre el ribazo y gatear luego para no
rodar hasta el agua. Batiste quiso alcanzarle, pero con tanta
precipitación, que fué él quien, dando un paso en falso, cayó cuan largo
era en el fondo de la acequia.
Su cabeza se hundió en el barro, tragando el líquido terroso y rojizo;
creyó morir, quedar enterrado en aquel lecho de fango, y al fin, con un
esfuerzo poderoso, consiguió enderezarse, sacando fuera del agua sus
ojos ciegos por el limo, su boca que aspiraba anhelante el viento de la
noche.
Apenas recobró la vista, buscó á su enemigo. Había desaparecido.
Chorreando barro y agua, salió de la acequia, subió la pendiente por el
mismo sitio que su adversario; pero al llegar arriba no le vió.
En la tierra seca se marcaban algunas manchas negruzcas, y las tocó con
las manos. Olían á sangre. Bien sabía él que no había errado el tiro.
Pero en vano buscó al contrario, con el deseo de contemplar su cadáver.
Aquel -Pimentó- tenía el pellejo duro, y arrojando sangre y barro iba
tal vez á rastras hasta su barraca. De él debía proceder un vago roce
que creyó percibir en los inmediatos campos semejante al de una gran
culebra arrastrándose por los surcos; por él ladraban todos los perros
de la huerta con desesperados aullidos. Le había oído arrastrarse del
mismo modo un cuarto de hora antes, cuando intentaba sin duda matarle
por la espalda, y al verse descubierto huyó á gatas del camino para
apostarse más allá, en el frondoso cañar, y acecharlo sin riesgo.
Batiste sintió miedo de pronto. Estaba solo, en medio de la vega,
completamente desarmado; su escopeta, falta de cartuchos, no era ya mas
que una débil maza. -Pimentó- no podía retornar contra él, pero tenía
amigos. Y dominado por súbito terror, echó á correr, buscando á través
de los campos el camino que conducía á su barraca.
La vega se estremecía de alarma. Los cuatro tiros en medio de la noche
habían puesto en conmoción á todo el contorno. Ladraban los perros, cada
vez más furiosos; entreabríanse las puertas de alquerías y barracas,
arrojando negras siluetas que ciertamente no salían con las manos
vacías.
Con silbidos y gritos entendíanse los convecinos á grandes distancias.
Tiros de noche podían ser una señal de incendio, de ladrones, ¡quién
sabe de qué!... seguramente de nada bueno; y los hombres salían de sus
casas dispuestos á todo, con la abnegación y la solidaridad de los que
viven en pleno campo.
Asustado por este movimiento, corrió Batiste hacia su barraca,
encorvándose muchas veces para pasar inadvertido al amparo de los
ribazos ó de los grandes montones de paja.
Ya veía su vivienda, con la puerta abierta é iluminada y en el centro
del rojo cuadro los bultos negros de su familia.
El perro le olfateó y fué el primero en saludarle. Teresa y Roseta
dieron un grito de regocijo.
---Batiste, ¿eres tú-?
---¡Pare! ¡pare!-...
Y todos se abalanzaron á él, en la entrada de la barraca, bajo la
vetusta parra, á través de cuyos pámpanos brillaban las estrellas como
gusanos de luz.
La madre, con su fino oído de mujer inquieta y alarmada por la tardanza
del marido, había oído lejos, muy lejos, los cuatro tiros, y el corazón
le dió un vuelco, como ella decía. Toda la familia se había lanzado á la
puerta, devorando ansiosa el obscuro horizonte, convencida de que las
detonaciones que alarmaban la vega tenían alguna relación con la
ausencia del padre.
Locos de alegría al verle y al oir sus palabras, no se fijaban en su
cara manchada de barro, en sus pies descalzos, en la ropa sucia y
chorreando fango.
Le empujaron hacia dentro. Roseta se colgaba de su cuello, suspirando
amorosamente, con los ojos todavía húmedos:
---¡Pare! ¡pare!-...
Pero el -pare- no pudo contener una mueca de sufrimiento, un «¡ay!»
ahogado y doloroso. Un brazo de Roseta se había apoyado en su hombro
izquierdo, en el mismo sitio donde sufrió el desgarrón de la uña de
acero, y en el que ahora sentía un peso cada vez más abrumador.
Al entrar en la barraca y darle de lleno la luz del candil, las mujeres
y los chicos lanzaron un grito de asombro. Vieron la camisa
ensangrentada... y además su facha de forajido, como si acabara de
escaparse de un presidio saliendo por la letrina.
Roseta y su madre prorrumpieron en gemidos. «¡Reina Santísima!...
¡Señora y soberana! ¿Le habían matado?...»
Pero Batiste, que sentía en el hombro un dolor cada vez más insufrible,
las sacó de sus lamentaciones ordenando con gesto hosco que viesen
pronto lo que tenía.
Roseta, más animosa, rasgó la gruesa y áspera camisa hasta dejar el
hombro al descubierto... ¡Cuánta sangre! La muchacha palideció,
haciendo esfuerzos para no desmayarse. Batistet y los pequeños empezaron
á llorar y Teresa continuó los alaridos como si su esposo se hallase en
la agonía.
Pero el herido no estaba para sufrir lamentaciones y protestó con
rudeza. Menos lloros: aquello era poca cosa; la prueba estaba en que
podía mover el brazo, aunque cada vez sentía mayor peso en el hombro.
Era un rasguño, una rozadura de bala y nada más. Sentíase demasiado
fuerte para que aquella herida fuese grave. ¡A ver!... agua, trapos,
hilas, la botella de árnica que Teresa guardaba como milagroso remedio
en su -estudi-... ¡moverse! el caso no era para estar todos mirándole
con la boca abierta.
Revolvió Teresa todo su cuarto, buscando en el fondo de las arcas,
rasgando lienzos, desliando vendas, mientras la muchacha lavaba y volvía
á lavar los labios de aquella hendidura sangrienta que partía como un
sablazo el carnoso hombro.
Las dos mujeres atajaron como pudieron la hemorragia, vendaron la
herida, y Batiste respiró con satisfacción, como si ya estuviese curado.
Peores golpes habían caído sobre él en su vida.
Y se dedicó á sermonear á los pequeños para que fuesen prudentes. De
todo lo que habían visto, ni una palabra á nadie. Eran asuntos que
convenía olvidarlos. Y lo mismo repitió á su mujer, que hablaba de
avisar al médico. Valía esto tanto como llamar la atención de la
justicia. Ya iría curándose él solo; su pellejo hacía milagros. Lo que
importaba era que nadie se mezclase en lo ocurrido allá abajo. ¡Quién
sabe cómo estaría á tales horas... el otro!
Mientras su mujer le ayudaba á cambiar de ropas y preparaba la cama,
Batiste le contó lo ocurrido. La buena mujer abría los ojos con
expresión de espanto, suspiraba pensando en el peligro arrostrado por su
marido y lanzaba miradas inquietas á la cerrada puerta de la barraca,
como si por ella fuese á filtrarse la Guardia civil.
Batistet, en tanto, con una prudencia precoz, cogía la escopeta y á la
luz del candil la secaba, limpiando sus cañones, esforzándose en borrar
de ella toda señal de uso reciente, por lo que pudiera ocurrir.
La noche fué mala para toda la familia. Batiste deliró en el camón del
-estudi-. Tenía fiebre, agitábase furioso, como si aún corriese por el
cauce de la acequia cazando al hombre, y sus gritos asustaban á los
pequeños y á las dos mujeres, que pasaron la noche de claro en claro,
sentadas junto al lecho, ofreciéndole á cada instante agua azucarada,
único remedio casero que lograron inventar.
Al día siguiente la barraca tuvo entornada su puerta toda la mañana. El
herido parecía estar mejor; los chicos, con los ojos enrojecidos por el
insomnio, permanecían inmóviles en el corral, sentados sobre el
estiércol, siguiendo con atención estúpida todos los movimientos de los
animales encerrados allí.
Teresa atisbaba la vega por la puerta entreabierta, volviendo después al
lado de Batiste.... ¡Cuánta gente! Todos los del contorno pasaban por
el camino con dirección á la barraca de -Pimentó-. Se veía en torno de
ella un hormiguero de hombres... y todos con la cara fosca, hablando á
gritos, entre enérgicos manoteos, lanzando tal vez desde lejos miradas
de odio á la antigua barraca de -Barret-.
Su marido acogía con gruñidos estas noticias. Algo le escarabajeaba en
el pecho causándole hondo daño. Este movimiento de la huerta hacia la
barraca de su enemigo era una prueba de que -Pimentó- se hallaba grave.
Tal vez iba á morir. Estaba seguro de que las dos balas de su escopeta
las tenía aún en el cuerpo.
Y ahora, ¿qué iba á pasar?... ¿Moriría él en presidio, como el pobre tío
-Barret-?... No; se continuarían las costumbres de la huerta, el respeto
á la justicia por mano propia. Se callaría el agonizante, dejando á sus
amigos, los -Terreròla- ú otros, el encargo de vengarle. Y Batiste no
sabía qué temer más, si la justicia de la ciudad ó la de la huerta.
Empezaba á caer la tarde, cuando el herido, despreciando las protestas
y ruegos de las dos mujeres, saltó de su camón.
Se ahogaba; su cuerpo de atleta, habituado á la fatiga, no podía
resistir tantas horas de inmovilidad. La pesadez del hombro le impulsaba
á cambiar de posición, como si esto pudiera librarle del dolor.
Con paso vacilante, entumecido por el reposo, salió de la barraca,
sentándose bajo el emparrado, en un banco de ladrillos.
La tarde era desapacible; soplaba un viento demasiado fresco para la
estación. Nubarrones morados cubrían el sol, y por bajo de ellos
desplomábase la luz, cerrando el horizonte como un telón de oro pálido.
Miró Batiste vagamente hacia la parte de la ciudad, volviendo su espalda
á la barraca de -Pimentó-, que ahora se veía claramente, al quedar
despojados los campos de las cortinas de mies que la ocultaban antes de
la siega.
Sentía el herido á un mismo tiempo el impulso de la curiosidad y el
miedo á ver demasiado; pero al fin volvió lentamente los ojos hacia la
casa de su adversario.
Sí; mucha gente se agrupaba ante la puerta: hombres, mujeres, niños;
toda la vega, que corría ansiosa á visitar á su vencido libertador.
¡Cómo debían odiarle aquellas gentes!... Estaban lejos, y no obstante
adivinaba su nombre sonando en todas las bocas. En el zumbar de sus
oídos, en el latir de sus sienes ardorosas por la fiebre, creyó percibir
el susurro amenazante de aquel avispero.
Y sin embargo, bien sabía Dios que él no había hecho mas que defenderse;
que sólo deseaba mantener á los suyos sin causar daño á nadie. ¿Qué
culpa tenía de encontrarse en pugna con unas gentes que, como decía don
Joaquín el maestro, eran muy buenas, pero muy bestias?...
Terminaba la tarde; el crepúsculo cernía sobre la vega una luz gris y
triste. El viento, cada vez más fuerte, trajo hasta la barraca un lejano
eco de lamentos y voces furiosas.
Batiste vió arremolinarse la gente en la puerta de la barraca lejana, y
luego muchos brazos levantados con expresión de dolor, manos crispadas
que se arrancaban el pañuelo de la cabeza para arrojarlo con rabia al
suelo.
Sintió el herido que toda su sangre afluía á su corazón, que éste se
detenía como paralizado algunos instantes, para después latir con más
fuerza, arrojando á su rostro una oleada roja y ardiente.
Adivinaba lo ocurrido allá lejos; se lo decía el corazón: -Pimentó-
acababa de morir.
Tembló Batiste de frío y de miedo; fué una sensación de debilidad, como
si de repente le abandonaran sus fuerzas, y se metió en su barraca, no
respirando normalmente hasta que vió la puerta con el cerrojo echado y
encendido el candil.
La velada fué lúgubre. El sueño abrumaba á la familia, rendida de
cansancio por la vigilia de la noche anterior. Apenas si cenaron, y
antes de las nueve ya estaban todos en la cama.
Batiste sentíase mejor de su herida. El peso en el hombro había
disminuido; ya no le dominaba la fiebre; pero ahora le atormentaba un
dolor extraño en el corazón.
En la obscuridad del -estudi- y todavía despierto, vió surgir una figura
pálida, indeterminada, que poco á poco fué tomando contorno y colores,
hasta ser -Pimentó- tal como le había visto en los últimos días, con la
cabeza entrapajada y su gesto amenazante de terco vengativo.
Molestábale esta visión, y cerró los ojos para dormir. Obscuridad
absoluta; el sueño iba apoderándose de él.... Pero los cerrados ojos
empezaron á poblar su densa lobreguez de puntos ígneos, que se
agrandaban formando manchas de varios colores; y las manchas, después de
flotar caprichosamente, se buscaban, se amalgamaban, y otra vez veía á
-Pimentó- aproximándose á él lentamente, con la cautela feroz de una
mala bestia que fascina á su víctima.
Batiste hizo esfuerzos por librarse de esta pesadilla.
No dormía, no: escuchaba los ronquidos de su mujer, acostada junto á él,
y de sus hijos, abrumados por el cansancio; pero los oía cada vez más
hondos, como si una fuerza misteriosa se llevase lejos, muy lejos, la
barraca, y él, sin embargo, permaneciese allí, inerte, sin poder moverse
por más esfuerzos que intentaba, viendo la cara de -Pimentó- junto á la
suya, sintiendo en su rostro la cálida respiración de su enemigo.
Pero ¿no había muerto?... Su embotado pensamiento formulaba esta
pregunta, y tras muchos esfuerzos se contestaba á sí mismo que -Pimentó-
había muerto. Ya no tenía, como antes, la cabeza rota; ahora mostraba el
cuerpo rasgado por dos heridas, que Batiste no podía apreciar en qué
lugar estaban; pero dos heridas eran, que abrían sus labios amoratados
como inagotables fuentes de sangre. Los dos escopetazos: cosa
indiscutible. Él no era de los tiradores que marran.
Y el fantasma, envolviéndole el rostro con su respiración ardiente,
dejaba caer sobre Batiste una mirada que parecía agujerearle los ojos y
descendía y descendía hasta arañarle las entrañas.
---¡Perdónam, Pimentó!---gemía el herido con voz infantil, aterrado por
la pesadilla.
Sí; debía perdonarle. Lo había matado, era verdad; pero él había sido el
primero en buscarlo. ¡Vamos: los hombres que son hombres deben mostrarse
razonables! Él tenía la culpa de todo lo ocurrido.
Pero los muertos no entienden razones, y el espectro, procediendo como
un bandido, sonreía ferozmente, y de un salto se subía á la cama,
sentándose sobre él, oprimiéndole la herida del hombro con todo su peso.
Gimió Batiste de dolor, sin poder moverse para repeler esta mole.
Intentaba enternecerlo llamándole Tòni, con familiar cariño, en vez de
designarle por su apodo.
---Tòni, me fas mal-[29].
[29]--Tòni, me haces daño.
Eso es lo que deseaba el fantasma, hacerle daño. Y pareciéndole aún
poco, con sólo su mirada arrebató los trapos y vendajes de su herida,
que volaron y se esparcieron. Luego hundió sus uñas crueles en el
desgarrón de la carne y tiró de los bordes, haciéndole rugir:
---¡Ay! ¡ay!... ¡«Pimentó», perdónam!-
Tal era su dolor, que los estremecimientos, subiendo á lo largo de su
espalda hasta la cabeza, erizaban sus rapados cabellos, haciéndolos
crecer y enroscarse con la contracción de la angustia; hasta
convertirse en horrible madeja de serpientes.
Entonces ocurrió una cosa horrible. El fantasma, agarrándole de su
extraña cabellera, hablaba por fin.
---Vine... vine-[30]--decía tirando de él.
[30]--Ven... ven.
Le arrastraba con sobrehumana ligereza, lo llevaba volando ó nadando--no
lo sabía él con certeza--, á través de un elemento ligero y resbaladizo,
y así iban los dos vertiginosamente, deslizándose en la sombra, hacia
una mancha roja que se marcaba lejos, muy lejos.
La mancha se agrandaba, tenía una forma parecida á la puerta de su
-estudi-, y salía por ella un humo denso, nauseabundo, un hedor de paja
quemada que le impedía respirar.
Debía ser la boca del infierno: allí le arrojaría -Pimentó-, en la
inmensa hoguera, cuyo resplandor inflamaba la puerta. El miedo venció su
parálisis. Dió un espantoso grito, movió al fin sus brazos, y de un
terrible revés envió lejos de sí á -Pimentó- y su extraña cabellera.
Tenía los ojos bien abiertos y no vió más al fantasma. Había soñado; era
sin duda una pesadilla de la fiebre; ahora volvía á verse en la cama con
la pobre Teresa, que, vestida aún, roncaba fatigosamente á su lado.
Pero no; el delirio continuaba todavía. ¿Qué luz deslumbrante iluminaba
su -estudi-? Aún veía la boca del infierno, que era igual á la puerta de
su cuarto, arrojando humo y rojizo resplandor. ¿Estaría dormido?... Se
restregó los ojos, movió los brazos, se incorporó en la cama.... No;
despierto y bien despierto.
La puerta estaba cada vez más roja, el humo era más denso. Oyó sordos
crujidos como de cañas que estallan lamidas por la llama, y hasta vió
danzar las chispas agarrándose como moscas de fuego á la cortina de
cretona que cerraba el cuarto. Sonó un ladrido desesperado,
interminable, como un esquilón sonando á rebato.
¡Recristo!... La convicción de la realidad, asaltándole de pronto,
pareció enloquecerle.
---¡Teresa! ¡Teresa!... ¡Amunt!-[31]
[31]--¡Teresa! ¡Teresa!... ¡Arriba!
Y del primer empujón la echó fuera de la cama. Después corrió al cuarto
de los chicos, y á golpes y gritos los sacó en camisa, como un rebaño
idiota y medroso que corre ante el palo, sin saber adónde va. Ya ardía
el techo de su cuarto, arrojando sobre la cama un ramillete de chispas.
Cegado por el humo y contando los minutos como siglos, abrió Batiste la
puerta, y por ella salió enloquecida de terror toda la familia en paños
menores, corriendo hasta el camino.
Allí, un poco más serenos, se contaron.
Todos: estaban todos, hasta el pobre perro, que aullaba melancólicamente
mirando la barraca incendiada.
Teresa abrazó á su hija, que, olvidando el peligro, estremecíase de
vergüenza al verse en camisa en medio de la huerta, y se sentaba en un
ribazo, apelotonándose con la preocupación del pudor, apoyando la barba
en las rodillas y tirando del blanco lienzo para que le cubriera los
pies.
Los dos pequeños refugiábanse amedrentados en los brazos de su hermano
mayor, y el padre agitábase como un demente, rugiendo maldiciones.
-¡Recordóns!- ¡Y qué bien habían sabido hacerlo!... Habían prendido
fuego á la barraca por sus cuatro costados; toda ella ardía de golpe.
Hasta el corral, con su cuadra y sus sombrajos, estaba coronado de
llamas.
Partían de él relinchos desesperados, cacareos de terror, gruñidos
feroces; pero la barraca, insensible á los lamentos de los que se
tostaban en sus entrañas, seguía arrojando curvas lenguas de fuego por
las puertas y las ventanas. De su incendiada cubierta elevábase una
espiral enorme de humo blanco, que con el reflejo del incendio tomaba
transparencias de rosa.
Había cambiado el tiempo; la noche era tranquila, no soplaba ninguna
brisa, y el azul del cielo sólo estaba empañado por la columna de humo,
entre cuyos blancos vellones asomaban curiosas las estrellas.
Teresa luchaba con el marido, que, repuesto de su dolorosa sorpresa y
aguijoneado por el interés, que hace cometer locuras, quería meterse en
aquel infierno. Un instante nada más: lo indispensable para sacar del
-estudi- el saquito de plata, producto de la cosecha.
¡Ah, buena Teresa! No era necesario que contuviese al marido, sufriendo
sus recios empujones. Una barraca arde pronto; la paja y las cañas aman
el fuego. La techumbre se vino abajo estruendosamente, aquella erguida
techumbre que los vecinos miraban como un insulto, y del enorme brasero
subió una columna espantosa de chispas, á cuya incierta y vacilante luz
parecía gesticular la huerta con fantásticas muecas.
Las paredes del corral temblaban sordamente, cual si dentro de ellas se
agitase dando golpes una legión de demonios. Como ramilletes de fuego
saltaban las aves, é intentaban volar ardiendo vivas.
Se desplomó un trozo del muro hecho de barro y estacas, y por la negra
brecha salió como una centella un monstruo espantable. Arrojaba humo por
las narices, agitando su melena de chispas, batiendo desesperadamente
su rabo como una escoba de fuego, que esparcía hedor de pelos quemados.
Era el rocín. Pasó con prodigioso salto por encima de la familia,
galopando furiosamente á través de los campos. Iba instintivamente en
busca de la acequia, y cayó en ella con un chirrido de hierro que se
apaga.
Tras él, arrastrándose cual un demonio ebrio y lanzando espantables
gruñidos, salió otro espectro de fuego, el cerdo, que se desplomó en
medio del campo, ardiendo como una antorcha de grasa.
Ya sólo quedaban en pie las paredes y la parra, con sus sarmientos
retorcidos por el incendio y las pilastras que se destacaban como barras
de tinta sobre un fondo rojo.
Batistet, con el ansia de salvar algo, corría desaforado por las sendas,
gritando, aporreando las puertas de las barracas inmediatas, que
parecían parpadear con el reflejo del incendio.
---¡Socorro! ¡socorro!... ¡A fòc! ¡á fòc!-[32]
[32] ¡Fuego! ¡Fuego!
Sus voces se perdían, levantando el eco inútil de las ruinas y los
cementerios.
Su padre sonrió cruelmente. En vano llamaba. La huerta era sorda para
ellos. Dentro de las blancas barracas había ojos que atisbaban curiosos
por las rendijas, tal vez bocas que reían con un gozo infernal, pero ni
una voz que dijera: «¡Aquí estoy!»
¡El pan!... ¡Cuánto cuesta ganarlo! ¡Y cuán malos hace á los hombres!
En una barraca brillaba una luz pálida, amarillenta, triste. Teresa,
atolondrada por el peligro, quiso ir á ella á implorar socorro, con la
esperanza que infunde el ajeno auxilio, con la ilusión de algo milagroso
que se ansia en la desgracia.
Su marido la detuvo con una expresión de terror. No: allí no. A todas
partes, menos allí.
Y como hombre que ha caído tan hondo, tan hondo que ya no puede sentir
remordimientos, apartó su vista del incendio para fijarla en aquella luz
macilenta; luz de cirios que arden sin brillo, como alimentados por una
atmósfera en la que se percibe aún el revoloteo de la muerte.
¡Adiós, -Pimentó!- Bien servido te alejas del mundo. La barraca y la
fortuna del odiado intruso alumbrarán tu cadáver mejor que los cirios
comprados por la desolada Pepeta, amarillentas lágrimas de luz.
Batistet regresó desesperado de su inútil correría. Nadie contestaba.
La vega, silenciosa y ceñuda, les despedía para siempre.
Estaban más solos que en medio de un desierto; el vacío del odio era mil
veces peor que el de la Naturaleza.
Huirían de allí para empezar otra vida, sintiendo el hambre detrás de
ellos pisándoles los talones; dejarían á sus espaldas la ruina de su
trabajo y el cuerpecito de uno de los suyos, del pobre -albaet-, que se
pudría en las entrañas de aquella tierra como víctima inocente de una
batalla implacable.
Y todos, con resignación oriental, sentáronse en el ribazo, y allí
aguardaron el amanecer, con la espalda transida de frío, tostados de
frente por el brasero que teñía sus rostros con reflejos de sangre,
siguiendo con la pasividad del fatalismo el curso del fuego, que iba
devorando todos sus esfuerzos y los convertía en pavesas tan deleznables
y tenues como sus antiguas ilusiones de paz y trabajo.
FIN
Valencia.--Octubre-Diciembre 1898.
LA NOVELA LITERARIA
LOS MEJORES NOVELISTAS-LAS MEJORES OBRAS -Director: VICENTE BLASCO
IBÁÑEZ-
* * * * *
Además de dirigirla personalmente Blasco Ibáñez, eligiendo las novelas y
examinando la traducción, ha escrito un extenso prefacio, estudio
biográfico y crítico del autor de la obra.
VOLÚMENES PUBLICADOS
PAUL ADAM
El año de Clarisa.
El rebaño de Clarisa.
El trust (2 tomos).
HENRI BARBUSSE
El infierno.
MAURICIO BARRES
Al servicio de Alemania.--Colette Baudoche. (2 novelas en un tomo)
RENÉ BAZIN
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Vida virgen. (La novela del Gran Chaco.)
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