los colegios de Valencia; ¿qué se creían algunos?--, y salían de la
barraca, besando antes la diestra escamosa de don Joaquín y repitiendo
todos de corrido al pasar junto á él:
--¡Usted lo pase bien! ¡Hasta mañana si Dios quiere!
Acompañábales el maestro hasta la plazoleta del molino, que era una
estrella de caminos y sendas, y allí deshacíase la formación en pequeños
grupos, alejándose hacia distintos puntos de la vega.
--¡Ojo, señores míos, que yo les vigilo!--gritaba don Joaquín como
última advertencia--. Cuidado con robar fruta, hacer pedreas ó saltar
acequias. Yo tengo un pájaro que todo me lo comunica; y si mañana sé
algo malo, andará la caña suelta como un demonio.
Y plantado en la plazoleta, seguía mucho rato con la vista al grupo más
numeroso, que se alejaba camino de Alboraya.
Estos discípulos eran los que pagaban mejor. Iban entre ellos los tres
hijos de Batiste, para los cuales se convertía muchas veces el camino en
una calle de Amargura.
Cogidos los tres de la mano, procuraban andar á la zaga de los otros
muchachos, que, por ser de las barracas inmediatas á la suya, sentían el
mismo odio de sus padres contra Batiste y su familia, y no perdían
ocasión de molestarles.
Los dos mayorcitos sabían defenderse, y con arañazo más ó menos, hasta
salían en ciertas ocasiones vencedores. Pero el más pequeño, Pascualet,
un chiquillo regordete y panzudo, que sólo tenía cinco años, y á quien
adoraba la madre por su dulzura y su mansedumbre, prometiéndose hacerlo
capellán, lloraba apenas veía á sus hermanos enzarzados en terrible
pelea con los otros condiscípulos.
Muchas veces los dos mayores llegaban á casa sudorosos y llenos de
polvo, como si se hubieran revolcado en el camino, con los pantalones
rotos y la camisa desgarrada. Eran las señales del combate; el pequeño
lo contaba todo llorando. Y la madre tenía que curar á alguno de los
mayores aplicándole una pieza de dos cuartos bien apretada sobre el
chichón levantado por una piedra traidora.
Alborotábase Teresa al conocer los atentados de que eran objeto sus
hijos, y como mujer ruda y valerosa nacida en el campo, sólo se
tranquilizaba oyendo que los suyos habían sabido defenderse, dejando al
enemigo malparado.
¡Por Dios, que cuidasen de Pascualet ante todo!... Y el hermano mayor,
indignado por los relatos de los pequeños, prometía una paliza á toda la
garrapata enemiga cuando la encontrase en las sendas.
Todas las tardes, apenas don Joaquín perdía de vista el grupo, empezaban
las hostilidades.
Los enemigos, hijos ó sobrinos de los que en la taberna juraban acabar
con Batiste, iban acortando el paso, para hacer menor la distancia
entre ellos y los tres hermanos.
Aún sonaban en sus oídos las palabras del maestro: la amenaza del
maldito pájaro que todo lo veía y todo lo contaba. Algunos se reían
incrédulamente, pero de dientes afuera. ¡Aquel «tío» sabía tanto!...
Pero según se iban alejando amortiguábanse las amenazas del maestro.
Comenzaban por caracolear en torno á los tres hermanos, á perseguirse
riendo--pretexto malicioso inspirado por la instintiva hipocresía de la
infancia--, para empujarles al pasar, con el santo deseo de arrojarlos
en la acequia que bordeaba el camino.
Después, cuando estaba agotada sin éxito alguno esta maniobra, iniciaban
los pescozones y repelones á todo correr.
---¡Lladres! ¡lladres!-
Y lanzándoles este insulto, les tiraban de la oreja y se alejaban
trotando, para retroceder un poco más allá y repetir las mismas
palabras.
Esta calumnia, inventada por los enemigos de su padre, era lo que más
enfurecía á los muchachos. Los dos mayores, abandonando á Pascualet,
que se refugiaba lloriqueante detrás de un árbol, agarraban piedras y
entablábase una batalla en medio del camino.
Silbaban los guijarros entre las ramas, haciendo caer una lluvia de
hojas y rebotando contra troncos y ribazos; los perros barraqueros
salían con ladridos feroces, atraídos por el estrépito de la lucha, y
las mujeres, en las puertas de sus casas, levantaban los brazos al
cielo, gritando indignadas:
---¡Condenats! ¡Dimònis!-...
Estos escándalos indignaban á don Joaquín y le hacían mover su caña
inexorable al día siguiente. ¡Qué dirían de su escuela, templo de la
buena crianza!...
La lucha no tenía fin hasta que pasaba algún carretero que enarbolaba el
látigo, ó salía de las barracas algún viejo, garrote en mano. Los
agresores huían, se desbandaban, y arrepentidos de su hazaña al verse
solos, pensaban aterrados, con el fácil cambio de impresiones de la
infancia, en aquel pájaro que lo sabía todo y en lo que les guardaba don
Joaquín para et día siguiente.
Mientras tanto, los tres hermanos seguían su camino rascándose las
descalabraduras de la lucha.
Una tarde, la pobre mujer de Batiste apeló á gritos á Dios y á los
santos viendo el estado en que llegaban sus pequeños.
Aquel día la batalla había sido dura. ¡Ah, los bandidos! Los dos mayores
estaban magullados; era lo de siempre: no había que hacer caso. Pero el
pequeñín, el -Obispo-, como cariñosamente le llamaba su madre, estaba
mojado de pies á cabeza, y lloraba temblando de miedo y de frío.
La feroz pillería lo había arrojado en una acequia de aguas estancadas,
y de allí le sacaron sus hermanos cubierto de légamo nauseabundo.
Teresa le acostó en su cama al ver que el pobrecillo seguía temblando
entre sus brazos, agarrándose á su cuello y murmurando con voz semejante
á un balido:
---¡Mare! ¡mare!-...
La madre reanudó sus lamentaciones.
«¡Señor! ¡dadnos paciencia!» Toda aquella gentuza, grandes y chicos, se
habían propuesto acabar con la familia.
* * * * *
VII
Triste y ceñudo, como si fuese á un entierro, emprendió Batiste el
camino de Valencia un jueves por la mañana. Era día de mercado de
animales en el cauce del río, y llevaba en la faja, como una gruesa
protuberancia, el saquito de arpillera con el resto de sus ahorros.
Llovían desgracias sobre la barraca. Sólo faltaba que se derrumbase su
techumbre encima de ellos, aplastándolos á todos.... ¡Qué gente! ¡Dónde
se había metido!...
El chiquitín cada vez peor, temblando de fiebre en los brazos de su
madre, que lloraba á todas horas, y visitado dos veces al día por el
médico. En resumen, una enfermedad que iba á costarle doce ó quince
duros: ¡como quien dice nada!
El mayor, Batistet, apenas si podía ir más allá de sus campos. Aún
tenía la cabeza envuelta en trapos y la cara cruzada de chirlos, luego
del descomunal combate que una mañana sostuvo en el camino con otros de
su edad que iban como él á recoger estiércol en Valencia. Todos los
-fematers- del contorno se habían unido contra Batistet, y el pobre
muchacho no podía asomarse al camino.
Los dos pequeños ya no iban á la escuela, por miedo á las peleas que
debían sostener al regreso.
Y Roseta, ¡pobre muchacha! era la que se mostraba más triste.
El padre, con gesto fosco y severas ojeadas, le recordaba mudamente que
debía mostrarse indiferente, ya que sus penas eran un atentado á su
autoridad paternal. Pero á solas, el buen Batiste lamentaba la tristeza
de la pobre muchacha. Él también había sido joven y sabía cuan pesadas
resultan las penas del querer.
Todo se había descubierto. Después de la famosa riña en la fuente de la
Reina, la huerta entera estuvo varios días hablando de los amores de
Roseta con el nieto del tío -Tomba-.
El carnicero de Alboraya bufó de coraje contra su criado. ¡Ah,
grandísimo pillo! Ahora comprendía él por qué olvidaba sus deberes, por
qué perdía las tardes vagando por la huerta como un gitano. El señor se
permitía tener novia, como si fuese un hombre capaz de mantenerla. ¡Y
qué novia, Santo Dios! No había mas que oir á los parroquianos cuando
parloteaban ante su mesa. Todos decían lo mismo: se extrañaban de que un
hombre como él, religioso, honrado y sin otro defecto que robar algo en
el peso, permitiera que su criado acompañase á la hija del enemigo de la
huerta, de un hombre malo, del cual se afirmaba que había estado en
presidio.
Y como todo esto, en concepto del ventrudo patrón, era una deshonra para
su establecimiento, al escuchar las murmuraciones de las comadres volvía
á enfurecerse, amenazando con su cuchilla al tímido criado, ó increpaba
al tío -Tomba- para que corrigiese al pillete de su nieto.
Total: que el carnicero despidió al muchacho, y su abuelo le buscó
colocación en Valencia en casa de otro cortante, rogando que no le
concediesen libertad ni aun en días de fiesta, para que no volviera á
esperar en el camino á la hija de Batiste.
Tonet partió sumiso, con los ojos húmedos, como uno de los borregos que
tantas veces había llevado á rastras hasta el cuchillo de su amo. No
volvería más á la huerta. En la barraca quedaba la pobre muchacha
ocultándose en su -estudi- para gemir, haciendo esfuerzos por no mostrar
su dolor ante la madre, que, irritada por tantas contrariedades, se
mostraba intratable, y ante el padre, que hablaba de hacerla pedazos si
volvía á tener novio y daba que hablar con ello á los enemigos del
contorno.
Al pobre Batiste, tan severo y amenazador, lo que más le dolía de todas
sus desgracias era el desconsuelo de la pobre muchacha, falta de
apetito, amarillenta, ojerosa, haciendo esfuerzos por mostrarse
indiferente, sin dormir apenas, lo que no impedía que todas las mañanas
marchase puntualmente á la fábrica, con una vaguedad en las pupilas
reveladora de que su pensamiento rodaba lejos, de que estaba soñando por
dentro á todas horas.
¿Eran posibles más desgracias?... Sí, aún quedaban otras. En aquella
barraca, ni las bestias se libraban de la atmósfera envenenada de odio
que parecía flotar sobre su techumbre. Al que no lo atropellaban le
hacían sin duda mal de ojo, y por eso su pobre -Morrut-, el caballo
viejo, un animal que era como de la familia, que había arrastrado por
los caminos el pobre ajuar y los chicos en las peregrinaciones de
miseria, se iba debilitando poco á poco en el establo nuevo, el mejor
alojamiento durante su larga vida de trabajo.
Se portó como persona honrada en la época peor, cuando, recién
establecida la familia en la barraca, había que arar la tierra maldita,
petrificada por diez años de abandono; cuando había que hacer continuos
viajes á Valencia en busca del cascote de los derribos y las maderas
viejas; cuando el pasto no era mucho y el trabajo abrumante. Y ahora que
frente al ventanuco de la cuadra se extendía un gran campo de hierba
fresca, erguida, ondeante, toda para él; ahora que tenía la mesa puesta,
con aquel verde y jugoso mantel que olía á gloria; ahora que engordaba,
se redondeaban sus ancas puntiagudas y su dorso nudoso, moría de
repente, sin saber de qué, tal vez en uso de su perfecto derecho al
descanso, después de sacar á flote la familia.
Se acostó un día sobre la paja, negándose á salir, mirando á Bastiste
con ojos vidriosos y amarillentos que hacían expirar en los labios del
amo los votos y amenazas de la indignación. Parecía una persona el pobre
-Morrut-; Batiste, al recordar su mirada, sentía muchas veces deseos de
llorar. La barraca sufrió una conmoción, y tal desgracia hasta hizo que
la familia olvidase momentáneamente al pobre Pascualet; que temblaba de
fiebre en la cama.
Lloró la mujer de Batiste. Aquel animal alargando su manso hocico había
visto venir al mundo á casi todos sus hijos. Aún recordaba ella, como si
fuera ayer, cuando lo compraron en el mercado de Sagunto, pequeño,
sucio, lleno de costras y asquerosidades, como un jaco de desecho. Era
alguien de la familia que se iba. Y cuando unos tíos repugnantes
llegaron en un carro para llevarse su caballo á la «Caldera»[16], donde
convertirían su esqueleto en hueso de pulida brillantez y sus carnes en
abono fecundizante, lloraban los chicos, gritando desde la puerta un
adiós interminable al pobre -Morrut-, que se alejaba con las patas
rígidas y la cabeza balanceante, mientras la madre, como si tuviese un
horrible presentimiento, se arrojaba con los brazos abiertos sobre el
enfermito.
[16] Lugar donde son incinerados los animales muertos para aprovechar
sus huesos.
Recordaba á sus hijos cuando se introducían en la cuadra para tirar de
la cola al -Morrut-, el cual aguantaba con dulce pasividad todos los
juegos de los chicos. Veía al pequeñín cuando lo colocaba su padre sobre
la dura espina del animal, golpeando con sus piececitos los lustrosos
flancos y gritando «¡arre! ¡arre!» con infantil balbuceo. Con la muerte
de esta pobre bestia creía Teresa que iba á quedar abierta una brecha en
la familia por donde se irían otros. ¡Señor, que la engañasen sus
presentimientos de madre dolorosa; que fuese sólo este sufrido animal
el que se iba; que no se llevase sobre sus lomos al pobre chiquitín
camino del cielo, como en otros tiempos le llevaba por las sendas de la
huerta agarrado á sus crines, á paso lento, para no derribarlo!
Y el pobre Batiste, con el pensamiento ocupado por tantas desgracias,
barajando en su imaginación el niño enfermo, el caballo muerto, el hijo
descalabrado y la hija con su reconcentrado pesar, llegó á los arrabales
de la ciudad y pasó el puente de Serranos.
Al extremo del puente, en una planicie entre dos jardines, frente á las
ochavadas torres que asomaban sobre la arboleda sus arcadas ojivales,
sus barbacanas y la corona de sus almenas, se detuvo Batiste, pasándose
las manos por el rostro. Tenía que visitar á los amos, los hijos de don
Salvador, y pedirles á préstamo un piquillo para completar la cantidad
que iba á costarle la compra de un rocín que sustituyese al -Morrut-. Y
como el aseo es el lujo del pobre, se sentó en un banco de piedra,
esperando que le llegara el turno para limpiarse de unas barbas de dos
semanas, punzantes y duras como púas, que ennegrecían su cara.
A la sombra de los altos plátanos funcionaban las peluquerías de la
gente huertana, los barberos de «-cara al sol-». Un par de sillones con
asiento de esparto y brazos pulidos por el uso, un anafe en el que
hervía el puchero del agua, los paños de dudoso color y unas navajas
melladas, que arañaban el duro cutis de los parroquianos con rascones
espeluznantes, constituían toda la fortuna de estos establecimientos al
aire libre.
Muchachos cerriles que aspiraban á ser mancebos en las barberías de la
ciudad hacían allí sus primeras armas; y mientras se amaestraban
infiriendo cortes ó poblando las cabezas da trasquilones y peladuras, el
amo daba conversación á los parroquianos sentados en el banco del paseo,
ó leía en alta voz un periódico á este auditorio, que, con la quijada en
ambas manos, escuchaba impasible.
A los que se sentaban en el sillón de los tormentos pasábanles un pedazo
de jabón de piedra por las mejillas, y frota que frota, hasta que
levantaba espuma. Después venía el navajeo cruel, los cortes, que
aguantaba firmemente el cliente con la cara manchada de sangre. Un poco
más allá sonaban las enormes tijeras en continuo movimiento, pasando y
repasando sobre la redonda testa de algún mocetón presumido, que quedaba
esquilado como perro de aguas; el colmo de la elegancia: larga greña
sobre la frente y la media cabeza de atrás cuidadosamente rapada.
Batiste fué afeitado con bastante suerte, mientras escuchaba, hundido en
el sillón de esparto y teniendo los ojos entornados, la lectura del
«maestro», hecha con voz nasal y monótona, sus comentarios y glosas de
hombre experto en la cosa pública. No sacó mas que tres raspaduras y un
corte en la oreja. Otras veces había sido más. Dió su medio real, y se
metió en la ciudad por la puerta de Serranos.
Dos horas después volvió á salir, y se sentó en el banco de piedra,
entre el grupo de los parroquianos, para oír otra vez al maestro
mientras llegaba la hora del mercado.
Los amos acababan de prestarle el piquillo que le faltaba para la compra
del rocín. Ahora lo importante era tener buen ojo para escoger;
serenidad para no dejarse engañar por la astuta gitanería que pasaba
ante él con sus bestias, descendiendo luego por una rampa al cauce del
río.
Las once. El mercado debía estar en su mayor animación. Llegaba hasta
Batiste el confuso rumor de un hervidero invisible; subían los relinchos
y las voces desde el fondo del cauce. Dudaba, permanecía quieto, como el
que desea retrasar el momento de una resolución importante, y al fin se
decidió á bajar al mercado.
El cauce del Turia estaba, como siempre, casi seco. Algunas vetas de
agua, escapadas de los azudes y presas que refrescan la vega,
serpenteaban formando curvas ó islas en un suelo polvoriento, ardoroso,
desigual, que más parecía de desierto africano que lecho de un río.
A tales horas estaba todo él blanco de sol, sin la menor mancha de
sombra.
Los carros de los labriegos, con sus toldos claros, formaban un
campamento en el centro del cauce, y á lo largo de la ribera de piedra,
puestas en fila, estaban las bestias á la venta: mulas negras y
coceadoras, con rojos caparazones y ancas brillantes agitadas por
nerviosa inquietud; caballos de labor, fuertes pero tristes, cual
siervos condenados á eterna fatiga, mirando con sus ojos vidriosos á
todos los que pasaban, como si adivinasen al nuevo tirano, y pequeñas y
vivarachas jacas, hiriendo el polvo con sus cascos, tirando del ronzal
que las mantenía atadas al muro.
Junto á la rampa de bajada estaban los animales de desecho: asnos sin
orejas, de pelo sucio y asquerosas pústulas; caballos tristes, cuyo
pellejo parecía agujerearse con lo anguloso de la descarnada osamenta;
mulas cegatas, con cuello de cigüeña; toda la miseria del mercado, los
náufragos del trabajo, que, con el cuero rayado á palos, el estómago
contraído y las excoriaciones inflamadas por las moscas verdosas y
panzudas, esperaban la llegada del contratista de las corridas de toros
ó del mendigo, que aún sabrían utilizarlos.
Junto á las corrientes de agua, en el centro del cauce y en las riberas
que la humedad había cubierto de una débil capa de césped, trotaban las
manadas de potros sin domar, al aire la luenga crin, arrastrando la cola
por el suelo. Más allá de los puentes, al través de sus arcos de piedra,
veíanse los rebaños de toros, con las patas encogidas, rumiando
tranquilamente la hierba que les arrojaban los pastores, ó andando
perezosamente por el suelo abrasado, sintiendo la nostalgia de las
frescas dehesas, plantándose fieramente cada vez que los chicuelos les
silbaban desde los pretiles.
La animación del mercado iba en aumento. En torno á cada caballería cuya
venta se estaba ajustando se formaban grupos de gesticulantes y
parlanchines labriegos en mangas de camisa, con una vara de fresno en la
diestra. Los gitanos, secos, bronceados, de zancas largas y arqueadas,
zamarra con remiendos y gorra de pelo, bajo la cual brillaban sus ojos
con resplandor de fiebre, hablaban sin cesar, echando su aliento á la
cara del comprador como si quisieran hipnotizarle.
--Pero fíjese usted bien en la jaca. Repare en sus líneas... ¡si
parece una señorita!
Y el labriego, insensible á las melosidades gitanas, encerrado en sí
mismo, pensativo é incierto, miraba al suelo, miraba á la bestia, se
rascaba el cogote, y acababa diciendo con energía de testarudo:
---Bueno; pues no done mes-[17].
[17]--Bueno; pues no doy más.
Para concertar los -chambos- y solemnizar las ventas buscábase el amparo
de un sombrajo, bajo el cual una mujerona vendía bollos adornados por
las moscas ó llenaba pegajosas copas con el contenido de media docena de
botellas alineadas sobre una mesa de cinc.
Batiste pasó y repasó varias veces entre las bestias, sin hacer caso de
los vendedores que le asediaban adivinando su intención.
Ninguna le gustaba. ¡Ay, pobre -Morrut!- ¡Cuán difícil era encontrarle
un sucesor! De no verse acosado por la necesidad, se hubiera ido sin
comprar; creía ofender al difunto fijando su atención en aquellas
bestias antipáticas.
Al fin se detuvo ante un rocín blanco, no muy gordo ni lustroso, con
algunas rozaduras en las piernas y cierto aire de cansancio; una bestia
de trabajo que, no obstante su aspecto de abrumamiento, parecía fuerte y
animosa.
Apenas pasó una mano por las ancas del rocín, apareció junto á éste un
gitano, obsequioso, campechanote, tratándole como si le conociese toda
su vida.
--Es un animal de perlas; bien se ve que usted conoce las buenas
bestias.... Y barato: me parece que no reñiremos.... -¡Monote!- Sácalo
de paseo, para que vea el señor con qué garbo bracea.
Y el aludido -Monote-, un gitanillo con el trasero al aire por las
roturas del pantalón y la cara llena de costras, cogió el caballo del
ronzal y salió corriendo por los altibajos de arena seguido de la pobre
bestia, que trotaba displicente, como fatigada de una operación tantas
veces repetida.
Corrió la gente curiosa, agrupándose en torno á Batiste y el gitano, que
seguían con sus miradas la marcha del animal. Guando volvió -Monote- con
el caballo, el labriego lo examinó detenidamente. Metió sus dedos entre
la amarillenta dentadura, pasó sus manos por las ancas, levantó sus
cascos para inspeccionarlos, lo registró cuidadosamente entre las
piernas.
--Mire usted, mire usted--decía el gitano--, que para eso está.... Más
limpio que la patena. Aquí no se engaña á nadie: todo natural. No se
arreglan los animales, como hacen otros, que desfiguran un burro en un
santiamén. Lo compré la semana pasada y ni me he cuidado de arreglarle
esas cosillas que tiene en las piernas. Ya ha visto usted con qué salero
bracea. ¿Y tirar de un carro?... Ni un elefante tiene su empuje. Ahí en
el cuello verá usted las señales.
Batiste no parecía descontento del examen, pero hizo esfuerzos por
mostrarse disgustado, valiéndose de mohines y toses. Sus infortunios
como carretero le habían hecho conocer las bestias, y se reía
interiormente de algunos curiosos que, influídos por el mal aspecto del
caballo, discutían con el gitano, diciendo que sólo era bueno para
enviarlo á la «Caldera». Su aspecto triste y cansado era el de los
animales de trabajo que obedecen con resignación mientras pueden
sostenerse.
Llegó el momento decisivo. Se quedaría con él.... ¿Cuánto?
--Por ser para usted, que es un amigo--dijo el gitano palmeándole en la
espalda--, por ser para usted, persona simpática que sabrá tratar bien á
esta prenda... lo dejaremos en cuarenta daros y trato hecho.
Batiste aguantó el disparo con calma, como hombre acostumbrado á tales
discusiones, y sonrió socarronamente:
--Bueno: -pos- por ser tú, rebajaré poco. ¿Quieres -ventisinco-?
El gitano extendió sus brazos con teatral indignación, retrocedió
algunos pasos, se arañó la gorra de pelo ó hizo toda clase de extremos
grotescos para expresar su asombro.
--¡Mare de Dios! ¡Veinticinco duros!... ¿Pero se ha fijao usted en el
animal? Ni robao se lo podría dar á tal precio.
Pero Batiste á todas sus lamentaciones contestaba siempre lo mismo:
---Ventisinco-... ni un -chavo- más.
Y el gitano, apuradas sus razones, que no eran pocas, apeló al supremo
argumento:
---Monote-... saca el animal... que el señor se fije bien.
Y allá fué -Monote- otra vez, trotando y tirando del ronzal delante del
pobre caballo, cada vez más aburrido de tantos paseos.
--¡Qué meneo! ¿eh?--dijo el gitano--. ¡Si parece una marquesa en un
baile! ¿Y eso vale para usted veinticinco duros?...
--Ni un -chavo- más--repitió el testarudo.
---Monote-... vuelve. Ya hay bastante.
Y fingiendo indignación, volvió el gitano la espalda al comprador como
si diese por fracasado todo arreglo; paro al ver que Batiste se iba
verdaderamente, desapareció su seriedad.
--Vamos, señor... ¿cuál es su gracia?... ¿Batiste? ¡Ah! Pues mire
usted, señor Bautista: para que vea que le quiero y deseo que esa joya
sea suya, voy á hacer lo que no haría por nadie. ¿Conviene en treinta y
cinco duros? Vamos, que sí. Le jura por su salú que no haría esto ni por
mi pare.
Esta vez aún fué más viva y gesticulante su protesta al ver que el
labrador no se ablandaba con la rebaja y á duras penas le ofrecía dos
duros más.
--¿Pero tan poco cariño le inspira esta perla fina? ¿Es que no tiene
usté ojos para apreciarla? A ver, -Monote-: á sacarlo otra vez.
Mas no tuvo -Monote- que echar de nuevo los bofes, pues Batiste se alejó
fingiendo haber desistido de tal compra.
Vagó por el mercado, mirando de lejos otros animales, pero vigilando
siempre con el rabillo de un ojo al gitano, el cual, fingiendo
igualmente indiferencia, le seguía, le espiaba.
Se acercó á un caballote fuerte y de pelo brillante, que no pensaba
comprar, adivinando su alto precio. Apenas le pasó la mano por las
ancas, sintió junto á sus orejas un aliento ardoroso y un murmullo:
--Treinta y tres.... Por la salú de sus pequeños, no diga que no; ya ve
que me pongo en razón.
---Ventiocho---dijo Batiste sin volverse.
Cuando se cansó de admirar aquella hermosa bestia siguió adelante, y por
hacer algo presenció cómo una vieja labradora regateaba un borriquillo.
El gitano había vuelto á colocarse junto á su caballo y le miraba desde
lejos, agitando la cuerda del ronzal como si le llamase. Batiste se
aproximó lentamente, simulando distracción, mirando los puentes, por
donde pasaban como cúpulas movibles de colores las abiertas sombrillas
de las mujeres de la ciudad.
Era ya mediodía. Abrasaba la arena del cauce; el aire, encajonado entre
los pretiles, no se conmovía con la más leve ráfaga. En este ambiente
cálido y pegajoso, el sol, cayendo de plano, pinchaba la piel y abrasaba
los labios.
El gitano avanzó algunos pasos hacia Batiste, ofreciéndole el extremo de
la cuerda como una toma de posesión:
--Ni lo de usted ni lo mío. Treinta, y bien sabe Dios que nada gano....
Treinta, no me diga que no, porque me muero de rabia. Vamos... choque
usted.
Batiste agarró la cuerda y tendió una mano al vendedor, que se la apretó
enérgicamente. Trato cerrado.
El labrador fué sacando de su faja toda aquella indigestión de ahorros
que le hinchaba el vientre: un billete que le había prestado el amo,
unas cuantas piezas de á duro, un puñado de plata menuda envuelta en un
cucurucho de papel; y cuando la cuenta estuvo completa no pudo librarse
de ir con el gitano al sombrajo para convidarle á una copa y dar unos
cuantos céntimos á -Monote- por sus trotes.
--Se lleva usted la joya del mercado. Hoy es buen día para usted, señó
Bautista: se ha santiguao con la mano derecha, y la Virgen ha salió á
verle.
Aún tuvo que beber una segunda copa, obsequio del gitano, y al fin,
cortando en seco su raudal de ofrecimientos y zalamerías, cogió el
ronzal de su nuevo caballo, y con ayuda del ágil -Monote-, montó en el
desnudo lomo, saliendo á paso corto del ruidoso mercado.
Iba satisfecho del animal: no había perdido el día. Apenas si se
acordaba del pobre -Morrut-, y sintió el orgullo del propietario cuando
en el puente y en el camino volviéronse algunos de la huerta á examinar
el blanco caballejo.
Su mayor satisfacción fué al pasar frente á la casa de -Copa-. Hizo
emprender al rocín un trotecillo presuntuoso, cual si fuese un caballo
de casta, y vio cómo después de pasar él se asomaban á la puerta
-Pimentó- y todos los vagos del distrito con ojos de asombro.
¡Miserables! Ya estarían convencidos de que era difícil hincarle el
diente, de que sabía defenderse solo. Bien podían verlo: caballo nuevo.
¡Ojalá lo que ocurría dentro de la barraca pudiera arreglarse tan
fácilmente!
Sus trigos, altos y verdes, formaban como un lago de inquietas ondas al
bordo del camino; la alfalfa mostrábase lozana, con un perfume que hizo
dilatarse las narices del caballo. No podía quejarse de sus tierras;
pero dentro de la barraca era donde temía encontrar á la desgracia,
eterna compañera de su existencia, esperándole para clavar en él sus
uñas.
Al oir el trote del rocín, salió Batistet con la cabeza cubierta de
trapos, para apoderarse del ronzal mientras su padre desmontaba. El
muchacho se mostró entusiasmado por la nueva bestia. La acarició,
metióle sus manos entre los morros, y con el ansia de tomar posesión de
ella, puso un pie sobre el corvejón, se agarró á la cola y montó por la
grupa como un moro.
Batiste entró en la barraca, blanca y pulcra como siempre, con los
azulejos luminosos y todos los muebles en su sitio, pero que parecía
envuelta en la misma tristeza de una sepultura limpia y brillante.
Su mujer salió á la puerta del cuarto con los ojos hinchados,
enrojecidos, y el pelo en desorden, revelando en su aspecto cansado
varias noches pasadas en vela.
Acababa de marcharse el médico; lo de siempre: pocas esperanzas. Después
de examinar un rato al pequeño, se había ido sin recetar nada nuevo.
Únicamente al montar en su jaca había dicho que volvería al anochecer. Y
el niño siempre igual, con una fiebre que devoraba su cuerpecillo cada
vez más extenuado.
Era lo de todos los días. Se habían acostumbrado ya á aquella desgracia:
la madre lloraba automáticamente, y los demás, con una expresión triste,
seguían dedicándose á sus habituales ocupaciones.
Después, Teresa, mujer hacendosa, preguntó á su marido por el resultado
del viaje, quiso ver el caballo, y hasta la triste Roseta olvidó sus
pesares amorosos para enterarse de la adquisición.
Todos, grandes y pequeños, fuéronse al corral para ver el caballo, que
Batistet acababa de instalar en el establo. El niño quedó abandonado en
el camón del -estudi-, revolviéndose con los ojos empañados por la
enfermedad, y balando débilmente: «-¡Mare! mare!-»
Teresa, mientras tanto, examinaba con rostro grave la compra de su
marido, calculando detenidamente si aquello valía treinta duros; la hija
buscaba diferencias entre la nueva bestia y el -Morrut-, de feliz
memoria; y los dos pequeños, con repentina confianza, tirábanle de la
cola y le acariciaban el vientre, rogando en vano al hermano mayor que
los subiera sobre su blanco lomo.
Decididamente, gustaba á todos este nuevo individuo de la familia, que
hociqueaba el pesebre con extrañeza, como si encontrase en él algún
lejano olor del compañero muerto.
Comió toda la familia, y era tal la fiebre de la novedad, el entusiasmo
por la adquisición, que varias veces Batistet y los pequeños escaparon
de la mesa para ir á echar una mirada al establo, como si temiesen que
al caballo le hubieran salido alas y ya no estuviese allí.
La tarde transcurrió sin ningún accidente. Batiste tenía que labrar una
parte del terreno que aún conservaba inculto, preparando la cosecha de
hortalizas, y él y su hijo engancharon el caballo, enorgulleciéndose al
ver la mansedumbre con que obedecía y la fuerza con que tiraba del
arado.
Al anochecer, cuando ya iban á retirarse, les llamó á grandes gritos
Teresa desde la puerta de la barraca. Era como si pidiese socorro.
---¡Batiste! ¡Batiste!... Vine pronte-.
Y Batiste corrió á través del campo, asustado por el tono de voz de su
mujer. Luego vió que se mesaba los cabellos gimiendo.
El chico se moría: bastaba verlo para convencerse. Batiste, al entrar en
el -estudi- é inclinarse sobre la cama, se agitó con un estremecimiento
de frío, algo así como si acabasen de soltarle un chorro de agua por la
espalda. El pobre -Obispo- apenas si se movía: únicamente su pecho
continuaba agitándose con penoso estertor. Sus labios tomaban un tinte
violáceo; sus ojos casi cerrados dejaban entrever un globo empañado ó
inmóvil. Eran unos ojos que ya no miraban, y su morena carita parecía
ennegrecida por misteriosa lobreguez, como si sobre ella proyectasen su
sombra las alas de la muerte. Lo único que brillaba en su cabeza eran
los pelitos rubios, tendidos sobre las almohadas, y en esta madeja
rizosa quebrábase con extraña luz el resplandor del candil.
La madre lanzaba gemidos desesperados, aullidos de fiera enfurecida. Su
hija, llorando silenciosamente, tenía necesidad de contenerla, de
sujetarla, para que no se arrojase sobre el pequeño ó se estrellara la
cabeza contra la pared. Fuera lloriqueaban los pequeños sin atreverse á
entrar, como si les infundieran terror los lamentos de su madre; y junto
á la cama estaba Batiste, absorto, apretando los puños, mordiéndose los
labios, con la vista fija en aquel cuerpecito, al que tantas angustias y
estremecimientos costaba soltar la vida. La falsa calma del hombretón,
sus ojos secos agitados por nervioso parpadeo, la frente inclinada sobre
su hijo, ofrecían una expresión aún más dolorosa que los lamentos de la
madre.
De pronto se fijó en que Batistet estaba junto á él. Le había seguido,
alarmado por los gritos de su madre. Batiste se enfadó al saber que
dejaba abandonado el caballo en medio del campo, y el muchacho,
enjugándose las lágrimas, salió corriendo para traer la bestia al
establo.
Al poco rato nuevos gritos sacaron á Batiste de su doloroso estupor.
---¡Pare!... ¡pare!-
Era Batistet llamándole desde la puerta de la barraca. El padre,
presintiendo una nueva desgracia, corrió tras él, sin comprender sus
atropelladas palabras. «El caballo... el pobre -Blanco-... estaba en
el suelo... sangre...»
Y á los pocos pasos lo vió caído sobre sus ancas, enganchado aún al
arado, pero intentando en vano levantarse, tendiendo su cuello,
relinchando dolorosamente, mientras de su costado, junto á una pata
delantera, manaba lentamente un líquido negruzco, del que se iban
empapando los surcos recién abiertos.
Se lo habían herido; tal vez iba á morir. ¡Recristo! Un animal tan
necesario para él como la propia vida y que le había costado empeñarse
con el amo....
Miró en torno, buscando al criminal. Nadie. En la vega, que azuleaba
bajo el crepúsculo, no se oía mas que un ruido lejano de carros, el
susurro de los cañares y los gritos con que se llamaban de una barraca á
otra. En los caminos inmediatos, en las sendas, ni una persona.
Batistet intentó disculparse ante su padre de este descuido. Cuando
corría hacia la barraca, asustado por los gritos de su madre, había
visto venir por el camino un grupo de hombres, gente alegre que reía y
cantaba, regresando sin duda de la taberna. Tal vez eran ellos.
El padre no quiso oir más... -¡Pimentó!- ¿quién otro podía ser? El
odio de la huerta le asesinaba un hijo, y ahora aquel ladrón le mataba
su caballería, adivinando lo necesaria que era para su existencia.
¡Cristo! ¿No había ya bastante para que un cristiano se perdiese?...
Y no razonó más. Sin saber lo que hacía, regresó á la barraca, cogió su
escopeta detrás de la puerta, y salió corriendo, mientras
instintivamente abría la recámara de su arma para ver si los dos cañones
estaban cargados.
Batistet se quedó junto al caballo, intentando restañarle la sangre con
su pañuelo de la cabeza.
Sintió miedo viendo á su padre correr por el camino con la escopeta
preparada, ansioso de dar desahogo á su furor matando.
Era terrible el aspecto de aquel hombretón siempre tranquilo y
cachazudo. Despertaba la fiera en él, cansado de que lo hostigasen un
día y otro día. En sus ojos inyectados de sangre brillaba la fiebre del
asesinato; todo su cuerpo se estremecía de cólera, esa terrible cólera
del pacífico, que cuando rebasa el límite de la mansedumbre es para
caer en la ferocidad.
Como un jabalí furioso se entró por los campos, pisoteando las plantas,
saltando las arterias regadoras, tronchando cañares. Si abandonó el
camino, fué por llegar antes á la barraca de -Pimentó-.
Alguien estaba en la puerta. La ceguera de la cólera y la penumbra
crepuscular no le permitieron distinguir si era hombre ó mujer, pero vio
cómo de un salto se metía dentro y cerraba la puerta de golpe, asustado
por aquella aparición próxima á echarse la escopeta á la cara.
Batiste se detuvo ante la barraca cerrada.
---¡Pimentó!... ¡Lladre! ¡asómat!-[18].
[18]---¡Pimentó!-... ¡Ladrón! ¡asómate!
Y su propia voz le causaba extrañeza, como si fuera de otro. Era una voz
trémula y aflautada por la sofocación de la cólera.
Nadie contestó. La puerta seguía cerrada: cerradas las ventanas y las
tres aspilleras del remate de la fachada que daban luz al piso alto, á
la -cambra-, donde eran guardadas las cosechas.
El bandido le estaría mirando tal vez por algún agujero; tal vez
preparaba su escopeta para dispararla traidoramente desde uno de los
ventanillos altos; ó instintivamente, con esa previsión moruna atenta á
suponer en el enemigo toda clase de malas artes, resguardó su cuerpo con
el tronco de una higuera gigantesca que sombreaba la barraca de
-Pimentó-.
El nombre de éste sonaba sin cesar en el silencio del crepúsculo,
acompañado de toda clase de insultos.
---¡Baixa, cobarde! ¡Asómat, morral!-[19].
[19]--¡Baja, cobarde! ¡Asómate, morral!
Y la barraca permanecía silenciosa y cerrada, como si la hubiesen
abandonado.
Creyó Batiste oir gritos ahogados de mujer, choque de muebles, algo que
le hizo adivinar una lucha de la pobre Pepeta deteniendo á -Pimentó-, el
cual quería salir para dar respuesta á sus insultos. Después no oyó
nada, y sus improperios siguieron sonando en un silencio desesperante.
Esto le enfurecía más aún que si el enemigo se hubiera presentado.
Parecíale que la muda barraca se burlaba da él; y abandonando su
escondrijo, se arrojó contra la puerta, golpeándola á culatazos.
Las maderas se estremecieron con este martilleo loco. Quería saciar su
rabia en la vivienda, ya que no podía hacer añicos al dueño, y tan
pronto aporreaba la puerta como daba de culatazos á las paredes,
arrancando enormes yesones. Hasta se echó varias veces la escopeta á la
cara, queriendo disparar los dos tiros contra las ventanillas de la
-cambra-, deteniéndole únicamente el miedo á quedar desarmado.
Su cólera iba en aumento: rugía los insultos; sus ojos inyectados ya no
podían ver; se tambaleaba como si estuviera ebrio. Iba á caer al suelo,
apoplético, agonizante de cólera, asfixiado por la rabia; pero se salvó,
pues de repente, las nubes rojas que la envolvían se rasgaron, al furor
sucedió la debilidad, y viendo toda su desgracia, se sintió anonadado.
Su cólera, quebrantada al fin por tan horrible tensión, empezó á
desvanecerse, y Batiste, repitiendo su rosario de insultos, sintió de
pronto que su voz se ahogaba hasta convertirse en un gemido. Al fin
rompió á llorar.
Ya no injurió más al matón. Fué poco á poco retrocediendo hasta llegar
al camino y se sentó en un ribazo con la escopeta á sus pies. Allí lloró
y lloró, sintiendo con esto un gran alivio, acariciado por las sombras
de la noche, que parecían tomar parte en su pena, pues cada vez se
hacían más densas, ocultando su llanto infantil.
¡Cuan desgraciado era! ¡Solo contra todos!... Al pequeñín lo encontraría
muerto al volver á su barraca; el caballo, que era su vida, inutilizado
por aquellos traidores; el mal llegando á él de todas partes, surgiendo
de los caminos, de las casas, de los cañares, aprovechando todas las
ocasiones para herir á los suyos; y él, inerme, sin poder defenderse de
aquel enemigo que se desvanecía apenas intentaba revolverse contra él,
cansado de sufrir.
¡Gran Dios! ¿qué había hecho él para padecer tanto? ¿No era un hombre
bueno?...
Sintióse cada vez más anonadado por el dolor. Allí se quedaría clavado
en el ribazo; podían venir sus enemigos: no tenía fuerzas para coger la
escopeta caída á sus pies.
Resonó en el camino un lento campanilleo, poblando la obscuridad de
misteriosas vibraciones. Batiste pensó en su pequeño, en el pobre
-Obispo-, que ya habría muerto. Tal vez este sonido tan dulce era de los
ángeles que habían bajado para llevárselo, y revoloteaban por la huerta
no encontrando su pobre barraca. ¡Ay, si no quedasen los otros... los
que necesitaban sus brazos para vivir!... El pobre hombre ansiaba su
anonadamiento. Pensó en la felicidad de dejar allí mismo, junto á un
ribazo, aquel corpachón cuyo sostenimiento tanto le costaba, y agarrado
á la almita de su hijo, de aquel inocente, volar, volar como los
bienaventurados que él había visto conducidos por ángeles en los cuadros
de las iglesias.
El melancólico campanilleo sonaba ahora junto á él, y empezaron á pasar
por el camino bultos informes que su vista turbia por las lágrimas no
acertaba á definir. Sintió que le tocaban con la punta de un palo; y
levantando la cabeza, vio una escueta figura, una especie de espectro
que se inclinaba hacia él.
Reconoció al tío -Tomba-: el único de la huerta á quien no debía ningún
pesar.
El pastor, tenido por brujo, poseía la adivinación asombrosa de los
ciegos. Apenas reconoció á Batiste pareció comprender toda su desgracia.
Tentó con el palo la escopeta que estaba á sus pies, y volvió la cabeza,
como si buscase en la obscuridad la barraca de -Pimentó-.
Hablaba con lentitud, con una tristeza reposada, como hombre
acostumbrado á las miserias de un mundo del que pronto había de salir.
Adivinó el llanto de Batiste.
---¡Fill meu!... ¡fill meu!-...
Todo lo que ocurría ahora lo esperaba él ¡hijo mío! Ya se lo había dicho
el primer día que le encontró instalado en las tierras malditas: «¡Le
traerían desgracia!...»
Acababa de pasar frente á su barraca y había visto luces por la puerta
abierta... Luego había oído gritos de desesperación; el perro
aullaba.... El pequeño había muerto, ¿verdad? Y el padre allí, creyendo
estar sentado en un ribazo, cuando en realidad donde estaba era con un
pie en el presidio. Así se pierden los hombres y se disuelven las
familias. Acabaría matando tontamente como el pobre -Barret-, y muriendo
como él, en perpetuo encierro. Era algo fatal: aquellas tierras habían
sido maldecidas por los pobres, y no podían dar mas que frutos de
maldición.
Y mascullando sus terribles profecías, el pastor se alejó detrás de sus
ovejas, camino del pueblo, mientras aconsejaba al pobre Batiste que se
marchase también, pero lejos, muy lejos, donde no tuviera que ganar el
pan luchando contra el odio de tantas miserias coligadas.
Invisible ya, hundido en las sombras, Batiste escuchó todavía su voz
lenta y triste:
---Creume, fill meu: ¡te portarán desgrasia!-
VIII
Batiste y su familia no se dieron cuenta de cómo se inició el suceso
inaudito, inesperado; quién fué el primero que se decidió á pasar el
puentecillo que unía el camino con los odiados campos.
No estaban en la barraca para fijarse en tales pormenores. Agobiados por
el dolor, vieron que la huerta venía repentinamente hacia ellos; y no
protestaron, porque la desgracia necesita consuelo, pero tampoco
agradecieron el inesperado movimiento de aproximación.
La muerte del pequeño se había transmitido rápidamente por todo el
contorno, gracias á la extraña velocidad con que circulan en la huerta
las noticias, saltando de barraca en barraca en alas del chismorreo, el
más rápido de los telégrafos.
Aquella noche, muchos durmieron mal. Parecía que el pequeñín, al irse
del mundo, hubiese dejado clavada una espina en la conciencia de los
vecinos. Más de una mujer revolvióse en la cama, turbando con su
inquietud el sueño de su marido, que protestaba indignado. «¡Pero
maldita! ¿no pensaba en dormir?...» «No; no podía: aquel niño turbaba su
sueño. ¡Pobrecito! ¿Qué le contaría al Señor cuando entrase en el
cielo?...»
A todos alcanzaba algo de responsabilidad en esta muerte; pero cada uno,
con hipócrita egoísmo, atribuía al vecino la principal culpa de la
enconada persecución, cuyas consecuencias habían caído sobre el pequeño;
cada comadre inventaba una responsabilidad para la que tenía por
enemiga. Y al fin, dormíanse con el propósito de deshacer al día
siguiente todo el mal causado, de ir por la mañana á ofrecerse á la
familia, á llorar sobre el pobre niño; y entre las nieblas del sueño
creían ver á Pascualet, blanco y luminoso como un ángel, mirando con
ojos de reproche á los que tan duros habían sido con él y su familia.
Todos los vecinos se levantaron rumiando mentalmente la forma de
acercarse á la barraca de Batiste y entrar en ella. Era un examen de
conciencia, una explosión de arrepentimiento que afluía á la pobre
vivienda de todos los extremos de la vega.
Cuando apenas acababa de amanecer, ya se colaron en la barraca dos
viejas, que vivían en una alquería vecina. La familia, consternada,
apenas si mostró extrañeza por la presentación de estas dos mujeres en
aquella casa donde nadie había entrado durante seis meses. Querían ver
el niño, el pobre -albaet-; y entrando en el -estudi-, le contemplaron
todavía en la cama, el embozo de la sábana hasta el cuello, marcando
apenas el bulto de su cuerpo bajo la cubierta, con la cabeza rubia
inerte sobre el almohadón. La madre no sabía mas que llorar, metida en
un ángulo del cuarto, encogida, apelotonada, pequeña como una niña, como
si se esforzase por anularse y desaparecer.
Después de estas mujeres entraron otras y otras. Era un rosario de
comadres llorosas que iban llegando de todos los lados de la huerta, y
rodeaban la cama, besaban el pequeño cadáver y parecían apoderarse de
él como si fuera cosa suya, dejando á un lado á Teresa y su hija. Éstas,
rendidas por el insomnio y el llanto, parecían idiotas, descansando
sobre el pecho la cara enrojecida y escaldada por las lágrimas.
Batiste, sentado en una silleta de esparto en medio de la barraca,
miraba con expresión estúpida el desfile de estas gentes que tanto lo
habían maltratado. No las odiaba, pero tampoco sentía gratitud. De la
crisis de la víspera había salido anonadado, y miraba todo esto con
indiferencia, como si la barraca no le perteneciese ni el pobrecito que
estaba en la cama fuese su hijo.
Únicamente el perro, enroscado á sus pies, parecía conservar recuerdos y
sentir odio. Hociqueaba con hostilidad toda la procesión de faldas
entrante y saliente, y gruñía como si deseara morder, conteniéndose por
no dar un disgusto á sus amos.
La gente menuda participaba del enfurruñamiento del perro. Batistet
ponía mal gesto á todas aquellas «tías» que tantas veces se burlaron de
él cuando pasaba ante sus barracas, y acabó por refugiarse en la
cuadra, para no perder de vista al pobre caballo y continuar curándole
con arreglo á las instrucciones del veterinario, llamado en la noche
anterior. Mucho quería á su hermanito; pero la muerte no tiene remedio,
y lo que ahora le preocupaba á él era que el caballo no quedase cojo.
Los dos pequeños, satisfechos en el fondo de una desgracia que atraía
sobre la barraca la atención de toda la vega, guardaban la puerta,
cerrando el paso á los chicos que, como bandadas de gorriones, llegaban
por caminos y sendas con la malsana y excitada curiosidad de ver al
muertecito. Ahora llegaba la suya: ahora eran los amos. Y con el valor
del que está en su casa, amenazaban y despedían á unos, dejaban entrar á
otros, concediéndoles su protección según les habían tratado en las
sangrientas y accidentadas peregrinaciones por el camino de la
escuela.... ¡Pillos! Hasta los había que se empeñaban en entrar después
de haber sido de la riña en la que el pobre Pascualet cayó en la
acequia, pillando su enfermedad mortal.
La aparición de una mujercilla débil y pálida pareció animar con una
ráfaga de penosos recuerdos á toda la familia. Era Pepeta, la mujer de
-Pimentó-. ¡Hasta esta venía!...
Hubo en Batiste y su mujer un intento de rebelión; pero su voluntad no
tenía fuerzas... ¿Para qué? Bien venida, y si entraba para gozarse en
su desgracia, podía reir cuanto quisiera. Allí estaban ellos inertes,
aplastados por el dolor. Dios, que lo ve todo, ya daría á cada cual lo
suyo.
Pero Pepeta se fué rectamente á la cama, apartando á las otras mujeres.
Llevaba en los brazos un enorme haz de flores y hojas, que esparció
sobre el lecho. Los primeros perfumes de la naciente primavera se
extendieron por el cuarto, que olía á medicinas, y cuyo ambiente
pesadísimo parecía cargado de insomnio y suspiros.
Pepeta, la pobre bestia de trabajo, muerta para la maternidad y casada
sin la esperanza de ser madre, perdió su calma á la vista de aquella
cabecita de marfil orlada por la revuelta cabellera como un nimbo de
oro.
---¡Fill meu!... ¡Pobret meu!-...[20]
[20]--¡Hijo mío!... ¡Pobrecito mío!...
Y lloró con toda su alma, inclinándose sobre el muertecito, rozando
apenas con sus labios la frente pálida y fría, como si temiese
despertarle.
Al oir sus sollozos, Batiste y su mujer levantaron la cabeza como
asombrados. Ya sabían que era una buena mujer; el marido era el malo. Y
la gratitud paternal brillaba en sus miradas.
Batiste hasta se estremeció viendo cómo la pobre Pepeta abrazaba á
Teresa y su hija, confundiendo sus lágrimas con las de éstas. No; allí
no había doblez: era una víctima; por eso sabía comprender la desgracia
de ellos, que eran víctimas también.
La mujercita se enjugó las lágrimas. Reapareció en ella la hembra
animosa y fuerte, acostumbrada á un trabajo brutal para mantener su
casa. Miró asombrada en torno. Aquello no podía quedar así; ¡el niño en
la cama y todo desarreglado! Había que acicalar al -albat- para su
último viaje, vestirle de blanco, puro y resplandeciente como el alba,
de la que llevaba el nombre.
Y con un instinto de ser superior nacido para el mando y que sabe
imponer la obediencia, comenzó á dar órdenes á todas las mujeres, que
rivalizaban por servir á la familia antes odiada.
Ella iría á la ciudad con dos compañeras, para comprar la mortaja y el
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