La tarde en que se terminó la siembra vieron avanzar por el inmediato
camino unas cuantas ovejas de sucios vellones, que se detuvieron
medrosas en el límite del campo.
Tras ellas apareció un viejo apergaminado, amarillento, con los ojos
hundidos en las profundas órbitas y la boca circundada por una aureola
de arrugas. Iba avanzando lentamente, con pasos firmes, pero con el
cayado por delante tanteando el terreno.
La familia le miró con atención. Era el único que en las dos semanas que
allí estaban se atrevía á aproximarse á las tierras. Al notar la
vacilación de sus ovejas, gritó para que pasasen adelante.
Batiste salió al encuentro del viejo. No se podía pasar: las tierras
estaban ahora cultivadas. ¿No lo sabía?...
Algo de ello había oído el tío -Tomba-; pero en las dos semanas
anteriores había llevado su rebaño á pastar los hierbajos del barranco
de Carraixet, sin preocuparse de estos campos.... ¿De veras que ahora
estaban cultivados?
Y el anciano pastor avanzaba la cabeza haciendo esfuerzos para ver con
sus ojos casi muertos al hombre audaz que osaba realizar lo que toda la
huerta tenía por imposible.
Calló un buen rato, y al fin comenzó á murmurar tristemente:
«Muy mal; él también, en su juventud, había sido atrevido: le gustaba
llevar á todos la contraria. ¡Pero cuando son muchos los enemigos!...
Muy mal; se había metido en un paso difícil. Aquellas tierras, después
de lo del pobre -Barret-, estaban malditas. Podía creerle á él, que era
viejo y experimentado: le traerían desgracia.»
Y el pastor llamó á su rebaño, le hizo emprender la marcha por el
camino, y antes de alejarse se echó la manta atrás, alzando sus
descarnados brazos, y con cierta entonación de hechicero que augura el
porvenir ó de profeta que husmea la ruina, le gritó á Batiste:
---Creume, fill meu: ¡te portarán desgrasia!-...[4]
[4]--Créeme, hijo mío: ¡te traerán desgracia!...
De este encuentro surgió un motivo más de cólera para toda la huerta.
El tío -Tomba- ya no podía meter sus ovejas en aquellas tierras,
después de diez años de pacífico disfrute de sus pastos.
Nadie decía una palabra sobre la legitimidad de la negativa de su
ocupante al estar el terreno cultivado. Todos hablaban únicamente de los
respetos que merecía el anciano pastor, un hombre que en sus mocedades
se comía los franceses crudos, que había visto mucho mundo, y cuya
sabiduría, demostrada con medias palabras y consejos incoherentes,
inspiraba un respeto supersticioso á la gente de las barracas.
Cuando Batiste y su familia vieron henchidas de fecunda simiente las
entrañas de sus tierras, pensaron en la vivienda, á falta de trabajo más
urgente.
El campo haría su deber. Ya era hora de pensar en ellos mismos.
Y por primera vez desde su llegada á la huerta, salió Batiste de las
tierras para ir á Valencia á cargar en su carro todos los desperdicios
de la ciudad que pudieran serle útiles.
Aquel hombre era una hormiga infatigable para la rebusca. Los montones
formados por Batistet se agrandaron considerablemente con las
expediciones del padre. La giba de estiércol, que formaba una cortina
defensiva ante la barraca, creció rápidamente, y más allá amontonáronse
centenares de ladrillos rotos, maderos carcomidos, puertas destrozadas,
ventanas hechas astillas, todos los desperdicios de los derribos de la
ciudad.
Contempló con asombro la gente de la huerta la prontitud y buena maña de
los laboriosos intrusos para arreglarse su vivienda.
La cubierta de paja de la barraca apareció de pronto enderezada; las
costillas de la techumbre, carcomidas por las lluvias, fueron reforzadas
unas y sustituídas otras; una capa de paja nueva cubrió los dos planos
pendientes del exterior. Hasta las crucecitas de sus extremos fueron
sustituídas por otras que la navaja de Batiste trabajó cucamente,
adornando sus aristas con dentelladas muescas; y no hubo en todo el
contorno techumbre que se irguiera más gallarda.
Los vecinos, al ver cómo se reformaba la barraca de -Barret-,
colocándose recta la montera, veían en esto algo de burla y de reto.
Después empezó la obra de abajo. ¡Qué modo de utilizar los escombros de
Valencia!... Las grietas desaparecieron, y terminado el enlucido de las
paredes, la mujer y la hija las enjalbegaron de un blanco deslumbrante.
La puerta nueva y pintada de azul, parecía madre de todas las
ventanillas, que asomaban por los huecos de las paredes sus cuadradas
caras del mismo color. Bajo la parra hizo Batiste una plazoleta,
pavimentada con ladrillos rojos, para que las mujeres cosieran allí en
las horas de la tarde. El pozo, después de una semana de descensos y
penosos acarreos, quedó limpio de todas las piedras y la basura con que
la pillería huertana lo había atiborrado durante diez años, y otra vez
su agua limpia y fresca volvió á subir en musgoso pozal, con alegres
chirridos de la garrucha, que parecía reirse de las gentes del contorno
con una estridente carcajada de vieja maliciosa.
Devoraban los vecinos su rabia en silencio. ¡Ladrón, más que ladrón!
¡Vaya un modo de trabajar!... Aquel hombre parecía poseer con sus
membrudos brazos dos varitas mágicas que lo transformaban todo al
tocarlo.
Diez semanas después de su llegada, aún no había salido de sus tierras
media docena de veces. Siempre en ellas, la cabeza metida entre los
hombros y el espinazo doblegado, embriagándose en su labor; y la barraca
de -Barret- presentaba un aspecto coquetón y risueño, como jamás lo
había tenido en poder de su antiguo ocupante.
El corral, cercado antes con podridos cañizos, tenía ahora paredes de
estacas y barro, pintadas de blanco, sobre cuyos bordes correteaban las
rubias gallinas y se inflamaba el gallo, irguiendo su cabeza
purpúrea.... En la plazoleta, frente á la barraca, florecían macizos de
dompedros y plantas trepadoras. Una fila de pucheros desportillados
pintados de azul servían de macetas sobre el banco de rojos ladrillos, y
por la puerta entreabierta--ah, fanfarrón--veíase la cantarera nueva,
con sus chapas de blancos azulejos y sus cántaros verdes de charolada
panza: un conjunto de reflejos insolentes que quitaban la vista al que
pasaba por el inmediato camino.
Todos, en su furia creciente, acudían á -Pimentó-. ¿Podía esto
consentirse? ¿Qué pensaba hacer el temible marido de Pepeta?
Y -Pimentó- se rascaba la frente oyéndoles, con cierta confusión.
¿Qué iba á hacer?... Su propósito era decirle dos palabritas á aquel
advenedizo que se metía á cultivar lo que no era suyo; una indicación
muy seria para que «no fuese tonto» y se volviera á su tierra, pues allí
nada tenía que hacer. Pero el tal sujeto no salía de sus campos, y no
era cosa de ir á amenazarle en su propia casa. Esto sería «dar el
cuerpo» demasiado, teniendo en cuenta lo que podría ocurrir luego. Había
que ser cauto y guardar la salida. En fin... un poco de paciencia. Él,
lo único que podía asegurar es que el tal sujeto no cosecharía el trigo,
ni las habas, ni todo lo que había plantado en los campos de -Barret-.
Aquello sería para el demonio.
Las palabras de -Pimentó- tranquilizaban á los vecinos, y éstos seguían
con mirada atenta los progresos de la maldita familia, deseando en
silencio que llegase pronto la hora de su ruina.
Una tarde volvió Batiste de Valencia, muy contento del resultado de su
viaje. No quería en su casa brazos inútiles. Batistet, cuando no había
labor en el campo, buscaba ocupación yendo á la ciudad á recoger
estiércol. Quedaba la chica, una mocetona que, terminado el arreglo de
la barraca, no servía para gran cosa, y gracias á la protección de los
hijos de don Salvador, que se mostraban contentísimos con el nuevo
arrendatario, acababa de conseguir que la admitiesen en una fábrica de
sedas.
Desde el día siguiente, Roseta formaría parte del rosario de muchachas
que, despertando con la aurora, iban por todas las sendas con la falda
ondeante y la cestita al brazo camino de la ciudad, para hilar el sedoso
capullo entre sus gruesos dedos de hijas de la huerta.
Al llegar Batiste á las inmediaciones de la taberna de -Copa-, un hombre
apareció en el camino saliendo de una senda inmediata y marchó hacia él
lentamente, dando á entender su deseo de hablarle.
Batiste se detuvo, lamentando en su interior no llevar consigo ni una
mala navaja, ni una hoz, pero sereno, tranquilo, irguiendo su cabeza
redonda con la expresión imperiosa tan temida por su familia y cruzando
sobre el pecho los forzudos brazos de antiguo mozo de molino.
Conocía á aquel hombre, aunque jamás había hablado con él. Era
-Pimentó-.
Al fin ocurría el encuentro que tanto había temido.
El valentón midió con una mirada al odiado intruso, y le habló con voz
melosa, esforzándose por dar á su ferocidad y mala intención un acento
de bondadoso consejo.
Quería decirle dos razones: hacía tiempo que lo deseaba; pero ¿cómo
hacerlo, si nunca salía de sus tierras?
---Dos rahonetes no més-...[5]
[5]--Dos razoncitas nada más...
Y soltó el par de razones, aconsejándole que dejase cuanto antes las
tierras del tío -Barret-. Debía creer á los hombres que le querían bien,
á los conocedores de las costumbres de la huerta. Su presencia allí era
una ofensa, y la barraca casi nueva un insulto á la pobre gente. Había
que seguir su consejo, é irse á otra parte con su familia.
Batiste sonreía irónicamente mientras hablaba -Pimentó-, y éste, al fin,
pareció confundido por la serenidad del intruso, anonadado al encontrar
un hombre que no sentía miedo en su presencia.
«¿Marcharse él?... No había guapo que le hiciera abandonar lo que era
suyo, lo que estaba regado con su sudor y había de dar el pan á su
familia. Él era un hombre pacífico, ¿estamos? pero si le buscaban las
cosquillas, era tan valiente como el que más. Cada cual que se meta en
su negocio, y él haría bastante cumpliendo con el suyo sin faltar á
nadie.»
Luego, pasando ante el matón, continuó su camino, volviéndole la espalda
con una confianza despectiva.
-Pimentó-, acostumbrado á que le temblase toda la huerta, se mostraba
cada vez más desconcertado por la serenidad de Batiste.
---¿Es la darrera paraula?-[6]--le gritó cuando estaba ya á cierta
distancia.
[6]--¿Es la última palabra?
---Sí; la darrera---contestó Batiste sin volverse.
Y siguió adelante, desapareciendo en una revuelta del camino. A lo
lejos, en la antigua barraca de -Barret-, ladraba el perro olfateando la
proximidad de su amo.
Al quedar solo, -Pimentó- recobró su soberbia. «¡Cristo! ¡Y cómo se
había burlado de él aquel tío!» Masculló algunas maldiciones, y cerrando
el puño señaló amenazante la curva del camino por donde había
desaparecido Batiste.
---Tú me les pagarás.... ¡Me les pagarás, morral!-
En su voz, trémula de rabia, vibraban condensados todos los odios de la
huerta.
IV
Era jueves, y según una costumbre que databa de cinco siglos, el
Tribunal de las Aguas iba á reunirse en la puerta de los Apóstoles de la
Catedral de Valencia.
El reloj de la torre llamada el Miguelete señalaba poco más de las diez,
y los huertanos juntábanse en corrillos ó tomaban asiento en los bordes
del tazón de la fuente que adorna la plaza, formando en torno al vaso
una animada guirnalda de mantas azules y blancas, pañuelos rojos y
amarillos ó faldas de indiana de colores claros.
Llegaban unos tirando de sus caballejos con el serón cargado de
estiércol, contentos de la colecta hecha en las calles; otros en sus
carros vacíos, procurando enternecer á los guardias municipales para que
les dejasen permanecer allí; y mientras los viejos conversaban con las
mujeres, los jóvenes se metían en el cafetín cercano, para matar el
tiempo ante la copa de aguardiente, mascullando su cigarro de tres
céntimos.
Toda la huerta que tenía agravios que vengar estaba allí, gesticulante y
ceñuda, hablando de sus derechos, impaciente por soltar ante los
síndicos ó jueces de las siete acequias el interminable rosario de sus
quejas.
El alguacil del tribunal, que llevaba más de cincuenta años de lucha con
esta tropa insolente y agresiva, colocaba á la sombra de la portada
ojival las piezas de un sofá de viejo damasco, y tendía después una
verja baja, cerrando el espacio de acera que había de servir de sala de
audiencia.
La puerta de los Apóstoles, vieja, rojiza, carcomida por los siglos,
extendiendo sus roídas bellezas á la luz del sol, formaba un fondo digno
del antiguo tribunal: era como un dosel de piedra fabricado para cobijar
una institución de cinco siglos.
En el tímpano aparecía la Virgen con seis ángeles de rígidas albas y
alas de menudo plumaje, mofletudos, con llameante tupé y pesados
tirabuzones, tocando violas y flautas, caramillos y tambores. Corrían
por los tres arcos superpuestos de la portada tres guirnaldas de
figurillas, ángeles, reyes y santos, cobijándose en calados doseletes.
Sobre robustos pedestales exhibíanse los doce apóstoles; pero tan
desfigurados, tan maltrechos, que no los hubiera conocido Jesús: los
pies roídos, las narices rotas, las manos cortadas; una fila de
figurones, que más que apóstoles parecían enfermos escapados de una
clínica mostrando dolorosamente sus informes muñones. Arriba, al final
de la portada, abríase, como gigantesca flor cubierta de alambrado, el
rosetón de colores que daba luz á la iglesia, y en la parte baja, en la
base de las columnas adornadas con escudos de Aragón, la piedra estaba
gastada, las aristas y los follajes borrosos por el frote de
innumerables generaciones.
En este desgaste de la portada adivinábase el paso de la revuelta y el
motín. Junto á estas piedras se había aglomerado y confundido todo un
pueblo; allí se había agitado en otros siglos, vociferante y rojo de
rabia, el valencianismo levantisco, y los santos de la portada,
mutilados y lisos como momias egipcias, al mirar al cielo con sus rotas
cabezas, parecían estar oyendo aún la revolucionaria campana de la Unión
ó los arcabuzazos de la Germanías.
Terminó el alguacil de arreglar el tribunal y plantóse á la entrada de
la verja, esperando á los jueces.
Iban llegando, solemnes, con una majestad de labriegos ricos, vestidos
de negro, con blancas alpargatas y pañuelo de seda bajo el ancho
sombrero. Cada uno llevaba tras sí un cortejo de guardas de acequia, de
pedigüeños que antes de la hora de la justicia buscaban predisponer el
ánimo del tribunal en su favor.
La gente labradora miraba con respeto á estos jueces salidos de su
clase, cuyas deliberaciones no admitían apelación. Eran los amos del
agua; en sus manos estaba la vida de las familias, el alimento de los
campos, el riego oportuno, cuya carencia mata una cosecha. Y los
habitantes de la extensa vega cortada por el río nutridor, como una
espina erizada de púas que eran sus canales, designaban á los jueces
por el nombre de las acequias que representaban.
Un vejete seco, encorvado, cuyas manos rojas y cubiertas de escamas
temblaban al apoyarse en el grueso cayado, era Cuart de Faitanar; el
otro, grueso y majestuoso, con ojillos que apenas si se veían bajo los
dos puñados de pelo blanco de sus cejas, era Mislata; poco después
llegaba Rascaña, un mocetón de planchada blusa y redonda cabeza de lego;
y tras ellos iban presentándose los demás, hasta siete: Favara, Robella,
Tormos y Mestalla.
Ya estaba allí la representación de las dos vegas: la de la izquierda
del río, la de las cuatro acequias, la que encierra la huerta de Ruzafa
con sus caminos de frondoso follaje que van á extinguirse en los límites
del lago de la Albufera, y la vega de la derecha del Turia, la poética,
la de las fresas de Benimaclet, las chufas de Alboraya y los jardines
siempre exuberantes de flores.
Los siete jueces se saludaron como gente que no se ha visto en una
semana. Luego hablaron de sus asuntos particulares junto á la puerta de
la Catedral. De vez en cuando, abriéndose las mamparas cubiertas de
anuncios religiosos, esparcíase en el ambiente cálido de la plaza una
fresca bocanada de incienso, semejante á la respiración húmeda de un
lugar subterráneo.
A las once y media, terminados los oficios divinos, cuando ya no salía
de la Basílica mas que alguna devota retrasada, comenzó á funcionar el
tribunal.
Sentáronse los siete jueces en el viejo sofá; corrió de todos los lados
de la plaza la gente huertana para aglomerarse en torno á la verja,
estrujando sus cuerpos sudorosos, que olían á paja y lana burda, y el
alguacil se colocó, rígido y majestuoso, junto al mástil rematado por un
gancho de bronce, símbolo de la acuática justicia.
Descubriéronse las siete «acequias», quedando con las manos sobre las
rodillas y la vista en el suelo, y el más viejo pronunció la frase de
costumbre:
---S'òbri el tribunal-[7].
[7]--Se abre el tribunal.
Silencio absoluto. Toda la muchedumbre, guardando un recogimiento
religioso, estaba allí, en plena plaza, como en un templo. El ruido de
los carruajes, el arrastre de los tranvías, todo el estrépito de la vida
moderna pasaba, sin rozar ni conmover esta institución antiquísima, que
permanecía allí tranquila, como quien se halla en su casa, insensible al
paso del tiempo, sin fijarse en el cambio radical de cuanto le rodeaba,
incapaz de reforma alguna.
Mostrábanse orgullosos los huertanos de su tribunal. Aquello era hacer
justicia; la pena sentenciada inmediatamente, y nada de papeles, pues
éstos sólo sirven para enredar á los hombres honrados.
La ausencia del papel sellado y del escribano aterrador era lo que más
gustaba á unas gentes acostumbradas á mirar con miedo supersticioso el
arte de escribir, por lo mismo que lo desconocen. Allí no había
secretarios, ni plumas, ni días de angustia esperando la sentencia, ni
guardias terroríficos, ni nada más que palabras.
Los jueces guardaban las declaraciones de los testigos en su memoria y
sentenciaban inmediatamente, con la tranquilidad del que sabe que sus
decisiones han de ser cumplidas. Al que se insolentaba con el tribunal,
multa; al que se negaba á cumplir la sentencia, le quitaban el agua para
siempre y se moría de hambre.
Con este tribunal no jugaba nadie. Era la justicia patriarcal y sencilla
del buen rey de las leyendas saliendo por las mañanas á la puerta del
palacio para resolver las quejas de sus súbditos; el sistema judicial
del jefe de cabila sentenciando á la entrada de su tienda. Así, así es
como se castiga á los pillos y triunfa el hombre honrado y hay paz.
Y el público, no queriendo perder palabra, hombres, mujeres y chicos
estrujábanse contra la verja, retrocediendo algunas veces con violentos
movimientos de espaldas para librarse de la asfixia.
Iban compareciendo los querellantes al otro lado de la verja, ante aquel
sofá tan venerable como el tribunal.
El alguacil les recogía las varas y cayados, considerándolos armas
ofensivas, incompatibles con el respeto al tribunal. Los empujaba luego
hasta dejarlos plantados á pocos pasos de los jueces, con la manta
doblada sobre las manos; y si andaban remisos en descubrirse, de dos
repelones les arrancaba el pañuelo de la cabeza. ¡Duro! Á esta gente
socarrona había que tratarla así.
Era el desfile una continua exposición de cuestiones intrincadas, que
los jueces legos resolvían con pasmosa facilidad.
Los guardas de las acequias y los «atandadores» encargados de establecer
el turno en el riego formulaban sus denuncias, y comparecían los
querellados á defenderse con razones. El viejo dejaba hablar á los
hijos, que sabían expresarse con más energía; la viuda acudía acompañada
de algún amigo del difunto, decidido protector que llevaba la voz por
ella.
Asomaba la oreja el ardor meridional en todos los juicios. En mitad de
la denuncia del guarda, el querellado no podía contenerse. «¡Mentira! Lo
que decían contra él era falso y malo. ¡Querían perderle!»
Pero las siete acequias acogían estas interrupciones con furibundas
miradas. Allí nadie podía hablar mientras no le llegase el turno. Á la
otra interrupción pagaría tantos sueldos de multa. Y había testarudo
que pagaba -sòus- y más -sòus-, impulsado por una rabiosa vehemencia que
no le permitía callar ante el acusador.
Sin abandonar su asiento, los jueces juntaban sus cabezas como cabras
juguetonas, cuchicheaban sordamente algunos segundos, y el más viejo,
con voz reposada y solemne, pronunciaba la sentencia, marcando las
multas en libras y sueldos, como si la moneda no hubiese sufrido ninguna
transformación y aún fuese á pasar por el centro de la plaza el
majestuoso Justicia, gobernador popular de la Valencia antigua, con su
gramalla roja y su escolta de ballesteros de la Pluma.
Eran más de las doce, y las siete acequias empezaban á mostrarse
cansadas de tanto derramar pródigamente el caudal de su justicia, cuando
el alguacil llamó á gritos á Bautista Borrull, denunciado por infracción
y desobediencia en el riego.
Atravesaron la verja -Pimentó- y Batiste, y la gente aún se apretó más
contra los hierros.
Veíanse en esta muchedumbre muchos de los que vivían en las
inmediaciones de las antiguas tierras de -Barret-.
Este juicio tardío iba á ser interesante. El odiado novato había sido
denunciado por -Pimentó-, que era el «atandador» de la partida ó
distrito.
Mezclándose en elecciones y galleando en toda la contornada, el valentón
había conquistado este cargo, que le daba cierto aire de autoridad y
consolidaba su prestigio entre los convecinos, los cuales le mimaban y
le convidaban en días de riego para tenerle propicio.
Batiste estaba asombrado por la injusta denuncia. Su palidez era de
indignación. Miraba con ojos de rabia todas las caras conocidas y
burlonas que se agolpaban en la verja. Luego volvía los ojos hacia su
enemigo -Pimentó-, que se contoneaba altivamente, como hombre
acostumbrado á comparecer ante el tribunal y que se creía poseedor de
una pequeña parte de su indiscutible autoridad.
---Parle vosté-[8]--dijo avanzando un pie la acequia más vieja, pues
por vicio secular, el tribunal, en vez de valerse de las manos, señalaba
con la blanca alpargata al que debía hablar.
[8]--Hable usted.
-Pimentó- soltó su acusación. Aquel hombre que estaba junto á él, tal
vez por ser nuevo en la huerta, creía que el reparto del agua era cosa
de broma y que podía hacer su santísima voluntad.
Él, -Pimentó-, el «atandador» que representaba la autoridad de la
acequia en su partida, había dado á Batiste la hora para regar su trigo:
las dos de la mañana. Pero sin duda, el señor, no queriendo levantarse á
tal hora, había dejado perder su turno, y á las cinco, cuando el agua
era ya de otros, había alzado la compuerta sin permiso de nadie (primer
delito), había robado el riego á los demás vecinos (segundo delito) é
intentado regar sus campos, queriendo oponerse á viva fuerza á las
órdenes del «atandador», lo que constituía el tercero y último delito.
El triple delincuente, volviéndose de mil colores é indignado por las
palabras de -Pimentó-, no pudo contenerse:
---¡Mentira y recontramentira!-
El tribunal se indignó ante la energía y la falta de respeto con que
protestaba aquel hombre.
Si no guardaba silencio, se le impondría una multa. Pero ¡gran cosa eran
las multas para su reconcentrada cólera de hombre pacífico! Siguió
protestando contra la injusticia de los hombres, contra el tribunal, que
tenía por servidores á pillos y embusteros como -Pimentó-.
Alteróse el tribunal; las siete acequias se encresparon.
---¡Cuatre sòus de multa!-[9]--dijo el presidente.
[9]--¡Cuatro sueldos de multa!
Batiste, dándose cuenta de su situación, calló asustado por haber
incurrido en multa, mientras sonaban al otro lado de la verja las risas
y los aullidos de alegría de sus contrarios.
Quedó inmóvil, con la cabeza baja y los ojos empañados por lágrimas de
cólera mientras su brutal enemigo acababa de formular la denuncia.
---Parle vosté---le dijo el tribunal.
Pero en las miradas de los jueces se notaba poco interés por este
intruso alborotador que venía á turbar con sus protestas la solemnidad
de las deliberaciones.
Batiste, trémulo por la ira, balbuceó, no sabiendo cómo empezar su
defensa, por lo mismo que la creía justísima.
Había sido engañado; -Pimentó- era un embustero y además su enemigo
implacable. Le había dicho que su riego era á las cinco (se acordaba muy
bien), y ahora afirmaba que á las dos; todo para hacerle incurrir en
multa, para matar unos trigos en los que estaba la vida futura de su
familia... ¿Valía para el tribunal la palabra de un hombre honrado?
Pues esta era la verdad, aunque no podía presentar testigos. ¡Parecía
imposible que los señores síndicos, todos buenas personas, se fiasen de
un pillo como -Pimentó!-...
La blanca alpargata del presidente hirió una baldosa de la acera,
conjurando el chaparrón de protestas y faltas de respeto que veía en
lontananza.
---Calle vosté-.
Y Batiste calló, mientras el monstruo de las siete cabezas, replegándose
en el sofá de damasco, cuchicheaba preparando la sentencia.
---El tribunal sentènsia-...--dijo la acequia más vieja; y se hizo un
silencio absoluto.
Toda la gente de la verja mostraba en sus ojos cierta ansiedad, como si
ellos fuesen los sentenciados. Estaban pendientes de los labios del
viejo síndico.
---Pagará el Batiste Borrull dos lliures de pena y cuatre sòus de
multa-[10].
[10]--Pagará el Bautista Borrull dos libras como pena y cuatro sueldos
de multa.
Esparcióse un murmullo de satisfacción en el público, y hasta una vieja
empezó á palmotear, gritando «¡vítor! ¡vítor!», entre las risotadas de
la gente.
Batiste salió ciego del tribunal, con la cabeza baja, como si fuera á
embestir, y -Pimentó- permaneció prudentemente á sus espaldas.
Si la gente no se aparta, abriéndole paso, seguramente hubiese disparado
sus puños de hombre forzudo, aporreando allí mismo á la canalla hostil.
Inmediatamente se alejó. Iba á casa de sus amos á contarles lo ocurrido,
la mala voluntad de aquella gente, empeñada en amargar su existencia; y
una hora después, ya más calmado por las buenas palabras de los señores,
emprendió el camino hacia su casa.
¡Insufrible tormento! Marchando junto á sus carros cargados de estiércol
ó montados en sus borricos sobre los serones vacíos, encontró en el
hondo camino de Alboraya á muchos de los que habían presenciado el
juicio.
Eran gentes enemigas, vecinos á los que no saludaba nunca.
Al pasar él junto á ellos, callaban, hacían esfuerzos para conservar su
gravedad, aunque les brillaba en los ojos la alegre malicia; pero según
iba alejándose, estallaban á su espalda insolentes risas, y hasta oyó la
voz de un mozalbete que, remedando el grave tono del presidente del
tribunal, gritaba:
---¡Cuatre sòus de multa!-
Vio á lo lejos, en la puerta de la taberna de -Copa-, á su enemigo
-Pimentó-, con el porrón en la mano, ocupando el centro de un corro de
amigos, gesticulante y risueño, como si imitase las protestas y quejas
del denunciado. Su condena era un tema de regocijo para la huerta. Todos
reían.
¡Rediós! Ahora comprendía él, hombre de paz y padre bondadoso, por qué
los hombres matan.
Se estremecieron sus poderosos brazos; sintió una cruel picazón en las
manos. Luego fué moderando el paso al acercarse á casa de -Copa-. Quería
ver si se burlaban de él en su presencia.
Hasta pensó--novedad extraña--entrar por primera vez en la taberna para
beber un vaso de vino cara á cara con sus enemigos; pero las dos libras
de multa las llevaba en el corazón, y se arrepintió de su generosidad.
¡Dichosas dos libras! Aquella multa era una amenaza para el calzado de
sus hijos; iba á llevarse el montoncito de ochavos recogido por Teresa
para comprar alpargatas nuevas á los pequeños.
Al pasar frente á la taberna, se ocultó -Pimentó- con la excusa de
llenar el porrón, y sus amigos fingieron no ver á Batiste.
Su aspecto de hombre resuelto á todo imponía respeto á los enemigos.
Pero este triunfo le llenaba de tristeza. ¡Cómo le odiaba la gente! La
vega entera alzábase ante él á todas horas, ceñuda y amenazante. Aquello
no era vivir. Hasta de día evitaba el abandonar sus campos, rehuyendo el
roce con los vecinos.
No les temía; pero, como hombre prudente, evitaba las cuestiones con
ellos.
De noche dormía con zozobra, y muchas veces, al menor ladrido del perro,
saltaba de la cama, lanzándose fuera de la barraca escopeta en mano. En
más de una ocasión creyó ver negros bultos que huían por las sendas
inmediatas.
Temía por su cosecha, por el trigo, que era la esperanza de la familia,
y cuyo crecimiento seguían todos los de la barraca silenciosamente con
miradas ávidas.
Conocía las amenazas de -Pimentó-, el cual, apoyado por toda la huerta,
juraba que aquel trigo no había de segarlo su sembrador, y Batiste casi
olvidaba á sus hijos para pensar en sus campos, en el oleaje verde que
crecía y crecía bajo los rayos del sol y había de convertirse en rubios
montones de mies.
El odio silencioso y reconcentrado le seguía en su camino. Apartábanse
las mujeres frunciendo los labios, sin dignarse saludarle, como es
costumbre en la huerta. Los hombres que trabajaban en los campos
cercanos al camino llamábanse unos á otros con expresiones insolentes
que indirectamente iban dirigidas á Batiste, y los chicuelos, desde
lejos, gritaban: «-¡Morralón! ¡chodío!-»[11], sin añadir más á tales
insultos, como si éstos sólo pudiesen ser aplicables al enemigo de la
huerta.
[11] «¡Judío!»
¡Ah! Si él no tuviera sus puños de gigante, las espaldas enormes y aquel
gesto de pocos amigos, ¡qué pronto hubiera dado cuenta de él toda la
vega! Esperando cada uno que fuese su vecino el primero en atreverse, se
contentaban con hostilizarle desde lejos.
Batiste, en medio de la tristeza que le infundía este vacío, experimentó
una ligera satisfacción. Cerca ya de la barraca, cuando oía los
ladridos de su perro, que le había adivinado, vió un muchacho, un
zagalón, que, sentado en un ribazo, con la hoz entre las piernas y
teniendo al lado unos montones de broza segada, se incorporó para
saludarle:
---¡Bòn día, siñor Batiste!-
Y el saludo, la voz trémula de muchacho tímido con que le habló, le
impresionaron dulcemente.
Poca cosa era el afecto de este adolescente, y sin embargo experimentó
la dulce impresión del calenturiento al sentir la frescura del agua.
Miró con cariño sus ojazos azules, su cara sonrosada cubierta por un
vello rubio, y buscó en su memoria quién podía ser este mozo. Al fin
recordó que era nieto del tío -Tomba-, el pastor ciego á quien respetaba
toda la huerta; un buen muchacho, que servía de criado al carnicero de
Alboraya, cuyo rebaño cuidaba el anciano.
---¡Grasies, chiquet, grasies!---murmuró agradeciendo el saludo.
Y siguió adelante, siendo recibido por su perro, que saltaba ante él,
restregando sus lanas en la pana de los pantalones.
Junto á la puerta de la barraca estaba la esposa, rodeada de los
pequeños, esperando impaciente, por ser ya pasada la hora de comer.
Batiste miró sus campos, y toda la rabia sufrida una hora antes ante el
Tribunal de las Aguas volvió de golpe, como una oleada furiosa, á
invadir su cerebro.
Su trigo sufría sed. No había mas que verlo. Tenía la hoja arrugada, y
el tono verde, antes tan lustroso, era ahora de una amarilla
transparencia. Le faltaba el riego, la -tanda- que le había robado
-Pimentó- con sus astucias de mal hombre, y no volvería á corresponderle
hasta pasados quince días, porque el agua escaseaba. Y encima de esta
desdicha, todo el rosario condenado de libras y sueldos de multa.
¡Cristo!...
Comió sin apetito, contando á su mujer lo ocurrido en el tribunal.
La pobre Teresa escuchó á su marido, pálida, con la emoción de la
campesina que siente punzadas en el corazón cada vez que ha de deshacer
el nudo de la media guardadora del dinero en el fondo del arca. «¡Reina
soberana! ¡Se habían propuesto arruinarles! ¡Qué disgusto á la hora de
comer!...»
Y dejando caer su cuchara en la sartén de arroz, lloriqueó largamente,
bebiéndose las lágrimas. Después enrojeció con repentina rabia, mirando
el pedazo de vega que se veía á través de la puerta, con sus blancas
barracas y su oleaje verde, y extendiendo los brazos gritó: «-¡Pillos!
¡pillos!-»
La gente menuda, asustada por el ceño del padre y los gritos de la
madre, no se atrevía á comer. Mirábanse unos á otros con indecisión y
extrañeza, hurgábanse las narices por hacer algo y acabaron todos por
imitar á la madre, llorando sobre el arroz.
Batiste, excitado por el coro de gemidos, se levantó furioso. Casi volcó
la pequeña mesa con una de sus patadas, y se lanzó fuera de la barraca.
¡Qué tarde!... La sed de su trigo y el recuerdo de la multa eran dos
feroces perros agarrados á su corazón. Cuando el uno, cansado de
morderle, iba durmiéndose, llegaba el otro á todo correr y le clavaba
los dientes.
Quiso distraerse con el trabajo, y se entregó con toda su voluntad á la
obra que llevaba entre manos: una pocilga levantada en el corral.
Pero su trabajo adelantó poco. Ahogábase entre las tapias; necesitaba
ver su campo, como los que necesitan contemplar su desgracia para
anegarse en la voluptuosidad del dolor. Y con las manos llenas de barro
volvió á salir de la barraca, quedando plantado ante su bancal de
mustio trigo.
A pocos pasos, por el borde del camino, pasaba murmurando la acequia,
henchida de agua roja.
La vivificante sangre de la huerta iba lejos, para otros campos cuyos
dueños no tenían la desgracia de ser odiados; y su pobre trigo allí,
arrugándose, languideciendo, agitando su cabellera verde, como si
hiciera señas al agua para que se aproximara y le acariciase con un
fresco beso.
A Batiste le pareció que el sol era más caliente que otros días. Caía el
astro en el horizonte, y sin embargo, el pobre labriego se imaginó que
sus rayos eran verticales y lo incendiaban todo.
Su tierra se resquebrajaba, abríase en tortuosas grietas, formando mil
bocas que en vano esperaban un sorbo.
No aguantaría el trigo su sed hasta el próximo riego. Moriría antes
seco, la familia no tendría pan; y después de tanta miseria, ¡multa
encima!... ¿Y aún dicen si los hombres se pierden?...
Movíase furioso en los linderos de su bancal. «¡Ah, -Pimentó!-
¡Grandísimo granuja!... ¡Si no hubiera Guardia civil!»
Y como los náufragos agonizantes de hambre y de sed, que en sus delirios
sólo ven mesas de festín y clarísimos manantiales, Batiste contempló
imaginariamente campos de trigo con los tallos verdes y erguidos y el
agua entrando á borbotones por las bocas de los ribazos, extendiéndose
con un temblor luminoso, como si riera suavemente al sentir las
cosquillas de la tierra sedienta.
Al ocultarse el sol, experimentó Batiste cierto alivio, como si el astro
se apagara para siempre y su cosecha quedase salvada.
Se alejó de sus campos, de su barraca, yendo insensiblemente camino
abajo, con paso lento, hacia la taberna de -Copa-. Ya no pensaba en la
existencia de la Guardia civil y acogía con gusto la posibilidad de un
encuentro con -Pimentó-, que no debía andar lejos de la taberna.
Venían hacia él por los bordes del camino los veloces rosarios de
muchachas, cesta al brazo y falda revoloteante, de regreso de las
fábricas de la ciudad.
Azuleaba la huerta bajo el crepúsculo. En el fondo, sobre las obscuras
montañas, coloreábanse las nubes con resplandor de lejano incendio; por
la parte del mar temblaban en el infinito las primeras estrellas;
ladraban los perros tristemente; con el canto monótono de ranas y
grillos confundíase el chirrido de carros invisibles alejándose por
todos los caminos de la inmensa llanura.
Batiste vio venir á su hija, separada de las otras muchachas, caminando
con paso perezoso. Sola no. Creyó ver que hablaba con un hombre, el cual
seguía la misma dirección que ella, aunque algo separado, como van
siempre los novios en la huerta, pues la aproximación es para ellos
signo de pecado.
Al distinguir á Batiste en medio del camino, el hombre fué retrasando su
marcha y quedó lejos cuando Roseta llegó junto á su padre.
Éste permaneció inmóvil, con el deseo de que el desconocido siguiese
adelante, para conocerle.
---¡Bòna nit, siñor Batiste!-
Era la misma voz tímida que le había saludado á mediodía: el nieto del
tío -Tomba-. Este zagal no parecía tener otra ocupación que vagar por
los caminos para saludarle y metérsele por los ojos con blanda dulzura.
Miró á su hija, que enrojecía bajando los ojos.
---¡A casa, á casa! ¡Yo t'arreglaré!-.
Y con la terrible majestad del padre latino, señor absoluto de sus
hijos, más propenso á infundir miedo que á inspirar afecto, empezó á
andar seguido por la trémula Roseta, la cual, al acercarse á su barraca,
creía marchar hacia una paliza segura.
Se equivocó. El pobre padre no tenía en aquel momento más hijos en el
mundo que su cosecha, el trigo enfermo, arrugado, sediento, que le
llamaba á gritos pidiendo un sorbo para no morir.
Y en esto pensó mientras su mujer arreglaba la cena. Roseta iba de un
lado á otro fingiendo ocupaciones para no llamar la atención, esperando
de un momento á otro el estallido de la cólera paternal. Y Batiste
seguía pensando en su campo, sentado ante la mesilla enana, rodeado de
toda su familia menuda, que á la luz del candil miraba con avaricia una
cazuela humeante de bacalao con patatas.
La mujer todavía suspiraba pensando en la multa, y establecía sin duda
comparaciones entre la cantidad fabulosa que iban á arrancarle y el
desahogo con que toda la familia movía sus mandíbulas.
Batiste apenas comió, ocupado en contemplar la voracidad de los suyos.
Batistet, el hijo mayor, hasta se apoderaba con fingida distracción de
los mendrugos de los pequeños. A Roseta, el miedo le daba un apetito
feroz.
Nunca como entonces comprendió Batiste la carga que pesaba sobre sus
espaldas. Aquellas bocas que se abrían para tragarse los escasos
ahorros de la familia quedarían sin alimento si lo de fuera llegaba á
secarse.
¿Y todo por qué? Por la injusticia de los hombres, porque hay leyes para
molestar á los trabajadores honrados.... No debía pasar por ello. Su
familia antes que nadie. ¿No estaba dispuesto á defender á los suyos de
los mayores peligros? ¿No tenía el deber de mantenerles?... Hombre era
él capaz de convertirse en ladrón para darles de comer. ¿Por qué había
de someterse, cuando no se trataba de robar, sino de la salvación de su
cosecha, de lo que era muy suyo?
La imagen de la acequia que á poca distancia arrastraba su caudal
murmurante para otros, era para él un martirio. Enfurecíale que la vida
pasase junto á su puerta sin poder aprovecharla, porque así lo querían
las leyes.
De repente se levantó, como hombre que adopta una resolución y para
cumplirla lo atropella todo:
---¡A regar! ¡á regar!-
La mujer se asustó, adivinando instantáneamente todo el peligro de tan
desesperada resolución. «¡Por Dios, Batiste!... Le impondrían una multa
mayor; tal vez los del tribunal, ofendidos por la rebeldía, le quitasen
el agua para siempre. Había que pensarlo.... Era mejor esperar.»
Pero Batiste tenía la cólera firme de los hombres flemáticos y
cachazudos, que cuando pierden la calma tardan mucho á recobrarla.
---¡A regar! ¡á regar!-
Y Batistet, repitiendo alegremente las palabras de su padre, cogió los
azadones y salió de la barraca seguido de su hermana y los pequeños.
Todos querían tomar parte en este trabajo, que parecía una fiesta.
La familia sentía el alborozo de un pueblo que con la rebeldía recobra
la libertad.
Marcharon todos hacia la acequia, que murmuraba en la sombra. La inmensa
vega perdíase en azulada penumbra; ondulaban los cañares como rumorosas
y obscuras masas, y las estrellas parpadeaban en el espacio negro.
Batiste se metió en la acequia hasta las rodillas, colocando la barrera
que había de detener las aguas, mientras su hijo, su mujer y hasta su
hija atacaban con los azadones el ribazo, abriendo boquetes por donde
entraba el riego á borbotones.
Toda la familia experimentó una sensación de frescura y bienestar.
La tierra cantaba de alegría con un goloso glu-glu que les llegaba al
corazón á todos ellos. «¡Bebe, bebe, pobrecita!» Y hundían sus pies en
el barro, yendo encorvados de un lado á otro del campo, para ver si el
agua llegaba á todas partes.
Batiste mugió con la satisfacción cruel que produce el goce de lo
prohibido. ¡Qué peso se quitaba de encima!... Podían venir ahora los del
tribunal y hacer lo que quisieran. Su campo bebía; esto era lo
importante.
Y como su fino oído de hombre habituado á la soledad creyó percibir
cierto rumor inquietante en los vecinos cañares, corrió á la barraca,
para volver inmediatamente empuñando su escopeta nueva.
Con el arma sobre el brazo y el dedo en el gatillo, estuvo más de una
hora junto á la barrera de la acequia.
El agua no pasaba adelante: se derramaba en los campos de Batiste, que
bebían y bebían con la sed del hidrópico.
Tal vez los de abajo se quejaban; tal vez -Pimentó-, advertido como
«atandador», rondaba por las inmediaciones, indignado por el insolente
ataque á la ley.
Pero allí estaba Batiste como centinela de su cosecha, desesperado héroe
de la lucha por la vida, guardando á los suyos, que se agitaban sobre el
campo extendiendo el riego, dispuesto á soltarle un escopetazo al
primero que intentase echar la barrera restableciendo el curso legal del
agua.
Era tan fiera su actitud destacándose erguido en medio de la acequia, se
adivinaba en este fantasma negro tal resolución de recibir á tiros al
que se presentase, que nadie salió de los inmediatos cañares, y bebieron
sus campos durante una hora sin protesta alguna.
Y lo que es más extraño: el jueves siguiente, el «atandador» no le hizo
comparecer ante el Tribunal de las Aguas.
La huerta se había enterado de que en la antigua barraca de -Barret- el
único objeto de valor era una escopeta de dos cañones, comprada
recientemente por el intruso con esa pasión africana del valenciano, que
se priva gustoso del pan por tener detrás de la puerta de su vivienda un
arma nueva que excite envidias é inspire respeto.
V
Todos los días, al amanecer, saltaba de la cama Roseta, la hija de
Batiste, y con los ojos hinchados por el sueño, extendiendo los brazos
con gentiles desperezos que estremecían todo su cuerpo de rubia esbelta,
abría la puerta de la barraca.
Chillaba la garrucha del pozo, saltaba ladrando de alegría junto á sus
faldas el feo perrucho que pasaba la noche fuera de la barraca, y
Roseta, á la luz de las últimas estrellas, echábase en cara y manos todo
un cubo de agua fría sacada de aquel agujero redondo y lóbrego, coronado
en su parte alta por espesos manojos de hiedra.
Después, á la luz del candil, iba y venía por la barraca preparando su
viaje á Valencia.
La madre la seguía sin verla desde la cama, para hacerle toda clase de
indicaciones. Podía llevarse las sobras de la cena; con esto y tres
sardinas que encontraría en el vasar tenía bastante. Cuidado con romper
la cazuela, como el otro día. ¡Ah! Y que no olvidase comprar hilo,
agujas y unas alpargatas para el pequeño. ¡Criatura más destrozona!...
En el cajón de la mesita encontraría el dinero.
Y mientras la madre daba una vuelta en la cama, dulcemente acariciada
por el calor del -estudi-, proponiéndose dormir media hora más junto al
enorme Batiste, que roncaba sonoramente, Roseta seguía sus evoluciones.
Colocaba la mísera comida en una cestita, se pasaba un peine por los
pelos de un rubio claro, como si el sol hubiese devorado su color, se
anudaba el pañuelo bajo la barba, y antes de salir volvíase con un
cariño de hermana mayor para ver si los chicos estaban bien tapados,
inquieta por esta gente menuda, que dormía en el suelo de su mismo
-estudi-, y acostada en orden de mayor á menor--desde el grandullón
Batistet hasta el pequeñuelo que apenas hablaba--, parecía la tubería de
un órgano.
---Vaya, adiós. ¡Hasta la nit!---gritaba la animosa muchacha pasando su
brazo por el asa de la cestita, y cerraba la puerta de la barraca,
echando la llave por el resquicio inferior.
Ya era de día. Bajo la luz acerada del amanecer veíase por sendas y
caminos el desfile laborioso marchando en una sola dirección, atraído
por la vida de la ciudad.
Pasaban los grupos de airosas hilanderas con un paso igual, moviendo
garbosamente el brazo derecho, que cortaba el aire como un remo, y
chillando todas á coro cada vez que algún mocetón las saludaba desde los
campos vecinos con palabras amorosas.
Roseta marchaba sola hacia la ciudad. Bien sabía la pobre lo que eran
sus compañeras, hijas y hermanas de los enemigos de su familia.
Varias de ellas trabajaban en su fábrica, y la pobre rubita, más de una
vez, haciendo de tripas corazón, había tenido que defenderse á arañazo
limpio. Aprovechando sus descuidos, arrojaban cosas infectas en la cesta
de su comida; romperle la cazuela lo habían hecho varias veces, y no
pasaban junto á ella en el taller sin que dejasen de empujarla sobre el
humeante perol donde era ahogado el capullo, llamándola hambrona y
dedicando otros elogios parecidos á su familia.
En el camino huía de todas ellas como de un tropel de furias, y
únicamente sentíase tranquila al verse dentro de la fábrica, un caserón
antiguo cerca del Mercado, cuya fachada, pintada al fresco en el siglo
XVIII, todavía conservaba entre desconchaduras y grietas ciertos grupos
de piernas de color rosa y caras de perfil bronceado, restos de
medallones y pinturas mitológicas.
Roseta era da toda la familia la más parecida á su padre: «una fiera
para el trabajo», como decía Batiste de sí mismo. El vaho ardoroso de
los pucheros donde se ahogaba el capullo subíasele á la cabeza,
escaldándole los ojos; pero á pesar de esto, permanecía firme en su
sitio, buscando en el fondo del agua hirviente los cabos sueltos de
aquellas cápsulas de seda blanducha, de un suave color de caramelo, en
cuyo interior acababa de morir achicharrado el gusano laborioso, la
larva de preciosa baba, por el delito de fabricarse una rica mazmorra
para su transformación en mariposa.
Reinaba en el caserón un estrépito de trabajo ensordecedor y fatigoso
para las hijas de la huerta, acostumbradas á la calma de la inmensa
llanura, donde la voz se transmite á enormes distancias. Abajo mugía la
máquina de vapor, dando bufidos espantosos que se transmitían por las
múltiples tuberías; rodaban poleas y tornos con un estrépito de mil
diablos; y por si no bastase tanto ruido, las hilanderas, según
costumbre tradicional, cantaban á coro con voz gangosa el -Padre
nuestro-, el -Ave María- y el -Gloria Patri-, con la misma tonadilla del
llamado Rosario de la Aurora, procesión que desfila por los senderos de
la huerta los domingos al amanecer.
Esta devoción no les impedía que riesen cantando, y por lo bajo, entre
oración y oración, se insultasen y apalabrasen para darse cuatro
arañazos á la salida, pues estas muchachas morenas, esclavizadas por la
rígida tiranía que reina en la familia labriega y obligadas por
preocupación hereditaria á estar siempre ante los hombres con los ojos
bajos, eran allí verdaderos demonios al verse juntas y sin freno,
complaciéndose sus lenguas en soltar todo lo oído en los caminos á
carreteros y labradores.
Roseta era la más callada y laboriosa. Para no distraerse en su trabajo,
se abstenía de cantar y jamás provocó riñas. Tenía tal facilidad para
aprenderlo todo, que á las pocas semanas ganaba tres reales diarios,
casi el máximum del jornal, con grande envidia de las otras.
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