lejano: tal vez venía del riñón de la provincia.
Sobre el carro amontonábanse, formando pirámide hasta más arriba de los
varales, toda clase de objetos domésticos. Era la emigración de una
familia entera. Tísicos colchones, jergones rellenos de escandalosa hoja
de maíz, sillas de esparto, sartenes, calderas, platos, cestas, verdes
banquillos de cama, todo se amontonaba sobre el carro, sucio, gastado,
miserable, oliendo á hambre, á fuga desesperada, como si la desgracia
marchase tras de la familia pisándole los talones. En la cumbre de este
revoltijo veíanse tres niños abrazados, que contemplaban los campos con
ojos muy abiertos, como exploradores que visitan un país por vez
primera.
A pie y detrás del carro, como vigilando por si caía algo de éste,
marchaban una mujer y una muchacha, alta, delgada, esbelta, que parecía
hija de aquélla. Al otro lado del rocín, ayudando cuando el vehículo se
detenía en un mal paso, iba un muchacho de unos once años. Su exterior
grave delataba al niño que, acostumbrado á luchar con la miseria, es un
hombre á la edad en que otros juegan. Un perrillo sucio y jadeante
cerraba la marcha.
Pepeta, apoyada en el lomo de su vaca, les veía avanzar, poseída cada
vez de mayor curiosidad. ¿Adonde iría esta pobre gente?
El camino aquel, afluyente al de Alboraya, no iba á ninguna parte. Se
extinguía á lo lejos, como agotado por las bifurcaciones innumerables de
sendas y caminitos que daban entrada á las barracas.
Pero su curiosidad tuvo un final inesperado. ¡Virgen Santísima! El carro
se salía del camino, atravesaba el ruinoso puente de troncos y tierra
que daba acceso á las tierras malditas, y se metía por los campos del
tío -Barret-, aplastando con sus ruedas la maleza respetada.
La familia seguía detrás, manifestando con gestos y palabras confusas la
impresión que le causaba tanta miseria, pero en línea recta hacia la
destrozada barraca, como quien toma posesión de lo que es suyo.
Pepeta no quiso ver más. Ahora sí que corrió de veras hacia su barraca.
Deseosa de llegar antes, abandonó á la vaca y al ternerillo, y las dos
bestias siguieron su marcha tranquilamente, como quien no se preocupa de
las cosas ajenas y tiene el establo seguro.
-Pimentó- estaba tendido á un lado de su barraca, fumando perezosamente,
con la vista fija en tres varitas untadas con liga, puestas al sol, en
torno de las cuales revoloteaban algunos pájaros. Era una ocupación de
señor.
Al ver llegar á su mujer con los ojos asombrados y el pobre pecho
jadeante, -Pimentó- cambió de postura para escuchar mejor,
recomendándola que no se aproximase á las varitas.
Vamos á ver, ¿qué era aquello? ¿Le habían robado la vaca?...
Pepeta, con la emoción y el cansancio, apenas pudo decir dos palabras
seguidas.
«Las tierras de -Barret-.... Una familia entera.... Iban á trabajar, á
vivir en la barraca. Ella lo había visto.»
-Pimentó-, cazador de pájaros con liga, enemigo del trabajo y terror de
la contornada, no pudo conservar su gravedad impasible de gran señor
ante tan inesperada noticia.
---¡Recontracordóns!-...
De un salto puso recta su pesada y musculosa humanidad, y echó á correr
sin aguardar más explicaciones.
Su mujer vió cómo corría á campo traviesa hasta un cañar inmediato á las
tierras malditas. Allí se arrodilló, se echó sobre el vientre, para
espiar por entre las cañas como un beduíno al acecho, y pasados algunos
minutos volvió á correr, perdiéndose en aquel dédalo de sendas, cada una
de las cuales conducía á una barraca, á un campo donde se encorvaban los
hombres haciendo brillar en el aire su azadón como un relámpago de
acero.
La huerta seguía risueña y rumorosa, impregnada de luz y de susurros,
aletargada bajo la cascada de oro del sol de la mañana.
Pero á lo lejos sonaban voces y llamamientos: la noticia se transmitía á
grito pelado de un campo á otro campo, y un estremecimiento de alarma,
de extrañeza, de indignación, corría por toda la vega, como si no
hubiesen transcurrido los siglos y circulara el aviso de que en la playa
acababa de aparecer una galera argelina buscando cargamento de carne
blanca.
II
Cuando en época de cosecha contemplaba el tío -Barret- los cuadros de
distinto cultivo en que estaban divididas sus tierras, no podía contener
un sentimiento de orgullo, y mirando los altos trigos, las coles con su
cogollo de rizada blonda, los melones asomando el verde lomo á flor de
tierra ó los pimientos y tomates medio ocultos por el follaje, alababa
la bondad de sus campos y los esfuerzos de todos sus antecesores al
trabajarlos mejor que los demás de la huerta.
Toda la sangre de sus abuelos estaba allí. Cinco ó seis generaciones de
-Barrets- habían pasado su vida labrando la misma tierra, volviéndola al
revés, medicinando sus entrañas con ardoroso estiércol, cuidando que no
decreciera su jugo vital, acariciando y peinando con el azadón y la
reja todos aquellos terrones, de los cuales no había uno que no
estuviera regado con el sudor y la sangre de la familia.
Mucho quería el labrador á su mujer, y hasta le perdonaba la tontería de
haberle dado cuatro hijas y ningún hijo que le ayudase en sus tareas; no
amaba menos á las cuatro muchachas, unos ángeles de Dios, que se pasaban
el día cantando y cosiendo á la puerta de la barraca, y algunas veces se
metían en los campos para descansar un poco á su pobre padre; pero la
pasión suprema del tío -Barret-, el amor de sus amores, eran aquellas
tierras, sobre las cuales había pasado monótona y silenciosa la historia
de su familia.
Hacía muchos años, muchos--en los tiempos que el tío -Tomba-, un anciano
casi ciego que guardaba el pobre rebaño de un carnicero de Alboraya, iba
por el mundo, en la partida del -Fraile-, disparando trabucazos contra
los franceses--, estas tierras fueron de los religiosos de San Miguel de
los Reyes, unos buenos señores, gordos, lustrosos, dicharacheros, que no
mostraban gran prisa en el cobro de los arrendamientos, dándose por
satisfechos con que por la tarde, al pasar por la barraca, les recibiera
la abuela, que era entonces una real moza, obsequiándolos con hondas
jícaras de chocolate y las primicias de los frutales. Antes, mucho
antes, había sido el propietario de todo aquello un gran señor, que al
morir depositó sus pecados y sus fincas en el seno de la comunidad; y
ahora ¡ay! pertenecían á don Salvador, un vejete de Valencia, que era el
tormento del tío -Barret-, pues hasta en sueños se le aparecía.
El pobre labrador ocultaba sus penas á su propia familia. Era un hombre
animoso, de costumbres puras. Los domingos, si iba un rato á la taberna
de -Copa-, donde se reunía toda la gente del contorno, era para mirar á
los jugadores de truco, para reir como un bendito oyendo los
despropósitos y brutalidades de -Pimentó- y otros mocetones que actuaban
de gallitos de la huerta, pero nunca se acercaba al mostrador á pagar un
vaso. Llevaba siempre el bolsillo de su faja bien apretado sobre el
estómago, y si bebía, era cuando alguno de los gananciosos convidaba á
todos los presentes.
Enemigo de comunicar sus penas, se le veía siempre sonriente, bonachón,
tranquilo, llevando encasquetado hasta las orejas el gorro azul que
justificaba su apodo.
Trabajaba de noche á noche; cuando toda la huerta dormía aún, ya estaba
él, á la indecisa claridad del amanecer, arañando sus tierras, cada vez
más convencido de que no podría con ellas.
Era demasiado trabajo para un hombre solo. ¡Si al menos tuviera un
hijo!... Buscando ayuda, tomaba criados, que le robaban trabajando poco,
y finalmente los despedía, al sorprenderles durmiendo dentro del establo
en las horas de sol.
Influído por el respeto á sus antepasados, quería reventar de fatiga
sobre sus terrones, antes que consentir que una parte de ellos fuese
cedida en arrendamiento á manos extrañas. Y no pudiendo con todo el
trabajo, dejaba improductiva y en barbecho la mitad de su tierra feraz,
pretendiendo con el cultivo de la otra mantener á la familia y pagar al
amo.
Fué este empeño una lucha sorda, desesperada, tenaz, contra las
necesidades de la vida y contra su propia debilidad.
No tenía mas que un deseo: que las chicas ignorasen sus preocupaciones;
que nadie se diese cuenta en la casa de los apuros y tristezas del
padre; que no se turbase la santa alegría de aquella vivienda, animada á
todas horas por las risas y las canciones de las cuatro hermanas, cuya
edad sólo se diferenciaba de un año. Y mientras ellas, que ya comenzaban
á llamar la atención de los mozos de la huerta, asistían con pañuelos de
seda nuevos, vistosos, y planchadas y ruidosas faldas á las fiestas de
los pueblecillos, ó despertaban al amanecer para ir descalzas y en
camisa á mirar por las rendijas del ventanillo quiénes eran los que
cantaban -les albaes-[2] ó las obsequiaban con rasgueos de guitarra, el
pobre tío -Barret-, empeñado cada vez más en nivelar su presupuesto,
sacaba, onza tras onza, todo el puñado de oro amasado ochavo sobre
ochavo que le había dejado su padre, acallando así á don Salvador,
viejo avaro que nunca tenía bastante, y no contento con exprimirle,
hablaba de lo mal que estaban los tiempos, del escandaloso aumento de
las contribuciones y de la necesidad de subir el precio del
arrendamiento.
[2] Las alboradas.
No podía haber encontrado -Barret- peor amo. Gozaba en toda la huerta
una fama detestable, pues rara era la partida de ella donde no tuviese
tierras. Todas las tardes, envuelto en una vieja capa, que llevaba hasta
en primavera, con aspecto sórdido de mendigo, y acompañado de las
maldiciones y gestos hostiles que dejaba á su espalda, iba por las
sendas visitando á los colonos. Era la tenacidad del avaro que desea
estar en contacto á todas horas con sus propiedades, la pegajosidad del
usurero que siempre tiene cuentas pendientes que arreglar.
Los perros ladraban al verle de lejos, como si se aproximase la muerte;
los niños le miraban enfurruñados; los hombres se escondían para evitar
penosas excusas y las mujeres salían á la puerta de la barraca con la
vista en el suelo y la mentira á punto para rogar á don Salvador que
tuviese paciencia, contestando con lágrimas á sus bufidos y amenazas.
-Pimentó-, que en su calidad de valentón se interesaba por las desdichas
de sus convecinos y era el caballero andante de la huerta, prometía
entre dientes algo así como pegarle una paliza y refrescarlo después en
una acequia; pero las mismas víctimas del avaro le disuadían hablando de
la importancia de don Salvador, hombre que se pasaba las mañanas en los
Juzgados y tenía amigos de muchas campanillas. Con gente así siempre
pierde el pobre.
De todos sus colonos, el mejor era -Barret-: aunque á costa de grandes
esfuerzos, nada le debía. Y el viejo, que lo citaba como modelo á los
otros arrendatarios, cuando estaba frente á él extremaba su crueldad, se
mostraba más exigente, excitado por la mansedumbre del labrador,
contento de encontrar un hombre en el que podía saciar sin miedo sus
instintos de opresión y de rapiña.
Aumentó, por fin, el precio del arrendamiento de las tierras. -Barret-
protestó, y hasta lloró recordando los méritos de su familia, que había
perdido la piel en aquellos campos para hacer de ellos los mejores de la
huerta. Pero don Salvador se mostró inflexible. ¿Eran los mejores?...
Pues debía pagar más. Y -Barret- pagó el aumento. La sangre daría él
antes que abandonar estas tierras que poco á poco absorbían su vida.
Ya no tenía dinero para salir de apuros; sólo contaba con lo que
produjesen los campos. Y completamente solo, ocultando á la familia su
situación, teniendo que sonreir cuando estaba entre su mujer y sus
hijas, las cuales le recomendaban que no se esforzase tanto, el pobre
-Barret- se entregó á la más disparatada locura del trabajo.
Olvidó el sueño. Parecíale que sus hortalizas crecían con menos rapidez
que las de los vecinos; quiso él solo cultivar todas las tierras;
trabajaba de noche á tientas; el menor nubarrón de granizo le ponía
fuera de sí, trémulo de miedo; y él, tan bondadoso, tan honrado, hasta
se aprovechaba de los descuidos de los labradores colindantes para
robarles una parte de riego.
Si su familia estaba ciega, en las barracas vecinas bien adivinaban la
situación de -Barret-, compadeciendo su mansedumbre. Era un buenazo, no
sabía «plantarle cara» al repugnante avaro, y éste lo iba chupando
lentamente hasta devorarlo por entero.
Y así fué. El pobre labrador, agobiado por una existencia de fiebre y
demencia laboriosa, quedábase en los huesos, encorvado como un
octogenario, con los ojos hundidos. Aquel gorro característico que
justificaba su mote ya no se detenía en sus orejas; aprovechando la
creciente delgadez, bajaba hasta los hombros como un fúnebre apagaluz de
su existencia.
Lo peor para él era que este exceso de cansancio insostenible sólo le
permitía pagar á medias al insaciable ogro. Las consecuencias de su
locura por el trabajo no se hicieron esperar. El rocín del tío -Barret-,
un animal sufrido que le seguía en todos sus desesperados esfuerzos,
cansado de trabajar de día y de noche, de ir tirando del carro al
Mercado de Valencia con carga de hortalizas, y á continuación, sin
tiempo para respirar ni desudarse, verse enganchado al arado, tomó el
partido de morir, antes que permitirse el menor intento de rebelión
contra su pobre amo.
¡Entonces sí que se consideró perdido irremisiblemente el pobre
labrador! Con desesperación miró sus campos, que ya no podía cultivar;
las hileras de frescas hortalizas, que la gente de la ciudad consumía
con indiferencia, sin sospechar las angustias que su producción hace
sufrir á un pobre padre en continua batalla con la tierra y la miseria.
Pero la Providencia, que nunca abandona al pobre, le habló por boca de
don Salvador. Por algo dicen que Dios saca muchas veces el bien del mal.
El insufrible tacaño, el voraz usurero, al conocer su desgracia le
ofreció ayuda con una bondad paternal y conmovedora. ¿Qué necesitaba
para comprar otra bestia? ¿cincuenta duros? Pues allí estaba él para
ayudarle, demostrando con esto cuán injustos eran los que le odiaban y
hablaban mal de su persona.
Y prestó dinero á -Barret-, con el insignificante detalle de exigirle
una firma--los negocios son negocios--al pie de cierto papel en el que
se hablaba de interés, de acumulación de réditos, de responsabilidad de
la deuda, mencionando para esto último los muebles, las herramientas,
todo cuanto poseía el labrador en su barraca, incluso los animales del
corral.
-Barret-, animado por la posesión de un nuevo rocín joven y brioso,
volvió con más ahinco á su trabajo, á matarse sobre aquellos terruños,
que parecían crecer según disminuían sus fuerzas, envolviéndolo como un
sudario rojo.
La mayor parte de lo que cosechaba en sus campos se lo comía la familia,
y los puñados de cobre que sacaba de la venta del resto en el Mercado de
Valencia desparramábanse, sin llegar á formar nunca el montón necesario
para acallar á don Salvador.
Estas angustias del tío -Barret- por satisfacer su deuda sin poder
conseguirlo acabaron por despertar en él cierto instinto de rebelión,
haciendo surgir de su rudo pensamiento vagas y confusas ideas de
justicia. ¿Por qué no eran suyos los campos? Todos sus abuelos habían
dejado la vida entre aquellos terrones; estaban regados con el sudor da
la familia; si no fuese por ellos, por los -Barret-, estarían las
tierras tan despobladas como la orilla del mar.... Y ahora venía á
apretarle la argolla, á hacerle morir con sus recordatorios, aquel viejo
sin entrañas que era el amo, aunque no sabía coger un azadón ni en su
vida había doblegado el espinazo.... ¡Cristo! ¡Y cómo arreglan las cosas
los hombres!...
Pero estas rebeliones eran momentáneas; volvía á él la sumisión
resignada del labriego, el respeto tradicional y supersticioso para la
propiedad. Había que trabajar y ser honrado.
Y el pobre hombre, que consideraba el no pagar como la mayor de las
deshonras, volvía á sus faenas cada vez más débil, más extenuado,
sintiendo en su interior el lento desplome de su energía, convencido de
que no podía prolongar esta lucha, pero indignado ante la posibilidad
tan sólo de abandonar un palmo de las tierras de sus ascendientes.
Del semestre de Navidad no pudo entregar á don Salvador mas que una
pequeña parte. Llegó San Juan, y ni un céntimo. La mujer estaba
enferma; para pagar los gastos hasta había vendido el «oro del
casamiento» las venerables arracadas y el collar, de perlas, que eran el
tesoro de familia, y cuya futura posesión provocaba discusiones entre
las cuatro muchachas.
El viejo avaro se mostró inflexible. No, -Barret-, aquello no podía
continuar. Como él era bueno (por más que la gente no lo creyese), no
podía consentir que el labrador siguiese matándose en este empeño de
cultivar unas tierras más grandes que sus fuerzas. No lo consentiría;
era asunto de buen corazón. Y como le habían hecho proposiciones de
nuevo arrendamiento, avisaba á -Barret- para que dejase los campos
cuanto antes. Lo sentía mucho, pero él también era pobre.... ¡Ah! Y por
esto mismo le recordaba que habría que hacer efectivo el préstamo para
la compra del rocín, cantidad que con los réditos ascendía á....
El pobre labrador ni se fijó en los miles de reales á que subía su deuda
con los dichosos réditos: tan turbado y confuso le dejó la orden de
abandonar sus tierras.
La debilidad, el desgaste interior producido por la abrumadora lucha de
varios años, se manifestó repentinamente.
Él, que no había llorado nunca, gimoteó como un niño. Toda su altivez,
su gravedad moruna, desaparecieron de golpe, y arrodillóse ante el
vejete pidiendo que no le abandonase, pues veía en él á su padre.
Pero buen padre se había echado el pobre -Barret-. Don Salvador se
mostró inflexible. Lo sentía mucho, pero no podía hacer otra cosa. Él
también era pobre, debía procurar por el pan de sus hijos.... Y continuó
embozando su crueldad con frases de hipócrita sentimiento.
El labrador se cansó de pedir gracia. Fué varias veces á Valencia á la
casa del amo para hablarle de sus antepasados, de los derechos morales
que tenía sobre aquellas tierras, á pedirle un poco de paciencia,
afirmando con loca esperanza que él pagaría, y al fin el avaro acabó por
no abrirle su puerta.
La desesperación regeneró á -Barret-. Volvió á ser el hijo de la huerta,
altivo, enérgico é intratable cuando cree que le asiste la razón. ¿No
quería oirle el amo? ¿Se negaba á darle una esperanza?... Pues bien; él
en su casa esperaba; si el otro quería algo, que fuese á buscarle. ¡A
ver quién era el guapo que le hacía salir de su barraca!
Y siguió trabajando, aunque con recelo, mirando ansiosamente siempre que
pasaba algún desconocido por los caminos inmediatos, como quien aguarda
de un momento á otro ser atacado por una gavilla de bandidos.
Le citaron al Juzgado y no compareció. Ya sabía él lo que era aquello:
enredos de los hombres para perder á las gentes de bien. Si querían
robarle, que le buscasen allí, sobre los campos que eran pedazos de su
piel, y como á tales los defendería.
Un día le avisaron que por la tarde iría el Juzgado á proceder contra
él, á expulsarlo de las tierras, embargando además para pago de sus
deudas todo cuanto tenía en la barraca. Aquella noche ya no dormiría en
ella.
Tan inaudito resultaba esto para el pobre tío -Barret-, que sonrió con
incredulidad. Eso podría ser para los tramposos, para los que no han
pagado nunca; pero él, que siempre había cumplido, que nació allí mismo,
que sólo debía un año de arrendamiento... ¡quiá! ¡Ni que viviera uno
entre salvajes, sin caridad ni religión!
Pero en la tarde, cuando vió venir por el camino á unos señores vestidos
de negro, fúnebres pajarracos con alas de papel arrolladas bajo el
brazo, ya no dudó. Aquel era el enemigo. Iban á robarle.
Y sintiendo en su interior la ciega bravura del mercader moro que sufre
toda clase de ofensas, pero enloquece de furor cuando le tocan su
propiedad, -Barret- entró corriendo en su barraca, agarró la vieja
escopeta que tenía siempre cargada detrás de la puerta, y echándosela á
la cara plantóse bajo el emparrado, dispuesto á meterle dos balas al
primero de aquellos bandidos de la ley que pusiera el pie en sus campos.
Salieron corriendo su mujer, enferma, y las cuatro hijas, gritando como
locas, y se abrazaron á él, intentando arrancarle la escopeta, tirando
del cañón con ambas manos. Y tales fueron los gritos de este grupo, que
luchando y forcejeando iba de un pilar á otro del emparrado, que
empezaron á salir gentes de las vecinas barracas, y llegaron corriendo,
en tropel, ansiosas, con la solidaridad fraternal de los que viven en
despoblado.
-Pimentó- fué el que se hizo dueño de la escopeta y prudentemente se la
llevó á su casa. -Barret- iba detrás, intentando perseguirle, sujeto y
contenido por los fuertes brazos de unos mocetones, desahogando su rabia
contra aquel bruto que le impedía defender lo suyo.
--«-¡Pimentó»!... ¡Lladre!... ¡Tórnam la escopeta!-...[3]
[3]---¡Pimentó!-... ¡Ladrón!... ¡Devuélveme la escopeta!...
Pero el valentón sonreía bondadosamente, satisfecho de mostrarse
prudente y paternal con este viejo rabioso; y así fué conduciéndole
hasta su barraca, donde quedaron él y los amigos vigilándolo, dándole
consejos para que no cometiese un disparate. ¡Mucho ojo, tío -Barret-!
Aquella gente era de justicia, y el pobre siempre pierde metiéndose con
ella. Calma y mala intención, que todo llegará.
Y al mismo tiempo los negros pajarracos escribían papeles y más papeles
en la barraca de -Barret-, revolviendo impasibles los muebles y las
ropas, inventariando hasta el corral y el establo, mientras la esposa y
las hijas gemían desesperadamente y la multitud agolpada á la puerta
seguía con terror todos los detalles del embargo, intentando consolar á
las pobres mujeres, prorrumpiendo á la sordina en maldiciones contra el
judío don Salvador y aquellos tíos que se prestaban á obedecer á
semejante perro.
Al anochecer, -Barret-, que estaba como anonadado, y tras la crisis
furiosa parecía caído en un estado de sonambulismo, vió á sus pies unos
cuantos líos de ropa y oyó el sonido metálico de un saco que contenía
sus herramientas de labranza.
---¡Pare!... ¡pare!---gimotearon unas voces trémulas.
Eran las hijas, que se arrojaban en sus brazos; tras ellas, la pobre
mujer, enferma, temblando de fiebre; y en el fondo, invadiendo la
barraca de -Pimentó- y perdiéndose más allá de la puerta obscura, toda
la gente del contorno, el aterrado coro de la tragedia.
Ya les habían hecho salir para siempre de su barraca. Los hombres negros
la habían cerrado, llevándose las llaves. No les quedaba otra cosa que
los fardos que estaban en el suelo, la ropa usada, las herramientas: lo
único que les habían permitido sacar de su casa.
Y las palabras eran entrecortadas por los sollozos, y volvían á
abrazarse el padre y las hijas, y Pepeta, la dueña de la barraca, y
otras mujeres lloraban y repetían las maldiciones contra el viejo avaro,
hasta que -Pimentó- intervino oportunamente.
Tiempo quedaba para hablar de lo ocurrido; ahora, á cenar. ¡Qué demonio!
No había que gemir tanto por culpa de un tío judío. Si el tal viera todo
esto, ¡cómo se alegrarían sus malas entrañas!... La gente de la huerta
era buena; á la familia del tío -Barret- la querían todos, y con ella
partirían un -rollo- si no había más.
La mujer y las hijas del arruinado labrador fuéronse con unas vecinas á
pasar la noche en sus barracas. El tío -Barret- se quedó allí, bajo la
vigilancia de -Pimentó-.
Permanecieron los dos hombres hasta las diez sentados en sus silletas
de esparto, á la luz del candil, fumando cigarro tras cigarro.
El pobre viejo parecía loco. Contestaba con secos monosílabos á las
reflexiones de aquel terne, que ahora las echaba de bonachón; y si
hablaba, era para repetir siempre las mismas palabras:
---¡Pimentó!... ¡Tórnam la escopeta!-
Y -Pimentó- sonreía con cierta admiración. Le asombraba la fiereza
repentina de este vejete, al que toda la huerta había tenido por un
infeliz. ¡Devolverle la escopeta!... ¡En seguida! Bien se adivinaba en
la arruga vertical hinchada entre sus cejas el propósito firme de hacer
polvo al autor de su ruina.
-Barret- se enfurecía cada vez más con el mozo. Llegó á llamarle ladrón
porque se negaba á devolverle su arma. No tenía amigos; todos eran unos
ingratos, iguales al avaro don Salvador. No quería dormir allí: se
ahogaba. Y rebuscando en el saco de sus herramientas, escogió una hoz,
la atravesó en su faja y salió de la vivienda, sin que -Pimentó-
intentase atajarle el paso.
A tales horas nada malo podía hacer el viejo: que durmiese al raso, si
tal era su gusto. Y el valentón, cerrando la barraca, se acostó.
El tío -Barret- fué derechamente hacia sus campos, y como un perro
abandonado, comenzó á dar vueltas alrededor de la barraca.
¡Cerrada!... ¡cerrada para siempre! Aquellas paredes las había levantado
su abuelo y las renovaba él todos los años. Aún se destacaba en la
obscuridad la blancura del nítido enjalbegado con que sus chicas las
cubrieron tres meses antes.
El corral, el establo, las pocilgas, eran obra de su padre; y aquella
montera de paja, tan alta, tan esbelta, con las dos crucecitas en sus
extremos, la había levantado él de nuevo, en sustitución de la antigua,
que hacía agua por todas partes.
Y obra de sus manos era también el brocal del pozo, las pilastras del
emparrado, las encañizadas, por encima de las cuales enseñaban sus
penachos de flores los claveles y los dompedros. ¿Y todo aquello iba á
ser propiedad de otro, porque sí, porque así lo querían los hombres?...
Buscó en su faja la tira de fósforos de cartón que le servían para
encender sus cigarros. Quería prender fuego á la paja de la techumbre.
¡Que se lo llevase todo el demonio! Al fin era suyo, bien lo sabía Dios,
y podía destruir su hacienda antes que verla en manos de ladrones.
Mas al ir á incendiar su antigua casa sintió una impresión de horror,
como si tuviese ante él los cadáveres de todos sus antepasados, y arrojó
los fósforos al suelo.
Continuaba rugiendo en su cabeza el ansia de destrucción, y para
satisfacerla se metió con la hoz en la mano en aquellos campos que
habían sido sus verdugos.
¡Ahora las pagaría todas juntas la tierra ingrata causa de sus
desdichas!
Horas enteras duró la devastación. Derrumbáronse á puntapiés las bóvedas
de cañas por las cuales trepaban las verdes hebras de las judías tiernas
y los guisantes; cayeron las habas partidas por la furiosa hoz, y las
filas de lechugas y coles saltaron á distancia á impulsos del agudo
acero, como cabezas cortadas, esparciendo en torno su cabellera de
hojas.... ¡Nadie se aprovecharía de su trabajo! Y así estuvo hasta
cerca del amanecer, cortando, aplastando con locos pataleos, jurando á
gritos, rugiendo blasfemias; hasta que al fin el cansancio aplacó su
furia, y se arrojó en un surco llorando como un niño, pensando que la
tierra sería en adelante su cama eterna y su único oficio mendigar en
los caminos.
Le despertaron los primeros rayos del sol hiriendo sus ojos y el alegre
parloteo de los pájaros que saltaban cerca de su cabeza, aprovechando
para su almuerzo los restos de la destrucción nocturna.
Se levantó, entumecido por el cansancio y la humedad. -Pimentó- y su
mujer le llamaban desde lejos, invitándole á que tomase algo. -Barret-
les contestó con desprecio. «¡Ladrón! ¡Después que se había quedado con
su escopeta!...» Y emprendió el camino hacia Valencia, temblando de
frío, sin saber adónde iba.
Al pasar ante la taberna de -Copa-, entró en ella. Unos carreteros de la
vecindad le hablaron para compadecer su desgracia, invitándole á tomar
algo, y él se apresuró á aceptar. Quería algo contra aquel frío que se
le había metido en los huesos. Y él, tan sobrio, bebió uno tras otro dos
vasos de aguardiente, que cayeron como olas de fuego en su estómago
desfallecido.
Su cara se coloreó, adquiriendo después una palidez cadavérica; sus ojos
se vetearon de sangre. Se mostró con los carreteros que le compadecían
expresivo y confiado; casi como un ser feliz. Les llamaba hijos míos,
asegurándoles que no se apuraba por tan poco. No lo había perdido todo.
Aún le quedaba lo mejor de la casa, la hoz de su abuelo: una joya que no
quería cambiar ni por cincuenta hanegadas de tierra buena.
Y sacaba de su faja el curvo acero, puro y brillante: una herramienta de
fino temple y corte sutilísimo, que, según afirmaba -Barret-, podía
partir en el aire un papel de fumar.
Pagaron los carreteros, y arreando sus bestias alejáronse hacia la
ciudad, llenando el camino de chirridos de ruedas.
El viejo aún estuvo más de una hora en la taberna, hablando á solas,
advirtiendo que la cabeza se le iba; hasta que, molestado por la dura
mirada de los dueños, que adivinaban su estado, sintió una vaga
impresión de vergüenza y salió sin saludar, andando con paso inseguro.
No podía apartar de su memoria un recuerdo tenaz. Veía con los ojos
cerrados un gran huerto de naranjos que existía á más de una hora de
distancia, entre Benimaclet y el mar. Allí había ido él muchas veces por
sus asuntos, y allá iba ahora, á ver si el demonio era tan bueno que le
hacía tropezar con el amo, el cual raro era el día que no inspeccionaba
con su mirada de avaro los hermosos árboles uno por uno, como si tuviese
contadas las naranjas.
Llegó después de dos horas de marcha, deteniéndose muchas veces para dar
aplomo á su cuerpo, que se balanceaba sobre las inseguras piernas.
El aguardiente se había apoderado de él. Ya no sabía con qué objeto
había llegado hasta allí, tan lejos de la parte de la huerta donde
vivían los suyos, y acabó por dejarse caer en un campo de cáñamo á
orillas del camino. Al poco rato sus penosos ronquidos de borracho
sonaron entre los verdes y erguidos tallos.
Cuando despertó era ya bien entrada la tarde. Sentía pesadez en la
cabeza y el estómago desfallecido. Le zumbaban los oídos, y en su boca
empastada percibía un sabor horrible. ¿Qué hacía allí, cerca del huerto
del judío? ¿Cómo había llegado tan lejos? Su honradez primitiva le hizo
avergonzarse de este envilecimiento, é intentó ponerse en pie para huir.
La presión que producía sobre su estómago la hoz cruzada en la faja le
dió escalofríos.
Al incorporarse asomó la cabeza por entre el cáñamo y vió en una
revuelta del camino á un vejete que caminaba lentamente, envuelto en una
capa.
-Barret- sintió que toda su sangre le subía de golpe á la cabeza, que
reaparecía su borrachera, y se incorporó, tirando de la hoz.... ¿Y aún
dicen que el demonio no es bueno? Allí estaba su hombre; el mismo que
deseaba ver desde el día anterior.
El viejo usurero había vacilado mucho antes de salir de su casa. Le
escocía algo lo del tío -Barret-; el suceso estaba reciente y la huerta
es traicionera. Pero el miedo de que aprovechasen su ausencia en el
huerto de naranjos pudo más que sus temores, y pensando que dicha finca
estaba lejos de la barraca embargada, púsose en camino.
Ya alcanzaba á contemplar su huerto, ya se reía del miedo pasado, cuando
vió saltar del bancal de cáñamo al propio -Barret-, y le pareció un
enorme demonio, con la cara roja, los brazos extendidos, impidiéndole
toda fuga, acorralándolo en el borde de la acequia que corría paralela
al camino. Creyó soñar; chocaron sus dientes, su cara púsose verde, y le
cayó la capa, dejando al descubierto un viejo gabán y los sucios
pañuelos arrollados á su cuello. Tan grandes eran su terror y su
turbación, que hasta le habló en castellano.
---¡Barret!- ¡hijo mío!--dijo con voz entrecortada--. Todo ha sido una
broma: no hagas caso. Lo de ayer fué para hacerte un poquito de
miedo... nada más. Vas á seguir en las tierras.... Pásate mañana por
casa... hablaremos. Me pagarás como mejor te parezca.
Y doblaba su cuerpo, evitando que se le acercase el tío -Barret-.
Pretendía escurrirse, huir de la terrible hoz, en cuya hoja se quebraba
un rayo de sol y se reproducía el azul del cielo. Como tenía la acequia
detrás de él, no encontraba sitio para moverse, y echaba el cuerpo
atrás, pretendiendo cubrirse con las crispadas manos.
El labrador sonreía como una hiena, enseñando sus dientes agudos y
blancos de pobre.
---¡Embustero! ¡embustero!---contestaba con una voz semejante á un
ronquido.
Y moviendo su herramienta de un lado á otro, buscaba sitio para herir,
evitando las manos flacas y desesperadas que se le ponían delante.
--¡Pero -Barret-! ¡hijo mío! ¿qué es esto?... ¡Baja esa arma... no
juegues.... Tú eres un hombre honrado... piensa en tus hijas. Te repito
que ha sido una broma. Ven mañana y te daré las lla.... ¡Aaay!...
Fué un rugido horripilante, un grito de bestia herida. Cansada la hoz de
encontrar obstáculos, había derribado de un solo golpe una de las manos
crispadas. Quedó colgando de los tendones y la piel, y el rojo muñón
arrojó la sangre con fuerza, salpicando á -Barret-, que rugió al
recibir en el rostro la caliente rociada.
Vaciló el viejo sobre sus piernas, pero antes de caer al suelo, la hoz
partió horizontalmente contra su cuello, y... ¡zas! cortando la
complicada envoltura de pañuelos, abrió una profunda hendidura,
separando casi la cabeza del tronco.
Cayó don Salvador en la acequia; sus piernas quedaron en el ribazo,
agitadas por un pataleo fúnebre de res degollada. Y mientras tanto, la
cabeza, hundida en el barro, soltaba toda su sangre por la profunda
brecha y las aguas se teñían de rojo, siguiendo su manso curso con un
murmullo plácido que alegraba el solemne silencio de la tarde.
-Barret- permaneció plantado en el ribazo como un imbécil. ¡Cuánta
sangre tenía el tío ladrón! La acequia, al enrojecerse, parecía más
caudalosa. De repente, el labriego, dominado por el terror, echó á
correr, como si temiera que el riachuelo de sangre le ahogase al
desbordarse.
Antes de terminar el día circuló la noticia como un cañonazo que
conmovió toda la vega. ¿Habéis visto el gesto hipócrita, el regocijado
silencio con que acoge un pueblo la muerte del gobernante que le
oprime?... Así lloró la huerta la desaparición de don Salvador. Todos
adivinaron la mano del tío -Barret-, y nadie habló. Las barracas
hubiesen abierto para él sus últimos escondrijos; las mujeres le habrían
ocultado bajo sus faldas.
Pero el asesino vagó como un loco por la huerta, huyendo de las gentes,
tendiéndose detrás de los ribazos, agazapándose bajo los puentecillos,
escapando á través de los campos, asustado por el ladrido de los perros,
hasta que al día siguiente lo sorprendió la Guardia civil durmiendo en
un pajar.
Durante seis meses sólo se habló en la huerta del tío -Barret-.
Los domingos iban como en peregrinación hombres y mujeres á la cárcel de
Valencia para contemplar á través de los barrotes al pobre «libertador»,
cada vez más enjuto, con los ojos hundidos y la mirada inquieta.
Llegó la vista del proceso, y le sentenciaron á muerte.
La noticia causó honda impresión en la vega; curas y alcaldes pusiéronse
en movimiento para evitar tal vergüenza.... ¡Uno del distrito sentándose
en el cadalso! Y como -Barret- había sido siempre de los dóciles,
votando lo que ordenaba el cacique y obedeciendo pasivamente al que
mandaba, se hicieron viajes á Madrid para salvar su vida, y el indulto
llegó oportunamente.
El labrador salió de la cárcel hecho una momia, y fué conducido al
presidio de Ceuta, para morir allá á los pocos años.
Disolvióse su familia; desapareció como un puñado de paja en el viento.
Las hijas, una tras otra, fueron abandonando las familias que las habían
recogido, trasladándose á Valencia para ganarse el pan como criadas; y
la pobre vieja, cansada de molestar con sus enfermedades, marchó al
Hospital, muriendo al poco tiempo.
La gente de la huerta, con la facilidad que tiene todo el mundo para
olvidar la desgracia ajena, apenas si de tarde en tarde recordaba la
espantosa tragedia del tío -Barret-, preguntándose qué sería de sus
hijas.
Pero nadie olvidó los campos y la barraca, permaneciendo unos y otra en
el mismo estado que el día en que la justicia expulsó al infortunado
colono.
Fué esto un acuerdo tácito de toda la huerta; una conjuración
instintiva, en cuya preparación apenas si mediaron palabras; pero hasta
los árboles y los caminos parecían entrar en ella.
-Pimentó- lo había dicho el mismo día de la catástrofe. «¡A ver quién
era el guapo que se atrevía á meterse en aquellas tierras!»
Y toda la gente de la huerta, hasta las mujeres y los niños, parecían
contestar con sus miradas de mutua inteligencia: «Sí; á ver.»
Las plantas parásitas, los abrojos, comenzaron á surgir de la tierra
maldita que el tío -Barret- había pateado y herido con su hoz la última
noche, como presintiendo que por culpa de ella moriría en presidio.
Los hijos de don Salvador, unos ricachos tan avaros como su padre,
creyéronse sumidos en la miseria porque el pedazo de tierra permanecía
improductivo.
Un labrador habitante en otro distrito de la huerta, hombre que las
echaba de guapo y nunca tenía bastante tierra, sintióse tentado por el
bajo precio del arrendamiento y apechugó con unos campos que á todos
inspiraban miedo.
Iba á labrar la tierra con la escopeta al hombro; él y sus criados se
reían de la soledad en que les dejaban los vecinos; las barracas se
cerraban á su paso, y desde lejos les seguían miradas hostiles.
Vigiló mucho el labrador, presintiendo una emboscada; pero de nada le
sirvió su cautela, pues una tarde en que regresaba solo á su casa,
cuando aún no había terminado la roturación de sus nuevos campos, le
largaron dos escopetazos, sin que viese al agresor, y salió
milagrosamente ileso del puñado de postas que pasó junto á sus orejas.
En los caminos no se veía á nadie. Ni una huella reciente. Le habían
tirado desde alguna acequia, emboscado el tirador detrás de los cañares.
Con enemigos así no era posible luchar; y el valentón, en la misma
noche, entregó las llaves de la barraca á sus amos.
Había que oir á los hijos de don Salvador. ¿Es que no existían gobiernos
ni seguridades para la propiedad... ni nada?
Indudablemente era -Pimentó- el autor de la agresión, el que impedía que
los campos fuesen cultivados, y la Guardia civil prendió al jaque de la
huerta, llevándolo á la cárcel.
Pero cuando llegó el momento de las declaraciones, todo el distrito
desfiló ante el juez afirmando la inocencia de -Pimentó-, sin que á
aquellos rústicos socarrones se les pudiera arrancar una palabra
contradictoria.
Todos recitaban la misma lección. Hasta viejas achacosas que jamás
salían de sus barracas declararon que aquel día, á la misma hora en que
sonaron los dos tiros, -Pimentó- estaba en una taberna de Alboraya de
francachela con sus amigos.
Nada se podía contra estas gentes de gesto imbécil y mirada cándida, que
rascándose el cogote mentían con tanto aplomo; -Pimentó- fué puesto en
libertad, y de todas las barracas salió un suspiro de triunfo y
satisfacción.
Ya estaba hecha la prueba: todos sabrían en adelante que el cultivo de
aquellas tierras se pagaba con la piel.
Los avaros amos no cejaron. Cultivarían la tierra ellos mismos; y
buscaron jornaleros entre la gente sufrida y sumisa que, oliendo á lana
burda y miseria, baja en busca de trabajo, empujada por el hambre, desde
lo último de la provincia, desde las montañas fronterizas á Aragón.
En la huerta compadecían á los pobres -churros-. ¡Infelices! Iban á
ganarse un jornal; ¿qué culpa tenían ellos? Y por la noche, cuando se
retiraban con el azadón al hombro, no faltaba una buena alma que los
llamase desde la puerta de la taberna de -Copa-. Los hacían entrar, los
convidaban á beber y luego les iban hablando al oído con la cara ceñuda
y el acento paternal y bondadoso, como quien aconseja á un niño que
evite el peligro. Y el resultado era que los dóciles -churros-, al día
siguiente, en vez de ir al campo, presentábanse en masa á los dueños de
las tierras.
--Mi amo: venimos á que nos pague.
Y eran inútiles todos los argumentos de los dos solterones, furiosos al
verse atacados en su avaricia.
--Mi amo--respondían á todo--: semos probes, pero no nos hemos encontrao
la vida tras un pajar.
No sólo dejaban el trabajo, sino que pasaban aviso á todos sus paisanos
para que huyesen de ganar un jornal en los campos de -Barret-, como
quien huye del diablo.
Los dueños de las tierras pidieron protección hasta en los papeles
públicos. Y parejas de la Guardia civil fueron á correr la huerta, á
apostarse en los caminos, á sorprender gestos y conversaciones, siempre
sin éxito.
Todos los días veían lo mismo: las mujeres cosiendo y cantando bajo las
parras; los hombres en los campos, encorvados, con la vista en el suelo,
sin dar descanso á los activos brazos; -Pimentó- tendido á lo gran señor
ante las varitas de liga, esperando á los pájaros, ó ayudando á Pepeta
torpe y perezosamente; en la taberna de -Copa- unos cuantos viejos
tomando el sol ó jugando al truco. El paisaje respiraba paz y honrada
bestialidad; era una Arcadia moruna. Pero los del gremio no se fiaban;
ningún labrador quería las tierras ni aun gratuitamente, y al fin los
amos tuvieron que desistir de su empeño, dejando que se cubriesen de
maleza y que la barraca se viniera abajo, mientras esperaban la llegada
de un hombre de buena voluntad capaz de comprarlas ó trabajarlas.
La huerta estremecíase de orgullo viendo cómo se perdía aquella riqueza
y los herederos de don Salvador se hacían la «santísima».
Era un placer nuevo é intenso. Alguna vez se habían de imponer los
pobres y quedar los ricos debajo. Y el duro pan parecía más sabroso, el
vino mejor, el trabajo menos pesado, imaginándose las rabietas de los
dos avaros, que con todo su dinero habían de sufrir que los rústicos de
la huerta se burlasen de ellos.
Además, aquella mancha de desolación y miseria en medio de la vega
servía para que los otros propietarios fuesen menos exigentes, y tomando
ejemplo en el vecino no aumentaran los arrendamientos y se conformasen
cuando los semestres tardaban en hacerse efectivos.
Los desolados campos eran el talismán que mantenía íntimamente unidos á
los huertanos, en continuo tacto de codos: un monumento que proclamaba
su poder sobre los dueños; el milagro de la solidaridad de la miseria
contra las leyes y la riqueza de los que son señores de las tierras sin
trabajarlas ni sudar sobre sus terrones.
Todo esto, pensado confusamente, les hacía creer que el día en que los
campos de -Barret- fueran cultivados la huerta sufriría toda clase de
desgracias. Y no se imaginaban, después de un triunfo de diez años, que
pudiera entrar en los campos abandonados otra persona que el tío
-Tomba-, un pastor ciego y parlanchín, que, á falta de auditorio,
relataba todos los días sus hazañas de guerrillero á su rebaño de sucias
ovejas.
De aquí las exclamaciones de asombro y el gesto de rabia de toda la
huerta cuando -Pimentó-, de campo en campo y barraca en barraca, fué
haciendo saber que las tierras de -Barret- tenían ya arrendatario, un
desconocido, y que «él»... «¡él!»--fuese quien fuese--estaba allí con
toda su familia, instalándose sin reparo... «¡como si aquello fuese
suyo!»
III
Batiste, al inspeccionar las incultas tierras, se dijo que había allí
trabajo para largo rato.
Mas no por esto sintió desaliento. Era un varón enérgico, emprendedor,
avezado á la lucha para conquistar el pan. Allí lo había «muy largo»,
como decía él, y además se consolaba recordando que en peores trances se
había visto.
Su vida pasada era un continuo cambio de profesión, siempre dentro del
círculo de la miseria rural, mudando cada año de oficio, sin encontrar
para su familia el bienestar mezquino que constituía toda su aspiración.
Cuando conoció á su mujer, era mozo de molino en las inmediaciones de
Sagunto. Trabajaba entonces «como un lobo»--así lo decía él--para que
en su vivienda no faltase nada; y Dios premió su laboriosidad enviándole
cada año un hijo, hermosas criaturas que parecían nacer con dientes,
según la prisa que se daban en abandonar el pecho maternal para pedir
pan á todas horas.
Resultado: que hubo de abandonar el molino y dedicarse á carretero, en
busca de mayores ganancias.
La mala suerte le perseguía. Nadie como él cuidaba el ganado y vigilaba
la marcha. Muerto de sueño, jamás se atrevía, como los compañeros, á
dormir en el carro, dejando que las bestias marchasen guiadas por su
instinto. Vigilaba á todas horas, permanecía siempre junto al rocín
delantero, evitando los baches profundos y los malos pasos; y sin
embargo, si algún carro volcaba era el suyo; si algún animal caía
enfermo á causa de las lluvias era seguramente de Batiste á pesar del
cuidado paternal con que se apresuraba á cubrir los flancos de sus
bestias con gualdrapas de arpillera apenas caían cuatro gotas.
En unos cuantos años de fatigosa peregrinación por las carreteras de la
provincia, comiendo mal, durmiendo al raso y sufriendo el tormento de
pasar meses enteros lejos de la familia, á la que adoraba con el afecto
reconcentrado de hombre rudo y silencioso, Batiste sólo experimentó
pérdidas y vió su situación cada vez más comprometida.
Se le murieron los rocines y tuvo que entramparse para comprar otros. Lo
que le valía el continuo acarreo de pellejos hinchados de vino ó de
aceite perdíase en manos de chalanes y constructores de carros, hasta
que llegó el momento en que, viendo próxima su ruina, abandonó el
oficio.
Tomó entonces unas tierras cerca de Sagunto: campos de secano, rojos y
eternamente sedientos, en los cuales retorcían sus troncos huecos
algarrobos centenarios ó alzaban los olivos sus redondas y empolvadas
cabezas.
Fué su vida una continua batalla con la sequía, un incesante mirar al
cielo, temblando de emoción cada vez que una nubecilla negra asomaba en
el horizonte.
Llovió poco, las cosechas fueron malas durante cuatro años, y Batiste no
sabía ya qué hacer ni adónde dirigirse, cuando en un viaje á Valencia
conoció á los hijos de don Salvador, unos excelentes señores (Dios les
bendiga), que le dieron aquella hermosura de campos, libres de
arrendamiento por dos años, hasta que recobrasen por completo su estado
de otros tiempos.
Algo oyó él de lo que había sucedido en la barraca, de las causas que
obligaban á los dueños á conservar improductivas tan hermosas tierras;
pero ¡iba transcurrido tanto tiempo!... Además, la miseria no tiene
oídos; á él le convenían los campos, y en ellos se quedaba. ¿Qué le
importaban las historias viejas de don Salvador y el tío -Barret-?...
Todo lo despreciaba y olvidaba contemplando sus tierras. Y Batiste
sentíase poseído de un dulce éxtasis al verse cultivador en la huerta
feraz que tantas veces había envidiado cuando pasaba por la carretera de
Valencia á Sagunto.
Aquello eran tierras: siempre verdes, con las entrañas incansables
engendrando una cosecha tras otra, circulando el agua roja á todas horas
como vivificante sangre por las innumerables acequias y regadoras que
surcaban su superficie como una complicada red de venas y arterias;
fecundas hasta alimentar familias enteras con cuadros que, por lo
pequeños, parecían pañuelos de follaje. Los campos secos de Sagunto
recordábalos como un infierno de sed, del que afortunadamente se había
librado.
Ahora se veía de veras en el buen camino. ¡A trabajar! Los campos
estaban perdidos; había allí mucho que hacer; pero ¡cuando se tiene
buena voluntad!... Y desperezándose, este hombretón recio, musculoso, de
espaldas de gigante, redonda cabeza trasquilada y rostro bondadoso
sostenido por un grueso cuello de fraile, extendía sus poderosos brazos,
habituados á levantar en vilo los sacos de harina y los pesados pellejos
de la carretería.
Tan preocupado estaba con sus tierras, que apenas si se fijó en la
curiosidad de los vecinos.
Asomando las inquietas cabezas por entre los cañares ó tendidos sobre el
vientre en los ribazos, le contemplaban hombres, chicuelos y hasta
mujeres de las inmediatas barracas. Batiste no hacía caso de ellos. Era
la curiosidad, la expectación hostil que inspiran siempre los recién
llegados. Bien sabía él lo que era aquello; ya se irían acostumbrando.
Además, tal vez les interesaba ver cómo ardía la miseria que diez años
de abandono habían amontonado sobre los campos de -Barret-.
Y ayudado por su mujer y los chicos, empezó á quemar al día siguiente de
su llegada toda la vegetación parásita.
Los arbustos, después de retorcerse entre las llamas, caían hechos
brasas, escapando de sus cenizas asquerosos bichos chamuscados. La
barraca aparecía como esfumada entre las nubes de humo de estas
luminarias, que despertaban sorda cólera en toda la huerta.
Una vez limpias las tierras, Batiste, sin perder tiempo, procedió á su
cultivo. Muy duras estaban; pero él, como labriego experto, quería
trabajarlas poco á poco, por secciones; y marcando un cuadro cerca de su
barraca, empezó á remover la tierra ayudado por su familia.
Los vecinos burlábanse de todos ellos con una ironía que delataba su
sorda irritación. ¡Vaya una familia! Eran gitanos como los que duermen
debajo de los puentes. Vivían en la vieja barraca lo mismo que los
náufragos que se aguantan sobre un buque destrozado: tapando un agujero
aquí, apuntalando allá, haciendo verdaderos prodigios para que se
sostuviera la techumbre de paja, distribuyendo sus pobres muebles,
cuidadosamente fregoteados, en todos los cuartos, que eran antes
madriguera de ratones y sabandijas.
En punto á laboriosos, eran como un tropel de ardillas, no pudiendo
permanecer quietos mientras el padre trabajaba. Teresa la mujer y Roseta
la hija mayor, con las faldas recogidas entre las piernas y azadón en
mano, cavaban con más ardor que un jornalero, descansando solamente para
echarse atrás las greñas caídas sobre la sudorosa y roja frente. El hijo
mayor hacía continuos viajes á Valencia con la espuerta al hombro,
trayendo estiércol y escombros, que colocaba en dos montones, como
columnas de honor, á la entrada de la barraca. Los tres pequeñuelos,
graves y laboriosos, como si comprendiesen la grave situación de la
familia, iban á gatas tras los cavadores, arrancando de los terrones las
duras raíces de los arbustos quemados.
Duró esta faena preparatoria más de una semana, sudando y jadeando la
familia desde el alba á la noche.
La mitad de las tierras estaban removidas. Batiste las entabló y labró
con ayuda del viejo y animoso rocín, que parecía de la familia.
Había que proceder á su cultivo; estaban en San Martín, la época de la
siembra, y el labrador dividió la tierra roturada en tres partes. La
mayor para el trigo, un cuadro más pequeño para plantar habas y otro
para el forraje, pues no era cosa de olvidar al -Morrut-, el viejo y
querido rocín. Bien se lo había ganado.
Y con la alegría del que después de una penosa navegación descubre el
puerto, la familia procedió á la siembra. Era el porvenir asegurado. Las
tierras de la huerta no engañaban; de allí saldría el pan para todo el
año.
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