los ojos para no ver al conductor, se hacía la ilusión de que aquél
marchaba solo, como un animal inteligente y amaestrado que obedecía su
voluntad sin que ella necesitase valerse de palabras.
Todos los días veía á la ida y á la vuelta este paisaje maravilloso de
la Costa Azul, acostumbrándose á él como si fuese un espectáculo
ordinario; pero ahora creía encontrar en su contemplación una
inexplicable novedad, un atractivo misterioso. Era sin duda el hálito de
la primavera anunciando desde lejos su llegada; los juveniles efluvios
de esa pubertad del año que parece cambiar el aspecto de las cosas y el
carácter de las personas.
Iba á empezar el mes de Marzo y habían terminado las fiestas del famoso
Carnaval de Niza. La mayor parte de Europa vivía aún en el invierno,
mientras aquí jardines, montañas, cielo y mar habían repelido la
tristeza de los días fríos, saludando con su envoltura luminosa y sus
perfumes la presencia de una juventud más.
El Mediterráneo de color turquesa, aclarado por la luz del ocaso, tenía
la diafanidad engañadora de un mar irreal. En sus orillas se reproducían
invertidos los pueblos de color de rosa, las «villas» de blancas
columnatas, los grupos de árboles, lo mismo que en las riberas de un
lago. Las montañas, al repetirse con la cumbre abajo en este mar de
reflejos, lo festoneaban de triángulos de sombra azul. Las barcas
parecían flotar en plena atmósfera, y cada una de ellas llevaba otra
debajo, con la vela triangular apuntando al abismo, pegados sus dos
cascos, fondo con fondo, como gemelos nacidos de la luminosidad
fantasmagórica de la tarde.
«Muy hermoso, demasiado hermoso», pensaba ella.
Y como deseamos con preferencia lo que está lejos de nosotros, evocó el
recuerdo de las olas bravas del Atlántico y las ondulaciones
tempestuosas del Pacífico. Un capricho imaginativo le hizo ver de pronto
una pianola y una orquesta ruidosa, pretendiendo acoplar la diversidad
de los mares á estos dos términos de comparación. Luego se arrepintió de
su injusticia con el dulce Mediterráneo. La hermosura ordenada y
tranquila es un gran don de nuestra existencia, pero sólo la sabemos
apreciar al encontrarla de nuevo, después de largo eclipse.
Empezaba á anochecer cuando el automóvil de la señora Douglas entró en
Niza por el lado del puerto, siguiendo la sección más desierta del paseo
de los Ingleses. Vió á continuación extenderse frente al mar una larga
fila de hoteles lujosos y alzarse en último término la cúpula roja del
Negresco. Los grupos de transeuntes eran cada vez más compactos,
mejorando su aspecto y su vestimenta según avanzaba el automóvil. La
viuda miró distraídamente á los paseantes que se cruzaban con su
vehículo de vuelta hacia el interior de la ciudad, como si huyesen del
crepúsculo. Éste empezaba á extender sobre la bahía de los Ángeles sus
gasas color violeta, en cuyos pliegues brillaban perdidas las primeras
estrellas.
De pronto se agitó en su asiento, movida por la sorpresa. Había creído
reconocer á alguien cuya presencia no podía esperar en aquel sitio. Pero
no obstante la rapidez con que se incorporó, como su automóvil marchaba
aprisa, no pudo ver lo que deseaba. Además, aquel transeunte que había
originado su movimiento iba con los ojos puestos en otra dirección y no
se fijó en ella, continuando su camino entre los grupos, que le
ocultaron inmediatamente.
--¡Quién no diría que es él!... ¡Qué parecido!...
Después de repetir esto mentalmente, Concha Ceballos hizo un gesto de
duda y se retrepó en su asiento, con la vista puesta en su hotel, al
extremo del paseo.
Varias veces había experimentado la misma sorpresa en diferentes
ciudades. Jugarretas de la imaginación; caprichos del recuerdo, que
parece vengarse con estos mirajes engañosos cuando le mantienen alejado
y menospreciado. Además, todos los hombres tienen en su primera juventud
un aspecto exterior que parece común, cierta uniformidad, semejante á la
de los que visten un mismo traje profesional, militares ó sacerdotes; y
aunque se diferencien por su estatura y su fisonomía, evocan la imagen
unos de otros.
Dicho encuentro sirvió para que recordase, con una visión casi
instantánea, los últimos meses de su vida, después que se hubo marchado
de Madrid.
Pronto haría un año, y al examinar este balance parcial de su existencia
no encontraba nada extraordinario. Su vida podía resumirla en tres
funciones: movimiento incesante, afán de distraerse, voluntad de
olvidar. Había viajado por ciertos países de Europa escapados á su
curiosidad en anteriores expediciones. Además, había venido dos veces á
la Costa Azul, atraída por el placer del juego. Necesitaba aturdirse,
olvidar; y de todos los vicios que divierten á los humanos, el más
«virtuoso», según ella, el que mejor conviene á una dama que vive sola y
desea mantener su prestigio social, era el juego.
Jugaba por distraerse, por emplear en algo su carácter luchador,
propenso á la acción. Y como no buscaba la ganancia y disponía de
ilimitados capitales, el azar, que vuelve su espalda á los necesitados,
la favorecía con irritante injusticia. Ganaba dinero, por lo mismo que
no le era necesario. Otras veces lo perdía; pero compensándose ganancias
y pérdidas, el resultado era que la millonaria Douglas, después de
semanas y semanas de un juego audaz, no había sufrido ninguna merma
considerable en su fortuna.
Iba vestida con gran elegancia, como siempre, pero sus preocupaciones y
apasionamientos de jugadora habían modificado algo su aspecto. Tenía en
el rostro una expresión dura y distraída, reflejo de las combinaciones
estratégicas que ideaba á todas horas para batirse con la Suerte.
Además, llevaba á Monte-Carlo, fuese cual fuese su vestido, un bolso de
mano grande, casi igual al que usaba en sus viajes, guardando en su
interior varios fajos de billetes de mil francos, que unas veces
regresaban á Niza multiplicados y otras tardes se quedaban allá, para
volver á reunirse con ella pocos días después. El precioso bolso no la
obligaba á grandes precauciones ni le hacía sufrir inquietudes. Esta
tarde regresaba algo repleto, y sin embargo lo había abandonado sobre
el asiento del automóvil, como si lo olvidase.
Para su vida sentimental, el suceso más importante en los últimos meses
había sido el regalo de cierto perrillo japonés que le había hecho en
París una amiga de Nueva York, después de terminar su viaje alrededor
del mundo. Este animal exótico era ahora el compañero predilecto de su
existencia. Rina compartía tal amor, mas no sin sentir celos al ver cómo
el recién llegado disminuía su personalidad cerca de la viuda. Ésta
pensaba ahora en su perrillo con la vista fija en la cúpula del Hotel
Negresco, cada vez más próxima, y creía escuchar ya los ladridos con que
acogería la presencia de su dueña. ¡Lástima tener que separarse de él
todas las tardes cuando iba al Casino de Monte-Carlo!...
También había encontrado á Arbuckle tres veces, «por casualidad»,
después que se alejó de ella en Madrid para ir á Sevilla. Como siempre,
le iba saliendo al paso en los hoteles, y cuando la viuda empezaba á
fatigarse de su presencia, tenía el acierto de inventar un nuevo viaje,
no volviendo hasta meses después. Ahora debía estar en Egipto. Los
diarios hablaban mucho de la tumba de un Faraón recién descubierta, y él
se había creído obligado á presenciar dichas excavaciones, como buen
americano que debe verlo todo y saberlo todo. Pero la viuda presentía de
un momento á otro la reaparición de su discreto solicitante.
Además había sufrido la desagradable impresión de encontrar en París á
Casa Botero. Este hombre la miró en el primer momento con una expresión
de odio impetuoso, capaz de rebasar los límites de las conveniencias
sociales. Luego, refrenando los impulsos de su rencor, inició una
sonrisa y un saludo, pretendiendo hablar con ella. Pero la viuda había
seguido adelante con hostil altivez. Una mujer que se decide á dar
puñetazos no va luego á ofrecer su mano, lo mismo que un boxeador cuando
termina su combate.
Este individuo debía hablar mal de ella en todas partes. Pensó después
que tal vez callaba, avergonzado por el recuerdo de aquella escena en un
hotel de Madrid. De un modo ó de otro, le era indiferente el tal Casa
Botero. Y fingió no reconocerle, tantas veces como volvió á encontrarlo
en teatros y fiestas sociales. Hasta lo había visto de lejos, días
antes, junto á una mesa de juego en el Casino de Monte-Carlo. Iba
acompañando á una señora de elegancia vistosa y edad madura, con el
rostro mineralizado en fuerza de coloretes y afeites. Alguna millonaria
á la que pretendía conferir el enigmático título de marquesa de Casa
Botero. La viuda pasó junto á él sin mirarle, pero satisfecha del
encuentro. Un motivo más de tranquilidad para su porvenir, que deseaba
dulcemente monótono, sin los altibajos y los conflictos que tanto gustan
á las naturalezas exaltadas.
¿Y el otro?... Ella no quería pensar en el otro, porque era el que le
interesaba más. Podía jurarse á sí misma que en todos los meses
transcurridos desde su fuga de Madrid no había pensado en él más allá
de una docena de veces. Una mujer de voluntad debe mandar
imperativamente á sus sentimientos y pasiones.
No se había acordado de él, pero tenía al mismo tiempo la certidumbre de
que á todas horas estaba presente en su memoria. Le sabía instalado en
una revuelta de sus recuerdos. Era como esos personajes de teatro que el
público no alcanza á distinguir entre los bastidores, pero adivina que
están allí por haber visto cómo se ocultaban, y presiente que
repentinamente pueden volver á presentarse.
De tarde en tarde, el recuerdo, insubordinándose contra la tiranía de su
voluntad, se daba el malsano placer de agitarla con estremecimientos de
sorpresa, haciéndola ver á Florestán en el Bosque de Bolonia ó en los
Campos Elíseos; otras veces en el Pincio de Roma, en la plaza de San
Marcos en Venecia ó patinando sobre las nieves de Saint-Moritz. Al
concentrar luego su atención, profundamente emocionada por estos
encuentros, se iba dando cuenta de que el desconocido sólo tenía de
semejanza con el otro sus pocos años y el atletismo de una juventud
amante de los deportes físicos.
Al tranquilizarse, formulaba siempre la misma protesta interior:
«Y aunque fuese Florestán, ¿qué podría ocurrirme?... La locura de Madrid
ya terminó. No hay que pensar en ella.»
Mas al mismo tiempo que sentía el goce de su tranquilidad, mostraba
cierta decepción, como si le hubiese gustado no equivocarse en algunas
ocasiones, como si le resultase inexplicable esta ausencia definitiva.
«¿Qué habrá sido del pobre muchacho?», se preguntaba algunas veces.
Después de su huída de Madrid sólo había tenido una noticia aislada é
indirecta de aquellos amigos de unas cuantas semanas, dejados á sus
espaldas para siempre; una noticia fúnebre, venida hasta ella por el
camino más largo.
Rina había recibido en París una carta de aquel señor que vivía en
Méjico y era su consocio en la explotación de la famosa mina. Éste le
hacía saber que don Ricardo Balboa había muerto en Madrid repentinamente
á consecuencia de una aneurisma, y para dar más autenticidad á la
noticia enviaba la esquela fúnebre suscrita por la familia. Sintió
Concha Ceballos la misma conmoción que si recibiese un golpazo en el
pecho al encontrar el nombre de Florestán Balboa al pie de este aviso
mortuorio.
«¿Puede importarme acaso lo que haga ese joven?--pensó para infundirse
tranquilidad--. Siento la muerte de su padre, pero esta muerte servirá
para separarnos más aún. De seguro que va á casarse en seguida con la
señorita Mascaró... Tal vez se ha casado ya á estas horas.»
Aquella energía tranquila que acompañaba sus decisiones al ocuparse del
manejo de su fortuna acabó por restablecer la fría paz en sus
recuerdos. Una mujer que desea verse respetada debe imponer á su
memoria una disciplina igual á la de sus actos exteriores. Pero ¡ay! de
tarde en tarde su imaginación se permitía sorpresas engañosas, como la
que acababa de sufrir en el paseo de los Ingleses.
«Una simple semejanza y nada más. Lo pasado ya está pasado y no hay que
resucitarlo, ni siquiera en la imaginación.»
Como ella esperaba, le salió al encuentro en sus lujosas habitaciones
del Negresco aquel perrillo exótico, de pelos hirsutos color de miel y
hocico chato, negro y barnizado, como el de un ídolo. Era un manguito
viviente que servía de forro á una máquina incansable de ladridos.
Besó la señora este hocico grotesco, prorrumpiendo en elogios á la
hermosura del gozque. Él era el mejor amigo de su vida.
La doncella francesa que la había seguido desde Nueva York esperaba sus
órdenes para escoger entre varios vestidos de fiesta colocados sobre un
diván. Según manifestó, Rina estaba abajo, en la oficina del director,
sacando de la caja de valores el cofrecillo de joyas de la señora
Douglas. Este cofrecillo guardaba una fortuna, y era prudente, al vivir
en hoteles, que pasase la noche en la oficina de la dirección mejor que
en el dormitorio de ella.
Concha Ceballos llevaba habitualmente un collar de perlas famoso, pero
había querido sustituirlo, para la comida de gala de aquella noche, con
otro de brillantes que únicamente salía de su encierro en días
extraordinarios.
Entró Rina llevando con aire de cautela y expresión respetuosa el
cofrecillo bajo un brazo. Pero á pesar de la veneración con que manejaba
este pequeño tesoro, pareció olvidarlo al ver á la viuda, y lo dejó
sobre una mesa para hablar más desahogadamente.
--¡Si supieras á quién he encontrado hace una hora!... ¡Qué sorpresa! No
podrás acertarlo nunca.
Y sonrió como si se gozase de antemano en las angustias de la curiosidad
de la otra. Pero Concha permaneció impasible, habiendo adivinado desde
las primeras sílabas de su compañera cuál era la persona á que se
refería.
--Sé quién es--dijo fríamente--. Lo he visto desde el automóvil...
Florestán Balboa.
Rina, decepcionada por esta adivinación, continuó hablando, sin embargo,
con gran interés de dicho encuentro.
En los últimos meses su existencia había sido «vulgarísima»--como ella
decía--, sin sentir la proximidad del amor ni para su persona ni para
los demás; como si el tal amor hubiese huído para siempre de la tierra.
La presencia de Florestán Balboa representaba para Rina una atracción
semejante á la que siente el lector cuando descubre un nuevo volumen de
la novela inconclusa que tuvo que abandonar con pena meses antes. Aparte
de esto, era un hombre joven.
--Está más buen mozo que nunca. Parece más «hecho», más hombre, y con
una tristeza que le sienta muy bien. Va vestido de riguroso luto por la
pérdida de su padre. Hace como medio año que murió el pobre don
Ricardo... Hemos hablado un poco de la mina. Las cosas de Méjico van
mejor, y tal vez seré rica pronto; pero no quise insistir sobre nuestro
asunto porque adiviné que le preocupaban otras cosas. Viene de París.
Alguien le dijo allá dónde estábamos. Llegó esta mañana, y se ha alojado
en otro hotel. Estuvo aquí á la hora del té, con la esperanza de
encontrarte. ¡Como toda Niza se junta en el -hall- para bailar!... Le he
contado que esta noche hay comida de gala; pero no puede venir. Su luto
es muy reciente... De seguro lo verás mañana. Le he dicho que todas las
tardes vas á Monte-Carlo y la mejor hora para encontrarte es á mediodía,
cuando bajas á dar una vuelta por el paseo de los Ingleses.
--¿Se ha casado?--preguntó con indiferencia la viuda mientras revolvía
las joyas de su cofrecillo, creando palpitaciones de luz, oleadas de
colores ardientes, con cada movimiento de su mano.
--También hemos hablado de eso. No se ha casado aún, mas he creído
adivinar que se casará con la hija del señor Mascaró, aquella niña á la
que vimos en Madrid con la antipática de su madre... No parece que tenga
muchas ganas de hacer ese matrimonio. ¡Pobre muchacho! La niña es
bonitilla y agradable, pero un buen mozo como él merece algo mejor. Ha
nacido para casarse con una mujer de otra clase.
Sonrió mirando á su amiga, mas esta sonrisa dejaba en la duda de si era
la viuda ó ella misma la que correspondía por sus méritos á Florestán.
La señora Douglas comió y bebió sin poder apreciar los méritos de este
banquete de gala tan anunciado por el hotel. Lo mismo hubiese admitido
otros platos y otras bebidas. Contempló con fingida atención el trabajo
de los bailarines profesionales y las hermosas figurantas que se
exhibían sobre el espacio encerado, entre un triple óvalo de mesas.
Permaneció insensible igualmente á las adulaciones que le dirigía por lo
bajo su acompañante.
--Las de la mesa próxima están asombradas de tu collar. Dicen que no han
visto nada igual.
¡Qué podían importarle á ella tales alabanzas! Habló con varias
compatriotas suyas que asistían á la comida, y no supo luego con certeza
sobre qué habían conversado. Mientras su vida exterior se desarrollaba
automáticamente, comiendo sin saber lo que comía y diciendo de un modo
maquinal palabras de las que no se daba cuenta, su voluntad iba
repitiendo interiormente, lo mismo que una máquina de vapor lanza
mugidos de igual tono, pero cada vez más fuertes, según aumenta la
potencia de su energía:
«Él está aquí... Hay que terminar de una vez... Debo impedir que
vuelva.»
Hasta le pareció que Florestán se hallaba en aquel comedor. Sentía su
presencia invisible, el roce misterioso de sus ojos fijos en ella. Tal
vez la miraba desde el atrio ó del otro lado de los ventanales, oculto
entre la gente curiosa que seguía de lejos el curso de la fiesta. Y sólo
la sospecha de esta presencia real la hizo estremecerse, como uno de
esos peligros que aterran y dan al mismo tiempo la voluptuosa angustia
de lo desconocido.
Podía soportar ella fríamente las persecuciones de Arbuckle. La seguía á
todas partes, pero se apresuraba á desaparecer, como un niño vergonzoso,
apenas notaba en la viuda Douglas señales de contrariedad. No corría
riesgo alguno en tal deporte. Hasta lo encontraba á veces divertido. Mas
el otro no era Arbuckle, y ella se tenía miedo á sí misma al verse tan
débil, tan desarmada, en presencia de aquel joven que por suerte no se
había percatado de su gran poder... Pero ¡ay! si menudeaban tales
encuentros, acabaría por ocurrir lo que ella no quería que fuese. Lo más
penoso ya lo había realizado en Madrid. ¿Para qué convertir en
sacrificio estéril la tortura moral que se impuso entonces, desandando
ahora el penoso camino que ya llevaba hecho?... Era preciso continuar
hacia adelante.
Pasó gran parte de la noche sin dormir, pensando en lo que ocurriría al
día siguiente cuando encontrase á Florestán.
«Hay que terminar--seguía aconsejando su voluntad--. Hay que verle por
última vez.»
Una Concha Ceballos completamente nueva, cuya existencia no había
sospechado nunca, despertó de pronto en su interior, hablando con cínica
energía. Se sintió avergonzada al escuchar los consejos de este otro
«yo», ignorado hasta entonces.
«¡La influencia de la Costa Azul!--se dijo la viuda para explicarse la
conducta de esta mitad insospechada de su alma--. ¡La vida de amor y de
costumbres libres que me rodea en este rincón dichoso del mundo!»
Mas la «otra», sin prestar atención á sus excusas, continuaba hablando
imperiosamente:
«Ahí le tienes. Ya que viene en tu busca, sin que lo hayas llamado,
aprovecha tu buena suerte. El destino lo quiere. Haz lo que otras; no
sufras más; da un hartazgo á tu pasión en secreto. Nadie sabrá nada...
Una aventura... unos días de placer... y luego lo dejas. ¡Tantas han
hecho lo mismo!»
Mas la juiciosa señora Douglas, la de siempre, se revolvía contra estos
consejos, considerándolos absurdos. Florestán la seguiría en su segunda
fuga, como ahora venía á buscarla después de la primera. El que ama no
se satisface con una aventura única; al contrario, este corto episodio
excita sus deseos. La seguiría por todo el mundo, con la autoridad de
los derechos irrecusables adquiridos sobre ella; y ella, después de su
caída voluntaria, no podría defenderse... Paladear un placer que dura un
momento... ¿y luego? ¿Tendría la dureza precisa para abandonarlo, tras
la mutua posesión, como le aconsejaba aquella personalidad demoniaca
surgida inopinadamente de ella misma?... No; después de una breve
entrega, terminada por una fuga, la situación de los dos aún resultaría
peor.
De pronto, como el esfuerzo decisivo que inclina con su presencia el
resultado de un combate, asomó en su recuerdo una carita de joven
llorosa: la novia de Florestán. Aquella muchacha estaba lejos; no podía
defenderse... Además, ella le había hecho una promesa. ¡Qué infamia
abusar de su ausencia!...
«Es preciso romper para siempre. No verle otra vez; impedir que vuelva.»
Pero al adoptar la amazona esta resolución sintió ablandarse su fiereza
y se dijo interiormente, como si lanzase un lamento:
«Ahora que ya me había acostumbrado á vivir sin su recuerdo... ¡verle
otra vez! ¡resucitar lo que tanto me costó de dar muerte!... Pero es
preciso... ¡es preciso!»
Bajó en la mañana siguiente al paseo de los Ingleses, poco después de
las once, cuando era más numerosa la concurrencia de los que toman el
sol junto al mar, esperando que el cañonazo de mediodía disuelva á los
grupos y los envíe en todas direcciones, hacia sus hoteles y casas, en
busca del almuerzo.
Iba escoltada por Rina, que mantenía pegado á sus faldas el perrillo
japonés, llevando corta la trenza de cuero sujeta á su collar. En vez de
ir paseo abajo, hacia su principio, donde se aglomeran los invernantes,
ocupando bancos y sillas frente á restoranes y cafés para oir sus
orquestas, siguieron en dirección contraria, aproximándose al barrio
llamado de la California. Según iban avanzando, los presentes eran más
escasos y el malecón tomaba un aspecto de ribera marítima. Había en esta
playa falta de arena varias barcas de pesca puestas en seco sobre los
guijarros redondos, iguales á galletas azuladas ó grises. La luz del
sol, blanca en fuerza de ser intensa, se reflejaba sobre el índigo del
mar como una lluvia de plata voladora.
La señora Douglas estiró su labio superior con el gesto hostil y sombrío
que apoyaba sus resoluciones decisivas. Había que terminar, y era
preciso que fuese cuanto antes...
En la playa, un grupo de curiosos admiraba tendidos á sus pies dos
pescados enormes é inánimes. Tenían dientes de sierra, lomo obscuro
espolvoreado de blanco y ojos muertos, que aún parecían guardar en su
fijeza una expresión de ferocidad. Un marinero canoso, barbudo y
melenudo, de mirada dulce, que tenía gran semejanza--como muchos
nicenses viejos del puerto--con su compatriota el caudillo Garibaldi,
explicaba á los curiosos la captura de estos dos tiburones del
Mediterráneo, que habían destrozado gran parte de sus redes. Formaban
pareja: macho y hembra. El pescador no sabía distinguir el sexo de cada
uno, pero estaba seguro de que eran así.
--Y entonces, el macho, que aún podía escapar--dijo con su musical
acento italiano--, viendo prisionera á su hembra, prefirió lanzarse en
las redes para librarla ó morir con ella... Yo le he visto con mis ojos,
señores míos.
Al oir Concha Ceballos tal relato desde lo alto del paseo, sintió cierta
emoción, no obstante estar segura de su falsedad. Aquel navegante
romántico daba á las bestias egoístas y feroces del abismo las mismas
pasiones que alegran y entristecen á los humanos. Hacía descender el
amor á las profundas obscuridades marítimas, donde el sol toma al
perderse en las aguas un color de sangre, y no hay otra vida que devorar
ó ser devorado. ¡Ah poeta «camisa roja»! ¡Rapsoda mediterráneo!...
En un restorán barato, al otro lado del paseo, banqueteaba el cortejo de
una boda nicense, gente popular que aclamaba á los novios, expresando
sus alegrías de un modo ruidoso.
Unos cuantos músicos disfrazados de pescadores napolitanos acompañaban
con guitarras y mandolinas las canciones de un tenor. Tenía la voz
engolada y dulzona del cantante popular; voz que hace sonreir de lástima
bajo un techo y humedece los ojos al ser oída de noche en un canal
veneciano, ó bajo la lluvia áurea del sol entre los promontorios rojos
del golfo de Nápoles.
-Vieni al mare-
-Vieni al maaare...-
Así gemía el tenor invisible, acompañado por un dulce temblor de
cuerdas, y la señora Douglas se sintió ablandada, como si la invitación
del cantante fuese para ella.
El mar era la libertad, el olvido, una nueva existencia filtrada por la
pureza de los inmensos horizontes; de las azules soledades; de las
auroras sobre el océano desierto, que nadie puede ver y si extienden los
nácares de su cándida diafanidad es para admirarse á sí mismas; de los
regios ocasos de púrpura y oro, que afirman la promesa de un nuevo día y
tienen como la llanura oceánica la majestad melancólica de lo eterno.
«Ven al mar...» Ella aceptaba esta invitación al viaje y al olvido... Y
contempló imaginariamente, como lugares de refugio y paz, todos los
puertos visitados en su vida anterior, con bosques de mástiles, cuerdas
y velas puestas á secar, con muelles de piedra verdosa y viejas anillas
de hierro oxidado, de los que se despega lentamente la pared de acero
del trasatlántico, abriendo una distancia de medio metro, que va á
crecer y á prolongarse en el infinito durante miles de leguas. Unos
puertos olían, bajo el sol incendiario, á bananas recalentadas, á frutos
picantes, á especiería y maderas preciosas; otros eran de cielo gris con
un perfume de té, de ginebra, de tabaco con opio; y en los muelles de
todos ellos multitudes abigarradas, confusión de idiomas, cruzamientos
grotescos de civilización y barbarie, colosales máquinas de acero y
carretas de búfalos con discos de madera por ruedas, gentes cobrizas,
negras, pálidas, rojas.
¡Viajar!... ¡Olvidar!... Concha Ceballos se acordó repentinamente de
cierto profesor viejo de Los Angeles que citaba en latín unos versos de
Horacio, excusando con ellos la falta de curiosidad que le había
retenido en el mismo rincón del mundo, sin conocer otras tierras.
«La negra preocupación monta detrás del jinete. No nos abandona por más
que cambiemos de sitio.»
Así es. Cuando saltamos al buque, otro más ágil ha pasado antes que
nosotros: el eterno compañero de viaje, duende testarudo que no admite
engaños y nos sigue por más que intentemos desorientarle y librarnos de
su presencia con astutas jugarretas.
Mas aunque nos siga, como la sombra sigue al cuerpo, el tiempo y el
espacio acaban por influir en él. No nos libran de su compañía, pero
consiguen modificarla. La señora Douglas seguía creyendo en el poder del
mar, y comparaba la «negra preocupación» que nos acompaña á todas partes
con esos vinos del viejo mundo que, al cruzar el Océano, cambian de
cuerpo y de perfume, suavizándose.
De pronto sintió extrañeza al verse en aquel paseo sin otra compañía que
la de su amiga. Sólo habían transcurrido unos segundos, mas á ella le
parecieron largos y repletos de melancólicas reflexiones, como si fuesen
horas tristes. Miró á un lado y á otro sin encontrar al que esperaba.
Debía estar oculto, observándola de lejos. Adivinó en el espacio la
presencia real del mismo ser que llenaba su recuerdo. ¿Es que no
vendría, por una malicia inconsciente, dejando que su voluntad se
ablandase en dolorosa espera?...
Sintió á su espalda una voz que la hizo estremecerse, á pesar de que
esperaba oirla desde que salió del hotel.
--Señora Douglas... Doña Concha...
Con este saludo ceremonioso anunció su presencia. Y ella le vió surgir
ante sus ojos más grande, más fuerte, que al conocerlo en el salón de
trabajo de su padre.
Era el héroe Esplandián, el caballero San Jorge, rubio, de membruda
esbeltez, sereno y fuerte; pero ahora tenía una luz melancólica en su
mirada, un velo de tristeza ante su rostro, una expresión de desaliento
en toda su persona. Era el paladín todavía fatigado y convaleciente
después de su pelea con el dragón.
La viuda sintió un pinchazo material en sus entrañas, algo que le hizo
sospechar si habría quedado olvidado entre sus ropas interiores algún
alfiler que la hería traidoramente. Tuvo que realizar un esfuerzo de
voluntad para no llevarse la diestra al vientre dolorido.
El perro japonés, escandalizado por la confianza con que aquel hombre se
aproximaba á su dueña ó advertido por obscuro instinto de la presencia
de un rival, empezó á ladrar, furioso y grotesco, intentando morder sus
pantalones.
--¡Llévate á esa bestia odiosa!--ordenó con voz colérica la señora.
En aquel momento lo encontraba feo, no pudiendo explicarse los elogios
que le había dedicado tantas veces.
Rina conocía bien sus obligacions de confidenta, lo que debe hacer una
perfecta compañera cuando nota que el amor aún existe en el mundo y se
aproxima benevolente para alguien. Tomó al perrillo en brazos y se
alejó, hablándole en voz alta mientras le mostraba el mar y las velas
triangulares que se deslizaban por la línea del horizonte. Dejó á sus
espaldas un espacio de más de veinte metros, para que los dos
conversasen con toda libertad sin preocuparse de ella.
Florestán, como si temiera un retroceso de Rina y desease aprovechar
cuanto antes la ocasión de hallarse á solas con la señora Douglas,
empezó á hablar precipitadamente. Mostraba el ansia del que quiere decir
de un tirón todo lo que lleva en su pensamiento, después de haberlo
preparado en largas horas de labor reflexiva. Era la verbosidad del
tímido, que habla aprisa queriendo evitar con esto las objeciones del
que le escucha y que no corten el desarrollo de su discurso. Parecía
subirse sobre sus propias palabras para saltar con nuevo ímpetu,
diciendo todo lo que necesitaba decir.
Primeramente justificó su presencia en Niza con una mezcla de pretextos,
verdaderos y falsos. Había ido á París para el arreglo de ciertos
asuntos que dejó inconclusos su padre: antiguas empresas industriales,
invenciones susceptibles de explotación... Encontró allá á Haroldo
Arbuckle, que acababa de llegar de Egipto, y éste le había hecho saber
dónde vivía la señora Douglas en aquel momento.
Tal vez vió la expresión irónica é incrédula con que los ojos de aquella
mujer acogían sus excusas; tal vez sintió un espontáneo deseo de volver
al camino de la verdad, por juzgarlo más corto y amplio.
--¿Para qué mentir?--dijo enérgicamente--. Fuí á París sólo para
buscarla, y hube de hacer muchas averiguaciones, hasta que por suerte
encontré á ese amigo, que me dijo dónde estaba usted. Necesitaba verla.
Allá en Madrid he pasado días muy tristes, sin poder explicarme mi
desgracia, sin poder ir en busca suya, porque me era imposible abandonar
á mi padre. Le he escrito muchas cartas, ¡muchas!... Las he enviado á
todos los lugares mencionados por usted en aquellas conversaciones que
tuvimos en España, y de las que me acuerdo casi palabra por palabra.
Hasta le escribí al rancho de «Laguna Brava», allá en California, la
propiedad de que me habló muchas veces. Si no ha recibido aún esas
cartas, algún día llegarán á sus manos. Las enviaba al otro hemisferio
de la tierra con la dolorosa certeza de que usted vivía más cerca de mí.
Pero ¿dónde?... ¿cómo averiguarlo?...
Calló, entristecido por el recuerdo de aquella época de forzada
inmovilidad en la casa paterna, lanzando sus desesperados llamamientos
sobre la curva de medio globo terráqueo.
--Al morir mi padre--siguió diciendo--, mi tristeza fué grande. Nada
tiene de extraordinario que un hijo llore á su padre... Pero al mismo
tiempo pensaba: «Ya eres libre; ya tienes dinero para lanzarte por el
mundo. Puedes ir á buscarla, y sabrás al fin por qué te dejó de un modo
tan inexplicable, cortando con su fuga la mejor época de tu vida...»
Y como si diciendo esto hubiese llegado al punto más importante para él,
cambió de voz, preguntando con un tono de lamentoso reproche:
--¿Por qué me abandonó usted apenas estuve fuera de peligro?... ¿Qué le
hice para ofenderla de tal modo?
En sus largas reflexiones, Florestán había llegado á la conclusión de
que algo había hecho de malo y ofensivo para la señora Douglas: algo que
su inexperiencia no podía atinar, pero que impulsó á la otra á
marcharse. Y sus ojos humildes imploraron perdón por esta falta suya que
él no llegaba á descubrir, aunque indudablemente había existido.
Concha Ceballos le miró un momento, conmovida por tal candidez.
¡Ofenderla á ella!... Pero en seguida se arrepintió de su emoción. Una
blandura peligrosa empezaba á diluir la firmeza de su voluntad. No; ella
no debía prolongar ni repetir estas entrevistas. Era entregarse á
sabiendas al vencimiento. Debía levantar un obstáculo entre los dos;
algo inmenso que llegase hasta el cielo, siendo tan abrupto y cortado en
sus laderas que no permitiese sendero alguno; algo igual á las ásperas
cordilleras que durante siglos y siglos mantienen á los grupos humanos
instalados en sus dos vertientes opuestas, sin conocerse, sin poder
comunicarse, ignorándose, como si los del otro lado no hubiesen venido
al mundo.
Este obstáculo ella tenía el medio de crearlo. Lo había imaginado la
noche antes, en ese momento indefinible que sigue á las horas de larga
vigilia, cuando el monstruo del insomnio, cansado de roernos, abre sus
mandíbulas y nos deja caer, rotos é inánimes, con un pensamiento confuso
que no sabe si aún está en el mundo real ó ha entrado en los dominios
del sueño; pensamiento que funciona irregularmente, creando á la vez
ideas de extraordinaria originalidad ó incoherencias y disparates.
Tal vez este obstáculo no era una creación verdaderamente suya,
inspirada por el peligro; bien podría resultar que fuese un recuerdo
inconsciente de olvidadas lecturas, como tantos actos de nuestra vida
que consideramos originales. Ella se había resistido en el primer
momento á su adopción, juzgándolo extraordinario, paradojal en
demasía... mas ¿acaso en nuestra existencia todo es plano, mediocre,
monótono? Hasta las vidas groseramente vulgares tienen un año, un día ó
una hora en que toma su curso la viveza dramática, el sentimentalismo ó
el magnífico dolor de los personajes imaginarios del teatro y del libro.
Había que hacer surgir la montaña entre los dos. Y si esto no era
bastante, si él con su ardor juvenil intentaba cortar escalones en la
roca, abrir senderos para volver hacia ella, entonces que la encontrase
en brazos de otro hombre, protegida por un esposo capaz de defenderla
con su presencia de las cobardías de la tentación.
Lo primero era alejar á este hombre, hacer que siguiese la órbita
natural de su existencia; suprimir la fuerza desviadora que lo había
sacado del curso ordinario de su destino. Luego, ella se casaría; lo
había decidido la noche anterior. Era un modo de vivir á cubierto de las
sorpresas dramáticas que puede darnos la vida cuando hemos prescindido
de pagar á la juventud lo que le corresponde y queremos satisfacer
luego la deuda fuera de tiempo. Un marido la permitiría vivir igualmente
á cubierto de tantos Casa Botero que vagan por las grandes ciudades,
queriendo convertir el matrimonio en herramienta de trabajo. Pensaba
casarse con Arbuckle. Sería una asociación amistosa y tranquila para
pasar el resto de la existencia en honorable paz. Ella necesitaba un
hombre á quien mandar, y nadie mejor que este compatriota.
De pronto se sorprendió escuchando su voz, que preguntaba con un tono de
irónico reproche:
--¿Y usted no se ha casado todavía con la hija de aquel catedrático que
conocí en Madrid?...
Hizo Florestán ante esta pregunta inesperada un gesto que casi fué de
regocijo. Creyó haber encontrado el misterio de aquella fuga
inexplicable. La californiana había huído por celos de la otra. Y
convencido de esto, se expresó con la vehemencia del que dice la verdad.
La hija de Mascaró era la compañera de su infancia; se querían con la
ternura del cariño; ¿pero amor?... No; él se había imaginado amarla
antes de conocer á cierta persona...
--Luego me he convencido de que sólo puedo amarla á usted... Mi padre
murió creyendo que yo voy á casarme con esa muchacha. Los de su familia
creen igualmente, como algo indiscutible, que seré su marido apenas haya
terminado este viaje que ellos se imaginan motivado por negocios de mi
herencia... Usted sabe la verdad. Yo vengo para decirle que mi verdadera
vida sólo puede existir al lado de usted. La otra no es mas que una
amiga, una compañera, y si usted quiere...
Concha Ceballos hizo un ademán para imponerle silencio. Estaba pálida;
su mirada era dura; tenía en su boca el estiramiento agresivo de las
horas difíciles.
--No siga hablando--ordenó enérgicamente--; eso que usted dice resulta
monstruoso. Yo deseaba callar, pero ya no es posible. No añada una
palabra: se avergonzaría usted luego.
Y hubo en su voz grave tal expresión de escándalo, de protesta, que el
joven quedó vacilante y desorientado, como si acabase de decir algo
inaudito, de cuya magnitud no se daba cuenta. Viendo la expresión
interrogante de sus ojos, la otra continuó:
--Tuve que abandonarle en Madrid porque era necesario. Me atraía usted
con la fuerza de un sentimiento que yo necesitaba mantener indefinido.
Pero llegó una hora en que me di cuenta de que interpretaba usted mal
ese sentimiento, y tuve miedo, el miedo que inspira lo monstruoso...
Acuérdese de lo que ocurrió entre nosotros el mismo día que le abandoné
al cerrar la noche. Confieso que yo le había besado antes, algunas
veces, durante su delirio. Aquel día volvimos á besarnos á sabiendas,
por mutuo consentimiento; mas al recibir su beso adiviné el terrible
error que existía entre los dos; vi un peligro en el que sólo puede
pensarse con temblores de vergüenza... Y usted, ¡pobrecito mío! no tenía
la culpa. ¿Cómo podía tenerla? Usted no sabía, y no era extraordinario
que se equivocase... Pero yo sabía, yo sé, y por eso huí entonces, por
eso he evitado después su presencia. Usted ha tomado por amor, tal como
lo entienden las gentes, por una atracción natural entre hombre y mujer,
lo que sólo es...
Quedó indecisa y en silencio, como si no se atreviese á completar su
revelación con nuevas palabras.
Durante unos momentos se interesó Florestán por este misterio que la
otra dudaba en revelar. Luego su curiosidad pareció extinguirse. Como
todos los que sienten la obsesión de una idea tenaz, volvió á la suya,
por creer que era lo más importante en aquella entrevista.
--He venido á buscarla después de reflexionar largamente sobre mi vida
futura. Lo que he dejado detrás de mí quedará suprimido, si usted
quiere. No volveré á España. Olvidaré las promesas que haya podido hacer
allá á causa de mi inexperiencia. Lléveme con usted para siempre...
Su voz se caldeaba con un ardor pasional. Había perdido su timidez de
los primeros momentos. Concha adivinó una explosión inmediata de ruegos
amorosos, de juramentos entusiásticos, de peticiones ansiosas, y con una
voluntaria frialdad le interrumpió, preguntando:
--¿Se acuerda usted de su madre?...
Quedó el joven desconcertado por la incoherencia de esta pregunta en
mitad de su declaración de amor. ¿Por qué se acordaba ella de su pobre
madre, figura remota é indecisa que apenas si emergía visible en su
pasado, como una silueta pálida?...
La señora Douglas continuó hablando, con los ojos bajos y una arruga
vertical entre las cejas. Parecía avergonzada de sus palabras, y las iba
murmurando con voz monótona, sin matices, lo mismo que si rezase una
oración.
Recordó lo que le había contado el joven muchas veces en sus
conversaciones de Madrid. No había visto nunca á su madre. Ni siquiera
tuvo, cual otros huérfanos, el amor de una criada vieja que se encarga
de cuidarlos en sus primeros años y les habla de la desaparecida,
creando en su memoria una segunda personalidad inmaterial de la madre,
como si la hubiesen visto realmente al principio de su existencia,
cuando aún no podían discernir la forma y el valor de lo que pasaba ante
sus ojos. Florestán, desorientado por lo que decía aquella mujer, iba
asintiendo, sin embargo, con movimientos de cabeza.
--Sí; sólo encontré en mi casa una fotografía antigua de mi madre, tan
borrosa, que me era preciso verla con la imaginación más que con los
ojos... Porque no conocí á mi madre, amé á mi padre mejor tal vez que la
mayoría de los hombres quieren al suyo... Pero ¿por qué me habla usted
de todo eso?...
Al fin se decidió ella á hacer emerger el inmenso obstáculo, lo mismo
que los antiguos taumaturgos podían levantar masas inmensas con la sola
energía de sus palabras.
--Hablo de eso--dijo sombríamente--por dar contestación á lo que me
pregunta, por justificar una huída que le parece incomprensible. ¿No ha
pensado usted alguna vez en la posibilidad de que su nacimiento fuese
otro que el que le contó con tanta brevedad su padre?... ¿No cree que
puede haber existido más de un misterio amoroso en la historia juvenil
del ingeniero Balboa, hombre apuesto é interesante, que viajó mucho por
América y pudo conocer numerosas mujeres?...
Quedó mirándola Florestán, con los párpados dilatados por el asombro y
la duda. No alcanzaba á entender por entero lo que pretendía decirle
aquella señora. Y ésta, deseosa de dar ayuda á su comprensión, volvió á
hablar:
--Por eso me alejé de usted al ver que se equivocaba en la apreciación
de mi afecto. Yo soy la única mujer en el mundo que no puede amarle como
las otras mujeres... Suponer lo contrario sería horrible...
Florestán la interrumpió sonriendo con una expresión de duda, como si
fuese á enunciar algo disparatado, pero al mismo tiempo con cierta
inquietud en su voz:
--No pretenderá usted hacerme creer que es mi madre...
Ella levantó los ojos, le miró fijamente, y con voz lenta y fría, que
parecía dejar caer las palabras, repuso:
--¿Por qué no puedo serlo?...
Hubo un largo silencio. El joven quiso repetir su sonrisa, pero ésta se
extinguió en sus labios apenas nacida. El gesto grave y doloroso de
aquella mujer parecía aplastar su incredulidad. Se quitó el sombrero
maquinalmente, á pesar de que estaba bajo los rayos del sol, y se rascó
un lado de su cabeza, como si pretendiese restablecer con este
frotamiento el orden de las ideas, alborotadas y revueltas, en el
interior de su cráneo.
Los músicos de la boda coreaban una nueva romanza marineresca del tenor.
Los grupos de paseantes iban del asfalto del malecón hasta la acera del
restorán, agolpándose ante su verja. Ninguno de los dos oyó esta
serenata napolitana, en pleno día, que iba atrayendo á todos los que
transitaban por un extremo del paseo de los Ingleses.
--¡Veamos!... ¡Esto resulta absurdo!--dijo él con voz irritada--. Usted
es todavía joven. Usted no tiene años para ser... eso que pretende
ser...
Le miró ella con una conmiseración afectuosa y protectora.
--¿Cómo sabe usted mis años?... Las mujeres de ahora no tenemos edad.
Somos eternamente jóvenes, hasta que una mañana, al despertar, dejamos
de serlo para siempre. Yo soy más vieja, muchísimo más vieja que usted
cree.
Siguió martirizándose el joven una de sus sienes con nervioso
frotamiento, como si esto le sirviera para extraer nuevas dudas.
--Pero usted y mi padre no eran amigos. Hasta creo que se llevaban mal,
y usted le envió cartas que le causaron grandes disgustos.
--Consecuencias del pasado--dijo ella--. Esa misma falta de amistad
entre los dos prueba las buenas relaciones de otros tiempos. Tal vez no
pudo aceptar nunca que yo me casase con otro hombre, después de habernos
conocido allá en California. Bien pudo ser también que yo le odiase
porque no quiso casarse conmigo.
--Tengo en mi casa documentos que desmienten todo eso... Mi partida de
bautismo menciona el nombre de mi madre... Yo nací en Méjico. Es verdad
que mi nacimiento fué cerca de la frontera de los Estados Unidos... pero
en Méjico; y usted creo que no ha estado allí nunca.
Ella tuvo fuerzas para sonreir con una expresión maliciosa.
--En aquella tierra de revoluciones, y en una provincia lejana donde
cambian con frecuencia las autoridades, no es difícil inventar cuantos
documentos se necesitan... Su padre era un caballero, y procuró librar
mi pasado de sospechas.
--¡Júremelo!--dijo Florestán con voz ruda.
--¿Para qué?... La prueba mejor es que una mujer de vida honesta y
cierto rango social se decida á hacer una confesión tan dolorosa. ¡Qué
esfuerzo, qué sacrificio interior, para revelar secretos de tal
especie!...
Florestán parecía anonadado por estas explicaciones. Adivinó ella que
empezaban á disgregarse sus dudas, y queriendo abatirlas completamente,
fué añadiendo:
--A una mujer hay que creerla cuando se resuelve á decir cosas de tanta
importancia. Es muy doloroso comunicar las verdades ocultas que
entenebrecen nuestro pasado... Recuerde cómo en Madrid preferí huir,
antes que hacerle saber una verdad tan cruel. Por mi gusto, nunca me
hubiese acordado de ella. Pero ahora es preciso que usted la conozca. No
quiero que interprete mal aquellas caricias mías cuando le vi en peligro
de muerte. Es necesario que sepa lo que debemos ser el uno para el otro,
y luego nos separemos guardando los dos un secreto que hasta hace un
momento sólo era mío.
Sonó á lo lejos, sobre la colina del antiguo castillo de Niza, el
cañonazo anunciador de mediodía. Los dos estaban tan preocupados, que no
oyeron la detonación. Él surgió de su ensimismamiento con la repentina
energía del que se da cuenta de un peligro inmediato.
--¡Pero yo no quiero que nos separemos!... Yo necesito vivir junto á
usted; necesito seguirla á todas partes... como lo que yo quería ser ó
como lo que usted afirma ahora que soy.
Dijo esto con tal fuerza, que el rostro de Concha perdió aquella máscara
helada y dura á través de la cual iban pasando sus palabras.
--Y á pesar de lo que acabo de decirle, ¿quiere usted vivir siempre á mi
lado?...
--Siempre... Tal vez no la deseo ya como antes: sería monstruoso. Pero
necesito verla á todas horas, hablarla, seguirla á todas partes. No me
atrevo á decir que la quiero como á una... como á eso que dice usted
que es mía; pero la quiero siempre; ¡siempre! y necesito no dejar de
verla.
Hizo ella un esfuerzo para que su rostro no reflejase la conmoción
interior causada por este «¡siempre!» dicho con fosca energía. La
felicidad y el amor se colocaban por última vez á su alcance. No tenía
mas que decir una palabra, lanzar una carcajada, fingiendo que todo
había sido una broma, una estratagema, para poner á prueba su amor...
Pero en seguida vió en su imaginación un banco de jardín, y ella en el
banco, teniendo sobre su pecho una cabecita de joven que gemía
ingenuamente para que le devolviese su novio... «¡Acuérdate que
prometiste...!», gritó una voz imperiosa dentro de ella, voz que se
extinguió al momento convencida de que no necesitaba decir más.
--Vuelva á su país, Florestán; viva en su tierra con los que le aman
verdaderamente y están preparados para llevar una existencia tranquila,
igual á la de usted. No se ocupe más de mí. Yo soy una aventurera, una
caprichosa, que le sacará siempre de la órbita regular de su existencia
para causarle daños. Funde usted una familia más completa y numerosa que
la que formó su padre... Conozco á la niña que debe ser su esposa. Es la
compañera que le conviene. Le admira, le adora; usted encontrará en ella
respeto y supeditación, al mismo tiempo que amor.
Florestán, oyendo esto, sintió la necesidad de protestar, y esta
protesta le hizo volver á sus antiguas dudas.
--¡Pero todo esto es absurdo!--murmuró--. Parece una pesadilla... ¡No
puede ser! Hay algo que me avisa que no puede ser.
--Es la sorpresa, que aún le tiene desorientado y no le permite
contemplar la verdad... Usted se acostumbrará á la verdad. Aún dura en
su memoria la monstruosa imagen de mi persona, que le inspiró un amor
material. Poco á poco conseguirá verme como lo que debo ser para usted.
El joven tomó una actitud resuelta.
--Si es usted mi madre, no me abandone. He pasado toda mi vida sin otra
madre que una pálida imagen sobre un pedazo de cartón, y ahora que se me
revela de pronto con una presencia real, ¿quiere usted abandonarme?...
Sería injusto.
Ella le miró con ojos de lástima.
--Tuvo usted más suerte con su padre que con su madre. Mejor hubiera
sido no decirle nunca la verdad; más preferible haberle conservado la
otra madre á la que no vió jamás... Usted no me conoce. Soy una de esas
aventureras que no han llegado nunca á tener casa fija ni familia,
porque sólo habitaron durante su vida la pasión. Soy una egoísta,
incapaz de sacrificarme por nadie. Además, ¿qué sabe usted de mi pasado?
¿Por qué no puede guardar otras historias iguales á las de su padre?...
Si permaneciese al lado de usted me vería obligada á envejecer, á vivir
como debe hacerlo una madre... Prefiero vagar por el mundo sola,
conservando mi juventud ó la falsa ilusión de que aún la poseo.
Quedó como anonadada por este amontonamiento de perversidades que iba
esparciendo sobre su pasado y su presente para ennegrecerlos. Luego
sintió la necesidad de animar á Florestán, que permanecía con la cabeza
baja y el sombrero en la mano, recibiendo sobre su nuca el cosquilleo
cáustico del sol.
--¿Quién puede saber el porvenir?... Alguna vez volveremos á vernos. Iré
á España cuando usted tenga hijos. Llegaré de pronto, como esas abuelas
locas que aún se creen jóvenes y se presentan en el hogar de sus nietos,
lo mismo que una golondrina aventurera que tiene hambre, que tiene frío,
y luego de calentarse y descansar levanta otra vez el vuelo... Pero no
confíe mucho en mí, no se enorgullezca de haber encontrado una madre.
¡Soy muy mala! Reconozco que no me sacrificaré nunca por nadie. Sólo
para abrirle los ojos y evitar un sentimiento desorientado he dicho la
verdad.
Florestán seguía mirando al suelo y moviendo los labios:
--¡Pero esto no puede ser!... ¡Esto resulta absurdo!...
Volvió á fijar la mirada en ella, mas ahora resueltamente, como si
acabase de adoptar una importante resolución.
--Hablaremos con más calma y más tiempo de nuestro porvenir. Ahora
confieso que no puedo conversar tranquilamente. ¡Esa noticia tan
inesperada!... ¡Qué confusión en mi cerebro!...
Asintió ella con voz lenta:
--Sí, será mejor separarnos.
Inmediatamente habló el joven de la necesidad de verse aquella misma
tarde. Ahora la entrevista no podía durar más. Rina parecía
impacientarse á causa de su largo aislamiento y hablaba á gritos al
perrillo para recordar su presencia. El gozque japonés, incitado por su
acompañante, lanzaba escandalosos ladridos.
Concha Ceballos hizo por instinto un ademán repelente al notar la
insistencia con que el joven pedía que se viesen aquella misma tarde.
¡Repetir un sacrificio tan doloroso! ¡Mentir y mentir otra vez, cuando
ella creía terminado para siempre su tormento!... Pero se dió cuenta de
la necesidad de añadir una falsedad más.
--Iré á Monte-Carlo esta tarde, como los otros días. Nos encontraremos
en el Casino. Podremos hablar á solas, sin miedo á que nos oiga mi
amiga.
La seguridad de verla horas después tranquilizó al joven. Podría
reflexionar sobre todo aquello tan inaudito que había escuchado;
dispondría de tiempo para aportar nuevas dudas á su conversación. ¡Quién
sabe!... Confiaba vagamente en esta segunda entrevista y otras que
vendrían después; pero en realidad ya no sabía lo que deseaba. Sentíase
atraído, lo mismo que antes, por aquella mujer, mas sin llegar á definir
con certeza la calidad de sus sentimientos. Indudablemente era amor;
pero ¿qué amor?...
--Separémonos aquí--dijo Concha--. Deseo que no me acompañe hasta el
hotel...
--¿Quiere que vaya yo en su automóvil esta tarde á Monte-Carlo?
--Será mejor que me espere usted allá.
Él dudaba, como si presintiese un peligro, y repitió sus preguntas. Ella
fué contestando con voz sombría, lo mismo que un eco.
--¿Me permitirá usted que tomemos el té juntos?...
--Tomaremos el té juntos.
--¿Nos veremos á las cinco?...
--Nos veremos á las cinco.
Dió su diestra al joven, y éste la llevó á sus labios. Al sentir sobre
su epidermis el contacto de aquella boca, retiró la mano con presteza,
como si hubiese recibido una impresión candente.
Se alejó Florestán, después de saludar por última vez á las dos damas.
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