los ojos para no ver al conductor, se hacía la ilusión de que aquél marchaba solo, como un animal inteligente y amaestrado que obedecía su voluntad sin que ella necesitase valerse de palabras. Todos los días veía á la ida y á la vuelta este paisaje maravilloso de la Costa Azul, acostumbrándose á él como si fuese un espectáculo ordinario; pero ahora creía encontrar en su contemplación una inexplicable novedad, un atractivo misterioso. Era sin duda el hálito de la primavera anunciando desde lejos su llegada; los juveniles efluvios de esa pubertad del año que parece cambiar el aspecto de las cosas y el carácter de las personas. Iba á empezar el mes de Marzo y habían terminado las fiestas del famoso Carnaval de Niza. La mayor parte de Europa vivía aún en el invierno, mientras aquí jardines, montañas, cielo y mar habían repelido la tristeza de los días fríos, saludando con su envoltura luminosa y sus perfumes la presencia de una juventud más. El Mediterráneo de color turquesa, aclarado por la luz del ocaso, tenía la diafanidad engañadora de un mar irreal. En sus orillas se reproducían invertidos los pueblos de color de rosa, las «villas» de blancas columnatas, los grupos de árboles, lo mismo que en las riberas de un lago. Las montañas, al repetirse con la cumbre abajo en este mar de reflejos, lo festoneaban de triángulos de sombra azul. Las barcas parecían flotar en plena atmósfera, y cada una de ellas llevaba otra debajo, con la vela triangular apuntando al abismo, pegados sus dos cascos, fondo con fondo, como gemelos nacidos de la luminosidad fantasmagórica de la tarde. «Muy hermoso, demasiado hermoso», pensaba ella. Y como deseamos con preferencia lo que está lejos de nosotros, evocó el recuerdo de las olas bravas del Atlántico y las ondulaciones tempestuosas del Pacífico. Un capricho imaginativo le hizo ver de pronto una pianola y una orquesta ruidosa, pretendiendo acoplar la diversidad de los mares á estos dos términos de comparación. Luego se arrepintió de su injusticia con el dulce Mediterráneo. La hermosura ordenada y tranquila es un gran don de nuestra existencia, pero sólo la sabemos apreciar al encontrarla de nuevo, después de largo eclipse. Empezaba á anochecer cuando el automóvil de la señora Douglas entró en Niza por el lado del puerto, siguiendo la sección más desierta del paseo de los Ingleses. Vió á continuación extenderse frente al mar una larga fila de hoteles lujosos y alzarse en último término la cúpula roja del Negresco. Los grupos de transeuntes eran cada vez más compactos, mejorando su aspecto y su vestimenta según avanzaba el automóvil. La viuda miró distraídamente á los paseantes que se cruzaban con su vehículo de vuelta hacia el interior de la ciudad, como si huyesen del crepúsculo. Éste empezaba á extender sobre la bahía de los Ángeles sus gasas color violeta, en cuyos pliegues brillaban perdidas las primeras estrellas. De pronto se agitó en su asiento, movida por la sorpresa. Había creído reconocer á alguien cuya presencia no podía esperar en aquel sitio. Pero no obstante la rapidez con que se incorporó, como su automóvil marchaba aprisa, no pudo ver lo que deseaba. Además, aquel transeunte que había originado su movimiento iba con los ojos puestos en otra dirección y no se fijó en ella, continuando su camino entre los grupos, que le ocultaron inmediatamente. --¡Quién no diría que es él!... ¡Qué parecido!... Después de repetir esto mentalmente, Concha Ceballos hizo un gesto de duda y se retrepó en su asiento, con la vista puesta en su hotel, al extremo del paseo. Varias veces había experimentado la misma sorpresa en diferentes ciudades. Jugarretas de la imaginación; caprichos del recuerdo, que parece vengarse con estos mirajes engañosos cuando le mantienen alejado y menospreciado. Además, todos los hombres tienen en su primera juventud un aspecto exterior que parece común, cierta uniformidad, semejante á la de los que visten un mismo traje profesional, militares ó sacerdotes; y aunque se diferencien por su estatura y su fisonomía, evocan la imagen unos de otros. Dicho encuentro sirvió para que recordase, con una visión casi instantánea, los últimos meses de su vida, después que se hubo marchado de Madrid. Pronto haría un año, y al examinar este balance parcial de su existencia no encontraba nada extraordinario. Su vida podía resumirla en tres funciones: movimiento incesante, afán de distraerse, voluntad de olvidar. Había viajado por ciertos países de Europa escapados á su curiosidad en anteriores expediciones. Además, había venido dos veces á la Costa Azul, atraída por el placer del juego. Necesitaba aturdirse, olvidar; y de todos los vicios que divierten á los humanos, el más «virtuoso», según ella, el que mejor conviene á una dama que vive sola y desea mantener su prestigio social, era el juego. Jugaba por distraerse, por emplear en algo su carácter luchador, propenso á la acción. Y como no buscaba la ganancia y disponía de ilimitados capitales, el azar, que vuelve su espalda á los necesitados, la favorecía con irritante injusticia. Ganaba dinero, por lo mismo que no le era necesario. Otras veces lo perdía; pero compensándose ganancias y pérdidas, el resultado era que la millonaria Douglas, después de semanas y semanas de un juego audaz, no había sufrido ninguna merma considerable en su fortuna. Iba vestida con gran elegancia, como siempre, pero sus preocupaciones y apasionamientos de jugadora habían modificado algo su aspecto. Tenía en el rostro una expresión dura y distraída, reflejo de las combinaciones estratégicas que ideaba á todas horas para batirse con la Suerte. Además, llevaba á Monte-Carlo, fuese cual fuese su vestido, un bolso de mano grande, casi igual al que usaba en sus viajes, guardando en su interior varios fajos de billetes de mil francos, que unas veces regresaban á Niza multiplicados y otras tardes se quedaban allá, para volver á reunirse con ella pocos días después. El precioso bolso no la obligaba á grandes precauciones ni le hacía sufrir inquietudes. Esta tarde regresaba algo repleto, y sin embargo lo había abandonado sobre el asiento del automóvil, como si lo olvidase. Para su vida sentimental, el suceso más importante en los últimos meses había sido el regalo de cierto perrillo japonés que le había hecho en París una amiga de Nueva York, después de terminar su viaje alrededor del mundo. Este animal exótico era ahora el compañero predilecto de su existencia. Rina compartía tal amor, mas no sin sentir celos al ver cómo el recién llegado disminuía su personalidad cerca de la viuda. Ésta pensaba ahora en su perrillo con la vista fija en la cúpula del Hotel Negresco, cada vez más próxima, y creía escuchar ya los ladridos con que acogería la presencia de su dueña. ¡Lástima tener que separarse de él todas las tardes cuando iba al Casino de Monte-Carlo!... También había encontrado á Arbuckle tres veces, «por casualidad», después que se alejó de ella en Madrid para ir á Sevilla. Como siempre, le iba saliendo al paso en los hoteles, y cuando la viuda empezaba á fatigarse de su presencia, tenía el acierto de inventar un nuevo viaje, no volviendo hasta meses después. Ahora debía estar en Egipto. Los diarios hablaban mucho de la tumba de un Faraón recién descubierta, y él se había creído obligado á presenciar dichas excavaciones, como buen americano que debe verlo todo y saberlo todo. Pero la viuda presentía de un momento á otro la reaparición de su discreto solicitante. Además había sufrido la desagradable impresión de encontrar en París á Casa Botero. Este hombre la miró en el primer momento con una expresión de odio impetuoso, capaz de rebasar los límites de las conveniencias sociales. Luego, refrenando los impulsos de su rencor, inició una sonrisa y un saludo, pretendiendo hablar con ella. Pero la viuda había seguido adelante con hostil altivez. Una mujer que se decide á dar puñetazos no va luego á ofrecer su mano, lo mismo que un boxeador cuando termina su combate. Este individuo debía hablar mal de ella en todas partes. Pensó después que tal vez callaba, avergonzado por el recuerdo de aquella escena en un hotel de Madrid. De un modo ó de otro, le era indiferente el tal Casa Botero. Y fingió no reconocerle, tantas veces como volvió á encontrarlo en teatros y fiestas sociales. Hasta lo había visto de lejos, días antes, junto á una mesa de juego en el Casino de Monte-Carlo. Iba acompañando á una señora de elegancia vistosa y edad madura, con el rostro mineralizado en fuerza de coloretes y afeites. Alguna millonaria á la que pretendía conferir el enigmático título de marquesa de Casa Botero. La viuda pasó junto á él sin mirarle, pero satisfecha del encuentro. Un motivo más de tranquilidad para su porvenir, que deseaba dulcemente monótono, sin los altibajos y los conflictos que tanto gustan á las naturalezas exaltadas. ¿Y el otro?... Ella no quería pensar en el otro, porque era el que le interesaba más. Podía jurarse á sí misma que en todos los meses transcurridos desde su fuga de Madrid no había pensado en él más allá de una docena de veces. Una mujer de voluntad debe mandar imperativamente á sus sentimientos y pasiones. No se había acordado de él, pero tenía al mismo tiempo la certidumbre de que á todas horas estaba presente en su memoria. Le sabía instalado en una revuelta de sus recuerdos. Era como esos personajes de teatro que el público no alcanza á distinguir entre los bastidores, pero adivina que están allí por haber visto cómo se ocultaban, y presiente que repentinamente pueden volver á presentarse. De tarde en tarde, el recuerdo, insubordinándose contra la tiranía de su voluntad, se daba el malsano placer de agitarla con estremecimientos de sorpresa, haciéndola ver á Florestán en el Bosque de Bolonia ó en los Campos Elíseos; otras veces en el Pincio de Roma, en la plaza de San Marcos en Venecia ó patinando sobre las nieves de Saint-Moritz. Al concentrar luego su atención, profundamente emocionada por estos encuentros, se iba dando cuenta de que el desconocido sólo tenía de semejanza con el otro sus pocos años y el atletismo de una juventud amante de los deportes físicos. Al tranquilizarse, formulaba siempre la misma protesta interior: «Y aunque fuese Florestán, ¿qué podría ocurrirme?... La locura de Madrid ya terminó. No hay que pensar en ella.» Mas al mismo tiempo que sentía el goce de su tranquilidad, mostraba cierta decepción, como si le hubiese gustado no equivocarse en algunas ocasiones, como si le resultase inexplicable esta ausencia definitiva. «¿Qué habrá sido del pobre muchacho?», se preguntaba algunas veces. Después de su huída de Madrid sólo había tenido una noticia aislada é indirecta de aquellos amigos de unas cuantas semanas, dejados á sus espaldas para siempre; una noticia fúnebre, venida hasta ella por el camino más largo. Rina había recibido en París una carta de aquel señor que vivía en Méjico y era su consocio en la explotación de la famosa mina. Éste le hacía saber que don Ricardo Balboa había muerto en Madrid repentinamente á consecuencia de una aneurisma, y para dar más autenticidad á la noticia enviaba la esquela fúnebre suscrita por la familia. Sintió Concha Ceballos la misma conmoción que si recibiese un golpazo en el pecho al encontrar el nombre de Florestán Balboa al pie de este aviso mortuorio. «¿Puede importarme acaso lo que haga ese joven?--pensó para infundirse tranquilidad--. Siento la muerte de su padre, pero esta muerte servirá para separarnos más aún. De seguro que va á casarse en seguida con la señorita Mascaró... Tal vez se ha casado ya á estas horas.» Aquella energía tranquila que acompañaba sus decisiones al ocuparse del manejo de su fortuna acabó por restablecer la fría paz en sus recuerdos. Una mujer que desea verse respetada debe imponer á su memoria una disciplina igual á la de sus actos exteriores. Pero ¡ay! de tarde en tarde su imaginación se permitía sorpresas engañosas, como la que acababa de sufrir en el paseo de los Ingleses. «Una simple semejanza y nada más. Lo pasado ya está pasado y no hay que resucitarlo, ni siquiera en la imaginación.» Como ella esperaba, le salió al encuentro en sus lujosas habitaciones del Negresco aquel perrillo exótico, de pelos hirsutos color de miel y hocico chato, negro y barnizado, como el de un ídolo. Era un manguito viviente que servía de forro á una máquina incansable de ladridos. Besó la señora este hocico grotesco, prorrumpiendo en elogios á la hermosura del gozque. Él era el mejor amigo de su vida. La doncella francesa que la había seguido desde Nueva York esperaba sus órdenes para escoger entre varios vestidos de fiesta colocados sobre un diván. Según manifestó, Rina estaba abajo, en la oficina del director, sacando de la caja de valores el cofrecillo de joyas de la señora Douglas. Este cofrecillo guardaba una fortuna, y era prudente, al vivir en hoteles, que pasase la noche en la oficina de la dirección mejor que en el dormitorio de ella. Concha Ceballos llevaba habitualmente un collar de perlas famoso, pero había querido sustituirlo, para la comida de gala de aquella noche, con otro de brillantes que únicamente salía de su encierro en días extraordinarios. Entró Rina llevando con aire de cautela y expresión respetuosa el cofrecillo bajo un brazo. Pero á pesar de la veneración con que manejaba este pequeño tesoro, pareció olvidarlo al ver á la viuda, y lo dejó sobre una mesa para hablar más desahogadamente. --¡Si supieras á quién he encontrado hace una hora!... ¡Qué sorpresa! No podrás acertarlo nunca. Y sonrió como si se gozase de antemano en las angustias de la curiosidad de la otra. Pero Concha permaneció impasible, habiendo adivinado desde las primeras sílabas de su compañera cuál era la persona á que se refería. --Sé quién es--dijo fríamente--. Lo he visto desde el automóvil... Florestán Balboa. Rina, decepcionada por esta adivinación, continuó hablando, sin embargo, con gran interés de dicho encuentro. En los últimos meses su existencia había sido «vulgarísima»--como ella decía--, sin sentir la proximidad del amor ni para su persona ni para los demás; como si el tal amor hubiese huído para siempre de la tierra. La presencia de Florestán Balboa representaba para Rina una atracción semejante á la que siente el lector cuando descubre un nuevo volumen de la novela inconclusa que tuvo que abandonar con pena meses antes. Aparte de esto, era un hombre joven. --Está más buen mozo que nunca. Parece más «hecho», más hombre, y con una tristeza que le sienta muy bien. Va vestido de riguroso luto por la pérdida de su padre. Hace como medio año que murió el pobre don Ricardo... Hemos hablado un poco de la mina. Las cosas de Méjico van mejor, y tal vez seré rica pronto; pero no quise insistir sobre nuestro asunto porque adiviné que le preocupaban otras cosas. Viene de París. Alguien le dijo allá dónde estábamos. Llegó esta mañana, y se ha alojado en otro hotel. Estuvo aquí á la hora del té, con la esperanza de encontrarte. ¡Como toda Niza se junta en el -hall- para bailar!... Le he contado que esta noche hay comida de gala; pero no puede venir. Su luto es muy reciente... De seguro lo verás mañana. Le he dicho que todas las tardes vas á Monte-Carlo y la mejor hora para encontrarte es á mediodía, cuando bajas á dar una vuelta por el paseo de los Ingleses. --¿Se ha casado?--preguntó con indiferencia la viuda mientras revolvía las joyas de su cofrecillo, creando palpitaciones de luz, oleadas de colores ardientes, con cada movimiento de su mano. --También hemos hablado de eso. No se ha casado aún, mas he creído adivinar que se casará con la hija del señor Mascaró, aquella niña á la que vimos en Madrid con la antipática de su madre... No parece que tenga muchas ganas de hacer ese matrimonio. ¡Pobre muchacho! La niña es bonitilla y agradable, pero un buen mozo como él merece algo mejor. Ha nacido para casarse con una mujer de otra clase. Sonrió mirando á su amiga, mas esta sonrisa dejaba en la duda de si era la viuda ó ella misma la que correspondía por sus méritos á Florestán. La señora Douglas comió y bebió sin poder apreciar los méritos de este banquete de gala tan anunciado por el hotel. Lo mismo hubiese admitido otros platos y otras bebidas. Contempló con fingida atención el trabajo de los bailarines profesionales y las hermosas figurantas que se exhibían sobre el espacio encerado, entre un triple óvalo de mesas. Permaneció insensible igualmente á las adulaciones que le dirigía por lo bajo su acompañante. --Las de la mesa próxima están asombradas de tu collar. Dicen que no han visto nada igual. ¡Qué podían importarle á ella tales alabanzas! Habló con varias compatriotas suyas que asistían á la comida, y no supo luego con certeza sobre qué habían conversado. Mientras su vida exterior se desarrollaba automáticamente, comiendo sin saber lo que comía y diciendo de un modo maquinal palabras de las que no se daba cuenta, su voluntad iba repitiendo interiormente, lo mismo que una máquina de vapor lanza mugidos de igual tono, pero cada vez más fuertes, según aumenta la potencia de su energía: «Él está aquí... Hay que terminar de una vez... Debo impedir que vuelva.» Hasta le pareció que Florestán se hallaba en aquel comedor. Sentía su presencia invisible, el roce misterioso de sus ojos fijos en ella. Tal vez la miraba desde el atrio ó del otro lado de los ventanales, oculto entre la gente curiosa que seguía de lejos el curso de la fiesta. Y sólo la sospecha de esta presencia real la hizo estremecerse, como uno de esos peligros que aterran y dan al mismo tiempo la voluptuosa angustia de lo desconocido. Podía soportar ella fríamente las persecuciones de Arbuckle. La seguía á todas partes, pero se apresuraba á desaparecer, como un niño vergonzoso, apenas notaba en la viuda Douglas señales de contrariedad. No corría riesgo alguno en tal deporte. Hasta lo encontraba á veces divertido. Mas el otro no era Arbuckle, y ella se tenía miedo á sí misma al verse tan débil, tan desarmada, en presencia de aquel joven que por suerte no se había percatado de su gran poder... Pero ¡ay! si menudeaban tales encuentros, acabaría por ocurrir lo que ella no quería que fuese. Lo más penoso ya lo había realizado en Madrid. ¿Para qué convertir en sacrificio estéril la tortura moral que se impuso entonces, desandando ahora el penoso camino que ya llevaba hecho?... Era preciso continuar hacia adelante. Pasó gran parte de la noche sin dormir, pensando en lo que ocurriría al día siguiente cuando encontrase á Florestán. «Hay que terminar--seguía aconsejando su voluntad--. Hay que verle por última vez.» Una Concha Ceballos completamente nueva, cuya existencia no había sospechado nunca, despertó de pronto en su interior, hablando con cínica energía. Se sintió avergonzada al escuchar los consejos de este otro «yo», ignorado hasta entonces. «¡La influencia de la Costa Azul!--se dijo la viuda para explicarse la conducta de esta mitad insospechada de su alma--. ¡La vida de amor y de costumbres libres que me rodea en este rincón dichoso del mundo!» Mas la «otra», sin prestar atención á sus excusas, continuaba hablando imperiosamente: «Ahí le tienes. Ya que viene en tu busca, sin que lo hayas llamado, aprovecha tu buena suerte. El destino lo quiere. Haz lo que otras; no sufras más; da un hartazgo á tu pasión en secreto. Nadie sabrá nada... Una aventura... unos días de placer... y luego lo dejas. ¡Tantas han hecho lo mismo!» Mas la juiciosa señora Douglas, la de siempre, se revolvía contra estos consejos, considerándolos absurdos. Florestán la seguiría en su segunda fuga, como ahora venía á buscarla después de la primera. El que ama no se satisface con una aventura única; al contrario, este corto episodio excita sus deseos. La seguiría por todo el mundo, con la autoridad de los derechos irrecusables adquiridos sobre ella; y ella, después de su caída voluntaria, no podría defenderse... Paladear un placer que dura un momento... ¿y luego? ¿Tendría la dureza precisa para abandonarlo, tras la mutua posesión, como le aconsejaba aquella personalidad demoniaca surgida inopinadamente de ella misma?... No; después de una breve entrega, terminada por una fuga, la situación de los dos aún resultaría peor. De pronto, como el esfuerzo decisivo que inclina con su presencia el resultado de un combate, asomó en su recuerdo una carita de joven llorosa: la novia de Florestán. Aquella muchacha estaba lejos; no podía defenderse... Además, ella le había hecho una promesa. ¡Qué infamia abusar de su ausencia!... «Es preciso romper para siempre. No verle otra vez; impedir que vuelva.» Pero al adoptar la amazona esta resolución sintió ablandarse su fiereza y se dijo interiormente, como si lanzase un lamento: «Ahora que ya me había acostumbrado á vivir sin su recuerdo... ¡verle otra vez! ¡resucitar lo que tanto me costó de dar muerte!... Pero es preciso... ¡es preciso!» Bajó en la mañana siguiente al paseo de los Ingleses, poco después de las once, cuando era más numerosa la concurrencia de los que toman el sol junto al mar, esperando que el cañonazo de mediodía disuelva á los grupos y los envíe en todas direcciones, hacia sus hoteles y casas, en busca del almuerzo. Iba escoltada por Rina, que mantenía pegado á sus faldas el perrillo japonés, llevando corta la trenza de cuero sujeta á su collar. En vez de ir paseo abajo, hacia su principio, donde se aglomeran los invernantes, ocupando bancos y sillas frente á restoranes y cafés para oir sus orquestas, siguieron en dirección contraria, aproximándose al barrio llamado de la California. Según iban avanzando, los presentes eran más escasos y el malecón tomaba un aspecto de ribera marítima. Había en esta playa falta de arena varias barcas de pesca puestas en seco sobre los guijarros redondos, iguales á galletas azuladas ó grises. La luz del sol, blanca en fuerza de ser intensa, se reflejaba sobre el índigo del mar como una lluvia de plata voladora. La señora Douglas estiró su labio superior con el gesto hostil y sombrío que apoyaba sus resoluciones decisivas. Había que terminar, y era preciso que fuese cuanto antes... En la playa, un grupo de curiosos admiraba tendidos á sus pies dos pescados enormes é inánimes. Tenían dientes de sierra, lomo obscuro espolvoreado de blanco y ojos muertos, que aún parecían guardar en su fijeza una expresión de ferocidad. Un marinero canoso, barbudo y melenudo, de mirada dulce, que tenía gran semejanza--como muchos nicenses viejos del puerto--con su compatriota el caudillo Garibaldi, explicaba á los curiosos la captura de estos dos tiburones del Mediterráneo, que habían destrozado gran parte de sus redes. Formaban pareja: macho y hembra. El pescador no sabía distinguir el sexo de cada uno, pero estaba seguro de que eran así. --Y entonces, el macho, que aún podía escapar--dijo con su musical acento italiano--, viendo prisionera á su hembra, prefirió lanzarse en las redes para librarla ó morir con ella... Yo le he visto con mis ojos, señores míos. Al oir Concha Ceballos tal relato desde lo alto del paseo, sintió cierta emoción, no obstante estar segura de su falsedad. Aquel navegante romántico daba á las bestias egoístas y feroces del abismo las mismas pasiones que alegran y entristecen á los humanos. Hacía descender el amor á las profundas obscuridades marítimas, donde el sol toma al perderse en las aguas un color de sangre, y no hay otra vida que devorar ó ser devorado. ¡Ah poeta «camisa roja»! ¡Rapsoda mediterráneo!... En un restorán barato, al otro lado del paseo, banqueteaba el cortejo de una boda nicense, gente popular que aclamaba á los novios, expresando sus alegrías de un modo ruidoso. Unos cuantos músicos disfrazados de pescadores napolitanos acompañaban con guitarras y mandolinas las canciones de un tenor. Tenía la voz engolada y dulzona del cantante popular; voz que hace sonreir de lástima bajo un techo y humedece los ojos al ser oída de noche en un canal veneciano, ó bajo la lluvia áurea del sol entre los promontorios rojos del golfo de Nápoles. -Vieni al mare- -Vieni al maaare...- Así gemía el tenor invisible, acompañado por un dulce temblor de cuerdas, y la señora Douglas se sintió ablandada, como si la invitación del cantante fuese para ella. El mar era la libertad, el olvido, una nueva existencia filtrada por la pureza de los inmensos horizontes; de las azules soledades; de las auroras sobre el océano desierto, que nadie puede ver y si extienden los nácares de su cándida diafanidad es para admirarse á sí mismas; de los regios ocasos de púrpura y oro, que afirman la promesa de un nuevo día y tienen como la llanura oceánica la majestad melancólica de lo eterno. «Ven al mar...» Ella aceptaba esta invitación al viaje y al olvido... Y contempló imaginariamente, como lugares de refugio y paz, todos los puertos visitados en su vida anterior, con bosques de mástiles, cuerdas y velas puestas á secar, con muelles de piedra verdosa y viejas anillas de hierro oxidado, de los que se despega lentamente la pared de acero del trasatlántico, abriendo una distancia de medio metro, que va á crecer y á prolongarse en el infinito durante miles de leguas. Unos puertos olían, bajo el sol incendiario, á bananas recalentadas, á frutos picantes, á especiería y maderas preciosas; otros eran de cielo gris con un perfume de té, de ginebra, de tabaco con opio; y en los muelles de todos ellos multitudes abigarradas, confusión de idiomas, cruzamientos grotescos de civilización y barbarie, colosales máquinas de acero y carretas de búfalos con discos de madera por ruedas, gentes cobrizas, negras, pálidas, rojas. ¡Viajar!... ¡Olvidar!... Concha Ceballos se acordó repentinamente de cierto profesor viejo de Los Angeles que citaba en latín unos versos de Horacio, excusando con ellos la falta de curiosidad que le había retenido en el mismo rincón del mundo, sin conocer otras tierras. «La negra preocupación monta detrás del jinete. No nos abandona por más que cambiemos de sitio.» Así es. Cuando saltamos al buque, otro más ágil ha pasado antes que nosotros: el eterno compañero de viaje, duende testarudo que no admite engaños y nos sigue por más que intentemos desorientarle y librarnos de su presencia con astutas jugarretas. Mas aunque nos siga, como la sombra sigue al cuerpo, el tiempo y el espacio acaban por influir en él. No nos libran de su compañía, pero consiguen modificarla. La señora Douglas seguía creyendo en el poder del mar, y comparaba la «negra preocupación» que nos acompaña á todas partes con esos vinos del viejo mundo que, al cruzar el Océano, cambian de cuerpo y de perfume, suavizándose. De pronto sintió extrañeza al verse en aquel paseo sin otra compañía que la de su amiga. Sólo habían transcurrido unos segundos, mas á ella le parecieron largos y repletos de melancólicas reflexiones, como si fuesen horas tristes. Miró á un lado y á otro sin encontrar al que esperaba. Debía estar oculto, observándola de lejos. Adivinó en el espacio la presencia real del mismo ser que llenaba su recuerdo. ¿Es que no vendría, por una malicia inconsciente, dejando que su voluntad se ablandase en dolorosa espera?... Sintió á su espalda una voz que la hizo estremecerse, á pesar de que esperaba oirla desde que salió del hotel. --Señora Douglas... Doña Concha... Con este saludo ceremonioso anunció su presencia. Y ella le vió surgir ante sus ojos más grande, más fuerte, que al conocerlo en el salón de trabajo de su padre. Era el héroe Esplandián, el caballero San Jorge, rubio, de membruda esbeltez, sereno y fuerte; pero ahora tenía una luz melancólica en su mirada, un velo de tristeza ante su rostro, una expresión de desaliento en toda su persona. Era el paladín todavía fatigado y convaleciente después de su pelea con el dragón. La viuda sintió un pinchazo material en sus entrañas, algo que le hizo sospechar si habría quedado olvidado entre sus ropas interiores algún alfiler que la hería traidoramente. Tuvo que realizar un esfuerzo de voluntad para no llevarse la diestra al vientre dolorido. El perro japonés, escandalizado por la confianza con que aquel hombre se aproximaba á su dueña ó advertido por obscuro instinto de la presencia de un rival, empezó á ladrar, furioso y grotesco, intentando morder sus pantalones. --¡Llévate á esa bestia odiosa!--ordenó con voz colérica la señora. En aquel momento lo encontraba feo, no pudiendo explicarse los elogios que le había dedicado tantas veces. Rina conocía bien sus obligacions de confidenta, lo que debe hacer una perfecta compañera cuando nota que el amor aún existe en el mundo y se aproxima benevolente para alguien. Tomó al perrillo en brazos y se alejó, hablándole en voz alta mientras le mostraba el mar y las velas triangulares que se deslizaban por la línea del horizonte. Dejó á sus espaldas un espacio de más de veinte metros, para que los dos conversasen con toda libertad sin preocuparse de ella. Florestán, como si temiera un retroceso de Rina y desease aprovechar cuanto antes la ocasión de hallarse á solas con la señora Douglas, empezó á hablar precipitadamente. Mostraba el ansia del que quiere decir de un tirón todo lo que lleva en su pensamiento, después de haberlo preparado en largas horas de labor reflexiva. Era la verbosidad del tímido, que habla aprisa queriendo evitar con esto las objeciones del que le escucha y que no corten el desarrollo de su discurso. Parecía subirse sobre sus propias palabras para saltar con nuevo ímpetu, diciendo todo lo que necesitaba decir. Primeramente justificó su presencia en Niza con una mezcla de pretextos, verdaderos y falsos. Había ido á París para el arreglo de ciertos asuntos que dejó inconclusos su padre: antiguas empresas industriales, invenciones susceptibles de explotación... Encontró allá á Haroldo Arbuckle, que acababa de llegar de Egipto, y éste le había hecho saber dónde vivía la señora Douglas en aquel momento. Tal vez vió la expresión irónica é incrédula con que los ojos de aquella mujer acogían sus excusas; tal vez sintió un espontáneo deseo de volver al camino de la verdad, por juzgarlo más corto y amplio. --¿Para qué mentir?--dijo enérgicamente--. Fuí á París sólo para buscarla, y hube de hacer muchas averiguaciones, hasta que por suerte encontré á ese amigo, que me dijo dónde estaba usted. Necesitaba verla. Allá en Madrid he pasado días muy tristes, sin poder explicarme mi desgracia, sin poder ir en busca suya, porque me era imposible abandonar á mi padre. Le he escrito muchas cartas, ¡muchas!... Las he enviado á todos los lugares mencionados por usted en aquellas conversaciones que tuvimos en España, y de las que me acuerdo casi palabra por palabra. Hasta le escribí al rancho de «Laguna Brava», allá en California, la propiedad de que me habló muchas veces. Si no ha recibido aún esas cartas, algún día llegarán á sus manos. Las enviaba al otro hemisferio de la tierra con la dolorosa certeza de que usted vivía más cerca de mí. Pero ¿dónde?... ¿cómo averiguarlo?... Calló, entristecido por el recuerdo de aquella época de forzada inmovilidad en la casa paterna, lanzando sus desesperados llamamientos sobre la curva de medio globo terráqueo. --Al morir mi padre--siguió diciendo--, mi tristeza fué grande. Nada tiene de extraordinario que un hijo llore á su padre... Pero al mismo tiempo pensaba: «Ya eres libre; ya tienes dinero para lanzarte por el mundo. Puedes ir á buscarla, y sabrás al fin por qué te dejó de un modo tan inexplicable, cortando con su fuga la mejor época de tu vida...» Y como si diciendo esto hubiese llegado al punto más importante para él, cambió de voz, preguntando con un tono de lamentoso reproche: --¿Por qué me abandonó usted apenas estuve fuera de peligro?... ¿Qué le hice para ofenderla de tal modo? En sus largas reflexiones, Florestán había llegado á la conclusión de que algo había hecho de malo y ofensivo para la señora Douglas: algo que su inexperiencia no podía atinar, pero que impulsó á la otra á marcharse. Y sus ojos humildes imploraron perdón por esta falta suya que él no llegaba á descubrir, aunque indudablemente había existido. Concha Ceballos le miró un momento, conmovida por tal candidez. ¡Ofenderla á ella!... Pero en seguida se arrepintió de su emoción. Una blandura peligrosa empezaba á diluir la firmeza de su voluntad. No; ella no debía prolongar ni repetir estas entrevistas. Era entregarse á sabiendas al vencimiento. Debía levantar un obstáculo entre los dos; algo inmenso que llegase hasta el cielo, siendo tan abrupto y cortado en sus laderas que no permitiese sendero alguno; algo igual á las ásperas cordilleras que durante siglos y siglos mantienen á los grupos humanos instalados en sus dos vertientes opuestas, sin conocerse, sin poder comunicarse, ignorándose, como si los del otro lado no hubiesen venido al mundo. Este obstáculo ella tenía el medio de crearlo. Lo había imaginado la noche antes, en ese momento indefinible que sigue á las horas de larga vigilia, cuando el monstruo del insomnio, cansado de roernos, abre sus mandíbulas y nos deja caer, rotos é inánimes, con un pensamiento confuso que no sabe si aún está en el mundo real ó ha entrado en los dominios del sueño; pensamiento que funciona irregularmente, creando á la vez ideas de extraordinaria originalidad ó incoherencias y disparates. Tal vez este obstáculo no era una creación verdaderamente suya, inspirada por el peligro; bien podría resultar que fuese un recuerdo inconsciente de olvidadas lecturas, como tantos actos de nuestra vida que consideramos originales. Ella se había resistido en el primer momento á su adopción, juzgándolo extraordinario, paradojal en demasía... mas ¿acaso en nuestra existencia todo es plano, mediocre, monótono? Hasta las vidas groseramente vulgares tienen un año, un día ó una hora en que toma su curso la viveza dramática, el sentimentalismo ó el magnífico dolor de los personajes imaginarios del teatro y del libro. Había que hacer surgir la montaña entre los dos. Y si esto no era bastante, si él con su ardor juvenil intentaba cortar escalones en la roca, abrir senderos para volver hacia ella, entonces que la encontrase en brazos de otro hombre, protegida por un esposo capaz de defenderla con su presencia de las cobardías de la tentación. Lo primero era alejar á este hombre, hacer que siguiese la órbita natural de su existencia; suprimir la fuerza desviadora que lo había sacado del curso ordinario de su destino. Luego, ella se casaría; lo había decidido la noche anterior. Era un modo de vivir á cubierto de las sorpresas dramáticas que puede darnos la vida cuando hemos prescindido de pagar á la juventud lo que le corresponde y queremos satisfacer luego la deuda fuera de tiempo. Un marido la permitiría vivir igualmente á cubierto de tantos Casa Botero que vagan por las grandes ciudades, queriendo convertir el matrimonio en herramienta de trabajo. Pensaba casarse con Arbuckle. Sería una asociación amistosa y tranquila para pasar el resto de la existencia en honorable paz. Ella necesitaba un hombre á quien mandar, y nadie mejor que este compatriota. De pronto se sorprendió escuchando su voz, que preguntaba con un tono de irónico reproche: --¿Y usted no se ha casado todavía con la hija de aquel catedrático que conocí en Madrid?... Hizo Florestán ante esta pregunta inesperada un gesto que casi fué de regocijo. Creyó haber encontrado el misterio de aquella fuga inexplicable. La californiana había huído por celos de la otra. Y convencido de esto, se expresó con la vehemencia del que dice la verdad. La hija de Mascaró era la compañera de su infancia; se querían con la ternura del cariño; ¿pero amor?... No; él se había imaginado amarla antes de conocer á cierta persona... --Luego me he convencido de que sólo puedo amarla á usted... Mi padre murió creyendo que yo voy á casarme con esa muchacha. Los de su familia creen igualmente, como algo indiscutible, que seré su marido apenas haya terminado este viaje que ellos se imaginan motivado por negocios de mi herencia... Usted sabe la verdad. Yo vengo para decirle que mi verdadera vida sólo puede existir al lado de usted. La otra no es mas que una amiga, una compañera, y si usted quiere... Concha Ceballos hizo un ademán para imponerle silencio. Estaba pálida; su mirada era dura; tenía en su boca el estiramiento agresivo de las horas difíciles. --No siga hablando--ordenó enérgicamente--; eso que usted dice resulta monstruoso. Yo deseaba callar, pero ya no es posible. No añada una palabra: se avergonzaría usted luego. Y hubo en su voz grave tal expresión de escándalo, de protesta, que el joven quedó vacilante y desorientado, como si acabase de decir algo inaudito, de cuya magnitud no se daba cuenta. Viendo la expresión interrogante de sus ojos, la otra continuó: --Tuve que abandonarle en Madrid porque era necesario. Me atraía usted con la fuerza de un sentimiento que yo necesitaba mantener indefinido. Pero llegó una hora en que me di cuenta de que interpretaba usted mal ese sentimiento, y tuve miedo, el miedo que inspira lo monstruoso... Acuérdese de lo que ocurrió entre nosotros el mismo día que le abandoné al cerrar la noche. Confieso que yo le había besado antes, algunas veces, durante su delirio. Aquel día volvimos á besarnos á sabiendas, por mutuo consentimiento; mas al recibir su beso adiviné el terrible error que existía entre los dos; vi un peligro en el que sólo puede pensarse con temblores de vergüenza... Y usted, ¡pobrecito mío! no tenía la culpa. ¿Cómo podía tenerla? Usted no sabía, y no era extraordinario que se equivocase... Pero yo sabía, yo sé, y por eso huí entonces, por eso he evitado después su presencia. Usted ha tomado por amor, tal como lo entienden las gentes, por una atracción natural entre hombre y mujer, lo que sólo es... Quedó indecisa y en silencio, como si no se atreviese á completar su revelación con nuevas palabras. Durante unos momentos se interesó Florestán por este misterio que la otra dudaba en revelar. Luego su curiosidad pareció extinguirse. Como todos los que sienten la obsesión de una idea tenaz, volvió á la suya, por creer que era lo más importante en aquella entrevista. --He venido á buscarla después de reflexionar largamente sobre mi vida futura. Lo que he dejado detrás de mí quedará suprimido, si usted quiere. No volveré á España. Olvidaré las promesas que haya podido hacer allá á causa de mi inexperiencia. Lléveme con usted para siempre... Su voz se caldeaba con un ardor pasional. Había perdido su timidez de los primeros momentos. Concha adivinó una explosión inmediata de ruegos amorosos, de juramentos entusiásticos, de peticiones ansiosas, y con una voluntaria frialdad le interrumpió, preguntando: --¿Se acuerda usted de su madre?... Quedó el joven desconcertado por la incoherencia de esta pregunta en mitad de su declaración de amor. ¿Por qué se acordaba ella de su pobre madre, figura remota é indecisa que apenas si emergía visible en su pasado, como una silueta pálida?... La señora Douglas continuó hablando, con los ojos bajos y una arruga vertical entre las cejas. Parecía avergonzada de sus palabras, y las iba murmurando con voz monótona, sin matices, lo mismo que si rezase una oración. Recordó lo que le había contado el joven muchas veces en sus conversaciones de Madrid. No había visto nunca á su madre. Ni siquiera tuvo, cual otros huérfanos, el amor de una criada vieja que se encarga de cuidarlos en sus primeros años y les habla de la desaparecida, creando en su memoria una segunda personalidad inmaterial de la madre, como si la hubiesen visto realmente al principio de su existencia, cuando aún no podían discernir la forma y el valor de lo que pasaba ante sus ojos. Florestán, desorientado por lo que decía aquella mujer, iba asintiendo, sin embargo, con movimientos de cabeza. --Sí; sólo encontré en mi casa una fotografía antigua de mi madre, tan borrosa, que me era preciso verla con la imaginación más que con los ojos... Porque no conocí á mi madre, amé á mi padre mejor tal vez que la mayoría de los hombres quieren al suyo... Pero ¿por qué me habla usted de todo eso?... Al fin se decidió ella á hacer emerger el inmenso obstáculo, lo mismo que los antiguos taumaturgos podían levantar masas inmensas con la sola energía de sus palabras. --Hablo de eso--dijo sombríamente--por dar contestación á lo que me pregunta, por justificar una huída que le parece incomprensible. ¿No ha pensado usted alguna vez en la posibilidad de que su nacimiento fuese otro que el que le contó con tanta brevedad su padre?... ¿No cree que puede haber existido más de un misterio amoroso en la historia juvenil del ingeniero Balboa, hombre apuesto é interesante, que viajó mucho por América y pudo conocer numerosas mujeres?... Quedó mirándola Florestán, con los párpados dilatados por el asombro y la duda. No alcanzaba á entender por entero lo que pretendía decirle aquella señora. Y ésta, deseosa de dar ayuda á su comprensión, volvió á hablar: --Por eso me alejé de usted al ver que se equivocaba en la apreciación de mi afecto. Yo soy la única mujer en el mundo que no puede amarle como las otras mujeres... Suponer lo contrario sería horrible... Florestán la interrumpió sonriendo con una expresión de duda, como si fuese á enunciar algo disparatado, pero al mismo tiempo con cierta inquietud en su voz: --No pretenderá usted hacerme creer que es mi madre... Ella levantó los ojos, le miró fijamente, y con voz lenta y fría, que parecía dejar caer las palabras, repuso: --¿Por qué no puedo serlo?... Hubo un largo silencio. El joven quiso repetir su sonrisa, pero ésta se extinguió en sus labios apenas nacida. El gesto grave y doloroso de aquella mujer parecía aplastar su incredulidad. Se quitó el sombrero maquinalmente, á pesar de que estaba bajo los rayos del sol, y se rascó un lado de su cabeza, como si pretendiese restablecer con este frotamiento el orden de las ideas, alborotadas y revueltas, en el interior de su cráneo. Los músicos de la boda coreaban una nueva romanza marineresca del tenor. Los grupos de paseantes iban del asfalto del malecón hasta la acera del restorán, agolpándose ante su verja. Ninguno de los dos oyó esta serenata napolitana, en pleno día, que iba atrayendo á todos los que transitaban por un extremo del paseo de los Ingleses. --¡Veamos!... ¡Esto resulta absurdo!--dijo él con voz irritada--. Usted es todavía joven. Usted no tiene años para ser... eso que pretende ser... Le miró ella con una conmiseración afectuosa y protectora. --¿Cómo sabe usted mis años?... Las mujeres de ahora no tenemos edad. Somos eternamente jóvenes, hasta que una mañana, al despertar, dejamos de serlo para siempre. Yo soy más vieja, muchísimo más vieja que usted cree. Siguió martirizándose el joven una de sus sienes con nervioso frotamiento, como si esto le sirviera para extraer nuevas dudas. --Pero usted y mi padre no eran amigos. Hasta creo que se llevaban mal, y usted le envió cartas que le causaron grandes disgustos. --Consecuencias del pasado--dijo ella--. Esa misma falta de amistad entre los dos prueba las buenas relaciones de otros tiempos. Tal vez no pudo aceptar nunca que yo me casase con otro hombre, después de habernos conocido allá en California. Bien pudo ser también que yo le odiase porque no quiso casarse conmigo. --Tengo en mi casa documentos que desmienten todo eso... Mi partida de bautismo menciona el nombre de mi madre... Yo nací en Méjico. Es verdad que mi nacimiento fué cerca de la frontera de los Estados Unidos... pero en Méjico; y usted creo que no ha estado allí nunca. Ella tuvo fuerzas para sonreir con una expresión maliciosa. --En aquella tierra de revoluciones, y en una provincia lejana donde cambian con frecuencia las autoridades, no es difícil inventar cuantos documentos se necesitan... Su padre era un caballero, y procuró librar mi pasado de sospechas. --¡Júremelo!--dijo Florestán con voz ruda. --¿Para qué?... La prueba mejor es que una mujer de vida honesta y cierto rango social se decida á hacer una confesión tan dolorosa. ¡Qué esfuerzo, qué sacrificio interior, para revelar secretos de tal especie!... Florestán parecía anonadado por estas explicaciones. Adivinó ella que empezaban á disgregarse sus dudas, y queriendo abatirlas completamente, fué añadiendo: --A una mujer hay que creerla cuando se resuelve á decir cosas de tanta importancia. Es muy doloroso comunicar las verdades ocultas que entenebrecen nuestro pasado... Recuerde cómo en Madrid preferí huir, antes que hacerle saber una verdad tan cruel. Por mi gusto, nunca me hubiese acordado de ella. Pero ahora es preciso que usted la conozca. No quiero que interprete mal aquellas caricias mías cuando le vi en peligro de muerte. Es necesario que sepa lo que debemos ser el uno para el otro, y luego nos separemos guardando los dos un secreto que hasta hace un momento sólo era mío. Sonó á lo lejos, sobre la colina del antiguo castillo de Niza, el cañonazo anunciador de mediodía. Los dos estaban tan preocupados, que no oyeron la detonación. Él surgió de su ensimismamiento con la repentina energía del que se da cuenta de un peligro inmediato. --¡Pero yo no quiero que nos separemos!... Yo necesito vivir junto á usted; necesito seguirla á todas partes... como lo que yo quería ser ó como lo que usted afirma ahora que soy. Dijo esto con tal fuerza, que el rostro de Concha perdió aquella máscara helada y dura á través de la cual iban pasando sus palabras. --Y á pesar de lo que acabo de decirle, ¿quiere usted vivir siempre á mi lado?... --Siempre... Tal vez no la deseo ya como antes: sería monstruoso. Pero necesito verla á todas horas, hablarla, seguirla á todas partes. No me atrevo á decir que la quiero como á una... como á eso que dice usted que es mía; pero la quiero siempre; ¡siempre! y necesito no dejar de verla. Hizo ella un esfuerzo para que su rostro no reflejase la conmoción interior causada por este «¡siempre!» dicho con fosca energía. La felicidad y el amor se colocaban por última vez á su alcance. No tenía mas que decir una palabra, lanzar una carcajada, fingiendo que todo había sido una broma, una estratagema, para poner á prueba su amor... Pero en seguida vió en su imaginación un banco de jardín, y ella en el banco, teniendo sobre su pecho una cabecita de joven que gemía ingenuamente para que le devolviese su novio... «¡Acuérdate que prometiste...!», gritó una voz imperiosa dentro de ella, voz que se extinguió al momento convencida de que no necesitaba decir más. --Vuelva á su país, Florestán; viva en su tierra con los que le aman verdaderamente y están preparados para llevar una existencia tranquila, igual á la de usted. No se ocupe más de mí. Yo soy una aventurera, una caprichosa, que le sacará siempre de la órbita regular de su existencia para causarle daños. Funde usted una familia más completa y numerosa que la que formó su padre... Conozco á la niña que debe ser su esposa. Es la compañera que le conviene. Le admira, le adora; usted encontrará en ella respeto y supeditación, al mismo tiempo que amor. Florestán, oyendo esto, sintió la necesidad de protestar, y esta protesta le hizo volver á sus antiguas dudas. --¡Pero todo esto es absurdo!--murmuró--. Parece una pesadilla... ¡No puede ser! Hay algo que me avisa que no puede ser. --Es la sorpresa, que aún le tiene desorientado y no le permite contemplar la verdad... Usted se acostumbrará á la verdad. Aún dura en su memoria la monstruosa imagen de mi persona, que le inspiró un amor material. Poco á poco conseguirá verme como lo que debo ser para usted. El joven tomó una actitud resuelta. --Si es usted mi madre, no me abandone. He pasado toda mi vida sin otra madre que una pálida imagen sobre un pedazo de cartón, y ahora que se me revela de pronto con una presencia real, ¿quiere usted abandonarme?... Sería injusto. Ella le miró con ojos de lástima. --Tuvo usted más suerte con su padre que con su madre. Mejor hubiera sido no decirle nunca la verdad; más preferible haberle conservado la otra madre á la que no vió jamás... Usted no me conoce. Soy una de esas aventureras que no han llegado nunca á tener casa fija ni familia, porque sólo habitaron durante su vida la pasión. Soy una egoísta, incapaz de sacrificarme por nadie. Además, ¿qué sabe usted de mi pasado? ¿Por qué no puede guardar otras historias iguales á las de su padre?... Si permaneciese al lado de usted me vería obligada á envejecer, á vivir como debe hacerlo una madre... Prefiero vagar por el mundo sola, conservando mi juventud ó la falsa ilusión de que aún la poseo. Quedó como anonadada por este amontonamiento de perversidades que iba esparciendo sobre su pasado y su presente para ennegrecerlos. Luego sintió la necesidad de animar á Florestán, que permanecía con la cabeza baja y el sombrero en la mano, recibiendo sobre su nuca el cosquilleo cáustico del sol. --¿Quién puede saber el porvenir?... Alguna vez volveremos á vernos. Iré á España cuando usted tenga hijos. Llegaré de pronto, como esas abuelas locas que aún se creen jóvenes y se presentan en el hogar de sus nietos, lo mismo que una golondrina aventurera que tiene hambre, que tiene frío, y luego de calentarse y descansar levanta otra vez el vuelo... Pero no confíe mucho en mí, no se enorgullezca de haber encontrado una madre. ¡Soy muy mala! Reconozco que no me sacrificaré nunca por nadie. Sólo para abrirle los ojos y evitar un sentimiento desorientado he dicho la verdad. Florestán seguía mirando al suelo y moviendo los labios: --¡Pero esto no puede ser!... ¡Esto resulta absurdo!... Volvió á fijar la mirada en ella, mas ahora resueltamente, como si acabase de adoptar una importante resolución. --Hablaremos con más calma y más tiempo de nuestro porvenir. Ahora confieso que no puedo conversar tranquilamente. ¡Esa noticia tan inesperada!... ¡Qué confusión en mi cerebro!... Asintió ella con voz lenta: --Sí, será mejor separarnos. Inmediatamente habló el joven de la necesidad de verse aquella misma tarde. Ahora la entrevista no podía durar más. Rina parecía impacientarse á causa de su largo aislamiento y hablaba á gritos al perrillo para recordar su presencia. El gozque japonés, incitado por su acompañante, lanzaba escandalosos ladridos. Concha Ceballos hizo por instinto un ademán repelente al notar la insistencia con que el joven pedía que se viesen aquella misma tarde. ¡Repetir un sacrificio tan doloroso! ¡Mentir y mentir otra vez, cuando ella creía terminado para siempre su tormento!... Pero se dió cuenta de la necesidad de añadir una falsedad más. --Iré á Monte-Carlo esta tarde, como los otros días. Nos encontraremos en el Casino. Podremos hablar á solas, sin miedo á que nos oiga mi amiga. La seguridad de verla horas después tranquilizó al joven. Podría reflexionar sobre todo aquello tan inaudito que había escuchado; dispondría de tiempo para aportar nuevas dudas á su conversación. ¡Quién sabe!... Confiaba vagamente en esta segunda entrevista y otras que vendrían después; pero en realidad ya no sabía lo que deseaba. Sentíase atraído, lo mismo que antes, por aquella mujer, mas sin llegar á definir con certeza la calidad de sus sentimientos. Indudablemente era amor; pero ¿qué amor?... --Separémonos aquí--dijo Concha--. Deseo que no me acompañe hasta el hotel... --¿Quiere que vaya yo en su automóvil esta tarde á Monte-Carlo? --Será mejor que me espere usted allá. Él dudaba, como si presintiese un peligro, y repitió sus preguntas. Ella fué contestando con voz sombría, lo mismo que un eco. --¿Me permitirá usted que tomemos el té juntos?... --Tomaremos el té juntos. --¿Nos veremos á las cinco?... --Nos veremos á las cinco. Dió su diestra al joven, y éste la llevó á sus labios. Al sentir sobre su epidermis el contacto de aquella boca, retiró la mano con presteza, como si hubiese recibido una impresión candente. Se alejó Florestán, después de saludar por última vez á las dos damas. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000